Que se callen los cañones
Un mundo sin compromisos
Desde principios de año, el mundo ha estado dos veces al borde del uso de armas nucleares. Si el conflicto entre India y Pakistán se desató rápidamente y ambos países se separaron para celebrar su propia victoria, la guerra en Ucrania está cobrando cada vez más fuerza.
Europa se está armando y preparando para suministrar sistemas cada vez más mortíferos, empujando a Kiev a utilizarlos. Moscú reacciona mostrando su determinación y capacidad, recordando constantemente su disposición a pasar de los ataques con armas convencionales al uso de armas estratégicas.
Lo más alarmante es que el papel de la diplomacia como medio para resolver conflictos y mitigar contradicciones se ha reducido al mínimo. El trabajo diplomático está devaluado. Los canales diplomáticos para el mantenimiento de contactos entre adversarios (para lo que surgió la diplomacia) han perdido su valor. Ya nadie les cree, las redes sociales han ganado su confianza.
Las partes en conflicto utilizan las capacidades de sus propios Ministerios de Asuntos Exteriores, en su mayor parte, para hacer sonar en voz alta sus demandas ultimativas entre ellos sin siquiera ocultarlas en aras de la cortesía política.
De hecho, se ha perdido el arte del compromiso. Ha sido sustituido por la creación de informes convenientes, muy solicitados en las cancillerías, y por tuits de comisionado en la X.
La crisis de los intermediarios respetables
La época actual ha puesto de manifiesto la ausencia de intermediarios en las negociaciones entre las partes en conflicto.
Se puede discutir mucho sobre el papel de la ONU en el siglo XXI; sin embargo, es evidente que su influencia en la resolución de conflictos mundiales ha disminuido notablemente en comparación con el período anterior. Pero evitar grandes enfrentamientos militares fue uno de los motivos y objetivos de su creación después de la Segunda Guerra Mundial.
De hecho, hoy en día no hay ningún político en el mundo capaz de actuar como un mediador eficaz y respetuoso con todas las partes en conflicto.
Ha llegado el momento de reconocer lo obvio. Los actuales líderes mundiales no quieren escucharse unos a otros. Se basan en el antiguo principio de «entonces que hablen las armas».
Desafíos globales
Lamentablemente, todo esto ocurre en un momento en que la humanidad se enfrenta a desafíos y amenazas globales.
La pandemia de COVID-19 ha demostrado claramente que ya nos enfrentamos a un enemigo común que no tiene piedad y no distingue entre razas, nacionalidades o creencias (https://www.un.org/sg/en/).
La victoria sobre el coronavirus, si es que se puede llamarla así, ha demostrado que los países no están preparados para hacer frente rápidamente y de manera efectiva a este tipo de desastres.
Las rutas comerciales y logísticas internacionales no están suficientemente protegidas. La economía mundial es vulnerable. No existe un sistema de respuesta médica unificado para este tipo de amenazas.
La OMS está constantemente vigilando la posibilidad de que aparezcan nuevas pandemias. Si una enfermedad más letal que el COVID-19 nos atacara de nuevo, sería difícil estimar el tipo de destrucción irreversible que supondría para el mundo.
La comunidad internacional necesita unirse y redoblar sus esfuerzos para combatir estos desafíos, pero los principales líderes mundiales están ocupados en la guerra y prefieren verse a sí mismos a través del visor de las armas.
La tecnología avanza sin cesar. La humanidad está a punto de crear una inteligencia artificial con gran alcance, capaz de superar el potencial intelectual de los seres humanos en el menor tiempo posible.
Los beneficios pueden ser enormes, pero también lo son los desafíos. Un error cometido ahora puede hacer realidad rápidamente los horrores más terribles de la guerra de los hombres contra las máquinas que vemos en las películas de Hollywood. Sin embargo, la gente sigue infectada con la epidemia de la guerra entre sí y no ve nada más.
La Guerra
Cualquier guerra no solo es una catástrofe humanitaria, sino también un freno para el desarrollo de la humanidad, especialmente en la era de la globalización. Quema recursos tan valiosos como el tiempo y los materiales. En cambio, solo trae decepción y desilusión, y no hay nada que se pueda hacer para remediarlo.
En todo el mundo, los conflictos armados están en aumento y son los ejércitos enfrentados los que intentan corregir los errores de los diplomáticos (https://www.picturequotes.).
Pero solo aumentan el dolor, la sangre y la destrucción. Muchos ciudadanos, mujeres y niños se ven obligados a abandonar sus hogares y convertirse en refugiados en su propio país.
Naciones y estados enteros se encuentran al margen de la historia y sin futuro. En un mundo que debería estar marcado por la prosperidad y el bienestar, el miedo y el odio se han vuelto cada vez más comunes.
Europa y el mundo entero están al borde de la Tercera Guerra Mundial, que tendría consecuencias globales para toda la humanidad. Sin embargo, el conflicto en Ucrania se agrava. El país ha perdido varios millones de habitantes, que han muerto o se fueron a otros estados.
La región de Oriente Medio está llena de sangre. El pueblo palestino está viviendo una verdadera tragedia, pues está perdiendo a su gente, su tierra y, con ello, la esperanza de crear un Estado palestino independiente.
Israel no está a salvo de los atentados terroristas.
La guerra civil en Siria ha mostrado al mundo la magnitud de la terrible catástrofe que sufre su pueblo, cuyas consecuencias se han dejado sentir en Europa, que se ha convertido en un foco de atracción para decenas de miles de migrantes.
Todavía no se han recuperado de las consecuencias de las recientes guerras de Irak y Yemen.
El continente africano sigue estancado por conflictos locales, ahogado por ataques terroristas, lleno de injusticias y dispuesto a tomar las armas para dar una vez más a sus naciones y pueblos la oportunidad de defender su Verdad última.
¿Podrán estos países recuperar su solidez política, lograr un crecimiento económico sostenible y prosperidad para sus ciudadanos? Esto requerirá muchos recursos, esfuerzo y tiempo. Y lo más importante es la sabiduría política, que es ahora el bien más escaso en las relaciones internacionales.
Demanda de cambios
La historia de la humanidad se desarrolla en espiral. Estamos, como en el siglo pasado, acercándonos de nuevo a un abismo en el que nos esperan guerras globales y una muerte humana a gran escala. No caer en ella, encontrar en ti la fuerza para renunciar a las ofensas momentáneas y a las adquisiciones egoístas no es una tarea trivial. La humanidad aún no puede presumir de haber aprendido a resolverla de manera estable.
Sin embargo, eso no significa que no podamos hacerlo ahora. Es necesario hacer todos los esfuerzos posibles para alcanzar la reconciliación y el compromiso. La paz debe ser la máxima prioridad y el objetivo número uno para todos los países, o nuestra civilización no tendrá futuro.
¡Hay que hacer callar a los cañones!
India, Pakistán, humo y niebla
Según lo que se conoce, es responsabilidad de un casi desconocido Frente de Resistencia de Cachemira (FRT), que a la vez es un desprendimiento o estaría articulado por el grupo armado Lashkar-e-Taiba o LeT (Ejército de los Puros), que se presume desde siempre una creación del Inter-Services Intelligence (ISI), la inteligencia del ejército pakistaní.
Aunque en este juego de mamushkas a nadie sorprendería que el ataque haya sido una operación alentada por el mismísimo Narendra Modi y su ministro del interior y pareja política de hace más de veinticinco años, Amit Shah, que desde las matanzas de musulmanes en Gujarat de 2002 son responsables de infinidad de operaciones de falsa bandera y no tanto, casi siempre contra la comunidad islámica.
Aunque desde el comienzo de la operación Sindoor, lanzada por India para castigar a los presuntos responsables del ataque del 22 de abril, se activó una imponente guerra de desinformación desde uno y otro bando con la que se intentó ocultar el curso de las acciones, articuladas fundamentalmente hacia sus propios pueblos. Reafirmando una vez más aquello de “la primera víctima de la guerra…”.
Desde entonces versiones sobre el derribo de aviones, capturas de batallones enteros, avances sobre territorio enemigo, toma de ciudades, destrucción de bases, ciberataques que habían destruido redes eléctricas, detención de altos jefes militares e incluso un golpe de Estado, cruzaron las fronteras con mayor velocidad que los verdaderos misiles con los que sí se produjeron algunos daños, aunque no tan graves para no olvidar convenientemente.
Hasta algún alto jefe del militar indio se atrevió a afirmar: “Mañana desayunaremos en Rawalpindi”, la ciudad que es base del cuartel general del ejército pakistaní, a unos doscientos cincuenta kilómetros de la frontera india. En muchos casos esas mentiras fueron apoyadas por imágenes que más tarde se comprobaría que fueron producto de inteligencia artificial (IA) o pertenecían a guerras ajenas.
Este conflicto, a nivel global, tiene un solo beneficiario, y como siempre son los Estados Unidos, mientras que para Rusia y mucho más para China, podría traer consecuencias extremadamente negativas en lo estratégico y económico, repercutiendo de manera negativa también en Irán.
Moscú, por ejemplo, trabaja con Islamabad para la construcción de un ferrocarril transeurasiático que uniría Rusia con India a través de su territorio, además de estar programando darle un fuerte impulso a la alicaída industria siderúrgica de ese país. Proyectos por los que Rusia, hace años, mantiene neutralidad en el eterno conflicto indo-pakistaní y mucho más en su último capítulo.
Por lo que el ministerio de Exteriores ruso ha extremado las acciones, tratando de mediar ya no solo entre Islamabad y Nueva Delhi, sino también con Beijing, que desde hace décadas ha invertido en importantes proyectos en Pakistán, sino que además tiene algunas cuentas fronterizas pendientes con India, además de recordar que también tiene una porción en el disputado pastel cachemir.
Aunque estrictamente sobre la microguerra del mes de mayo, en los últimos días el jefe del Estado Mayor de Defensa de la India, general Anil Chauhan, reconoció que durante la Operación Sindoor, que se lanzó para eliminar a los terroristas y contener cualquier avance de Pakistán, el ejército indio cometió graves fallos e incluso sufrió pérdidas de algunos aviones de combate, calificando esos “incidentes” como errores tácticos. Manifestando además la necesidad de corregirlos para permitir que el ejército pueda reanudar sus operaciones cuando le sea requerido por el poder político.
Mientras que Islamabad continuó sus operaciones en Waziristán del Norte, en la frontera con Afganistán, donde eliminó a catorce muyahidines del Tehrik-e-Taliban Pakistan, los que según esas fuentes cuentan ahora con mayor apoyo financiero y táctico de India. También se informó que el día 3 de junio apareció muerto sin razones evidentes que explicaran la causa de su muerte, en Bahawalpur, en la provincia pakistaní de Punjab, Abdul Aziz Esar, uno de los emires del Jaish-e-Mohammed (Ejército de Mahoma), otra de las formaciones presuntamente financiadas por la inteligencia pakistaní para operar en Cachemira y otras regiones de India. Por lo que no sería extraño que ese líder haya sido eliminado por algún agente de India.
Miente, miente, que algo quedará
La problemática fronteriza entre Pakistán e India por Cachemira, una trampa que dejó preparada el colonialismo británico tras su retirada en 1947, podría ser comparable a otras tantas en diferentes regiones como Etiopía-Somalia, Nicaragua-Costa Rica o Serbia y Kosovo, entre otras muchas semejantes alrededor del mundo, pero quizás ninguna tan basada en el odio religioso como el que practica el Gobierno de Narendra Modi contra la comunidad musulmana.
Con unos doscientos veinte millones de fieles, el islām indio se convierte en la tercera población musulmana más grande del mundo después de Pakistán con doscientos cuarenta y ocho y de Indonesia con otros doscientos treinta millones.
Lo que para el actual Primer Ministro de India ha sido desde siempre una excelente excusa para sus campañas electorales. Desde sus inicios, cuando se candidateaba como ministro principal (gobernador) de Gujarat en 2001, hasta la que lo llevó a su tercer mandato como primer ministro el año pasado.
Por lo que la instrumentación del odio no es para nada un fenómeno nuevo en el prontuario político de Modi, aunque cuando tiene que golpear otros sectores religiosos o políticos tampoco duda, aunque lo tenga que hacer muy lejos de sus fronteras, como ya ha sucedido contra miembros de la comunidad sij exiliados en Canadá, Reino Unido o los Estados Unidos (Ver: India, cuando los dioses matan a distancia).
Aunque la exacerbación del odio al islām ha sido siempre su leitmotiv, para lo que no escatimó en recursos ni midió sus mentiras. Ni siquiera siendo la máxima autoridad de una nación que ya puede ser considerada una potencia mundial, ha dejado de acompañar sus mentiras con un lenguaje soez, brutal, callejero, digno de un netaji (politiquero) de provincia.
Modi ha utilizado, como nunca antes ningún jefe de gobierno indio, su poder casi mesiánico para estigmatizar a una minoría, lo que marca un momento crítico para la democracia del país articulando prejuicios, odio y calumnias de todo tipo. Que apunta a convertirlos en enemigos de la Madre India y de la Hindutva.
Investigaciones periodísticas han recopilado la larga lista de estos exabruptos que incitan de manera descarada al odio y la aniquilación del diferente en sus discursos e intervenciones públicas desde 2013, cuyo patrón común es la estigmatización y demonización de la comunidad islámica de India.
Un mismo patrón empapa sus discursos: el odio al islām desde 2013 a 2024, donde los musulmanes reciben acusaciones de ser infiltrados, extraños y extranjeros que han llegado a India de manera ilegítima, quitando trabajo y beneficios a los nacionales. Ninguna novedad en tanto discurso neofascista de la actualidad, en donde sea que estas pústulas sociales hayan reencarnado y, en India, el Bharatiya Janata Party (BJP), el partido de Modi, es una clara referencia.
En sus giras electorales más allá de ser un fanático hinduista tiene al menos la gentiliza de nombrar a los dioses prominentes de las comunidades que visita como pueden ser el Mahavir, del jainismo, obviamente Buda o el gurú Gobind Singh del sijismo, aunque nunca en ninguna ocasión se ha referido a ningún nombre relacionado con el Islām.
En el abanico de acusaciones utilizadas por Modi se incluyen desde la práctica de la caza furtiva de rinocerontes en el Parque Nacional de Kaziranga, en el estado de Assam, en el noreste del país al sur del río Brahmaputra, al acoso sexual de niñas hindúes, instrumentar los precios de las verduras por parte de los agricultores musulmanes, acaparando deliberadamente sus productos para aumentar sus precios, generar desabastecimiento y por último, lo más obvio, instalar la idea de que detrás de cada musulmán hay un terrorista.
Modi relaciona a los musulmanes con lo que él define como los grandes males de la India, que compendia en la dinastía, como llama al liderazgo de la familia Nehru-Gandhi del Partido Nacional del Congreso (el mayor partido de la oposición), que da cobijo y representación a los musulmanes y el apaciguamiento, término que describe a las políticas y programas de protección y compensación de las minorías islámicas, las que le aportarían sus votos.
Por lo que, en cambio, el Partido del Congreso estaría dispuesto a repartir entre esa comunidad los ahorros y las joyas de las familias hindúes, entre los que se incluye el mangalsutra, el collar sagrado que simboliza el matrimonio de los hindúes.
Cerrado con esto el ciclo al que alentaba su admirado Joseph Goebbels, miente, miente…
Guadi Calvo es escritor y periodista argentino. Analista Internacional especializado en África, Medio Oriente y Asía Central. En Facebook: https://www.facebook.com/lineainternacionalGC
Tiananmen: de eso no se habla
El 4 de junio de 1989 Concluye la represión a los manifestantes que protestaban en la Plaza de Tiananmén, en Pekín. Estudiantes chinos habían comenzado allí sus reclamos tras la muerte del reformista Hu Yaobang, el 15 de abril. El movimiento exigió reformas políticas y libertad de prensa. Una marcha de 100.000 personas puso en alerta al aparato del Partido Comunista, mientras se realizaban huelgas de hambre. El 20 de mayo se declara la ley marcial y comienza la represión. Los manifestantes instalan barricadas y resisten hasta el 4 de junio, cuando la Plaza de Tiananmén queda vacía. La imagen más fuerte de la protesta se dio al día siguiente, cuando un hombre se paró frente a una fila de tanques e impidió su avance durante unos minutos. Se calcula que pudieron haber muerto hasta 10.000 personas.
La plaza de Tiananmen, en Pekín, ha amanecido rodeada de fuertes medidas de seguridad. También se han amordazado las redes sociales, borrando cualquier referencia al 4 de junio.
En Hong Kong, el parque Victoria ha sido cerrado al público. Las fuerzas policiales desplegadas han impedido acercarse y las autoridades han advertido a la población sobre los riesgos de intentar manifestarse en el lugar.
En este parque, hasta hace solo dos años, decenas de miles de personas acudían con velas para celebrar una vigilia en recuerdo de las víctimas de la matanza. Algo ahora impensable.
Hasta las misas católicas conmemorativas, una de las últimas formas en que los hongkoneses podían reunirse para recordar, han sido canceladas.
Una matanza que no existe en los libros de historia ni en los manuales escolares, ocurrió el 4 de junio de 1989, cuando el Gobierno chino envió tropas y tanques contra los manifestantes pacíficos que reclamaban desde hacía semanas un cambio político y el fin de la corrupción.
La represión fue brutal. Murieron cientos de personas, miles según algunas estimaciones. Las imágenes dieron la vuelta al mundo.
En estas tres últimas décadas, China ha hecho todo lo posible para borrar la matanza de la memoria colectiva, eliminando cualquier alusión de los libros de historia, los manuales escolares o las redes sociales.
El Gobierno chino justificó aquella matanza con el argumento de que trajo la estabilidad social que necesitaba la economía para crecer y disparar el bienestar de todos los chinos.
Aunque entre sus demandas no figuraban explícitamente una
democracia al estilo occidental o el fin del PCCh, las autoridades
vieron en el movimiento una amenaza que era necesaria aplacar. Tras
días de negociaciones, Ley marcial y divergencias en la
cúpula política y militar, el ala dura del Partido se impuso. El
resultado: el Ejército tomó la capital, desalojó a base de
porrazos, tiros y tanques las calles y quedó claro que las
autoridades permitirían el desarrollo económico, pero sin libertad
política.
Hubo mucha gente que protestó en las calles durante
esos días, tanto estudiantes universitarios como gente de otras
categorías sociales.
Sin embargo, se sabe mucho menos de las historias de la gente que murió -trescientas personas, de acuerdo con las cifras del Partido Comunista, muchas más, que se cuentan por miles, de acuerdo con activistas, familiares de las víctimas y una serie de organizaciones humanitarias-, o acerca de los miles de detenidos -el último en ser liberado, que era en aquel entonces trabajador de una fábrica, salió de prisión en 2016.
El Partido estaba cambiando de un modelo de “gestión política” del país a un modelo de “gestión económica”. Este proceso causó una serie de problemas y una generalización de la corrupción, lo cual fue una de las muchas razones de las protestas durante ese período.
La secuencia básica de los acontecimientos sigue siendo la matanza cometida contra estudiantes, trabajadores y ciudadanos corrientes de Beijing; la dramática decisión del Partido Comunista de proceder a medidas represivas, al final de una lucha interna que marcaría para siempre el rumbo del PCCh; y en el trasfondo de todo ello, la “primavera china”, que había sido resultado de un período de intensa y vivaz actividad cultural y política durante los 80.
El año 1989 constituye un parteaguas en la reciente historia de China, pues fue ese el año en que el contrato social entre el pueblo chino y el Partido Comunista se vio efectivamente transformado, poniendo al país en la senda de crecimiento económico que le ha llevado a su estatus como poder global de envergadura hoy en día.
