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Ariana Basciani: “Internet está dejando de tener significado”

Por: Pere Ortín

Este artículo ha sido publicado originalmente en Catalunya Plural.

Hubo un tiempo en que navegar por internet era una forma de perderse. Y perderse era una manera de descubrir. Cada clic podía abrir una ventana inesperada, una conversación improbable o una idea capaz de desordenar nuestras certezas. Hoy, en cambio, parece que internet nos conoce demasiado bien. Tanto, que cada vez nos sorprende menos.

Vivimos rodeados de contenidos. Nunca la humanidad había producido tantas imágenes, tantos vídeos, tantos textos y tantas opiniones. Pero, en medio de esta abundancia, crece una sensación inquietante: todo acaba pareciéndose demasiado. Los mismos formatos, las mismas caras, las mismas frases, los mismos debates reciclados una y otra vez por unos algoritmos que han convertido nuestra atención en la principal mercancía del siglo XXI. Internet, que nació como una promesa de diversidad, experimentación y conocimiento compartido, corre el riesgo de convertirse en un inmenso espejo en el que solo vemos aquello que las plataformas deciden que queremos ver.

Es precisamente esta intuición la que atraviesa la conversación del director de Catalunya Plural, Pere Ortín, con la tecnóloga y periodista cultural venezolana especializada en marketing digital Ariana Basciani. Lejos de cualquier nostalgia tecnológica, Basciani plantea una pregunta mucho más radical: ¿y si el problema no fuera que internet genera demasiado contenido, sino que ha dejado de generar significado? Una crisis que no es solo tecnológica. También es cultural. Política. Democrática.

Porque cuando los algoritmos deciden qué merece nuestra atención, también condicionan qué recordamos, qué olvidamos, qué discutimos e incluso qué imaginamos.

Ariana Basciani es investigadora especializada en cultura digital, inteligencia artificial y sociedad. Su trabajo combina el conocimiento técnico con una mirada profundamente humanista sobre las consecuencias sociales de las tecnologías que habitamos cada día. No habla solo de máquinas. Habla de personas. De poder. De memoria. Y del derecho a seguir pensando en un ecosistema digital que tiende a uniformarlo todo.

La conversación, sin embargo, comienza lejos de los algoritmos.

Comienza en Venezuela, país de origen de la investigadora, que en las últimas semanas ha vuelto a vivir momentos de gran dolor a raíz de los terremotos que han afectado a diversas regiones. Cuando la tierra tiembla, la tecnología deja de ser protagonista. O quizá no del todo. Porque también es en esos momentos cuando internet muestra sus dos caras: la de la solidaridad que conecta a personas separadas por miles de kilómetros y la de la desinformación que circula con la misma velocidad que las emergencias.

Ariana Basciani. | Pol Rius / Catalunya Plural
Ariana Basciani. | Pol Rius / Catalunya Plural

A partir de ahí, el diálogo se adentra en algunas de las preguntas más incómodas de nuestro tiempo. ¿Hemos dejado de descubrir cosas o simplemente consumimos versiones ligeramente distintas de aquello que los algoritmos ya saben que nos va a gustar? ¿Qué ocurre con la cultura cuando todo tiende a parecerse? ¿La uniformización es solo estética o acaba condicionando también nuestra forma de pensar políticamente? En plena explosión de la inteligencia artificial, ¿qué sigue siendo irreductiblemente humano? Y, sobre todo, ¿es la IA la causa de esta homogeneización o simplemente acelera una dinámica que las grandes plataformas ya habían puesto en marcha mucho antes?

También hay espacio para hablar del poder. Porque detrás de los algoritmos no hay una fuerza abstracta. Hay grandes empresas globales. Inmensos intereses económicos muy reales. Modelos de negocio que compiten por retener cada segundo de nuestra atención. La pregunta, en este sentido, es inevitable: ¿estamos ante una crisis tecnológica o también ante una crisis democrática? En un momento en el que la información circula más rápido que nunca, pero la confianza en los medios convencionales, las instituciones públicas y el debate social parece erosionarse a gritos, recuperar espacios para el pensamiento crítico se convierte casi en un acto de resistencia práctica.

