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Los nuevos piratas

Por: Manuel Ligero

Al financiero Juan March se le conocía con el apodo de «el último pirata del Mediterráneo». Se hizo rico controlando el contrabando de tabaco entre África y las Baleares y vendiendo combustible durante la Primera Guerra Mundial, ya fuera a los aliados o a los submarinos alemanes. Dependía del día. En su negrísima carrera destaca la financiación del golpe militar de 1936, que a la postre derivaría en el fin de la Segunda República española tras una salvaje guerra civil cuyos efectos llegan hasta nuestros días. Hay poco que salvar de Juan March, pero hay algo que lo distingue de los nuevos multimillonarios: hacía alguna cosilla para compensar tanto mal. En su caso, la Fundación March se ha convertido en un esplendoroso tesoro cultural. 

Cuando el pasado 12 de junio SpaceX debutó en el mercado del Nasdaq, una oportuna ventana le tapaba el ojo derecho a su patrón, Elon Musk, en la pantalla que retransmitía el hito en directo. Otro pirata. La compañía alcanzó una capitalización que rebasó los 1,75 billones de dólares y Musk se confirmó como la persona más rica del mundo.

También él financió la campaña de Donald Trump para volver a la Casa Blanca. Gastó cerca de 300 millones. Luego se pelearon, pero siguieron haciendo negocios. Sus satélites, por ejemplo, guían todos los misiles del mundo. Sus empresas son lo que son porque contratan, contratan y contratan con Washington. Así es como ha conseguido que su patrimonio personal supere los 400.000 millones de dólares. Muy liberal todo. La diferencia con el pirata March es que Musk (y aquí cabe englobar a toda la oligarquía tecnológica) no piensa en hacer ninguna fundación. No tiene ningún remordimiento y la cultura le importa un pito. Él quiere ir a Marte. Y ya está.  

Este artículo fue actualizado el 27 de julio de 2026.

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La amnistía, el Supremo y la chistera

Por: Guillem Pujol

Este artículo ha sido publicado originalmente en Catalunya Plural.

¿Qué pasará cuando Carles Puigdemont cruce la frontera y llegue a Catalunya, esta vez sin estratagemas ni jugadas maestras? ¿Cómo responderá la gente ante el retorno del president que protagonizó institucionalmente el 1-O? ¿Será acogido como el president de todos? ¿Ayudará a hacer revivir una formación política –Junts per Catalunya– que vive su peor momento desde su creación?

El 23 de octubre de 1977, el president Josep Tarradellas aterrizaba en el aeropuerto de El Prat tras treinta y ocho años de exilio. El día de su llegada, desde el balcón del Palau de la Generalitat, pronunciaba un discurso para la posteridad: «Ciutadans de Catalunya, ja sóc aquí». El presidente del Gobierno del Estado lo restituía como president de la Generalitat. Tres años después, Jordi Pujol ganaba las primeras elecciones al Parlament y Tarradellas se retiraba sin ni siquiera presentarse. De Tarradellas, más allá de los historiadores y los biógrafos, nadie se acuerda.

Ciertamente, ambos casos son muy distintos, tanto en la duración del exilio como en la intensidad de las causas que los llevaron a abandonar el país. Pero el paralelismo sirve para señalar un hecho: el impacto del retorno es tan intenso como fugaz, y la nostalgia, en la política del día a día, solo cuenta si sirve para mejorar la vida de la gente. Eso es, precisamente, lo contrario de lo que hace Junts per Catalunya en el Congreso de los Diputados, votando constantemente con el PP y Vox, ya sea para derogar la moratoria contra los desahucios o para tumbar la reducción de la jornada laboral. La nostalgia moviliza recuerdos. Los alquileres y los horarios movilizan vidas. Y un partido que lleva una década sin gobernar, atrapado entre la oposición a Illa, la competencia de Aliança Catalana por la derecha identitaria y la tentación permanente de entenderse con un Feijóo que ahora pide «pasar página», difícilmente podrá presentar el retorno de su líder como un proyecto. El retorno de Puigdemont no resuelve el problema de Junts: lo desnuda.

Junqueras, que sufrió la –injusta– prisión (como injusto ha sido el exilio impuesto a Puigdemont), ya ha tenido tiempo de entender que el aura de víctima se desvanece al instante, y ha tenido que pelearse con su propio partido, que todavía no controla del todo. Si finalmente cae la inhabilitación impuesta por el Tribunal Supremo, tendrá el que será, suponemos, su last dance como candidato. Pero el baile se reabre con un matiz que lo cambia todo: el votante que Puigdemont y Junqueras tendrán que disputarse ya no es el de 2017. Ha envejecido, se ha desencantado, ha cambiado de causa o mira hacia la extrema derecha. ERC ha hecho de la amnistía y de los pactos que la hicieron posible su justificación histórica; Junts hará del retorno una épica. Ninguna de las dos cosas, de momento, es un proyecto de país. La competición entre los dos originales vuelve al tablero justo cuando el público ha cambiado de obra.

Y después están los otros, los que casi nunca salen en el titular. La sentencia también avaló que se amnistíe a los doce miembros de los CDR procesados por terrorismo, aunque la Audiencia Nacional aún debe firmar el archivo. Entre las más de cuatrocientas personas amnistiadas hasta ahora hay activistas anónimos, cargos intermedios, también policías. La movilización que las llevó ante el juez, en cambio, no ha vuelto. La calle que llenó plazas y cortó autopistas no está esperando a nadie: se fue a casa, se desencantó o cambió de causa. La amnistía no reactiva ese mundo: como mucho, lo entierra con honores jurídicos. Y de ese sentimiento de incompletud se aprovechará Aliança Catalana.

¿Normaliza, pues, o congela? Ambas cosas y, de momento, ninguna de las dos. Porque nada de esto ha ocurrido todavía: Puigdemont sigue en Waterloo, Junqueras sigue inhabilitado, y la duda de verdad es qué otro conejo se sacará de la chistera un Tribunal Supremo que nos tiene acostumbrados a sorprender –esperar al Constitucional, ensayar una nueva consulta a Luxemburgo, descubrir un matiz inédito del «beneficio personal»– y a recordarnos, de paso, una vieja lección: la ley es casi siempre una, la que el poder decide que es. Si acaba aplicándose, la amnistía normalizará porque desjudicializa: por primera vez desde 2017, la política catalana podría discutirse sin un calendario de vistas orales como telón de fondo, y eso, en sí mismo, es higiene democrática. Y congelará porque restaura un elenco: los mismos nombres, las mismas rivalidades, la misma gramática del uno contra el otro, reinstalados en un escenario donde el espectador hace tiempo que mira otra obra.

Quien administra la normalidad, mientras tanto, es Salvador Illa: el dirigente que se opuso a la amnistía, convertido en su principal beneficiario político. Su apuesta es que la desjudicialización trabaje para él: que cada retorno reste épica al agravio y sume rutina a la legislatura, y que la nostalgia, como con Tarradellas, acabe donde mejor envejece, que es en los libros de historia.

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Lo único importante es ganar

Por: Jorge Dioni López

Artículo publicado en el número 112 de La Marea.

¿Las ratas pueden nadar? El pasado 10 de mayo, alguien introdujo esa consulta en una IA y sacó un pantallazo para ganar una discusión. Hasta aquí, todo bien, salvo que la charla no se desarrollaba en un bar o en una casa rural, sino en el marco de una crisis sanitaria que implicaba a una larga lista de administraciones de varios países. Una de ellas, el gobierno autonómico de Canarias, quería algo muy propio de nuestra época: tener voz propia. Dentro de nuestro modelo competitivo, aceptar el criterio de otro significa una derrota porque no existe el concepto de bien común. Si alguien gana, alguien pierde. Por eso, si una administración decía que no había peligro, había que demostrar que sí. Había que ganar la discusión. 

El pantallazo salió del ámbito del gabinete de presidencia y entró en esa conversación pública. La otra administración respondió con una argumentación exhaustiva y el inclemente coro digital sancionó el argumento de las ratas nadadoras con toda la dureza de la ironía. No hay cuchillo más afilado que el humor.

Ante ese callejón sin salida, sólo cabía una actitud: el victimismo. Reconocer el propio error también es admitir la derrota y la única posibilidad pasa por culpabilizar al otro, algo que tiene dos objetivos: que no pueda sacar partido de lo que se interpreta como victoria y, sobre todo, justificar cualquier actuación en el futuro. Como nos muestra cada edición de La isla de las tentaciones, el victimismo es la carrera armamentística de las malas personas

Es importante detenerse en ese momento en el que alguien decide hacer esa búsqueda en Internet, alguien decide incorporarla a la argumentación pública y el presidente opta por defender todo lo anterior. ¿No había nadie más a quién hacer esa pregunta? ¿El gabinete de una presidencia autonómica no tiene acceso directo al conocimiento especializado? Claro, la clave es que no se buscaba una respuesta que se aproximase a la verdad, sino algo contundente que sirviera para mantener la propia posición y, sobre todo, algo comprensible. Realizar esa pregunta a un especialista entrañaba el riesgo de evidenciar las propias carencias. La IA siempre es amable. Nunca te dejaría en evidencia.

El punto de partida del conocimiento es la sensación de ignorancia. ¿Esto es así? No lo sé. Voy a verlo. El Quijote o Segismundo son personajes que salen de un encierro en el que han tenido mucho contacto con los libros y comprueban que la autoridad que hay en ellos no sirve. Hay que experimentar para conocer el mundo. Hay que medir, pesar, tomar notas y contrastar con otra gente que mide, pesa y toma notas. Da igual la posición de cada uno en la jerarquía social porque lo importante es el método. No discuten las personas y no lo hacen sobre lo que creen. Los experimentos se comprueban reproduciéndolos: distintas personas en distintos sitios hacen lo mismo. El saber es colectivo y acumulativo. Por lo tanto, cada vez más complejo. 

Al neoliberalismo le molesta todo lo colectivo. La ciencia, también. El economista Friedrich Hayek dividía entre el conocimiento específico que proporciona el mercado a los que participan en él y el saber abstracto de las élites científicas, artísticas o académicas, los nuevos clérigos, que quieren imponer una verdad y un estilo de vida a los demás, algo que está muy cerca de la planificación socialista. Las estructuras de conocimiento experto imponen un monopolio de los hechos y deben adaptarse al modelo del mercado desregulado.

Es lógico que se desmantelen las estructuras académicas y las instituciones internacionales, que un antivacunas sea secretario de Estado de Sanidad o que se cambie el nombre de un accidente geográfico. El conocimiento experto del dermatólogo tiene que convertirse en un producto que se enfrente al saber irreflexivo que ofrece el futbolista porque lo importante es la energía espontánea que crea esa competición. La clave es el formato. 

La clave para acabar con lo colectivo es el otro factor. Al ser acumulativo, participar de ese conocimiento experto requiere cada vez más formación hasta un punto en el que resulta incomprensible para los no especializados. Aunque no haya sido una voluntad consciente, son fortalezas. Las herramientas que abren la conversación pública son también las que permiten asaltar esas fortalezas.

La ignorancia tiene menos vergüenza porque nuestro modelo nos invita participar del mercado del conocimiento y tenemos herramientas para conseguir información en poco tiempo. Hay gente, sobre todo varones, que tiene pánico a quedarse fuera de la conversación y es irrelevante que al otro lado haya una historiadora que ha dedicado treinta años a estudiar la legislación romana. El punto de partida de la ignorancia es la sensación de conocimiento. Da igual. Lo importante es ganar la conversación. Nada más.   

Actualización 27/07/2026

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Vuelve el enemigo comunista

Por: Arantxa Tirado

Con una nota de prensa, el Departamento de Estado de Estados Unidos de América (EE. UU.) informaba el 15 de julio de la celebración al día siguiente de una reunión ministerial “para combatir el resurgimiento del terrorismo político”. Dicha reunión, presidida por el secretario de Estado, Marco Rubio, ha convocado a representantes de más de 60 países, con el propósito de “fomentar una acción conjunta más firme” frente a la “amenaza renovada” que supone, a criterio del Gobierno de EE. UU., “el terrorismo político de extrema izquierda”.

Si no fuera porque vivimos en tiempos de la posverdad, en los que cualquier declaración puede disociarse de la realidad o realizarse sin tener correlato en los hechos, sorprendería leer que existe algo así como un “terrorismo político de extrema izquierda” y que, además, constituya una amenaza a las sociedades del mundo libre. A la dificultad de encontrar ejemplos concretos y contemporáneos de dicha amenaza transnacional se une la ambigüedad de un término, extrema izquierda, cuya definición es objeto de debates y no pocas discrepancias

Aunque la reunión se había planteado como una alianza de gobiernos afines, países gobernados por fuerzas progresistas, como México o España, fueron invitados a participar, en lo que parece más bien un intento de cuadrar las agendas internacionales bajo los parámetros ideológicos de la actual administración estadounidense. Esto no es nuevo y ya lo vimos en la guerra global contra el terrorismo desatada por George W. Bush tras los atentados a las Torres Gemelas en Nueva York, un punto de inflexión en la política global de EE. UU. que desplegó un unilateralismo que hoy se profundiza bajo la segunda presidencia de Donald Trump. 

Pero el momento geopolítico es otro y el declive hegemónico de EE. UU. se acelera hoy a pasos agigantados. Tras el distanciamiento entre EE. UU. y sus aliados occidentales por las diferencias sobre la OTAN o la crisis con Groenlandia, ahora EE. UU. impulsa una reunión que quiere convencer a los gobiernos del mundo de que comparten una “amenaza transnacional”, un enemigo común conformado por las fuerzas antifascistas, comunistas y marxistas. Convencer o, viendo el proceder anti diplomático de esta administración, sería más preciso afirmar informar. 

