Nada más comenzar La empresa de sillas, la magia tarda apenas dos minutos en romperse. Una familia estadounidense de las que hemos solido ver siempre en pantalla, de esas que en la mesa se sienta erguida, habla por turno de palabra y nunca mezcla la guarnición con la carne, cena en un restaurante. Entonces una presencia, la de la camarera en pleno brindis por el logro laboral del padre, desemboca en una conversación que se va enrevesando hasta enseñarnos los dos ingredientes principales de la serie: el carácter obsesivo del personaje encarnado por Tim Robinson y, derivado de ello, la intención de generar escenas que causen incomodidad al espectador. Robinson, en su momento guionista de Saturday Night Live y creador de la comedia de sketches I Think You Should Leave, es un maestro en eso. Aquí encarna a Ron Trosper, al mando del proyecto de un nuevo centro comercial –algo ya medio extemporáneo si recordamos que existe la expresión dead mallspara esas naves hoy poco transitadas o derruidas gracias al comercio online, pero capaces de evocar cierta nostalgia por ser un lugar de concentración de energía humana– cuando un accidente le mete de cabeza en la aventura de su vida.
Establecida esa premisa, y con la escena introductoria del restaurante, La empresa de sillas confirma que no va a solicitar de nosotros la manida empatía con el protagonista, sino que va a caminar un paso por delante de nuestra intuición. Porque sí, puede que el subtexto de esta serie nos hable de ese arquetipo de individualismo que, cuando queremos jugar a sociólogos de barra de bar, tanto nos gusta asociar al estadounidense medio. La elección del personaje de Ron Trosper invita a ello, pues es un hombre blanco de mediana edad con familia feliz y buen sueldo que habita en uno de esos suburbios en los que te reciben con una fiesta de bienvenida que es también la firma de un pacto de vigilancia mutua. Sin embargo, lo más interesante es que es un rasgo de ese capitalismo atomizador de lo que se sirve esta historia para avanzar. Ni más ni menos que la afrenta personal que Trosper siente, y que es incapaz de canalizar en sociedad, más bien al contrario, tomando casi una doble vida como detective privado. Y es ahí, cuando ya no podemos sino acompañarle, sin darnos cuenta, en su vorágine conspiranoica, metidos del todo en ese conmigo no se juega, cuando asistimos al acierto definitivo de este impredecible guion. Cuando no sabemos si lo que está ocurriendo es real o está en la cabeza de un atribulado Ron que, en el fondo, solo está practicando eso que hacemos a diario: intentar darle sentido a todo.
‘La empresa de sillas’ puede verse en la plataforma HBO Max.
Esta reseña se ha publicado originalmente en El Periscopio, el suplemento cultural de La Marea. Puedes conseguir la revista aquí o suscribirte para seguir apoyando el periodismo independiente.
Este fin de semana mi vecina, que es encantadora, volvió a animarme a que me uniera a una sesión de running en grupo por el parque. Aunque tenía mis reticencias, me sacudí las sábanas y la pereza y me preparé para el plan: mallas, deportivas, café aliñado con creatina, protección solar, y vámonos que nos vamos. «¡Venga, me apunto! [emoji bíceps emoji carita sonriente]», le contesté con mi mejor actitud de motivada. Sábado por la mañana, ejercicio al aire libre, socializar un rato y terminar con un dulce en la pastelería del barrio. ¿Qué podía salir mal? Pues muchas cosas.
Resulta que hace algo más de un mes «unos chicos» montaron un grupo de running en la zona. Desde entonces, cada fin de semana organizan quedadas «gratuitas» para dar un trote por el parque, todo en un ambiente así como muy amigable y nada competitivo; además, al finalizar, una cafetería cercana ofrece un 15% de descuento o regala una galleta a los participantes. Pensé: «pues qué bien, por fin una iniciativa para hacer barrio y, de paso, apoyar el comercio local«. Qué equivocada estaba.
La primera, en la frente
La primera red flag apareció rápido. Para participar en la actividad no bastaba con presentarse en el punto y hora de encuentro, no: había que inscribirse a través de una app de fitness, Strava. Yo la desconocía, como también desconocía la historia, absolutamente marciana pero real, de que este mismo mes de marzo el periódico francés Le Monde localizó la posición exacta del portaaviones Charles de Gaulle —desplegado en el Mediterráneo oriental en el contexto de la guerra entre Israel, Estados Unidos e Irán— porque uno de los oficiales a bordo se dedicó a pegarse carreras por el buque insignia de la Armada Francesa mientras compartía su entrenamiento en la aplicación de running.
Publicación anonimizada que muestra la ruta registrada en el mar, el 13 de marzo de 2026 | Le Monde.
