🔒
Hay nuevos artículos disponibles. Pincha para refrescar la página.
✇Web Tortuga AA-Moc

Byung Chul Han: 'No te culpes por las amistades perdidas. El sistema hizo que los demás no nos vean'

Por: (tortuga)

¿Sentiste alguna vez que una amistad se apagó sin que te dieras cuenta? Según Byung-Chul Han, uno de los filósofos más leídos del siglo XXI y autor de “La sociedad del cansancio”, no es tu culpa: el sistema actual nos empuja a perder vínculos y a vivir cada vez más aislados.

La trampa de la autoexplotación y el tiempo del “yo”

En la vorágine diaria, las amistades se desgastan casi sin que lo notemos. El trabajo, las obligaciones y la obsesión por la productividad nos alejan de quienes queremos. Incluso con quienes vemos todos los días, algo empieza a romperse. Cuando queremos darnos cuenta, la relación ya está herida y el dolor es inevitable.

Han sostiene que no hay que culparse por las amistades perdidas. “El sistema hizo que los demás ya no nos vean, ya no nos escuchen”, advierte. Para el filósofo, todos estamos atrapados en una lógica que prioriza la autoexplotación y el rendimiento personal por encima de los vínculos reales.

“Hoy no tenemos tiempo para el otro”, sentencia Han en su libro “No-cosas”. “El tiempo como tiempo del yo nos hace ciegos para el otro. Solo el tiempo del otro crea lazos fuertes, la amistad y hasta la comunidad”. En la era del “no me da la vida”, estar ocupado es símbolo de estatus, pero también de soledad y agotamiento.

El “tiempo del otro”: la clave para relaciones profundas

Para Han, la amistad necesita otro ritmo, uno que la sociedad moderna nos robó. El “tiempo del otro” es ese espacio que le dedicamos a alguien sin apuro, sin mirar el reloj, sin pensar en la productividad. Es el tiempo de las charlas largas, de los rituales compartidos, de escuchar y ser escuchado.

La cultura del rendimiento nos obliga a renunciar a ese tiempo y a vivir solo para nosotros mismos. Pero, según el filósofo, sin el tiempo del otro no hay relaciones profundas ni verdadera felicidad.

El ritual y la importancia de “domesticar” la amistad

Han rescata el mensaje de “El Principito” para explicar cómo se construyen los vínculos: “Los ritos son necesarios”, le dice el zorro al protagonista. “Si me domesticas, tendremos necesidad el uno del otro. Serás para mí único en el mundo”. Es el tiempo dedicado a la otra persona lo que la vuelve importante.

En un mundo que idolatra lo nuevo y lo inmediato, Han propone volver a ritualizar la amistad: repetir encuentros, compartir rutinas, escuchar con calma. Solo así, dice, podemos “domesticar” la amistad y construir relaciones verdaderas.

Rebelarse contra la soledad de la sociedad del cansancio

El mensaje de Byung-Chul Han es claro: no hay nada más urgente que ese café pendiente con un amigo, ni más importante que escuchar con atención. En tiempos donde la soledad y el aislamiento crecen, rescatar el tiempo del otro es un acto de rebeldía y, quizás, el verdadero secreto de la felicidad.

Fuente: https://tn.com.ar/sociedad/2026/01/...

✇Web Tortuga AA-Moc

Yuval Noah Harari: 'En el siglo XXI las élites perderán sus incentivos para invertir en la salud, la educación y el bienestar de la mayoría. La mayoría de la gente será innecesaria'

Por: (tortuga)

Tenemos que ser muy realistas: durante la mayor parte de la historia, la mayor parte de la gente ha sido insignificante para las élites y los centros de poder. Hemos vivido en una sociedad muy especial, en la que solo durante los siglos XIX y XX las masas han sido vitales para la economía y por lo tanto han tenido derechos. Que ya no sean necesarias por razones económicas o militares tendrá consecuencias desastrosas sobre las personas.


Yuval Noah Harari: "La mayoría de la gente será innecesaria en el siglo XXI"

Ernest Alós

Con libros como ‘Sapiens. Breve historia de la humanidad', el joven historiador israelí Yuval Noah Harari (1976) ha sido leído y recomendado por lectores como Barack Obama o Mark Zuckerberg. La élite de la élite que puede hacer realidad, o no, los negros presagios sobre el futuro de nuestro género que plantea en ‘Homo Deus. Una breve historia del mañana' (Debate / Edicions 62), el libro sobre el que este martes debatirá con Jorge Wagensberg en el ciclo Converses a la Pedrera (19 horas, entradas agotadas). En él expone que en el último siglo la humanidad ha reducido drásticamente el hambre, ha retrasado la muerte y acotado las guerras. Ese proceso puede seguir progresando para conseguir más felicidad (pero gracias a la bioquímica) y más longevidad (para unos pocos) hasta llegar a crear una nueva figura, el ‘Homo deus', con capacidades que nuestros ancestros reservaban a los seres divinos. Pero ese planteamiento aparentemente optimista es un ‘macguffin', y la historia puede ir por otros derroteros, mucho más funestos. Y es que uno de los méritos de Harari es su habilidad para utilizar recursos narrativos…

Así que de optimismo nada, ¿no?

El primer capítulo del libro es una historia simple, la que nos suelen explicar científicos y futurólogos sobre lo que sucederá en los próximos 100 años. Una simple proyección del presente sin grandes cambios. En el pasado conseguimos superar el cólera, el tifus y la tuberculosis y ahora venceremos el cáncer y el alzhéimer y encontraremos la manera de rejuvenecer el cuerpo. Pero en la mayor parte del libro lo que hago en realidad es complicar la historia. No solo porque vaya a haber imprevistos sino porque los ideales fundamentales que nos impulsaron en esta dirección están en peligro, pueden colapsar. En el próximo siglo encararemos no solo cambios tecnológicos sino también ideológicos. Y la idea de que podemos mantener los valores humanísticos que han sido predominantes durante el siglo XX, solo que con una mejor tecnología para hacer realidad estos ideales, es muy naïf.

