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‘Looksmaxing’, Clavicular y la estética de la desesperación neoliberal

Por: Guillem Pujol

En el ecosistema digital contemporáneo, el cuerpo ha dejado de ser una morada para convertirse en un activo financiero de alto riesgo. El fenómeno del Looksmaxing –el esfuerzo obsesivo por maximizar el atractivo físico mediante regímenes que oscilan entre lo cosmético y lo quirúrgico– representa la culminación de la subjetividad neoliberal, donde el individuo se percibe a sí mismo como una empresa en permanente estado de auditoría. En este escenario, la figura de Clavicular emerge no solo como un influencer, sino como el emblema discursivo de una nueva masculinidad fragmentada, que busca en la rigidez del hueso la certeza que ni la identidad ni el amor pueden ya proveer.

De los foros incel al mainstream

Para comprender el Looksmaxing, es necesario rastrear su genealogía en los rincones más oscuros de la cultura digital anglosajona. El término designa la práctica de optimizar (maxing) la apariencia física (looks) hasta sus límites biológicos y tecnológicos. Este fenómeno es el hijo pródigo de los foros incel (‘celibato involuntario’) de Estados Unidos, como incels.is o looksmax.org, donde hombres jóvenes comenzaron a teorizar sobre su exclusión social mediante un determinismo biológico brutal.

Lo que empezó como una jerga de nicho en 4chan sobre la «píldora negra» –la creencia de que el destino de un hombre está sellado por su genética y que el esfuerzo social es inútil si no tienes la mandíbula adecuada– ha cruzado el Atlántico y se ha filtrado en el algoritmo global. El Looksmaxing se divide en dos vertientes: el Softmaxing (higiene, gimnasio, skincare) y el Hardmaxing, que implica procedimientos extremos como el mewing intensivo (remodelación facial mediante la posición de la lengua), el uso de esteroides o cirugías de fractura ósea para ganar estatura o definir el mentón.

Esta transición del submundo digital a la cultura de masas ha traído consigo una normalización de la dismorfia corporal bajo el disfraz del pragmatismo (o, mejor dicho, la ha llevado hasta el siguiente nivel); al empaquetar estas prácticas bajo el marco de «mejora personal», figuras como Clavicular han logrado que adolescentes que antes estarían fuera de este radar comiencen a analizar sus rostros con la frialdad de un cirujano plástico o un perito judicial. Ya no se trata solo de encajar, sino de una competencia biológica en la que el sujeto se obsesiona con el «capital facial».

Como señala Rita Segato al hablar de la pedagogía de la crueldad, este tipo de discursos entrenan al individuo para desensibilizarse ante su propio sufrimiento físico y el de los demás, convirtiendo la propia carne en un objeto que debe ser martilleado, quebrado y moldeado hasta que rinda el beneficio social esperado. Esta «limpieza de imagen» del fenómeno oculta que, en el fondo, el Looksmaxing sigue siendo un mecanismo de defensa de una masculinidad que se siente amenazada y que solo sabe recuperar el control a través de la dominación estética y el desprecio hacia lo que considera «genéticamente inferior».

Clavicular, profeta del dimorfismo sexual

Detrás del alias de Clavicular se encuentra Braden Peters, un joven estadounidense que ha logrado lo que parecía imposible: convertir el resentimiento de los foros incel en una marca de estilo de vida de lujo. Con una presencia masiva en TikTok e Instagram, sus vídeos acumulan decenas de millones de visualizaciones, explotando un algoritmo que premia la controversia y la simetría facial. Peters no se presenta como un simple modelo; se presenta como un ingeniero de la carne que ha «descifrado» el código del atractivo masculino.

Clavicular no te dice que eres feo; te dice que tu «desajuste genético» es de un 15% y que tu «índice de dimorfismo» es bajo. Esta estética de la precisión, revestida de un halo de lenguaje científico, seduce a una generación de hombres criados entre datos y videojuegos. Un ejemplo flagrante de su retórica misógina es su defensa de la «hipergamia femenina» como una ley física: en sus directos, ha llegado a afirmar que una mujer «promedio» nunca podrá amar a un hombre que no tenga una estructura ósea superior, reduciendo el afecto femenino a un mero escaneo de la línea de la mandíbula. Al despojar a las mujeres de voluntad y reducirlas a «reactivas biológicas», Clavicular valida el odio de sus seguidores: si ellas son máquinas de selección genética, el hombre tiene el deber moral de «hackear» su sistema mediante el quirófano y la obsesión estética.