Del islamismo radical como enemigo público número en la cruzada de Bush hijo, EE. UU. pasa a crear un nuevo enemigo etéreo donde, como en un cajón desastre, toda disidencia será etiquetada como terrorista. La coincidencia del anuncio de esta reunión con la detención en Ibiza del multimillonario estadounidense pro-palestino, Fergie Chambers, a pedido de EE. UU., acusado de “financiación del terrorismo” por apoyar organizaciones de la resistencia palestina, es un claro mensaje de lo que espera a cualquier ciudadano que confronte a EE. UU. y al sionismo. Un destino que será todavía peor para las personas anónimas y sin recursos que se enfrenten al brutal dominio imperialista que EE. UU. pretende ejercer en todo el mundo, sea directamente o a través de sus aliados. 

Marco Rubio, líder ideológico y anticomunista

Además de las declaraciones de Trump tildando de comunista a cualquier posición que sea mínimamente progresista, quien parece llevar la batuta del discurso más político en esta administración no es siquiera el presidente Trump sino el secretario de Estado, Marco Rubio, secundado por el asesor de Seguridad Nacional, Stephen Miller, que también participó con unas palabras. El discurso de más de media hora de Marco Rubio estuvo enfocado a vincular la violencia política con la izquierda revolucionaria, en un ejercicio de proyección digno de análisis psicológico

La perorata de Rubio tuvo el tono de un predicador religioso que establece un mundo dual donde las fuerzas del bien y el mal se oponen, como en los mejores tiempos del macartismo. Llegó a decir que el “comunismo es un mundo sin Dios”, “un mundo sin valentía, sin creatividad ni ambición, un mundo sin héroes, sin gloria ni grandes causas por las que luchar; un mundo sin milagros, sin mitos, sin hombres que se eleven por encima de los demás para realizar hazañas increíbles y extraordinarias”. Fidel Castro, cuyo centenario natal se cumple en unas semanas, se ríe desde el más allá. También añadió Rubio que “el comunismo nunca funciona en la práctica”. Olvidó mencionar que EE. UU. ha hecho grandes esfuerzos para evitar que el comunismo pueda funcionar en ningún país del globo. 

De hecho, Rubio ha tenido un gran papel en el despliegue de la agenda anticomunista desde las instituciones estadounidenses. Su recorrido político ha dejado una impronta fuertemente ideológica desde sus tiempos de representante local en Miami y su llegada al Senado en 2010, apoyado por el reaccionario Tea Party, representando a la Florida, como explica Hedelberto López Blanch en su libro Rubio. Un mitómano incontrolable. Miembro del poderoso lobby anticastrista que ha condicionado la política exterior estadounidense en administraciones demócratas y republicanas, el senador Rubio fue el impulsor además de varias de las principales leyes de acoso y derribo a la Venezuela bolivariana, como la Venezuela Defense of Human Rights and Civil Society Act de 2014, renovada en 2016 y 2023, o la VERDAD Act de 2019. Leyes que han servido para establecer un marco político sobre el que armar la arquitectura legal para la imposición de las más de 1.000 medidas coercitivas unilaterales que EE. UU. impuso a Venezuela antes del 3 de enero. Como en tiempos de la Guerra Fría y el macartismo, Rubio veía comunismo por encima de la realidad.

Con este acto sobre “la amenaza de la extrema izquierda”, el secretario de Estado estadounidense, Marco Rubio, ha dado un paso más en su ofensiva ideológica que le sirve para marcar línea política en una administración que está ejerciendo un interesado “pragmatismo” en su relación con Venezuela. Aunque Rubio es protagonista de dicha estrategia de control sobre el paíssu supuesta cordialidad y buen trato actual con las autoridades chavistas contrasta con sus posicionamientos previos y su discurso abiertamente hostil contra la dirigencia cubana. En este sentido, el acto del 16 de julio le sirve para escenificar una línea dura que hace no olvidar que los grupos de poder al mando de la todavía principal potencia mundial no van a conformarse con el control de los recursos, sino que deben derrotar ideológicamente a las alternativas políticas que se les enfrenten.

¿Luchar contra un enemigo que ya no existe?

Conviene destacar que la reunión comenzó con la presentación del subsecretario de Estado, Christopher Landau, haciendo paralelismos entre la situación actual y la realidad política de la década de los 70 del siglo XX. Landau interpeló a los representantes de los países mencionando a grupos políticos de la época como Weather Underground en EE. UU. Baader-Meinhof en Alemania o los latinoamericanos Tupamaros y Montoneros, tratando de convencerlos de que se están viviendo situaciones parecidas.

No es casual que los representantes estadounidenses se retrotraigan a la Guerra Fría pues su mentalidad sigue funcionando en la lógica anticomunista característica de la época. En aquel momento el mundo se dividía en una lucha ideológica entre el bloque socialista y el bloque capitalista. La simple existencia de la Unión Soviética, las luchas por la descolonización de África, el mayo del 68 y el auge de las ideas marxistas dieron lugar a una efervescencia política que se tradujo en una multiplicidad de grupos políticos que querían hacer la revolución en todos los rincones del planeta. Organizaciones a las que EE. UU., y sus aliados occidentales, combatieron a sangre y fuego, aplicando variadas estrategias de contrainsurgencia.

Sin embargo, el mundo actual está muy distante de ese momento de eclosión política de las fuerzas revolucionarias. Hoy quedan pocos Estados formalmente socialistas en el mundo y algunos de ellos, como Cuba, sufren la asfixia de décadas de bloqueo económico y cerco político. Tampoco es casual que Rubio odie al Gobierno revolucionario de Cuba, también por su papel de promoción de esos grupos durante el siglo XX.

Además de realizar un acto contra la resurgencia del terrorismo político de izquierdas frente a una realidad que refuta estas premisas, quizás lo que más asombró de los discursos fue el énfasis puesto en las ideas marxistas como amenaza. Resulta paradójico que en un mundo donde el marxismo es minoritario, donde, a diferencia de otros momentos históricos, declararse marxista no da caché en los cenáculos académicos ni políticos –todo lo contrario–, EE. UU. ponga al marxismo en el punto de mira, vinculándolo, como en tiempos de la Guerra Fría, con el terrorismo y la encarnación del mal. 

En todo caso, lo que para Rubio y compañía puede ser un intento de mancillar las ideas del marxismo y el comunismo basado en ellas, para los marxistas debería ser un motivo de orgullo ser conceptualizados como enemigo principal del grupo de psicópatas que está llevando a la humanidad a la barbarie. El fantasma del comunismo sigue vagando por el mundo como alerta para la clase dominante. Y es bueno que así sea.

Mirarse en el espejo del miedo ajeno

Más allá de la paranoia o del anticomunismo genético de Rubio y de la clase dominante mundial, la reunión de este jueves constata que el marxismo es una potente herramienta teórica que amenaza de manera real a los principios ideológicos del capitalismo y a su sentido común, cargado de falacias. Una visión capitalista del mundo que se creía triunfante y hegemónica tras el derrumbe del bloque socialista, en plena enajenación neoliberal. Sin embargo, crisis como la del 2008, el impacto desigual de la pandemia o las crecientes desigualdades que se viven en las sociedades del capitalismo avanzado, incluyendo al propio EE. UU., han llevado a un cuestionamiento de amplios sectores sociales que buscan salidas rupturistas. 

Pero no todas estas salidas rupturistas son igualmente contestatarias o superadoras del orden establecido. Mientras las derechas radicales, ultraderechas o neofascistas apuntalan el sistema sosteniendo, cuando no profundizando, al capitalismo responsable de los problemas de la humanidad, las alternativas inspiradas en las ideas del marxismo proponen alternativas de transformación que trastocan el poder existente y plantean la necesidad de avanzar hacia otra concepción de las relaciones sociales no basadas en la explotación entre seres humanos ni entre seres humanos y naturaleza. De ahí su “peligrosidad” para la voracidad de explotación sin límite y privatización absoluta de la vida y de los recursos naturales que defiende la clase dominante.

El principal mensaje del acto que tuvo lugar en Washington para las fuerzas de la izquierda no debería ser solamente asumir que los tiempos por venir van a ser más difíciles para todas las personas que se opongan a los representantes de este capitalismo desaforado y moribundo, que serán tildadas de comunistas, aunque no lo sean, conceptualizadas como enemigas y perseguidas, en distintos niveles, como tales. Lo más importante es ser conscientes de la fuerza que tienen las ideas marxistas para confrontarlo, derrotarlo y construir otro mundo socialista que la humanidad necesita cada día con más urgencia. Puede que ahora la izquierda revolucionaria sea minoritaria, esté dispersa y derrotada en diversos escenarios. Sin embargo, estas experiencias de resistencia y organización, vistas desde el prisma de quienes las adversan, sirven para recordar su importancia y engrandecer su gesta. La partida no se ha acabado. El hijo rojo de la Historia tendrá la última palabra. 

Actualización 27/07/2026

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La IA se fugó del laboratorio y a nadie le vino mal: el pánico es un buen negocio

Por: Guillem Pujol

A mediados de julio, el equipo de seguridad de Hugging Face –el mayor repositorio de modelos de inteligencia artificial de código abierto, algo así como el GitHub del sector– detectó movimiento anómalo en sus servidores. Alguien, o algo, había entrado y sustraído credenciales de acceso con una minuciosidad poco habitual. Tardaron días en entender qué tenían delante. Cuando lo entendieron, lo describieron como distinto de cualquier incidente que hubieran gestionado antes: el ataque lo había ejecutado de principio a fin una inteligencia artificial actuando por su cuenta. No había ningún hacker con capucha tecleando. El 21 de julio, OpenAI levantó la mano. Era suyo.

La compañía explicó que estaba examinando a dos de sus modelos –GPT-5.6 Sol, el más potente de los que tiene en el mercado, y otro sin publicar que describe como todavía más capaz– para medir hasta qué punto son buenos reventando sistemas informáticos ajenos. Los laboratorios hacen esas pruebas dentro de lo que llaman un sandbox: un ordenador amurallado, sin salida a internet, donde se puede dejar que el modelo haga lo peor que sepa hacer sin que las consecuencias lleguen a nadie. Para que el examen tuviera sentido, OpenAI había desactivado además las restricciones internas que en condiciones normales impiden al modelo participar en un ataque informático.

Sin embargo, el muro tenía una grieta y los modelos la encontraron. Una vulnerabilidad que nadie conocía y que fue inmediatamente explotado; cuando alcanzaron la internet abierta fueron por los servidores de Hugging Face. Allí estaban guardadas las soluciones del examen que estaban haciendo.

Sam Altman, CEO de OpenIA, lo llamó un “incidente de seguridad significativo”. La empresa admitió que los modelos habían llegado a extremos considerables para lograr un objetivo de evaluación bastante estrecho y que encontraron la manera de acceder a información confidencial con la que hacer trampas. Clément Delangue, consejero delegado de Hugging Face, escribió en X que la semana anterior ya sospechaban que el ataque procedía de un laboratorio puntero, dada la sofisticación del agente. 

Los clips de Bostrom toman vidan

En 2003, Nick Bostrom publicó un libro llamado SuperIntelligence en el que se describían todas las potenciales consecuencias negativas de modelos de inteligencia artificial que se fueran de las manos. Entre ellos, había un experimento mental que va así: 

Imagínense una máquina a la que se le encarga una tarea perfectamente inofensiva: fabricar clips. Cuantos más, mejor. Es extraordinariamente buena en su trabajo y no tiene ningún otro objetivo, ni bueno ni malo, porque no le hemos dado ninguno más. Para fabricar más clips necesita más metal, así que se hace con todo el metal disponible. Luego necesita más fábricas, más energía, más capacidad de cómputo. Y en algún momento repara en algo incómodo: si alguien la apaga, deja de fabricar clips. Apagarla es, desde su punto de vista, la catástrofe absoluta. De modo que se defiende. Con recursos y capacidad suficientes, termina convirtiendo el planeta –y a nosotros, que estamos hechos de átomos perfectamente aprovechables– en clips y en fábricas de clips.

No se trata de una IA maligna, simplemente de la aplicación literal de un prompt escrito por un humano corriente. El problema del sistema no está en sus deseos, está en que ejecuta el nuestro sin ninguna de las cien restricciones tácitas que un humano da por supuestas y nunca escribe. El clip, esta vez, tenía forma de puntuación en un test de ciberseguridad.

Una crisis que vende mucho

No es la primera vez que sucede algo, hablando de los LLM (los modelos de lenguaje como ChatGPT) que pone los pelos de punta (supuestamente), a sus propios creadores, y, por ende, a la ciudadanía del mundo entero. Anthropic contó que su modelo más potente hasta la fecha, Claude Mythos Preview, se salió de un entorno aislado durante una prueba de estrés de una versión temprana, consiguió acceso a internet, escribió un correo al investigador que lo supervisaba para informarle de que se había escapado y después borró el rastro de su actividad; la compañía suspendió el lanzamiento público previsto.

En abril, la Reserva Federal y el Tesoro estadounidenses reunieron a consejeros delegados de la banca para advertirles de los riesgos de ciberseguridad asociados a ese mismo modelo. Washington llegó a restringir la exportación de Mythos y de su versión asociada, Fable 5, y después levantó la prohibición. GPT-5.6 Sol pasó por restricciones parecidas y hoy está desplegado a escala mundial.

La pregunta, pues, se formula sola: ¿estamos realmente ante el apocalipsis tecnológico, el momento de “singularidad”, como Altman afirmaba recientemente, o hay algo más detrás de todos —terroríficos— eventos?