¿Así, la libertad, la democracia, los derechos humanos, cree que son valores que corren peligro?

Sí, por supuesto. Las ideas fundamentales de las democracias liberales con las que estamos familiarizados, como ‘un hombre un voto', en un mundo con castas biológicas, ciborgs e inteligencia artificial pueden quedar completamente obsoletas. Los superricos podrán conseguir para sí mismos o para sus hijos capacidades que les harán superiores a la población media, que no podrá competir, y la brecha se hará cada vez mayor. Hoy no, y por eso el hijo de un pobre aún tiene alguna oportunidad. Cuando haya estas diferencias biológicas no tendrá ninguna.

Quedémonos de momento dentro de esta narración que dice que viviremos más y nuestra especie mejorará. Toda la humanidad no se convertirá en ‘homo deus'. Solo unos pocos. ¿Y los demás?

Durante el siglo XX la igualdad fue quizás el valor más importante de la humanidad. En gran parte, la historia del siglo XX es una historia de victorias, incompletas por supuesto, sobre la desigualdad. El mundo es ahora mucho más igualitario entre razas, entre clases, entre géneros, incluso entre padres e hijos. Esto ahora quizá va a invertirse. Veremos mayores desigualdades que en cualquier otro momento de la historia. Podremos ver a una pequeñísima minoría de personas que monopolice el poder económico y político, los algoritmos y la tecnología, y utilice este enorme poder para empezar a mejorar biológicamente y crear clases biológicas. Esto es abstracto, así que podemos poner un ejemplo: pensemos por ejemplo en los coches con pilotaje autónomo. Serán casi inevitables en los próximos 10 o 20 años. Hoy, millones de personas comparten las decisiones sobre la movilidad. Taxistas, conductores, profesores de autoescuelas, guardias de tráfico… Dentro de 20 años todos los vehículos estarán conectados a una única red que estará controlada por un único algoritmo. ¿Y quién será el propietario? Quizá una corporación como Google controlará toda la red de transporte de Barcelona. Ese es el tipo de monopolización del poder que puede venir.

Usted dice que en esa sociedad la clase mayoritaria pasaría a ser la de los innecesarios. El momento más inquietante del libro es cuando usted plantea que ya hay un modelo de cómo sería esa relación entre superhombres y homo sapiens: la forma como hoy nosotros tratamos a los animales.

Bueno, me parece que no se los comerán, no creo que lleguemos a eso. No creo que la gente vaya a ser criada en granjas como en ‘Matrix', eso no es realista… las máquinas no necesitan comer personas. Lo que quiero dar a entender es que en el siglo XX las mejoras en la vida del humano medio se produjeron sobre todo debido a que los gobiernos, en todo el mundo, establecieron sistemas masivos de educación, salud y del estado del bienestar. Hasta Hitler necesitaba que millones de alemanes estuvieran en condiciones de servir en la Wehrmacht y trabajar en las fábricas. Tenía sentido invertir en su bienestar. En el siglo XXI las élites perderán sus incentivos para invertir en la salud, la educación y el bienestar de la mayoría porque la mayor parte de la gente será innecesaria. Esto no significa que los vayan a exterminar de forma activa, solo que los gobiernos invertirán cada vez menos en ellos. Y esto ya está sucediendo ahora en el todo el mundo.

¿El futuro se parecerá a esas sociedades del pasado en que el 20% de la población podía morir de hambre sin que se inmutaran en el palacio real?

Podría ser algo así. Tenemos que ser muy realistas: durante la mayor parte de la historia, la mayor parte de la gente ha sido insignificante para las élites y los centros de poder. Hemos vivido en una sociedad muy especial, en la que solo durante los siglos XIX y XX las masas han sido vitales para la economía y por lo tanto han tenido derechos. Que ya no sean necesarias por razones económicas o militares tendrá consecuencias desastrosas sobre las personas.

Hubo otra razón: leyeron a Marx, creyeron en la amenaza de una clase obrera organizada y reaccionaron preventivamente. Tienes el argumento ético, que debería ser suficiente, pero me temo que no lo es. Marx escribía en el siglo XIX bajo la idea de que el proletariado era el elemento imprescindible para la economía. Y que la huelga general era su arma irresistible. Pero ahora es irrelevante. La mayoría de las personas serán económicamente innecesarias. ¿A quién le importa que hagan huelga los mendigos? ¡Los algoritmos no van a la huelga!

¿Hay hoy alguna amenaza que disuada al poder de dejar a la mayoría de población a la intemperie?

No lo sabemos. Cuanto más globalizada y automatizada es la economía, menor es el poder de la clase obrera. Creo que esta es una de las razones por las que la gente vota a Donald Trump en EEUU, por el Brexit en el Reino Unido o por los nuevos partidos en España, Grecia e Italia. La gente se da cuenta de que está perdiendo su poder e intenta desesperadamente demostrar al sistema que aún lo tiene votando todo tipo de políticas antiestablishment. Pero temo que es un gesto. No consigo adivinar cuál puede ser la amenaza que pueda invertir esa concentración de recursos que hace que las 60 personas más poderosas tengan más riqueza que el 50% de la población mundial, 3.500 millones de personas.

Le pone nombre a ese futuro amenazante. Dataísmo. ¿Cómo lo define?

