🔒
Hay nuevos artículos disponibles. Pincha para refrescar la página.
✇lamarea.com

Hernán Zin: “Palestina va a desaparecer”

Por: Manuel Ligero

Esta entrevista con Hernán Zin se publicó originalmente en la revista de La Marea. Puedes conseguir un ejemplar y suscribirte en nuestro kiosco.

«Estoy muy cabreado». Hernán Zin (Buenos Aires, 1971) no oculta que le hierve la sangre cuando habla de Gaza. Allí rodó en 2014 un aclamado documental, Nacido en Gaza, en el que mostraba el impacto que la violencia y la ocupación israelí tenían sobre un grupo de niños palestinos. Diez años después, en mitad del genocidio, se reencuentra con tres de ellos (Mohamed, Bisan y Udai) para hacer la segunda parte: Todos somos Gaza. Esta vez no ha podido rodar en persona, porque la entrada a la Franja está prohibida para la prensa extranjera. Ha tenido que hacerlo a distancia, dirigiendo a su equipo por teléfono, temiendo continuamente por su suerte. Su director de fotografía, Ebrahem Abu Eshieba, fue asesinado durante el rodaje. La experiencia ha reabierto la herida del estrés postraumático, un trastorno que arrastra tras muchos años como reportero en zonas de conflicto. Pero lo de Gaza, dice, no tiene comparación con nada que haya visto antes.

¿Retomar la historia de los niños de Nacido en Gaza era algo que tenía clavado? ¿Mantuvo el contacto con ellos a lo largo de estos años?

Sí, mantuve el contacto. Siempre tuve el deseo de contar cómo había sido su vida bajo el bloqueo, pero no esperaba hacerlo en estas circunstancias. Aunque el genocidio siempre estuvo ahí. Desde que llegué allí por primera vez entendí que había una voluntad de erradicar a esta población encerrándola, cortándole el agua, la electricidad, el acceso a los alimentos, a las medicinas, a los libros. Era un genocidio a cámara lenta. Siempre fue un genocidio.

En situaciones así, ¿se piensa en ayudar a la gente a salir de allí?

Yo nunca quise sacarlos de allí. Se saca a los heridos, eso sí. Pero nunca he pensado en protegerlos sacándolos de allí. Eso sería un triunfo del sionismo. En este caso, o en Congo, o en Afganistán, o en Somalia, lo que quiero es que el país esté bien y que prospere. Y que se termine con la violencia y con todo el negocio que hay detrás. Yo lo que quiero es sacar a los colonizadores, no a los oprimidos. La gente se quiere ir y van a acabar yéndose todos, lo entiendo, pero la solución no es esa. Imagine que sacáramos a todos los que han sido masacrados en Ruanda o en Myanmar. Ganarían los que tienen poder.

Usted nunca ha compartido esa premisa periodística de no implicarse demasiado en la noticia que está contando.

No, pero es que yo no me considero periodista. Yo soy un contador de historias. Hay compañeros periodistas que bromean conmigo diciendo: «Tú siempre estás con las víctimas». Me parece bien. Uno cuenta la parte militar, otro cuenta la parte política y yo estoy con las víctimas. Esa es mi vocación. Que cada uno cuente lo suyo. Yo tomé partido hace mucho tiempo, la primera vez que visité un barrio de chabolas en Calcuta. Estoy con los oprimidos. Ese es mi punto de vista narrativo.

Hay un momento del documental en el que Mohamed dice: «Que Dios perdone a quien nos está haciendo esto». Me sorprendió no ver maldiciones contra Israel en la película. ¿Las ha cortado o no las había?

Yo nunca las he oído, al menos entre la gente que yo conozco. Otra cosa es ir a una manifestación de Hamás, allí puedes oír todo tipo de proclamas. Pero en Gaza la gente es bastante moderada. Hay mucho más odio en Israel. Yo recibo cien amenazas de muerte al día, me llaman antisemita a todas horas… Ves mucha más violencia del lado de los agresores. Ocurre en todos los conflictos, no sólo en Gaza.

La primera parte, Nacido en Gaza, ha tenido un éxito extraordinario en Netflix.

Sí, se estrenó en la plataforma en 2018 y en 2023 la reventó. Estuvo entre lo más visto en muchos países. Se pasó en la ONU, en el Banco Mundial… Y sigo recibiendo miles de peticiones para proyectarla. Ahí fue cuando entendí que estaba obligado a hacer una segunda parte. Desgraciadamente, los derechos se cumplieron el año pasado y Netflix no ha querido renovarlos.

