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Actos de Dios

Por: José Ovejero

29 de junio

Seguía pensando en los parecidos entre la época actual y los albores de la Primera Guerra Mundial y me decía que en ambos momentos las sociedades occidentales han sido sacudidas por la inseguridad, no debida a la delincuencia que tanto exageran nuestras derechas actuales, sino en la manera de entender el mundo.

Antes del 14 la suma del psicoanálisis, la teoría de la relatividad y la física cuántica había desmontado buena parte de las certezas sobre las que se fundamentaba el sentido común, ese consenso que parece flotar por encima de las ideologías. Los ciudadanos europeos ya no eran quienes habían creído ser –ni actuaban por los motivos que suponían la base de sus actos– ni el universo se comportaba tal como habían pensado desde Newton. Ni siquiera el arte ofrecía el consuelo de la belleza que buscaban en él buena parte de la burguesía y también del proletariado frente a las nuevas incertidumbres; en lugar de poder conmoverse en una exposición ante un amanecer radiante o disfrutar con un hermoso cuerpo desnudo, se encontraban con espantajos cubistas y los colores chillones de los fauvistas. El dadaísmo, ya empezada la guerra, daría la puntilla con sus provocaciones de mal gusto a las expectativas de un arte reparador.

Hoy la ingeniería genética, la inteligencia artificial y el transhumanismo derriban los límites entre el ser humano y la máquina y desvalorizan las capacidades del primero, visto como imperfecto e inútil en muchas de las tareas de las que estaba orgulloso. Tampoco el arte nos ayuda hoy, producido cada vez más por sistemas digitales que socavan cualquier principio de autoridad y de autoría, ya devaluadas por la posmodernidad.


Y si hace pocos días anotaba las inseguridades de los varones en ambos momentos históricos, hoy me lo confirma para el actual una noticia de un periódico. En una anotación anterior me maravillaba de que haya hombres operados de fimosis volviéndose a operar para implantarse un prepucio, que, al parecer, consideran parte importante de su identidad masculina. Aún me dejó más perplejo leer ayer que también hay hombres –quizá en parte los mismos– que se inyectan un suero en los testículos para aumentar su volumen; según la crónica, el saco escrotal puede alcanzar así incluso el tamaño de un mango o de un melón pequeño, imagen que habría preferido que no entrara en mi cabeza.


30 de junio

Hace un par de tardes, nuestra vecina organizó una minihoguera de San Juan ahora que han vuelto las lluvias a nuestra zona y no hay peligro de incendio. Y he vuelto a desesperarme con mis dificultades para seguir una conversación en euskera. Llevo más de un año aprendiéndolo –es verdad que con fases en las que apenas le he podido dedicar tiempo– y apenas noto avances a la hora de comunicar con mis vecinos.

Es decir, sí he hecho avances en el aprendizaje. Podría traducir por ejemplo «el hijo mayor de mi tía del pueblo ha venido a ese edificio de ahí para dejar a su perro negro», u otras frases absurdas por el estilo que habría sido incapaz de traducir hace pocos meses (me habría equivocado en los tiempos, en los casos, en las terminaciones que dependen de las preposiciones…). Y me alegra darme cuenta de que cada vez cometo menos errores en los ejercicios. Pero luego, cuando podría aplicar lo aprendido, soy incapaz de decir más de dos palabras seguidas. Y me cuesta muchísimo entender incluso frases en las que debería reconocer todas las palabras.


1 de julio

Hoy hemos ido caminando hasta Ondarroa con la intención de darnos un baño. Al llegar, vemos la bandera roja y otra con la señal de prohibido bañarse. Enseguida pensamos que habrán llegado ya las medusas, aunque hay una bandera específica para indicarlo. No es ese el motivo, tampoco el oleaje, que hoy era muy suave. El agua está contaminada por E. coli. El año pasado ya nos avisaron de que en Saturraran, la playa contigua que frecuentábamos antes, a menudo las aguas están muy contaminadas por los vertidos industriales arroyo arriba y no es difícil que el baño te cueste coger una infección estomacal.

Ahora recuerdo que también a finales del verano anterior escribí una entrada en el diario tras ver franjas de espuma amarilla en el mar. La suciedad se ha convertido en parte del paisaje. Hemos aceptado como algo normal o como un mal menor que nuestra forma de vida ensucie lo que nos rodea y, también, que cause muertes. Resoplamos molestos por el calor inusual o nos asquea la suciedad del mar, pero respondemos a esas consecuencias de nuestros hábitos como si fuesen inevitables, con la resignación que podríamos sentir ante un terremoto o un alud. «Acts of God», se llama en inglés en el lenguaje jurídico y de seguros a los acontecimientos inevitables que no son culpa de nadie, como, precisamente, los terremotos. Pero, en realidad, Dios pinta muy poco en muchos de ellos: antes podíamos decir que las tormentas o los incendios forestales eran actos de Dios o de la naturaleza, pero hoy sabemos que los humanos nos hemos convertido en ayudantes solícitos a la hora de provocar catástrofes.

