El desconocimiento de la realidad, cada vez más acusado, viene estimulado entre otras cosas, por la creciente expansión de los discursos apocalípticos que se expanden como una mancha de aceite, creando confusión, temor y simplismo analítico. Unos discursos que se caracterizan por un reduccionismo moral y político, donde solo existen los “buenos (los míos)” y los “malos (los otros)” en estado puro, los matices sobran. Esto deja a la ciudadanía la única opción de adherirse incondicionalmente a uno de esos dos falsos e inexistentes bandos tal cual son presentados. Con ese simplismo analítico se persigue anular la capacidad crítica de la ciudadanía, fomentando sin embargo de forma crujiente, la adhesión tribal sin complejos ni dudas a “certezas” preconcebidas interesadamente.
Este escenario “binario” tiene una vertiente en la actualidad, en todo lo que concierne a la tecnología digital ya su producto estrella, la Inteligencia Artificial (IA). El gran reto que concierne a todos no es elegir, como así nos inducen interesadamente, entre aceptar acríticamente y sin dudas las estrategias de las grandes tecnológicas, visión «moderna» o negar absolutamente la utilidad social de la IA, visión «ludita». Eso lo único que pretende es meter a la ciudadanía en una determinada trinchera ideológica, que recuerda el viejo debate que parecía resuelto pero que vuelve a surgir con fuerza, entre los denominados tecnófilos contra los denominados tecnófobos, algo que ya mostró en su momento ser un debate poco fructífero y yo diría falso.
La realidad exige, cada vez con más urgencia y rigor, establecer un diálogo dinámico y en igualdad de condiciones donde no solo hablen los lobbys sino la sociedad en su conjunto, en una visión multidisciplinar, donde se valoren distintos puntos de vista que puedan arrojar entendimiento y sobre todo sensatez en un asunto donde pocos, incluidos los expertos, tienen claro el discurrir futuro de esta tecnología, que como todos los futuros, además, habrá que construir.
Un diálogo que tiene que surgir de la mano de una «ética de la responsabilidad» que concierne a todos, comenzando por los científicos y expertos en tecnología que deben entender, que más allá de su dependencia profesional y salarial de instituciones, sean estas privadas o públicas, se deben sobre todo a la sociedad y es a ella y no de forma subalterna, ante la que deben rendir cuentas deontológicas de su actividad, al tiempo que divulgan su saber de forma sencilla para que la ciudadanía encare estos nuevos retos con un mayor conocimiento. Los científicos, además, tienen que entender que su trabajo no culmina con los resultados y experimentos del laboratorio tal como son revelados en un tubo de ensayo o en una maqueta, son, además, elementos que modifican las relaciones económicas, culturales y laborales de una sociedad, creando nuevos contextos y experiencias que deben ser evaluados en una especie de “feedback” de tal forma que “experimento técnico” y “experiencia social” formen parte del mismo proceso. En definitiva, la tecnología no debe ser reducida a una especie de “razón instrumental” de artefactos que funcionan oa meras infraestructuras, sino que debe ser entendida como un elemento que configura lo social.
También y de forma primordial, concierne al ciudadano medio, el cual a lo largo de su vida toma decisiones con su forma de consumir que tienen una gran influencia en el desarrollo económico, social y tecnológico en cada momento. No es casualidad los ingentes recursos que las empresas dedican a moldear el gusto y el consumo de esa ciudadanía, con el único afán de que se convertirán en «animales consumistas y acríticos» anteponiendo a su perfil político ciudadano el de meros clientes, o de unos usuarios sumisos con el poder del marketing que generan las grandes multinacionales tecnológicas. De ahí la importancia de contextualizar en un plano social, asociativo y responsable su libertad a la hora de consumir.
Finalmente, los poderes públicos democráticos, como representantes de la ciudadanía, deben ser especialmente cuidadosos en sus decisiones mirando por el bien común, no solo por el de los grandes consorcios digitales que es lo que se percibe en demasiadas ocasiones, por muchas presiones que reciben de las grandes tecnológicas, que en el caso de las de Estados Unidos, son muy potentes, están considerados el segundo grupo de presión más importante de Bruselas después de la banca, según datos de las asociaciones Corporate Europe Observatory y Lobby Control.
Aunque no en la misma proporción, como es lógico, todos somos importantes individual y colectivamente y todos debemos implicarnos. Parafraseando al admirado poeta español Blas de Otero “…aquí no se salva ni Dios…” a la hora de implicarse.
Me parece plausible creer que, en ciertas etapas de la evolución histórica de la humanidad, las actividades de carácter capitalista hayan desempeñado realmente un papel positivo para posibilitar el avance de nuestra capacidad productiva y, de este modo, generar la cantidad de bienes y riquezas que viabilizaran mejores condiciones de vida para el conjunto de los habitantes que estarían al alcance de los efectos de tales actividades.
Aún cuando hagamos una ponderación sobre el hecho de que la apropiación de los rendimientos derivados de emprendimientos capitalistas nunca se da dentro de parámetros equitativos de justicia social, sino que privilegia de manera acentuada a los propietarios de los medios de producción, me parece innegable que los resultados obtenidos en ese entonces representaban un paso adelante en favor de la humanidad en general.
Pero, con el paso del tiempo, las características que parecían ser apropiadas para impulsar la producción de bienes y, con eso, proporcionar una mejora generalizada de las perspectivas de vida, comenzaron a representar una enorme y aterradora amenaza para la propia supervivencia de la humanidad como tal, así como para gran parte de las demás formas de vida presentes en nuestro planeta.
Sucede que, hasta hace alrededor de un siglo, con el nivel de productividad disponible por entonces, predominaba la sensación de que no habría límites restrictivos para la expansión del proceso productivo basado en la explotación de los recursos naturales existentes. Así, solía entenderse como algo beneficioso y deseable que cada capitalista diera libertad total a sus ímpetus exploratorios y a su avidez por aumentos de ganancias.
No obstante, en los días de hoy, ya no debe haber muchas dudas de que la búsqueda desenfrenada de los capitalistas por la acumulación de ganancias está llevando a nuestro planeta rumbo a una catástrofe de proporciones inimaginables que, al ritmo que está avanzando, no está muy lejos de consumirse.
¿Cómo enfrentar un problema de esta magnitud? Para los dueños del capital, la respuesta está, como siempre lo estuvo, en la punta de la lengua: basta con dejar que el barco siga adelante libremente y, al final, será el propio mercado el que dará la solución. Para ellos, el mercado es la verdadera fuerza divina capaz de todo, es decir, deberíamos dejarlo todo en manos del Dios Mercado.
Y, deduciéndolo desde esa misma perspectiva, ese Dios Mercado también parece tener su pueblo elegido, el cual está compuesto por los poseedores de capital. Entonces, al dejarlo todo por cuenta de su máxima divinidad, nuestros capitalistas confiaron en que tendrán su salvación, y podrán disfrutar de su merecida vida eterna, enriqueciéndose permanentemente con sus benditas ganancias.
Sin embargo, para la inmensa mayoría que compone el resto de la humanidad, la solución de predilección de la clase capitalista representa efectivamente la eternización de su desgracia, o su propio exterminio. Por eso, para todos aquellos que no forman parte del reducido y selecto grupo del “pueblo elegido”, la salida debe de estar en otra dirección, muy diferente a la preferida por los discípulos del capital.
De hecho, el único camino a seguir para todos aquellos que aspiran a elevar constantemente sus condiciones de vida, sin destruir el medio ambiente en el que tenemos que vivir, es el que conduce al socialismo. Y al decir socialismo, no pretendemos dar a entender que queremos condenar a la humanidad al atraso. Por el contrario, nada más que a través del socialismo nos será posible soñar con una mejora constante de nuestro estándar de vida, con la preservación de las fuentes necesarias para su viabilidad.
Solo una sociedad que no se estructura en función de la avaricia personal egoísta típica del capitalismo, sino en una visión de planificación global y colectiva, es capaz de explorar los recursos naturales de manera coherente y racional, priorizando lo que debe ser priorizado en términos de las necesidades y potenciales del conjunto de nuestra población. Y la única alternativa que hace viable un enfoque de las relaciones sociales dentro de tal filosofía es el socialismo.
Conforme nos enseña la experiencia actual china, la eliminación completa de la actividad empresarial privada no llega a ser una exigencia indispensable en este período de construcción de las bases de sustentación de un régimen socialista. Lo que sí es imperativo es que las líneas directrices del funcionamiento de la economía y de la vida social en su conjunto no sean determinadas por los capitalistas y para satisfacer sus intereses de clase, sino por la totalidad de la sociedad, organizada de acuerdo con una verdadera democracia de carácter popular.
Por eso, mi convicción se va reforzando cada día. No tengo ningún motivo para vacilar en decir lo siguiente: en la actualidad, ¡el socialismo sigue siendo más necesario que nunca!
Hay una sensación, un desasosiego como cuando uno está cerca del mar y ve venir una tormenta; el cielo oscureciéndose, la brisa cediendo a vientos con rachas hasta desde diversos ángulos, el cielo encapotándose…
Así estamos viendo el panorama político, ya no (sólo) local sino generalizado.
Por supuesto que no tenemos ni la menor idea si tal acontece en Mongolia, en Costa Rica o en Hungría, pero es una situación que trasciende de todos modos nuestras particularidades.
Donald Trump ha sido, a mi ver, definido con acierto como el monarca que está cada vez más desnudo (y algunos vamos intuyendo quiénes le han tejido el costoso traje invisible).
¿Cómo es posible que ante la selva que tanto rodea al (único) jardín de la no tan casta Europa, sea precisamente Europa la que bata los tambores de guerra? Desasosiego.
¿Y que tengamos algún otro monarca, surgido de elecciones democráticas, que consulte a su perro, muerto? Desasosiego.
¿Y que la teocracia judía (de la cual se desmarcan algunos, pocos, judíos) lleve adelante, −brutalidad y franqueza, inopinadamente entrelazadas− un genocidio “en vivo y en directo”?
¿Y que Ucrania, aparezca cada vez más claramente como el “chirolita” de servicios secretos israelo-británico-estadounidenses?
Tales políticas, recurrentes desde poderes dictatoriales, generalmente se escamoteaban, se “calafateaban”.
Pero parece que hemos entrado en zona ideológica, psíquica, sin calafateos.
Podríamos alegrarnos, hasta enorgullecernos del lenguaje directo, sin tapujos, pero resulta que tales sinceramientos se llevan adelante con descaro para reclamar aun mayor brutalidad, eliminación de barreras para desplegar sevicias, descaro para ejercer un despotismo sangriento y resulta el “adecuado” para ajustar poblaciones a una voluntad omnímoda.
El excelente Francisco Claramunt viene revelando esos procederes en sus notas sobre el genocidio palestino y particularmente gazatí en Brecha. En su última nota desenvuelve la trama de exportación de armas de control y muerte, de Israel y sus pingües ganancias.
Pero no es seguramente la ganancia su principal aporte. Porque el poder que da dichos despliegues es todavía más significativo.
El tratamiento que Israel dispensa a palestinos, adueñándose de sus tierras –un proceso que lleva un siglo–, despierta el interés de muchas constelaciones de poder, igualmente deseosas de reafirmar sus reales en tierras mal habidas.
El “caballito de batalla” de las exitosas exportaciones mílitopoliciales de Israel se caracteriza por un santo y seña que usan sus exportadores: ‘testeadas y probadas en combate’.
Y ése es el “aporte” israelí, el invento de Israel; el de un enemigo (y el consiguiente combate).
Porque cuando el sionismo inicia el despojo por apropiación del territorio palestino, encontrará resistencia. Social. Pero no militar ni política. Pero Israel irá reconfigurando la resistencia como escenario de combate, inventa un adversario, mejor dicho un enemigo ideológico y político a quien trata como enemigo de guerra.
Es una tarea militar bastante fácil; los trata como enemigos en tanto las poblaciones refractarias a gatas si tienen una escopeta cazadora para enfrentarlos. Los resultados en número de “bajas” lo ilustran: los huelguistas durante la huelga general insurreccional de 1936 pagarán su levantamiento contra la ocupación sionista con miles de muertos; en 1948, los campesinos serán expulsados de sus tierras y labrantíos y de sus viviendas (los pelotones sionistas acabarán con unas 500 o 600 aldeas palestinas) y tras matar a refractarios (miles) expulsarán a varios cientos de miles de palestinos de su hábitat milenario. En enfrentamientos posteriores de vecinos embravecidos contra el ejército israelí, como en las intifadas, incluso de guerrilleros palestinos en los ’60 armados a guerra, mueren centenares de palestinos (hombres, mujeres, niños) por cada soldado israelí caído “en acción”.
¿Cómo se explica que judíos despojados hasta de sus vidas a comienzos de la década del ’40 en Alemania, Polonia, países bálticos, etcétera, escasísimos años después, no más de los que se cuentan con una sola mano, hayan despojado a palestinos de sus tierras, sus enseres, sus viviendas con mobiliario, ropa y vajilla (hasta las tazas de té humeantes, de casas precipitadamente abandonadas ante la amenazante requisa sionista)?
No se trató exactamente de la misma gente. Muchos de los despojados por el nazismo se refugiaron en EE.UU. Y muchos de los judíos sionistas que iban ocupando Palestina y desplazando palestinos no venían de los shtetl saqueados de Rusia y Europa oriental ni del terror nazi; a menudo provenían de Inglaterra y de otros países europeos occidentales, y de países americanos (EE.UU., Argentina).
Tan enojosa comparación no se sostiene, entonces, por la diversidad de destinos particulares, a veces familiares.
¿Refugiados o colonizadores?
Lo que acabamos de reseñar es en el nivel de los destinos personales. Pero además, porque al “destino judío” se le solapó la cuestión colonial. La colonización propiamente dicha: adueñarse del territorio de un “otro”.
Cuestión que para colonialistas es inexistente. Irrelevante. Porque referirnos a la cuestión colonial abriría la puerta a los derechos de los colonizados. Y para el colonialismo, el derecho es por antonomasia el derecho de los colonizadores. No hay otro.
¿De qué otro derecho, pues, se puede hablar? Porque el derecho colonial se elabora y se plasma como el derecho de los colonizadores.
Con el mismo fundamento con el que se han elaborado en la ONU de 1945 los derechos humanos. El senador estadounidense de AIPAC, Lindsey Graham, lo explica, mejor dicho lo desnudará el 21 nov. 2024: “El Estatuto de Roma no se aplica a Israel, ni a EE.UU., ni a Francia, ni a Alemania, ni a Gran Bretaña, porque no fue concebido para actuar sobre nosotros.”
Veamos el estatuto: el Estatuto del Roma de la Corte Penal Internacional, establecido desde la ONU en 1998 y con complementos en 1999 y 2002 tiene presente “que, en este siglo, millones de niños, mujeres y hombres han sido víctimas de atrocidades”, y “que los crímenes más graves de trascendencia para la comunidad internacional en su conjunto no deben quedar sin castigo”, […y] decididos, a los efectos de la consecución de esos fines y en interés de las generaciones presentes y futuras, a establecer una Corte Penal Internacional de carácter permanente, independiente […].” “La Corte […] estará facultada para ejercer su jurisdicción sobre personas respecto de los crímenes más graves de trascendencia internacional.”
¿Aparece en algún pasaje que estas disposiciones son para magrebíes, salvadoreños, portugueses o tunecinos y no para ingleses, israelíes, estadounidenses o franceses?
Viene bien confrontar las excepciones autoasignadas por los poderosos del planeta con el capítulo 6 del estatuto de la CPI que versa sobre lo genocida:
“Artículo 6
”Genocidio
”A los efectos del presente Estatuto, se entenderá por “genocidio” cualquiera de los actos mencionados a continuación, perpetrados con la intención de destruir total o parcialmente a un grupo nacional, étnico, racial o religioso como tal:
”a) Matanza de miembros del grupo;
”b) Lesión grave a la integridad física o mental de los miembros del grupo;
”c) Sometimiento intencional del grupo a condiciones de existencia que hayan de acarrear su destrucción física, total o parcial;
”d) Medidas destinadas a impedir nacimientos en el seno del grupo;
”e) Traslado por la fuerza de niños del grupo a otro grupo.”
¡Los cinco elementos constituyentes de un genocidio están cumplidos hasta con exceso por Israel en Palestina y particularmente en la Franja de Gaza!
Y nos preguntamos de dónde podría provenir una exoneración a Israel al estilo del que pretende el senador auspiciado por AIPAC para ciertos ciudadanos del mundo de primera categoría.
No hemos podido dar con tan peculiares razones; tal vez sea nuestra ceguera…
No hay más remedio que concluir, siguiendo los criterios de la CPI, que todo lo actuado por el “ejército más moral del mundo” cumple acabadamente con lo que es un genocidio.
Tal vez a caballo de semejante excepcionalidad “grahamiana”, Israel se permite propagar sus productos de guerra, doblegamiento y tortura como “testeados y probados en combate”. Ya vimos que lo de combate suena a falso porque convierte en guerra lo que es sencilla y brutalmente una ocupación militar (no existen dos ejércitos enfrentados).
Israel arma “los escenarios de combate”. Juega a la guerra con muchos “enemigos”. Muchísimos. Toda una población. En realidad, esa población victimada, con ancianos, mujeres, niños y bebes ha sido, es, apenas el punching ball del ejército israelí.
Claramunt repasa el enorme éxito que esa propaganda, ese testeo de armas israelíes tiene entre compradores: indudablemente, porque les quieren dar un uso análogo….
Un momento de la “colonización”: fabricando mutilados
Hasta octubre 2023, además del despojo, de sembrar la muerte, de sacar administrativamente a pobladores de la sociedad y mantenerlos detenidos, aislados, a veces durante décadas, Israel tuvo una política deliberada de mutilación, lo que hizo que éstas cobraran un papel importante. Mostrando una lógica colonial de mutilación, restringiendo las posibilidades de que el pueblo palestino se cure de sus heridas, ya que palestinos y palestinas pierden un ojo, una pierna, les queda de por vida un tobillo deshecho […]
A octubre de 2023, cuando el copamiento palestino del cuartel local israelí en Gaza y la toma de rehenes, Gaza contaba con 440.000 personas discapacitadas, según Danila Zizi, directora de Handicap international para Palestina; es decir 21% de la población total. Escuchó bien. Uno de cada cinco… Desde el 8 de octubre 2023, se contaba en un mes cerca de 100.000 personas heridas de donde se puede deducir que una gran parte de ellas serán desde entonces discapacitadas (muertos adultos e infantes al margen).
La discapacidad no es un efecto conectado con la masacre, sino una finalidad de la política colonial. Claro que, con las masacres también aumentan las mutilaciones y por consiguiente los discapacitados.
Test de ignorancia supina
Cuando alguien no sabe nada de esta tragedia, ni de derechos humanos y se ve precisado a referirse a palestinos, Gaza, Israel, se aferra a dos puntos y se siente a salvo: 1) es-una-guerra (desatada aviesamente el 7 de octubre de 2023; tal vez en cielo sereno, en el mejor-de-los-mundos), y 2) tenemos que lidiar con “la-red-terrorista-Hamás”.
Ni es una guerra, ni hubo nunca dos ejércitos. Es una colonización mediante despojo.
Y Hamás no es terrorista como se puede decir del ISIS, de la Mano guatemalteca o del Irgún sionista.
Hamás se forjó para asistir a palestinos en estado de necesidad, abrigos, alimentos y preservarles su integridad cultural (que para Hamás es religiosa). Muchas acciones de Hamás fueron no sólo no violentas sino decididamente pacíficas, como las Marchas por la Tierra (2019 y 2020) que fueron liquidadas por Israel con saña y un saldo de centenares de tullidos y muertos.
Pero no son pacifistas. Son islámicos e invocan la “ guerra santa”. Y como fieles de un monoteísmo absoluto (y absolutista) –al igual que los monoteísmos verticalistas judío y cristiano–, admiten violencia y hasta la pueden glorificar. Pero hasta desde la misma ONU se reconoce que contra el colonialismo que auspicia el proyecto israelí, la violencia es legítima.
Se dice que Hamás ha sido promovido, financiado por el estado sionista. No habría que descartarlo. Israel ha usado, como todo poder establecido, unas resistencias contra otras para quedar mejor librado (de ambas). En algún momento, Israel puede haber facilitado a islámicos para torcerles el brazo a palestinos laicos liderados por Arafat; en algún otro momento puede haberse servido de la Autoridad Nacional Palestina para desplazar la oposición menos domesticable de Hamás.
Pero tales avatares no desmienten el afán emancipatorio de los palestinos despojados y cada vez más matados a mansalva.
Y tampoco borra el nervio motor de esta situación, que tan concisamente presenta Francesca Albanese: el genocidio en curso es “consecuencia de la condición excepcional y la prolongada impunidad que se le ha concedido a Israel.”
