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Buenas noticias ambientales y animalistas en 2026 (semestre 1)

Por: Pepe Galindo

¡Vivan las buenas noticias! Aunque sean pequeños pasitos. Servirán para tomar carrerilla y saltar. Ser conscientes de estas noticias —y resaltarlas— nos ayuda a tomar conciencia de que es posible hacer las cosas bien. Además, nos insta a hacer valer nuestros derechos.

Te agradecemos que compartas este texto con tus amigos, familiares, en redes sociales… Es gratis y vale mucho. Hablamos de una selección de casi sesenta noticias para alegrarnos.

♦ Noticias que los animales esperaban

1. Nuevo estudio sobre transporte de animales vivos en la UE. Se revela que el 81% de la población española está preocupada por las condiciones de estos animales. La media en Europa está en el 82 %. «La única vía para eliminar el riesgo de sufrimiento durante los trayectos es acabar con el transporte de animales vivos en todas sus formas».

2. Greenpeace sorprende a un pesquero gallego cuando capturaba una especie prohibida de tiburón. Cortan sus aletas vulnerando la normativa europea y, casi siempre, tiran al animal al mar para que muera lentamente desangrado. La buena noticia de esto es que han sido pillados y esperamos que la ley actúe. Hacen falta penas ejemplares y mayores controles en la pesca, ya que es una actividad de alto impacto y en la que es fácil vulnerar las leyes.

3. Malas noticias para la caza. Este «deporte» no debería existir, salvo como subsistencia cuando fuera preciso:

4. Malas noticias para la tauromaquia.

5. Malas noticias para los que experimentan con animales. Además de la atrocidad de estas prácticas científicas, es un negocio cruel que es peligroso, porque sus resultados no son fiables y hay riesgo de propagación de enfermedades (pandemias).

6. Malas noticias para la industria cárnica, avícola o de foie gras:

7. Palma dice adiós a los caballos. Otra ciudad que se da cuenta de que utilizar caballos es maltrato animal.

8. Gales y Escocia prohíben las carreras de galgos y abren una brecha histórica en Europa. Lo que parecía impensable hace una década se convirtió en ley, porque la crueldad no puede seguir llamándose deporte. En España las carreras de galgos siguen siendo legales. Pero si presionamos, tienen los días contados, al igual que la tauromaquia.

9. España está trabajando en una nueva norma que decidirá qué animales pueden tratarse como animales de compañía. Se trata del futuro “listado positivo de animales de compañía”, una herramienta clave que puede marcar un antes y un después en la protección animal en España. Se pretende exigir que las decisiones se basen en criterios científicos y se reconoce explícitamente el principio de precaución: si existe incertidumbre sobre si una especie puede vivir bien en cautividad o representa un riesgo, la posición por defecto debería ser no incluirla. Sin embargo, hay problemas importantes, como permitir la cría y el comercio de animales silvestres.

10. Perú aprueba una ley que castiga con dureza actos de crueldad hacia los animales. Hasta 8 años de prisión por maltrato animal. Se exige mayor responsabilidad para veterinarios, cuidadores y funcionarios. Las penas serán más duras cuando el delito sea cometido en grupo o sea difundido por internet u otros medios.

11. La ambición de la empresa Pescanova por liderar la acuicultura de cefalópodos a escala global se enfrenta a un obstáculo reglamentario que podría ser irreversible. La multinacional gallega no ha consignado el Estudio de Impacto Ambiental (EIA) que se exige en Canarias. Al tratarse de una especie carnívora, la alimentación de los pulpos en cautividad requeriría miles de toneladas de pescado silvestre, algo que es no solo ineficiente y peligroso para la seguridad alimentaria global, sino que contribuiría al agotamiento de caladeros ya sobreexplotados. Se ve que una noticia como esta, buena para los animales, también es positiva para el medioambiente. Y en el siguiente apartado, también se observa la implicación inversa.

♦ Noticias que alegran al ecologismo

1. Ámsterdam se une a prohibir la publicidad de carne y de otros productos de alto impacto ambiental como vuelos, cruceros, combustibles fósiles y coches de gasolina. Otras ciudades que ya tienen estas prohibiciones son, por ejemplo, Haarlem, Utrecht o Bloemendaal.

2. España avanza (a pesar de todo y gracias a la presión de la ciudadanía):

3. Batacazos del PP español. Los contratiempos para este partido suelen dar alegrías a cualquiera con un mínimo sentimiento —y conocimiento— ambiental. Pero atención, por desgracia, en muchos casos se salen con la suya (mira nuestra lista parcial de hechos):

4. En enero entró en vigor el Tratado de Alta Mar, que establece un mecanismo jurídicamente vinculante para designar una red de áreas marinas protegidas (AMP) en alta mar. El objetivo global es proteger el 30 % del océano para 2030. Actualmente, solo está protegido el 10 % de la superficie marina, y en alta mar la cifra apenas supera el 1 %, a pesar de su enorme importancia. Nosotros abogamos por proteger el 50 % de tierra y mar, para garantizar la calidad de vida de todos los seres sintientes.

5. Aprobada por la ONU la «resolución de Vanuatu», una histórica victoria para el clima, con 141 votos a favor y 8 en contra (entre ellos Estados Unidos, Rusia y Arabia Saudí). Los países tienen el deber ineludible, bajo el derecho internacional, de actuar «de forma urgente y equitativa» para proteger el sistema climático. Por tanto, ignorar la crisis climática puede ocasionar responsabilidad legal si se provocan daños significativos al medioambiente o a otros territorios, especialmente a las naciones en desarrollo.

6. La justicia obliga a Países Bajos a proteger sus territorios del Caribe de la subida del mar. El fallo estima que los habitantes de la isla de Bonaire no han sido tratados como los neerlandeses de Europa ante los efectos del cambio climático.

7. Europa prepara un colosal proyecto eólico en el mar del Norte. “La mayor central de energía limpia del mundo”. Alemania, Dinamarca, Bélgica, Países Bajos, Noruega y Luxemburgo lanzan un plan de expansión de aerogeneradores, lo cual es estupendo, pero también sería deseable —porque es más urgente— un plan para reducir el uso de energía. Por otra parte, recordemos que estamos a favor de las renovables, pero no de cualquier modo ni en cualquier lugar.

8. La ciencia demuestra que la agricultura regenerativa produce la misma cantidad de alimentos sin ningún sobrecoste. La agricultura de este tipo produce similar cantidad, más barato y más saludable, con más biodiversidad, cuidando mejor el agua, etc. La ciencia deja a la agroindustria sin argumentos.

9. China y las potencias medias se han unido para proteger las aguas internacionales de la contrarreforma ambiental de Trump. Estados Unidos va en dirección contraria a la lógica, la ciencia y el progreso, pero no consigue arrastrar a todo el mundo.

10. Nuevo estudio afirma que la mayoría de la gente en el mundo prefiere proteger el medio ambiente antes que hacer crecer la economía cuando ambos objetivos chocan. A pesar de lo bueno de esta noticia, hay que resaltar que se produce en un contexto de educación ambiental muy insuficiente, lo cual por una parte es más sorprendente y, por otra, no podemos evitar preguntarnos si realmente la población que opina así está dispuesta a vivir de otra forma (y más allá, si realmente lo intenta). ¿Sabemos lo que es ser ecologista?

