Antonio
Yagüe
Aunque la propia naturaleza del anarquismo
sea anti-dogmatica y su
doctrina impulsa la libre experimentación para establecer la forma idónea de las estructuras sociales, para
poder instaurar una corriente económica
dentro de su cuerpo teórico, ha de cumplir lógicamente con principios básicos que estén en
concordancia con sus valores.
De esta forma las teorías económicas
anarquistas se oponen directamente
a los valores capitalistas de la competitividad y el lucro, como también a la centralización y a la
propiedad pública (estatal) gestionada
por elites de cualquier tipo y no directamente por las personas usuarias, características propias de las
economías de planificación central.
De esta manera, tampoco aceptan la subordinación de las relaciones laborales jerárquicas y el
trabajo asalariado, rasgos presentes en
ambos sistemas.
Uno de los principios ineludibles es el rechazo
al derecho de propiedad privada de los medios
de producción, que sustituida
por la posesión o derecho de
uso genera automáticamente una redistribución mucho
más equitativa de la riqueza. La ausencia de propietarios de tierras, fábricas y maquinarias no da lugar
a las relaciones laborales jerárquicas
ni al trabajo asalariado, que es siempre explotación. Toda aquella persona que trabaja es convertida
automáticamente propietaria del
valor que crea, incluso la plusvalía, de la cual en el sistema capitalista se beneficia el patrón.
De esto se deriva que “la propiedad es un
robo”, y por tanto los medios
de producción habrán de socializarse para dar libre acceso a su uso. La posesión colectiva, gestionada
cooperativamente en interés de la
comunidad, sustituirá a la propiedad privada y su ánimo de lucro. Un segundo elemento obligatorio que haga
recoger la escuela económica
para formar parte del socialismo libertario es la autogestión,
a veces denominado control
obrero, en palabras de Proudhon, “democracia
industrial”. Este concepto tiene dos implicaciones importantes:
1) Por
una parte, la autonomía de toda iniciativa económica, que no podrá estar sometida a ningún tipo
de autoridad externa: ni económica
(por lo que la propiedad privada habría de abolirse) ni política (dado que ya no existiría el Estado)
2) Y
también su gestión democrática por parte de la totalidad de las personas que la conforman, sin
posibilidad de jerarquía, con un
reparto igualitario del poder de decisión bajo la fórmula de “una persona, un voto”, y por democracia se
entiende la de tipo directa, asamblearia,
en la que los cargos son revocables en todo momento y su mandato es imperativo.
En tercer y último lugar, las relaciones
laborales han de ser equilibradas
y por tanto no se acepta el
trabajo asalariado, en que la parte desposeída de los medios de
producción se encuentra en posición de
inferioridad al verse forzada, para subsistir, a vender su fuerza de trabajo a la parte propietaria al precio
que dicta el mercado laboral, que
roba parte del producto del trabajo de aquella al apropiarse de la plusvalía.
Modelos
económicos
En cuestiones económicas, el pensamiento
socialista libertario no ha
defendido un único sistema en particular, si no que a lo largo de su historia ha planteado diversos modelos.
Pero previamente, algunos de
los primeros anarquistas realizaron algunas aportaciones teóricas puntuales y experiencias a escala local,
entre las cuales podemos destacar
las de Godwin, Stirner y Warren, que configuraran un back ground sobre las cuales se irían
desarrollando posteriormente las diferentes
escuelas económicas.
William Godwin, pensando en una economía
basada en la agricultura y la
artesanía, va a sugerir que cada productor pusiera a libre disposición de la comunidad su
excedente, e igualmente podría consumir
del excedente del resto de productores según sus necesidades.
Max Stirner, va a denunciar el origen
artificial de la propiedad privada,
que “existe por la gracia del Derecho. El Derecho es su única garantía, porque poseer un objeto no
es ser necesariamente su
propietario” (p.256) y por tanto esto sólo es posible gracias a la protección del Estado como una garantía de
la ley mediante el monopolio
de la violencia.
Y Josiah Warren va a idear un sistema de pago
mediante un certificado de las
horas trabajadas que podían cambiarse en las tiendas de tiempos (time stores) locales para
productos que habían costado producirse
en tiempos equivalentes, y lo pondrá a prueba creando una de estas tiendas en Cincinnati. El éxito
del experimento va a impulsar a
Warren a establecer colonias basadas en aquel sistema, como la llamada Modern Times.