Por eso también preguntamos a Basciani si todavía existe un internet más ético. Un internet donde sea posible leer sin prisas, debatir sin insultos, descubrir sin que un algoritmo nos guíe constantemente por el mismo camino. Y qué papel pueden desempeñar los medios independientes en este escenario.

Quizá el futuro digital no dependa tanto de desarrollar una inteligencia artificial más poderosa como de preservar una inteligencia humana capaz de dudar, imaginar y discrepar. Porque, al fin y al cabo, la gran pregunta que atraviesa toda esta conversación es tan sencilla como inquietante: cuando internet deja de significar algo… ¿qué es lo que todavía puede devolvernos el sentido?

Actualización 27/07/2026

La entrada Ariana Basciani: “Internet está dejando de tener significado” se publicó primero en lamarea.com.

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Ariana Basciani: “Internet está dejando de tener significado”

Por: Pere Ortín

Este artículo ha sido publicado originalmente en Catalunya Plural.

Hubo un tiempo en que navegar por internet era una forma de perderse. Y perderse era una manera de descubrir. Cada clic podía abrir una ventana inesperada, una conversación improbable o una idea capaz de desordenar nuestras certezas. Hoy, en cambio, parece que internet nos conoce demasiado bien. Tanto, que cada vez nos sorprende menos.

Vivimos rodeados de contenidos. Nunca la humanidad había producido tantas imágenes, tantos vídeos, tantos textos y tantas opiniones. Pero, en medio de esta abundancia, crece una sensación inquietante: todo acaba pareciéndose demasiado. Los mismos formatos, las mismas caras, las mismas frases, los mismos debates reciclados una y otra vez por unos algoritmos que han convertido nuestra atención en la principal mercancía del siglo XXI. Internet, que nació como una promesa de diversidad, experimentación y conocimiento compartido, corre el riesgo de convertirse en un inmenso espejo en el que solo vemos aquello que las plataformas deciden que queremos ver.

Es precisamente esta intuición la que atraviesa la conversación del director de Catalunya Plural, Pere Ortín, con la tecnóloga y periodista cultural venezolana especializada en marketing digital Ariana Basciani. Lejos de cualquier nostalgia tecnológica, Basciani plantea una pregunta mucho más radical: ¿y si el problema no fuera que internet genera demasiado contenido, sino que ha dejado de generar significado? Una crisis que no es solo tecnológica. También es cultural. Política. Democrática.

Porque cuando los algoritmos deciden qué merece nuestra atención, también condicionan qué recordamos, qué olvidamos, qué discutimos e incluso qué imaginamos.

Ariana Basciani es investigadora especializada en cultura digital, inteligencia artificial y sociedad. Su trabajo combina el conocimiento técnico con una mirada profundamente humanista sobre las consecuencias sociales de las tecnologías que habitamos cada día. No habla solo de máquinas. Habla de personas. De poder. De memoria. Y del derecho a seguir pensando en un ecosistema digital que tiende a uniformarlo todo.

La conversación, sin embargo, comienza lejos de los algoritmos.

Comienza en Venezuela, país de origen de la investigadora, que en las últimas semanas ha vuelto a vivir momentos de gran dolor a raíz de los terremotos que han afectado a diversas regiones. Cuando la tierra tiembla, la tecnología deja de ser protagonista. O quizá no del todo. Porque también es en esos momentos cuando internet muestra sus dos caras: la de la solidaridad que conecta a personas separadas por miles de kilómetros y la de la desinformación que circula con la misma velocidad que las emergencias.

Ariana Basciani. | Pol Rius / Catalunya Plural

A partir de ahí, el diálogo se adentra en algunas de las preguntas más incómodas de nuestro tiempo. ¿Hemos dejado de descubrir cosas o simplemente consumimos versiones ligeramente distintas de aquello que los algoritmos ya saben que nos va a gustar? ¿Qué ocurre con la cultura cuando todo tiende a parecerse? ¿La uniformización es solo estética o acaba condicionando también nuestra forma de pensar políticamente? En plena explosión de la inteligencia artificial, ¿qué sigue siendo irreductiblemente humano? Y, sobre todo, ¿es la IA la causa de esta homogeneización o simplemente acelera una dinámica que las grandes plataformas ya habían puesto en marcha mucho antes?

