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‘1984’ es hoy

Por: Manuel Ligero

Raoul Peck nunca estuvo «en el vientre de la ballena», por utilizar la célebre imagen con la que Orwell describía a cierto tipo de artistas que viven felizmente ajenos a los problemas de su tiempo.


El vientre de la ballena es un útero con capacidad suficiente para un adulto. Allí se encuentra uno a oscuras, en un espacio mullido que encaja a la perfección con el propio cuerpo, con metros y metros de grasa entre uno mismo y la realidad, capaz de mantener una actitud de absoluta indiferencia, al margen de lo que suceda o deje de suceder. Una tormenta que hiciera naufragar a todos los buques de guerra del mundo entero apenas le llegaría a uno salvo en forma de eco lejano. (…) Casi como si estuviera muerto, esa es la etapa final e insuperable de la irresponsabilidad máxima.


Aunque Orwell defendía la libertad inalienable del artista, creía que hay momentos en los que, inevitablemente, hay que tomar partido. Eso le llevó a él, por ejemplo, a involucrarse en la causa antifascista y en la defensa de la República durante la guerra civil española, compromiso aquel que tantas amarguras le provocó.

Tras la victoria de Franco escribió: «Casi con toda seguridad, nos adentramos en una época de dictaduras totalitarias, una época en que la libertad de pensamiento será en primera instancia un pecado moral, y después una abstracción desprovista de sentido». Años después profundizaría en estos conceptos en Rebelión en la granja y, sobre todo, en 1984.

El último documental de Raoul Peck, titulado Orwell: 2+2=5, es una mezcla de biografía del escritor inglés y de ensayo basado en estas ideas premonitorias. Asistir al espectáculo de la lucidez, que es la base de la capacidad profética de Orwell, es siempre una experiencia estimulante. Y Peck, que es un gran conocedor del marxismo, usa estas ideas para plasmar en imágenes aquella conocida frase que decía que la historia se repite «una vez como tragedia y la otra como farsa».

Peck articula su discurso a través de tres máximas enunciadas por el Gran Hermano de 1984:

  • La libertad es esclavitud.
  • La guerra es paz.
  • La ignorancia es fuerza.

Esta neolengua, que retuerce el significado intrínseco de las palabras, vive hoy un momento de esplendor. El mandatario que ha bombardeado Irán y que ha colaborado activamente en el genocidio de Gaza pide para sí mismo el premio Nobel de la Paz. Y eso no es lo grave. Lo grave es que este delirio es perfectamente razonable para sus correligionarios.

Orwell: 2+2=5
El símil utilizado por Raoul Peck en Orwell: 2+2=5: un centro comercial cubierto con los mensajes del Gran Hermano. CARAMEL FILMS

El primer aldabonazo en esta carrera hacia la locura colectiva lo dio el equipo de Trump cuando éste juró su cargo de presidente en 2017. Ya entonces se dijo que su toma de posesión fue la más multitudinaria de la historia. Las imágenes contradecían tal afirmación, pero no importó. Una de sus colaboradoras, Kellyanne Conway, dijo entonces que existían «hechos alternativos».

En sus Recuerdos de la guerra de España (y en la voz de Damian Lewis, el narrador del documental de Peck), Orwell confiesa su preocupación ante «la impresión de que el propio concepto de verdad objetiva está desapareciendo del mundo». Y no fue el odioso estalinismo, cuya crítica es la base de sus obras más celebradas, el que llevó más lejos este fenómeno, sino el capitalismo neoliberal. Porque la prueba del éxito de un régimen totalitario no está en el terror que éste puede ejercer sobre la población para que acate su ideario, sino precisamente en la ausencia de coacción, en la asunción ciega de sus postulados por parte de la gente. Y eso es exactamente lo que está ocurriendo hoy en día.

El título del documental de Peck hace referencia a un interrogatorio sufrido por Winston, el protagonista de 1984. Le muestran cuatro dedos y le preguntan: «¿Cuántos dedos hay?». La respuesta oficial es cinco, porque así lo ha decidido el líder supremo, pero no sirve de nada que Winston diga simplemente «cinco». Debe creerlo realmente, debe salir de él, sin imposiciones de nadie. Debe decir, en 2026, por ejemplo, «la violencia machista no existe». Debe decir, por ejemplo, «el cambio climático no existe». Debe decir, por ejemplo, «los inmigrantes vienen aquí para delinquir». Y hacerlo de motu proprio, íntimamente convencido, sin dudas de ningún tipo.

Peck, como intelectual que no vive «en el vientre de la ballena», ha sentido la necesidad de tomar ese toro por los cuernos y de hacerlo sin concesiones ni partidismos. Por su película, asociadas a los textos de Orwell, aparecen las figuras de Trump, Putin, Xi Jinping, Narendra Modi o Benjamín Netanyahu. Y todo encaja, lo que confirma la grandeza visionaria de Orwell. Y para que encaje mejor, para que la maquinaria del poder esté bien engrasada, los amos del mundo cuentan con la ayuda inestimable de los caudillos digitales, con sus redes sociales y sus inteligencias artificiales, un ángulo que Peck tampoco se olvida de abordar. Su cometido, como el de todo artista que se precie en un momento crítico, es el mismo que ya enunció Albert Camus cuando recogió su premio Nobel: «El papel del escritor, (… ) por definición, hoy no puede estar al servicio de los que hacen la historia, sino al servicio de quienes la sufren».

Orwell: 2+2=5
El escritor George Orwell. CARAMEL FILMS

Estamos viviendo un momento muy parecido a aquel periodo de entreguerras que forjó el pensamiento de Orwell y que vio nacer el nazifascismo. Y no es una exageración, sino una realidad constatable. Basta con ver cómo actúan los esbirros del ICE, los camisas pardas de Trump. Como señala Patricia Simón, «dejemos de hablar de auge de la ultraderecha porque la ultraderecha ya domina nuestra era: siembra el terror y la zozobra en todo el mundo desde la Casa Blanca, ocupa uno de cada cuatro escaños en el Parlamento Europeo, cogobierna comunidades autónomas y poblaciones españolas, y recibirá uno de cada cinco votos en las próximas elecciones generales, según la última encuesta del CIS». Así las cosas, ¿qué hacer? ¿Cuál es el deber de un intelectual en esta situación?

«Cuando me siento a escribir un libro –decía Orwell–, escribo porque quiero sacar a la luz una mentira». En la misma línea, decía Camus: «A pesar de las debilidades personales, la nobleza de nuestro oficio estará siempre en dos arduos compromisos: la negativa a mentir y la resistencia a la opresión». Cuando dirige una película, Raoul Peck, consciente del mundo en el que vive, se coloca en esa misma posición. Ya quisieran otros.


‘Orwell: 2+2=5’, de Raoul Peck, se estrena en cines el viernes 27 de febrero.

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Sophie Deraspe: “Escapar del mundo capitalista es posible”

Por: Manuel Ligero

Este artículo forma parte El Periscopio, el suplemento cultural de la revista La Marea. Puedes conseguir un ejemplar aquí o suscribirte en nuestro kiosco.


Mathyas Lefebure era publicista en Montreal y lo dejó todo para ser pastor de ovejas en Francia. De su viaje personal salió una novela autobiográfica (D’où viens-tu, berger ?) en la que cuenta cómo, sin ninguna experiencia previa y movido por una visión romántica del pastoreo, dio un cambio radical a su vida. Hizo frente a la incertidumbre, las burlas, las inclemencias, la dureza del trabajo y el trato brutal de ganaderos sin conciencia. Y lo logró. La directora canadiense Sophie Deraspe ha llevado al cine su historia en Hasta la montaña, una película humanista y luminosa.

¿Qué contenía el relato de Lefebure para interesarle personalmente?

Me interesaba el aspecto transformador de la naturaleza. Mathyas se aproxima a ella buscando una vida simple, contemplativa, incluso filosófica. Pero la naturaleza es más ruda, desafiante y complicada de lo esperado. Esas dificultades también forman parte de una transformación que es casi mística. Trata de abandonar el materialismo para sumergir su propio cuerpo en la naturaleza, pero ese proceso –el de entrar en comunión con la belleza y la grandeza del entorno– también está lleno de obstáculos.

¿Puede decirse que su película es una defensa de la ingenuidad?

Sí, y aquí la película se separa ligeramente de la novela de Lefebure, que es muy intelectual y que tiene pasajes de autoparodia y de cierto cinismo. Eso fue quedando en un segundo plano cuando empezamos a trabajar con pastores y ganaderos reales en la Provenza. El Mathyas de la película tiene un candor perfectamente asumido. Y creo que trabajar con un actor como Félix-Antoine Duval ya te predispone a proyectar una mirada muy pura sobre el mundo. Félix-Antoine abraza el mundo, lo mira con auténtica curiosidad, sin juicios apriorísticos, lo recibe sin querer imponer su propio filtro.

¿Eso puede aprenderse? ¿Podemos aprender a ser cándidos?

Creo que puede aprenderse a callar nuestra voz cínica. Ojo, no me refiero al espíritu crítico, eso es muy importante tenerlo. Tener un poco de cinismo también es interesante porque forma parte del humor, pero tener demasiado es una desgracia porque te obliga al desapego, te distancia de la experiencia. Yo creo que acoger al otro, abrazar la naturaleza, experimentar el amor en su sentido más amplio, es una forma más agradable de atravesar el mundo y la vida.

¿Está contenta con el equilibrio entre la brutalidad y la suciedad de la primera parte de la experiencia de Mathyas como pastor y la segunda parte, más idílica?

Bueno, la parte en la que Mathyas alcanza su sueño se termina, en cualquier caso, de forma bastante dramática. Porque, en realidad, la vida tranquila no existe. Pero Mathyas recorre el camino que ha elegido y está donde quiere estar. Incluso encuentra el amor. Para ello supera muchos obstáculos, muchas dificultades, y tiene fuerza para afrontar lo que la naturaleza le presenta. Porque la naturaleza otorga dones magníficos, nutre el cuerpo y el espíritu, alimenta estéticamente, pero también es brutal.

Sobre todo son las personas las que son brutales, ¿no? Otros pastores, otros ganaderos…

Sí, pero eso también forma parte de la vida. Él asiste al nacimiento de la vida y a la llegada de la muerte. Y estar en la naturaleza le pone inmediatamente en contacto con esa finitud de la vida, que también es la nuestra y que nos resistimos a aceptar. También nosotros formamos parte de un ciclo. Eso es la ecología, finalmente. Se trata de no ejercer un dominio exterior sobre la naturaleza sino de ser parte de ella. Los cuerpos de Mathyas, de su compañera Élise, del perro, de las ovejas forman parte de ella.

Fotograma de ‘Hasta la montaña’, una película de Sohie Deraspe.
Félix-Antoine Duval y Solène Rigot en una escena de Hasta la montaña. SURTSEY FILMS

Viniendo de la ciudad, ¿ha tenido algún problema al rodar en un entorno rural? Usted sabe que, en general, en los pueblos de Francia, y también en España, la gente es muy tradicional, ideológicamente está muy alineada con la derecha, hay muchas armas de fuego…

Francamente, no he coincidido con esa gente, pero sé que existe porque aparece en el libro de Lefebure. El trabajo de localización fue bastante largo y visitamos multitud de pueblos a lo largo de un territorio muy extenso. Y vimos muchísimas personas que vivían con un cierto grado de miseria, incluso gente que no tenía acceso a un mínimo de higiene. En ocasiones quedé afectada por lo que vi, pero creo que las personas verdaderamente cerradas no deseaban encontrarse con nosotros. Yo, en cualquier caso, debo decir que me he acercado a ese mundo con muchísimo respeto. Es decir, son ellos los que conocen su oficio, su forma de vida, su manera de trabajar con los animales. Ellos saben lo que está bien y lo que no. Es su oficio y yo lo respeto. El mío es el cine. No estaba allí para juzgar a nadie y no habría podido hacer la película sin la colaboración de los pastores, de los ganaderos, de la gente de los pueblos. Con quienes estaban dispuestos a recibirnos, pudimos hablar de todo.

¿De todo? ¿Incluso de un tema tabú como el del lobo?

¡Ah, los lobos! [Ríe]. Sí, de los lobos también. Y hay todo tipo de opiniones.

¿Entre los pastores también?

Por supuesto. Tienen diferentes opiniones y diferentes maneras de abordar el tema. Muchos piensan: «El lobo está aquí. Eso es un hecho. Si me matan 10 ovejas voy a estar triste, pero no me voy a volver paranoico. Y no voy a batirme contra el hecho de que el lobo esté aquí». Otros, efectivamente, quieren sacar las escopetas. Después de tratar con ellos, puedo ponerme en su piel. Imagine que ha cuidado de unos animales durante todo un año y, de repente, una mañana descubre que ha habido una matanza. Puedo comprender su pena. Es como una inundación: evidentemente nadie la quiere, pero forma parte de los ciclos de la naturaleza. Élise lo dice sin filtros e incluso delante de los pastores: «El lobo forma parte de la biodiversidad». Pero, finalmente, también ella tendrá que hacer frente a los problemas que plantea.

Élise, el personaje que interpreta Solène Rigot, expresa abiertamente sus opiniones. Hay un momento en el que dice: «No necesito el teléfono móvil». ¿Su película es, de alguna manera, una declaración política? ¿Nos está tratando de decir que debemos dejar de vivir como lo estamos haciendo?

Sobre todo es una declaración sobre esa posibilidad. Es posible parar. Es posible despojarse de muchas cosas materiales. No necesitamos tantas cosas. Es posible escapar del mundo capitalista. Es posible elegir. Antiguamente, eras pastor porque no habías estudiado o porque tu madre, tu padre, tus abuelos eran pastores. Hoy, la mayoría de los pastores lo son por elección. Han elegido salir de la rueda del capitalismo y del consumismo. Unas veces lo hacen como un ejercicio político consciente y otras simplemente porque han elegido esa manera de estar en el mundo. En la película ni siquiera aparece el pasado de Mathyas como publicista en Montreal. Todos conocemos ya cómo es esa vida. Pensé: «La gente se va a aburrir. Pasemos directamente a su elección, al camino de salida, a su renuncia al capitalismo, al consumismo y a la supereficacia».

Tras ver la película, ¿mucha gente se le acerca para preguntarle cómo ser pastor?

Cómo ser pastor, no, pero en Canadá, en Francia y en Italia veo mucha gente emocionada. Creo que ven la película como una conexión con la vida. No se trata de lo que poseo sino de lo que soy, de cuál es mi forma de estar en el mundo. Cuidar un rebaño puede ser algo muy bello, pero creo que la película va más allá: es una invitación simplemente a cuidar, que es lo contrario de la dominación. Creo que la dominación es el gran mal de nuestro mundo: el deseo del ser humano por dominar la Tierra, por dominar otras especies, por dominar a otras personas, por dominar otros países. La ecología nos enseña a tener humildad, a aceptar que somos una pequeña parte de este vasto mundo.


‘Hasta la montaña’, de Sophie Deraspe, se estrena en cines el viernes 27 de febrero.

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La ruta de la ‘chatarra’ venezolana: oro que se vende por toda Europa

Por: Marco Dalla Stella

Aguas turquesas, fachadas coloniales holandesas, destino de cruceros y lunas de miel. Curazao es una postal del Caribe. Pero durante años, esta pequeña isla neerlandesa fue también uno de los principales centros del mercado mundial de oro.

A 45 minutos de vuelo de Venezuela, con zona franca aduanera y conexiones directas con Europa, Curazao reunía las condiciones perfectas para que el metal precioso pudiera llegar hasta los mercados mundiales. Datos de las Naciones Unidas muestran que en la década de 2010 de la isla salieron más de 110 toneladas de oro por un valor de 4.500 millones de dólares, más de lo que Sudáfrica produce en un año. Pero la legitimidad de ese oro plantea algunas dudas. Curazao no tiene minas, y apenas cuenta con 150.000 habitantes.

«No había una razón plausible para que grandes flujos tuvieran que pasar por Curazao», explica Alan Martin, responsable de cadena de suministro de la London Bullion Market Association (LBMA), la organización que gestiona uno de los mercados de metales preciosos más importantes del mundo. Cuando los flujos desde Curazao quedaron al descubierto, la asociación ordenó a sus miembros rechazarlos. «Si analizamos los volúmenes, no hay suficientes joyerías que los justifiquen», dijo Martin. «Para nosotros estaba claro que no se trataba de una fuente legítima».

¿De dónde procedía ese oro ilegítimo? ¿Quién lo movió? ¿Dónde terminó? Cientos de documentos confidenciales –facturas, extractos bancarios, correos electrónicos, certificados de refinación y declaraciones judiciales– obtenidos por IrpiMedia y ArmandoInfo, y compartidos con OCCRP (Organized Crime and Corruption Reporting Project), revelan por primera vez cómo funcionó la operación que movió la mayor parte de ese oro: al menos 90 toneladas por un valor superior a los 3.000 millones de dólares.

Entre 2012 y 2018, una sola empresa comercial en Curazao canalizó decenas de toneladas de oro venezolano hacia Europa, declarándolo como «chatarra» –es decir, metal reciclado procedente de joyas viejas, piezas dentales o monedas fundidas– aunque, según determinó la investigación, una parte relevante procedía en realidad de minas.

Análisis químicos

El principal destino fue Argor-Heraeus, una de las mayores refinerías del mundo, con sede en Suiza, que lo recibía de un importador, también suizo. La normativa de la industria no exigía entonces a las refinerías rastrear el origen del oro reciclado más allá de su proveedor inmediato. Bastaba con verificar al intermediario, aunque se supiera que el metal venía de Curazao y, antes de eso, de Venezuela.

«Nuestros procedimientos de diligencia debida han superado de forma consistente tanto los requisitos legales como los estándares de la industria», respondió Argor-Heraeus. «En ningún momento nuestra empresa ha procesado conscientemente material vinculado a actividades ilícitas». La refinería añadió que sus análisis químicos confirmaban que todo el oro adquirido desde Curazao era chatarra.

Pero OCCRP obtuvo una muestra de los propios resultados de Argor para 6,5 toneladas de ese oro. Según expertos consultados, la firma química del metal indica con fuerza que al menos una parte procedía de minas.

Durante el periodo en que Argor compraba oro desde Curazao, cientos de empresas cotizadas en EE. UU. –entre ellas Apple, Tesla y Nvidia– declararon a la refinería suiza como parte de su cadena de suministro de oro en sus informes ante la Comisión de Bolsa y Valores.

No hay pruebas de que Argor-Heraeus haya violado ninguna ley. Pero el caso expone una grieta estructural en el mercado mundial del oro: si se declara como «chatarra», el metal de las fuentes más problemáticas del mundo puede entrar en la cadena global sin que nadie pregunte de dónde viene realmente.

Esta historia comienza en la selva venezolana.

La selva

En 2011, el presidente Hugo Chávez nacionalizó la extracción de oro en Venezuela. Las empresas internacionales fueron expulsadas y todo el metal pasó a ser, al menos en teoría, propiedad del Estado. En la práctica, guerrillas colombianas, organizaciones criminales y unidades militares se disputaban el control de las minas, canalizando divisas hacia el régimen de Chávez y, tras su muerte en 2013, hacia su sucesor, Nicolás Maduro.

Con el desplome del petróleo, la inflación desbocada y el cerco de las sanciones, Maduro convirtió el oro en «el nuevo petróleo», como lo describió la OCDE. En febrero de 2016 creó el Arco Minero del Orinoco: 112.000 kilómetros cuadrados destinados a la extracción de oro, coltán y diamantes.

Lo que siguió fue una catástrofe. Miles de kilómetros cuadrados de Amazonia deforestados, ríos contaminados con mercurio, y en las minas: explotación laboral, trabajo infantil, trata sexual, asesinatos y desapariciones, según documentaron Naciones Unidas y el Departamento de Estado de EE. UU.

En el centro de todo, según la documentación, estaba el ejército. Cientos de miles de mineros trabajaban en minas improvisadas controladas por militares que cobraban a organizaciones criminales por el acceso. La venta de oro, escribió el Tesoro de EE. UU. en 2019, se había convertido en «uno de los esquemas financieros más lucrativos del régimen». Pero gran parte de ese oro salía de contrabando: aunque el gobierno había ilegalizado el comercio independiente y obligaba a vender toda la producción al Banco Central, Transparencia Internacional estima que el 70% fue traficado al exterior.