George Black y Robin Munro escriben en Black Hands of Beijing: Lives of Defiance in China’s Democracy Movement, “lo que tuvo lugar fue una matanza, no de estudiantes sino de trabajadores y residentes corrientes, precisamente el objetivo pretendido por el gobierno chino”.
El hecho de que los que resultaran muertos fueran en su mayoría trabajadores nos permite comprender mejor de qué modo filtró el Partido Comunista la información que le llegaba del mundo exterior, no tanto y no sólo de la misma Plaza de Tiananmen.
En 1989, el PCCh ya llevaba trabajando dos años para dejar al margen la influencia política de Hu Yaobang. Se trataba de un reformista al que se juzgaba demasiado indulgente con las protestas que se habían convertido en un rasgo recurrente en China desde 1986.
Hu murió el 15 de abril de 1989 de un ataque al corazón sufrido durante una reunión del Partido, y el luto por su muerte se convirtió en el acontecimiento que desencadenó las protestas a gran escala de los estudiantes, que ocuparon ese día la Plaza de Tiananmen.
Deng Xiaoping había decidido que debería purgarse a Hu, aunque este último había sido escogido por Deng mismo como sucesor suyo.
La casa del anciano Deng sería escenario de la reunión más importante durante esos frenéticos días de junio de 1989. Deng, veterano político y consumado estratega, captó de inmediato la naturaleza del problema: si las protestas estudiantiles se extendían a los trabajadores, la situación se volvería desastrosa para el PCCh.
Deng recalcó repetidamente que deberían hacerse reformas, pero que era necesario tener orden para que eso pasara: la población debería estar trabajando, no protestando.
Pensó que había logrado arreglar la situación marginando a Hu Yaobang, pero su substituto, Zhao Ziyang, se sentía predispuesto a las reformas, y esto pronto se convirtió en un problema.
1989 fue el punto culminante de un período enormemente notable a finales de los 80: “el país se encontraba en medio de una agitación social, política y cultural”, “un mundo ebrio de posibilidades: revistas y periódicos eran más interesantes, con largos artículos de investigación publicados en nuevos medios de noticias, los llamados Baogao Wenxue (“Reportajes literarios”).
En 1988 “se estaba produciendo una profunda reflexión sobre la historia china”, y se planteaban nuevas preguntas sobre lo que de verdad significaban la identidad y la cultura chinas.
Perry Link, el especialista académico de la Universidad de Princeton que trabajó en los Tiananmen Paper señaló: “en todos los campos todos los intelectuales suscitaban estas grandes cuestiones. Las posibilidades parecían infinitas. En los campus “los tablones de anuncios ofrecían clases de idiomas y de baile, así como foros de debate que permitían hablar con bastante libertad a los estudiantes acerca de una amplia variedad de temas”.
Al mismo tiempo, el mundo del trabajo se encontraba en plena turbulencia.
Desde un punto de vista económico, el período de reformas había creado dos tendencias claras: la proletarización de enormes masas de la población y el surgimiento de una nueva clase de capitalistas.
El proceso de proletarización se produjo, en términos generales, como resultado de tres factores: la emigración forzosa del campo a las ciudades, el derrumbe de las empresas de gestión estatal en las ciudades y la disolución de los negocios locales en las aldeas. El desplazamiento rural a las ciudades constituyó una tarea inmensa, que implicó a cerca de 120 millones de personas desde 1980, en algo que puede sostenerse que haya sido la mayor migración de la historia humana.
Las SPE (empresas de propiedad estatal) habían sido el núcleo de la industrialización maoísta, y contabilizaban cuatro quintas partes de la producción no agrícola del país. La mayoría de estos gigantes se ubicaba en las ciudades, donde empleaban a cerca de 70 millones de personas en 1980. Las primeras etapas del desmantelamiento se iniciaron en 1988, y el proceso prosiguió a un ritmo rápido tras la conmoción de 1989, momento en que se aplicaron drásticas medidas en el contexto de una economía recalentada marcada por una elevada inflación.
Se llevaron a cabo otras reformas durante la década siguiente, confirmando el significado de lo que había ocurrido en 1989. En 1994 se alentó una mayor eficiencia mediante recortes en la mano de obra. Esta nueva dirección de la gestión condujo a despidos masivos a finales de los 90, cuando el capitalismo chino experimentó su primera crisis de sobreproducción, la cual marcó una brusca transición de la vieja economía de escasez a una nueva economía de plusvalía.
El resultado fue espectacular: el empleo en las empresas de propiedad estatal había quedado reducida a la mitad, a medida que 40 millones de personas se encontraron sin el tradicional “tazón de arroz de hierro”, símbolo y garantía de seguridad en el empleo en las viejas empresas del Estado.
Para este grupo de individuos, la mayoría de edad mediana, se avizoraba la perspectiva de convertirse en una suerte de “infra clase urbana”.
En China, en lugar de la creciente opulencia, el aumento del nivel educativo y el aburguesamiento de una gran parte de la clase trabajadora, que se ha producido en muchas sociedades junto al desarrollo económico -y de manera muy señalada entre los vecinos de China en el Este de Asia, como Corea del Sur, Japón y Taiwán- esta informalización de la economía urbana representa una regresión, no un ascenso para una parte bastante numerosa de la población urbana.
Estos procesos, que llegaron a su punto álgido en los 90, fueron el resultado directo de lo que había sucedido en China a finales de los 80. En octubre de 1983, el Diario del Pueblo escribía que los trabajadores no tenían de qué quejarse: la recesión que se había adueñado del mundo capitalista a principios de los 80 ofreció la oportunidad a las autoridades chinas de recordar a los trabajadores del país que estaban mejor de lo que habían estado alguna vez, señalando el elevado desempleo de Occidente como prueba de “la superioridad del socialismo”.
La dirección china consideró éste el momento de pregonar sus éxitos: tal como escribe Jackie Sheehan en Chinese Workers: A New History (Londres, Nueva York, 1998), se trataba de una situación en la que “algunos trabajadores ya estaban advirtiendo los beneficios del aumento salarial y de las bonificaciones, de acuerdo con las reformas, y todos esperaban beneficiarse en un próximo futuro”.
Pero estas expectativas acabaron desmentidas por la realidad, porque estaban empezando a aparecer signos de patente injusticia: “Había muy escasa aceptación entre los trabajadores de la idea de Deng Xiaoping de que todo iría bien si ‘unos cuantos se hacen ricos primero’; esto lo consideraban sencillamente como una injusticia distributiva”. Por añadidura, “muchos trabajadores se sentían hondamente agraviados hasta por diferencias salariales que no se considerarían muy grandes de acuerdo con criterios occidentales ahí donde se advertían, sin embargo, como injustas […]. Un resentimiento especialmente agudo fue el que provocó la brecha cada vez mayor entre las bonificaciones pagadas a los trabajadores y las que recibían los gestores superiores de las empresas, que en algunos casos podían ser de veinte a treinta veces mayores que el pago equivalente a los trabajadores”.
Sin embargo, el efecto negativo de las reformas sobre las relaciones entre los trabajadores y la gerencia pronto se extendería “más allá de las disputas sobre el aumento de la desigualdad de renta, por seria que ésta fuera”.
En una época en la que se exigía más y más eficiencia a los trabajadores, durante las frenéticas horas de mayo y junio de 1989, “las deficiencias de gestión se convirtieron en significativa manzana de la discordia de un modo como nunca antes había sucedido”.
En este contexto, la presencia de los estudiantes en la Plaza de Tiananmen comenzó a ser causa de gran preocupación para el Partido Comunista, temeroso de volver al período de dominio de las multitudes durante los días de la Revolución Cultural.
Deng mismo expresó la creciente sensación de irritación, afirmando en una reunión del Partido a finales de abril que “no se trata de un movimiento estudiantil corriente. Se trata de agitación”.
Al mismo término se recurriría en el artículo de opinión del Diario del Pueblo publicado el 26 de abril, que condenaba las protestas estudiantiles con toda nitidez. Fue éste el momento en que se deterioró sin remedio la relación entre el Partido Comunista y quienes protestaban.
Desde ese momento, Deng trabajaría junto al Comité Permanente hasta la dramática votación sobre la declaración del estado de sitio (que se revocaría sólo en 1990).
En su crónica desde China, con fecha del 20 de julio de 1989, publicada en The New York Review of Books, Roderick MacFarquhar, escribió: “Dividido en la cúspide, el Partido Comunista Chino ya no podía habérselas con las múltiples presiones que sufría y se agrietó. Mientras que el primer ministro, Li Peng, actuó como líder severo a modo de testaferro, está claro que las decisiones no las tomó en última instancia su Consejo de Estado, o el Politburó, ni siquiera los cinco hombres del Comité Permanente sino el duunvirato a cargo de la Comisión de Asuntos Militares, Deng Xiaoping y el presidente Yang Shangkun, jaleados por un grupo de añosos revolucionarios virulentos”.
El voto para declarar la Ley marcial supuso un ejemplo claro del funcionamiento del mecanismo que se había establecido: en esencia, Zhao Ziyang era el único a favor de escuchar a los estudiantes, incluso de apoyar algo así como una “retractación” del artículo del 26 de abril (una idea que fue rechazada de forma clamorosa por parte de Bo Yibo, uno de los “ocho inmortales” y padre de Bo Xilai, de más reciente fama).
Entre el 26 y el 27 de abril, el Comité Permanente del Politburó se reunió para votar la propuesta de declarar el estado de sitio.
Los cuatro miembros votaron del modo siguiente: Li Peng y Yao Yilin votaron a favor, Zhao Ziyang votó en contra y Qiao Shi se abstuvo. En ese momento, la iniciativa pasó a los ocho inmortales: ya no había vuelta atrás.
Tal como se afirma en The Tiananmen Papers: “En la mañana del 18 de mayo, los ocho ancianos -Deng Xiaoping, Chen Yun, Li Xiannian, Peng Zhen, Deng Yingchao, Yang Shangkun, Bo Yibo y Wang Zhen- se reunieron con los miembros del Comité Permanente del Politburó Li Peng, Qiao Shi, Hu Qili y Yao Yilin, y con los miembros de la Comisión de Asuntos Militares, el general Hong Xuezhi, Liu Huaqing y el general Qin Jiwei, y acordaron formalmente declarar el estado de sitio en Beijing”.
El Secretario General Zhao no asistió a este encuentro y poco después se le expulsó de su puesto. Antes de que se le pusiera bajo arresto domiciliario, situación en la que permanecería hasta su muerte en 2005. El 19 de mayo, a las cuatro de la mañana, Zhao acudió a la plaza y se mezcló entre los estudiantes. Acompañado por el Director de la Oficina General del Partido, Wen Jiabao (que se desempeñaría más tarde como primer ministro de la República Popular China entre 2002 y 2012), Zhao les dijo a los estudiantes: “Hemos llegado demasiado tarde”.
Antes, el 18 de mayo “Li Peng y otros funcionarios del gobierno se encontraron en el Gran Salón del Pueblo con Wang Dan, Wuerkaixi, y otros representantes estudiantiles. Li afirmó que nadie había declarado nunca que la mayoría de los estudiantes se hubiera visto envuelta en agitaciones, pero que, con excesiva frecuencia, gente sin intención de crear agitación lo que de hecho había conseguido era provocarla. Se mantuvo firme respecto a la redacción del editorial del 26 de abril y afirmó que el momento actual no era apropiado para debatir las dos demandas de los estudiantes. Wang Dan había declarado que la única manera de sacar a los estudiantes de Tiananmen consistía en reclasificar el movimiento estudiantil como patriótico y retransmitir en directo el diálogo entre los estudiantes y la dirección en la televisión”.
No había más espacio para el compromiso: la decisión de “desalojar la plaza” vino directamente de Deng Xiaoping y la “matanza de Beijing” tuvo lugar durante la noche del 3 al 4 de junio.
Fue un momento en el que se cazaba literalmente a la gente por las calles de China. Mientras tanto, en la trastienda del Partido Comunista tomaba forma una idea clara: no se debía permitir que lo que acababa de pasar volviera a suceder.
Es necesario luchar contra la digitalización de la vida
Ninguna argumentación teórica, en sí misma, será suficiente para abolir el capitalismo. No se puede decretar por decisión asamblearia su fin. Pero, ello no significa que no sean importantes, necesarias y esenciales las discusiones y los argumentos que abonen en la consolidación de una postura crítica, de oposición y resistencia frente a la desastrosa realidad que el capitalismo comprende para las inmensas mayorías. Y soy plenamente consciente que los argumentos por sí solos no bastan para que esas enormes mayorías que hoy experimentamos, como parte del dominio opresivo y explotador del capital, el exacerbado avance de la digitalización de nuestras existencias, optemos voluntaria y masivamente por cambiar el rumbo que significaría cerrar nuestras redes, desechar los smartphones o dedicar menos tiempo a los distintos pasatiempos virtualizados que hoy saturan nuestra existencia. Sin embargo, saber que las palabras no son suficientes no significa renunciar a la certeza del carácter imprescindible y urgente de construir un posicionamiento crítico, acompañado de medidas de oposición y resistencia activa frente a la amenaza de la digitalización omnipresente que avanza sobre nuestras vidas.
Hablar del profundo impacto que hoy (no en un futuro por llegar) tiene la mencionada digitalización, parte de reconocer la modificación que está operando en nuestros hábitos de conducta, en las pautas de socialización imperantes y en el modelo de concentración de riqueza que hoy se asienta a nivel global. No es solo la captación de nuestro tiempo de ocio, las alteraciones a nuestros esquemas mentales de atención o la fragmentación social que llegó con el encierro pandémico y parece no querer abandonarnos; es una transformación de nuestra existencia tal cual la conocíamos hasta ahora, y que pasa por la profundización de la dependencia de los dispositivos informáticos para cada vez más actividades cotidianas (ya no solo las laborales), el hecho de convertir las pantallas en casi la única manera de tener contacto con el mundo, tener que interactuar cada vez más con algoritmos y menos con personas para resolver dudas o necesidades del día a día, acentuar los consumos de tecnologías que pasan rápidamente del internet de las cosas al internet de los cuerpos, e identificar, ocasionalmente, la alteración de nuestros usos del tiempo por el desfasaje que produce la captación de nuestra atención por los dispositivos digitales, entre muchos otros aspectos.
Detallar las formas en que ocurre y las consecuencias que produce la digitalización es tan complejo como veloz es la profundización de su avance continuo. Por eso, una de las vías para identificar su impacto es analizar la manera en la que se moldea el sentido común dominante, que termina legitimando esa avanzada, y que va desde la defensa acérrima a las innovaciones de las tecnologías informáticas, hasta la negación absoluta de la posibilidad de un freno o alteración a dicha realidad, suponiéndola un hecho irreversible. En otras palabras, dicho sentido común se construye con los extremos del optimismo ingenuo (o tecnofilia despolitizada) y la resignación pesimista (o apatía derrotista); llamo a esto sentido común digitalizado. Para desentrañar tal idea, intentaré ahora dar cuenta brevemente de algunos de los elementos en que se despliega ese sentido común legitimador de la digitalización que nos acecha.
1. Aún persiste en algunas mentes la identificación de la tecnología con aquella añeja creencia del progreso humano como proceso lineal y, prácticamente, natural; una suerte de evolucionismo en su versión contemporánea. Frases como toda invención es una mejora, o el progreso humano no se detiene, no solo no son ciertas, sino que formulan un absolutismo del pensamiento que tiende a imposibilitar la crítica. No obstante, resulta evidente que cada vez son más las personas que ven el futuro como algo incierto, y para quienes es muy difícil construir argumentos que justifiquen su entendimiento del estado actual de nuestra civilización como una época de florecimiento de la humanidad, caracterizada por el bienestar general y la armonía social. Pues todo lo contrario; la actualidad no solo nos demuestra con hechos contundentes que no estamos encaminados hacia el florecimiento de la dignidad humana, la justicia o armonía social. El capitalismo que vivimos no es para nada el mejor de los mundos posibles, sino que es justamente el modelo que con más certeza nos aproxima al colapso civilizatorio. Los avances de las nuevas tecnologías digitales de la información y la comunicación (NTIC) difícilmente puedan revertir esta senda de decadencia pues han sido, en gran parte, artífices de su desencadenamiento.
2. Otra variante del sentido común que legitima acríticamente la digitalización de nuestras vidas es aquella que entiende las tecnologías como herramientas, esto es, como objetos neutrales cuyo impacto en nuestras vidas depende del uso que les demos. Tal argumento podría llegar a ser cierto si se tratara, tal como en el ejemplo que suelen usar quienes expresan esta idea, de un martillo. Pero, parece paradójico tener que aclarar que existen abismales diferencias entre los dispositivos propios de la digitalización y los martillos (o cualquier otra herramienta). Las nuevas tecnologías de la información y la comunicación (NTIC) configuran un sistema de relacionamiento con nosotros mismos, con quienes nos rodean y con el entorno. Dichas tecnologías no son solo objetos (aunque algunas de ellas tengan esa expresión material, y otras no). Por el contrario, constituyen mecanismos, métodos o formas de ordenar tanto nuestro trabajo cognitivo como nuestro quehacer material. Están diseñadas para intervenir y alterar los procesos mentales y sociales en vías de obtener la mayor cantidad de información posible de los mismos, con el objetivo de parametrizar, reordenar y mercantilizar la mayor cantidad de aspectos posibles de la vida humana. Si tuviéramos que encontrar un ejemplo, tal vez el más cercano sería comparar el proceso de digitalización con el proceso histórico que llevo a los seres humanos a la invención del reloj. Por un lado, ese dispositivo es la manifestación material: el objeto reloj es la herramienta. Pero, por otra parte, el sistema que le subyace implica la organización humana en torno a medir, mantener e indicar el tiempo en unidades convencionales, con lo cual se alteró profundamente la experiencia de vida en todos los ámbitos. Eso sería el equivalente a la digitalización actual: una maquinación para realizar en forma eficiente y automática las acciones vitales, permitiendo tanto su medición como su mercantilización. La digitalización es un sistema, que no se agota en los objetos de los que se vale.
2.1. Una variante del argumento de la herramienta desencadena el no menos simplista dicho de la necesidad de apropiarse de la herramienta para fines nobles; esto es, para darle un uso distinto al que le dan las grandes corporaciones que las manejan. Parte de la respuesta a este argumento ya se ha esbozado al cuestionar la idea misma de la herramienta. Ahora solo resta enfatizar que el sistema (ya no la herramienta) muy difícilmente podría ser usado para otro fin, ya que se encuentra estructurado justamente en atención al interés especifico de quienes lo manejan; porque han sido o sus creadores o sus moldeadores. Este argumento es el equivalente exacto al de pretender usar el capitalismo para el beneficio de toda la humanidad, o usar el Estado para generar la igualdad social: ambas cosas imposibles, pues se trata de sistema estructurados para el fin opuesto: la acumulación egoísta y la opresión jerarquizada. El mayor peligro de esta falacia no es solo que pasma en una acción inofensiva a quienes pretenden oponerse al sistema, sino que los hace involuntariamente sus cómplices.