La misoginia como motor, el cuerpo como mandato

Bajo la superficie de las rutinas de cuidado facial, el Looksmaxing late con un resentimiento profundo hacia lo femenino. No se trata solo de ser guapo; se trata de una respuesta defensiva ante un mundo donde, según la narrativa de Clavicular, las mujeres ostentan un poder arbitrario y cruel sobre la validación masculina. Ecos de una adolescencia complicada, quizás, en el caso de Braden Peters, pues como él mismo explica, su «desafortunado» aspecto físico y su timidez extrema le condenaron durante los años de adolescencia.

Clavicular hoy encarna esta pedagogía de la crueldad, la misma de clama haber sufrido. Enseña a los jóvenes que el cuerpo es un territorio de conquista, convirtiendo la misoginia en una herramienta de cohesión grupal. En este universo, la mujer no es un semejante, sino una marioneta animada que solamente responde a los estímulos visuales primarios. Todo esto, por supuesto, aliñado con teorías espurias sobre el funcionamiento cerebral de la mujer –sumiso y pasional a la vez–, en contraste con la (supuesta) racionalidad e inteligencia masculina. El seguidor de Clavicular no busca conectar, sino ejercer una soberanía sobre su propia carne para, eventualmente, ejercerla sobre el «mercado» sexual.

En este paradigma, el papel que ejerce la cultura como agente que constituye cánones, deseos y normatividades desaparece. Lo cultural se aparta y lo biológico se ensalza, ya que esto último puede ser modificado a través de pastillas y cirugías. La misoginia pretende esconderse tras la ciencia, pero en realidad simplemente está tomando el camino corto.

El cuerpo como activo financiero: el evangelio del ROI

Clavicular no habla de salud ni de bienestar: su término de cabecera, y la lógica principal bajo la que opera, es lo que él llama el ROI (acrónimo de return on investment, ‘retorno de la inversión’). En su ecosistema, someterse a una cirugía para lograr «ojos de cazador» no responde estrictamente a una decisión estética, para, digamos, sentirse mejor con uno mismo. No, es algo todavía más crudo: se trata de una transacción económica, de una inversión de capital con su correspondiente retorno esperado. Si inviertes miles de dólares en un implante de mandíbula, el «retorno» esperado es un incremento medible en el estatus social y el acceso sexual. Es la instrumentalización total del cuerpo.

El uso de la tecnología (filtros de análisis facial, ángulos de cámara, cirugías de vanguardia) en el mundo de Clavicular no busca la liberación del cuerpo, sino su fijación en un ideal hipermasculino y anacrónico. Es una respuesta de pánico ante la disolución de los roles de género tradicionales. Si el mundo ya no me da privilegios por el mero hecho de ser hombre, intentaré extraer esos privilegios de la geometría de mi propio rostro.

Y, sin embargo, el «retorno de inversión» (ROI) nunca es suficiente porque la belleza, bajo la mirada del algoritmo y el odio de género, es un horizonte que se desplaza eternamente. Siempre habrá un competidor con una clavícula más prominente o un ROI más alto. La presencia plena que buscan a través del hueso es una huella que siempre está desplazada hacia el próximo procedimiento, hacia el próximo filtro, hacia la siguiente intervención quirúrgica.

El plagio de la opresión

El fenómeno que Clavicular abandera es el síntoma de una generación que ha decidido refugiarse en la única soberanía que cree poseer: su propio esqueleto. Pero al tratar el cuerpo como una mera herramienta económica y a la mujer como un recurso a conquistar mediante la forma, el sujeto termina convirtiéndose en un objeto de su propia vigilancia. Al final, lo que queda no es un hombre superior, sino un sujeto agotado por la auditoría constante de su propia cara.

Pero al llegar hasta aquí, cabe también mencionar lo siguiente: que lo que estremece de esta nueva presión normativa masculina es algo que está bastante establecido en las mujeres. No deja de ser una triste ironía que el Looksmaxing se presente ante el mundo como una «revelación» o una nueva frontera de la lucha masculina, cuando en realidad no es más que el plagio tardío de la jaula la que las mujeres habitan desde hace siglos. Lo que Clavicular vende como una disciplina espartana y una métrica innovadora de «valor de mercado», el feminismo lo denunció hace décadas como presión estética estructural y violencia simbólica. La diferencia radica en la respuesta: mientras que el pensamiento crítico femenino ha buscado colectivamente romper el espejo, esta nueva subjetividad masculina neoliberal busca pulirlo hasta que refleje una (nueva) imagen de dominación.

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