¿Por razones políticas?

No lo sé. Tampoco quieren la segunda parte.

Conociendo el éxito internacional que ha tenido Nacido en Gaza, ¿le han llamado para hacer entrevistas de promoción de esta segunda parte en Estados Unidos, Argentina o Alemania?

Por ahora, de esos países sólo recibo insultos y amenazas. Lo de Alemania es lo que más me sorprende. En Argentina, en cambio, siempre ha sido así. Mi primer libro sobre Gaza es de 2006 y no lo pude presentar en Buenos Aires porque amenazaron de muerte a mi familia. Lo presenté en México y en Madrid. Argentina está perdida. Está tomada por el sionismo. De hecho, ahora cualquier crítica se considera un crimen antisemita, como en Estados Unidos. Aunque allí sí me han entrevistado muchas veces. En España no sabemos la suerte que tenemos de poder estar hablando de esto libremente. Ayer estuve en la radio pública y pude decir todo lo que quise. Le aseguro que eso no pasa en Francia ni en Alemania.

Hernán Zin: «Palestina va a desaparecer»
DOC LAND FILMS

El documental es durísimo, pero tengo la impresión de que podía haber sido más sangriento y usted no ha querido.

No, porque mi objetivo es que la gente lo vea. Además, las guerras no son como se ven en el cine. En una calle de Sarajevo o de Alepo pueden estar cayendo bombas y a 15 minutos de distancia puede haber gente de fiesta. En Kiev viven con normalidad y en el Donbás están bajo el fuego. La guerra es un caos y allí nadie entiende nada. En medio de la guerra también puedes encontrar momentos de felicidad o de amor. Siempre lo he visto. Habrá que retratarlo todo, ¿no? Incluso en la guerra, la vida sigue. Aunque esto no es una guerra, es un genocidio.

Los grandes medios de comunicación no han mostrado todo el horror de ese genocidio. ¿La profesión periodística ha fracasado?

La profesión periodística lleva fracasando allí desde 1948.

Me refería al hecho de no publicar fotos de niños muertos. Eso, quizás, ha provocado que haya más niños muertos.

Eso es así. Es un debate muy antiguo. Pero en este caso es mucho más sutil. Hay estudios del tratamiento que se hace del pueblo palestino en el New York Times y en otros grandes medios de habla inglesa y es escandaloso. El 90% de las noticias hablan de Israel y el 10% de Palestina. Se cosifica a los palestinos. Es todo de un racismo vergonzoso. Pero no se debe sólo a un sentimiento de culpa por el Holocausto. Recuerdo que en 2006 yo llevé un reportaje sobre Gaza a la redacción de Clarín y me dijeron: «Si publicamos esto, se van todos los anunciantes. Nos lo han dicho». El pueblo palestino está vendido. Vendido por los árabes, por los europeos, por los americanos… Está vendido al sistema financiero. El sionismo tiene mucho poder.

Pero las imágenes de la hambruna sí se publicaron. Eso fue lo que provocó manifestaciones masivas en todo el mundo y que se acelerara ese paripé llamado «plan de paz».

Sí, es curioso. No sé por qué tuvieron tanto impacto las fotos del hambre y no el asesinato masivo de todos los días. No tengo explicación para eso. El mundo despierta cuando ve que están disparando a las personas hambrientas que van a un centro de ayuda a buscar una bolsa de harina. España no tardó tanto. Siempre tuvo una postura muy humana respecto a Palestina. Por eso el sionismo ha llegado aquí con tanta fuerza. Primero de la mano de Aznar y ahora con Ayuso. Por eso han comprado tantas voluntades. Por eso han metido dinero en OK Diario, por ejemplo. Han desembarcado financieramente y lo han hecho muy bien. Con dinero, con empresas, con fundaciones. Han venido muchos argentinos millonarios a Madrid y están haciendo lobby. Quieren que esto sea Argentina o Estados Unidos, pero les va a costar. En cualquier caso, a pesar de lo mucho que han gastado en propaganda, en Gaza se les ha caído la máscara. El que no quiera ver lo que es el sionismo, el que no tome partido, es una persona desalmada, sin criterio, sin humanidad, sin compás moral. Yo recuerdo ir a Israel y que me dijeran: «En España sois muy antisemitas». No somos antisemitas, simplemente vemos la verdad. Nos tienen atravesados. Ojalá no consigan silenciarnos, pero nunca se sabe. Quizás dentro de dos años no podamos estar hablando así. O quizás sí, pero usted podría acabar en la calle.