En este contexto, surgieron tres modelos
teóricos clásicos destacables,
en realidad nada más que esbozos, que vistos en perspectiva cronológica podríamos considerarlos como un
progresivo alejamiento de las
concepciones del sistema hegemónico capitalista, con pasos agigantados, más bien saltos en el reto de
diseñar una economía alternativa
que impidiera “la explotación del hombre por el hombre” y permitiera así su emancipación de los
poderes heterónomos:
1) en
primer lugar encontramos el mutualismo propuesto por Proudhon, negando la propiedad privada de
los medios de producción pero
aceptando la posesión individual y la libre competencia en el mercado;
2) más
tarde va a predominar el colectivismo defendido por Bakunin, que además de la propiedad privada
reniega también el libre mercado
y adopta el lema “de cada cual según su capacidad a cada uno según su esfuerzo”
3) y
posteriormente será el comunismo libertario o anarco-comunismo, representado por Kropotkin, que
supone un paso más allá de la
reformulación la segunda parte de la máxima colectivista para otorgar “a cada uno según su
necesidad” y aboliendo, por tanto, el
salario.
Algunos autores añaden como corriente
económica al anarcosindicalismo, que además de tener como objetivo la defensa
de la clase obrera, los
sindicatos anarquistas pretenden jugar un papel central de organización económica de la sociedad. En mi
opinión, aquello sería más
bien una táctica, dado que sus militantes persiguen en realidad uno de los modelos acabados de presentar,
mayoritariamente el comunismo libertario
aunque el impulsor inicial del anarco-sindicalismo, el propio Bakunin, fuera partidario del colectivismo.
Existen también algunas otras propuestas más
actuales en torno al anarquismo,
pero su relevancia es bastante limitada en comparación a las clásicas. Entre ellas destaca el Parecon
(Participatory Economics o Economía
Participativa) de Michael Albert y Robin Hahnel, que se basa en una planificación decidida por
procedimientos participativos en los
consejos de productores y consumidores en donde los trabajadores cobrarían un salario en función de su
esfuerzo y sacrificio.
a) Mutualismo
Pierre-Joseph Proudhon, considerado uno de
los padres del anarquismo, va a
ser el primero en dar una propuesta de modelo teórico alternativo a un capitalismo aún en
tránsito desde el predominio de la
actividad agraria y artesanal hacia el área industrial. Su período de mayor influencia abarcó las décadas
centrales del siglo XIX.
Sus elementos clave son dos: la competencia
de libre mercado y su famosa
aseveración de que la propiedad es un robo pese a que esta máxima no se aplicará al producto de propio
trabajo, sea en forma monetaria
o transformada en bienes de consumo.
El mutualismo, por tanto, se opone
radicalmente al concepto de propiedad
privada de la tierra y de los medios de producción, y sólo reconoce el derecho, colectivo o incluso
individual, de su posesión, aunque
siempre sujeta a la utilización de los mismos. No reniega, sin embargo, del mercado, donde los
productores, sea de forma autónoma o
asociados en cooperativas, deberán confrontarse, recibiendo en función de su competitividad.
Proudhon entiende que el trabajo es la única
fuente de riqueza, por lo cual
no considera legítimos otros tipos de rentas. Piensa, por tanto, que todo el mundo tiene derecho a
ser remunerado por el producto
de su esfuerzo, aplicando la Teoría del Valor-Trabajo, la cual defiende que todo intercambio, ya sea de
productos o servicios (y aquí queda
incluido el trabajo como la prestación de servicios laborales), debe tener una equivalencia entre los
elementos de intercambio en términos
de “cantidad de trabajo necesario para producirlos” y por tanto, elimina la posibilidad del lucro.
En definitiva, los mutualistas entienden que
la igualdad de oportunidades
derivadas de la prohibición de la propiedad privada de la tierra y los medios de producción y la
ausencia de intervencionismo estatal
permitirá la competencia en un mercado libre donde sus intercambios tenderán a ser equitativos.
Otros elementos que configuran el modelo
mutualista son:
- la voluntariedad de participar en él, hecho
que por una parte se espera del
trabajador, por la ventaja de recibir todo el fruto de su trabajo, y no ser explotado mediante la
apropiación capitalista de la plusvalía,
y también del consumidor debido a los precios más baratos al no existir el lucro.