«Sabemos con certeza que el comercio ilícito fue orquestado con la participación de los más altos niveles», afirmó Bram Ebus, un investigador del International Crisis Group.

Fue en ese contexto que grandes cantidades de oro empezaron a fluir hacia una pequeña empresa registrada en la zona franca de Willemstad.

‘Chatarra

Curaçao Precious Metals & Co fue registrada en 2010 en la zona franca de Willemstad por Héctor Óscar Castellón, un bróker de oro venezolano, y Mario Pataro, miembro de una familia italo-panameña con décadas en el comercio regional de metales preciosos. La empresa –conocida como Cupremeco– funcionaba como intermediaria: recogía cargamentos de oro de proveedores en Venezuela, los trasladaba a Curazao y desde allí los enviaba directamente a la refinería de Argor-Heraeus en Mendrisio, Suiza.

Pero en el papel, el oro no iba de Cupremeco a Argor. La documentación muestra que se vendía primero a Precious Metals Services (PMS) SA, una empresa suiza creada por Marco Briccola, socio comercial de Pataro. Era PMS quien luego lo revendía a Argor-Heraeus, aunque nunca tocaba físicamente el metal.

¿Por qué añadir un eslabón innecesario? Castellón lo explicó con franqueza en una declaración jurada ante un tribunal de Florida: «Para que distintas personas abran cuentas grandes en diferentes refinerías hay que pasar por el ‘know your customer‘. Es un proceso muy largo y difícil, y no todos lo logran. Así que decidimos ir por otra vía». La función de PMS, declaró en sede judicial, era facilitar que el oro pasara los controles de cumplimiento de Argor-Heraeus.

Oro
Oro en estado natural. UNIVERSIDAD DE TALLIN / CC BY 4.0

El negocio era extraordinariamente lucrativo. Entre 2014 y 2019, Argor-Heraeus pagó a PMS alrededor de 1.000 millones de dólares por el oro suministrado, según registros bancarios. (El valor total del oro enviado a la refinería suiza durante el periodo investigado supera los 2.200 millones de dólares; esta investigación no logró determinar a qué se debe esta diferencia. La refinería dijo que la cifra de 1.000 millones «no era correcta» pero no quiso precisar cuál era la correcta). Con parte de ese dinero PMS pagaba a los proveedores del oro.

El mayor de ellos era el propio Castellón: empresas vinculadas a él y a personas de su círculo recibieron más de 400 millones de dólares de PMS, según muestran datos bancarios y múltiples declaraciones judiciales. Un segundo gran proveedor, Marco Antonio Flores Moreno, junto con empresas de su entorno familiar, recibió más de 55 millones. Flores Moreno fue imputado en Brasil en 2020 como figura central de una organización que traficaba oro extraído ilegalmente en Venezuela, lo transportaba a Brasil y lo declaraba como «chatarra» para eludir controles, según una sentencia del tribunal federal brasileño. (El caso sigue abierto. Flores Moreno no respondió a las preguntas).

¿De dónde sacaban el oro estos proveedores venezolanos?

Aunque en las facturas de Cupremeco la mayor parte figuraba como «chatarra», hay evidencia de que un porcentaje elevado era en realidad oro recién extraído de minas. «Algo de casas de empeño, pero sobre todo minas», admitió Castellón, el mayor proveedor de Cupremeco, al Tribunal de Florida.

Pataro, por su parte, dijo a OCCRP en una entrevista en diciembre de 2025 que simplemente no sabía de dónde venía todo el oro que recibía de Venezuela. «Si viene de una mina o de los dientes de un pobre, ¿yo cómo puedo saberlo?», declaró.

Al llegar a Suiza, el oro era declarado ante la aduana como originario de Curazao –no de Venezuela–. En la normativa aduanera, «país de origen» puede significar donde el producto fue obtenido o donde tuvo lugar su última transformación significativa. En el caso del oro, esa transformación sería la refinación.

Firma química

Argor-Heraeus negó que PMS funcionara como intermediario para eludir controles de cumplimiento, como declaró Castellón. Eso, dijeron sus abogados, «equivaldría a un fraude elaborado para engañar a los proveedores de servicios posteriores». La refinería insistió en que no tenía relación comercial con Cupremeco y que trataba exclusivamente con PMS.

Sobre el origen del oro, Argor fue categórica: sus análisis forenses descartaban que proviniera de minas venezolanas. La refinería dijo haber sometido el metal a pruebas de fluorescencia de rayos X (XRF), una técnica que mide la composición de una barra de oro –las proporciones de oro, plata y otros elementos – y puede ofrecer indicios sobre su origen, ya que el oro de mina y el reciclado suelen tener firmas químicas distintas. Los resultados, según Argor, mostraban «niveles de pureza y cantidades consistentes con chatarra procedente de una mezcla de joyas y lingotes reciclados».

Tras recibir las preguntas de OCCRP, la refinería encargó además una revisión independiente a GeoBlock International, que corroboró sus conclusiones. Argor-Heraeus no quiso compartir sus resultados de laboratorio con OCCRP, alegando confidencialidad, y no respondió a preguntas sobre qué datos había facilitado a GeoBlock ni si había analizado todo el oro recibido desde Curazao o solo una muestra.

Valoración de expertos

Pero OCCRP obtuvo de forma independiente los resultados de 469 operaciones de refinación de Argor-Heraeus correspondientes a 6,5 toneladas de oro importado desde Curazao, en su mayoría en 2016.

Seis expertos que revisaron esos datos –entre ellos cuatro académicos especializados en geología y geoquímica– concluyeron que los niveles de pureza indicaban una mezcla de oro de mina y chatarra reciclada.

«El gran volumen de oro no es realísticamente obtenible solo a partir de chatarra, de modo que la explicación más lógica es que se trate de lingotes de minería o de chatarra combinada con lingotes procedentes mayoritariamente de minería», dijo a OCCRP Richard Goldfarb, profesor de geología en la Colorado School of Mines.

Wendell Fabricio-Silva, geólogo forense, coincidió: «La firma composicional observada se corresponde más con oro primario parcialmente procesado que con oro previamente refinado reintroducido en el mercado como chatarra».

Argor-Heraeus rechazó estas conclusiones. «Rechazamos las opiniones contrarias de expertos no identificados, cuya metodología y resultados no nos fueron compartidos en su totalidad», respondieron sus abogados. «Las acusaciones se basan en un conjunto de datos admitidamente incompleto, limitado a 2016 con algunos puntos de 2014 y 2015, y restringido al contenido de oro y plata».

El sello

La operación de oro desde Curazao llegó a su fin en mayo de 2019, cuando autoridades británicas y de las Islas Caimán interceptaron un cargamento de oro venezolano exportado por Cupremeco. La mayor parte del oro fue decomisada como producto del delito.

La incautación bastó para romper la relación entre Argor-Heraeus, PMS y Cupremeco.

«De acuerdo con nuestras estrictas directrices, cortamos inmediatamente con cadenas de suministro o socios comerciales ante cualquier sospecha de comportamiento fraudulento», escribió Argor-Heraeus a OCCRP. «Este enfoque se aplicó también en 2019 a la relación con PMS SA y su cadena de suministro ascendente, incluida Cupremeco».

Pero para entonces, el corredor de Curazao ya había introducido en el mercado global, a través de Argor-Heraeus, más de 2.000 millones de dólares en oro de origen dudoso.

«Una vez que la refinería lo convierte en esos lingotes relucientes con su sello, se vuelve legítimo. Se pierde toda trazabilidad y el oro fluye al sistema monetario internacional, a la electrónica de consumo, a la joyería, a todo», dijo Quinn Kepes, de Verité, una organización que ayuda a empresas a identificar riesgos laborales en sus cadenas de suministro.

Esta investigación fue realizada por IrpiMedia, ArmandoInfo y OCCRP con el apoyo de JournalismFund. La Marea la publica en español con autorización de los autores.

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Cosas oídas en un taxi en Barcelona una noche de febrero de 2026

Por: Antonio Avendaño

Fue en Barcelona, hace solo unos días. El trayecto en taxi duró unos veinte minutos, quizá veinticinco. Fue subirnos al vehículo y el conductor empezó a hablar, primero con prudencia, como tanteando el terreno que pisaban sus clientes, para inmediatamente después, tras informarse de que procedíamos de España española, tomar aire, ganar confianza y deslizarse imparable por una pendiente discursiva que, incontenible, no cesaría hasta llegar a nuestro ansiado destino. 

El hombre al volante rondaba el medio siglo, y de su franco, desinhibido y detallado discurso podía colegirse que su existencia venía transcurriendo desde mucho tiempo atrás por los desolados arrabales del fracaso vital y profesional. Escuchándole se llegaba pronto a la conclusión de que nuestro inesperado speaker debía ser, aunque él nunca lo explicitó así, votante de Vox. Confesó sin amargura visible ganar 1.200 euros al mes, no lamentaba la precariedad de su sueldo: su obsesión era España y cómo estaba menguando el número de quienes se decían españoles.

Sin saberlo, nos impartió una lección magistral de sociología electoral que, en un contexto académico y dictada por un experto en demoscopia, bien habría podido titularse ‘Perfil psico-sociológico de un asalariado que vota a la extrema derecha’. Bien pensado, y a la vista de la magnitud de la derrota existencial que su relato dejaba entrever, la franqueza descarnada del mismo despertaba en los viajeros inermes más piedad que ira, más compasión que enojo

En estos términos, y con un marcado acento vasco, habló nuestro hombre:  

“¿De Sevilla? Buen sitio Sevilla, allí tendría que irme yo, soy aragonés pero he vivido muchos años en Euskadi, he tenido allí buenos jefes, gente seria ¿eh?, pero que si podía engañarte con el finiquito, te engañaba, lo malo es que allí, si no eres euskaldún, pues no prosperas, ya te digo, así de claro, y eso que el PNV mucho hablar pero bien que estaban con Franco, los de ETA salieron de allí, una escisión del PNV, y Euskadi sur la fundó don Diego López de Haro, que era de La Rioja, hay que estudiar un poco de Historia para que no te engañen, pero luego pasa lo que pasa, que ya no hay españoles, aquí ya nadie dice que es español, dice soy catalán, soy madrileño, soy andaluz, y a mí lo que me importa es España, yo soy español, y lo digo así, que soy español, tal cual… aquí en Barcelona me va bien, me defiendo, se puede vivir, aunque en Euskadi ganaba más, aquí salgo por 1.200 euros al mes, más el mes de vacaciones, ahora tengo la jornada de ocho horas, porque este mes es malo y no vale la pena cogerse el horario de 12 horas, para estar todo el día haciendo tiempo y sin que lleguen clientes, pues que no compensa, ¿entienden?

Y ahora pago 500 por una habitación, pero he tenido suerte con el piso, sí, bastante suerte, y eso que en otra habitación hay una pareja con su niña, son moritos o como se diga, que a mí me da igual, y no paran de usar la cocina, vas a hacerte algo y allí está la madre cocinando no sé qué para la niña, joder, pero bueno… de Euskadi ya me despedí, aunque mi hermano sigue allí y le va bien, lo que pasa es que lleva ya dos matrimonios y dos divorcios, mi hermano es que tiene un carácter fuerte, pero no es un abusón ¿eh?, no, solo que no le gusta que le digan lo que tiene o no tiene que hacer, y eso hoy en día…

En cambio yo nunca me casé, antes quería formar una familia y tener hijos y que mi padre, que en paz descanse, tuviera nietos, pero nada, y con 51 años ya sé que no va a poder ser, ya me he olvidado de eso, y tampoco quiero estar siempre aquí en Barcelona, yo soy español, no me gusta cómo va España, con Franco no era todo bueno, había cosas malas pero también cosas buenas, los pantanos, la Seguridad Social, y luego había cosas malas que algunos dicen que hacía, pero quienes las hacían eran los que tenía alrededor, la camarilla, no él, hay que estudiar un poco de historia para saber las cosas y que no te engañe cualquiera, aunque yo creo que Franco apoyaba más a la clase media alta que a los pobres, eso sí…”.

Llegamos a nuestro destino. Acaba de caer la noche sobre Barcelona. Nos alojamos en la zona alta de la ciudad. Vista desde las últimas laderas que la aprisionan, la ciudad resplandece y centellea como lo hacía en la edad no siempre dorada de mis veinte años. Abajo sigue el tráfago de coches, tiendas, turistas, idiomas, calles cortadas, vagones atestados, improperios contra Renfe.

No es la Barcelona de mi juventud, pero sigue siendo Barcelona. Tampoco los asalariados de hoy son los de entonces, pero siguen siendo asalariados: aunque hayan dejado de llamarse obreros a sí mismos; aunque piensen, al contrario que los de entonces, que Franco también hizo cosas buenas; aunque sepan o crean saber mucha historia y la patria menguante les preocupe más que ese sueldo de mierda que el partido al que votan nunca menciona.

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23-F: documentos desclasificados y sombras sobre la Corona

Por: Guillem Pujol

Este artículo se publicó originalmente en Catalunya Plural. Puedes leerlo en catalán aquí.

El Gobierno ha iniciado la desclasificación de documentos relativos al 23 de febrero de 1981. La decisión llega más de cuatro décadas después del intento de golpe de Estado y se produce bajo un marco jurídico que sigue siendo anómalo en términos democráticos: la Ley de Secretos Oficiales vigente es de 1968, aprobada en plena dictadura franquista y apenas modificada tras la Transición. No fija plazos automáticos de desclasificación ni establece un órgano independiente que supervise qué debe abrirse y cuándo.

En la práctica, eso significa que la transparencia no es un derecho estructural garantizado por calendario, sino una decisión política. El Ejecutivo conserva el control sobre el ritmo, el alcance y la arquitectura de la apertura. Los documentos publicados contienen información relevante. Pero aparecen como piezas sueltas. Y en esa fragmentación es donde surgen las zonas de sombra. Las analizamos.

El relato que consolida la versión oficial

Entre los papeles desclasificados, el documento titulado «Sucinto relato de los sucesos sucedidos los días 23 y 24 de Febrero de 1.891 a raíz del asalto al Congreso de los Diputados según fueron conocidos en el Palacio de la Zarzuela» es especialmente relevante.

A diferencia de las conversaciones espontáneas o las notas que recogen rumores, este texto ofrece una narración coherente de las horas clave. Su contenido refuerza el relato institucional: presenta al Rey como ajeno a cualquier trama golpista y garante del orden constitucional.

En el documento se relata cómo el general Armada llama a Zarzuela con intención de trasladarse al Palacio, y la respuesta aparece formulada de manera tajante: un “NO” rotundo que bloquea cualquier aproximación. La negativa es determinante y refuerza la imagen de la Corona desvinculada de la trama.

El texto detalla también cómo el Rey coordina con capitanes generales, organiza el mensaje televisado y encauza la respuesta institucional. Todo encaja en un relato ordenado, y el Rey aparece como garante decisivo de la democracia.

Ahora bien, es fundamental matizar qué tipo de documento es, pues no se trata ni de transcripción literal ni una grabación, sino que es un relato interno, reconstruido a posteriori. Esto no implica que sea falso, pero sí que no estamos ante palabras exactas. Es una narración institucional que, naturalmente, consolida el relato oficial.

Armada, el gobierno de concentración y la conversación con Tejero

Entre los papeles desclasificados figura la conversación telefónica entre Juan García Carrés y Antonio Tejero. Leída sin marco institucional que la contextualice, la conversación muestra tensión, expectativa de apoyos militares y referencias constantes a figuras clave como Milans del Bosch y, sobre todo, el general Alfonso Armada.

En el intercambio aparece mencionada la propuesta de Armada de articular un gobierno de concentración que incluiría incluso a Santiago Carrillo. Esta hipótesis ha sido discutida durante años, pero su aparición en una conversación directa entre implicados en el golpe devuelve al centro la pregunta esencial: ¿qué papel jugaba exactamente Armada y bajo qué legitimidad operaba?

Armada no era un actor marginal, y su proximidad histórica a la Casa Real convierte cualquier iniciativa suya en una cuestión políticamente sensible. Si proponía una salida institucional alternativa, ¿lo hacía por iniciativa propia o convencido de contar con una cobertura superior? El documento no resuelve esa incógnita.

Además, la conversación revela la precariedad del momento. García Carrés intenta utilizar a la esposa de Tejero como canal indirecto de comunicación, pidiéndole que él hable en voz alta para poder retransmitir el mensaje desde el exterior. Es una escena casi improvisada que muestra un golpe dependiente de señales inciertas y expectativas frágiles.

Sin embargo, la publicación no conecta este diálogo con otras comunicaciones paralelas ni con movimientos institucionales en la misma franja horaria. La pieza queda aislada. Y lo aislado no cierra el relato.

Los rumores cualificados sobre reuniones con la Casa Real

Otro documento especialmente delicado es la nota interior del Ministerio del Interior fechada el 5 de febrero de 1982. A diferencia del documento que narra cómo ocurrieron los hechos en la Moncloa (que consolida el relato oficial), esta pieza es la que más claramente ha reactivado interpretaciones críticas sobre el papel de la Corona.

El texto recoge informaciones procedentes de “núcleos cualificados de opinión” en Cantabria y de ambientes castrenses que daban por seguras entrevistas confidenciales del Rey con militares implicados en el 23-F, concretamente con el general Armada y con Milans del Bosch. El documento insiste en que no se trata de rumor “callejero”, sino de círculos restringidos y con presencia militar.

Si bien no prueba implicación alguna de la Corona en la trama golpista, sí demuestra que, en determinados sectores militares y de opinión restringida, se consideraba verosímil que el Rey hubiera mantenido contactos reservados con algunos de los principales implicados. Y esa percepción, en un contexto tan delicado como el posterior al 23-F, no es políticamente irrelevante.

Además, el propio documento añade un elemento significativo: según esas versiones, el objetivo de tales encuentros sería evitar que la Corona saliera lesionada del proceso y que los intentos de señalarla no provinieran de militares de “reconocida vocación monárquica”. Esta frase es particularmente sensible porque introduce la idea de una posible gestión política de daños institucionales.

De nuevo, nada de esto constituye una prueba de implicación directa del Rey en el golpe. Pero sí convierte dicho documento en el texto que más alimenta la hipótesis de que el entorno de la Corona pudo haber estado, como mínimo, en una zona de contacto político con algunos de los protagonistas. De ahí que este documento sea el más delicado de los publicados hasta ahora.

Estados Unidos y la frase diplomática que no es neutra

Entre los documentos desclasificados aparece también una referencia a la posición de Estados Unidos ante la crisis española. La fórmula que circula es conocida: Washington no se “mete en los asuntos internos” de España. En términos diplomáticos, es una expresión estándar. Pero en el contexto de un intento de golpe en un país estratégico del flanco sur europeo, la frase no es inocua.

Lo relevante no es sugerir una implicación directa de Estados Unidos, sino constatar que la dimensión internacional formaba parte del clima político del momento. Los actores implicados eran conscientes de que la reacción exterior importaba. La ausencia de condena inmediata podía interpretarse como margen de maniobra.

El problema, de nuevo, no es el documento en sí, sino su aislamiento. No sabemos qué información manejaban las autoridades españolas sobre la postura estadounidense en tiempo real, ni si hubo comunicaciones diplomáticas adicionales no publicadas. La pieza aparece, pero no se integra en una reconstrucción global del contexto internacional.

Transparencia fragmentaria y reforma pendiente

La cuestión no es alimentar teorías conspirativas ni desmontar sin pruebas el relato institucional, pero mientras España siga operando bajo una Ley de Secretos Oficiales heredada del franquismo, sin plazos automáticos de apertura ni supervisión independiente, la desclasificación seguirá siendo discrecional. La historia se abrirá por decisión política, no por derecho ciudadano.

El 23-F es el episodio fundacional de la democracia española. Si la desclasificación quiere fortalecer la confianza institucional, no basta con liberar documentos. Es necesario reformar el régimen del secreto y asumir que el archivo no es propiedad del poder ejecutivo. Porque abrir papeles es un gesto, que, en el mejor de los casos, obedece a una buena voluntad del Ejecutivo de Sánchez, pero no basta con liberar documentos si se hace de manera que la estructura global del acontecimiento permanezca difusa.

En este sentido, tenía razón Javier Cercas cuando insistía en que la democracia española solo podría madurar del todo cuando el episodio dejara de estar rodeado de zonas opacas. Y esto, por desgracia, todavía no ha sucedido.

