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Esto va de derechos

Por: Daniel Cotillas

Hemos politizado cosas muy importantes como son el comer, el amar o el hablar. Y lo hacemos porque vemos que son necesarias para la construcción de un mundo mejor. Uno que se nos aparece como deseo que yace latente bajo el embrujo de la eficiencia y el control, esa magia podrida que es el capitalismo como única forma posible de vida. Por eso necesitamos recuperar palabras como utopía, política, derechos… Hay mucho de utopía en verbalizar «un mundo mejor» porque esa expresión trae consigo la construcción de unos fundamentos compartidos con los que construir un mundo digno de ser vivido.

En ese compartir formas de entender el mundo hemos caminado por senderos de enormes cambios para la humanidad: el movimiento feminista, el ecologista, los derechos de la infancia, y un largo etcétera. Nos hemos puesto de acuerdo para establecer unos cimientos sobre los que cualquier persona pueda decir: «A partir de aquí podemos empezar a construir una casa común». Esta decisión conjunta significa que hemos politizado las posibilidades de un vivir colectivo. Hemos puesto sobre la mesa del máximo común denominador los valores y derechos sin los cuáles sería impensable empezar a hablar.

Por eso, esto va de derechos. Derechos básicos. Derecho a la libertad de expresión, a la vivienda, a un trabajo digno. Y entre todos esos derechos hay uno que no conseguimos acabar de politizar adecuadamente: el derecho a la comunicación. Y más aún, politizar el sentido y construcción de las herramientas con las que ejercemos ese derecho básico.

El derecho a la comunicación es tan obvio, que su ejercicio nos parece superfluo. Es el derecho que hace que haya alguien al otro lado de la radio contándonos una historia, el que permite que no sólo haya dos canales de televisión, o el que se cuela entre las grietas de los movimientos piratas fanzineros. Y también es aquel que ejercemos cuando escribimos un mensaje de texto desde nuestro móvil. Este derecho no tiene que ver con el contenido de ese mensaje, si es más o menos pertinente, es el mero hecho de que tengas la capacidad de poder realizarlo. Politizar este derecho significa que tengamos, al menos, pensamiento crítico sobre aquellas condiciones que hacen que este derecho pueda ser ejercido con plenas capacidades de autonomía, soberanía y libertad.

Estos últimos días hemos asistido a dos hechos que nos deben hacer reflexionar respecto al derecho a la comunicación, porque con ello estaremos pensando también el tipo de mundo en el que queremos vivir, y no en el que nos dejan vivir. Son dos cosas absolutamente diferentes.

Pensemos primero en la propuesta de legislar la prohibición del acceso a redes sociales a menores de 16 años. Podríamos tener una enorme discusión sobre qué entendemos por red social, pero eso ahora no viene al caso, quedémonos con su selección habitual: los Instagram, Facebook y Tiktok al uso. Ahora, hagamos una disección política del asunto desde el derecho a la comunicación, pero más importante aún, desde el mundo que queremos construir.

Por un lado somos una sociedad que ha evolucionado hasta el punto de contar con desarrollos tecnológicos que nos permiten no sólo comunicarnos muy rápidamente sino además muy lejos, en tiempo real, con texto, audio, vídeo. Durante mucho tiempo estos desarrollos fueron financiados e investigados gracias a financiamiento público. La visión de estar creando un aporte único a la humanidad fue entendida por una gran diversidad de gente, como por ejemplo los creadores de protocolos con los que hoy navegamos por un mismo Internet para todo el mundo en lugar de tener cientos de ellos. Esto era así porque se apostaba por una construcción utópica de la comunicación: una red desde donde todas las personas puedan comunicarse en el mismo nivel de condiciones. Nuestros Estados, gobernados en algunos casos por personas que elegimos democráticamente, sólo tendrían que velar por que el derecho básico a estar conectadas unas con otras fuese algo cuidado y protegido. Poco a poco todo esto mutó a que algunas empresas privadas fuesen las que nos dijesen cómo y cuándo podemos conectarnos, qué es comunicación y que no, y si estás en condiciones de poder saber lo que es verdad y lo que no. De esta forma, muy rápidamente, ya no teníamos una herramienta que se apoyaba en una forma de entender el mundo, sino que teníamos un producto con el que financiar las necesidades de empresas privadas. El cuento es más o menos así y Cory Doctorow y su ya conocidísimo término de mierdificación lo sabe.

Donde antes teníamos la posibilidad de proponer formas de ver el mundo hoy sólo podemos ver alternativas comerciales gestionadas por corporaciones que poco o nada tienen que ver con el derecho a la comunicación. Ellas deciden qué contenidos pueden circular, qué algoritmos deciden qué vemos y cuándo lo hacemos, y sus ganancias son el motor que les mueve a crear novedades. Esta forma de contar el mundo se ha convertido en la única forma de entender el mundo. No hay un afuera, una alternativa, sólo nos queda conformarnos con lo menos malo. No sólo somos incapaces de ver alternativas más allá del capitalismo sino que hemos aceptado que el robo de futuros ha sido a plena luz del día y sin pasamontañas.

Hoy queremos que los menores de 16 años no accedan a herramientas que nos conectan y nos permiten comunicarnos. No queremos que puedan ejercer un derecho básico de construcción social y humana porque las empresas que se hicieron con el entramado que posibilita este derecho han decidido cómo ha de funcionar: con violencia, con culto al cuerpo, con mentiras y bulos, con destrucción. Nuestros Estados y gobernantes miran hacia abajo porque se olvidaron que la luna está arriba, más grande y obvia que nunca. Las redes sociales que nos ofrecen las corporaciones son una mierda, una basura, algoritmos sucios y nocivos que llevan el derecho a la comunicación a su expresión más pueril. Y por todo ello han de ser legislados, pero antes, necesitamos politizarlos. Asumir que podemos mirar arriba y decir basta. Hacia abajo nos queda un gran trabajo por hacer: crear redes que se asemejen al mundo que queremos habitar. Redes desde donde también los jóvenes se politizan, aprenden de música, se acercan a diferentes formas de pensar y a defender sus derechos. Porque hoy el error es hablar de redes sociales como si de la posibilidad de estar conectados sea el problema. Y el problema son las marcas de redes que nos han dicho que debemos usar, y que seguimos usando.

Sumado a este conflicto está, de forma paralela y bastante significativo, el caso de Telegram. Muchas personas que usan ese sistema de mensajería recibieron el 5 de febrero un mensaje de su creador, Pavel Durov, criticando duramente las decisiones de Pedro Sánchez en España. La verborrea libertaria es cada vez más confusa y las energías revolucionarias son captadas excelentemente por el reaccionariado más exaltado. Pero, de fondo, vuelve la misma reflexión: ¿en qué momento pensamos que esa plataforma de mensajería era algo diferente a la mentalidad que su creador imprime sobre ella? Y este «pensamos» es sobre el que deberíamos pararnos a analizar. ¿Desde qué principios analizamos las redes que utilizamos? ¿Nos interesa qué se hace con nuestra información? ¿Dónde viven nuestros datos? ¿Cuáles son las vinculaciones políticas de aquellos que financian la creación de estas plataformas?

Son todas preguntas urgentemente válidas y que hoy se alzan con más pertinencia que nunca. Hay que parar un momento y no dejarse arrastrar por la migración rápida a otra herramienta que alguna web de referencia nos diga que es la adecuada. ¿Qué quiero yo? ¿Qué queremos nosotras? ¿Cómo será mi vida dentro de uno, cinco o 20 años si empiezo a comunicarme a través de esta nueva herramienta?

Debemos aprender a plantearnos las preguntas adecuadas cuando se trata de tecnología. Hoy no le prestamos atención en absoluto porque hemos cedido a una clase política desorientada y unos empresarios ambiciosos la capacidad de gestionar uno de nuestros derechos más valiosos: nuestra comunicación.

Toca parar un momento, hablar con colectivos de tecnología libre, analizar quién es el dueño de una herramienta, cómo se financia, si el algoritmo es auditable y un largo etcétera que, aunque suene raro, debemos empezar a entender qué significa. «Si argumentas que no te preocupa la vigilancia porque no tienes nada que ocultar, es como argumentar que no te interesa la libertad de expresión porque no tienes nada que decir», nos interpelaba Snowden hace años. Hoy nos toca reflexionar sobre esto porque, si no nos interesamos por la forma en que se ejerce nuestro derecho a la comunicación, tal vez es porque en realidad no nos interesa la forma en que se construye nuestra sociedad. Y tú y yo sabemos que no es así. Así que toca sentarse y ponerse a llevar a la práctica un mundo en el que merezca absolutamente la pena vivir y comunicarse.

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¡Vaya hostia! El 8-F de Aragón en 9 claves

Por: Antonio Avendaño

1. El gol del honor

“¡Vaya hostia!”. Es lo que le salió del alma herida a Susana Díaz Pacheco aquella aciaga noche de 2017 en que perdió ante Pedro Sánchez las primarias del partido. Lo mismo podría haber dicho anoche la exministra y candidata socialista a la Presidencia de Aragón, Pilar Alegría. Lo mismo, en realidad, podría haber dicho anoche toda la izquierda aragonesa, cuya humillante derrota a manos de las derechas apenas quedó maquillada por esos seis diputados de la Chunta Aragonesista que venían a ser como el gol del honor de las izquierdas al término del que sin duda fue uno de sus peores partidos de la temporada. En casos así en el fútbol, los dueños del equipo suelen echar al entrenador. Con los partidos es más complicado porque el propietario y el entrenador suelen ser la misma persona.

2. Perder ganando, ganar perdiendo

Los datos crudos de las elecciones aragonesas de ayer son estos: el PP suma 26 escaños, aunque pierde dos; el PSOE se queda en los huesos con 18, que son cinco menos que en 2023; Vox engorda hasta lograr 14, el doble que en las anteriores autonómicas; Chunta Aragonesista da también la campanada pasando de tres a seis diputados; Aragón Existe tenía tres y se queda en dos; Izquierda Unida-Sumar conserva el que tenía y Podemos, que ya estaba semidesaparecido, desaparece. La mayoría absoluta son 34 escaños y las derechas suman 40, aunque con sensaciones muy distintas en cada uno de los dos partidos: el PP gana pero pierde y Vox pierde pero gana. Como en Extremadura. 

3. Sudor y tinta

Jorge Azcón no necesitará comprar tinta para recargar la pluma con que firmará su primer decreto como presidente de Aragón: tendrá de sobra con la que le hará sudar Vox. Parafraseando a aquella profesora de danza de la serie Fama, Santiago Abascal ya tiene preparada la frase que le dirá a Alberto Núñez Feijóo la próxima vez que lo vea: “Buscas el poder, pero el poder cuesta; y aquí es donde vas a empezar a pagar… con sudor”. O con tinta. Jorge Azcón en Aragón y María Guardiola en Extremadura adelantaron elecciones siguiendo las órdenes de Génova y el Señor los ha castigado a ambos haciendo mayor su dependencia de la ultraderecha. Sánchez está más débil que ayer, pero ellos también.

4. ¡Muerte al ‘Perro’!

El PP logra su objetivo táctico de debilitar a Pedro Sánchez, pero no su objetivo estratégico de liberarse de Vox. Anoche, los francotiradores de Génova se apresuraron nuevamente a dar por muerto al ‘Perro’, pero el maldito chucho se resiste a morir pese a los dos tiros que ya lleva en la barriga: el tiro extremeño y el tiro aragonés. El tercer disparo será el castellano y el cuarto el andaluz. Demasiado plomo para que el bicho llegue vivo al verano de 2027. Y sin embargo… Sánchez se aparece en las pesadillas de Feijóo como ese personaje de las películas que el espectador da por muerto tras haber recibido varios disparos, pero que en el último momento logra empuñar su arma desde el suelo y descerrajarle a su agresor un tiro certero entre ceja y ceja. En el PP no pueden dejar de preguntarse cuánto plomo hay que meterle al ‘Perro’ para que expire de una maldita vez. 

5. El espectro de Ohio

Como los de Ohio en Estados Unidos, ¿los resultados de Aragón anticipan los de España en las legislativas que el PP querría ver convocadas ya mismo? Todo indica que sí. Difícilmente podrá Sánchez cumplir el calendario prometido de no celebrar elecciones hasta el verano de 2027. Cuando el mes que viene se abran las urnas en Castilla y León y de nuevo las izquierdas muerdan el polvo, ¿acaso los presidentes autonómicos y alcaldes socialistas no redoblarán la presión sobre Ferraz para que haga coincidir las generales con las andaluzas de junio de este año? A la ministra y candidata María Jesús Montero le vendría bien. No querrá ser una Pilar Alegría 2: en unas autonómicas en solitario la participación será baja y la factura de esa abstención la pagarán las izquierdas. 

6. El hombre del tren

Lo bueno de la coincidencia de generales y andaluzas es que haría subir sensiblemente la participación y mejoraría las expectativas del voto progresista. Lo malo, que muy probablemente PP y Vox sí lograrían esta vez la mayoría absoluta del Congreso que acariciaron en 2023. Por eso parece poco probable que Sánchez adelante los comicios: porque ningún gobernante, y mucho menos él, lo hace si cree que va a perderlos. Y porque el presidente sigue confiando en el efecto movilizador de la pinza gobernante PP-Vox en un electorado de izquierdas que a lo largo de este 2026 iría viendo los temibles efectos de la irrupción ultra, ya sea en los programas de gobierno, ya sea en los gobiernos mismos. ¿Le saldrá la jugada, como ya le salió en julio de 2023? Veremos. No es probable. Sánchez se asemeja al fugitivo al que sus enemigos rastrean dentro del tren donde viajan perseguidores y perseguido. Sánchez pasa de vagón en vagón dejando atrás a sus acosadores, pero el número de coches que tiene el tren es limitado: vagón Extremadura, vagón Aragón, vagón Castilla y León, vagón Andalucía. Estación término: España.

7. ¿Quién refuerza a Vox?

Se acusan mutuamente socialistas y populares de reforzar a Vox con sus estrategias de desgaste, al precio que sea, del adversario. No parece que tengan razón ni el uno ni el otro, salvo en el sentido de que la erosión de la institucionalidad y la centralidad que ambos practican al demonizar sistemáticamente al otro favorece el crecimiento de formaciones antisistema como la de Abascal. Lo malo, lo peor del ascenso de Vox es que parece producirse por generación espontánea: sus votos crecen en el electorado como las setas en el bosque cuando caen cuatro gotas. Los ultras crecen en España, en Francia, en Alemania, en Italia, en Hungría, en Holanda, en Dinamarca, en Noruega, en Chile, en Argentina, en Estados Unidos… Se diría que son imparables. Nadie sabe muy bien qué diablos hacer para frenarlos. ¿Un cordón sanitario? ¿Un pacto de no agresión o incluso de colaboración de PP y PSOE? ¿Génova y Ferraz firmando la paz? Imposible tal entendimiento entre quienes están embelesados contemplando las tempestades provocadas por los vientos que tan irresponsablemente han sembrado durante años. 

8. Ideas y emociones

Es cierto que la Chunta ha salvado el honor de las izquierdas no socialistas, pero los partidos no viven de honor sino de votos. Los partidos han nacido para gobernar, no para ponerse estupendos. Y los votos no dejan de menguar debido a la proverbial división que reina en esa franja ideológica que la demoscopia cifra en torno a un 15% del electorado. Lo paradójico de tal división es que sus causas son más personales que propiamente ideológicas: si milagrosamente mañana desaparecieran de la escena pública Yolanda Díaz, Mónica García, Ione Belarra, Irene Montero o Pablo Iglesias, quizá sería posible armar un Podemos de nuevo unificado, pues en rigor no hay diferencias ideológicas significativas entre Sumar y los morados; no los dividen las ideas, los dividen las emociones: la ira, el resentimiento, la soberbia, el afán de revancha…

9. Dos en uno

El PSOE no tiene, ciertamente, los problemas de la otra izquierda. Aparece como un partido unido, pero su cohesión está en gran medida sustentada en el hecho de estar gobernando. El día que Pedro caiga habrá lío interno, como, por otra parte, siempre lo ha habido cuando el líder ha dejado de ser presidente del Gobierno. Hoy, la contestación interna en el PSOE es casi anecdótica, se diría que orgánicamente inviable. ¿Despertará esa contestación si Feijóo llega a la Moncloa? A principios de los 90 el PSOE de Felipe González y Alfonso Guerra entró en crisis: Felipe se ocupaba del Gobierno y Alfonso del partido, pero aquel tándem se quebró tras una década de Gobierno. Hoy no cabe quiebra alguna porque Pedro Sánchez es a la vez Guerra y González, manda en el partido y manda en el Gobierno. Inimaginable un Pedro enemistándose con Sánchez o un Sánchez rompiendo con Pedro. En Aragón no ha perdido su ministra, ha perdido él. 

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Elecciones en Aragón: el PP vuelve a ganar, Vox se crece y el PSOE cae con fuerza

Por: La Marea

No ha habido sorpresas en la urnas. El PP ha vuelto a ganar las elecciones de Aragón y necesitará otra vez el apoyo de Vox para gobernar. La diferencia ahora, con respecto a 2023, es que el PP, más debilitado, tendrá que lidiar con un Vox más fortalecido. Tanto, que el partido de ultraderecha ha doblado sus resultados de hace tres años. La otra gran diferencia es el estado del PSOE, que ha perdido aún más fuerza de la que ya perdió entonces y baja a los niveles de 2015.