El lunes 12 de mayo de 1919, el ministro de Guerra del Reino Unido, futuro ministro y héroe de la Segunda Guerra Mundial, Winston Churchill, refiriéndose a su propia práctica de gaseo de manifestantes y rebeldes árabes, escribió:
“No
entiendo esta reticencia al uso de gas. En la Conferencia de Paz, hemos
adoptado la postura definitiva de defender su mantenimiento como método
de guerra permanente… Estoy firmemente a favor del uso de gas venenoso
contra tribus incivilizadas. El efecto moral debería ser tan positivo
que la pérdida de vidas se reduzca al mínimo. No es necesario utilizar
solo los gases más mortíferos: también se pueden utilizar gases que
causan grandes inconvenientes y siembran el terror…”
De
los hindúes dijo que eran animales que adoraban elefantes. Consecuente,
fue responsable directo y consciente de la hambruna que mató millones
de personas en Bengala, en 1943, poco antes que firmase un acuerdo de
alianza con Stalin en Irán para luchar contra el nazismo.
Estas
palabras del héroe británico y defensor de la libertad y los Derechos
Humanos, estas ideas y acciones supremacistas por entonces no eran una
novedad ni provocaron ningún escándalo. El racismo supremacista y
mesiánico, como el Destino manifiesto de O’Neill y El sacrificio del hombre blanco de
Kipling que en el siglo XIX justificaron y promovieron matanzas de
“pueblos incivilizados” y de “razas inferiores” fueron el antecedente de
Hitler y el nazismo. Hitler le plagió párrafos enteros a Madison Grant
para Mi Lucha y
le agradeció la inspiración. La popularidad del nazismo en países como
Inglaterra y Estados Unidos era profunda y extensa, sobre todo entre los
empresarios ricos y entre políticos poderosos, hasta que comenzaron a
perder la Segunda Guerra y, de repente, los criminales nazis fueron
apenas un puñado de locos, no una masa cómplice y cobarde de hermosos y
superiores civilizados con amnesia súbita.
Cien
años después la historia de suprimir incivilizados, razas inferiores,
pueblos maldecidos por Dios, es mil veces peor y, como entonces, parece
que no es para tanto. Pero también es mil veces superior la información
disponible en tiempo real, por lo cual también la responsabilidad y la
vergüenza (o desvergüenza) se multiplican por mil.
Actualmente,
Uruguay es uno de esos ejemplos que no alcanzan a ser trágicos por el
solo hecho de su incapacidad militar y propagandística de hacer tanto
mal. No porque seamos un pueblo superior, como su gobierno tan
amablemente insiste en dejarlo en claro con su propio ejemplo. Lo cual
no nos exime de la vergüenza por la cobardía de la negación o los
titubeos morales ante los hechos más trágicos de la historia
contemporánea. Cobardía y negación de la cual se eximen aquellos miles
de uruguayos que no se inclinan temblorosos ante los fascistas de turno,
esos que aterrorizan con total impunidad de derecha a izquierda―en ese
orden.
Luego
de que el presidente de Uruguay Yamandú Orsi se negó a la petición de
su partido (la coalición de izquierda Frente Amplio) a definir las
matanzas en Gaza como genocidio, se
defendió diciendo que lo suyo son las acciones, no las palabras, y que
prefiere no hablar sobre “la guerra” y aportar “soluciones concretas”,
como enviar leche en polvo y arroz a Gaza… La embajada de Israel en
Uruguay calificó la crítica del Frente Amplio al genocidio en Gaza como
“expresiones de odio disfrazado” y advirtió de “consecuencias
peligrosas”. La B’nai B’rith calificó el breve comunicado del FA como
“gravísima falta moral”.
Debido
a la previa crítica de artistas y militantes de la izquierda a los
titubeos de su propio gobierno, el presidente volvió a intentar apagar
el fuego con más combustible. En una nueva declaración a los diarios,
dijo que condenaba la “escalada militar” y que la ofensiva de Netanyahu
“alimenta el antisemitismo” y genera “hartazgo” en “sectores
importantes” del pueblo israelí.
Es
bastante obvio que el genocidio sionista puede alimentar, entre otras
cosas, el antisemitismo, ya que han sido desde siempre los mismos
sionistas quienes, por razones políticas, geopolíticas e ideológicas se
encargaron de confundir e identificar estratégicamente sionismo con
judaísmo (como identificar al KKK con el cristianismo), por lo cual
hasta los cientos de miles de judíos que se oponen activamente a las
matanzas de palestinos y al apartheid en Israel pueden terminar siendo
víctimas responsabilizadas por algo que condenan.
¿Pero
qué hay de los cientos de miles de palestinos masacrados, mutilados,
traumatizados y hambreados? ¿No son ellos las víctimas directas del odio
y de la violencia que insiste que “en Gaza no hay inocentes, ni
siquiera los niños”, por lo cual se justifica exterminarlos antes que se
conviertan en “terroristas”? ¿No serán los colonos europeos que dicen
ser descendientes de un hombre llamado Abraham que vivó hace 4.000 años
en lo que hoy es Irak, los verdaderos antisemitas? Un hombre que primero
tuvo un hijo con su esclava a petición se su esposa infértil. Pero el
hijo de Abraham y la esclava produjo el linaje de los árabes. Como algo
salió mal, Sara tuvo su hijo a los 90 años por milagro del Señor, el que
produjo el linaje de los israelíes (según la misma tradición que
identifica a aquellos israelíes de hace 3.000 años con los actuales) una
versión mejorada de la raza de su hermano. Pero dejemos esta línea
surrealista de razonamiento que es sólo obvia para los fanáticos en
trance perpetuo.
La
sola idea de enviar leche y arroz a Gaza bajo el lema de “acciones y no
palabras” oculta la profunda ignorancia de lo que ocurre con la ayuda
humanitaria en Palestina o, más probablemente, el negacionismo y un
conocido temor a criticar al poderoso que está cometiendo un genocidio
―digamos masacre, para no ofender la sensibilidad de los asesinos y sus apologistas.
Claro,
si lo mencionas, el argumento automático es “no te he visto condenar el
ataque del 8 de octubre”. Lo cual es falso y paradójico, ya que siempre
es dicho por quienes jamás condenaron ni condenarán las repetidas
masacres y violación sistemática de Derechos Humanos contra los
palestinos y otros vecinos desde la Segunda Guerra mundial, cuando los
mismos sionistas, con orgullo, se reconocían como terroristas.
El
canciller uruguayo, Mario Lubetkin (ex Director de Comunicación
Institucional de la FAO para América Latina) ha salido a apagar el fuego
(ahora incendio) de las críticas de sus bases políticas anunciando
planes para permitir la llegada al país de “algunos jóvenes palestinos
de Cisjordania” para que puedan formarse en agricultura sostenible. En
otro programa de radio afirmó que los jóvenes palestinos podían “pensar
en el día después” convirtiéndose en entrepreneurs y comenzar su propias start-ups.
¿El
día después de qué? ¿Por qué tenemos que decirles, los amos
occidentales, qué deben hacer para civilizarse, como adoctrinarse y
adaptarse al progreso y sumisión al capitalismo anglosajón? Claro,
volver a exiliaros, lejos de su tierra y de sus propias y soberanas
decisiones como individuos y como pueblo.
Aparte
de la conciencia turbia de la cancillería de Uruguay, muchos no
entienden ni imaginan que en Palestina hay miles de profesionales y
académicos bilingües cuyas escuelas y universidades fueron bombardeadas
hasta los escombros. En Israel los consideran animales de carga y en
Occidente creen que pueden enseñarles a plantar olivos.
A
principios del 2024 me reuní con encargados de Asuntos Internacionales
de mi universidad en Estados Unidos para proponerles la creación de
“becas humanitarias” para estudiantes afectados por los conflictos
bélicos. Aparte de que la idea fue muy bien recibida, se hundió en la
desidia de los donantes. ¡Pero qué buena idea, eso de sacar palestinos
de Palestina para enseñarles a cultivar otras tierras! ¿Cómo no se les
había ocurrido antes? No se trata de darles una beca a los jóvenes que
lo perdieron todo bajo las bombas para que se preparen y den una lucha
internacional por la soberanía de su pueblo, sino para que aprendan a
cultivar la tierra, otras tierras que no tienen nada que ver con la suya
que conocen como la palma de la mano y la han cultivado por miles de
años de forma más que sostenible.
¿Dónde
está la cantaleta que escuchamos los profesores de Occidente con una
frecuencia tóxica sobre la necesidad de “formar líderes mundiales”? Cada
vez que en alguna reunión critico este lema colonialista, a muchos les
cuesta entenderme.
Desplazar jóvenes palestinos para que aprendan “agricultura sostenible” en Uruguay es tan buena idea que se parece a la de la “Solución final”, de la que tanto hablan miembros del gabinete de Natadasco ―y la mayoría de los israelíes; según una encuesta del periódico israelí Haaretz, el 82 por ciento de la población apoya la expulsión forzada de los palestinos de Gaza.
A esta altura no sé qué es peor, si tener un Trump en Argentina o un Biden en Uruguay.
¿A qué le teme el imperio cuando persigue con saña a las universidades? ¿Qué tipo de enemigo construyen en sus laboratorios ideológicos cuando convierten al saber en blanco militar? Hoy, el gobierno de Donald Trump —reinstalado por la máquina neoliberal del caos— desata una ofensiva brutal contra el pensamiento crítico, la ciencia libre y los espacios de emancipación cognitiva que aún resisten en los campus universitarios de Estados Unidos. No es una exageración: estamos ante una guerra semiótica total contra la inteligencia social organizada.
Es terrorismo epistemológico de Estado. Trump ha ordenado cancelar todos los contratos federales con la Universidad de Harvard; ha impedido la inscripción de estudiantes internacionales; ha revocado visas por el solo hecho de participar en protestas pacíficas pro-palestinas. ¿Quién define ahora qué es odio? ¿Quién controla el diccionario del poder? Trump no actúa solo ni improvisadamente. Lo hace como operador de una casta de propietarios del sentido: magnates del petróleo, fabricantes de armas y dueños de medios que ven en la universidad un enemigo estratégico, un riesgo para el orden semiótico que reproduce la obediencia. Harvard, el MIT, Berkeley o Yale no son espacios homogéneos, ni inocentes, pero albergan aún núcleos de pensamiento crítico, investigación científica autónoma y redes de solidaridad internacional que pueden ser insumos peligrosos para la revolución.
No es una persecución anecdótica, ni coyuntural. Forma parte de una doctrina de choque cultural que busca disciplinar la producción simbólica y clausurar la autonomía del conocimiento. Tal como ya lo anticiparon los manuales de contrainsurgencia cultural del Pentágono, la nueva guerra es contra los significados y las subjetividades: ya no bastan los tanques, ahora hay que controlar las metáforas. Quieren vaciar las universidades de toda crítica, convertirlas en fábricas de tecnócratas sin conciencia, en ingenieros del capital, en administradores del despojo —especialmente durante su presidencia (2017-2021)— se inscriben dentro de una ofensiva ideológica más amplia contra las instituciones del conocimiento, la crítica social y el pensamiento progresista. Trump acusó repetidamente a las universidades estadounidenses de ser centros de “adoctrinamiento marxista” o “liberal radical”, atacando especialmente a las ciencias sociales, las humanidades y los departamentos de estudios raciales o de género. Trump incluyó ataques a científicos y académicos sobre temas como el cambio climático, la pandemia o el aborto. Trump articuló un discurso de guerra cultural en el que las universidades eran vistas como trincheras del “enemigo interno”, responsables de sembrar la crítica social y los valores progresistas. Sus ataques buscaban disciplinar ideológicamente al conocimiento, minar la autonomía universitaria y consolidar una narrativa neoconservadora.
Desde su regreso a la presidencia en 2025, Donald Trump ha intensificado su ofensiva contra las universidades estadounidenses, con medidas que afectan directamente a la autonomía académica, la diversidad estudiantil y la libertad de expresión. Ordenó el retiro masivo de fondos federales a Harvard. El Departamento de Seguridad Nacional revocó la certificación del Programa de Estudiantes y Visitantes de Intercambio de Harvard, impidiendo la inscripción de estudiantes internacionales para el año académico 2025-2026. Esta medida fue bloqueada temporalmente por una orden judicial, pero generó incertidumbre y preocupación en la comunidad académica internacional. Trump nombró a Linda McMahon como Secretaria de Educación con el objetivo declarado de cerrar el Departamento de Educación, devolviendo la autoridad educativa a los estados y comunidades locales. Estas acciones recientes de la administración Trump representan un desafío significativo para la educación superior en Estados Unidos, afectando la diversidad, la libertad académica y la posición internacional de sus universidades.
Hay que construir una nueva internacional del pensamiento crítico. Urge levantar universidades emancipadoras, descolonizar los saberes, reembolsar el diálogo entre ciencia, conciencia y pueblo. No podemos permitir que la humanidad se quede sin sus fábricas de futuro. Porque lo que Trump y sus secuencias atacan no solo en Harvard. Atacan al derecho universal a pensar, a la inteligencia colectiva, a la civilización educativa. Y si hoy callamos frente a esa agresión, mañana nos atacarán a todos. Hoy más que nunca, la defensa del pensamiento crítico es una tarea revolucionaria. La universidad no es una mercancía, ni un cuartel, ni un campo de concentración semántico. Es, debe ser, un territorio de lucha por la verdad, por la libertad y por el sentido humano de la vida. Y como tal, debemos defenderla con todas nuestras palabras, nuestras ideas y nuestras trincheras de papel.
Pero Trump no es una anomalía aislada. En América Latina, sus métodos encuentran eco en una legión de imitadores ansiosos por privatizar las universidades públicas, perseguir a los docentes que piensan, y criminalizar a los estudiantes organizados. Desde Javier Milei en Argentina, que califica a las universidades como “nidos de adoctrinamiento socialista”, hasta José Antonio Kast en Chile, que propone auditorías ideológicas y recortes presupuestarios a centros críticos, pasando por los embates legislativos de la derecha brasileña contra las universidades federales, el trumpismo académico se ha vuelto doctrina continental. Y no olvidemos los ataques mediáticos sistemáticos en México contra los proyectos educativos de la 4T, acusándolos de “populismo pedagógico” o “marxismo disfrazado”.
Es la Guerra Cognitiva sin fronteras. Hoy, al menos una docena de gobiernos o movimientos derechistas en América Latina aplican manuales de intervención semiótica contra el pensamiento crítico, recortan recursos, hospedan a investigadores y clausuran líneas de investigación incómodas. Reproducen, tropicalizan y sistematizan el modelo Trump de asfixia académica, con apoyo de fundaciones transnacionales y medios de comunicación hegemónicos que operan como custodias de la ignorancia funcional. Por eso insistimos: la batalla por la universidad no es sectorial, es civilizatoria. Defender el derecho a pensar es defender el futuro de los pueblos. Y esa tarea no se delega ni se posterga. Se ejerce, palabra por palabra, idea por idea, aula por aula.
Recientemente leí el término que reza bajo el título que presento y del quien podríamos virtualizar como mente pensante del mismo, este no es otro que el filósofo francés Sadín, de corte meta-humanista (sociedad abierta que implica nuevas formas de relacionarse que además incluye al hombre, la tecnología y el entorno). El mundo te pertenece, políticas del clic, Las tecnologías del resplandor de los espíritus, La circularidad de la vida, La negación del prójimo o la desfachatez de uno mismo, vendría a ser algo así como el analizar las distintas actitudes que toma el individuo empoderado por esas tecnologías del yo —en sentido foucaultiano— cuando se enfrenta a la contradicción de sentirse, por un lado, beneficiario de lo que él cree un arrepentido aumento de poder, pero por otra parte ser consciente de la precariedad de su vida y frustrado sentido ante el devenir de las máquinas.
Estarán, estaremos que en sí mismo lo que acabo de conceptualizar produce cierto agobio, al menos así me lo parece a mí, y es que no podemos olvidar que una de las tensiones más representativas del ser humano a lo largo de su historia ha sido, es el control de su quehacer incluido como hemos anunciado el devenir. Enorme contradicción controlar lo que está por venir, pero esa obviedad que todos sabemos no es ápice para que lo hayamos intentado y sigamos haciendo, y de alguna manera nos resitúa ante el siguiente dilema somos los suficientemente sociales como para evitar que nuestra potencial mejora por el uso de herramientas tecnológicas nos convierta en seres superiores, egoístas e insolidarios respecto al otro.
Evidentemente, la soberanía personal nos pone, nos coloca ante esta otra disyuntiva, véase por ejemplo cuando se presenta un individuo que ahora se imagina a sí mismo como beneficiario de este repentino toma y aumento de poder como debería actuar¿? Y que me recuerda a Gernhardt en su poema “Filosofía-Historia”: “ El mundo externo e interno se ocultó en el sujeto. Y cuando el mundo externo descubrió se escondió, pues, en el objeto. El filósofo vio el dilema creado por todos los tiempos, y así se ganó la utilidad y profesión de ser filósofo ”. Interesante, muy interesante pues aquí estriba de alguna manera lo que convengo en traerles, el hecho de que decidimos y tenemos esa capacidad por hacer de nuestro quehacer sentido colectivo o individual… y por ende ¿qué hacer?
Que extraña esta época que nos ha tocado vivir en la que el sujeto le ha seguido el reino del subjetivismo; se gasta, gastamos mucho tiempo, energía y dinero solo para terminar en aberraciones proyecciones egocéntricas que no van a ninguna parte y generan en muchas ocasiones, dolor, frustración e insolencia social. Y me viene a estas alturas el inicio del segundo libro del Tao: «Deja de intentar ser importante; que tus pasos no dejen huella, viaja sólo como el Tao. Pues si un hombre cruza un río y una barca vacía golpea su barca, este no se enfadará ni ofenderá, pero si la barca es conducida por alguien habrá muchas posibilidades para enfurecerse, gritar e insultar, simplemente porque hay un remero. Toma conciencia de que todas las barcas están vacías cuando cruzas el río del mundo y nada podrá ofenderte ni enfadarte .”
Interesante… ¿verdad? y es que…se tiene la sensación, tengo la sensación de que se está dando una progresiva percepción de la desunión entre individuos y cuerpo social, la aparición de la desconfianza en lo comunitario —imbuida de un sentimiento creciente de revancha personal— y la idea de DIY or die (hazlo por ti mismo o muere). Todo ello acabará creando el caldo de cultivo perfecto para que la aparición de internet, el teléfono móvil y las redes sociales junto a la IA produzcan en el usuario lo que podríamos denominar “la súbita sensación de una suficiencia de uno mismo”. De ser esto así qué vendría a significar, pero sobre todo cómo afrontarlo desde una ética social (entendida como vivir en comunidad, buscada la felicidad en favor del bien comunitario). Y es que a estas alturas las cuestiones éticas se tornan más complejas e incluso complicadas; pues lo que se incrementa o restringe tecnológicamente es la autodeterminación personal. A su vez nos sugiere… ¿son las nuevas tecnologías una amenaza para la vida humana y las nociones básicas que han tejido su mundo o, por el contrario, son la continuación llevada al límite del noble ideal de una existencia regida por el conocimiento y la acción emancipadora filo-solidaria? Son muchas las dudas y muchas las potenciales incontinencias casi existenciales en las que sin la menor duda estamos entrando, pues ese mismo entrar también es dudoso y no equilibrado, pues no todos/as tienen ni se dan las condiciones necesarias para su uso igualitario. Insisto… muchas dudas , pero lo que es indudable y termino afirmando y no porqué me alegre ni mucho menos lo deseo, el ser humano con más adelantos que nunca y con más potenciales para compartir y hacer comunidad, es un ser humano, menos solidario, menos comunitario y sobre todo menos feliz y ya lo dijo Aristóteles “¿ La felicidad?: El fin que buscamos todo ser humano.”
Es cierto que estamos atravesando una etapa muy significativa en la evolución de las sociedades humanas. El pueblo brasileño comparte un período crucial para la definición del futuro de toda la humanidad. Tenemos que estar seguros de que el resultado de las luchas que se están librando en Brasil, por ejemplo, también jugará un papel relevante para ayudar a determinar los rumbos que seguirán el mundo en su conjunto.
Lamentablemente, lo que ha caracterizado el momento que estamos viviendo es el resurgimiento global de fuerzas políticas de carácter fascista. Y, al analizar la evolución histórica del capitalismo, concluimos que el fascismo es uno de los recursos extremos a los que recurren los defensores del gran capital en sus intentos por aniquilar la resistencia popular en tiempos de graves crisis existenciales para este sistema de explotación social.
Como es sabido, el fascismo adquiere diversas facetas en función de las peculiaridades imperantes en cada país o pueblo en el que aparece. Así, debido a su pasado marcadamente racista ya la base esclavista sobre la que se formó, en el Brasil de hoy el fascismo revela una fisonomía mucho más en sintonía con el nazismo de la Alemania de Hitler que con la vertiente mussoliniana que predominaba en Italia. Además, es imperativo que reconozcamos que, en nuestro país, el canal principal por el que fluyen el pensamiento y el movimiento nazi-fascista es el bolsonarismo. Por lo tanto, el bolsonarismo encarna innegablemente la corriente política más extremista y reaccionaria en la que se apoya el gran capital para hacer valer sus intereses en el suelo brasileño. Por ello, no me parece que haya ninguna incoherencia cuando equiparamos a un bolsonarista con un nazi.