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Mujeres en guerra

Por: José Ovejero

Vemos Mujeres heroicas, de la polaca Wanda Jakubowska. La directora había estado prisionera en Auschwitz y regresa allí para rodar esta película ya en 1947. Probablemente es la primera película no documental centrada en la vida en un campo de exterminio. Hay otras –pocas– de esos años que tocan el tema del Holocausto, pero a menudo más interesadas en situaciones rocambolescas fuera del campo –en general, persecuciones de nazis– que en aproximarse de verdad al horror cotidiano. Y estoy seguro de que es la primera película con ese tema dirigida por una mujer y la primera que relata la vida de ellas en los barracones. En Mujeres heroicas –en polaco se titula, si entiendo bien, La última etapa, menos rimbombante– lo central es el día a día de la supervivencia de las mujeres en Auschwitz, atravesado por las humillaciones y la violencia continuas a las que son sometidas, y sostenido por la solidaridad –sororidad, diríamos hoy–, la ayuda mutua, el afecto, aunque también amenazado por la mezquindad y la avaricia de algunas; o, sencillamente, porque el miedo a morir empuja a otras a realizar acciones de una dureza extrema, como cuando una prisionera convence a una enfermera para que no dé un medicamento a una compañera cercana a la muerte y se lo dé a ella.

No solo es una película importante por su contenido; la puesta en escena y la fotografía son impresionantes.


23 de junio

El año pasado, cuando apenas llevábamos tres meses en nuestro nuevo barrio, una vecina nos invitó a participar en la hoguera de San Juan que organiza todos los años en su prado. L., que después se convirtió en nuestra profesora de euskera, también nos había invitado este año. Solo que este año al final no ha habido hoguera: después de varias semanas sin llover y con un calor inusual, habría sido temerario encender una.


24 de junio

He leído muchas comparaciones entre la época actual y la República de Weimar; es comprensible, si nos fijamos en el auge de la ultraderecha, la división de la izquierda, la búsqueda de chivos expiatorios –entonces, los judíos, ahora los inmigrantes o los musulmanes–. Pero mientras leo El cielo y las ruinas, de Juan Andrade, me pregunto si no sería más acertado establecer la analogía con los años previos a la Gran Guerra de 1914. Si antes del 14 hubo un cambio fundamental en la producción industrial –el fordismo y la cadena de montaje– que se puso al servicio de la guerra, en las últimas décadas hemos asistido a la digitalización y la aplicación de la inteligencia artificial, que como toda revolución tecnológica, también es una herramienta básica de las confrontaciones bélicas. Y si en la Primera Guerra Mundial el submarino, el avión y la industria química transformaron las maneras de matar al enemigo –y, cada vez más, a la población civil– hoy desempeñan esas tareas los drones y la automatización de la destrucción.

Hubo entonces como hoy una crisis de identidad masculina; las máquinas que suplantaban su trabajo, el aumento de los empleos en el sector de servicios, la disolución de los vínculos masculinos tradicionales en la vida urbana, el crecimiento del empleo femenino –con la consecuente mayor independencia de las mujeres– y las reivindicaciones feministas empujaron a muchos hombres a buscar en la guerra una expectativa de autoafirmación individual y de la esfera masculina. Hoy los rasgos y las causas son algo diferentes, pero está claro que el ego herido de muchos hombres es una base sólida para nuevas propuestas políticas agresivas y la reivindicación de una virilidad cuyo prestigio añoran.

Y si entonces había una pelea encarnizada por las materias primas y los mercados de las colonias que fomentó el nacionalismo más agresivo, hoy la escasez de recursos tradicionales como el petróleo, pero sobre todo la necesidad de hacerse con las materias primas para la revolución de la inteligencia artificial, está promoviendo también la vuelta al nacionalismo competitivo más desaforado.

Antes del 14 parecía imposible que sociedades más prósperas de lo que habían sido nunca estuviesen dispuestas a embarcarse en una gigantesca tarea de destrucción y autodestrucción. También hoy podría parecérnoslo. Pero hoy y ayer coinciden en que las principales fortunas empujan a la confrontación y financian una prensa cada vez más vocinglera y polarizadora.