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Brigitte Vasallo: “Entre las izquierdas hay una arrogancia y una mentalidad cosificante hacia la gente del campo”

Por: Guillem Pujol

En La fosa abierta (Anagrama), Brigitte Vasallo toma como punto de partida la memoria campesina gallega y la experiencia de la emigración a París para cuestionar los marcos desde los que solemos pensar la identidad, la integración y el mundo rural. El libro no es una evocación nostálgica del pasado, sino una intervención en debates muy presentes: la figura del “migrante ejemplar”, la instrumentalización política de la lengua, la construcción cultural del campesinado como sujeto atrasado o incapaz de pensarse.


A través de la historia de su madre –que pasó de una aldea gallega a trabajar como interna en el distrito 16 de París– y de las capas de la migración interna en Catalunya, Vasallo discute la idea misma de integración y señala las dificultades de la izquierda para reconocer al campo como sujeto político con autonomía propia. La memoria, aquí, no es un refugio, sino un campo de disputa.

En esta conversación, la memoria deja de ser relato íntimo para convertirse en herramienta crítica. Hablamos del “migrante útil”, de la integración como tecnología de poder, de la lengua como derecho y no como prueba de pureza, y de la dificultad de las izquierdas para pensar el campo sin convertirlo en objeto. La memoria, aquí, no es un refugio: es una forma de desobediencia.

La memoria –la de tu madre antes de ser madre, la tuya propia, la de la población migrante que viene del mundo campesino– atraviesa todo el libro. No como nostalgia, sino como campo de disputa. Para empezar, ¿qué papel juega la memoria para quienes han migrado y han tenido que desplazarse no solo geográficamente, sino también social y culturalmente? 

A mí me interesa mucho la cuestión de la memoria y, en este caso, que hago memoria de la diáspora, la pregunta de cómo podemos hacer esta memoria sin que responda a las lógicas memorialistas de los lugares fijos. Porque nuestro estar en el mundo y nuestra memoria es necesariamente una cosa distinta.

Entonces, ¿cómo construir esa memoria que no sea una memoria museitable y que no responda a la quietud, sino al movimiento?

Me decía Geni Núñez, que es una pensadora brasileña, que en las cartas jesuíticas de la conquista de los territorios que llamarán americanos se hablaba de que los pueblos nómadas no son colonizables. Entonces, una de las primeras preocupaciones era precisamente eso, parar el movimiento. Y a mí eso me interesa también en el sentido de comportamiento colonizable, cómo conservamos ese movimiento que también es la fluctuación en el pensamiento.

¿Y cómo se puede consolidar una identidad basada en el movimiento? Es decir, ¿la identidad nos remite necesariamente a una serie de representaciones fijas a las que volver? 

Es que tal vez no responde a la lógica de la identidad. También lo que estoy buscando con todo este viaje no es una identidad.

Por eso me gusta y he usado siempre estas dos palabras para definirme a mí misma: charnega y marimacho. ¿Por qué? Porque son palabras que abren una conversación, no la cierran. La identidad es una cosa que cierra más, que ya tiene un tipo de consenso alrededor.

En cambio, usar términos donde no hay aún consenso permite la conversación. Y eso es lo que a mí me interesa. No sé si me interesa tanto buscar una identidad en la diáspora.

Cuando narras en el libro que reunís gente con distintas experiencias de la diáspora, hay un común denominador, aunque las experiencias sean distintas. Hay un apelar a algo compartido.

Sí, en ese caso te remitiría a Spivak cuando habla de identidades estratégicas. Es como lo máximo que me podría interesar en el término identidad. Somos nosotres en ese momento en que hablamos de la diáspora y hay unas cosas en común.

Pero atendiendo a los lugares de salida, que en este caso es el mundo campesino antes de esos últimos procesos capitalistas, es distinta la experiencia en una aldea gallega que la experiencia de las jornaleras sin tierra andaluzas. Y cuando pensamos en los lugares de llegada, es distinta mi experiencia nacida en Catalunya que la de la gente que emigró a América o se quedó en Francia.

Entonces ahí vuelve a haber unos otros que se reconfiguran. Me interesa esa flexibilidad en la construcción y la posibilidad de una no confrontación entre las diferencias. Que no sea exactamente la misma experiencia no significa que sea la experiencia contraria ni que una memoria anule otras.

Si atendemos a las lógicas del pensamiento situado, esta es una pieza del puzzle que yo entrego. El puzzle no invalida las otras.

Foto: Anna Oswaldo Cruz

Se trata, entonces, de encadenar esas experiencias y abrirlas de una forma que no se tapen las unas con las otras.

Exacto. Eso es lo que se llama la estratificación de la clase obrera en términos del capitalismo y también la estratificación de las migraciones. Es uno de los mecanismos que tiene el capitalismo: generar estratos y ponerlos a competir.

Cuando hacemos esta memoria en Catalunya y se nos responde «también había catalanes pobres», claro, una cosa no quita la otra. Es interesante ver cómo el sistema puso a competir a catalanes pobres con migrantes pobres, igual que ahora se nos dice que el problema son los migrantes.

Y nosotras, hijas de migrantes internos, no saltamos las alarmas porque no sentimos que estén insultándonos, cuando también lo están haciendo.

Entender todos esos estratos forma parte de un relato que no alterice y que no haga brocha gorda con las clases subalternas.

Hablas del campesinado como una clase social difícilmente colonizable, casi impermeable a ciertas lógicas del capitalismo. ¿Por qué el campesino ha sido visto históricamente como alguien peligroso o indomable para el sistema?

El campesinado, en verdad, como clase social y como grupos sociales, es bastante indomable en ese sentido. ¿Por qué? Porque son grupos bastante autónomos. Eso ya lo decía Berger: un campesinado –a no confundir con el capitalismo agrario– es una clase social totalmente impermeable al consumismo.

Ya no es que tenga que hacer un esfuerzo para no dejarse atrapar, es que no necesitan nada. Yo estoy aquí en casa de mis primas y prácticamente no necesitan nada. Hoy en día tienen que pagar impuestos, claro, y ya no se fabrican la ropa como antes, pero por lo demás la cuestión de la acumulación, cuando hablamos de patatas, nabos y zanahorias, es un poco extraña.

Entonces es una clase social impermeable. Para los sistemas que se han ido instalando desde la modernidad, tanto el capitalismo como el Estado liberal, no se puede permitir que eso exista. Yo hago un paralelismo con las lesbianas o con las mujeres trans. Pienso: ¿para qué tanto ensañamiento si somos cuatro? Proporcionalmente somos una cosa irrisoria. Tal vez tanto ensañamiento porque somos un ejemplo disciplinar. Si existimos, quiere decir que hay otras formas de existencia posibles.

Y eso pasa también con el campesinado. Si el campesinado existe, quiere decir que hay otras formas de vida posibles. Y eso es lo que al sistema no le interesa. Entonces se disciplina, se invisibiliza, se barbariza al campesinado para que no podamos ni siquiera vernos reflejadas ahí.

Y a veces, desde la ciudad, también se romantiza el campo…

Claro, claro. Pero romantizar es fetichizar, y solo puedes fetichizar un objeto. El franquismo lo hizo. Primero fetiche y después, cuando ya no sirve, se tira. Es una cosificación.

Quería preguntarte por Paco Candel, una figura que en Catalunya se presentó como una suerte de “migrante modélico” y que tú criticas en tanto que representa tan bien la idea de integración del amo. 

Paco Candel fue el migrante útil. Y cuando digo útil no lo digo como juicio moral, sino como función política. Es el migrante que no solamente acepta asimilarse, sino que además acepta ocupar el lugar ejemplar desde el que se mide a los demás. Se convierte en referencia normativa.

Entonces, si Paco Candel se integró, ¿por qué no se integran los musulmanes? Si la migración anterior funcionó, ¿qué pasa con la actual? Ahí se produce un desplazamiento muy claro. El problema deja de ser estructural, deja de tener que ver con condiciones materiales, con racismo institucional, con desigualdad, y pasa a colocarse en el grupo migrante más débil del momento. Se individualiza y se culturaliza el conflicto.

Además, esa figura del “buen migrante” cumple otra función. No solo disciplina hacia fuera, también cierra el debate hacia dentro. Se construye una voz autorizada que habla en nombre de una experiencia entera. El año pasado se celebró el aniversario Candel y nadie me invitó a hablar de la cuestión charnega. Eso no es anecdótico. Se establece una especie de canon. Hay una figura que puede hablar por los siglos de los siglos de las migraciones internas, y otras voces quedan fuera.

Y cuando esa figura se utiliza como ejemplo comparativo frente a otras migraciones, lo que se está haciendo es reforzar una jerarquía racial y cultural. Se dice: antes funcionó, ahora no funciona. Entonces el fallo no es del sistema, es del nuevo migrante. Ese es el mecanismo.

Dices también que la mutación de clase de tu madre, que pasó de la aldea a trabajar de sirvienta en París, para luego volver a Galicia, fue también una mutación de género. 

Esto es un salto filosófico que me he permitido hacer. Cuando escribí el libro sobre lenguaje inclusivo y exclusión de clase empezaron a aparecer imágenes sobre mi origen campesino de forma poco intencional. Yo ya ponía la imagen de mi tía Erundina, que tenía bigote, y a mí eso siempre me pareció una cosa atrasada, porque era una campesina con bigote.

Hasta que en los ambientes transfeministas se empezó a hablar de no depilarse y eso me pareció súper moderno. Pero esos cuerpos yo ya los había visto. Lo que pasa es que no les había dado legitimidad política.

Entonces pienso en ese cuerpo campesino que no es un cuerpo refinado. Cuando Kollontai habla de la nueva mujer que no va a depender de un hombre, mis abuelas nunca dependieron de un hombre. Aquí hay un montón de hijos de soltera, mujeres que han criado y han tirado adelante la casa sin depender de nadie.

Federici nos dice que con el salario llega un tipo nuevo de patriarcado: la vida depende del salario y con él se crea desigualdad de género. En las colonias industriales catalanas los hombres cobraban salario entero, ellas la mitad y los niños menos. Eso genera una estructura que pasa a depender de los hombres.

En el campo no hay tarea que no sea cuidado. Todas las tareas tienen el mismo prestigio.

Mi madre, campesina de una aldea donde todos estamos emparentados, se marchó a París. No sabía leer ni escribir. Llegó al barrio 16, entró de interna en una casa rica y pasó diez años allí. Tuvo que aprender a usar el tenedor y el cuchillo, a cocinar como ellos. Tuvo que sofisticar su género.

Quería preguntarte por la llamada España vaciada, que aparece un poco como música de fondo en el libro. Hay todo un relato político y mediático sobre el vacío, sobre territorios que supuestamente ya no tienen sujetos, casi como si fuesen espacios disponibles para proyectos externos. ¿Qué hay de cierto en esa idea de lo vacío? ¿Existe realmente ese vacío o es una forma de nombrar otra cosa?

No, ciertamente, lo vacío no existe. Las resistencias siguen existiendo. A mí me preocupa mucho la relación entre las izquierdas políticas y el campesinado; hay una arrogancia y una mentalidad cosificante respecto a la gente del campo.

La gente del campo es diversa y vota a todo el espectro. ¿Cómo es que no hay un acercamiento en horizontal, una escucha real, un apoyo a los proyectos que existen aquí?

Con los incendios se vio claro: no se puede desbrozar el monte para prevenir que el fuego se extienda, pero sí se desbroza para postes eléctricos, eólicos o placas solares. Eso genera un malestar muy fuerte.

Cuando dices que la izquierda no tiene proyecto político para el campo, pero sí existe una narrativa cultural muy potente sobre lo rural, pienso en el cine de Carla Simón o en As bestas, de Sorogoyen. ¿Qué te parece problemático de esa representación? ¿Qué es lo que está narrando realmente la película sobre el campesinado?

Una de las cosas que me ha enseñado esta investigación es que todo el pensamiento político que hacemos desde la modernidad es hijo de la modernidad. No planteamos la modernidad como uno de los marcos posibles, sino como la neutralidad. Todo el pensamiento que hacemos dentro del capitalismo es capitalista, incluso el anticapitalismo.

Uno de los éxitos narrativos de la modernidad ha sido construir al campesino como un ser incapaz de pensarse a sí mismo, como alguien al que tiene que venir la gente de ciudad a explicarle lo que le pasa. Y eso lo vemos también en productos culturales que, incluso siendo críticos, siguen reproduciendo esa mirada.

En el caso de As bestas, mucha gente de izquierdas no había leído la película en ese sentido. Pero ahí vuelve a aparecer esa figura del campesino como bruto, como incapaz de entender el mundo, como alguien reaccionario por naturaleza. No se plantea qué conflictos materiales hay, qué tensiones reales existen, qué choque de proyectos se está produciendo.

Incluso cuando desde la izquierda se habla de “llevar el arte al campo” o de intervenir culturalmente en lo rural, hay algo de esa misma lógica: como si aquí no hubiese pensamiento, ni cultura, ni capacidad de producir discurso propio.

No se reconoce al sujeto campesino como sujeto político y sujeto de su propia historia.

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Los extremos del Donbás (1)

Por: Unai Aranzadi

Dos soldados ucranianos comienzan a pegar tiros al aire con sus escopetas calibre doce, lo cual provoca la estampida de un grupo de civiles que esperaba salir del municipio de Druzhkivka en el último microbús que hace tres veces al día la ruta hasta la ciudad de Kramatorsk. Por lo visto, un dron ruso ha intentado acercarse al centro urbano, desatando el terror en los pocos vecinos que aún no se han marchado de esta localidad, martirizada a diario por la artillería rusa.

En medio del caos, Natalia, la conductora del viejo microbús al cual estaban esperando los usuarios, se baja y con mucha sangre fría, pide calma. Poco a poco, la gente que se ha dispersado buscando cobijo –casi todos ancianos– va recuperando su puesto en la marquesina del autobús para ir abordando el vehículo con una mezcla de resignación y miedo. Todo apunta a que la aeronave no tripulada ha pasado de largo, aunque no sería extraño que hubiera explotado contra el microbús.

Dos meses atrás, a cinco kilómetros de aquí, uno de estos aparatos atacó un microbús con el conductor y dos civiles a bordo. El chófer de 47 años murió en el acto, y los civiles, de 71 y 86 años, sobrevivieron, pero con heridas graves. “Lamentablemente, no sería ni el primer ni el último caso que se produce en este lugar”, afirma Natalia, la conductora de mediana edad, fuerte y decidida, que hace la ruta diaria entre Kramatorsk y Druzhkivka, probablemente, uno de los corredores más peligrosos de toda Ucrania. “Antes íbamos hasta Kostiantynivka, la siguiente población, 10 minutos más al sur, pero ya no se puede. Eso es el frente abierto. Está todo en ruinas, como lo que ves aquí en Druzhkivka, pero con más drones y más fuego de artillería”.

El Donbás se divide en dos provincias, la de Lugansk y la de Donetsk. La primera, está ya en manos de Rusia, y la segunda, podría no estar muy lejos de ser totalmente conquistada por la fuerza invasora, aunque en su interior aún resisten las dos ciudades industriales de Sloviansk y Kramatorsk, las cuales conservan unas pocas poblaciones de su perímetro en los que la vida es extremadamente difícil. Por el sur, el municipio de Kostiantynivka es la línea del frente tal y como explicaba Natalia. Un lugar bien conocido por los enviados de la prensa, puesto que era de paso obligado en el camino hacia otros escenarios de batalla, como los de Bajmut y Chasiv Yar, ambos ya perdidos por las fuerzas ucranianas.

Dados los peligros constantes que rodean a todas estas localidades del sur, lo habitual para muchos soldados, funcionarios o periodistas, es pernoctar en la ciudad de Kramatorsk, y cuando es necesario, bajar a Druzhkivka y Kostiantynivka (esta última solo accesible con escolta militar) en un corto viaje de entre 10 y 20 minutos. Ese desplazamiento se hace por una carretera parcialmente cubierta por una red antidrones. Un paisaje distópico en el que los vehículos civiles son escasos y, en su lugar, se observan blindados y camiones de suministros para las posiciones militares que se encuentran, o bien al sur, en Kostiantynivka, o bien en los aledaños de esa misma carretera, puesto que las fuerzas rusas dominan todo el flanco este (y una pequeña parte del flanco suroeste), en lo que comienza a ser el inicio de un cerco al último terruño del Donbás en manos del ejército ucraniano.

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Carretera a Druzkhkivka con la red antidrones. UNAI ARANZADI / INDEPENDENT DOCS

Según se calcula, un 10% del total. En el resto de este histórico territorio industrial viven los ucranianos que se opusieron manu militari al proceso del Euromaidán y aquellos que, por lo que fuere, no se han querido ir del lugar. En total, seis millones de personas. Así las cosas, desde el 30 de septiembre del 2022 (y tras 8 años de negociaciones fracasadas con Kiev), ambas provincias secesionistas se hallan integradas en la Federación Rusa gracias a un referéndum que violó el derecho internacional y no ha sido reconocido por Naciones Unidas.

Para Denis, uno de los soldados que recorre el centro de Druzhkivka armado con su escopeta calibre 12, “la artillería mata mucho, pero, de alguna manera, los drones inquietan más”, afirma blandiendo su arma al tiempo que mira al cielo. No en vano, aquí, cuando la gente escucha disparos de escopetas, significa que hay una de estas aeronaves, ágiles y rápidas, buscando objetivos por la zona. Es en ese momento cuando la gente corre espantada y se mete donde puede, tratando de no ser vista por el operador que pilota la aeronave. Por el contrario, con la artillería “es algo súbito y contundente”, explica Denis, quien por afinidad o ignorancia, no tiene problema en dejarse fotografiar frente a un retrato de Oleksandr Muzychko, el paladín del Euromaidán que antes de morir en el 2014 prometió “combatir a judíos, comunistas y rusos” mientras tuviera “sangre en las venas”.

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Soldado ucraniano frente a un retrato del líder neonazi Oleksandr Muzychko. UNAI ARANZADI / INDEPENDENT DOCS

A las afueras de Druzhkivka, donde ya no se ve un alma, se encuentra Oleg, un soldado de 25 años reclutado por la fuerza en la ciudad de Járkiv. Según admite, ha llegado a la guerra por obligación, se encuentra deprimido y desprecia a Zelenski, pues lo considera corresponsable de algunos de los problemas que atraviesa el país. La revuelta del Euromaidán le cogió muy joven, de modo que dice no tener formada una opinión clara de lo bueno o malo que ha sido para el país ese viraje hacia el ultranacionalismo. Él representa bien a esa mayoría silenciosa de jóvenes ucranianos que –más allá de la evidencia de que la invasión rusa ha sido un crimen contra el que es legítimo luchar– se encuentra en un estado de apatía e indiferencia frente a los discursos grandilocuentes de quienes les invitan a sacrificar su vida por un modelo de Estado que les ha dado poco o nada.

En el otro extremo del relato está Vlad, un soldado que, como tantos otros, necesita hablar de sus dramáticas vivencias en la guerra. Como hacen muchos combatientes con estrés postraumático, saca el teléfono móvil –sin que nadie se lo pida– y muestra una imagen de él mismo bañado en sangre, pero consciente, al contrario de su mejor amigo, a quien me enseña muerto en el interior de una tanqueta a la que consiguió entrar una esquirla de metralla que le perforó la cabeza. “Yo no descanso ni de permiso, porque soy de aquí. Así que llevo años entre bombas. Druzhkivka es muy peligroso. Con lo pequeño que es, muere gente casi todos los días porque el enemigo está a 10 kilómetros, demasiado cerca”. Preguntado por cómo ve una futura convivencia con sus vecinos rusos, responde que su vieja hermandad se ha acabado para siempre. Él es uno de tantos jóvenes rusófonos a quienes la invasión del 2022 les ha hecho cambiar sus referentes históricos y girarse hacia el occidente del país y Europa.

De vuelta en el centro de Druzhkivka, una gran explosión sacude un barrio del municipio, despertando la inquietud de las pocas personas que en ese momento se encuentran en la calle. Al parecer, varias bombas guiadas han caído unas manzanas más abajo, por lo que es hora de encontrar refugio y buscar la forma de salir a Kramatorsk, la ciudad dormitorio de esta guerra en su capítulo del Donbás. Al día siguiente, de regreso a Druzhkivka, surge la oportunidad de ir al hospital donde intervienen a los soldados que llegan heridos desde la primera línea. Se trata de un edificio rodeado por ruinas y ambulancias calcinadas, por lo que, de no ir con alguien que lo conozca, cualquiera podría pensar que se encuentra cerrado o abandonado. Totalmente recubierto por redes antidrones, en lugar de un portón de acceso tiene unas cortinillas colgantes a modo de lianas, para que sean atravesadas sin problema por las ambulancias blindadas, pero no por los drones, que se estrellarían al enredar sus hélices con las finas cortinillas que cuelgan hasta el propio suelo.