Este primer paso me dio rabia y me pareció absurdo a partes iguales. Estoy absolutamente agotada de que cualquier trámite tenga que pasar por una app; de que cada actividad, por sencilla que sea, implique un golpe de smartphone. ¿Cómo que para ir a correr media hora tengo que registrarme en una aplicación y cederle un sinfín de datos personales a una empresa privada? No obstante, ya le había dicho que sí a mi vecina, así que decidí no darle demasiada importancia y simplemente saltarme el registro y plantarme allí a la hora acordada.
Nada es gratis
Me encontré con ella y con el resto de runners, agrupados en corillos que se saludaban y charlaban animadamente. Tras unos minutos de cortesía, subidos a un banco a modo de atril, los organizadores del «club» tomaron la palabra. Y ahí llegó la segunda red flag, mucho más grande que la anterior: «Ahora damos la palabra a Fulanito, de [inserte aquí nombre de empresa de productos de bebida y alimentación], que en el post-entreno nos ofrecerá una degustación de [product placement aquí]».
Ya te la han colado. Te levantas para ir a hacer deporte y, de repente, te encuentras dentro de un anuncio de la teletienda en el que no puedes cambiar de canal. Ahí me di cuenta de que aquello no era la iniciativa de barrio que me habían presentado, un grupo casual de gente que queda por Whatsapp para salir a correr, sino un proyecto planificado desde el principio, monetizable y hasta con patrocinadores. Mi nivel de mosqueo en este punto de la mañana era ya elevado. Pero aún iría a más.
El producto eres tú
Mientras medio escuchaba a Fulanito soltar su discurso promocional y algo sobre la importancia de cuidarse, miré a mi alrededor y apareció la tercera red flag, más o menos del tamaño de la de Plaza de Colón. De hecho, era tan evidente que no cuenta ni como red flag, sino como amigadatecuenta. Entre leggins y camisetas color flúor estaba la única persona que no iba vestida de deporte, una chica con estabilizador de imagen y móvil en mano, grabándolo todo para posterior contenido en redes sociales.
Es difícil explicar el nivel de indignación que experimenté en aquel momento, la sensación de vulnerabilidad, la cara de gilipollas que se me quedó. Estamos hartas de escucharlo y hasta de repetirlo, pero seguimos cayendo: si el producto es gratis, el producto eres tú.
Me aparté instintivamente y le dije que no me grabara. Pero todavía quedaba una última sorpresa. Esperando de frente al pelotón, grabando en un plano fijo el inicio de la carrera, Fultanito. Es decir, no solo es que estos «eventos gratuitos» tengan patrocinadores y hasta pasta como para pagarle a una persona exclusivamente para redes sociales, es que el patrocinador también se lleva unas imágenes recurso.
Todo es monetizable
Llegados a este punto conviene recordar que en España, según la Ley Orgánica de Protección de Datos (LOPD), está permitido grabar sin pedir permiso individual en eventos públicos y cuando las imágenes son generales (como, por ejemplo, una carrera popular o un mitin). Pero esto no hace que me sienta menos incómoda. De buen rollo y en menos de cinco minutos, te has tragado un anuncio que no querías ver, una organización ha cogido tu imagen y la va a utilizar para promocionarse en Internet.
Sin embargo, lo que más me alarmó de este episodio fue que, cuando identifiqué la cámara y me quité de su campo de visión, fui la única que lo hizo. El resto del grupo parecía no percatarse, o les daba igual, algunos incluso saludaban. ¿En qué momento hemos normalizado todo esto? ¿Cuándo nos hemos acostumbrado a la presencia de cámaras en los momentos y lugares más insospechados? ¿Cómo hemos llegado a aceptar que las empresas nos graben para promocionar su actividad? ¿Por qué todo, hasta el ocio o la actividad más inocente, es susceptible de ser monetizado?
M. tenía razón
Tengo una amiga, M., que tiene fijación por algunos temas. Uno de ellos es el de la privacidad y las cookies —no las que regalaban en la pastelería del barrio después de la carrera, sino las que rastrean nuestro comportamiento en la web y comparten nuestros datos con terceros—. Antes, a veces pensaba que M. era un poco exagerada o que qué más da si total.
Pero pasan los años y el tiempo me ha demostrado que quizás mi amiga no era para nada exagerada, que sí que era para tanto, que M. tenía razón. Así que, cada vez más, me veo haciendo clic en todas las pestañitas de «rechazar cookies«, desinstalando aplicaciones y dejando solo las que no me queda más remedio —mala profesión escogí para esto—, no poniendo una reseña a un restaurante que me ha encantado, o marcando la casilla de «no acepto» en la autorización de uso de imágenes que me ponen por delante en la academia de idiomas, en el gimnasio y hasta en la autoescuela. No siempre es cómodo, porque a nadie le gusta ser el Grinch, pero a veces hay que ser un poco el Grinch.
Así que la quedada de running social terminó nada más empezar, dando esquinazo al pelotón y corriendo por mi cuenta mientras rumiaba todo esto. No tuve galleta de premio, pero sí pude proteger mi privacidad.