3. El tercer argumento, que en este caso no se identifica tanto ligado al sentido común sino más bien a la retórica de cierta parte de las personas de ideología de izquierda, aduce que la cuestión de la intensificación del uso de las NTIC no sería una problemática central o principal en relación a la cuestión del capitalismo, pues, supuestamente, no comprendería como su eje la cuestión de clase; siendo ese el problema principal frente al cual luchar. Pues bien, esa lectura sesgada de las contradicciones generadas por el sistema capitalista pierde de vista que la digitalización de la vida está causando, por un lado, el reemplazo de puestos de trabajo humano por maquinas (desempleo) y, por otro, una mayor precarización de las relaciones de trabajo que se disfrazan de distintas formas de vinculación comercial (emprendedurismo, trabajo freelance, trabajo ocasional, entre otros), en los que se desdibuja la relación contractual y se vulneran los derechos laborales y las garantías sociales que le son correspondientes. Además, estas tecnologías han favorecido la desregulación laboral tras la supuesta ventaja del teletrabajo o trabajo en casa, que tiende a difuminar y a ampliar la jornada laboral o, cuando esto no sucede, se aplica para una mayor vigilancia de las y los trabajadores, efectivizando un seguimiento y control de sus rutinas de trabajo, auspiciando la rutinización, mecanización y automatización de tareas, en aras de la mayor productividad o, en otras palabras, el uso de la tecnología para hacer más eficiente la explotación de la fuerza de trabajo en términos tanto individuales como colectivos. Así, las NTIC se convierten en una pieza clave fundamental para la acumulación de capital en la actualidad. Y esto sin mencionar la generación de nuevos empleos en el rubro específicamente tecnológico en los que se podrá vincular a la clase obrera; trabajos que van desde operario en línea de ensamblaje de artefactos tecnológicos, etiquetador de imágenes para entrenar inteligencia artificial o repartidor de mercancías en bicicleta; nuevos y numerosos gremios de la clase trabajadora del siglo XXI (que lejos, cada vez más lejos, está de la promesa del programador de videojuegos, el youtuber/influencer o el criptoinversionista; todas ilusorias fantasías para captar incautos).
4. También resulta un argumento de legitimación aquel que, sin esbozar idea alguna en favor de la digitalización de la vida, se esmera por negar cualquier posicionamiento critico desde la base de cuestionar a las personas que ensayan tales criticas; cuestionamiento que se funda en el uso de algunas de estas tecnologías: para poder criticar, primero tienes que dejar de usarlas, dicen. Aducen que hay un contrasentido entre el uso y la crítica simultáneos, y terminan proponiendo un absoluto insensato de todo o nada. Pero, será cierto que las únicas dos opciones frente al avance de las tecnologías sean las de incorporar cada una de ellas y aceptar acriticamente su intensificación y la digitalización de la vida, por un lado, o no hacer uso de absolutamente ninguna de estas tecnologías, por el otro? Tampoco se trata de prohijar un punto medio pusilánime e incoherente sino, justamente, de asumir un compromiso por la desdigitalización de la vida, es decir, abonar colectivamente a la construcción de un marco de acción crítico frente a la problemática. No es lo mismo hacer uso de un grupo de whatsapp para organizar la participación en una jornada de lucha, o para difundir la búsqueda de una persona desaparecida o ilegalmente capturada por la policía, que hacerlo para reenviar noticias falsas, bromas de contenido racista o misógino, o publicidad que fomente el consumo. No es lo mismo acceder a plataformas informativas alternativas para leer noticias que no circulan por medios hegemónicos que scrollear por horas en Instagram o Tik Tok. La lista de ejemplos es extensa, pero no apunto con ella a proponer un listado de lo que está bien y lo que está mal. Más bien, creo relevante reconocer que, en el estado de situación en el que nos encontramos, la desdigitalización puede empezar ahora por una acción consciente que busque boicotear la intensificación de la digitalización, con lo cual fomentemos usos de las NTIC que activen la critica desde adentro, al tiempo que fortalecemos los vínculos y encuentros entre quienes estemos dispuestos a seguir cuestionando el orden imperante, a seguir reconociendo que la mayor parte de los mensajes que ayudamos a hacer circular por internet no son necesarios, que nos cansamos de aquellos que se vanaglorian de cambiar de celular cada año o de hacer de su intimidad un show lastimoso y muy poco original. Así, de a poco, podremos darnos cuenta de los beneficios de desdigitalizarnos, y veremos que somos cientos o miles quienes estamos levantando la cabeza y despegando los ojos…eso aumentará nuestra capacidad para inventar nuevas acciones del boicot. En resumen, no hay que empezar por dejarlas para poder criticarlas; más bien funciona al revés.
5. Por último, pero no menos relevante dada su capacidad de inmovilización, un argumento que ayuda a que la digitalización de nuestras vidas siga su rumbo es aquel que indica que es imposible pensar otra cosa; que ya todo está perdido y, además, que la tecnología ya ha creado una ventaja que resulta insuperable; pues sus dispositivos nos tienen totalmente cooptados. Así de amplio es tanto el alcance del argumento como la capacidad que le atribuye a la acción de opresión. Desde luego, ante la grandilocuencia del ya todo está perdido y no hay nada que podamos hacer, mal haríamos en oponer un contraargumento pomposo como basta con que nos unamos para derrotarlo porque simplemente querer es poder. Pues no, así no va a funcionar. Es un hecho que el avance del capitalismo digital encontrará su limite en el agotamiento de los recursos del planeta. La acelerada expoliación del planeta por el extractivismo que requieren las NTIC es insostenible en el mediano plazo. No es verdad que la digitalización de la vida nos pueda seguir oprimiendo eternamente. Por ello, creemos necesario impulsar con paciencia un llamado a la acción perseverante, que parta en lo inmediato del análisis realista de la situación actual, y no pretenda iniciar la lucha por el final. Por lo mismo, creemos imperativo proyectar acciones que busquen modificar las condiciones actuales del avance opresivo, en este caso, del espectro de digitalización de la vida, sabiendo que la efectiva materialización del cambio total no hace parte de lo previsible en el corto plazo; pero que eso, precisamente, hace más urgente la acción organizada. En otras palabras, no podemos pensar en empezar por discutir cómo hacemos para que todo el mundo deje de mirar por horas y horas su celular, o las medidas para derribar en el corto plazo la capacidad disciplinadora y fragmentadora de las NTIC, ni mucho menos cómo serán las NTIC que se circunscriban a un modo de vida postcapitalista. Hoy el objetivo es más pequeño, pero no por ello menos significativo. Hoy el primer paso consiste en moldear y difundir el abordaje crítico ante la digitalización y en promover y fortalecer la acción del boicot frente a su intensificación desmesurada.
Nada de esto se completa con un escrito, ni mucho menos puede basarse en pensamientos individuales. Por ello, abono a este andar, necesariamente colectivo, algunas de las ideas que he podido madurar entre las conversaciones con quienes venimos pensando y masticando esta angustia, contemplando algunos de los comportamientos naturalizados por la digitalización de la vida que vemos o realizamos, con la esperanza de imaginar formas de revertirlos, partiendo por cuestionarlos. El propósito apunta a construir acciones a implementar, ejemplos a seguir o ideas a discutir, para seguir forjando la lucha contra el destino de alienación digital que nos plantea el capital.
1. Definir espacios y/o momentos libres de conectividad. No hace falta iniciar por grandes objetivos, simplemente algunos horarios o actividades, especialmente las relacionadas con la alimentación y aquellas que implican el encuentro con otras personas.
2. Cuestionar la convergencia digital que hace que usemos el celular para cada vez mas cosas; ver televisión o cine, escuchar música, leer, tomar fotografías, grabar audios o videos, programar el reloj despertador, etc. Retomar algunos dispositivos específicos para estas actividades, como la cámara fotográfica o la radio ayuda a descentrar la presencia del celular en nuestra cotidianidad.
3. Hacer llamadas telefónicas cuando se requiera, evitando la despersonalización del intercambio social a través de monólogos en audios de whatsapp, favoreciendo la concentración en una sola actividad a la vez y prestando real atención a quien nos habla.
4. Leer libros. El formato papel no solo ayuda a la concentración, sino que favorece la introspección. No solo se trata de informase o incorporar datos (lo que alcanzamos con el formato digital) sino de habilitar las pausas necesarias para pensar (relacionar, contrastar, contextualizar) y construir conocimiento (lo que lleva tiempo y esfuerzo).
5. Eliminar las apps de organización o gestión de las actividades cotidianas. La vida no es una empresa guiada por la productividad o la eficiencia.
6. Usar dinero físico y preferir comprar, especialmente los alimentos, en los comercios cercanos. Para esto, ayuda caminar las calles del barrio, conocer lugares y direcciones y, de paso, fortalecer el sentido de ubicación, atrofiado por el uso excesivo y naturalizado de las aplicaciones de geolocalización que nos indican cómo ir de un lugar a otro, pero nos impiden ser conscientes de los trayectos, obstaculizando relacionarnos con nuestro entorno.
7. Desactivar la opción de IA prefigurada en aplicaciones y motores de búsqueda. Si vas a usarla, que sea una elección consciente. Recuerda que no siempre “lo más fácil” o lo más rápido es lo mejor; que en el capitalismo nada es “gratis” y que no es real el mito de la “nube de datos”. El uso cotidiano de la IA implica un impacto profundo en nuestro ambiente, abona al extractivismo, al uso indiscriminado de agua y al calentamiento global. Infórmate.
En síntesis, es imposible definir con certeza una guía del qué hacer. Se trata simplemente de sumar una voz más a quienes piensan que algo hay que hacer; porque es tan necesario como posible. El punto de llegada no está definido ni hay un solo camino; pero intuimos que tomar el control de nuestra atención y consciencia es un gran primer paso. El segundo, es levantar la vista para reencontranos; cara a cara y cuerpo a cuerpo, porque las tecnologías que prometen comunicarnos, al tiempo nos separan y aíslan; prometen informarnos y no hacen más que envilecernos y distraernos. Solo siendo más, compartiendo pareceres, podremos dar luz a los siguientes pasos. Vamos a disputar el sentido común, a sembrar desdigitalización y a boicotear todo lo que podamos. Que no pasen por benefactoras las corporaciones del entretenimiento que lucran con nuestra alienación, que no se confunda consumismo con bienestar, que no se pueda decir impunemente que el progreso es la virtualidad, que no pase por normal que los programadores de IA piensen por nosotres, que nadie se conforme con mantener relaciones sociales solo a través de las redes, o que se aplauda la manipulación programada (ni que siga ganando elecciones). El presente es de lucha, el futuro es nuestro.
El conservadorismo «revolucionario» de China
Es cada vez más pertinente estudiar la política y filosofía de China. La República Popular está dejando atrás tradiciones de pensamiento occidentalistas y eurocéntricas que han sido dominantes durante siglos. Su énfasis en lo ‘popular’ sugiere un distanciamiento de la insistencia en las contradicciones entre clases que la literatura marxista tradicionalmente ha hecho. También recuerda que en la sociedad contemporánea el ‘proletariado’ se ha hecho sociedad. Las crecientes relaciones entre trabajo, conocimiento, educación y desarrollo a través del tejido nacional confunden –según la visión china– los intereses del ‘proletariado’ con el pueblo y con una función dirigente del Estado que la revolución comunista ha permitido.
China tiene como filosofía fomentar la armonía entre todos los países; abandonar el camino de la lucha; ser pilar de paz y estabilidad; y nunca actuar como líder. Acepta ideas occidentales pero sin someterse a ellas. Busca la institucionalidad internacional y la cooperación mediante el mercado. La planificación estatal y el mercado bien pueden coexistir, son formas de regular las fuerzas económicas. Deng Xiaping, dirigente de la ‘reforma y apertura’ a partir de 1978, sostuvo: si un país del tamaño y magnitud de China optara por la guerra y el capitalismo, sería un desastre para la humanidad; si opta por la paz y el socialismo, contribuirá a un nuevo desarrollo mundial. La estrategia insiste en una economía de mercado socialista, la democracia socialista, una cultura socialista avanzada y moderna, el desarrollo de la persona, y la protección de la ecología.
El Partido Comunista de China sostiene que ha abandonado los ‘principios fijos’ y propone ‘aprender haciendo’, en la práctica. La propiedad colectiva es centro de su economía socialista de mercado, que ha hecho suyos factores del mercado y métodos que se tildaban de capitalistas. Su adhesión al socialismo y la paz impide a China explotar a otros pueblos. Su aplicación del marxismo es el socialismo con características chinas. No busca hegemonismo ni expansionismo, sostiene, sólo su soberanía y unificación nacional. Se abre a ideas y aportaciones de países occidentales así como de los países emergentes.
China todavía está saliendo de la pobreza. Es un país en desarrollo. Si puede dar alimento y abrigo a toda su población, una quinta parte de la humanidad, habrá hecho un aporte importante a la humanidad, han dicho sus líderes. Procura la paz mundial, la ‘cooperación internacional con diferencias’, la reducción de la brecha entre ricos y pobres en el país, y el desarrollo de todos los países. Importa capital, gestiona tecnología y promueve la integración económica nacional e internacional.
Insiste en la cooperación multipartidista bajo la dirección del Partido Comunista en el estado, las autonomías étnicas regionales, el autogobierno a los niveles primarios, y la hegemonía de la propiedad pública sobre otras formas de propiedad que existen en la nación. Ya que el crecimiento económico y el progreso social a menudo provocan, irónicamente, inestabilidad y desorden social, y un crecimiento veloz puede traer efectos contraproducentes, China avanza poco a poco y con seguridad: ‘cruza el río sintiendo las piedras bajo los pies’. Aplica su ‘poder duro’ en la prosperidad económica, la seguridad, la armonía social y la alta calidad ambiental. Su ‘poder blando’ consiste en mostrar con el ejemplo la superioridad de su sistema socialista, su humanismo, y una forma de vida social que sea motivo de disfrute y de placer.
La dirigencia china aprecia la cuestión que narraba el historiador antiguo Tucídides: el ascenso comercial, económico y militar de Atenas preocupó y alarmó tanto a Esparta, que ésta reaccionó provocando una cruenta y larga guerra –del Peloponeso– que perjudicó a ambos bandos. Beijing propone la cooperación en lugar de la pugna. Los acuerdos de su Iniciativa de la Franja y la Ruta, en que participan al menos 49 países, se basan en la cooperación y el beneficio mutuo. Incluyen inversiones, becas a estudiantes y apoyo a infraestructura en decenas de países en desarrollo. Parten del concepto chino de una economía mundial abierta e inclusiva, de comercio libre, flujo ordenado y eficiencia en la distribución. (Yuyan Zhang y W. Feng, El camino del desarrollo pacífico en China, Editorial Popular, Madrid, 2022.)
A fines de los 70, dirigido por el grupo de Deng, el Partido Comunista abandonó el ‘totalitarismo’ estatal de exclusiva planificación de la economía y repudió la Revolución Cultural de los años 60 y 70, sus ‘faltas de respeto a los intelectuales’ y su desenfreno hacia una radicalización absoluta, veloz y voluntarista del proceso social, que subestimaba la construcción y unificación de la nación y el desarrollo económico. China entonces asumió como prioridad el desarrollo de las fuerzas productivas como motor del socialismo. Es uno de los ‘tres beneficios’, junto a construir el poder del estado socialista y elevar el nivel de vida de las grandes mayorías.
China ha burlado la trampa de la división internacional del trabajo del sistema capitalista, en que los países pobres se quedan en una gama baja de la manufactura, ajenos a las tecnologías avanzadas, y son explotados por los países ricos. Aspira a una sociedad china ‘moderadamente próspera en todos los aspectos’, que camine hacia el socialismo en el siglo XXI. Su desarrollo ha de incluir la riqueza cultural de sus 5 mil años de historia, esto es, la ‘cultura tradicional’ de la nación. El rejuvenecimiento de la nación integra la cultura china antigua.
El partido ha retomado una idea que Mao Zedong formuló durante la lucha contra el colonialismo y el feudalismo: formar un partido antiguo y moderno, chino y extranjero, o sea, que se enriqueciese con las experiencias y contribuciones de los diversos pueblos y las literaturas e historias del presente y el pasado. El Libro de la historia, uno de los textos más antiguos de China, sostiene que ‘si los cimientos son sólidos, el estado gozará de paz’. Los comunistas chinos aprecian al pensador Confucio (del siglo 4 Antes de Nuestra Era), para quien ‘el pueblo es el agua y el monarca es el barco’ y ‘la misma agua que mantiene el barco a flote, puede hundirlo’. Confucio proponía armonía y prosperidad moderada y gradual, lo cual contraviene el ‘error’ de la Revolución Cultural de tomar como clave la lucha de clases.
El Partido Comunista debe ‘servir al pueblo’, una filosofía que en China es antigua. Conlleva un estatalismo al servicio de los trabajadores, campesinos y las mayorías, que coexiste con el ‘espíritu revolucionario’. El partido es indomable y no se deja intimidar, mientras asume el conservadorismo relativo implicado en ser gobierno, lo que puede traer, entre otros problemas, corrupción. Abraza la inclusividad, la apertura y la libertad educativa. Reitera la idea que defendieron Mao y Deng, de ‘la búsqueda de la verdad en los hechos’, es decir, fundarse en la experiencia y la práctica más que en cánones fijos. Su enfoque es ‘holístico’, integral, aprecia las determinaciones y contradicciones que conforman la totalidad. Incluye la necesidad de rectificar y abandonar vías equivocadas. Una visión realista reclama constante autoevaluación.
Son diversas las fases de la modernización. En 1980 China se propuso duplicar el Producto Interno Bruto (PIB) nacional durante la siguiente década y lograr que todos los ciudadanos tuviesen al menos vestido y alimento. En 1990 se propuso nuevamente duplicar en la siguiente década el PIB de ese año. Diez años después se propuso cuadruplicar el PIB en la década siguiente y llevar el país al nivel de los países moderadamente desarrollados, y consolidar esta modernización básica antes de seguir avanzando.
Desterrar la pobreza no será nada rápido. China aspira a una ‘prosperidad relativa’ y un ‘consumo moderado, en todos los renglones’. La proporción del PIB de China en el Producto Mundial Bruto (PMB) subió de 1.8 por ciento al comienzo de la ‘reforma y apertura’, en 1978, a 15.2 por ciento en 2017, una contribución de más de 30 por ciento al crecimiento económico mundial. China privilegia la innovación tecnológica y científica sobre la invención; mejorar contribuciones previas más que dedicarse a inventar. China es el fabricante más grande del mundo, el importador y exportador más grande, el segundo consumidor más grande y el segundo país receptor de capital extranjero. Su ‘revolución’ después de la reforma ha consistido en liberar el desarrollo de las fuerzas productivas. (Zheng Bijian, La cultura tradicional de China y el Partido Comunista de China, Editorial Popular, 2022.)
En 2017 la revista Time –del establishment estadounidense– informaba, refiriéndose a la Iniciativa de la Franja y la Ruta: ‘es una nueva versión de la antigua Ruta de la Seda, mediante un asombroso y ambicioso plan de construir una red de expresos, trenes y gasoductos que vincule Asia, Oriente Medio, Europa y el sur por vía de África. La “franja” económica terrestre lleva la carga desde Korgos (Kazakstán) a Eurasia. Una “ruta” marítima conecta las ciudades de la costa de China con una serie de puertos de África y el Mediterráneo. Cerca de novecientos proyectos independientes están en marcha a un costo de 900 mil millones de dólares, según el Banco de Desarrollo de China. Carreteras, ferrovías y gasoductos eventualmernte conectarán el puerto de hondo calado de Lamu, en Kenya, con el sur de Sudán y Etiopía, que no tienen salida al mar, y también cruzarán África desde Kenya hasta el puerto de Douala en Camerún. Un gasoducto de 7.3 mil millones de dólares llevará a China, desde Turkmenistán, 15 mil millones de metros cúbicos de gas anualmente. Desde que las hordas de Guengis Kan cabalgaron hacia el oeste en el siglo XIII no habían emanado de China tales imponentes ambiciones transnacionales, aunque en vez de cenizas y osamentas, esta vez los invasores planean dejar muelles, gasoductos y trenes de alta velocidad. “El intercambio reemplazará el distanciamiento, el aprendizaje mutuo sustituirá la hostilidad, y la coexistencia reemplazará las ínfulas de superioridad”, dijo Xi Jinping durante un foro sobre la Franja y la Ruta en mayo pasado en Beijing’. (Time, ‘Ports, Pipelines, and Geopoitics: China’s New Silk Road Is a Challenge for Washington’, 23 octubre 2017.)