- la creación del “Banco del Pueblo”, que
tendrá como principal objetivo
otorgar financiamientos a través de créditos gratuitos, o más exactamente con el interés mínimo para
cubrir los gastos de administración.
Haciendo una valoración global del modelo, el
mutualismo configura una
estrategia reformista como sustitución del capitalismo.
b) Colectivismo
Ya en una fase de un mayor desarrollo
industrial va a surgir desde el movimiento
socialista libertario un nuevo modelo de la mano de otros de sus autores clásicos, Mijail Bakunin, y
en general todo el sector anti-autoritario
de la Primera Internacional. Su período de mayor auge va a ser buena parte del último tercio del
siglo.
El colectivismo abocado también por la
abolición del Estado y de la
propiedad privada de los medios de producción, los cuales pasarían a ser colectivos, pero a
diferencia de lo que proponían los mutualistas,
éstos estarían controlados y gestionados por el conjunto de los componentes de la organización
productora o de la comunidad, ya
no por individuos o grupos de ellos que los poseyesen.
Los colectivistas entendían que este cambio
de titularidad debía ser por
la fuerza, mediante la revuelta de la clase obrera, y una vez conseguida la colectivización los salarios
serían determinados democráticamente,
normalmente en proporción al esfuerzo y a la calidad
de los trabajos aportados por cada uno, impidiendo así el surgimiento de una clase ociosa.
De esta manera, aunque con matices, el
colectivismo conserva el
régimen del salario y su principio básico es: “de cada cual según su capacidad; a cada uno según su
esfuerzo”, justificándolo así con el
argumento de que el olvido de esta norma no sólo implicaría una injusticia hacia los “mejores
trabajadores” sino también una disminución
de la producción total. No obstante, muchos de los anarquistas colectivistas pensaban que,
pasado un tiempo, cuando la
producción hubiera aumentado y el sentido de comunidad se fortaleciera lo suficiente, el dinero
desaparecería y la economía evolucionaría
hacia el comunismo y, de este modo, no habría necesidad
de medir las aportaciones a la producción y el consumo de cada miembro de la comunidad.
c) Comunismo libertario
En un contexto de imparable expansión del
imperialismo y el colonialismo,
de internacionalización del capital y del surgimiento de los trusts y monopolios, va a
plantearse el anarcocomunismo. Piotr
Kropotkin va a ser su principal representante, aunque quienes primeramente formularon la propuesta fueron
integrantes de la sección italiana
de la Primera Internacional. Este será el sistema económico más influyente del anarquismo a finales del
siglo XIX.
El comunismo libertario, al igual que el
mutualismo y el colectivismo,
propugnaba la abolición del estado y de la propiedad privada, y con esto último también el libre
mercado, pero va más allá al
defender la desaparición del dinero.
Su principio básico es: “De cada cual según
su capacidad, a cada cual
según su necesidad”, y consecuentemente sus partidarios quieren eliminar completamente cualquier forma de
salario: no sólo la tierra y
los medios de producción han de ser comunes, sino también el producto, y el criterio de distribución
viene dado por las necesidades de
cada miembro de la sociedad y no por su poder adquisitivo.
Contradiciendo a los colectivistas, que
consideran imprescindible que
cada persona reciba una parte, una contraprestación, proporcional a su esfuerzo en la producción, los
comunistas libertarios responden que
todo producto es fruto de un proceso colectivo, de la cooperación de una pluralidad de agentes sociales
presentes y pasados, y como no se
puede medir la parte que le corresponde a cada uno de ellos, toda forma de distribución será inexacta y por
tanto injusta.
Además de la obra de Kropotkin, uno de los
libros referentes del
anarco-comunismo es el El ABC del comunismo libertario de Alexander Berkman, que utilizaré para
exponer la lógica de esta propuesta
económica, por su estilo sencillo y didáctico. En forma de conversación con alguna persona
desconocedora de la doctrina, Berkman
aborda las cuestiones claves de la materia, rechazando en primer lugar la Teoría del Valor-Trabajo:
«Pero por qué no le damos a cada uno según el
valor de su trabajo?”, preguntas.
Porque no hay modo alguno de medir ese valor. (...) Nadie puede decir de forma real el valor de un
objeto. (...) El carpintero y el
albañil han de formarse antes de que puedan hacer su respectivo trabajo, pero tú no te fijas en esos años
de aprendizaje cuando los contratas
para algún trabajo. También hay que tener en cuenta la capacidad y la habilidad personal con la que
cada obrero, escritor, artista
o médico ejerce su trabajo. Y este es un factor puramente individual, personal. ¿Cómo vas a calcular
su valor?
