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No a la militarización de Europa

Por: Fernando Luengo

Está en la cabecera de todos los medios de comunicación. La decisión de la Administración estadounidense de retirar una parte de las tropas desplegadas en Europa –cuando escribo estas líneas está todavía pendiente el alcance de esta decisión–, empezando por una parte, todavía relativamente reducida, de las situadas en Alemania.

¡Todas las alarmas se activan ante la situación de «desprotección» en que quedaría Europa ante la retirada estratégica del «amigo americano»!

Y como cabía esperar, en esta encrucijada resuenan con más fuerza si cabe –ya disponían de altavoces muy potentes– las voces que, ante la necesidad de enfrentar un entorno geopolítico hostil y crecientemente amenazante (empezando, según este relato, por Rusia), reclaman reforzar el gasto militar europeo: dicho gasto se presenta, pues, como la piedra angular de la supervivencia y de la influencia del denominado «proyecto europeo». Quienes dan esto por descontado, por evidente, sitúan el debate en la dimensión de este gasto militar, dado que, aunque ha aumentado con intensidad en los últimos años, en este escenario, sería claramente insuficiente, y en si debe realizarlo cada gobierno o la Unión Europea; los más «europeístas» se alinean claramente por esta segunda alternativa.

En realidad, nada nuevo bajo el sol. Con el diagnóstico de que esa amenaza, la retirada estratégica de Estados Unidos, es real y creciente, los principales responsables comunitarios y la mayor parte de los gobiernos europeos (también el nuestro) ya están tomando decisiones en la dirección de reforzar el rearme. Con estos mimbres, encargados por la Comisión Europea, se han elaborado los informes Draghi y Letta; en ambos, el gasto militar debería convertirse en un engranaje clave del proyecto de reestructuración y modernización de las economías europeas. En consecuencia, no estaría sólo vinculado ni determinado por la existencia de una amenaza externa. Un planteamiento de gran calado que abre las puertas de par en par a la militarización de las economías europeas y a la justificación de la misma en nombre de más y mejor Europa.

Estamos ante un debate que, sin duda alguna, resulta crucial para el presente y el futuro de la ciudadanía europea (no sólo presenta una dimensión institucional) y que los enunciados que acabo de describir de manera sucinta lo meten en una (interesada) camisa de fuerza… que en modo alguno la gente de izquierdas podemos dar por buena.

Porque, esta es la idea fundamental que quiero trasladar en estas breves notas, ese debate no se puede abordar al margen de las necesidades sociales, productivas y medioambientales existentes, que hay que dimensionar y acometer con urgencia. Porque, reconozcámoslo, no sigamos mareando la perdiz, lejos de los discursos autocomplacientes del estilo «la economía va como un tiro», en realidad, aunque haya mejorado en algunas dimensiones, no va bien en aspectos fundamentales para las clases populares y especialmente para los colectivos situados en las condiciones más precarias: vivienda inaccesible, salarios estancados o en retroceso, indicadores de degradación climática disparados, concentración extrema de la renta y la riqueza, deuda externa imposible de abordar, oligopolización de las estructuras empresariales… y ahora, fuerte aumento de la tasa de inflación, que impactará negativamente sobre las condiciones de vida de la mayor parte de la población y que, como siempre, proporcionará un plus de beneficio a unos pocos.

Si no se cuantifican estas necesidades, si no se diseñan políticas audaces en la dirección de abordarlas y corregirlas, si no se moviliza a las clases populares, si se presupone, erróneamente, que esa agenda es compatible con la estrategia militarista que todo lo contamina (la realidad es que es claramente incompatible)… recorreremos el camino equivocado, el que favorece al complejo militar-industrial y a las corporaciones y oligarquías que se benefician del mismo; estaremos renunciando, de hecho, a la implementación de políticas comprometidas con la igualdad y la lucha contra el cambio climático, que quedarán reducidas a pura palabrería… y, tengámoslo muy en cuenta, abriremos el camino a la extrema derecha y a las derechas extremas.

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¿Los inmigrantes? Que se integren los policías

Por: José Ovejero

3 de abril

Siempre que tengo que referirme a Edurne ante un tercero que no la conoce. Mi reflejo espontáneo es decir «mi mujer», pero me genera incomodidad que no exista el equivalente masculino, «mi hombre», porque sospecho que hay ahí algún machismo agazapado, aunque no acabe de dilucidar en qué consiste. En alemán no existe esa asimetría: Mein Mann, meine Frau, mi hombre, mi mujer, dicen con toda naturalidad. Existe también Gatte/Gattin, cónyuge, pero prácticamente no se usa salvo en los formularios y en plural para referirse a dos personas casadas.