Podría continuar con las analogías –que las hay, como también diferencias– y profundizar en ellas. Pero ahora lo que me interesa anotar es que la bestialidad de la guerra es una posibilidad no tan lejana de Europa Occidental como pensamos. La condición sine qua non para toda escalada bélica, el rearme, ya está en camino.

Y también el trasvase de votos y de conciencias hacia las opciones más beligerantes. Cuando empezamos a justificar masacres a nuestra puerta, es que estamos preparando el terreno para comenzar a cometerlas.

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Melancolía, no solo de la izquierda

Por: José Ovejero

9 de junio

Después de la entrega de los premios TIFLOS, durante el cóctel subsiguiente, converso con alguien que me acaban de presentar, que se define de izquierdas, sobre la situación política. Sale a relucir el hundimiento de Podemos. Él habla con pesar de la deriva de ese partido y la atribuye a la lucha de egos entre sus dirigentes. Respondo con una vehemencia que no es frecuente en mí. Creo que ya he escrito por aquí que no suelo discutir salvo en situaciones en las que de la discusión depende una decisión.

Pero en el caso que estoy refiriendo me enfado más allá de lo razonable porque creo que refleja uno de los males más dañinos para la izquierda, y lo es doblemente: primero, porque se acaba comprando el marco del debate a las campañas mediáticas de la derecha. No, a Podemos no lo destruyó la lucha de egos como dicen quienes quieren desacreditar a la formación política; a ningún partido lo destruye la lucha de egos, que existen en el PP, en el PSOE, en Vox, en Izquierda Unida… A Podemos, aparte de todos los errores que puedan haber cometido sus dirigentes, lo destruye una campaña coordinada de la prensa, la judicatura, el capital y las cloacas policiales, con bulos, montajes, connivencia de periodistas corruptos con policías corruptos con jueces corruptos. Aunque todas aquellas acusaciones quedaron en nada, el prestigio del partido entre quienes buscaban una forma diferente de hacer política, acabó siendo minado.

El segundo aspecto que me parece nocivo es que en la izquierda nos encanta desencantarnos. Los nuestros nunca merecen triunfar porque nunca son tan puros como nuestros sueños. No digo que la autocrítica y reconocer la corrupción en las propias filas no sean tareas imprescindibles, pero a menudo se toman como una invitación a rendirse y a regodearse en la mirada cínica y distante que nos deja plácidamente alojados en nuestra nube celestial.


13 de junio

Preparando la presentación de Melancolía de los confines: Norte, de Mathias Énard –un libro muy recomendable por múltiples razones–, repaso fragmentos que había subrayado en otro libro suyo, Desertar y me encuentro con esta frase: «Si pudiera uno volver a vivir un momento x de su existencia, yo elegiría un día con Irina cuando era muy pequeña, los tres a orillas del lago en Hankels Ablage…».  No sé si lo hice cuando leí la frase por primera vez, creo que no, pero ahora me detengo a pensar cuál sería ese único día que yo querría volver a revivir. Me viene a la memoria uno que no reproduciré aquí. Si alguien lee estas páginas, le invito a hacerse esa pregunta: ¿si pudieras revivir un único día de tu vida, cuál elegirías? Y la segunda pregunta, obvia, sería: ¿por qué ese?

Tendemos a pensar que la felicidad es el fin supremo al que se dirigen nuestros actos. Para mi sorpresa, he descubierto al responderme a la pregunta que no es el mío.


15 de junio

Sánchez dice, tras alegrarse por el anuncio de un acuerdo entre Estados Unidos e Irán, que debemos entender de una vez por todas que la guerra es un fracaso. Pero por supuesto Sánchez sabe que no es así. Esta guerra, como todas, ha beneficiado a numerosas empresas con ingresos millonarios. Seguimos fingiendo que la guerra se utiliza para los fines que proclaman públicamente quienes las inician, y casi nunca es así. Una excepción sería la guerra contra los palestinos, porque sus adalides, después de una fase de justificaciones absurdas, están siendo extremadamente sinceros: el objetivo es la ocupación completa de sus tierras y la expulsión o el asesinato de la mayoría de la población actual.


16 de junio

Énard escribe que «los muertos siempre serán más numerosos que los vivos». Hace poco pensaba yo en la resurrección de los muertos durante el Juicio Final y en que, si salieran todos a la vez de sus tumbas, apenas tendrían espacio y se apelotonarían unos sobre otros, situación muy poco digna para presentarse ante el Creador. Lo pensaba tras volver a ver los frescos del Juicio Final de la catedral de Orvieto. Pero tras dividir la superficie terrestre entre el número estimado de muertos desde que existe la humanidad, llegué a la conclusión de que cada zombi resucitado tendría setecientos metros cuadrados para su disfrute. Incluso si descontásemos las zonas inhóspitas del planeta dispondrían de una parcela amplia donde esperar sentencia.