¿Ha notado esa presión a la hora de hacer Todos somos Gaza?

En términos cuantitativos, no, porque la subvención que teníamos de la Comunidad de Madrid era muy pequeña. Pero nos la retiraron igualmente. Por la cara. Parece que ahora en la Comunidad de Madrid saben mucho de relaciones internacionales. Se ponen a hablar de lo que es o no es un genocidio. Es absurdo. Yo les pago para que hagan carreteras y hospitales, no para que opinen. Oyes hablar a Ayuso y a Almeida y… es tremendo. ¡Cómo se ha equivocado la derecha española con este tema! No entienden que el 80% de los españoles está a favor de Gaza. Son muy torpes.

Y aún no han cometido el mismo error con el Sáhara Occidental, pero no hay que descartarlo.

No lo han cometido porque eso no está en la agenda. Si el PP gobernara probablemente destinaríamos el 5% del PIB a las armas. Han entrado en el juego de esa ultraderecha que lo que busca es echarle la culpa de todo a los inmigrantes. Todos han entrado en el modelo Trump: decir tonterías y burradas para hacer ruido y estar siempre en los titulares de prensa, negar el cambio climático, negar los derechos de las minorías, dar rienda libre a las grandes compañías tecnológicas… Es un modelo muy dañino para el futuro de la humanidad. Mire cómo se ha desnaturalizado Europa, que era un faro de libertad y de derechos humanos. Ahora la clase media no puede pagar una casa. Estamos acorralados. Los siguientes somos nosotros. No al nivel de Gaza, claro. Gaza es el laboratorio. Allí prueban las armas, las escuchas, el reconocimiento facial, la IA… y después se vende a todo el mundo. Las acciones de Elbit Systems han subido un 80% en un año. La bolsa de Tel Aviv ha subido un 200%. Es un gran negocio.

A usted le han prohibido la entrada en India por los reportajes que hizo sobre la violencia contra las mujeres. ¿Le ha pasado lo mismo con Israel? ¿Allí puede entrar?

Seguramente no me dejen. [Señala su móvil] Ahora todos estamos controlados. Tampoco me apetece ir. Hace 20 años allí había una izquierda civilizada. Estaba el movimiento Paz Ahora. Había oenegés como B’Tselem, que eran propalestinas y estaban en contra de la ocupación. Gente con la que yo he trabajado y que estaba preocupada por crear un Estado plurinacional, como Gideon Levy o Meir Margalit. Pero esas personas ahora también están acorraladas. No hay nada que hacer.

¿Usted cree que la solución de los dos Estados es factible?

¿Y dónde van a estar esos dos Estados? Si apenas han dejado un 15% de territorio para los gazatíes en una Franja que ya antes era el sitio más superpoblado del mundo. De aquí a dos años no quedará nada de Palestina. Se cumplirá el sueño del Gran Israel.

¿No quedará ni siquiera Cisjordania?

El futuro de Cisjordania es casi peor. Los colonos están matando gente todos los días. La gente está huyendo. El problema es que ni en Jordania ni en Egipto los quieren. Pero Estados Unidos está presionando para que los dejen salir. Palestina va a desaparecer. Y sobre la solución de los dos Estados… la verdad es que no debería ser así, debería ser un Estado palestino con población judía, como fue siempre. Pero, bueno, pongámonos en el caso de que haya dos Estados. ¿Quién va a indemnizar, económica y moralmente, a los palestinos por todo lo que les han arrebatado? Estamos hablando de reparaciones de miles de millones, como las del Holocausto. ¿Quién va a pagar? Los árabes les han dado la espalda. Europa se ha escorado a la derecha de manera totalmente autodestructiva. Alemania apuesta ahora por fabricar armamento, ya que los coches chinos se han comido su mercado. Yo pensé que las guerras se acabarían en el siglo XXI y que, como reportero de guerra, me quedaría en paro, pero no. ¿Qué necesidad tenemos de hacer la guerra ahora? ¿Con quién? ¿Por qué? Ucrania, Sudán, Congo, Gaza… todo se podría arreglar rápidamente dialogando. Es muy triste.

Ha explicado que Israel mata a gente muy concreta para evitar la reconstrucción de Palestina.