También hay espacio para hablar del poder. Porque detrás de los algoritmos no hay una fuerza abstracta. Hay grandes empresas globales. Inmensos intereses económicos muy reales. Modelos de negocio que compiten por retener cada segundo de nuestra atención. La pregunta, en este sentido, es inevitable: ¿estamos ante una crisis tecnológica o también ante una crisis democrática? En un momento en el que la información circula más rápido que nunca, pero la confianza en los medios convencionales, las instituciones públicas y el debate social parece erosionarse a gritos, recuperar espacios para el pensamiento crítico se convierte casi en un acto de resistencia práctica.

Por eso también preguntamos a Basciani si todavía existe un internet más ético. Un internet donde sea posible leer sin prisas, debatir sin insultos, descubrir sin que un algoritmo nos guíe constantemente por el mismo camino. Y qué papel pueden desempeñar los medios independientes en este escenario.

Quizá el futuro digital no dependa tanto de desarrollar una inteligencia artificial más poderosa como de preservar una inteligencia humana capaz de dudar, imaginar y discrepar. Porque, al fin y al cabo, la gran pregunta que atraviesa toda esta conversación es tan sencilla como inquietante: cuando internet deja de significar algo… ¿qué es lo que todavía puede devolvernos el sentido?

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Algoritmos y redes: no es un fallo, es el diseño

Por: Jorge Coronado

Me hallo sentado frente a la página en blanco, como tantas veces, y pienso en esa niña. En una habitación compartida de un centro de menores de Tenerife, una cría mata el tiempo como ahora mata el tiempo medio planeta: mirando vídeos. Reels, que se llaman. Esa sucesión hipnótica de imágenes breves que Instagram escupe sin cesar, una tras otra, hasta que el dedo se cansa o la conciencia se disuelve. Ella disocia, que es la palabra técnica para decir que se va, que deja de estar. Lleva horas así, quizá toda la tarde. Y lo que ni ella ni sus compañeras de cuarto saben –ni tampoco usted, ni casi nadie– es que mientras ella mira, una inteligencia artificial ha generado más de 90 millones de predicciones por segundo para mantenerla ahí. No es un dato sacado de la manga. Lo dijo uno de los creadores de esta bestial droga que consumimos bajo el eufemismo de «red social».

Porque de eso hablamos: una droga. No se fuma, no se inhala, no se inyecta. Entra por los ojos y se instala en el cerebro con la complicidad silenciosa de un algoritmo diseñado para secuestrar la atención. Y está al alcance de sus hijos, de sus hijas, de los niños que aún no saben que están siendo el producto, no el cliente. Son la antesala de algo peor: la normalización de la cosificación. Y aquí conviene recordar de dónde viene todo esto, porque la memoria, aunque no guste, es necesaria. El dueño de Instagram se llama Meta, y Meta es la misma empresa que fundó un tal Mark Zuckerberg en una residencia universitaria.

Su primer proyecto no fue una red social para conectar al mundo, sino una página llamada Facemash. Funcionaba así: tomaba fotografías de las estudiantes de Harvard, sin su consentimiento, de los directorios universitarios, y las enfrentaba en pares para que los usuarios votaran quién era la «tía más buena». Un ranking de mujeres reducidas a puntuación. Ese fue el origen. Ahí nació la criatura que hoy le muestra a su hija cómo debe verse para ser validada.

Llevo años analizando crímenes con pruebas digitales. He visto cómo evolucionan las herramientas, pero también cómo se mantienen intactas ciertas inercias. Internet no es neutral. Nunca lo ha sido. Tampoco es un espejo fiel de la sociedad: es una lupa. Amplifica lo que ya somos. Y si algo somos es profundamente machistas. Por eso no me trago el discurso naíf de que estas plataformas pueden ser, por sí mismas, espacios de igualdad. No lo digo desde el cinismo, sino desde la experiencia. No se puede construir un entorno justo sobre una arquitectura diseñada para explotar la atención y monetizar el deseo.

No se puede levantar un templo a la igualdad sobre un solar donde la base fue la cosificación. Hace tiempo decidí comprobarlo. Me creé cuentas nuevas, limpias, sin historial, sin sesgos previos. Quería ver qué ofrecía la máquina cuando aún no sabía nada de mí. El resultado fue quirúrgico: en perfiles femeninos, cocina, decoración, ternura domesticada. En perfiles masculinos, cuerpos. Mujeres fragmentadas en curvas, en poses, en estímulos rápidos. Desde el minuto uno. Sin contexto. Sin historia. Solo consumo.