Con el 98,6% escrutado, el PP ha obtenido 26 escaños, dos menos que en 2023; el PSOE se queda en 18, cinco menos que hace tres años; Vox gana siete diputados y escala hasta los 14; Chunta Aragonesista (CHA) también dobla: de tres a seis escaños.

Teruel Existe ha perdido uno de sus tres diputados; y IU-Movimiento Sumar mantendrá el escaño que tiene. Podemos-Alianza Verde y el PAR se quedan sin el único diputado que tenían. Y Se Acabó La Fiesta, que era la primera vez que se presentaba, no ha obtenido representación.

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He leído el XV Plan Quinquenal de China: esto es lo que necesitas saber

Por: Guillem Pujol

El Partido Comunista de China presentó en octubre de 2025 la propuesta del nuevo Plan Quinquenal que deberá ser aprobado por su Comité Central en marzo de este año. Se trata del decimoquinto plan desde que Mao Zedong inaugurara esta tradición político-organizativa con la puesta en marcha del primer plan quinquenal, implementado entre 1953 y 1957. Pero la China de hoy poco tiene que ver con la de entonces. Ha pasado de ser una economía mayoritariamente rural, con niveles masivos de pobreza, a ocupar una posición central en las cadenas globales de producción, inversión y financiación. Este salto no ha eliminado las contradicciones del modelo, pero sí ha transformado radicalmente su escala y su impacto global.

El XV Plan Quinquenal se inscribe en un momento especialmente delicado. La economía mundial atraviesa una fase de desaceleración, el orden multilateral surgido tras la Segunda Guerra Mundial muestra signos evidentes de agotamiento y la rivalidad entre grandes potencias se ha intensificado. En este escenario, China combina una ambición creciente de liderazgo internacional con una insistencia en la estabilidad interna, el control político y la gestión de riesgos económicos, sociales y demográficos.

El documento refleja esta tensión de fondo. Por un lado, proyecta a China como un actor capaz de ofrecer alternativas al orden dominante, desde el multilateralismo hasta la transición ecológica o la defensa selectiva del derecho internacional. Por otro, reafirma un modelo político fuertemente centralizado, poco permeable al pluralismo y orientado a subordinar derechos y participación a la cohesión y a los objetivos estratégicos del Estado.

El Plan no promete rupturas abruptas, pero sí consolida tendencias. Más allá de su dimensión técnica, funciona como una declaración estratégica del Estado chino, y lo hace fijando una lectura del mundo, del momento histórico y del lugar que China aspira a ocupar en él.

Los seis ejes que siguen son un resumen analítico de hacia dónde mira Pekín, qué riesgos identifica y qué tipo de poder está dispuesto a ejercer en un mundo cada vez más fragmentado.

1) El análisis del mundo y sus retos

El XV Plan Quinquenal parte de una lectura del contexto internacional marcada por la inestabilidad estructural. El documento subraya que las relaciones entre las grandes potencias condicionan decisivamente el orden global y, por extensión, el desarrollo interno de cada país. China se sitúa en una fase en la que conviven oportunidades estratégicas con riesgos crecientes, en un entorno caracterizado por incertidumbres y factores imprevistos.

El documento afirma que “cambios de una magnitud no vista en un siglo se están desplegando a mayor velocidad en todo el mundo”, acompañados de un “profundo desplazamiento en el equilibrio internacional de poder” y de avances acelerados ligados a una nueva revolución tecnológica e industrial. Esta combinación, señala el texto, ha generado condiciones favorables para que China actúe de manera proactiva en la escena internacional y contribuya a configurar un entorno externo más favorable a sus intereses.

Sin embargo, se evita una lectura triunfalista: “El desorden continúa intensificándose, los conflictos geopolíticos estallan con demasiada facilidad y frecuencia, y el unilateralismo y el proteccionismo están en ascenso”. A ello se suma una crisis del orden económico y comercial internacional, una desaceleración del crecimiento global y una rivalidad entre grandes países “más compleja e intensa que nunca”. China asume que el escenario internacional será más hostil y competitivo, y que la confrontación entre potencias se ha convertido en un rasgo estructural del sistema global.

En el plano interno, el texto combina una sólida confianza estratégica con el reconocimiento de sus propios límites reales. La economía china, afirma el texto, cuenta con una base sólida, una alta resiliencia y un gran potencial de crecimiento a largo plazo. Se destacan como fortalezas el mercado interno, el sistema industrial completo y la abundancia de recursos humanos. No obstante, el documento reconoce desequilibrios persistentes. La demanda efectiva es débil, existen cuellos de botella que dificultan la circulación económica y la transición hacia nuevos motores de crecimiento se describe como una tarea “formidable”.

El diagnóstico interno no esquiva cuestiones sensibles. Se admiten retrasos en la modernización agrícola y rural, una presión considerable sobre el empleo y los ingresos personales, y lagunas en las políticas de bienestar. También señala que los cambios demográficos plantean nuevos desafíos para el desarrollo económico y la gobernanza social, y que persisten riesgos latentes en sectores clave. Frente a este panorama, el texto refuerza el papel del liderazgo político y la cohesión interna como condiciones necesarias para gestionar la incertidumbre y “atreverse a navegar vientos fuertes, aguas turbulentas e incluso tormentas peligrosas”.

2) Economía, industria y salto tecnológico

El XV Plan Quinquenal es, ante todo, un plan económico. Se articula a partir de la idea estructural que atraviesa todo el documento y sintetiza la línea ideológica del modelo chino, según la cual “el mercado debe desempeñar el papel decisivo en la asignación de recursos” al mismo tiempo que el Estado refuerza su capacidad de orientación estratégica. Esto es, resumidamente, lo que se entiende por “capitalismo de Estado” y caracteriza el camino del gigante asiático, combinando dinamismo de mercado con regulación estatal activa.

Esta arquitectura se apoya en una apuesta clara por la economía productiva y la modernización industrial. El plan afirma que “un sistema industrial modernizado proporciona las bases materiales y tecnológicas para la modernización china” y plantea desarrollar un sistema industrial con la manufactura avanzada como columna vertebral. Al mismo tiempo, propone actualizar sectores industriales tradicionales reforzando su posición global y asegurando que las cadenas industriales sean “más autosuficientes y resilientes frente a riesgos”, con especial énfasis en sectores industriales clásicos junto a su digitalización y automatización progresiva.

El documento vincula este salto industrial con la estrategia tecnológica nacional al señalar que la modernización económica debe apoyarse en la modernización científica y tecnológica y en “la nueva oleada de revolución tecnológica y transformación industrial”. En este marco fija objetivos concretos como lograr avances decisivos en tecnologías clave en campos como circuitos integrados, equipamiento industrial avanzado, software base, materiales avanzados y biomanufactura, junto a grandes programas nacionales de ciencia y tecnología orientados a necesidades estratégicas.

La lógica que se desprende del documento apunta a mantener su condición de “fábrica del mundo” mientras desplaza progresivamente el núcleo competitivo hacia los ámbitos donde se concentra más margen económico, más capacidad tecnológica y más poder estructural dentro de la economía global. Esta estrategia se combina con el desarrollo acelerado de sectores emergentes y de industrias del futuro como nuevas energías, nuevos materiales, aeroespacial, computación cuántica, biomanufactura, hidrógeno, interfaces cerebro-máquina, inteligencia artificial incorporada y comunicaciones 6G. En este sentido, el plan plantea “reforzar de forma significativa nuestra capacidad en investigación básica e innovación original” para “mantener el ritmo o incluso liderar en muchos más ámbitos”, con el objetivo de sostener el crecimiento elevando productividad, autonomía tecnológica y resiliencia industrial en la competencia tecnológica global.

Además, el plan incorpora la economía verde no solo como agenda ambiental sino como vector de transformación productiva. El documento insiste en avanzar hacia un desarrollo “inteligente, verde e integrado” y vincula la transición energética con la modernización industrial, la seguridad económica y la competitividad tecnológica. En este marco, sectores como nuevas energías, materiales avanzados, electrificación industrial o hidrógeno aparecen no solo como herramientas de descarbonización, sino como pilares de las futuras ventajas industriales, lo que presenta la economía verde menos como límite al crecimiento y más como nueva frontera de acumulación tecnológica, productiva y geopolítica.

3) Soft power

Soft power es el término de las relaciones internacionales acuñado por Joseph Nye en los años noventa que pretende definir el poder en términos de recursos intangibles como la cultura, los valores, o la reputación exterior. Estados Unidos lideró el mundo con la fuerza de sus fusiles y tanques, pero también gracias al poder de la industria de la música, el arte, y el cine de Hollywood.

China prestó poca o ninguna atención al soft power durante las últimas décadas, pero el XV Plan Quinquenal marca un punto de inflexión en este sentido. El documento asume explícitamente que el poder en el siglo XXI no se ejerce solo mediante la capacidad militar o tecnológica, sino también a través de recursos intangibles como la cultura, los valores y la reputación internacional. En este sentido, la propuesta plantea que debe producirse “un aumento sustancial de la cohesión de la nación china y del atractivo de la cultura china, así como un incremento continuado del soft power del país”.

Este giro llega en un contexto internacional significativo. Estados Unidos, bajo la presidencia de Donald Trump, ha optado por una estrategia que prescinde en gran medida del poder blando y apuesta por la coerción militar y tecnológica. China interpreta este repliegue cultural como una oportunidad para ocupar espacios simbólicos vacantes y reforzar su influencia global desde otros registros menos abiertamente confrontativos.

4) Democracia de base y derechos humanos

El XV Plan Quinquenal dedica un apartado específico a la democracia de base y al avance integral de los derechos humanos. Afirma que debe reforzarse la participación a nivel local, garantizar que la población gestione los asuntos públicos conforme a la ley y mejorar los mecanismos para recoger la opinión pública canalizando la “sabiduría del pueblo”. Esta concepción de la democracia se articula a través de organizaciones sociales reconocidas por el Estado, como los sindicatos, la Liga de la Juventud Comunista o las federaciones de mujeres, llamadas a desempeñar un papel más activo en la representación de intereses y en el desarrollo de políticas sociales.

En el plano internacional, esta retórica se inscribe en un giro más amplio de la política exterior china. En los últimos años, Pekín ha adoptado posiciones que contrastan con las de Estados Unidos en foros multilaterales clave. En el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, han apoyado resoluciones orientadas a frenar la ofensiva israelí sobre Gaza o ha defendido altos el fuego, frente al bloqueo sistemático ejercido por Washington. Este posicionamiento ha permitido a China presentarse como defensora de ciertos principios vinculados a los derechos humanos y al derecho internacional humanitario, un terreno que históricamente había evitado por considerarlo parte del repertorio normativo occidental.

Este desplazamiento no implica, sin embargo, que China se haya convertido en un referente en la defensa de los derechos humanos. El propio Plan evita cualquier referencia a derechos civiles y políticos entendidos como límites al poder del Estado, y los concibe fundamentalmente en términos de desarrollo material, estabilidad y cohesión social.

Son múltiples los informes de Amnistía Internacional y de otras organizaciones de derechos humanos que han documentado graves vulneraciones en este campo, especialmente en el trato a minorías étnicas y religiosas. En la región de Xinjiang, la población uigur y otras comunidades musulmanas han sido objeto de políticas de detención masiva, vigilancia intensiva, reeducación forzada y restricciones severas a la práctica religiosa y cultural.

El bloque de derechos humanos refleja así una paradoja central del proyecto chino actual. Mientras Pekín gana espacio como actor que interpela el orden internacional desde un lenguaje de derechos y legalidad, su modelo interno sigue marcado por un control político estricto que subordina esos derechos a la estabilidad y a los objetivos estratégicos del Estado.

Lo que sí que parece evidente, es que mientras China da –o quiere dar– pasos hacia una cierta concepción de los derechos humanos (que es un concepto altamente debatible, pero ese es otro debate) y del derecho internacional, Estados Unidos hace justamente lo contrario. Y eso, a ojos de la comunidad internacional, suma puntos en la carrera para convertirse en el nuevo líder del orden mundial.

5) Medioambiente

Gran parte del brutal crecimiento económico de China en las últimas décadas se ha basado en un uso extensivo del carbón, tiñendo las urbes de gris y haciendo del aire un gas irrespirable para sus ciudadanos. El texto lo afirma implícitamente. Sin embargo, ya hace unos años que China comenzó el camino de la transición verde, que ahora se pretende intensificar.

La propuesta del XV Plan Quinquenal afirma que debe mantenerse de forma inquebrantable el principio según el cual “las aguas limpias y las montañas verdes son activos invaluables”, y que este principio debe traducirse en políticas concretas. Bajo los objetivos de alcanzar el pico de emisiones y la neutralidad de carbono, el plan apuesta por reducir emisiones, recortar la contaminación, impulsar un crecimiento verde y reforzar la seguridad ecológica.

El énfasis ambiental cumple una doble función. Internamente, responde a una presión social creciente y a la necesidad de sostener la legitimidad del proyecto político. Externamente, permite a China presentarse como un actor responsable en un contexto de retirada climática de otras potencias.

6) Hong Kong, Macao y la cuestión de Taiwán

El XV Plan Quinquenal dedica un apartado específico a Hong Kong y Macao que combina continuidad institucional y refuerzo del control político. El documento reafirma la política de “un país, dos sistemas”, subrayando que debe aplicarse de manera “resuelta”, garantizando un alto grado de autonomía. Al mismo tiempo, insiste en que ambas regiones deben estar “administradas por patriotas” y gobernadas de forma más eficaz conforme a la ley, una formulación que en la práctica ha reducido de forma sustantiva el margen de pluralismo político, especialmente en Hong Kong.

No es ninguna sorpresa, pero el texto evita cualquier referencia al conflicto político abierto desde 2014, cuando el “movimiento de los paraguas” articuló una protesta masiva contra las limitaciones al sufragio universal. Tras las movilizaciones de 2019, la imposición de la Ley de Seguridad Nacional en 2020 supuso un punto de inflexión, con la criminalización de la disidencia, la reconfiguración del sistema electoral y la neutralización de la oposición organizada. El plan asume este proceso como una normalización necesaria, sin mención al deterioro de derechos civiles ni al impacto sobre el ecosistema político y mediático de la ciudad.

En paralelo, el documento insiste en reforzar el papel internacional de Hong Kong como centro financiero, comercial e innovador, y en diversificar la economía de Macao más allá del turismo y el juego. Ambas regiones son presentadas como nodos estratégicos cuya utilidad global debe ponerse al servicio del desarrollo nacional, incluso a costa de diluir los rasgos institucionales que históricamente las distinguieron.

La sección dedicada a Taiwán eleva el tono estratégico. Taiwán es el epicentro de la lucha por la hegemonía mundial con Estados Unidos, y el redactado no deja ninguna duda al respecto: “Debemos implementar plenamente la política general de nuestro Partido para la nueva era sobre la solución de la cuestión de Taiwán, luchar resueltamente contra las fuerzas separatistas que aspiran a la ‘independencia de Taiwán’, oponernos a la interferencia externa, salvaguardar la paz y la estabilidad en el Estrecho de Taiwán y mantener firmemente la iniciativa y la capacidad de dirección en las relaciones entre ambos lados del Estrecho”.

La isla concentra una parte decisiva de la producción mundial de semiconductores avanzados, componentes esenciales para la industria tecnológica, militar y energética contemporánea. Este hecho convierte a Taiwán en un punto crítico de la rivalidad entre Estados Unidos y China, en un contexto marcado por restricciones tecnológicas, políticas de desacoplamiento y disputas por el control de las cadenas de suministro.

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La agotadora omnipresencia del ‘hate’

Por: El Periscopio

Este texto es el último editorial de El Periscopio, el suplemento cultural de La Marea. Puedes conseguir la revista aquí o suscribirte para seguir apoyando el periodismo independiente.

Estar de mal humor cansa. Cansa mucho. Hace falta poner una gran cantidad de energía en sostener el enfado, alimentarlo con nuevas injurias, hacerlo explícito. El cabreo drena fuerzas y además trae consigo una especie de lucro cesante: aparta la mirada de otras cosas que estén pasando, imposibilita el asombro, nos ciega para la belleza. Y, por si eso fuera poco, por el camino contagia a las demás personas ese mismo agotamiento, esa misma ceguera.

Por supuesto, no nos estamos refiriendo al enfado necesario que trae consigo la rabia ante la injusticia, al enfado transformador que provoca el abuso de poder y que lleva a querer desmantelar sus estructuras. En lo que estamos pensando es en ese otro modo de malhumor, de mira corta y ánimo un poco ególatra, que no quiere cambiar nada, sino que refunfuña en torno a algo en lo que se ha quedado enganchado, no necesariamente por las razones adecuadas.

Porque ese malhumor se viene convirtiendo, de un tiempo a esta parte, en uno de los tonos más característicos de la conversación pública. No solo en política, donde los debates entre sonrisas y ceños fruncidos ya son un lugar común en el que hay poco que rascar: también en la cultura, la omnipresencia del hate empieza a resultar agotadora.

Rosalía, David Uclés, Óliver Laxe: cada disciplina tiene a su autor o autora paradigmática en esto de que las batallas a favor o en contra rocen el punto de saturación. No hace falta ver la película, leer el libro, escuchar el disco: de lo que se trata es de posicionarse. En una lógica para nada ajena al clickbait y al algoritmo, iniciar una polémica es más fácil, rápido y rentable que intentar tejer los hilos de una crítica cultural que se sostenga.