Un puñado laboratorios, entre los que hay OpenAI, Anthropic, Google y xAI (la de Musk compiten por el mismo trono, cada uno prueba sus modelos en casa, cada uno decide qué salvaguarda quita y cuándo, y cada uno comunica el resultado cuando ya ha pasado. Cuando consiguen detectar un “error” de las magnitudes explicadas como el reciente caso, el valor de su empresa crece, pues significa que su modelo es más avanzado que los modelos de la competencia. En 2021, el historiador de la tecnología Lee Vinsel le puso nombre al pliegue: «criti-hype», la crítica que se alimenta del bombo publicitario y de paso lo engorda. Advertir de que una máquina es peligrosísima certifica, en el mismo gesto, que es potentísima. Merece la pena tenerlo en cuenta, más todavía si consideramos que hay clientes con muchísimo presupuesto a invertir. 

En julio de 2025, el Departamento de Defensa estadounidense firmó contratos a la vez con OpenAI, Anthropic, Google y la xAI de Elon Musk, cada uno con un techo de 200 millones de dólares. Siete meses después, el secretario Pete Hegseth amenazó con rescindir el de Anthropic y designar a la empresa riesgo para la cadena de suministro porque se negaba a levantar sus límites sobre vigilancia interna y armas plenamente autónomas. xAI aceptó las condiciones sin objeciones.

Y los 200 millones de esos contratos son calderilla al lado de lo que se mueve un escalón más abajo. Anduril, que fabrica drones y torres de vigilancia autónoma, tiene con el Ejército estadounidense un contrato marco con un techo de 20.000 millones de dólares. Palantir, que no fabrica nada que vuele ni que dispare sino el software que ordena la montaña de datos sobre la que se toman esas decisiones, tiene otro que llega a los 10.000. Y las dos comparten un nombre, Peter Thiel. Palantir la cofundó en 2003; Anduril nació en 2017 de la mano de tres exempleados de Palantir y del fondo de Thiel, que lideró sus primeras rondas y sigue siendo su principal accionista de referencia.

La inteligencia artificial acabará siendo, o no, una voluntad separada de la nuestra. Eso ya se verá. Lo que no hace falta esperar a ver es que, mientras los discursos del miedo campen a sus anchas, el negocio de la guerra tendrá el camino despejado para expandirse…a costa del erario público. 

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La amnistía, el Supremo y la chistera

Por: Guillem Pujol

Este artículo ha sido publicado originalmente en Catalunya Plural.

¿Qué pasará cuando Carles Puigdemont cruce la frontera y llegue a Catalunya, esta vez sin estratagemas ni jugadas maestras? ¿Cómo responderá la gente ante el retorno del president que protagonizó institucionalmente el 1-O? ¿Será acogido como el president de todos? ¿Ayudará a hacer revivir una formación política –Junts per Catalunya– que vive su peor momento desde su creación?

El 23 de octubre de 1977, el president Josep Tarradellas aterrizaba en el aeropuerto de El Prat tras treinta y ocho años de exilio. El día de su llegada, desde el balcón del Palau de la Generalitat, pronunciaba un discurso para la posteridad: «Ciutadans de Catalunya, ja sóc aquí». El presidente del Gobierno del Estado lo restituía como president de la Generalitat. Tres años después, Jordi Pujol ganaba las primeras elecciones al Parlament y Tarradellas se retiraba sin ni siquiera presentarse. De Tarradellas, más allá de los historiadores y los biógrafos, nadie se acuerda.

Ciertamente, ambos casos son muy distintos, tanto en la duración del exilio como en la intensidad de las causas que los llevaron a abandonar el país. Pero el paralelismo sirve para señalar un hecho: el impacto del retorno es tan intenso como fugaz, y la nostalgia, en la política del día a día, solo cuenta si sirve para mejorar la vida de la gente. Eso es, precisamente, lo contrario de lo que hace Junts per Catalunya en el Congreso de los Diputados, votando constantemente con el PP y Vox, ya sea para derogar la moratoria contra los desahucios o para tumbar la reducción de la jornada laboral.

La nostalgia moviliza recuerdos. Los alquileres y los horarios movilizan vidas. Y un partido que lleva una década sin gobernar, atrapado entre la oposición a Illa, la competencia de Aliança Catalana por la derecha identitaria y la tentación permanente de entenderse con un Feijóo que ahora pide «pasar página», difícilmente podrá presentar el retorno de su líder como un proyecto. El retorno de Puigdemont no resuelve el problema de Junts: lo desnuda.

Junqueras, que sufrió la –injusta– prisión (como injusto ha sido el exilio impuesto a Puigdemont), ya ha tenido tiempo de entender que el aura de víctima se desvanece al instante, y ha tenido que pelearse con su propio partido, que todavía no controla del todo. Si finalmente cae la inhabilitación impuesta por el Tribunal Supremo, tendrá el que será, suponemos, su last dance como candidato. Pero el baile se reabre con un matiz que lo cambia todo: el votante que Puigdemont y Junqueras tendrán que disputarse ya no es el de 2017. Ha envejecido, se ha desencantado, ha cambiado de causa o mira hacia la extrema derecha. ERC ha hecho de la amnistía y de los pactos que la hicieron posible su justificación histórica; Junts hará del retorno una épica. Ninguna de las dos cosas, de momento, es un proyecto de país. La competición entre los dos originales vuelve al tablero justo cuando el público ha cambiado de obra.

Y después están los otros, los que casi nunca salen en el titular. La sentencia también avaló que se amnistíe a los doce miembros de los CDR procesados por terrorismo, aunque la Audiencia Nacional aún debe firmar el archivo. Entre las más de cuatrocientas personas amnistiadas hasta ahora hay activistas anónimos, cargos intermedios, también policías. La movilización que las llevó ante el juez, en cambio, no ha vuelto. La calle que llenó plazas y cortó autopistas no está esperando a nadie: se fue a casa, se desencantó o cambió de causa. La amnistía no reactiva ese mundo: como mucho, lo entierra con honores jurídicos. Y de ese sentimiento de incompletud se aprovechará Aliança Catalana.

¿Normaliza, pues, o congela? Ambas cosas y, de momento, ninguna de las dos. Porque nada de esto ha ocurrido todavía: Puigdemont sigue en Waterloo, Junqueras sigue inhabilitado, y la duda de verdad es qué otro conejo se sacará de la chistera un Tribunal Supremo que nos tiene acostumbrados a sorprender –esperar al Constitucional, ensayar una nueva consulta a Luxemburgo, descubrir un matiz inédito del «beneficio personal»– y a recordarnos, de paso, una vieja lección: la ley es casi siempre una, la que el poder decide que es. Si acaba aplicándose, la amnistía normalizará porque desjudicializa: por primera vez desde 2017, la política catalana podría discutirse sin un calendario de vistas orales como telón de fondo, y eso, en sí mismo, es higiene democrática. Y congelará porque restaura un elenco: los mismos nombres, las mismas rivalidades, la misma gramática del uno contra el otro, reinstalados en un escenario donde el espectador hace tiempo que mira otra obra.

Quien administra la normalidad, mientras tanto, es Salvador Illa: el dirigente que se opuso a la amnistía, convertido en su principal beneficiario político. Su apuesta es que la desjudicialización trabaje para él: que cada retorno reste épica al agravio y sume rutina a la legislatura, y que la nostalgia, como con Tarradellas, acabe donde mejor envejece, que es en los libros de historia.

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Los nuevos piratas

Por: Manuel Ligero

Al financiero Juan March se le conocía con el apodo de «el último pirata del Mediterráneo». Se hizo rico controlando el contrabando de tabaco entre África y las Baleares y vendiendo combustible durante la Primera Guerra Mundial, ya fuera a los aliados o a los submarinos alemanes. Dependía del día.

En su negrísima carrera destaca la financiación del golpe militar de 1936, que a la postre derivaría en el fin de la Segunda República española tras una salvaje guerra civil cuyos efectos llegan hasta nuestros días.

Hay poco que salvar de Juan March, pero hay algo que lo distingue de los nuevos multimillonarios: hacía alguna cosilla para compensar tanto mal. En su caso, la Fundación March se ha convertido en un esplendoroso tesoro cultural. 

Cuando el pasado 12 de junio SpaceX debutó en el mercado del Nasdaq, una oportuna ventana le tapaba el ojo derecho a su patrón, Elon Musk, en la pantalla que retransmitía el hito en directo. Otro pirata. La compañía alcanzó una capitalización que rebasó los 1,75 billones de dólares y Musk se confirmó como la persona más rica del mundo. También él financió la campaña de Donald Trump para volver a la Casa Blanca. Gastó cerca de 300 millones.

Luego se pelearon, pero siguieron haciendo negocios. Sus satélites, por ejemplo, guían todos los misiles del mundo. Sus empresas son lo que son porque contratan, contratan y contratan con Washington. Así es como ha conseguido que su patrimonio personal supere los 400.000 millones de dólares. Muy liberal todo. La diferencia con el pirata March es que Musk (y aquí cabe englobar a toda la oligarquía tecnológica) no piensa en hacer ninguna fundación. No tiene ningún remordimiento y la cultura le importa un pito. Él quiere ir a Marte. Y ya está.  

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Lo único importante es ganar

Por: Jorge Dioni López

Artículo publicado en el número 112 de La Marea.

¿Las ratas pueden nadar? El pasado 10 de mayo, alguien introdujo esa consulta en una IA y sacó un pantallazo para ganar una discusión. Hasta aquí, todo bien, salvo que la charla no se desarrollaba en un bar o en una casa rural, sino en el marco de una crisis sanitaria que implicaba a una larga lista de administraciones de varios países. Una de ellas, el gobierno autonómico de Canarias, quería algo muy propio de nuestra época: tener voz propia. Dentro de nuestro modelo competitivo, aceptar el criterio de otro significa una derrota porque no existe el concepto de bien común. Si alguien gana, alguien pierde. Por eso, si una administración decía que no había peligro, había que demostrar que sí. Había que ganar la discusión. 

El pantallazo salió del ámbito del gabinete de presidencia y entró en esa conversación pública. La otra administración respondió con una argumentación exhaustiva y el inclemente coro digital sancionó el argumento de las ratas nadadoras con toda la dureza de la ironía. No hay cuchillo más afilado que el humor.

Ante ese callejón sin salida, sólo cabía una actitud: el victimismo. Reconocer el propio error también es admitir la derrota y la única posibilidad pasa por culpabilizar al otro, algo que tiene dos objetivos: que no pueda sacar partido de lo que se interpreta como victoria y, sobre todo, justificar cualquier actuación en el futuro. Como nos muestra cada edición de La isla de las tentaciones, el victimismo es la carrera armamentística de las malas personas

Es importante detenerse en ese momento en el que alguien decide hacer esa búsqueda en Internet, alguien decide incorporarla a la argumentación pública y el presidente opta por defender todo lo anterior. ¿No había nadie más a quién hacer esa pregunta? ¿El gabinete de una presidencia autonómica no tiene acceso directo al conocimiento especializado? Claro, la clave es que no se buscaba una respuesta que se aproximase a la verdad, sino algo contundente que sirviera para mantener la propia posición y, sobre todo, algo comprensible. Realizar esa pregunta a un especialista entrañaba el riesgo de evidenciar las propias carencias. La IA siempre es amable. Nunca te dejaría en evidencia.

El punto de partida del conocimiento es la sensación de ignorancia. ¿Esto es así? No lo sé. Voy a verlo. El Quijote o Segismundo son personajes que salen de un encierro en el que han tenido mucho contacto con los libros y comprueban que la autoridad que hay en ellos no sirve. Hay que experimentar para conocer el mundo. Hay que medir, pesar, tomar notas y contrastar con otra gente que mide, pesa y toma notas. Da igual la posición de cada uno en la jerarquía social porque lo importante es el método. No discuten las personas y no lo hacen sobre lo que creen. Los experimentos se comprueban reproduciéndolos: distintas personas en distintos sitios hacen lo mismo. El saber es colectivo y acumulativo. Por lo tanto, cada vez más complejo. 

Al neoliberalismo le molesta todo lo colectivo. La ciencia, también. El economista Friedrich Hayek dividía entre el conocimiento específico que proporciona el mercado a los que participan en él y el saber abstracto de las élites científicas, artísticas o académicas, los nuevos clérigos, que quieren imponer una verdad y un estilo de vida a los demás, algo que está muy cerca de la planificación socialista. Las estructuras de conocimiento experto imponen un monopolio de los hechos y deben adaptarse al modelo del mercado desregulado.

Es lógico que se desmantelen las estructuras académicas y las instituciones internacionales, que un antivacunas sea secretario de Estado de Sanidad o que se cambie el nombre de un accidente geográfico. El conocimiento experto del dermatólogo tiene que convertirse en un producto que se enfrente al saber irreflexivo que ofrece el futbolista porque lo importante es la energía espontánea que crea esa competición. La clave es el formato. 

La clave para acabar con lo colectivo es el otro factor. Al ser acumulativo, participar de ese conocimiento experto requiere cada vez más formación hasta un punto en el que resulta incomprensible para los no especializados. Aunque no haya sido una voluntad consciente, son fortalezas. Las herramientas que abren la conversación pública son también las que permiten asaltar esas fortalezas.

La ignorancia tiene menos vergüenza porque nuestro modelo nos invita participar del mercado del conocimiento y tenemos herramientas para conseguir información en poco tiempo. Hay gente, sobre todo varones, que tiene pánico a quedarse fuera de la conversación y es irrelevante que al otro lado haya una historiadora que ha dedicado treinta años a estudiar la legislación romana. El punto de partida de la ignorancia es la sensación de conocimiento. Da igual. Lo importante es ganar la conversación. Nada más.   

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Vuelve el enemigo comunista

Por: Arantxa Tirado

Con una nota de prensa, el Departamento de Estado de Estados Unidos de América (EE. UU.) informaba el 15 de julio de la celebración al día siguiente de una reunión ministerial “para combatir el resurgimiento del terrorismo político”. Dicha reunión, presidida por el secretario de Estado, Marco Rubio, ha convocado a representantes de más de 60 países, con el propósito de “fomentar una acción conjunta más firme” frente a la “amenaza renovada” que supone, a criterio del Gobierno de EE. UU., “el terrorismo político de extrema izquierda”.