Sí, al principio usaron una IA que se llama Lavender y que hace un análisis de los daños colaterales que puede tener una víctima dependiendo de su nivel social y de su rango. Usaron drones cuadricópteros que entraban en las casas y mataban a familias enteras. Así aniquilaron a todos: ingenieros, arquitectos, médicos… A los médicos los secuestraban. A Ebrahem, nuestro director de fotografía, lo matan en el ataque de un comando al hospital Nasser. Entraron y le pegaron siete tiros. Y al médico que estaba con él le dispararon en las piernas y se lo llevaron. Pero no estoy revelando nada. Lo dijo Yoav Gallant. Lo han dicho ellos mismos: «No puede quedar un niño vivo. Son todos terroristas. Hay que matarlos a todos». Están haciendo lo mismo que hizo Hitler en 1939: destruir la inteligencia, eliminar a la clase media culta, con estudios. Y en Palestina, como no hay otra cosa que hacer, estudian mucho. El estudio es una pasión. Tienen el mayor número de doctorados del mundo. Casi todos los que vienen a España, por ejemplo, son médicos.

El caso de Bisan es muy significativo. Estudia sin parar. Cuando caen las bombas, siempre le pillan con el libro en la mano.

Bisan se preparaba para un examen y lo hizo por Internet. Pero hackearon su cuenta y ahora tiene que volver a hacerlo. Para que vea hasta qué nivel de maldad llegan. Una tía que se pasa todo el genocidio estudiando, sin luz, sin agua, sin comida… Nosotros le comprábamos la comida y la medicación que aún necesita. Van a destruirlos. La gente no lo ve, pero los van a exterminar. Como a los indígenas americanos. Es la misma mentalidad colonizadora y racista del siglo XIX. Siento ser portador de malas noticias, pero ya dije hace un año que el genocidio había ganado, y todo el mundo se me echó al cuello. Llevo 20 años documentándolo y esto terminará dentro de dos o tres años con la desaparición de Palestina. ¿No lo estáis viendo? Lo han hecho así para que no haya nada que reconstruir. Ciudad de Gaza, Beit Hanoun, Rafah, Jabalia… todo son escombros. ¿Qué vas a reconstruir ahí?

Hemos visto imágenes muy impactantes de otros conflictos. Beirut completamente calcinada, por ejemplo, pero tengo la impresión de que nada se puede comparar a lo de Gaza.

Nada, nada. No hay comparación posible. Nunca se vio nada igual. Ni lo de Dresde. Ni lo de Hiroshima y Nagasaki. El equivalente ha sido el de varias bombas atómicas. Y además con descaro, a la vista de todos. Por eso digo que vivimos una época complicada y que todos somos Gaza. Porque también van a por nosotros. No con drones como en Gaza, pero si con la IA y con la acumulación de capital. Hoy en día el trabajo no vale nada. Lo que vale es el capital, con el que un fondo de inversión, incluso un particular, puede comprar 1.500 pisos de una tacada. O la gente se pone en pie y los Estados intervienen para hacer un mundo con reglas o esto se va al garete.

Hernán Zin: «Palestina va a desaparecer»
Hernán Zin en un momento de la entrevista. ÁLVARO MINGUITO

Usted decide dejar de cubrir zonas de conflicto en 2018, cuando estrena el documental Morir para contar, en el que aparecen dos amigos suyos que morirían poco después en Burkina Faso, David Beriain y Roberto Fraile.

Sí, ese documental era mi despedida. Tuve un accidente en 2012 y ya entonces pensé en retirarme, pero me agarró Siria y me agarró Gaza, y continué. En 2018 me separé de la cantante Bebe, que era mi pareja, terminé Nacido en Siria, que ganó todos los premios, y me encontré solo en mi casa. Y entonces pensé: «Ahora me pego un tiro. No tengo más futuro». Era producto del estrés postraumático. Luego escribí una novela y al poco tiempo llega la COVID-19 y me llama Netflix para hacer otro documental [titulado 2020]. Y me paso un año metido en hospitales y en ambulancias. Y ahora, otra vez Gaza. Durante todo este tiempo yo quería dedicarme exclusivamente a hacer ficción, pero no he podido. Cuando matan a David y a Roberto [en 2021], fui corriendo a mi psiquiatra y me inyectó valium porque ese día sufrí uno de los mayores bajones de mi vida. Los dos eran amigos muy, muy queridos. Compartimos mucho tiempo y muchas risas en el Congo, en Afganistán… Pero con Roberto yo tenía una conexión especial. Y ese día ni siquiera fui capaz de llamar a su familia. Me duele en el alma. Era un tipo muy grande.

Dado el coste personal que ha tenido que pagar, ¿ha pensado alguna vez que podría haber hecho su trabajo de otra manera y que le hubiera hecho menos daño?