Para dar una definición breve: dataísmo es la situación en la que, con suficientes datos biométricos sobre mí y suficiente poder computacional, un algoritmo externo puede entenderme mejor de lo que yo me entiendo a mí mismo. Y una vez existe este algoritmo, el poder pasa de mí, como individuo, a ese algoritmo, que puede tomar mejores decisiones que yo. Esto empieza con cosas simples, como el algoritmo de Amazon que te propone libros, o los sistemas de navegación que nos dicen qué camino tomar. Eran decisiones que tomábamos basándonos en nuestros instintos y conocimientos. Ahora la gente cada vez confía más en aplicaciones y sigue instrucciones del teléfono móvil. Y esto irá pasando también en decisiones más importantes, cómo en qué universidad estudiar, a quién votar… Iremos cediendo poder de decisión, y no porque lo decida un poder dictatorial, sino que seremos nosotros quienes querremos hacerlo. Hay departamentos de policía de EEUU en los que es un algoritmo el que decide dónde se debe desplegar a los patrulleros en función de los patrones de delincuencia, no un sargento veterano como antes. Tengo un amigo en Israel que está investigando en una inteligencia artificial que actúe como tutor de los niños las 24 horas del día y les enseñe todo. Por supuesto los algoritmos no acertarán en el 100% de las ocasiones… pero no lo necesitan, solo necesitan ser mejores que un humano medio, y eso no es tan difícil.

Dice usted que este es solo un futuro posible. ¿Qué posibilidades tenemos de hacer que no sea así? ¿Hacer nuestros datos tan opacos como sea posible? ¿Confiar en nuestras propias habilidades?

Aún tenemos mucho margen para elegir cuánta autoridad ceder a nuestro móvil. Pero hay un campo en el que será muy difícil resistir a esta evolución, el de la medicina. En 20 o 30 años, el tipo de cuidados médicos que podrás recibir si renuncias a tu intimidad será tan, tan superior al que tenemos ahora que muy poca gente elegirá preservar su privacidad. Si un Googledoctor puede monitorizarte 24 horas al día, todo lo que sucede en tu cuerpo, y puede reconocer el inicio de una gripe, de un cáncer o un alzhéimer cuando sea tratable, y has de elegir entre intimidad y salud, el 99% de la gente elegirá salud y le dará permiso al Googledoctor. Tomemos otro ejemplo: la gente dice que el futuro de la moneda es bitcoin, que eso será irresistible. Pero una economía basada en el bitcoin hará perder a los gobiernos cualquier capacidad de política monetaria y de garantizar el pago de los impuestos. No creo que sea inevitable. Aún tenemos la posibilidad de tomar otras decisiones políticas: por ejemplo desarrollar una divisa electrónica controlada por los gobiernos, con sus ventajas pero sin anonimato. Aquí podemos elegir entre dos futuros muy distintos.

Usted dice que en su libro expone una “predicción histórica”. Parece una contradicción entre términos. Y muchos historiadores no estarán de acuerdo con usted en que su trabajo sea el de especular con escenarios alternativos, ni en el pasado ni mucho menos en el futuro. ¿Cómo entiende usted la labor del historiador?

Creo que el papel del historiador es el de plantear diferentes posibilidades. La mayoría de la gente, cuando observa el mundo, cree que lo que ve es natural, inevitable. Los historiadores somos importantes porque reconstruimos el proceso por el cual el mundo ha llegado a ser como es, cómo el capitalismo y el Estado Nación son las formas de organización dominantes hoy, y entendemos las fuerzas que nos han llevado hasta aquí y también los accidentes que han ocurrido durante este proceso y las alternativas que podrían haberse hecho realidad. Porque los historiadores no ven el presente como algo natural y eterno. Debemos utilizar este conocimiento para mirar hacia el futuro con una perspectiva más abierta, para darnos cuenta de que hay alternativas a los sistemas políticos, económicos y sociales que dominan el mundo hoy. Y esto es lo que intento hacer. No predecir el futuro, algo que es imposible, sino abrir mentes y pensar de una forma más creativa sobre el futuro.

Habla de las guerras y el hambre en África como problemas a corto plazo, y del cambio climático como una preocupación a medio plazo, pero parece que le da menos importancia que a las amenazas a largo plazo de esa sociedad de la inteligencia artificial. ¿Pero llegará, si finalmente el agua nos llega literalmente al cuello?

Mi temor es que el cambio climático puede destruir la mayoría de sistemas ecológicos, la mayoría de los animales y plantas, la mayoría de la gente, pero que la ciencia y la tecnología serán capaces de salvar a las élites. Así que el el calentamiento global puede acelerar ese proceso del que estábamos hablando. El peligro es que la élite política y económica, ni que sea de forma inconsciente, siente que podrá escapar de ese desastre ecológico.

Fuente: https://www.elperiodico.com/es/ocio...

✇Web Tortuga AA-Moc

Karen Hao: «No pueden existir democracias sanas cuando un pequeño grupo de personas en la cúspide está configurando la vida de miles de millones de personas en todo el mundo»

Por: (tortuga)

Guillermo de Haro

Karen Hao es una de las periodistas que mejor ha sabido mirar la inteligencia artificial sin dejarse deslumbrar por el brillo de Silicon Valley. Ingeniera de formación, reportera por vocación, su trabajo lleva años rastreando las conexiones entre el desarrollo de la IA, la concentración de poder y las viejas lógicas del colonialismo. En su libro Empire of AI, Hao construye un relato incómodo y necesario sobre OpenAI, ChatGPT y la deriva imperial de las grandes tecnológicas, desmontando el entusiasmo acrítico y mostrando los costes sociales, políticos y energéticos que se esconden tras la promesa del progreso algorítmico. Hablamos con ella sobre fe tecnológica, gobernanza, imperios digitales y democracia.

Empezaste como ingeniera en Silicon Valley y terminaste convirtiéndote en una de las principales periodistas especializadas en inteligencia artificial. ¿Cómo se produjo esa transición?

Comenzó justo después de graduarme en la universidad. Me mudé a Silicon Valley, empecé a trabajar en tecnología y muy pronto me di cuenta de que ese no era el ecosistema del que quería formar parte. Pasé mucho tiempo pensando qué otra cosa podía hacer. La escritura siempre había sido mi otra pasión. Antes de decidir estudiar ingeniería, en realidad había pensado especializarme en escritura, así que siempre han coexistido esos dos caminos posibles en mi vida. Cuando vi que el camino de la industria tecnológica no funcionaba para mí, me pregunté si debía regresar a ese sueño anterior, esta vez centrado en el periodismo en lugar de la ficción. Aproximadamente un año después de empezar a trabajar en tecnología, cambié de carrera y comencé a dedicarme al periodismo.