Si no fuera porque vivimos en tiempos de la posverdad, en los que cualquier declaración puede disociarse de la realidad o realizarse sin tener correlato en los hechos, sorprendería leer que existe algo así como un “terrorismo político de extrema izquierda” y que, además, constituya una amenaza a las sociedades del mundo libre. A la dificultad de encontrar ejemplos concretos y contemporáneos de dicha amenaza transnacional se une la ambigüedad de un término, extrema izquierda, cuya definición es objeto de debates y no pocas discrepancias

Aunque la reunión se había planteado como una alianza de gobiernos afines, países gobernados por fuerzas progresistas, como México o España, fueron invitados a participar, en lo que parece más bien un intento de cuadrar las agendas internacionales bajo los parámetros ideológicos de la actual administración estadounidense. Esto no es nuevo y ya lo vimos en la guerra global contra el terrorismo desatada por George W. Bush tras los atentados a las Torres Gemelas en Nueva York, un punto de inflexión en la política global de EE. UU. que desplegó un unilateralismo que hoy se profundiza bajo la segunda presidencia de Donald Trump. 

Pero el momento geopolítico es otro y el declive hegemónico de EE. UU. se acelera hoy a pasos agigantados. Tras el distanciamiento entre EE. UU. y sus aliados occidentales por las diferencias sobre la OTAN o la crisis con Groenlandia, ahora EE. UU. impulsa una reunión que quiere convencer a los gobiernos del mundo de que comparten una “amenaza transnacional”, un enemigo común conformado por las fuerzas antifascistas, comunistas y marxistas. Convencer o, viendo el proceder anti diplomático de esta administración, sería más preciso afirmar informar. 

Del islamismo radical como enemigo público número en la cruzada de Bush hijo, EE. UU. pasa a crear un nuevo enemigo etéreo donde, como en un cajón desastre, toda disidencia será etiquetada como terrorista. La coincidencia del anuncio de esta reunión con la detención en Ibiza del multimillonario estadounidense pro-palestino, Fergie Chambers, a pedido de EE. UU., acusado de “financiación del terrorismo” por apoyar organizaciones de la resistencia palestina, es un claro mensaje de lo que espera a cualquier ciudadano que confronte a EE. UU. y al sionismo. Un destino que será todavía peor para las personas anónimas y sin recursos que se enfrenten al brutal dominio imperialista que EE. UU. pretende ejercer en todo el mundo, sea directamente o a través de sus aliados. 

Marco Rubio, líder ideológico y anticomunista

Además de las declaraciones de Trump tildando de comunista a cualquier posición que sea mínimamente progresista, quien parece llevar la batuta del discurso más político en esta administración no es siquiera el presidente Trump sino el secretario de Estado, Marco Rubio, secundado por el asesor de Seguridad Nacional, Stephen Miller, que también participó con unas palabras. El discurso de más de media hora de Marco Rubio estuvo enfocado a vincular la violencia política con la izquierda revolucionaria, en un ejercicio de proyección digno de análisis psicológico

La perorata de Rubio tuvo el tono de un predicador religioso que establece un mundo dual donde las fuerzas del bien y el mal se oponen, como en los mejores tiempos del macartismo. Llegó a decir que el “comunismo es un mundo sin Dios”, “un mundo sin valentía, sin creatividad ni ambición, un mundo sin héroes, sin gloria ni grandes causas por las que luchar; un mundo sin milagros, sin mitos, sin hombres que se eleven por encima de los demás para realizar hazañas increíbles y extraordinarias”. Fidel Castro, cuyo centenario natal se cumple en unas semanas, se ríe desde el más allá. También añadió Rubio que “el comunismo nunca funciona en la práctica”. Olvidó mencionar que EE. UU. ha hecho grandes esfuerzos para evitar que el comunismo pueda funcionar en ningún país del globo. 

De hecho, Rubio ha tenido un gran papel en el despliegue de la agenda anticomunista desde las instituciones estadounidenses. Su recorrido político ha dejado una impronta fuertemente ideológica desde sus tiempos de representante local en Miami y su llegada al Senado en 2010, apoyado por el reaccionario Tea Party, representando a la Florida, como explica Hedelberto López Blanch en su libro Rubio. Un mitómano incontrolable. Miembro del poderoso lobby anticastrista que ha condicionado la política exterior estadounidense en administraciones demócratas y republicanas, el senador Rubio fue el impulsor además de varias de las principales leyes de acoso y derribo a la Venezuela bolivariana, como la Venezuela Defense of Human Rights and Civil Society Act de 2014, renovada en 2016 y 2023, o la VERDAD Act de 2019. Leyes que han servido para establecer un marco político sobre el que armar la arquitectura legal para la imposición de las más de 1.000 medidas coercitivas unilaterales que EE. UU. impuso a Venezuela antes del 3 de enero. Como en tiempos de la Guerra Fría y el macartismo, Rubio veía comunismo por encima de la realidad.

Con este acto sobre “la amenaza de la extrema izquierda”, el secretario de Estado estadounidense, Marco Rubio, ha dado un paso más en su ofensiva ideológica que le sirve para marcar línea política en una administración que está ejerciendo un interesado “pragmatismo” en su relación con Venezuela. Aunque Rubio es protagonista de dicha estrategia de control sobre el país, su supuesta cordialidad y buen trato actual con las autoridades chavistas contrasta con sus posicionamientos previos y su discurso abiertamente hostil contra la dirigencia cubana. En este sentido, el acto del 16 de julio le sirve para escenificar una línea dura que hace no olvidar que los grupos de poder al mando de la todavía principal potencia mundial no van a conformarse con el control de los recursos, sino que deben derrotar ideológicamente a las alternativas políticas que se les enfrenten.

¿Luchar contra un enemigo que ya no existe?

Conviene destacar que la reunión comenzó con la presentación del subsecretario de Estado, Christopher Landau, haciendo paralelismos entre la situación actual y la realidad política de la década de los 70 del siglo XX. Landau interpeló a los representantes de los países mencionando a grupos políticos de la época como Weather Underground en EE. UU. Baader-Meinhof en Alemania o los latinoamericanos Tupamaros y Montoneros, tratando de convencerlos de que se están viviendo situaciones parecidas.

No es casual que los representantes estadounidenses se retrotraigan a la Guerra Fría pues su mentalidad sigue funcionando en la lógica anticomunista característica de la época. En aquel momento el mundo se dividía en una lucha ideológica entre el bloque socialista y el bloque capitalista. La simple existencia de la Unión Soviética, las luchas por la descolonización de África, el mayo del 68 y el auge de las ideas marxistas dieron lugar a una efervescencia política que se tradujo en una multiplicidad de grupos políticos que querían hacer la revolución en todos los rincones del planeta. Organizaciones a las que EE. UU., y sus aliados occidentales, combatieron a sangre y fuego, aplicando variadas estrategias de contrainsurgencia.

Sin embargo, el mundo actual está muy distante de ese momento de eclosión política de las fuerzas revolucionarias. Hoy quedan pocos Estados formalmente socialistas en el mundo y algunos de ellos, como Cuba, sufren la asfixia de décadas de bloqueo económico y cerco político. Tampoco es casual que Rubio odie al Gobierno revolucionario de Cuba, también por su papel de promoción de esos grupos durante el siglo XX.

Además de realizar un acto contra la resurgencia del terrorismo político de izquierdas frente a una realidad que refuta estas premisas, quizás lo que más asombró de los discursos fue el énfasis puesto en las ideas marxistas como amenaza. Resulta paradójico que en un mundo donde el marxismo es minoritario, donde, a diferencia de otros momentos históricos, declararse marxista no da caché en los cenáculos académicos ni políticos –todo lo contrario–, EE. UU. ponga al marxismo en el punto de mira, vinculándolo, como en tiempos de la Guerra Fría, con el terrorismo y la encarnación del mal. 

En todo caso, lo que para Rubio y compañía puede ser un intento de mancillar las ideas del marxismo y el comunismo basado en ellas, para los marxistas debería ser un motivo de orgullo ser conceptualizados como enemigo principal del grupo de psicópatas que está llevando a la humanidad a la barbarie. El fantasma del comunismo sigue vagando por el mundo como alerta para la clase dominante. Y es bueno que así sea.

Mirarse en el espejo del miedo ajeno

Más allá de la paranoia o del anticomunismo genético de Rubio y de la clase dominante mundial, la reunión de este jueves constata que el marxismo es una potente herramienta teórica que amenaza de manera real a los principios ideológicos del capitalismo y a su sentido común, cargado de falacias. Una visión capitalista del mundo que se creía triunfante y hegemónica tras el derrumbe del bloque socialista, en plena enajenación neoliberal. Sin embargo, crisis como la del 2008, el impacto desigual de la pandemia o las crecientes desigualdades que se viven en las sociedades del capitalismo avanzado, incluyendo al propio EE. UU., han llevado a un cuestionamiento de amplios sectores sociales que buscan salidas rupturistas. 

Pero no todas estas salidas rupturistas son igualmente contestatarias o superadoras del orden establecido. Mientras las derechas radicales, ultraderechas o neofascistas apuntalan el sistema sosteniendo, cuando no profundizando, al capitalismo responsable de los problemas de la humanidad, las alternativas inspiradas en las ideas del marxismo proponen alternativas de transformación que trastocan el poder existente y plantean la necesidad de avanzar hacia otra concepción de las relaciones sociales no basadas en la explotación entre seres humanos ni entre seres humanos y naturaleza. De ahí su “peligrosidad” para la voracidad de explotación sin límite y privatización absoluta de la vida y de los recursos naturales que defiende la clase dominante.

El principal mensaje del acto que tuvo lugar en Washington para las fuerzas de la izquierda no debería ser solamente asumir que los tiempos por venir van a ser más difíciles para todas las personas que se opongan a los representantes de este capitalismo desaforado y moribundo, que serán tildadas de comunistas, aunque no lo sean, conceptualizadas como enemigas y perseguidas, en distintos niveles, como tales. Lo más importante es ser conscientes de la fuerza que tienen las ideas marxistas para confrontarlo, derrotarlo y construir otro mundo socialista que la humanidad necesita cada día con más urgencia. Puede que ahora la izquierda revolucionaria sea minoritaria, esté dispersa y derrotada en diversos escenarios. Sin embargo, estas experiencias de resistencia y organización, vistas desde el prisma de quienes las adversan, sirven para recordar su importancia y engrandecer su gesta. La partida no se ha acabado. El hijo rojo de la Historia tendrá la última palabra. 

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El aumento del gasto militar: un debate manipulado

Por: Fernando Luengo

El gasto militar ha experimentado en los últimos años un notable aumento. Dato a tener en cuenta para una correcta valoración de esta tendencia: si bien se ha intensificado en los últimos años, dicho aumento se ha producido con los dos gobiernos de coalición (periodo 2020/2025); el primero, integrado por el Partido Socialista Obrero Español (PSOE), Podemos e Izquierda Unida, y el segundo por el PSOE y Sumar.

Según la información suministrada por el Instituto Internacional de Estocolmo de Investigaciones para la Paz (SIPRI), en 2025 el gasto militar medido en dólares corrientes alcanzó el 2,13% del Producto Interior Bruto (el 1,22% en 2019), superando los 40 mil millones de dólares, lo que supone un aumento muy importante con respecto a 2019, el 134%.

Fuente: Instituto Internacional de Estocolmo de Investigaciones para la Paz (SIPRI).
Fuente: Instituto Internacional de Estocolmo de Investigaciones para la Paz (SIPRI).

Una trayectoria alcista que, sin duda, hubiera merecido un debate en profundidad en el Parlamento, que, sin embargo, no se ha producido (estoy hablando de mucho más que una comparecencia aislada y simbólica del presidente del Gobierno), y menos aún entre la ciudadanía, que, simplemente, a pesar de su enorme trascendencia, no ha existido. Tampoco cabe esperar un debate sobre lo hablado y acordado en la última cumbre de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) celebrada en Ankara (Turquía), donde todos los países se han comprometido a intensificar ese gasto, para aproximarse al 5% exigido por Estados Unidos y el cada vez más fuerte complejo militar/industrial.

Este debate –que, insisto, ni está ni se le espera– se encuentra lastrado por unos apriorismos que en mi opinión resultan inaceptables y que condicionan absolutamente la hoja de ruta a seguir. A destacar de manera breve tres.

El primero de ellos es considerar que Europa se encuentra crecientemente amenazada por el expansionismo militar ruso, cuando en realidad la invasión de Ucrania se explica en gran medida por la actitud hostil y provocadora de la OTAN, Estados Unidos y algunos países europeos, que mucho antes de que las tropas rusas cruzaran la frontera ucraniana habían cerrado todos los puentes de diálogo con el Kremlin, reafirmando su intención de desplegar en la frontera con Rusia armamento ofensivo y abriendo la puerta a la integración de ese país en la organización atlántica. Y cuando Alemania, el Reino Unido y otros países europeos están instalados en la lógica de que, con su implicación logística y en el terreno (que ya existe y que se va a intensificar) la guerra contra Rusia se puede y se debe ganar militarmente, cerrando de esta manera la puerta a una solución negociada en la que Europa tendría la oportunidad de desempeñar un papel central.