Sin embargo, al igual que lo que caracterizaba los inicios del nazismo alemán, la intensa inoculación de un odio ciego y malsano contra ciertos grupos humanos es lo que marca la pauta para la aglutinación de los partidarios bolsonaristas en Brasil. El legado que dejó el colonialismo esclavista en nuestras tierras intensificó el odio de clase y lo superpuso al odio racial, ya que, aquí, los términos pobre y negro suelen utilizarse casi como equivalentes.
Evidentemente, ni la ideología bolsonarista ni su inspiración alemana, el nazismo, se sostiene sobre la base de la verdad. Pero, sus propagadores nunca admiten la esencia de su existencia mentirosa. Así, el bolsonarismo suele adoptar palabras y explicaciones totalmente opuestas a los objetivos prácticos que persigue con tenacidad, con el fin de eliminar, o al menos suavizar, mentalmente, la flagrante perversidad de éstos. En consecuencia, lo que permea, nortea y prevalece en casi todo lo que concierne al comportamiento de los bolsonaristas es la vieja y conocida hipocresía.
Tanto es así que los bolsonaristas forman parte del grupo de los más notorios entreguistas y aduladores de potencias extranjeras que ha producido nuestra patria a lo largo de su existencia. La mera insinuación de que Brasil debe convertirse en una nación libre, independiente y soberana provoca odio y furor en la mayoría de ellos, especialmente entre sus líderes. Lo lógico, según estas personas, es que nuestro país permanezca totalmente subyugado y sometido al control de las potencias hegemónicas del capitalismo occidental, especialmente los Estados Unidos.
Este servilismo es tan indecente a punto de llevar a uno de los miembros del clan bolsonarista a abandonar Brasil e instalarse en los Estados Unidos para actuar como asesor del gobierno de Donald Trump en sus ataques para socavar nuestra soberanía y reinstalar su dominio completo sobre nuestra nación.
No obstante, a pesar de todo este comportamiento lesivo a los intereses de la patria, a los bolsonaristas les gusta salir a las calles con la camiseta amarilla de nuestra selección de fútbol, cantar el himno nacional en todo momento y envolverse en nuestra bandera. Todo esto mientras se dedican a entregarles nuestras riquezas nacionales a los gringos, y se empeñan por hacer que nuestro país vuelva a ser parte del patio trasero de los Estados Unidos. En otras palabras, a los más abyectos traidores de la patria les gusta posar como si fueran verdaderos patriotas.
Empero, el bolsonarismo no sería más que un grupito insignificante de rendidores de culto a la podredumbre más infame del nazismo en la actualidad, si ciertos capitalistas que explotan la fe no se encontraran asociados a ellos. Son los líderes de estas iglesias-empresas los que le dan un alcance más expresivo en términos numéricos a la versión del neonazismo brasileño.
A pesar de dedicarse a promover y defender a un grupo de exponentes políticos conocidos por su alto grado de depravación, por su falta de apego a la moral oa la ética, a los dueños de las iglesias bolsonaristas les gusta presentarse como paladines de la defensa de las tradiciones familiares y las buenas costumbres. Aunque sean insensibles al altísimo nivel de desigualdad social que existe en Brasil, persisten en la afirmación de que están inmersos en una guerra sin cuartel en defensa de los valores de la familia.
En lo que respeta específicamente a la religión, los bolsonaristas mercaderes de la fe son, de hecho, típicos enemigos de todo lo que la figura de Jesús simboliza. Si el nombre de Jesús está indisolublemente ligado a la justicia, a la solidaridad, a la fraternidad, a la paz y al amor, la motivación de esos falsos cristianos va en sentido diametralmente opuesto. Las iglesias bolsonaristas se enriquecen predicando el odio hacia los más necesitados, justificando la opresión ejercida por los poderosos, promocionando la expansión de la guerra, la injusticia y el egoísmo. Si en su legado de vida Jesús nos enseñó a repartir el pan ya amparar a los más necesitados, los dueños de las iglesias bolsonaristas, por su parte, ejercitan la diabólica teología de la prosperidad, es decir, esa ideología con la que sus adeptos se aferran a sus mezquinos intereses exclusivistas. En resumen, no existe ninguna posibilidad de ser seguidor de Jesús basándose en esa inhumana forma de pensar.
No hay dudas de que entre los seguidores del cristianismo hay mucha gente correcta e instituciones serias y respetables. Pero, desafortunadamente, en los últimos años ha quedado evidenciado que la base de apoyo del bolsonarismo político está constituida mayoritariamente por seguidores de ciertos emprendimientos comerciales que se autodenominan cristianos. Esto ocurre tanto en denominaciones que se consideran evangélicas como en católicas.
Sin embargo, ¿cómo admitir que un verdadero cristiano sea también un bolsonarista convencido? Hay una contradicción insuperable entre estas dos categorías. Para atenernos a un lenguaje religioso, así como nadie puede servir a Dios y al diablo al mismo tiempo, no existe ninguna posibilidad de estar bien con Jesús y con el bolsonarismo. Esto se da simplemente porque el bolsonarismo sintetiza la perversidad contra la cual Jesús siempre ha luchado.
Nadie en su sano juicio refutaría que los postulados de la infame teología de la prosperidad van completamente en dirección opuesta a todo lo que Jesús siempre predicó en su vida. Aquellos que se atreven a defender el bolsonarismo a través del nombre de Jesús saben que están actuando furtivamente para inculcar en los más incautos ciertos valores que tienen mucho más que ver con la maldad inherente al capitalismo salvaje, con la esencia del nazismo, es decir, en nuestro caso, del bolsonarismo. Además, para explicitarlos desde un punto de vista religioso, la maldad es cosa exclusiva del diablo, y nunca de Jesús.
Así, no podemos aceptar que los nazifascistas recurran a la manipulación de conceptos y palabras con el objetivo de imponer intereses que atentan contra el conjunto de nuestro pueblo y nuestra nación. Aspiramos a un mundo de justicia, de solidaridad, de amparo a los más necesitados, de amor y de paz. Nos corresponde librar una fuerte batalla contra los prejuicios y las manipulaciones del nazismo-fascismo, especialmente en su versión brasileña, el bolsonarismo. Puesto que, aún cuando apela a la tergiversación del lenguaje, el bolsonarismo sigue caracterizándose por su maldad intrínseca.
Sabemos que el lenguaje ejerce un gran poder sobre nuestra propia mente. No es raro que se recurra a ciertas palabras con el propósito de autoengañarse, en un intento de justificar para unas mismas posturas y posicionamientos sabidamente indignos e injustos. La mentira que convence al mentiroso de que la utiliza, a menudo, actúa como la anestesia aplicada para que no se sienta dolor en una operación. Aunque nos ayude a soportar el mal momento que estamos atravesando, no sirve para eliminar de una vez la causa que lo provocó. Por eso, es necesario desenmascarar la hipocresía practicada por los bolsonaristas en su intento de aliviar su conciencia ante las atrocidades generadas por sus prácticas malignas.
“No entiendo por qué nos matan a nosotros, destruyen nuestros bosques y sacan petróleo para alimentar carros y más carros en una ciudad ya atestada de carros como Nueva York”. Dirigente indígena ecuatoriano.
“África no es el patio trasero del mundo, no es un campo de batalla, no es un laboratorio de pruebas ni su depósito de materias primas. () África no se arrodillará”. Ibrahim Traoré
Cooperación (¿capitalista o socialista?)
Partamos de una pregunta fundamental: ¿existe la cooperación desinteresada entre países? Radicalmente: no. Los Estados –que son siempre el mecanismo de dominación de una clase sobre otra– no tienen “amigos”; tienen intereses. Si se unen, lo hacen en función de desarrollar programas que los beneficien, y siempre ese beneficio –que será el de los capitales– se logrará a partir de la explotación/marginación/aplastamiento de las grandes mayorías. La Unión Europea, o la OTAN, por ejemplo, como muestra de esas uniones, dejan más que claro que benefician solo y exclusivamente a muy pequeñas élites poderosas. La población de a pie mira pasivamente sin ser invitada al festín.
Ampliando la pregunta: ¿puede haber cooperación desde el Norte próspero –Estados Unidos y Canadá, Europa Occidental, Japón– con los empobrecidos Estados del Sur? Absoluta y radicalmente: no. El vínculo allí establecido, aunque disfrazado de altruismo, es la más abyecta y repulsiva explotación, siempre a favor de esas pequeñas minorías detentadoras del poder (léase: megacapitales), todo lo cual no es sino otro mecanismo de control y dominación de una clase (cúpula económica global) sobre otra (la gran mayoría de la humanidad).
Por tanto, dentro del modelo capitalista, la cooperación genuina, solidaria y desinteresada, no es posible. Siempre hay agendas, muchas veces ocultas: el Plan Marshall de Estados Unidos del final de la Segunda Guerra Mundial no fue hecho por generosidad y filantropía, sino que consistió en un mecanismo para convertir a la devastada Europa en socia menor y rehén de los capitales estadounidenses, evitando así la expansión del comunismo soviético. La OTAN no defiende la “libertad” en el planeta, sino que es una instancia de fuerza militar de esos megacapitales para enfrentarse a la amenaza soviética en su momento, y ahora para poder intervenir en cualquier punto, incluso contrariando su mandato. La Unión Europea es el proyecto del Viejo Mundo para volver a ser potencia hegemónica, destronada por Washington de ese sitial, unión que –además de no estar sirviendo para ese fin– solo está favoreciendo a los capitales europeos en detrimento de su población.
En otros términos, en el marco del capitalismo está más que comprobado que no hay cooperación, colaboración, hermandad. Solo viles intereses (recuérdese aquello de “el capital no tiene patria”, ni valores, ni moral, ni humanidad). Con planteos socialistas –es lo que intentaremos mostrar con este opúsculo– sí puede haber cooperación solidaria, de igual a igual, respetuosa. En definitiva, eso busca el socialismo: la igualdad, la equidad.
El mundo que generó el desarrollo del sistema capitalista es francamente desastroso. Pese a las posibilidades reales que la revolución científico-técnica vigente ha abierto para terminar con problemas ancestrales de la humanidad (hambre, inseguridad, miedo, desamparo), las relaciones sociales vigentes hacen de la sociedad global un lugar monumentalmente injusto: mientras en algunos lugares se desperdicia comida (40% en Estados Unidos), en otros muere de hambre una persona cada 7 segundos. Mientras se habla de libertad y democracia, las potencias saquean sin descaro a muchas regiones del globo. Mientras se habla de paz, un Norte cada vez más agresivo e inhumano hace la guerra contra un Sur que comparativamente se empobrece día a día, enriqueciendo así a los fabricantes de armamentos, que se frotan las manos con cada nuevo conflicto bélico que se abre –muchas veces, fomentado por ellos mismos–. Pese a que nuestro grado actual de desarrollo permitiría otro mundo, alrededor del 40% de la población planetaria –según datos del Banco Mundial, para nada sospechoso de “comunista” –, es pobre y carece de los recursos mínimos para llevar una vida digna (faltan alimentos y se sobrevive con malnutrición o desnutrición crónica, carece de saneamiento básico, vive sin acceso a energía eléctrica, casi 15% de la humanidad es analfabeta –dos tercios de ese total son mujeres–, y pese a que el discurso dominante nos dice hasta el hartazgo que vivimos la era de la comunicación y la super informatización, 35% de la población mundial no tiene acceso a internet. La tecnología de punta nos lleva al espacio sideral, pero no puede terminar con la miseria, la desnutrición, los niños de la calle. “Las bombas podrán terminar con los hambrientos, con los enfermos y con los ignorantes, pero no con el hambre, con las enfermedades y con la ignorancia”, expresó acertadamente Fidel Castro. Sin la menor duda, este mundo no va bien para las grandes mayorías populares.
Mientras en algunos países se realiza agricultura de precisión con big data, asistencia de inteligencia artificial, robótica de última generación y apoyo satelital –para producir más comida de la necesaria, mucha de la cual se desperdicia–, en otros aún se utilizan arados de bueyes, o se cultiva a mano. Y mientras algunos están buscando agua en el planeta Marte, alrededor de 10.000 personas por día mueren en la Tierra por falta del vital líquido, niños menores fundamentalmente. Las religiones hablan de amor entre los seres humanos. ¿Se les podrá creer, o son parte también del discurso de dominación? “Las religiones no son más que un conjunto de supersticiones útiles para mantener bajo control a los pueblos ignorantes”, había dicho Giordano Bruno –lo que le valió la hoguera–. Parece que no se equivocó.
Los ideales de igualdad social, de equidad y justicia que se divulgaron por todo el orbe décadas atrás –y con el que muchos pueblos comenzaran a construir sociedades distintas: el socialismo real– han sufrido un retroceso. Pero no están muertos. El socialismo como ideología sigue vigente, aunque golpeado y desacreditado por la cultura del capital. De todos modos, si bien el retroceso sufrido estas últimas cuatro décadas en la lucha por un mundo más equitativo fue grande, esa lucha no ha terminado. Por el contrario, hoy pareciera necesario su resurgimiento más que nunca, con nuevos bríos, ante esta avanzada fabulosa que están teniendo las propuestas de ultraderecha, que vienen ganando terreno en forma acelerada. El socialismo no está muerto, sino que ahora, más que nunca, debe oponérsele a este neofascismo que empieza a barrer la superficie del planeta, difundiendo un intolerable supremacismo peligrosísimo.
El Sur, tal como la experiencia lo ha demostrado por muy largos años, no puede esperar de ese Norte, de los poderes que comandan ese Norte –que dirigen, en definitiva, buena parte del curso del planeta en su conjunto– sino más de lo mismo. Desde que el mundo moderno, en los albores del capitalismo incipiente hace ya cinco siglos, globalizó la sociedad planetaria, desde el momento en que la industria naciente empezó a difundirse por todo el orbe, el Norte no ha traído sino desgracias para los pueblos de lo que imprecisamente se llamaba Tercer Mundo, ahora nombrado Sur global. El saqueo de América Latina, de África, de Asia, la consecuente pobreza y represión que eso significó, la dependencia –y por supuesto la humillación aparejada–, todo eso no ha terminado. Los invasores blancos, sus saqueos sangrientos con sus armas de fuego, sus barcos negreros y la imposición violenta del cristianismo como broche de oro de la dominación, no han terminado. Esa dominación hoy sigue presente con la figura de “inversiones extranjeras”, créditos de organismos financieros internacionales –en realidad, pesada e impagable carga para el Sur: cada niño que nace en Latinoamérica ya debe 2.500 dólares a esas instituciones– y la cultura que se impone desde la corporación mediática global, que domina nuestras vidas tanto como ayer las espadas y trabucos y luego los golpes militares pergeñados por las potencias imperiales, con militares torturadores preparados por esas potencias. En síntesis, la historia no ha cambiado gran cosa. Como siempre, si la situación se recalienta demasiado, ahí están las herramientas necesarias para poner en vereda a los “primitivos” descarriados. Ayer, militares golpistas formados en la represión interna y Doctrina de Seguridad Nacional; hoy: guerra jurídica y “revoluciones ciudadanas” disfrazadas de democráticas: las cosas cambian superficialmente, pero en esencia, siguen siendo lo mismo: el Norte sigue explotando al Sur sin la más mínima clemencia.
¿Es posible la integración?
En medio de ese panorama, va surgiendo una nueva idea: integración desde el Sur como alternativa, para oponerse a esa dominación avasalladora del Norte. Pero ¿qué integración? ¿De derecha o de izquierda? ¿De los capitales o de los pueblos oprimidos?
Proyectos de integración dentro de América Latina ha habido muchos, desde los primeros de los líderes independentistas a principios del siglo XIX (Bolívar, San Martín, Sucre, Morazán) hasta los más recientes del siglo XX y XXI: la Asociación Latinoamericana de Libre Comercio –ALALC–, la Comunidad Andina de Naciones, el Mercado Común Centroamericano, la Comunidad del Caribe –CARICOM–. Recientemente, y como el proyecto quizá más ambicioso: el Mercado Común del Sur –MERCOSUR–, creado por Argentina, Brasil, Paraguay, Uruguay y Bolivia en 1996, al que se han unido posteriormente Chile, Perú, Ecuador, Colombia y Venezuela. Sin contar, obviamente, con el intento de recolonización del ALCA, que en realidad es más una sumatoria de países bajo la égida de Washington que una genuina integración. Dicho proyecto como tal no prosperó, por la reacción de los gobiernos progresistas de inicio del siglo en la región, lo que no impidió que el imperialismo norteamericano estableciera de inmediato tratados de “libre” comercio –que de libres no tienen absolutamente nada– entre la potencia y los empobrecidos países del Sur, poniendo Washington las condiciones, leoninas, por cierto. Por supuesto, ninguna de estas iniciativas es una integración que beneficie a las grandes mayorías. Los únicos beneficiados con estos proyectos son los capitales, nacionales o transnacionales, básicamente los de Estados Unidos. Allí, definitivamente, sería ridículo hablar de “cooperación”, aunque en algún pomposo documento oficial se utilice esa expresión. El papel aguanta todo, sin dudas.
El punto máximo en el planteo de integración de esas aristocracias es el actual proyecto de MERCOSUR. Hay que destacar que ese mecanismo se centra en la integración capitalista, siempre ajena a los intereses populares. Para los sectores explotados en verdad no hay diferencias sustanciales entre el MERCOSUR y el ALCA. Como correctamente analiza Claudio Katz: “Las clases dominantes de la región se asocian, pero al mismo tiempo rivalizan con el capital externo. Propician el MERCOSUR porque no se han disuelto en el proceso de transnacionalización. Estos sectores buscan adecuar el MERCOSUR a sus prioridades. Promueven un desarrollo hacia afuera que jerarquiza la especialización en materias primas e insumos industriales, porque pretenden compensar con exportaciones la contracción de los mercados internos. El problema de la deuda está omitido en la agenda del MERCOSUR. Los gobiernos no encaran conjuntamente el tema, ni discuten medidas colectivas para atenuar esta carga financiera. Han naturalizado el pasivo, como un dato de la realidad que cada país debe afrontar individualmente”. En otros términos: con estos modelos de integración por arriba para las mayorías populares no hay, también, sino más de lo mismo.
Por su lado, en África igualmente existen intentos integracionistas. Sucede, igual que en Latinoamérica, que esos procesos en general están realizados desde una óptica capitalista. Web Du Bois y George Padmore impulsaron originalmente las reivindicaciones de la población negra del continente, aunque con un contenido tibio, sin tocar las raíces económico-sociales de la situación de África; es decir: sin abordar el proceso en clave de explotación capitalista. Como se ha dicho en alguna oportunidad, representan la “cara amable” del panafricanismo. Estas propuestas denunciaron la dependencia colonial, pero una vez obtenidas las independencias formales en las décadas de los 50 y 60 del siglo XX, no tomaron una radical distancia de los ex invasores, sino que plantearon una suerte de acomodación neocolonial. Para ello estuvieron abiertos a las inversiones privadas de capitales multinacionales, fomentando el libre comercio en los marcos del capitalismo. En otros términos, reclaman una suerte de nuevo Plan Marshall para compensar los daños ocasionados por las metrópolis colonialistas, a cambio de no fomentar propuestas muy “osadas” que lleven hacia planteos socialistas. Igual que en Latinoamérica, esas iniciativas de integración son “más de lo mismo” para las paupérrimas mayorías populares.
En la actualidad existen diversos mecanismos de integración del continente, tales como la Unión Africana (UA), el Área de Libre Comercio Continental Africano (AfCFTA, por su sigla en inglés), las Comunidades Económicas Regionales (CER), que actúan como apoyo a la UA (CEDEAO –para el África Occidental–, SADC –para el África Austral–, COMESA –para África Oriental y Austral–, y otras). Todas ellas se mueven en la dimensión de la libre empresa, avalando la existencia de burguesías nacionales y el acomodo con los capitales transnacionales. Si bien representan intereses supuestamente propios, de países africanos formalmente libres, todas estas iniciativas guardan estrechos lazos con el capitalismo occidental, del que pueden terminar siendo, sabiéndolo o no, sus defensores.
Es preciso reconocer que en el anárquico desarrollo del capitalismo a nivel mundial, los países más desfavorecidos del Sur también han visto nacer en su propio seno sociedades capitalistas que no dejan de repetir las diferencias constatables a nivel internacional. Las formaciones económico-sociales precapitalistas de todas las sociedades del Sur no significan modelos de justicia; los regímenes monárquicos y las sociedades preindustriales previas a la llegada de los “hombres blancos” en cualquier parte del Sur no constituyen por fuerza situaciones de equidad. En África, por ejemplo, era una tradición el esclavismo, donde tribus de población negra esclavizaban, y en algunos casos vendían al “invasor blanco”, hermanos de color. El “buen salvaje” viviendo en un mundo paradisíaco no pasa de mito, de grotesco mito incluso, que encierra un profundo racismo. Sin dudas el capitalismo que irrumpió por todo el planeta no hizo sino perpetuar esas injusticias, cubriéndolas en muchos casos con un manto de falsa modernidad. De hecho hoy, pueblos originarios de los países del Sur, también han ido entrando de manera deformada/forzada en moldes capitalistas, y hay burguesías locales explotadoras tanto en el África subsahariana como en los pueblos americanos prehispánicos. Ello se articula con las burguesías de origen “blanco” que se impusieron en el Sur, más la expoliación imperialista de los grandes centros colonialistas: Estados Unidos y algunas potencias euro-occidentales, como Reino Unido, Francia, Alemania, Italia, Países Bajos.