11. La 15ª Conferencia de las Partes de la Convención sobre Especies Migratorias (COP15 CMS) de Brasil ha marcado un paso importante para la conservación de la biodiversidad global: se refuerza la protección de especies como jaguares, tiburones, tortugas marinas y muchas aves, entre otras.

12. Medio centenar de países se unen para salir de los combustibles fósiles. Solo están invitados los países que se toman en serio este tema y que quieren eliminar subsidios a los combustibles fósiles. Los negacionistas climáticos no interesan, ni tampoco aquellos que defienden métodos que no funcionan, como el comercio con derechos de emisión de carbono.

13. Noticias sobre el avance del reconocimiento del ecocidio como crimen.

14. Luchas populares exitosas:

  • Un tribunal archiva el caso contra los defensores del Yasuní. Las autoridades de Ecuador han ignorado el referéndum por el que la población votó proteger el Amazonas de las petroleras y se dedican a acosar a sus defensores.
  • Los centros educativos en España son obligados a poner menús más saludables, “variados y equilibrados” y sin aumentar el precio del comedor: más legumbres, menos carne roja y un consumo moderado de pescado, huevos, lácteos. Una gran noticia también para los animales. También se obliga a ofrecer agua como única bebida y se regula la oferta de las máquinas expendedoras y cafeterías escolares. Se potencian los alimentos frescos, de temporada y procedentes de canales cortos de distribución. En los centros con menú vegetariano, los segundos platos podrán basarse exclusivamente en proteína vegetal. Quedan excluidos productos como galletas, zumos azucarados y ultraprocesados. Puede parecer una noticia poco relacionada con lo ambiental, pero no es cierto. Por una parte, la alimentación saludable es fundamental para el ecologismo y, por otra, los productos ultraprocesados y las bebidas envasadas tienen un alto impacto ambiental.

15. Cuando aumenta el número de noticias relacionadas con el medioambiente, los fondos gestionados bajo criterios de sostenibilidad atraen más dinero. Los activos gestionados bajo estos criterios han crecido un 20 % desde 2020 fuera de EEUU. Conclusión: Difundir noticias ambientales mejora el planeta y las inversiones éticas.

16. Escocia aprueba una ley que obliga a instalar nidos para vencejos en los nuevos edificios. Las ventajas de tener estas aves insectívoras son inmensas, pero también deberíamos cuidar la fauna cuando no aporte ventajas directas a los humanos.

17. Europa aprueba una prohibición descafeinada de la munición de caza de plomo tóxico. Más de tres años después de que la Agencia de Productos Químicos recomendara vetar el plomo por motivos de seguridad, los países aprueban una norma que excluye las balas y da cinco años de prórroga a los cazadores para seguir usando estos cartuchos. Estos cinco años se seguirán vertiendo 14.000 toneladas anuales de plomo tóxico a la naturaleza. Esto es una buena noticia parcial para los que abogamos por prohibir la caza deportiva.

♦ ¿Quieres más optimismo? Mira esto:

  1. Entrevista a Pepe Galindo, escritor, ecologista y bloguero de: BlogSOStenible y Historias Incontables).
  2. Buenas noticias ambientales con la colección completa de los años recientes.
  3. Dos curiosidades: Deja que te susurre algo verdeGris que te quiero verde.
  4. La mejor solución a los incendios forestales: educar sí; quemar biomasa no.
  5. Blog de relatos del mismo autor: Historias Incontables.
  6. Y si te gustan las malas noticias, solo tienes que mirar lo que hace el PP.
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— BlogSOStenible ツ (@blogsostenible) March 5, 2024

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Mini serie documental: Impacto ambiental de actividades industriales

Por: Pepe Galindo

Lista con los 10 vídeos de la serie documental sobre el impacto ambiental de actividades industriales.Las actividades industriales generan un impacto ambiental profundo y generalizado. Es algo bien conocido, incluso por ese ente abstracto llamado «el gran público».

Podríamos preguntarnos por qué nadie actúa, pero sería una pregunta incorrecta. Hay muchas personas implicadas y trabajando, con algunas acciones de gran valor e influencia. El problema es que son demasiados los que no hacen nada, los que apenas saben nada, los que no quieren saber y los que son arrastrados por una publicidad científicamente diseñada para manipular nuestras mentes sin que nos demos cuenta.

Una forma de evitar la desinformación es ofrecer herramientas de educación ambiental como esta mini serie documental en la que se abordan diez asuntos clave en la industria actual. Si visualizamos y difundimos este material, avanzaremos hacia un mundo más consciente y crítico.

La serie está formada por diez episodios gratuitos, realizados por José Antonio Marín Gallego como parte de su TFG en la Universidad de Málaga y puede verse en el canal de YouTube de Blogsostenible. Cada vídeo dispone de una descripción donde, de forma esquemática, se enumeran todos sus contenidos. Sin ánimo de copiar esa descripción, aquí vamos a resumirla para dar una idea de los contenidos más relevantes:

Vídeo 1. Impacto ambiental del vehículo eléctrico

  • Ventajas de este tipo de vehículos: menor mantenimiento, menor contaminación por humo, mayor aceleración y acceso a las ZBE.
  • Antecedentes históricos como el de Robert Anderson.
  • Tipos de baterías y su impacto ambiental.
  • Minería necesaria: aluminio, níquel, cobalto, cobre…
  • Peso y desgaste de neumáticos (uno de los mayores problemas de todo tipo de automóviles, más grave aún que las emisiones de CO2).
  • Uso del “mix” eléctrico como fuente de energía.
  • Rentabilidad, ahorro anual y coste por kilómetro.
  • Dificultad y coste del reciclaje de baterías.
  • Otros inconvenientes: autonomía, tiempo de recarga, precio y problemas de las ZBE.
  • Medidas de mitigación: descarbonización, reciclaje, materiales más sostenibles, reducir tamaño de los vehículos, reducir velocidad máxima, así como fomentar el autoconsumo y el transporte público.

Vídeo 2. Impacto ambiental del transporte marítimo

  • Importancia para el comercio mundial: capacidad de carga y eficiencia y cómo mitigar los efectos negativos.
  • Efectos producidos por las emisiones (óxidos de nitrógeno, dióxido de azufre, monóxido de carbono…).
  • Impacto sobre el medio acuático: derrames de petróleo, ruido, daños a la flora marina y cambios en la dinámica costera.
  • Pesca comercial y transporte marítimo: pesca de arrastre.
  • Cruceros y su impacto ambiental.

Vídeo 3. Impacto ambiental de las carreteras durante su ciclo de vida

  • Breve repaso histórico y curiosidades sobre las carreteras.
  • Impacto sobre la biodiversidad y pérdida de áreas naturales.
  • Efecto barrera: el único impacto con solución fácil y directa.
  • Impactos en la fase de construcción y durante el uso y mantenimiento.
  • Las autopistas: auténticas devoradoras de materiales y territorio, lo que nos llevó a proponer destruir algunas o ponerles peajes.
  • Generación de microplásticos, nanoplásticos y otras partículas por culpa de los neumáticos.
  • Diez medidas de mitigación: uso de materiales de fabricación local, empleo de maquinaria electrificada, establecer controles de polvo, ruido y emisiones, construir pasos de fauna, restauración de zonas afectadas, límites de velocidad más eficientes, empleo de neumáticos de alta durabilidad y baja abrasión, priorizar el mantenimiento preventivo y, sobre todo, desincentivar el vehículo privado.