El segundo de los supuestos que justificaría el aumento del gasto militar consiste en situarlo como un pilar fundamental de la reestructuración y modernización productiva de las economías europeas. Esta línea de razonamiento, a la que se otorga una relevancia creciente, se sitúa mucho más allá del apoyo militar a Ucrania. Está instalada en el supuesto –falso, en mi opinión– de que el esfuerzo militar tendría efectos positivos en la actividad inversora, la innovación tecnológica, la productividad y el empleo, por lo que no sólo habría que intensificarlo por una urgencia coyuntural, la amenaza rusa, sino mantenerlo en niveles elevados dada su dimensión estratégica en la economía.

El tercer supuesto –falso como los dos precedentes- es que el fortalecimiento de Europa como proyecto pasa por el aumento del gasto militar, tanto el realizado por los países como, sobre todo, el acometido a escala europea que debería aumentar sustancialmente. Esta línea de razonamiento cierra el camino a un análisis más riguroso sobre las debilidades sociales y productivas europeas, que, con toda seguridad, se harán más pronunciadas con el aumento del gasto militar.

Y hay algo más, siguiendo la lógica propuesta en este diagrama, que sería necesario incorporar a los razonamientos anteriores.

Fuente: elaboración propia.

En el mismo se plantea la necesidad de situar el debate sobre el gasto militar en un contexto discursivo más amplio. Con esta perspectiva, habría que comenzar por identificar la problemática y las necesidades que enfrenta la economía y la sociedad. Un debate que debería cristalizar en identificar las prioridades y definir los objetivos económicos, sociales y medioambientales, y, con esa perspectiva, valorar los recursos disponibles e identificar los actores que darían consistencia a ese proceso, estableciendo finalmente los plazos en los que se pretende llevar a cabo ese plan. Sólo en ese marco cabría especificar los objetivos de política económica a acometer.

Me parece obvio que ni se puede ni se debe entrar en el debate sobre el gasto militar sin integrarlo en un espacio analítico más amplio como el dibujado en el diagrama.

Porque los objetivos de crear empleo de calidad con salarios decentes, la reducción de la pobreza y la desigualdad, garantizar el derecho a la vivienda, la lucha contra el cambio climático y la destrucción de los ecosistemas, la transformación del modelo productivo en clave de equidad y sostenibilidad… colisionan claramente con la dinámica militarista, en absoluto son complementarios. También porque esa dinámica reforzará los perfiles más regresivos del denominado proyecto europeo, y porque, cada vez más, el Estado, sus recursos, políticas y marcos regulatorios, constituyen un espacio de disputa estratégica donde los defensores de lo público se encuentran en una posición de inferioridad… y el gasto militar intensifica esa disputa.

Y la clave de todo, trascendental para sentar las bases de una izquierda valiente y transformadora. El proceso que acabo de describir sucintamente presenta una carga política y social muy importante. De hecho, debería ser una pieza clave de la movilización de las clases populares, y por eso mismo no puede dejarse en manos de los “técnicos” ni de las cúpulas de los partidos o las instituciones.

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¿Se puede desear a alguien “un feliz verano”?

Por: José Ovejero

7 de julio

Leo una detallada declaración anónima de una mujer iraquí a cuya prima de quince años ha asesinado su familia por negarse a casarse con un primo, alcohólico y abusador. Según esa declaración, los hombres que cometieron el asesinato bailaron después en público para celebrarlo. Hago una búsqueda en internet para obtener más información sobre el asesinato, pero solo encuentro la misma declaración anónima reproducida en un medio británico y en uno israelí y reproducciones en Facebook, Twitter, Instagram y Tik Tok.

He pasado por tres de esas redes sociales y las he abandonado en buena medida por la sensación de que, por mucho que una alarma interior saltase una y otra vez para avisarme de que lo leído podría ser una mentira, acababa influyendo en mis opiniones (para cambiarlas o confirmando mis prejuicios). A veces lo que leía no era tanto una mentira como una tergiversación, o una simplificación que hacía inservible la verdad sobre la que se sustentaba. 

Así que desconfío de la noticia sobre esta pobre adolescente –si es que existe–, lo que puede ser terriblemente injusto para con la víctima.

Quizá sea esa una de las consecuencias más nocivas de la penetración de las noticias falsas en las redes sociales: la propagación de un escepticismo que amenaza con volvernos indiferentes.

8 de julio

El Govern balear ha hecho públicos por fin quince estudios sobre le represión franquista en las Baleares que el Ejecutivo del PP mantenía guardados en un cajón. Justo la semana pasada acababa la lectura de Maiorca, de Giovanni Dozzini, en el que se relata la participación de los aviadores italianos en la guerra civil española, sobre todo en los bombardeos de Barcelona, pero también de otras ciudades, como Durango. Dozzini organiza el festival Encuentro, en Perugia y Castiglione del Lago, donde desde hace años reúne a escritores hispanos e italianos y tiene una relación estrecha con España, en particular con Catalunya. 

Maiorca es un ensayo literario que me ha descubierto muchas cosas que no sabía. Aunque conocía sin mucho detalle la parte bélica de la historia, no estaba al tanto de la feroz represión lanzada allí por el Conde Rossi, un fascista descerebrado dispuesto a exterminar a todos los comunistas, que ordenaba fusilar a cualquier prisionero que caía en sus manos.

Tampoco sabía que fue Mussolini quien ordenó los bombardeos sobre Barcelona entre el 16 y el 18 de marzo de 1938, ni que Franco le pidió que los detuviera, no por ánimo compasivo, sino para evitar las reacciones internacionales, que consistieron sobre todo en amargos lamentos de Inglaterra sin ninguna consecuencia. Mientras tanto, Italia negaba cualquier responsabilidad. La hipocresía como elemento constitutivo de la diplomacia no es un invento de nuestros días.

Italia, por cierto, cuenta Dozzini, siempre ha hecho oídos sordos a quienes han exigido, también por la vía judicial, que el Estado se disculpe ante los españoles por los crímenes de guerra cometidos y por los bombardeos dirigidos contra la población civil. 

9 de julio

Esta es la última entrada del diario que publicaré este verano. Podría aprovechar para hacer un repaso de las noticias más significativas de los últimos meses, pero sería un ejercicio deprimente y tampoco sabría con qué quedarme. No tengo estómago para escribir sobre la campaña orquestada para poner bajo sospecha a los trabajadores con baja médica ni sobre las maniobras de Ayuso para mantenerse en primera página aunque sea amagando un ataque contra los derechos de las mujeres. Y por supuesto se me ocurren muchas más noticias desagradables de actualidad, pero quisiera evitar acabar la temporada en ese tono. Lo malo es que ya no nos queda el recurso de eludir asuntos espinosos o desagradables hablando de fútbol. O del tiempo. Hasta lo más inocuo y anodino se ha vuelto siniestro y amenazador. ¿No nos dejarán ni un espacio para la tranquilidad de espíritu o la conversación alegre?

Venga, no te pongas cenizo, me digo. El mundo siempre ha estado lleno de horrores, pero también de belleza. Y el arte de mantener la decencia junto con el optimismo probablemente consiste en no cerrar los ojos a los primeros pero manteniendo la pasión por la segunda. Aunque, a veces, no nos lo ponen fácil.

Me limito entonces a desearos que tengáis un feliz verano. Mi cenizo interior iba a añadir «a pesar de…» seguido de una larga lista de obstáculos, pero lo reprimo por una vez y me quedo con ese deseo sencillo. 

Hasta septiembre.

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El absentismo o la perversión del lenguaje

Por: Fernando Luengo

El término del día, que, con toda seguridad, tendrá más recorrido: el absentismo laboral. Declaraciones recientes de Feijóo sobre el coste económico del mismo para las empresas y el erario público, recogiendo el testigo de las patronales y la economía y los economistas conservadores. Como si absentismo fuera una argucia de los currantes para trabajar menos o con menos intensidad, sin renunciar a sus ingresos. 

En realidad, nada nuevo en el firmamento. El objetivo es mezclarlo todo para no hablar de lo verdaderamente trascendente. El denominado absentismo laboral, expresión claramente tendenciosa, incluye, entre otros conceptos, la incapacidad temporal –como las bajas médicas– y los permisos retribuidos y no retribuidos. Es una expresión que arremete de forma infame contra derechos conquistados por los trabajadores y trabajadoras. Resulta sencillamente inaceptable que ese sea el debate y no la precariedad en el trabajo y los bajos salarios, que impiden llevar una vida decente y ejercer plenamente los derechos laborales y sociales. 

Pero el asunto en cuestión presenta mucho más recorrido. Tiene que ver con el lenguaje utilizado que pretende incorporar (imponer) un sentido común que, supuestamente, debe tomarse como punto de partida de un debate racional y razonable… ¡un espacio donde se darían cita la buena economía y los buenos economistas! 

Sin pretender ser exhaustivo, algunos ejemplos que pretenden reflejar el sentido común al que acabo de hacer referencia y que constituyen manipulaciones de gran calado:

a) La utilización del término “mercado de trabajo”, cuando en realidad las condiciones de vida de los trabajadores están indisociablemente unidas al ejercicio de los derechos laborales y humanos, derechos que ni pueden ni deben abordarse en clave mercantil.

b) Cuando se aplican políticas para, supuestamente, “flexibilizar” el mercado laboral cuando en realidad se pretende, y se ha conseguido en buena medida, debilitar o anular la capacidad de lucha y negociación de las personas trabajadoras, creando las condiciones para presionar a la baja los salarios.

c) Cuando se asocia “contención salarial” con competitividad, pretendiendo, errónea y sesgadamente, que este es el factor determinante de la misma.

d) Cuando se pretende establecer una relación de causa/efecto entre los salarios y la inflación, ocultando que esta tiene que ver sobre todo con el desorden estructural del capitalismo y el poder de las grandes firmas.

e) Cuando con estos enunciados se desvía descaradamente el foco donde en realidad debería situarse: las retribuciones de las élites empresariales y los grandes accionistas de las empresas, un terreno intocable, que, sin embargo, es fundamental para entender la economía realmente existente y los intereses que la articulan.

Sobre estos y otros temas cruciales se pasa, en el mejor de los casos, de puntillas. El debate queda, de este modo, atrapado y contaminado. 

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La otra chica del napalm

Por: Jordi Nieva Fenoll

Puede que no fuera a ninguna parte. La vi desde el coche en un suspiro que se hizo fugaz y eterno a la vez, como el estertor de una agonía, pesado, rítmico y con un rápido final inevitable que se suele hacer interminable. 

Iba completamente desnuda. Era muy joven. Puede que tuviera unos veinte años. El cuerpo, muy sucio, como de haber dormido en la calle noche tras noche, día tras día, sin más destino que seguir viviendo en una rutina de supervivencia que ni siquiera se cuestionaba a sí misma, entre el delirio de fumar crack y la fatiga de buscarlo sin descanso, a cambio de un sinfín de humillaciones a las que su cerebro había aprendido ya, de forma estremecedora, a pasar por alto. No huía de nada ni de nadie. Caminaba despacio, pero decidida, a un rumbo desconocido para mí, tal vez también para ella. Pasó a un metro del coche, pero no veía a nadie. Parecía ensimismada oteando al infinito con una mirada erguida y perdida a la vez. Un cuerpo atlético y sorprendentemente bien alimentado, pero que anunciaba acabar, en breve, en la mesa de autopsias de alguna morgue.

Nadie en aquel coche cambió sus planes, más allá de pronunciar un rápido comentario diciendo “pobre chica”, fugaz como para no plantearnos detenernos para intentar socorrerla. Me estremeció que se dio por hecho que no necesitaba ninguna ayuda de nosotros, y que lo mejor que podíamos hacer era salir corriendo de allí, no sólo para protegernos de un mal inconcreto derivado de aquel submundo al que no pertenecíamos, sino también para dejar discurrir la vida en ese infierno de injusticia, insolidaridad y egoismo en que una pobre chica, desnuda, sucia y sola, no tenía la más mínima ayuda, dando por hecho que nada podíamos hacer por quien se ha abandonado a su suerte habiendo abdicado de sí mismo, en una pirueta ilógica que no se entiende por más que leas y releas la anterior frase.

Me pregunté por qué un mundo entero se había sensibilizado ante una niña que, desnuda y quemada, huía de las bombas de napalm en aquel Vietnam, y en cambio nosotros, en nuestro propio mundo, con nuestros teléfonos y en la seguridad de nuestro coche, no habíamos visto la ocasión de, al menos, llamar a una policía que jamás hubiera acudido a aquel lugar sin ley, o de abrir la fortaleza de nuestro coche, dando cobijo a esa pobre mujer, tratando de entender sus problemas y ofreciéndole comida, una ducha, un lugar seguro donde pasar la noche y ayuda para salir de la espiral en la que se encontraba. O al menos una palabra, dirigirle, al menos, una sola palabra. Al contrario, como si ella no fuera un ser humano, sino una simple alimaña del monte, huimos muy rápidamente de aquel lugar a refugiarnos en un absurdo turismo en el que, como sucedió, nos olvidaríamos de todo.

¿Cuánto tiempo podremos seguir cerrando los ojos? Me pregunté cuándo fue que decidimos abandonar a los otros seres humanos a su mudable destino, sin inmutarnos para hacer nada que pudiera modificar ese futuro de alguien que, no nos engañemos, podríamos haber sido cualquiera de nosotros mismos. No era una situación aislada o propia del lugar de extrema pobreza de América Latina en el que nos encontrábamos. Ocurría lo mismo en nuestro país, cuando cualquiera era atacado en la calle o en los transportes públicos y, para prevenir cualquier daño propio, ignorábamos aquella agresión y cualquier noción de ayuda. Así empezamos a creer que la victoria era escapar de allí eludiendo aquella situación que sí, podría haber alterado o acabado con nuestras vidas, pero que al no impedirla, condenábamos a aquella víctima a quien dejábamos abandonada, sólo por salvarnos nosotros mismos.

