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La Odisea de Nolan. Homero cabalga las olas hacia el Oeste

Por: Pere Ortín

Este artículo ha sido publicado originalmente en Catalunya Plural.

¿Qué significa ser humano después de haber vivido la violencia más salvaje de la guerra? La Odisea no es solo una historia de héroes, sino una pregunta gigante, tan grande como la piedra que cierra la cueva del cíclope Polifemo. La Odisea es fragilidad, pérdida, nostalgia, traición, amor y deseo de volver a ser alguien cuando tu mundo te ha convertido en otra persona.

Un amigo poeta me ha hecho entender que puede haber una manera sorprendentemente reveladora de mirar La Odisea de Nolan. ¿Qué pasaría si imagináramos que no estamos viendo una película sobre la Grecia antigua, sino un western? La estructura dramática es la misma: un hombre endurecido por la guerra atraviesa una frontera salvaje marina para recuperar su hogar. Los caballos son barcos; las diligencias, trirremes; los indios, lotófagos, lestrigones, sirenas y cíclopes como Polifemo.

En el fondo, Nolan no adapta a Homero. Adapta la manera en cómo Occidente, y especialmente el mundo anglosajón, ha decidido imaginar la Grecia antigua y a Homero. Y esta diferencia es mucho más importante de lo que parece. Nolan se explica, como siempre, a través de la imagen. Visualmente, la película es una gran demostración de fuerza del cine norteamericano contemporáneo. La IA –cada vez más visible, sofisticada e integrada en toda la producción cinematográfica– parece trabajar al servicio de una obsesión: convertir en visibles algunas criaturas que durante tres mil años solo habían existido dentro de la imaginación de los lectores y en los atrevimientos de algunos maravillosos pioneros de la animación de monstruos y aventuras míticas griegas, como Ray Harryhausen y sus trabajos en Jasón y los argonautas (1963) y Furia de titanes (1981).

Polifemo es inmenso. Circe es inquietante. Calipso es maravillosa. Los muertos del Inframundo que convoca Tiresias representan la pesadilla de la culpa, los horrores de la guerra de Troya y el gran precio de sobrevivir por encima de la idealizada épica del héroe. A pesar de aquellos que se ofenden por todo, el resultado me impresiona por fascinante. Pero, a la vez, deja una sensación extraña. Cuando todo puede ser mostrado, algo del misterio desaparece. Homero escribía para que el lector imaginara. Nolan filma para que el espectador ya no tenga que imaginar nada. ¿Es la gran victoria del cine tecnológico contemporáneo? ¿O quizás también es su pequeña gran derrota?

Hace unos días conversaba con un amigo sobre la película. Su tesis era sencilla y poderosa: el verdadero drama de Odiseo consiste en dejar de ser un guerrero cuando las armas, su arco, han dejado de ser herramientas para convertirse en una identidad. La guerra acaba construyendo una masculinidad que solo sabe existir a través de la violencia, del liderazgo y del reconocimiento. Es una lectura inteligente. Y profundamente contemporánea.

Vivimos un momento histórico en que vuelven a proliferar los discursos de la mano dura, los liderazgos autoritarios y una fascinación preocupante por la fuerza como única forma posible de resolver los conflictos. No es casualidad que muchas sociedades continúen admirando a quienes prometen destruir más que construir. El héroe sigue siendo, demasiado a menudo, quien dispara primero y no quien pone paz dentro de una situación violenta.

Pero la gran diferencia entre Aquiles y Odiseo es que Aquiles sí representa la fuerza. Odiseo representa la inteligencia. Su gran superpoder no es la espada. Es la imaginación. Es la palabra. Es la capacidad de mentir. Es saber esperar. Es saber escuchar. Es entender que hay guerras que solo se pueden ganar sin combatir e, incluso, disfrazado de pobre y de mendigo.

El caballo de Troya no es una victoria militar. Es una victoria narrativa. Es el triunfo de la inteligencia sobre la espada y la sangre. Cuando Odiseo recuerda Troya, Nolan parece querer construir un discurso sobre el trauma de los veteranos, sobre la culpa y sobre las cicatrices invisibles de la guerra. Durante unos instantes casi intuimos –solo intuimos– una reflexión poderosa sobre todas las guerras contemporáneas, sobre los soldados que vuelven sin saber exactamente qué han perdido y sobre las sociedades que glorifican la destrucción mientras esconden sus costes humanos.

Pero la película no acaba de atravesar esta puerta. Su director no lo quiere. Llega. La toca. Y vuelve inmediatamente a la acción. Como si desconfiara del silencio. Como si tuviera miedo de que el pensamiento interrumpiera el espectáculo. La secuencia final contra los pretendientes de Penélope es probablemente el mejor ejemplo. Es impecable desde el punto de vista cinematográfico. Las flechas atraviesan el espacio con una precisión casi matemática. Los tendones se rompen. Los cuerpos caen. Todo sucede con una velocidad coreográfica fascinante. Y, aun así, casi no hay sangre.

Es aquella violencia esterilizada que Hollywood ha perfeccionado durante décadas: lo bastante brutal como para provocar adrenalina, lo bastante elegante como para que el espectador no sienta demasiada incomodidad. La muerte sigue siendo espectacular, pero raramente resulta sucia, dolorosa, real.

Quizás aquí conviene recordar una evidencia que a menudo olvidamos cuando hablamos de la película de Nolan. La Odisea no es un tratado filosófico. Es una película de acción basada en un poema de la Edad del Bronce. Y no pasa absolutamente nada. Es una gran superproducción de Hollywood que el público normal de barrio –que posiblemente odia La Odisea porque se lo obligaron a leer de adolescente, y que no es ni sabio ni letraherido– aplaude con fuerza cuando acaba la película, como pasó en la sala donde yo la vi. El problema viene cuando olvidamos que Homero era mucho más radical de lo que parece. Porque su gran intuición no consistía en explicar una guerra. Consistía a explicar qué pasa después.

La guerra de Troya dura diez años. El viaje de vuelta también. Y es durante este segundo viaje cuando Odiseo vive las experiencias que realmente lo transforman. Los monstruos, las tormentas, las tentaciones, las pérdidas, las derrotas, los dolores y los errores explican mucho más sobre su condición humana que cualquier batalla. Esta es una idea extraordinariamente moderna. La vida importante no pasa durante los grandes acontecimientos. Pasa cuando intentamos volver a la pequeña vida cotidiana.

La gran lección de La Odisea es aprender a habitar una paz que ya no se asemeja en nada a la que dejaste atrás. Nunca hay retorno sin manchas; nunca nadie cruza un pantano sin mancharse. No hay héroes invulnerables. La guerra nunca se acaba del todo dentro de la cabeza y del corazón del guerrero. Volver a casa consiste en aceptar que ya no eres la misma persona después de haber matado a otro ser humano. La gran lección que nos dejó su odisea no es atravesar el mar y volver a casa. Es desaprender la guerra.

De hecho, hay una idea que la película sí que consigue transmitir con fuerza: lo más importante de la historia es que el héroe descubre más cosas sobre sí mismo perdiéndose que conquistando una ciudad. Las pruebas, los monstruos, las tentaciones, los naufragios y los fracasos acaban siendo mucho más reveladores que cualquier victoria militar porque volver a casa siempre es más difícil que marchar a la guerra.

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El pulso de Sani Ladan al pensamiento eurocéntrico: “Cuestionar cómo se ha contado África es un ejercicio de rigor”

Por: Selena Pizarro - Fundación porCausa

“Panafricanista. Eso es lo que realmente soy”, responde Sani Ladan (Duala, Camerún, 1995) tras resoplar con honestidad. Después, añade: “Todo lo demás son herramientas al servicio de una causa que es contar África desde África y, en este caso, desde su diáspora”.

Ladan vive en Madrid, aunque encontrar un hueco para conversar con él estos días resulta casi tan complicado como abarcar los asuntos que atraviesan sus páginas. Hace un alto durante su regreso a la capital española tras un viaje al extranjero. Está inmerso en la promoción de El latir de un continente (Plaza & Janés, 2026), mientras atiende otros proyectos que, como él mismo dice, nunca dejan de acumularse. 

Si La luna está en Duala (Plaza & Janés, 2023) era un ejercicio de memoria íntima sobre su propia travesía migratoria, El latir de un continente amplía el foco. Es un mapa trazado con la urgencia de quien sabe que África no puede seguir siendo contada desde la mirada ajena. «La historia es más dulce cuando la cuenta su protagonista», recuerda Joseph Nkongo en el prólogo, recuperando un proverbio hausa. 

Ladan le echa un pulso al pensamiento eurocéntrico desde la inmensidad de un continente que reclama el derecho a narrarse a sí mismo. Este libro cuestiona la falsa idea de que «África empieza a existir con la llegada del hombre blanco». De ahí la necesidad de recuperar nombres, fechas, imperios, civilizaciones y, sobre todo, resistencias. «Esto no es un libro de queja, sino de reivindicación», afirma.

¿Por qué sigue siendo necesario cuestionar la historia de África escrita desde una perspectiva eurocéntrica?

La historia casi siempre la han escrito los vencedores, en este caso quienes colonizaron. Y eso no es un problema del pasado. En pleno 2026 seguimos reduciendo un continente de 55 países y más de 2.000 lenguas a hambrunas, guerras o safaris. Cuando hacemos eso, reproducimos la misma mirada eurocéntrica del siglo XIX. Cuestionar esa historia no es un capricho identitario, sino un ejercicio de rigor. Cheikh Anta Diop dedicó su vida a demostrar la relación entre el antiguo Egipto y las civilizaciones negroafricanas, pero fue ninguneado por las academias occidentales. Eso dice mucho sobre quién decide qué merece ser considerado historia.

En el libro hablas de un orden mundial construido sobre la inferiorización de los pueblos africanos. ¿Cómo sigue operando hoy esa lógica?

Opera de dos maneras: una visible y otra más sutil. La visible es, por ejemplo, el franco CFA, una moneda que mantiene atados a catorce países africanos a decisiones que se toman en París. Eso es colonialismo económico en pleno siglo XXI. La parte más sutil tiene que ver con la representación: ¿quién tiene autoridad para hablar de África en los medios? Precisamente, Burkina Faso aprobó un decreto que prohíbe fotografiar a personas vulnerables junto a donaciones. Pero esa lógica no la sostiene únicamente Europa, también dirigentes africanos que han hecho de la dependencia su modelo de supervivencia. El panafricanismo debe mirar críticamente hacia nuestras propias élites.

También otorgas un papel central al lenguaje. ¿Qué cambia cuando hablamos de «personas esclavizadas» en lugar de «esclavos»?

Absolutamente todo. Decir «esclavo» parece hablar de una condición inherente a la persona. En cambio, decir «persona esclavizada» nos obliga a recordar que hubo alguien con un nombre y una vida antes de esa violencia, y también que hubo un esclavizador. Señalamos al responsable. No es una cuestión de corrección política, sino de precisión histórica. El lenguaje no es un decorado, es el marco desde el que pensamos.

El libro no se limita a narrar la violencia colonial, también recupera historias de resistencia y de reconstrucción de identidades. ¿Por qué era importante contar eso?

Porque si solo cuentas el sufrimiento, acabas reforzando la imagen de África como una víctima pasiva, esperando a que alguien venga a salvarla. Esa es una de las grandes mentiras que hemos consumido durante mucho tiempo. Hemos puesto el foco en los verdugos y olvidado a quienes resistieron, como Yaa Asantewaa, Abd el-Krim, los Mau Mau en Kenia o la Unión de los Pueblos Cameruneses. En cada rincón del continente hubo personas que se levantaron, lucharon y, en muchos casos, pagaron con su vida por no resignarse. Contar solo el dolor sin contar la dignidad de la resistencia es otra forma de deshumanizar a esas personas. Quería que el lector cerrara el libro sintiendo rabia por la violencia sufrida, pero también admiración y orgullo por quienes decidieron resistir.

¿Escribir en una lengua africana sigue siendo una forma de resistencia cultural?

Sin duda. Cada vez que un imperio ha querido dominar un territorio, lo primero que ha intentado destruir ha sido la lengua, porque en ella habita la forma de entender el mundo, la cosmovisión y la memoria oral de los pueblos. Autores como Ng?g? wa Thiong’o advirtieron de que seguir escribiendo en la lengua del colonizador tiene sus límites. En mi caso hablo varios idiomas. Me encantaría escribir algún día en hausa o fula, aunque fuera un texto breve. Sería una forma de devolverle algo a la lengua de mi abuela, que me contó mis primeras historias mucho antes de que yo aprendiera a leer en francés o en español.

Este año, el Gobierno de España aprobó la regularización extraordinaria de personas migrantes, mientras continúa endureciendo las fronteras y externalizando el control migratorio. ¿Qué revela esa doble política sobre la relación de Europa con África?

Es la coherencia con un modelo. Han convertido las fronteras en lugares de criba humana, donde quedan los excedentes de la sociedad y los considerados desechos desde una lectura racial. Europa delega el control migratorio en terceros países para mantener la frontera lo más lejos posible de su territorio. Es la lógica con la que se ha relacionado con África durante décadas. Cuando ya has entrado y eres útil económicamente, se te regulariza. Pero, al mismo tiempo, se despliegan todos los mecanismos posibles para impedir que otras personas lleguen. Es una gestión de flujos, no una política migratoria basada en los derechos humanos. Quienes dicen que España es un modelo, deberían haber estado presentes durante la masacre de Melilla. Hablamos del mismo gobierno.

Durante el Mundial hemos vuelto a ver insultos racistas e incluso dirigentes políticos cuestionando la pertenencia de futbolistas negros a sus selecciones. ¿Qué revela el fútbol sobre el legado del colonialismo?

El fútbol es un espejo cruel de cómo Europa sigue sin resolver su relación con sus antiguas colonias. Lo de Rajoy retrata perfectamente esa vieja idea colonial de que existen ciudadanos de primera y de segunda según el apellido y el color de piel. Equivale a decirles a millones de hijos e hijas de argelinos, senegaleses o cameruneses que, por mucho que hayan nacido allí, nunca serán plenamente franceses. En España ocurre lo mismo con futbolistas como Lamine Yamal o Nico Williams. En cambio, nadie cuestiona la pertenencia de Aymeric Laporte, porque es blanco. 

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Argentina más allá del fútbol: resistencia cultural en los años de Milei

Por: Laureano Debat


Se resiste ante un poder desmesurado, la falta de alternativas y porque no queda otra. En términos de la práctica política, se resiste porque los movimientos sociales aún transitan el momento traumático de no poder imaginar algo nuevo. La cultura argentina está acostumbrada a resistir, siempre tan curtida de «prepotencia de trabajo», parafraseando a Roberto Arlt. Y en un contexto en el que la política no ofrece ninguna alternativa más que resistir, la cultura transita por el camino de la prepotencia de la praxis: hace cosas, continúa, mantiene su cauce incluso sin referentes políticos seductores.

La literatura 

«La feria es una caja de resonancia de la Argentina», dijo en una entrevista reciente el director de la Feria del Libro de Buenos Aires, Ezequiel Martínez. Una feria que constituye un foco importante de resistencia contra el gobierno de Milei y que, pese a la crisis, este año, en su 50º aniversario, contó con récord de asistentes (1.340.000 personas) y registró aumentos de entre el 10 y el 20% en sus ventas con respecto al año anterior. La que supo ser la ciudad del mundo con más librerías sigue demostrando su voluntad de leer, pese a todo. «Una fiesta en un país que se derrumba», titulaba Silvina Friera en Página/12.

Una fiesta que se inauguró con la consabida violencia institucional (en este caso, insultos al público del secretario de Cultura de la Nación, Leonardo Cifelli) pero que, por fortuna, tuvo en la triada Selva Almada, Leila Guerriero y Gabriela Cabezón Cámara una ceremonia de apertura que activó varias alertas sobre la actuación del gobierno de Milei, no solo en la degradación del discurso público o en la instauración la hostilidad social, sino también en los reiterados intentos de entregar los recursos naturales. 

Argentina puede seguir confiando en su cultura literaria como foco de resistencia. En las principales ciudades del país crecen y se multiplican ferias de editoriales independientes: Córdoba, La Plata, Bahía Blanca, Rosario, Mar del Plata y tantas otras, cada una con sus particularidades y su circuito de librerías. Todo esto junto a la constante aparición de nuevas ideas y materiales para debatir, desde Leídos Ya, una app de delivery de libros, hasta Los rotos: 18 fábulas desde el infierno libertario, el libro que Factótum Ediciones lanzó bajo el lema «algo se rompió y la realidad se volvió una distopía abominable» y con la participación de Julia Coria, Inés Hopenhayn y Federico Jeanmaire, entre otros.

Arte contemporáneo

Además de ser uno de los artistas contemporáneos más importantes de Argentina, Guillermo Kuitca fue uno de los firmantes de aquel comunicado de intelectuales que alertaban sobre la fragilidad del orden democrático si ganaba Javier Milei. Por estos meses, Kuitca muestra sus diarios en forma de lienzos circulares, pintados y vandalizados sobre una mesa durante 25 años. Los expone en Arthaus, una galería de arte que existe desde 2021 en pleno microcentro porteño y que ha dado una nueva vida a un barrio muy degradado. Además de acoger en su cúpula obras fundamentales del colectivo Mondongo, Arthaus tuvo en cartel durante todo mayo PLAY, una investigación escénica del artista contemporáneo argentino radicado en Madrid Matías Umpiérrez sobre los discursos de odio.

Tomás Sarraceno, el consagrado artista argentino afincado en Berlín, por estos meses prepara una instalación en Salinas Grandes de Salta. Se trata de Santuario del Agua, una serie de esculturas de sal que representan un gesto contra la privatización del agua y a favor de un modelo de turismo sostenible. Más al norte, en Jujuy, el pueblo de Huichaira acoge desde hace 14 años el Museo en los Cerros, quizás el mejor diálogo que el arte ha conseguido establecer con la Quebrada de Humahuaca. Un sitio ideado por el fotógrafo Lucio Boschi, gestado y concebido junto a la comunidad local y que hace honor a su nombre: está integrado en su totalidad en los cerros que lo acogen. Alberga lo más vanguardista de la fotografía argentina contemporánea.

El arte escénico

Sería largo, interminable mencionar ejemplos, pero se sabe que los actores argentinos siempre fueron un grupo heterogéneo pero decisivo a la hora de protestar contra los reiterados recortes en su sector. Además de haber agredido desde su cuenta personal de X a varias actrices y actores, Javier Milei ha impulsado recortes brutales dentro la industria del cine, tan graves que hasta fue denunciado recientemente por el delegado general del Festival de Cannes, Thierry Frémaux.

Pero las productoras siguen buscando financiación donde sea para ejecutar sus ideas, mientras que en Buenos Aires y en todas las ciudades mencionadas anteriormente (y tantas otras más) las compañías de teatro se unen entre sí para abaratar costes, ofrecen espectáculos a la gorra, reducen el precio de las entradas y hacen lo imposible para seguir dando sala. Es decir, para que ir al teatro siga siendo parte del ADN argentino. Lo dijo hace poco Mauricio Kartún (y lo repite cada vez que puede): el teatro es el gran espacio de resistencia, un lugar terapéutico, un ritual todavía necesario para soportar tanto.

La cultura pop y el streaming

La violencia sistemática del gobierno de Milei ha llegado hasta cantantes pop como Lali Expósito y María Becerra. El presidente argentino encarnó en ellas su tendencia a desacreditar los gastos estatales en cultura (las llamó, respectivamente, Lali Depósito y María BCRA, por la siglas del Banco Central de la República Argentina). Y se creyó tan gracioso. Y no solo ellas, sino otros cantantes como Dillom o Milo J, que también giran por el mundo, allá donde van se encargan de dejar claro el asco que sienten por Milei.

Gelatina, Blender y AZZ son algunos de los principales canales streaming por YouTube de Argentina y, a su vez, decisivos focos de resistencia contra casi todo lo que representa el gobierno de Javier Milei. Aquí, los libertarios han decidido dar una batalla abierta, abriendo sus propios canales de streaming con los mismos trolls que ya trabajaban para Milei en X, pero todavía sin conseguir igual impacto.