Y también me decía que el Dios de los cristianos es un individuo cruel: si hubiese programado el apocalipsis para hace unos siglos, miles de millones de personas habrían evitado ser condenadas a las penas del infierno. Aunque, si aplico esa lógica, debería haber adelantado el Juicio al momento en el que se dio cuenta de la chapuza que había hecho en el diseño de Adán y Eva. Nos habríamos ahorrado muchos disgustos.


17 de junio

Me piden un vídeo para apoyar la traducción humana. Cada vez aborrezco más los vídeos, no solo porque con su proliferación a partir de la pandemia se han vuelto irrelevantes, también me resultan incómodos y engorrosos; demasiado para el efecto que les supongo.

Así que digo que no, que prefiero dar mi apoyo desde aquí –que no se verá mucho más, pero al menos es una tarea a la que estoy habituado y no me obliga a ponerme ante la cámara–. Dado mi pesimismo consustancial, creo que es una batalla perdida. Se impondrá la IA en numerosos trabajos, no solo en la traducción, porque tiene la característica básica para su expansión en el capitalismo: reduce costes.

Esto, por supuesto, es mentira: reduce costes a la empresa que la utiliza, pero los costes sociales, medioambientales y para nuestra cultura son enormes. Lo que no importa a los empresarios; esa preocupación no está en su naturaleza. Al fin y al cabo, pagamos todos, no ellos. La única socialización que entienden es la de sus costes.

Sin embargo, creo que hay que defender la traducción humana, la ilustración humana, etc., resistir el tiempo que se pueda. Y eso solo puede lograrse haciendo daño económico a las empresas que la usan: publicitando sus prácticas para intentar que las abandonen algunos de sus clientes, boicoteándolas, también apoyando a quienes no utilizan la IA, por ejemplo, mediante el sello de traducción humana. Solo haciendo menos rentable el egoísmo podemos defender la trinchera. Me sale un lenguaje muy bélico, pero es que estamos ante una guerra solapada, en la que, como en todas las guerras, hay unos pocos vencedores y muchos derrotados. ¿Eran de León Felipe esos versos que dicen: «entre los vencidos, el pueblo llano pasaba hambre. Entre los vencedores, el pueblo llano la pasó también»?

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La literatura y la clase obrera

Por: José Ovejero

1 de junio

En un festival literario, conversamos durante la cena con la escritora Simona Baldanzi, que nos habla del Festival di Letteratura Working Class, que se celebra en una fábrica okupada por los trabajadores después de que la empresa decidiera cerrarla. Lo dirige Alberto Prunetti, autor, entre otras obras, de la magnífica Amianto, publicada en España por Hoja de Lata. Nos pregunta qué autores españoles han publicado novelas en un entorno fabril. No es difícil pensar en escritores y escritoras actuales que escriben sobre precariedad y sobre barrios marginales y obreros, pero resulta mucho más difícil encontrar ficción centrada en la vida laboral fuera de lo intelectual o del sector servicios. La fábrica, la mina, el taller parecen casi desaparecidos de la literatura contemporánea, quizá porque hay muchos autores que tenemos experiencias de precariedad o de vida en un barrio obrero, pero pocos conocemos bien el trabajo fabril.

Durante la conversación mencionamos Desde la línea, el poema terrible de Joseph Ponthus (Siruela), donde refleja la dureza brutal del trabajo en conserveras de pescado y mataderos, que conoce de primera mano. (Prefiero llamarlo poema, en lugar de prosa poética, como hace la editorial, porque esta clasificación hace pensar en lirismo, metáforas, figuras literarias… y yo diría más bien que se trata de un poema prosaico, de lenguaje sencillo y directo, quitando a lo de «prosaico» la connotación negativa).


Me acuerdo ahora de la escritora que, cuando le dije que iba en metro a no sé dónde, exclamó: «Qué proletario». Qué lejos estamos, y queremos estar, de las experiencias cotidianas de la mayoría de la población. Englobo en este plural al colectivo de escritores, aunque cada uno encaje mejor o peor en la afirmación.

Desde luego, nunca se me habría ocurrido que alguien pudiera considerar proletario usar el transporte público.