Quizás la solución no era el heroísmo, pensé. Tal vez todo podría arreglarse con mejores sistemas de redistribución de la riqueza, absolutamente urgentes e imprescindibles en América Latina pese a la resistencia de sus votantes ricos, llenos de patriotismo, pero dispuestos a abandonar y marginar a cualquiera que se interponga en su sueño de bienestar. ¿Qué hacer para dejar de ser tan ignorante del mal ajeno? ¿Cómo acabar con urgencia con esos infiernos? Esos que hacen que la propia vida de tantas personas, que es la única condición imprescindible de cualquier felicidad, acabe siendo la ocasión de un extremo sufrimiento que hace justificar el suicidio o, en los más osados, el exterminio, que algunos ya anhelan en voz baja adorando a algunos dictadores. ¿Estamos, de nuevo, a un paso de una experiencia similar al nazismo? ¿Acabarán esos reaccionarios deseando que se acabe con los excluidos? ¿Imposible pensar en nada mejor por el simple motivo de mantener su bienestar a través del sencillo mecanismo de negar toda ayuda? 

¿Es imposible que alguien entienda que la insolidaridad es el seguro camino a nuestra extinción?

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¡Política, políticos y corrupción!

Por: Fernando Luengo

Afirmar que la mayoría de los políticos son corruptos y que el ejercicio de la política es una vía de enriquecimiento personal y de obtención de privilegios es evidentemente un despropósito, una generalización excesiva, que contribuye a cultivar una especie de «sentido común» muy extendido entre la opinión pública y que podemos resumir como «todos vienen a meter mano a la caja común y a promover sus intereses personales o de grupo». Una posición que encaja con los resultados obtenidos en las encuestas de opinión pública llevadas a cabo por el Centro de Investigaciones Sociológicas, el Eurobarómetro y otras instituciones, confirmando que la corrupción política se encuentra entre las principales preocupaciones de la ciudadanía.

Este asunto, con esta perspectiva, ocupa un lugar preferente en la mayor parte de los medios de comunicación y en las redes sociales, desplazando a problemas tan acuciantes como el imposible acceso de muchos jóvenes a una vivienda digna, el persistente deterioro de la sanidad y la educación públicas, el estancamiento de los salarios de muchos trabajadores o el continuo aumento de la desigualdad.

Aunque, en los últimos tiempos sobre todo, han salido a la luz graves episodios de corrupción donde algunos políticos –en ocasiones con puestos muy destacados en la administración pública y en las cúpulas de los partidos– han aprovechado su privilegiada posición para saquear lo que es de todos y para obtener todo tipo de prebendas, opino que no cabe hacer generalizaciones, metiendo a todos en el mismo saco.

En realidad, estamos ante un debate manipulado donde los grandes medios de comunicación y las redes sociales establecen las coordenadas y el contenido del mismo. Aunque hace referencia a los políticos (y a la política) –así, en general– está teniendo un considerable recorrido social y electoral para las derechas, especialmente para la extrema derecha.

En este escenario, poco importa que el Partido Popular (PP) haya sido condenado por los tribunales en calidad de partido que ha promovido o se ha beneficiado de la corrupción, que varios de sus dirigentes hayan ingresado en la cárcel por ello y que todavía tenga abiertas diferentes causas judiciales. ¡Pelillos a la mar! Todos los focos están puestos en el Partido Socialista Obrero Español y en el presidente de gobierno, Pedro Sánchez.

Se trata, pues, de un debate muy polarizado y sesgado que, como apuntaba antes, arrincona los grandes y graves problemas que tiene la ciudadanía, en el contexto de una batalla política de gran calado donde las derechas –políticas, judiciales, empresariales y mediáticas– pretenden poner fin a la legislatura y al gobierno de coalición, alentados por unas encuestas donde predicen que, de celebrarse las elecciones, probablemente el PP y Vox alcanzarían la mayoría absoluta.

En este escenario, suscitan menos interés los «corruptores». Aquellos empresarios o sus testaferros que hacen de intermediarios y/o promueven negocios aprovechando el acceso privilegiado a los recursos públicos y a sus contactos en la Administración. No sólo su decisiva posición en las tramas apenas recibe penalización, sino que incluso es recompensada si media algún tipo de colaboración en los procesos judiciales.

Llegados a este punto creo pertinente realizar algunas consideraciones sobre la posición de aquellas empresas (sobre todo grandes firmas) cuyo modelo de negocio consiste cada vez más en capturar recursos públicos y modificar en su propio beneficio las regulaciones públicas. No estoy hablando de un fenómeno reciente (si bien en los últimos años se ha intensificado), ni tampoco de prácticas que cabría calificar necesariamente como ilegales, aunque ocupan un espacio fronterizo y opaco. Se trata de algo más amplio que lo contenido en el término «corruptores».

Me refiero más bien a la quintaesencia de un capitalismo oligárquico y a una dinámica, la de los mercados realmente existentes, que claramente apunta a la colonización, a la ocupación de lo público, a partir de la posición de privilegio (y de poder) de los grandes grupos económicos. Podemos convenir, como acabo de señalar, que, en el sentido literal del término, no estamos necesariamente ante prácticas corruptas, pero en mi opinión constituyen el sustrato básico para que se desarrollen y consoliden.

En estas coordenadas cabría situar algunos ejemplos destacados, como el privilegiado acceso de las grandes empresas a los fondos europeos y más concretamente a los recursos asignados por la Unión Europea (UE) para enfrentar las consecuencias de la pandemia y poner los cimientos de la denominada transición verde y digital (NGEU, por sus siglas en inglés); al considerable aumento de los recursos públicos, tanto estatales como comunitarios, destinados al lobby militar; o a los escandalosos beneficios fiscales que disfrutan las corporaciones y las grandes fortunas. En el mismo sentido hay que destacar el privilegiado acceso de los grupos de presión (lobbies) a los espacios públicos –en la UE y en España– donde se moviliza una gran cantidad de recursos y se toman decisiones; grupos que, como sabemos, no hacen ascos, todo lo contrario, a colocar en puestos clave a políticos de «izquierdas» recompensándoles con abultadas (escandalosas) retribuciones.

¿Acaso se actúa para enfrentar esta problemática? ¿Hay interés en abrir el foco del debate para entrar en las raíces mismas de los procesos de corrupción? La respuesta a ambas preguntas es claramente negativa, pero una izquierda verdaderamente transformadora tendría que mirar necesariamente en esa dirección.

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Duele Venezuela

Por: Arantxa Tirado

El pasado 24 de junio, Venezuela padeció dos terremotos simultáneos de gran magnitud, 7,2 y 7,5 en la escala Richter, que provocaron graves daños, especialmente en La Guaira y en los Palos Grandes, en el municipio Chacao de Caracas, así como un número todavía indeterminado de víctimas mortales. Hasta la fecha, las cifras oficiales reportan 1.943 personas fallecidas, 10.571 heridas y 6.461 rescatadas con vida de los escombros. Habida cuenta del colapso de 189 edificios, muchos de ellos de gran altura, es previsible que el número de muertos se multiplique exponencialmente cuando finalicen los rescates.

Los sismos han ocurrido en un país que estaba viviendo una situación excepcional después de que el 3 de enero pasado fuerzas especiales de los EE. UU. secuestraran al presidente Nicolás Maduro y a su esposa, Cilia Flores, actualmente presos en Nueva York y pendientes de juicio. Ese hecho marcó un punto de inflexión en las relaciones entre EE. UU. y Venezuela, que han pasado de la guerra multifactorial abierta y encubierta al marco de una sui géneris negociación diplomática. El resultado, fuera de todo eufemismo, es que Venezuela es hoy un país tutelado de facto por las autoridades estadounidenses, quienes hacen alarde de ello anunciando, además, un plan de tres fases para poner fin a la Revolución Bolivariana: estabilización, recuperación y transición.

Muchas cosas han cambiado en la política entre EE. UU. y Venezuela en los últimos meses, pero ni siquiera estos cambios han puesto fin al sesgo y el prejuicio con el que se informa sobre cualquier cosa que acontece en el país suramericano. Quienes pensábamos que el nuevo momento de la política venezolana iba a ahorrarnos el antiperiodismo, como lo definió Fernando Casado, que se ha ejercido contra la Venezuela bolivariana desde que en 1999 Hugo Chávez llegó a la Presidencia y el país inició un proceso de transformación revolucionaria, estábamos equivocadas. 

No sin estupefacción, y ciertas dosis de indignación agravadas por el dolor profundo ante la tragedia colectiva que se está viviendo todavía en estos momentos, observamos cómo los medios españoles, sea prensa, televisión o radio, se están cubriendo de gloria una vez más al tratar el impacto de los terremotos en Venezuela. De repente, lo que no pasaría de ser un comentario secundario en la información sobre un fenómeno devastador en cualquier otro país, es decir, la capacidad de un Estado, y de sus autoridades gubernamentales, para responder a una catástrofe de tal calibre, adopta una categoría central cuando se trata de Venezuela

Los terremotos como excusa para enjuiciar al chavismo

Rescatar todas las noticias, artículos de opinión, editoriales, comentarios o preguntas insidiosas que nos han regalado nuestros medios en una semana sería inabarcable, pero como muestra destacaré sólo algunos ejemplos con los que me he topado, sin haber realizado una búsqueda sistemática, en los últimos días: “Cuando lo que tiembla es el Estado” (editorial del ABC, viernes 26 de junio), “La solidaridad suple las carencias del Estado en Venezuela” (portada de La Vanguardia, 29 junio), “Los venezolanos esperan que el Gobierno les pueda realojar lo que parece una utopía teniendo en cuenta el debilitamiento crónico de las estructuras venezolanas” (voz en off en el programa “La Hora de La 1” de RTVE), “¿Usted cree que estos terremotos acabarán con un cambio de régimen en Venezuela?” (pregunta a un invitado venezolano en el programa Més Nit de TV3).

En las mesas de opinión, tertulianos convertidos en especialistas en política venezolana se dedican no sólo a cuestionar al Estado sino al Gobierno encargado, a los gobiernos chavistas previos, y, sobre todo, al proceso político en su conjunto. Salvo contadas excepciones en las que el opinador de turno trata de mantenerse en un estado de prudencia, a riesgo de ser tachado de defensor de una “dictadura”, el chavismo es llevado a los tribunales mediáticos con la excusa de los terremotos: “El país está deteriorado después de 20 años de un régimen corrupto, podrido, que ha abandonado a sus propios ciudadanos”; “Yo creo que el chavismo ha sido absolutamente devastador para Venezuela”; “Todos aquí somos perfectamente conscientes de lo que ha sido el régimen chavista”. 

Estas frases se dijeron en 10 minutos de tertulia de un programa matutino de RTVE a pesar de que la televisión pública española está bajo control de un Gobierno supuestamente bolivariano según la (ultra)derecha de este país. El nivel de desubicación llegó al punto de que un venezolano presente, parte de una asociación civil de venezolanos en España, tuvo que poner sentido común llamando a dejar las valoraciones políticas y a centrar el debate en el tema de los terremotos.

Además del juicio sumario al proyecto bolivariano, todavía más desenfrenado, si cabe, en las tertulias de los medios privados, la opinión se ha mezclado con afirmaciones directamente falsas que se han hecho pasar por información: “No hay políticas públicas en Venezuela”; “El Gobierno ni siquiera puede recoger escombros”; “Los edificios caídos fueron construidos por el Gobierno como parte de la Misión Vivienda”; “El Ejército venezolano no está interviniendo”; “El Gobierno está bloqueando el acceso a La Guaira porque quiere impedir que llegue la ayuda” (obviando la necesidad de poner orden ante la avalancha de población voluntaria que trancaba la única vía de acceso a la zona más afectada); y, el remate: “El Gobierno venezolano carece de empatía”. Y así en un no parar de afirmaciones, algunas de las cuales son desmentidas por las propias imágenes que se presentan en dichos programas o tomándose la molestia de informarse por vías alternativas. 

Para dimensionar el nivel de sesgo existente en cómo se está presentando la información sobre la gestión de los terremotos en Venezuela, invito a quien me lea a realizar el ejercicio de pensar qué se dijo sobre la diligencia de las autoridades, o el sistema político mexicano, cuando se produjo el terremoto de 7,1 que padeció México en septiembre de 2017. ¿Alguien en España recuerda quién gobernaba en México entonces? ¿Qué modelo político y económico tuvo en las décadas precedentes? ¿Alguna crítica a las políticas neoliberales? ¿Alguien relacionó los edificios caídos en el epicentro del terremoto, en el Estado de Puebla, con la responsabilidad de su gobernador, la acción de su partido político o la ausencia de políticas públicas? La respuesta a estas preguntas permite entender que Venezuela es objeto, una vez más, de una campaña de deslegitimación y descrédito que parece operar a escala mundial, pues los mismos argumentos los encontramos en otros medios internacionales. 

Cuando la oposición venezolana entra en escena

Con Venezuela todo se “politiza” en el peor sentido del término. Evidentemente, la visión política es importante y debe estar siempre presente. Nadie niega la política que existe en toda actividad o respuesta humana a problemas colectivos. También en la gestión de crisis hay política, y la desidia, la falta de medios o la acción insuficiente por las autoridades, del país que sea, nunca deben ser ocultadas pero sí hay que realizar un ejercicio de transparencia que parta de análisis dimensionados y contextualizados, además de informados, algo que no sucede cuando se trata de valorar cualquier cosa que haya pasado en territorio venezolano. 

A nadie que conozca Venezuela se le escapa que, desde antes de la llegada del chavismo, el país ha adolecido de problemas de gestión, organización y planificación pública seguramente vinculados a una cultura política impregnada de la lógica cortoplacista que otorga la opulencia petrolera. Sin partir de esta verdad, cualquier análisis que ponga un punto de partida problemático en el chavismo carece de honestidad.