Y es que no se trata, tampoco, de que no se puedan hacer críticas desfavorables. Las obras no tienen por qué gustar, solo faltaría; y, además, meter el dedo en la llaga de las contradicciones y las grietas de las producciones culturales más visibles es un modo interesante y fértil de pensar acerca de las ideas e imágenes que están en el aire y que contribuyen a nuestra manera de leer y habitar el mundo.

De lo que sí se trata es de darnos cuenta de que el bucle retroalimentado de opiniones feroces en torno a unas mismas obras y unos mismos autores no lleva a ninguna parte. De hacernos cargo cuando sea necesario de que la crítica simplificadora que se ceba en el rasgo de un trabajo que a cada cual le molesta especialmente es más una afirmación identitaria que una contribución a la conversación común.

Y, sobre todo, de no olvidar que, en la economía de la atención que rige nuestro acceso a la cultura, mientras perdemos tiempo en el vodevil de las discusiones lo que estamos haciendo es también no ocuparnos de poner el foco sobre tantas otras creaciones que sí nos podrían interesar. ¿Qué tal si intentamos priorizar eso?

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Sergio C. Fanjul: “El tiempo, tal como está pensado, no tiene que ver con nuestro cuerpo físico ni con la forma en la que deberíamos vivir”

Por: Carlos Madrid

Nada más terminar la conversación que ha dado cuerpo a este artículo, el periodista Sergio C. Fanjul da las gracias a un servidor por el tiempo invertido. Estas palabras, que en otra entrevista quizá son pura cordialidad, aquí tienen mucho sentido: Fanjul sufre de cronofobia, término que se usa para nombrar el miedo al paso del tiempo y que también ha dado título a su nuevo libro, publicado en la editorial Arpa. 

En este ensayo reflexiona sobre todo lo que implica el tiempo, desde un intento por describirlo hasta su perspectiva más social. De esta manera, muestra la relación problemática que tenemos con él; cómo nos organizamos con respecto al trabajo, los cuidados o el ocio; lo que pensamos del futuro y del pasado; la prisa con la vivimos hoy en día; y un largo etcétera de cuestiones más. Una entrevista que, esperemos, no te haga perder el tiempo.

¿Qué es la cronofobia?

Como su nombre indica, es el miedo al paso del tiempo. Yo empecé a sentirla a los 14 años y desde entonces la arrastro. Ahora que he sacado el libro hay mucha gente que me dice que la comparte también. Y, aunque tenga ese nombre feo y amenazante, creo que es algo connatural al ser humano. De hecho, la mayoría de las filosofías, religiones y espiritualidades se han peleado con este concepto y con qué va a venir después. Algo que sucede porque es una cosa que pasa a través de nosotros, que no sabemos lo que es y que no podemos controlar. 

Estamos rodeados de él, lo manejamos en el día a día. Pero, ¿qué es exactamente? ¿Cómo podemos tener control sobre él? 

Es la gran pregunta filosófica. Ya Agustín de Hipona dejó dicho que notaba el tiempo, sabía lo que era, pero que si le preguntabas sobre él no podía explicarlo. A nosotros nos pasa igual, algo que también nos ocurre con palabras como amor o arte. Con respecto al tiempo, podemos diferenciar varios conceptos: desde eso que nos sirve para ordenar las cosas, para medir duraciones, para concertar citas, está el tiempo objetivo (el del reloj) y el subjetivo (cómo lo percibimos), etc.

Un tiempo que cada vez está más acelerado. ¿Por qué?

Uno de esos tiempos de los que hablaba antes es el que rige el planeta, que se crea a finales del s. XIX con sus usos horarios. Uno que es fundamental que sea igual en todas partes porque es lo que permite que funcionen los medios de comunicación, que lleguen los transportes de mercancías, que haya transacciones financieras, etc. Todo depende de él. El problema es que es un tiempo al que los seres humanos tenemos que adecuarnos, además con la lengua fuera, y que no tiene nada que ver con cómo somos cada uno. 

¿Cómo afecta esto a los cuidados?

El tiempo, tal como está pensado, no tiene que ver con nosotros: ni con nuestro cuerpo físico y ni en la forma en la que deberíamos vivir. Algo que se ve muy bien en la conciliación con la crianza, la pareja, el ocio o el autocuidado. Por ejemplo, yo tengo una niña de cuatro años que exige una temporalidad completamente diferente a la que se propone laboralmente. Los niños necesitan la atención constante de sus padres, algo que el trabajo no permite, por lo que tenemos que externalizar los cuidados. Pero esto ni muchas veces sirve: cuando se habla de conciliar, de lo que se habla es de cómo tener algún sitio donde almacenar a los hijos para trabajar, no en cómo adaptar el trabajo a la crianza.  

«Cuando se habla de conciliar, de lo que se habla es de cómo tener algún sitio donde almacenar a los hijos para trabajar, no en cómo adaptar el trabajo a la crianza».

¿La lucha por el tiempo debería de ser una de las principales luchas políticas?

Totalmente. Desde Sumar han estado muy preocupados con esto y han intentado reducir la jornada laboral. Cuando trabajas ocho horas en una oficina sientes que te están succionando la vida, porque es eso literalmente lo que hacen: el tiempo es la esencia de la existencia. La política tiene que meterse ahí y, aunque no haya salido por culpa de las derechas, tiene que seguir peleándose. Ahora que el término libertad está tan instrumentalizado por la derecha –desde una perspectiva muy malentendida y muy egoísta–, debería empezar a ser enarbolada por la izquierda para defender una idea de la libertad de disponer del propio tiempo. No hay libertad más grande.

Dejando de lado el aspecto laboral, ¿qué necesitamos para ralentizarlo?

Otro factor que ha supuesto una aceleración del tiempo es la tecnología, sobre todo por el teléfono móvil: un aparato que nos está pidiendo atención todo el rato, lo que se traduce en tiempo. Una forma de luchar contra ello es intentar tener un uso razonable de las redes, si es que esto es posible. Ni yo predico con el ejemplo. 

«No hay libertad más grande que disponer del propio tiempo».

Ligado con esto, el otro día leía una entrevista en la que un científico decía que el scroll infinito y la conexión constante hacen que el tiempo pase más rápido no solo porque reclaman nuestra atención, sino porque son un chorro continuo sin momentos que se abran y se cierren. Es decir, no hay hitos que cortan el tiempo ni lo almacenan, como si la vida fuera un churro y no distinguiéramos nada en ella.  Aparte de eso, hay otra forma que han repetido desde diferentes lugares a lo largo de la historia que sirve también para ralentizar el tiempo: el estar presente en el ahora. Cada cosa en su momento y su lugar hace que la experiencia del tiempo sea más lenta y menos agobiante.

¿Cómo se relacionan tiempo y memoria?

El cerebro tiene diferentes formas de entender el tiempo. Hay algunas partes, como la amígdala o el hipotálamo, que se dedican a uno más presente. La memoria, por su parte, es una forma de organizar el tiempo pasado. Nos sirve sobre todo para entenderlo a largo plazo, cuando hablamos de nuestra vida en general. Por eso nos permite recordar cuando íbamos al colegio, cuando éramos pequeños… Ahí radica nuestra identidad. De esta manera, la memoria es lo que somos y a la vez el tiempo pasado: somos lo que hemos sido. Por eso cuando una persona sufre demencia o alzhéimer, pierde su identidad.

Dos conceptos que tienen su vertiente en la nostalgia y, actualmente, en la corriente más reaccionaria.

Hace unos años se empezó a discutir si la nostalgia era revolucionaria o no, si se podía ser nostálgico de un mundo que no respetaba las minorías y, por lo tanto, que era peor. Yo defiendo que hay que diferenciar de qué tipo de nostalgia hablamos, porque quizá se es nostálgico de los movimientos culturales del pasado o de la niñez, cuando la vida, al menos en términos generales, suele ser mejor.

«Quizá se es nostálgico de los movimientos culturales del pasado o de la niñez, cuando la vida, al menos en términos generales, suele ser mejor».

En el libro, además, explico la diferenciación entre dos tipos de nostalgia que hace la pensadora Svetlana Boym. La primera, la restaurativa, es una que quiere volver al mundo anterior y materializarlo, como intenta la extrema derecha. Pero esto no tiene mucho sentido porque no es posible recuperar el pasado en los mismos términos y seguramente se corresponda con uno que no es tan esplendoroso como se piensa. La otra nostalgia es la reflexiva, una más amable que suele estar vinculada al arte: no quiere volver al pasado, sino que se alegra de que haya tenido lugar. Es una alegría por haber vivido y a la vez triste porque ya pasó.

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Ponferrada-Móstoles: encuentra las diferencias

Por: El Apunte

Más allá de las pruebas de este caso concreto, ver la imagen del alcalde de Móstoles, rodeado de su plana mayor, atribuyendo a una “venganza” la denuncia por acoso de una concejala, nos remite irremediablemente a la imagen de otro alcalde del PP, arropado por la plana mayor del partido, haciendo exactamente lo mismo, pero hace 25 años. De momento, y según la información adelantada por El País, observamos que entre la imagen de 2001 y la imagen de 2026 es bastante difícil encontrar diferencias.

'Soy Nevenka' es un acto de justicia
Urko Olazabal y Mireia Oriol, protagonistas de la película ‘Soy Nevenka’. THE WALT DINEY STUDIOS

Como ahora ha hecho Manuel Bautista en Móstoles, el entonces regidor de Ponferrada, Ismael Álvarez, negó las acusaciones y se defendió culpando a la edil que lo había denunciado. Se llamaba –se llama– Nevenka Fernández, y su historia, llena de soledad y terror, ha sido recordada por ella misma en un documental y una película reciente: fue la primera mujer que logró una condena por acoso contra un político en España.

Ni aquel hito en la historia del feminismo de este país, ni las leyes en favor de la igualdad aprobadas posteriormente, ni siquiera el tiempo, han evitado que se repita –o que estemos hablando, mejor dicho– de un nuevo caso que comparte enormes paralelismos con aquel otro, el de Nevenka. Y no solo por los hechos denunciados –que serán juzgados en este nuevo caso– sino por la forma de actuar del PP ante esos supuestos hechos.

En ambos episodios, con los datos actuales, la mujer es una concejala del PP, las dos denuncian por acoso sexual y laboral al alcalde que las ha “fichado”, ninguna recibe el apoyo del partido y, además, ambas son ninguneadas, cuando no despreciadas, por el aparato. Las dos, finalmente, terminan recurriendo a la justicia.

En el caso de 2026, según la información de El País, la mujer pidió amparo al PP y fue despachada con frases del tipo ‘es mejor que no denuncies’: “Ayuda no es hacerlo público, esto te va a hundir”; “lo que no puede ser bueno para ti es una denuncia en el juzgado, porque te comen”; “El amparo pasa por que te quites de la cabeza cualquier tipo de denuncia”. Ni siquiera fue recibida por la presidenta madrileña, Isabel Díaz Ayuso, a quien remitió finalmente una carta explicando los motivos por los que se daba de baja en el partido. 

En 2001, Ismael Álvarez dijo que lo que había contado Nevenka Fernández era un “relato preparado”. En 2026, el alcalde de Móstoles ha dicho que el relato de la exconcejala –que, en este caso, prefiere mantenerse en el anonimato– no se corresponde con la realidad, y Ayuso, que sí se citó con el regidor tras la denuncia realizada por la mujer, ha ido incluso más allá: es un “caso fabricado contra el PP”, dijo la presidenta en la Asamblea de Madrid.

Hace 25 años, el PP tapó una historia que terminó en condena en los tribunales y por la que nunca pidió perdón a la víctima, según ha narrado ella cuando ha podido hablar con calma del infierno que vivió, dos décadas después. Hoy, lo retorcido de este asunto, además, es que mientras Nevenka Fernández contaba todo esto tantos años después en diferentes pantallas, la otra mujer estaba contando a los órganos de dirección del PP lo mismo que denunció en su día Nevenka Fernández.

“Hay que escuchar a las mujeres que se atreven a hablar, no es fácil porque sabes que tiene consecuencias”, dijo en una entrevista en elDiario.es en septiembre de 2025. Habrá que esperar, por supuesto, a ver qué dicen los tribunales. Pero de momento, puede que la diferencia más clara entre una imagen y otra sea simplemente el tiempo que ha pasado.

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La otra cara de las migraciones que es ignorada… deliberadamente

Por: Fernando Luengo

¿Cuáles son las razones de fondo de los movimientos de población Sur / Norte? Una pregunta, sencilla y contundente, que obligatoriamente habría que poner sobre la mesa si se quisiera abordar con seriedad y en profundidad el debate sobre las migraciones transfronterizas. Responder a esta cuestión es fundamental para disponer de un buen diagnóstico que identifique los problemas de fondo que explican el continuo aumento de estos flujos y permita la implementación de políticas adecuadas.

Es evidente que esta perspectiva nada tiene que ver con las llevadas a cabo por la Unión Europea y la mayor parte de los gobiernos comunitarios. Políticas que, en lo fundamental, han consistido en levantar muros para impedir o frenar la entrada de personas migrantes y en su criminalización, intoxicando a la opinión publica con los supuestos efectos negativos –en materia de seguridad ciudadana, competencia por los empleos o presión sobre los servicios sociales–, vulnerando todos los acuerdos internacionales en materia de derechos humanos y, especialmente, protección de los menores.

En ese contexto, bienvenida la iniciativa que pretende implementar nuestro gobierno, proceder a la regularización de inmigrantes que acrediten carecer de antecedentes penales y lleven en nuestro país al menos cinco meses. Un paso necesario, a contracorriente de los vientos racistas, xenófobos y fascistas que recorren Europa y que también se han instalado en nuestro país, pero a todas luces insuficiente, dada la magnitud del reto al que nos enfrentamos.

En este sentido, volviendo a la pregunta con la que iniciaba estas reflexiones, ¿dónde residen las causas de fondo de las corrientes migratorias? Si, por poner un ejemplo muy relevante, situamos el foco en África, lugar de donde procede una parte sustancial de las personas migrantes que llaman a las puertas de Europa en busca de una vida mejor, encontraremos una respuesta a esa pregunta.

Hablamos de una región que se enfrenta desde hace años a una situación dramática, que –todos los datos apuntan en esa dirección– ha empeorado con el paso del tiempo; evolución que cuestiona abiertamente a los que sostienen que, con carácter general, se está cerrando la brecha Sur / Norte, que la dinámica global apunta a la convergencia.

Por el contrario, en términos agregados, tomando como referencia el Producto Interior Bruto (PIB) por habitante, medido en paridad de poder adquisitivo y en dólares internacionales, encontramos que el gap, lejos de reducirse, no ha dejado de crecer; en 1990 el PIB por habitante del África Subsahariana, la zona más castigada por la pobreza, representaba tan sólo el 13,1% del comunitario, retrocediendo en 2024 hasta el 8,6%; así pues, las divergencias, medidas por este indicador sintético, no sólo persisten sino que se han hecho más pronunciadas. 

A continuación, presento algunos indicadores más específicos que revelan la situación de emergencia social en la que vive buena parte de la población africana. 

El primero de estos indicadores apunta a la pobreza. Tanto el número de personas pobres como la parte de la población que se encuentra atrapada en esta situación no sólo presenta registros elevados, sino que ha aumentado de manera sustancial. Si se considera la ratio de pobreza extrema (personas que viven con menos de 2,15 dólares al día) el Banco Mundial estima que en 2024 el 31% de la población, 464 millones de personas, son extremadamente pobres, alcanzando en el África Subsahariana al 46% de la población. El indicador que recoge la pobreza multidimensional –más adecuado que el referido a la pobreza extrema, pues tiene en cuenta dimensiones como la desnutrición, la falta de educación o el limitado acceso a servicios básicos– nos presenta un panorama todavía más dramático; 500 millones de personas, lo que equivale al 52% de la población africana (más de la mitad) estarían en situación de pobreza.  

El segundo de los indicadores a tener en cuenta apunta a los niveles de deuda externa y a los pagos en concepto de intereses y amortizaciones derivados de la misma. Siguiendo la información proporcionada por el Fondo Monetario Internacional (World Economic Outlook Database), en 2025 la deuda externa del África Subsahariana representaba el 47,6% del PIB y el 162,4% de los ingresos por exportaciones; mientras que el servicio de la deuda (suma de los pagos por intereses y amortizaciones) suponía el 7% del PIB y el 24% del valor de las exportaciones. Se trata de una insoportable carga financiera que obliga a un recorte en los gastos sociales y productivos de los gobiernos, lo que afecta especialmente a los grupos de población más vulnerables. 

Reparemos, en tercer lugar, en que esta región, siendo responsable de una pequeña parte de las emisiones de gases de efecto invernadero –son las mayores fortunas del planeta, las grandes corporaciones y los países más desarrollados los principales causantes de las mismas–, soporta, en forma de desastres naturales –sequías intensas y prolongadas, tormentas devastadoras, grandes inundaciones…– sus consecuencias más dramáticas. Los países más afectados han solicitado (exigido) en las diferentes cumbres climáticas (la última, Conferencia de las Partes, COP30, celebrada en 2025 en Belém, Brasil) que los ricos doten un fondo con el que afrontar sus consecuencias más graves. Sin embargo, más allá de las declaraciones formales y los compromisos retóricos, la respuesta, que sólo se puede calificar de tibia e hipócrita, ha quedado muy lejos de lo solicitado; lo comprometido, que no desembolsado, se ha situado en torno al 30% de lo exigido y, además, una parte de esos dineros se han canalizado a través de préstamos en lugar de transferencias, agravando en consecuencia el problema de la deuda externa.