Hoy, ya entrado el siglo XXI, es rigurosamente imprescindible plantearnos pasos superadores de esta situación. Es casi necesidad imperiosa para evitar el desastre de la especie como un todo, por el colapso medioambiental en que nos encontramos, por la posibilidad de la guerra que encuentra el sistema como válvula de escape, siempre a costa del pobrerío. El modelo consumista y guerrerista que el Norte ha impuesto no es sostenible, y el Sur debe encaminarse hacia nuevas alternativas. El socialismo –aunque hoy la ideología de derecha lo demonice– es la única alternativa realmente válida. Valen las palabras de Rosa Luxemburgo: “Socialismo o barbarie”. Del Norte no se puede esperar sino más de lo mismo: saqueo y dependencia, insoportable arrogancia y violencia. Va surgiendo así la idea de una integración novedosa del Sur con el Sur. Pero hay que ser muy cuidadosos en esto: ¿integración por arriba o por abajo? ¿Integración de las élites o de los pueblos siempre sufridos? ¿Qué hay con la cooperación internacional?
Hay cooperaciones y cooperaciones
La llamada “cooperación internacional” que desde hace ya largas décadas los países capitalistas más poderosos (Estados Unidos, Europa Occidental, Japón, Canadá) le otorgan al Sur global (Latinoamérica, África, regiones del Asia) no es precisamente solidaria. Es una “estrategia contrainsurgente no armada”, tal como la concibieron los ideólogos estadounidenses en su inicio, concepción que no ha cambiado en el transcurso del tiempo. La primera iniciativa de “cooperación” la realizó Estados Unidos: la Alianza para el Progreso, puesta en marcha en los 60 del siglo pasado, bajo la administración del presidente John Kennedy. Dicha estrategia surgió inmediatamente después de la Revolución Cubana de 1959, como un mecanismo de protección contra “recalentamientos sociales”. Es decir, un colchón para aminorar malestares en los países más empobrecidos, para intentar evitar ollas de presión que, como Cuba, en cualquier momento podrían salirse de la órbita capitalista pasándose al socialismo. En otros términos: una fabulosa arma de control social. No se trata, en absoluto, de una “devolución” al Sur global por un supuesto arrepentimiento moral, una forma de “lavar culpas”. Es, lisa y llanamente, otro mecanismo de sujeción más, tanto como los créditos del FMI y el Banco Mundial, o las tropas siempre listas para invadir.
Después de la potencia norteamericana otros países capitalistas se sumaron a ese tipo de acciones, eso de “brindar ayuda”; fue así que en 1971 las naciones más prósperas, las que están en condiciones de ofrecer cooperación con el Sur siempre explotado y empobrecido, fijaron, en el marco de las Naciones Unidas, el compromiso de contribuir anualmente con el 0.7% de su Producto Interno Bruto a la ayuda internacional al desarrollo. Hoy, más de 50 años después, son muy pocos los que cumplen esa meta. Por supuesto, ningún país del Sur global salió de su estado de exclusión y postración gracias a esas “ayudas”, ni podrá salir nunca, porque no se dan para eso, sino para terminar creando más dependencia. La USAID, la agencia de cooperación más grande del mundo, ahora temporalmente cerrada por el gobierno de Trump a partir de problemas internos en su administración –luchas entre demócratas y republicanos– es la cara amable de la CIA, el injerencismo que prepara las intervenciones de Washington en los territorios que tiene bajo su control. El Norte da migajas con una mano –la llamada “cooperación”, imponiendo las agendas a los países que la reciben– pero solo a título de paños de agua fría, mientras quita sin misericordia con la otra, robando, explotando, sacando lo mejor de los recursos, endeudando sin piedad a los países empobrecidos. No hay la más mínima cooperación real. Muy claramente lo expresó un funcionario italiano ligado a estos temas, Luciano Carrino: “La cooperación representa la voluntad de una parte de las poblaciones de los países ricos de luchar contra racismos, la pobreza, la injusticia social y mejorar la calidad de vida y las relaciones internacionales. Una voluntad que los grupos en el poder tratan de voltear en su provecho pues la cooperación para el desarrollo humano persigue objetivos oficialmente declarados, pero sistemáticamente traicionados (…) Los datos sobre el uso global de los financiamientos de la cooperación parecen demostrar que menos del 7% total de las sumas disponibles es orientado hacia la ayuda a dominios prioritarios del desarrollo humano. El resto sirve para objetivos comerciales y políticos que van en el sentido contrario.” Más claro, imposible.
Eduardo Galeano resumió genialmente los contrastes entre esa “ayuda” del Norte y una auténtica relación solidaria: “A diferencia de la solidaridad, que es horizontal y se ejerce de igual a igual, la caridad se practica de arriba-abajo, humilla a quien la recibe y jamás altera ni un poquito las relaciones de poder.”
Por supuesto que existe otra forma de brindar cooperación distinta a esta suerte de limosna condicionada; por supuesto que se pueden y deben buscar reales mecanismos solidarios Sur-Sur; una cooperación auténtica, de hermanamiento, que busca la solidaridad, la horizontalidad. Todo ello recuerda lo sucedido en la histórica Conferencia de Bandung, Indonesia, en 1955, que propició la creación del Movimiento de Países No Alineados –NOAL–, que tendría un papel de suma importancia durante la Guerra Fría, sentando bases para una integración de los países que iban saliendo del colonialismo con un criterio más social, antiimperialista. Se buscaba allí propiciar mecanismos de igualdad, no que perpetúen las diferencias. Por lo pronto, aunque en la actualidad ya prácticamente no hay colonias mantenidas a punta de bayoneta, la dependencia de las que fueran colonias con respecto a las metrópolis sigue siendo enorme. Francia, por ejemplo, no podría mantener su estatus de potencia económica si no fuera por el robo descarado que continúa perpetrando en África. Hoy, tercera década del siglo XXI, el neocolonialismo no ha terminado. La Conferencia de Berlín de 1884/5 sigue vigente en su esencia, cuando unas pocas potencias capitalistas europeas se dividieron el continente africano sobre un mapa. Al igual que el pacto silencioso de esas mismas metrópolis imperialistas que pesó y sigue pesando sobre Haití, que tuvo la mortal osadía de proclamarse independiente en 1804, declaración llevada adelante por esclavos negros, lo que le valió la determinación imperial de nunca más permitirle levantar cabeza (hoy Haití está entre los países más pobres del planeta). El mundo sigue dividido entre “hombres blancos civilizados”, ¡y muy poderosos!, y “razas inferiores, salvajes”. ¿Hasta cuándo?
En estas últimas décadas han surgido nuevas opciones, intentos de unir el Sur, pero no sus clases dirigentes, sino a los países pobres, a los pueblos siempre oprimidos. Eso es algo aún en construcción, pero ya hay interesantes experiencias. Por ejemplo, el ALBA-TCP –Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América-Tratado de Comercio de los Pueblos–, vigente en América Latina, o la Alianza de Estados del Sahel –Malí, Burkina Faso y Níger–, una unión panafricana de Estados que se considera el primer paso hacia una África unificada y antiimperialista, surgida a partir del movimiento militar acaecido en Burkina Faso en 2022 liderado por Ibrahim Traoré, retomando las banderas de las propuestas socialistas de Thomas Sankara, el histórico luchador burkinés, revolucionario marxista conocido como “el Che Guevara africano”, asesinado por el gobierno francés en una maniobra encubierta. O, como ejemplo que ennoblece, las brigadas cubanas (médicas, de alfabetización, deportivas) que brindan apoyo solidario en tantos países.
El ALBA, surgido a partir de la Revolución Bolivariana en Venezuela comandada por Hugo Chávez, se fundamenta en la creación de mecanismos para crear ventajas cooperativas entre las naciones, que permitan compensar las asimetrías existentes entre los países del hemisferio. Se basa en la creación de Fondos Compensatorios para corregir las disparidades que colocan en desventaja a las naciones débiles frente a las principales potencias; otorga prioridad a la integración latinoamericana y a la negociación en bloques subregionales, buscando identificar no solo espacios de interés comercial sino también fortalezas y debilidades para construir alianzas sociales y culturales. En palabras de Milos Alcalay, anterior representante de la República Bolivariana de Venezuela ante Naciones Unidas: “Cuando la cooperación Sur-Sur ha sido instrumentalizada de manera sistemática y continua, ha demostrado ser un mecanismo útil para enfrentar la realidad mundial y reducir la vulnerabilidad de nuestros países frente a los factores internacionales adversos. Ha logrado maximizar la complementariedad entre nuestros países. Sin embargo, y así debemos reconocerlo, sus potencialidades yacen allí, a la espera de su explotación y uso eficiente. Hasta ahora se ha subutilizado. Se ha desaprovechado como instrumento que ofrece oportunidades viables para procurar, individual y colectivamente, mayor crecimiento económico, desarrollo sostenible y para asegurarnos una participación más efectiva en el sistema económico mundial”. Estas iniciativas –por ejemplo, la petrolera Petrocaribe, o el canal televisivo Telesur–, con un talante social, buscando distanciarse de Washington, chocan con todo lo que implementa el imperialismo estadounidense, secundado por la Unión Europea muchas veces, para entorpecerlas y/o frenarlas.
Los movimientos panafricanistas que hoy se están dando en el Sahel africano, con un claro contenido antiimperialista y socialista, están ayudando a varios países de África occidental – que anteriormente eran colonias francesas– a comenzar la construcción de algo nuevo, un bloque que mira con buenos ojos a Rusia –heredera de la Unión Soviética, la que ayudó mucho al sufrido continente africano– y a China, hablando con un lenguaje marxista y anticolonialista. Producto de esas dinámicas Mali, Chad, Senegal, Níger y Costa de Marfil expulsaron de sus territorios a las tropas francesas que allí permanecían como fuerzas neocolonialistas, lo cual provocó la airada protesta del presidente Emmanuel Macron –hablando siempre desde su arrogancia imperial– acusando a Burkina Faso –e indirectamente a Traoré (¿ya estará sentenciado a muerte, tal como hicieron con Sankara?)– de “ingratitud”, pues esas naciones habrían “olvidadoagradecerle” a Francia todo el esfuerzo por “civilizarlos”. Eso trae a colación la abominable expresión del ministro francés decimonónico Jules Ferry, quien sin la más mínima vergüenza pudo decir: “Las razas superiores tienen el derecho porque también tienen un deber: el de civilizar a las razas inferiores” (hiper mega sic). Esa ideología, totalmente repugnante, está vigente hoy, y un primermundista –como Macron– puede ejercerla sin preocuparse, normalizándola.
A esto es imprescindible oponer lo dicho por el referido Ibrahim Traoré, actualmente mandatario de Burkina Faso –uno de los países más empobrecido del mundo, pero muy rico en minas de oro (quinto productor en África), litio y uranio–, quien intenta inaugurar un nuevo tipo de integración regional, no con intereses capitalistas, sino desde el ideario socialista: “¿Por qué África, rica en recursos, sigue siendo la región más pobre del mundo? Los jefes de Estado africanos no deberían comportarse como marionetas en manos de los imperialistas”, afirmó Traoré.
En el orden de establecer una nueva modalidad de relación Sur-Sur, es imprescindible hablar de las ayudas que presta Cuba socialista a otros países, incluso habiéndosela ofrecido a Estados Unidos luego del huracán Katrina que golpeó inclemente en Nueva Orleans, no aceptada por el imperio. La revolución cubana no regala lo que le sobra, no hace caridad: comparte solidariamente con sus hermanos del continente y de otras latitudes. Pese al embargo criminal del que viene siendo objeto desde el momento de su nacimiento, su cooperación genuina con otros pueblos del Sur es un hecho paradigmático. En la actualidad cerca de 40.000 profesionales y técnicos cubanos prestan sus servicios en alrededor de 100 países. Además de brigadistas voluntarios que trabajan en cooperativas agrícolas y proyectos sociales en distintas partes del Sur global, la isla apoya solidariamente a más de 15 países a través del método de alfabetización “Yo sí puedo”, desarrollado en Cuba, el cual contribuyó a que casi dos millones de personas aprendieran a leer y escribir en varios pueblos latinoamericanos. Pero la ayuda más emblemática está dada por las brigadas médicas. Ellas están en la actualidad en 56 países con 24.000 personas trabajando (médicos, estomatólogos, enfermeros, técnicos sanitarios), dando consulta en las diferentes especialidades médicas (muchas veces en zonas inhóspitas, donde profesionales locales no van), atendiendo también en catástrofes naturales y crisis sanitarias –epidemias, por ejemplo–, a lo que hay que agregar 1) la Operación Milagro, destinada a la atención de patologías oculares, con 3 millones de personas atendidas, y 2) la Escuela Latinoamericana de Medicina de La Habana –-ELAM–, de amplio reconocimiento internacional, dedicada a la formación de personal de salud con un enfoque en solidaridad, atención primaria (preventiva) y servicio a comunidades vulnerables, que hoy forma, de manera totalmente gratuita, a jóvenes de 120 países. O igualmente el apoyo solidario que dio la isla a Angola en términos militares –377.000 soldados y 56.000 oficiales en rotaciones durante 16 años, con un pico de 50.000 efectivos en 1988– para lograr su independencia y su triunfo en la guerra civil apoyando las fuerzas de izquierda del Movimiento Popular de Liberación de Angola (MPLA).
¿Es posible la cooperación Sur-Sur?
La construcción de espacios de cooperación Sur-Sur, articulados a partir de los problemas y las dificultades comunes, ofrece una perspectiva diferente en la que el elemento central no está dado por el afán de acumulación capitalista ni por las aspiraciones hegemónicas, sino que se manifiesta a lo largo de un eje más humano basado en otra ética, no solo la del individualismo feroz: buscar soluciones para los problemas de la pobreza y el hambre, diseñar nuevos caminos hacia el desarrollo, defender las autonomías nacionales y las potestades soberanas, alejándose así de la presión dominante de los países del Norte próspero, que lo único que buscan, más allá de retorcidos discursos altruistas que nadie puede creer, es continuar con el saqueo del Sur. El conjunto de problemas no resueltos por el capitalismo (hambre, atraso, inseguridad, enfermedad, analfabetismo, dependencia técnica, financiera y cultural) requiere de soluciones distintas y, sobre todo, reclama el valor de la solidaridad entre los pobres como factor común y compartido. Tal vez pueda ser éste un motor hasta ahora poco explorado, capaz de conducir a acuerdos de nuevo tipo, con otra inspiración y con otras finalidades.
Una nueva cooperación Sur-Sur debe ir más allá de un acuerdo económico ventajoso, el cual une por un tiempo, sólo mientras dura el interés concreto en juego, pero que no trasciende. Esta nueva cooperación debe servir para generar desarrollo social sostenible, para todas y todos por igual, sin condicionamientos. Si no, no es cooperación. Lo que queda claro, a partir de los ejemplos vistos más arriba, es que solo se puede lograr eso desde una ética socialista.
En medio del conflicto entre el presidente Donald Trump y la Universidad de Harvard, la portavoz de la Casa Blanca, Karoline Leavitt, criticó a esta por no promover valores “estadounidenses”, afirmando que EE.UU. necesita “más electricistas y fontaneros” y menos graduados LGBTQ (https://t.ly/b2pZ4). Esta postura recuerda lo dicho por un millonario y candidato presidencial ecuatoriano años atrás, cuando opinó que las universidades debían formar mejores obreros y carpinteros.
La política actual de EE.UU. hacia sus universidades es inédita. Instituciones como Columbia, Princeton, Pensilvania, Cornell y más de 50 universidades han sido acusadas de antisemitismo, de no promover valores del mercado y de fomentar el pensamiento crítico. Esto ha dado lugar a “auditorías ideológicas”, recortes financieros y amenazas de eliminar programas educativos. Una de las últimas medidas de impacto mundial es la suspensión de visas estudiantiles. Alemania aprovechó la oportunidad para invitar a estudiantes extranjeros a inscribirse en sus prestigiosas universidades públicas y gratuitas.
Aunque en el pasado EE.UU. también ejerció presiones —como durante el macartismo o la oposición a la guerra de Vietnam— sus universidades conservaron prestigio internacional y se mantuvieron como instituciones de avance científico y cultural. A diferencia del modelo estadounidense de universidades privadas, en Europa las reconocidas universidades públicas son dominantes y forman parte del sistema de bienestar social.
En América Latina, la educación superior republicana nació como pública, y entre sus universidades más antiguas se destacan: U. Autónoma de Santo Domingo (UASD) de República Dominicana (fundada en 1538); U. Nacional Mayor de San Marcos (UNMSM) de Perú (1551); U. Pontificia (1551) y hoy la U. Nacional Autónoma de México (1910); U. de Buenos Aires (UBA) de Argentina (1821); U. de Chile (1842); y varias en Brasil: U. de São Paulo (USP), U. Federal de Río de Janeiro (UFRJ), U. de Brasilia (UnB). Han jugado papeles decisivos en cuestiones sociales, políticas y culturales. La Reforma Universitaria de Córdoba de 1918 fue clave para instaurar la libertad de cátedra, evaluación docente y participación democrática en la vida universitaria, inspirando movimientos estudiantiles en toda la región.
Durante los años 60 y 70, las universidades públicas latinoamericanas fueron blanco de dictaduras militares adoctrinadas en el anticomunismo. Estas las consideraban centros subversivos y actuaron clausurándolas o interviniéndolas, como ocurrió en Guatemala durante la prolongada guerra civil entre 1960-1996; y también en Ecuador, donde la Junta Militar (1963-1966) cerró universidades para «sanearlas» del comunismo. En el Cono Sur, bajo la doctrina de Seguridad Nacional y el Plan Cóndor, las universidades fueron intervenidas, los libros “subversivos” quemados y se perseguía a profesores y estudiantes, muchos de los cuales fueron torturados, desaparecidos o asesinados.
Con el auge del neoliberalismo en las décadas finales del siglo XX, surgieron numerosas universidades privadas, muchas de baja calidad, llamadas “de garaje”. Mientras las públicas mantenían el pensamiento crítico, las privadas adoptaron los valores del mercado, alineándose con las derechas políticas. Este fenómeno se ha consolidado en el siglo XXI. Con los recortes al gasto público, las universidades estatales sufren limitaciones financieras y estructurales, mientras que el sistema privado se expande, amparado por intereses económicos y gubernamentales.
En este contexto, universidades privadas de elite ganan influencia, frecuentemente ligadas a sectores de poder y a estudiantes que pueden costear su formación. A su vez, universidades públicas, masivas y gratuitas, intentan competir con menos recursos. Un caso destacado es el de la red jesuita AUSJAL, que incluso ha tenido un rol importante en conflictos sociales como en Ecuador, cuando la PUCE se convirtió en refugio para los manifestantes indígenas en 2019.
Hoy, el pensamiento crítico resulta “inconveniente” para el orden neoliberal. Gobiernos contemporáneos, como los de Jair Bolsonaro en Brasil, Javier Milei en Argentina, o como sucedió en el pasado reciente de Chile, han promovido políticas de desfinanciamiento o reformas estructurales que debilitan la autonomía universitaria. En Ecuador, desde 2017 se desmontó el sistema de evaluación estatal del desenvolvimiento universitario autónomo, debilitando el crecimiento de las universidades públicas que no pueden atender la creciente demanda estudiantil.
En las universidades se reproduce así la misma tensión que existe en la región entre modelos económicos: uno de libre mercado y otro basado en el bienestar colectivo. Esta dualidad se refleja en el papel ideológico de las universidades. Los gobiernos empresariales atacan las públicas y protegen a las privadas. Aquellas que siguen defendiendo la academia científica y el pensamiento crítico resultan incómodas para las élites que buscan uniformidad ideológica y hegemonía del discurso oficial.
Las ciencias sociales y las humanidades son las más afectadas. Su función analítica para revelar las causas estructurales del subdesarrollo, la desigualdad y el abuso de poder es vista como amenaza. Durante las dictaduras de los 60 y 70 fueron cerradas muchas facultades de filosofía, historia o sociología. Bolsonaro recortó programas de filosofía y Milei ha acusado a las ciencias sociales de ser herramientas de “adoctrinamiento socialista”.
Desde las academias conservadoras se impulsa el revisionismo histórico y un pensamiento económico ajeno a la realidad latinoamericana. Milei, por ejemplo, cita autores de la escuela austríaca y del libertarismo norteamericano, mientras que en historia proliferan lecturas antibolivarianas e hispanistas, se reivindican dictaduras que cometieron crímenes de lesa humanidad como la de Augusto Pinochet en Chile, mientras en Argentina cierran el Instituto Belgraniano.