Has realizado muchas entrevistas y una enorme cantidad de reportajes sobre la IA antes de este libro. ¿En qué momento pensaste: «Aquí hay una historia más grande, esto tiene que convertirse en un libro»?

Me di cuenta de que tenía que ser un libro cuando apareció ChatGPT. Mucha gente asume que quería escribir un libro sobre OpenAI y que luego llegué a la conclusión de que era una forma de imperio, pero en realidad fue al revés. Durante varios años había estado informando sobre los paralelismos entre la industria de la IA y el colonialismo. Escribí una serie de cuatro partes en MIT Technology Review titulada «AI Colonialism» y ya me preguntaba si ese trabajo podía convertirse en un libro. En medio de esa reflexión se lanzó ChatGPT. Mi agente literario me preguntó: «¿Cómo cambia esto las cosas?», y me di cuenta de que lo empeoraba todo. Incluso con modelos más pequeños y ligeros ya había observado patrones de explotación laboral y extracción de recursos. ChatGPT aceleró de forma brutal el paso hacia modelos de escala gigantesca que intensificaron esas dinámicas.

Al mismo tiempo, la calidad de la información que la gente recibía sobre la IA cayó en picado. El bombo publicitario era abrumador. De la noche a la mañana aparecieron «expertos en IA» por todas partes, y para alguien que llegaba nuevo era muy difícil saber en quién confiar. Sentí que, para explicar lo que realmente estaba ocurriendo, necesitaba contar toda la historia: la historia de OpenAI, cómo llegamos a ChatGPT, cómo todo esto se cruza con patrones coloniales de extracción, y empaquetarlo de forma que un lector curioso pudiera usarlo como una guía única y coherente. Fue entonces cuando se consolidó como proyecto de libro.

Una de las cifras que más sorprendió a mis alumnos es la proyección de que el despliegue de la IA solo en Estados Unidos podría aumentar el consumo energético en torno a un 40 % para 2030. Es una cifra asombrosa. No hablamos de ferrocarriles ni de redes eléctricas, sino de chatbots y sistemas de recomendación. ¿Cómo consiguen los grandes actores convencer a tanta gente de que este es el camino correcto?

Creo que lo hacen presentándolo falsamente como la única forma de obtener los beneficios de la IA. Mucha gente cree sinceramente que la IA puede ser beneficiosa. Si Silicon Valley les dice: «Para conseguir esos beneficios debemos consumir esta cantidad de energía y entrenar con esta cantidad de datos», entonces las personas que están en la cima —que no son quienes soportan los costes inmediatos— lo justifican como un intercambio: daños sociales y medioambientales a corto plazo a cambio de ganancias de productividad a largo plazo.

En el libro intento desmontar la idea de que solo existe un único camino de desarrollo. Hay muchas maneras de avanzar en la IA que no requieren un aumento del 40 % en el consumo energético. Cuando eso se entienda de forma generalizada, resultará evidente que podemos perseguir los beneficios sin aceptar costes tan desmesurados. Cuando doy charlas suelo usar la metáfora de atravesar un bosque. Hay muchos senderos que te llevan al otro lado. Algunos implican talar todo el bosque, que es básicamente lo que estamos haciendo ahora. Pero también se puede conservar el bosque y llegar al mismo destino. ¿Por qué estamos arrasándolo si no es necesario?

En tu libro hablas incluso de la AGI como de una especie de religión. ¿Cómo consiguen líderes como Sam Altman convencer tanto a sus empleados como al público?

Aquí hay dos niveles. Dentro de empresas como OpenAI, los empleados suelen ser creyentes mucho más fervientes que el público general. Una de las razones es que ven demostraciones internas y capacidades que nunca llegan a hacerse públicas. Desde su punto de vista, los críticos externos «simplemente no saben lo que está a punto de llegar». Además, viven en enclaves monoculturales donde todo el mundo —compañeros, amigos, inversores— repite la misma narrativa: que las capacidades seguirán mejorando y que cualquier obstáculo acabará desapareciendo. Cuando estás rodeado de personas extremadamente inteligentes y amables, a las que respetas, y todas dicen lo mismo, resulta muy difícil no creerlo también.

Lo interesante es que ellos mismos lo describen como una creencia. Se llaman a sí mismos «creyentes en la AGI» o «AGI-pilled». Son conscientes de que están entrando en una especie de mitología, en una distorsión deliberada de la realidad.

Hacia fuera, el relato funciona de otra manera. Silicon Valley suele decir al público: «Tenemos conocimientos especializados. Si no ves lo que nosotros vemos, el problema eres tú: no eres lo bastante técnico, no eres lo bastante inteligente, no estás lo bastante cerca de la frontera». Esa retórica hace que la gente dude de sus propias críticas. A eso se suma que la promesa de la AGI es enormemente evocadora. He empezado a compararla con el espejo de Erised de Harry Potter. Quien se mira en ese espejo ve su deseo más profundo. La AGI funciona como ese espejo. Cuando Sam Altman habla de la AGI, sostiene ese espejo metafórico y la gente ve lo que más desea: el fin de la pobreza, un crecimiento económico masivo, curas para el cáncer. ¿Quién no ha tenido un ser querido que haya sufrido cáncer? Cuando se lanzan promesas tan cargadas de emoción, la gente quiere creer, aunque no entienda realmente cómo podrían hacerse realidad. Esa dinámica se está reproduciendo ahora a escala global.

Hablemos de gobernanza, porque mis alumnos y yo hemos pasado meses intentando entender la estructura de OpenAI. Está la organización sin ánimo de lucro original, la entidad con ánimo de lucro con límite de beneficios, complejos acuerdos bajo la ley de Delaware… Parece casi un caso práctico sobre cómo construir un imperio. ¿Cómo interpretas el origen de esta estructura?