Cabe señalar, en cuarto y último lugar, las guerras y los conflictos armados que recorren la región (República Democrática del Congo, Sudán, el Sahel, Nigeria, Somalia…) provocando importantes movimientos de población, en los que están presentes los intereses globales en disputa para controlar recursos minerales estratégicos, petróleo y gas, oro… y las políticas extractivas auspiciadas por corporaciones y gobiernos.

Estas son algunas de las causas de fondo que están detrás de importantes movimientos de población –tanto dentro de los países, como en los que hacen frontera y también los que se dirigen a la Unión Europea–. ¿Qué se hace al respecto? Nada o casi nada, un hipócrita suma y sigue. La ayuda al desarrollo no sólo se encuentra muy lejos de lo prometido hace décadas, sino que a menudo encubre operaciones comerciales; los recursos acordados en las diferentes cumbres climáticas son, como he señalado antes, simbólicos, quedando muy lejos de lo reclamado por los países pobres; los intereses extractivistas de los gobiernos y los países ricos, en el contexto de la geopolítica de la confrontación, son cada vez más fuertes; y, en fin, ninguna iniciativa de alcance se ha activado para aminorar de manera sustancial la carga financiera que soportan los gobiernos.

Revertir esa dinámica es obligado si, de verdad, se quisiera contener o mitigar los flujos migratorios desde su raíz. Con una mirada más amplia, actuar en esa dirección constituye una exigencia para enfrentar los problemas estructurales que condenan a la miseria a los pobres del planeta. 

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¿La película es mala o es que yo soy viejo?

Por: Manuel Ligero

Hay un reduccionismo que campa a sus anchas en esta época: el de juzgar las opiniones según la edad de quien las emita. Si tienes una cierta edad y algo no te gusta, y lo dices, la respuesta suele ser: «Es normal. Tú no puedes entenderlo. Eres viejo». Y hay algo de verdad en eso. Pero sólo algo.

La audiencia que acudió en 1913 al estreno de La consagración de la primavera, de Stravinsky, creyó que se le iba a ir la olla. Cuando empezó el segundo acto ya no podían soportar más aquel ritmo disonante y epiléptico. Elegantes señores, con sombrero de copa y monóculo, empezaron a gritar y a patalear. Las damas propinaban paraguazos a diestro y siniestro. La histeria acabó en batalla campal, a hostia limpia en la platea del Teatro de los Campos Elíseos, en París. Lo que le ocurrió a aquel público tiene una explicación neurológica: el cerebro aprende a lo largo de su vida frecuencias y patrones musicales, y cuando algún sonido se sale de ellos, saltan las alarmas. Este aviso puede provocar un malestar extremadamente desagradable. Y eso es precisamente lo que buscaba Stravinsky: que el público aprendiera algo nuevo. Por las malas. En esa misma época llegaría también Schönberg con un arma de destrucción masiva, el dodecafonismo, que cambiaría para siempre lo que entendemos por «música clásica». Molestar, irritar, cabrear es algo intrínseco a las vanguardias.

Hoy nos parece inconcebible que hace 70 años hubiera gente que pensara que el rock and roll era simplemente «ruido». Hasta los Beatles tuvieron que hacer frente a críticas parecidas. Y lo que ocurría, simplemente, es que sus cerebros no estaban preparados. Y, ojo, esto no está ligado necesariamente a la edad sino al aprendizaje: los cerebros jóvenes tampoco están preparados para determinadas cosas (en principio, para prácticamente nada), pero lo aprenden. Igual que los viejos, sólo que estos lo hacen con más dificultad.

Hace unos días, en las redes sociales de La Marea, un usuario se sinceraba sobre la opinión que le merecía Bad Bunny: «Es un reguetonero y yo por eso le tuve rechazo, luego me enteré más de quién es y es una buena persona, y además un tío valiente. Ya con canas, pero otra lección que aprendí sobre los prejuicios». Aquel señor es un ejemplo de que se puede aprender algo nuevo sin importar la edad, pero hay que poner voluntad (o desprenderse de ella, si nos ceñimos a la peculiar interpretación de Schopenhauer). En resumidas cuentas, el gusto se cultiva.

Queda claro, pues, que está al alcance de todo el mundo introducir un factor corrector en la contemplación de cualquier expresión artística. No es sólo decir «esto no me gusta», sino preguntarse «¿por qué no me gusta esto? ¿qué es lo que no entiendo? ¿qué me estoy perdiendo?». Son preguntas muy pertinentes a la hora de acercarse, por ejemplo, al cine de Albert Serra. Y a partir de esas simples preguntas nuestra «representación del mundo» (por continuar con Schopenhauer) cambia, se densifica, se refina, se ensancha. La otra opción es tirar por el camino de en medio y decir «Albert Serra es un payaso», lo que convendremos en que, sin entrar en descalificaciones, es un juicio apresurado.

Otro ejemplo de atropellamiento crítico sería ver Los pecadores y exclamar: «¡Pero qué puta mierda es esta!». Un juicio apresurado, sí, pero absolutamente comprensible. Y más comprensible aún entre un público mayor que, por un lado, está poco acostumbrado a las narraciones caóticas y, por el otro, tiene la sensación de haber visto ya esta película.

Los pecadores y la neuroplasticidad

La sensación de vértigo ante una narración incoherente es algo puramente generacional: los cerebros de personas de mediana edad, como los de los asistentes al estreno de La consagración de la primavera, no están acostumbrados al tsunami de información que sí consumen sin dificultad los nativos digitales. La generación Z puede pasar horas haciendo scroll, saltando de unos contenidos a otros sin más conexión que la proporcionada por el algoritmo de la plataforma elegida y de hacerlo, además, sin remordimientos. Pero como el mundo globalizado es como es, tampoco los mayores de 40 pueden abstraerse a los cantos de sirena de la economía de la atención. A veces pican y quedan atrapados en la rueda de hámster de los reels. La diferencia está en el impacto emocional que esa actividad les produce a jóvenes y a mayores; estos últimos, cuando miran el reloj y se dan cuenta de que se han pasado media hora mirando vídeos de gatos en el móvil, entran en pánico. Muchos sintieron lo mismo al ver Todo a la vez en todas partes, otro ejemplo doloroso de relato deslavazado à la mode.

Como ya anticipó Marshall McLuhan, cada vez que inventamos una herramienta, esta altera el equilibrio de nuestros sentidos y, por lo tanto, cómo funciona nuestra mente. El medio es más importante que el mensaje. Y el medio por excelencia, hoy en día, huelga decirlo, es un pandemonio digital infinito, ensordecedor, absorbente, confuso e inhabitable… para ciertas personas, claro. Para otras es simplemente el aire que respiran, la cultura de su tiempo, lo normal.

En Los pecadores se encadenan el cine negro, la cuestión racial, la religión, el sexo, la historia estadounidense, el folklore global y los vampiros. ¿Un cóctel con demasiados ingredientes? Para los jóvenes espectadores, no. La película de Ryan Coogler es un bocadillo de nocilla con sobrasada que paladean con verdadero deleite. ¿Se equivocan –ellos y los académicos de Hollywood, que la han nominado a 16 premios Oscar– al ensalzar semejante revoltijo? Puede que sí, pero no del todo. Ya lo veremos después.

Batiburrillo posmo

Otra de las sensaciones que atormentan al público adulto de Los pecadores es la constatación –demasiado evidente– de asistir a una redundancia. Y efectivamente lo es para ellos, claro, que pagaron una entrada en 1996 para ver Abierto hasta el amanecer y que, 10 años antes, alquilaron en el videoclub Cruce de caminos. Pero el mundo actual (el mundo como voluntad, y volvemos a Schopenhauer) no son ellos. O mejor dicho, sí son ellos (como lo es todo hijo de vecino), pero su representación del mundo tiene poca o ninguna influencia en la producción audiovisual actual. Se hacen escasas películas para ellos. De hecho, los grandes estudios de Hollywood hacen escasas películas en general, ya que siempre están a la búsqueda del pelotazo, del blockbuster, de la devolución inmediata y multiplicada con creces de unas (pocas y contumaces) inversiones multimillonarias. «Este Superman no ha funcionado. Vamos a hacer otro. Y otro más. Y otro. Y otro Spiderman. Y otro más. Y un Spiderman de dibujos animados. Y otro más…», y así andan, obsesionados con encontrar la gallina de los huevos de oro y desatendiendo a un público cada vez menos dispuesto a pagar una entrada para que le cuenten lo mismo de siempre.

La gran paradoja es que, desde los bisontes de Altamira, el arte cuenta «lo mismo de siempre» con variaciones, ligeras en unos casos y súbitas en otros –cuando aparecen movimientos vanguardistas–, sin que se llegue a romper nunca el hilo que une la pintura rupestre con el iPhone. El «todo se ha hecho ya», el «todo está inventado» es una constante histórica; lo que ocurre ahora es que se nota especialmente, y a eso lo llamamos posmodernismo. La quintaesencia posmoderna sería la IA, que todo lo chupa, lo mezcla y lo escupe como si fuera nuevo.

Lo que chirría en cierto posmodernismo es que su técnica de collage, ejecutada de forma grosera, acaba por producir hastío. Como explicaban Jordi Balló y Xavi Pérez en Yo ya he estado aquí, el público adora los escenarios conocidos, pero si te pasas de rosca, determinados espectadores sentirán rechazo. Son aquellos que por razón de edad, es decir, por pura biología, sin que sea necesario poseer una cultura excepcional, han visto más cine, han leído más libros y han escuchado más música. A esa gente, precisamente, Los pecadores les parecerá comida recalentada.

En un libro anterior, La semilla inmortal, Balló y Pérez concentraban aún más su discurso y se ocupaban de los mitos esenciales que, una y otra vez, reaparecen en todas las narraciones desde que el mundo es mundo, y con singular insistencia desde la invención del cine. No hablamos aquí de ese déjà vu típicamente posmo, sino del mapa genético de la ficción occidental, de los verdaderos pilares de nuestra cultura. En el conjunto de historias enunciado por los autores están, por ejemplo, el retorno al hogar (La Odisea), la búsqueda del tesoro (las Argonaúticas), la fundación de una nueva patria (La Eneida), el amor prohibido (Romeo y Julieta) o el ansia de poder (Macbeth). También está, lógicamente, el mito de Fausto, el del pacto con el diablo, y ese es precisamente uno de los elementos más sugerentes en el alambicado pastiche de Ryan Coogler.

El Fausto americano

En el folklore estadounidense, la leyenda fáustica por excelencia es la de Robert Johnson. Se cuenta que Johnson era un músico de blues del montón hasta que una noche, en la intersección de las autopistas 61 y 49, en Clarksdale (Mississippi), tuvo un encuentro con un hombre misterioso. El hombre en cuestión tomó su guitarra y la afinó. Cuando se la devolvió, el pacto quedó sellado: Johnson se convertiría en el mejor guitarrista del mundo. ¿La única pega? Que su alma ya no le pertenecía. Murió con 27 años.

La leyenda ha dado pie a multitud de versiones, como la ya citada de Walter Hill o la de la tercera temporada de Hap and Leonard, que adorna la historia dándole un toque escatológico: el guitarrista y el diablo cierran su trato orinando en el mismo frasco y bebiendo de él. Hap and Leonard es una serie deliciosa, en serio.

Coogler ubica la historia de Los pecadores precisamente en Clarksdale y en torno a una guitarra alrededor de la cual concitará los grandes pecados de su país, con la segregación racial y el puritanismo a la cabeza de sus pertinaces abominaciones. Ese ambiente, esa música, esa vocación por vestir la acción con temas importantes son lo mejor de la película. De hecho, evitan que se despeñe cuando la narración se entrega al disparate y aparecen los vampiros, que son una metáfora… ¿de qué exactamente? Pues ese es el problema, que muy claro no está, pero podemos barruntar que se trata de la asimilación cultural: los vampiros ofrecen a la comunidad afroamericana una falsa libertad, sin racismo, a cambio de renunciar a su identidad. La tentación por esquivar el dolor es grande, pero ninguno da el paso voluntariamente. A pesar de las bonitas palabras del vampiro jefe, tiene que mediar la violencia para que abandonen el blues y se pongan a chupar sangre y a bailar blanquísimas tonadas irlandesas. Más o menos como ocurre con el capitalismo: sin bellas palabras, falsas promesas de libertad y la amenaza de una existencia miserable, nadie entregaría su vida para enriquecer a otro.

Pero en la comunidad vampírica de Los pecadores hay un matiz incluso más interesante que ese: el hecho de que esté comandada por un irlandés. Se trata de la persona que ocupa el penúltimo peldaño de la escala social (el irlandés) tratando de someter a quien ocupa el último peldaño (el negro). Jorge Dioni López, siempre perspicaz, ilustró el fenómeno en estas mismas páginas: «Tener a alguien abajo [el rider que te lleva la comida a casa, por ejemplo] nos da la sensación de estar arriba». Esta pretensión explica en parte el actual auge de los obreros de ultraderecha, dispuestos a impedir por cualquier medio (mentiras, racismo, agresiones y votos) la movilidad social de quien está por debajo de ellos: los migrantes.

Pero todas estas líneas son un ejercicio de intelectualismo. Buscamos explicaciones plausibles a algo que no entendemos muy bien. En realidad, si la película de Coogler, a pesar de todas sus extravagancias, logra conectar con el espectador mayor es porque toca una tecla (aunque sería más exacto decir una cuerda) que, no por misteriosa, deja de ser absolutamente real: «Hay leyendas que hablan de personas que nacen con el don de hacer una música tan auténtica que puede traspasar el velo que separa la vida de la muerte, invocando a espíritus del pasado y del futuro». Es difícil expresar mejor un prodigio que se antoja inefable, el de la emoción producida por una música que atraviesa océanos de tiempo, que arrastra ecos de culturas lejanas, que parece surgir del centro de la tierra y que conmociona, trastorna los sentidos y revuelve las entrañas. Es algo misterioso, sí, pero es real. Los flamencos lo llaman «duende». Quien haya oído una siguiriya de Terremoto o una soleá de Fernanda, lo entiende.

Si una película es capaz de sostenerse sobre una idea tan difícil de trasladar, tan mala no será, ¿no?

O sí.

Vaya usted a saber.


‘Los pecadores’, estrenada el año pasado, aún se proyecta en algunas salas y también se encuentra disponible en la plataforma de Movistar+.

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‘La Marea’ deja de publicar en Telegram tras el mensaje político de su fundador enviado a los usuarios españoles

Por: La Marea

Elegir es renunciar. Esta frase resume bien lo que supone tomar decisiones y, más aún, cuando se trata de dilemas importantes que entroncan directamente con los valores que nos sustentan como personas y, en el caso de La Marea y Climática, como cooperativa y como medio de comunicación.

Entre nuestros principios editoriales destaca la independencia: de los poderes políticos, económicos y, de unos años a esta parte, hablamos también aquí de los espacios que se eligen para comunicar. No descubrimos nada si decimos que, en el mundo de ahora, esos espacios están en manos de unos pocos «señores tecnofeudales». Y no es la primera vez que nos enfrentamos a esta situación: nos fuimos, por ejemplo, de Twitter (o X) y de Meta (Facebook, Instagram y WhatsApp).

En las últimas horas, la actualidad ha vuelto a poner sobre la mesa una cuestión: ¿es Telegram un espacio «independiente» cuando su fundador lo usa para mandar un mensaje masivo a sus usuarios con una clara intencionalidad de influir en su opinión política?

Ante esta injerencia, la respuesta de la redacción y el Consejo Rector de la cooperativa editora ha sido intentar ser coherentes. Por ello, tanto en La Marea como en Climática hemos dejado de publicar en Telegram.

Avanzamos así en el proceso que iniciamos en junio de 2024 cuando eliminamos las cookies analíticas de la web para proteger los datos de nuestros lectores y lectoras; que continuamos el 31 de diciembre de 2024 cuando nos fuimos de X (Twitter), y que seguimos el 9 de enero de 2025 cuando dejamos de publicar en Meta (Facebook e Instagram).

No os vamos a mentir: no es una senda sencilla. Y es, además, una vereda poco explorada que trazamos con cada paso. Pero sabemos que nuestro lugar es este, la página web que estás leyendo ahora mismo. Por ello, te invitamos a buscarnos directamente en lamarea.com. También te animamos a inscribirte de forma gratuita a nuestra newsletter semanal. Nuestra casa, nuestro espacio, está siempre abierto para ti.

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Costa Rica: la continuidad del cambio

Por: Arantxa Tirado

En el año 2005, trabajaba como joven investigadora del Institut Internacional de Governabilitat de Catalunya. Escribí un artículo, Costa Rica, tan lejos de Suiza, tan cerca de Centroamérica, sobre los casos de corrupción que salpicaban a varios exmandatarios costarricenses, reflexionando sobre cómo Costa Rica había construido, no sin cierto sentimiento de superioridad, una imagen nacional basada en las diferencias culturales y políticas respecto a sus vecinos del istmo que se estaba desmoronando en los últimos años. El título tenía su dosis de provocación y así fue. Un sociólogo costarricense envió una réplica a mi centro de trabajo, con la solicitud de ser publicada, Costa Rica, cerca de Centroamérica y de la Europa del bienestar, destacando la capacidad de las instituciones de su país para enfrentar la crisis y lo injusto que era, por mi parte, no valorar esa fortaleza institucional. 