Hoy, tanto las universidades como Harvard en EE.UU. y las públicas en América Latina enfrentan el cuestionamiento de los poderes conservadores. Gobernantes que no tienen idea de las labores académicas universitarias asumen la orientación de la educación superior como un asunto relativo a las necesidades prácticas del trabajo y los negocios, además de creer que deben coincidir con la visión política que conduce al Estado. La razón es clara: el pensamiento crítico, la academia con identificación social y la investigación científica, resultan incompatibles con los modelos de dominación ideológica, empresarial-neoliberal y oligárquica. Sin embargo, es justamente el pensamiento crítico el que responde al curso de la historia por construir una nueva sociedad, con progreso, bienestar y equidad.
Según la Constitución española de 1978, el Congreso de los Diputados puede exigir la responsabilidad política del Gobierno mediante la adopción, por mayoría absoluta, de la moción de censura, que deberá ser propuesta al menos por la décima parte de los Diputados, y habrá de incluir un candidato a la Presidencia del Gobierno. Si no fuere aprobada, sus signatarios no podrán presentar otra durante el período de sesiones.
Y en
estas estamos, cuando el líder de la derecha reaccionaria, Alberto
Núñez Feijó, propone, o amenaza, a los socios del gobierno, con
una moción de censura contra Pedro Sánchez, moción abocada al
fracaso. Forma parte de su campaña programática para el cónclave
del PP que se celebrará en este mes de junio. Los socios del
gobierno desprecian, como no podía ser de otra forma, la propuesta
de la moción de censura y Feijóo parece que no la presenta porque
no quiere, aunque posiblemente debería. No se atreve, sería uno de
sus mayores fracasos.
Seré
claro, dice el líder ultra, la
moción de censura para sacar la corrupción de la Moncloa no depende
de mi voluntad. Yo la tengo toda. Depende de quienes
le han dado soporte parlamentario hasta ahora. Si quieren acabar con
esto, el Partido Popular sigue a disposición. Si no quieren, no
tengan duda de que les arrastrará y que la mayoría de los españoles
decentes les hará cómplices de esta degradación, concluyó. Todo
son culpas de los demás, frente a su política que aún no se
conoce.
El
Partido Popular eleva el tono y llama a poner fin al Gobierno de
Pedro Sánchez, al que tacha de criminal, mafioso y corrupto. La
exageración en política ha generado un tipo de discurso en el que
se denuncian golpes de Estado, dictaduras inadvertidas
por todas partes; se alerta de una confrontación civil inminente o
nos enteramos de que hay terroristas decidiendo nuestro destino
colectivo. Lo cierto es que la derecha está creando un clima
guerracivilista, como ya hizo históricamente antes de la guerra de
1936.
Para
aclarar más cuales son los objetivos golpistas de la derecha, junto
con sus socios fascistas, aparecen
las conversaciones del capitán Bonilla de la OCU,
ahora fichado por Díaz: Matar a los rojomorados, desterrar a Pedro
Sánchez y la lucha: amenazas violentas en los chats del capitán
Bonilla fichado por Ayuso. La lista de amenazas del capitán Bonilla
es interminable, junto con el de la bomba lapa en el coche del
presidente. Tras las pruebas reveladas, es insostenible que Juan
Vicente Bonilla, ex capitán de la UCO y actual responsable de
Seguridad del SERMAS, siga en su puesto, por lo que el PSOE pide a
Ayuso el cese fulminante de su capitán Bonilla, vinculado a la UCO
patriótica.
Vayamos
a la moción de censura. En cuatro ocasiones se
ha utilizado en los cuarenta y siete años de vida constitucional. La
primera moción de censura se presentó en 1980 contra el Presidente
Adolfo Suárez, del partido UCD, llevando como candidato a Felipe
González, del PSOE. La segunda en 1987 contra el Presidente González
y llevando como candidato al Senador Hernández Mancha, de AP. La
tercera en 2017 contra el Presidente Rajoy y llevando como candidato
al Diputado Pablo Iglesias, de Podemos. La cuarta en 2018 contra el
Presidente Rajoy y llevando como candidato al Diputado Pedro Sánchez,
del PSOE, que gano y salió como presidente en funciones.
Aunque una votación negativa sobre aspectos
básicos de la política gubernamental (proyectos de ley,
decretos-leyes, Presupuestos Generales del Estado, etcétera) puede
provocar esta consecuencia, la moción de censura es una forma
directa y expresa de transmitir el mensaje. A través de la misma la
representación popular declara cancelada la relación de confianza
con el Gobierno y provoca su caída.
La
moción de censura es de este modo, y junto a la cuestión de
confianza, uno de los cauces específicos para exigir responsabilidad
política al Ejecutivo. Durante el último tercio del siglo XIX y
buena parte del XX la retirada de la confianza a los Gobiernos en
diversos países europeos, por unos medios o por otros, era
frecuente, provocando continuas caídas de los mismos y, en general,
una situación de inestabilidad política. Tras la Primera Guerra
Mundial, y como reacción frente a este estado de cosas, se observa
en todo el parlamentarismo occidental un movimiento tendente a
corregir el desequilibrio contrario al Ejecutivo, mediante lo que se
ha llamado el parlamentarismo racionalizado, esto es, mediante la
regulación de las relaciones entre los poderes Legislativo y
Ejecutivo, sentando los límites a las facultades del primero.
Es
tras esta situación cuando surgen como categoría definida las
mociones de censura, que son mociones reguladas limitativamente en la
medida que se proponen la exigencia de responsabilidad política al
Gobierno. Ejemplos de estos límites son la exigencia de la mayoría
absoluta para su aprobación, la necesidad de un número mínimo de
diputados para su presentación, el establecimiento de un período de
enfriamiento entre su depósito y su debate, el transcurso de un
cierto plazo desde la votación de la anterior, etcétera.
Vista
la realidad política, las dos primeras mociones presentadas en
España, no perseguían otra cosa que desgastar al Gobierno y en
particular a su Presidente. La primera pudo cosechar algunos réditos
en este campo; la segunda, en cambio, fracasó por completo a este
respecto. La tercera, por el contrario, pretendió demostrar la
existencia de una alternativa de Gobierno, al margen de las dos
partidos políticos mayoritarios que en el año inmediatamente
anterior, sus candidatos a la Presidencia del Gobierno se habían
sometido a sendas sesiones de investidura, en dos legislaturas
sucesivas, cosechando sólo éxito el Presidente del Gobierno a quien
esta moción pretendía derribar. Pero donde las tres fracasaron fue
en su propósito, de cambiar el Gobierno de la nación. Sin embargo,
la cuarta presentada logró su objetivo: derrocar al Gobierno de
Rajoy,
La
moción es una manifestación política por la que una Cámara
parlamentaria expresa al Gobierno su aspiración, voluntad o deseo de
su seguimiento. La moción de censura está caracterizada por
encerrar una crítica sustancial al comportamiento sobre el
presidente del Gobierno, lo que supone una condena o una censura.
Como en todos los regímenes parlamentarios, el Gobierno necesita la
confianza de las Cámaras representativas para mantenerse en el
poder, la aprobación de una de estas mociones implica que el
Gobierno quede obligado a dimitir.
El
exponente más extremo de las mociones es el de las llamadas mociones
constructivas de censura. Con ellas se cierra el paso a las mociones
(y a las mayorías) puramente negativas, que desembocan en la caída
del Gobierno pero sin consideración alguna a la posibilidad de
formar un equipo sucesor. Se requiere que las mociones vayan
acompañadas de un candidato a la Presidencia gubernamental, de tal
modo que su aprobación conlleve la de éste como nuevo primer
ministro. La destrucción de un Gobierno va unida a la construcción
de uno nuevo, evitándose los paréntesis tan peligrosos sin
Ejecutivo. Y, desde luego, desincentivándose la presentación de
estas iniciativas, tan favorecedoras de la inestabilidad política.
Se trata de una técnica inaugurada por el artículo 67 de la Ley
Fundamental de Bonn, con vistas a evitar la inestabilidad
gubernamental que tantos estragos causó en el régimen de Weimar.
En
España está prevista la figura de la moción de censura en los
artículos 113 y 114 de la Constitución: El Congreso de los
Diputados puede exigir la responsabilidad política del Gobierno
mediante la adopción por mayoría absoluta de la moción de censura.
La moción debe ser constructiva, esto es que la propuesta, apoyada
al menos por la décima parte de los Diputados, tiene que incluir un
candidato a la Presidencia del Gobierno. Otra institución bien
distinta es la cuestión de confianza. Aquí, es el presidente del
gobierno quien puede utilizarla, para forzar el favor parlamentario
en momentos de crisis o de pérdida de apoyos. En ambos casos la
mayoría absoluta parlamentaria es crítica; se gana la censura o se
pierde la confianza si se obtiene.
Como
queda expuesto, desde que se aprobó la Constitución en 1978, se han
presentado varias mociones de censura y cuestiones de confianza, con
diferentes resultados y conclusiones. En mayo de 1980, el Partido
Socialista Obrero Español, presentó la primera moción al
presidente Adolfo Suárez. La iniciativa originó un desgaste
tremendo para el gobierno y fue el principio del fin, que llegó en
1982. La moción, fue defendida por Alfonso Guerra y rechazada por el
diputado Rafael Arias-Salgado y el candidato a la presidencia
alternativo propuesto Felipe González. Fue rechazada por los únicos
166 votos del grupo parlamentario centrista, que se quedó solo en el
rechazo.
Una
moción de censura se presenta o no se presenta, se gana o se pierde,
pero es un arma política que siempre, tiene consecuencias
parlamentarias. Se puede cambiar a un presidente del gobierno, tras
exigirle responsabilidades o se fuerza un debate sobre los temas que
el gobierno quiera eludir.
En
esta ocasión, Núñez Feijóo no quiere presentar la moción de
censura porque la perdería; no quiere más desgastes políticos,
pero si lo hiciera, forzaría a un debate sobre la realidad social,
política y económica en España, que reflejaría una visión que
nada tiene que ver con la catastrófica situación que proclama
Feijóo. Además debería presentar a la ciudadanía un proyecto
político claro, que parece ser no lo tiene.
Por
su parte, desde la Comunidad de Madrid, el consejero de Presidencia
llama desde una tribuna pública a la Guardia Civil, a las empresas,
a los medios de comunicación y a la ciudadanía a levantarse para
tumbar al Gobierno legítimo de España. Lo que están haciendo se
llama #golpismo.
A partir de Maastricht se produce una inflexión en la Unión Europea. Pero, ¿cómo entender la Unión Europea después de Maastricht? Como el modo específico de consensuar el nuevo orden internacional unipolar dirigido por los Estados Unidos. Se trató de concretar el nuevo orden internacional que emergía con la derrota de la Unión Soviética bajo el modelo y la hegemonía norteamericana, que es lo que hemos llamado neoliberalismo y que luego se fue concretando en eso que se llamó globalización neoliberal o globalización capitalista neoliberal.
¿Cuál es el centro de esta construcción? El centro, a mi juicio, es básicamente una reacción contra el modelo social y político que se implantó en Europa después de la Segunda Guerra Mundial.
Es decir, la idea fundamental de este nuevo orden es poner fin a eso que se llamó los 30 años gloriosos, poner fin a una experiencia política y social, a una forma específica de relacionar política estado, sociedad y conflicto social, donde el protagonismo era de las clases trabajadoras y su peso estructural en la economía y en la política. El objetivo real era derrotar ese modelo, y hacerlo en un proceso político.
La clave fue desmontar el Estado nación y su específica concreción después de la Segunda Guerra Mundial, lo que se ha llamado el constitucionalismo social, que fue un intento de embridar al capitalismo en base a procesos sociales con un control social y estatal independiente por la dominación de los grandes poderes económicos.
Se aprovechó el momento para desmontar los fundamentos de ese conflicto de clase surgidos después de la Segunda Guerra Mundial. ¿Cuáles fueron sus concreciones fundamentales? Tres, básicamente.
La primera concreción fue, de facto, la constitucionalización del modelo neoliberal. O sea, a partir de Maastricht solamente había un pensamiento único, una clase política única y modelo económico único, obligatorio para cada Estado y límite a cualquier proceso de soberanía popular. Ese era, a mi juicio, el primer rasgo.
El segundo rasgo fundamental era lo que podíamos llamar la desterritorialización del poder democrático. Y la democracia empezó a dejar de ser un modelo político enraizado en la sociedad y se convirtió en un modelo más o menos ambiguo, una especie de norteamericanización de la vida pública que al final lo que consiguió fue debilitar, fragmentar la soberanía popular. Es una vieja historia. Es un proceso muy conocido. Ya lo defendió Von Hayek en el año 38 del siglo XX, aquello que se llamó el federalismo económico.
Todo el centro del modelo neoliberal es muy simple, es quitarle a la soberanía popular la dirección de la vida económica, de la vida pública y por lo tanto despolitizar la economía imponiendo un modelo económico único donde la soberanía popular no pueda controlar la vida económica limitando los grandes poderes económicos. Este es el dato fundamental del modelo de construcción.
Y hay un tercer elemento, pero nunca se comenta porque parece tan evidente que lo damos por supuesto y es la subordinación estructural de la Europa que nace con Maastricht al orden internacional que impuso Estados Unidos. Es decir, Maastricht lo que hace fundamentalmente es desmontar el modelo político social de los Estados nacionales construidos después de dos guerras mundiales.
En conclusión, se subordina estructuralmente la Unión Europea a los intereses estratégicos de Estados Unidos y a partir de ahí, hay un doble proceso que nunca se debe de olvidar. La integración europea está ligada a la ampliación y el desarrollo de la OTAN. Y no son dos cosas distintas, es un mismo proyecto político, un modo de organizar el mundo según los intereses estratégicos de Estados Unidos.
Explicar esto es importante porque estamos ante la crisis de la hegemonía norteamericana porque vivimos una transición a un mundo multipolar y eso significa una gigantesca redistribución del poder político a nivel mundial. Por lo tanto, estamos viviendo una transición que va a ser dramática, con elementos de conflicto, de guerras, de revoluciones y de contrarrevoluciones. Vamos a “vivir peligrosamente”.
En este proceso de transición aparecerá aquello que los teóricos llaman La trampa de Tucídides. Es decir, ¿cómo se va a resolver la crisis hegemónica?,¿con una guerra o sin ella? o ¿con qué tipo de guerra? Con conflictos es seguro, ya lo estamos viendo.
Todas las costuras del orden internacional norteamericano están saltando por los aires y estamos en un mundo radicalmente nuevo con muchos elementos dramáticos.
La segunda cuestión que nunca hay que olvidar es que la clave de lo que estamos viviendo es la crisis de la Unión Europea y específicamente de la democracia de cada uno de los Estados singularmente considerados.
Es una crisis profunda de la democracia que se debe a un elemento fundamental, al peso cada vez más determinante de los grandes poderes económicos, financieros y corporativos. Si algo caracteriza la situación económico y social europea en el marco de la Unión, es el predominio prácticamente sin contrapoderes de los grandes monopolios financieros y empresariales, que son los que dirigen la vida pública.
Y luego hay un tercer elemento decisivo. El papel asignado por la OTAN a la Unión Europea. En esta crisis hegemónica la clave es derrotar a China y según la doctrina-OTAN, el elemento clave para derrotar a China es derrotar previamente a Rusia. Como la Federación Rusa en este caso es la retaguardia estratégica de China su derrota obligaría China a negociar de una manera subalterna con la potencia supuestamente vencedora que sería Occidente dirigido por Estados Unidos.
Esa era la estrategia que aplicó Biden. ¿Por qué aceptó ese papel la Unión Europea? Primero, porque estaba de acuerdo; o sea, las élites europeas siempre han estado de acuerdo que el problema era Rusia y que había que seguir trabajando para arrinconarla, con el objetivo de poner fin al equipo dirigente de Putin y provocar una crisis político-estatal.
Para eso son las sanciones y un hipotético triunfo de la guerra en Ucrania. Ambos factores serían el detonante de una crisis de régimen que permitiría el reparto de los grandes recursos que tiene Rusia. Esto es lo que había detrás del proyecto OTAN. Esto es lo que, de una u otra manera, teníamos por delante.
Lo que ha ocurrido es que no ha funcionado. ¿Y por qué? Como siempre, se ha subestimado a Rusia y se han subestimado los profundos cambios que ya hay en la economía internacional. Se ha subestimado que la multipolaridad está avanzando y, sobre todo, el potencial político militar de Rusia. Creo que es ahí donde estamos en este momento.
Y algo fundamental. Partimos de la idea que la Unión Europea y la democracia singularmente individualizada de cada uno de los Estados vive en un momento de crisis; en este escenario la existencia de un enemigo externo es decisivo para superar la crisis. Es decir, en un momento determinado la presencia de un enemigo que tiene una vieja resonancia histórica, un enemigo supuestamente agresivo que estaría dispuesto a atacarte. Ese miedo a un enemigo externo propicia naturalmente la unión de los “amenazados”, propicia que en las mayorías sociales gane la inseguridad, el miedo y eso siempre ha beneficiado a los países que lo promueven.
La Unión Europea ha hecho del miedo a Rusia un instrumento para superar su propia crisis y para propiciar una nueva centralización del poder en torno a Bruselas, en torno a la creciente autonomización de la Comisión Europea. Y eso se consigue en gran parte con la política del rearme. Sin embargo, creo que esto no va a funcionar porque con esta política no se va a superar el estancamiento económico de la Unión Europea; quieren superarlo por una salida militar, por una especie de economía de guerra que ni es economía de guerra y ni siquiera llega a un Keynesianismo militar.
Una cuestión en la que debemos pensar. Si hay paz en Ucrania, si se toman en cuenta los intereses de Rusia, eso pondrá en peligro la Unión Europea, podrá en peligro su propia existencia, por eso se manifiestan opuestos a cualquier política de paz, por eso sabotean cualquier intento de paz.
Pero, ¿por qué? Porque de acuerdo a la estructura que han creado no puede prosperar un acuerdo de paz que, tarde o temprano, significaría una nueva arquitectura de seguridad en Europa y eso pondría en cuestión la Unión Europea que conocemos y la existencia de la OTAN.
Por otra parte, creo que estamos delante de lo que yo llamaría una sublevación de los pueblos europeos a medio plazo. Sé que esto hoy parece seguramente descabellado, pero creo que hay condiciones cada vez más evidentes de una insurrección de los pueblos europeos, un levantamiento frente a unas élites que nos llevan a la guerra, que nos llevan al rearme y a nuevas políticas de austeridad.
Estamos ante una coyuntura muy complicada que se va a ir agudizando conforme las conversaciones de paz avancen. No soy muy optimista con respecto a estas conversaciones de paz y no lo soy porque las élites europeas están muy comprometidas con el modelo OTAN, con el modelo norteamericano, con la estrategia Biden y están haciendo un trabajo sistemático de boicot, sabotaje a cualquier intento de paz entre Ucrania y Rusia. Les va en gran parte su vida política en ello y también sus proyectos personales y económicos. Estamos en un momento dramático.
¿Cuál es la contradicción básica? Saben que solos no pueden ganarle a Rusia, que necesitan a Estados Unidos, que necesitan a Donald Trump, pero tienen que crear un escenario donde Donald Trump desista de llegar a acuerdos con Putin. Y para eso tienen consenso con la élite dominante en el gobierno ucraniano y obviamente con Zelensky. Él sabe que se juega la vida, y cuando digo esto, lo digo en serio, la vida de Zelensky depende en gran medida que la guerra continúe.
¿Dónde estamos? ¿A dónde vamos? Creo que vamos hacia una nueva situación donde las poblaciones empiezan a separarse de las élites nacionales y de la Unión Europea. Los europeos van a reclamar nuevas opciones, nuevos argumentos, nuevos instrumentos, nuevas demandas.
Creo que está llegando el momento de plantearse en serio un nuevo tipo de Europa, lo que podíamos llamar convertir a Europa como un sujeto político internacional no alineado, independiente, sobre todo de los Estados Unidos. Y esto será poniendo fin a la existencia de la OTAN.
La OTAN no es solo una alianza militar, es algo más, es la estructuración de la fuerza armada según los intereses determinados por los Estados Unidos. No es una simple alianza entre Estados, es parte de un ejército dirigido por los Estados Unidos. Es decir, ha sido una manera de pérdida de soberanía en un elemento central como son las fuerzas armadas.
Por lo tanto, la primera idea es que hace falta una Europa que sea un sujeto político independiente y que pueda actuar con autonomía estratégica.
¿Qué significa eso en la práctica? A mi juicio, tres cosas fundamentales.
La primera, debemos ir hacia una Europa confederal. El federalismo que se ha creado en Europa, el federalismo neoliberal, ha construido una democracia oligárquica que limita los derechos de los trabajadores, que limita los derechos sociales y que, sobre todo, pone en crisis a la propia democracia en cualquiera de las excepciones que puede tener ese término. Por lo tanto, hace falta darle un giro serio a esta Europa, hacia una Europa confederal, donde los Estados y los pueblos sean instrumentos reales de construcción de una nueva Europa y que, por tanto, hay que comprometer a las poblaciones con un nuevo proyecto económico, político y social avanzado.