‘Los que esperan’

En el lúgubre vestíbulo del hospital hay camillas amontonadas, una de ellas con sangre coagulada. El militar a cargo de la sala de urgencias se llama Dima, viste de civil y lleva una pistola de 9mm al cinto. Según indica, se trata del “hospital más cercano a la línea de fuego. Cualquier herido, sea civil o militar es atendido aquí”. Quitándose unos guantes de látex y con una tijera de primeros auxilios colgada del pecho, aparece Sasha, el cirujano que opera a los soldados que están en el quirófano. Con un nivel de estrés bien visible en su rostro, informa de que no puede hacer declaraciones sin recibir una orden por escrito.

Tras preguntar por los civiles heridos en el bombardeo del día anterior, nos llevan al área civil de este hospital de aspecto semiclandestino. Tras recorrer unos pasillos que dan buena cuenta de las paupérrimas condiciones del sistema sanitario ucraniano, entramos en una habitación en la que el hedor se hace insoportable. La enfermera se ha equivocado, y nos ha llevado a donde unos ancianos que han sufrido congelaciones. Por lo general, son gentes que no han querido ser evacuados del frente y malviven en condiciones extremas sin agua corriente, electricidad y pasto de los bombardeos continuos o, aún peor, combates cuerpo a cuerpo. Habitualmente mirados con sospecha, aquí se les conoce como zhduny (‘los que esperan’). En muchas ocasiones la razón por la que no salen de casa responde a motivos tan simples como la falta de familiares a los que recurrir, la pobreza extrema o la movilidad reducida, aunque sin duda también existen los casos de gentes “que esperan”, porque tienen a sus hijos o amigos en la Ucrania bajo administración rusa.

“Hemos encontrado a un superviviente del bombardeo ruso de ayer. Es el único que quiere hablar”, dice Vita, la jefa de enfermeras, optimista y dispuesta a facilitar el trabajo de la prensa. En una habitación con luz y calor –todo un lujo en el invierno más frío y cruel que se recuerda en esta guerra– Pavel se prepara para hablar y ser retratado. Su palidez es extrema, pero se siente afortunado. “Pocos lo cuentan cuando atacan con misiles KAB”, advierte uno de los médicos que lo atienden. Con el brazo roto por varios lados, dice querer volver pronto a casa. “¿Pero a qué casa?”, se pregunta con una sonrisa forzada. Es la dura realidad de los civiles y una de las nefastas consecuencias de esta guerra fratricida.

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Pavel, superviviente de un bombardeo ruso a población civil. UNAI ARANZADI / INDEPENDENT DOCS

Propaganda neonazi en el Donbás

Uno de los aspectos que actualmente se percibe en el Donbás, visto con una perspectiva de 12 años visitando la región en ambos lados del frente, es el regreso de todo el culto al neonazismo, velado o no. Por ejemplo, en una de las avenidas principales de Druzhkivka, hay varios carteles, grandes y costosos, hechos con metacrilato, que exhiben fotografías del colaborador de Hitler, Stepan Bandera, un personaje cuyo proyecto e ideología jamás ha tenido el menor arraigo en esta parte de Ucrania (probablemente por eso alguien las ha apedreado y se encuentran medio rotas). Y, aún más notable si cabe, en la carretera por la que se pasa antes de entrar en la recta que da a Kostiantynivka, hay una enorme valla publicitaria igualmente dedicada a Bandera, nueva, reluciente, puesta con todo el esmero de quien quiere mandar un mensaje en tierra ajena. Así las cosas, hacer la vista gorda sobre el culto que el Estado ucraniano rinde a quien colaboró con los que llenaban trenes hacia Auschwitz parece ser la norma en los medios occidentales.

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Cartel apedreado del colaborador de Hitler, Stepan Bandera. UNAI ARANZADI / INDEPENDENT DOCS

A este respecto, y tras verme hacer fotos de las decenas de grafitis en loor del neonazi Oleksandr Muzychko que inundan Druzhkivka, dos hombres de mediana edad llamados Igor y Sergei se dirigen a mí para entablar una conversación sobre lo que está sucediendo en el Donbás que aún conservan las fuerzas armadas de Ucrania. Según Igor, “han venido muchos de Pravy Sektor y gente que piensa como ellos. Ni siquiera son de aquí. ¿Te parece normal que esté todo lleno de su propaganda y que nadie haga nada?» Preguntado por el giro ultranacionalista que el país ha dado a raíz del Euromaidán, Igor es contundente. “Fue malo. Se podían hacer cambios sin caer en el nazismo de Bandera ni excluir a una parte del país como hicieron”, denuncia pese al peligro de sufrir represalias.

No obstante, si bien la mayor parte de los soldados ucranianos son gente del común que ha ido a la guerra de forma obligada o voluntaria, hay un sector –bien visto por el nuevo orden de Kiev e institucionalmente empoderado– que apoya ideologías de odio a todo aquello que no encaja en su proyecto de una Ucrania delirantemente vikinga y cuasigermana. Más allá de las pintadas White Power que se encuentran por doquier, o las pegatinas que en cada esquina animan a sumarse a grupos paramilitares de ultraderecha, valga como ejemplo una escena ocurrida en la estación de autobuses de Kramatorsk. Allí, un soldado sumamente orgulloso, se deja fotografiar con una Reichsadler (águila imperial nazi) y una calavera tipo totenkopf con la gorra M43 de las Waffen SS como parte de su uniforme.

Por si fuera poco, se dedica a pedir la documentación a las personas que van a coger las marshrutkas (furgonetas de transporte público) que se dirigen hacia las aldeas que más sufren la embestida rusa. ¿No hay compañeros o un mando que lo llame al orden como ocurriría en cualquier ejército mínimamente democrático del mundo? Poco importa, porque siempre se podrá alegar lo que aquí ya es costumbre: “Son casos aislados. Son patriotas. Nos defienden”, son las respuestas habituales. De este modo, las críticas, de haberlas, se pretenden postergar para más adelante, cuando la idea de país que defienden los intolerantes (hoy por fin monolingüe, sin partidos de izquierda legales y con un programa escolar que enseña a los niños la gloria de quien defendía la Alemania nazi) se haya consolidado.

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Soldado ucraniano con simbología de la Alemania nazi en su uniforme. UNAI ARANZADI / INDEPENDENT DOCS

Ya saliendo de Druzhkivka, de camino a lugares de primera línea como la aldea de Raiske, se dejan de ver soldados y, por lo general, cualquier signo de vida. Muchos de los postes que sustentan las redes antidrones están destrozados por las explosiones y se debe conducir a gran velocidad en un interminable zigzag mediante el cual sortear los numerosos tanques y vehículos que se hallan calcinados en medio de la pista, pasto de los drones que recorren este cielo noche y día.

De cuando en cuando, se observa un coche civil que circula a una velocidad endiablada sacando telas blancas por las ventanas, con la esperanza de que si un operador de dron los detecta, se apiade de ellos. También es posible ver algunos vehículos militares con telas de acero malamente soldadas sobre los laterales de su carrocería y el techo. Acuden a sus posiciones por caminos repletos de raspútitsa congelada, el fango que históricamente ha protegido a rusos y ucranianos de las invasiones francesas, alemanas y suecas. Al final de una de estas pistas, el fuego de salida, potente y hueco, da constancia del lugar en el que se oculta un poderoso cañón de la artillería ucraniana. No se pueden tomar imágenes sin permiso de las fuerzas armadas, de hecho, es necesario pedirlo incluso para llegar a este tipo de lugares, aquí llamados “zonas rojas”. Nada queda al azar en el control del relato con el que invasores e invadidos quieren hacer historia.

Donbás
Soborna, la avenida principal de Druzhkivka, completamente deshabitada. UNAI ARANZADI / INDEPENDENT DOCS

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Cuba, entre el desastre de la economía y el bloqueo petrolero: “Eres tu propio país” 

Por: Eileen Sosin Martínez

LA HABANA // “El humo afecta, mancha bastante. Si no tienes más de una hornilla, demoras el doble en realizar todas las labores”. Así describe Raúl González* su rutina para cocinar con carbón. “A la hora de apagar, no se le echa agua; el agua le quita su capacidad de combustión y después es muy difícil de encender”. Entonces la llama simplemente se deja morir, o se le echa tierra, explica. El proceso completo le toma entre 40 minutos y tres horas. 

Raúl es estudiante de la Universidad de La Habana, y ahora está de vuelta en su provincia, Pinar del Río, desde que, a principios de febrero, la educación superior pasó a la “modalidad semipresencial”. Esta fue una de las primeras medidas anunciadas por el Gobierno cubano tras la orden ejecutiva del presidente estadounidense, Donald Trump, que amenaza con aranceles a los países que envíen petróleo a Cuba

“Semipresencial” significa que estudiantes como Raúl deberán utilizar una plataforma online para acceder a materiales docentes y continuar el curso escolar. Sin embargo, las pocas horas diarias de electricidad también limitan esta alternativa –los mismos apagones que han dejado casi inutilizados sus equipos electrodomésticos y lo obligan a cocinar con carbón desde hace más de dos años–. 

Mientras, en La Habana, la reducción drástica del transporte resulta uno de los efectos más evidentes de la carencia de combustible. Desde principios de mes se suspendió la venta de gasolina en pesos cubanos; sólo se oferta en dólares, hasta 20 litros por cliente, y mediante un sistema digital que traslada a la virtualidad las filas en las gasolineras. Taxis colectivos que cubren rutas fijas han comenzado a cobrar el doble de los precios habituales

“A ver cómo nos vamos a mover a partir de ahora”, comentaba días atrás Javier Reyes, un mototaxista de la aplicación La Nave. La vez anterior que consiguió gasolina en el mercado informal estaba a 900 pesos cubanos, pero ya el precio andaba sobre los 2.500 pesos por litro (unos cinco dólares). Meses atrás, el litro costaba 400 pesos. “Ya no compro más”, afirma Javier. Como medida individual de contingencia, empezaría a hacer los mandados de su casa en bicicleta. 

Glenda Estévez*, madre de una niña de seis años, también dejó su carro parqueado y va a todas partes pedaleando. Sus jornadas de trabajo en una empresa mixta se han reducido a un día por semana, todavía sin afectaciones al salario. Previendo un eventual aumento de la escasez, ha ido creando su propia reserva de comida. 

La hija de Glenda sigue asistiendo diariamente a la escuela, aunque a veces ha recibido “clases” de niñas de cuarto, quinto o sexto grado que pertenecen al círculo de interés pedagógico. “Ayer había sólo tres profesoras para toda la escuela. Las otras no pudieron llegar”, cuenta. “[Los maestros] son los que más están soportando esta desgracia”. 

Un viraje reciente de las autoridades permite que las micro, pequeñas y medianas empresas privadas (mipymes) importen combustible, hasta ahora prerrogativa de las entidades estatales. No obstante, el potencial beneficio de esa opción está por verse. 

Yonny Osmel Pérez, socio de la mipyme Vera & Jhon SRL, de Baracoa, Guantánamo, inició las gestiones de importación (sólo autorizada para autoconsumo), pero el proceso parece ser “demorado y burocrático”. 

“No hay experiencia ni conocimiento [en esta área], lo que puede generar desde estafas hasta incendios. Luego, se debe evaluar el alcance de las acciones del Gobierno de Estados Unidos contra nosotros los privados”, señala. 

Las afectaciones a su negocio, que incluye una cafetería-restaurante, un taller de impresión y una tienda mixta, comenzaron antes del bloqueo petrolero a la isla. Por ejemplo, durante el año pasado los apagones de hasta 20 horas seguidas le impidieron elaborar alimentos y enfriar las bebidas. 

Han utilizado carbón, estaciones portátiles de carga y generadores eléctricos a base de gasolina. Por último, decidieron invertir en la instalación de paneles solares. Sin embargo, el empeño o la resiliencia no superan ciertos límites que impone la realidad. 

“Casi estamos parados, en cero. Hace más de un mes que no hemos podido ir a La Habana a buscar mercancías por la falta de combustible. Trasladar un contenedor con pollo desde el puerto de Mariel hasta Baracoa (más de mil kilómetros) antes me costaba entre 500.000 y 750.000 pesos. Ahora estamos ofreciendo entre 2,5 y tres millones de pesos, y [aun así] no aparece el combustible”.  Y si al principio de la cadena logística aumenta el costo, al final lo paga la gente. Productos como el pollo, el aceite y la leche en polvo ya aparecen más caros. 

Este dilema adquiere proporciones nacionales porque Cuba importa el 80% de los alimentos que necesita. Tras décadas de sanciones estadounidenses y políticas económicas fallidas, la agricultura aporta una fracción del consumo, y la industria se encuentra obsoleta o paralizada. Se importa hasta el azúcar, en un país de tradición cañera; y la sal, a pesar de tener más de cinco mil kilómetros de costa. 

A su vez, se dificulta transportar viandas y vegetales frescos del campo a las ciudades. El vendedor de un puesto de hortalizas en el municipio Playa, oeste de La Habana, afirma que su proveedor está intentando adquirir el petróleo para traer el próximo envío. “Hace falta que lo encuentre porque, si no, vamos a tener que dedicarnos a otra cosa… a vender plantas ornamentales”, augura. 

Por otro lado, la canasta básica que entrega el Estado se ha encogido radicalmente en los últimos años. En la capital, la ración correspondiente a febrero comprende una libra de azúcar y 10 onzas de chícharos por consumidor, y un kilogramo de leche en polvo para niños de hasta dos años. 

Todavía algunos municipios aguardan recibir las tres libras de arroz y 1,5 libras de azúcar pendientes del mes de enero. Para abril, se espera que los subsidios cubran a los grupos más vulnerables y no a los productos, sin mayores detalles respecto a qué criterio se utilizará para designar qué personas y mercancías. 

Desde la entrada del hospital Comandante Manuel Fajardo se nota la reestructuración de los servicios de salud. Donde solía haber un gentío, apenas transitan o esperan algunas personas. “No se están dando turnos”, rezonga tras la ventanilla una señora delgada. “Para ninguna consulta”, aclara a alguien más que se acerca a preguntar. 

Cómo está siendo la atención sanitaria

Según la información oficial, se mantiene la atención sanitaria básica, con prioridad para las urgencias médicas, la salud materno-infantil y el programa de cáncer. Incluso si la reconfiguración alcanza a amortiguar el problema del combustible, no cambia un estado de cosas plenamente asentado. 

Hace poco Carmen Alfonso, ahogada por el asma, fue a su policlínico local, en el municipio Marianao, buscando mejorarse con un aerosol. “¿Trajo la boquilla?”, le preguntaron. Como no la tenía, regresó sin alivio alguno. 

La escena le recordó a otra similar, hace tres o cuatro meses. Su hermana, paciente de cáncer, necesitaba una prueba cardiovascular y, cuando ya les tocaba, la técnica les preguntó si habían llevado los electrodos. 

“El individualismo impera –reconoce Glenda Estévez*, resignada– . Toca tener tu propia luz, tu propia agua, tu propia escuela, tu propio combustible. Eres tu propio país. Y no puedes ocuparte del otro, porque a duras penas estás sobreviviendo tú”. Ahora la hermana de Carmen necesita una tomografía, pero les dijeron que el somatón está roto.

Entretanto, aflora una retórica encendida que recuerda a los años sesenta. “Estamos en guerra, somos una plaza sitiada”, remataba el conductor de un programa de televisión que se presenta como “contrapropaganda comunista”. 

Aunque se pospuso la Feria del Libro, se mantiene el Festival de la Salsa, en marzo. Si bien las calles lucen vacías, dentro de las Casas de la Música la vida sigue. 

Raúl González*, el estudiante de la Universidad de La Habana, relata que, con el paso de los días, en Pinar del Río han ido cerrando centros de trabajo estatales y desaparecen productos de los mercados privados, sobre todo el aceite. 

Él y sus abuelos se sostienen con el dinero que envían sus padres de fuera. En el futuro, reunirse con su mamá, en Uruguay, o con su papá, en México, lo ubica en la senda migratoria de otros tantos jóvenes cubanos. “Cuando me gradúe será. Mientras, no”.

*Los nombres han sido cambiados para proteger la identidad de las personas entrevistadas.

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Una de romanas: mujeres de la Antigüedad en el cine

Por: Patricia González

Reconozcámoslo, la mayoría de personas no leen a Suetonio, Tácito y las grandes monografías sobre Roma y sus mujeres para hacerse una idea sobre quién era Livia o cómo vivía su vida una buena señora ateniense. De hecho, esa imagen se va conformando aún antes de que sepamos siquiera quién es Suetonio. Nuestra primera y primaria fuente para crear ese imaginario colectivo es la ficción, tanto en literatura como, sobre todo, el cine y las series. De hecho, si decimos «Cleopatra», la primera imagen que se nos viene a la mente probablemente sea la de Elizabeth Taylor con sus sombras azules. Si nos mencionan a Livia, la de Yo, Claudio (aunque esté cambiando… por la de otras series). Y si nos preguntan por una mujer asiria miraremos con desconcierto a nuestro interlocutor.

Las romanas siempre han tenido un hueco en el mundo del cine. De hecho, ya en 1910 se estrenó una película sobre el rapto de las sabinas, de Ugo Falena. Ahora bien, el cine y las series han bebido, tradicionalmente, de las fuentes, de forma acrítica, igual que las óperas en periodos anteriores. Hay que reconocer que los autores romanos crearon personajes muy potentes. Siempre se ha pretendido contar historias contemporáneas con recursos antiguos, pero es que esos recursos antiguos eran fantásticos para dar lecciones morales sobre ángeles del hogar y femmes fatales.

Roma como justificación

Roma es, para nuestras sociedades occidentales, un espejo en el que reflejar nuestra propia vida y valores. Una especie de justificación secular. Roma sirvió para mostrar una épica en el periodo posbélico tras la Segunda Guerra Mundial y para crearla de nuevo en nuestros días. Y, en esas historias, el papel que se atribuye a las mujeres, sus presencias y ausencias, no ha sido nunca algo inocente.

Una de romanas: mujeres de la Antigüedad en el cine
Siân Phillips (izq.) como Livia, viva imagen de la perfidia en la serie Yo, Claudio (1976). BBC

Mesalina ha sido un personaje que lo ha sufrido de una manera significativa, aunque, en la actualidad, casi haya desaparecido de la pantalla. Pensad en Yo, Claudio, que es solo el final de una larga ristra de películas, óperas y novelas sobre las malvadas mujeres poderosas o las ninfómanas que destruyen a los hombres que las rodean. La Messalina de 1922, la famosa versión de 1951 con María Félix o la de 1960 con Belinda Lee van precedidas de óperas como la de 1899 escrita por Paul Armand Silvestre y Eugène Morand, o de innumerables cuadros de su muerte. Ninguna de ellas cuestiona el relato de las fuentes, y el tópico se repite hasta el infinito. Hasta que nadie duda de que la esposa de Claudio era una ninfómana que competía en burdeles por ver quién se acostaba con más hombres. Es el primer problema. El tópico se convierte en una «verdad histórica» por pura repetición, y con ello se repiten las justificaciones detrás de los tópicos, como la muerte merecida de la mujer que no se comporta de forma casta y sumisa.

Una de romanas: mujeres de la Antigüedad en el cine
Theda Bara en Cleopatra (1917), inaugurando la imagen vamp por excelencia. MPTV IMAGES / REUTERS

Estas imágenes se convierten en arquetipos que llegan incluso a quienes no han consumido los productos culturales originales. La Cleopatra de 1917, con Theda Bara, se convirtió en la imagen vamp por excelencia, aun cuando apenas se conserve metraje original. Ahora bien, estas imágenes también tenían como objetivo un público femenino, que podía ver un modelo de transgresión cómodamente situado en una alteridad oriental. Asimismo, las películas del péplum tenían modelos de masculinidad que pudieran ser atractivos para las mujeres, que eran una parte sustancial del público.