Pero la causa exclusiva de la crisis de principios de los 2000 era más profunda y no se circunscribía a los casos de corrupción. Se vivía ya una transformación del pacto fundacional de la nación, posterior a la guerra de 1948, según el cual el Estado propiciaría la movilidad económica y la estabilidad social a través de unas potentes políticas sociales. Gracias a este acuerdo de las élites políticas, la sociedad costarricense mantuvo durante décadas unos estándares de vida superiores a la media centroamericana, además de gozar de relativa paz social en un contexto regional de revoluciones, lucha armada y contrainsurgencia estadounidense. Se acuñó el mito de la “Suiza centroamericana”, un supuesto oasis que, en realidad, era un espejismo detrás del cual se escondía la desigualdad, la pobreza y una represión a la disidencia más sutil pero no menos efectiva. La izquierda, fuera de la socialdemocracia gobernante, era minoritaria y Costa Rica se alineaba claramente con EE. UU. en tiempos de la Guerra Fría.

Sin embargo, los años noventa y sus políticas de ajuste afectaron a Costa Rica, como al resto de países de América Latina y el Caribe, iniciando la penetración de las políticas neoliberales. El país se movilizó en contra del intento de privatización en 2001 del Instituto Costarricense de Electricidad (ICE), que consiguió frenarse, y también contra el Tratado de Libre Comercio (TLC) con EE. UU., que, este sí, entrará en vigor en 2009, después de un referéndum nacional en 2007 que lo aprobó con el 51,22% de los votos.

La introducción de la agenda neoliberal produjo el descrédito del liderazgo político que se tradujo en un cambio en el sistema de partidos costarricense. La implosión del bipartidismo o, a decir de otros, del hegemónico Partido Liberación Nacional (PLN), de tinte socialdemócrata, aunque cómplice del desmontaje del Estado social, dio lugar al surgimiento de nuevas fuerzas políticas que trataron de canalizar el descontento, bajo el liderazgo de exmiembros del PLN, como el centrista Partido Acción Ciudadana (PAC). 

Ese fue el caso de Luis Guillermo Solís, politólogo, profesor e investigador, que ganó las elecciones presidenciales con el PAC en 2014, después de una primera vuelta en que la izquierda del Frente Amplio (FA) alcanzó más del 17% de los votos, un hecho inédito en la historia de este moderado país. A Solís le siguió otro gobierno del PAC, encabezado por Carlos Alvarado, quien disputó la segunda ronda a un partido evangélico que obtuvo el 24% de los votos. La fragmentación partidaria llegó a la Asamblea Legislativa.  

Alvarado y el PAC, que pretendían ser gobiernos de ruptura, no lograron contener el avance de la desigualdad. Algunas de las medidas fiscales que tomaron después de 2018 tampoco ayudaron a mejorar la situación y acabaron generando rechazo. La pandemia agravó la situación. La aprobación de una “ley anti-huelgas” en 2020 dejó claros los límites para canalizar las demandas sociales. El incumplimiento de la promesa democrática sobre la que se erigió la Segunda República costarricense era un hecho y dejó el camino allanado para la emergencia de nuevos liderazgos, como el de Rodrigo Chaves. Un personaje que se presentaba como outsider a pesar de haber sido ministro de Hacienda en la administración Alvarado y ser, además, un exfuncionario de carrera del Banco Mundial, con 27 años de servicio a sus espaldas y varias denuncias de acoso sexual. 

Ello no fue óbice para que Chaves fuera el hombre capaz de presentarse como la solución al descontento. Ganó en 2022 frente a un candidato del PLN, el expresidente José María Figueres Olsen, protagonista de uno de los escándalos de corrupción que relataba en mi artículo de 2005. Chaves ha gobernado estos cuatro años con niveles de popularidad superiores al 60%. Su retórica de mano dura contra la delincuencia contrasta con el hecho de que durante su mandato el narcotráfico ha podido penetrar en Costa Rica como nunca. Si su modelo político es El Salvador de Nayib Bukele, de quien ha copiado la idea de crear una mega cárcel en la que encerrar a los delincuentes, un discurso que cala a medida que los índices de criminalidad se multiplican, su modelo económico es la Argentina de Javier Milei. De hecho, el también economista Chaves ha logrado subsumir bajo su liderazgo a los libertarios costarricenses, es decir, a los representantes del supuesto “anarcocapitalismo”.

Sus detractores destacan sus ataques al resto de poderes del Estado desde el Ejecutivo, su persecución a la oposición política desde el Gobierno, la confrontación con los medios y el victimismo constante que, sin embargo, ha acrecentado sus apoyos y reforzado un perfil antisistema que no es tal. Chaves no necesita ser coherente entre lo que dice y lo que hace. Tiene un discurso y unas prácticas que lo alinean con las extremas derechas continentales y mundiales, aunque con características ticas. También en su caso ha contado con un ecosistema de medios favorables en las redes sociales cuya financiación se desconoce. 

Chaves ha gozado del apoyo de los EE. UU. de Trump para que Costa Rica siga siendo el fiel aliado estadounidense en Centroamérica que siempre fue, reforzando una agenda compartida de securitización de las migraciones y de combate selectivo al crimen organizado que apuntala las alianzas geopolíticas de Washington en un momento de rearticulación hemisférica estadounidense. Un respaldo que seguirá teniendo, sin duda, la próxima presidenta, Laura Fernández, elegida este 1 de febrero con más del 48% de los votos, quien se convertirá en la segunda mujer mandataria. Fernández, joven politóloga, ha sido la candidata del Partido Pueblo Soberano (PPS) ante la imposibilidad de la reelección inmediata en el país centroamericano. Ya ha anunciado el inicio de una Tercera República y la “continuidad del cambio” que, en su caso, supone una profundización de las líneas establecidas por su antecesor y mentor, Rodrigo Chaves. 

Para acometer algunos de los cambios, que podrían requerir modificaciones constitucionales, el PPS de Fernández cuenta con 31 de los 38 diputados necesarios para lograr la mayoría de dos tercios sobre los 57 diputados de la Asamblea Legislativa. La mayoría simple de 29 diputados ya la tiene. Entre las propuestas que prevén algunos analistas está la aprobación de la reelección presidencial, la venta del Banco Central de Costa Rica, el desfinanciamiento del Estado o la redacción de una nueva Constitución. 

Pero, más allá de especulaciones, lo que sí le tocará a esta nueva bancada es renovar a la mitad de los miembros de la Corte Suprema de Justicia, con afectaciones en la Sala Tercera y la Sala de Casación Penal encargada del combate a la corrupción y el narcotráfico. Esta renovación afecta asimismo a áreas como la Sala Constitucional, que en Costa Rica depende del Poder Judicial, la Fiscalía General de la República, el Tribunal Supremo de Elecciones y la Policía Judicial. Por ello, varios expresidentes han mostrado su preocupación ante lo que ven como un “riesgo para la democracia”

No obstante, la evolución de la política costarricense en las últimas décadas, las transformaciones de su sociedad y los impactos económicos experimentados por las políticas neoliberales de las administraciones precedentes, así como la presencia creciente de una realidad desconocida como el narcotráfico, demuestran que Costa Rica no es inmune a las problemáticas que asolan Centroamérica y América Latina en general. Tampoco a las corrientes ideológicas que parecen imponerse en el mundo. Y no está claro que la fortaleza de sus instituciones vaya a resistir la arremetida.

Pero el respaldo a la “continuidad del cambio” en estas elecciones deja otro elemento para la reflexión, quizás menos evidente pero más acuciante, que apunta a una erosión de las promesas y los consensos democráticos que vendría de lejos. Aquí radica hoy, como antes, el origen de los problemas que enfrenta Costa Rica. La revisión pormenorizada de los resultados de votación por cantones –unidades administrativas– muestra que los cantones con peor índice de desarrollo han votado mayoritariamente por Fernández, en porcentajes superiores al 60% en muchos casos. Lo lógica inversa se encuentra en los cantones con mejor índice de desarrollo. La desigualdad se expresa en las preferencias electorales y en la búsqueda de soluciones.

Como en otras latitudes, cuando la democracia liberal no logra satisfacer las condiciones materiales de vida de la gente, la frustración puede ser canalizada por quienes dicen venir a mejorar los problemas pero, en realidad, no son más que oportunistas defensores del mismo sistema económico capitalista que está en la base de la generación de pobreza y desigualdad. En este sentido, lo que está pasando en Costa Rica no es más que parte de un fenómeno ya visto en otros escenarios que, dadas las características de la historia política costarricense, se puede interpretar como altamente excepcional, aunque no lo sea tanto. Estamos ante un caso más de víctimas votando a sus verdugos en una espiral de autodestrucción que está llevando a la humanidad a la barbarie colectiva. 

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Hablar con fascistas

Por: José Ovejero

2 de febrero

En 1991 Donna Haraway escribe: «La dolorosa fragmentación existente entre las feministas (por no mencionar la que existe entre las mujeres) en todos los aspectos posibles ha convertido el concepto “mujer” en algo esquivo, en una excusa para la matriz de la dominación de las mujeres por ellas mismas».


El mundo siempre ha sido una colonia, en el sentido de que gente ajena al territorio se ha beneficiado de sus recursos y para ello ha impuesto estructuras de poder ajenas a la voluntad de la población autóctona (y cuando digo «ajenas a la voluntad» incluyo voluntades manipuladas por el soborno, el chantaje y la desinformación). Su descolonización aparente en la segunda mitad del siglo XX, que daba una apariencia de legitimidad a la explotación, está dando paso a sus más desvergonzadas manifestaciones. El marionetista ya no se oculta tras un telón oscuro, podemos ver las manos moviendo los hilos de sus criaturas y su gesto autocomplaciente al revelar su poder casi absoluto.


4 de febrero

Al pobre Pasolini le sucede como a Hannah Arendt y a Adorno, que los cita con entusiasmo gente que no los ha leído nunca. La filosofía de Arendt se ha visto reducida a un concepto que es de buen gusto citar y que vale para un roto y para un descosido: la banalidad del mal. Si las y los columnistas de opinión se acuerdan alguna vez de Adorno es para repetir como papagayos, a menudo mal o de forma sesgada, que la poesía es imposible después de Auschwitz.

Y Pasolini, como hemos visto estos días, sirve a los tibios para hablar del fascismo de los antifascistas.

¿Han leído alguno de sus artículos sobre el tema? Y, de paso, ¿han visto esa foto en la que Pasolini se lía a puñetazos con un fascista del MSI? En sus artículos sobre el asunto, que se pueden consultar en el breve volumen publicado por Galaxia Gutenberg, Pasolini condena sobre todo dos cosas: el antifascismo de los liberales burgueses, que es fingido o solo útil para ellos en determinados momentos históricos y puede cambiar de bando con facilidad, y que el antifascismo se entretenga con el inocuo deporte de condenar fieramente los fascismos del pasado, que ya no existen.


A él le parecía que se estaba perdiendo la oportunidad de hablar con los jóvenes fascistas, y esto puede parecer que lleva el agua al cansino molino de los y las que afirman que es fascista no sentarse a conversar con Aznar o Espinosa de los Monteros. Afirmaba que el diálogo no debía establecerse con los que llamaba los «fascistas arqueológicos» (con ellos, como hemos visto, podía liarse a puñetazos), ese residuo insignificante de la historia formado por quienes aún creían en Mussolini o en el fascismo histórico, sino con todos aquellos jóvenes cansados y rabiosos que buscaban una salida y una liberación en la energía de los neofascismos –creo que él no usó esa palabra–. Había que hablar con ellos, entenderlos, y por supuesto ofrecerles otras posibilidades.

El error en el análisis de Pasolini era pensar que los fascistas arqueológicos habían perdido la batalla debido a la televisión: afirmaba que Mussolini fue capaz de enardecer desde la tribuna pero no lo sería ante una cámara, que desvelaría su vacío y su estupidez, mostrándolo tal como era. Así que dedicarse a criticar aquel fascismo era una postura inocua y falsa.

¿Qué pensaría hoy Pasolini viendo a Trump, Abascal o Milei? Esos ignorantes de discurso vacío y brutalmente agresivo –como sucedía con Mussolini– que sin embargo no paran de crecer. ¿Qué pensaría, en España, viendo a personajes así vendiendo su mercancía averiada por los platós, en las páginas de una prensa subvencionada –por los partidos o por las grandes empresas– y en encuentros supuestamente «culturales»? ¿Querría conversar con ellos en aras de la tolerancia?

La ética impone límites a la cortesía; hay ciertas manos que no se deben estrechar salvo en contadísimos y urgentísimos momentos en los que ese contacto indeseable puede servir, por ejemplo, para salvar vidas. Me parece mezquino y sucio afirmar que es fascista el antifascismo de quien sencillamente no quiere compartir espacio y titulares con quienes han iniciado guerras mintiendo, con quienes han pertenecido a partidos que prohíben la entrada a sus actos a periódicos no afines –pero ahora se quejarán de que los cancelen a ellos– o fomentado la persecución de menores; con quienes aún hoy se niegan a condenar una dictadura, ayudando así a legitimarla.

No querer hablar con gente que apoya la deriva fascistoide y autoritaria y despiadada de la sociedad, puede parecer o no una buena estrategia. Condenar moralmente esta actitud está tan fuera de lugar como apuntarse al latiguillo supuestamente pasoliniano para poner en el mismo plano a quien defiende una posición ética no queriendo estar en ciertos lugares con ciertos individuos, y a quienes, con sus actos y palabras y sus omisiones culpables, normalizan la dictadura. No estamos hablando de un pasado remoto sobre el que conversar apaciblemente. Franco, Mussolini, Hitler, Stalin no están tan muertos como creíamos y no se puede exigir a nadie que venza su repugnancia y departa con quienes contribuyen a mantenerlos vivos.

Hacer además una contorsión intelectual para decir que si han sido elegidos democráticamente hay que respetarlos es otra forma de vileza. ¿Hace falta recordar los dictadores de todo el mundo que llegaron al poder a través de elecciones? Me voy a subir yo también un momento a la ola neocristiana que nos inunda y citar a Jesucristo: por sus hechos los conoceréis. Y los conocemos de sobra.


Releyendo lo que acabo de escribir pienso algo que he pensado más de una vez y que no contradice lo anterior: me gustaría escribir más en periódicos con cuya ideología no concuerdo y cuyos lectores no concuerdan con la mía. No tengo miedo al contagio ni a conversar con quien piensa diferente. Es solo que traspasar ciertos límites te hace salir sucio del otro lado.

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‘Un infierno en vida’: Israel intensifica los abusos y torturas sistemáticas a los presos palestinos

Por: La Marea

Israel continúa con su política institucionalizada y sistémica de torturas y abusos hacia los presos palestinos, aprobada y respaldada por el sistema político, judicial, mediático y, por supuesto, por las autoridades carcelarias, que se jactan abiertamente de las condiciones en las que estas personas son retenidas”. Es la principal conclusión del nuevo informe elaborado por B’Tselem, el Centro de Información Israelí sobre Derechos Humanos en los Territorios Ocupados. 

Titulado Infierno en vida, se trata de la continuación de un estudio publicado por el colectivo en agosto de 2024 –Bienvenidos al infierno–, en el que la organización proporciona cifras actualizadas y nuevos testimonios de 21 palestinos liberados de prisiones israelíes en los últimos meses. Además, incluye datos de otras organizaciones israelíes e internacionales de derechos humanos.

La información actualizada indica que las cárceles israelíes siguen funcionando como una red de campos de tortura para palestinos, con abusos sistemáticos aún más extendidos que antes: esto incluye abusos físicos y psicológicos, condiciones inhumanas, inanición deliberada y negación de atención médica, lo que ha provocado numerosas muertes. 

Algunos testigos, según recoge el estudio, también describieron haber sufrido o presenciado violencia y abusos sexuales, que, avisa el documento, pueden herir cualquier sensibilidad: desde electroshocks a penetración de diferentes objetos y ataques de perros. “La transformación de las cárceles en una red de campos de tortura forma parte de la ofensiva coordinada del régimen israelí contra la sociedad palestina, cuyo objetivo es desmantelar el colectivo palestino”, insiste la organización israelí.

Según los datos recopilados, desde octubre de 2023 hasta diciembre de 2025, 85 palestinos, incluido un menor, murieron en cárceles o centros de detención israelíes. Además, algunos testimonios aportados al Comité contra la Tortura de la ONU indican abusos sexuales a menores.

A partir de septiembre de 2025, 350 menores fueron capturados por Israel. El 74% de ellos, según el documento, sufrieron violencia, el 26% fue interrogado bajo condiciones de presión y el 21% fue aislado durante dos días o más. Los abusos incluyen humillaciones verbales y psicológicas, que van mermando, a su vez, el estado físico de estas personas. «Ellos me decían que habían matado a mi familia entera. Yo me quería morir», recoge uno de los testimonios.

En el caso de la muerte documentada del menor, de 17 años, se atribuye al hambre y la denegación de tratamiento médico.

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El AVE, cuando todos los caminos vuelven a conducir a Roma

Por: Catalunya Plural

Este artículo ha sido publicado originalmente en Catalunya Plural. Puedes leerlo en catalán aquí.

PAU NOY / CATALUNYA PLURAL // En el año 2000, un presidente del Gobierno español anunció un fabuloso programa de construcción ferroviaria, sellando un compromiso que parecía más un eslogan electoral que una planificación técnica racional: todas las capitales de provincia peninsulares debían quedar conectadas con Madrid mediante la alta velocidad en menos de cuatro horas y media.

