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El superpoder de los miserables

Por: José Ovejero

5 de mayo

En una entrevista que hace un diario berlinés a una escritora ucraniana leo que en su país en todas las carreras universitarias hay que estudiar una asignatura de literatura y lengua ucranianas. No me imagino la reacción de los estudiantes españoles, pongamos de Medicina o Física, si les obligasen a estudiar –y examinarse– de literatura y lengua castellana; o catalana; o gallega.

Tampoco estaría mal, aunque por otros motivos, que quienes estudian Filosofía o Literatura o Filología tuvieran que aprobar una asignatura de Ciencias Naturales.


6 de mayo

Creo que fue la noche antes de que Héctor Abad Faciolince saliese de viaje, que le llevaría primero a Grecia y después a Ucrania, cuando cenamos juntos en un restaurante, con un pequeño grupo de amigos. Hicimos algunas bromas tontas sobre su arriesgado viaje –probablemente no valorábamos de verdad ese riesgo– y pocos días después recibimos la noticia de que había estado a punto de morir por un misil ruso que cayó en un pizzeria de Kramatorsk en la que cenaba. Acabo de empezar a leer el libro en el que relata este hecho, Ahora y en la hora, pero antes he acabado el que estaba escribiendo Victoria Amelina, con quien Héctor compartía una mesa en el restaurante: Looking at women looking at war. Como es sabido, Héctor resultó herido y Amelina murió en el ataque.

En el libro de Amelina leo:


No hay reglas claras para sobrevivir durante una guerra. Puedes obedecer todas las recomendaciones, acudir a los refugios antiaéreos en su momento, llevar contigo un botiquín de emergencia, intentar evacuar, y que aun así te maten.

No hay reglas para sobrevivir, pero sí las hay para vivir. Estaba en nuestra mano salvar un escarabajo, cruzar las calles desiertas con el semáforo en verde, ser amables, ser elegantes y ser humanos.


Amelina se esfuerza por vivir según esas reglas, un empeño que la lleva a investigar crímenes de guerra jugándose la vida, a ayudar a evacuar a personas en peligro y a intentar vivir cada día esforzándose por preservar esa humanidad que siempre corre el riesgo de desaparecer durante una guerra.

Se lee el libro con el corazón en un puño: no solo por las atrocidades que describe sin ningún tipo de efectismo; tampoco solo por las historias que va transmitiendo de todas esas mujeres que en muchos casos son víctimas de la guerra pero también protagonistas de alguna forma de resistencia, desde la que empuña un arma y lucha en el frente contra los invasores rusos a la que intenta preservar una biblioteca de la destrucción. Si resulta un libro doloroso en cada página es porque vas leyendo las luchas y las ilusiones, también los miedos, de esa mujer que sabes acabará muriendo jovencísima asesinada en un ataque ruso. Cuando habla del futuro tú ya sabes que no llegará.

En la última anotación del libro, escrita un par de meses antes de morir, dice:


…sencillamente, he dejado de tener miedo a la muerte. Incluso imagino que todas las mujeres sobre las que escribo se reúnen en mi funeral (…) Pero entonces recuerdo que todavía tengo que terminar mi libro, ver a mi hijo crecer e incluso unirse al ejército en unos años.


No acabará el libro, no verá crecer a su hijo –que ha dejado a salvo en Polonia–, no verá liberado su país de los agresores rusos ni volverá a ver a esas mujeres resistentes de las que escribe con admiración y amor.

Ahora seguiré leyendo el libro de Héctor, y buscaré algún otro de esta mujer entrañable y admirable.


Llevo un par de años leyendo sobre todo ensayos sobre la historia y la cultura europeas del siglo XX. La sensación más hiriente de estas lecturas es que rara vez nos damos cuenta de que lo excepcional es que no estemos gobernados por cómplices de asesinatos, torturas, secuestros; bien por impotencia –han de someterse a otros gobiernos más poderosos–, bien porque les parece que son medios necesarios en el día a día de la política internacional –para proteger intereses económicos o promover un determinado reparto de poder, cosas que a menudo van de la mano–. Está de más decir que ahora mismo no estamos en uno de esos momentos excepcionales.


7 de mayo

Algo que dice Victoria Amelina en su libro y que no se me va de la cabeza es que los articulistas sumisos que trastocan la verdad para agradar al poder –y para lucrarse– son responsables de la invasión y agresión rusas. Ellos, con sus mentiras, con sus bulos, con sus agresiones verbales, preparan el terreno a los misiles y blanquean los asesinatos.

Pienso en nuestros periodistas más deleznables, que generan el odio a los inmigrantes y a los homosexuales, o/y niegan la violencia de género, y pienso: son ellos los primeros responsables de agresiones y muertes, son ellos los que transforman a los más vulnerables en peligrosas amenazas. Pero a ellos las consecuencias les dan igual.

La indiferencia es el superpoder de los miserables.

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¿Déficit de atención o explotación laboral?