2 de junio

Estoy leyendo Figlia di una vestaglia blu, novela en la que Simona Baldanzi se acerca al mundo obrero desde la perspectiva de la hija de una trabajadora de la fábrica de vaqueros Rifle (equivalente a la Lois española) y también rememorando su tesis doctoral, cuando tuvo que estar haciendo cuestionarios entre los obreros que excavan los túneles en su región para el paso del Tren de Alta Velocidad. Me interesa doblemente porque es uno de los pocos ejemplos que he encontrado de literatura de fábrica –la llamo así para diferenciarla de la literatura de clase obrera, concepto mucho más amplio– y porque está escrita por una mujer, con atención, aunque no solo, a la experiencia de las mujeres.

Ayer, media hora después de escribir el último párrafo de la entrada anterior, leo estas frases en la novela de Baldanzi: «Hay quien lo ve [al proletariado] como raza en peligro de extinción, que debe protegerse. Lo he encontrado en la universidad: “Anda, ¿eres hija de obreros? Increíble. Cuéntame cómo es”. Como si llegase de otro planeta».


3 de junio

En el encuentro literario en el que estuvimos en Italia iba a participar Zapatero, que cancela en el último momento, cuando se hace pública la acusación por corrupción. Mucha gente me pregunta entonces qué va a pasar, si creo que las acusaciones son fundadas. No lo sé, claro que no lo sé. Salvo que, sea o no cierto que Zapatero haya cometido algún delito, el solo anuncio de la investigación pasará factura al PSOE. Es sabido que la corrupción en la izquierda tiene un alto coste electoral, la de la derecha apenas se nota en la intención de voto. Y ya es una perogrullada decir que no se persigue con la misma intensidad a unos y a otros. Apenas se investiga el enriquecimiento de familiares de los Aznar-Botella, de Ayuso, de Feijóo, etc. y la repercusión en prensa es mucho menor.

Aún en Italia, en un club de lectura una lectora me pide un análisis de la situación en España. Cuando les trazo una imagen bastante negra del futuro, la mujer me dice: «Al menos ustedes resisten, la gente sale a la calle, protesta. Aquí todo el mundo se ha resignado». Los demás participantes asienten cabizbajos.


Este año, por primera vez en muchos, no vamos a estar en la Feria del Libro de Madrid. Por un lado, tengo la sensación de perderme algo, de no estar presente en una actividad que se había convertido casi en un rito, también porque allí solemos coincidir con gente a la que no vemos a menudo y nos apetece hacerlo. Por otro, siento alivio por no tener que estar horas en las casetas recalentadas, pendientes de si se cierra por enésima vez el Retiro, a menudo con largas esperas entre firma y firma. Pero lo que más me gusta de no ir es no tener que asistir a la invasión de autores que tienen que ver con la literatura, la historia o la filosofía lo mismo que yo con el saxofón… que intenté aprender a tocar pero abandoné cuando me convencí de mi incapacidad absoluta para la práctica musical. Lo malo es que esos autores no solo no son conscientes de sus limitaciones, encima cuentan con un aparato publicitario que los hace pasar por lo que no son. Y a veces incluso cuentan con ayudantes que tocan las teclas por ellos.

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De la talidomida al hantavirus

Por: José Ovejero

12 de mayo

Fabian es una de las películas más tristes que he visto. Está basada en una novela de Erich Kästner, autor creo poco conocido en España. En el ámbito germanoparlante casi todo el mundo lo conoce por sus novelas infantiles y juveniles. Que alguien capaz de escribir novelas ingeniosas, ligeras, divertidas, pueda ser autor de una novela tan terrible dice mucho de la complejidad del ser humano. También alternaba poemas satíricos con otros extremadamente tristes en los que se reflejaba una soledad profunda.

Traumatizado por su participación –obligatoria– en la Primera Guerra Mundial, Kástner era pacifista, opositor al nazismo, y escribía para niños porque le parecía que hacerlo era una contribución importante a la sociedad. Los nazis quemaron sus libros y le prohibieron escribir, pero él decidió no marcharse de Alemania. Sorprenden muchas cosas en este autor; su muerte debida al alcoholismo no es una de ellas.


La semana pasada cumplía años Luigi Mangione, famoso por haber matado a tiros al CEO de una gran compañía de seguros estadounidense. La que viene, un juez decidirá si admite en el juicio las pruebas presentadas por la policía, obtenidas sin mandato judicial: una pistola y un cuaderno. Lo más llamativo del caso es la simpatía que despierta el (presunto) asesino en una parte muy amplia de la población. No es que de pronto los estadounidenses, por muy amantes de las armas que sean, estén a favor del asesinato ni de los actos revolucionarios; seguro que muchos de ellos dicen eso de «no estoy a favor de la violencia, pero…». El rencor hacia las compañías de seguros, que condenan a muerte a muchos asegurados negándoles prestaciones imprescindibles parece más que justificado.