En 1990 Deng Xiaoping sostenía: ‘Algunos países en desarrollo quisieran que China fuese líder del Tercer Mundo. Pero no podemos hacer eso, en lo absoluto; esta es una de nuestras políticas de estado básicas. No podemos darnos ese lujo y además no somos suficientemente fuertes. No hay nada que ganar jugando ese rol; más bien perderíamos mucha de nuestra iniciativa. China siempre estará del lado de los países del Tercer Mundo, pero nunca trataremos de impartir hegemonía sobre ellos o hacernos su dirigente. Pero no podemos estar sin hacer nada en las cuestiones internacionales; tenemos que contribuir. ¿De qué manera? Creo que debemos ayudar a promover el establecimiento de un nuevo orden político y económico internacional. No le tenemos miedo a nadie, pero tampoco debemos ofender a nadie.’
Añadía: ‘Debemos entender teóricamente que la diferencia entre capitalismo y socialismo no es de economía de mercado versus economía planificada. El socialismo se regula por medio del mercado, y el capitalismo se controla por medio de la planificación. ¿Creen que el capitalismo tiene libertad absoluta sin ningún control? El status de “nación más favorecida” es también una forma de control. No hay que pensar que si tenemos alguna economía de mercado estamos tomando el camino capitalista. Eso simplemente no es cierto. Son necesarias la economía planificada y la economía de mercado. Si no tuviéramos economía de mercado no tendríamos acceso a información de otros países, y tendríamos que resignarnos a quedar rezagados. No tengamos miedo a tomar nuevos riesgos. Hasta ahora hemos desarrollado la capacidad de correr riesgos. ¿Por qué pudimos controlar la inflación tan rápido, sin que se afectara el mercado o la divisa? Porque hemos estado llevando a cabo la reforma y apertura durante once o doce años. En la medida en que avancemos en la reforma y nos abramos más al resto del mundo, estaremos en mejores condiciones de abordar los problemas cuando surjan. No tengamos miedo a correr riesgos; no se puede lograr nada sin correr algunos riesgos’. (‘Seize the Opportunity to Develop the Economy’, 24 diciembre 1990, The Selected Works of Deng Xiaoping; Modern-Day Contributions to Marxism-Leninism, Vol 3 (1982-1992), Beijing.)
El autor es profesor jubilado de la Universidad de Puerto Rico.
Rumbo y tiempo en el proceso chino
Esto es especialmente crucial en un momento como el actual en que el proceso chino encara retos mayúsculos en todos los planos y cuya resolución efectiva es clave para lograr la modernización no solo en el plano material sino también en el orden de la gobernanza y de la ideología. El PCCh está habilitando una nueva legitimidad, alejada tanto del hecho revolucionario como del éxito económico.
Y ello en el marco de crecientes tensiones externas azuzadas por los temores que suscita en poderosos actores internacionales esa otra doble perspectiva: el cambio de rumbo en la sociedad internacional y la imparable evolución hacia otro modelo de gobernanza global estimulado por el auge de China, con fuerte impacto internacional, en lo que parece ser solo cuestión de tiempo.
La cuestión del rumbo
Respecto al rumbo general del proceso chino, el hecho circunstancial de realzar la importancia del avance tecnológico o la nueva ola de reformas en curso con la mirada puesta en facilitar una mayor vertebración del mercado o de procurar un mayor espacio a la iniciativa privada, no debiera inducir al error de considerar que ello implica un cambio sustancial en los fundamentos ideológicos y sistémicos.
Es precisamente en ese contexto que, en paralelo, se multiplican las invectivas internas respecto al liderazgo del PCCh y a fortalecer su raíz ideológica. El xiísmo, en este sentido, ha sabido “caminar con las dos piernas”, de forma que los impulsos de apertura en ámbitos cruciales han coexistido de forma plausible y deliberada con una atención muy pronunciada al cultivo teórico en una perspectiva que está bien lejos de desentenderse del marco ideológico fundacional. Pero los principios básicos, alejados de cualquier dogmatismo, no devienen en impedimentos.
Esto no quiere decir que no enfrente resistencias y contradicciones que deben ser resueltas en una perspectiva nueva y original, que preserve la estabilidad y la armonía, pero también que persevere en la inalterabilidad sustancial del modelo. Esto es especialmente exigible en aquellos ámbitos que refuerzan el sentido social del proyecto. No basta con cantar alabanzas a la erradicación de la pobreza extrema, por muy trascendental que haya sido este logro, sino también multiplicar las políticas públicas para amortiguar los aun muy altos índices de desigualdad. Por fortuna, es este un principio asumido para elevar con urgencia los niveles de inmunidad sistémica frente a la presión exterior.
Esta actitud vigilante del PCCh que atiende al trazo grueso del proceso de reforma en curso tanto postula la eficacia a la hora de resolver los desafíos como también apela al mantenimiento del sentido general de una transición cuyos fundamentos solo pueden ser salvaguardados por un mandarinato muy sólidamente asentado en aquel ideario inspirador llamado a blindar las soluciones propias. Estas, muy comprometidas con una modernización que excluye la sumisión dependiente, tanto deben atender a las peculiaridades ideológicas sin renuncias como a los factores culturales y civilizatorios, muy efectivos, quizá más, a la hora de blindar el proceso chino.
El factor tiempo
Pero todo ello suscita subprocesos (deterioro ambiental, desigualdades sociales, etc.) que a menudo afean el sentido general del trazo grueso; no obstante, encararlos sin voluntarismos requiere de tiempo e ingenio, más aun en un país de la escala de China. Dar forma social a la prosperidad compartida y a la vez asegurar el avance de las reformas diferenciando la jerarquía de objetivos que provea del poder global necesario para multiplicar la influencia del país es una ecuación nada fácil de cuadrar. Las autoridades chinas así lo reconocen; en Occidente se problematiza aun más apelando incluso a las cíclicas teorías del colapso, o también exhibiendo el dedo acusatorio sobre un cambio de tendencia que robustecería la impronta capitalista y hasta imperialista.
A medida que el proceso avance, la cuestión del rumbo puede complicarse. No es que el modelo liberal exhiba su mejor momento y poco apetecible puede resultar cualquier emulación, pero no siempre será fácil en China establecer los límites infranqueables para perseverar en el mantenimiento de la naturaleza sistémica. Lo que China está demostrando es que su modelo es, cuando menos, equiparable en capacidad transformadora al occidental. Distinguir lo que se debe actualizar y lo que no en un contexto de cambio tan pronunciado y de aceleración de las transformaciones internas y globales no será tarea baladí y exigirá también un esfuerzo reflexivo y teórico de alto nivel.
Lo demorado del proceso cuya finitud no asoma ni mucho menos en el horizonte frente a la consistencia sistémica del modelo liberal aun con altibajos políticos, económicos y sociales bien conocidos, sugiere que el efectismo de los éxitos de China en su desarrollo no deben ser considerados ni definitivos ni irreversibles. Al contrario, exige seguir tirando del carro habilitando los amplios consensos que aseguren la vigencia del trazo grueso. En 2049 se culminará, según lo planeado, la modernización pero nadie puede afirmar que entonces se habrá culminado aquello que Deng Xiaoping imaginaba como la “etapa primaria” y que exigiría, al menos, cien años.
Pensar en horizontes temporales tan dilatados puede sonar a subterfugio. Y quizá lo acabe siendo. En la China Antigua, la medición del tiempo ocupaba una posición secundaria con respecto a otros menesteres -como la observación astronómica- en los que logró alcanzar un refinamiento y precisión instrumental sin parangón. Aplicada hoy al sistema, esa actitud se antoja la garantía de acierto en una gestión que necesita combinar lo acupuntural y lo contextual.
Lo que sabemos a día de hoy es que los intentos de acelerar el paso ofrecen un balance trágico. Por tanto, ni hay plazos ni tampoco modelos acabados ni universales. Ese rumbo y ese tiempo, teóricamente establecido e incluso fundamentado en experiencias anteriores, si algo ha enseñado es que no es el camino. Por el momento, la única certeza es que la reforma en China debe seguir, persistiendo en las cohabitaciones estratégicas que, en paralelo, no afecten a las claves motivacionales profundas aunque sí pueda hacerlo a las pragmáticas superficiales para abrir paso no a un modelo concebido para dominar el mundo sino para configurar y transformar el modelo desde dentro de forma que pueda servir de referencia global.
Xulio Ríos es asesor emérito del Observatorio de la Política China. Acaba de publicar “Marx&China. La sinización del marxismo” (Akal).
La causa palestina en la geopolítica del Sur Global
El trasfondo histórico influye en la situación actual de genocidio e intento de memoricidio, frente a la resistencia popular palestina y las protestas a nivel mundial para impedirlo. Nos referimos a los siglos de capitalismo y a la violencia ejercida por el colonialismo y el imperialismo en esa región a través de los ejércitos anglosajones u occidentales, así como también el israelí.
Una interpretación de los siglos XX y XXI es cómo, durante la continuidad de las empresas coloniales, se van gestando los movimientos de liberación nacional africanos y asiáticos en el contexto de la Gran Guerra europea entre 1914 y 1945. En las décadas de 1950 y 1960 se produce la revolución en los sistemas energéticos mundiales. El petróleo pasa a ser el principal combustible fósil del mundo en las principales economías industrializadas, por lo cual relegó al carbón y a otras fuentes de energía. El oro negro favoreció el capitalismo de posguerra gracias a su mayor densidad energética, flexibilidad química y facilidad de transporte, y consolidó toda una serie de nuevas tecnologías e industrias. La transición energética al petróleo y el ascenso del poder estadounidense influyeron directamente en el centro de Afroeurasia.
Mientras tanto, se va erosionando el poder sobre esas colonias que ocupan buena parte del mundo, y esas organizaciones —más incipientes o desarrolladas— se conforman para conseguir la gran emancipación de Asia y África en la segunda mitad del siglo XX. Esto se produjo bajo la incidencia de los bloques hegemónicos, cada uno con su sistema (el socialista y el capitalista), y el resto del mundo y los no alineados agrupados, por ejemplo, en la Conferencia de Bandung (1955).
Esas grandes transformaciones continúan, en algún sentido, por la gran cantidad de rebeliones, revoluciones y la organización de nuevos países durante la Guerra Fría. Una parte de ellos apoyados por la URSS, y otra bajo la órbita en las zonas costeras, sobre todo de los imperialismos o poderes fácticos de las potencias euroamericanas, principalmente Estados Unidos, y dos diferentes formas de descolonización principales: Reino Unido (más transigente con la creación de la Commonwealth) y Francia (más violenta que la británica como en Indochina, Vietnam y Argelia).
Diversos acontecimientos trastocan la idea de una interpretación eurocéntrica de la historia contemporánea (y, agregamos, anterior), observados desde la óptica de otras latitudes. Aparecen para el caso de África, el Congreso de Berlín (1884) o los años de la descolonización (1960); y desde Asia, otros eventos del siglo XX, como la independencia de la India (1947), la Revolución china (1949), así como la Revolución rusa de 1917 marca el devenir del siglo reciente cruzado por las guerras. La Revolución china de 1949 generará posteriormente las condiciones del siglo XXI. A eso se suman la guerra de Corea (1950-1953) y las guerras de resistencia en Vietnam (1960-1975). Aplicado esto a América Latina, la preponderancia por su incidencia recae sobre la Revolución mexicana (1910-1917) o sobre la Revolución cubana (1959), procesos que modifican las estructuras de esas poblaciones y marcan su devenir, así como también repercuten en otras sociedades. Esto influyó en la manera de escribir y, de hecho, en la periodización de la historia.
Estas particularidades culturales, y por ende también de cosmovisiones, se diferencian de los planteos desacertados de un choque de civilizaciones —bloques culturales indio, ruso, chino o musulmán, por ejemplo—, o en la visión unipolar atlantista del llamado «fin de la historia» de Francis Fukuyama. Si observamos a través de la visión de bipolaridad comunismo-capitalismo, distan de lo que aconteció en estas zonas del mundo, donde ocurrieron grandes procesos de descolonización durante buena parte del siglo XX. Eso contradice la idea de que eran países atrasados, aunque nuevos, como forma de organización contemporánea. Pero en realidad asumen tradiciones y una historia propia, afroasiática en un punto, sin los límites de las formaciones o Estado nación de los últimos dos siglos.
La expulsión y la opresión de los palestinos es un duro recordatorio de que los horrores de la trata transatlántica de esclavos y el genocidio colonial de las poblaciones indígenas por parte de los imperios occidentales se resignifican. Es la intención de acabar con un pueblo y su entorno para consolidar los intereses imperiales liderados por Washington y sus aliados frente a la resistencia anticolonial. También para capitalizar los proyectos de petróleo y gas, y la propiedad en la costa de Gaza.
Años y décadas del monopolio de la información han tratado de estigmatizar a los palestinos y árabes en el paradigma del «choque de civilizaciones» y como pueblos «terroristas» en la denominada guerra contra el terrorismo. Eso impide analizar de manera política sus acciones de esa índole, o militares. El Movimiento de Resistencia Islámica (Hamás), organización política, social y guerrillera, si bien con un trasfondo islámico, tiene como objetivo principal la liberación de Palestina del colonialismo. Los dirigentes de Hamás (muchos de ellos asesinados por Israel) son hijos de refugiados que fueron deportados de sus aldeas a Gaza en 1948.
Está claro que la situación es difícil de comprender sin analizar el papel de Estados Unidos como principal socio israelí. La escalada actual demuestra cómo cambió el mundo, sobre todo desde 2013-2014, y se aceleró en febrero de 2022: un declive relativo de la potencia norteamericana en varios aspectos, que retrocede en algunos lugares como en el centro de Eurasia. En los contornos de las tensiones geopolíticas actuales, en relación a otros conflictos como el de Ucrania, se producen estas explosiones, como el aumento de la confrontación bélica de Israel en Siria, Yemen o mismo con Irán. La cercanía a Rusia y China, tanto como a la India, es otro de los factores que incrementa el interés por manejar Medio Oriente por el control de rutas comerciales, relaciones y corredores estratégicos. También lo es el papel de cada potencia regional, como Arabia Saudita, Turquía e Irán, y el posicionamiento cada vez más importante de los Brics+ (Brasil, Rusia, India, China, Sudáfrica, más Egipto, Irán, Etiopía, Emiratos Árabes Unidos, Indonesia). En este caso en particular, el de Sudáfrica.
La resistencia palestina ha dejado de ser una cuestión regional y se ha convertido en un símbolo global de dignidad frente al colonialismo y el poder imperial. Gaza, una prisión al aire libre, se erige hoy como el epicentro ético y político de las luchas del Sur Global. En él convergen las líneas de fractura de un sistema mundial en crisis: el neoliberalismo decadente, el imperialismo militarizado, el racismo estructural y el colapso ambiental.
Las imágenes del genocidio en curso —hospitales bombardeados, niños mutilados, barrios enteros arrasados— no sólo documentan un crimen, sino que también revelan el agotamiento de un orden internacional basado en la hipocresía liberal. Las Naciones Unidas, la Unión Europea, los grandes medios de comunicación occidentales: todos han fracasado en detener la máquina de muerte. Frente a esta parálisis cómplice, surge desde abajo un nuevo internacionalismo que vincula la causa palestina a las luchas por la soberanía y la justicia en Asia, África y América Latina.
En este contexto, los diferentes grupos del eje de resistencia —aunque no forman una alianza formal como la OTAN— intervienen decisivamente en lo que sucede en Palestina. Esta red, tejida entre movimientos y Estados en Asia Occidental, África y otras regiones del Sur Global, encuentra cohesión no en estructuras burocráticas sino en una historia compartida de humillación y lucha. Vietnam, Argelia, Cuba, Irán, Yemen: todos han resistido, en diferentes momentos, la imposición violenta del orden occidental.
A pesar de los intentos de desmantelarlo —como la destrucción de Siria, el asesinato de Qassem Soleimani en Bagdad (2020) o la eliminación de figuras clave como Ismail Haniyeh (2024), Hassan Nasrallah o Yahya Sinwar—, la resistencia se reconstituye constantemente debido a su carácter descentralizado y sus profundas raíces populares. En particular, la resistencia yemení liderada por Ansarlah se ha consolidado como un actor clave, capaz de desafiar militarmente a Israel, considerado por muchos como el brazo armado del imperialismo en el corazón de Afro-Eurasia.
El objetivo de este eje no es sólo la defensa territorial, sino la contención de un proyecto estratégico: el establecimiento de un “caos controlado” por parte de Estados Unidos e Israel para balcanizar la región, perpetuar los conflictos internos y justificar la presencia militar extranjera. Palestina, en este esquema, no es sólo una víctima: es el núcleo disruptivo que impide que este plan se lleve a cabo sin resistencia. Sin embargo, las recientes ofensivas en Gaza, la escalada de violencia en el Líbano y la fragmentación de Siria también plantean desafíos crecientes.
En este contexto, América Latina tiene un papel crucial que desempeñar. La subordinación de gobiernos como el de Javier Milei a la agenda imperial —su adhesión incondicional a Israel, su desprecio por el derecho internacional y su ataque sistemático a la cultura crítica— muestra que la lucha por Palestina también se desarrolla en Buenos Aires, Lima o Bogotá. Defender Palestina es también defender nuestras universidades públicas, nuestros sindicatos, nuestros derechos sociales.
Por eso es imperativo construir puentes entre nuestras resistencias. Las calles de Caracas, los barrios de São Paulo, las aulas de La Habana o los movimientos indígenas de Bolivia tienen más en común con Gaza de lo que a menudo se reconoce. El nuevo internacionalismo no se decreta en cumbres diplomáticas: se teje en la solidaridad concreta, la formación política, el pensamiento descolonial y la insurgencia cultural.
Palestina no está sola. Y nosotros tampoco, como intelectuales del Sur Global. Elegir un bando hoy no es una cuestión moral abstracta sino un posicionamiento político global. Gaza nos interpela porque es allí donde se decide el mundo que vendrá: un mundo basado en la barbarie tecnológica, el extractivismo armado y la supremacía racial; o una fundada en la dignidad de los pueblos, la justicia y la autodeterminación.
—
En los primeros días después del inicio de los ataques sin precedentes de Israel contra Gaza, el líder de la República Islámica de Irán, el ayatolá Seyed Ali Jamenei, en octubre de 2023, con una frase corta pero incisiva, desenmascaró una de las mayores mentiras narrativas del siglo: la victimización de Israel.
Una frase que redirigió la tormenta mediática de la “Tormenta de Al-Aqsa” hacia la inversión de la narrativa occidental y despertó conciencias dormidas.
Hoy, el victimismo fabricado por Israel, perpetuado durante décadas bajo la apariencia de victimismo, está enterrado bajo los escombros de imágenes de niños martirizados, madres en duelo y hospitales destruidos.
Frente a esta injusticia histórica, voces que se alzan desde los cuatro puntos cardinales del mundo —desde Teherán y Beirut hasta Bagdad, desde Johannesburgo hasta Buenos Aires, desde La Habana hasta Ámsterdam— gritan al unísono: No al genocidio.