Sí, claro que lo he pensado. [Silencio] Podía haberlo hecho con más moderación. Bueno… [Suspira] Fue una vida bien vivida. Pero el coste familiar ha sido terrible. A mis padres hace 13 años que no los veo. Ahora los veré, pero cuando yo me meto en algo, me vuelco completamente. Ese ha sido el mayor sacrificio, la familia. Pero, bueno, lo mío es una vocación, una llamada, una misión. Admiro a la gente que puede desconectar e ir a tomar cañas con los amigos, pero yo no puedo hacerlo. Nací con una misión. No me arrepiento.

¿Y ahora qué planes tiene?

Acabo de terminar mi primera comedia. Me ha venido muy bien a nivel espiritual. Es una historia de tres capítulos que hemos rodado en Lanzarote. Con un fondo social, porque trata de la inmigración, pero en tono de comedia. Estoy muy contento. Creo que hay que desmontar de una vez este mensaje contra la inmigración. Me tienen frito estos pijos que tienen una filipina sirviendo en casa, la comida se la lleva un guatemalteco, el césped se lo corta un marroquí… pero luego votan a Vox. Estoy muy harto ya del efecto Trump.


Udai, Bisan y Mohamed

Cuando se rodó Nacido en Gaza, en 2014, Mohamed era un niño de apenas 12 años. Y ya trabajaba. Rebuscaba entre la basura envases que se pudieran reciclar o reutilizar. Recorría Ciudad de Gaza de arriba abajo con un viejo caballo que tiraba de su carro. Una década después, es padre de dos hijos por los que sigue trabajando incansablemente, buscando comida, buscando transporte, jugándose la vida en las colas de los centros de ayuda.

Hernán Zin: «Palestina va a desaparecer»
El antes y el después de Mohamed, Bisan y Udai, los tres protagonistas de ‘Todos somos Gaza’. FLAMINGO COMUNICACIÓN

Bisan era incluso más pequeña entonces. Una bomba israelí destruyó su casa. Sólo ella salió viva de los escombros. Hoy es una estudiante infatigable. Las secuelas de aquel trauma aún son visibles en su rostro: una ceja y un párpado quedaron seriamente dañados.

Udai jugaba entre las casas derruidas. Era un niño risueño, pero tras su sonrisa se traslucía una tristeza indefinible. Acababan de matar a su hermano mayor. Luego fueron cayendo todos los demás, uno tras otro. La heladería de su padre fue bombardeada trece veces, y fue reconstruida otras tantas. Ya veinteañero, en mitad del genocidio, no puede ocultar su felicidad porque está comprometido con una chica. Y está profundamente enamorado.

«Lo que más me gusta de ellos es que siguen teniendo la misma esencia que cuando los conocí hace 11 años», cuenta Zin. «Udai tiene la misma timidez, la misma candidez. Mohamed es un luchador. No para ni un instante. Y Bisan es una tía que quiere estudiar y que tiene la cabeza muy bien puesta. Tendrán sus traumas internos, obviamente, pero son un ejemplo para la humanidad. Esa es la parte luminosa de la película. La vida les ha dado unas hostias que nosotros no somos capaces ni de imaginar. Han perdido a media familia, la casa, los recuerdos, lo han perdido todo. Y no van de víctimas. Tienen una dignidad y una resiliencia increíbles».

La entrada Hernán Zin: “Palestina va a desaparecer” se publicó primero en lamarea.com.