Las comunidades

Desde hace más de 10 años, la revista Anfibia junta a periodistas, dramaturgos, directores, actrices y escritoras en el Laboratorio de Periodismo Performático, un experimento que combina crónica literaria con artes escénicas para dar respuesta a esa eterna incertidumbre de cómo encontrar nuevas maneras de contar historias. En torno a esto, el Teatro Picadero y Finnegans Comunidad Creativa acogieron este año Futuro Imperfecto Vol. 3, el festival donde se exponen las nuevas obras de este laboratorio y donde se curan mesas de debate en torno a los discursos de odio, la violencia estatal y la decadencia de la libertad de prensa en estos años de Milei. Y donde el objetivo principal es juntarse a hacer cosas, crear de manera colectiva como un gesto contra el individualismo y el egoísmo oficialista.

Porque si hay algo determinante en estos años de resistencia es la creación de comunidades. Lo hace Anfibia, lo hacen las librerías y los streamers, lo hace la gente del teatro, lo viene haciendo Orsai desde hace años y también Futürock, una radio, editorial y librería sostenida por miles de socios con un perfil abiertamente feminista y LGTBIQ+, dirigida por Julia Mengolini, quizás una de las personas más atacadas durante años por los ejércitos de trolls que la derecha tiene a sueldo en las redes sociales.

Y en un país que ha roto casi todos sus consensos, que existan dos que parecen inquebrantables es, por lo menos, insólito. Los clubes de fútbol siguen siendo asociaciones sin fines de lucro, tienen elecciones, los socios votan a sus representantes, hay asambleas, hay identificación barrial. Las universidades públicas siguen siendo gratuitas y con ingreso irrestricto, lo que significa que cualquier persona del mundo puede disfrutarlas en las mismas condiciones que los argentinos. Ni los clubes ni las universidades son panaceas de la transparencia y de la buena gestión, pero siguen siendo bienes colectivos, de la gente. Continúan resistiendo a los enésimos intentos de ser privatizados. Y pareciera ser que la mayoría de argentinos queremos que sigan así. Quizás sea otra de las pequeñas cosas a las que podamos aferrarnos para que resistir siga mereciendo la pena.

Este artículo fue actualizado el 27 de julio de 2026. 

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Alberto Castrillo-Ferrer (Manhattan Fest): “Se infantiliza e hiperprotege al público rural”

Por: Ana Veiga

Una isla cultural en mitad de la Hoya de Huesca. Eso es lo que ha tratado de construir el actor, director teatral y dramaturgo Alberto Castrillo-Ferrer con el festival de teatro Manhattan Fest en Murillo de Gállego. Una localidad zaragozana de poco más de un centenar de habitantes donde se enraíza su historia familiar, y a donde ha decidido volver tras desarrollar su carrera profesional en diversas ciudades, estudiar en l’École International de Mimodrame Marcel Marceau (París) y en la RESAD de Madrid, y recibir el Premio MAX al Mejor Espectáculo de Teatro Musical, entre otros galardones. “Es mi casa”, dice despacio, con una calma contagiosa. Por eso, es justo ahí donde ha decidido construir también un proyecto de vida que le permita desarrollar su profesión y llevar el teatro a una población a la que, hasta hace seis años, le resultaba algo ajeno.  

¿Cómo nace la idea de crear un festival como el Manhattan Fest en 2020, en plena época de pandemia?

La idea es más antigua porque esta es la casa de mi familia, y Murillo de Gállego es el pueblo al que iba de niño, donde después trabajé como guía de montaña antes de irme a estudiar fuera. Es un lugar que para mí… es mi lugar, mi punto de referencia. Después me fui a estudiar a Francia, a Madrid, hice mi vida y me fui dando cuenta de que en las ciudades es muy difícil ensayar. En Francia estuve en residencias de amigos que tenían granjas donde trabajaban y vivían, y esa idea me rondaba siempre la cabeza. Tener un sitio que fuera casa y trabajo, y pensé en unir esta idea a un festival.

También es un pueblo donde ya hay público natural en verano, porque hay turismo de deportes y escalada, además de los propios vecinos del pueblo y comarca. La casualidad quiso que lo hablara con Víctor López Carvajal, antiguo director del Teatro Principal de Zaragoza y entonces productor de mis espectáculos, uno o dos días antes de que nos confinaran. Aun así quisimos continuar e hicimos un primer año con las restricciones propias de pandemia pero que, dentro de esa situación, tuvo muy buena acogida. Recuerdo que yo iba llamando casi casa por casa contándoles cuáles eran sus asientos; también en los grupos de Whatsapp del pueblo. Fue un esfuerzo muy bonito que creo que todo el mundo agradeció. El mundo del teatro para esos momentos tan duros. Luego, lamentablemente, mucha gente se olvida de ti.

¿Y cómo ha evolucionado desde los inicios hasta hoy, seis años después?

En 2021 lo celebramos con mejores condiciones aunque todavía con restricciones; en 2022 ya completamente bien. Y en 2023 recibimos ayudas y fue cuando el festival cogió mucho vuelo, pero también es verdad que cada año había pérdidas que asumía y asumo yo. El año pasado decidimos dejar de lado la música, el cine y otras actividades culturales que incluíamos en la programación, y centrarnos exclusivamente en el teatro porque es lo que dominamos. También porque casi no hay festivales de teatro como lo entendemos, ese que te emociona, que te llega, que tiene otro ritmo… Ese teatro es una especie que, quizá no está en extinción, pero desde luego es una especie a proteger.

¿Qué perfil de público tiene? 

El otro día tuvimos un lleno de 100 personas, pero solo un 40% eran del pueblo. Hay un grupo muy fijo de autóctonos que nos apoyan. Pero sobre todo empieza a moverse en la comarca (Huesca, Zaragoza) y luego gente que viene de fuera.

¿Qué cree que busca la gente en este festival? 

Depende del público. Tenemos a gente fija del pueblo que siempre vienen como, por ejemplo, una pareja con hijos. Ellos vienen a todo porque lo que buscan es una cultura a la que generalmente no tienen acceso fácil. Por otro lado, los veraneantes que a lo mejor viven en Barcelona, Zaragoza, Huesca… buscan la experiencia. Pues nos vamos a este pueblo, hacemos un rafting por la mañana, nos alojamos en un albergue rural y, por la tarde, acudimos al festival que además está en un anfiteatro al aire libre, con un panorama impresionante, con la torre, con la iglesia al fondo, con las estrellas. Aunque decía Federico Luppi que al cine entras y al teatro vas. El teatro implica una decisión previa: lo miras antes, te informas, lo has reservado o has estudiado un poco de qué va la cosa. Creo que quien asiste es porque ha decidido que lo hará, no solo porque se lo encuentre.

Manhattan Fest. Don Chisciotte. Sala Gato Negro en Murillo de Gállego (Huesca). Marta Marco ©.

Con la programación, ¿busca descubrir nombres nuevos o traer a grandes artistas reconocidos?

Aspiro a traer obras que puedan despertar emociones, desde la risa, el dolor, el asombro… Eso es el teatro. Quiero que la gente descubra que hay otro tipo de teatro que no es el de los famosos y que no es el de los musicales. En la programación, que preparo con Blanca Carvajal, estamos trayendo a todo tipo de compañías: pequeñas, algunas con gran solera y arraigo, y otras que empiezan a hacer muy poquito, pero que lo suyo es de calidad. Y con algunas hago intercambios de funciones, como con Teatro de Ábrego; ellos hacen su función aquí y yo voy a Ábrego. Estoy defendiendo la pequeña compañía, esas que encima del escenario son príncipes y luego tienen que cargar y descargar su propia furgoneta. También eso es bonito.

El Manhattan Fest celebra este año su séptima edición. ¿Considera que se ha convertido en un festival de referencia o de culto?

Si el año que viene no lo hago, nadie va a venir a preguntarme por él. Bueno, quizá algunos. No sé si puedo decir que el festival está consolidado pero creo que sí está respetado como festival de calidad. Es muy difícil consolidar nada porque vas a concurrencia competitiva todos los años, y que te den subvenciones, a veces, parece que depende de que estén de acuerdo contigo. Yo, por ejemplo, me siento vetado por el Ayuntamiento de Zaragoza; no me dan ayudas ni me programan en la ciudad, y creo que es porque tengo una columna en la SER donde escribo mi opinión. En la cultura dependemos de los políticos de turno… ¿Qué me gustaría que fuera el Manhattan Fest? Mi referente es la Royal Shakespeare Company y su teatro en Stratford-upon-Avon, pero claro, es el pueblecito de Shakespeare, el mejor dramaturgo del mundo. Y está muy apoyado de forma pública y privada.

¿El Manhattan Fest recibe apoyos?

Aún no han resuelto algunas subvenciones y este año todavía no sé si voy a poder cubrir gastos o voy a perder dinero otra vez, como casi todos los años. En las últimas ediciones, hemos recibido ayudas del Gobierno de Aragón, la Diputación Provincial de Zaragoza, de la Comarca, de la Fundación Caja Rural… Pero nunca sabes si te lo van a dar o no y así es muy difícil hacer un proyecto a largo plazo. El Ayuntamiento de Murillo de Gállego, por ejemplo, nos ayudaba y ya no. Llegará el día en que me canse de arriesgar y de estar con el corazón en un puño todo el verano. Es una pena que las ayudas no puedan plantearse para sostener proyectos a medio plazo porque se harían cosas mucho mejores.

Comenta que no es un proyecto rentable económicamente hablando. ¿Cuál es entonces su objetivo con el festival?

Yo soy muy ambicioso precisamente porque no es dinero lo que quiero. La gente con ese dinero lo que quiere es gastar el dinero en ser querido, en amistades, en generar momentos felices y de plenitud… Yo intento evitarme ese paso intermedio del dinero y lo que quiero es ser querido, ser reconocido por la profesión, por los amigos, traer a gente que disfrute de esta casa. Tengo una ambición de felicidad. Luego, bajándolo a tierra, el Manhattan Fest me aporta visibilidad, reconocimiento, experiencia, currículum y luego que aprendo mucho de otras compañías. Me ha empujado a crear esta casa de ensayos en la que, probablemente, en agosto ensayemos una obra, o recibamos a otras compañías en invierno. El hacer siempre te devuelve cosas. Hay que apartar un poco la vista de que lo más importante es ganar dinero, porque es falso, de verdad. A veces hay que parar y mirar alrededor. En la pandemia lo vimos; y cuando la gente tiene tiempo de pensar, lo dice, lo nota. Este festival me da eso, ese momento de espiritualidad, de paz e incluso contra estos gigantes económicos. A pequeña escala, claro, como un mini Quijote (risas).

¿Cómo se recibe esto de que venga gente de fuera? 

No estamos muy acostumbrados. Pero, a veces, pasa como en Estados Unidos, que los que más protestan no son de allí y sus padres llegaron en los años 80. Aquí pasa también. Y es como ‘oye, perdona, en este pueblo te acogieron y no pasó nada’. De todas formas, es un pueblo que ha tenido siempre una carretera, por lo que siempre ha estado acostumbrado a recibir viajeros, también por el tema del turismo de aventura. En mi caso, yo soy del pueblo desde hace muchas generaciones –he encontrado un documento del año 1.000–. Y en los pueblos, que conozcan a tu familia es importante. Tú pagas lo que han hecho tus antepasados, y yo he notado mucho respeto, por ser parte de una familia muy normal, modesta pero recta. También por traer teatro, que parece que le da una categoría al pueblo y es una actividad cultural bien vista. Otra cosa es que no vengan al teatro (risas) pero yo sé que fuera se presume. 

Manhattan Fest. Don Chisciotte. Sala Gato Negro en Murillo de Gállego. Marta Marco ©.
Manhattan Fest. Don Chisciotte. Sala Gato Negro en Murillo de Gállego. Marta Marco ©.

Por cierto, ¿por qué el nombre de ‘Manhattan Fest’?

Quería un festival que no fuera lo que ya hacen otros, y hacen muy bien. No quería una orquesta local y a Leticia Sabater, ni siquiera a famosetes que hacen sus pinitos. Entonces pensé en un nombre que nos llevara a pensar en todo lo contrario a un pueblo, y que pueda ofrecer espectáculos que se puedan ver en cualquier sitio del mundo, en París, en Madrid o en Nueva Orleans. Y me vino a la cabeza Manhattan. Al buscar el nombre, vi que significa isla entre colinas. Y digo pues es lo que tenemos: una isla cultural entre los promontorios de Los Mallos de Riglos.

Hablar de ‘isla cultural’ me lleva a pensar en un espacio aislado y al concepto de La España Vaciada. ¿Puede ser la cultura una herramienta contra la despoblación?

Esa es una pequeña lucha que tengo. Existen unas ayudas que vienen de vertebración del territorio, y las dan para programaciones culturales en invierno pero no permiten que haya venta de entradas. Y no las he pedido porque creo que te impide educar a la gente, y contarles que el teatro es trabajo y cuesta un dinero, como puede costar cualquier otra actividad. Entonces si en invierno organizo algo gratis, ¿luego cómo les voy a decir que el teatro se paga? Además, creo que es una visión paternalista de la gente del rural, como de pobrecitos, con la idea de organizarles algo, lo que sea, y limpiar la conciencia. No, señor; no traigan cualquier cosa, ofrezcan algo bueno, de calidad. A los políticos se les llena la boca con lo de luchar contra la despoblación, pero creo que merece mucha reflexión porque se está pensando desde los despachos. No se dan cuenta de que, muchas veces, se infantiliza o hiperprotege al público rural. Llévales algo bueno, que puedan ver en cualquier gran ciudad, y que paguen como todo el mundo.

Como ayudante de dirección junto a Javier Fesser, han creado el corto‘Más suerte que Zelenski’, donde imaginan un futuro mejor –con una portada de La Marea– que precisamente vuelve un poco a las costumbres típicas de los pueblos, de botijo y vida analógica. 

Sí, pensé “hay sacar a La Marea porque es la que va a aguantar en el futuro” (risas). Yo principalmente soy freelance, quiero decir, soy actor, director y, de vez en cuando, hago alguna adaptación, dramaturgia o, en este caso, le eché una mano a Javier (Fesser), que tuvo la generosidad de ponerme de ayudante de dirección. Con el corto, que hicimos por una propuesta de Greenpeace, quisimos darle una vuelta a las distopías. Pensamos: ¿y si tanta distopía pesimista está dando pie a que efectivamente suceda? Por eso, lo llevamos a una idea de un futuro mejor, una utopía bonita. ¿Y cómo? Pues imaginando que la naturaleza se carga a los cuatro hijos de puta que todos tenemos en la cabeza. Ahora, habrá que currárselo por si acaso la naturaleza no nos ayuda (risas) y pensar que, quizá, el mejor futuro es donde volvemos a usar el botijo, dejamos las prisas y paramos de comprar todo desde casa para hablar con la tendera. Ojalá ese futuro llegue a cumplirse.

Actualización 27/07/2026

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Argentina más allá del fútbol: resistencia cultural en los años de Milei

Por: Laureano Debat


Se resiste ante un poder desmesurado, la falta de alternativas y porque no queda otra. En términos de la práctica política, se resiste porque los movimientos sociales aún transitan el momento traumático de no poder imaginar algo nuevo. La cultura argentina está acostumbrada a resistir, siempre tan curtida de «prepotencia de trabajo», parafraseando a Roberto Arlt. Y en un contexto en el que la política no ofrece ninguna alternativa más que resistir, la cultura transita por el camino de la prepotencia de la praxis: hace cosas, continúa, mantiene su cauce incluso sin referentes políticos seductores.

La literatura 

«La feria es una caja de resonancia de la Argentina», dijo en una entrevista reciente el director de la Feria del Libro de Buenos Aires, Ezequiel Martínez. Una feria que constituye un foco importante de resistencia contra el gobierno de Milei y que, pese a la crisis, este año, en su 50º aniversario, contó con récord de asistentes (1.340.000 personas) y registró aumentos de entre el 10 y el 20% en sus ventas con respecto al año anterior. La que supo ser la ciudad del mundo con más librerías sigue demostrando su voluntad de leer, pese a todo. «Una fiesta en un país que se derrumba», titulaba Silvina Friera en Página/12.

Una fiesta que se inauguró con la consabida violencia institucional (en este caso, insultos al público del secretario de Cultura de la Nación, Leonardo Cifelli) pero que, por fortuna, tuvo en la triada Selva Almada, Leila Guerriero y Gabriela Cabezón Cámara una ceremonia de apertura que activó varias alertas sobre la actuación del gobierno de Milei, no solo en la degradación del discurso público o en la instauración la hostilidad social, sino también en los reiterados intentos de entregar los recursos naturales. 

Argentina puede seguir confiando en su cultura literaria como foco de resistencia. En las principales ciudades del país crecen y se multiplican ferias de editoriales independientes: Córdoba, La Plata, Bahía Blanca, Rosario, Mar del Plata y tantas otras, cada una con sus particularidades y su circuito de librerías. Todo esto junto a la constante aparición de nuevas ideas y materiales para debatir, desde Leídos Ya, una app de delivery de libros, hasta Los rotos: 18 fábulas desde el infierno libertario, el libro que Factótum Ediciones lanzó bajo el lema «algo se rompió y la realidad se volvió una distopía abominable» y con la participación de Julia Coria, Inés Hopenhayn y Federico Jeanmaire, entre otros.

Arte contemporáneo

Además de ser uno de los artistas contemporáneos más importantes de Argentina, Guillermo Kuitca fue uno de los firmantes de aquel comunicado de intelectuales que alertaban sobre la fragilidad del orden democrático si ganaba Javier Milei. Por estos meses, Kuitca muestra sus diarios en forma de lienzos circulares, pintados y vandalizados sobre una mesa durante 25 años. Los expone en Arthaus, una galería de arte que existe desde 2021 en pleno microcentro porteño y que ha dado una nueva vida a un barrio muy degradado. Además de acoger en su cúpula obras fundamentales del colectivo Mondongo, Arthaus tuvo en cartel durante todo mayo PLAY, una investigación escénica del artista contemporáneo argentino radicado en Madrid Matías Umpiérrez sobre los discursos de odio.

Tomás Sarraceno, el consagrado artista argentino afincado en Berlín, por estos meses prepara una instalación en Salinas Grandes de Salta. Se trata de Santuario del Agua, una serie de esculturas de sal que representan un gesto contra la privatización del agua y a favor de un modelo de turismo sostenible. Más al norte, en Jujuy, el pueblo de Huichaira acoge desde hace 14 años el Museo en los Cerros, quizás el mejor diálogo que el arte ha conseguido establecer con la Quebrada de Humahuaca. Un sitio ideado por el fotógrafo Lucio Boschi, gestado y concebido junto a la comunidad local y que hace honor a su nombre: está integrado en su totalidad en los cerros que lo acogen. Alberga lo más vanguardista de la fotografía argentina contemporánea.

El arte escénico

Sería largo, interminable mencionar ejemplos, pero se sabe que los actores argentinos siempre fueron un grupo heterogéneo pero decisivo a la hora de protestar contra los reiterados recortes en su sector. Además de haber agredido desde su cuenta personal de X a varias actrices y actores, Javier Milei ha impulsado recortes brutales dentro la industria del cine, tan graves que hasta fue denunciado recientemente por el delegado general del Festival de Cannes, Thierry Frémaux.

Pero las productoras siguen buscando financiación donde sea para ejecutar sus ideas, mientras que en Buenos Aires y en todas las ciudades mencionadas anteriormente (y tantas otras más) las compañías de teatro se unen entre sí para abaratar costes, ofrecen espectáculos a la gorra, reducen el precio de las entradas y hacen lo imposible para seguir dando sala. Es decir, para que ir al teatro siga siendo parte del ADN argentino. Lo dijo hace poco Mauricio Kartún (y lo repite cada vez que puede): el teatro es el gran espacio de resistencia, un lugar terapéutico, un ritual todavía necesario para soportar tanto.

La cultura pop y el streaming

La violencia sistemática del gobierno de Milei ha llegado hasta cantantes pop como Lali Expósito y María Becerra. El presidente argentino encarnó en ellas su tendencia a desacreditar los gastos estatales en cultura (las llamó, respectivamente, Lali Depósito y María BCRA, por la siglas del Banco Central de la República Argentina). Y se creyó tan gracioso. Y no solo ellas, sino otros cantantes como Dillom o Milo J, que también giran por el mundo, allá donde van se encargan de dejar claro el asco que sienten por Milei.