Hoy, cualquier ser humano que crea en la justicia, independientemente de su religión, credo o fronteras geográficas, está del lado del pueblo palestino.
Esta unidad transnacional y transcultural es una señal de que la resistencia no es sólo una opción política, sino una respuesta ética al declive civilizacional de nuestra era.
La conducta del régimen de ocupación en Israel no encaja ni en la tradición religiosa del judaísmo ni en el sistema de pensamiento del liberalismo que sus defensores en Occidente proclaman como su lema.
El judaísmo auténtico siempre ha exaltado la justicia, la compasión y el respeto por la vida humana; No hay enseñanza alguna en esta religión divina que justifique la masacre de niños ni el asedio de hospitales.
Por otra parte, la filosofía moral moderna, cuyos fundadores, como Immanuel Kant, enfatizaron la dignidad inherente del ser humano, afirma explícitamente que nunca se debe utilizar al ser humano como un medio para un fin.
Kant, el filósofo alemán del siglo XVIII, escribió: “El ser humano debe ser considerado siempre como un fin en sí mismo, no como un medio para otro fin”.
Pero lo que vemos hoy en Gaza es la transformación de las personas en instrumentos de chantaje político y racial.
John Locke, el padre del liberalismo político, habló de tres derechos naturales: “vida, libertad y propiedad”; derechos que Israel ha negado no sólo a los palestinos, sino a la humanidad misma.
Nuestra pregunta a los dirigentes de Tel Aviv es esta: ¿Basados en qué principio, en qué filosofía y en qué conciencia continúan con las masacres?
No aceptan las resoluciones del Consejo de Seguridad, no reconocen las decisiones de la Corte Internacional de Justicia y no respetan la voluntad de la opinión pública mundial.
Hoy en día Israel no sólo viola los derechos humanos sino que también simboliza el desorden moral en el sistema internacional.
Esta es una crisis de civilización.
Martín Martinelli. Doctor en Ciencias Sociales, investigador y profesor de Historia en la Universidad Nacional de Luján (Argentina). Coordinador del Grupo Especial de la Revista Al-Zeytun/CLACSO “Palestina y América Latina” del Instituto de Estudios Latinoamericanos y del Caribe (Universidad de Buenos Aires). Autor de los siguientes libros: Palestina (e Israel): Entre intifadas, revoluciones y resistencias. Prólogo de Ilan Pappe (2022); Coordenadas del genocidio israelí en Gaza y el escenario mundial. Prólogo de Vijay Prashad (2025).
Peiman Salehi. Filósofo político iraní y analista de asuntos internacionales. Su trabajo se centra en la teoría del Estado civilizacional, la multipolaridad y la crítica ideológica y geopolítica del internacionalismo liberal. Ha colaborado con varios medios de comunicación y revistas académicas internacionales, especialmente desde una perspectiva del Sur Global.
India-Pakistán, detrás de una nueva excusa
La explosión produjo, además de la del shahid, la muerte de al menos ocho niños, la del chofer y un guardia, mientras que más de cincuenta personas, de ellas cuarenta escolares, resultaron con heridas de distintos grados.
Este ataque remite de inmediato a la masacre de diciembre de 2014, cuando un comando Tehrik-i-Taliban Pakistan (Movimiento talibán paquistaní) atacó un colegio dependiente del ejército al que asistían hijos de militares, en la base de Peshawar, que dejó ciento cincuenta muertos, la mitad de ellos niños.
Las autoridades que han empezado la investigación han calificado el hecho, obviamente, de ataque terrorista: Mientras Islamabad ha responsabilizado a Nueva Delhi, ya que desde hace mucho tiempo existen indicios de que la Research and Analysis Wing ) RAW (Ala de Análisis e Investigación), la inteligencia india alienta a los grupos insurgentes y terroristas que operan contra el Gobierno federal pakistaní.
Recordemos que en abril el ataque y toma del Jaffar Express por miembros del Ejército de Liberación de Baluchistán (BLA), que dejó cerca setenta muertos, también Islamabad responsabilizó a India de dar apoyo a los separatistas baluchis. (Ver: Pakistán, el asalto al Jaffar Express).
A pesar de que hasta ahora ninguna organización se responsabilizó de la operación, el Gobierno del primer ministro Shehbaz Sharif, por intermedio del ministerio del Interior y portavoces de la inteligencia del ejército, el Inter-Services Intelligence (ISI), apuntaron claramente al BLA en connivencia con la RAW. Bajo las pruebas que la tecnología, el armamento y la planificación de las últimas acciones del grupo baluchi superan ampliamente su capacidad técnica y operativa.
Las acusaciones pakistaníes fueron negadas por Nueva Delhi, calificándolas de tener motivaciones políticas y de ser “infundadas e irresponsables”. Argumentando que Islamabad pretende culpar a otros de su inestabilidad interna, consecuencia, entre otras razones, de haber sido santuario del terrorismo.
La dictadura del general Muhammad Zia-ul-Haq había abierto las fronteras de Pakistán a miles de muyahidines provenientes de los lugares más remotos del islām para hacer la “yihad” contra el Gobierno afgano, que había convocado a sus aliados rusos para evitar la caída en manos de los señores feudales del interior del país y los fundamentalistas locales.
Desde entonces Pakistán se convirtió en la retaguardia de los muyahidines, financiados por monarquías del Golfo Pérsico, armados, entrenados y dirigidos por la CIA.
Recordemos además que en las numerosas madrassas que Arabia Saudita fundó, financia y sigue dirigiendo, se formaron personajes como Mohamed Omar, creador del movimiento Talibán; junto a Omar, en la madrassa de Darul Uloom Haqqania, en Akora Khattak de la provincia pakistaní de Khyber Pakhtunkhwa, emergieron figuras como Akhtar Mansour, quien reemplazó a Omar tras su muerte en 2013. Otro de los compañeros de “estudios” de Omar fue Sirajuddin Haqqani, actual ministro del interior afgano y líder de la poderosa organización Red Haqqani, grupo armado fundado por su padre Jalaluddin en los años 80, también financiado por Riad y Washington.
También el líder político y religioso supremo afgano, el mullah Hibatullah Akhundzada, pasó por madrassas pakistaníes.
Como última anotación al mapa de la relación entre la casta política pakistaní y el terrorismo, es importante señalar que el fundador de al-Qaeda, Osama bin Laden, fue localizado y ejecutado en mayo de 2011 por sus antiguos socios norteamericanos en su refugio de la ciudad de Abbottabad en Khyber Pakhtunkhwa, en el norte de Pakistán, donde vivía sin demasiadas complicaciones desde 2005.
Trabajar para la guerra
Estas acusaciones se producen en el momento de la profunda crisis fronteriza entre ambas naciones. Después del ataque terrorista en el valle de Pahalgam, en la Cachemira india, que dejó veintiséis muertos, Nueva Delhi ha responsabilizado a Pakistán.
Se cree que detrás del grupo que adjudicó la operación, el desconocido Resistencia de Cachemira, estarían el Lashkar-e-Taiba (Ejército de los Puros) o el Jaish-e-Mohammed (Ejército de Mahoma), de los que se cree que son financiados por la inteligencia pakistaní que los utiliza cuando necesita lanzar operaciones en India, como sucedió en 2008, entre otras, cuando atacó una serie de blancos en la ciudad de Mumbai, a mil quinientos kilómetros de la Línea de Control (LoC) que separa la Cachemira india de la pakistaní y mil setecientos de Islamabad, dejando más de ciento setenta muertos, todos civiles.
La última gran acción del Jaish-e-Mohammed se remonta a febrero de 2019, cuando atacó un convoy que circulaba por una ruta del distrito de Pulwama, cerca de la ciudad de Srinagar, la capital de verano del estado Jammu-Cachemira, que trasladaba a hombres de la Fuerza de Policía de la Reserva Central (CRPF); logró asesinar a unos cuarenta de ellos. Lo que dio origen a la escalada fronteriza más peligrosa en muchos años hasta la del pasado 7 de mayo. (Ver: Cachemira, más fuego a la caldera).
Los sucesos de Pahalgam y del Jaffar Express allanaron los caminos para llevar a las dos naciones a una escalada bélica que todavía no se ha desactivado, más allá del alto el fuego del 10 de mayo. (Ver: Cachemira, otra vez tormentas).
Entre el 7 y el 10 de mayo ambas naciones, que cuentan con poder nuclear, cruzaron coheterías y drones a lo largo de la frontera, consiguiendo destruir alguna infraestructura y asesinar cerca de un centenar de personas. Incluso Islamabad ha comunicado que derribó cuatro aviones de combate indios, entre los que se incluye un Rafale de origen francés. Información que ha sido negada por los voceros del primer ministro, Narendra Modi.
Al parecer, la Operación Sindoor, lanzada por India para escarmentar a los pakistaníes, no habría alcanzado sus objetivos. A pesar de que alcanzó a atacar tanto objetivos terroristas en Muridke y Bahawalpur como bases del ejército pakistaní, no solo en Cachemira, sino llegando también al Punjab, el corazón del país. Pese a esto, el país islámico, gracias a los sistemas de defensa de origen chino, frente a la opinión internacional, quedó por ahora como el módico triunfador. Algo que podría perjudicar seriamente la figura de Modi, quien se ha forjado a fuerza de demagogia y publicidad, la imagen del chowkidar o el vigilante de la India, por lo menos para el ultranacionalismo hinduista.
En su visita a las víctimas del bus escolar, el primer ministro Shehbaz Sharif prometió una respuesta a los responsables. Sin especificar a quién se dirige, ya que todavía no existen pruebas concretas que vinculen directamente a la inteligencia india, ni tampoco al Ejército de Liberación de Baluchistán, con la tragedia del Khuzdar.
Apenas comenzada la Operación Sandoor, el primer ministro Sharif convocó a una reunión con la Autoridad Nacional de Comando, la oficina a cargo de la supervisión de los arsenales nucleares que se encarga de la aprobación de la utilización del armamento bajo su control. A lo que Modi, que calificó el hecho de “chantaje nuclear”, mandó la advertencia de que eso iba a impedir que India atacase los santuarios terroristas en territorio pakistaní.
El alto el fuego pende solo de un suceso hasta accidental, que pueda romperlo en cualquier momento, para el reinicio de las operaciones transfronterizas. Un ataque terrorista, una acción de falsa bandera, enemigos de uno u otro Gobierno, podrían intentarlo.
O la reiteración del incidente, como el del pasado viernes 22, cuando miembros de la Fuerza de Seguridad Fronteriza de la India (BSF) asesinaron a un ciudadano pakistaní, detectado en cercanías de la ciudad india de Banaskantha, en el estado de Gujarat, a unos veinte kilómetros de la frontera con la provincia pakistaní de Sind. Según el comunicado de la fuerza, el desconocido se negó a detenerse y continuó la marcha a pesar de las advertencias.
Históricamente, ese sector de la frontera ha sido utilizado tanto por contrabandistas como por narcotraficantes en ambas direcciones. Viniendo o intentando llegar al mar Arábigo.
Si bien es un hecho frecuente, por parte de las fuerzas de seguridad pakistaníes se comunicó que en la noche del domingo 25 había eliminado, en tres operativos diferentes, a nueve milicianos en la provincia noroccidental de Khyber Pakhtunkhwa. Lo llamativo en esta oportunidad es que, en vez de identificar la organización armada a la que pertenecían, las autoridades pakistaníes los catalogaron de “patrocinados por India”.
Una definición nada halagüeña, en el contexto de provocación recíproca, que parece estar detrás de una nueva excusa para volver a encender el infierno.
Guadi Calvo es escritor y periodista argentino. Analista Internacional especializado en África, Medio Oriente y Asía Central. En Facebook: https://www.facebook.com/lineainternacionalGC
Cooperación Sur-Sur: ¿es posible? ¿cómo?
“Nuestro norte es el Sur”.
Joaquín Torres García
“No entiendo por qué nos matan a nosotros, destruyen nuestros bosques y sacan petróleo para alimentar carros y más carros en una ciudad ya atestada de carros como Nueva York”.
Dirigente indígena ecuatoriano.
“África no es el patio trasero del mundo, no es un campo de batalla, no es un laboratorio de pruebas ni su depósito de materias primas. () África no se arrodillará”.
Ibrahim Traoré
Cooperación (¿capitalista o socialista?)
Partamos de una pregunta fundamental: ¿existe la cooperación desinteresada entre países? Radicalmente: no. Los Estados –que son siempre el mecanismo de dominación de una clase sobre otra– no tienen “amigos”; tienen intereses. Si se unen, lo hacen en función de desarrollar programas que los beneficien, y siempre ese beneficio –que será el de los capitales– se logrará a partir de la explotación/marginación/aplastamiento de las grandes mayorías. La Unión Europea, o la OTAN, por ejemplo, como muestra de esas uniones, dejan más que claro que benefician solo y exclusivamente a muy pequeñas élites poderosas. La población de a pie mira pasivamente sin ser invitada al festín.
Ampliando la pregunta: ¿puede haber cooperación desde el Norte próspero –Estados Unidos y Canadá, Europa Occidental, Japón– con los empobrecidos Estados del Sur? Absoluta y radicalmente: no. El vínculo allí establecido, aunque disfrazado de altruismo, es la más abyecta y repulsiva explotación, siempre a favor de esas pequeñas minorías detentadoras del poder (léase: megacapitales), todo lo cual no es sino otro mecanismo de control y dominación de una clase (cúpula económica global) sobre otra (la gran mayoría de la humanidad).
Por tanto, dentro del modelo capitalista, la cooperación genuina, solidaria y desinteresada, no es posible. Siempre hay agendas, muchas veces ocultas: el Plan Marshall de Estados Unidos del final de la Segunda Guerra Mundial no fue hecho por generosidad y filantropía, sino que consistió en un mecanismo para convertir a la devastada Europa en socia menor y rehén de los capitales estadounidenses, evitando así la expansión del comunismo soviético. La OTAN no defiende la “libertad” en el planeta, sino que es una instancia de fuerza militar de esos megacapitales para enfrentarse a la amenaza soviética en su momento, y ahora para poder intervenir en cualquier punto, incluso contrariando su mandato. La Unión Europea es el proyecto del Viejo Mundo para volver a ser potencia hegemónica, destronada por Washington de ese sitial, unión que –además de no estar sirviendo para ese fin– solo está favoreciendo a los capitales europeos en detrimento de su población.
En otros términos, en el marco del capitalismo está más que comprobado que no hay cooperación, colaboración, hermandad. Solo viles intereses (recuérdese aquello de “el capital no tiene patria”, ni valores, ni moral, ni humanidad). Con planteos socialistas –es lo que intentaremos mostrar con este opúsculo– sí puede haber cooperación solidaria, de igual a igual, respetuosa. En definitiva, eso busca el socialismo: la igualdad, la equidad.
El mundo que generó el desarrollo del sistema capitalista es francamente desastroso. Pese a las posibilidades reales que la revolución científico-técnica vigente ha abierto para terminar con problemas ancestrales de la humanidad (hambre, inseguridad, miedo, desamparo), las relaciones sociales vigentes hacen de la sociedad global un lugar monumentalmente injusto: mientras en algunos lugares se desperdicia comida (40% en Estados Unidos), en otros muere de hambre una persona cada 7 segundos. Mientras se habla de libertad y democracia, las potencias saquean sin descaro a muchas regiones del globo. Mientras se habla de paz, un Norte cada vez más agresivo e inhumano hace la guerra contra un Sur que comparativamente se empobrece día a día, enriqueciendo así a los fabricantes de armamentos, que se frotan las manos con cada nuevo conflicto bélico que se abre –muchas veces, fomentado por ellos mismos–. Pese a que nuestro grado actual de desarrollo permitiría otro mundo, alrededor del 40% de la población planetaria –según datos del Banco Mundial, para nada sospechoso de “comunista” –, es pobre y carece de los recursos mínimos para llevar una vida digna (faltan alimentos y se sobrevive con malnutrición o desnutrición crónica, carece de saneamiento básico, vive sin acceso a energía eléctrica, casi 15% de la humanidad es analfabeta –dos tercios de ese total son mujeres–, y pese a que el discurso dominante nos dice hasta el hartazgo que vivimos la era de la comunicación y la super informatización, 35% de la población mundial no tiene acceso a internet. La tecnología de punta nos lleva al espacio sideral, pero no puede terminar con la miseria, la desnutrición, los niños de la calle. “Las bombas podrán terminar con los hambrientos, con los enfermos y con los ignorantes, pero no con el hambre, con las enfermedades y con la ignorancia”, expresó acertadamente Fidel Castro. Sin la menor duda, este mundo no va bien para las grandes mayorías populares.
Mientras en algunos países se realiza agricultura de precisión con big data, asistencia de inteligencia artificial, robótica de última generación y apoyo satelital –para producir más comida de la necesaria, mucha de la cual se desperdicia–, en otros aún se utilizan arados de bueyes, o se cultiva a mano. Y mientras algunos están buscando agua en el planeta Marte, alrededor de 10.000 personas por día mueren en la Tierra por falta del vital líquido, niños menores fundamentalmente. Las religiones hablan de amor entre los seres humanos. ¿Se les podrá creer, o son parte también del discurso de dominación? “Las religiones no son más que un conjunto de supersticiones útiles para mantener bajo control a los pueblos ignorantes”, había dicho Giordano Bruno –lo que le valió la hoguera–. Parece que no se equivocó.
Los ideales de igualdad social, de equidad y justicia que se divulgaron por todo el orbe décadas atrás –y con el que muchos pueblos comenzaran a construir sociedades distintas: el socialismo real– han sufrido un retroceso. Pero no están muertos. El socialismo como ideología sigue vigente, aunque golpeado y desacreditado por la cultura del capital. De todos modos, si bien el retroceso sufrido estas últimas cuatro décadas en la lucha por un mundo más equitativo fue grande, esa lucha no ha terminado. Por el contrario, hoy pareciera necesario su resurgimiento más que nunca, con nuevos bríos, ante esta avanzada fabulosa que están teniendo las propuestas de ultraderecha, que vienen ganando terreno en forma acelerada. El socialismo no está muerto, sino que ahora, más que nunca, debe oponérsele a este neofascismo que empieza a barrer la superficie del planeta, difundiendo un intolerable supremacismo peligrosísimo.
El Sur, tal como la experiencia lo ha demostrado por muy largos años, no puede esperar de ese Norte, de los poderes que comandan ese Norte –que dirigen, en definitiva, buena parte del curso del planeta en su conjunto– sino más de lo mismo. Desde que el mundo moderno, en los albores del capitalismo incipiente hace ya cinco siglos, globalizó la sociedad planetaria, desde el momento en que la industria naciente empezó a difundirse por todo el orbe, el Norte no ha traído sino desgracias para los pueblos de lo que imprecisamente se llamaba Tercer Mundo, ahora nombrado Sur global. El saqueo de América Latina, de África, de Asia, la consecuente pobreza y represión que eso significó, la dependencia –y por supuesto la humillación aparejada–, todo eso no ha terminado. Los invasores blancos, sus saqueos sangrientos con sus armas de fuego, sus barcos negreros y la imposición violenta del cristianismo como broche de oro de la dominación, no han terminado. Esa dominación hoy sigue presente con la figura de “inversiones extranjeras”, créditos de organismos financieros internacionales –en realidad, pesada e impagable carga para el Sur: cada niño que nace en Latinoamérica ya debe 2.500 dólares a esas instituciones– y la cultura que se impone desde la corporación mediática global, que domina nuestras vidas tanto como ayer las espadas y trabucos y luego los golpes militares pergeñados por las potencias imperiales, con militares torturadores preparados por esas potencias. En síntesis, la historia no ha cambiado gran cosa. Como siempre, si la situación se recalienta demasiado, ahí están las herramientas necesarias para poner en vereda a los “primitivos” descarriados. Ayer, militares golpistas formados en la represión interna y Doctrina de Seguridad Nacional; hoy: guerra jurídica y “revoluciones ciudadanas” disfrazadas de democráticas: las cosas cambian superficialmente, pero en esencia, siguen siendo lo mismo: el Norte sigue explotando al Sur sin la más mínima clemencia.