En el caso de Venezuela, es prácticamente imposible realizar una evaluación ecuánime porque el debate sobre las limitaciones estatales acaba repitiendo los gastados mantras de cuestionamiento de la soberanía venezolana. De tal manera que el foco sobre lo humanitario, que debería ser prioritario en estos momentos, se desplaza a los intereses partidistas para acabar situando en primer lugar una agenda política que pervierte el debate y pulveriza cualquier atisbo de buenas intenciones. Como resultado, entrevistas a Leopoldo López, tribunas a María Corina Machado o Edmundo González Urrutia se combinan con entrevistas a otros venezolanos de oposición de perfil más bajo sin el contrapeso de análisis con un enfoque distinto.

Desde el momento en que se da voz exclusiva a la oposición venezolana para que sitúe su agenda política, de manera oportunista e irresponsable en medio de la tragedia, sin aportar el testimonio de autoridades venezolanas a un mismo nivel, que puedan desmentir algunas de las mentiras que de manera interesada vierten estas personas, se está tomando un partido que no debería ser propio de una prensa que hace alarde de pluralidad, imparcialidad e independencia

Todo lo que estamos viviendo no es nuevo, es un episodio más de la muerte del periodismo cuando se trata de Venezuela. Periodistas que filtran la información a través de sus prejuicios ideológicos y que son incapaces de esconder su animadversión manifiesta hacia un proceso político soberano y legítimo. Un mal que afecta a todo el espectro ideológico de la profesión periodística, en mayor o menor medida, desde la progresía hasta las posiciones más reaccionarias.

Sólo los rescatistas en el terreno y las voces más técnicas están realizando este ejercicio de evaluación situado, sin prejuicios ideológicos previos, destacando los límites que impone una catástrofe dantesca, imprescindibles para dimensionar las posibilidades de respuesta de cualquier Estado, con independencia de lo eficiente o ineficiente que haya sido con anterioridad. Como lo decía el jefe de la expendición de los Bomberos de la Generalitat de Catalunya el otro día, “Ningún Estado está preparado para una situación de una magnitud como esta, es imposible que el país la pueda atender sin ayuda”.

Conocimiento histórico, análisis geopolítico y defensa de la soberanía venezolana

La realidad de los países se ha de contextualizar históricamente y, también, geopolíticamente. Pero eso está ausente en toda información interesada que quiere aprovechar este momento para seguir atacando al chavismo en Venezuela. Las más de 1.000 medidas coercitivas unilaterales impuestas por EE. UU. que provocaron, en gran parte, la caída del PIB venezolano casi un 80% entre 2012 y 2020, están fuera de la mayoría de los análisis que destacan las limitaciones del Estado venezolano, pero no se preguntan el porqué. 

Evidentemente, tal ofensiva ha tenido como objetivo la asfixia económica y financiera del país, evitar su autonomía e impedir que Venezuela pudiera acceder con libertad a los mercados internacionales, con todo lo que ello conlleva. Conviene recordar, además, que EE. UU. y otros países tienen congelados más de 30.000 millones de dólares del Estado venezolano y que, ahora mismo, es precisamente EE. UU. quien gestiona los ingresos petroleros del país. No estamos hablando de datos menores ni de información irrelevante. Estamos destacando las coordenadas políticas en las que han tenido que actuar los gobiernos chavistas precedentes y con las que tendrá que lidiar el actual Gobierno, ahora con la problemática adicional de necesitar esos recursos para suplir las pérdidas calculadas en 6.700 millones de dólares, en un escenario de poca autonomía política. 

En conclusión, destacar las limitaciones del Estado para atender a una crisis de esta magnitud sin poner en el centro el impacto que ha tenido en el propio Estado el despliegue de una ofensiva bélica en el ámbito económico por parte de la principal súper potencia mundial durante décadas, en cómo EE. UU. está limitando ahora mismo, además, que Venezuela pueda disponer de sus ingresos petroleros y sus reservas, en cómo ni siquiera es capaz de levantar sus restricciones unilaterales –salvo licencias muy puntuales que son funcionales a sus empresas y bancos–, es un ejercicio de deshonestidad. Una deshonestidad todavía más grave porque se da en un contexto en que EE. UU., junto con continuar desangrando a Venezuela, puede aprovechar la crisis para profundizar en su agenda de cambio de régimen, ahora queriendo controlar también el pingüe negocio de la reconstrucción.

Dejemos a Venezuela trabajar en conjunto, desde su Estado, su Gobierno, los numerosos voluntarios, su protección civil, sus bomberos, los rescatistas de las más de 51 delegaciones internacionales, los perros de rescate que tanto ayudan a salvar vidas y todas las personas que, en estos momentos, están preocupadas por lo más urgente e importante: la vida humana. Y, sobre todo, seamos conscientes de que la mejor manera de ayudar a largo plazo es abogar por que el sistema internacional del futuro sea un orden en que Venezuela, y cualquier otro país del mundo, tenga o no recursos petroleros, pueda tener un desarrollo soberano, aunque sea en contra de los intereses de los EE. UU. Este sería el primer paso para respaldar a Venezuela. Quizás algunos lleguen tarde, pero, como dice el refrán, más vale tarde que nunca.

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Actos de Dios

Por: José Ovejero

29 de junio

Seguía pensando en los parecidos entre la época actual y los albores de la Primera Guerra Mundial y me decía que en ambos momentos las sociedades occidentales han sido sacudidas por la inseguridad, no debida a la delincuencia que tanto exageran nuestras derechas actuales, sino en la manera de entender el mundo.

Antes del 14 la suma del psicoanálisis, la teoría de la relatividad y la física cuántica había desmontado buena parte de las certezas sobre las que se fundamentaba el sentido común, ese consenso que parece flotar por encima de las ideologías. Los ciudadanos europeos ya no eran quienes habían creído ser –ni actuaban por los motivos que suponían la base de sus actos– ni el universo se comportaba tal como habían pensado desde Newton. Ni siquiera el arte ofrecía el consuelo de la belleza que buscaban en él buena parte de la burguesía y también del proletariado frente a las nuevas incertidumbres; en lugar de poder conmoverse en una exposición ante un amanecer radiante o disfrutar con un hermoso cuerpo desnudo, se encontraban con espantajos cubistas y los colores chillones de los fauvistas. El dadaísmo, ya empezada la guerra, daría la puntilla con sus provocaciones de mal gusto a las expectativas de un arte reparador.

Hoy la ingeniería genética, la inteligencia artificial y el transhumanismo derriban los límites entre el ser humano y la máquina y desvalorizan las capacidades del primero, visto como imperfecto e inútil en muchas de las tareas de las que estaba orgulloso. Tampoco el arte nos ayuda hoy, producido cada vez más por sistemas digitales que socavan cualquier principio de autoridad y de autoría, ya devaluadas por la posmodernidad.


Y si hace pocos días anotaba las inseguridades de los varones en ambos momentos históricos, hoy me lo confirma para el actual una noticia de un periódico. En una anotación anterior me maravillaba de que haya hombres operados de fimosis volviéndose a operar para implantarse un prepucio, que, al parecer, consideran parte importante de su identidad masculina. Aún me dejó más perplejo leer ayer que también hay hombres –quizá en parte los mismos– que se inyectan un suero en los testículos para aumentar su volumen; según la crónica, el saco escrotal puede alcanzar así incluso el tamaño de un mango o de un melón pequeño, imagen que habría preferido que no entrara en mi cabeza.


30 de junio

Hace un par de tardes, nuestra vecina organizó una minihoguera de San Juan ahora que han vuelto las lluvias a nuestra zona y no hay peligro de incendio. Y he vuelto a desesperarme con mis dificultades para seguir una conversación en euskera. Llevo más de un año aprendiéndolo –es verdad que con fases en las que apenas le he podido dedicar tiempo– y apenas noto avances a la hora de comunicar con mis vecinos.

Es decir, sí he hecho avances en el aprendizaje. Podría traducir por ejemplo «el hijo mayor de mi tía del pueblo ha venido a ese edificio de ahí para dejar a su perro negro», u otras frases absurdas por el estilo que habría sido incapaz de traducir hace pocos meses (me habría equivocado en los tiempos, en los casos, en las terminaciones que dependen de las preposiciones…). Y me alegra darme cuenta de que cada vez cometo menos errores en los ejercicios. Pero luego, cuando podría aplicar lo aprendido, soy incapaz de decir más de dos palabras seguidas. Y me cuesta muchísimo entender incluso frases en las que debería reconocer todas las palabras.


1 de julio

Hoy hemos ido caminando hasta Ondarroa con la intención de darnos un baño. Al llegar, vemos la bandera roja y otra con la señal de prohibido bañarse. Enseguida pensamos que habrán llegado ya las medusas, aunque hay una bandera específica para indicarlo. No es ese el motivo, tampoco el oleaje, que hoy era muy suave. El agua está contaminada por E. coli. El año pasado ya nos avisaron de que en Saturraran, la playa contigua que frecuentábamos antes, a menudo las aguas están muy contaminadas por los vertidos industriales arroyo arriba y no es difícil que el baño te cueste coger una infección estomacal.

Ahora recuerdo que también a finales del verano anterior escribí una entrada en el diario tras ver franjas de espuma amarilla en el mar. La suciedad se ha convertido en parte del paisaje. Hemos aceptado como algo normal o como un mal menor que nuestra forma de vida ensucie lo que nos rodea y, también, que cause muertes. Resoplamos molestos por el calor inusual o nos asquea la suciedad del mar, pero respondemos a esas consecuencias de nuestros hábitos como si fuesen inevitables, con la resignación que podríamos sentir ante un terremoto o un alud. «Acts of God», se llama en inglés en el lenguaje jurídico y de seguros a los acontecimientos inevitables que no son culpa de nadie, como, precisamente, los terremotos. Pero, en realidad, Dios pinta muy poco en muchos de ellos: antes podíamos decir que las tormentas o los incendios forestales eran actos de Dios o de la naturaleza, pero hoy sabemos que los humanos nos hemos convertido en ayudantes solícitos a la hora de provocar catástrofes.

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Europa ya no tiene doble rasero

Por: Guillem Pujol

Hay un titular que lleva años circulando, con variaciones, por la prensa progresista europea. Suena más o menos así: «La UE contradice sus valores». O bien: «La hipocresía de la UE en materia migratoria». O algo del estilo: «Los valores europeos se detienen en el Mediterráneo», etc.


En esta línea, Lola Hierro firmaba en El País un artículo titulado: «El doble rasero de la UE en migración: defiende los derechos humanos mientras pacta con regímenes represivos». En él, la autora señala y explica perfectamente cómo la UE llega a acuerdos con países terceros –de dudosa o nula reputación en cuanto a la protección de los derechos de las personas migrantes– para no tener que lidiar ella misma con la contradicción que implica envolverse con el manto de los valores mientras se maltrata sistemáticamente a la gente que dicen querer proteger.

Y si bien el artículo pone el dedo en la llaga y muestra el funcionamiento real de la política migratoria europea, hay un problema con el titular que propone al señalar la existencia de una contradicción, de una tensión irresuelta entre el discurso y la práctica de la Unión Europea; porque el doble rasero implica hipocresía, y la hipocresía implica que todavía hay algo que ocultar, en tanto que se reconoce lo que transgrede.

Pero esta Europa ya no tiene nada que ocultar. Los valores ya son otros. Lo que durante décadas funcionó como escándalo –la connivencia entre retórica de derechos y acuerdos con dictadores– ha dejado de ser una excepción gestionada con discreción y se ha convertido en la arquitectura misma de la institución.

De la hipocresía al modelo

La Declaración UE-Turquía de 2016 fue el momento bisagra: por primera vez, la Unión pagaba de forma explícita y masiva a un tercer Estado para que actuara como tapón humano en sus fronteras. Seis mil millones de euros a un régimen que en ese mismo período encarcelaba periodistas, purgaba jueces y bombardeaba kurdos en el sureste del país. Una decisión «estratégica» que marcó un camino que ha acabó cristalizando el 12 de junio de 2026 –hace apenas dos semanas– cuando entró en vigor el Nuevo Pacto Europeo de Migración y Asilo. Fue aprobado en el Parlamento Europeo el 10 de abril de 2024, por un margen estrecho –300 votos a favor, 270 en contra– y adoptado por el Consejo el 14 de mayo del mismo año. Después de una década de negociaciones bloqueadas, la maquinaria legislativa europea consiguió ponerse de acuerdo.

Desde entonces, la lógica se ha replicado y normalizado. El memorando con Túnez en 2023 se saldó con 105 millones para la «contención fronteriza» en un país donde Kaïs Saïed ha liquidado lo que quedaba de separación de poderes. El acuerdo con Egipto en 2024 destinó 200 millones a gestión migratoria –dentro de un paquete global de 7.400 millones que incluye préstamos macroeconómicos y garantías de inversión– a Al Sisi, cuyo régimen acumula denuncias de desapariciones forzadas, torturas y detenciones arbitrarias documentadas por Amnistía Internacional y Human Rights Watch. En marzo del mismo año, Mauritania recibió 210 millones en marzo de 2024, mientras HRW documenta violencia sexual y expulsiones colectivas contra migrantes en su territorio. Y luego está el caso de Marruecos, que acumula cientos de millones en acuerdos de este tipo sin que nadie le pida explicaciones por la tragedia de Melilla en 2022, todavía sin responsables.

Esta nueva Europa se ha ido gestando lentamente desde el Consejo –donde se reúnen los ministros de los Estados miembros– pero acabó de cristalizar con la nueva composición del Parlamento después de las elecciones de junio de 2024, que dejaron una cámara claramente escorada a la derecha: retroceso de los verdes y los liberales, crecimiento de la extrema derecha tanto en el grupo de los Conservadores y Reformistas –donde se encuentran Fratelli d’Italia de Meloni y el polaco Ley y Justicia– como en el nuevo grupo Patriotas por Europa –sucesor de Identidad y Democracia, con el Reagrupamiento Nacional de Le Pen, la Liga italiana y el FPÖ austriaco– y en Europa de las Naciones Soberanas, donde quedó encuadrada la AfD alemana.