Segunda cuestión, no es posible la seguridad europea sin un tratado de paz y cooperación con Rusia. La condición previa de cualquier autonomía estratégica europea pasa por un tratado de cooperación reforzada entre Rusia y Europa. Es lo que siempre las potencias anglosajonas han intentado evitar.
Hace falta un acuerdo entre Alemania y Rusia, y el acuerdo entre Europa y Rusia eso debe ser concretado en un tratado de paz y cooperación que estoy convencido beneficiará no sólo a Rusia, sobre todo beneficiará a la autonomía estratégica de Europa.
Y la tercera cuestión fundamental es comprometer a esta nueva Europa democrática y socialmente avanzada, comprometerla con el nuevo orden internacional que está emergiendo. Un orden multipolar. democrático y justo, que es donde está la gran tarea del momento. Es decir, Europa no puede seguir siendo un instrumento más, un actor subalterno en manos de Estados Unidos que se opone a un mundo que está cambiando.
Dicho de otra manera, Europa tiene que escoger de qué mundo quiere ser parte. ¿Quiere ser, con Estados Unidos, un freno político militar a la multipolaridad?, ¿quiere ser un dispositivo que impida la multipolaridad? o ¿quiere ser un instrumento en positivo, de paz, participando en el nuevo orden económico internacional, en un mundo que emerge, que es un mundo multipolar donde los pueblos del sur global luchan por tener voz, protagonismo y reconocimiento?
Creo tarde o temprano este es el programa que van a exigir los pueblos y la cuestión de la paz entre Ucrania y Rusia va a dilucidar el futuro de la Unión Europea y de la OTAN.
Como todo sistema dominante, el capitalismo no sólo se especializó en secuestrar bienes materiales sino también simbólicos, desde la política, la ideología, la ética, la estética, la narrativa de sus medios propagadores y los medios periodísticos hasta los medios culturales a través de la industria de la cultura. Como todo sistema dominante, se reproduce como un fractal en cada individuo, en cada sociedad y en el orden global. En los tres niveles existe y ha existido siempre una relación parasitaria de una minoría sobre una mayoría. De la misma forma que dentro de una sociedad la clase trabajadora es parasitada (física e intelectualmente) por las clases dirigentes, así también ha ocurrido siempre con la mayoría de los países y los imperios parásitos.
Para encubrir o justificar una posición de dominio y explotación, el esclavista debe demonizar, desmoralizar, desacreditar y “de-nigrar” al esclavo. Esta moral también es parasitaria, ya que una vez inoculada en el organismo del oprimido se alimenta y reproduce en ese mismo organismo hasta producir esclavos en plenitud, defensores incondicionales de sus amos. Esclavos que quieren ser amos, oprimidos que sueñan con ser opresores ricos y apenas si llegan a opresores pobres.
Entre muchos dogmas, uno que continúa siendo popular reza que “los pobres son pobres porque quieren”, porque “no se esfuerzan lo suficiente”, “porque se drogan o beben alcohol”, “porque no trabajan”, como si entre las clases dirigentes, empresariales y políticas no existieran drogadictos, alcohólicos, perezosos y desocupados, y no por eso se caen de la escala de privilegios sociales y mucho menos terminan viviendo en la pobreza. Luego, ante cualquier movilización por justicia social, los herederos de los esclavistas y sus remedos de segunda sacan su látigo clasista: “vayan a trabajar, manga de vagos”. Del mismo eran acusados los indígenas que trabajaban en las minas de estaño en Bolivia y morían a los treinta años, no sólo porque todos sufrían de neumoconiosis (“pulmón negro”), sino porque cuando tenían un domingo libre, los desarraigados iban a los bares de los pueblos a emborracharse y a imaginarse el amor con una prostituta para el escándalo del cura del pueblo y de las señoras de la clase alta. Lo mismo los negros esclavos en Brasil. Lo mismo los mexicanos en Estados Unidos, los recogedores de bananas en América central y los gauchos blancos en Argentina, según Domingo Sarmiento. Los pobres esclavos o rebeldes libertos eran degenerados, holgazanes, corruptos e inmorales.
Esta relación material-simbólica no ha cambiado desde entonces. Sólo se ha transformado. El viejo mito se choca de narices contra la realidad y sobrevive siempre. Porque los pobres, los necesitados, los atados a un salario miserable y al terror de perderlo son presas fáciles de la esclavitud, física y moral y, por si fuese poco, son una necesidad del mercado: cuanto más adoctrinados, cuanta menos educación, cuanta menos independencia, los obreros y consumidores incrementan los beneficios del capital. Esto ha sido así desde los tiempos de las repúblicas bananeras hasta el metaverso virtual de las inversiones y el dinero virtual. Pero como toda ley, como toda decisión judicial, como todo dinero es simbólico sin una fuerza de coerción, este mundo virtual debe ser sostenido por la antigua brutalidad militar, está de más decir. Esto se prueba con un simple dato: erradicar la pobreza en un país como Estados Unidos es barato. Con el uno por ciento del PIB nacional (25 por ciento del presupuesto anual del Pentágono; menos del tres por ciento de lo gastado en la guerra en Afganistán) se erradicaría la pobreza completamente.
Erradicar la pobreza en todo el mundo costaría entre 70.000 y 325.000 millones de dólares al año, es decir, menos del 0,5 por ciento del PIB de los países de la OCDE.[1] Con todo, los expertos coinciden en que, para luchar contra la pobreza de forma más eficiente, mejor que un plan para los pobres es un plan universal.
Exactamente la misma lógica se aplica no sólo para mantener los salarios y las posibilidades de las pequeñas empresas eternamente deprimidas, sino para impedir o postergar la gran amenaza que pende sobre las elites parasitarias, por nombrar un solo factor que acelerará la revolución del siglo XXI: el salario universal. La Gran Revolución de este siglo está siendo postergada por la reacción fascista, último recurso del capitalismo y de los imperios, violentos, genocidas y moribundos.
Un estudio del Banco Mundial demostró que, en su abrumadora mayoría, los pobres que recibieron salarios gratis no lo gastaron ni en alcohol ni en tabaco. Por el contrario, luego de un tiempo el consumo de esos estimulantes disminuyó. Claro que estos datos no son bienvenidos para aquellos que se sienten con algún privilegio amenazado o no son reverenciados lo suficiente por los impuestos que pagan. Otro estudio de la Universidad de Ohio publicado en 2009 recogió la crítica más común contra los programas de redistribución: “En Nicaragua circularon otras opiniones negativas y malentendidos sobre el RPS. Una funcionaria de alto rango del Ministerio de la Familia informó que el RPS solo daba dinero en efectivo, y que los esposos esperaban el regreso de sus esposas para quedarse con el dinero y gastarlo en alcohol.”[2]
En mayo de 2014, el mismo Banco Mundial se hizo eco de esta idea y terminó rebatiéndola en un estudio que incluyó decenas de estudios de campo. El informe respondió a la pregunta central en el mismo título: “¿Los pobres desperdician dinero en alcohol y cigarrillos? No”. De hecho, aunque no de una forma significativa, el consumo de estos estimulantes disminuyó. La conclusión del estudio del Banco Mundial fue “Deberíamos dejar de preocuparnos por el mal uso que los pobres les dan a sus ingresos por transferencias. No lo gastan en alcohol y cigarrillos sino en chocolates”.[3]
Diversos estudios y experimentos estatales han demostrado una verdad que, por simple, no se considera como tal sino como una mera tautología: “la principal razón por la cual los pobres son pobres es porque no tienen dinero”. Cada vez que uno menciona este “descubrimiento” articulado por varios sociólogos e historiadores contemporáneos, tiene que reservar unos segundos hasta que las risas dejen lugar a un silencio más reflexivo. Un estudio de The Lancet en Namibia concluyó que cuando los pobres reciben un salario sin condiciones, tienden a trabajar más fuerte que si les dicen qué deben hacer para merecerlo.[4]
Como ya lo analizamos en Moscas en la telaraña, la propuesta de un Salario Universal tiene un antecedente contradictorio y paradójico. Durante la Segunda Guerra mundial, Juliet Rhys-Williams, miembra del Partido Liberal (por entonces la izquierda en Inglaterra), propuso un “impuesto negativo” por el cual todos aquellos quienes tuviesen un ingreso por debajo de una línea mínima de subsistencia deberían recibir un subsidio en relación inversa a su ingreso. Es decir, si consideramos una curva de ingresos ascendentes y la atravesamos con una recta horizontal definiendo un mínimo de subsistencia, todos aquellos que queden por debajo de la recta deberían recibir tanto como sea necesario para alcanzar el mínimo, mientras los demás deberían pagar tanto más cuanto más altos sean sus ingresos. Obviamente que los impuestos progresivos son un criterio conocido y practicado desde hace mucho tiempo, pero no la primera parte. En su libro Where Do We Go from Here Chaos or Community? (1967), Martin Luther King había entrevisto la solución: “Debemos crear pleno empleo o crear ingresos. Estoy convencido de que el enfoque más simple demostrará ser el más efectivo: la solución a la pobreza es abolirla directamente mediante una medida ahora ampliamente discutida: el ingreso garantizado”.[5]
En 1964, al mismo tiempo que Lyndon Johnson radicalizaba su guerra imperialista contra Vietnam y la CIA hacía lo mismo con África y América Latina, como suelen hacer los demócratas (la izquierda imperialista), se mostraban más humanos fronteras adentro. El programa “Guerra contra la pobreza” incluyó experimentos sociales muy similares al ingreso universal, algo que ni el gurú del neoliberalismo, el economista Milton Friedman se oponía. Más bien lo contrario, cuando propuso su “impuesto negativo”.[1]
Los resultados fueron positivos, aunque tuvieron una lectura negativa. Hubo un nueve por ciento menos de trabajo asalariado, pero entre madres jóvenes y jóvenes pobres, la tasa de graduación de la secundaria aumentó un 30 por ciento.[6] Los investigadores encontraron que aún ese nueve por ciento estaba inflado―probablemente debido al miedo de las personas a perder el beneficio, a diversos trabajos en sus propias casas y, más probablemente, porque muchos jóvenes habían optado por continuar estudiando, tal como se refleja en el porcentaje de graduación anterior.
La idea de eliminar la pobreza a través de programas financiados por el Estado federal alcanzó un apoyo popular y mediático superior a la idea de poner un hombre en la Luna. Claro que no todos estuvieron de acuerdo y en 1978 ocurrió el milagro que muchos esperaban. Uno de los casos de estudio, Seattle, registró un incremento del 50 por ciento de incremento en los divorcios. La libertad económica suele producir esas cosas. Las mujeres se estaban haciendo a la idea de demasiada libertad. Solo esta posibilidad cambió el curso del experimento, y éste no se corrigió cuando poco después se descubrió que el 50 por ciento se había debido a un error de cálculo estadístico.
Probablemente el experimento social más sistemático sobre ingreso universal fue realizado en 1973 en la pequeña ciudad de Dauphin, Canadá. Pocos años atrás, el historiador holandés Rutger Bregman (un defensor del capitalismo amable, por ahora) lo popularizó en su libro Utopía for realists. Desde 1974 a 1978, mil familias de Dauphin recibieron un salario equivalente a 20 mil dólares anuales de hoy sin condición. En las elecciones generales, cuatro años después, ganaron los conservadores y el proyecto fue abandonado. No hubo presupuesto ni siquiera para analizar la masa de datos recogida. Los políticos concluyeron, por su propia cuenta, que el experimento había fracasado. Los investigadores pusieron todos los datos recogidos en dos mil cajas y el proyecto fue olvidado. Treinta años después fue descubierto en un ático y rescatado de una destrucción inminente. La investigadora que descubrió este tesoro, la economista Evelyn Forget, comparó los datos recogidos por el proyecto con otras realidades y concluyó que el experimento había sido un rotundo éxito, contradiciendo todos los argumentos en contra: las familias no se dedicaron a tener más hijos (hace unas décadas no existía el miedo decimonónico de los blancos sin hijos sino de los pobres con hijos) y los hijos aumentaron su rendimiento escolar. La violencia doméstica cayó y las hospitalizaciones por otras razones se redujeron en 8,5 por ciento.[7]
Los experimentos sobre salario universal no terminaron ahí. Se multiplicaron con los mismos resultados. En el año 2009, la ciudad de Londres concluyó que había gastado, entre policías y trabajadores sociales, más de medio millón de libras en trece personas en situación de calle. Cuando se le ofreció tres mil libras a cada uno de forma incondicional, el resultado no fue solo que la ciudad pasó a gastar solo 50.000 libras en los mismos indigentes, sino que más de la mitad de ellos terminaron saliéndose de ese círculo de miseria. De forma voluntaria, invirtieron en sus propias necesidades, como higiene, casa y, en algunos casos, clases de jardinería. Experimentos similares fueron realizados en Namibia, Ruanda, Kenia y Uganda, donde hombres y mujeres en condiciones de extrema pobreza recibieron dinero en efectivo, la mayoría de las veces de forma incondicional, con resultados positivos: muchos lo invirtieron en pequeños negocios, como comprarse una moto para dar un servicio de taxi, lo cual, a su vez, facilitó la comunicación y el transporte a otros habitantes de las aldeas, lo cual multiplicó el ingreso no sólo del beneficiado directo sino de sus vecinos también.
Como lo demuestran los investigadores de la University of Manchester, en otros casos la sola reducción de la malnutrición en los niños se tradujo en un incremento en la estatura física y en el coeficiente intelectual; aumentó el rendimiento escolar, y redujo la pobreza y el crimen en decenas porcentuales.[8] Naturalmente, también redujo el trabajo infantil y la esclavitud moderna que siempre benefició a los más ricos de esas sociedades y del mundo, como es el caso, por ejemplo, de la actual esclavitud masiva practicada en las minas de cobalto en el Congo. Experiencias similares fueron reproducidas en decenas de otros países, desde América Latina hasta Asia, con la misma resistencia y desacreditación de las políticas y relatos de las clases altas y de los países imperiales, hoy en decadencia.[2]
¿Cuál es secreto? La respuesta me resuena en la memoria de mi propia experiencia en Mozambique en 1996. Los pobres no recibieron un plan de vida por parte de cooperantes, nacionales o extranjeros (blancos), quienes suelen hacer un trabajo similar al de los misioneros enseñándoles cómo dejar de ser pobres, sino que recibieron recursos económicos (dinero) que ellos mismos pudieron administrar según lo que ellos consideraban necesidades propias. Nadie (si no ha cruzado las fronteras del delirio o de la disfuncionalidad social debido a años de deshumanización) sabe más de sus propias necesidades (inmediatas y, luego, a largo plazo) que quienes las sufren. En otras palabras, el problema de los pobres no es cultural; es económico y, en su raíz, es político. Esta realidad material luego se transforma en una cultura que los detractores de las clases más bajas toman como causa de la pobreza y la corrupción.
Lo mismo hemos insistido por años sobre las posibilidades de desarrollo de cualquier país: primero debe dejar de ser colonia y luego debe ser independiente: a más independencia más desarrollo. Algo que se prueba a lo largo de la historia global, incluso sólo considerando la diferencia de desarrollo de los países latinoamericanos desde el siglo XIX: cuanto más ricos, más deseados por los imperios y, por ende, menos desarrollados.
La misma lógica aplica a algo que hemos analizado en estudios anteriores (y en esto tampoco hemos descubierto la rueda): el capitalismo nace como consecuencia del descubrimiento europeo de América por parte de españoles y portugueses. Nace con el masivo saqueo de capitales (oro, plata, cobre, hierro, guano, carne, trigo y todo tipo de materias primas necesarias) que hicieron posible la existencia de las nuevas clases sociales en Europa ―comerciantes primero en los Países Bajos y proletarias después en Inglaterra. Fue este mismo saqueo, que no sin ironía fue realizado e impuesto por los ideólogos del “libre mercado” que hizo posible otro nacimiento: la Revolución Industrial inglesa, un siglo después de destruir las naciones más prósperas de su tiempo (India, Bangladesh, más tarde China y gran parte de Medio Oriente) a fuerza de cañón, droga y cipayaje. La Revolución industrial europea nace generaciones después de abortar el nacimiento de las revoluciones industriales en Asia.
El descubrimiento de América y el saqueo de recursos de ultramar fue el disparador y el sustento necesario del desarrollo europeo se continuó con el destrozo, saqueo y parasitación de otros continentes, parasitación que continúa hoy en día, aunque de una forma menor por parte de los moribundos pero siempre violentos imperios occidentales.
Lo mismo podemos decir de la libertad de expresión: permítanles seguridad económica a los ciudadanos del mundo y verán cuántas verdades salen a la luz y desplazan los mitos de las clases y de los países dominantes. Naturalmente que estas verdades no son un producto automático de un sistema, porque siempre se necesitarán espíritus realmente libres (libres de pensar, libres de codicia), pero sin duda que la diferencia con lo que sufrimos actualmente sería astronómica.
Gran parte de la crítica y los miedos sobre el salario universal se basan en el miedo a que la gente deje de trabajar en masa. Este miedo procede de una corrupción propia del capitalismo: nadie se mueve si no es por dinero. El Salario universal es una propuesta tan modesta que ni siquiera propone la abolición del dinero ni de la pasión capitalista por hacer más dinero. Esto debería venir en una etapa superior de la humanidad, si es que somos capaces de algo mejor que esto. Diferente a los planes sociales que los beneficiarios pierden si mejoran sus condiciones de vida, el salario universal tiene la virtud de estimular el trabajo y la creatividad.
[1] Ver Moscas en la telaraña. Historia de la comercialización de la existencia―y sus medios (Majfud, Humanus, 2023), p. 606.
[2] Este extenso estudio fue dirigido por mi amigo de Mozambique Joseph Hanlon, y se publicó con el título Just Give Money to the Poor: The Development Revolution from the Global South. United Kingdom, Kumarian Press, 2010. Conocí y viajé por Mozambique con Hanlon en 1996. Compartí con él y su esposa Therese noches de conversación en distintas islas sin electricidad, en antiguas casas portuguesas rodeadas de campos de marihuana
[1] “New Estimates of the Cost of Ending Poverty.” UNU WIDER, 23 Oct. 2023, www.wider.unu.edu
[2] Report, Research. Moore, Charity Nicaragua’s Red de Protección Social: An Exemplary but Short-Lived Conditional Cash Transfer Programme. P. 35.
[3] David Evans y Anna Popova. “Do the Poor Waste Transfers on Booze and Cigarettes? No.” World Bank, 2014.
[4]Cash transfers for children: investing into the future. The Lancet, Volume 373, Issue 9682, 2172
[5] King, Martin Luther. Where Do We Go from Here: Chaos Or Community? United States, Beacon Press, 2010.
[6] Matthews, Dylan. “A Guaranteed Income for Every American Would Eliminate Poverty―and It Wouldn’t Destroy the Economy.” Vox, 23 July 2014, www.vox.com
[7] Bregman, Rutger. Utopia for Realists: How We Can Build the Ideal World. United Kingdom, Little, Brown, 2017, p. 36-37.
[8] Hanlon, Joseph, et al. Just Give Money to the Poor: The Development Revolution from the Global South. United Kingdom, Kumarian Press, 2010.
El alma de esos mártires solo
podrá encontrar su último
consuelo en la liberación de
sus hermanos oprimidos”,
Ho Chi Minh
Si estas contra el pacto criminal,
Debes estar contra el capitalismo.
La crisis del sistema mundo capitalista (Wallerstein) y por lo consiguiente de la sociedad que por lo general es una construcción de la modernidad, nos lleva a pensar que aún está la esperanza (Bloch) de crear algo nuevo, que dependerá en primer lugar, de la capacidad de promover cambios de actitudes y abrazar las angustias y las esperanzas de los pueblos, que construyendo resistencia y que de forma creativa buscan formas de rebelarse ante un sistema mundo que se niega a morir.
Un sistema mundo fortalecido en la modernidad y que tiene como
objetivo “controlar, vencer y desconocer al Otro” (Dussel) y desarrollar
su proyecto de civilización y que, para lograrlo, tenían que
desaparecer a este Otro o reducirlo a su mínima expresión y en
todo caso, asimilarlo e integrarlo a esa modernidad, cambiando su mente y
su corazón. De ahí, la idea de convertir a este Otro, en el
enemigo interno (Ba Tiul) que, desde 1519, cuando llegó la primera
embarcación de españoles a Yucatán, saliendo de Cuba, con Cortés y
otros, y condenando al Otro a ser saqueado, asesinado,
torturado, despojado, desalojado y destruido, negándole el derecho a
fortalecer su conocimiento de la vida, sus avances científicos y
filosóficos, sus inventos como el cero, su forma organizativa como el
komun, etc.