Aquella decisión marcó el inicio de una fiebre constructora sin parangón en el continente europeo. Hoy, España ostenta el título de ser el primer país de Europa –y el segundo del mundo, solo por detrás de China– en kilómetros de vías de alta velocidad. Pero bajo el hormigón y el balasto del AVE se esconde una realidad inquietante: un modelo radial que, más que vertebrar el territorio, lo ha succionado hacia el centro. El AVE solo une Madrid con España, pero no vertebra.

La metáfora del imperio: todas las vías llevan a Madrid

El dicho clásico afirmaba que “todos los caminos conducen a Roma”. El Imperio romano entendía las infraestructuras como una herramienta de control político y administrativo; la red servía para transmitir órdenes de la capital a la periferia y para extraer recursos de esta hacia el centro. El modelo ferroviario español del siglo XXI ha replicado, de forma casi mimética, este viejo esquema imperial.

El AVE no se ha diseñado para conectar regiones entre sí, sino para conectarlas todas, de forma exclusiva y excluyente, con la Puerta del Sol. Esta obsesión radial ha ignorado la lógica de los principales flujos económicos: el corredor mediterráneo, el del Ebro y la cornisa cantábrica.

Mientras un empresario de Murcia puede llegar a Madrid en tiempo récord, conectarse con València o Barcelona –con quienes comparte intereses vitales a través del denominado Corredor Mediterráneo– sigue siendo muy poco amable: cuatro horas y media en tren hasta València y tres horas más hasta Barcelona. El resultado no es una España vertebrada, sino una España “radializada”, donde la capital actúa como un gran agujero negro que absorbe talento, inversión y poder político.

Vías sin trenes: el espejismo del asfalto

Con cerca de 4.000 kilómetros de red de alta velocidad, España dispone de una infraestructura formidable, pero dramáticamente vacía. El dato es contundente: somos líderes en kilómetros de vía por habitante, pero estamos a la cola en densidad de circulación. Hemos construido el escenario, pero nos hemos olvidado de contratar a los actores.

Esta falta de trenes no es casualidad, sino el fruto de haber construido sin estudios rigurosos de demanda. Se han priorizado criterios de exhibicionismo político por encima de la eficiencia económica. En muchos tramos, el número de pasajeros diarios es tan bajo que el coste de mantenimiento de la infraestructura se convierte en un lastre insostenible para las arcas públicas. España se ha gastado más de 65.000 millones de euros en una red que, en muchos puntos, es un desierto de acero. La tesis es clara: no nos faltan vías, nos faltan trenes y, sobre todo, nos falta sentido común en la inversión.

El precio del olvido: el colapso del tren cotidiano

Mientras se cortaban cintas inaugurales en estaciones de AVE situadas en medio de la nada o en ciudades de 50.000 habitantes, el ferrocarril de proximidad –el que realmente utiliza el 95% de los usuarios a diario– se iba degradando por inanición inversora. Durante décadas, la inversión en Cercanías y Regionales ha sido la hermana pobre de los presupuestos del Estado. Ahora, con el gobierno de coalición, esta dinámica ha cambiado, pero la política ferroviaria tiene mucha inercia y costará una década revertir la situación de postración del ferrocarril de proximidad.

La crisis crónica del sistema de Cercanías de Catalunya es el ejemplo más flagrante de esta desatención. Averías constantes, catenarias que fallan, falta de personal y una infraestructura mal protegida frente a los embates de la naturaleza han convertido el trayecto diario de cientos de miles de personas en una tómbola de incertidumbres. Pero el mal de las Cercanías no es exclusivo de Catalunya. Aunque en Barcelona la situación es especialmente crítica por el volumen de pasajeros y la falta de ejecución de obras clave como el túnel del Turó de Montcada, un cuarto túnel atravesando Barcelona o la estación de La Sagrera, otras regiones también padecen un servicio de proximidad envejecido y precario.

En Catalunya nos quejamos, con razón, de la situación de los trenes. Han tenido que llegar tres temporales atlánticos consecutivos para que todo salte por los aires. La red catalana está sostenida con alfileres. Pero en términos cuantitativos, el servicio que ofrece Renfe es incomparablemente mejor que el del resto de comunidades autónomas, fuera de Madrid. Aquí cada día salen 1.100 trenes, pero en muchas comunidades autónomas no llegan ni a 100.

Se ha producido una paradoja cruel: podemos ir de Barcelona a Madrid en dos horas y media con una puntualidad británica (hasta ahora), pero no podemos garantizar que un ciudadano de Vilanova i la Geltrú o de Granollers llegue a su trabajo a tiempo. Se ha apostado por el lujo del viajero ocasional de larga distancia en detrimento de la necesidad básica del ciudadano que se desplaza para trabajar o estudiar. ¿Cuántos ciudadanos españoles cogen un AVE al menos una vez al año? ¿El 2%?

Cuando en 2010 se cedieron al AVE dos de las cuatro vías de Cercanías que entran por el sur, muchos pusimos el grito en el cielo porque veíamos la hecatombe que se nos venía encima. Nos dijeron que estábamos en contra del progreso, porque para la dirección política del país el progreso era la alta velocidad, no el tren del 95% de los viajeros. Ahora estamos viendo que eran otros quienes han conseguido frenar el progreso del país.

Una decisión política, no técnica

Hay que preguntarse por qué se ha seguido este camino. La respuesta no está en los manuales de ingeniería, sino en los despachos del centralismo político. El AVE se ha utilizado como una herramienta de cohesión emocional: “llevar el AVE” a una ciudad era el símbolo definitivo de que esa capital no había sido olvidada por Madrid. Pero la realidad es que el AVE, por sí solo, no genera riqueza si no existe un tejido económico que lo aproveche. Al contrario, a menudo actúa como una vía de drenaje: facilita que la gente se vaya a trabajar a la capital en lugar de quedarse en el territorio.

Además, el coste de oportunidad ha sido inmenso. Una parte de los 65.000 millones de euros invertidos en alta velocidad podría haber transformado por completo la movilidad de todo el Estado, haciéndola más sostenible, eficiente y justa. Pero la apuesta fue otra: se optó por una política de grandes obras faraónicas que dejan una bonita fotografía en el periódico, pero que no resuelven los problemas estructurales del transporte y que a menudo generan enormes lastres.

Conclusiones para un nuevo modelo

El modelo del AVE español es el reflejo de un Estado que todavía se mira el ombligo. Una España radial es una España más débil, porque menosprecia la potencia de sus periferias y de sus nexos interconectados. La prioridad de los próximos años no debería ser colocar ni un solo kilómetro más de vía de alta velocidad allí donde no exista una demanda real que lo justifique.

El foco debe desplazarse hacia:

  • La inversión masiva en Cercanías y regionales (de hecho, los regionales se han convertido en unas Cercanías de mayor distancia). Garantizar un servicio digno para los tres millones de personas que en España dependen del tren cada día. Ahora, con la creación del abono único de transporte establecido por el Ministerio de Transportes, si existe colaboración de las comunidades autónomas y la inversión necesaria, se ha creado una gran oportunidad para aumentar esta cifra hasta los cinco millones de viajeros diarios en tan solo una década.
  • La malla transversal: romper el modelo radial y potenciar los corredores. El Mediterráneo, que ya está en un estado muy avanzado y para el que es necesario asegurar que Renfe disponga de los trenes necesarios para cubrir la enorme demanda —no vaya a ser que tengamos un corredor brillante sin trenes—. El del Ebro, que une Barcelona con Navarra, La Rioja y Euskadi pasando por Aragón, con un enorme potencial de viajeros. Y también el Cantábrico, donde existe una red de trenes de vía estrecha con un gran potencial para el transporte regional, hasta superar los 10 millones de viajeros. Este sería un buen ejemplo para desmitificar la alta velocidad: no hace falta ir a 250 km/h, hace falta una oferta cadenciada y fiable. De hecho, en Portugal no hay alta velocidad y los servicios regionales de tren son mucho más importantes que en nuestro país.
  • La eficiencia operativa: poner más trenes sobre las vías ya existentes en lugar de seguir construyendo infraestructuras que quedarán infrautilizadas. En 2022 el gobierno de coalición encargó la fabricación de 500 trenes. No puede ser que los primeros convoyes empiecen a llegar en 2026. España debe lograr plazos mucho más cortos en la entrega de trenes. La industria ferroviaria española es una de las más importantes del mundo. Es necesario un pacto con ella para que los trenes se entreguen en dos años y, para ello, posiblemente haya que garantizarle una compra sostenida de material. Como en España no faltan vías sino trenes, tiene trabajo asegurado hasta 2050, al menos.

Hemos aprendido, a golpe de billete y de retrasos en Cercanías, que tener la red de alta velocidad más extensa de Europa sirve de poco si el sistema de transporte falla en el kilómetro cero de la vida de los ciudadanos. Es hora de dejar de mirar hacia Roma –o hacia Madrid– y empezar a mirar hacia las necesidades reales del territorio.

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El ser-‘streamer’, el nuevo sujeto del neoliberalismo

Por: Guillem Pujol

El paso atrás de Héctor de Miguel, que decidió dejar su programa de humor en la Cadena SER, no llegó acompañado de una gran explicación pública. No hizo falta. Bastó con que se filtrara el contexto para que el mensaje se entendiera con claridad. Meses de amenazas, campañas coordinadas de acoso en redes, señalamientos explícitos y una escalada de violencia verbal que había desbordado el terreno de la sátira para adentrarse en la intimidación directa. No era la primera vez que ocurría y, tristemente, tampoco será la última.

Durante los primeros años de expansión de Internet se impuso una narrativa que hoy suena casi ingenua. La red aparecía como un espacio horizontal en el que la comunicación escapaba al control de los grandes grupos mediáticos y abría posibilidades inéditas de cooperación, autoorganización y producción cultural distribuida. Blogs, foros y primeras redes sociales alimentaron la idea de que el poder simbólico se estaba descentralizando y que la ciudadanía ganaba herramientas para hablar en primera persona, sin intermediarios ni peajes. La promesa tenía un alcance tecnológico y político al mismo tiempo.

Dos décadas después, el balance es bastante más sombrío. La arquitectura técnica y económica de Internet no solo no ha debilitado a las grandes corporaciones, sino que las ha reforzado. Plataformas privadas concentran audiencias masivas, extraen datos a gran escala y fijan las reglas del juego comunicativo. La promesa de horizontalidad convive con dinámicas de acoso, linchamiento y violencia simbólica que se despliegan con una facilidad inédita. El ciberacoso forma parte de la estructura de un ecosistema diseñado para maximizar la atención, el conflicto y la polarización.

Este fenómeno se inscribe además en un marco político más amplio. Como ha señalado Miquel Ramos, la extrema derecha ha entendido antes que nadie el potencial de las redes como espacio de intimidación y disciplinamiento. Amenazas de muerte coordinadas, campañas de acoso sostenidas y ataques dirigidos contra periodistas, feministas, humoristas o activistas no buscan únicamente silenciar a una persona concreta. Buscan enviar un mensaje al conjunto. El objetivo es generar miedo, elevar el coste de hablar y normalizar la retirada. La extrema derecha y el beneficio corporativo convergen aquí sin fricciones. El conflicto genera tráfico, el escándalo produce clics y la indignación se monetiza mejor que la deliberación.

En ese contexto va tomando forma una nueva subjetividad que encaja con precisión en la fantasía neoliberal, una que ya anticipó Michel Foucault con el concepto de un nuevo modo de gubernamentalidad definida por la idea del “empresario de sí mismo”, en la que el sujeto deja de pensarse como parte de un entramado social y pasa a concebirse como una unidad económica aislada, responsable de gestionar su capital humano, su imagen pública y su rendimiento. El riesgo se internaliza, el fracaso se moraliza y la precariedad aparece como una deficiencia personal, no como un problema estructural. Y el ser-streamer encarna a la perfección la figura predilecta del nuevo neoliberalismo.

Xokas, el sujeto de sí mismo

El ser-streamer condensa lo que Byung-Chul Han ha descrito como el sujeto de rendimiento que se autoexplota creyéndose libre. Como ya anticipaba Foucault, el poder no necesita hoy imponerse desde fuera, sino que opera a través de la interiorización de normas de productividad, visibilidad y éxito. Sin embargo, esta subjetividad incorpora además una ficción específica de individualidad; el streamer se percibe a sí mismo como un yo autónomo, encerrado en su habitación frente a una cámara, convencido de que todo lo que ocurre es fruto exclusivo de su talento y de su esfuerzo, ignorando la red que hace posible su actividad.

Detrás de cada emisión hay decisiones algorítmicas, criterios editoriales de plataformas privadas y, sobre todo, una comunidad activa que sostiene, amplifica y da valor a su trabajo. La supuesta independencia descansa en una infraestructura colectiva que permanece invisibilizada, y el resultado es un sujeto que cree producir solo lo que en realidad es el efecto de una cooperación asimétrica, organizada y explotada por terceros, y que interpreta esa dependencia como libertad individual.

El caso de Xokas, uno de los mayores streamers del país, resulta especialmente ilustrativo. En su paso reciente por El Hormiguero, afirmó que en España se paga “una barbaridad de impuestos” y que el sistema “castiga a quien le va bien”, una formulación que condensa con notable claridad el núcleo ideológico del emprendedor contemporáneo. Huelga decir que ese discurso no es nuevo. Representa el discurso de la derecha de siempre, desde que los monárquicos ocuparon tal parte en el hemiciclo de la Asamblea Nacional Constituyente durante la revolución francesa de 1789. Pero hay un cambio, una nueva aportación al esquema neoliberal que ve al ser-streamer como una oportunidad para fortalecer su propaganda.

El primer neoliberalismo se aferró al mito del self-made man, y utilizaba los ejemplos del “genio creador” que, como Amancio Ortega, comenzaron su camino al éxito en un pequeño taller. Así, en base a su supuesto talento y a un gran esfuerzo lograron, con el tiempo, levantar un imperio (dejemos por ahora a un lado cómo ambas historias están llenas de momentos turbios en su carrera, como la explotación de las costureras gallegas que señala Fonsi Loaiza en su obra Oligarcas, los dueños de España.

Este relato, aunque relativamente eficiente, chocaba con el sentido común de la gente, a la que no se le escapa que, en la inmensa mayoría de los casos, quienes habían logrado levantar grandes fortunas económicas era principalmente porque ya habían heredado otras fortunas previas. Trump y Elon Musk son dos ejemplos claros de hijos de padres ricos que han multiplicado su fortuna. El dinero, ya se sabe, llama al dinero. Si eres pobre, el interés bancario que recibirás por tus ahorros será ínfimo. Si eres rico, puedes “generar” dinero simplemente estando sentado en tu sofá, y a más que tengas, mayor será tu recompensa. Esta lógica regresiva intrínseca al capitalismo hacía que el discurso del “si quieres puedes”, para la mayoría de la población, todavía sonara a farsa. Así que al neoliberalismo le faltaba algo; una nueva subjetividad que pudiera completar su relato.

Hoy, el “si te esfuerzas, puedes” resulta más verosímil mediante la figura de streamers/creadores de contenido de éxito que, como el Xokas, Jordi Wild o Ibai, han levantado una fortuna sin la necesidad de ser hijos de padres ricos. Basta con una cámara, una conexión a Internet y tiempo. Esa accesibilidad aparente completa una promesa que antes chirriaba, y es clave para eludir lo que es una realidad estructural del sistema; del mismo modo que por mucho que alguien se esfuerce jugando al baloncesto es extraordinariamente improbable que llegue a la NBA, las probabilidades de vivir dignamente del streaming son mínimas. El sistema oculta esa estadística bajo relatos de éxito extremo.

La consecuencia no es solo individual. Es política. Por el camino quedan trayectorias truncadas y jóvenes que renuncian a invertir en formación o en proyectos colectivos, empujados por narrativas épicas que invisibilizan la precariedad real del modelo. Al mismo tiempo, se refuerza una concepción de la sociedad como suma de individuos en competencia permanente, sin lazo social ni horizonte compartido. Esta fragmentación beneficia directamente a las grandes plataformas, que concentran el poder económico y simbólico mientras los sujetos se perciben como rivales y no como aliados.

En ese engranaje, figuras como Xokas funcionan como piezas perfectamente integradas en el sistema. El ser-streamer se presenta como libre de cadenas, pero en la práctica actúa como peón de un orden económico que necesita sujetos aislados, despolitizados y convencidos de que el juego es justo, incluso cuando las reglas ya están escritas.

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Las medidas que la Unión Europea puede activar para frenar a un Trump desbocado

Por: Guillermo Martínez

Las ínfulas expansionistas de Donald Trump y su ataque –cuando no chantaje– económico a la Unión Europea han configurado un tablero político internacional nunca visto: Estados Unidos ya no es un socio confiable para el Viejo Continente. Frenar al presidente que ha ejecutado a decenas de personas en operaciones militares y policiales —en alta mar contra supuestos narcotraficantes o en tierra firme contra opositores a sus políticas antiinmigración— es posible. La activación de algunos resortes que la misma UE ha previsto para estas situaciones podría hacer que Trump reexaminara sus ambiciones. Sin embargo, los expertos señalan que falta unión política por parte de los Estados miembros para ello.

Según Mario Rísquez, profesor de Economía en la Universidad Complutense de Madrid (UCM), intentar parar los pies a Trump pasa por cuestiones relacionadas con la disuasión. “De esta forma se pueden evitar los impactos que la aplicación de estas políticas tendría sobre la población estadounidense”, explica. Se refiere, por ejemplo, a la idea de aplicar aranceles a productos que se fabriquen en estados republicanos, lo que ejercería presión sobre la Administración Trump, pero también tendría el efecto indeseado de golpear a la ciudadanía.