Vídeo 4. Impacto ambiental de la aviación comercial

  • Las aerolíneas más contaminantes son low cost.
  • ¿Cuánto contamina cada km realizado en avión? (Véase también este análisis).
  • Consecuencias de la contaminación y de las estelas de condensación.
  • Ruido, iluminación y efectos sobre la fauna.
  • Cambio climático y aviación, un círculo de retroalimentación mutua.
  • Medidas de mitigación: dejar de volar cuando sea viable, prohibir ciertos usos del avión, eliminar las subvenciones, imponer elevadas tasas al queroseno y penalizar al viajero frecuente.

Vídeo 5. Impacto ambiental del transporte ferroviario

  • Impacto ambiental en la construcción de infraestructuras ferroviarias: pérdida de vegetación, hidrología, efecto barrera, un ejemplo de fragmentación de hábitats, ruido, vibraciones, riesgo de incendios, atropellos de fauna, riesgo de electrocución y daños al paisaje.
  • Datos cuantitativos sobre emisiones en la construcción de diferentes líneas ferroviarias.
  • Importancia del mix energético en la contaminación.
  • Comparativa con otros medios de transporte: ¿Es el ferrocarril la mejor opción?
  • Trenes herbicidas.
  • Medidas de mitigación: electrificación progresiva, reducción del ruido, pasos de fauna, vallado selectivo, mejora de la seguridad, sustitución de herbicidas, espantar aves y fomentar el ferrocarril frente a otros medios.

Vídeo 6. Impacto ambiental de la industria del acero

  • Ventajas e inconvenientes del acero.
  • Producción de acero: elevadas temperaturas que se requieren y procedimientos que abaratan el proceso.
  • Uso de acero por sectores: un material de vital importancia en el sector alimentario.
  • Impacto de la minería del hierro: eliminación de la cubierta vegetal, modificación del relieve y pérdida de biodiversidad.
  • Emisiones de polvo y partículas.
  • Contaminación de aguas: posiblemente el mayor impacto.
  • Consumo de carbón.
  • Efectos sobre la vegetación, consumo de agua y residuos de esta industria.
  • Medidas de mitigación: sustitución de los combustibles fósiles, mejora del aislamiento térmico y recuperación del calor, mejorar la legislación y, sobre todo, reducir el uso de acero.

Vídeo 7. Impacto ambiental del almacenamiento digital masivo y de la IA

  • Crecimiento en la demanda de almacenamiento de datos.
  • Pérdida de puestos de trabajo (y pago de impuestos por usar IA).
  • ¿Qué es la datasfera?
  • Impacto ambiental de actividades cotidianas: mandar un correo electrónico y ver un vídeo en YouTube.
  • ¿Cuánta energía consume Internet?
  • El problema de los residuos digitales.
  • La IA desde el punto de vista ético.
  • Medidas de mitigación: fomentar energías renovables, aumentar la eficiencia del hardware, optimizar sistemas de refrigeración, promover almacenamiento responsable y controlar errores de la IA.

Vídeo 8: Impacto ambiental en paneles solares FV y aerogeneradores

  • Evolución histórica de los paneles solares fotovoltaicos y de los aerogeneradores.
  • ¿De qué parámetros depende la potencia generada por un panel y por un aerogenerador?
  • Contribución de ambas fuentes al mix energético español.
  • Inconvenientes e impacto ambiental de ambas fuentes de energía: ocupación del suelo, dificultad del reciclaje, corta vida útil, ruido, afecciones a la fauna y al paisaje.
  • Comparativa de emisiones: energía eólica terrestre, energía eólica marina y energía solar fotovoltaica.
  • Medidas de mitigación: detener molinos ante posibles riesgos y en periodos de migración, pintar una de las palas, alejarse de los núcleos urbanos, soterrar las líneas eléctricas, investigar para mejorar la eficiencia y mejorar las leyes para incentivar el autoconsumo.

Vídeo 9. Impacto ambiental de la industria cementera

  • El cemento es el segundo material más consumido en el mundo después del agua.
  • Emisiones por tonelada de cemento producida: ¿por qué han aumentado?
  • Etapas en la producción de cemento: ¿cuáles son las fases críticas?
  • El cemento es uno de los principales emisores de dióxido de carbono en el mundo.
  • Ejemplo representativo: la cementera de La Araña (Málaga).
  • Dificultad para filtrar metales pesados volátiles.
  • Emisiones de óxidos de nitrógeno, óxidos de azufre y COV en España.
  • Autorizaciones demasiado permisivas para la quema de residuos.
  • Derechos de emisión: qué son y por qué han sido objeto de crítica.
  • El problema del agua: en 2050 el 75 % de la producción se concentrará en zonas de escasez hídrica.
  • Medidas de mitigación: fomento de soluciones constructivas alternativas, uso de materiales locales, endurecimiento de la normativa, incremento de la monitorización del aire, instalación de plantas móviles de reciclaje, fomento del transporte ferroviario en grandes volúmenes y de la rehabilitación frente a la demolición, revisión de los sistemas de asignación de derechos de emisiones y empleo del cemento cero emisiones.

Vídeo 10. Impacto ambiental de la agricultura moderna

  • Emisiones del sector agropecuario: uno de los más contaminantes.
  • Crecimiento de la población y el reto que supone.
  • Aumento de la preocupación por el impacto ambiental de la agricultura: recursos naturales, suelo, agua, energía (fertilizantes nitrogenados), recursos biológicos y minerales.
  • Reducción en la variedad de alimentos: ¿Por qué ocurre esto?
  • Impacto ambiental en la producción de alimentos cárnicos.
  • Emisiones de metano y óxido nitroso: uno de los grandes problemas del sector.
  • Impacto ambiental de plaguicidas y pesticidas: efectos sobre las especies no objetivo, sobre la salud humana, sobre el suelo, el agua y el aire. El glifosato, uno de los más utilizados, es probablemente cancerígeno.
  • Medidas de mitigación: selección de cultivos adaptados al clima local, evitar nuevos invernaderos o cultivos en zonas con estrés hídrico, diversificación de cultivos, aportar materia orgánica para favorecer la actividad biológica, reducir el uso de pesticidas y mejorar las técnicas de aplicación (agricultura regenerativa).

El autor de este trabajo, en la parte de agradecimientos, después de citar a su tutor, a su familia y a los profesionales cuyas publicaciones han sido utilizadas como fuentes de información, también agradece la existencia del sistema educativo español. Es justo subrayar que, para que un estudiante universitario termine sus estudios, han sido necesarias numerosas personas e instituciones a lo largo de su vida.

Para ver la serie completa, solo tienes que reservarte un par de horas. Si prefieres ver los capítulos de forma independiente, resultan también comprensibles. Aquí tienes la serie completa publicada en el canal de Blogsostenible.

♥ Más sobre educación e impacto ambiental:

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Lista con los 10 vídeos de la serie documental sobre el impacto ambiental de actividades industriales.

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Mini serie documental: Impacto ambiental de actividades industriales

Por: Pepe Galindo

Lista con los 10 vídeos de la serie documental sobre el impacto ambiental de actividades industriales.Las actividades industriales generan un impacto ambiental profundo y generalizado. Es algo bien conocido, incluso por ese ente abstracto llamado «el gran público».