Con el tiempo he desarrollado una hipótesis. No creo que Altman y Musk se sentaran al principio a diseñar conscientemente esta elaborada transición de organización sin ánimo de lucro a gigante comercial. Creo que desde el inicio sabían que querían crear el laboratorio líder, uno capaz de superar a Google, que entonces era el actor principal. Altman entendió que el primer cuello de botella no era el capital, sino el talento. Para atraer a los mejores profesionales de Google, OpenAI no podía competir en dinero —Google siempre podía pagar más—, así que decidió competir en misión.

La forma más potente de demostrar compromiso con una misión es crear una organización sin ánimo de lucro. Eso fue lo que hicieron. Reclutaron a personas como Ilya Sutskever con un argumento muy claro: «¿Quieres pasar tu vida creando productos para una empresa o trabajar en algo más grande, en beneficio de la humanidad?». Una vez resuelto el problema del talento, la organización sin ánimo de lucro había cumplido esencialmente su función.

Después, el cuello de botella pasó a ser el capital. OpenAI optó por un enfoque obsesionado con la escala: construir superordenadores cada vez más grandes y entrenar modelos cada vez mayores. Eso es extremadamente caro, así que crearon la entidad con ánimo de lucro para recaudar fondos. Como la organización sin ánimo de lucro ya existía, la colocaron por encima de la estructura comercial. El resultado fue una estructura muy inestable. Los primeros empleados pensaban que se unían a una organización sin ánimo de lucro; los contratados después creían que entraban en una startup normal. OpenAI se convirtió en la única organización sobre la que he informado en la que los empleados discrepaban de forma fundamental sobre si trabajaban o no en una empresa.

Esa tensión —misión frente a beneficio, sin ánimo de lucro frente a startup— generó conflictos constantes sobre la estrategia. También sentó las bases para el despido y la posterior readmisión de Altman. Algunas personas pensaban que estaba empujando a la organización cada vez más hacia un modelo de empresa convencional, alejándola de su misión original. Al mismo tiempo, existían incentivos financieros muy potentes en la dirección contraria: se estaba preparando una gran oferta de recompra de acciones y los empleados podían ganar millones. La estructura sin ánimo de lucro y los incentivos con ánimo de lucro acabaron chocando.

El último giro es que OpenAI se ha convertido, de facto, en una empresa con ánimo de lucro sin ambigüedades. La organización sin ánimo de lucro sigue existiendo con fines filantrópicos, pero ya no gobierna formalmente la entidad comercial. Hubo una intensa labor de presión para que los reguladores de Delaware y California aprobaran esa transición. Es un ejemplo muy claro de cómo una organización puede empezar con un relato caritativo y acabar siendo una empresa convencional y muy rentable, sin perder del todo el aura de su misión original.

Todo esto conecta con un patrón más amplio que hemos visto en otros líderes tecnológicos, como Steve Jobs o Elon Musk, celebrados como visionarios pero con personalidades extremadamente difíciles. ¿Hay algo en la creación de este tipo de empresas que exija un determinado tipo de persona?

Creo que es un círculo vicioso. Probablemente hay un tipo particular de ego que lleva a alguien a pensar que debe crear una empresa con la ambición de influir en la vida de miles de millones de personas. Cuando esa persona tiene cierto éxito, el poder refuerza ese ego. Estar en esa posición te aísla de la crítica; dejas de rendir cuentas ante nadie. Te acostumbras a hacer lo que quieres sin fricciones. Al mismo tiempo, aumentan las críticas públicas a tus acciones, a menudo con motivos fundados, y eso puede endurecer todavía más tu postura. Todo ello alimenta un bucle en el que las personas se convierten en versiones cada vez más extremas de sí mismas.

Una de las cosas que más me preocupa es el impacto de estos imperios en la democracia. Los líderes electos saben que existen contrapesos y que, al final, los ciudadanos pueden echarlos con su voto. Pero los directores ejecutivos de las grandes tecnológicas no son elegidos. Con la IA generativa, el análisis dirigido y plataformas gigantescas, disponen de herramientas capaces de influir profundamente en la opinión pública. ¿Hacia dónde crees que nos dirigimos?

Si permitimos que estas empresas sigan acumulando recursos y energía, construyendo todas las infraestructuras que quieran y haciendo crecer sus modelos a escalas sin precedentes, creo que regresaremos a una era de imperios. Cuando hablo de nuevas formas de imperio, lo digo muy en serio. En un mundo así, la democracia no sobrevive. Democracia e imperio son conceptos antitéticos. No pueden existir democracias sanas cuando un pequeño grupo de personas en la cúspide está configurando la vida de miles de millones de personas en todo el mundo.

Por eso creo firmemente que debemos hacer todo lo posible para exigir responsabilidades a estas empresas. El objetivo no es que desaparezcan. El objetivo es que dejen de ser imperios. Las empresas no tienen por qué ser imperios. Muchas ofrecen bienes y servicios útiles dentro de un intercambio justo de valor. El problema de los gigantes actuales de la IA es que están explotando y extrayendo mucho más valor del que devuelven. Tenemos que acabar con ese patrón si queremos preservar la libertad, la capacidad de acción, la dignidad, las oportunidades económicas futuras y, en última instancia, la capacidad de las personas para autogobernarse y decidir su propio futuro, que es el núcleo mismo de la democracia.

Fuente: https://www.revistamercurio.es/2025...