Este experto apuesta por medidas coyunturales y de fácil reversión y por evitar otras como romper ciertas relaciones con Estados Unidos o no participar en instituciones en las que esté presente, que podrían suponer un peaje a largo plazo. Por otro lado, la diversificación de la economía europea para evitar la gran dependencia de Estados Unidos es una de las recetas estrella a la hora de intentar frenar al gobierno norteamericano. “Esa es la palabra clave, ‘diversificar’, y es algo que ya hacemos mirando cada vez más a China”, enfatiza Rísquez. En este sentido, hace apenas unos días la UE cerró un acuerdo económico histórico con India, presentado como “la madre de todos los acuerdos” por la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen.

Hacia la independencia: el camino lo marca Canadá

Natalia Arias Pérez, analista del gabinete económico de Comisiones Obreras (CC. OO.), subraya que la UE tiene la posibilidad de realizar acciones coordinadas. Entre ellas se encuentra una que considera primordial: reducir la dependencia con Estados Unidos y avanzar hacia la autonomía estratégica, sobre todo en materia energética, y hacia una industria de defensa propia.

El camino en esta pretendida diversificación lo ha marcado Canadá, quien se ha abrazado a China a través de un tratado de libre comercio. Así lo ve Yago Álvarez, periodista económico de El Salto, quien considera este movimiento “una perfecta declaración de intenciones”. Según explica, “lo que viene a decir es que prefieren los coches eléctricos chinos a los de Elon Musk”.

Y no solo eso. Álvarez recalca que el presidente canadiense, Mark Carney, dijo en Davos que el orden internacional conocido hasta ahora, en el que todo Occidente agachaba la cabeza ante la gran potencia –“aunque no citó a Estados Unidos”, apuntilla el periodista– ya no funciona. “Dijo que los Estados medianos nos tenemos que organizar para no permitir los imperialismos de las grandes potencias, y ese es el camino que debería seguir la UE”, defiende antes de expresar que “la forma de combatir a Trump es aislarlo comercialmente como socio no confiable”.

Golpear a las grandes tecnológicas con regulación

Para frenar a Trump, en el medio plazo la UE también debería apostar e invertir más en soberanía digital y en inteligencia artificial, valora Arias. “Se podría fomentar el uso de redes sociales propias, y sobre todo endurecer el reglamento de servicios digitales para limitar las actividades de las plataformas tecnológicas de Estados Unidos”, propone. La economista lanza otra idea: suspender en Europa las patentes de las empresas estadounidenses. Básicamente, esto posibilitaría su copia.

Yago Álvarez también incide en ese flanco: “Se les podría meter más caña a las empresas de Silicon Valley y agrandar las multas a Apple, Google o Facebook. Se les ha permitido convertirse en monopolios y ahora dependemos de ellos y de sus infraestructuras, así que ya es hora de regularlas con mano dura”.

Si miramos al corto plazo, ya se ha paralizado en el Parlamento Europeo el tratado comercial firmado el año pasado con Estados Unidos, que para la experta de CC. OO. es un “mal acuerdo”, a expensas de cómo avanza el conflicto. Asimismo, la activación de la cláusula de anticoerción por parte de los Estados miembros es otra de las herramientas que la UE podría utilizar. A pesar de que sus efectos no son inmediatos, sí permite respuestas más fuertes que limitan a las empresas estadounidenses el acceso a los mercados europeos y la contratación con administraciones europeas.

Terminar con la dolarización de la economía

Entre las medidas ya impulsadas y que han cosechado cierto éxito está la venta de bonos de deuda pública estadounidense. Estados Unidos incurre año tras año en déficit, pero tiene una situación privilegiada: el dólar es la moneda de referencia a nivel internacional. A pesar de esos déficits, su deuda se suele financiar a muy bajo interés, también por el papel hegemónico de la Reserva Federal. “Si te deshaces de una deuda porque consideras que incurre en un riesgo de impago o simplemente no la ves atractiva a los tipos de interés que ofrece, aumentará los tipos de interés a los que se financia Estados Unidos”, desarrolla Rísquez.

Arias, por su parte, sostiene que no renovar la deuda pública con Estados Unidos a medida que va venciendo es una de las medidas más fuertes para intentar acabar con la primacía del dólar como referencia internacional y con los “derechos de señoraje”, tal y como los denomina, que genera. “Desdolarizar en la medida de lo posible nuestro comercio con otros países es lo que más poder le puede quitar a Estados Unidos”, remarca la economista de CC. OO.

Álvarez apunta que si los grandes tenedores de bonos del Estado estadounidenses (como son Reino Unido, Japón o China), además de la propia Reserva Federal, empezaran a vender su deuda, la prima de riesgo de Estados Unidos se dispararía y les costaría muchísimo financiarse. “Esto incrementaría los déficits que ya arrastran y restaría valor al dólar”, abunda. De todas formas, no cree que algo así vaya a suceder “porque a nadie le conviene del todo reventar el dólar y que eso afecte también a su propia economía”.

Esto ya es una realidad. Hace apenas unas semanas, el fondo de pensiones danés AkademikerPension anunció que vendería todos los bonos estadounidenses que tiene en cartera, unos 100 millones de dólares. Este proceso se conoce como “Sell America” y podría llegar a dañar gravemente a la primera economía del mundo.

Sin unidad política en la UE

Carme Colomina, experta en relaciones internacionales y Unión Europea del CIDOB (Barcelona Centre for International Affairs), afirma que “la UE tiene instrumentos para hacer frente a Estados Unidos, pero falta la unidad política para activarlos”. Desde su punto de vista, el mundo se enfrenta a un Trump pragmático con los fuertes y duro con los débiles. “La UE ha adoptado esa imagen de debilidad en cualquier escenario de negociación, pero seguimos siendo el primer socio comercial de Estados Unidos, a la vez que dependemos de él en gran medida”, completa.

Más allá de herramientas económicas, la investigadora catalana detalla que se podría poner en marcha una mayor presión política. A la paralización del acuerdo comercial y la presión legislativa que se puede aplicar a los mercados digitales a través de regulación, Colomina ve como positivo que se vuelva a hablar de investigaciones como la que ahora señala a Grok, la inteligencia artificial de X, en manos de Musk, por la generación de desnudos sin consentimiento. “Cuando JD Vance dijo en la conferencia de seguridad de Múnich que la UE tenía un problema de democracia no lo decía por la extrema derecha, sino por la regulación de las grandes tecnológicas. Eso les puede hacer mucho daño”, reitera.

Alianzas internas y disonancia con China

La experta en relaciones internacionales pone el foco en las consecuencias políticas que pueden acarrear decisiones de este tipo. “Y aquí vemos que la UE se divide y se rompe internamente”, esgrime. Frente al discurso más duro de los presidentes francés y español, Emmanuel Macron y Pedro Sánchez, respectivamente, se colocan países como Italia y Alemania, que se alían entre ellos e insisten en que debe haber una salida negociada y diplomática al conflicto.

La amenaza de guerra comercial por parte de Trump ha supuesto para China, cuyo primer socio comercial es la UE, la ocasión idónea para ocupar los espacios de los que se retiraba Estados Unidos. “Para hacer frente a los aranceles de Estados Unidos, China intenta ampliar sus mercados de exportación a nivel mundial”, prosigue Colomina. De nuevo surgen las divisiones internas en la UE. Mientras algunos Estados ven con buenos ojos que China tenga más peso, otros recelan de la entrada de capital y productos del gigante asiático.

En el caso de España, poco puede hacer por su cuenta. Pero la economía española está totalmente integrada en la comunitaria, por lo que posee capacidad de presión en tanto miembro de la UE. La experta del CIDOB destaca que esta también es una forma de defensa. “Si Trump pone en el punto de mira a España, como ya ha hecho en ocasiones a cuenta del gasto militar en la OTAN, y amenaza con sanciones, Trump debería saber que no puede castigar a España individualmente al formar parte del mercado único europeo”, concluye la investigadora.

Medidas simbólicas contra las políticas sociales trumpistas

Rísquez, el profesor de la UCM, menciona otras medidas ligadas a lo económico pero que no buscan únicamente un efecto en la política económica de Estados Unidos. En este sentido, se ha planteado el boicot a grandes empresas estadounidenses, como McDonald’s, por la represión del ICE a la población susceptible de ser migrante. Algunas personas han propuesto no participar en el Mundial de Fútbol, que se celebrará en México, Canadá y Estados Unidos. “Esto puede construir un discurso social contra la Administración Trump, pero creo que su efecto económico será muy leve”, finaliza este experto.

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El grupo británico Chumbawamba prohíbe a Vox que use su música para “promover su agenda intolerante y llena de odio”

Por: Miquel Ramos

La campaña electoral de Vox en Aragón se ha visto salpicada por las protestas a miles de kilómetros de un colectivo musical británico. El uso de una canción de la banda Chumbawamba en uno de los vídeos que Santiago Abascal ha usado para promocionar la candidatura de su partido en las próximas elecciones aragonesas ha sido recibido con estupor e indignación por sus autores.

“Los vecinos están hartos de la invasión migratoria. Y nosotros estamos con ellos”, decía el texto que acompaña a varias fotografías y un vídeo del paso de Abascal por Caspe (Zaragoza) la pasada semana. El vídeo de la polémica estaba acompañado de una canción de la banda británica, que el ultraderechista habría usado sin permiso, según denuncia la formación. «Cuando escribimos Tubthumping, lo hicimos como un himno para las personas desfavorecidas, para aquellos que luchan contra el poder. Nos repugna que el partido de extrema derecha Vox utilice la canción para promover su agenda intolerante y llena de odio”, ha manifestado el grupo en un comunicado.

Preguntados por La Marea, los músicos británicos han manifestado que se enteraron gracias a un amigo español de que la extrema derecha estaba usando su música. Destacan que no han sido los primeros artistas en denunciar esta apropiación de su obra por parte de estos partidos: “Hay un largo historial de artistas que se oponen a que los políticos de extrema derecha usen su música. Gente como Johnny Marr de The Smiths, Bruce Springsteen, Fatboy Slim, R.E.M., Prince, etc”.

La banda ha solicitado a Meta, propietaria de Facebook, que eliminase el contenido, y ha exigido al partido de extrema derecha que “no vuelva a utilizar nunca más nuestra canción, una canción de esperanza y comunidad». A media tarde, una de sus integrantes, Alice Nutter, escribía en su cuenta de Instagram: «Chumbawamba ha exigido que Facebook retire nuestra canción de la publicación vil y racista, antiinmigración, de Santiago Abascal y Vox. Estamos mucho más en sintonía con la decisión del Gobierno español de legalizar a medio millón de migrantes indocumentados y solicitantes de asilo para fomentar la cohesión social. Y en lo que respecta a nuestra visión sobre las personas migrantes que llegan a Gran Bretaña, por citar a unos buenos amigos nuestros, The Commoners Choir: «Sois más que bienvenidos aquí«.

«La derecha es pésima en arte»

En conversación con este medio, Boff Whalley, exguitarrista del grupo, remarca que “es fundamental que los artistas se expresen sobre lo que sucede en el mundo. Los artistas desempeñan un papel fundamental en el panorama cultural y social; pueden llegar a personas de todas las ideologías políticas y no tienen que estar atados a un partido político ni a su manifiesto. No podemos permitir que los políticos dicten lo que hacemos y pensamos. Los artistas pueden demostrar que el mundo puede ser abierto, acogedor, diverso y comunitario. Pueden usar su voz para combatir la discriminación y la división”.

El artista lanza un dardo contra esta apropiación que hacen los ultras de obras de artistas que los repudian, como ellos mismos, y destaca la escasez de talento artístico en la extrema derecha. “La derecha es pésima en arte. No tienen música propia, así que intentan usar la nuestra. ¿Por qué la extrema derecha no usa su propia música? Porque su música es horrible. Así que depende de los artistas usar sus ideas y creatividad para ayudar a que el mundo sea un lugar mejor, un lugar más tolerante, acogedor y que acepte todas nuestras diferencias”.

Imagen del grupo británico Chumbawamba. FOTO CEDIDA

Actualización: 18.20h

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Los chatbots de inteligencia artificial pueden copiar libros enteros, y las tecnológicas lo sabían

Por: Marco Dalla Stella

Cuando las grandes tecnológicas explican cómo funcionan sus sistemas de inteligencia artificial, recurren siempre a la misma metáfora: los modelos aprenden, como un estudiante que lee miles de libros y luego escribe con sus propias palabras. Esa imagen, cómoda y humanizadora, acaba de chocar contra una realidad incómoda: estos sistemas no solo aprenden, también copian. Y pueden hacerlo con una precisión que sorprende incluso a sus creadores.

Un equipo de investigadores de la Universidad de Stanford ha conseguido extraer libros prácticamente completos de los principales sistemas de IA del mercado. En el caso más llamativo recuperaron el 95,8% del texto de Harry Potter y la piedra filosofal del modelo Claude 3.7 Sonnet, desarrollado por Anthropic. Del mismo sistema extrajeron el 97,5% de El gran Gatsby, la célebre novela de F. Scott Fitzgerald.

Los hallazgos, publicados hace unos días, amenazan con dinamitar el argumento central que estas empresas han presentado ante los tribunales estadounidenses: que sus sistemas transforman creativamente el material con el que se entrenan, sin almacenar copias de las obras originales.

Una técnica sencilla

Lo más revelador del estudio no es solo lo que encontraron, sino cómo lo encontraron. En dos de los cuatro sistemas analizados –Gemini 2.5 Pro de Google y Grok 3 de xAI, la empresa de Elon Musk– ni siquiera fue necesario engañar al sistema. Bastó con pedirles que continuaran un fragmento inicial del libro. Los modelos, obedientes, siguieron recitando página tras página.

Con Claude de Anthropic y GPT-4.1 de OpenAI la cosa fue algo más complicada. Los investigadores Ahmed Ahmed y A. Feder Cooper tuvieron que utilizar una técnica conocida como Best-of-N: modificar repetidamente la instrucción –cambiando mayúsculas, añadiendo caracteres especiales– hasta encontrar una variante que sorteara las protecciones del sistema. Probaron hasta 10.000 variaciones.

El resultado: Claude reprodujo más del 94% de cuatro libros completos, incluyendo 1984 de George Orwell. GPT-4.1 de OpenAI se resistió más –tendía a detenerse tras el primer capítulo–, pero aun así los investigadores lograron extraer el 4% de Harry Potter. Gemini y Grok entregaron el 76,8% y el 70,3% respectivamente de la primera entrega de la saga de J.K. Rowling.

Comprimir, no aprender

Para entender por qué estos hallazgos son tan problemáticos, conviene abandonar la metáfora del aprendizaje. Los grandes modelos de lenguaje funcionan más bien como algoritmos de compresión, similar a cómo un archivo JPEG reduce el tamaño de una fotografía. La imagen comprimida no es idéntica a la original, pero conserva suficiente información para reconstruirla con alta fidelidad.

Cuando un modelo puede reproducir miles de palabras consecutivas de un libro –en algunos casos, capítulos enteros–, la explicación más plausible no es que haya aprendido conceptos abstractos, sino que ha almacenado literalmente fragmentos del texto en sus parámetros internos.

Mark Lemley, profesor de Derecho en Stanford que ha asesorado a empresas como Meta en casos similares, reconoce la complejidad del asunto. «No estoy seguro de si es preciso decir que un modelo contiene una copia de un libro, o si tenemos un conjunto de instrucciones que nos permite crear una copia sobre la marcha», explica a La Marea. Incluso la segunda interpretación, más benévola para las tecnológicas, podría considerarse problemática legalmente.

Ninguna de las cuatro empresas afectadas –Anthropic, Google, OpenAI y xAI– accedió a ser entrevistada para el estudio. Las tres primeras reconocieron haber recibido la notificación de los investigadores; xAI ni siquiera respondió.

Las declaraciones previas de estas compañías contrastan con los nuevos hallazgos. Google afirmó ante la Oficina de Derechos de Autor de Estados Unidos que «no existe copia de los datos de entrenamiento presente en el modelo mismo». OpenAI hizo declaraciones similares. Los estudios demuestran que tales afirmaciones son, en el mejor de los casos, imprecisas.

Las consecuencias legales

Según Lemley, estos hallazgos complican las narrativas que tanto demandantes como demandados han presentado ante los tribunales. La primera implicación es que los propios modelos de IA podrían considerarse obras derivadas de los libros que memorizan. En derecho de autor estadounidense, si un modelo codifica libros completos en sus parámetros, podría argumentarse que el modelo mismo es una copia ilegal, no solo lo que produce cuando se le pregunta.

La segunda es que resulta práctico generar copias infractoras. Los estudios muestran que es posible extraer contenido protegido de modelos comerciales, algo que probablemente constituye una infracción.

En Europa, el panorama legal ya está cambiando. Un tribunal alemán dictaminó recientemente contra OpenAI en un caso presentado por GEMA, una organización de licencias musicales, tras demostrar que ChatGPT podía producir imitaciones muy cercanas de letras de canciones. El juez comparó el modelo con archivos MP3 y JPEG que almacenan música y fotos en formatos comprimidos.

En Estados Unidos, dos casos recientes han determinado que el entrenamiento de modelos de lenguaje puede considerarse uso justo, una doctrina legal que permite ciertos usos de material protegido. Pero ambos jueces señalaron que los demandantes no habían aportado pruebas convincentes de que los modelos pudieran reproducir sus obras de forma casi literal.