Podríamos preguntarnos por qué nadie actúa, pero sería una pregunta incorrecta. Hay muchas personas implicadas y trabajando, con algunas acciones de gran valor e influencia. El problema es que son demasiados los que no hacen nada, los que apenas saben nada, los que no quieren saber y los que son arrastrados por una publicidad científicamente diseñada para manipular nuestras mentes sin que nos demos cuenta.

Una forma de evitar la desinformación es ofrecer herramientas de educación ambiental como esta mini serie documental en la que se abordan diez asuntos clave en la industria actual. Si visualizamos y difundimos este material, avanzaremos hacia un mundo más consciente y crítico.

La serie está formada por diez episodios gratuitos, realizados por José Antonio Marín Gallego como parte de su TFG en la Universidad de Málaga y puede verse en el canal de YouTube de Blogsostenible. Cada vídeo dispone de una descripción donde, de forma esquemática, se enumeran todos sus contenidos. Sin ánimo de copiar esa descripción, aquí vamos a resumirla para dar una idea de los contenidos más relevantes:

Vídeo 1. Impacto ambiental del vehículo eléctrico

  • Ventajas de este tipo de vehículos: menor mantenimiento, menor contaminación por humo, mayor aceleración y acceso a las ZBE.
  • Antecedentes históricos como el de Robert Anderson.
  • Tipos de baterías y su impacto ambiental.
  • Minería necesaria: aluminio, níquel, cobalto, cobre…
  • Peso y desgaste de neumáticos (uno de los mayores problemas de todo tipo de automóviles, más grave aún que las emisiones de CO2).
  • Uso del “mix” eléctrico como fuente de energía.
  • Rentabilidad, ahorro anual y coste por kilómetro.
  • Dificultad y coste del reciclaje de baterías.
  • Otros inconvenientes: autonomía, tiempo de recarga, precio y problemas de las ZBE.
  • Medidas de mitigación: descarbonización, reciclaje, materiales más sostenibles, reducir tamaño de los vehículos, reducir velocidad máxima, así como fomentar el autoconsumo y el transporte público.

Vídeo 2. Impacto ambiental del transporte marítimo

  • Importancia para el comercio mundial: capacidad de carga y eficiencia y cómo mitigar los efectos negativos.
  • Efectos producidos por las emisiones (óxidos de nitrógeno, dióxido de azufre, monóxido de carbono…).
  • Impacto sobre el medio acuático: derrames de petróleo, ruido, daños a la flora marina y cambios en la dinámica costera.
  • Pesca comercial y transporte marítimo: pesca de arrastre.
  • Cruceros y su impacto ambiental.

Vídeo 3. Impacto ambiental de las carreteras durante su ciclo de vida

  • Breve repaso histórico y curiosidades sobre las carreteras.
  • Impacto sobre la biodiversidad y pérdida de áreas naturales.
  • Efecto barrera: el único impacto con solución fácil y directa.
  • Impactos en la fase de construcción y durante el uso y mantenimiento.
  • Las autopistas: auténticas devoradoras de materiales y territorio, lo que nos llevó a proponer destruir algunas o ponerles peajes.
  • Generación de microplásticos, nanoplásticos y otras partículas por culpa de los neumáticos.
  • Diez medidas de mitigación: uso de materiales de fabricación local, empleo de maquinaria electrificada, establecer controles de polvo, ruido y emisiones, construir pasos de fauna, restauración de zonas afectadas, límites de velocidad más eficientes, empleo de neumáticos de alta durabilidad y baja abrasión, priorizar el mantenimiento preventivo y, sobre todo, desincentivar el vehículo privado.

Vídeo 4. Impacto ambiental de la aviación comercial

  • Las aerolíneas más contaminantes son low cost.
  • ¿Cuánto contamina cada km realizado en avión? (Véase también este análisis).
  • Consecuencias de la contaminación y de las estelas de condensación.
  • Ruido, iluminación y efectos sobre la fauna.
  • Cambio climático y aviación, un círculo de retroalimentación mutua.
  • Medidas de mitigación: dejar de volar cuando sea viable, prohibir ciertos usos del avión, eliminar las subvenciones, imponer elevadas tasas al queroseno y penalizar al viajero frecuente.

Vídeo 5. Impacto ambiental del transporte ferroviario

  • Impacto ambiental en la construcción de infraestructuras ferroviarias: pérdida de vegetación, hidrología, efecto barrera, un ejemplo de fragmentación de hábitats, ruido, vibraciones, riesgo de incendios, atropellos de fauna, riesgo de electrocución y daños al paisaje.
  • Datos cuantitativos sobre emisiones en la construcción de diferentes líneas ferroviarias.
  • Importancia del mix energético en la contaminación.
  • Comparativa con otros medios de transporte: ¿Es el ferrocarril la mejor opción?
  • Trenes herbicidas.
  • Medidas de mitigación: electrificación progresiva, reducción del ruido, pasos de fauna, vallado selectivo, mejora de la seguridad, sustitución de herbicidas, espantar aves y fomentar el ferrocarril frente a otros medios.

Vídeo 6. Impacto ambiental de la industria del acero

  • Ventajas e inconvenientes del acero.
  • Producción de acero: elevadas temperaturas que se requieren y procedimientos que abaratan el proceso.
  • Uso de acero por sectores: un material de vital importancia en el sector alimentario.
  • Impacto de la minería del hierro: eliminación de la cubierta vegetal, modificación del relieve y pérdida de biodiversidad.
  • Emisiones de polvo y partículas.
  • Contaminación de aguas: posiblemente el mayor impacto.
  • Consumo de carbón.
  • Efectos sobre la vegetación, consumo de agua y residuos de esta industria.
  • Medidas de mitigación: sustitución de los combustibles fósiles, mejora del aislamiento térmico y recuperación del calor, mejorar la legislación y, sobre todo, reducir el uso de acero.

Vídeo 7. Impacto ambiental del almacenamiento digital masivo y de la IA

  • Crecimiento en la demanda de almacenamiento de datos.
  • Pérdida de puestos de trabajo (y pago de impuestos por usar IA).
  • ¿Qué es la datasfera?
  • Impacto ambiental de actividades cotidianas: mandar un correo electrónico y ver un vídeo en YouTube.
  • ¿Cuánta energía consume Internet?
  • El problema de los residuos digitales.
  • La IA desde el punto de vista ético.
  • Medidas de mitigación: fomentar energías renovables, aumentar la eficiencia del hardware, optimizar sistemas de refrigeración, promover almacenamiento responsable y controlar errores de la IA.

Vídeo 8: Impacto ambiental en paneles solares FV y aerogeneradores

  • Evolución histórica de los paneles solares fotovoltaicos y de los aerogeneradores.
  • ¿De qué parámetros depende la potencia generada por un panel y por un aerogenerador?
  • Contribución de ambas fuentes al mix energético español.
  • Inconvenientes e impacto ambiental de ambas fuentes de energía: ocupación del suelo, dificultad del reciclaje, corta vida útil, ruido, afecciones a la fauna y al paisaje.
  • Comparativa de emisiones: energía eólica terrestre, energía eólica marina y energía solar fotovoltaica.
  • Medidas de mitigación: detener molinos ante posibles riesgos y en periodos de migración, pintar una de las palas, alejarse de los núcleos urbanos, soterrar las líneas eléctricas, investigar para mejorar la eficiencia y mejorar las leyes para incentivar el autoconsumo.