¿Es posible la integración?
En medio de ese panorama, va surgiendo una nueva idea: integración desde el Sur como alternativa, para oponerse a esa dominación avasalladora del Norte. Pero ¿qué integración? ¿De derecha o de izquierda? ¿De los capitales o de los pueblos oprimidos?
Proyectos de integración dentro de América Latina ha habido muchos, desde los primeros de los líderes independentistas a principios del siglo XIX (Bolívar, San Martín, Sucre, Morazán) hasta los más recientes del siglo XX y XXI: la Asociación Latinoamericana de Libre Comercio –ALALC–, la Comunidad Andina de Naciones, el Mercado Común Centroamericano, la Comunidad del Caribe –CARICOM–. Recientemente, y como el proyecto quizá más ambicioso: el Mercado Común del Sur –MERCOSUR–, creado por Argentina, Brasil, Paraguay, Uruguay y Bolivia en 1996, al que se han unido posteriormente Chile, Perú, Ecuador, Colombia y Venezuela. Sin contar, obviamente, con el intento de recolonización del ALCA, que en realidad es más una sumatoria de países bajo la égida de Washington que una genuina integración. Dicho proyecto como tal no prosperó, por la reacción de los gobiernos progresistas de inicio del siglo en la región, lo que no impidió que el imperialismo norteamericano estableciera de inmediato tratados de “libre” comercio –que de libres no tienen absolutamente nada– entre la potencia y los empobrecidos países del Sur, poniendo Washington las condiciones, leoninas, por cierto. Por supuesto, ninguna de estas iniciativas es una integración que beneficie a las grandes mayorías. Los únicos beneficiados con estos proyectos son los capitales, nacionales o transnacionales, básicamente los de Estados Unidos. Allí, definitivamente, sería ridículo hablar de “cooperación”, aunque en algún pomposo documento oficial se utilice esa expresión. El papel aguanta todo, sin dudas.
El punto máximo en el planteo de integración de esas aristocracias es el actual proyecto de MERCOSUR. Hay que destacar que ese mecanismo se centra en la integración capitalista, siempre ajena a los intereses populares. Para los sectores explotados en verdad no hay diferencias sustanciales entre el MERCOSUR y el ALCA. Como correctamente analiza Claudio Katz: “Las clases dominantes de la región se asocian, pero al mismo tiempo rivalizan con el capital externo. Propician el MERCOSUR porque no se han disuelto en el proceso de transnacionalización. Estos sectores buscan adecuar el MERCOSUR a sus prioridades. Promueven un desarrollo hacia afuera que jerarquiza la especialización en materias primas e insumos industriales, porque pretenden compensar con exportaciones la contracción de los mercados internos. El problema de la deuda está omitido en la agenda del MERCOSUR. Los gobiernos no encaran conjuntamente el tema, ni discuten medidas colectivas para atenuar esta carga financiera. Han naturalizado el pasivo, como un dato de la realidad que cada país debe afrontar individualmente”. En otros términos: con estos modelos de integración por arriba para las mayorías populares no hay, también, sino más de lo mismo.
Por su lado, en África igualmente existen intentos integracionistas. Sucede, igual que en Latinoamérica, que esos procesos en general están realizados desde una óptica capitalista. Web Du Bois y George Padmore impulsaron originalmente las reivindicaciones de la población negra del continente, aunque con un contenido tibio, sin tocar las raíces económico-sociales de la situación de África; es decir: sin abordar el proceso en clave de explotación capitalista. Como se ha dicho en alguna oportunidad, representan la “cara amable” del panafricanismo. Estas propuestas denunciaron la dependencia colonial, pero una vez obtenidas las independencias formales en las décadas de los 50 y 60 del siglo XX, no tomaron una radical distancia de los ex invasores, sino que plantearon una suerte de acomodación neocolonial. Para ello estuvieron abiertos a las inversiones privadas de capitales multinacionales, fomentando el libre comercio en los marcos del capitalismo. En otros términos, reclaman una suerte de nuevo Plan Marshall para compensar los daños ocasionados por las metrópolis colonialistas, a cambio de no fomentar propuestas muy “osadas” que lleven hacia planteos socialistas. Igual que en Latinoamérica, esas iniciativas de integración son “más de lo mismo” para las paupérrimas mayorías populares.
En la actualidad existen diversos mecanismos de integración del continente, tales como la Unión Africana (UA), el Área de Libre Comercio Continental Africano (AfCFTA, por su sigla en inglés), las Comunidades Económicas Regionales (CER), que actúan como apoyo a la UA (CEDEAO –para el África Occidental–, SADC –para el África Austral–, COMESA –para África Oriental y Austral–, y otras). Todas ellas se mueven en la dimensión de la libre empresa, avalando la existencia de burguesías nacionales y el acomodo con los capitales transnacionales. Si bien representan intereses supuestamente propios, de países africanos formalmente libres, todas estas iniciativas guardan estrechos lazos con el capitalismo occidental, del que pueden terminar siendo, sabiéndolo o no, sus defensores.
Es preciso reconocer que en el anárquico desarrollo del capitalismo a nivel mundial, los países más desfavorecidos del Sur también han visto nacer en su propio seno sociedades capitalistas que no dejan de repetir las diferencias constatables a nivel internacional. Las formaciones económico-sociales precapitalistas de todas las sociedades del Sur no significan modelos de justicia; los regímenes monárquicos y las sociedades preindustriales previas a la llegada de los “hombres blancos” en cualquier parte del Sur no constituyen por fuerza situaciones de equidad. En África, por ejemplo, era una tradición el esclavismo, donde tribus de población negra esclavizaban, y en algunos casos vendían al “invasor blanco”, hermanos de color. El “buen salvaje” viviendo en un mundo paradisíaco no pasa de mito, de grotesco mito incluso, que encierra un profundo racismo. Sin dudas el capitalismo que irrumpió por todo el planeta no hizo sino perpetuar esas injusticias, cubriéndolas en muchos casos con un manto de falsa modernidad. De hecho hoy, pueblos originarios de los países del Sur, también han ido entrando de manera deformada/forzada en moldes capitalistas, y hay burguesías locales explotadoras tanto en el África subsahariana como en los pueblos americanos prehispánicos. Ello se articula con las burguesías de origen “blanco” que se impusieron en el Sur, más la expoliación imperialista de los grandes centros colonialistas: Estados Unidos y algunas potencias euro-occidentales, como Reino Unido, Francia, Alemania, Italia, Países Bajos.
Hoy, ya entrado el siglo XXI, es rigurosamente imprescindible plantearnos pasos superadores de esta situación. Es casi necesidad imperiosa para evitar el desastre de la especie como un todo, por el colapso medioambiental en que nos encontramos, por la posibilidad de la guerra que encuentra el sistema como válvula de escape, siempre a costa del pobrerío. El modelo consumista y guerrerista que el Norte ha impuesto no es sostenible, y el Sur debe encaminarse hacia nuevas alternativas. El socialismo –aunque hoy la ideología de derecha lo demonice– es la única alternativa realmente válida. Valen las palabras de Rosa Luxemburgo: “Socialismo o barbarie”. Del Norte no se puede esperar sino más de lo mismo: saqueo y dependencia, insoportable arrogancia y violencia. Va surgiendo así la idea de una integración novedosa del Sur con el Sur. Pero hay que ser muy cuidadosos en esto: ¿integración por arriba o por abajo? ¿Integración de las élites o de los pueblos siempre sufridos? ¿Qué hay con la cooperación internacional?
Hay cooperaciones y cooperaciones
La llamada “cooperación internacional” que desde hace ya largas décadas los países capitalistas más poderosos (Estados Unidos, Europa Occidental, Japón, Canadá) le otorgan al Sur global (Latinoamérica, África, regiones del Asia) no es precisamente solidaria. Es una “estrategia contrainsurgente no armada”, tal como la concibieron los ideólogos estadounidenses en su inicio, concepción que no ha cambiado en el transcurso del tiempo. La primera iniciativa de “cooperación” la realizó Estados Unidos: la Alianza para el Progreso, puesta en marcha en los 60 del siglo pasado, bajo la administración del presidente John Kennedy. Dicha estrategia surgió inmediatamente después de la Revolución Cubana de 1959, como un mecanismo de protección contra “recalentamientos sociales”. Es decir, un colchón para aminorar malestares en los países más empobrecidos, para intentar evitar ollas de presión que, como Cuba, en cualquier momento podrían salirse de la órbita capitalista pasándose al socialismo. En otros términos: una fabulosa arma de control social. No se trata, en absoluto, de una “devolución” al Sur global por un supuesto arrepentimiento moral, una forma de “lavar culpas”. Es, lisa y llanamente, otro mecanismo de sujeción más, tanto como los créditos del FMI y el Banco Mundial, o las tropas siempre listas para invadir.
Después de la potencia norteamericana otros países capitalistas se sumaron a ese tipo de acciones, eso de “brindar ayuda”; fue así que en 1971 las naciones más prósperas, las que están en condiciones de ofrecer cooperación con el Sur siempre explotado y empobrecido, fijaron, en el marco de las Naciones Unidas, el compromiso de contribuir anualmente con el 0.7% de su Producto Interno Bruto a la ayuda internacional al desarrollo. Hoy, más de 50 años después, son muy pocos los que cumplen esa meta. Por supuesto, ningún país del Sur global salió de su estado de exclusión y postración gracias a esas “ayudas”, ni podrá salir nunca, porque no se dan para eso, sino para terminar creando más dependencia. La USAID, la agencia de cooperación más grande del mundo, ahora temporalmente cerrada por el gobierno de Trump a partir de problemas internos en su administración –luchas entre demócratas y republicanos– es la cara amable de la CIA, el injerencismo que prepara las intervenciones de Washington en los territorios que tiene bajo su control. El Norte da migajas con una mano –la llamada “cooperación”, imponiendo las agendas a los países que la reciben– pero solo a título de paños de agua fría, mientras quita sin misericordia con la otra, robando, explotando, sacando lo mejor de los recursos, endeudando sin piedad a los países empobrecidos. No hay la más mínima cooperación real. Muy claramente lo expresó un funcionario italiano ligado a estos temas, Luciano Carrino: “La cooperación representa la voluntad de una parte de las poblaciones de los países ricos de luchar contra racismos, la pobreza, la injusticia social y mejorar la calidad de vida y las relaciones internacionales. Una voluntad que los grupos en el poder tratan de voltear en su provecho pues la cooperación para el desarrollo humano persigue objetivos oficialmente declarados, pero sistemáticamente traicionados (…) Los datos sobre el uso global de los financiamientos de la cooperación parecen demostrar que menos del 7% total de las sumas disponibles es orientado hacia la ayuda a dominios prioritarios del desarrollo humano. El resto sirve para objetivos comerciales y políticos que van en el sentido contrario.” Más claro, imposible.
Eduardo Galeano resumió genialmente los contrastes entre esa “ayuda” del Norte y una auténtica relación solidaria: “A diferencia de la solidaridad, que es horizontal y se ejerce de igual a igual, la caridad se practica de arriba-abajo, humilla a quien la recibe y jamás altera ni un poquito las relaciones de poder.”
Por supuesto que existe otra forma de brindar cooperación distinta a esta suerte de limosna condicionada; por supuesto que se pueden y deben buscar reales mecanismos solidarios Sur-Sur; una cooperación auténtica, de hermanamiento, que busca la solidaridad, la horizontalidad. Todo ello recuerda lo sucedido en la histórica Conferencia de Bandung, Indonesia, en 1955, que propició la creación del Movimiento de Países No Alineados –NOAL–, que tendría un papel de suma importancia durante la Guerra Fría, sentando bases para una integración de los países que iban saliendo del colonialismo con un criterio más social, antiimperialista. Se buscaba allí propiciar mecanismos de igualdad, no que perpetúen las diferencias. Por lo pronto, aunque en la actualidad ya prácticamente no hay colonias mantenidas a punta de bayoneta, la dependencia de las que fueran colonias con respecto a las metrópolis sigue siendo enorme. Francia, por ejemplo, no podría mantener su estatus de potencia económica si no fuera por el robo descarado que continúa perpetrando en África. Hoy, tercera década del siglo XXI, el neocolonialismo no ha terminado. La Conferencia de Berlín de 1884/5 sigue vigente en su esencia, cuando unas pocas potencias capitalistas europeas se dividieron el continente africano sobre un mapa. Al igual que el pacto silencioso de esas mismas metrópolis imperialistas que pesó y sigue pesando sobre Haití, que tuvo la mortal osadía de proclamarse independiente en 1804, declaración llevada adelante por esclavos negros, lo que le valió la determinación imperial de nunca más permitirle levantar cabeza (hoy Haití está entre los países más pobres del planeta). El mundo sigue dividido entre “hombres blancos civilizados”, ¡y muy poderosos!, y “razas inferiores, salvajes”. ¿Hasta cuándo?
En estas últimas décadas han surgido nuevas opciones, intentos de unir el Sur, pero no sus clases dirigentes, sino a los países pobres, a los pueblos siempre oprimidos. Eso es algo aún en construcción, pero ya hay interesantes experiencias. Por ejemplo, el ALBA-TCP –Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América-Tratado de Comercio de los Pueblos–, vigente en América Latina, o la Alianza de Estados del Sahel –Malí, Burkina Faso y Níger–, una unión panafricana de Estados que se considera el primer paso hacia una África unificada y antiimperialista, surgida a partir del movimiento militar acaecido en Burkina Faso en 2022 liderado por Ibrahim Traoré, retomando las banderas de las propuestas socialistas de Thomas Sankara, el histórico luchador burkinés, revolucionario marxista conocido como “el Che Guevara africano”, asesinado por el gobierno francés en una maniobra encubierta. O, como ejemplo que ennoblece, las brigadas cubanas (médicas, de alfabetización, deportivas) que brindan apoyo solidario en tantos países.
El ALBA, surgido a partir de la Revolución Bolivariana en Venezuela comandada por Hugo Chávez, se fundamenta en la creación de mecanismos para crear ventajas cooperativas entre las naciones, que permitan compensar las asimetrías existentes entre los países del hemisferio. Se basa en la creación de Fondos Compensatorios para corregir las disparidades que colocan en desventaja a las naciones débiles frente a las principales potencias; otorga prioridad a la integración latinoamericana y a la negociación en bloques subregionales, buscando identificar no solo espacios de interés comercial sino también fortalezas y debilidades para construir alianzas sociales y culturales. En palabras de Milos Alcalay, anterior representante de la República Bolivariana de Venezuela ante Naciones Unidas: “Cuando la cooperación Sur-Sur ha sido instrumentalizada de manera sistemática y continua, ha demostrado ser un mecanismo útil para enfrentar la realidad mundial y reducir la vulnerabilidad de nuestros países frente a los factores internacionales adversos. Ha logrado maximizar la complementariedad entre nuestros países. Sin embargo, y así debemos reconocerlo, sus potencialidades yacen allí, a la espera de su explotación y uso eficiente. Hasta ahora se ha subutilizado. Se ha desaprovechado como instrumento que ofrece oportunidades viables para procurar, individual y colectivamente, mayor crecimiento económico, desarrollo sostenible y para asegurarnos una participación más efectiva en el sistema económico mundial”. Estas iniciativas –por ejemplo, la petrolera Petrocaribe, o el canal televisivo Telesur–, con un talante social, buscando distanciarse de Washington, chocan con todo lo que implementa el imperialismo estadounidense, secundado por la Unión Europea muchas veces, para entorpecerlas y/o frenarlas.
Los movimientos panafricanistas que hoy se están dando en el Sahel africano, con un claro contenido antiimperialista y socialista, están ayudando a varios países de África occidental – que anteriormente eran colonias francesas– a comenzar la construcción de algo nuevo, un bloque que mira con buenos ojos a Rusia –heredera de la Unión Soviética, la que ayudó mucho al sufrido continente africano– y a China, hablando con un lenguaje marxista y anticolonialista. Producto de esas dinámicas Mali, Chad, Senegal, Níger y Costa de Marfil expulsaron de sus territorios a las tropas francesas que allí permanecían como fuerzas neocolonialistas, lo cual provocó la airada protesta del presidente Emmanuel Macron –hablando siempre desde su arrogancia imperial– acusando a Burkina Faso –e indirectamente a Traoré (¿ya estará sentenciado a muerte, tal como hicieron con Sankara?)– de “ingratitud”, pues esas naciones habrían “olvidado agradecerle” a Francia todo el esfuerzo por “civilizarlos”. Eso trae a colación la abominable expresión del ministro francés decimonónico Jules Ferry, quien sin la más mínima vergüenza pudo decir: “Las razas superiores tienen el derecho porque también tienen un deber: el de civilizar a las razas inferiores” (hiper mega sic). Esa ideología, totalmente repugnante, está vigente hoy, y un primermundista –como Macron– puede ejercerla sin preocuparse, normalizándola.
A esto es imprescindible oponer lo dicho por el referido Ibrahim Traoré, actualmente mandatario de Burkina Faso –uno de los países más empobrecido del mundo, pero muy rico en minas de oro (quinto productor en África), litio y uranio–, quien intenta inaugurar un nuevo tipo de integración regional, no con intereses capitalistas, sino desde el ideario socialista: “¿Por qué África, rica en recursos, sigue siendo la región más pobre del mundo? Los jefes de Estado africanos no deberían comportarse como marionetas en manos de los imperialistas”, afirmó Traoré.
En el orden de establecer una nueva modalidad de relación Sur-Sur, es imprescindible hablar de las ayudas que presta Cuba socialista a otros países, incluso habiéndosela ofrecido a Estados Unidos luego del huracán Katrina que golpeó inclemente en Nueva Orleans, no aceptada por el imperio. La revolución cubana no regala lo que le sobra, no hace caridad: comparte solidariamente con sus hermanos del continente y de otras latitudes. Pese al embargo criminal del que viene siendo objeto desde el momento de su nacimiento, su cooperación genuina con otros pueblos del Sur es un hecho paradigmático. En la actualidad cerca de 40.000 profesionales y técnicos cubanos prestan sus servicios en alrededor de 100 países. Además de brigadistas voluntarios que trabajan en cooperativas agrícolas y proyectos sociales en distintas partes del Sur global, la isla apoya solidariamente a más de 15 países a través del método de alfabetización “Yo sí puedo”, desarrollado en Cuba, el cual contribuyó a que casi dos millones de personas aprendieran a leer y escribir en varios pueblos latinoamericanos. Pero la ayuda más emblemática está dada por las brigadas médicas. Ellas están en la actualidad en 56 países con 24.000 personas trabajando (médicos, estomatólogos, enfermeros, técnicos sanitarios), dando consulta en las diferentes especialidades médicas (muchas veces en zonas inhóspitas, donde profesionales locales no van), atendiendo también en catástrofes naturales y crisis sanitarias –epidemias, por ejemplo–, a lo que hay que agregar 1) la Operación Milagro, destinada a la atención de patologías oculares, con 3 millones de personas atendidas, y 2) la Escuela Latinoamericana de Medicina de La Habana –-ELAM–, de amplio reconocimiento internacional, dedicada a la formación de personal de salud con un enfoque en solidaridad, atención primaria (preventiva) y servicio a comunidades vulnerables, que hoy forma, de manera totalmente gratuita, a jóvenes de 120 países. O igualmente el apoyo solidario que dio la isla a Angola en términos militares –377.000 soldados y 56.000 oficiales en rotaciones durante 16 años, con un pico de 50.000 efectivos en 1988– para lograr su independencia y su triunfo en la guerra civil apoyando las fuerzas de izquierda del Movimiento Popular de Liberación de Angola (MPLA).