✇lamarea.com

La agonía de un pájaro

Por: José Ovejero

22 de abril

Un gorrión se estrella contra el cristal de una de nuestras ventanas. Habíamos pegado siluetas de rapaces para evitar que sucediese –antes era un accidente frecuente–, pero este pobre despistado ha ignorado las señales. Me vuelvo al oír el impacto y lo veo de pie en el suelo, inmóvil salvo por un leve jadeo, apoyado con las puntas de las alas abiertas contra la baldosa. Poco a poco se le va venciendo la cabeza, muy despacio las alas se cierran, pero no del todo. Ya toca el suelo con el pico, aún de pie. Me gustaría salir y recogerlo del suelo, darle el calor de mi mano y mi presencia, pero sería un consuelo solo para mí, a él lo aterrarían aún más –¿siente miedo ahora, sabe que va a morir?– mis manazas de monstruo y el ruido de mis pasos. Lo contemplo desde el otro lado del cristal. Sigue en pie, ahora solo apoyado en las patas y el pico; ha plegado casi por completo las alas. Hace varios minutos que no se mueve. Salgo. Tiene los ojos cerrados. Está vivo. Los latidos se transmiten a todo su cuerpo. Me siento cerca de él. Al cabo de un rato acaricio despacio su cabeza sin que se inmute. De pronto abre los ojos y da dos breves saltos laterales como sorprendido. No parece que mi presencia lo sobresalte más que eso. Nos quedamos quietos los dos. Vuelve a cerrar los ojos. Indeciso, me marcho de nuevo, pero sigo observándolo a través de la ventana. Trabajo un rato sin perderle de vista. Salgo de nuevo y me siento a su lado. Está vivo pero inmóvil, con los ojos cerrados, uno de ellos algo hinchado. Los abre y me mira; en efecto, no puede abrir bien uno de sus ojillos. Nos quedamos mirándonos, ahora respiramos despacio los dos. Acerco una mano y la dejo cerca de él, abierta sobre el suelo. Después de unos segundos, salta al travesaño de una silla y desde ahí echa a volar.


Mientras estoy asistiendo a las consecuencias del impacto del gorrión contra el cristal, leo la noticia de que soldados israelíes han asesinado a la periodista libanesa Amal Khalil tras disparar contra los equipos de rescate que acudieron en su ayuda. ¿Cómo es posible que el destino de un pájaro haya ocupado más tiempo de mi vida que el enésimo asesinato de periodistas –o de cualquier persona– cometido por el ejército de quien no ha dejado de ser nuestro socio comercial y, aunque no se diga, aliado? Si pensara que soy el único que actúa así, buscaría la respuesta en el campo psicológico. Pero está claro que eso nos sucede a muchos: quizá porque la acumulación de violencias impunes es tal, que nos sentimos abrumados, tampoco sabemos cómo actuar y nuestra impotencia nos lleva a la inacción en la práctica, salvo en campos que son casi simbólicos: escribir sobre ello, manifestarnos.

También la lejanía física y mental de la desgracia –el Líbano no deja de ser un espacio con el que no tengo ninguna relación y que apenas conozco por las noticias– puede tener que que ver con la intensidad de nuestra respuesta afectiva, potencialmente mayor cuanto más concreto es lo que la motiva.


24 de abril

En Bluesky sigo a @auschwitzmemorial, que postea con frecuencia breves semblanzas de personas asesinadas en los campos de concentración. También ahí tengo la tentación de pasar rápidamente a otro post, casi sin mirar, aunque en este caso quizá se deba a que resulta doloroso y aterrador poner rostro a cada víctima y recordar cada crimen. Me fuerzo a dedicar un momento a cada uno de esosdestinos individuales. No sirve de nada, ya lo sé, salvo como inútil homenaje, como señal privada de respeto, y como recordatorio de que criminales capaces de enviar a un niño a una cámara de gas, no, a un niño, no; a ese niño, con ese rostro, con esa edad, con esa sonrisa, surgen una y otra vez entre nosotros. Y los verdugos también hoy serían gente cercana, conocidos, familiares, quizá incluso amigos.


27 de abril

Acabo de ver +10K, de Gala Hernández López. Es el tercer documental que veo de ella; antes había visto las excelentes La mecánica de los fluidos y For here am I, sitting in a tin can far above the world –sí, una cita de Space Oddity, de David Bowie–. +10K no me ha interesado tanto como las otras dos, quizá porque el personaje principal, un joven fascinado por el mundo crypto, me resultó tan insulso como repetitivo. Quizá lo más llamativo de él sea que una y otra vez habla de perseguir sus sueños –de hecho, a menudo se expresa como si cortase y pegase clichés de libros de autoayuda y superación personal–. Pero sus sueños parecen carecer por completo de contenido. Quiero decir que a lo que aspira no es tanto a «hacer» algo, a tener una actividad que le satisfaga, a ser autor de algún tipo de transformación de la realidad, como a obtener mucho dinero: poseer un Lamborghini, una impresionante casa con piscina, estar rodeado de lujo. Tiene un ideal de sí mismo que no consiste en ser, sino en tener.

No diré que yo no quiera tener, pero si fantaseo un ideal de mí mismo –que puede ser tan irreal como el que construye este chico para sí– claramente está centrado en lo que podría hacer y crear. ¿Habrá aquí una brecha generacional? ¿Será frecuente encontrar entre los jóvenes actuales a muchos que no digan quiero ser astronauta, o médico o escritor, o quiero investigar sobre el cáncer o inventar una energía limpia, sino que afirmen sencillamente: de mayor quiero ser rico?