Es verdad que las compañías de seguros, y las farmacéuticas, no actúan de forma menos ética que otras empresas, pero las consecuencias de su deshonestidad son más letales –si exceptuamos a las industrias tabaqueras y del alcohol–. Justo ayer hablaba con un amigo del escándalo de la talidomida, el medicamento que causó miles de malformaciones y abortos a finales de los cincuenta y principios de los sesenta. La empresa que producía el medicamento negó los hechos y amenazó con pedir indemnizaciones a quienes difamasen su producto, aunque ya disponían de suficientes datos como para tener casi seguridad de sus efectos secundarios.

Lo que no sabía es que se tardó más de lo necesario en detectar su efecto en recién nacidos porque en Alemania no había una ley que obligase a notificar malformaciones en ellos. Después de la caída del nazismo, la población no confiaba en que las nuevas administraciones se alejaran de la política eugenésica del pasado reciente, sobre todo porque se mantuvo vigente buena parte de la «Ley para la prevención de la descendencia de personas con enfermedades hereditarias», que implicaba la esterilización forzosa de padres que sufriesen dichas enfermedades.

Tenían razón al desconfiar del uso que se pudiera hacer de tales leyes en la Alemania supuestamente democrática de posguerra. Antiguos nazis se habían reintegrado en la judicatura y también en la industria farmacéutica. En el desarrollo del Contergan –como se llamaba el medicamento que contenía la talidomida– participó al menos un nazi responsable de experimentos con seres humanos en los campos de exterminio, y varios más trabajaban en aquellas fechas en la empresa farmacéutica que lo desarrolló.


Tirando más del hilo –es decir, surfeando de una página a otra de Wikipedia–, descubro que fue una mujer, Frances Oldham Keisy, empleada de la Food and Drugs Administration, quien, a pesar de las fuertes presiones de la industria y de algunos políticos, denegó seis veces la solicitud de que se admitiese la venta del medicamento en Estados Unidos, justificando su rechazo en que la empresa que lo producía no le entregaba los resultados de sus pruebas.


14 de mayo

Hablando de salud y falta de escrúpulos, qué triste espectáculo el de esa derecha que se agarra a cualquier cosa con tal de debilitar al Gobierno. Y qué poco les importan las consecuencias que puedan tener sus palabras y sus maniobras en las personas enfermas. Resulta repulsivo el circo que han montado alrededor del desembarco de los pasajeros expuestos al hantavirus. ¿Los habrían dejado morir en el barco, convertido en un nuevo Holandés Errante? No les he leído ni un argumento científico o técnico. Solo ruido y furia. Y cálculo electoral.

Hoy he cerrado mi cuenta de Instagram. Hace tiempo que tenía intención de cortar también esa red social, pero no podía –o creía no poder–, porque la necesitaba para buscar y contactar con ilustradoras para las cubiertas de El Periscopio. Como dejaré ese trabajo y la coordinación de la sección después del próximo número, ya no necesito depender de Meta. Estuve en Facebook y cerré mi cuenta. Hice lo mismo con Twitter. Y ahora le ha tocado el turno a Instagram. Me alivia contribuir cada vez menos a ese auténtico Eje del Mal que han erigido los tecnoligarcas.

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El superpoder de los miserables

Por: José Ovejero

5 de mayo

En una entrevista que hace un diario berlinés a una escritora ucraniana leo que en su país en todas las carreras universitarias hay que estudiar una asignatura de literatura y lengua ucranianas. No me imagino la reacción de los estudiantes españoles, pongamos de Medicina o Física, si les obligasen a estudiar –y examinarse– de literatura y lengua castellana; o catalana; o gallega.

Tampoco estaría mal, aunque por otros motivos, que quienes estudian Filosofía o Literatura o Filología tuvieran que aprobar una asignatura de Ciencias Naturales.


6 de mayo

Creo que fue la noche antes de que Héctor Abad Faciolince saliese de viaje, que le llevaría primero a Grecia y después a Ucrania, cuando cenamos juntos en un restaurante, con un pequeño grupo de amigos. Hicimos algunas bromas tontas sobre su arriesgado viaje –probablemente no valorábamos de verdad ese riesgo– y pocos días después recibimos la noticia de que había estado a punto de morir por un misil ruso que cayó en un pizzeria de Kramatorsk en la que cenaba. Acabo de empezar a leer el libro en el que relata este hecho, Ahora y en la hora, pero antes he acabado el que estaba escribiendo Victoria Amelina, con quien Héctor compartía una mesa en el restaurante: Looking at women looking at war. Como es sabido, Héctor resultó herido y Amelina murió en el ataque.