Entonces, al negarnos o al encubrirnos (Dussel), se permitió que el
único conocimiento, el único modelo de desarrollo, el único sistema
económico, el único sistema de vida, el único método científico y
verdadero, era el europeo, el occidental, el kaxlan, el ladino. Al
hacernos creer que esa era la verdad, comenzamos aprender que “rezar el
padre nuestro y santiguarnos” era aceptar que era el único camino para
dejar de ser “salvaje”. Que nuestros conocimientos deberían de volver a
escribirse en el idioma y pensamiento del colonizador y bajo la
observancia de él. Que nuestras tierras estarían mejor cuidadas por
él. Qué para ser desarrollados tendríamos que consumir. Que no
transmitiéramos nuestros conocimientos a nuestros hijos y estos a sus
hijos, como hasta ahora.
Como sucede hoy, cuando nos enseñan que Estados Unidos es mejor que
Europa, que estar en la ciudad capital es mejor, que tomarnos una selfi
frente a un centro comercial es mejor. Que estudiar y destruir nuestros
bosques originarios y sembrar pinos es mejor. Que nuestros abuelos
fueron tontos, porque no utilizaron la moneda del occidente. Que es
mejor romper el corazón de la tierra para tener carreteras. Que
nuestros productos se venden mejor en el mercado.
Y así poco a poco nos volvieron dependientes (Marini, Dos Santos,
Cueva). Nos dijeron que, para llegar al desarrollo de ellos tendríamos
que pasar por el subdesarrollo (Escobar, Leff, Amin). Nunca nos dijeron
que quienes ahora se consideran desarrollados fue porque se robaron
nuestros bienes (Galeano). Aprendimos que el occidente y quienes nos
han invadido eran mejores. Han pretendido cambiar nuestra mente, de ahí
el concepto de “ladinizaron” (Adams), de cooptados (Ba Tiul), de indio
permitido (Hale). Entendiendo el proceso de ladinización, dejar de
pensarnos como “mayas” o “indios”, para pensarnos como blancos y desde
los blancos. A veces nos pensamos desde el occidente, desde Europa,
desde Estados Unidos, y eso se llama “colonización” o aceptar las
condiciones de cualquier sistema imperial.
Al entrar en crisis ese mundo nos arrastra a nosotros, porque nos
pensamos como él. Como occidentales. Ahí está la lógica de la
colonización, enajenarnos y alienarnos (Marx). Y como tenemos miedo que
se caiga, le seguimos permitiendo que entre y lo alimentamos como si
nos hubiéramos contagiado del síndrome de la Malinche. Y no solo como
pueblos, también como países. Nuestros gobiernos coquetean, si no es
con Estados Unidos, es con China o con Rusia. Nuestra mirada es el
imperio o los países imperialistas, quienes nos colonizan, aunque nos
estén metiendo la daga por la espalda. En el deporte, soñamos con el
campeonato español, italiano, etc. Nos cuesta pensarnos solos. Como si
no tuviéramos la capacidad para avanzar, para construirnos solos y para
fortalecer un nuevo sistema que nos lleve a derrotar al capitalismo.
Desde hace muchos años se comenzó a hablar del proceso de
descolonización (Fanón, Memmi, Césaire, Mignolo, Quijano, Dussel, De
Sousa, Bonfill Batalla, Guzmán Böckler, los hermanos Bautista y muchos
más). También se habló de autonomía y libre determinación. Si antes se
planteó como alternativa la federación de naciones, el
multiculturalismo, ahora se habla de plurinacionalismo. Pero muy pocas
veces se habla de construirnos sin esa camisa de fuerza que se llama
“Estado”. Las experiencias de este tipo e incluso aquellos movimientos
que nacieron de procesos revolucionarios cuando se pensaba construir un
sistema alternativo al capitalismo y que en ese momento, se llamó
socialismo, sucumbieron al capitalismo, al mercado, al consumo,
ejemplos: Rusia, China, Vietnam, hasta el modelo de Ghandi, adoptado por
la India “el de la no violencia”. Los gobiernos que se gestaron con
nuevas revoluciones como el de la pareja Ortega-Murillo, han quedado
atrapados dentro del capitalismo, añorando alcanzar ese sistema mundo,
que ha sido construido sobre la violencia y la muerte.
Las nuevas experiencias de socialismo siglo XXI, que comenzó con
Chávez en Venezuela en 1999 y a la que le siguieron los gobiernos
llamados “primer progresismo”: Lula, Evo Morales, los Kirchner, Correa,
los gobiernos del ALBA; y los segundos progresismos: Petro, Lula 2.0,
Arévalo, AMLO, Sheinbaum, Xiomara Castro, aunque se denominen
antineoliberales siguen teniendo matices capitalistas, con un enfoque de
explotación de los recursos y desalojos de indígenas en sus
territorios, unos más que otros, sí, pero sigue siendo capitalista y lo
peor aún, con Estados controlados por pactos criminales, pactos de
elites, pactos de corruptos, en donde los más agresivos son militares
formados en la guerra fría y narcotraficantes, quienes al final se
alimentan de la corrupción y la impunidad.
Marx decía: un “fantasma recorre Europa” y se refería al fantasma del
comunismo. Poco tiempo después se decía que había un fantasma dormido y
que era el único capaz de acabar con el capitalismo y que quienes hoy
se autoidentifican como “pueblos originarios”. Desde hace muchos años y
repetido insistentemente que lo único que puede cambiar el mundo “es el
sistema de vida de los pueblos originarios” (Papa Francisco, Leonardo
Boff y muchos teóricos del “Buen Vivir”). En los foros internacionales
sobre biodiversidad y clima los jefes de Estado siempre concluyen que
“hay que escuchar a los pueblos”.
Ante la crisis del sistema mundo y por consiguiente, ante la crisis
que genera en el continente latinoamericano y en Guatemala, las
opiniones, debates y propuestas, giran en que “hay que escuchar a los
pueblos originarios”. Todos dicen lo mismo. “La respuesta está en la
gran experiencia y vivencia de los pueblos originarios”. Pero cuando
los pueblos reclaman el derecho a existir y a decidir, entonces, al
sistema capitalista no le parece. Indistintamente si es progresista o
no. Porque cuando los pueblos originarios reclaman y presentan su forma
de vida resurge el racismo. Cuando los pueblos originarios demandan
que se les escuche, se les acusa de no querer el “desarrollo”. Si, es
cierto, los pueblos originarios no quieren el” desarrollo”, porque es
capitalismo.
Como hemos repetido muchas veces, los pueblos originarios quieren
vivir. Y para enfrentar la sobrevivencia, la respuesta no está en el
“desarrollo”, sino en su sistema de vida. Un sistema de vida que está
anclado en el komun (EZLN, Escobar, Holloway). Para llegar a eso hay
que politizar todo. La indignación, la pobreza, la incertidumbre, la
sobrevivencia, todo hay que politizarlo. No folklorizarlo, que es lo
que hasta ahora se hace. Se habla de agua, pero no de tierra y
territorio. Se habla de semillas, de biodiversidad, de medio ambiente,
pero no de la restitución de tierra y territorios comunales.
Tenemos que pensarnos desde nosotros mismos, desde nuestras propias experiencias. No viviremos si seguimos pensando desde el capitalismo. Como dijera el Che: “tenemos que lograr un modelo desde aquí y a partir de lo que hay aquí”[1]. Los zapatistas en su viaje a Europa, decían: “no es que queramos que todos se hagan zapatistas”. Cada pueblo debe imponer su modelo, su sistema de vida, para terminar de destruir al capitalismo y no inyectarle elementos para darle vida. Por ejemplo, cuando decimos que defendemos la democracia estamos dándole vida al cadáver. Cuando exigimos que se respete el Estado de derecho le estamos dando sangre a Frankenstein (Rodríguez).
Los modelos no se deben transportar, eso decíamos hace muchos años.
Mariátegui, decía: “que no sea calco ni copia”. Un nuevo sistema nace
de los corazones mismos de los pueblos, y cuando decimos pueblos,
hablamos de todos, sin excepción. Por eso, la insistencia de articular
desde la diferencia y no desde la igualdad. Todos los pueblos son
diferentes el uno con el otro y a lo interno. No se pretende ser
iguales. La igualdad es un engaño del sistema mundo. Hay que diseñar un
nuevo sistema (Escobar) y ese diseño tiene que nacer de lo más profundo
de la humanidad y para la humanidad misma. Debemos sentir lo rico, lo
sabroso de la comunalidad para construir algo nuevo. No se puede
construir un mundo diferente si estamos en un mundo que nos ha comido,
matado, perseguido. Hace muchos años, al calor de los movimientos
indígena del sur, decía en un artículo que para “fundar hay que
refundir”. Porque tenemos que cambiar el modelo de Estado, de república,
de país.
Para eso se requiere de las manos de todos y todas, pero esos todos y
todas deben saber vivir o querer vivir comunitariamente, comunalmente,
no individualmente. De ahí la idea de la comunalidad. Destruir el
consumismo y el acaparamiento. Cambiar actitudes (Rauber). Una
comunidad que se hace proyecto, no una “comunidad como paraíso”, como
cuando pensamos e idealizamos “la ancestralidad”, o cuando pensamos a
las “autoridades indígenas” como la gran maravilla, sin criticarlas.
Eso también es racismo.
Como describimos en otro de nuestros aportes: “la comunalidad y el sujeto o los sujetos[2] son una construcción permanente”, no son estáticas, son dinámicas. Y se construyen mutuamente, relacionados, interdependientes, etc. En tanto que, en el capitalismo, que si consumes estás desarrollado, si tienes una casa de cemento es por tu propio esfuerzo, si estudias es por tu propio esfuerzo, etc. En cambio, desde la perspectiva de los pueblos originarios, “todo se va haciendo, se va aprendiendo, se va construyendo, se va analizando”, como la idea del “nuk’uj”, que es la idea de ensayo, proyecto, inicio. Y se crea, se construye desde la colectividad.
El sistema mundo occidental, es decir el capitalismo
neoliberal-extractivista, está en crisis. Ha llevado al mundo hacia la
autodestrucción y aunque invente actividades, locales, regionales o
mundiales o se camuflaje de progresismo, de media izquierda, de medio
socialismo, sigue siendo de explotación y de destrucción. De esa cuenta,
el único sistema que puede refundar al capitalismo, reformar algo nuevo
y que es un paradigma contrahegemónico, anticolonial, antipatriarcal,
antirracista, es el sistema de los pueblos, anclado en la idea del
komun, como sistema de vida, donde todas se constituyen mutuamente de
forma complementarias y diferentes.
Quienes podrán abanderar, por decirlo de algún modo, este nuevo
modelo de movimiento o de pueblos en movimientos, son aquellos que
añoran o viven con la esperanza que algún día puedan volver a ser
autónomos de cualquier modelo imperialista, parasitaria.
No se construye o se diseña un paradigma de vida de forma muy
“esotérica”, “paranormal” o “mesiánica”. El paradigma o el sistema de
los pueblos, tampoco será producto de una espiritualidad
pentecostalista, alejado de la realidad de los pobres. Debe ser un
paradigma con una espiritualidad viva y dinámica, no nahualistico. Debe
ser una espiritualidad, que tenga por seguridad que el enfrentamiento
entre quienes añoran seguir con el capitalismo va a ser fuerte, como la
pelea de Jun Ajpu’ e Ixb’alamke y los Oxlaju’ Kame’ y su construcción
también será exigente, porque debe enfrentar la destrucción ecológica,
ambiental y humana que deja el viejo paradigma y sanarlo.
Finalmente, esto exige del consorcio o la articulación de todos los pueblos que añoran seguir viviendo y que no descansan su sueño en la democracia y el Estado, porque deben tener claro que la solución o la erradicación de la muerte ocasionado por este sistema mundo en crisis, no se puede construir desde ella. Por eso, el fracaso de la participación política de nuestros hermanos y nuestras hermanas dentro del Estado. ¿Cuántos años de integrarlos a los Estados y nada ha cambiado?, porque el sistema no cambiará desde adentro, si quienes van no cambian su vida, si siguen pensándose desde el capitalismo, aunque se identifiquen como miembros de los pueblos originarios. El cambio vendrá de la conjunción de todos y todas, con nuestra diferencias y complementariedades, pero su origen está en la “nueva conciencia humana, colectiva y diversa”, de ahí la idea, “cambio de actitudes”.
[2] Y cuando decimos sujetos, nos estamos refiriendo a todos el conjunto que algunos llaman biodiversidad y biocultural. De aquí nace el principio que todos tienen derechos y todos somos seres vivos.
En 1891, el papa León XIII publicó la encíclica Rerum novarum (Las cosas nuevas). Dicho documento gira en torno a la primera revolución industrial. El fondo de la carta plantea la cuestión laboral. La posición de la iglesia está en desacuerdo con los planteamientos del socialismo materialista y el capitalismo sin control. Como bien se sabe, el socialismo materialista es un planteamiento que tiene como finalidad la eliminación de la explotación y la construcción de un sistema en el que el común denominador sea la igualdad. Concepto básico del socialismo materialista es la lucha de clases y, la superación del capitalismo que explota la riqueza para una minoría. El socialismo materialista propone una revolución proletaria, cuya finalidad es que los medios de producción sean propiedad colectiva. Mas la Rerum novarum, el documento eclesial, no está de acuerdo con el socialismo materialista, en la tesis que sostiene que la sociedad mediante los modos de producción y las relaciones de clase, determinan la supraestructura de la sociedad, pues esta teoría niega la trascendencia espiritual del hombre.
La encíclica Rerum novarum frente a los excesos del capitalismo considera que la acumulación desmedida conduce a los trabajadores a la desvalorización, sin beneficio económico ni bienestar humano. Defiende la propiedad privada: “La propiedad privada es un derecho natural, pero no puede ser indiferente ante el sufrimiento de los demás.” Pretende la encíclica la función social de la propiedad. Reclama la armonía entre el capital y el trabajo. Frente al capitalismo desregulado proyecta que la actividad económica debe estar al servicio de las personas, invita a formar sociedades más justas, sin extravíos ideológicos.
En tiempos del pontífice León XIV, a distancia de la primera revolución industrial: molinos de harina, máquina de coser, segador de trigo, motor de vapor, ferrocarril; de la segunda revolución industrial: petróleo, caucho, electricidad; de la tercera revolución industrial caracterizada por la informática, telecomunicaciones y biotecnología, finales del siglo XX y; la cuarta revolución industrial de la inteligencia artificial, la robótica, el internet, la impresión 3D… en el presente 2025 ¿ cambiará la posición de la armonía entre los trabajadores y los capitalistas?
En un mundo de incesante “progreso”, en la atmósfera del capitalismo desregularizado, un sistema económico en que no hay intervención del Estado, de tal modo que no hay trabas para el desarrollo desmesurado. En las últimas décadas, el neoliberalismo golpeó la Seguridad Social, los contratos a término fijo, dio fin a las horas extras, dio al traste con la economía nacional, convirtió la Seguridad Social en un negocio, aumentaron las desigualdades. Pero, las empresas tienen libertad para definir estrategias, sin tener en cuenta la desigualdad social, mientras crecen sin mesura los monopolios y oligopolios. Es significativo que los Estados Unidos enviaran multitud de empresas a países y lugares donde los salarios fueran más bajos, pues de lo que se trata, no es otra cosa, que lo planteado por Max Weber. “De los cerdos se hace manteca y de los hombres dinero.”
«¿Por qué nos acecha la sensación creciente de que nada tiene sentido? ¿Por qué sentimos que el mundo se va a acabar?» Benjamín Labatut
No solo la ceguera sino también la locura eran provocadas por los dioses entre aquellos cuya perdición buscaban: la mitología griega abunda en ejemplos. Así, la ceguera del adivino Tiresias por haber visto desnuda a Palas Atenea o la locura inducida por Hera en Hércules, que asesinó a hijos y sobrinos. No es descabellado tomarlas -a la ceguera y la locura- como accionantes, en mayor o menor medida, a lo largo de la historia humana. Con una aclaración: hoy pueden ponerle fin. A la historia humana, me refiero.
Investigador de las causas de extinción de especies animales y vegetales, James Lovelock advirtió que si bien la vida en la Tierra no está en entredicho, lo que está en peligro es la civilización humana, dado que la Tierra la percibe como una amenaza. Pero la actual crisis civilizatoria no se limita a lo ambiental, abarca esta dimensión y también a la vida social, política y económica, todo ello interrelacionado, lo cual es importante destacar cuando se atiende a uno -o algunos- de sus aspectos, ignorando que solo considerándola en su integridad será posible arribar a auténticas soluciones. No tiene sentido, por ejemplo, pretender dar solución al cambio climático sin cambiar de raíz el actual modelo económico de producción, distribución y consumo (1). De aquí el fracaso o los muy modestos resultados de las acciones emprendidas en común o individualmente por numerosas naciones. Con meridiana claridad lo expresa Nancy Fraser: «la crisis democrática no es solo sectorial, sino una faceta de un conjunto de crisis más amplio que también abarca otras: ecológica, sociorreproductiva y económica. Enlazada de manera inextricable con esas otras, nuestra crisis democrática actual es un componente integral de la crisis general del capitalismo financiarizado. No es posible resolverla sin dirimir esa crisis general y por lo tanto, sin transformar por completo ese orden social» (en «Capitalismo caníbal»).
Porque escuchar tan a menudo expresiones como «estamos todos locos», «esto es una locura», «el mundo está loco», deberíamos hacernos reflexionar, antes de llegar a un punto de no retorno. El Doctor en Psicología Sebastián Plut resume el significado último de esas expresiones: «la horrorizada percepción de la autodestrucción de la que participamos por acción u omisión». También él se hace la pregunta que deberíamos inquietarnos a todos: «si el malestar en cultura surge de la exigencia de sofocar nuestra agresividad, ¿qué sucede cuando la cultura más bien la legitima y la expande? Y si hablamos del malestar en la cultura surge, inevitablemente, la figura de Sigmund Freud. Parece que no fue el optimismo uno de los rasgos de la personalidad de Freud. Y con razón: le tocó vivir el encumbramiento de la barbarie nazi. Era una mente lúcida, para él la felicidad -a propósito de la cual tantos filósofos reflexionaron- difícilmente podría integrar la lista de los posibles para el ser humano (por su sometimiento a las restricciones sociales, las fuerzas de la naturaleza, y su misma corporalidad). Fue él quien dejó bien establecido que la posibilidad de una vida en común descansa sobre erigir límites y barreras a la naturaleza agresiva del hombre, esto que llamamos «cultura».
En esta fase del capitalismo, legitimar y expandir la agresividad parece ser la consigna de muchos: el «principio de destrucción» está consagrado y el odio se convalida. Se trata de fenómenos que, como se señalaron arriba, deben ser abordados desde una perspectiva integrada. Éric Sadin y Byung-Chul Han, entre otros, proponen claves interpretativas convergentes. Afirma Éric Sadin que «el origen de la locura es cuando ya nadie cree en nada» y agrega :» cuando no hay un pacto común entre las personas, entonces llega el fin. Ese es el origen de la violencia y la locura «. Este planteo remite a lo que en otro filósofo, Byung-Chul Han, es una cuestión central: la crisis de la verdad, ese «mundo común» al que podríamos referirnos en nuestras acciones. Con las tecnologías de la información y la IA, la realidad, las verdades fácticas y el mismo impulso a la verdad pierden terreno. En una sociedad desintegrada en tribus, la palabra se divorció de la cosa: sin acuerdo por el cual las palabras remiten a las mismas cosas, el conflicto está asegurado (2). La verdad como producto del entendimiento y el consenso no se puede confundir con la información digital ni con la mera impresión subjetiva (“truthiness”): ausente la verdad, queda expedito el camino a la desintegración de la sociedad.
Ëric Sadin habla de un «punto común», Byung-Chul Han del «mundo común»: en ambos casos, lo común, la comunidad es en definitiva la que está amenazada o dañada, ese «punto de encuentro en donde todos se ponen de acuerdo para evitar el caos, la dispersión y la destrucción». La última cita se lee en la nota publicada bajo el título «La psicosis como estrategia política en la era Milei», donde el psicoanalista Antonio Gutiérrez asegura que la mentira y la locura han sido instrumentadas como método. La degradación de la palabra, la mentira, la ruptura con el acuerdo social que está en la base del hecho lingüístico señalado por Gutiérrez cuadran bien con el impulso de destrucción («Soy el que destruye el Estado desde adentro») y el odio de este presidente («la gente no odia lo suficiente a los periodistas»). Pero lo que cuenta no es la figura de Milei, sino el hecho de que a través de él se pone de manifiesto que, como afirma Gutiérrez, «las perversiones, la locura y la psicosis aparecen en estos momentos como consustanciales, armónicas y estructurales a la fase actual del discurso capitalista».
(1) El daño ambiental, en el ejemplo provisto por Benoit Bréville (Le monde diplomatique, «Otro proteccionismo es posible»): «(…) las gambas pescadas y precocinadas en el Mar del Norte, enviadas en camión a Marruecos para ser peladas, luego devueltas a los Países Bajos para su envasado, antes de ser vendidas en Alemania: trece días de la red al supermercado y 6.500 kilómetros recorridos».