El mundo clásico, sobre todo Roma, funcionó también como una «pornotopía», como la calificaría el investigador Luis Unceta. Un lugar en que situar cómodamente las fantasías sexuales del mundo moderno. Esto es así tanto en las comedias ligeras, como Mesalina, Mesalina (1977) o Las cálidas noches de Poppea (1969), como en otras más transgresoras como la famosa Calígula (1979) de Tinto Brass o Calígula y Mesalina (1981), y también en películas pornográficas. En el extremo contrario, el péplum tuvo, en general, una fuerte carga cristiana y presentaba a unas romanas con muy poca agencia y mucha tendencia a necesitar un rescate por parte de los fuertes y valientes héroes.

El reboot romano

Ahora bien, todas estas películas, series y novelas tuvieron una época dorada que acabó con La caída del imperio romano (1964), que llevó a la ruina a su productora. La espectacularidad y coste de este tipo de obras no compensaban y se iba cerrando un ciclo. Sin embargo, desde el cambio de siglo, se ha vuelto a poner de moda el cine de griegos y romanos. Gladiator (2000) trajo de nuevo el mundo clásico a la pantalla, tras décadas de olvido. Luego vinieron series como Roma (2005) o Spartacus (2010) y sus derivados, o películas como Troya (2004), Alejandro Magno (2004) o 300 (2007). Como inciso, entre medias se estrenó la serie Xena: La princesa guerrera, a mediados de los noventa. Fue enormemente transgresora en su representación de las mujeres y se ha convertido en un icono LGTBIQ+. Años después volveríamos a ver a su protagonista, Lucy Lawless, vestida «a la romana», aunque esta vez como villana en la serie Spartacus.

Las cosas habían cambiado, en cierto modo. El color se extendía por las calles de Roma y las batallas se volvieron más espectaculares ¿Y las mujeres? La modernidad ha traído a la pantalla a mujeres mucho más «anónimas», que dejaron de ser las esclavas casi invisibles, simples figurantes o damas cristianas que necesitaban ser rescatadas. Sin embargo, también, el cine y las series crearon un mundo de matronas que salían a la calle con el pelo suelto y túnicas semitransparentes, que hablaban en igualdad con sus maridos, que paseaban solas o que usaban sexualmente a gladiadores y esclavos. La serie Spartacus, es un buen ejemplo. Esas mismas matronas, representadas de una forma más cercana a como realmente vivieron, veladas y con manga larga, darían menos juego en pantalla.

Seres domésticos

Por otro lado, también han reproducido una imagen de las mujeres como seres domésticos. Un audiovisual del mundo clásico en que aparecieran mujeres herreras, carniceras, pintoras, en las obras o dirigiendo talleres parecerían «forzadas» o serían acusadas de woke, pese a ser lo que documenta la historia.

El trend de redes sociales de «¿cuántas veces piensas en el imperio romano?», en el fondo, era un trend muy masculino, como masculinas siguen siendo sus representaciones. Recordemos que tanto en Gladiator como en su secuela las esposas de los protagonistas no tienen siquiera nombre. Asimismo, mientras que nos resulta fácil repetir el alegato y el nombre de Máximo Décimo Meridio, igual nos costaría más recordar el nombre de Lucilla. Lo mismo pasa con 300 y la reina Gorgo. De hecho, en La legión del águila (2011), adaptación de una novela de Rosemary Sutcliff, directamente se eliminaron muchos de los personajes femeninos.

Aun así, las cosas también han ido cambiando. La serie de Domina (2021-2023) se centra en la vida de Livia, e intenta darle una vuelta a su imagen tradicional. También en Romulus (2020-22) la esposa de Rómulo, Ilia, tiene un papel destacado, que no viene, precisamente, de las fuentes clásicas. Puede que, en un futuro, veamos más mujeres griegas y romanas siendo protagonistas, y no meras comparsas, villanas o ninfómanas, aunque hayamos tenido grandes oportunidades perdidas, como hubiera podido ser una representación diferente de Artemisia de Caria en la secuela de 300 o una Fulvia que nunca llegó a aparecer en la serie Roma. Habrá que ver, en los estrenos que se adivinan en lontananza, como la Odisea de Nolan, qué papel juegan mujeres tan potentes en la historia original como Penélope o Circe.

Este reportaje se ha publicado originalmente en El Periscopio, el suplemento cultural de La Marea. Puedes conseguir la revista aquí o suscribirte para seguir apoyando el periodismo independiente.

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Recuperar la confianza de las mujeres, el reto vital del PSOE tras un año de escándalos

Por: Democráter

Este artículo ha sido publicado originalmente en Democráter, un espacio de análisis político y social que apuesta por una mirada profunda a los distintos temas que preocupan a la ciudadaníia.

Falta aún más de un año para las próximas elecciones generales –siempre y cuando algún giro de los acontecimientos fuerce un cambio en el calendario–, pero la tensión preelectoral está ya en el ambiente, con los comicios autonómicos de Aragón, Castilla y León y Andalucía. En este contexto, el Gobierno de Pedro Sánchez afronta la recta final de la legislatura. Y lo hace en un momento especialmente delicado para el Partido Socialista, cercado por diversos procesos judicialessupuestas tramas de corrupción y denuncias por acoso sexual dentro de sus filas. El caso Salazar, las conversaciones entre Ábalos y Koldo repartiéndose mujeres o el fallo en las pulseras antimaltrato ponen en riesgo el voto femenino a una formación que se define como “el partido de las mujeres”.

En sus barómetros mensuales, el CIS (Centro de Investigaciones Sociológicas) realiza rutinariamente varias preguntas que, estudiadas por sexos, dan pistas sobre por qué el sufragio de las mujeres es “capital” para el Partido Socialista. A continuación analizamos algunos de estos indicadores durante el último año y entrevistamos a Ana Salazar, politóloga y presidenta de la Asociación de Comunicación Política (ACOP), para ahondar en el contexto de estos datos.

Las mujeres, determinantes para el PSOE

Una de las preguntas más destacadas es la intención de voto, es decir, a quién votarían los encuestados en caso de que mañana se celebrasen unas elecciones generales. Los resultados de los últimos doce barómetros revelan que, en todos los casos, las mujeres votarían más al PSOE que los hombres. La diferencia es notable, con una media de cuatro puntos en esta brecha.

Esta tendencia se aprecia claramente en el gráfico anterior, que también revela cómo el estallido del caso Salazar, coincidiendo con el envío a prisión del secretario de organización del PSOE, Santos Cerdán, el pasado julio, desplomó la intención de voto al Partido Socialista. “Ahí hay un shock que deja una huella demoscópica que se ve con claridad meridiana”, comenta la politóloga.

Aunque en los siguientes barómetros la preferencia electoral parece recuperarse, la experta añade que la “clavada hacia abajo” de julio pudo ser “la gota que colmó el vaso” después de meses de escándalos. “Obviamente, esto va a afectar en las elecciones. ¿Hasta qué punto? Eso es lo que no sabemos. El desgaste está ahí, y ya se encargará la oposición de volver a sacar esa bandera cuando toque”, apunta.

Daños colaterales

La presidenta de ACOP señala que una de las formas de medir este desgaste no es sólo mediante la intención de voto al propio PSOE sino, precisamente, a otros partidos.

En julio, mientras los socialistas se desplomaron en las encuestas, se produjo un significativo aumento de la intención de voto a Vox y, en menor medida, también al PP, según los datos del instituto que dirige José Félix Tezanos. Si bien Salazar puntualiza que “no podemos decir que haya un trasvase directo de votos”, sí interpreta que tras esos datos “no hay tanto una cuestión ideológica sino un castigo”.

Durante el primer semestre de 2025, la intención de voto de las mujeres al partido de extrema derecha se situaba en torno al 6%. En julio, esta cifra se disparó por encima del 10%, una tendencia que se ha mantenido desde entonces. La intención de voto a los populares, por su parte, creció entre las mujeres más de dos puntos, hasta casi alcanzar al PSOE.

Las polémicas debilitan a Sánchez

Los diversos escándalos del año pasado no sólo han hecho mella en el partido, en abstracto, sino también sobre el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. Nos fijamos ahora en otras dos preguntas de las encuestas del CIS cuyos resultados arrojan datos de interés para los socialistas sobre la importancia de atraer y fidelizar el voto femenino.

Por un lado, las mujeres valoran mejor a Sánchez que los hombres. El siguiente gráfico muestra el promedio de las respuestas del último año. En una escala del 1 al 10, siendo 1 “muy mal” y 10 “muy bien”, ellas mencionan menos las peores calificaciones (1, 2, 3 y 4), y mencionan más las mejores notas (5, 6, 7, 8, 9 y 10). No obstante, cabe señalar que el pasado mes de julio, la calificación de 1 —”muy mal”—, se disparó entre las mujeres hasta representar más del 39% de las respuestas.

También son reveladoras las respuestas de las mujeres en cuanto a preferencia de líderes para ocupar la presidencia del Gobierno. El gráfico a continuación muestra que, por lo general, las mujeres mencionan más a Pedro Sánchez que los hombres en este punto del CIS. También cómo, en el crítico julio de 2025, esta preferencia se desplomó más de tres puntos respecto al mes anterior entre las mujeres.

Ana Salazar apunta a que, al comparar variables –intención de voto, liderazgo y valoración–, vemos cómo éstas “se van moviendo de manera sincronizada. Tanto Partido Socialista como su líder, Pedro Sánchez, van alineados. Y eso hace que la intención de voto de la mujer sea importante”, subraya la experta.

Lecciones del 23J

Donde se hizo patente la importancia del voto femenino para el Partido Socialista fue en las últimas elecciones generales de 2023. “El PSOE llegaba al 23J perdiendo, las encuestas daban mayoría absoluta al PP”, recuerda la politóloga. “¿Qué pasó? Que el PSOE hizo una campaña que movilizó a la mujer, y gracias a eso salvaron los muebles”. Los socialistas lograron el 31% del voto femenino, casi ocho puntos más que el PP, y muy por delante de Sumar, según recogió el CIS en su estudio postelectoral.

Con todos estos elementos sobre la mesa, el PSOE se enfrenta ahora a una carrera a contrarreloj para limpiar su imagen y recuperar la confianza de las mujeres. El gran reto es hacerlo mientras sigue convaleciente del daño provocado por los recientes escándalos en materia de feminismo, igualdad de género y defensa de los derechos de las mujeres, pilares que ha abanderado en los últimos años.

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América para los estadounidenses

Por: Marina Sardiña

Este reportaje sobre Venezuela se publicó originalmente en la revista de ‘La Marea’. Puedes conseguir un ejemplar y suscribirte en nuestro kiosco.

CÚCUTA (COLOMBIA) // El ataque militar estadounidense en Venezuela del pasado 3 de enero rompió con todas las reglas del derecho internacional, acabó con las pretensiones de la realpolitik y pisoteó las leyes norteamericanas, afirma Ronal Rodríguez, investigador y portavoz del Observatorio de Venezuela de la Universidad del Rosario, en Colombia. Asimismo, a la acción contra el presidente Nicolás Maduro «algunos la llaman extracción, otros la llaman secuestro, pero fue una violación al derecho internacional», reafirma Martha Márquez, directora del Centro de Investigación y Educación Popular (Cinep).

El tono triunfalista de las declaraciones posteriores del presidente Donald Trump no ocultaron el mantra por el que se rige: América –todo un continente– para los estadounidenses. Vuelve a estar vigente la Doctrina Monroe, proclamada en el año 1823 por el presidente James Monroe, estableciendo que cualquier intervención europea o de una potencia distinta a la estadounidense en América Latina sería vista como una agresión.

El mismo Trump la denomina doctrina Donroe –el concepto que apareció en la portada del tabloide New York Post en enero de 2025– dejando claro en qué consiste la vieja-nueva bandera estadounidense y que no teme el uso del garrote para izarla a su antojo en lo que él mismo denomina «el patio trasero de América».

«El caso de Venezuela le permitía a Trump resolver un asunto reputacional en cuanto a su capacidad real de hacer sus amenazas creíbles», opina desde Caracas Colette Capriles. Según esta politóloga venezolana y profesora en la Universidad Simón Bolívar, la intervención no tiene nada que ver con posturas ideológicas ni apoyos morales o políticos, sino con la voluntad de Trump de «reconstruir el lugar de Estados Unidos en el hemisferio como hegemón».

Una demostración de fuerza que inició a finales de agosto 2025, con el despliegue militar y los ataques a decenas de lanchas en el Caribe –que dejaban a mediados de enero más de un centenar de muertos–, pero también con su apoyo férreo y económico a presidentes de extrema derecha como Javier Milei, en Argentina, o su incondicional respaldo a Nary TitoAsfura en las últimas elecciones de Honduras.

El «laboratorio» venezolano

Para la politóloga venezolana Marisela Bentancourt, su país se convirtió en un «laboratorio» para un replanteamiento de las relaciones internacionales, poniendo en vilo a toda la región. «Los líderes de América Latina están avisados de la voluntad de Estados Unidos de utilizar toda la fuerza de sus capacidades para asegurar que la región gira hacia sus políticas de una manera más contundente», coincide Elizabeth Dickinson, directora para América Latina del centro de pensamiento Crisis Group.

Betancourt se muestra más crítica con la falta de consenso de los países de la región respecto a Venezuela, señalando que «estaba aislada», lo que permitió que se convirtiera «en el chivo expiatorio de un proyecto ultranacionalista de la derecha estadounidense». Lo hizo además sin causar ninguna baja de soldados estadounidenses, lo que engrandeció con vítores la Operación Resolución Absoluta de Trump.

El número de venezolanos muertos sigue sin concretarse, incluso tras la comparecencia del fiscal general de Venezuela, Tarek William Saab, quien el 23 de enero afirmó que el ataque militar con «bombarderos, helicópteros artillados con misiles, con armas químicas», en Caracas y otras tres regiones cercanas, provocó entre 100 y 120 muertes. Estas incluyen a 47 militares de Venezuela y 32 de Cuba.

El silencio permisivo de países y organismos internacionales abre la puerta para los delirios coloniales y expansionistas de la Administración Trump. «Estados Unidos es la gran potencia militar y puede hacer cosas como las que hizo en Venezuela: intervino, extrajo al presidente y mantiene la presión sin necesidad de una ocupación militar, sino a través de la amenaza. Eso implica un gran riesgo para la seguridad de los países de la región», advierte Márquez.

Venezuela: América para los estadounidenses
Militares colombianos en el principal paso fronterizo entre Colombia y Venezuela tras el ataque de Estados Unidos en Caracas. M. S.

Muchos de los analistas entrevistados hablan del comportamiento errático de Trump, y la dificultad para la comunidad internacional de hacer frente a sus avatares «casi temperamentales y anímicos». Ronal Rodríguez expresa su preocupación: «El presidente estadounidense no es un demócrata y no tiene comportamientos democráticos». Y señala el riesgo de que las herramientas formales de la democracia se utilicen para perpetuar proyectos autoritarios.

Por esto mismo, los vecinos regionales de Venezuela contienen la respiración. Incluso los más críticos como Colombia, Brasil o México. Cuestionar las políticas de Washington deriva en muchos casos en castigos arancelarios e incluso amenazas –en el caso colombiano– de una posible intervención militar.

Venezuela sin Maduro

Estados Unidos alteró el tablero político interno en Venezuela. Se tambalearon las torres, pero la partida continúa. «Hasta el momento no se ha denotado ninguna fisura importante dentro de los altos jerarcas del chavismo», sino un reacomodamiento de los actores, argumenta Ronal Rodríguez.

Todo apunta, según van saliendo más detalles de los hechos ocurridos antes del 3 de enero, que el chavismo entregó a Estados Unidos a un rey –Maduro– a cambio del liderazgo tutelado de una reina, Delcy Rodríguez. «Se puede inferir que se había pensado con anterioridad, no sé hasta qué punto, el escenario de un gobierno que no fuese el de Maduro, con unas ciertas condiciones y unos ciertos requisitos», argumenta Colette Capriles sobre los diálogos previos al ataque militar entre la inteligencia estadounidense y las figuras políticas cercanas a Maduro.

Así fue como, con el beneplácito de Trump, la poderosa vicepresidenta del chavismo, Delcy Rodríguez, quien durante su trayectoria política ha ocupado todo tipo de cargos en Venezuela, se posicionó como presidenta interina del país. «A Estados Unidos no le interesa romper las instituciones, así estén en manos del chavismo», opina la directora del Cinep. Esta sería la excusa para que se mantengan en sus cargos algunas de las figuras políticas más representativas del chavismo, como el ministro del Interior, Diosdado Cabello; el hermano de la mandataria interina y presidente de la Asamblea Nacional, Jorge Rodríguez; o el ministro de Defensa, Vladimir Padrino López.

El chavismo «ha buscado consolidar una hegemonía cultural en torno al antiimperialismo, pero ahora le hace concesiones a Estados Unidos. Eso genera una tensión muy fuerte entre complacer a Estados Unidos y mantener el discurso histórico antiimperialista», continúa Márquez. «La élite en el poder trata de mantener ese equilibrio, pero la liberalización los desequilibra, y creo que en algún momento ese equilibrio se va a romper», sugiere.

Por su lado, Pablo Andrés Quintero, politólogo y consultor venezolano, opina que no se trata de un Chavismo 3.0, sino de un chavismo más occidentalizado: «Puede ser el inicio de una nueva época para la política oficialista hacia un modelo económico más capitalista, menos ortodoxo, más operativo y, por supuesto, de amplia apertura económica».

Mutación

Pese a que una de las primeras acciones de la presidenta encargada fue la liberación de decenas de presos políticos, «no estamos frente a una transición, sino a una mutación del chavismo como tantas otras que ha tenido tras quiebres dramáticos», define Betancourt.

La profesora Capriles no habla de transición, sino de una apertura democrática que pueda conducir a unas elecciones competitivas y quizás la emergencia de «necesarios» nuevos liderazgos: «Es el momento de observar más a los actores que a las políticas».

Como ella, los analistas consultados se muestran pesimistas en sus diagnósticos. Ligia Bolívar, defensora de derechos humanos y fundadora del Programa Venezolano de Educación-Acción en Derechos Humanos (Provea), es crítica: «Ni en el vocabulario de Trump, ni en el vocabulario de Rodríguez, ni en el del grupo que la acompaña se han mencionado las palabras derechos humanos, democracia o Estado de derecho».

Bolívar considera que es imprescindible que los poderes judiciales y los poderes públicos sean independientes, que exista libertad plena incondicional de todos los grupos políticos y que puedan retornar todas las personas que marcharon al exilio. También cuestiona el papel de la oposición frente a las violaciones de derechos humanos en Venezuela. En su opinión, ni Trump ni María Corina Machado han manifestado ningún interés en respetarlos. «Hasta el momento, [Machado] no ha tenido ningún pronunciamiento enérgico, por ejemplo, en relación con el tema de las lanchas», remarca.

Una oposición sin voz

En cualquier caso, la oposición venezolana ha quedado fuera de la partida de Trump. Su desdén sobre la posibilidad de que María Corina Machado pudiera gobernar en Venezuela quedó clara cuando, desde el primer momento, afirmó que no tiene las capacidades ni el apoyo necesario para hacerlo.

Las expertas consultadas consideran, en su mayoría, que la oposición está muy debilitada y no tiene el peso ni el músculo necesario para enfrentar una eventual transición que derive en unas nuevas elecciones. «Por ahora, no tiene voz, y eso es una debilidad fundamental del contexto político, porque Venezuela tiene un conflicto político de fondo», sostiene Dickinson, del Crisis Group.

Capriles coincide en que la oposición no existe en términos prácticos: «Ni la que esté afuera, ni la que esté dentro, tiene ahora capacidades organizativas, coincidencias estratégicas, conversaciones internas, tejido de apoyo, nada que conduzca a tener algunas garantías que le permitan cierta gobernabilidad».

«Oil first»

Quizás por este motivo Trump marcó su hoja de ruta en consonancia con los remanentes chavistas en el poder. Apenas 24 horas después de los ataques sobre Caracas, en Washington ya se hablaba de un plan trifásico. «Una primera etapa de estabilización, una segunda etapa de recuperación –a la cual después se añadió un término adicional: reconciliación–, y una tercera etapa que sería la transición», explica Capriles, unos términos que no tienen fecha para su implementación.