¿Es posible la cooperación Sur-Sur?
La construcción de espacios de cooperación Sur-Sur, articulados a partir de los problemas y las dificultades comunes, ofrece una perspectiva diferente en la que el elemento central no está dado por el afán de acumulación capitalista ni por las aspiraciones hegemónicas, sino que se manifiesta a lo largo de un eje más humano basado en otra ética, no solo la del individualismo feroz: buscar soluciones para los problemas de la pobreza y el hambre, diseñar nuevos caminos hacia el desarrollo, defender las autonomías nacionales y las potestades soberanas, alejándose así de la presión dominante de los países del Norte próspero, que lo único que buscan, más allá de retorcidos discursos altruistas que nadie puede creer, es continuar con el saqueo del Sur. El conjunto de problemas no resueltos por el capitalismo (hambre, atraso, inseguridad, enfermedad, analfabetismo, dependencia técnica, financiera y cultural) requiere de soluciones distintas y, sobre todo, reclama el valor de la solidaridad entre los pobres como factor común y compartido. Tal vez pueda ser éste un motor hasta ahora poco explorado, capaz de conducir a acuerdos de nuevo tipo, con otra inspiración y con otras finalidades.
Una nueva cooperación Sur-Sur debe ir más allá de un acuerdo económico ventajoso, el cual une por un tiempo, sólo mientras dura el interés concreto en juego, pero que no trasciende. Esta nueva cooperación debe servir para generar desarrollo social sostenible, para todas y todos por igual, sin condicionamientos. Si no, no es cooperación. Lo que queda claro, a partir de los ejemplos vistos más arriba, es que solo se puede lograr eso desde una ética socialista.
Blog del autor: https://mcolussi.blogspot.com/
Diplomacia de catástrofes en Myanmar: Una narrativa conveniente para la comunidad internacional
Desde el devastador terremoto de magnitud 7,7 del 28 de marzo, la comunidad internacional, especialmente los países vecinos, se ha apresurado a prestar ayuda a Myanmar. India y China impulsaron de forma competitiva su visibilidad en nombre de la «diplomacia de catástrofes» para ganarse los corazones y las mentes de la población afectada. La ONU y las ONG internacionales, que se habían visto obligadas a guardar silencio sobre la guerra civil que afecta a millones de personas desde el golpe de Estado, reaparecieron en las calles del centro del país. Incluso la enviada especial de la ONU, Julie Bishop, recorrió los escombros y predicó sobre la paz a la ciudadanía de Myanmar.
La comunidad internacional y los países vecinos trataron de impulsar un objetivo más amplio de consolidación de la paz aprovechando, como una oportunidad, los esfuerzos de socorro. La ONU ha solicitado 240 millones de dólares más en ayuda, al tiempo que ha instado a un alto el fuego que permita proseguir con los esfuerzos humanitarios. Esta dinámica alcanzó su punto álgido en los esfuerzos diplomáticos recientes en Malasia, donde el Primer Ministro Anwar Ibrahim se reunió tanto con el Gobierno de Unidad Nacional (NUG, por sus siglas en inglés) de Myanmar como con la junta militar birmana para hablar de ayuda humanitaria y de estabilidad regional.
El ejército de Myanmar respondió a la presión internacional anunciando un alto el fuego, pero no fue más que una treta para manipular los esfuerzos diplomáticos. Su engaño calculado no solo expone la vacuidad de los compromisos diplomáticos en tales condiciones, sino que también subraya los defectos fundamentales de la confianza de la comunidad internacional en la respuesta a catástrofes como conducto para la negociación política.
Recurrencia eterna
Las catástrofes suelen suscitar el optimismo de que pueden crear oportunidades para el compromiso diplomático entre partes en conflicto, ya sean Estados rivales o facciones internas. Defensores de la diplomacia de catástrofes sugieren que, si bien los terremotos, las inundaciones, los huracanes y los tsunamis provocan devastación, también constituyen momentos excepcionales para la cooperación, incluso entre adversarios. Aunque los estudios empíricos confirman la existencia de un vínculo entre las catástrofes y la dinámica de los conflictos, la relación causal real sigue siendo compleja e impredecible. La ayuda puede proporcionar socorro inmediato, pero también corre el riesgo de reforzar estructuras de poder existentes, permitiendo a los regímenes autoritarios manipular los esfuerzos humanitarios en su propio beneficio.
Para entender cómo funciona la diplomacia de catástrofes en Myanmar, debemos tener en cuenta la prolongada desatención de los militares hacia su ciudadanía. El ejercito birmano ha demostrado de forma sistemática un desprecio absoluto por el bienestar de la población civil, dando prioridad a la consolidación del poder sobre la gobernanza. Desde las brutales medidas represivas contra manifestantes en 1988 hasta las campañas de limpieza étnica contra la etnia Rohingya, los militares han dejado claro que la población de Myanmar es prescindible.
Incluso en tiempos de catástrofes naturales, la insensibilidad de los militares es sorprendente. La respuesta al ciclón Nargis en 2008 es un ejemplo tristemente célebre. Mientras el ciclón se cobraba casi 140.000 vidas, la junta militar obstruía los esfuerzos internacionales de socorro, dando prioridad a la estabilidad del régimen sobre la distribución urgente de ayuda. El mundo contempló horrorizado cómo el gobierno endurecía su control en lugar de facilitar las intervenciones humanitarias, dejando al descubierto su indiferencia absoluta por el sufrimiento humano. En su libro «Diplomacia de Desastres: Cómo los Desastres Afectan la Paz y el Conflicto», Ilan Kelman resumió agudamente la situación: «La catástrofe de mayo de 2008 demuestra que la diplomacia de desastres sucumbe a las prioridades en lugar de ocuparse adecuadamente de las catástrofes y crear diplomacia».
Diecisiete años después, la comunidad internacional vuelve a confiar, contra toda esperanza, que los mismos militares actúen en interés de las poblaciones afectadas.
Además, la junta de Myanmar es famosa por el uso indebido de la ayuda. Ha utilizado estratégicamente la ayuda exterior para reforzar su legitimidad, aceptando ayuda de forma selectiva y, al mismo tiempo, controlando los discursos para reforzar su autoridad. En lugar de dar prioridad a la ayuda humanitaria, la junta manipula el suministro de ayuda, restringiendo el acceso a las zonas controladas por la oposición y dando prioridad a sus propios intereses. Una evaluación reciente de la Oficina de Naciones Unidas para la Coordinación de Asuntos Humanitarios (OCHA, por sus siglas en inglés) mostró que Naypyitaw recibió más ayuda que cualquier otra región. Las fotos de artículos de ayuda dispersos se difunden ampliamente por Internet. Pero al margen de estas acciones, la crisis ha dado lugar a un compromiso diplomático renovado: el jefe de la junta militar, Min Aung Hlaing, asistió a la reciente cumbre de la Iniciativa del Golfo de Bengala para la Cooperación Técnica y Económica Multisectorial, celebrada en Bangkok, mientras que la Asociación de Naciones del Sudeste Asiático (ASEAN, por sus siglas en inglés) retomó la cooperación regional en las tareas de socorro de Myanmar.
Escalada de ataques aéreos: las verdaderas prioridades de la junta militar
Mientras miles de personas luchan contra las secuelas del terremoto, la junta ha intensificado los ataques aéreos contra los bastiones de la resistencia y las comunidades étnicas. Desde el seísmo se han documentado 611 ataques aéreos, que a principios de mayo habían causado más de 400 muertes y herido a más de 850 personas.
La intención es evidente: la junta busca aplastar a la oposición mientras utiliza la crisis humanitaria como distracción. En lugar de asignar recursos para ayudar a las personas afectadas por el terremoto, dirige su atención y recursos hacia la lucha contra la resistencia. Puede que la atención internacional se centre temporalmente en los esfuerzos de ayuda, pero el sufrimiento a largo plazo de la población de Myanmar, debido a la doble crisis de catástrofes naturales y conflicto, continúa en alza.
Gestos vacíos
La respuesta de la comunidad internacional al terremoto debe ir más allá de los gestos simbólicos de ayuda. Aunque la ayuda humanitaria es crucial, relacionarse con la junta únicamente por medio de la diplomacia de catástrofes, es correr el riesgo de legitimar su gobierno. Los actores externos deben reconocer que proporcionar ayuda, sin exigir responsabilidades a los militares por las atrocidades cometidas, no hace sino reforzar las estructuras de poder existentes.
En su lugar, los esfuerzos diplomáticos deben abordar las causas de raiz del sufrimiento de Myanmar: exigir responsabilidades por los crímenes de guerra, amplificar las voces de la resistencia y garantizar que la ayuda llegue a la población y no a las manos de un régimen opresor.
Aunque el terremoto ha creado una ventana temporal para un mayor compromiso humanitario y cierto movimiento diplomático, todas las causas subyacentes siguen sin abordarse. El enfoque de la comunidad internacional sigue siendo en gran medida transaccional: ofrecer ayuda y eludir los problemas estructurales de fondo. Otro desastre, otro ciclo de gestos vacíos. Pero la comunidad internacional no ha fallado a Myanmar por ignorancia, sino por conveniencia. Ha fracasado por elección propia.
La diplomacia de catástrofes es, en el mejor de los casos, una representación con guión: un intercambio bien ensayado de cumplidos, sesiones fotográficas, publicaciones en las redes sociales y envíos de ayuda diseñados para preservar una narrativa de benevolencia. Los vecinos se apresuran con la ayuda, los titulares alaban su buena voluntad y el mundo mira hacia otro lado, contento con la ilusión de que algo se ha hecho. Sin motivación para abordar causas estructurales, Myanmar seguirá atrapada en este ciclo.
Desmond es analista de desarrollo internacional en Myanmar y se centra en el proceso de paz y transición.
Fuente original en inglés: https://www.irrawaddy.com/opinion/guest-column/disaster-diplomacy-in-myanmar-a-convenient-narrative-for-the-intl-community.html
Stalin antisemita y prosionista
El hábito, tan en boga, de equiparar a Stalin con Lenin es vergonzoso. En términos de personalidad Stalin ni siquiera resiste la comparación con Mussolini o Hitler. Estos dos dirigentes victoriosos de la reacción italiana y alemana, a pesar de lo paupérrimo de su ideología fascista, han demostrado iniciativa, capacidad de despertar a las masas y abrir nuevos caminos. No podemos decir lo mismo de Stalin. Surgió del aparato, es inconcebible sin él. Sólo puede acercarse a las masas por intermedio del aparato… Stalin pudo elevarse por encima del partido cuando el deterioro de las condiciones sociales en la época de la NEP le permitió a la burocracia elevarse por encima de la sociedad.
León Trotsky. Los crímenes de Stalin (1937)
“¿En que categoría ponemos a la difunta, según usted, ciudadano?”
Kostia se encogió de hombres y preguntó con ira:
–¿Hay alguna categoría de crímenes colectivos?
Victor Serge. El Caso Tuláyev
A la memoria de Esteban Volkov Bronstein (Sieva) 1926–2023, quien supo preservar el legado revolucionario de su abuelo.
La creación del Estado de Israel un 14 de mayo de 1948 tuvo todo el apoyo político y militar de la URSS estalinista. A 77 años, casi ocho décadas de esta infamia histórica, se está cometiendo un genocidio de la población palestina en la Franja de Gaza. Desde cierta perspectiva histórica Stalin es uno de los responsables de uno de los mayores crímenes de lesa humanidad actuales. Más aún, la burocracia estalinista también es responsable del derrumbe de la URSS en diciembre de 1991. Trotsky, en su libro La Revolución traicionada (1936), pronosticó el colapso del terror totalitario soviético. Stalin tuvo muchos gánsteres por el mundo, uno de ellos fue Vittorio Vidali (alias Enea Sormenti, Comandante Carlos, etcétera), otro fue Pável Sudoplátov (estratega del asesinato de Trotsky y de crímenes durante la Guerra Civil Española), pero hoy día si tuviera uno a la mano podría ser, sin duda, Benjamín Netanyahu; aunque Netanyahu es un mercenario poderosísimo al servicio de Donald Trump. En lugar de la GPU sería el Mossad.
Israel es una creación política artificial e ilegítima de un nacionalismo extremo judeo–sionista sustentado en un colonialismo de limpieza étnica, colonialismo de asentamiento y tierra arrasada para la apropiación de tierras ajenas con hiperviolencia militar genocida supremacista racista–teocrático. A la fecha se estima, desde el 7 de octubre de 2023, una cantidad de cercana a 70 mil muertos, en su mayoría niños, mujeres y ancianos.
Al igual que la política sostenida por los nazis para su expansionismo territorial bajo la práctica de Lebensraum (espacio vital), los israelíes lo hacen usurpando tierras palestinas mientras expulsan a la población nativa a concentrarse en guetos, en un apartheid con bantustanes, territorios segregados para la población palestina y privarles de sus derechos políticos. Gaza, de hecho, es la cárcel al aire libre más grande del mundo. El 5 de mayo pasado el gabinete de seguridad israelí aprobó un plan para expandir las operaciones militares en Gaza, que incluye la «conquista» del territorio palestino y el desplazamiento de la población. Es una “conquista” muy fácil porque no se enfrentan a ningún ejército enemigo. La ciudad de Gaza está prácticamente destruida. Su población estimada en 2021 era de unos casi 650 mil habitantes, la ciudad más poblada de Palestina. Hoy está totalmente en ruinas como muchas ciudades europeas o japonesas durante la II Segunda Guerra Mundial.
Alrededor del 14 de mayo de 1948 se cometieron matanzas como la de Deir Yassin, aldea palestina cerca de Jerusalén. El 9 de abril de 1948, en vísperas de la guerra árabe-israelí de 1948-1949, la aldea fue destruida por fuerzas paramilitares sionistas sembrando el terror entre los asentamientos árabes–palestinos. Ese 14 de mayo es una fecha nefasta para la nación Palestina que los sionistas celebran como Día de la Independencia, aunque no hubo ninguna independencia porque nunca estuvieron sojuzgados por ninguna nación extranjera a menos que consideremos la retirada de las tropas británicas establecidas en Palestina por mandato de la Sociedad de la Naciones en 1922; el Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda administraban estos territorios de facto –una especie de protectorado– desde 1917 con la caída del Imperio otomano que dominaba la región del Levante meridional. Antes de la primera Guerra Mundial, el último sultán de Constantinopla y del Imperio Otomano, Mehmed VI, abrió Palestina a la colonización sionista, pero fueron Inglaterra y Francia las que crearon en 1919–1920 Estados árabes de naturaleza feudalburguesa y con fronteras artificiales.
David Ben-Gurión, primer ministro, el 14 de mayo, con el himno nacional sionista, el Hatikva, y bajo el retrato de Theodor Herzl, proclamó la “independencia de Israel”. Ben-Gurión estaba decidido a concretar lo que consideraba “el derecho natural del pueblo judío de ser dueño de su propio destino, con todas las otras naciones, en un Estado soberano propio”, como decía la declaración. Pero ser “dueño de su propio destino” implicaba ser dueño de tierras ajenas y la negación de Palestina como Nación. Una negación que significa su exterminio como pueblo.
No obstante que la URSS estalinista apoyó plenamente la creación del nuevo Estado, al poco tiempo el gobierno israelí se convirtió en un policía militar del imperialismo yanqui en el Medio Oriente. Desde finales de la década de los 40, Israel se convirtió en un proyecto colonial al servicio del imperialismo estadounidense. Israel es consecuencia directa de la II Guerra Mundial: por un lado el Holocausto (Auschwitz); el antisemitismo extremo como forma de exterminio por la violencia nazi: la solución final, el asesinato en masa de los judíos, el genocidio como justificación para dotar de una tierra segura a los judíos de Europa y de la URSS; por otro, lo más importante, como una forma de colonizar una región para los intereses imperialistas estadounidense, inglés y francés en tanto bastión político–militar; una región estratégica para el dominio de las grandes potencias capitalistas. Desde el inicio del siglo paso, el Medio oriente se convirtió en la región más conflictiva bélicamente del mundo, derivado de la presencia estadounidense. “Los EEUU tuvieron mucho éxito en la consolidación de la hegemonía sobre la región y su petróleo. Sin embargo, sólo pudieron lograrlo fomentando entre los estados y pueblos unos antagonismos que produjeron una serie de guerras…”. i
Esta zona geopolítica en disputa después de la II Guerra Mundial no pasó desapercibida para los intereses de la burocracia soviética, lo que le llevó a intervenir en favor de la conformación del Estado sionista.
Un 15 de mayo de 1948, después de la matanza de Deir Yassin, vendría la Nakba (catástrofe o desastre para los palestinos), como consecuencia inmediata de la fundación del Estado sionista. La Nakba es la expulsión y huida de 750 mil palestinos, el despoblamiento y destrucción de más 500 pueblos palestinos por la Fuerza de Defensa de Israel (FDI), conformadas el 26 de mayo de 1948, pero que ya venía atacando despiadamente con organizaciones terroristas como Haganá, Irgún y Lehi. Dicha fuerza militar más que operar como ejército defensivo es el principal instrumento de hiperviolencia del colonialismo sionista –un nacionalismo de ultraderecha expansivo, con rasgos fascistas– y del genocidio palestino. La Nakba también significa la negación del derecho palestino al retorno a sus tierras ancestrales –cuestión que apoyó la URSS en la ONU– y es el inicio de la limpieza étnica. Guardando las proporciones, la Shoa (Holocausto) y la Nakba tienen muchas semejanzas (genocidios); una de ellas es la política de exterminio de la población considerada como indeseable o enemiga. No se necesitan cámaras de gases ni hornos crematorios para asesinar a decenas de miles de niños, mujeres, ancianos, médicos, estudiantes, periodistas y poetas. Se necesitan tropas de ocupación, misiles, y un bloqueo criminal de alimentos y medicinas; la hambruna está diezmando a los gazatíes. Es un Estado de sitio permanente bajo formas terroristas con el pretexto de la amenaza de Hamas. El terrorismo del Estado israelí es parte orgánica del mayor terrorismo de Estado que históricamente representa los Estados Unidos.
¿Es posible ser prosionista y antisemita?
Si, es posible, Stalin lo personificó. Ciertamente es un oxímoron, una contradicción flagrante Esta antinomia es un aparente embrollo ideológico–político, pero la historia de los hechos verdaderos da luz sobre una serie de giros delirantes estalinistas inmersos en un proceso conflictivo que a la fecha tiene consecuencias terribles y dramáticos para uno de los protagonistas dolientes como es el pueblo palestino. Stalin era antisemita en lo general, pero, contradictoriamente, en lo particular estaba del lado del judaísmo sionista–terrorista.
Desde nuestro punto de vista es imposible explicar el proceso de construcción del Estado judeo-sionista a partir de mayo de 1948 sin la intervención decisiva del Estado soviético encabezado por Iósif Vissariónovich Dzhugashvili (Stalin).
El genocidio no inició el pasado 7 de octubre de 2023, se remonta a muchas décadas atrás, es el genocidio más largo de la historia moderna. El inicio de la historia de las atrocidades criminales cometidas por los sionistas–israelíes a los palestinos casi corre paralela a la del Holocausto del pueblo judío. Desde las primeras décadas del siglo pasado, las constantes migraciones de judíos europeos a Palestina llevan inherente la violencia colonialista, particularmente desde la década de los 30.