¿Qué decir entonces? «Mi esposa» me resulta rancio porque parece revelar más el estado civil que una relación; «mi compañera» también, pero en la otra dirección, porque da a entender que no hay vínculo administrativo; en ambos casos se añade una información irrelevante o que no tengo por qué dar a la gente con la que hablo. «Mi pareja» parece más neutro, y el término tiene la ventaja de poder ser utilizado independientemente del género al que pertenece cualquiera de los dos, también por personas no binarias.

Me fijaré en qué eligen otras personas y si la palabra que utilizan refleja la idea que me hago de ellas.


En la estación de autobuses de Avenida de América mientras espero al que debe llevarme a Bilbao. Dos policías uniformados y un tercero que supongo policía de paisano, pasean por la estación. Al llegar a la altura de un banco en el que están sentadas varias personas, se dirigen a un joven de aspecto latinoamericano y le piden la identificación. Dos asientos más allá está sentado otro hombre, este de aspecto magrebí –y sé lo subjetivas que son estas apreciaciones–, al que también piden la identificación momentos después.

Ninguno de los dos había hecho nada que pudiera alterar el orden ni dar lugar a sospechas de actividad delictiva. A los demás, ni nos miran.

Estos días hemos leído varias noticias tanto sobre los controles discriminatorios a personas racializadas como de la brutalidad policial que a veces los acompañan. Por un lado se exige a los inmigrantes que se integren en la sociedad española –signifique eso lo que signifique– y por otro se les recuerda una y otra vez que no pertenecen ni pueden pertenecer a ella, humillándolos en público, intimidándolos, tratándolos como criminales potenciales.

Estaría bien que fuesen los policías –y sobre todo sus mandos– quienes se integrasen en la sociedad española entendiendo y apreciando su diversidad.


8 de abril

Semana horrorosa en lo que se refiere a la política internacional; el grado de matonismo despiadado que se está alcanzando es tan ridículo como aterrador. Y resulta repulsivo el servilismo interesado de varios líderes europeos, en especial de Friedrich Merz. Ni conciencia ni vergüenza.

Firmo en la campaña de la Alianza de la Izquierda Europea para que se suspenda el Acuerdo de Asociación UE-Israel. Se necesitan un millón de firmas y van por algo más de setecientas mil. Me llama la atención –y no sabría explicar el motivo– que, mientras algunos países como Austria, República Checa y Luxemburgo tienen una participación bajísima, Francia, Italia, Irlanda y España la tienen muy elevada. En general, los porcentajes más altos se dan en los países con partidos que son miembros de la Alianza, pero hay excepciones: Portugal, con un partido en ella, pero con participación muy baja; y Bélgica e Irlanda, que no lo tienen y sin embargo ha firmado un porcentaje de sus ciudadanos muy por encima de la media.

Seguro que hay una explicación, pero la ignoro.


12 de abril

Me escribe una de mis hijas. Me habla de su miedo a la guerra: como alemana, madre de tres jóvenes alemanes, está espantada por la ley que les obliga a pedir una aprobación previa si desean pasar más de tres meses en el extranjero. Además el canciller ha declarado que su intención es que el Ejército alemán sea el más poderoso de Europa. El rearme militar y mental entran en una nueva etapa en un país destrozado por dos guerras mundiales y con una conciencia –cada vez más débil– de haber sido el mayor responsable de crímenes de guerra de la historia.

Es desolador que estemos otra vez ahí, que el miedo –azuzado convenientemente– pueda llevar a nuestras sociedades a contemplar la autoinmolación y el crimen colectivos como salida. Putin es una amenaza real. Siempre ha habido amenazas reales. Pero la escalada del miedo y del patriotismo también es una amenaza en cualquier país. Y muy particularmente en Alemania. También para los alemanes.


13 de abril

Y aquí estamos, alegrándonos muchísimo porque las elecciones húngaras las ha ganado un conservador que hasta hace poco era miembro destacado de un partido de ultraderecha. Qué tiempos.


Si un día decidiera ser hincha de un equipo de fútbol –cosa no muy probable–, mi equipo sería el Unión Berlín, y no solo por ser el primero de las grandes ligas en nombrar una entrenadora. Hace tiempo que me resulta un equipo simpático por su historial antinazi y su cultura comunitaria. Y que su himno lo cante Nina Hagen es la guinda del pastel.

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