Vídeo 9. Impacto ambiental de la industria cementera

  • El cemento es el segundo material más consumido en el mundo después del agua.
  • Emisiones por tonelada de cemento producida: ¿por qué han aumentado?
  • Etapas en la producción de cemento: ¿cuáles son las fases críticas?
  • El cemento es uno de los principales emisores de dióxido de carbono en el mundo.
  • Ejemplo representativo: la cementera de La Araña (Málaga).
  • Dificultad para filtrar metales pesados volátiles.
  • Emisiones de óxidos de nitrógeno, óxidos de azufre y COV en España.
  • Autorizaciones demasiado permisivas para la quema de residuos.
  • Derechos de emisión: qué son y por qué han sido objeto de crítica.
  • El problema del agua: en 2050 el 75 % de la producción se concentrará en zonas de escasez hídrica.
  • Medidas de mitigación: fomento de soluciones constructivas alternativas, uso de materiales locales, endurecimiento de la normativa, incremento de la monitorización del aire, instalación de plantas móviles de reciclaje, fomento del transporte ferroviario en grandes volúmenes y de la rehabilitación frente a la demolición, revisión de los sistemas de asignación de derechos de emisiones y empleo del cemento cero emisiones.

Vídeo 10. Impacto ambiental de la agricultura moderna

  • Emisiones del sector agropecuario: uno de los más contaminantes.
  • Crecimiento de la población y el reto que supone.
  • Aumento de la preocupación por el impacto ambiental de la agricultura: recursos naturales, suelo, agua, energía (fertilizantes nitrogenados), recursos biológicos y minerales.
  • Reducción en la variedad de alimentos: ¿Por qué ocurre esto?
  • Impacto ambiental en la producción de alimentos cárnicos.
  • Emisiones de metano y óxido nitroso: uno de los grandes problemas del sector.
  • Impacto ambiental de plaguicidas y pesticidas: efectos sobre las especies no objetivo, sobre la salud humana, sobre el suelo, el agua y el aire. El glifosato, uno de los más utilizados, es probablemente cancerígeno.
  • Medidas de mitigación: selección de cultivos adaptados al clima local, evitar nuevos invernaderos o cultivos en zonas con estrés hídrico, diversificación de cultivos, aportar materia orgánica para favorecer la actividad biológica, reducir el uso de pesticidas y mejorar las técnicas de aplicación (agricultura regenerativa).

El autor de este trabajo, en la parte de agradecimientos, después de citar a su tutor, a su familia y a los profesionales cuyas publicaciones han sido utilizadas como fuentes de información, también agradece la existencia del sistema educativo español. Es justo subrayar que, para que un estudiante universitario termine sus estudios, han sido necesarias numerosas personas e instituciones a lo largo de su vida.

Para ver la serie completa, solo tienes que reservarte un par de horas. Si prefieres ver los capítulos de forma independiente, resultan también comprensibles. Aquí tienes la serie completa publicada en el canal de Blogsostenible.

♥ Más sobre educación e impacto ambiental:

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No quiero proteger al medio ambiente: quiero un mundo en el que no tenga que ser protegido

Por: invitadoespecial

Hay frases que no solo expresan una opinión: desnudan un problema entero. “Yo no quiero proteger al medio ambiente, yo quiero crear un mundo donde el medio ambiente no necesite ser protegido” es una de ellas. Porque en realidad señala una contradicción enorme de nuestra civilización: hemos llegado a un punto en el que destruir la trama de la vida se ha vuelto tan normal, tan estructural, tan cotidiano, que ahora incluso el simple hecho de evitar su ruina nos parece una tarea heroica. Y no debería ser así.

No debería hacer falta “proteger” ríos frente a nuestra codicia. No debería hacer falta “salvar” bosques frente a nuestras máquinas. No debería hacer falta “conservar” animales frente a una expansión humana que todo lo invade, lo cerca, lo contamina o lo mercantiliza. El mero hecho de que usemos constantemente ese lenguaje ya revela que algo profundo está enfermo en nuestra manera de habitar la Tierra. Porque una cosa es cuidar la vida, y otra muy distinta vivir de tal manera que la vida necesite ser defendida sin descanso de nosotros mismos.

Ahí está la raíz del problema. El mundo moderno ha tratado la Tierra no como una comunidad viva, sino como un escenario de extracción. Los montes fueron convertidos en madera potencial. Los ríos en caudales aprovechables. Los animales en piezas útiles, en estorbos o en cifras. El suelo dejó de ser suelo para pasar a ser superficie productiva. Y la palabra “naturaleza”, que debería despertar reverencia, fue reducida muchas veces a una categoría administrativa, a una parcela separada de lo humano, como si la vida fuese algo que está ahí fuera y no la gran matriz de la que dependemos.

Por eso la frase del título tiene tanta fuerza. Porque no se conforma con pedir remiendos. No se resigna a ese modelo donde primero se hiere la Tierra y luego se organiza una campaña para evitar que sangre demasiado. Va más al fondo. Plantea una transformación de la mirada y del orden social. No dice simplemente “hay que proteger más”. Dice algo mucho más exigente: hay que dejar de organizar el mundo contra la vida.

Ese es el punto decisivo. Un mundo justo no sería aquel en el que unos pocos técnicos, activistas o guardas forestales corrieran de un lado a otro intentando salvar lo que queda. Un mundo justo sería aquel en el que los bosques no estuvieran permanentemente amenazados por la lógica del beneficio, en el que los ríos no fueran cloacas toleradas, en el que las criaturas salvajes no tuvieran que vivir acorraladas entre carreteras, venenos, alambres y disparos, en el que el crecimiento humano no se considerara automáticamente más importante que la continuidad de todo lo demás.

La grandeza de esta idea es que desplaza el centro moral. Ya no se trata de ver al ser humano como el héroe que protege una naturaleza débil e inferior. Esa imagen sigue escondiendo arrogancia. Sigue colocando al hombre arriba, como si la Tierra fuera una víctima pasiva que espera ser rescatada por nuestra buena voluntad. No. La cuestión verdadera es mucho más humilde y mucho más radical: nosotros somos la especie que ha desajustado el equilibrio y, por tanto, la tarea no es erigirnos en salvadores, sino dejar de comportarnos como fuerza de devastación.

Eso lo cambia todo. Cambia incluso el tono de la ética. Porque entonces cuidar deja de ser un gesto paternalista y pasa a ser una forma de justicia. Respetar un bosque no es hacerle un favor. Dejar vivir a un río no es una concesión generosa. Permitir que una especie siga existiendo no es un acto de caridad humana. Es simplemente reconocer que no somos dueños del mundo y que la vida no necesita justificarse ante nosotros para merecer seguir siendo.

En realidad, un mundo donde el medio ambiente no necesite ser protegido sería un mundo mucho más profundo que cualquier programa verde superficial. Sería un mundo donde la economía no funcionaría como una maquinaria de saqueo con lavado de imagen; donde el lenguaje no encubriría la destrucción con palabras bonitas; donde no se alabaría como progreso todo aquello que mutila montes, seca acuíferos o llena el aire de veneno; donde la técnica no se mediría solo por lo que puede hacer, sino por lo que debería abstenerse de hacer; donde la educación enseñaría desde la infancia que un árbol no es un objeto vertical, que un animal no es una cosa con patas y que la Tierra no es una herencia recibida para ser consumida, sino una comunidad antigua de la que formamos parte.