Por: José Ovejero

31 de marzo

Es ya un tópico hablar de cómo las pantallas, con su bombardeo de ofertas y exigencias, han dañado nuestra capacidad de atención, fragmentan nuestras actividades, reducen nuestra concentración. Quizá se habla menos de que en el sector de la cultura y la prensa la situación laboral es tan precaria que muchas personas tienen que simultanear trabajos, de forma que su día a día se ve troceado en numerosas actividades, debiendo pasarse de una a otra como quien surfea de pantalla en pantalla.

Como los artistas circenses que tienen que mantener girando sobre delgadas varas media docena de palillos sin que ninguno caiga al suelo, mucha gente de los medios y la cultura van también corriendo de un encargo a otro, de un proyecto a otro, estresados y con el temor de que alguno se les haga añicos.

Para quienes lo sufren, es sin duda una catástrofe. Pero también puede que lo sea para el resultado: ¿crearían mejores obras si tuviesen más tranquilidad para hacerlo y no se viesen obligados a dividir su atención en varias cosas casi a la vez? ¿Sería mejor la calidad de la prensa si quienes trabajan en ella no debieran hacer de hombre o mujer orquesta para (mal)vivir?

1 de abril

No recuerdo quién contaba al regresar de Cuba que Fidel Castro, mientras viajaba en coche, viendo el mal estado de la carretera, ordenó que se asfaltase. Y reflexionaba su acompañante -¿era Jean Paul Sartre?- sobre esa tendencia de los gobernantes autoritarios a dirigir su país según lo que deseaban en un momento dado, también según lo que les molestaba. ¿No habría sido más razonable examinar la situación de las carreteras en la isla y trazar un plan para mejorar las más necesarias, en lugar de priorizar aquella que había causado incomodidad al mandatario?

Da la impresión de que Trump opera de manera similar: parece gobernar contra aquello que le irrita y a favor de lo que le apetece, independientemente de las necesidades de su país o de la lógica. En su caso, además, como carece de escrúpulos, está dispuesto a sacrificar vidas humanas para que se haga su voluntad. El problema, no solo para él, es que el mundo no obedece necesariamente sus órdenes ni se pliega a sus bravuconadas. Sin duda le gustaría imponer aranceles a quien le parezca en el monto que se le antoje, independientemente de leyes y acuerdos, para castigar su desobediencia; sin duda querría destruir países enteros si no se someten a sus deseos. Pero, por muy poderoso que sea -desgraciadamente lo es- no es omnipotente. Y por eso tiene que dar una y otra vez marcha atrás y mentir para que parezca que no lo está haciendo. Si la fábula de la zorra y las uvas no es apropiada aquí se debe a que la zorra es un animal menos feroz y destructivo que el mandatario estadounidense.

***

Leo en el periódico que, durante el partido de fútbol entre España y Egipto, parte del público se dedicó a cantar «un bote, dos botes, musulmán el que no bote». Y también que un ministro ha afirmado que no representan a la mayoría de los españoles. Probablemente tiene razón, pero sí representan a una parte considerable de ellos. No sé si se puede entender como ironía que el partido estaba catalogado como amistoso. Menos mal.

Cuando era intérprete de conferencias, trabajé en una centrada en el racismo. Allí se citaban estadísticas sobre el racismo en Europa y se hacían comparaciones entre países. No recuerdo mucho de aquel encuentro -cuando estás interpretando en una cabina, tu memoria a corto plazo está tan ocupada que se queda muy poco de lo escuchado y dicho en la retentiva a largo-. Sí recuerdo que, en la percepción que tenían los españoles de sí mismos, consideraban ser muy poco racistas. Hace más de veinte años de aquel encuentro y de la elaboración de aquellas estadísticas, es decir, en una época en la que el porcentaje de inmigrantes era mucho más reducido que en la actualidad por lo que, más que la ausencia de racismo, lo que reflejaba el estudio era que los españoles tenían poco contacto en su país con extranjeros. Hoy, que lo tienen, no solo el resultado sería distinto, muchos incluso verían la xenofobia como algo justificable y de lo que sentirse orgulloso.

Sospecho también que la actitud de desprecio hacia los gitanos ni siquiera era percibida por los encuestados entonces como una forma de racismo.

***

Siempre se encuentra un poeta para glorificar una masacre. Leo unos cuantos poemas de Radovan Karadjic, quien no solo glorificó, sino que también perpetró y dirigió masacres. Si a menudo me parece razonable separar al autor de la obra, en su caso es imposible: en sus poemas se reflejan ya el deseo de exterminio y una autoglorificación patológica. Su poesía era absolutamente honesta, lo que no es un elogio cuando la honestidad consiste en que alguien muestre sin vergüenza toda su maldad.

Lo que me hace pensar en cierto escritor que manifestaba ser totalmente honesto, confundiendo en su caso la honestidad con una mezcla insufrible de arrogancia e impertinencia, alimentadas además por el rencor que sentía hacia todos los escritores que, injustamente, tenían más éxito que él.

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