Con el petróleo bajo el tutelaje de la Administración Trump, es incierto cómo se van a administrar las regalías petroleras y cómo pueden servir para estabilizar y mejorar la calidad de vida de los venezolanos. El acceso de Estados Unidos a los bienes y recursos naturales de Venezuela, el país con mayores reservas de hidrocarburos a nivel global, era el objetivo pero, según los analistas, muchas empresas petroleras y multinacionales extranjeras todavía desconfían sobre la posibilidad de invertir en el país caribeño, por la misma inestabilidad política y la falta de seguridad.

Venezuela: América para los estadounidenses
Cientos de venezolanos cruzan a diario la frontera en Cúcuta (Colombia). Muchos lo hacen por trabajo, para comprar alimentos o acudir a los hospitales venezolanos. M. S.

La mayoría de los venezolanos, dentro y fuera del territorio, tienen un anhelo común: la estabilización de la economía. «Eso puede ofrecer un alivio a las familias venezolanas que ahora no logran ni alcanzar la canasta básica. En el corto plazo es posible que se estabilice un poco la situación económica para la mayoría», apunta la directora del Crisis Group en América Latina. La profesora Capriles también añade que «no se trata solo de un mejoramiento del ingreso de las personas, la gente está esperando un mejoramiento de la calidad de vida y de la calidad de los servicios públicos».

Según la politóloga, si el gobierno interino es capaz de abrir la economía y consolidar la industria petrolera, el chavismo podría volver a generar confianza entre la ciudadanía y ser competitivo en unas futuras elecciones dentro de una sociedad civil fragmentada.

De no estabilizarse la economía, muchos analistas temen una nueva salida masiva de venezolanos, que se sumarían a los casi ocho millones de migrantes en el extranjero.



Contradicciones e incertidumbre en la frontera

Gresmar, de 29 años, llevaba una década sin pisar territorio venezolano. Está a pocos minutos de cruzar el Puente Internacional Atanasio Girardot, o Tienditas, uno de los pasos fronterizos entre Colombia y Venezuela. «Como venezolana, siempre voy a querer volver a mi país. Vengo con muchas expectativas de poder ejercer mi carrera [médica cirujana], de poder realizarme como profesional». Han pasado tan solo tres días desde la intervención militar de Estados Unidos en Venezuela y el secuestro del presidente Maduro y su esposa, Cilia Flores, la madrugada del 3 de enero. «Todo cambio es bueno», dice con temor a posibles represalias, rodeada de sus familiares, que la reciben con abrazos.

La joven tomó la decisión de regresar a su país semanas antes de que el estruendo de los helicópteros y los misiles despertaran a Caracas, convirtiendo la amenaza en un hecho real. Ella, como otra decena de venezolanos entrevistados en la frontera, califican como «necesaria» la operación bélica de Donald Trump. Contradictoriamente, fueron sus mismas políticas de persecución contra la población migrante en Estados Unidos, y la decisión de revocar el Estatus de Protección Temporal (TPS) a unos 600.000 migrantes venezolanos, los motivos por los cuales ha retornado.

Colombia acoge a más de 2,8 millones de venezolanos. Esos primeros días de enero, las autoridades desplegaron un dispositivo en la frontera compartida –más de 2.200 kilómetros– para hacer frente a una emergencia humanitaria fruto de una eventual salida masiva de población a causa del ataque estadounidense.

Veinte días después, «incertidumbre» es la palabra más repetida tanto en Caracas como en la ciudad colombiana de Cúcuta, el principal paso fronterizo. Aquí, el flujo de venezolanos es el habitual: comerciantes, vendedores y personas que cruzan para acceder a los servicios médicos de los hospitales colombianos. No hubo salida ni entrada masiva. «Se siente una calma tensa», transmiten cuando se les pregunta.

José Germán y Rosaura esperan el transporte que los lleve de vuelta a la ciudad venezolana de Mérida. La madrugada de los ataques, estaban en EE. UU. visitando a su hijo y a sus nietos. En otras circunstancias habrían pasado hasta seis meses jugando con los pequeños, pero esta vez los funcionarios de migración estadounidenses los pasaron «al cuartito» y les dieron un mes de estadía. Regresan con sus maletas: «No me siento capaz de celebrarlo todavía». Son profesores universitarios, ganan apenas dos dólares al mes y sobreviven gracias a las remesas que les envían sus hijos desde el extranjero. Su cotidianidad se resume en tomar café en la esquina y dar clase en la universidad, «por vocación». Lo que pase, dicen, será un proceso lento.

Venezuela: América para los estadounidenses
Rosaura y José Germán enseñan sus pasaportes antes de tomar el transporte que los llevará de vuelta a la ciudad venezolana de Mérida. M. S.

Omar espera a que su hermano selle el pasaporte en la oficina de Migración Colombia en la frontera de Cúcuta. Acaba de llegar de EE. UU., no consiguió el asilo y vuelven juntos a Medellín. El joven salió en 2017 de su hogar y nunca más regresó: «Siempre voy a querer volver». Su esperanza es una mejora de la economía que permita retornar a jóvenes como él para reconstruir un país en ruinas. «Quisiera para mi país que todas nuestras riquezas se vean reflejadas en infraestructura, salud, educación. Sobre todo, educación», pide.

Después del shock inicial, «la gran preocupación de la mayoría es cómo van a llegar a fin de mes, qué van a ponerle en la mesa a sus hijos para el desayuno, si es que pueden ponerle algo», cuenta la activista Ligia Bolívar. En esas estaban los venezolanos la noche del 2 de enero, todavía con la resaca de fin de año. Entonces el tiempo se detuvo por un día.

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‘El agente secreto’ es otro nivel

Por: Manuel Ligero

Ya tendremos tiempo de perdernos en los infinitos meandros de una película laberíntica, no impacientemos al público, vayamos al grano: El agente secreto es una obra maestra. Monumental. Exuberante. Arrolladora. Cuenta con un relato tan poderoso, con una puesta en escena tan opulenta, que ni siquiera su sofisticación narrativa logra espantar al público generalista. No se pueden apartar los ojos de El agente secreto, aunque no sepas muy bien lo que está pasando. Desde el primer plano hasta el último, a lo largo de 2 horas y 41 minutos cortísimos, la película engancha recurriendo al más difícil todavía: la falta de literalidad. Toda una audacia en este tiempo textual y sin matices.

En El agente secreto no hay ningún agente secreto. Se trata de una trampa estilística, de un guiño cinéfilo, de una atmósfera, de un macguffin, de una metáfora, todo junto: Kleber Mendoça Filho recupera el pulso de los thrillers más populares de la década de 1970 (Los tres días del cóndor, Marathon Man, Chacal) manteniendo intacto el misterio y prescindiendo de casi toda la acción (La conversación, El amigo americano), diluyendo la solemnidad con referencias cómicas (Cómo destruir al más famoso agente secreto del mundo) y tratando de hacer un retrato corrosivo de su país que es aplicable tanto a los años de plomo en los que está ambientada como a los actuales. Tremenda ambición… que no se queda ahí.

Cuando en la morgue encuentran una pierna humana en el estómago de un tiburón, asistimos al feliz cruce entre los universos de David Lynch y Steven Spielberg (el escualo cinematográfico por excelencia recorre toda la película). Cuando usa el truco de la doble focal (split-focus diopter), remite directamente a Brian De Palma, introduciendo una tensión que electrifica la apuesta estética de la película y trasciende lo que entenderíamos por un diseño de producción –por otra parte– extremadamente fiel a la época. Cuando presenta a la esposa del protagonista (Alice Carvalho) lo hace con un prodigioso recurso de montaje (aparece en un plano fugaz antes de introducirla formalmente), desmarcándose de la edición lógica y abrazando la nouvelle vague. Uno empieza a enumerar las filigranas técnicas de El agente secreto y no acaba. Pero la esencia (enigmática, paranoica, retorcida, violenta) de la historia va más allá de un ejercicio de estilo y de su capacidad asombrosa apara amalgamar referencias cinéfilas mainstream y artefactos vanguardistas. Mendoça Filho está condensando su país en imágenes. Y lo hace desde un emplazamiento inopinado: Recife, a más de 2.000 kilómetros de la trilladísima Río de Janeiro. Muchos brasileños no lo han entendido. Tampoco los foráneos, pero por otras razones. Así y todo, el aplauso es unánime y global. Con razón.

Otro nivel

Es inevitable comparar este título con el filme que ganó el Oscar a la mejor película internacional el año pasado, Aún estoy aquí, de Walter Salles. Ambas están ambientadas en los años setenta. Ambas hablan de un régimen opresor. Estilísticamente no pueden ser más diferentes. Mientras la de Salles es un drama político canónico (con presentación, nudo y desenlace), la de Mendoza Filho desborda los límites del género, funciona como retrato sociológico intemporal, desdibuja los contornos de los personajes, mantiene al público en vilo explicando muy poco y muy lentamente, los villanos de la historia no llevan el uniforme del ejército ni pertenecen al gobierno y los perseguidos no pertenecen a ningún partido ni a un grupo revolucionario.

Dice la crítica local que si el brasileño medio no se reconoce en El agente secreto es por la dificultad que tiene para aceptar su pasado y cómo éste acaba manifestándose en el presente. Hablan de desmemoria y de indiferencia a la hora de conocer la historia de la dictadura militar, con su corrupción galopante, y de identificarla como caldo de cultivo del Brasil actual. El diagnóstico podría ser compartido plenamente por los españoles.

Hay un momento tragicómico en el que la Policía disfraza un edificio oficial de comisaría para que una mujer rica acusada de atropellar a la hija de su sirvienta pueda prestar declaración más cómoda y a resguardo de miradas indiscretas. La escena encaja perfectamente con las desmedidas atenciones que los regímenes totalitarios suelen dispensar a la gente con dinero, pero va más allá: está inspirada en un hecho real ocurrido en 2020. La mujer acusada (blanca y rica, por supuesto) disfrutó del anonimato gracias a una ley que prohíbe difundir los rostros y los nombres de las personas procesadas si éstas tienen algún parentesco con miembros de los poderes Legislativo, Ejecutivo y Judicial. Cuando Lula legisló en favor de ampliar los derechos laborales de las empleadas domésticas (mayoritariamente negras y pobres), se extendió entre la clase media blanca lo que el profesor Mauro Porto llama «un pánico de estatus» que cristalizaría en la victoria electoral de Jair Bolsonaro. Mendoça Filho es capaz de sintetizar todo esto en una escena que se mueve entre el teatro del absurdo y el vodevil. Y es sólo uno de los muchos enfoques sociales de una historia que nunca es puramente social, ni puramente política, nunca es obvia, a veces ni siquiera es entendible, y sin embargo es fascinante.

También es perturbadora, como demuestra la figura de Lisa/Elis, una gata con dos caras que simboliza la doble identidad del protagonista (un sensacional Wagner Moura), de los perseguidos con los que comparte refugio y de todo un país, tan terrible y violento como arrebatadoramente cálido y bello.

Si El agente secreto no discurriera por cauces narrativos tan poco convencionales, es casi seguro que se repetiría lo que ocurrió con Parásitos hace seis años: que ganaría el Oscar a la mejor película y a la mejor película internacional. Parece poco probable, ya que se trata de una historia que está desafiando al espectador todo el rato y los académicos lo quieren todo masticado. Y tampoco le hace falta. También ahí El agente secreto se mueve en otro nivel.


‘El agente secreto’, de Kleber Mendonça Filho, se estrena en cines el viernes 20 de febrero.

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El daño medioambiental causado por la ocupación israelí en Palestina

En Palestina, y de forma más acentuada en Gaza, el daño ambiental se ha utilizado como arma de devastación y exclusión, y es una característica de la política colonial sionista. Forma parte de la destrucción premeditada, por parte de Israel, de todo el tejido social y ecológico de Palestina. Es lo que se ha dado en llamar apartheid ecológico. Varios estudios han trabajado este aspecto de la ocupación israelí de Palestina, donde el daño ambiental va mucho más allá de las emisiones de gases de efecto invernadero (GEI). Es necesario retroceder en el tiempo para comprobar cómo este daño ambiental deliberado se ha estado llevando a cabo durante muchas décadas.

Durante mucho tiempo, Israel se ha referido a la Palestina anterior a 1948 como un desierto estéril en contraste con el supuesto oasis creado tras el establecimiento del Estado israelí. Este oasis tiene también una cierta función en el proyecto israelí de eliminar Palestina. El Fondo Nacional Judío, una organización paraestatal, intentó, mediante la repoblación forestal, borrar los restos físicos de 86 pueblos palestinos destruidos durante la Nakba. La plantación de árboles sirvió para ocultar el desplazamiento colonial masivo, la destrucción del medio ambiente y el expolio. Igualmente, los colonos israelíes han creado un nuevo paisaje para sustituir al autóctono. Es la transformación impuesta del medio ambiente original.

Algunas de estas prácticas fueron utilizadas por el Reino Unido durante su Protectorado sobre Palestina (a partir de 1922). Muy especialmente en la represión de la gran revuelta del movimiento nacionalista palestino (1936-1939). Se generalizó la política de castigos colectivos, se bombardearon aldeas y se derribaron miles de viviendas. Los campesinos perdieron las tierras, se les incendiaron las cosechas, se les incautó el ganado y se arrancaron olivos y cítricos. Se generalizaron las detenciones administrativas sin juicio, las ejecuciones extrajudiciales y las torturas.

La apropiación de recursos palestinos por parte de Israel incluye el agua. En 1948 el Fondo Nacional Judío desecó el lago Hula y sus humedales, para ampliar la tierra agrícola para los colonos judíos recién llegados. Provocó un gran daño ambiental ya que destruyó especies de fauna y flora vitales y degradó seriamente la calidad del agua del lago de Tiberíades. La empresa estatal de agua israelí Mekorot desvió el agua del Jordán para que llegara a los colonos israelíes de la costa y a las ciudades y asentamientos del desierto de Naqab. Hoy, el Jordán es poco más que un riachuelo lleno de tierra y aguas residuales.

Volviendo a un momento más actual, los bombardeos constantes a partir del 7 de octubre de 2023 ya habían destruido, a principios de 2024, gran parte de las tierras agrícolas de Gaza: huertas, invernaderos, olivares y explotaciones agrícolas. En ese momento había ya más de 40 millones de toneladas de escombros y material peligroso. El suelo y el agua subterránea estaban contaminados. También lo estaba el agua del mar con aguas residuales y desechos. Israel había cortado o destruido el suministro eléctrico de las plantas de tratamiento del agua.

Ante la crisis climática

Palestina tendrá que hacer frente a la crisis climática en una situación de fuerte desventaja. Su vulnerabilidad es debida a un siglo de colonialismo, apartheid, expolio y desplazamiento poblacional por parte de Israel. A finales de este siglo, las precipitaciones en Palestina podrían disminuir un 30% respecto al período 1961-1990. El IPCC prevé que las temperaturas aumentarán entre 2,2 y 5,1°C. Se intensificará la desertificación. Unas temporadas más cortas de crecimiento de los cultivos y la precariedad del agua amenazarán la seguridad alimentaria.

Existe una profunda asimetría en la forma en que la crisis climática afectará a Israel y a Palestina. La ocupación de Israel impide que los palestinos accedan a los recursos y puedan desarrollar infraestructuras y estrategias adaptativas. Por el contrario, Israel es uno de los países de la región más preparados para afrontar el cambio climático. Gracias a que se ha apoderado, saqueado y controlado la mayoría de los recursos de Palestina, ha desarrollado tecnología para aliviar algunos de los impactos del cambio climático. Su más cruda manifestación es el acceso al agua.

A diferencia de los países vecinos, no existe escasez de agua entre el río Jordán y el mar Mediterráneo. Sin embargo, la escasez crónica de agua afecta a los palestinos de Cisjordania y Gaza como resultado de la política de ocupación y la infraestructura hídrica del apartheid. Desde que ocupó Cisjordania en 1967, Israel ha monopolizado las fuentes de agua.

El acuerdo de Oslo II de 1995 otorgó a Israel el control sobre el 80% del agua de Cisjordania. Ello incluye el control israelí de las fuentes de agua, cuotas estrictas de suministro para los palestinos, la denegación de la excavación de pozos y la destrucción repetida de la infraestructura hídrica palestina. En Cisjordania, en 2020, sólo el 36% de los palestinos tenía acceso fiable durante todo el año y el 47% recibía agua menos de 10 días al mes. Los 600.000 colonos ilegales de Israel utilizaban seis veces más agua que los 3 millones de palestinos. Los asentamientos ilegales consumen 700 litros per cápita al día, incluyendo piscinas y césped, mientras que algunas comunidades palestinas, desconectadas de la red del agua, sobreviven con tan sólo 26 litros por persona. La OMS establece que el límite inferior necesario es de 100 litros/habitante/día. El consumo medio de agua en Catalunya es de unos 117 litros por habitante y día.

En Gaza, la situación es mucho peor. Incluso antes del 7 de octubre de 2023, sólo el 30% de los hogares tenían acceso diario al agua y entre el 90% y el 95% del agua de Gaza no era potable ni para regar. El agua contaminada causaba más del 26% de las enfermedades registradas y era una de las principales causas de mortalidad infantil (más del 12% de las muertes). Israel no sólo bloquea la entrada suficiente de agua limpia en Gaza, sino que también impide la construcción o reparación de infraestructuras prohibiendo la entrada de los materiales necesarios. En febrero de 2025 Oxfam estimaba que la cantidad de agua disponible en Gaza era de 5,7 litros por persona y día.

Como consecuencia, los efectos del cambio climático sobre la disponibilidad y calidad del agua tendrán consecuencias mortales, sobre todo en Gaza.

Imagen de Israel como país verde

Este objetivo ya quedó reflejado en los Acuerdos de Abraham firmados en 2020 por Israel, Emiratos Árabes Unidos, Bahréin, Marruecos y Sudán y que recoge acuerdos para implementar conjuntamente proyectos medioambientales de energías renovables, agroindustria y agua. En Marruecos, desde entonces, las inversiones y los acuerdos israelíes han aumentado, especialmente en la agroindustria y las renovables.

En 2022, Jordania e Israel firmaron un memorando de entendimiento para un estudio de viabilidad de potabilización de agua. Jordania comprará agua de una estación desalinizadora israelí alimentada por una planta solar en Jordania. La imagen beneficiosa que el proyecto transmite enmascara el saqueo, durante décadas, del agua palestina por parte de Israel. Mekorot, empresa estatal israelí de desalinización, se posiciona como líder mundial del sector. Parte de los beneficios que genera se destinan al apartheid del agua por parte del gobierno israelí.

También en 2022, Jordania, Marruecos, Emiratos, Arabia Saudita, Egipto, Bahréin y Omán firmaron otro memorando de entendimiento con dos empresas energéticas israelíes para implementar proyectos de energía renovable en toda la región: energía solar, eólica y almacenamiento de energía. Todos estos acuerdos refuerzan la imagen de Israel como actor regional clave en energías renovables, al tiempo que le permiten extender su influencia geopolítica en toda la región. El objetivo es integrar a Israel en las altas esferas energéticas y económicas de su entorno árabe desde una posición de superioridad que, a su vez, puede ayudar también a la normalización y blanqueamiento de la imagen de Israel.

Posición de Israel en la región

En Oriente Medio se produce alrededor del 35% del petróleo del mundo. Por otro lado, Israel pretende convertirse en un centro de energía a nivel regional, mediante yacimientos de gas en el mar Mediterráneo. El dominio de Estados Unidos en Oriente Medio se basa en dos pilares: Israel y las monarquías del golfo Pérsico. Israel (en palabras del ex secretario de Estado de Estados Unidos, Alexander Haig, “el mayor portaaviones norteamericano del mundo”) ayuda a controlar los recursos de combustibles fósiles, aporta vigilancia y se integra en la región a través de sectores como el agronegocio, la energía y la desalinización. Estados Unidos y sus aliados se esfuerzan por normalizar la presencia y la función de Israel en la región. Este proceso comenzó con los Acuerdos de Camp David (1978) y ha continuado con el Tratado de Paz entre Jordania e Israel (1994) y los Acuerdos de Abraham y los memorandos mencionados.

Emisiones militares de carbono

Diversos informes han intentado estimar las emisiones militares de carbono asociadas a la ocupación israelí. Nos interesa uno especialmente por dos razones; abarca un periodo muy amplio, desde el establecimiento del estado de Israel (1948) hasta enero de 2025 y calcula la reparación climática que Israel debe al pueblo palestino a causa de esas emisiones. De dichas emisiones no sólo es responsable Israel como país ocupante, sino también aquellos países que han apoyado, en mayor o menor medida, la ocupación.