Y aquí aparece también una verdad incómoda: no basta con amar la naturaleza en abstracto. No basta con emocionarse ante una secuoya gigantesca, una montaña o un lobo. No basta con hablar de armonía si luego seguimos aceptando las estructuras que la hacen imposible. La frase del título no invita solo a sentir. Invita a cuestionar; a desmontar una normalidad enferma; a sospechar de una civilización que necesita parques “protegidos” porque todo lo demás está disponible para la agresión permanente.

Quizá por eso conmueve tanto la escena del niño abrazando el tronco inmenso. Ahí hay una intuición sencilla y poderosa: el ser humano no se engrandece cuando domina lo gigantesco, sino cuando es capaz de reconocerlo, de acercarse con humildad, de sentirse pequeño sin sentirse humillado. Ese niño, junto al árbol, no parece un conquistador. Parece un ser que todavía recuerda algo esencial: que hay presencias vivas ante las cuales lo digno no es mandar, sino guardar silencio y tocar con respeto.

Eso es justamente lo que hemos olvidado. Hemos olvidado que la Tierra necesita más que administradores, habitantes decentes. Hemos olvidado que la vida florece mejor cuando se la deja ser que cuando se la planifica sin alma. Hemos olvidado que muchas veces el acto más noble no es intervenir más, sino retirarse a tiempo, contenerse, renunciar al impulso de apropiación (renaturalizar). Y hemos olvidado, sobre todo, que el mundo vivo posee un valor intrínseco, independiente de nuestra utilidad, de nuestras necesidades o de nuestros mercados.

Por eso, la frase no debería leerse como una consigna ingenua, sino como una aspiración civilizatoria. Habla de un horizonte moral mucho más alto que el simple conservacionismo de emergencia. Habla de una sociedad reconciliada con el latido de la Tierra; de una cultura que no convierta en excepcional el respeto; de un orden humano en el que cuidar no sea apagar incendios incesantes, sino vivir de entrada de una forma que no los provoque.

Ese sería, verdaderamente, un mundo más sabio. Un mundo donde los árboles no fueran gigantes amenazados que admiramos en fotografías porque hemos talado a sus hermanos; donde los ríos no tuvieran que ser defendidos de quienes deberían aprender de ellos; donde lo salvaje no fuese tolerado como reliquia, sino reconocido como parte indispensable de la plenitud del planeta; donde la palabra “proteger” fuese cada vez menos necesaria porque habríamos dejado, al fin, de organizar nuestra existencia contra la comunidad de la vida. Tal vez ahí resida la esperanza más digna: no en convertirnos en héroes ambientales, sino en llegar a ser, de una vez, una especie menos soberbia. Una especie capaz de comprender que la Tierra no pide tutela. Pide respeto. No pide compasión desde arriba. Pide que cesemos en nuestra guerra contra lo viviente. No pide discursos. Pide límites, reverencia y verdad. Y quizá el verdadero comienzo de esa transformación sea este: dejar de pensar que proteger la naturaleza es una misión noble del hombre civilizado y empezar a entender que la auténtica nobleza consistiría en vivir de tal manera que la Tierra no tuviera que defenderse de nosotros.

David Næs
Bloguero en Voces de la tierra sagrada

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invitadoespecial

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No quiero proteger al medio ambiente: quiero un mundo en el que no tenga que ser protegido

Por: invitadoespecial

Hay frases que no solo expresan una opinión: desnudan un problema entero. “Yo no quiero proteger al medio ambiente, yo quiero crear un mundo donde el medio ambiente no necesite ser protegido” es una de ellas. Porque en realidad señala una contradicción enorme de nuestra civilización: hemos llegado a un punto en el que destruir la trama de la vida se ha vuelto tan normal, tan estructural, tan cotidiano, que ahora incluso el simple hecho de evitar su ruina nos parece una tarea heroica. Y no debería ser así.

No debería hacer falta “proteger” ríos frente a nuestra codicia. No debería hacer falta “salvar” bosques frente a nuestras máquinas. No debería hacer falta “conservar” animales frente a una expansión humana que todo lo invade, lo cerca, lo contamina o lo mercantiliza. El mero hecho de que usemos constantemente ese lenguaje ya revela que algo profundo está enfermo en nuestra manera de habitar la Tierra. Porque una cosa es cuidar la vida, y otra muy distinta vivir de tal manera que la vida necesite ser defendida sin descanso de nosotros mismos.

Ahí está la raíz del problema. El mundo moderno ha tratado la Tierra no como una comunidad viva, sino como un escenario de extracción. Los montes fueron convertidos en madera potencial. Los ríos en caudales aprovechables. Los animales en piezas útiles, en estorbos o en cifras. El suelo dejó de ser suelo para pasar a ser superficie productiva. Y la palabra “naturaleza”, que debería despertar reverencia, fue reducida muchas veces a una categoría administrativa, a una parcela separada de lo humano, como si la vida fuese algo que está ahí fuera y no la gran matriz de la que dependemos.

Por eso la frase del título tiene tanta fuerza. Porque no se conforma con pedir remiendos. No se resigna a ese modelo donde primero se hiere la Tierra y luego se organiza una campaña para evitar que sangre demasiado. Va más al fondo. Plantea una transformación de la mirada y del orden social. No dice simplemente “hay que proteger más”. Dice algo mucho más exigente: hay que dejar de organizar el mundo contra la vida.

Ese es el punto decisivo. Un mundo justo no sería aquel en el que unos pocos técnicos, activistas o guardas forestales corrieran de un lado a otro intentando salvar lo que queda. Un mundo justo sería aquel en el que los bosques no estuvieran permanentemente amenazados por la lógica del beneficio, en el que los ríos no fueran cloacas toleradas, en el que las criaturas salvajes no tuvieran que vivir acorraladas entre carreteras, venenos, alambres y disparos, en el que el crecimiento humano no se considerara automáticamente más importante que la continuidad de todo lo demás.

La grandeza de esta idea es que desplaza el centro moral. Ya no se trata de ver al ser humano como el héroe que protege una naturaleza débil e inferior. Esa imagen sigue escondiendo arrogancia. Sigue colocando al hombre arriba, como si la Tierra fuera una víctima pasiva que espera ser rescatada por nuestra buena voluntad. No. La cuestión verdadera es mucho más humilde y mucho más radical: nosotros somos la especie que ha desajustado el equilibrio y, por tanto, la tarea no es erigirnos en salvadores, sino dejar de comportarnos como fuerza de devastación.

Eso lo cambia todo. Cambia incluso el tono de la ética. Porque entonces cuidar deja de ser un gesto paternalista y pasa a ser una forma de justicia. Respetar un bosque no es hacerle un favor. Dejar vivir a un río no es una concesión generosa. Permitir que una especie siga existiendo no es un acto de caridad humana. Es simplemente reconocer que no somos dueños del mundo y que la vida no necesita justificarse ante nosotros para merecer seguir siendo.

En realidad, un mundo donde el medio ambiente no necesite ser protegido sería un mundo mucho más profundo que cualquier programa verde superficial. Sería un mundo donde la economía no funcionaría como una maquinaria de saqueo con lavado de imagen; donde el lenguaje no encubriría la destrucción con palabras bonitas; donde no se alabaría como progreso todo aquello que mutila montes, seca acuíferos o llena el aire de veneno; donde la técnica no se mediría solo por lo que puede hacer, sino por lo que debería abstenerse de hacer; donde la educación enseñaría desde la infancia que un árbol no es un objeto vertical, que un animal no es una cosa con patas y que la Tierra no es una herencia recibida para ser consumida, sino una comunidad antigua de la que formamos parte.