Gelatina, Blender y AZZ son algunos de los principales canales streaming por YouTube de Argentina y, a su vez, decisivos focos de resistencia contra casi todo lo que representa el gobierno de Javier Milei. Aquí, los libertarios han decidido dar una batalla abierta, abriendo sus propios canales de streaming con los mismos trolls que ya trabajaban para Milei en X, pero todavía sin conseguir igual impacto.

Las comunidades

Desde hace más de 10 años, la revista Anfibia junta a periodistas, dramaturgos, directores, actrices y escritoras en el Laboratorio de Periodismo Performático, un experimento que combina crónica literaria con artes escénicas para dar respuesta a esa eterna incertidumbre de cómo encontrar nuevas maneras de contar historias. En torno a esto, el Teatro Picadero y Finnegans Comunidad Creativa acogieron este año Futuro Imperfecto Vol. 3, el festival donde se exponen las nuevas obras de este laboratorio y donde se curan mesas de debate en torno a los discursos de odio, la violencia estatal y la decadencia de la libertad de prensa en estos años de Milei. Y donde el objetivo principal es juntarse a hacer cosas, crear de manera colectiva como un gesto contra el individualismo y el egoísmo oficialista.

Porque si hay algo determinante en estos años de resistencia es la creación de comunidades. Lo hace Anfibia, lo hacen las librerías y los streamers, lo hace la gente del teatro, lo viene haciendo Orsai desde hace años y también Futürock, una radio, editorial y librería sostenida por miles de socios con un perfil abiertamente feminista y LGTBIQ+, dirigida por Julia Mengolini, quizás una de las personas más atacadas durante años por los ejércitos de trolls que la derecha tiene a sueldo en las redes sociales.

Y en un país que ha roto casi todos sus consensos, que existan dos que parecen inquebrantables es, por lo menos, insólito. Los clubes de fútbol siguen siendo asociaciones sin fines de lucro, tienen elecciones, los socios votan a sus representantes, hay asambleas, hay identificación barrial. Las universidades públicas siguen siendo gratuitas y con ingreso irrestricto, lo que significa que cualquier persona del mundo puede disfrutarlas en las mismas condiciones que los argentinos. Ni los clubes ni las universidades son panaceas de la transparencia y de la buena gestión, pero siguen siendo bienes colectivos, de la gente. Continúan resistiendo a los enésimos intentos de ser privatizados. Y pareciera ser que la mayoría de argentinos queremos que sigan así. Quizás sea otra de las pequeñas cosas a las que podamos aferrarnos para que resistir siga mereciendo la pena.  

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Alberto Castrillo-Ferrer (Manhattan Fest): “Se infantiliza e hiperprotege al público rural”

Por: Ana Veiga

Una isla cultural en mitad de la Hoya de Huesca. Eso es lo que ha tratado de construir el actor, director teatral y dramaturgo Alberto Castrillo-Ferrer con el festival de teatro Manhattan Fest en Murillo de Gállego. Una localidad zaragozana de poco más de un centenar de habitantes donde se enraíza su historia familiar, y a donde ha decidido volver tras desarrollar su carrera profesional en diversas ciudades, estudiar en l’École International de Mimodrame Marcel Marceau (París) y en la RESAD de Madrid, y recibir el Premio MAX al Mejor Espectáculo de Teatro Musical, entre otros galardones. “Es mi casa”, dice despacio, con una calma contagiosa. Por eso, es justo ahí donde ha decidido construir también un proyecto de vida que le permita desarrollar su profesión y llevar el teatro a una población a la que, hasta hace seis años, le resultaba algo ajeno.  

¿Cómo nace la idea de crear un festival como el Manhattan Fest en 2020, en plena época de pandemia?

La idea es más antigua porque esta es la casa de mi familia, y Murillo de Gállego es el pueblo al que iba de niño, donde después trabajé como guía de montaña antes de irme a estudiar fuera. Es un lugar que para mí… es mi lugar, mi punto de referencia. Después me fui a estudiar a Francia, a Madrid, hice mi vida y me fui dando cuenta de que en las ciudades es muy difícil ensayar. En Francia estuve en residencias de amigos que tenían granjas donde trabajaban y vivían, y esa idea me rondaba siempre la cabeza. Tener un sitio que fuera casa y trabajo, y pensé en unir esta idea a un festival.

También es un pueblo donde ya hay público natural en verano, porque hay turismo de deportes y escalada, además de los propios vecinos del pueblo y comarca. La casualidad quiso que lo hablara con Víctor López Carvajal, antiguo director del Teatro Principal de Zaragoza y entonces productor de mis espectáculos, uno o dos días antes de que nos confinaran. Aun así quisimos continuar e hicimos un primer año con las restricciones propias de pandemia pero que, dentro de esa situación, tuvo muy buena acogida. Recuerdo que yo iba llamando casi casa por casa contándoles cuáles eran sus asientos; también en los grupos de Whatsapp del pueblo. Fue un esfuerzo muy bonito que creo que todo el mundo agradeció. El mundo del teatro para esos momentos tan duros. Luego, lamentablemente, mucha gente se olvida de ti.

¿Y cómo ha evolucionado desde los inicios hasta hoy, seis años después?

En 2021 lo celebramos con mejores condiciones aunque todavía con restricciones; en 2022 ya completamente bien. Y en 2023 recibimos ayudas y fue cuando el festival cogió mucho vuelo, pero también es verdad que cada año había pérdidas que asumía y asumo yo. El año pasado decidimos dejar de lado la música, el cine y otras actividades culturales que incluíamos en la programación, y centrarnos exclusivamente en el teatro porque es lo que dominamos. También porque casi no hay festivales de teatro como lo entendemos, ese que te emociona, que te llega, que tiene otro ritmo… Ese teatro es una especie que, quizá no está en extinción, pero desde luego es una especie a proteger.

¿Qué perfil de público tiene? 

El otro día tuvimos un lleno de 100 personas, pero solo un 40% eran del pueblo. Hay un grupo muy fijo de autóctonos que nos apoyan. Pero sobre todo empieza a moverse en la comarca (Huesca, Zaragoza) y luego gente que viene de fuera.

¿Qué cree que busca la gente en este festival? 

Depende del público. Tenemos a gente fija del pueblo que siempre vienen como, por ejemplo, una pareja con hijos. Ellos vienen a todo porque lo que buscan es una cultura a la que generalmente no tienen acceso fácil. Por otro lado, los veraneantes que a lo mejor viven en Barcelona, Zaragoza, Huesca… buscan la experiencia. Pues nos vamos a este pueblo, hacemos un rafting por la mañana, nos alojamos en un albergue rural y, por la tarde, acudimos al festival que además está en un anfiteatro al aire libre, con un panorama impresionante, con la torre, con la iglesia al fondo, con las estrellas. Aunque decía Federico Luppi que al cine entras y al teatro vas. El teatro implica una decisión previa: lo miras antes, te informas, lo has reservado o has estudiado un poco de qué va la cosa. Creo que quien asiste es porque ha decidido que lo hará, no solo porque se lo encuentre.

Manhattan Fest. Don Chisciotte. Sala Gato Negro en Murillo de Gállego (Huesca). Marta Marco ©.

Con la programación, ¿busca descubrir nombres nuevos o traer a grandes artistas reconocidos?

Aspiro a traer obras que puedan despertar emociones, desde la risa, el dolor, el asombro… Eso es el teatro. Quiero que la gente descubra que hay otro tipo de teatro que no es el de los famosos y que no es el de los musicales. En la programación, que preparo con Blanca Carvajal, estamos trayendo a todo tipo de compañías: pequeñas, algunas con gran solera y arraigo, y otras que empiezan a hacer muy poquito, pero que lo suyo es de calidad. Y con algunas hago intercambios de funciones, como con Teatro de Ábrego; ellos hacen su función aquí y yo voy a Ábrego. Estoy defendiendo la pequeña compañía, esas que encima del escenario son príncipes y luego tienen que cargar y descargar su propia furgoneta. También eso es bonito.

El Manhattan Fest celebra este año su séptima edición. ¿Considera que se ha convertido en un festival de referencia o de culto?

Si el año que viene no lo hago, nadie va a venir a preguntarme por él. Bueno, quizá algunos. No sé si puedo decir que el festival está consolidado pero creo que sí está respetado como festival de calidad. Es muy difícil consolidar nada porque vas a concurrencia competitiva todos los años, y que te den subvenciones, a veces, parece que depende de que estén de acuerdo contigo. Yo, por ejemplo, me siento vetado por el Ayuntamiento de Zaragoza; no me dan ayudas ni me programan en la ciudad, y creo que es porque tengo una columna en la SER donde escribo mi opinión. En la cultura dependemos de los políticos de turno… ¿Qué me gustaría que fuera el Manhattan Fest? Mi referente es la Royal Shakespeare Company y su teatro en Stratford-upon-Avon, pero claro, es el pueblecito de Shakespeare, el mejor dramaturgo del mundo. Y está muy apoyado de forma pública y privada.

¿El Manhattan Fest recibe apoyos?

Aún no han resuelto algunas subvenciones y este año todavía no sé si voy a poder cubrir gastos o voy a perder dinero otra vez, como casi todos los años. En las últimas ediciones, hemos recibido ayudas del Gobierno de Aragón, la Diputación Provincial de Zaragoza, de la Comarca, de la Fundación Caja Rural… Pero nunca sabes si te lo van a dar o no y así es muy difícil hacer un proyecto a largo plazo. El Ayuntamiento de Murillo de Gállego, por ejemplo, nos ayudaba y ya no. Llegará el día en que me canse de arriesgar y de estar con el corazón en un puño todo el verano. Es una pena que las ayudas no puedan plantearse para sostener proyectos a medio plazo porque se harían cosas mucho mejores.

Comenta que no es un proyecto rentable económicamente hablando. ¿Cuál es entonces su objetivo con el festival?

Yo soy muy ambicioso precisamente porque no es dinero lo que quiero. La gente con ese dinero lo que quiere es gastar el dinero en ser querido, en amistades, en generar momentos felices y de plenitud… Yo intento evitarme ese paso intermedio del dinero y lo que quiero es ser querido, ser reconocido por la profesión, por los amigos, traer a gente que disfrute de esta casa. Tengo una ambición de felicidad. Luego, bajándolo a tierra, el Manhattan Fest me aporta visibilidad, reconocimiento, experiencia, currículum y luego que aprendo mucho de otras compañías. Me ha empujado a crear esta casa de ensayos en la que, probablemente, en agosto ensayemos una obra, o recibamos a otras compañías en invierno. El hacer siempre te devuelve cosas. Hay que apartar un poco la vista de que lo más importante es ganar dinero, porque es falso, de verdad. A veces hay que parar y mirar alrededor. En la pandemia lo vimos; y cuando la gente tiene tiempo de pensar, lo dice, lo nota. Este festival me da eso, ese momento de espiritualidad, de paz e incluso contra estos gigantes económicos. A pequeña escala, claro, como un mini Quijote (risas).

¿Cómo se recibe esto de que venga gente de fuera? 

No estamos muy acostumbrados. Pero, a veces, pasa como en Estados Unidos, que los que más protestan no son de allí y sus padres llegaron en los años 80. Aquí pasa también. Y es como ‘oye, perdona, en este pueblo te acogieron y no pasó nada’. De todas formas, es un pueblo que ha tenido siempre una carretera, por lo que siempre ha estado acostumbrado a recibir viajeros, también por el tema del turismo de aventura. En mi caso, yo soy del pueblo desde hace muchas generaciones –he encontrado un documento del año 1.000–. Y en los pueblos, que conozcan a tu familia es importante. Tú pagas lo que han hecho tus antepasados, y yo he notado mucho respeto, por ser parte de una familia muy normal, modesta pero recta. También por traer teatro, que parece que le da una categoría al pueblo y es una actividad cultural bien vista. Otra cosa es que no vengan al teatro (risas) pero yo sé que fuera se presume. 

Manhattan Fest. Don Chisciotte. Sala Gato Negro en Murillo de Gállego. Marta Marco ©.

Por cierto, ¿por qué el nombre de ‘Manhattan Fest’?

Quería un festival que no fuera lo que ya hacen otros, y hacen muy bien. No quería una orquesta local y a Leticia Sabater, ni siquiera a famosetes que hacen sus pinitos. Entonces pensé en un nombre que nos llevara a pensar en todo lo contrario a un pueblo, y que pueda ofrecer espectáculos que se puedan ver en cualquier sitio del mundo, en París, en Madrid o en Nueva Orleans. Y me vino a la cabeza Manhattan. Al buscar el nombre, vi que significa isla entre colinas. Y digo pues es lo que tenemos: una isla cultural entre los promontorios de Los Mallos de Riglos.

Hablar de ‘isla cultural’ me lleva a pensar en un espacio aislado y al concepto de La España Vaciada. ¿Puede ser la cultura una herramienta contra la despoblación?

Esa es una pequeña lucha que tengo. Existen unas ayudas que vienen de vertebración del territorio, y las dan para programaciones culturales en invierno pero no permiten que haya venta de entradas. Y no las he pedido porque creo que te impide educar a la gente, y contarles que el teatro es trabajo y cuesta un dinero, como puede costar cualquier otra actividad. Entonces si en invierno organizo algo gratis, ¿luego cómo les voy a decir que el teatro se paga? Además, creo que es una visión paternalista de la gente del rural, como de pobrecitos, con la idea de organizarles algo, lo que sea, y limpiar la conciencia. No, señor; no traigan cualquier cosa, ofrezcan algo bueno, de calidad. A los políticos se les llena la boca con lo de luchar contra la despoblación, pero creo que merece mucha reflexión porque se está pensando desde los despachos. No se dan cuenta de que, muchas veces, se infantiliza o hiperprotege al público rural. Llévales algo bueno, que puedan ver en cualquier gran ciudad, y que paguen como todo el mundo.

Como ayudante de dirección junto a Javier Fesser, han creado el corto‘Más suerte que Zelenski’, donde imaginan un futuro mejor –con una portada de La Marea– que precisamente vuelve un poco a las costumbres típicas de los pueblos, de botijo y vida analógica. 

Sí, pensé “hay sacar a La Marea porque es la que va a aguantar en el futuro” (risas). Yo principalmente soy freelance, quiero decir, soy actor, director y, de vez en cuando, hago alguna adaptación, dramaturgia o, en este caso, le eché una mano a Javier (Fesser), que tuvo la generosidad de ponerme de ayudante de dirección. Con el corto, que hicimos por una propuesta de Greenpeace, quisimos darle una vuelta a las distopías. Pensamos: ¿y si tanta distopía pesimista está dando pie a que efectivamente suceda? Por eso, lo llevamos a una idea de un futuro mejor, una utopía bonita. ¿Y cómo? Pues imaginando que la naturaleza se carga a los cuatro hijos de puta que todos tenemos en la cabeza. Ahora, habrá que currárselo por si acaso la naturaleza no nos ayuda (risas) y pensar que, quizá, el mejor futuro es donde volvemos a usar el botijo, dejamos las prisas y paramos de comprar todo desde casa para hablar con la tendera. Ojalá ese futuro llegue a cumplirse.

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‘Omaha’, la vida sin red

Por: Manuel Ligero

La gran recesión de 2008 abrió una herida que no se ha cerrado. Luego vinieron otras catástrofes, pero la certeza de que algo se rompió entonces y para siempre aún perdura. Cole Webley sitúa el marco temporal de su primer largometraje, Omaha, precisamente en aquel año infausto. Narra la historia de un padre (interpretado por John Magaro) que arrastra a sus dos hijos (Holly Belle Wright y Wyatt Solis) a un viaje a través del Medio Oeste de Estados Unidos justo después de haber sido de­sahuciado de su casa. La road movie se convierte, de este modo, en un estudio sobre el dolor, el amor y la vulnerabilidad.

Los progenitores cargan sobre sus espaldas con el peso de ser los proveedores de la familia. «¿Si fallas como proveedor, fallas como padre?», se pregunta el director, señalando el núcleo dramático de su película.

Hay algo en la tristeza que impregna Omaha que resulta muy característico de nuestro tiempo. Devastados por la crueldad del capitalismo contemporáneo, muchos seres humanos sobreviven a duras penas, aplastados por la impotencia y la depresión. Desde el punto de vista artístico, quienes han optado, como Webley, por interpretar una suerte de nuevo neorrealismo presentan a unos protagonistas tan aturdidos por el golpe que ni siquiera tienen la energía, el remango de salir a la calle a pelear. Es una desesperación paralizante, muy diferente de la de aquel otro padre que, por alimentar a su hijo, es capaz de lo que sea. Hasta de robar una bicicleta. Ustedes ya entienden.

Ese es el gran triunfo del neoliberalismo, el haber logrado que los fracasos de su modelo económico y político hayan sido asumidos como derrotas individuales por parte de sus víctimas. Y en esa tesitura no hay familia, ni amistades, ni vecinos, ni partido, ni sindicato capaz de amortiguar la caída. Es la vida sin red. Gracias, Ronald. Gracias, Maggie. Nos habéis jodido pero bien.

Saber contar todo esto a través de la mirada inocente de la infancia es el gran acierto de Omaha. Webley coloca la cámara a la altura de esos críos risueños y bulliciosos, sí, pero no completamente ajenos a la nube negra que se cierne sobre su padre. Desde ahí, despliega un muestrario de silencios, miradas y matices emocionalmente abrumador.

Para hacer, en sus propias palabras, «el retrato de la humanidad de un padre en el peor de sus momentos» necesitaba a un actor extraordinario, y lo encuentra en John Magaro, convertido de un tiempo a esta parte en el príncipe del cine independiente americano. Apenas habla, su personaje navega entre la melancolía y la irritación. Hace cosas absolutamente horribles que sus hijos no pueden entender, pero, de alguna manera, el público es capaz no sólo de no odiarlo, sino de comprenderlo y hasta de abrazarlo. ¿Cómo de bueno hay que ser para conseguir eso?  

Omaha’ se estrena en los cines el 17 de julio.

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Palestinian Sound Archive: música contra el borrado de la cultura palestina

Por: Carlos Madrid

“Preservar los recuerdos palestinos y todas sus formas artísticas, ya que eso significa mantener viva nuestra identidad cultural”. Esa es la máxima con la que el artista y músico Mo’min Swaitat creó Palestinian Sound Archive, un archivo con más de 10.000 discos que busca conservar la cultura palestina ante el borrado que está sufriendo por parte del Estado de Israel.

La idea, según cuenta a La Marea, surgió tras su vuelta de Londres a Palestina en 2020. Él se encontraba en la capital británica para estudiar mimo y teatro físico, pero en febrero de ese año regresó a su país para empezar un proyecto sobre Juliano Khamis, un actor y figura clave del teatro palestino que fue asesinado el 4 de abril de 2011. Los planes, obviamente, se trastocaron cuando llegó la pandemia y se cerraron las fronteras. Fue entonces cuando se convirtió en archivero.

Antes ya lo había sido, pero esta circunstancia hizo que lo tomara más en serio. “Empecé a pensar en mi amigo Tariq, que tenía una tienda de casetes a la que solía ir de niño en el campo de refugiados de Jenin, donde vivía la familia de mi madre. Me preguntaba si seguiría por allí y, de ser así, si aún conservaría alguna cinta”, explica tras su paso por la sala Clamores de Madrid el pasado junio.

Cuando consiguió localizarlo, Tariq lo llevó a la tienda para que viera su colección. “Sabía que había encontrado algo realmente especial”, cuenta Mo’min Swaitat. Y añade: “Muchos de los álbumes eran bandas sonoras de la Primera y la Segunda Intifada, los levantamientos que habían marcado (y siguen marcando) nuestras vidas como palestinos”.