La cronología del Holocausto puede establecer las fechas del 1 de septiembre de 1939 al 2 septiembre de 1945. Es posible considerar que la persecución sistemática de los judíos perpetrada por el fascismo alemán inició desde 1933. El 1 de septiembre de 1939 es la fecha de la invasión de las tropas nazis a Polonia y, algo importante, el 28 de septiembre de ese año se establece la alianza entre los gobiernos alemán y soviético con la enmienda secreta al Pacto Molotov-Ribbentrop para la partición de Polonia. Los estalinistas siempre acusaron y acusan a Trotsky de actividades antisoviéticas, agente del imperialismo estadounidense y haber colaborado con el nazismo, una calumnia infame; pero lo cierto es que Stalin si fue aliado de muchas formas con Hitler y después con los Estados Unidos e Inglaterra. El ascenso de Hitler al poder en 1933 también se deriva de la consigna estalinista de que la socialdemocracia alemana es un socialfascimo –fue una tesis defendida por la Internacional Comunista (Komintern) entre 1928 y 1935 que sostenía que la socialdemocracia era equivalente al fascismo ya que ambos se oponían a la revolución comunista. El primer antisoviético liderando un proceso contrarrevolucionario fue, paradójicamente, el propio Stalin como sepulturero de la Revolución (Trotsky dixit).
El antisemitismo en la URSS estalinista
“Iván el Terrible les acusó de emponzoñar almas y les prohibió la entrada en la Santa Rusia. No tuvieron más suerte unos siglos más tarde. lósif Stalin no sólo cerró fronteras ante las oleadas de judíos que llamaban a la puerta de la URSS, sino que entregó a algunos de ellos –entre 1939 y 1941– a la Gestapo. Hoy, en Moscú, los neoestalinistas se manifiestan junto a los nostálgicos del zarismo; no se trata de una alianza contra natura: el estalinismo heredó, entre otras cosas, su antisemitismo del zar, no de la Revolución de Octubre”, afirma Pierre Broue. ii
El antisemitismo en la Rusia zarista era muy arraigado, quizá mucho más que en la Europa occidental. Este rechazo a los judíos durante el zarismo era de siglos atrás. Sujetos a confinamiento, leyes discriminatorias, y víctimas de pogromos (linchamientos masivos y destrucción de sus bienes). Con el triunfo de la Revolución de Octubre se liquidaron siglos de antisemitismo zarista. Fue prohibido legalmente por el gobierno soviético revolucionario, aunque persistía como herencia en muchos sectores populares con prejuicios y chovinismo étnico, incluido hasta en el seno del bolchevismo con los sectores más atrasados políticos y en conflictos personales como en la rivalidad entre Stalin y Trotsky.
El proceso revolucionario abolió leyes contra los judíos considerado como un pueblo al margen de la ley. Muchos dirigentes bolcheviques tenían orígenes judíos como el propio Lenin. Los terribles Procesos de Moscú (1936–1938) llevados a cabo por Stalin tuvieron como víctimas a numerosos judíos acusados falsamente de conspirar contra el gobierno soviético. Las purgas estalinistas, en realidad asesinatos, fusilamientos o encarcelados en el Gulag, también tuvieron víctimas de judíos bolcheviques revolucionarios. Hubo millones de asesinados; un genocidio. Pierre Broué analiza extraordinariamente esas atrocidades y la resistencia: Comunistas contra Stalin. Masacre de una generación. iii
Notas:
i Harman, Chris. La otra historia del mundo. Una historia de las clases populares desde la edad de Piedra al nuevo milenio. Ediciones Akal, Madrid, 2013.
ii https://elpais.com/diario/1992/11/05/cultura/720918004_850215.html
iii Broué, Pierre. Comunistas contra Stalin. Masacre de una generación. Sepha Edición. Málaga, 2008.
El mundo, las amenazas y la ONU
Recientemente el vicepresidente estadounidense, J. D. Vance, señaló en Maryland ante los graduados de la Academia Naval de Estados Unidos, que la época del dominio absoluto del mundo había llegado a su fin.
“Tras la Guerra Fría, Estados Unidos disfrutó de un dominio casi indiscutible de los bienes comunes: el espacio aéreo, el mar, el espacio y el ciberespacio. Pero la era del dominio incontestable de Estados Unidos ha terminado. Hoy nos enfrentamos a graves amenazas en China, Rusia y otras naciones decididas a vencernos en todos y cada uno de los dominios”, dijo Vance; agregando, que “tenemos que ser, todos nosotros, no sólo más inteligentes», pero ahora «tenemos que asegurarnos de que [cuando] enviamos a nuestras tropas a la guerra, lo hacemos con las herramientas adecuadas», según reporta Yahoo News. Lo anterior, avecina que continuará aumentando el gasto militar estadounidense.
En Europa también la clase dirigente en los últimos tiempos ha continuado alimentando la retórica belicista bajo el argumento de que existen, según la inteligencia de Dinamarca y Alemania, “amenazas” de que Rusia los atacará en los próximos años y que la población debe estar preparada para el “peor escenario posible” incluido un ataque nuclear.
Cualquier analista serio rechazaría esta afirmación ya que Rusia no tiene la capacidad de sostener una guerra convencional exitosa con un país europeo amén también porque el Tratado de la OTAN obliga, de acuerdo al artículo 5, a que se desate una guerra de respuesta de los 42 países de la alianza atlántica contra Rusia.
En cifras reales, mientras Rusia alcanzó un estimado de 149.000 millones de dólares de gasto militar en 2024, de acuerdo a los datos de SIPRI, Europa, excluida Rusia, gastó casi cuatro veces más llegando a la cifra de 544.000 millones de dólares. Y si sumamos los 997.309 y los 29.346 millones de dólares que gastó Estados Unidos y Canadá, el 2024, estamos hablando de más de 10 veces el gasto militar de Europa, EEUU y Canadá con respecto a Rusia.
La opción nuclear también no es recomendable ya que esto representaría una muerte conjunta “asegurada” entre los países de la OTAN y Rusia y las consecuencias para el mundo serían inimaginables. La misma Federación Rusia, en todo caso, sí ha dicho que en caso de un peligro “existencial” a su seguridad podría usar sus armas estratégicas, armas nucleares, contra cualquier Estado que ponga en peligro su propia existencia. Sin embargo, esto también lo podrían hacer todas las potencias nucleares en caso de un peligro existencial definitivo. El único precedente al respecto es que sólo Estados Unidos ha sido capaz de utilizar bombas nucleares en la historia de la humanidad contra las ciudades de Hiroshima y Nagasaki en 1945.
Por lo mismo, seguir alimentando la retórica de la guerra y seguir los mismos pasos de siempre, una y otra vez, es completamente irracional y es urgente que todos los líderes mundiales retomen el sentido de la responsabilidad política que tienen sus cargos y que no es otra que lograr convivir y preservar la paz, tanto dentro de sus propios países como fuera de ellos, por lo cual deben lograr resolver sus diferencias internas como con otros países mediante el diálogo y la diplomacia.
Es cierto que Estados Unidos y la Unión Europea hoy no pueden “disfrutar”, como señala Vance, de todas las regalías y ventajas que tenían antes para imponer su voluntad a las naciones más pequeñas. Hoy, efectivamente, tienen competencia en muchos frentes. Entre ellos, en el ámbito comercial y militar.
Es cierto, y en hora buena, que ya no gozan del dominio unipolar para seguir imponiendo por la fuerza sus deseos y su voluntad a destajo. Por eso mismo, es urgente que hayan nuevas reglas del juego en el mundo actual donde los nuevos actores como Brasil, China, Rusia, India, Sudáfrica, los BRICS, y tantos más, abogan por un mundo multipolar donde todas las naciones importen, donde haya justicia e igualdad en las relaciones internacionales y se termine definitivamente con la política del garrote y del más fuerte.
En ese nuevo mundo que emerge se necesita un tratado de seguridad común que tenga por fin regular las relaciones internacionales para poner fin a las guerras y alentar una agenda de desarme. Si las naciones del mundo, especialmente las más poderosas, se ponen de acuerdo y se crean las condiciones para el respeto común de todas las naciones de la tierra podremos convivir en paz y será posible la desmilitarización del planeta y poner fin al derroche del gasto militar.
La ONU en este nuevo escenario
Son muchos los conflictos en curso y otros que en cualquier momento pueden estallar. Entre ellos, Ucrania-Rusia, Yemen, Sudán, la guerra contra Palestina, contra el Líbano, la amenaza latente de Israel contra Irán, la tensión con Corea del Norte, por Taiwán, los enfrentamientos aislados en el mar de China meridional. Los tiempos que vive la humanidad son muy peligrosos.
La Organización de Naciones Unidas debería jugar un rol fundamental para resolver estas guerras y tensiones mundiales pero, lamentablemente, no ha tenido la fuerza necesaria para hacerlo y está cada vez más debilitada. No ha podido desactivar los conflictos en curso y el alto peligro que estos representan para la seguridad mundial. Es más, Israel ha desafiado abiertamente a la ONU violando reiteradamente los mínimos diplomáticos y las leyes de guerra incluso atacando instalaciones y personal de las mismas Naciones Unidas quienes han resultado heridos o muertos por las fuerzas armadas de Israel.
Para empeorar la misma situación de debilidad de la ONU la prensa ha señalado que el 2 de junio próximo será elegida como presidenta de la Asamblea General de la ONU la ex ministra de Asuntos Exteriores de Alemania, Annalena Baerbock, quien sustituirá al presidente actual, el camerunés Philémon Yang.
Analenna Baerbock, de 44 años, del Partido Verde alemán, nieta de Waldemar Baerbock, un nazi ferviente defensor del nacionalsocialismo como reporto la revista alemana Bild, señaló el 2023 ante el Consejo de Europa, en Estrasburgo, que “Estamos librando una guerra contra Rusia, no entre nosotros”. Palabras, en todo caso, concordantes con la actitud de Alemania de participar indirectamente en la guerra que libran Ucrania y Rusia, enviando armamento, municiones, y tanques a la parte ucrania.
Por lo mismo, resulta controversial y negativo que Baerbock asuma un cargo de tan alta responsabilidad en la ONU como presidenta de la Asamblea General de la ONU lo que indica que la organización internacional no tiene estándares mínimos y no le importa que se elija a una persona que tenga en su hoja de vida la participación directa o indirecta en cualquier guerra.
En un mundo en donde todas y todos estamos en peligro la Organización de Naciones Unidas debería cumplir un papel destacado y es importante que sus líderes y voceros sean intachables, para cumplir su misión de trabajar por el respeto de los derechos humanos y para asegurar el derecho de todas y todos a vivir en paz.
Pablo Ruiz es integrante del Observatorio por el Cierre de la Escuela de las Américas en Chile y editor de la Revista El Derecho de Vivir en Paz www.derechoalapaz.org
Un mundo donde confluyan luchas y sueños
El jueves 29 de mayo comienza en Montreal, Canadá, el Foro
Social Mundial de las Intersecciones (FSMI), evento que se perfila como de
confluencia y con acento juvenil. Este encuentro apuesta a desafíos muy
concretos. En particular, dar esperanza, multiplicar energías y renovar
certezas con respecto a la necesidad de cambiar el actual sistema. “Por eso
definimos nuestra convocatoria como un aporte a la promoción de cambios
sistémicos”, sostiene en esta entrevista exclusiva Carminda Mac Lorin,
directora de la Organización no Gubernamental (ONG) Katalizo y una de las
organizadoras del foro (https://www.katalizo.org/).
El FSMI cuenta con el apoyo de unas 400 organizaciones muy diversas –desde
Organismos no Gubernamentales Internacionales hasta asociaciones locales de
diversos continentes– y se realizará entre el 29 de mayo y el 1 de junio. Su
escenario central es Tiohtià:ke, apelación indígena de la ciudad de Montreal, y
concentrará durante esos cuatro días decenas de actividades conectadas con
otras promovidas en diferentes lugares del planeta. Un ejemplo concreto de esta
tela de araña global en construcción será el Agora, o “Kiosko-Feria” de las
intersecciones del domingo 1 de junio, que tendrá como epicentro el parque del
populoso barrio de Saint-Michel. Desde allí los participantes al foro
interactuarán a través de conexiones digitales con grupos que se reunirán fuera
de Canadá, explica Mac Lorin (https://intersectionsglobal.net/).
Sinergias sin fronteras
El grupo organizador del encuentro de Montreal, esencialmente jóvenes canadienses con muy diversas militancias sociales y organizados con otros actores en la Red Global de las Intersecciones, define un objetivo principal: contribuir a cambios sistémicos a partir de confluencias de perspectivas, conocimientos y esperanzas, que ellos denominan intersecciones. Escapan de las formas tradicionales de concebir la práctica y la retórica políticas y proponen romper las múltiples barreras (como el sectarismo, la competencia, el autoritarismo interno y el sexismo) que muchas veces siguen presentes en las propias organizaciones progresistas.
Las conexiones intergeneracionales y geográficas deben jugar un papel esencial, partiendo de lo local hacia lo global. “No son jóvenes que quieran borrar a los adultos y sus imprescindibles aportes, sino, por el contrario, buscan integrarlos y proponen crear puentes generacionales activos. Para ellos, además, el concepto de mundial, transnacional y global tiene una importancia vital”, explica Mac Lorin, quien cuenta con una amplia práctica de compromiso social y altermundialista, fue co-organizadora del Foro Social Mundial (FSM) realizado también en Montreal en 2016 y participa activamente en el Consejo Internacional del FSM, así como en su Comisión de Metodología.
Para Mac Lorin, la actual convocatoria de Montreal se inscribe
en el ya largo proceso de decena de foros sociales -mundiales, regionales,
temáticos etc.- que nació en 2001 en Porto Alegre, Brasil y que pasando por
muchos sitios del planeta tiene previsto reunirse en Benín en 2026 (https://www.facebook.com/fsm2026cotonou/?locale=fr_FR).
“Nos alimentamos en toda esta magnífica experiencia y nos apropiamos de los
enunciados de la Carta de Principios del FSM que reconoce la necesidad de
construir una sociedad planetaria justa, igualitaria, sin discriminaciones y en
armonía con la madre Tierra”.
Al mismo tiempo, explica Mac Lorin, se percibe que a 25 años del inicio de este
camino “el mundo ha cambiado mucho, por lo que necesitamos ser creativos,
innovar en cuanto a formas, buscar nuevas pedagogías y metodologías de
participación; es decir, pensamos que es imprescindible experimentar con
libertad. Y para ello buscamos empujar al movimiento de abajo hacia arriba, a
partir de experiencias y colectivos locales”. Y recuerda los pilares
conceptuales de esta convocatoria en Montreal. Fundamentalmente, reconocer que
la discriminación, la inequidad y la violencia afectan las vidas de
millones de personas en todo el mundo. Todo esto, agravado por lo que se podría
describir como la intersección del sufrimiento humano, es decir, múltiples
padecimientos y formas de violencia simultáneas (por ejemplo: racistas, sexistas
y sociales).
Para poder hacer frente a esta realidad, explica Mac Lorin, es esencial multiplicar las intersecciones de conocimientos, generaciones, culturas, esperanzas y acciones. Y así avanzar hacia los cambios sistémicos, siempre partiendo de lo local hacia lo global. Para esto es imprescindible desarrollar una cultura política creativa, de aprendizaje y respetuosa, basada en la complementariedad de las sociedades civiles y los ecosistemas del mundo.
Visión que, obviamente, reconoce y encarna el diagnóstico que diseñan los sectores progresistas de la cada día más compleja realidad mundial, atravesada por guerras crecientes, discriminaciones cotidianas, crecimiento explosivo de las ultraderechas, desigualdades indignantes y disparidades sociales y geográficas. Los doce ejes temáticos del programa del Foro de Montreal integran, uno por uno, los grandes temas que animaron hasta ahora a los foros precedentes (https://intersectionsglobal.net/fsmi/themes-intersections).
Las coincidencias
Punto de encuentro de dos o más elementos, la intersección es también la confluencia de acciones y la unión complementaria de, y en la diversidad. Una concepción que abre, en lugar de cerrar; una reflexión que oxigena y que puede enamorar a nuevos actores sociales, explica Mac Lorin.
¿Demasiado intelectual lo que busca construir el FSMI de Montreal? “En absoluto”, responde, y recuerda la construcción histórica de la “interseccionalidad”. Cita, por ejemplo, a la jurista, intelectual y militante estadounidense Kimberlé Crenshaw, quien estará en Montreal. Ya en los años 90 Crenshaw había comenzado a hablar de la interseccionalidad como “una herramienta para identificar mejor la discriminación sexista y racista, que, entrelazada e invisible, aumenta la injusticia social”. En la visión de Crenshaw, no se trata de “una herramienta de identidad, sino un medio para revelar vulnerabilidades” (https://www.solidaridadobrera.org/ateneo_nacho/libros/Kimberle%20W%20Crenshaw%20-%20Interseccionalidad.pdf).
La voluntad que prima entre los organizadores del encuentro de Montreal consiste en experimentar metodologías para aportar al Foro Social Mundial en su conjunto: “Vamos a sistematizar todo lo que aprendimos en este proceso, incluyendo los dos años de preparación desde 2023 hasta ahora y lo llevaremos al próximo FSM de Cotonú, Benín. Hemos vivido experiencias muy ricas e importantes. Lo vamos a compartir, incluidos nuestros aciertos y errores. Con la certeza de que hemos intentado vivir este proceso a fondo, con autonomía y libertad”.
Ausentes
Entre las organizaciones, colectivos y grupos que apoyan la iniciativa de
Montreal hay nombres grandes, medianos y pequeños de América, Europa, África y
Asia. Sin embargo, faltan importantes movimientos sociales, como La Vía
Campesina o la Marcha Mundial de Mujeres.
Realidad que pareciera darle razón a quienes desde algunos años cuestionan la trascendencia del Foro Social Mundial y sus iniciativas por la creciente “onegeización” (predominio de las ONG) en el proceso. Mac Lorin explica: “es cierto que no logramos integrar en nuestra iniciativa a esos movimientos importantes. No es fácil llegar a ellos dadas sus dimensiones, sus dinámicas y sus propias prioridades. Es una constatación, y trataremos en iniciativas futuras de integrarlos, enriqueciendo así las intersecciones”. Sin embargo, reflexiona Mac Lorin, “no le resta valor a lo que hemos venido construyendo. En el grupo de organización que trabajó activamente para preparar el FSMI hay decenas de personas, muchas de ellas jóvenes activas en movimientos feministas, por el clima, culturales alternativos, entre otros. Y esto nos produce satisfacción y nos da argumentos para entenderla como una construcción importante”. Y aclara: “Adicionalmente, si bien nuestra ONG, como una de las promotoras de la Red Global de Intersecciones juega un papel significativo en la convocatoria de Montreal, no asume un rol de dirección. Estamos al servicio del movimiento, somos un actor más, convencidos de que esto se construye entre todas y todos, de abajo hacia arriba”.
Hace algo más de un año, a inicios de 2024, el Foro Social Mundial anterior, en Nepal, reunió a casi 50 mil participantes. En un próximo momento, África –Benín, específicamente– tomará la posta. Entre estos dos encuentros en diferentes continentes, Montreal propone un espacio de reflexión intermedia, lanza nuevas ideas e invita a encontrar pistas de nuevas metodologías, conceptos y contenidos. Un momento importante donde el “antiguo” movimiento altermundialista se mirará en un espejo muy particular, el del futuro.
-
No hay más artículos