Para cuantificar el coste monetario de dicha reparación, se utiliza el concepto de Coste Social del Carbono. Este se define como el valor monetario del daño a la sociedad, a largo plazo, causado por una tonelada adicional de emisiones de carbono. Los científicos evalúan el valor del CSC en unos 285 dólares por tonelada adicional de CO2 a partir de modelos con medias globales. El resultado del CSC para Palestina será un límite inferior, ya que estas medias globales pueden ser menores que el daño tan desproporcionado que ha sufrido Palestina.

El informe da como resultado un valor de 148.170 millones de dólares para el Coste Social del Carbono de las reparaciones climáticas militares que Israel y sus aliados deben al pueblo palestino desde 1948 hasta enero de 2025. De esa cantidad, Israel es responsable de 103.000 millones, EE. UU. es responsable de 40.800 millones, y otros aliados de Israel comparten responsabilidad: Alemania 2.700 millones, otros (Francia, Reino Unido e Italia) 1.670 millones.

En esta estimación de las reparaciones no se incluyen el robo de agua, la destrucción de la flora autóctona y de los bancos de semillas.

En resumen, la destrucción sistemática de los ecosistemas y los sistemas que sustentan la vida en Palestina es una política deliberada de Israel para su territorio inhabitable. Es un acto ecocida en paralelo con el genocidio, para suprimir al pueblo palestino, su cultura y su tierra.

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Arte para transformar la realidad. O la cuenta bancaria.

Por: José Ovejero

14 de febrero

Me gusta el cine de Wim Wenders desde que vi Alicia en las ciudades; me gusta incluso cuando hace películas que en conjunto me parecen fallidas, como ¡Tan lejos, tan cerca! o El hotel del millón de dólares. En todas encuentro momentos que me emocionan o interesan, quizá por su atención a detalles mínimos de lo humano que cobran relieve no solo por lo que dicen y hacen los personajes, sino también por la atmósfera –los encuadres, los colores, los silencios, la música– en la que discurre todo.

No me sorprende sin embargo su declaración sobre la postura de la Berlinale en cuanto al genocidio en Gaza. Al fin y al cabo, su obra apenas se acerca a asuntos sociales y políticos, mucho más centrada en cuestiones estéticas y de eso que, podríamos llamar, aunque sea simplificar un asunto complejo, la emoción individual.

Wim Wenders ha afirmado que la Berlinale debe mantenerse al margen de la política. Lo entiendo: un certamen internacional al que concurren películas de tantos países, de tantas culturas, de tantos sistemas y valores debe ser muy precavido a la hora de pronunciarse sobre cuestiones políticas, también por el riesgo de hacerlo a partir del sesgo de nuestras democracias liberales. Pero hay casos en los que mantenerse al margen de la política significa mantenerse al margen de la humanidad. Gaza es uno de ellos.


El final de la frase es importante. Quizá deberíamos preguntarnos por qué exigimos que festivales e instituciones se pronuncien sobre el genocidio en Gaza –y me parece muy bien que se haga, que nadie me malinterprete– pero no sobre el genocidio en Sudán. Y creo que tampoco se hizo con la misma intensidad cuando tuvo lugar el genocidio en Ruanda.

La respuesta obvia es que sabemos menos de esas zonas del mundo. Pero también podríamos preguntarnos por qué.


18 de febrero

Conversación en unos encuentros culturales. Una vez más sale el tema de la proliferación de escritores y escritoras que parecen más empresas de autopromoción y networking que creadores centrados en su obra. Me consuela que las críticas no vengan solo de gente de más de cincuenta años; también los hay más jóvenes y expresan su rechazo hacia una manera de concebir el arte en la cual este es secundario frente a la tarea de obtener el apoyo y la atención pública. Si no fuese por ellos, tendría la impresión de estar en un grupo de viejos refunfuñando sobre la siguiente generación. Cuento que en un papiro egipcio ya se menciona que los «jóvenes de hoy» no tenían respeto, tema que, cambiando levemente la crítica, ha atravesado los siglos y las civilizaciones.

Pero además sería injusto decir que el automarketing –puede que me acabe de inventar este palabro– y el me placement –venga, sigamos generando anglicismos de mercadotecnia– sean solo iniciativas de creadores jóvenes. Se me ocurre más de uno ya entrado en años que ha aprendido las técnicas con una agilidad sorprendente para su edad.


Por críticos que seamos con él, tendemos a apreciar más el mundo del que venimos que el que llega. Quizá porque hemos olvidado la mayoría de los miedos y malestares pasados –sabemos que los tuvimos, pero las sensaciones se han difuminado– y son más vívidos los que provoca un presente amenazante. Pero el presente siempre ha sido amenazante, en cada tiempo a su manera. La guerra fría, la guerra de Vietnam, la amenaza nuclear en los sesenta y setenta, la crisis del petróleo en los setenta, el desmantelamiento de los sindicatos y el inicio del imperio de un neoliberalismo feroz en los ochenta, las convulsiones en el Este y la guerra en la ex Yugoslavia en los noventa, el atentado contra las Torres Gemelas, guerras en Oriente Próximo, Chernóbil, Fukushima, crisis bancaria a principios de este siglo, y por supuesto los cambios de mentalidad que fue introduciendo la transición de los sistemas del bienestar a una mentalidad de competencia, individualismo y frío social.

Lo malo del presente es que su resolución es incierta, mientras que el pasado, para bien o para mal, ya ha cumplido sus promesas y sus amenazas.


No sé por qué entro en las redes a estas horas de la tarde con lo mal que me sienta. Hoy descubro a mi pesar un vídeo repulsivo de dos políticos de Vox hablando de lo que les gustaría hacer si llegan al poder. Cada vez que la extrema derecha habla del futuro, salen palabras como motosierra, buldócer, lanzallamas. Por sus metáforas los conoceréis.


19 de febrero

Durante un coloquio en Málaga sobre La ética de la crueldad, sale el tema de la insensibilización a la que nos somete la hiperviolencia en las pantallas. Y es verdad que la casquería se ha instalado en ellas de forma ya estomagante, pero pensemos que hace siglo y medio el público acudía a ejecuciones como entretenimiento.

¿Es eso lo que nos insensibiliza, asistir a la violencia en videojuegos, películas, informativos y redes sociales? ¿Es eso lo que nos vuelve indiferentes al dolor ajeno? Puede que todo ello no sea la causa sino el resultado de un sistema que nos empuja a romper los lazos de solidaridad, presentando al «otro» como enemigo, amenaza o, por lo menos, competidor. El arte de cada época refleja el inconsciente colectivo, con sus hegemonías y sus disidencias. Y aunque yo aún creo que el arte cambia la realidad, también creo que la realidad cambia más aún el arte.

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Trabaja, produce, enferma… y sigue trabajando

Por: Arantxa Tirado

 El pasado 15 de febrero supimos, a través de la prensa, que el Departamento de Salud de la Generalitat de Catalunya prevé condicionar el presupuesto de los Centros de Atención Primaria (CAP) a la duración de las bajas médicas que concedan. La propuesta, comunicada a los CAP, implica una suerte de estímulo económico, calculado en el 5% de los recursos asignados, si los médicos de los centros evitan que las bajas de salud mental o de lesiones osteomusculares se prolonguen “más de lo debido”. Una medida que pone la presión en el colectivo médico, ya de por sí sometido a condiciones laborales estresantes que lo han llevado esta semana a convocar huelga en todo el Estado.

Este “más de lo debido” condensa toda la lógica de funcionamiento del capitalismo: la clase trabajadora no puede enfermarse “más de la cuenta” pues el tiempo es oro. El sistema necesita cuerpos sanos, fuertes, útiles para que la maquinaria de la producción siga funcionando, a costa de la salud –nunca mejor dicho– de quienes sólo tienen su fuerza de trabajo y, por tanto, su cuerpo y su mente, para poder subsistir en este sistema. 

Como se han encargado de recordarle estos días a la consellera Olga Pané, médico especialista en Medicina del Trabajo, máster en gestión hospitalaria por la Universitat de Barcelona, diplomada en gestión de hospitales por ESADE y responsable última de esta propuesta, la administración de un ente público, y mucho más de uno que tenga en sus manos la gestión de la salud de los ciudadanos, no debería guiarse bajo criterios empresariales de costo y beneficio. Sin embargo, esta propuesta, por lo demás de una Generalitat gobernada por el Partit dels Socialistes de Catalunya (PSC), no es una decisión improvisada o un simple globo sonda. Supone una línea de continuidad en el Departamento de Salud, encabezado por Pané.

Ya en diciembre de 2025 la CGT Catalunya denunció la campaña iniciada por dicho departamento para que la clase trabajadora hiciera “buen uso” de las bajas médicas. Como explicaba el sindicato, la Generalitat no sólo criminalizaba a los más débiles, sino que trasladaba implícitamente la responsabilidad a los trabajadores enfermos y a los médicos, a la vez que desviaba la atención de las causas estructurales detrás de la enfermedad: las condiciones de vida y las condiciones de trabajo. 

CGT recordaba, por ejemplo, cómo el aumento del 20% en las bajas médicas de Catalunya se debía, en buena medida, a la salud mental. Y daba datos alarmantes sobre cómo la juventud trabajadora del Estado, con condiciones estructurales de precariedad laboral, con bajos salarios, 36% de sobre cualificación, contratos temporales y a tiempo parcial, concentraba el 32,5% de las bajas laborales, con un “incremento significativo de las bajas por problemas de salud mental, como estrés, ansiedad y depresión”. Una juventud trabajadora que ve cómo su formación –universitaria o no universitaria– no garantiza una inserción laboral que asegure unos ingresos mínimos para poder afrontar los precios desbocados de la vivienda, además. Pero la juventud trabajadora no es la única que padece la presión de un sistema enfocado a maximizar beneficios exprimiendo el tiempo, es decir, la vida, de la fuerza de trabajo. Estamos ante un problema que afecta a la clase trabajadora en su conjunto.

Si los cuerpos y las mentes jóvenes no aguantan una presión que no sólo es del ámbito laboral, pero que pasa por él, ¿qué se puede esperar de quienes llevan décadas de desgaste? Pues que se incrementen las enfermedades, en términos globales, pero que también, como muestran datos de la Encuesta de calidad y condiciones de trabajo 2025 de la Generalitat de Catalunya, el presentismo, esto es, el asistir a trabajar a pesar de estar enfermo, se imponga. Así, el 51,3% de la clase trabajadora catalana declara haber ido a trabajar enferma en los últimos doce meses. Un presentismo que tiene mayor incidencia entre mujeres y las personas con bajos niveles formativos, así como en sectores como la hostelería, educación, agricultura, servicios sociales o actividades sanitarias.

A pesar de ello, y de todos los mecanismos de presión que tiene la patronal en su relación de fuerzas asimétrica con la clase trabajadora para hacer que ésta anteponga los beneficios empresariales a su bienestar, los empresarios consiguen posicionar su queja sobre el aumento del absentismo laboral. La prensa nos recuerda que las empresas están introduciendo “cláusulas antiabsentismo” para dar incentivos a las personas trabajadoras que no hagan uso de su derecho a ir al médico y evitar así las ausencias en el centro de trabajo. Queda claro que la salud laboral es una molestia para los empresarios, un estorbo que les hace perder dinero, que es lo único que les importa al final

Pero también queda claro que, en esta ofensiva patronal, los empresarios presionan para echar por la borda derechos adquiridos por la clase trabajadora a lo largo de décadas de lucha, con la ayuda inestimable de sus amigos en los gobiernos que dicen ser de izquierda y que, paradójicamente, reciben el voto de esa clase trabajadora a la que venden cuando llegan a posiciones de poder.  

El punto del debate, por tanto, no es el absentismo laboral, ni las bajas que se extienden “más de lo debido”, sino por qué tantos trabajadores acaban yendo a trabajar, incluso enfermos, ante un sistema que los usa y los desecha cuando son inservibles. Por qué las administraciones públicas han permitido que exista un sistema de mutuas privadas decidiendo por la salud de la clase trabajadora, y organismos siniestros como el Instituto Catalán de Evaluaciones Médicas (ICAM), capaces de negar la incapacidad laboral a personas con cáncer metastásico. Y, no, no es un caso aislado. Plataformas como la PAICAM llevan años denunciando estos abusos en Catalunya. Una realidad que, por desgracia, no es exclusiva de este territorio pues atiende a una lógica capitalista global.

El mensaje que envía el capitalismo a la clase trabajadora es claro: trabaja, produce, enferma, sigue trabajando y muere. Pero no te enfermes antes de la cuenta, espérate a la jubilación. Si te mueres justo después de la jubilación mejor que mejor, es más, le haces un favor a las “arcas del Estado” porque ya sabemos que los jubilados viven a tutiplén a costa de los pobres jóvenes que no se pueden emancipar por su culpa, como nos repiten algunas jóvenes en los medios, la prensa y hasta en libros, en un mensaje que no sólo no cuestiona, sino que legitima, el orden del capitalismo.

Estamos en tiempos en que recordar cosas básicas se hace vital. La explotación en el trabajo y la precariedad laboral enferman. La clase trabajadora tiene derecho –al menos hasta ahora en el territorio en el que se escriben estas líneas– a no ir a trabajar si no está en condiciones de hacerlo. Por tanto, no hay un problema de absentismo laboral sino de trabajadores que enferman por culpa del trabajo y que, a pesar de ello, siguen yendo a trabajar.

Las bajas o incapacidades temporales, como puntualiza el abogado laboralista Vidal Aragonés, del Col·lectiu Ronda: “son el ejercicio de un derecho y de una obligación que suspende el contrato de trabajo y la relación laboral a efectos de que la persona trabajadora pueda recuperarse de una situación que justifica su ausencia en el trabajo”. Y el ejercicio de este derecho no debería ni cuestionarse ni limitarlo presionando, todavía más, a las personas trabajadoras y a los facultativos médicos. Tome nota, señora Pané, gracias.

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Rufián y Delgado reabren la batalla por la hegemonía en la izquierda

Por: Guillem Pujol

El acto, un diálogo entre Gabriel Rufián y Emilio Delgado moderado por Sarah Santaolalla, había sido anunciado como una conversación para abrir un nuevo espacio. Un espacio que, en realidad, lleva tiempo rondando como un fantasma en el discurso de Rufián. Desde hace meses, el diputado de Esquerra viene insistiendo en la necesidad de articular una izquierda plurinacional capaz de competir no solo electoralmente, sino culturalmente, frente al bloque que se consolida en la derecha. Porque el contexto es ese. No se trata de un simple relevo parlamentario: existe la sensación de que lo que viene no es alternancia, sino algo más áspero. Una derecha que ya no se presenta como adversario, sino como amenaza. Y una izquierda que, mientras tanto, se consume en debates internos, siglas superpuestas y guerras de pureza.

Lo significativo es que el movimiento de Rufián ha recibido, hasta ahora, más portazos que adhesiones. Esquerra ha marcado distancias. Bildu también. Otros actores del espacio progresista han preferido leer el gesto como una maniobra personal o como un globo sonda sin recorrido. Y, sin embargo, pese a todos esos noes, la sala estaba llena. Incluso, como subrayó Santaolalla al abrir el acto, estaban todos los partidos políticos. Algo pasaba, precisamente porque no había nada cerrado.

La presentadora arrancó con una pregunta directa a Emilio Delgado, de Más Madrid: ¿Qué es esto? ¿Qué hacéis aquí?

Delgado tomó la palabra con una apelación directa, casi generacional. Quienes estaban allí, vino a decir, eran quienes no se resignan a bajar los brazos y abandonar el país. Quienes creen que todavía hace falta abrir la conversación, aunque sea tarde, aunque sea incómodo, aunque sea difícil.

Su intervención giró rápidamente hacia un diagnóstico más ambicioso. Lo que tienen delante, sostuvo, es un bloque histórico, refiriéndose al eje PP-Vox. Un bloque capaz de convertir los intereses de los ricos en sentido común mayoritario. Y eso, advirtió, no se frena solo con una coalición de partidos: “Hace falta algo más amplio. Organizar un bloque democrático equivalente, con sindicatos, estudiantes, movimientos vecinales, consumidores. Un gran debate nacional entre demócratas”.

Pero la unidad no es el único problema, advirtió Delgado. El problema real es que la derecha ha ganado la hegemonía. Ha logrado apropiarse de banderas que durante décadas parecían patrimonio de la izquierda. La libertad, pero también la seguridad.

Un terreno, admitió, en el que a la izquierda le cuesta entrar sin incomodidad. Hablar de seguridad genera recelos, pero abandonar ese marco implica dejar a mucha gente por el camino. Recuperar esas banderas, defendió, es parte central de cualquier proyecto de mayorías.

Rufián respondió a la misma pregunta con otro registro. Arrancó con ironía, enumerando insultos recibidos durante años, pero enseguida se colocó en un tono más grave. Dijo que tiene miedo como demócrata. Y añadió que lo que viene no es solo una alternancia política, sino algo salvaje. Imitadores baratos de Milei y de Trump, afirmó.

La amenaza, en su relato, no era abstracta. Habló de ilegalizaciones, de sufrimientos, de un horizonte de endurecimiento que exige responsabilidad. Aunque me hicieran dimitir mañana, dijo, seguiría sintiendo esa responsabilidad. Y entonces volvió la frase que atravesó toda la noche como un estribillo. No solo quiere ilusionar, quiere ganar: “Ganar exige ciencia, método y orden. Porque si no, se repite la historia. Intentemos hacer algo diferente”.

Y trató de aterrizar el problema en términos prácticos: “¿Qué sentido tiene que catorce izquierdas representando lo mismo se presenten en el mismo sitio? ¿Quién se presenta en Girona, en Sevilla, en Valencia, en Madrid…? ¿Vale la pena seguir compitiendo entre nosotros para ver quién es más puro y quién hace mejores tuits?”.

Su argumento no era un llamamiento a la desaparición de las siglas, sino a la coordinación. No le pide a nadie que renuncie a su identidad. Lo único que pido, dijo, “por primera vez en nuestra historia, es orden, método y eficiencia. Lo demás son tuits”. ¿Porque de qué sirve que Bildu o el BNG obtengan buenos resultados si Abascal termina siendo ministro del Interior?

Rufián defendió que “Podemos ha sido, es y será una fuerza imprescindible para la izquierda del país”. Reivindicó a Pablo Iglesias como el mejor de su generación y a Irene Montero como una fuerza de la naturaleza. Los quiere dentro de cualquier intento de recomposición. “Quien crea que esta gente sobra, se equivoca”, aseguró.

Gabriel Rufián
Emilio Delgado (Más Madrid), Sara Santaolalla y Gabriel Rufián (ERC) durante el acto en la Sala Galileo Galilei. YOUTUBE / ELDIARIO.ES

Delgado recogió el guante desde otro ángulo. Hay sectores sociales a los que la izquierda no llega, afirmó, como los campesinos o ciertos jóvenes alejados del progresismo urbano. Puso un ejemplo provocador. No le gusta la caza, dijo, pero si con un cazador comparte la defensa de la sanidad pública, lo quiere de su lado.

Rufián, después, defendió que la izquierda no puede seguir evitando determinados debates por miedo a ser estigmatizada desde dentro. Habló de seguridad, de multirreincidencia y de flujos migratorios como retos reales. Que le llamen racista por decirlo, afirmó, le parece injusto. Gobernar implica hablar también de derechos y obligaciones.

Ese razonamiento desembocó en una afirmación que marcó un punto de inflexión claro respecto a buena parte del discurso que la izquierda a la izquierda ha sostenido en los últimos años. Desde una defensa explícita del laicismo, Rufián afirmó que “el burka es una salvajada” y que “una izquierda verdaderamente laica no puede permitir que se esconda a las mujeres de esa manera”. En el fondo, era también una forma de disputar un terreno cultural que durante años la izquierda ha preferido esquivar por miedo a fracturarse.

Diferenció esa práctica de otras expresiones religiosas, como el velo o el hábito de una monja, enmarcándolas en otra tradición cultural.

“Hay límites que la izquierda debe atreverse a defender sin complejos si quiere disputar la hegemonía y no replegarse en una identidad defensiva”, dijo, ante una sala que, en este punto, dudaba entre el silencio y el aplauso. “Yo me niego a que la izquierda reparta carnés de pureza”, concluyó.