Acabar con la memoria y la narrativa palestinas

Desde entonces, Mo’min Swaitat comenzó a coleccionar toda esa memoria cultural palestina para que no sea borrada. Porque, como comenta, tanto la identidad cultural como la comunicación palestinas han sido objeto de “ataques deliberados por parte de las organizaciones sionistas». «No solo en la Palestina histórica ocupada, sino también en el mundo occidental –prosigue–. Los israelíes han atacado el sistema nervioso palestino mediante la instauración del terrorismo en toda la sociedad. Algo que llevan haciendo más de 100 años”.

¿Y por qué hacerlo a través de la música? Porque proviene de una larga estirpe de músicos beduinos palestinos. “Toda la parte más hermosa de mis recuerdos personales y del archivo de mi infancia en Jenin proviene de asistir a conciertos y bodas con mi familia y mis parientes, ya que todos ellos son músicos. Recuerdo una grabación familiar en la que yo estaba presente cuando se hizo. Esa cinta me ayudó a desbloquear recuerdos que siempre me ha encantado volver a rememorar. Lo que yo llamo la parte bonita de mi archivo”, dice.

Aparte de esa, también tiene otra memoria y archivos que están llenos “de escenas miserables vividas bajo el yugo del Estado militar colonialista». «Es decir, llenos de asesinatos, detenciones, palizas y una libertad de elección y de movimiento limitada, por lo que no ha sido agradable recordar todo esto después de mudarme a Londres. Todo ello, ligado a mi infancia en Palestina, en Cisjordania, concretamente en el campo de Jenin”, cuenta.

Mantener viva la identidad palestina

Todos los pueblos deben tener derecho a acceder a sus recuerdos. A ellos y a todas las formas artísticas que mantienen viva su identidad cultural. Sin embargo, algo que parece tan obvio, a los palestinos se les está negando. Como denuncia Mo’min Swaitat, la violencia israelí, entre muchas otras facetas, ha atacado a la propiedad intelectual y a los derechos de autores de las obras de arte palestinas.

“Hay obras que fueron robadas por los israelíes y que se han ocultado bajo el título de ‘archivo militar israelí’. Los únicos que tienen acceso a ella son los artistas israelíes, que a menudo las exponen sin el consentimiento de los artistas originales, los artistas palestinos. Creo que preservar la narrativa palestina no es una contranarrativa, sino la narrativa original”, cuenta.

Y añade: “El sionismo ha intentado destruir nuestra identidad cultural, deteniendo y asesinando a artistas e impidiéndonos acceder a nuestra música, nuestro cine, nuestra fotografía, nuestra pintura y mucho más. Una de las cosas de vivir bajo un Estado colonial militarista es que ha habido una urgencia por comunicar nuestra lucha, nuestras vidas, nuestros sueños y esperanzas, nuestro dolor y nuestra alegría, nuestros amores y pérdidas, a través de la música y la palabra hablada, en bodas y funerales”. 

Un archivo palestino vivo

Junto a Mo’min Swaitat hay un pequeño equipo que se encarga de digitalizar toda la música. Una idea que busca no solo que esta esté disponible online, sino también crear “un archivo palestino vivo para que la gente pueda tener el objeto físico, los álbumes, en sus propios hogares”.

Un acercamiento que también sucede en sus conciertos. Como el que ofreció hace unos días en Madrid. Espectáculos y sesiones que, según explica, ayudan a la gente a comprender mejor la realidad de Palestina gracias a la música y al proyecto ligado al archivo: “Estamos dando a conocer este archivo en persona siempre que podemos, ya que sentimos la responsabilidad de contar nuestras propias historias”.

Y finaliza: “Mi sueño es llevar este archivo de vuelta a casa y crear nuestro propio espacio físico donde pueda perdurar, y donde los palestinos puedan acudir para interactuar con él y sumergirse en sus propios y hermosos recuerdos”.

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Fabian Scheidler: “Europa está desmontando el Estado del bienestar para construir un Estado de guerra”

Por: Guillem Pujol

Esta entrevista se publicó originalmente en Catalunya Plural. Puedes leerla en catalán aquí.


Desde los atentados del 11 de septiembre hasta la guerra de Gaza, pasando por la pandemia y la invasión rusa de Ucrania, Fabian Scheidler (Bochum, 1968) observa un mismo mecanismo político. Las crisis, sostiene, se convierten en oportunidades para ampliar los poderes excepcionales del Estado, transferir recursos públicos a grandes corporaciones y acelerar la militarización de las sociedades occidentales.

En El estado de guerra y la lucha por un nuevo orden de paz (publicado por Icaria), el ensayista alemán argumenta que Europa está abandonando progresivamente el modelo de Estado social construido tras la Segunda Guerra Mundial para entrar en una economía de guerra permanente. En esta conversación reflexiona sobre los límites del sistema de partidos, la crisis de la hegemonía occidental, el ascenso de China y las posibilidades de reconstruir una política de paz en el siglo XXI.

En el libro identificas un patrón común que atraviesa acontecimientos aparentemente distintos, desde el 11-S hasta la pandemia, la guerra de Ucrania o Gaza. En todos ellos observas una expansión de los poderes excepcionales del Estado y una creciente militarización de la política. ¿Crees que existe una racionalidad consciente detrás de este proceso o más bien una capacidad de las élites para instrumentalizar acontecimientos imprevistos?

No creo que hace 20 o 30 años hubiera un grupo de personas sentado alrededor de una mesa diseñando un estado de excepción permanente porque anticiparan el declive de Occidente o el caos global. La historia es mucho más compleja que eso. No funciona mediante planes perfectamente trazados.

Lo que sí observamos es que cuando se producen acontecimientos traumáticos –el 11-S, una pandemia o una guerra– esos acontecimientos son rápidamente utilizados para reforzar determinadas estructuras de poder porque hacerlo responde a los intereses de las élites políticas y económicas.

La pandemia es un buen ejemplo. Algunas personas se preguntan por qué la incluyo en un libro sobre guerra y paz. La razón es que toda la retórica desplegada durante aquellos años fue una retórica de guerra. Emmanuel Macron llegó a declarar que Francia estaba «en guerra contra el virus». Lo hizo en un momento en que el movimiento de los chalecos amarillos había puesto en cuestión el orden político francés y había protagonizado una movilización social muy importante. El estado de excepción también sirvió para contener ese conflicto. Algo parecido ocurrió con la llamada guerra contra el terrorismo. François Hollande reconoció que algunas de las medidas introducidas para combatir el terrorismo terminaron utilizándose contra activistas climáticos durante la cumbre del clima de París de 2015.

Existe una lógica recurrente. Se produce una crisis y esa crisis se utiliza para reforzar el poder ejecutivo, ampliar el poder corporativo y transferir enormes cantidades de recursos públicos hacia determinados intereses privados. Lo vimos en la guerra contra el terrorismo, donde el complejo militar-industrial fue uno de los grandes beneficiarios. Lo vimos también durante la pandemia, cuando sectores como las grandes farmacéuticas o las corporaciones tecnológicas obtuvieron enormes ventajas.

Y todo esto resulta especialmente relevante porque vivimos una crisis estructural del capitalismo que, en mi opinión, se arrastra al menos desde 2008. Cada vez más corporaciones dependen de subsidios estatales, rescates públicos o contratos gubernamentales. Los estados de emergencia se han convertido en mecanismos de transferencia masiva de recursos hacia esas estructuras de poder.

La crisis bancaria fue otro ejemplo. Se utiliza dinero público para rescatar grandes corporaciones privadas. Así funciona gran parte del capitalismo contemporáneo.

Sin embargo, algunos de los principios que definieron la gobernanza económica europea después de la crisis financiera parecen estar siendo revisados. Alemania ha flexibilizado sus restricciones constitucionales al endeudamiento y Europa parece abandonar algunas de las reglas que defendió durante años. ¿Interpretas estos cambios como una rectificación o simplemente como una adaptación a nuevas prioridades?

No creo que hayan aprendido demasiado de la crisis financiera. Muchas voces importantes siguen advirtiendo de la posibilidad de nuevas crisis bancarias. Lo que sí ha ocurrido en Alemania es que se ha modificado la Constitución para eliminar los límites de deuda cuando se trata de financiar la militarización. Los Verdes añadieron además excepciones relacionadas con los servicios de inteligencia. El resultado es muy claro. Se mantiene la austeridad para la mayoría de la población mientras se eliminan las restricciones cuando se trata de gasto militar. Estamos entrando en una situación en la que podemos destruir gran parte del Estado del bienestar europeo mientras destinamos recursos prácticamente ilimitados al ejército.

Recuerdo un titular del Financial Times que resumía muy bien esta lógica. Venía a decir que Europa tendría que recortar su Estado del bienestar para construir un Estado de guerra. Esa es precisamente la dirección en la que nos estamos moviendo.

Si el Estado-nación y el capitalismo forman parte de una misma arquitectura histórica, ¿sobre qué fundamentos podría construirse una política de seguridad diferente? ¿Existe alguna alternativa que no reproduzca la lógica de competencia geopolítica entre Estados?

Fabian Scheidler: "Europa está desmontando el Estado del bienestar para construir un Estado de guerra"
Editorial ICARIA

Superar el Estado-nación es una tarea tan enorme como superar el capitalismo porque ambos forman parte de una misma estructura histórica. No son fenómenos independientes.

No sé si el capitalismo y el Estado-nación moderno sobrevivirán a lo largo de este siglo. Lo que sí sé es que ambos atraviesan una crisis profunda y que la respuesta de las élites está siendo avanzar hacia formas permanentes de estado de excepción e incluso de estado de guerra. Precisamente por eso creo que debemos resistir esa deriva militarista.

Para la izquierda esto implica recuperar la cuestión de la paz como un tema central. En Alemania, por ejemplo, una parte importante de la izquierda ha relegado esta cuestión porque considera que genera conflictos internos o dificultades mediáticas. Pero si los gobiernos europeos siguen avanzando en esta dirección, la militarización terminará destruyendo los fundamentos materiales del Estado social.

Por eso necesitamos construir una nueva coalición política que conecte paz, justicia social, ampliación del Estado del bienestar, límites al poder corporativo y diplomacia internacional. Sin paz será imposible abordar la crisis climática o la crisis ecológica. Los recursos necesarios para esas transformaciones desaparecerán. Todo está conectado.

En cierto sentido, necesitamos recuperar la intuición original del movimiento ecologista europeo, que vinculaba paz, democracia, justicia social y crítica al capitalismo como partes de una misma agenda.

Pero incluso las fuerzas políticas que nacieron para desafiar el consenso dominante parecen terminar adaptándose a él. Esto es algo de lo que se acusó por ejemplo a Podemos en ciudades como Cádiz, dónde coexistía un discurso transformador y una defensa de industrias vinculadas a la producción militar debido a su importancia para el empleo local. ¿Cómo se resuelve esa tensión entre transformación social y dependencia económica de las estructuras existentes?

Es una cuestión muy difícil. Soy bastante crítico con el sistema de partidos, aunque no podemos ignorarlo porque existe y sigue teniendo poder. Mi impresión es que cualquier transformación profunda tendrá que construirse también fuera de los partidos, mediante nuevas coaliciones sociales capaces de articular una visión diferente de Europa.

Lo que me da esperanza son experiencias concretas. Hemos visto trabajadores portuarios en Italia y España bloqueando envíos destinados a la guerra de Gaza. Hemos visto activistas bloqueando instalaciones del complejo militar-industrial en Alemania. Hemos visto formas de resistencia que surgen desde abajo.

También observamos resistencia entre los jóvenes frente a la posibilidad de reinstaurar el servicio militar obligatorio. Muchos no quieren participar en estos conflictos geopolíticos. Nada de esto constituye todavía un movimiento masivo, pero son elementos a partir de los cuales puede construirse algo diferente.

Consideras también que el declive de la hegemonía occidental podría abrir la posibilidad de un nuevo orden internacional. Sin embargo, ¿por qué deberíamos asumir que potencias como China, India o los Estados del Golfo actuarán de forma menos dominadora que las potencias occidentales? ¿Qué tendría de más pacífico un mundo multipolar?

La multipolaridad no garantiza la paz. También puede conducir a la guerra. De hecho, muchos de los grandes conflictos de la historia moderna surgieron precisamente durante momentos de transición hegemónica. Ocurrió antes de la Primera Guerra Mundial, antes de la Segunda y en muchos otros momentos donde varias potencias competían por el liderazgo global. La cuestión es si existen factores que permitan evitar ese resultado.

China tiene una trayectoria histórica diferente. No completamente pacífica, por supuesto, pero sí distinta de la experiencia occidental. La relación entre Estado y capital es diferente. Existe una tradición política que insiste en mantener el control del capital y del ejército desde el poder civil. Además, la memoria histórica china está profundamente marcada por el llamado siglo de la humillación, cuando las potencias occidentales intervinieron y fragmentaron el país. Desde la perspectiva china, el objetivo principal consiste en evitar que algo semejante vuelva a ocurrir.

La narrativa dominante allí no es la construcción de un imperio militar global, sino la recuperación de la seguridad y la autonomía nacional mediante el desarrollo económico. Eso no significa que no existan sectores nacionalistas o militaristas en China. Existen. Pero sí abre la posibilidad de evitar una guerra por la sucesión hegemónica similar a las que hemos visto durante los últimos 500 años. No sabemos si lo conseguiremos. Solo sabemos que esa posibilidad existe.

¿Y qué papel desempeña Taiwán en esa ecuación?

Taiwán es probablemente el punto más peligroso. Mientras continúe el statu quo actual, con toda la retórica que queramos añadirle, es posible evitar una guerra. Pero si Taiwán declarara formalmente la independencia y Estados Unidos respaldara explícitamente esa decisión, entraríamos en un escenario completamente distinto.

Conviene recordar que la política de una sola China ha sido reconocida durante décadas por Naciones Unidas, por Estados Unidos y por la mayoría de los Estados del mundo. Mantener ese marco es probablemente una condición necesaria para evitar una confrontación militar de consecuencias imprevisibles.

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Chantal Flores: “En México, los métodos para hacer desaparecer a la gente son cada vez más brutales”

Por: Isa Grumbach-Bloom

La periodista Chantal Flores había escuchado tantas historias de mujeres mexicanas que perdieron a un ser querido que cuando viajó a Bosnia, Serbia y Kosovo para entender el impacto de las desapariciones forzadas allí, no le hizo falta entender las palabras de las mujeres que le compartían sus experiencias en serbocroata o albanés: le bastó con leer su lenguaje corporal.

En su libro Huecos. Retazos de la vida ante la desaparición forzada, Flores, que nació en Monterrey en 1985, sigue a seis mujeres en México, Colombia y los Balcanes –Mirna, Lucy, Dragana, Zekija, Margarita y Valdete– que viven, o sobreviven, con el dolor de la pérdida. Nos cuenta sus historias en una serie de viñetas que a veces adoptan un tono periodístico y otras se leen más como novela o poema. A lo largo del libro, Flores escribe como una persona solidaria que se deja afectar por el duelo de estas seis mujeres que se enfrentan a silencios, intimidaciones, injusticias y sistemas rotos.

Lo que motivó a Flores a escribir este libro fue una sensación de impotencia ante el problema de la desaparición forzada en su propio país, donde se producen entre 35 y 40 desapariciones diarias. Al conectar las experiencias de mujeres mexicanas con las vividas en Colombia y los Balcanes, nos obliga a asumir que el sufrimiento que causa la desaparición forzada es universal, sin borrar la especifidad de cada lugar y cada experiencia individual.

Para comprender México, ha tenido que visitar otros países.

Mi intención nunca fue ser la corresponsal extranjera que le va a enseñar al mundo cómo son las cosas en los Balcanes o Colombia. Mi punto de partida siempre fue: esto que está pasando en mi país, en México, es muy grave. No tenemos un marco de referencia para entenderlo. No se compara con el periodo de desapariciones que México vivió en los años setenta, por ejemplo. Así que viajé a otros países para ver qué podía aprender. Sabía muy bien que los contextos no son los mismos, pero, por otra parte, supuse que algunas de sus luchas son similares.

Hay muchos países con desapariciones. ¿Cómo llegó a Colombia y los Balcanes?

Acabé en Colombia por el papel que allí tiene el narcotráfico, que es uno de varios agentes diferentes que perpetran las desapariciones. Me pareció similar a lo que está sucediendo en México. A los Balcanes llegué más bien por mis lecturas sobre el trabajo de la ciencia forense en la identificación de los restos. En esos libros siempre sale el ejemplo de los Balcanes, donde se ha usado la identificación de ADN con mayor efecto. Mi pregunta era: ¿tendrán paz esos familiares? Lo que ellos sufrieron se reconoció como una guerra –algo que en México no ocurre–. Segundo, atrajo una gran inversión y apoyo internacionales. Dado todo esto, me preguntaba, ¿cómo siguen estas familias, que además ya llevan unos 20 años desde que terminó la guerra? ¿Cómo viven con el dolor, con todo este camino ya recorrido?

¿Qué descubrió?

Más allá de las diferencias que he mencionado, encontré muchas similitudes. Al final del día vi el mismo dolor, la misma forma de organización entre las mujeres, que han construido redes, pero que también se encuentran algo aisladas de sus propias familias. Esta dimensión de género me llamó mucho la atención. Yo sabía que se tenían que comunicar entre ellas. Y como no las pude juntar en un espacio físico, las junté en las páginas de Huecos. Lo que quiero es que sepan que no están solas, que de cierta forma están aprendiendo unas de otras. Y que tienen cosas que enseñar a las otras que están por venir, porque esto no termina. Nunca va a haber suficiente información sobre la desaparición forzada.

Su propia voz y experiencia están muy presentes en el libro.

La verdad es que, cuando empecé Huecos, mi idea era escribir un libro serio de investigación periodística, con datos, cronologías y análisis políticos. Así que, cuando empecé a escribir, me encontré cortando todos los pasajes en los que aparecía yo: todo lo que sucedía después de que se apagara la grabadora –por ejemplo, los momentos en los que Mirna y yo estábamos platicando en la cama–. Pero cuando lo hablé con mi editor, me dijo: “Eso no lo cortes: tú eres la única que estuviste ahí y tienes que contarlo”.

¿Le costó incluir esa dimensión más personal?

Mi miedo inicial era que yo me convirtiera en la protagonista del libro. Yo era muy consciente de que las cosas de las que fui testigo pasaron en parte porque yo estaba allí cubriéndolas como reportera. Las familias que buscan a sus desaparecidos muchas veces sienten la presencia de los medios como una presión para que sucedan cosas, para que encuentren algo. A fin de cuentas, ¿qué son las familias que buscan si no encuentran cuerpos?

El resultado es un libro que logra conectar directamente con las lectoras. A mí, al menos, la lectura ha llegado a afectarme mucho.

Mi idea era, precisamente, que si yo me pongo ahí, a lo mejor el lector o la lectora se va a identificar con más facilidad. No soy la periodista inalcanzable que ni contesta al mail, sino al contrario, soy quien lleva a mis lectores de la mano. Eso era lo que yo quería que sintieran los lectores: ese dolor que te destroza cada vez que entras a estos viajes y entras en contacto con esta realidad. Con Huecos, yo quería aportar esa capa extra. Más que informarte, quiero que sientas y veas que estas son familias como la tuya o como la mía.

¿Cómo lidió usted misma con la carga del dolor?

Los primeros años me sentía mal conmigo misma, porque veía la desaparición por todas partes. Me afectó mucho. Pero acabé por encontrar las herramientas creativas para darle salida a ese dolor, a esa crueldad. Y cuando ahora alguien me dice, “no tengo corazón para leerlo”, le digo: “¡Si yo ya lo mastiqué por ti! Lo que te está llegando por mi libro es el 1%. No te lo estoy dando crudo”.

En algunas de las viñetas más literarias, como “Y no está”, abandona su voz narrativa regular para recurrir a una especie de corriente de conciencia. Me ha parecido muy poderoso.