Y aquí aparece también una verdad incómoda: no basta con amar la naturaleza en abstracto. No basta con emocionarse ante una secuoya gigantesca, una montaña o un lobo. No basta con hablar de armonía si luego seguimos aceptando las estructuras que la hacen imposible. La frase del título no invita solo a sentir. Invita a cuestionar; a desmontar una normalidad enferma; a sospechar de una civilización que necesita parques “protegidos” porque todo lo demás está disponible para la agresión permanente.

Quizá por eso conmueve tanto la escena del niño abrazando el tronco inmenso. Ahí hay una intuición sencilla y poderosa: el ser humano no se engrandece cuando domina lo gigantesco, sino cuando es capaz de reconocerlo, de acercarse con humildad, de sentirse pequeño sin sentirse humillado. Ese niño, junto al árbol, no parece un conquistador. Parece un ser que todavía recuerda algo esencial: que hay presencias vivas ante las cuales lo digno no es mandar, sino guardar silencio y tocar con respeto.

Eso es justamente lo que hemos olvidado. Hemos olvidado que la Tierra necesita más que administradores, habitantes decentes. Hemos olvidado que la vida florece mejor cuando se la deja ser que cuando se la planifica sin alma. Hemos olvidado que muchas veces el acto más noble no es intervenir más, sino retirarse a tiempo, contenerse, renunciar al impulso de apropiación (renaturalizar). Y hemos olvidado, sobre todo, que el mundo vivo posee un valor intrínseco, independiente de nuestra utilidad, de nuestras necesidades o de nuestros mercados.

Por eso, la frase no debería leerse como una consigna ingenua, sino como una aspiración civilizatoria. Habla de un horizonte moral mucho más alto que el simple conservacionismo de emergencia. Habla de una sociedad reconciliada con el latido de la Tierra; de una cultura que no convierta en excepcional el respeto; de un orden humano en el que cuidar no sea apagar incendios incesantes, sino vivir de entrada de una forma que no los provoque.

Ese sería, verdaderamente, un mundo más sabio. Un mundo donde los árboles no fueran gigantes amenazados que admiramos en fotografías porque hemos talado a sus hermanos; donde los ríos no tuvieran que ser defendidos de quienes deberían aprender de ellos; donde lo salvaje no fuese tolerado como reliquia, sino reconocido como parte indispensable de la plenitud del planeta; donde la palabra “proteger” fuese cada vez menos necesaria porque habríamos dejado, al fin, de organizar nuestra existencia contra la comunidad de la vida. Tal vez ahí resida la esperanza más digna: no en convertirnos en héroes ambientales, sino en llegar a ser, de una vez, una especie menos soberbia. Una especie capaz de comprender que la Tierra no pide tutela. Pide respeto. No pide compasión desde arriba. Pide que cesemos en nuestra guerra contra lo viviente. No pide discursos. Pide límites, reverencia y verdad. Y quizá el verdadero comienzo de esa transformación sea este: dejar de pensar que proteger la naturaleza es una misión noble del hombre civilizado y empezar a entender que la auténtica nobleza consistiría en vivir de tal manera que la Tierra no tuviera que defenderse de nosotros.

David Næs
Bloguero en Voces de la tierra sagrada

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Progreso tecnológico y felicidad

Por: invitadoespecial

«Habría que preguntarse por qué esas tribus pérdidas que viven prácticamente cómo lo hacían en el Paleolítico, son infinitamente más felices y sanas que las denominadas sociedades avanzadas con toda la tecnología y las comodidades a su alcance».
Félix Rodríguez de la Fuente.

La búsqueda de la felicidad se ha convertido en uno de los grandes relatos de la sociedad contemporánea. Se nos repite con insistencia que el progreso material, el desarrollo tecnológico y el crecimiento económico constituyen el camino natural hacia una vida más plena. Sin embargo, a medida que las sociedades avanzadas se transforman y la tecnología ocupa un lugar cada vez más central en la vida cotidiana, surge una pregunta que merece una reflexión profunda:

¿Hasta qué punto ese progreso nos acerca realmente a la felicidad?

En muchas regiones del mundo desarrollado la vida transcurre hoy casi por completo en entornos urbanos. Ciudades densamente pobladas, ritmos de trabajo acelerados y una creciente digitalización han configurado una forma de vida profundamente distinta de la que acompañó a la humanidad durante la mayor parte de su historia. En este nuevo escenario, la naturaleza ha pasado a ocupar un lugar marginal. Para millones de personas el contacto con el entorno natural se reduce a espacios verdes fragmentados o a experiencias ocasionales durante el tiempo libre.

Esta transformación no es únicamente paisajística. La distancia creciente entre el ser humano y su entorno natural implica también una ruptura cultural y emocional con los procesos ecológicos de los que dependemos. Durante milenios, la vida humana estuvo integrada en los ritmos del territorio: las estaciones, los ciclos del agua, la presencia de fauna y la dinámica de los ecosistemas formaban parte del horizonte cotidiano. Hoy, sin embargo, una parte significativa de la población vive prácticamente ajena a estos procesos.

La desconexión con la naturaleza no es un fenómeno trivial. Numerosos estudios científicos han señalado que el contacto regular con entornos naturales tiene efectos positivos sobre la salud física y mental. La exposición a paisajes naturales reduce el estrés, mejora la capacidad de concentración y favorece el bienestar psicológico. Por el contrario, la vida en entornos excesivamente artificiales puede contribuir a aumentar la ansiedad, la fatiga mental y la sensación de alienación.

Este contraste plantea una cuestión fundamental: si el progreso tecnológico ha mejorado de manera indiscutible muchos aspectos de la vida humana, ¿por qué persiste una sensación generalizada de insatisfacción en muchas sociedades desarrolladas? La respuesta probablemente no se encuentra en un rechazo al progreso, sino en la forma en que ese progreso ha sido concebido. Durante décadas se ha asumido que el bienestar humano depende principalmente de la acumulación de bienes materiales y de la expansión tecnológica. Sin embargo, esta visión ignora dimensiones esenciales de la experiencia humana.

En este contexto adquieren especial relevancia las reflexiones de figuras como Félix Rodríguez de la Fuente, que dedicó buena parte de su vida a recordar la profunda relación entre el ser humano y el mundo natural. Para él, la naturaleza no era simplemente un escenario exterior ni un recurso utilitario, sino el marco fundamental de nuestra existencia. Sus palabras siguen invitando a replantear una pregunta incómoda, pero necesaria: ¿qué es realmente lo que valoramos cuando hablamos de felicidad?

La respuesta no puede encontrarse únicamente en indicadores de crecimiento o en avances tecnológicos. La felicidad humana parece estar ligada a elementos más complejos y menos cuantificables: el sentido de pertenencia, la relación con los demás, la experiencia del paisaje y la conexión con los procesos naturales que sostienen la vida. Estos factores no pueden sustituirse mediante innovaciones técnicas ni mediante el aumento indefinido del consumo.

No confundamos felicidad con comodidad

La cuestión, por tanto, no consiste en oponer tecnología y naturaleza como si fueran realidades incompatibles. El desafío de nuestro tiempo es encontrar una forma de convivencia entre ambas que no implique sacrificar el vínculo con el mundo natural. La tecnología puede contribuir a mejorar la calidad de vida, pero debe integrarse dentro de una visión que reconozca los límites ecológicos y la importancia de mantener una relación equilibrada con el entorno.