Santaolalla empujó entonces la conversación hacia el punto donde inevitablemente se atasca. Entendido el diagnóstico, “¿cómo se lleva eso a la papeleta? ¿A quién vota la gente? ¿Quién decide quién se presenta en cada provincia?”, inquirió.

Rufián lo formuló como una propuesta de base: “Requiere de un acto de generosidad inédito de todos los partidos de izquierda. Entender que no se compite entre iguales, sino contra un bloque que ya ha aprendido a jugar unido”. Y luego: “Tres o cuatro puntos compartidos para que los partidos se presenten provincia a provincia. Antifascismo, derecho a la autodeterminación, coordinación interparlamentaria”. Y un guiño explícito a la IU de Anguita: “Programa, programa, programa”.

La idea de fondo era clara. Renunciar a la pureza como identidad. Construir mayoría como tarea. Dejar de hablar solo para convencidos. Encontrar un mínimo común denominador. Pero la pregunta seguía flotando: ¿cómo hacerlo cuando los partidos, en tanto partidos, no tienen muchos incentivos para dar ese paso?

Será difícil articular realmente todo lo que se dijo en la Sala Galileo, pero durante unas horas, al menos, algo parecido a la ilusión volvió a iluminar una parte de la izquierda. No como nostalgia, sino como necesidad.

Luego ya veremos si la mecha prende.

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Del miedo a “los otros” al miedo “a los nuestros”

Por: Patricia Simón

Este artículo forma parte del dossier ‘Obreros de ultraderecha’. Puedes conseguir la revista y suscribirte en el kiosco de ‘La Marea’.

La fotoperiodista Lee Miller, en la película en la que le da vida Kate Winslet, escucha en boca de un joven la misma pregunta a la que podremos enfrentarnos en unas décadas: «¿Cómo no os disteis cuenta de que [los nazis] estaban llegando?». La reportera, que cubrió la II Guerra Mundial tras ser una de las fotógrafas de moda más reputadas, responde lo que sentimos muchas de las personas que llevamos años investigando y advirtiendo sobre el auge de la ultraderecha: «Durante un tiempo, fue muy lento. Y, de repente, ya estaban aquí». Dejemos de hablar de auge de la ultraderecha porque la ultraderecha ya domina nuestra era: siembra el terror y la zozobra en todo el mundo desde la Casa Blanca, ocupa uno de cada cuatro escaños en el Parlamento Europeo, cogobierna comunidades autónomas y poblaciones españolas, y recibirá uno de cada cinco votos en las próximas elecciones generales, según la última encuesta del CIS.

En el libro Miedo. Viaje por un mundo que se resiste a ser gobernado por el odio (Debate, 2022) analicé las causas de este giro histórico y cómo los poderes políticos, económicos y mediáticos habían azuzado los miedos –a los «otros», a la pobreza, a la soledad y a la muerte– allanando el camino a los nacionalpopulistas xenófobos y a los antidemócratas. Pero el ascenso ha sido tan meteórico que mientras investigábamos la trayectoria de sus líderes, sus vías de financiación, su estrategia de cooperación internacional, mientras nos debatíamos entre destinar nuestro tiempo a desmentir sus bulos o a contrarrestar sus discursos de odio, dejamos de lado lo más obvio y, también, lo más aterrador: que acaparan tanto poder porque buena parte de la población se lo ha dado a través de las urnas. Y que, por tanto, en todos los ámbitos de la vida convivimos con personas cuyas ideas políticas no solo no son respetables, sino que son criminales: amenazan los derechos y la vida misma de quienes consideran inferiores y enemigos: las personas racializadas, migrantes, feministas, del colectivo LGBTIQ+, y todas aquellas que defendemos activamente la democracia, la igualdad, la libertad y los derechos humanos. Personas con las que nos relacionamos a diario: nuestra tendera del comercio de proximidad del barrio, nuestro médico de la sanidad pública, la profesora de nuestras hijas en la escuela pública, nuestro monitor del gimnasio, el policía que nos tomará declaración tras una agresión machista, la jueza que la tendrá que juzgar, el periodista que la contará en una tertulia, nuestro primo, nuestra hermana, nuestro padre, nuestra madre.

Las izquierdas europeas y estadounidenses solo hablaron de crecimiento de la ultraderecha cuando nos incluyó a las personas blancas entre sus enemigos. Desde los años 80 hasta hoy, las políticas de los partidos de derechas y los socialdemócratas han desarrollado políticas muy parecidas contra las personas migrantes, a las que se interpretaban como una amenaza en todos los sentidos: para el mercado de trabajo, para la seguridad así como para la convivencia. Por ello, el corpus legislativo migratorio tiene un enfoque militarista y defensivo contra unas personas que ejercen su derecho a la movilidad para buscar oportunidades y seguridad. Es decir, sus políticas migratorias siempre han sido de extrema derecha porque consideraban las vidas de las personas migrantes de menor valor. Por eso, nadie ha sido juzgado ni condenado por las políticas que han provocado la muerte de, al menos, 30.000 personas en el Mediterráneo. Por eso, esa misma política mortífera es la que se permite seguir practicando hoy el Gobierno español, uno de los pocos progresistas que quedan en el mundo.

El discurso hegemónico contra las personas migrantes, mientras su explotación hacía posible el cacareado crecimiento económico europeo y estadounidense, ha sido el caballo de Troya que ha alumbrado esta era de la crueldad. Por eso, las personas migrantes no tienen que preguntarse hoy cómo van a relacionarse con toda esa gente que las desprecia cuando se dejan su sueldo haciendo la compra en sus comercios, cuando cuidan de sus padres y madres ancianos, cuando van a la consulta del ambulatorio público –que también pagan con sus impuestos–, o cuando dejan a sus niños y niñas en la puerta del colegio. Como no se lo preguntarán quienes dejaron de ir a las celebraciones familiares o laborales para no seguir escuchando comentarios homófobos y sexistas que atentaban contra su propia existencia. Todas estas personas siempre tuvieron que protegerse del fascismo porque ya estaba ahí. Mientras, el resto, la mayoría de las personas blancas cisheterosexuales, no lo querían ver porque sus vidas cotizaban al alza en ese ecosistema fascista.

Pero ya no hay lugar al engaño. El espejo estadounidense nos está mostrando cómo incluso la burguesía blanca demócrata está en peligro: activistas, feministas, intelectuales, periodistas, académicas, juristas, científicos y científicas no se libran de la diana cuando se interponen en el camino de los paramilitares de la ICE, cuando publican información crítica con Trump, cuando defienden que se aplique la legalidad internacional contra los responsables del genocidio de Gaza o cuando denuncian el impacto de las políticas de la Casa Blanca en la crisis climática.

Hoy, a la vez que la mayor parte de nuestras sociedades se ven perjudicadas por las políticas de la ultraderecha, estamos cada vez más cerca de que también la mayoría social defienda sus postulados. Es una guerra global contra la humanidad misma, espoleada por el autoodio que ha insuflado décadas de un estilo de vida neoliberal basado en el individualismo y el egoísmo. No es solo que cada vez más obreros autóctonos odien a los obreros extranjeros, sino que odian con más ahínco aún a los sindicatos que defienden sus derechos, a las políticas que suben sus salarios y a los periodistas que defienden el beneficio común de la redistribución de la riqueza. Cada vez más mujeres no solo odian a las feministas, sino que votan a políticas que niegan nuestra discriminación y la violencia de género. Y cada vez más personas pasan sus días macerando y envenenándose con nuevos odios difundidos por canales de televisión, de YouTube, de Telegram, de WhatsApp. Gente que se despierta deseando la muerte al presidente Pedro Sánchez por las nuevas balizas de la DGT, a las feministas por denunciar los abusos sexuales cometidos presuntamente por Julio Iglesias, a los ecologistas por acabar con la vida rural, a los antirracistas por llenar el país de ladrones y violadores, a los catalanes por querer acabar con España… Hombres y mujeres con apariencia normal, que no están en el Parlamento ni en los platós, sino en tu trabajo, en la puerta del colegio de tus hijos e hijas, incluso en la casa de tu padre y de tu madre.

Gente que, incluso, dice que te quiere. Y que, probablemente, lo haga. Pero que odia lo que eres, lo que piensas y que adora a quienes quieren tomar el poder para censurarte, perseguirte, encarcelarte, castigarte, violarte, matarte. Dicen que te quieren. Y probablemente lo hagan. Pero representas a sus enemigos. No lo eres. Nunca les privarías de derechos ni libertades. Tú nunca permitirías que les hicieran daño. Pero ellos sí están haciendo todo lo posible –de pensamiento, palabra, obra y omisión– para que otros lo hagan.

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Los caminos de Rufián son inescrutables

Por: Guillem Pujol

Este artículo se publicó originalmente en Catalunya Plural. Puedes leerlo en catalán aquí.

Después de las elecciones de Aragón, donde la extrema derecha ha vuelto a dar un paso adelante y la izquierda un paso atrás, el diputado Gabriel Rufián publicaba un post en la red X que comenzaba afirmando que “quien no vea que hay que hacer algo o no ve bien o ya le va bien que no lo haya”, y concluía con una pregunta retórica: “¿No vale la pena intentar hacer algo diferente para frenarlo?” —una pregunta que, se supone, todo el mundo, al leerla, asentiría rotundamente con la cabeza: “Claro que sí”. Analicemos qué puede pretender Rufián y qué posibilidades de éxito puede llegar a tener.

Gabriel Rufián, el político

Rufián es un político de carrera; su pasado en departamentos de recursos humanos es una anécdota en su historial profesional, aunque, de vez en cuando, le resulte útil para diferenciarse de algunos de sus colegas de hemiciclo que nunca han ejercido otro oficio. Pero, a estas alturas, ya puede decirse que Rufián es un político en todos los sentidos de la palabra.

De hecho, si atendemos a las encuestas del CIS, Rufián es un político excelente. De los mejores oradores del hemiciclo. En los últimos años —ya lejos de aquel joven que aparecía en chándal, con aspecto desaliñado, e intentaba gustar a la izquierda más a la izquierda de su partido—, se ha constituido en una voz del sentido común para la izquierda situada a la izquierda del PSOE, que se siente perdida y, sobre todo, decepcionada. Rufián es, por tanto, un político al alza que no quiere dejar de ser político. Y aquí aparece el primer problema.

Esquerra Republicana de Catalunya

Gabriel Rufián es miembro de ERC, pero como dicen las malas lenguas, “Rufián es más podemita que indepe”. Seguramente esta frase sea falsa e injusta, pero no deja de tener cierto interés, en tanto que sintetiza algo en lo que casi todo el mundo puede estar de acuerdo: por sus discursos y posicionamientos, Rufián pertenece, como Joan Tardà, al sector de izquierdas de su partido. Prefiere a Podemos antes que a Junts, y se le puede oír pronunciar más veces la palabra expropiación que la palabra inversión (en un sentido financiero, se entiende).

La segunda parte de la frase es quizá más difícil de abordar. No se sabe bien hasta qué punto es independentista, ni tampoco si tiene sentido medir el sentimiento independentista en gradientes; lo que queda claro, sin embargo, es que hace tiempo que Rufián no habla de independencia. Habla menos que su propio partido, que ya es decir. Pero este silencio sobre la independencia, perteneciendo al partido político que más años ha defendido ese proyecto, puede despertar suspicacias entre sus colegas. Especialmente entre aquellos que tienen claro que son más indepes que podemitas, y que antes se irían con Junts que con Ione Belarra.

Es posible, por tanto, que Rufián, como el excelente político que es, y viendo que después de tantos años en Madrid su rol dentro del partido —como casi podemita y como no tan indepe— queda desdibujado, busque una alternativa.

Un frente amplio de izquierdas

Aceptemos, para el desarrollo del argumento, que los dos primeros puntos son ciertos. Rufián quiere hacer política, su prestigio aumenta en España y disminuye ligeramente en Cataluña, especialmente entre sus colegas de partido. En defensa de esta tesis, puede argumentarse que Oriol Junqueras ya dijo antes del verano que ERC no se planteaba la propuesta —no propuesta— de Rufián. Y Rufián, como quien oye llover, ha decidido tirar hacia adelante y organizar un primer acto en la capital de España de la mano de Emilio Delgado, de Más Madrid.

Pero la pregunta que se hacen politólogos de todas partes es la siguiente: ¿y cómo pretende hacerlo? ¿Por qué la izquierda a la izquierda del PSOE —Podemos, Sumar, IU, Bildu, BNG, ERC, Más Madrid— tendría incentivos para aceptar esta propuesta —no propuesta— de un frente amplio?

La respuesta, aquí, se complica. Pero siempre es útil, cuando se habla de política representativa, tener este mantra bien grabado: los partidos siempre buscan maximizar votos y minimizar pérdidas. Ahora bien, hay un añadido a esta frase, que diría: “Siempre que no ponga en peligro la estructura orgánica del partido”.

Dicho de otra manera: los partidos son siempre reticentes a diluir sus siglas. Las siglas son lo que permite a los políticos negociar una posición en las listas conjuntas. Cuanta más fuerza tengan las siglas, más candidatos y candidatas podrán entrar, y más posibilidades tendrán de encabezar la lista.

¿Qué interés tendría ERC, un partido consolidado al que lo que realmente le importa son los resultados en Cataluña y no en Madrid, y para quien Rufián no representa un gran activo político, en poner sus siglas en suspenso por un resultado incierto? Ninguno. Ya pueden descartarse. Y, dicho esto, también puede decirse lo mismo de Bildu y del BNG. De hecho, ya lo han dicho. Son dos formaciones que atraviesan un buen momento y cuyo arraigo está en sus respectivos territorios, Galicia y País Vasco. Una propuesta plurinacional sin representantes de esa España “pluri” no tiene recorrido.

¿Qué queda? IU también ha rechazado la propuesta. Años atrás se abrazó a Podemos precisamente porque sabían que no podían confrontarlo y que mantenerse cerca era una manera de garantizar su supervivencia (algo similar, por cierto, puede acabar pasando con ICV y Barcelona en Comú en el futuro). Queda Más Madrid, Sumar y Podemos. Y aquí es donde se juega todo.

Las tres organizaciones penden de un hilo. Estos partidos no tienen una historia tan vasta como otras formaciones a la izquierda del PSOE, como IU o el BNG; pero puede argumentarse que, de las tres, es Podemos quien ha logrado consolidar un pequeño nicho que le garantiza la supervivencia (uno o dos diputados) y, en consecuencia, la no necesidad de sumarse a aventuras épicas encabezadas —recordémoslo— por un independentista catalán.

Sumar, por su parte, no es nada; antes de comenzar la legislatura, era Yolanda Díaz —al alza—, más Íñigo Errejón. Ahora es Yolanda Díaz, pero a la baja. De hecho, su principal activo político en este momento no es ni su líder, sino Pablo Bustinduy, ministro de Derechos Sociales, Consumo y Agenda 2030 del Gobierno de España, un ministerio de nombre largo y competencias cortas, al que Bustinduy está sabiendo sacarle mucho partido.

Queda, por tanto, Sumar y Más Madrid. Estas son las dos formaciones susceptibles de unirse a este frente amplio que Gabriel Rufián propone sin proponer.

No es tan descabellado que lo intenten. Lo harán si las encuestas los dejan sin representación. Y entonces es cuando comenzará de nuevo la política obtusa, la que manda sin hacerse visible, la que se reúne a puerta cerrada y discute cuotas y puestos en las listas. Lo extraño sería que, llegado ese punto, no fuera Rufián quien lo encabezara. Al fin y al cabo, se lo ha ganado. Al menos, eso es lo que dicen las encuestas.



El acto de Rufián y Delgado tendrá lugar mañana en la sala Galileo Galilei, en Madrid, a las 18.30 horas. A él acudirán representantes de Sumar, Más Madrid y Catalunya en Comú. Izquierda Unida y Podemos han anunciado que no irán.

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El Manifiesto del Partido Woke

Por: Jorge Dioni López

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«Toda la historia de la sociedad humana hasta la actualidad es una historia de luchas de clases. Libres y esclavos, patricios y plebeyos, barones y siervos de la gleba, maestros y oficiales; en una palabra, opresores y oprimidos». Es el comienzo de El Manifiesto del Partido Comunista, de Marx y Engels, publicado en 1848, año de la quinta y última oleada de revoluciones burguesas. Cuatro años después, Marx publicó El 18 de brumario de Luis Bonaparte, donde señalaba que ese ciclo había acabado. Cuando alguien accede a un sitio caliente, existe la tentación de cerrar la puerta. La república burguesa había derivado en una forma de salvaguarda de privilegios similar a la monarquía del Antiguo Régimen. Los burgueses de la Ilustración habían abandonado a los trabajadores para aliarse con los aristócratas a quienes se habían enfrentado. El pacto representado en el cuadro La libertad guiando al pueblo estaba roto. Incluso habían restaurado la monarquía.

A través de sus diversas encarnaciones, el socialismo no dejó de insistir en señalar las estructuras de dominación de la burguesía hasta que logró que la puerta se abriera y forzó un contrato social de breve duración y extensión que conocimos como estado del bienestar. Sus principales beneficiarios fuimos los trabajadores varones blancos occidentales y su desarrollo logró cambiar el relato de la lucha colectiva por otro basado en el esfuerzo individual. La promesa de ese contrato entre capital y trabajo era la movilidad social; y su principal herramienta, la redistribución a través de los servicios públicos financiados con impuestos proporcionales: formación, sanidad, transporte o, en otros países, vivienda. Ese contrato está roto. El capital acumula tras librarse de los impuestos. En España, 33 personas tienen la misma riqueza que 19 millones. El Estado ha dejado de ser garante de los servicios porque estos han dejado de estar vinculados a derechos y se han integrado en el mercado, que es el formato que se extiende por el mundo gracias, precisamente, a ese relato centrado en el esfuerzo individual.

La vida ha dejado de ser una promesa para convertirse en una competición. La sensación de desconfianza, desamparo e incertidumbre que crea el incumplimiento del viejo contrato social puede provocar un movimiento de reacción porque asumimos que todo el mundo puede ser un enemigo en la lucha por el trozo del pastel. Sobre todo, los otros que están por abajo, los que llaman a la puerta, a los que el capital señala como enemigos.

Los protagonistas de la reacción somos sus principales beneficiados porque, como en el XIX, las estructuras de poder ya existentes aprovecharon las reivindicaciones de nuevos grupos sociales para dividir e imponerse. Para crear un enemigo claro, lo llamaron a todo Woke (feminismo, anticolonialismo o movimiento LGTBIQ+). El concepto se presentó como una amenaza difusa, pero con una gran capacidad de destrucción que incluía ese contrato social. Todo se había estropeado porque había llegado más gente que sostenía que la división entre opresores y oprimidos no estaba tan clara. La clase es un factor, pero el género o la raza son otros.

Normalmente, la dominación se basa en el empoderamiento selectivo para que, dentro de cada grupo social, haya una nueva jerarquía. Lo mismo que el socialismo señaló las estructuras de dominación, explotación y subordinación del estado burgués, el feminismo desveló las del patriarcado, muchísimo más antiguo. El colonialismo nos indicó que el anterior contrato social se construyó sobre la explotación y el atraso de otros países. Como les sucedía a los burgueses, es complicado reconocerse en ese espejo incómodo y la tentación de unirse a las viejas estructuras de poder es enorme.

Los varones blancos occidentales vivimos nuestro 18 de brumario. Para algunos, la propiedad o la identidad como nativo o varón pueden ser factores más relevantes que su condición de trabajador y preferir a movimientos autoritarios que señalen un enemigo como causante de la pérdida. Hay gente convencida de que aliarse con el capital a través de los elementos culturales, el movimiento MAGA, le permitirá quedarse en la casa caliente, aunque sea en el porche. Perseguir a otros hará que ellos no sean perseguidos. Se equivocan. Cuando se desprecia la dignidad del ser humano, la categoría de prescindible se va extendiendo hasta que la tienes en el portal de tu casa.

El viejo contrato social no va a volver. La respuesta no está en el pasado, sino en el futuro: ampliar el mundo. Y con mucha audacia. Socialismo y feminismo, anticolonialismo o movimiento LGTBIQ+ son parte del mismo proyecto, contradictorio a veces, en el que también están la revolución científica, la Ilustración o el liberalismo de las revoluciones burguesas. Los procesos históricos dentro de la modernidad amplían el mundo paulatinamente porque la otra opción es reducirlo. Libertad, igualdad, fraternidad rima con diversidad, inclusión y equidad. Frente al movimiento MAGA, el movimiento Woke.

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