✇Web Tortuga AA-Moc

Todos tus datos nos pertenecen: El auge de Palantir

Por: (tortuga)

Por James Vincent

Si Alex Karp no existiera, Peter Thiel tendría que inventarlo. El cofundador de PayPal, obsesionado con el anticristo (el Sr. Thiel), y el patriota exaltado CEO de Palantir (el Sr. Karp) se conocieron en la universidad, donde forjaron un vínculo como intelectuales atípicos. «Discutíamos como animales salvajes», recuerda Karp. En 2004, Thiel invitó a Karp a dirigir Palantir, una empresa de inteligencia artificial, vigilancia y análisis de datos creada tras el 11-S. Karp fue contratado, en parte, por su habilidad para vender la visión de la empresa: un mundo cada vez más violento e inestable donde los datos eran clave para gestionar el riesgo. De mentalidad poco convencional pero con un gran carisma social, Karp, según se cuenta, utilizaba tácticas de persuasión tanto con clientes como con colegas para conseguir sus contratos y su lealtad. Las apuestas de Thiel —por Karp como líder y por la inestabilidad global como mercado en crecimiento— han dado sus frutos. El año pasado, las acciones de Palantir fueron las de mejor rendimiento en el S&P 500 y el propio Karp recibió una remuneración total de 6.800 millones de dólares. Como el director ejecutivo afirmó memorablemente en una entrevista en 2022, el año de la invasión rusa de Ucrania: «Los malos tiempos son increíblemente buenos para Palantir».

En El filósofo del valle —la primera biografía escrita sobre Karp— el periodista Michael Steinberger sostiene que nadie más habría podido gestionar esta trayectoria con tanta habilidad. Describe a Palantir como una proyección del carácter de Karp, y el carácter de Karp como uno definido por la inseguridad. Karp es un germofóbico que prosperó durante el aislamiento de la pandemia; hijo de un judío alemán, apoyó fervientemente a Israel en su genocidio en Gaza. No es precisamente un idealista a caballo, sino una manifestación corporativa de la paranoia y la belicosidad de nuestra época.

Karp nació en 1967 y se crio en un hogar progresista de Filadelfia. Su madre era una artista negra y su padre, un pediatra judío. Desde pequeño, ambos lo llevaban a protestas políticas, inculcándole una ideología de izquierda que cultivaría durante sus veinte años, pero que luego abandonaría. Su educación estuvo marcada por una discapacidad de aprendizaje, y es esta combinación de identidades la que fomentó un instinto de supervivencia. Como le dice Karp a Steinberger: «Eres un chico judío de extrema izquierda, de raza ambigua y además disléxico; ¿no te darías cuenta de que estás jodido?».

En 1989, se graduó del Haverford College en Pensilvania con una licenciatura en filosofía antes de ingresar a la facultad de derecho de Stanford, describiendo su tiempo allí como «los tres peores años de mi vida adulta». El único aspecto positivo fue su amistad con su compañero Thiel. «Suena un poco presuntuoso, pero creo que ambos estábamos genuinamente interesados ​​en las ideas», dice Thiel. «Él era más socialista, yo más capitalista. Siempre hablaba de las teorías marxistas sobre el trabajo alienado y cómo esto se aplicaba a todas las personas que nos rodeaban».

Los viajes de verano a Europa convencieron a Karp de ir a la Universidad Goethe de Frankfurt para realizar su doctorado, donde esperaba obtener (en palabras de Steinberger) «una comprensión más profunda de por qué Alemania, un pilar de la civilización europea, había caído en la barbarie». Buscó la mentoría de Jürgen Habermas, el aclamado filósofo de la legitimidad democrática, pero Habermas rechazó su solicitud de ser el segundo lector de su tesis. (Karp sostiene que Habermas fue durante un tiempo su director de tesis doctoral y le comenta a Steinberger que no entiende por qué el filósofo de 96 años ahora busca minimizar su relación; una maniobra que, según se supone, proviene de la diplomacia más que de una falta de imaginación). El artículo resultante —«La agresión en el mundo de la vida: ampliando el concepto de agresión de Parsons a través de la descripción de la relación entre jerga, agresión y cultura»— explora el fenómeno del antisemitismo secundario, una tendencia resumida en la observación, a menudo atribuida al psiquiatra israelí Zvi Rix, de que «los alemanes nunca perdonarán a los judíos por Auschwitz».

Dada la importancia de la formación académica de Karp para su imagen, muchos han analizado su obra en busca de pistas sobre su puesto actual. En particular, la investigadora de Harvard, Moira Weigel, vio en la tesis doctoral de Karp una suerte de prefiguración del negocio de análisis de datos de Palantir. Según Weigel, el trabajo de Karp reinterpreta el libro de Theodor Adorno, La jerga de la autenticidad , que describe cómo se utilizó la retórica existencialista en la Alemania de posguerra para ocultar la política reaccionaria. Para Adorno, el objetivo de examinar la jerga es abordar los problemas sociales que esta oculta. Pero Karp se conforma con simplemente mapear cómo la agresión lingüística encubierta cohesiona a las comunidades. Weigel afirma que esta «sistematización» de Adorno es similar a los métodos del big data, que se esfuerzan enormemente por mapear patrones superficiales sin abordar la causalidad subyacente. Steinberger describe la lectura de Weigel como «forzada e inverosímil». No entiende lo esencial. No es que la tesis de Karp sea como el análisis de datos, sino que su enfoque revela algo de su forma de pensar: analítica pero ahistórica.

El artículo también pone de manifiesto la inteligencia social y lingüística de Karp: su capacidad para comprender el subtexto y captar lo que la gente no dice explícitamente. Según el relato de Steinberger, el carisma de Karp es formidable, y fue lo que lo recomendó a Thiel para el puesto en Palantir a su regreso a Estados Unidos.