En realidad, fue mi solución a un problema complicado. Hablé con muchísimas familias sobre sus vivencias. Fue muy difícil escoger a las seis mujeres que acabaron siendo mis protagonistas. Por otro lado, irónicamente, también fue muy fácil, porque ellas son las que estuvieron más dispuestas a contestar a las dudas que me surgían. Aun así, al escribir Huecos no me abandonaban esas otras familias a las que había dejado fuera, por más que también dieran forma a mi proceso de escritura. En esa viñeta que mencionas, intento incluir sus vivencias y algunos de los muchísimos detalles que me contaron. Es mi forma de decirles a mis lectoras: “Todo esto está pasando. Puede que no tenga nombres y fechas para todo, que no tenga los datos concretos, pero esto está pasando”. La verdad es que fue una viñeta que empecé a escribir con hartazgo, vomitándole al lector. Lo que sentí fue algo así como: “Ya me cansé yo de cargarlo todo sola”. Luego, cuando me puse a procesarlo, mi actitud cambió. Me imaginaba diciéndoles a mis lectores: “Quiero compartirte esto; espero puedas ver que no son solo Mirna, Lucy o Chuchita. Es todo esto”.

A las mujeres colombianas y mexicanas les podía hablar en español, pero para las entrevistas en los Balcanes tuvo que recurrir a intérpretes. ¿Cómo funcionaba eso?

El tema me estresaba mucho, la verdad, porque sabía que yo no iba realmente a entender toda la entrevista hasta que leyera la transcripción traducida. Por más rápida que fuera mi traductora, nunca iba a hacer lo mismo que yo en una entrevista en castellano o inglés. Además, cuando llegué a la primera cita en Ilijas, una ciudad bosnia, me encontré con un grupo grande de mujeres, aunque yo me había preparado para una entrevista con la líder. Entonces cerré los ojos y dije: “A ver, no voy a comprender el 100% de lo que se está compartiendo aquí. ¿Qué puedo ver?”. Y empecé a observar cómo esas mujeres se organizaban, cómo se sentaban unas, cómo se paraban otras, cómo se juntaban unas y se apartaban otras… Debo agregar que soy maestra de yoga y que lo que me mantiene sana en este trabajo es mover el cuerpo. Ahora bien, antes de ir a los Balcanes, una amiga me invitó a tomar un cursillo de yoga informada por el trauma. Es una forma de enseñar que enfoca en el impacto de la vida, de las experiencias, del trauma, en el sistema nervioso, y cómo el trauma se manifiesta en los movimientos y en los dolores físicos de las personas.

¿Esa experiencia le sirvió con el grupo de mujeres en Bosnia?

Pasó un proceso muy raro. Yo no podía más que asociar cómo movían el cuerpo las mujeres bosnias con los movimientos corporales de las mujeres que yo ya había visto en México. Entonces entendí: ahora, ella me está platicando de esta parte de la desaparición. En otras palabras, me di cuenta de que yo ya traía una idea de cómo se cuenta la desaparición de un ser querido. Es una estructura narrativa que, de cierta forma, se vuelve rígida con el paso del tiempo. Porque la mayoría de ellas han contado esa historia muchísimas veces: a los medios, a gobiernos, a organizaciones de derechos humanos.

La comprensión de estas dinámicas, ¿también le permite relacionarse de otra forma con sus entrevistadas?

Sí, claro. De hecho, ahora la uso mucho. Por ejemplo, el jueves pasado hicimos unas entrevistas en la cárcel para un proyecto sobre el narcomenudeo en el que estoy metida. Yo nunca había entrado a una cárcel de mujeres, y no era el mejor espacio o el espacio más seguro para hacer ese tipo de entrevistas, que además son por tiempo muy limitado y en presencia de las autoridades. Pero cuando empecé a relajar mi cuerpo, ellas se empezaron a relajar y nuestro lenguaje corporal se conectó. Fluyó muy bien la entrevista a pesar de ese entorno restrictivo. Eso, en fin, es algo que aprendí de las mujeres en los Balcanes: cómo acoplarme al espacio de ellas, a cómo se mueven, cómo sirven el café. Todos esos son detalles que la gente cree que son extras en una entrevista, pero que son realmente parte de crear ese entorno para que la gente comparta realmente lo que siente sobre ese momento de su vida. Y eso fue algo que quise transmitir en Huecos: cómo cargamos las historias con el cuerpo.

Huecos se publicó hace un par de años ya. ¿Sigue con el mismo tema?

Cuando salió Huecos, necesitaba como un refresh mental. Viendo el escenario en México, la falta de cambio, no ayuda. Y lo que sí cambia, es para peor: los métodos de desaparecer a la gente son cada vez más brutales, y es cada vez más cínico el manejo de los casos de desaparición. Todavía noto que tengo una respuesta muy emocional ante eso, lo que me impide cubrirlo de buena forma, periodísticamente hablando. Por tanto, he intentado abordarlo de otra forma. Ahora estamos por lanzar una plataforma que se llama Mapping Absence. Es una plataforma bilingüe enfocada en la desaparición forzada, pero globalmente, desde distintas miradas. Somos un colectivo chiquito de académicos y artistas; yo estoy como periodista. No tenemos recursos, realmente hay mucho de voluntariado, pero el punto es crear una plataforma fija donde podamos estar discutiendo la desaparición forzada desde distintos ángulos y visibilizando a los colectivos que lideran esta búsqueda, no solo en México. La desaparición forzada ha evolucionado mucho y se maneja en diferentes contextos. Ya llegamos a un punto donde hasta se niega que se trate de desapariciones forzadas, como hemos visto en Estados Unidos con el ICE.

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Huelga indefinida en el servicio de atención al público del Museo Reina Sofía

Por: Guillermo Martínez

Si uno decide visitar el Museo Nacional y Centro de Arte Reina Sofía (MCARS) de Madrid, seguramente en la puerta se encuentre con varios trabajadores que advierten de la huelga del servicio de atención al público que realizan desde el 13 de junio. Se trata de algo más de una veintena de empleados que cumplen con un trabajo estructural y continuado en la pinacoteca pero que, sin embargo, son gestionados a través de contratos externalizados a terceras empresas. La gota que ha colmado un vaso ya demasiado rebosante han sido los nuevos pliegos. Según explica Víctor –prefiere no dar su apellido–, portavoz del sindicato Solidaridad y Unidad de los Trabajadores (SUT), que da cobertura a los paros, el Museo ha licitado el servicio con la desaparición de dos puestos de atención al público por turno.

De esta forma, la nueva compañía adjudicataria tendrá que ejecutar dicha reducción como despido o como reducción horaria con la consiguiente reducción salarial. Desde el Reina Sofía han respondido a La Marea que esta reducción “responde precisamente a una reivindicación sindical reiterada sobre las condiciones climáticas intolerables que presentan los puntos de información situados en el Palacio de Velázquez y el Palacio de Cristal”. 

Por su parte, Víctor contradice esta versión. Según asegura, la plantilla en la sede principal del Museo, en la plaza de Juan Goytisolo, siempre ha sido de diez posiciones por turno que ahora se reducen a ocho. “Esto no tiene nada que ver con las posiciones de palacios cuando estaban abiertos hace dos años que eran tres por la mañana, tres por la tarde y tres el fin de semana”, a las que se añadían una decena más en la sede principal.

El SUT recuerda que el Reina Sofía ha experimentado un incremento paulatino del número de visitantes, hasta que este 2025 han superado los 1,6 millones. “Pese a esto, la dirección quiere reducir un 20% la plantilla de atención al público, la que se dedica a la accesibilidad universal al centro, la necesidad de sillas de ruedas, atención e identificación de grupos, validar entradas, así como informar sobre los accesos”, reitera el portavoz.

Este servicio indispensable para el Museo se encuentra externalizado, al igual que el de mediación cultural, cuya plantilla decidió secundar los paros desde su comienzo hasta el pasado 24 de junio. El MNCARS ha detallado que la última oferta de empleo pública resuelta, que corresponde a 2020 pero ofertada en 2025, recogía ocho plazas de informadores que resultaron vacantes. “En los tres años que esta dirección lleva al frente del Museo la plantilla ha aumentado en más de 160 personas, reduciéndose en 140 los contratos externalizados de vigilancia de sala”, han cifrado.

Denuncian los servicios mínimos

La huelga también ha encontrado cierto conflicto con los servicios mínimos establecidos por el Ministerio de Cultura, marcados en un 30%. Desde el SUT denuncian que los servicios mínimos están pensados para servicios de “inaplazable necesidad” que experimentan huelgas por parte de la plantilla que los ofrece. “Y ahora obligan a unos servicios mínimos en un museo que cierra cada martes y domingo por la tarde con la excusa de garantizar el acceso a la cultura”, insiste Víctor. El sindicato considera falso que no poder entrar al Reina Sofía por un conflicto laboral sea motivo suficiente para poder afirmar que por ello se vulnera el derecho a la cultura de la población. Ya han recurrido esta medida implantada por la cartera que tiene a Ernest Urtasun al frente.

“Con esta decisión, que toma el Ministerio, que no es un ente imparcial sino el responsable directo del Museo, sabotean y diluyen totalmente nuestra fuerza frente a la prepotencia institucional y los despidos”, añade Víctor. Cultura ha afirmado a La Marea que el Tribunal Constitucional dictamina que el responsable de establecer los servicios mínimos en una huelga es el órgano gubernamental con competencias en la materia y en los servicios afectados por la misma. “Al ser una cuestión de cultura, le corresponde al Ministerio de Cultura”, han dictaminado.

Tal y como han remarcado, para decretar los servicios mínimos se han basado en jurisprudencia del Tribunal Constitucional y en dos cuestiones: la “relevancia singular dentro del sistema cultural español” que posee el MNCARS por tratarse de la institución nacional de referencia para la conservación, investigación, exhibición y difusión del arte moderno y contemporáneo; y que “el acceso a la cultura es un derecho constitucional que cualquier administración competente debe garantizar”. Según defienden, se han decretado unos servicios mínimos que garantizan tanto el derecho al acceso a la cultura como el derecho a huelga.

Los efectos de la huelga

Pese a los servicios mínimos establecidos, los paros se dejan ver en las largas colas que se forman a la entrada del Museo, sobre todo en las franjas horarias gratuitas o determinados días de especial afluencia, ya que una de las funciones de la plantilla de atención al público es la validación de entradas. “El Museo ha utilizado a personal propio y a vigilantes de seguridad para sustituir a los huelguistas y hacer que su presión se reduzca”, afirma Víctor, quien apunta a que el SUT también ha denunciado estos hechos ante los tribunales de lo Social. El Museo, por su parte, niega cualquier tipo de sustitución de huelguistas.

El primer impacto directo de la protesta laboral ha sido el cierre del acceso por el edificio Nouvel. Asimismo, el SUT reivindica un descenso de hasta un millar de visitantes desde que comenzó la huelga, un extremo confirmado por el MNCARS, aunque no lo relacionan directamente con los paros. “Si el Ministerio no hubiera establecido los servicios mínimos, el Museo ya se tendría que haber sentado con la plantilla para negociar las futuras licitaciones. Así no habría habido ninguna huelga y el servicio no se habría degradado”, esgrime el portavoz del SUT.

Asimismo, Víctor aclara que cualquier comprador online de la entrada al Reina Sofía no sabrá hasta que llegue al museo que menos de un tercio de la plantilla de atención al público estará en disponibilidad de atenderle. “Una parte no desdeñable pero de difícil cuantificación de los visitantes se solidariza con nosotros al conocer nuestras demandas y no entra al ver cómo la institución tiene un discurso específico de puertas para afuera pero que no se corresponde con la realidad”, prosigue el portavoz. Las pantallas del centro de arte sí advierten in situ de los paros en el servicio de atención al público.

El equipo de 22 trabajadores de la plantilla de atención al público mantiene los ánimos altos gracias a la solidaridad de los primeros días de sus compañeros de mediación cultural y de la caja de resistencia que tantas personas están engrosando con sus aportaciones. “Estamos ante cuatro despidos y un enfado muy grande por el desdén y la hipocresía institucional del Museo”, recalcan desde el SUT.

Un cátering cuesta más que un salario anual

La cuantía de los salarios tampoco ayuda. El sindicato sostiene que los trabajadores de atención al público perciben unos 13.000 euros al año cuando el director de la institución, Manuel Segade, se embolsa más de 145.000 euros anuales. Le siguen la subdirectora con casi 96.000 euros y el director de gabinete, con más de 88.000 euros. Solo el cátering que el MNCARS encargó hace unas semanas para celebrar su 40 aniversario ya costó 14.000 euros, tal y como han confirmado fuentes internas del Museo. 

“Aquí hay trabajadores obligados a trabajar que van a ser despedidos dentro de unas semanas. Hoy son imprescindibles, mañana se van a la calle y no pueden hacer huelga contra su propio despido. Que se fomente esto desde un Museo que, al menos desde su márketing, defiende toda una serie de discursos alternativos y progresistas, es especialmente grave”, finaliza el portavoz.

Por último, el MNCARS ha incidido en que la dirección “ha trabajado conjuntamente con las organizaciones sindicales mayoritarias que representan a las más de 700 personas que integran la plantilla del Museo Reina Sofía con el objetivo de mejorar las condiciones laborales dentro de la institución”. Además, han subrayado que en un contexto de tres años con los presupuestos prorrogados se ha disminuido la rotación de personal, se ha reducido la salida de trabajadores y trabajadoras fuera del Museo y existe un buen clima laboral.

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El saqueo de los símbolos: de la invención de la tradición al populismo reaccionario

Por: Jose Mansilla

Este artículo se publicó originalmente en Catalunya Plural. Puedes leerlo en catalán aquí.


Hay una historia que se repite y es la historia de la expropiación de las clases populares, a nivel material y simbólico. Así, aquello que nace desde y por ellas, que surge de sus formas de vida, de sus celebraciones, de sus conflictos y de sus luchas, raramente permanece bajo su control. Una y otra vez, a lo largo de la historia contemporánea, los sectores subalternos no solo han trabajado la tierra y las fábricas o han servido a las clases altas, sino que además han producido imaginarios, tradiciones y repertorios culturales que posteriormente han sido apropiados por otros actores con mayor capacidad para definir su significado. Primero fueron las burguesías nacionales del siglo XIX. Hoy son las nuevas extremas derechas. Los símbolos cambian de dueño; las clases populares siguen perdiendo.

El historiador Eric Hobsbawm explicó magistralmente este proceso en Nación y nacionalismos desde 1780. Frente a la idea romántica de que las naciones existen desde tiempos inmemoriales, Hobsbawm mostró cómo estas son construcciones históricas relativamente recientes, vinculadas al desarrollo del capitalismo industrial, la expansión de los Estados modernos y la necesidad de generar lealtades colectivas entre poblaciones cada vez más amplias. Para construir una nación no bastaban fronteras, instituciones o ejércitos. Hacían falta emociones. Hacían falta relatos. Hacían falta símbolos capaces de producir un sentimiento de pertenencia. Y esos símbolos, en gran medida, se extrajeron de las culturas populares. Las canciones campesinas, las fiestas locales, los bailes regionales, los trajes tradicionales o las lenguas vernáculas fueron recopilados por intelectuales, folkloristas y funcionarios estatales que los transformaron en expresiones de una supuesta esencia nacional. Lo que antes pertenecía a comunidades concretas pasó a representar a millones de personas que jamás habían compartido experiencias vitales comunes.

La invención de la tradición

Es aquí donde aparece otro de los conceptos fundamentales asociados a Hobsbawm: la invención de la tradición. Muchas de las prácticas que hoy consideramos ancestrales son, en realidad, construcciones modernas. No porque fueran completamente falsas, sino porque fueron seleccionadas, reinterpretadas y reorganizadas para responder a necesidades políticas contemporáneas. La tradición, lejos de ser una herencia inmutable, es muchas veces una tecnología de poder. Las burguesías nacionales del siglo XIX comprendieron perfectamente esta lógica. Necesitaban cohesionar sociedades profundamente desiguales y encontraron en la identidad nacional una herramienta extraordinariamente eficaz. Las culturas populares se convirtieron en materia prima para fabricar sentimientos nacionales. Sin embargo, mientras las élites convertían las costumbres populares en patrimonio de la nación, las clases trabajadoras seguían viviendo en condiciones de explotación, pobreza y exclusión política. La apropiación simbólica servía para integrar culturalmente aquello que continuaba subordinado materialmente. Lo interesante es que este proceso no ha desaparecido. Simplemente ha cambiado de protagonistas.

Las nuevas extremas derechas han demostrado una enorme habilidad para ocupar espacios simbólicos que durante décadas parecían pertenecer a otros. Por supuesto, han continuado apropiándose de tradiciones nacionales, fiestas populares o imaginarios patrióticos. Pero también han comenzado a disputar símbolos históricamente vinculados a la izquierda. Quizá uno de los fenómenos más llamativos de los últimos años sea precisamente como determinados movimientos reaccionarios han dejado de presentarse exclusivamente como defensores del orden establecido para adoptar estéticas, lenguajes y gestualidades procedentes de culturas políticas antagonistas. El puño levantado, durante décadas asociado al movimiento obrero, al antifascismo o a las luchas por los derechos civiles, aparece hoy en manifestaciones y campañas de sectores ultranacionalistas. Solo hay que ver a Trump. Lo mismo ocurre con ciertos discursos sobre la defensa del pueblo frente a las élites, la crítica a las oligarquías globales o incluso la reivindicación de formas de solidaridad comunitaria. Naturalmente, no se trata de una continuidad ideológica. Es una operación de resignificación. Los símbolos permanecen; su contenido político cambia.

La extrema derecha contemporánea ha comprendido algo que buena parte de la izquierda parece haber olvidado: las identidades colectivas no se construyen únicamente mediante programas políticos, sino también mediante emociones, símbolos y relatos compartidos. Por eso disputa los códigos culturales de las clases populares. Por eso se presenta como portavoz de los olvidados. Por eso intenta apropiarse incluso de repertorios visuales históricamente asociados a las luchas emancipadoras. No es casualidad que algunos de estos movimientos combinen referencias patrióticas con estéticas obreras, ni que intenten presentarse como representantes de trabajadores golpeados por la precarización económica. Lo que está en juego no es simplemente una batalla electoral, sino una lucha por el significado mismo de lo popular. Y aquí reaparece una vieja intuición de Hobsbawm. Las tradiciones no son realidades naturales; son construcciones históricas sometidas a disputa permanente. Del mismo modo que las élites nacionales del siglo XIX reinventaron elementos culturales populares para construir la nación, las extremas derechas actuales reinterpretan tanto las tradiciones nacionales como ciertos símbolos de la izquierda para construir nuevos proyectos reaccionarios.

El problema es que, en ambos casos, las clases populares terminan funcionando como una reserva simbólica de la que otros extraen recursos políticos. Sus formas de vida son convertidas en identidad nacional. Sus costumbres son elevadas a patrimonio colectivo. Sus símbolos de lucha son reciclados por movimientos que muchas veces defienden políticas contrarias a sus intereses materiales. Y mientras tanto, los problemas que afectan a la mayoría social permanecen prácticamente intactos. La vivienda se vuelve inaccesible. Los salarios pierden poder adquisitivo. Los servicios públicos se deterioran. La precariedad se cronifica. Pero el debate público se desplaza constantemente hacia cuestiones identitarias donde los símbolos ocupan el lugar que antes tenían los conflictos distributivos.

Tal vez esta sea la gran tragedia política de nuestro tiempo. Mientras las clases populares continúan produciendo cultura, sociabilidad y comunidad, otros monopolizan la capacidad de convertir todo ello en capital político. Lo hicieron las burguesías nacionales cuando inventaron las tradiciones que debían unir a la nación. Lo hacen hoy las extremas derechas cuando transforman esas mismas tradiciones —y hasta algunos símbolos históricos de la izquierda— en herramientas de exclusión y reacción. La historia contemporánea puede leerse, en buena medida, como una sucesión de estas expropiaciones simbólicas. Un proceso en el que los de abajo generan los significados y los de arriba administran sus beneficios. Cambian las banderas, cambian los discursos, cambian los propietarios temporales de los símbolos. Lo que rara vez cambia es quién acaba pagando el coste de la operación. Porque cuando la cultura popular se convierte en mercancía política, quienes la produjeron suelen quedarse, una vez más, sin ella.


Jose Mansilla es antropólogo urbano y profesor en la Universitat Autònoma de Barcelona.

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El final de la Guerra Civil: más cálculo que épica

Por: Guillermo Martínez

Este reportaje se publicó originalmente en papel, en La Marea 111. Puedes conseguir un ejemplar y suscribirte en nuestro kiosco.