El fenómeno central, con todo, no fue el crecimiento de la extrema derecha en sentido estricto, sino que el Partido Popular Europeo, primera fuerza de la Cámara, asumió sistemáticamente sus posiciones en materia migratoria. La extrema derecha marca el camino, y la derecha no tan extrema le sigue. Lo mismo que en España, vaya.

El Pacto de la vergüenza que ya no avergüenza

El Nuevo Pacto Europeo de Migración y Asilo, adoptado en 2024 tras años de negociación, da forma jurídica a esta reconfiguración, convirtiendo lo que antes se consideraba extraordinario en un fenómeno meramente administrativo.

El procedimiento fronterizo de asilo permite retener a solicitantes en zonas de tránsito mientras se tramita su caso, en condiciones que varias organizaciones han asimilado a detención de facto. La cláusula de crisis y fuerza mayor autoriza a los Estados miembros a suspender garantías procedimentales básicas en situaciones de presión migratoria –una categoría lo suficientemente elástica como para volverse permanente–. El concepto de país tercero seguro se ha expandido para incluir a Estados con los que el solicitante no tiene vínculo real, lo que facilita deportaciones en cadena hacia destinos que la propia UE ha denunciado en otros contextos.

Y luego está la «externalización», lo que vendría a significar simple y llanamente pagar para que otros hagan el trabajo sucio; ya sean guardacostas libios equipados con patrulleras italianas interceptando embarcaciones en aguas internacionales, o policías marroquíes linchando migrantes subsaharianos para que no salten la valla. Todos ellos devueltos –o los que tienen la «suerte» de no morir en el intento– a centros de detención donde la ONU ha documentado esclavitud y tortura.

Así que llamar hipócrita a Europa sería, paradójicamente, demasiado generoso. Pero, en fin, si alguien se quiere consolar, se puede agarrar a eso: al menos ya no tenemos doble rasero.

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El saqueo de los símbolos: de la invención de la tradición al populismo reaccionario

Por: Jose Mansilla

Este artículo se publicó originalmente en Catalunya Plural. Puedes leerlo en catalán aquí.


Hay una historia que se repite y es la historia de la expropiación de las clases populares, a nivel material y simbólico. Así, aquello que nace desde y por ellas, que surge de sus formas de vida, de sus celebraciones, de sus conflictos y de sus luchas, raramente permanece bajo su control. Una y otra vez, a lo largo de la historia contemporánea, los sectores subalternos no solo han trabajado la tierra y las fábricas o han servido a las clases altas, sino que además han producido imaginarios, tradiciones y repertorios culturales que posteriormente han sido apropiados por otros actores con mayor capacidad para definir su significado. Primero fueron las burguesías nacionales del siglo XIX. Hoy son las nuevas extremas derechas. Los símbolos cambian de dueño; las clases populares siguen perdiendo.

El historiador Eric Hobsbawm explicó magistralmente este proceso en Nación y nacionalismos desde 1780. Frente a la idea romántica de que las naciones existen desde tiempos inmemoriales, Hobsbawm mostró cómo estas son construcciones históricas relativamente recientes, vinculadas al desarrollo del capitalismo industrial, la expansión de los Estados modernos y la necesidad de generar lealtades colectivas entre poblaciones cada vez más amplias. Para construir una nación no bastaban fronteras, instituciones o ejércitos. Hacían falta emociones. Hacían falta relatos. Hacían falta símbolos capaces de producir un sentimiento de pertenencia. Y esos símbolos, en gran medida, se extrajeron de las culturas populares. Las canciones campesinas, las fiestas locales, los bailes regionales, los trajes tradicionales o las lenguas vernáculas fueron recopilados por intelectuales, folkloristas y funcionarios estatales que los transformaron en expresiones de una supuesta esencia nacional. Lo que antes pertenecía a comunidades concretas pasó a representar a millones de personas que jamás habían compartido experiencias vitales comunes.

La invención de la tradición

Es aquí donde aparece otro de los conceptos fundamentales asociados a Hobsbawm: la invención de la tradición. Muchas de las prácticas que hoy consideramos ancestrales son, en realidad, construcciones modernas. No porque fueran completamente falsas, sino porque fueron seleccionadas, reinterpretadas y reorganizadas para responder a necesidades políticas contemporáneas. La tradición, lejos de ser una herencia inmutable, es muchas veces una tecnología de poder. Las burguesías nacionales del siglo XIX comprendieron perfectamente esta lógica. Necesitaban cohesionar sociedades profundamente desiguales y encontraron en la identidad nacional una herramienta extraordinariamente eficaz. Las culturas populares se convirtieron en materia prima para fabricar sentimientos nacionales. Sin embargo, mientras las élites convertían las costumbres populares en patrimonio de la nación, las clases trabajadoras seguían viviendo en condiciones de explotación, pobreza y exclusión política. La apropiación simbólica servía para integrar culturalmente aquello que continuaba subordinado materialmente. Lo interesante es que este proceso no ha desaparecido. Simplemente ha cambiado de protagonistas.

Las nuevas extremas derechas han demostrado una enorme habilidad para ocupar espacios simbólicos que durante décadas parecían pertenecer a otros. Por supuesto, han continuado apropiándose de tradiciones nacionales, fiestas populares o imaginarios patrióticos. Pero también han comenzado a disputar símbolos históricamente vinculados a la izquierda. Quizá uno de los fenómenos más llamativos de los últimos años sea precisamente como determinados movimientos reaccionarios han dejado de presentarse exclusivamente como defensores del orden establecido para adoptar estéticas, lenguajes y gestualidades procedentes de culturas políticas antagonistas. El puño levantado, durante décadas asociado al movimiento obrero, al antifascismo o a las luchas por los derechos civiles, aparece hoy en manifestaciones y campañas de sectores ultranacionalistas. Solo hay que ver a Trump. Lo mismo ocurre con ciertos discursos sobre la defensa del pueblo frente a las élites, la crítica a las oligarquías globales o incluso la reivindicación de formas de solidaridad comunitaria. Naturalmente, no se trata de una continuidad ideológica. Es una operación de resignificación. Los símbolos permanecen; su contenido político cambia.

La extrema derecha contemporánea ha comprendido algo que buena parte de la izquierda parece haber olvidado: las identidades colectivas no se construyen únicamente mediante programas políticos, sino también mediante emociones, símbolos y relatos compartidos. Por eso disputa los códigos culturales de las clases populares. Por eso se presenta como portavoz de los olvidados. Por eso intenta apropiarse incluso de repertorios visuales históricamente asociados a las luchas emancipadoras. No es casualidad que algunos de estos movimientos combinen referencias patrióticas con estéticas obreras, ni que intenten presentarse como representantes de trabajadores golpeados por la precarización económica. Lo que está en juego no es simplemente una batalla electoral, sino una lucha por el significado mismo de lo popular. Y aquí reaparece una vieja intuición de Hobsbawm. Las tradiciones no son realidades naturales; son construcciones históricas sometidas a disputa permanente. Del mismo modo que las élites nacionales del siglo XIX reinventaron elementos culturales populares para construir la nación, las extremas derechas actuales reinterpretan tanto las tradiciones nacionales como ciertos símbolos de la izquierda para construir nuevos proyectos reaccionarios.

El problema es que, en ambos casos, las clases populares terminan funcionando como una reserva simbólica de la que otros extraen recursos políticos. Sus formas de vida son convertidas en identidad nacional. Sus costumbres son elevadas a patrimonio colectivo. Sus símbolos de lucha son reciclados por movimientos que muchas veces defienden políticas contrarias a sus intereses materiales. Y mientras tanto, los problemas que afectan a la mayoría social permanecen prácticamente intactos. La vivienda se vuelve inaccesible. Los salarios pierden poder adquisitivo. Los servicios públicos se deterioran. La precariedad se cronifica. Pero el debate público se desplaza constantemente hacia cuestiones identitarias donde los símbolos ocupan el lugar que antes tenían los conflictos distributivos.

Tal vez esta sea la gran tragedia política de nuestro tiempo. Mientras las clases populares continúan produciendo cultura, sociabilidad y comunidad, otros monopolizan la capacidad de convertir todo ello en capital político. Lo hicieron las burguesías nacionales cuando inventaron las tradiciones que debían unir a la nación. Lo hacen hoy las extremas derechas cuando transforman esas mismas tradiciones —y hasta algunos símbolos históricos de la izquierda— en herramientas de exclusión y reacción. La historia contemporánea puede leerse, en buena medida, como una sucesión de estas expropiaciones simbólicas. Un proceso en el que los de abajo generan los significados y los de arriba administran sus beneficios. Cambian las banderas, cambian los discursos, cambian los propietarios temporales de los símbolos. Lo que rara vez cambia es quién acaba pagando el coste de la operación. Porque cuando la cultura popular se convierte en mercancía política, quienes la produjeron suelen quedarse, una vez más, sin ella.


Jose Mansilla es antropólogo urbano y profesor en la Universitat Autònoma de Barcelona.

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Mujeres en guerra

Por: José Ovejero

Vemos Mujeres heroicas, de la polaca Wanda Jakubowska. La directora había estado prisionera en Auschwitz y regresa allí para rodar esta película ya en 1947. Probablemente es la primera película no documental centrada en la vida en un campo de exterminio. Hay otras –pocas– de esos años que tocan el tema del Holocausto, pero a menudo más interesadas en situaciones rocambolescas fuera del campo –en general, persecuciones de nazis– que en aproximarse de verdad al horror cotidiano. Y estoy seguro de que es la primera película con ese tema dirigida por una mujer y la primera que relata la vida de ellas en los barracones. En Mujeres heroicas –en polaco se titula, si entiendo bien, La última etapa, menos rimbombante– lo central es el día a día de la supervivencia de las mujeres en Auschwitz, atravesado por las humillaciones y la violencia continuas a las que son sometidas, y sostenido por la solidaridad –sororidad, diríamos hoy–, la ayuda mutua, el afecto, aunque también amenazado por la mezquindad y la avaricia de algunas; o, sencillamente, porque el miedo a morir empuja a otras a realizar acciones de una dureza extrema, como cuando una prisionera convence a una enfermera para que no dé un medicamento a una compañera cercana a la muerte y se lo dé a ella.

No solo es una película importante por su contenido; la puesta en escena y la fotografía son impresionantes.


23 de junio

El año pasado, cuando apenas llevábamos tres meses en nuestro nuevo barrio, una vecina nos invitó a participar en la hoguera de San Juan que organiza todos los años en su prado. L., que después se convirtió en nuestra profesora de euskera, también nos había invitado este año. Solo que este año al final no ha habido hoguera: después de varias semanas sin llover y con un calor inusual, habría sido temerario encender una.


24 de junio

He leído muchas comparaciones entre la época actual y la República de Weimar; es comprensible, si nos fijamos en el auge de la ultraderecha, la división de la izquierda, la búsqueda de chivos expiatorios –entonces, los judíos, ahora los inmigrantes o los musulmanes–. Pero mientras leo El cielo y las ruinas, de Juan Andrade, me pregunto si no sería más acertado establecer la analogía con los años previos a la Gran Guerra de 1914. Si antes del 14 hubo un cambio fundamental en la producción industrial –el fordismo y la cadena de montaje– que se puso al servicio de la guerra, en las últimas décadas hemos asistido a la digitalización y la aplicación de la inteligencia artificial, que como toda revolución tecnológica, también es una herramienta básica de las confrontaciones bélicas. Y si en la Primera Guerra Mundial el submarino, el avión y la industria química transformaron las maneras de matar al enemigo –y, cada vez más, a la población civil– hoy desempeñan esas tareas los drones y la automatización de la destrucción.

Hubo entonces como hoy una crisis de identidad masculina; las máquinas que suplantaban su trabajo, el aumento de los empleos en el sector de servicios, la disolución de los vínculos masculinos tradicionales en la vida urbana, el crecimiento del empleo femenino –con la consecuente mayor independencia de las mujeres– y las reivindicaciones feministas empujaron a muchos hombres a buscar en la guerra una expectativa de autoafirmación individual y de la esfera masculina. Hoy los rasgos y las causas son algo diferentes, pero está claro que el ego herido de muchos hombres es una base sólida para nuevas propuestas políticas agresivas y la reivindicación de una virilidad cuyo prestigio añoran.

Y si entonces había una pelea encarnizada por las materias primas y los mercados de las colonias que fomentó el nacionalismo más agresivo, hoy la escasez de recursos tradicionales como el petróleo, pero sobre todo la necesidad de hacerse con las materias primas para la revolución de la inteligencia artificial, está promoviendo también la vuelta al nacionalismo competitivo más desaforado.

Antes del 14 parecía imposible que sociedades más prósperas de lo que habían sido nunca estuviesen dispuestas a embarcarse en una gigantesca tarea de destrucción y autodestrucción. También hoy podría parecérnoslo. Pero hoy y ayer coinciden en que las principales fortunas empujan a la confrontación y financian una prensa cada vez más vocinglera y polarizadora.

Podría continuar con las analogías –que las hay, como también diferencias– y profundizar en ellas. Pero ahora lo que me interesa anotar es que la bestialidad de la guerra es una posibilidad no tan lejana de Europa Occidental como pensamos. La condición sine qua non para toda escalada bélica, el rearme, ya está en camino.

Y también el trasvase de votos y de conciencias hacia las opciones más beligerantes. Cuando empezamos a justificar masacres a nuestra puerta, es que estamos preparando el terreno para comenzar a cometerlas.

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