Fundada en 2003, los primeros años de Palantir fueron difíciles y poco inspiradores. Recibió financiación de In-Q-Tel, la rama de capital riesgo de la CIA, que se había visto perjudicada por los fallos de inteligencia del 11-S. La empresa comenzó a forjar relaciones con clientes gubernamentales —que ahora representan algo más de la mitad de sus ingresos e incluyen no solo a la CIA, sino también al FBI, la NSA y prácticamente todas las ramas de las Fuerzas Armadas estadounidenses—, así como con algunos clientes comerciales. Fracasó mucho en esta etapa inicial, aparentemente porque su software no podía ofrecer la información revolucionaria que Karp prometía. Esto provocó que firmas de capital riesgo consolidadas de Silicon Valley rechazaran la financiación que tanto necesitaba. Karp se lo tomó como algo personal. A día de hoy, arremete contra una industria que invierte grandes sumas de dinero en estrategias para captar la atención y publicidad dirigida, mientras ignora lo que él considera avances tecnológicos mucho más significativos, como el análisis de datos.

Desde un punto de vista financiero, los inversores de capital riesgo no estaban del todo equivocados. Durante muchos años, Palantir sufrió grandes pérdidas, registrando una pérdida neta anual de 600 millones de dólares incluso en 2018. No obtuvo beneficios hasta 2023, momento en el que ya había perfeccionado su oferta de software. Su éxito financiero final se debe en parte a su función como «acción meme», algo que Steinberger no aborda. Palantir salió a bolsa en 2020, y el precio de sus acciones se ha visto impulsado por un gran número de inversores minoristas cuya fe en el valor de la empresa se convirtió en una profecía autocumplida. Las acciones meme son en parte esquemas piramidales y en parte modas pasajeras de las redes sociales, que se basan en chistes y publicaciones virales para difundir su mensaje y hacer que el árido trabajo de invertir parezca divertido y transgresor. Los seguidores de Palantir se reúnen en Reddit, donde elogian a «Daddy Karp» y despotrican contra sus pusilánimes críticos.

Es aquí donde vemos la utilidad financiera de emplear (en palabras de Karp) a un "CEO completamente desquiciado". Al igual que con Elon Musk y sus seguidores, la naturaleza desenfrenada de las declaraciones públicas de Karp genera una lealtad vengativa y un tanto irónica. Cuando Karp se burla de sus detractores en las entrevistas ("Me encanta la idea de conseguir un dron y rociar con orina ligeramente impregnada de fentanilo a los analistas que intentan perjudicarnos"), sus seguidores comparten los vídeos, celebran con júbilo y se apresuran (como dicen en internet) a sacar provecho. Si el valor de una empresa en el siglo XXI depende tanto de la percepción en línea como de los fundamentos del negocio, resulta útil tener un CEO cuya volatilidad emocional funciona tan bien en el teatro de las redes sociales.

¿Qué hace realmente Palantir? Es una pregunta recurrente en las redes sociales. Y, sorprendentemente, es fácil de responder, a pesar de la reputación misteriosa de la empresa: Palantir recopila datos de diversas fuentes y facilita su búsqueda. Es como el Google de las organizaciones caóticas, cuyo software conecta varias bases de datos y sistemas informáticos en una única plataforma unificada. Si los servicios de la empresa se pudieran aplicar a tu vida, sería como si un equipo de especialistas llegara a tu casa y revisara tu escritorio, actualizando tus listas de tareas, contactos y calendarios; sincronizando y organizando los archivos que tienes dispersos en media docena de teléfonos y discos duros antiguos, y, en general, poniendo todo en orden. ¿No pagarías un buen dinero por un servicio así? Por supuesto que sí. Ahora, imagina que eres un país y este caos no es personal, sino institucionalizado: abarca no solo unas cuantas bandejas de entrada de correo electrónico y memorias USB antiguas, sino, por ejemplo, todo un sistema sanitario, incluyendo nóminas, compras y seguros, o una guerra de mediana envergadura. ¿No pagarías entonces una fortuna? ¿No pagarías millones y millones y estarías sumamente agradecido a quienquiera que resolviera este embrollo por ti? De ahí el auge de Palantir.

Esta verdad tan anodina da lugar a una narrativa aburrida. Por ello, los relatos, aunque bien documentados, de Steinberger sobre los encargos clave de Palantir durante la pandemia de la COVID-19 o la evacuación de Afganistán en 2021 resultan inevitablemente áridos. Si bien es cierto que en estos escenarios subyace un drama humano, los relatos de las intervenciones de Palantir revelan su banalidad. Parafraseando el testimonio de un analista de la CIA: «Busqué el nombre de alguien en mi base de datos y, gracias al software de Palantir, los resultados incluían nombres con erratas, además de la ortografía correcta, lo cual, la verdad, fue bastante útil».

O están las historias sobre lo que la empresa, con gran pompa, denomina sus «ingenieros desplegados en primera línea». ¿Adivina qué describe semejante título machista? Exacto: soporte técnico in situ. Esta es una de las grandes innovaciones de Palantir. Cuando consigue un contrato, envía empleados directamente a los clientes para responder preguntas en persona, explicar el funcionamiento de su software y (se supone) ocasionalmente para que personas importantes les griten con el fin de aliviar el estrés y gestionar el ego. Este tipo de trabajo emocional puede ser vital. Y si bien puede resultar atractivo que los lugares de trabajo en cuestión sean a veces zonas de guerra, esto no oculta ni la banalidad ni la utilidad de dicho servicio.

Frente a prácticas tan mundanas, la compañía ha cultivado su propio halo de misterio, y quizás sea ahí donde Palantir ha tenido mayor éxito. El nombre es típico: una referencia a las piedras videntes del legendarium de J.R.R. Tolkien. Ofrece un significado inocuo (comunicación a larga distancia), pero también tiene connotaciones inquietantes (en El Señor de los Anillos , los palantíri son, en particular, un conducto para visiones corruptas). Seguramente, una compañía malvada no se pondría el nombre de algo malvado, ¿verdad? ¿Pero qué pasaría si...?

Esa desconcertante jovialidad se ve contrarrestada por la estridente retórica de Karp y su reiterada declaración de principios: defender la democracia liberal y los valores occidentales. Karp ha predicado este evangelio desde la fundación de la empresa, y aunque este tipo de discurso era inusual en el sector tecnológico de las décadas de 2000 y 2010, ahora parece profético. Desde entonces, el sector se ha alineado con la cultura chovinista del Partido Republicano de Donald Trump.