En el libro de Amelina leo:


No hay reglas claras para sobrevivir durante una guerra. Puedes obedecer todas las recomendaciones, acudir a los refugios antiaéreos en su momento, llevar contigo un botiquín de emergencia, intentar evacuar, y que aun así te maten.

No hay reglas para sobrevivir, pero sí las hay para vivir. Estaba en nuestra mano salvar un escarabajo, cruzar las calles desiertas con el semáforo en verde, ser amables, ser elegantes y ser humanos.


Amelina se esfuerza por vivir según esas reglas, un empeño que la lleva a investigar crímenes de guerra jugándose la vida, a ayudar a evacuar a personas en peligro y a intentar vivir cada día esforzándose por preservar esa humanidad que siempre corre el riesgo de desaparecer durante una guerra.

Se lee el libro con el corazón en un puño: no solo por las atrocidades que describe sin ningún tipo de efectismo; tampoco solo por las historias que va transmitiendo de todas esas mujeres que en muchos casos son víctimas de la guerra pero también protagonistas de alguna forma de resistencia, desde la que empuña un arma y lucha en el frente contra los invasores rusos a la que intenta preservar una biblioteca de la destrucción. Si resulta un libro doloroso en cada página es porque vas leyendo las luchas y las ilusiones, también los miedos, de esa mujer que sabes acabará muriendo jovencísima asesinada en un ataque ruso. Cuando habla del futuro tú ya sabes que no llegará.

En la última anotación del libro, escrita un par de meses antes de morir, dice:


…sencillamente, he dejado de tener miedo a la muerte. Incluso imagino que todas las mujeres sobre las que escribo se reúnen en mi funeral (…) Pero entonces recuerdo que todavía tengo que terminar mi libro, ver a mi hijo crecer e incluso unirse al ejército en unos años.


No acabará el libro, no verá crecer a su hijo –que ha dejado a salvo en Polonia–, no verá liberado su país de los agresores rusos ni volverá a ver a esas mujeres resistentes de las que escribe con admiración y amor.

Ahora seguiré leyendo el libro de Héctor, y buscaré algún otro de esta mujer entrañable y admirable.


Llevo un par de años leyendo sobre todo ensayos sobre la historia y la cultura europeas del siglo XX. La sensación más hiriente de estas lecturas es que rara vez nos damos cuenta de que lo excepcional es que no estemos gobernados por cómplices de asesinatos, torturas, secuestros; bien por impotencia –han de someterse a otros gobiernos más poderosos–, bien porque les parece que son medios necesarios en el día a día de la política internacional –para proteger intereses económicos o promover un determinado reparto de poder, cosas que a menudo van de la mano–. Está de más decir que ahora mismo no estamos en uno de esos momentos excepcionales.


7 de mayo

Algo que dice Victoria Amelina en su libro y que no se me va de la cabeza es que los articulistas sumisos que trastocan la verdad para agradar al poder –y para lucrarse– son responsables de la invasión y agresión rusas. Ellos, con sus mentiras, con sus bulos, con sus agresiones verbales, preparan el terreno a los misiles y blanquean los asesinatos.

Pienso en nuestros periodistas más deleznables, que generan el odio a los inmigrantes y a los homosexuales, o/y niegan la violencia de género, y pienso: son ellos los primeros responsables de agresiones y muertes, son ellos los que transforman a los más vulnerables en peligrosas amenazas. Pero a ellos las consecuencias les dan igual.

La indiferencia es el superpoder de los miserables.