La Guerra Civil podría haber terminado meses antes de aquel 1 de abril de 1939. La victoria del bando golpista vino precedida por una operación de inteligencia, diplomacia y logística sin parangón en la historia bélica hasta aquel momento. La rendición tenía que ser total. No hubo espacio para armisticio alguno. Todos los presos fieles a la República serían tratados como presos comunes, no como prisioneros de guerra. Tampoco alargar la contienda habría significado entrar en la Segunda Guerra Mundial. Aquel primero de abril, la Guerra Civil llegó a muchos lugares que no la habían vivido. La épica cacareada por los gallos de la victoria no fue tal. La rendición al completo estuvo medida al milímetro, no así la crueldad que se desataría en cada lugar en el que los vencedores tuvieran sed de venganza.

Estas son las grandes tesis que deja tras de sí Cómo terminó la guerra civil española (Crítica, 2026), un extenso ensayo que contiene documentación con información procedente de fuentes hasta ahora no accesibles a los investigadores. En él, Gutmaro Gómez Bravo reescribe los días clave en los que el bando franquista pergeñó la victoria incondicional. Este catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad Complutense de Madrid (UCM) huye de la versión más extendida y se aleja de las desavenencias entre los gerifaltes militares republicanos para poner la mirada sobre los golpistas: «Su operación fue todo un éxito», adelanta.

El investigador asegura que la contienda podría haber concluido el 31 de enero, tras la caída de Barcelona, porque el conflicto ya se encontraba resuelto desde el plano militar. «Es en el cuartel general de Burgos donde se decide otro final. Quieren una rendición sin condiciones de los republicanos y evitar una mediación internacional y un tratado que convirtiera a los presos en prisioneros de guerra», explica Gómez. Lo consiguieron, pero solo tras un trabajo calculado hasta el mínimo resquicio.

Entre el hambre y el perdón

Junto al bando golpista, que se veía a sí mismo más victorioso cada día que pasaba tras la victoria en la batalla del Ebro y la caída de Catalunya, luchaba el hambre. «El hambre es decisiva para esta estrategia de rendición que proyectan, sustentada también en la guerra psicológica», sostiene Gómez. La aviación franquista bombardeaba con pan las grandes ciudades republicanas que sobrevivían con gran dificultad al asedio. En los paquetes, proclamas que aseguraban que las personas que no tuvieran las manos manchadas de sangre no tenían nada que temer.

El final de la Guerra Civil: más cálculo que épica
Ejemplar de octavilla lanzada por el bando golpista sobre las ciudades asediadas. EDITORIAL CRÍTICA

El historiador asegura que los franquistas proyectaron la rendición a través del hambre y la promesa del perdón. «Lo que no querían era tener que combatir en las ciudades, como pasará en la Segunda Guerra Mundial. Buscan una rendición ordenada, planimétrica, y lo comunican dándole la vuelta. Dicen que la culpa del hambre son los republicanos y la resistencia», añade el también director del Grupo de Investigación de la Guerra Civil y el Franquismo de la UCM.

Europa, a favor de Franco

El plano internacional fue determinante en estas últimas semanas de conflicto. En su ensayo, Gómez corta esa línea recta historiográfica trazada entre el final de la Guerra Civil y la posibilidad de que estallara la Segunda Guerra Mundial. Consultada la documentación de Inglaterra y Alemania, el historiador resuelve que «a partir de la caída de Catalunya todo el mundo quiere que la guerra termine». Es precisamente en enero de 1939 cuando tanto soviéticos como alemanes, que pronto firmarían entre ellos el pacto de no agresión, empezarían a virar sus posiciones.

Las jornadas que pasarían a la posteridad se suceden. El 15 de febrero, los británicos reconocen en secreto a Franco como jefe del Estado, una decisión que harán pública el día que Francia también la tome. El día 27 hacen lo propio los franceses, justo una semana después de que España haya firmado, también en secreto, el tratado Antikomintern, que confirma la entrada militar de España en el Eje junto a Alemania, Italia y Japón, y que hará público el 31 de marzo, el último día de guerra en España.

Durante marzo, el último mes antes del fin de la contienda y el inicio de la dictadura, desde Burgos los franquistas se esmeran en hacer llegar a los republicanos las normas que deberán respetar en la rendición. «Se da un encuentro entre los militares del Estado Mayor de los dos ejércitos cuando, en realidad, ya trabajan para el mismo. Ahí se ve cómo el servicio de inteligencia franquista ha absorbido al servicio republicano. Les dan órdenes, trabajan juntos. No los matan, los utilizan», apostilla Gómez tras haber recabado esta información durante visitas a archivos extranjeros.

La entrada en Madrid

El coronel José Ungría es uno de los grandes nombres propios de esta historia. Sabedor de su papel decisivo a la hora de crear un gran aparato de información en el territorio republicano, Francisco Franco le encargó que definiera el desenlace de la guerra desde la perspectiva militar. Gracias a él, el Estado Mayor de Burgos terminó absorbiendo al Estado Mayor leal a la República.

José María Taboada Lago es otro de los nombres determinantes en el fin de la guerra. Secretario de Acción Católica, se movió diplomáticamente para interrumpir la mediación iniciada por el Vaticano en la Navidad de 1938 y, más tarde, se encargó de la unificación de las fuerzas derechistas en la capital, Madrid, republicana hasta el final de la guerra. Para salir de sus escondites y saludar al nuevo régimen que arrebataría la democracia a España durante cuatro décadas, Taboada y sus seguidores tenían que estar atentos a Radio Nacional. «Cataluña está nublado» significaba que la operación no había culminado en la región mediterránea; «geografía extensa», que se acercaban a la capital; y el día que anunciaran un «reparto de caramelos» en Madrid, sería la jornada señalada para que los franquistas tomaran la ciudad tras casi tres años de guerra.

Ungría y Taboada son dos de las entradas que recoge un dramatis personae con el que, acertadamente, la editorial Crítica ha decidido acompañar el ensayo y cuyas definiciones casi alcanzan las siete decenas. Entre ellas se cuentan personajes como Manuel Azaña, Pablo de Azcárate, Julián Besteiro, el cardenal Isidro Gomá y Diego Martínez Barrio, al igual que entidades o conceptos, como Comité propaz civil, Consejo Asesor, Consejo Nacional de Defensa y Servicio de Información y Policía Militar.

Por otro lado, los sindicatos no perdieron su papel predominante. La ocupación de las grandes ciudades por parte de los franquistas estuvo pactada con la UGT y la CNT, «quienes representaban realmente el primer gobierno de Francisco Largo Caballero frente al de Juan Negrín», apunta el historiador. Gómez apunta que la entrega de Madrid tenía que venir acompañada del aseguramiento de industrias como la logística, las comunicaciones, el Metro, el agua o la electricidad. «Hacen coincidir la transición con la ocupación, y es un éxito de manual para ellos», agrega.

Necesidad de rendición

De todas formas, la caída de Madrid el 27 de marzo estuvo precedida por una operación planificada y pensada para que todo concluyera como deseaban los franquistas. Dos días antes tuvo lugar la entrega de toda la aviación republicana que quedaba. «Después vendieron una victoria clara, pero estuvo planeada al milímetro porque no se fiaban: los republicanos que se rendían seguían siendo 400.000 hombres armados», detalla el autor del ensayo. Llegaba el tiempo de las salvas al aire como gritos de rendición, de sacar la bandera blanca, de que los militares republicanos se descosieran una manga de su uniforme.

Gómez recalca que esta versión de los hechos, contada desde la perspectiva interna del bando franquista, quedó opacada con el paso de los años. «Los protagonistas nunca lo contaron y la población en general desconoce que llegaron hasta este nivel de acuerdo, que realmente el ejército de Franco necesitó que los otros se rindieran y entregaran. Siempre ha parecido que se debió a una conquista, algo épico, pero no es así», se explaya.

El final de la Guerra Civil: más cálculo que épica
EDITORIAL CRÍTICA

El historiador, preguntado por aquello que le ha parecido más llamativo de esta investigación que le ha llevado años, responde que «el nivel de orden» que ejecutaron los franquistas a la hora de la rendición. Pero no solo eso. «Ahora vemos las consecuencias que tuvo ese final tan planificado a nivel logístico, diplomático y militar, algo muy complejo. Sin embargo, también vemos que a nivel local se desató una venganza brutal», comenta. Así lo refleja en su trabajo: la fase final de la operación «llevó a la rendición, al cese de las hostilidades, pero también al castigo masivo de la población civil».

El 1 de abril llegó el último parte de guerra, el único firmado a título particular por Franco: «En el día de hoy, cautivo y desarmado el Ejército Rojo, han alcanzado las tropas nacionales sus últimos objetivos militares. La guerra ha terminado». Sin embargo, la batalla por la verdad se sigue librando investigación tras investigación precisamente para desterrar lo maniqueo, aquello que Gómez describe así en su libro: «Seguimos en una historia de vencedores y vencidos, de héroes y villanos, de ingenuos y clarividentes. Una historia, en definitiva, de buenos y malos».

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“Hay que aprender a mirar”

Por: Manuel Ligero

«Fue una foto la que hizo que yo me levantara del sofá y me pusiera a hacer lo que hago ahora. Fue la foto del niño Aylan Kurdi», confiesa Óscar Camps. El fundador y director de la ONG Proactiva Open Arms intervino en la presentación del Encuentro Internacional de Fotoperiodismo de Asturias (EIFA), que tuvo lugar ayer en la sede del gobierno del Principado en Madrid. Lo hizo vía telemática, a bordo de un barco que ahora mismo se dirige a Cuba para responder a la crisis energética que sufre la isla: llevan paneles solares para un hospital pediátrico.

Camps conoció el certamen fotográfico asturiano el año pasado, precisamente cuando éste dio el salto a la calle, desbordando el habitual continente de este tipo de citas: los museos y las galerías de arte. Aunque el encuentro empezó en 2006, fue en 2025 cuando se abrió a las calles de Gijón, obteniendo una calurosa acogida popular. Con ese mismo espíritu se han preparado las actividades de este año. La programación se desarrolla entre el 15 de septiembre y el 20 de octubre, y tendrá sus jornadas centrales del 1 al 3 de octubre en la ciudad asturiana.

«Allí conocí a gente muy interesante y me comprometí a volver», dijo el director de Open Arms. «El fotoperiodismo es muy importante en nuestro trabajo. En esta misión a Cuba llevamos un fotoperiodista, Santi Palacios, para documentar lo que estamos haciendo. Porque en este mundo, por lo visto, lo que no se ve parece que no existe».

Encuentro Internacional de Fotoperiodismo de Asturias
Santi Palacios (izda.) y Óscar Camps durante su conexión online a la presentación del EIFA 2026. JACINTO ANDREU

El director del encuentro, el fotógrafo Alex Zapico, hizo hincapié en el carácter comunitario de la cita. «El año pasado decidimos salir a la calle junto con grandes fotoperiodistas y gente del cine para llegar a un público más extenso», explicó. El objetivo era «construir un espacio donde pudiéramos enfocar la mirada y aprender a mirar. Hay que aprender a mirar». Este espíritu es el que da aliento a todo el certamen, concebido como una forma de difundir el periodismo visual como ejercicio humanista.

En cierta ocasión, el fotógrafo Brent Stirton (ganador de ocho premios World Press Photo) dijo que «la fotografía es un arma contra las injusticias de este mundo». Esta arma tan poderosa conlleva una serie de responsabilidades. «Tenemos que elegir qué miramos, hacía dónde miramos», argumenta Zapico. Y también cómo lo hacemos. El EIFA aparece así como un espacio de reflexión, formación y diálogo en torno a la fotografía documental, la memoria, la justicia social y la libertad de prensa.

Entre sus actividades más destacadas hay seminarios dedicados a la ética visual, los derechos humanos y la educación en las aulas. Y el equipo docente del taller sobre fotoperiodismo habla a las claras de la envergadura de la cita: Anna Surinyach, Alfonso Bauluz, Diego Ibarra Sánchez, Olmo Calvo, Ricardo García Vilanova y Amina Fall. Entre las entidades colaboradoras están Médicos del Mundo, Reporteros Sin Fronteras, la Revista 5W o la ya citada Open Arms.

El encuentro incluye también cinco grandes exposiciones en el exterior y, además, otorgará dos premios: el principal (que el año pasado, un jurado presidido por Manu Brabo concedió a Diego Ibarra por su trabajo sobre la invasión israelí del Líbano) y el popular, abierto a todo el mundo. El lema de esta iniciativa refleja la esencia de este encuentro en torno a la fotografía: «Enfoca tu mirada. Ninguna vida debe quedar fuera de encuadre».

Según Zapico, la cita de Gijón trata, en definitiva, de hablar: «Sí, es para que hablemos. Para que intentemos conseguir cosas. Para que conectemos a las instituciones con la sociedad civil, con las ONG, con los fotógrafos, con los periodistas, con los cineastas… Se trata de intentar, entre todos y todas, cambiar este mundo».

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Bernard Arnault intenta silenciar una biografía no autorizada

Por: Manuel Ligero

Hacía 23 años que nadie se atrevía a publicar un libro sobre Bernard Arnault, el hombre más rico de Europa. Lo acaba de hacer la historiadora Audrey Millet, con consecuencias indeseadas para ella y su entorno. El libro Bernard Arnault, son univers impitoyable, una biografía no autorizada del gran magnate del lujo, salió a la venta el pasado 10 de junio, pero muy poca gente se ha enterado. El patrón de la casa LVMH (conglomerado de empresas que responde a las iniciales de Louis Vuitton, Moët & Chandon y Hennessy) ha movido sus hilos para que no haga entrevistas de promoción en ninguno de los grandes medios de comunicación franceses. Tampoco pueden publicar reseñas. Mediapart, Le Canard Enchaîné y Libération se cuentan entre los pocos que se han apartado de las directrices marcadas por Arnault.

Como explicaba la propia Millet en una entrevista con David Dufresne, su libro ha desaparecido de muchas librerías. Las presentaciones que tenía pactadas han sido súbitamente anuladas. La editora de Millet, Julia Pavlowitch, denunció un robo en su domicilio un día antes de que el libro saliera a la luz, así como presiones del entorno familiar de Arnault para evitar su publicación. Otro magnate controvertido, Vincent Bolloré, patrón de medios como CNews, Europe 1 o Paris Match y gran promotor de la ultraderecha, se ha alineado con el jefe de LVMH: entre sus muchos negocios, es también dueño de la cadena de kioscos Relay, que canceló de golpe y sin dar explicaciones un pedido de 400 ejemplares del libro. «Muchos oligarcas se mantienen unidos y se dan la mano para controlar la información en Francia», asegura la autora.

Esta carrera de obstáculos comenzó el mismo día en el que Millet envió un cuestionario a LVMH. Lo hizo así para cumplir con el estándar de una investigación rigurosa y para que nadie echara por tierra el año de trabajo que le dedicó a un libro que cuenta con más de mil fuentes acreditadas. Desde LVMH nunca contestaron a sus preguntas; muy al contrario, la maquinaria de Arnault se puso en marcha para intentar silenciarla.

Para entender hasta dónde ha escarbado Millet en su trabajo, hay que señalar, por ejemplo, que ha llegado incluso a acceder al expediente de Arnault en la Escuela Politécnica, donde se forma la élite de los ingenieros del país. Esa escuela está bajo el amparo del Ministerio de Defensa y, en la época en la que estudió Arnault, los primeros años setenta, había que pasar dos meses de entrenamiento militar obligatorio. Las evaluaciones de sus instructores fueron demoledoras: «Carácter tranquilo, carece de gusto por el esfuerzo. Participa poco en el trabajo de equipo. (…) No apto para ocupar un puesto de responsabilidad». Quedó el penúltimo de su promoción.

Sus escasas dotes para dirigir un grupo de soldados no fueron un impedimento para convertirse en un tiburón de los negocios. Las 75 empresas que dirige actualmente facturaron 86.000 millones de euros en 2023. Ese año, su fortuna personal ascendía a 240.700 millones de euros. «Vende bolsos, champán, vinos y licores, perfumes, pintalabios, joyas y relojes. Es propietario de hoteles, restaurantes, empresas de sondeos y periódicos», escribe Millet. Si se trata de un artículo de lujo, ahí está Arnault. Cuando Donald Trump fue investido presidente por segunda vez, ahí estaba también Arnault. Fue el único empresario europeo presente, acompañando en la ceremonia a la plana mayor de los señores tecnofeudales: Elon Musk, Jeff Bezos, Mark Zuckerberg, Tim Cook… El propio Emmanuel Macron no fue invitado al acto.

¿Cómo es posible que nadie escribiera nada sobre una personalidad empresarial de este rango? Cuando Arnault ingresó en la Academia de las Ciencias Morales y Políticas, en 2024, Millet quiso leer alguna biografía suya. Para encontrar algo tuvo que remontarse al año 2003, cuando apareció L’Ange exterminateur, de Airy Routier, otro libro polémico que detallaba las agresivas estrategias financieras del patrón de LVMH. Y después, el silencio. «Parece evidente que Bernard Arnault no quiere que se escriba sobre él», afirma Millet.

Bernard Arnault intenta silenciar una biografía no autorizada
Editorial LA TRIBU

Según la historiadora, los medios que han reseñado su libro —Libération entre ellos– han visto recortada la publicidad de LVMH, el anunciante más poderoso de Francia. Se calcula que el grupo gasta en torno a 160 millones de euros al año en publicidad en medios de comunicación galos. Cabe recordar que este conglomerado empresarial aglutina a marcas como Dior, Givenchy, Loewe, Marc Jacobs, Guerlain, Bulgari, Dom Pérignon o, más modestamente, Sephora. Y que tiene también sus propias publicaciones, como Le Parisien, Les Échos, Challenges, Sciences et Avenir o La Recherche.

Controlar lo que se escribe sobre él parece ser una obsesión para Arnault, quien llegó a enviar un mail a los trabajadores de LVMH advirtiéndoles de que hablar con periodistas no afines («poco escrupulosos», según su eufemismo) constituiría «una falta grave». En sus tormentosas relaciones con la prensa, el caso más grotesco fue el que tuvo como protagonista a Bernard Squarcini, ex jefe de los servicios secretos durante la presidencia de Sarkozy y encargado de espiar a la revista Fakir a petición de LVMH.

Espiar, en cualquier caso, ha sido una labor común durante la actividad profesional de Arnault, según Audrey Millet. «Desde que adquirió LVMH, se acercó a empresas de espionaje, sobre todo estadounidenses. Se trata de antiguos espías de la guerra fría que se reciclan en la empresa privada», explica la autora. Este espionaje industrial incluía una amplia gama de servicios: desde colocar micrófonos en oficinas a seguimientos por la calle, pasando por escudriñar la basura de sus competidores.

Estos procedimientos le han permitido, en parte, construir un imperio con arreglo al manual del moderno capitalismo financiero: no ha creado empresas, las ha comprado y, según su propio vocabulario, las ha reestructurado (sin ambages: diezmando sus plantillas) para obtener beneficios.

¿Pero lo hizo solo, arriesgando su fortuna personal? No exactamente: en 1984 se hace con el grupo de Marcel Boussac, un gigante textil en crisis, propietario de Dior, gracias a «940 millones de francos en ayudas públicas. Esto lo ha constatado incluso la Comisión Europea y la Corte de Justicia. En realidad, fueron las subvenciones las que permitieron a Bernard Arnault comprar esa empresa», explica Millet. «El dinero público entra, los trabajadores salen y Dior permanece».

Con Louis Vuitton y Moët Hennessy la estrategia fue diferente: prometió a los jefes de cada casa (Henry Racamier y Alain Chevalier, respectivamente) apoyarlos para destruir al otro y hacerse con el control absoluto de LVMH. En realidad, Arnault los destruyó a los dos y se quedó con el holding. Fue por aquellos años cuando se ganó los apodos de «Terminator» y del «lobo vestido de cachemira».

No es que estas historias sean grandes revelaciones. Se conocían desde hace tiempo, pero nadie había vuelto sobre ellas en las últimas décadas. Ahora reviven, y eso, para alguien que ha gastado tanto dinero en borrar su pasado y en silenciar a sus críticos, parece ser una afrenta intolerable.