De igual modo, mucho antes de que los aranceles del presidente comenzaran a obstaculizar el flujo de bienes y capitales entre Oriente y Occidente, Karp declaró que no haría negocios con adversarios globales como China. En una carta a los inversores a principios de este año, incluso citó con aprobación a Samuel Huntington, autor del famoso «choque de civilizaciones», destacando su afirmación de que el ascenso de Occidente no fue posible «por la superioridad de sus ideas, valores o religión… sino más bien por su superioridad en la aplicación de la violencia organizada».

Este año, la afición de Karp por la exposición alcanzó la extensión de un libro con *La República Tecnológica* (escrito en colaboración con el director de asuntos corporativos de Palantir, Nicholas W. Zamiska, aunque conviene considerarlo obra suya). El libro resulta más interesante de lo que algunos afirman, pues ofrece una visión de la mentalidad de una élite en ascenso, pero adolece de una curiosa falta de contenido a pesar de su pretensión de proporcionar un plan para revitalizar la república estadounidense.

Es cierto que algunas sugerencias prácticas contarían con apoyo de todo el espectro político. Por ejemplo, animar a los profesionales técnicos a ocupar cargos políticos, atraer a mentes brillantes al servicio público con mejores salarios e integrar la ciencia en la cultura popular. Pero, a pesar de las ambiciones filosóficas del título del libro, las directrices de Karp resultan más triviales que platónicas. Gran parte del libro parece relleno, con unas pocas palabras y frases clave recombinadas mecánicamente como símbolos en una máquina tragaperras. Debe existir un «proyecto significativo» de «propósito nacional» que utilice una «mitología compartida» para crear una «identidad colectiva» que fomente el «progreso humano». Como ha señalado el escritor John Ganz, existe un inquietante parecido entre esta retórica y la tesis doctoral de Karp sobre la jerga reaccionaria que Adorno identificó en la Alemania de posguerra. Es un gesto hacia el significado, pero un gesto vacío.

La prescripción más concreta de la República Tecnológica —y la que se observa con mayor claridad en las prácticas reales de Palantir— es la fusión del Estado y la empresa privada, sobre todo en materia de seguridad, vigilancia y guerra. Que una empresa como Palantir participe en este ámbito quizá no resulte sorprendente. Los Estados ejercen la violencia. Utilizan la información para seleccionar los objetivos de dicha violencia. Si uno se dedica a recopilar información para el gobierno, inevitablemente acabará colaborando en este tipo de actividades. Es la banalidad de los datos.

Sin embargo, el uso de corporaciones para este fin genera incentivos singulares y peligrosos. La expansión de la vigilancia se convierte en un plan de negocios en lugar de una respuesta a amenazas creíbles; se pierde la rendición de cuentas al sustituirse los funcionarios públicos por contratistas privados; y la capacidad técnica del Estado se ve mermada, dejándolo incapacitado para verificar los resultados de sus propias políticas. La fusión entre Estado y corporación implica la privatización de la propia soberanía.

Palantir ha impulsado esta privatización entrando con entusiasmo en los ámbitos más volátiles que configuran la política estadounidense en la década de 2020. En Israel, tras el 7 de octubre, Palantir firmó una nueva alianza estratégica con las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI), y Karp celebró una reunión del consejo de administración en Tel Aviv al año siguiente para reafirmar su apoyo incondicional a la nación. Ha respondido a las acusaciones de facilitar el genocidio con réplicas cuidadosamente redactadas y afirma tener un «compromiso de larga data con la preservación de los derechos humanos».

La empresa también ha estrechado sus lazos con el Departamento de Seguridad Nacional y el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) de Estados Unidos, con el que mantiene un contrato desde hace años. Mientras Trump invierte grandes sumas de dinero en estas agencias, Palantir se beneficia. En abril se reveló que la empresa había ganado un contrato de 30 millones de dólares para desarrollar una plataforma llamada ImmigrationOS para ICE, que no solo recopilará datos gubernamentales, sino que también analizará las redes sociales y los registros de ubicación telefónica. Palantir sostiene que no establece políticas, sino que simplemente proporciona herramientas. Esto es una falacia. Si el gobierno carece de la experiencia necesaria para extraer conclusiones fiables de los datos, entonces serán las herramientas las que condicionen sus decisiones. Y esto sin considerar que las políticas que Palantir ahora apoya incluyen secuestros en las calles de Estados Unidos por agentes enmascarados, discriminación racial y detenciones ilegales.

Debido en parte al momento de publicación de su libro, Steinberger no puede ofrecer a la transformación de Karp, su empresa y su ideología política el análisis detallado que merece. En un epílogo, recuerda haberse reunido con Karp durante el fin de semana del 4 de julio, tras las protestas frente a las oficinas de Palantir y las dimisiones del personal por los contratos de la empresa con las FDI. La conversación, en su mayor parte parafraseada, resulta poco satisfactoria. Karp —un antiguo partidario de los demócratas que, en agosto de 2024, afirmó que no votaría por Trump— parece imperturbable ante la depravación moral que ahora pesa sobre la trayectoria de su vida, y en cambio culpa a los progresistas de las políticas del gobierno. «Estoy harto de que la izquierda fomente movimientos populistas de derecha porque se niega a asumir la responsabilidad de estos temas», declara, antes de añadir: «La impopularidad da de comer».

Es un comentario improvisado, pero funciona como lema para la república tecnológica de Karp. Este es el mito colectivo y el propósito nacional que ha estado buscando: el ejercicio del poder, libre de escrúpulos éticos y generosamente recompensado.

James Vincent es el autor de “Más allá de la medida: La historia oculta de la medición” (Faber & Faber).

Traducido del inglés por Tortuga con ayuda de traductor automático.

Fuente: https://www.newstatesman.com/cultur...

  • No hay más artículos
❌