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La agonía de un pájaro

Por: José Ovejero

22 de abril

Un gorrión se estrella contra el cristal de una de nuestras ventanas. Habíamos pegado siluetas de rapaces para evitar que sucediese –antes era un accidente frecuente–, pero este pobre despistado ha ignorado las señales. Me vuelvo al oír el impacto y lo veo de pie en el suelo, inmóvil salvo por un leve jadeo, apoyado con las puntas de las alas abiertas contra la baldosa. Poco a poco se le va venciendo la cabeza, muy despacio las alas se cierran, pero no del todo. Ya toca el suelo con el pico, aún de pie. Me gustaría salir y recogerlo del suelo, darle el calor de mi mano y mi presencia, pero sería un consuelo solo para mí, a él lo aterrarían aún más –¿siente miedo ahora, sabe que va a morir?– mis manazas de monstruo y el ruido de mis pasos. Lo contemplo desde el otro lado del cristal. Sigue en pie, ahora solo apoyado en las patas y el pico; ha plegado casi por completo las alas. Hace varios minutos que no se mueve. Salgo. Tiene los ojos cerrados. Está vivo. Los latidos se transmiten a todo su cuerpo. Me siento cerca de él. Al cabo de un rato acaricio despacio su cabeza sin que se inmute. De pronto abre los ojos y da dos breves saltos laterales como sorprendido. No parece que mi presencia lo sobresalte más que eso. Nos quedamos quietos los dos. Vuelve a cerrar los ojos. Indeciso, me marcho de nuevo, pero sigo observándolo a través de la ventana. Trabajo un rato sin perderle de vista. Salgo de nuevo y me siento a su lado. Está vivo pero inmóvil, con los ojos cerrados, uno de ellos algo hinchado. Los abre y me mira; en efecto, no puede abrir bien uno de sus ojillos. Nos quedamos mirándonos, ahora respiramos despacio los dos. Acerco una mano y la dejo cerca de él, abierta sobre el suelo. Después de unos segundos, salta al travesaño de una silla y desde ahí echa a volar.


Mientras estoy asistiendo a las consecuencias del impacto del gorrión contra el cristal, leo la noticia de que soldados israelíes han asesinado a la periodista libanesa Amal Khalil tras disparar contra los equipos de rescate que acudieron en su ayuda. ¿Cómo es posible que el destino de un pájaro haya ocupado más tiempo de mi vida que el enésimo asesinato de periodistas –o de cualquier persona– cometido por el ejército de quien no ha dejado de ser nuestro socio comercial y, aunque no se diga, aliado? Si pensara que soy el único que actúa así, buscaría la respuesta en el campo psicológico. Pero está claro que eso nos sucede a muchos: quizá porque la acumulación de violencias impunes es tal, que nos sentimos abrumados, tampoco sabemos cómo actuar y nuestra impotencia nos lleva a la inacción en la práctica, salvo en campos que son casi simbólicos: escribir sobre ello, manifestarnos.

También la lejanía física y mental de la desgracia –el Líbano no deja de ser un espacio con el que no tengo ninguna relación y que apenas conozco por las noticias– puede tener que que ver con la intensidad de nuestra respuesta afectiva, potencialmente mayor cuanto más concreto es lo que la motiva.


24 de abril

En Bluesky sigo a @auschwitzmemorial, que postea con frecuencia breves semblanzas de personas asesinadas en los campos de concentración. También ahí tengo la tentación de pasar rápidamente a otro post, casi sin mirar, aunque en este caso quizá se deba a que resulta doloroso y aterrador poner rostro a cada víctima y recordar cada crimen. Me fuerzo a dedicar un momento a cada uno de esosdestinos individuales. No sirve de nada, ya lo sé, salvo como inútil homenaje, como señal privada de respeto, y como recordatorio de que criminales capaces de enviar a un niño a una cámara de gas, no, a un niño, no; a ese niño, con ese rostro, con esa edad, con esa sonrisa, surgen una y otra vez entre nosotros. Y los verdugos también hoy serían gente cercana, conocidos, familiares, quizá incluso amigos.


27 de abril

Acabo de ver +10K, de Gala Hernández López. Es el tercer documental que veo de ella; antes había visto las excelentes La mecánica de los fluidos y For here am I, sitting in a tin can far above the world –sí, una cita de Space Oddity, de David Bowie–. +10K no me ha interesado tanto como las otras dos, quizá porque el personaje principal, un joven fascinado por el mundo crypto, me resultó tan insulso como repetitivo. Quizá lo más llamativo de él sea que una y otra vez habla de perseguir sus sueños –de hecho, a menudo se expresa como si cortase y pegase clichés de libros de autoayuda y superación personal–. Pero sus sueños parecen carecer por completo de contenido. Quiero decir que a lo que aspira no es tanto a «hacer» algo, a tener una actividad que le satisfaga, a ser autor de algún tipo de transformación de la realidad, como a obtener mucho dinero: poseer un Lamborghini, una impresionante casa con piscina, estar rodeado de lujo. Tiene un ideal de sí mismo que no consiste en ser, sino en tener.

No diré que yo no quiera tener, pero si fantaseo un ideal de mí mismo –que puede ser tan irreal como el que construye este chico para sí– claramente está centrado en lo que podría hacer y crear. ¿Habrá aquí una brecha generacional? ¿Será frecuente encontrar entre los jóvenes actuales a muchos que no digan quiero ser astronauta, o médico o escritor, o quiero investigar sobre el cáncer o inventar una energía limpia, sino que afirmen sencillamente: de mayor quiero ser rico?

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