Es por esto que el valor no puede
determinarse. El mismo objeto puede
ser muy valioso para una persona y no valer nada o valer poco para otra. Y puede valer mucho o poco para
la misma persona, pero en
épocas diferentes (...) por eso, el valor real de una cosa no puede establecerse, es una cantidad desconocida.»
Y después expone la argumentación que
sostiene todo el modelo en un
solo párrafo:
«El intercambio de productos por medio de
precios conduce a hacer beneficios,
a sacar provecho y a la explotación, en una palabra, a alguna forma de capitalismo. Si acabas con
las ganancias no puedes tener
un sistema de precios, ni ningún sistema de salarios o de pagos. Eso significa que el intercambio deberá ser
acordado según el valor. Pero
como el valor es incierto o no asegurable, el intercambio debe ser, en consecuencia, libre, sin valor “igual”,
ya que éste no existe. Dicho de
otro modo, el trabajo y sus productos deben ser intercambiados sin precio, sin ganancia, libremente, de
acuerdo con la necesidad. Esto
conduce, lógicamente, a la propiedad común y a la utilización colectiva. Lo cual en un sistema sensato,
justo y equitativo, y se conoce bajo
el nombre de comunismo.»
Consciente de las dudas que este razonamiento
suscita en una mentalidad no
comunista Berkman las resuelve una por una:
«¿Pero esto supone entonces que todos
participaríamos por igual? –Preguntas-.
El hombre inteligente y el estúpido, el competente y el incompetente, ¿todos lo mismo? ¿No habrá
ninguna distinción, ningún
reconocimiento para los más hábiles?’
Permíteme que te pregunte yo, amigo mío:
¿condenaremos al hombre cuya
naturaleza no ha sido dotada tan generosamente como la de su vecino, más fuerte o más talentoso?
¿Añadiremos tal injusticia a la situación
de inferioridad física en que lo ha situado la naturaleza? (...).
No hay nada tan peligroso como la
discriminación. En el momento en
que empiezas a discriminar al menos capaz, estableces condiciones que engendran insatisfacción y
resentimiento, incitas a la envidia, a la
discordia y al enfrentamiento. Tú consideras brutal privar a los menos capaces del aire y el agua que
necesitan. ¿No debería aplicarse el
mismo principio a las demás necesidades del hombre? (...).
El modo más seguro de que cada uno lo haga lo
mejor que pueda no es
discriminándolo, sino tratándolo en pie de igualdad con los demás. Ése es el incentivo y el estímulo más
eficaz. Es justo y humano.
‘¿Pero qué harás con el gandul, con el hombre
que no quiere trabajar?’,
pregunta tu amigo.
(...) No existe eso que llaman holgazanería.
Lo que nosotros llamamos vago
es generalmente un hombre cuadrado en un agujero redondo. Es decir, el hombre apropiado en el puesto
inapropiado (...). Si estás obligado
a hacer aquello en lo que eres incompetente por inclinación o temperamento serás ineficiente. Si se te
fuerza a hacer un trabajo en
el que no estás interesado, serás perezoso.
¿Pero no significará la vida bajo la
anarquía, con la igualdad económica
y social una nivelación general?’, me preguntas.
No, amigo mío, es todo lo contrario. Porque
igualdad no significa igual
cantidad sino igualdad de oportunidades. (...) cada uno tiene para consumir tanto como necesita,
tanto como su naturaleza particular
le demanda.
No cometas el error de identificar la
igualdad y la libertad con la igualdad
forzada (...). La verdadera igualdad anarquista implica libertad, no cantidad, y no significa que cada
uno debe comer, beber o llevar
las mismas prendas, hacer el mismo trabajo o vivir de la misma manera. Ni mucho menos. En realidad,
es todo lo contrario.
Las necesidades personales y los gustos son
diferentes, como son distintos los
deseos. Es la igualdad de oportunidades para satisfacerlas, lo que constituye la verdadera igualdad.»
[Fragmento
del folleto El anarquismo y su economía, que en versión integral
es accesible en https://lapeste.org/wp-content/uploads/2021/03/ANARQUISMO-Y-SU-ECONOMI%CC%81A.pdf.]