La entrada La agonía de un pájaro se publicó primero en lamarea.com.

✇lamarea.com

José Luis Guerín: “Me considero un cineasta periférico, lo más anticapitalista posible”

Por: Carlos Madrid

Al inicio de Historias del buen valle, la nueva cinta de José Luis Guerín, aparecen unas imágenes en blanco y negro, grabadas en Super 8, en las que unos niños se divierten en un arroyo, otra familia cuida un huerto o se abre un plano de un campo con naturaleza asilvestrada. Una serie de cortes que parecen de un pasado no tan remoto o de un pueblo vaciado. Pero si uno se fija bien, se da cuenta de que pertenecen al presente y que están ubicados en Vallbona, municipio del extrarradio de Barcelona.

Es un lugar en el que todavía se dan estas realidades, impensables en cualquier otra zona de la ciudad, porque se encuentra aislado por un río, vías férreas y autopistas. Un inconveniente que ha permitido al barrio ubicarse en un lugar y un tiempo a caballo entre el mundo rural y el urbano. La estampa, que podría resultar idílica, casi de resistencia, bajo la dirección de Guerín se vuelve compleja y llena de contradicciones: además de en esos espacios, el cineasta pone también la cámara en problemas que atraviesan al lugar como el racismo, la precariedad y el suicidio, entre otros.

La intención de la película es grabar la vida de un barrio. ¿Es esto posible?

Es posible, pero teniendo en cuenta que hay una mirada, un enunciador. Digo esto porque hay reportajes en los que parece que no hay nadie detrás de la cámara, que son una verdad irrefutable. La realidad que vemos es fruto y consecuencia de una mirada con ciertos intereses y preferencias. 

En esta película no se oculta esto, sino que se enseña: empieza capturando imágenes con una cámara de Super 8, sigue con un casting donde interviene la palabra y de ahí surgen los personajes que desarrollan situaciones cada vez más cinematográficas hasta acabar casi en una lógica de película de ficción. El espectador es consciente, aunque no se lo plantee, de que hay alguien detrás, que hay alguien que se está relacionando con ese espacio. A partir de esa premisa, creo que sí que es posible.

José Luis Guerín: “Me considero un cineasta periférico, lo más anticapitalista posible”
Un fotograma de Historias del buen valle. ÓSCAR F. ORENGO / LOS ILUSOS FILMS

Comentas que es posible siempre que haya una mirada, una intención detrás. ¿Cuál era la tuya?

Mi mirada para esta película ha sido la perspectiva humanista. El paisaje de Vallbona se presenta como algo escasamente elocuente, incluso hostil. También inerte, muy amorfo, con unas arquitecturas muy poco expresivas. Aquí gran parte de la población desarrolla la mayor parte de su vida lejos de sus hogares. Se trata de una ciudad dormitorio donde todavía sobreviven algunas casitas de las autoconstruidas por los migrantes de los años 60-70. 

La única manera de humanizar el territorio era acercarme a las miradas de las personas que de verdad lo habitan. Por ello, seleccioné a aquellos personajes y personas que tienen una relación especial con el territorio: la familia india que tiene un huerto; la gitana portuguesa con una relación especial y llena de metáforas con la naturaleza; Antonio el Carbonero, que proyecta esa humanidad sobre las ruinas de la casa donde vivió; o los chavales que en verano se bañan en el arroyo. Ahí hay formas de vida que no puedes encontrar en otro lugar de Barcelona. 

Yo no quería tratar la periferia únicamente desde una perspectiva intimista, aunque está porque la carencia de servicios es flagrante, sino que también he querido celebrar formas de vida singulares, de resistencia, que han propiciado ese aislamiento. Quería dar una mirada compleja.

Ese barrio que cuentas se encuentra a mitad de camino entre el pasado rural y el presente, un tiempo difícil de identificar. Al inicio, con las tomas en blanco y negro, juegas un poco a llevar a confundir al espectador: si uno no se fija en la vestimenta, parecerían de otra época.

Lo primero que me llamó la atención fue la atemporalidad que respiraba el lugar por sus calles sin asfaltar, sus espacios asilvestrados, sus chavales en el arroyo, etc. Y de ahí que yo empezara a observarlo con la cámara de Super 8 que utilizaba en los 80 en mis primeros pinitos. Además de que me parecía que iba a favorecer esa atemporalidad. 