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Jeremy Atherton Lin: “La visibilidad también puede convertirse en una trampa”

Por: Guillem Pujol

Las ciudades conservan memorias que raramente aparecen en los monumentos. Sobreviven en una escalera, una puerta lateral, una pista de baile o una barra pegajosa donde miles de desconocidos compartieron unas horas de intimidad. Buena parte de la historia de las comunidades homosexuales se escribió precisamente en esos espacios ambiguos, a medio camino entre el refugio y la exposición pública. En Gay Bar. Fragmentos de aquellas fiestas (Capitán Swing), Jeremy Atherton Lin convierte esos lugares en el hilo conductor de una reflexión sobre el deseo, la identidad, la memoria y las transformaciones de la cultura gay durante las últimas décadas.

Lejos de la nostalgia fácil, el escritor británico reconstruye la historia de los bares gais de Londres, Los Ángeles o San Francisco para preguntarse qué sucede cuando una comunidad alcanza importantes victorias legales mientras sus espacios físicos desaparecen. El resultado es un libro que combina autobiografía, historia cultural y ensayo político, siempre atento a las contradicciones que acompañan cualquier proceso de emancipación.

Una de las cosas que más me llamó la atención del libro es el protagonismo que tienen los espacios físicos. ¿Por qué decidiste contar esta historia –una historia tanto personal como de identidad colectiva– a través de la arquitectura y de los lugares concretos?

Porque me cuesta pensar en abstracto. Necesito anclar las ideas en algo tangible. Durante años había escrito mucho sobre ropa y moda, pero empecé a cansarme de ese tema. Sabía que las cuestiones que realmente me interesaban tenían que ver con la identidad, el tiempo, la memoria o el deseo, pero necesitaba un punto de apoyo.

Cuando empecé a revisar los lugares que había frecuentado a lo largo de mi vida –o incluso algunos que solo había visitado una o dos veces– descubrí algo interesante. Muchas de las experiencias que yo recordaba como triviales o incluso decepcionantes estaban conectadas con historias mucho más amplias que mi propia biografía. Los espacios conservaban capas de memoria colectiva, algunas alegres y otras profundamente problemáticas.

Además, la arquitectura misma me ayudaba a pensar. Por ejemplo, cuando empecé a salir por bares gais, gran parte de la estética dominante todavía respondía al miedo al VIH y al contagio. Había superficies blancas, limpias, cuerpos masculinos extremadamente cuidados, casi esterilizados. Existía una especie de obsesión con la higiene y la impermeabilidad. A medida que avanza el libro también avanzo hacia espacios más desordenados, más sucios, más porosos.

De algún modo, se convierten en un actor más de la narración.

Creo que es cierto. Cuando concebí el proyecto, mi editora me habló de la tradición de la psicogeografía, un género históricamente dominado por hombres heterosexuales. Hablamos de qué podía diferenciar este libro de esa tradición.

Muchas obras psicogeográficas intentan construir una especie de lectura metafísica de la ciudad. Mi intención era hacer algo parecido, pero atravesado por el erotismo. Me interesaba explorar cómo el deseo modifica nuestra relación con los espacios y cómo los espacios moldean a su vez nuestras formas de deseo.

«Me interesaba explorar cómo el deseo modifica nuestra relación con los espacios y cómo los espacios moldean a su vez nuestras formas de deseo».

Hay una paradoja que me parece interesante: muchos bares gais comienzan a desaparecer precisamente cuando se consolidan derechos como las uniones civiles o el matrimonio igualitario. ¿La muerte de los bares gais es, en parte, el precio de ciertas victorias legales?

Es una cuestión complicada. Durante la escritura me di cuenta de algo que había pasado por alto: estaba escribiendo sobre negocios privados. Los bares gais no son únicamente símbolos culturales; también son empresas que tienen que pagar alquileres y sobrevivir económicamente. No profundicé demasiado en cuestiones como la especulación inmobiliaria o la gentrificación, aunque evidentemente forman parte del contexto.

Respecto a la asimilación, creo que a veces se interpreta de forma demasiado simplista. Muchas conquistas legales no surgieron porque la integración en las instituciones tradicionales fuera necesariamente el objetivo final de los movimientos homosexuales. A veces simplemente eran herramientas prácticas.

En mi siguiente libro hablo de uno de los primeros casos en Estados Unidos de reconocimiento federal de una unión entre dos hombres. Uno de ellos era australiano y la cuestión estaba relacionada con la inmigración. Aquellos hombres no eran especialmente partidarios del matrimonio como institución. Lo consideraban algo patriarcal y anticuado. Pero necesitaban una solución concreta a un problema concreto. A veces la asimilación es más una consecuencia que una meta.

Sin embargo, mientras desaparecen los espacios físicos, las aplicaciones de citas parecen ocupar parte de ese lugar.

Sí, aunque para mí cumplen una función muy distinta. Lo que me preocupa de las aplicaciones es que tienden a convertirnos en mercancías. Nos presentan como una colección de atributos expuestos detrás de un escaparate. Intentamos optimizar nuestra imagen para encajar en determinados criterios y atraer determinadas respuestas.

«Lo que me preocupa de las aplicaciones de citas es que tienden a convertirnos en mercancías».

Pero la química humana no funciona de esa manera. No puedes predecir cómo reaccionarás cuando escuches la risa de alguien, percibas su olor o compartas una conversación cara a cara. Por eso quería que Gay Bar transmitiera la sensación de encontrarse con personas inesperadas, de rozarse con desconocidos, de descubrir que alguien que inicialmente te genera rechazo acaba resultando fascinante, o viceversa. Esas experiencias imprevisibles forman parte de la vida social y son muy difíciles de reproducir en entornos digitales.

Foto: Capitán Swing

Han pasado más de medio siglo desde Stonewall y en muchos países occidentales los derechos LGTBQ han avanzado considerablemente, al menos a nivel legal. De hecho, partidos de extrema derecha como la AfD en Alemania tiene una líder que es lesbiana, lo que sería impensable hace pocos años atrás. Y, sin embargo, los delitos de odio continúan existiendo y las reacciones conservadoras parecen reaparecer cíclicamente. ¿Cómo interpretas esa tensión?

Creo que cualquier grupo que se salga de la norma permanece en una situación precaria mientras existan mecanismos sociales de exclusión. Incluso si en un momento dado no eres el objetivo principal, sigues dependiendo de un sistema que siempre puede encontrar nuevos chivos expiatorios.

Hoy el ejemplo más evidente son las personas trans. Pero también me interesa mucho cómo distintas formas de vulnerabilidad se entrecruzan. La orientación sexual, la identidad de género, la inmigración o las fronteras no son problemas independientes. Muchas personas viven simultáneamente varias de esas experiencias.

«La orientación sexual, la identidad de género, la inmigración o las fronteras no son problemas independientes. Muchas personas viven simultáneamente varias de esas experiencias».

Además de la violencia explícita, existen formas mucho más sutiles de precariedad. Cuando el Tribunal Supremo estadounidense anuló Roe v. Wade, muchas parejas homosexuales comenzaron a preguntarse si el matrimonio igualitario podría convertirse en el siguiente objetivo político.

Recuerdo ver en televisión a una pareja de mujeres explicando la enorme cantidad de documentación legal que necesitaban simplemente para garantizar la protección jurídica de su familia. Había carpetas y archivadores por todas partes. Aquello me hizo pensar en algo que aparece en Gay Bar. Existe una enorme cantidad de trabajo burocrático invisible destinado simplemente a validar tu existencia.

Reflexionas, también sobre la transformación de las categorías identitarias y el uso de la terminología. 

Las palabras evolucionan constantemente. Recuerdo que en Reino Unido hubo un momento en que el término “queer” empezó a adquirir una legitimidad institucional muy visible. Pienso, por ejemplo, en determinadas exposiciones organizadas por grandes museos. De repente, una palabra que durante mucho tiempo había sido marginal adquiría prestigio académico y cultural.

Lo curioso es que yo quería que Gay Bar tuviera una estética ligeramente anticuada. Quería que el propio título evocara algo fuera de moda, incluso un poco embarazoso. Me interesaba esa sensación de algo que ya no ocupa el centro de la conversación.

Las categorías identitarias siempre están cambiando. Hace un siglo, por ejemplo, la palabra “queer” tenía significados distintos según la clase social de quienes la utilizaban. Son términos inestables por definición.

Mientras leía el libro pensaba también en casos como el del “Gaixample” de Barcelona, un barrio que durante años estuvo asociado a una determinada identidad gay urbana. Después llegaron el turismo, la gentrificación y nuevas formas de consumo cultural. ¿Hasta qué punto las identidades también están moldeadas por el mercado?

Creo que existe ese riesgo. Muchos barrios terminan desarrollando una estética relativamente homogénea que puede repetirse en ciudades muy diferentes. Hay ciertos códigos culturales que aparecen en Londres, Ámsterdam, Nueva York o San Francisco.

Eso genera una situación extraña. Puedes terminar siendo percibido como turista o incluso como colonizador urbano, pero rara vez como alguien verdaderamente perteneciente a ese lugar.

Y esa percepción puede convertirse fácilmente en un mecanismo de señalamiento. Es una cuestión que me recuerda a una observación de Foucault. La visibilidad también puede convertirse en una trampa.

Esta entrevista se publicará pocos días antes del Día del Orgullo Gay y LGTBI+. ¿Cuáles son los motivos para conservar a día de hoy esa celebración?

Creo que me siento cómodo habitando zonas de ambivalencia. Las personas no vivimos experiencias unidimensionales. Por supuesto que siguen siendo necesarias las celebraciones del Orgullo. Son importantes. Y ojalá puedan depender cada vez más de las comunidades y cada vez menos de los patrocinadores corporativos.

Pero también creo que toda experiencia humana tiene un reverso. Solemos presentar orgullo y vergüenza como conceptos opuestos, cuando la realidad es más compleja. Existe una forma destructiva de la vergüenza, pero también una forma productiva. La ausencia absoluta de vergüenza conduce a la impunidad y a la falta de autocrítica. Lo vemos constantemente en la vida política.

Por eso me parece importante que existan movimientos capaces de afirmar el orgullo colectivo, pero también escritores, artistas y pensadores que sigan preguntándose qué errores hemos cometido, qué problemas continúan sin resolverse y qué responsabilidades permanecen abiertas.

Mantener vivas esas preguntas me parece algo saludable. Evita que todo se convierta en un simple eslogan y nos obliga a convivir con las contradicciones. Y, al final, es precisamente en esas contradicciones donde suele desarrollarse la experiencia humana.

«Me parece importante que existan movimientos capaces de afirmar el orgullo colectivo, pero también escritores, artistas y pensadores que sigan preguntándose qué errores hemos cometido».

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Silvia Bezos: “La vida laboral de la clase trabajadora es muy repetitiva y claustrofóbica”

Por: Carlos Madrid

Los trayectos en Metro, aunque muchas veces asfixiantes, pueden ser un lugar perfecto para la reflexión. Más si el tema sobre el que se da vueltas tiene que ver con la clase. Silvia Bezos eligió este transporte para que la protagonista de Manos de pobre, cómic que se hizo con el Premio PANG de la editorial Aristas Martínez, meditara sobre cómo los conceptos de desigualdad, acceso al conocimiento y cultura del esfuerzo moldean nuestras vidas.

Unas reflexiones que la autora contrasta con ilustraciones muy coloridas, referencias pop y mucho humor para que, según la propia Silvia Bezos, no la acusen de “intensita”. Hablamos con ella sobre todas estas ideas y sobre por qué, después de hacer el cómic, ha llegado a la conclusión de que no quiere cambiar de clase.

¿Las manos de pobre, por más que queramos, siempre van a ser reconocibles?

Una conclusión a la que he llegado después de hacer el cómic es que cuando intentamos disimular, tener ese passing de clase media, podemos lograrlo en algún aspecto. Algunos podrán conseguir una casa mejor, otros vestirán como la clase alta y otros pondrán todo su empeño en el plano intelectual, pero en otros sentidos se les va a notar. Al final siempre se vislumbra. Creo que es imposible en todos los puntos llegar al mismo lugar.

Sobre todo si se trabaja seis días a la semana, como le pasa a la protagonista. ¿Se pueden tener otras manos con esta realidad?

El esfuerzo que tiene que hacer una persona que trabaja tanto para alcanzar los mismos lugares que una que viene de lugares privilegiados es enorme. Algo que acaba llevando a una serie de consecuencias tanto físicas como mentales o en el tiempo que le queda para no hacer nada. Esto lo vemos en las personas que estudian mientras trabajan: ¿Cuánto esfuerzo le supone aprobar en comparación con su compañero que no tiene otra cosa que hacer?

Quizá donde más reconocible sea encontrar esas manos es en el Metro. ¿Por eso decidiste ubicar la obra allí?

El Metro es un lugar muy de clase obrera. Que haya gente que no lo ha cogido en su vida es algo que a las personas de a pie nos deja locas. También porque es muy repetitivo y claustrofóbico, como la vida laboral de las personas de clase trabajadora. 

La novela gráfica es una especie de ensayo en el que muestras cómo la clase nos atraviesa en todos los ámbitos de nuestra vida. Incluso en el modo en que nos comportamos o en cómo nos expresamos.

Esto depende un poco de cuáles sean tus ambiciones. Pero algo que parece obvio, es decir, que una persona que venga de clase obrera se vaya a expresar peor, Brigitte Vasallo lo desmonta en su libro de Lenguaje exclusivo y exclusión de clase. Ella dice que las personas que vienen de clase baja, cuando están en público o en lugares de gente de estratos más altos, sobreproducen el lenguaje. Entonces tienes los dos extremos: los que se expresan peor y los que tienden a hacerlo con muchísima complejidad. Esto último, aunque no lo parezca, también señala de dónde vienes.

Podemos pensar que la clase tiene que ver sobre todo con la riqueza, pero hay otros muchos capitales que influyen. Como el cultural.

A mí esto fue lo primero que me obsesionó, porque es lo que más me importa. El resto de cosas que acompañan el venir de estratos sociales altos me dan más igual. Pero yo recuerdo pensar de pequeña: ¿Por qué una compañera sabía ciertas cosas si no las habíamos dado en clase? Ese capital cultural en mi opinión es el más difícil de alcanzar. Tanto, que en este punto nos llevan mucha ventaja y tienes que poner mucho empeño para alcanzarlo. 

En el cómic esto lo muestro a través una carrera de relevos generacional. Algo que estoy viviendo ahora con mi hija. Pienso en cómo educarla en este aspecto porque no he tenido referentes. Y me pregunto qué hacen estas personas para que a sus hijos de 18 años sean cultísimos. Algo que creo que no depende del colegio al que se va, sino de lo que pasa en casa. El problema es que es más fácil copiar las conductas exteriores que las domésticas. La clase tiene que ver mucho con cómo te comportas ahí. Y con lo cultural pasa mucho eso.

¿Por ello es tan complicado cambiar de estatus social?

Uno de los motivos por los que nos intentan convencer de que sí se puede es por esto: porque es casi imposible. Hubo un momento en el que el ascensor social sí que funcionaba más, pero ahora está muy estropeado. Para vivir medianamente bien tenemos que hacer esfuerzos muy grandes y, aun así, mucha gente ni siquiera mejora. Ellos nos venden que es posible de manera individual, pero es al revés: solo lo conseguiremos de manera colectiva.

«Si nos intentan convencer de que se puede cambiar de clase es porque es casi imposible»

Una serie de reflexiones casi ensayísticas que entran en contraste con las ilustraciones coloridas y pop. ¿Por qué quisiste hacerlo así?

Siempre he tenido miedo de que me acusen de intensa en la vida, por eso me he adaptado así al miedo. Compenso la intensidad con el chiste y el colorido. No ha sido nada meditado.

También hay mucho humor. Aquí hasta los perros reflexionan con la protagonista.

Tenía muchas ganas de hacer un cómic, pero a la vez me daba miedo. Me apunté en 2020 a un curso de novela gráfica que fue genial y me animó un montón. En él, uno de los consejos que me dieron fue que tenía que intentar que el lector no acabara odiando a la protagonista. Me pareció interesante introducir personajes que apuntillaran o expresaran lo que ella no dice, para que no fuera la protagonista la que cargara con todo el discurso. Y si podían ser graciosos, como un perro, mejor.

En la contraportada de Manos de pobre la protagonista deja la conclusión de que en la obra ha encontrado todas las excusas para explicar por qué no está forrada a su edad.

Una cosa que hace este cómic más llevadero es que se ríe bastante de la protagonista. No es un discurso súper aleccionador, sino que se mofa de ella y de todos los que tenemos pensamientos del estilo. Yo, después de hacer le cómic, he llegado a la conclusión de que no quiero cambiar de clase. Lo que quiero es vivir con dignidad, tener tiempo libre, salud y educación a mi alcance. 

Igualmente, en la obra hago la reflexión de que esta gente está fatal. Ellos tienen problemas de salud mental –diferentes de los de la clase trabajadora– que tienen que ver con una excesiva contención en la vida. Si eso es a lo que aspiramos, yo paso. También pierden capacidad de empatía y contacto con la realidad y lo humano. Yo solamente quiero y deseo dignidad para la gente. Se me ha pasado la idealización de los privilegios de clase durante todas estas reflexiones.

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[Adelanto editorial] Vivan quienes quieren no morir nunca

Por: Patricia Simón

Epílogo de ‘Yo quiero no morir’ (Astiberri, 2026), escrito por la periodista Patricia Simón.

Conocí a Jaime Garzón en 2006. Hacía siete años desde que lo habían asesinado y, sin embargo, me salía al paso en algunos de los rincones más aislados y abandonados por el Estado colombiano. En la selva profunda del Chocó, en pequeñas veredas del Cauca, en las carreteras de la Antioquia más recóndita, su rostro me miraba desde muros y carteles. En medio de la violenta oscuridad que sacudía el país en aquellos tiempos, su sonrisa ancha era un símbolo de la hospitalidad que, pese a todo, seguía desprendiendo el pueblo colombiano.

En aquellos años, el gran problema del periodismo en España era una precariedad en la que muchos se escudaban para traicionar nuestra función pública y venderse a la manipulación, la propaganda, la espectacularización y la propagación del odio. En Colombia aprendí que allí, como en buena parte de los países más azotados por la guerra, quienes deciden ejercer este oficio con honestidad e independencia lo hacen a sabiendas de que pueden ser asesinados por cumplir con su deber deontológico. Periodistas reconocidos y anónimos que compartieron conmigo sus contactos y conocimientos para que pudiese llegar a las veredas más recónditas y entrevistar a los supervivientes de las masacres paramilitares, a las madres de los llamados “falsos positivos” –civiles asesinados por el Ejército para presentarlos como bajas en combate–, a los líderes comunitarios amenazados por las guerrillas, a las maestras y sindicalistas asediados por todos los actores armados, al campesinado desplazado forzosamente para construir macroproyectos de multinacionales europeas, canadienses y estadounidenses. Y en muchos de esos lugares me encontraba con grafitis en los que con unos cuantos trazos –las gafas redondas, el pelo acaracolado–bastaba para reconocer a quien ya era un icono de la decencia y de la defensa de los derechos humanos: Jaime Garzón.

Recuerdo el impacto que me produjo la admiración con la que me hablaban de él periodistas que, poco después de conocerlos, ya se habían convertido para mí en maestros de lo que debe ser este oficio y de lo que una nunca debe olvidar. Compañeros que me enseñaron a no perder de vista el retrovisor por si nos seguía algún coche o moto, a no abrir la puerta a nadie que llevase el casco puesto porque habían perdido a muchos colegas ejecutados tras abrir a supuestos repartidores, a que siempre había que tener una habitación preparada para esconder a quienes llegaban huían de las amenazas… Todos ellos compartían una devoción por la figura de Garzón que también me transmitieron mis amigos y amigas defensoras de los derechos humanos, académicas, lideresas sociales, dramaturgas, pintores… Personas que siguen siendo hoy mis referentes éticos y humanistas se esforzaban por explicarme la influencia social de una figura que yo no terminaba de entender, probablemente, porque no había conocido nada igual hasta entonces. Tuve que ir desentrañando la figura de Jaime Garzón para comprender por qué se había convertido en una de las más escuchadas, respetadas y queridas por la mayoría social de Colombia. Y, también, en una de las más odiadas por una minoría, aquella que nunca ha dudado en usar la violencia para preservar su poder, privilegios, supremacismo y concentración de la riqueza.