Estos nuevos estudios llenan precisamente ese vacío.

El precio de la piratería

Extraer un libro completo de estos sistemas no es gratuito. Los investigadores gastaron aproximadamente 120 dólares para obtener Harry Potter y la piedra filosofal de Claude, aunque solo 2,44 dólares con Gemini. Como señala Feder Cooper, coautora del estudio: «Existen formas más fáciles y baratas de piratear un libro».

Pero el problema trasciende la piratería individual. Lo que está en juego es si estas empresas han construido imperios tecnológicos valorados en miles de millones de dólares sobre cimientos de material protegido por derechos de autor, sin pagar un céntimo a los autores.

«Independientemente de las perspectivas de los litigios en curso», concluyen los autores del estudio, «los hechos técnicos son claros: los modelos de lenguaje memorizan porciones de sus datos de entrenamiento, estos datos están codificados en los pesos del modelo y, como demostramos aquí, es posible extraer grandes cantidades de datos protegidos por derechos de autor de modelos comerciales».

Los investigadores esperaron 90 días –el protocolo estándar de divulgación responsable– antes de hacer públicos sus resultados. Al final de ese periodo, algunos de los sistemas probados seguían siendo vulnerables.

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Francesca Albanese: “Como no se puede reformar, la ONU se está volviendo cada vez más irrelevante, y eso es peligroso”

Por: Patricia Simón

Suscríbete a La Marea y, además de la revista, te puedes llevar de regalo el nuevo libro de Cuando el mundo duerme. Historias, palabras y heridas de Palestina, de Francesca Albanese.

Francesca Albanese (Italia, 1977) se ha convertido en un referente internacional de la defensa de los derechos humanos. Desde que comenzase el genocidio de Gaza, su trabajo incansable a través de informes, de la participación continua en el debate público mediante entrevistas, conferencias y las redes sociales denunciando no sólo los crímenes de Israel, sino también la responsabilidad de los gobiernos, empresas y medios de comunicación occidentales, la han convertido en una figura inspiradora para millones de personas de todas las generaciones. Y, también, en una de las más odiadas, atacadas y perseguidas por los Gobiernos de Israel y Estados Unidos, así como por el lobby sionista internacional. De hecho, la Administración Trump la ha llegado a sancionar por colaborar con la Corte Penal Internacional en su intento de juzgar a los responsables del genocidio.

Ahora, Albanese publica en España Cuando el mundo duerme. Historias, palabras y heridas de Palestina (Galaxia Gutenberg), un ensayo en el que cuenta la historia de la ocupación a través del derecho internacional, pero también de sus vivencias y reflexiones personales y de las de diez personas –la mayoría, amigos y amigas de Albanese– que protagonizan cada uno de los capítulos. Y lo escribe con la claridad, la precisión y la determinación que la han convertido en una de las voces más respetadas de la esfera pública. Y, también, compartiendo el sufrimiento, el dolor y el miedo que acarrea, a veces, estar en la primera línea de la “guerra contra los valores” que están sufriendo, en palabras suyas, quienes participan en el ‘efecto Palestina’, como llama a la nueva conciencia global que ha despertado el genocidio contra Gaza.

En su libro Cuando el mundo duerme cuenta la historia de Palestina, de la ocupación, del régimen de apartheid, del genocidio con rigor y datos, y, también, mediante sus vivencias. ¿Por qué decidió escribirlo desde esta perspectiva personal?

Primero, porque había planeado escribirlo un año antes, cuando salió mi primer libro en italiano, poco después del inicio del ataque contra Gaza en octubre de 2023. En aquel caso buscaba que el público italiano tuviese una especie de punto de referencia, porque allí, desde el principio de los ataques, la retórica y la propaganda fueron muy proisraelíes. Y lo digo sin negar el sufrimiento de los israelíes ni lo duro que fue lo que sufrieron el 7 de octubre. Yo sabía que el Gobierno israelí capitalizaría ese sufrimiento y que los líderes occidentales cederían para complacer y favorecer a Israel. Así que quería ofrecer una especie de glosario.

«En estos dos años he llegado a aceptar la vulnerabilidad de una forma en la que no lo había hecho antes»

Pero una vez que ese libro vio la luz, ya tenía en marcha este proyecto, en el que quería hablar sobre Palestina desde la perspectiva del derecho internacional, pero de una manera personal, humanizando esa historia y haciéndola accesible, especialmente para los más jóvenes.

En segundo lugar, también lo escribí así por mí. Fue un ejercicio muy catártico. Tuve que articular cómo había entrado en mi vida Palestina cuando llevábamos ya año y medio de genocidio y mientras trabajaba en el informe sobre la economía del genocidio.

Es un libro difícil de catalogar porque tiene mucho de historia, de ensayo, de derecho internacional, pero no es un libro de solo una de esas cosas. Tampoco una biografía ni autobiografía, aunque contiene muchas vidas. Pero creo que también eso es lo que hacemos las mujeres, mostramos quiénes somos sin ocultar nuestras debilidades. En estos dos años he llegado a aceptar la vulnerabilidad de una forma en la que no lo había hecho antes. Por eso me sentí atraída a escribir este libro, en el que me expongo y comparto tanto de mi viaje personal.

«Estamos en una especie de guerra contra los principios, contra los ideales puros. Y quienes luchamos en ella compartimos algo muy profundo»

El libro es también una carta de amor a la amistad, a los amigos palestinos, israelíes y judíos no israelíes que le han permitido comprender la realidad de Palestina. De hecho, lo comienza con una cita de Alisa Weise: “La solidaridad es una manifestación política de amor”. ¿Cómo describiría el papel de la amistad en su compromiso y en el movimiento internacional de solidaridad global con Palestina que ha surgido a raíz del genocidio?

Es interesante porque cuando leí el libro en octubre, meses después de su publicación en Francia, me di cuenta de que parecía deliberado que hubiese palestinos e israelíes, como si los quisiera reunir en una mesa. No fue así. Los elegí porque son mis amigos y porque me enseñaron muchas cosas. Alon Confino era probablemente el más israelí de todos, pero nunca pensé en él como un israelí porque era una persona universal.

Además, mi círculo de amigos ha crecido mucho a partir del genocidio. Personas que van desde el colegio de mis hijos al ámbito público, que me han apoyado siempre, que han querido estar cerca de mí cuando he sufrido los ataques más feroces. Como cuando el gobierno y los medios de comunicación de Italia, donde no son muy libres, empezaron a atacarme hasta por estornudar. Siento que estamos en una especie de guerra contra los principios, contra los ideales puros. Y quienes luchamos en ella compartimos algo muy profundo.

Para mí, la relación más profunda de la vida no es el amor que sientes por tu pareja, tus hijos, tus hermanos o tus padres: para mí, el valor más importante es la amistad. La amistad es la red que te mantiene unido, que no te deja caer en el aislamiento. Además, la amistad es un valor para el futuro. Necesitamos recuperar la humanidad en nuestras vidas, estamos demasiado aislados, somos demasiado individualistas, y la amistad, este vínculo que nos une a todos, es un buen camino.

Francesca Albanese. Foto cedida: FAROOQ ZAMIR.

«Palestina nos ha iluminado y nos está mostrando el camino para resistir, que no es solo resistencia, es también resiliencia»

Sostiene que el genocidio de Gaza ha despertado una nueva conciencia global a través del movimiento internacional de solidaridad con Palestina. ¿Cómo puede este movimiento contribuir a frenar la ola reaccionaria y antidemocrática que sufrimos?

Veo un movimiento que llamo una, como el plural en latín de unus (unidad), porque reúne tantas realidades individuales que se convierten en una colectividad. Se trata de un movimiento sin líderes, pero con valores muy fuertes, identificables, y con una primera línea. Siento que soy parte de esa primera línea con los palestinos, Greta Thunberg, Yanis Varoufakis, el movimiento BDS, las organizaciones de derechos humanos, los abogados, los periodistas que hablan a pesar de la censura… Llamo a este movimiento “efecto Palestina” porque Palestina nos ha despertado, nos ha mostrado la diferencia entre los valores y sus contrarios, como la luz y la oscuridad. Palestina nos ha iluminado y nos está mostrando el camino para resistir, que no es solo resistencia, es también resiliencia. Me gusta este concepto porque es resistencia y firmeza, la capacidad de adaptarse, transformar, repensar. Y es un movimiento que no se puede vivir individualmente, tiene que ser colectivo para sea transformador; una elección ética que concierne a todo: al medio ambiente, a los animales, a los seres humanos. Y esto es, en definitiva, lo que Palestina representa para mí.

El “efecto Palestina” es despertar, unir y movilizar, con un espíritu de hermandad, como estamos viendo. Y la relación de amistad que hemos creado personas que, en un principio, éramos camaradas es más fuerte que la que tengo con algunas personas que han formado parte constante de mi vida. Luchamos y, aunque no sepamos cuándo veremos el final, nos vamos enriqueciendo al unirnos en torno a unos valores comunes.

Y al mismo tiempo que provoca esta reacción de admiración e inspiración, también genera mucho odio por lo que representa: la autoridad de la ley y los derechos de Palestina frente a la impunidad del poderoso Israel. En el libro explica que una de las razones por las que más odio ha recibido es por señalar que Israel es un proyecto colonial. ¿Por qué algo tan obvio genera tanta virulencia?

Si hubiéramos tenido esta discusión en la década de 1950 o incluso a principios de la década de 1960, nadie habría dicho ni una palabra porque entonces el colonialismo no era visto como la madre de todos los males, como sí ocurre hoy. Por eso entiendo que a los israelíes no les guste que los llamen pueblo colonial.

El proyecto del Estado de Israel precedió al Holocausto, y no hay duda de que el pueblo judío fue perseguido y que el proyecto nacional surgió para protegerlo. No era la única solución, también lo podría haber protegido donde estaban. Pero es cierto que las circunstancias hicieron que tuvieran que abandonar sus hogares en Europa y no había muchos países que los quisieran. Incluso supervivientes del Holocausto fueron rechazados por Gran Bretaña, Estados Unidos y Australia cuando huían como refugiados de Europa.

El caso es que podrían haber ido como refugiados a Palestina. Pero no, fueron como parte de un proyecto nacional colonial que cogía la tierra y los hogares de otras personas, de los pueblos indígenas. Entiendo que muchos creen o les gusta creer que Dios les dio esa tierra, pero Dios no es un agente inmobiliario y no le dio la tierra a nadie.

Hoy estamos gobernados por la ley e Israel no debería haber sido creado a expensas –no digo que no debería haber sido creado– sino que no debió crearse a expensas de casi un millón de palestinos, de los cuales unos 750.000 fueron expulsados y nunca se les permitió regresar. Además, Israel ha seguido comportándose como una colonia de colonos en lo que quedaba de la Palestina histórica, en el territorio palestino ocupado, en Gaza, Cisjordania o Jerusalén Este. Y lo presentan con la burbuja del origen divino de Israel, como si se tratase del pueblo judío regresando a su tierra. No digo que el pueblo judío no tenga vínculos con la Tierra Santa. Solo digo que lo que hicieron fue violento y que esa violencia perdura. Además, contar que es un proyecto colonial desmiente el mito de la tierra sin pueblo para un pueblo sin tierra. Y claro, todo eso no les gusta.

«Estamos demasiado aislados, somos demasiado individualistas, y la amistad, este vínculo que nos une a todos, es un buen camino»

¿Qué debería hacer la Unión Europea con respecto a Israel si decidiese cumplir con el derecho internacional?

En primer lugar, al menos, debería suspender, o incluso derogar, el acuerdo de asociación de la UE con Israel. En segundo lugar, debería considerar permitir que los Estados puedan cumplir con la ley, porque eventualmente los Estados miembros utilizan a la Unión Europea como excusa para incumplir sus obligaciones internacionales, que imponen detener el comercio de armas, dejar de comprar armas a Israel y cortar los lazos económicos. Un embargo de armas es necesario, pero también cortar los lazos con la economía israelí, porque Israel está perpetrando los crímenes de apartheid y de genocidio. ¿Qué más tiene que hacer Israel para que la Unión Europea haga todo esto? La Unión Europea debería alentar a sus Estados miembros a cortar lazos con Israel y, también, debería dejar de financiar proyectos de investigación israelíes, especialmente en el sector militar y de vigilancia. Productos que han sido probados con los palestinos, tanto en el campo de batalla como en sistemas de seguridad, y que se han convertido en sofisticados equipos utilizados para matar o aterrorizar a toda una población durante los últimos dos años.

Comienza el libro con un capítulo dedicado a las violencias que Israel emplea contra la infancia palestina. ¿Cómo es posible que la Unión Europea y Estados Unidos hayan mantenido su apoyo a Israel, incluso después de que haya cometido un infanticidio en Gaza y de todos los asesinatos, encarcelamientos, torturas y otros crímenes que comete contra los niños y niñas palestinos de Cisjordania y Jerusalén?

Me gustaría recordar que Estados Unidos es el único país del mundo que no ha ratificado la Convención sobre los Derechos del Niño. Además, creo que los soldados israelíes y muchos sectores de la sociedad israelí no ven a los niños palestinos: solo ven a palestinos, a los que ven como posibles amenazas terroristas y a la seguridad. Existe una profunda deshumanización. Nunca he visto nada parecido al nivel de racismo institucionalizado y generalizado contra todo un pueblo que vive a tu lado. Y esa demonización no solo afecta a Israel, sino también a algunos de nosotros en el mundo global de minorías blancas privilegiadas.

Quizás sea una fantasía, pero imagino a gente yendo libremente a Gaza y ayudando a limpiar la zona. Me imagino que los seres humanos pueden ayudar a reconstruir la Franja y ayudar a los palestinos a sanar las heridas. Se requerirá mucha humanidad para contrarrestar la inhumanidad que han mostrado el Gobierno y los soldados israelíes, así como las sociedades occidentales.

Francesca Albanese. Foto cedida: MONA VAN DEN BERG.

«La Unión Europea debería alentar a sus Estados miembros a cortar lazos con Israel y, también, debería dejar de financiar proyectos de investigación israelíes, especialmente en el sector militar y de vigilancia»

Una de las consecuencias del genocidio ha sido la pérdida de la poca credibilidad que le quedaba a buena parte de los medios occidentales. ¿Cree que podrán ser juzgados por su responsabilidad en el genocidio?

Sí, aquellos que han sido apologistas del genocidio deberían ser juzgados. Y también deberían dejar de tener lectores y clientes. Pero le contaré más en unos meses porque esta es una de las investigaciones que estoy realizando.

TikTok acaba de cerrar la cuenta del periodista gazatí Bisan Ota y YouTube ha eliminado miles de vídeos subidos por soldados israelíes que publicaban sus propios crímenes de guerra. ¿Qué responsabilidad tienen las plataformas tecnológicas en el genocidio de Gaza y la ocupación de Palestina?

Muchas de ellos han silenciado, censurado y alterado contenido palestino y en solidaridad con los palestinos. Esto no es neutral, no respeta la libertad de expresión ni la primera enmienda –ya que la mayor parte de ellas están radicadas en Estados Unidos–. Estos medios y gigantes tecnológicos han elegido en qué parte de la historia han querido posicionarse y al menos yo, como abogada, deseo verlos investigados judicialmente.

Pero mientras eso ocurre, [estas plataformas] deberían perder a sus seguidores. Y espero que tenga éxito Upscrolled, creada por un empresario palestino como una versión libre de censura de TikTok. Tuvo un millón de descargas en un día y espero que siga creciendo a ese ritmo porque lo necesitamos. Mi temor es que se generen cámaras de eco y que TikTok siga siendo para los proisraelíes y los crédulos, mientras que el otro sea donde se divulgue la información. En cualquier caso, necesitamos alternativas.

¿Cree que lo sucedido con el genocidio podría ser una oportunidad para impulsar una reforma democratizadora de las Naciones Unidas y del Consejo de Seguridad?

No sucederá. No sucederá a menos que se revisen los cimientos del sistema, basado en el privilegio o la dominación de algunos Estados. No creo que ocurra. Y como no se puede reformar, la ONU se está volviendo cada vez más irrelevante, y eso es peligroso.

Espero que países como los que integran el Grupo de La Haya se conviertan en actores importantes y que España juegue un papel importante dentro de él. Porque no solo el Gobierno español, sino el pueblo español, las universidades españolas y los medios de comunicación españoles han sido un gran ejemplo de compromiso positivo y ético. Por eso espero que el Gobierno de España se una al Grupo de La Haya pronto.

¿Qué medidas debe tomar la sociedad civil en esta nueva fase del genocidio de Gaza?

En primer lugar, apoyar los esfuerzos de quienes intentan lograr justicia, como la Fundación Hind Rajab –en España también hay abogados persiguiendo a las empresas [que participan en el genocidio]–. Debería investigarse más a los actores privados que han sido cómplices de los crímenes israelíes. Debe haber una presión continua para que las instituciones sigan haciendo lo correcto, porque no creo que el Gobierno español hubiera hecho lo que ha hecho sin el empuje del pueblo español. Y luego, el consumo ético –nadie debería vender productos relacionados con la ocupación israelí–, la banca ética –comprobar que sus bancos no tienen inversiones relacionadas con la ocupación–, y adherirse a la campaña de Boicot, Desinversiones y Sanciones (BDS).

La reclusión, la erradicación y la persecución del pueblo palestino siguen siendo el principal objetivo del gobierno actual de Israel. Y el horizonte es incierto porque es un plan que no tiene fin.

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