También indagué quién había filmado esos lugares antes de mí y pedí en la Filmoteca de Barcelona si existían imágenes de archivo. Como no las había, decidí filmarlas yo mismo. Es interesante cómo grabando el presente con esa cámara, solo por la textura del celuloide, se transforma en imagen de archivo. Me acompañaba un poco la ambición de estar creando una primera memoria visual de un lugar.

José Luis Guerín: “Me considero un cineasta periférico, lo más anticapitalista posible”
Foto: ÓSCAR F. ORENGO / LOS ILUSOS FILMS

¿Cómo hemos podido ceder todos esos espacios, que antes existían en todas las ciudades, al cemento?

Cuando hice la película En construcción hace 25 años –en el punto culminante del boom del ladrillo, con la burbuja que creó y las consecuencias devastadoras que supuso su estallido–, lo que contaba allí era el desalojo de las casas que destruían para construir el nuevo inmueble, algo que implicaba que esos vecinos fueran trasladados a la periferia. Es decir, cómo la vida popular, no ya la marginal, era expulsada de la ciudad.

La mayor parte de habitantes de Vallbona llegan allí porque no pueden pagar su casa en el centro de las ciudades. En una urbe como Barcelona, con la presión sobre la vivienda que hay, es casi milagroso que haya sobrevivido ese territorio ahí. Algo que solo es posible porque le protege su espada de Damocles: su aislamiento.

Vallbona es un barrio levantado por personas migrantes del sur de España y ahora de otros países. ¿A ellos solo se les reserva la periferia?

No quisiera parecer tan determinista, pero la periferia se nutre esencialmente de ellos. Y lo terrible es que muchos migrantes de las primeras olas miran con recelo a los nuevos que llegan. Vallbona no es diferente a ningún otro rincón del mundo. Cuando hice la proyección en el barrio, algunos me recriminaban que hablaba poco del pasado y prestaba mucha atención a los recién llegados. Me lo decían con un sentido casi patrimonial. Aun así, vivan en el centro o no, sus vidas van a ser siempre periféricas.

Igualmente, la periferia tiene unas cualidades que me parecen interesantes. Yo me considero un cineasta periférico: mis películas solo serían posibles desde ahí. Si le preguntas a un productor que necesitas dos años para una cinta, te trata de loco. Es lo más anticapitalista posible. En mi cine son esenciales los días improductivos, es decir, estar en el barrio sin cámaras ni sonidos, charlando con vecinos, en el bar, paseando… Una película es consecuencia de eso. Yo estoy cómodo ahí y no me quiero imaginar cómo sería estar en el otro lado. Intento mantenerme distanciado de lo que eufemísticamente llamamos el mundo del cine.

Igualmente, para no caer en la romantización de un barrio obrero levantado por ellos mismos, muestras los conflictos que existen en él y la realidad de las vidas complicadas que lo habitan.

Exactamente. En la película se enuncian los problemas de la soledad en las ciudades dormitorio, de los suicidios, de la enfermedad, de los trabajos precarios, del racismo, de los conflictos identitarios e incluso de cómo gravita la crisis climática en las hortalizas. Todo eso está como presente problemático.

Sin embargo, a diferencia del cine social, en el que la realidad queda reducida para ilustrar un discurso, en mis películas esta es compleja y tiene sus contradicciones. Es decir, al mismo tiempo que enuncio esos problemas que están ahí, celebro también los momentos de vida y de singularidad que ofrece ese espacio. Me refiero a los momentos en los que hay un paréntesis al orden urbano, espacio para la espontaneidad, etc. Es decir, una relación con el territorio más informal que yo celebro. Una realidad que está amenazada tanto por la presión urbanística como por los trenes de alta velocidad que pasan por allí sin detenerse jamás.

José Luis Guerín
El director José Luis Guerín. ÓSCAR F. ORENGO / LOS ILUSOS FILMS

Tu cine periférico se caracteriza por beber de la lentitud. También de dar espacio a los protagonistas para que puedan contarse.

Efectivamente. Prefiero renunciar a secuencias enteras y poder desarrollarlas a estar fragmentando muchos momentos dispersos. Creo que es en la unidad temporal donde aprendes a querer a los personajes, a ver cómo evolucionan dentro de la secuencia. De esta manera, me parecía que podía establecer un tiempo humano para los personajes y otro biológico. La película se inscribe en el tiempo de las estaciones, de los días y las noches, frente a otro tipo de documental que tendría uno más conceptual.

La entrada José Luis Guerín: “Me considero un cineasta periférico, lo más anticapitalista posible” se publicó primero en lamarea.com.

  • No hay más artículos
❌