Potada de 'Yo no quiero morir' (Astiberri).
Portada de la novela gráfica Yo quiero no morir (Astiberri, 2026).

Así fui sabiendo que Jaime Garzón había sido un hombre bueno que había estudiado varias carreras movido por la curiosidad y la pasión por entender el mundo; un hombre valiente que se había implicado en la política institucional para defender la vida desde los territorios más ninguneados por el Estado en un país en el que eso se castiga con la muerte; un hombre heterodoxo que sustituyó el marxismo por el “grouchomarxismo” cuando las guerrillas se empezaron a parecer a sus antagonistas; un hombre sabio que se había dado cuenta de que el humor es la forma más elevada y transformadora de la inteligencia; un hombre erudito que había volcado su talento en desnudar el negocio de la guerra y a sus mercaderes en los medios de comunicación –los mismos que, mayoritariamente, estaban y están al servicio de la oligarquía que se blinda reproduciendo la violencia–; un hombre valiente que se dedicó a mediar con las guerrillas para la liberación de más de cien personas secuestradas; un hombre alegre, divertido y disfrutón que amaba tanto la belleza de la vida que consagró la suya a conseguir que una vida que merezca ser vivida fuese un derecho universal.

Y así fue como, conociendo la trayectoria y la personalidad de Jaime Garzón, fui también entendiendo mejor la historia e idiosincrasia de Colombia: un país compuesto, mayoritariamente, por hombres y mujeres buenos, generosos, verracos y bellos en su sentido ético y estético; personas que han respondido a décadas de guerra, expolio, barbarie y dolor construyendo el tejido asociativo, cívico y de defensa de los derechos humanos más potente, imbricado y vanguardista del mundo; gente pobre que tras sobrevivir a las peores atrocidades se convirtieron, de facto, en juristas, comunicadores, activistas para defender su dignidad en alianza con profesionales extraordinarios de todos los ámbitos que anteponen el bien común a su bienestar; un pueblo que coopera vereda por vereda, ciudad por ciudad, departamento por departamento, para llevar su lucha contra la impunidad hasta las más altas instancias de justicia internacional; una sociedad que sumida en el horror ha sido capaz de aportar contribuciones vanguardistas y cruciales al terreno del derecho internacional y de la construcción de paz. Una excelencia y excepcionalidad las del pueblo colombiano de las que Jaime Garzón es uno de sus embajadores más universales.

Cuando “las palabras no alcanzan”

Quienes nos dedicamos a intentar entender los peores contextos para explicarlos después convivimos con la angustia permanente de que “las palabras no alcanzan” para nombrar lo inenarrable, como escriben Alfredo Garzón y Verónica Ochoa en su magistral obra Garzón. El duelo imposible. Pero les aseguro que esta novela gráfica no solo logra recoger, evocar, explicar y mostrar la complejidad y brutalidad de la historia reciente de Colombia, sino también lo más valioso, difícil y extraordinario: el ingente esfuerzo de buena parte de su sociedad por transitar a un país justo, seguro, respetuoso, dialogante, pacífico, incluyente, boyante y orgulloso de su diversidad. Y, desgraciadamente, el alto coste en vidas, destierros y tristeza que ha pagado por la osadía de pretender redistribuir su tierra y recursos, juzgar a los dirigentes y empresarios que ordenaron –y ordenan– los crímenes, señalar a colaboradores tan poderosos como el Estado de Israel o las transnacionales del Norte Global, y a los medios de comunicación que legitiman y presentan la violencia como un fenómeno natural, imprevisible, inevitable, sin responsables ni beneficiarios. Sin el trabajo sucio de una prensa corrompida, el negocio de la guerra se hundiría porque no habría pueblo que lo apoyase. Por ello, algún día, también deberían ser juzgados sus consejos de administración.

Pero, frente a su inmundicia, también hubo y hay quienes no se pliegan. Y Garzón. El duelo imposible también los honra. Como al director de El Espectador Guillermo Cano, asesinado en 1986 por denunciar el fenómeno del paramilitarismo y sus vínculos con el Estado. “No vendemos, no hipotecamos, no cedemos nuestra conciencia ni nuestra dignidad a cambio de un puñado de billetes”, dejó escrito. Unas palabras que deberían estar impresas en todas las redacciones del mundo.

En este libro, su coautor y coprotagonista Alfredo Garzón, hermano de Jaime, encarna en lo que convierte la guerra a aquellos que sobreviven a la pérdida de sus seres queridos: personas en “diálogo constante con el asesinado”, como escribe sobre sí mismo. “Para mí, el asesinato de Jaime no es un hecho del pasado. Cada día sin justicia es un día más en que Jaime es asesinado. Un día más en que los asesinos vencen”, explica, resumiendo así la violencia que esta impunidad inflige a las víctimas.

Colombia es un país “de cementerios llenos de personas a las que se les ha negado la palabra”. Este libro se la devuelve, convirtiéndola en un alegato por el diálogo como antídoto frente a la violencia. Un acto de justicia para quienes siguen sin recibirla. Pero esta obra llega mucho más allá: construye cultura de paz al resucitar a todos esos hombres y mujeres que intentaron parir un mundo mejor para que puedan estudiarse en todas las escuelas e institutos del mundo, referentes con los que enseñar a los niños, niñas y adolescentes que no hay forma más ética, legítima, enriquecedora, apasionante y digna de estar en el mundo que defendiendo los derechos humanos, que no hay otra forma de impedir que la internacional del odio que recorre el planeta imponga un orden del miedo y la crueldad, que no podemos permitir que hagan lo que ya hicieron en Colombia: deshumanizar a “los otros” para convertirlos en “desechables”, exterminables, desaparecidos, en nadies.

La novela gráfica de Alfredo Garzón y Verónica Ochoa es un canto a la vida vivida adrede, un homenaje a los y las idealistas, esos locos utópicos que a lo largo de la historia fueron despreciados tachándolos de ilusos e ingenuos y a quienes les debemos los derechos sin los que seguiríamos siendo esclavos, súbditos, animales de compañía, subhumanos. Personas como Jaime y Alfredo Garzón, como sus amigos, que se dejaban el alma trabajando por un horizonte esperanzador, que bailaban, cantaban y gozaban hasta el amanecer cada vez que podían, y que lloraban y lloran a sus muertos escribiendo obras de arte como este libro. ¡Viva la vida y quienes quieren no morir nunca!

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Juan Evaristo Valls Boix: “La vida consiste en aprender a perder”

Por: Guillem Pujol

Este artículo ha sido publicado originalmente en Catalunya Plural. Puedes leerlo en catalán aquí.

Hay libros que llegan a destiempo y libros que llegan justo cuando hacen falta. JOMO (Anagrama, 2026), del filósofo valenciano Juan Evaristo Valls Boix, pertenece con claridad a la segunda categoría. El título es el acrónimo de Joy of Missing Out: la alegría de perderse las cosas, el placer de no estar, la satisfacción que empieza a asomar cuando uno desconecta, para, se queda quieto. Frente al FOMO –ese miedo generalizado a quedarse fuera– que articuló durante décadas los ritmos del capitalismo de plataformas, Valls Boix propone leer los síntomas del presente como señales de un cambio de deseo más profundo: una reorientación afectiva que ya tiene forma en los memes, en los activismos, en el cansancio compartido de una generación.

Valls Boix es doctor en Filosofía por la Universidad Complutense de Madrid, donde trabaja como investigador. Ha publicado anteriormente Metafísica de la pereza (2022) y El derecho a las cosas bellas (2024), conformando una trilogía filosófica que trabaja los márgenes del pensamiento político contemporáneo: la pereza, la belleza, y ahora el arte de perderse. En JOMO, escrito con memes, referencias pop y teoría crítica, detecta en el hartazgo colectivo no una patología sino una lucidez. «El dolor, la depresión, el cansancio y la soledad no deseada nos dicen que así la vida no vale la pena», sostiene en esta conversación.

Su diagnóstico no se detiene ahí: la promesa neoliberal de la conexión permanente y la flexibilidad total ha generado «exactamente lo que negaba: desarraigo y soledad no deseada». Y lo decisivo, insiste, es que ya no queremos que esa promesa se cumpla. La revolución, si llega, no vendrá de imaginar futuros alternativos sino de escuchar el cambio de deseo que ya está ocurriendo: «No se trata de imaginar los horizontes, se trata de escucharlos».

Tu libro comienza con la imagen Colin Smith, el protagonista de La soledad del corredor de fondo, un talentoso atleta que, a pocos metros de llegar a la meta, decide dejarse ganar. Es, en un caso, una forma de rebeldía y de oposición a la institución –un reformatorio de Londres–, que ganaría prestigio en su nombre. Sesenta años después, hay más runners que nunca, Strava mide cada kilómetro, el corredor se ha convertido en figura emblemática del presente. ¿Cómo lees esa evolución, y en qué sentido la resistencia de Colin sigue siendo pertinente a día de hoy?

La película de Tony Richardson me parece muy premonitoria porque muestra una forma de estar gobernados a través del movimiento, a través de la inyección a la superación. Colin puede diferenciarse de sus compañeros de prisión, puede destacar, precisamente porque es bueno en algo. Y ahí aparece una primera distancia: si el valor del trabajador radica en su capacidad de adaptación o en su capacidad de expresión, en ser normal o en ser uno mismo. Lo que se va a descubrir al final es que la producción de subjetividad tiene que ver con el gobierno del deseo a través de su excitación: reconducir siempre el deseo hacia el ámbito de la explotación mercantil, el consumo o el trabajo.

Ser un ganador es la forma más alta de aquiescencia con la norma, justamente. Y es ahí donde aparece una forma de resistencia muy valiosa para nuestro tiempo: la deserción. Una deserción muy particular, porque la de Colin — a diferencia de la contracultura de los años 60 y 70 tenía como forma de revuelta por antonomasia romper los límites, break — no tiene que ver con irse, tiene que ver con parar, con quedarse.

Más parecida al “preferiría no hacerlo de Bartleby”, el personaje de Herman Melville…

La de Colin se parece más a la de Bartleby, sí. Aunque hay una diferencia importante: Bartleby acaba muriéndose de inanición; su rechazo es individual, se agota en sí mismo. Cuando Colin se para, toda su vida le pasa por delante. Hay algo en ese detenerse que dice: esto no es vida, la vida tiene que ser otra cosa. Hay una filósofa, Bonnie Honig, que en su Teoría feminista del rechazo dice que Bartleby no le interesa precisamente por eso, porque es una figura del rechazo individual. A ella le interesan Las Bacantas de Eurípides: un grupo de mujeres que rechazan la asignación reproductiva de la ciudad, se van, y luego vuelven con una propuesta nueva de vida en común. Hay algo en Colin que conecta con eso: su pararse no es solo negación, es también una afirmación de la vida a través del hábito, del quedarse.

La crítica que le haces a Mark Fisher en el libro es, si me permites, muy valiente: Fisher articuló para muchos el diagnóstico de una época, pero tú detectas en él un punto ciego generacional y otro de género. ¿Qué es lo que no pudo ver Fisher desde dónde estaba?

Fisher ha fascinado porque tuvo la capacidad de articular un relato del presente que, de un lado, era nuevo, pero que al mismo tiempo retomaba unas claves esenciales de la izquierda: la melancolía y la estructura mesiánica. La pregunta por el futuro como deuda con el pasado. Saber hacer eso a través de una revalorización de la contracultura de los 70, acuñar el término de modernismo popular, leer a Thatcher como la leyó… Ese relato es muy poderoso y ha marcado el tono del pensamiento, al menos en el espacio hispano. Pero la crítica que Mackenzie Wark le hace me parece muy lúcida: ¿cuál es el presupuesto de diferencia sexual que hay en la propuesta de Fisher? Toda la teoría del realismo capitalista nunca está en diálogo con los debates sobre reproducción social, la abolición de la familia, la socialización de los trabajos reproductivos.

Hay también una profecía autocumplida: si dices que toda la cultura es una mierda, acaba siéndolo, pero eso es una falta de escucha, no una constatación analítica. Luego está la cuestión generacional, que para mí es la más decisiva. La hipótesis inicial del realismo capitalista es que para los estudiantes de Fisher –nacidos en los 90– no hay alternativa real: no han conocido dos bloques, no han vivido bajo ninguna lógica que no sea capitalista. Es una constatación histórica. Pero Fisher nunca responde desde ahí: toda su reflexión sobre horizontes emancipatorios la construye desde su propia generación, que sí tuvo dos alternativas. La gramática afectiva de la que habla –la melancolía, el futuro cancelado, el duelo– no interpela a los mileniales ni a los Z, y especialmente no interpela en España, con el España va bien y el milagro económico como telón de fondo. Para mí la cuestión pasa por entender que no queremos que se cumpla la promesa del progreso neoliberal. No nos interesa. Como decía Lafargue en el siglo XIX: el progreso es el hijo primogénito del trabajo, y a esta era la llaman la era del trabajo, pero es la era de la miseria.

Nokia vendía connecting people y tres décadas después, como explica el psicoanalista José Ramón Ubieto, es más necesario que nunca distinguir entre conexión y vínculo: que la primera, sin cuerpo implicado, no genera el segundo. ¿Qué falla estructuralmente en la promesa de la conectividad?

Uso los términos de Berardi –conexión y conjunción– que son bastante afines. La conexión sigue descansando en una lógica de la identidad. Es muy difícil que haya experiencia porque es muy difícil que haya alteridad. Hay una soberanía del sujeto: si no me gustas, te bloqueo, cierro la pestaña. Cuando estamos con los otros en cuerpo, estamos con cuerpos que no gobernamos, que son inquietos, que traen contingencia, la posibilidad de que suceda lo que no estaba predeterminado. Eso la conectividad lo lleva muy mal. Y eso se tradujo en que las dos grandes promesas del modelo neoliberal –la libertad como flexibilidad y elección, y la solidaridad como conexión permanente– generaron exactamente lo que negaban: desarraigo y soledad no deseada. La flexibilidad implica no echar raíces; la conexión no genera vínculo. A nadie le interesa de verdad ser un digital nomad viviendo de Airbnb en Airbnb, relacionándose por Tinder y hablando con sus amigos solo por WhatsApp. Esa promesa no se ha cumplido. Pero lo importante es que tampoco queremos que se cumpla.

El concepto central del libro es la «hedonia represiva»: no somos incapaces de placer, sino incapaces de otro placer que no sea consumir placer. ¿Qué ocurrió para que el deseo quedara capturado en la forma de la adicción?

El primer autor que piensa el gobierno contemporáneo del deseo a través de la figura de la adicción es Deleuze. Y me parece importante la lectura que amplía Franco Berardi cuando ve la adicción como conexión. Una de las tesis claves de Fenomenología del fin es cómo la conectividad va en detrimento de la conjuntividad: estamos cada vez más conectados, pero los vínculos se resienten, el otro se mercantiliza, se objetaliza. En los 90 y en los 2000, esta figura del sujeto adicto a la conexión era sinónimo de vida exitosa. Estar conectado, estar en las redes, ir a mil países, cogerle el ritmo al mercado. También tenía su cara oscura –generalización del consumo de drogas, TCA, ansiedad–, pero mayoritariamente como sociedad aceptábamos esa figura como una forma de liberación, de singularidad.

Yo creo que la pandemia funcionó como parte aguas. Los niveles de suicidio, depresión, burnout que siguieron… ese malestar vinculado a la excitación rompió las fantasías de vida buena. Aquí la sabiduría del dolor dice algo. En lugar de pensar que el primer dato social es una salud plena que puede accidentarse si el individuo no la gestiona bien –que es la gramática individualista de la autoayuda–, el dolor, la depresión, el cansancio y la soledad no deseada nos dicen que así la vida no vale la pena. Y eso es una negación muy poderosa, muy lúcida, y una negación que se hace en nombre de la vida. Desde ahí empieza a dibujarse otra economía afectiva: no de la excitación sino de la placidez, no de la verticalidad y el crecimiento sino del arraigo, la afiliación al presente, la vuelta al cuerpo y a los vínculos.

Pero el mercado ya ha aprendido a vender eso. El mindfulness, el solo maxxing (“maximizar la soledad”), la estetización de la desconexión son industrias en expansión. ¿Dónde está la diferencia entre el JOMO como postura de consumo y el JOMO como forma de vida con potencial político?

Es la cooptación de siempre, completamente. El solo maxxing puede ser perfectamente una forma de consumo narcisista, otra vuelta de tuerca de la identidad soberana: me optimizo a mí mismo en soledad igual que me optimizaba compitiendo con los otros. Eso no cambia nada. Lo que me interesa del JOMO es otra cosa: no la soledad como autosuficiencia sino como vulnerabilidad. La paradoja de la conectividad es que, como descansa en la lógica del sujeto soberano –puedo bloquear al otro, puedo cerrar–, no hay experiencia de alteridad. Ni estamos con gente ni estamos a solas con nosotros mismos de verdad. Estar solo consigo mismo es un ejercicio difícil, a veces muy desagradable, porque es la experiencia de vulnerabilidad y exposición: vemos cosas de nosotros que no nos gustan, tenemos heridas, sueños, recuerdos que pueden ser una mierda.

Jesús se encuentra al demonio vagando solo en el desierto…

Exacto. Pero cuando esa soledad deja de generar ansiedad y empieza a generar algo placentero –y hay ya estudios sobre esto, del 2023 en adelante–, es porque preferimos estar con los otros o con nosotros como otros a seguir en ese trono vacío del sujeto narcisista. Eso no es algo que el mercado pueda vender. Eso lo dice el dolor. Y cuando ese malestar vinculado a la excitación es ya demasiado grande para negarlo o justificarlo, se convierte en una conciencia crítica expandida. Los activismos contemporáneos –antitrabajo, por la vivienda, contra el turismo, por la sanidad pública– tienen esa gramática: un rechazo que es también una afirmación de la vida. No es que no haya alternativas: es que hay que escucharlas.

Terminas el libro parafraseando el Manifiesto Comunista de Karl Marx: «proletarios de todos los países, durmamos». ¿En qué sueña una sociedad que ha decidido parar?

Tomo de Marx la idea de que los vínculos del proletariado son vínculos a través de la pérdida, no a través de la propiedad. Lo que une a los que no tienen nada es el cansancio compartido, la elaboración común de la pérdida. Para mí el sueño del sueño es que esa pérdida se constate en una solidaridad de los durmientes, una solidaridad radical e íntima que excede la forma-sujeto. Y claro que eso requiere liberar al trabajo de su condición asalariada, reducir al máximo el reino de la necesidad, que el capitalismo no hace, porque genera continuamente nuevas necesidades para que no puedas dejar de consumir y por tanto no puedas dejar de trabajar. Pero antes de llegar al programa hay que tomarse en serio el cambio de deseo. La revolución viene cuando hay un cambio de deseo, no cuando se satisfacen los deseos ya existentes. Y ese cambio ya está ocurriendo.

Reemplazaría el ejercicio de la imaginación –que sigue teniendo en el centro a un sujeto muy poderoso, muy masculino– por el ejercicio de la escucha. La gente ya está pensando otras cosas. Hay investigaciones sobre decrecimiento, economías del cuidado, arquitecturas feministas, experimentos de renta básica. No es que no haya horizontes: es que no se trata de imaginarlos, se trata de escucharlos. Aunque el cambio de deseo es condición de posibilidad, no condición suficiente. Para que ese deseo de parar se pueda ejercer hacen falta infraestructuras concretas: vivienda pública, reducción de la jornada laboral, renta básica, salarios más equitativos, contención del turismo. Porque, aunque parar sea deseable, no podemos parar: tenemos varios trabajos y estamos enganchados al teléfono porque el placer miserable del scroll es la única forma de estar un poco a flote con todo lo que tenemos encima. El sueño es aprender a perder. Aprender que perder es la forma más alta de donación –perdareperdonare–, y que aprender a vivir consiste en eso, en esa radical pérdida de la soberanía. Somos unos perdedores. Afortunadamente.

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