(2) Éric Sadin: «Si una persona dice «vaso» y unos entienden una cosa y otros otra, entonces no podremos entendernos y la desconfianza seguirá en aumento»
El hábito, tan en boga, de equiparar a Stalin con Lenin es vergonzoso. En términos de personalidad Stalin ni siquiera resiste la comparación con Mussolini o Hitler. Estos dos dirigentes victoriosos de la reacción italiana y alemana, a pesar de lo paupérrimo de su ideología fascista, han demostrado iniciativa, capacidad de despertar a las masas y abrir nuevos caminos. No podemos decir lo mismo de Stalin. Surgió del aparato, es inconcebible sin él. Sólo puede acercarse a las masas por intermedio del aparato… Stalin pudo elevarse por encima del partido cuando el deterioro de las condiciones sociales en la época de la NEP le permitió a la burocracia elevarse por encima de lasociedad.
León
Trotsky. Los
crímenes de Stalin
(1937)
“¿En
que categoría ponemos a la difunta, según usted, ciudadano?”
Kostia
se encogió de hombres y preguntó con ira:
–¿Hay
alguna categoría de crímenes colectivos?
Victor
Serge. El
Caso Tuláyev
A la memoria de Esteban Volkov Bronstein (Sieva) 1926–2023, quien supo preservar el legado revolucionario de su abuelo.
La
creación del Estado de Israel un 14 de mayo de 1948 tuvo todo el
apoyo político y militar de la URSS estalinista. A 77 años, casi
ocho décadas de esta infamia histórica, se está cometiendo un
genocidio de la población palestina en la Franja de Gaza. Desde
cierta perspectiva histórica Stalin es uno de los responsables de
uno de los mayores crímenes de lesa humanidad actuales. Más aún,
la burocracia estalinista también es responsable del derrumbe de la
URSS en diciembre de 1991. Trotsky, en su libro La
Revolución traicionada (1936),
pronosticó el colapso del terror totalitario soviético. Stalin tuvo
muchos gánsteres por el mundo, uno de ellos fue Vittorio Vidali
(alias Enea Sormenti, Comandante Carlos, etcétera), otro fue Pável
Sudoplátov (estratega del asesinato de Trotsky y de crímenes
durante la Guerra Civil Española), pero hoy día si tuviera uno a la
mano podría ser, sin duda, Benjamín Netanyahu; aunque Netanyahu es
un mercenario poderosísimo al servicio de Donald Trump. En lugar de
la GPU sería el Mossad.
Israel
es una creación política artificial e ilegítima de un nacionalismo
extremo judeo–sionista sustentado en un colonialismo de limpieza
étnica, colonialismo de asentamiento y tierra arrasada para la
apropiación de tierras ajenas con hiperviolencia militar genocida
supremacista racista–teocrático. A la fecha se estima, desde el 7
de octubre de 2023, una cantidad de cercana a 70 mil muertos, en su
mayoría niños, mujeres y ancianos.
Al
igual que la política sostenida por los nazis para su expansionismo
territorial bajo la práctica de Lebensraum
(espacio vital), los israelíes lo hacen usurpando tierras palestinas
mientras expulsan a la población nativa a concentrarse en guetos, en
un apartheid con bantustanes, territorios segregados para la
población palestina y privarles de sus derechos políticos. Gaza, de
hecho, es la cárcel al aire libre más grande del mundo. El 5 de
mayo pasado el gabinete de seguridad israelí aprobó un plan para
expandir las operaciones militares en Gaza, que incluye la
«conquista» del territorio palestino y el desplazamiento de
la población. Es una “conquista” muy fácil porque no se
enfrentan a ningún ejército enemigo. La ciudad de Gaza está
prácticamente destruida. Su población estimada en 2021 era de unos
casi 650 mil habitantes, la ciudad más poblada de Palestina. Hoy
está totalmente en ruinas como muchas ciudades europeas o japonesas
durante la II Segunda Guerra Mundial.
Alrededor
del 14 de mayo de 1948 se cometieron matanzas como la de Deir Yassin,
aldea palestina cerca de Jerusalén. El 9 de abril de 1948, en
vísperas de la guerra árabe-israelí de 1948-1949, la aldea fue
destruida por fuerzas paramilitares sionistas sembrando el terror
entre los asentamientos árabes–palestinos. Ese 14 de mayo es una
fecha nefasta para la nación Palestina que los sionistas celebran
como Día de la Independencia, aunque no hubo ninguna independencia
porque nunca estuvieron sojuzgados por ninguna nación extranjera a
menos que consideremos la retirada de las tropas británicas
establecidas en Palestina por mandato de la Sociedad de la Naciones
en 1922; el Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda administraban
estos territorios de facto –una especie de protectorado– desde
1917 con la caída del Imperio otomano que dominaba la región del
Levante meridional. Antes de la primera Guerra Mundial, el último
sultán de Constantinopla y del Imperio Otomano, Mehmed VI, abrió
Palestina a la colonización sionista, pero fueron Inglaterra y
Francia las que crearon en 1919–1920 Estados árabes de naturaleza
feudalburguesa y con fronteras artificiales.
David
Ben-Gurión, primer ministro, el 14 de mayo, con el himno nacional
sionista, el Hatikva, y bajo el retrato de Theodor Herzl, proclamó
la “independencia de Israel”. Ben-Gurión estaba decidido a
concretar lo que consideraba “el derecho
natural del pueblo judío de ser dueño
de su propio destino, con todas las otras naciones, en un Estado
soberano propio”, como decía la declaración. Pero ser “dueño
de su propio destino” implicaba ser dueño de tierras ajenas y la
negación de Palestina como Nación. Una negación que significa su
exterminio como pueblo.
No obstante que la URSS estalinista apoyó plenamente la creación del nuevo Estado, al poco tiempo el gobierno israelí se convirtió en un policía militar del imperialismo yanqui en el Medio Oriente. Desde finales de la década de los 40, Israel se convirtió en un proyecto colonial al servicio del imperialismo estadounidense. Israel es consecuencia directa de la II Guerra Mundial: por un lado el Holocausto (Auschwitz); el antisemitismo extremo como forma de exterminio por la violencia nazi: la solución final, el asesinato en masa de los judíos, el genocidio como justificación para dotar de una tierra segura a los judíos de Europa y de la URSS; por otro, lo más importante, como una forma de colonizar una región para los intereses imperialistas estadounidense, inglés y francés en tanto bastión político–militar; una región estratégica para el dominio de las grandes potencias capitalistas. Desde el inicio del siglo paso, el Medio oriente se convirtió en la región más conflictiva bélicamente del mundo, derivado de la presencia estadounidense. “Los EEUU tuvieron mucho éxito en la consolidación de la hegemonía sobre la región y su petróleo. Sin embargo, sólo pudieron lograrlo fomentando entre los estados y pueblos unos antagonismos que produjeron una serie de guerras…”.i
Esta
zona geopolítica en disputa después de la II Guerra Mundial no pasó
desapercibida para los intereses de la burocracia soviética, lo que
le llevó a intervenir en favor de la conformación del Estado
sionista.
Un
15 de mayo de 1948, después de la matanza de Deir Yassin, vendría
la Nakba
(catástrofe o desastre para los palestinos), como consecuencia
inmediata de la fundación del Estado sionista. La Nakba
es la expulsión y huida de 750 mil palestinos, el despoblamiento y
destrucción de más 500 pueblos palestinos por la Fuerza de Defensa
de Israel (FDI), conformadas el 26 de mayo de 1948, pero que ya venía
atacando despiadamente con organizaciones terroristas como Haganá,
Irgún y Lehi. Dicha fuerza militar más que operar como ejército
defensivo es el principal instrumento de hiperviolencia del
colonialismo sionista –un nacionalismo de ultraderecha expansivo,
con rasgos fascistas– y del genocidio palestino. La Nakba
también significa la negación del derecho palestino al retorno a
sus tierras ancestrales –cuestión que apoyó la URSS en la ONU–
y es el inicio de la limpieza étnica. Guardando las proporciones, la
Shoa
(Holocausto) y la Nakba
tienen muchas semejanzas (genocidios); una de ellas es la política
de exterminio de la población considerada como indeseable o enemiga.
No se necesitan cámaras de gases ni hornos crematorios para asesinar
a decenas de miles de niños, mujeres, ancianos, médicos,
estudiantes, periodistas y poetas. Se necesitan tropas de ocupación,
misiles, y un bloqueo criminal de alimentos y medicinas; la hambruna
está diezmando a los gazatíes. Es un Estado de sitio permanente
bajo formas terroristas con el pretexto de la amenaza de Hamas. El
terrorismo del Estado israelí es parte orgánica del mayor
terrorismo de Estado que históricamente representa los Estados
Unidos.
¿Es
posible ser prosionista y antisemita?
Si,
es posible, Stalin lo personificó. Ciertamente es un oxímoron, una
contradicción flagrante Esta antinomia es un aparente embrollo
ideológico–político, pero la historia de los hechos verdaderos da
luz sobre una serie de giros delirantes estalinistas inmersos en un
proceso conflictivo que a la fecha tiene consecuencias terribles y
dramáticos para uno de los protagonistas dolientes como es el pueblo
palestino. Stalin era antisemita en lo general, pero,
contradictoriamente, en lo particular estaba del lado del judaísmo
sionista–terrorista.
Desde
nuestro punto de vista es imposible explicar el proceso de
construcción del Estado judeo-sionista a partir de mayo de 1948 sin
la intervención decisiva del Estado soviético encabezado por Iósif
Vissariónovich Dzhugashvili (Stalin).
El
genocidio no inició el pasado 7 de octubre de 2023, se remonta a
muchas décadas atrás, es el genocidio más largo de la historia
moderna. El inicio de la historia de las atrocidades criminales
cometidas por los sionistas–israelíes a los palestinos casi corre
paralela a la del Holocausto del pueblo judío. Desde las primeras
décadas del siglo pasado, las constantes migraciones de judíos
europeos a Palestina llevan inherente la violencia colonialista,
particularmente desde la década de los 30.
La
cronología del Holocausto puede establecer las fechas del 1 de
septiembre de 1939 al 2 septiembre de 1945. Es posible considerar que
la persecución sistemática de los judíos perpetrada por el
fascismo alemán inició desde 1933. El 1 de septiembre de 1939 es la
fecha de la invasión de las tropas nazis a Polonia y, algo
importante, el 28 de septiembre de ese año se establece la alianza
entre los gobiernos alemán y soviético con la enmienda secreta al
Pacto Molotov-Ribbentrop para la partición de Polonia. Los
estalinistas siempre acusaron y acusan a Trotsky de actividades
antisoviéticas, agente del imperialismo estadounidense y haber
colaborado con el nazismo, una calumnia infame; pero lo cierto es que
Stalin si fue aliado de muchas formas con Hitler y después con los
Estados Unidos e Inglaterra. El ascenso de Hitler al poder en 1933
también se deriva de la consigna estalinista de que la
socialdemocracia alemana es un socialfascimo –fue una tesis
defendida por la Internacional Comunista (Komintern) entre 1928 y
1935 que sostenía que la socialdemocracia era equivalente al
fascismo ya que ambos se oponían a la revolución comunista.
El primer antisoviético liderando un proceso
contrarrevolucionario fue, paradójicamente, el propio Stalin como
sepulturero de la Revolución
(Trotsky dixit).
El
antisemitismo en la URSS estalinista
“Iván el Terrible les acusó de emponzoñar almas y les prohibió la entrada en la Santa Rusia. No tuvieron más suerte unos siglos más tarde. lósif Stalin no sólo cerró fronteras ante las oleadas de judíos que llamaban a la puerta de la URSS, sino que entregó a algunos de ellos –entre 1939 y 1941– a la Gestapo. Hoy, en Moscú, los neoestalinistas se manifiestan junto a los nostálgicos del zarismo; no se trata de una alianza contra natura: el estalinismo heredó, entre otras cosas, su antisemitismo del zar, no de la Revolución de Octubre”, afirma Pierre Broue. ii
El
antisemitismo en la Rusia zarista era muy arraigado, quizá mucho más
que en la Europa occidental. Este rechazo a los judíos durante el
zarismo era de siglos atrás. Sujetos a confinamiento, leyes
discriminatorias, y víctimas de pogromos (linchamientos masivos y
destrucción de sus bienes). Con el triunfo de la Revolución de
Octubre se liquidaron siglos de antisemitismo zarista. Fue prohibido
legalmente por el gobierno soviético revolucionario, aunque
persistía como herencia en muchos sectores populares con prejuicios
y chovinismo étnico, incluido hasta en el seno del bolchevismo con
los sectores más atrasados políticos y en conflictos personales
como en la rivalidad entre Stalin y Trotsky.
El proceso revolucionario abolió leyes contra los judíos considerado como un pueblo al margen de la ley. Muchos dirigentes bolcheviques tenían orígenes judíos como el propio Lenin. Los terribles Procesos de Moscú (1936–1938) llevados a cabo por Stalin tuvieron como víctimas a numerosos judíos acusados falsamente de conspirar contra el gobierno soviético. Las purgas estalinistas, en realidad asesinatos, fusilamientos o encarcelados en el Gulag, también tuvieron víctimas de judíos bolcheviques revolucionarios. Hubo millones de asesinados; un genocidio. Pierre Broué analiza extraordinariamente esas atrocidades y la resistencia: Comunistas contra Stalin. Masacre de una generación. iii
Notas:
i Harman, Chris. La otra historia del mundo. Una historia de las clases populares desde la edad de Piedra al nuevo milenio. Ediciones Akal, Madrid, 2013.
Bertolt Brecht afirmó: “Aquellos que están contra el fascismo sin estar contra el capitalismo, que se lamentan de la barbarie que origina la barbarie, se parecen a los que quieren comer su tajada de ternera, pero no quieren que se mate la ternera”. De esta forma el escritor alemán dejó claro que la genuina lucha antifascista implicaba el derrocamiento del capitalismo que es la matriz del fascismo.
A 80 años de la derrota del fascismo y la victoria de la Unión Soviética, y como homenaje a los combatientes antifascistas, es necesario repensar y revaluar el concepto, pues muchos lo emplean erróneamente como medio para criticar o desacreditar políticas consideradas “reaccionarias”. Este uso olvida que, en la era del imperialismo o capitalismo parasitario, todo gobierno capitalista es esencialmente reaccionario al oponerse al cambio revolucionario de la sociedad.
Hay quienes desde hace décadas anunciaron el regreso del fascismo, lo cual es erróneo, banalizan el concepto de fascismo y proceden de forma irresponsable, contribuyen a la confusión política, y subestiman la barbarie que padecieron los pueblos de la Unión Soviética y Europa con esta forma de dominación de la burguesía. ¿Es correcto llamar fascistas a los gobiernos burgueses que no cumplen con la agenda de política “progresista”? ¿Son fascistas los gobiernos burgueses que no siguen una política de “humanización del capitalismo”?
Acusar de fascista a un gobierno o determinadas figuras políticas favorece al bloque de políticos burgueses que se presentan con las etiquetas de “progresismo” o “keynesianismo”, pero que igualmente representan los intereses de los monopolios. Este enfoque sugiere que, si bien el fascismo es inaceptable, un gobierno capitalista con tintes “progresistas” sería tolerable. Así, la citada reflexión de Brecht resulta nuevamente pertinente: ¿es posible combatir el fascismo promoviendo otra forma de gobierno capitalista, o el camino correcto es el derrocamiento del capitalismo en su totalidad?
En tiempos recientes, la palabra fascismo también se ha usado para describir acciones represivas de ciertos gobiernos, como si el Estado burgués no fuera por naturaleza un aparato de represión. Asimismo, se emplea para denominar políticas de expansión territorial y explotación de pueblos, acciones inherentes a la dinámica imperialista y no exclusivas del fascismo. Este término también se utiliza de manera laxa al asociarlo con políticas racistas, olvidando que el racismo fue una herramienta de expansión colonial de los países capitalistas desde el siglo XIX.
Las tergiversaciones del concepto del fascismo también se apoyan en la corriente ideológica, en la que participa Hannah Arendt, que ha promovido el concepto de “totalitarismo” para equiparar a los gobiernos fascistas con la democracia socialista de la URSS. Esta banalización, sustentada en campañas de propaganda antisoviética, ha sido aprovechada por la burguesía de países como Polonia, Ucrania, Lituania, Georgia, Letonia y Eslovaquia, para decretar la ilegalización de la labor de los comunistas. Cabe aclarar que esto no implica un ascenso del fascismo en dichos países, pues la política anticomunista es también inherente a los gobiernos burgueses.
Otra posición política afirma que la supresión del parlamento y la democracia (burguesa) son muestras del ascenso del fascismo. Esto también es falso, pues la dictadura burguesa sin ser fascista puede suprimir el funcionamiento de la democracia, digámoslo con claridad, “democracia burguesa”. Cabe recordar que para el marxismo ortodoxo la democracia no existe en abstracto, sino que siempre tiene un carácter de clase, burgués o proletario.
Entonces, ¿cuál es la esencia de fascismo? Es la expresión y forma política más apta para hacer frente a las fuerzas revolucionarias en ascenso, es decir, como medio para la represión del enemigo de clase interno. Al mismo tiempo, el fascismo fue utilizado por los países capitalistas para afrontar a otros estados capitalistas oponentes, acción para la cual requerían de la alineación masiva de las fuerzas populares con los intereses burgueses.
Hoy no estamos frente a un ascenso de las fuerzas revolucionarias que deseen derrocar los estados burgueses para construir el socialismo. Por tanto, la burguesía por ahora no tiene necesidad de utilizar el fascismo como forma de gobierno.
Otra cuestión que repensar sobre el fascismo es la forma en que se le debe enfrentar. La experiencia histórica del movimiento comunista internacional ha legado la fórmula de la aplicación de la táctica del frente popular como medio para combatir al fascismo, la cual consiste en la colaboración entre comunistas y fuerzas burguesas “progresistas”.
Pero el resultado de esta colaboración no acercó a los comunistas a instaurar gobiernos socialistas, por el contrario, esta táctica llevó a que las organizaciones comunistas diluyeran sus aspiraciones de transformación radical de la sociedad, y desplazaran el horizonte estratégico de la democracia socialista en favor de la conservación de la democracia burguesa como mal menor frente al fascismo.
Quienes desde hace décadas han anunciado erróneamente el ascenso del fascismo, sin atreverse a cuestionar lo acertado o equivocado de la táctica del frente popular antifascista, desean repetir la historia ahora como farsa y llaman a que las organizaciones revolucionarias que buscan el derrocamiento del capitalismo, colaboren con los sectores “menos reaccionarios de la burguesía” y, por tanto, a que la aspiración de una sociedad socialista se aplace para defender a la democracia burguesa. Y así las fuerzas anticapitalistas que son la verdadera izquierda, se entrampen sometiéndose a gobiernos capitalistas.
Hoy no hay un ascenso del movimiento comunista que la burguesía busque reprimir usando el fascismo. ¿Hay seriedad en llamar fascistas a los gobiernos de Trump, Bolsonaro, Milei u similares? Y más aún, ¿es correcto para quienes desean derrocar al capitalismo, apoyar a un gobierno burgués progresista frente a Bolsonaro, o ponerse de lado de Biden para hacer frente a Trump?
De acuerdo con Brecht, someter o aplazar el programa de transformación revolucionaria de la sociedad en pro del mantenimiento de un tipo de gobierno, y pensar en que los revolucionarios tienen por principales aliados de la lucha antifascista a las fuerzas burguesas, es un error y algo absurdo, pues es lo mismo que decir que se luche contra el fascismo sin luchar contra el capitalismo.
Cuando Estados Unidos tenía esclavos de grilletes, se presentaba como ejemplo de democracia. Aún hoy se insiste en que nunca ha tenido una dictadura.
El apartheid de Sudáfrica era defendido por Ronald Reagan como un bastión de la libertad en aquel continente lleno de negros propensos al socialismo, mientras Nelson Mandela ocupaba la lista de “peligrosos terroristas” de Londres y de Washington.
¿Cómo es posible que Israel, otro régimen de apartheid según todas las organizaciones intrnacionales de Derechos Humanos y según muchos israelíes, sea definido como una democracia? Un régimen brutal, con licencia para matar y masacrar a gusto, con todos los billones de dólares extranjeros en armas y alta tecnología, y llorar como si fuese la víctima universal.
¿En qué mente decente cabe que mientras se masacra a decenas de miles de niños se insista que esos y todos los niños que aún sobreviven hambreados, traumatizados y amputados deben morir y, como si esto fuese poco, son adulados por los temblorosos (temblorosos) líderes de la derecha y de la izquierda mundial?
Tengo una colección de amenazas cobardes (baneos, listas negras) y ninguna me asusta, pero también tengo la solidaridad de innumerables judíos decentes que no se dejan corromper por esa ideología fanática, racista y supremacista.
Lo repetiré una y mil veces. Pueden matar todos los miles de seres humanos que quieran, pueden amenazar a los miles de millones de habitantes de este planeta que protestan contra esta barbarie, pero nunca podrán matar la dignidad ajena que los cobardes genocidas, muy bien armados y adulados, nunca tuvieron.
La historia les tiene reservada una cámara séptica a la vuelta de la esquina.