No es un fallo. Es diseño, como ha dictado una sentencia contra Meta y YouTube. Y, sin embargo, convivimos con ello como si fuera inevitable. Hemos integrado Instagram  en nuestras dinámicas más íntimas. Es nuestra carta de presentación, es filtro previo a cualquier relación. Nadie da ya su número sin pasar antes por ese escaparate digital donde competimos por parecer algo que no somos.

Pero hay algo que me inquieta más. ¿Cómo es posible que una empresa capaz de detectar automáticamente un pezón en una imagen –y censurarlo en milisegundos– no sea capaz de detectar a un menor en riesgo? ¿Cómo puede afinar hasta el absurdo para proteger su moral estética y  fallar sistemáticamente en la protección real? La respuesta es sencilla: porque el menor también es producto. Y mientras el producto genere interacción, no hay incentivo real para detener la maquinaria.

En paralelo, las redes se llenan de una estética imposible. Una carrera en la que las mujeres compiten contra versiones irreales de sí mismas, mientras los hombres consumen esa ficción como si fuera norma. Y entonces me pregunto: ¿de verdad creemos que estos sistemas se han diseñado desde una mirada equilibrada? ¿Que un algoritmo así es fruto de equipos de hombres y mujeres? La historia de la tecnología nos dice lo contrario.

Durante décadas, las mujeres han sido expulsadas de los espacios donde se decide cómo se construye el mundo digital. No es solo una cuestión de números. Es una cuestión de cultura. De cómo se percibe a quien entra. De cómo se cuestiona su talento. No es casualidad que muchas hayan abandonado. Ni que otras tengan que demostrar el doble para ser tomadas en serio. Ni que los productos finales reflejen ese sesgo. La exclusión no es un accidente. Es estructura. Y esa estructura se replica en el código, en los algoritmos, en las decisiones de producto. Lo que vemos en pantalla no es solo tecnología: es ideología empaquetada en forma de entretenimiento.

Ahora bien, no todo está perdido. Estamos en un momento histórico peculiar. La IA ha democratizado, en parte, el acceso al conocimiento y a la creación tecnológica. Hoy, más que nunca, cualquiera con capacidad y determinación puede aprender, construir, intervenir. Las barreras siguen existiendo, sí, pero ya no son infranqueables. La pregunta no es si podemos cambiar esto. La pregunta es si queremos hacerlo.

¿Estamos preparados para que entren más mujeres en el diseño de la tecnología y cambien las reglas del juego? ¿Podemos imaginar algoritmos diseñados desde la empatía, desde la protección, desde una comprensión distinta del poder? Yo, como hombre que ha crecido en este entorno y que ha participado –consciente o no– de sus inercias, quiero pensar que sí. Que es posible. Pero eso exige renunciar a ciertos beneficios, cambiar modelos de negocio, asumir pérdidas a corto plazo. Y eso, siendo honestos, es lo verdaderamente difícil.

Mientras, la niña de Tenerife sigue deslizando el dedo. Sigue ahí, atrapada en una secuencia que no diseñó y de la que nadie parece querer rescatarla. Porque no es una historia individual. Es un patrón. Como lo son tantos casos que terminan en violencia, en explotación, en situaciones donde la tecnología facilita el daño. Y aquí está el problema real: no estamos ante una herramienta que se usa mal. Estamos ante un sistema que funciona exactamente como fue diseñado.

La próxima vez que hablemos de redes sociales, quizá deberíamos dejar de preguntarnos cómo usarlas mejor y empezar a preguntarnos si estamos dispuestos a aceptar lo que realmente son. Porque tal vez el mayor engaño no sea el algoritmo y seguimos discutiendo si esto es bueno o malo, útil o inútil, educativo o peligroso… como si aún no hubiéramos entendido que el debate real es otro. No va de redes sociales. Va de esa niña que terminó siendo captada para la prostitución en el caso 18 lovas… Va de qué tipo de sociedad estamos dispuestos a tolerar. Y, sobre todo, de si vamos a seguir entregando a nuestros hijos e hijas a un sistema que no los protege… porque en realidad nunca fue diseñado para hacerlo.  

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