Esta búsqueda de equilibrio es, en última instancia, una cuestión cultural. Implica revisar las prioridades de la sociedad y preguntarse qué entendemos por progreso. Si el desarrollo tecnológico conduce a una vida cada vez más desconectada de la naturaleza, es legítimo cuestionar si ese modelo responde realmente a las necesidades profundas del ser humano.

Tal vez la verdadera reflexión no consista en preguntarnos cómo alcanzar la felicidad mediante nuevos avances, sino en recordar aquello que siempre ha formado parte de la experiencia humana: la relación con el territorio, el contacto con la vida silvestre, la percepción del paso de las estaciones y la conciencia de pertenecer a un mundo natural que trasciende nuestras propias construcciones.

En un tiempo marcado por la aceleración y la innovación constante, recuperar esa perspectiva puede ser un acto de lucidez. La tecnología seguirá avanzando, pero la pregunta fundamental permanece abierta: si el progreso nos aleja cada vez más de la naturaleza, ¿estamos realmente avanzando hacia una vida más feliz o simplemente hacia una forma distinta de vivir más lejos de aquello que nos hacía sentir parte del mundo?

David Orgaz Barreno
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Progreso tecnológico y felicidad

Por: invitadoespecial

«Habría que preguntarse por qué esas tribus pérdidas que viven prácticamente cómo lo hacían en el Paleolítico, son infinitamente más felices y sanas que las denominadas sociedades avanzadas con toda la tecnología y las comodidades a su alcance».
Félix Rodríguez de la Fuente.

La búsqueda de la felicidad se ha convertido en uno de los grandes relatos de la sociedad contemporánea. Se nos repite con insistencia que el progreso material, el desarrollo tecnológico y el crecimiento económico constituyen el camino natural hacia una vida más plena. Sin embargo, a medida que las sociedades avanzadas se transforman y la tecnología ocupa un lugar cada vez más central en la vida cotidiana, surge una pregunta que merece una reflexión profunda:

¿Hasta qué punto ese progreso nos acerca realmente a la felicidad?

En muchas regiones del mundo desarrollado la vida transcurre hoy casi por completo en entornos urbanos. Ciudades densamente pobladas, ritmos de trabajo acelerados y una creciente digitalización han configurado una forma de vida profundamente distinta de la que acompañó a la humanidad durante la mayor parte de su historia. En este nuevo escenario, la naturaleza ha pasado a ocupar un lugar marginal. Para millones de personas el contacto con el entorno natural se reduce a espacios verdes fragmentados o a experiencias ocasionales durante el tiempo libre.

Esta transformación no es únicamente paisajística. La distancia creciente entre el ser humano y su entorno natural implica también una ruptura cultural y emocional con los procesos ecológicos de los que dependemos. Durante milenios, la vida humana estuvo integrada en los ritmos del territorio: las estaciones, los ciclos del agua, la presencia de fauna y la dinámica de los ecosistemas formaban parte del horizonte cotidiano. Hoy, sin embargo, una parte significativa de la población vive prácticamente ajena a estos procesos.

La desconexión con la naturaleza no es un fenómeno trivial. Numerosos estudios científicos han señalado que el contacto regular con entornos naturales tiene efectos positivos sobre la salud física y mental. La exposición a paisajes naturales reduce el estrés, mejora la capacidad de concentración y favorece el bienestar psicológico. Por el contrario, la vida en entornos excesivamente artificiales puede contribuir a aumentar la ansiedad, la fatiga mental y la sensación de alienación.

Este contraste plantea una cuestión fundamental: si el progreso tecnológico ha mejorado de manera indiscutible muchos aspectos de la vida humana, ¿por qué persiste una sensación generalizada de insatisfacción en muchas sociedades desarrolladas? La respuesta probablemente no se encuentra en un rechazo al progreso, sino en la forma en que ese progreso ha sido concebido. Durante décadas se ha asumido que el bienestar humano depende principalmente de la acumulación de bienes materiales y de la expansión tecnológica. Sin embargo, esta visión ignora dimensiones esenciales de la experiencia humana.

En este contexto adquieren especial relevancia las reflexiones de figuras como Félix Rodríguez de la Fuente, que dedicó buena parte de su vida a recordar la profunda relación entre el ser humano y el mundo natural. Para él, la naturaleza no era simplemente un escenario exterior ni un recurso utilitario, sino el marco fundamental de nuestra existencia. Sus palabras siguen invitando a replantear una pregunta incómoda, pero necesaria: ¿qué es realmente lo que valoramos cuando hablamos de felicidad?

La respuesta no puede encontrarse únicamente en indicadores de crecimiento o en avances tecnológicos. La felicidad humana parece estar ligada a elementos más complejos y menos cuantificables: el sentido de pertenencia, la relación con los demás, la experiencia del paisaje y la conexión con los procesos naturales que sostienen la vida. Estos factores no pueden sustituirse mediante innovaciones técnicas ni mediante el aumento indefinido del consumo.

No confundamos felicidad con comodidad

La cuestión, por tanto, no consiste en oponer tecnología y naturaleza como si fueran realidades incompatibles. El desafío de nuestro tiempo es encontrar una forma de convivencia entre ambas que no implique sacrificar el vínculo con el mundo natural. La tecnología puede contribuir a mejorar la calidad de vida, pero debe integrarse dentro de una visión que reconozca los límites ecológicos y la importancia de mantener una relación equilibrada con el entorno.

Esta búsqueda de equilibrio es, en última instancia, una cuestión cultural. Implica revisar las prioridades de la sociedad y preguntarse qué entendemos por progreso. Si el desarrollo tecnológico conduce a una vida cada vez más desconectada de la naturaleza, es legítimo cuestionar si ese modelo responde realmente a las necesidades profundas del ser humano.

Tal vez la verdadera reflexión no consista en preguntarnos cómo alcanzar la felicidad mediante nuevos avances, sino en recordar aquello que siempre ha formado parte de la experiencia humana: la relación con el territorio, el contacto con la vida silvestre, la percepción del paso de las estaciones y la conciencia de pertenecer a un mundo natural que trasciende nuestras propias construcciones.

En un tiempo marcado por la aceleración y la innovación constante, recuperar esa perspectiva puede ser un acto de lucidez. La tecnología seguirá avanzando, pero la pregunta fundamental permanece abierta: si el progreso nos aleja cada vez más de la naturaleza, ¿estamos realmente avanzando hacia una vida más feliz o simplemente hacia una forma distinta de vivir más lejos de aquello que nos hacía sentir parte del mundo?

David Orgaz Barreno
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La unión de la gente sensata (llámale equis, izquierdas o derechas)

Por: Pepe Galindo

No hace mucho se reunieron dos de los políticos más brillantes del panorama nacional español. Incluso sus oponentes lo reconocen. Ambos pertenecen a partidos distintos, pero coinciden en lo esencial, además de mantener un discurso claro y directo —tal vez con alguna exageración cómica o hipérbole innecesaria—, pero sin bulos y sin pelos en la lengua. Me refiero a Emilio Delgado (diputado en la Asamblea de Madrid por Más Madrid) y a Gabriel Rufián (diputado en el Congreso por ERC).

Lo que estos dos políticos han planteado es algo bastante antiguo: la unión de la izquierda, especialmente teniendo en cuenta que la ley electoral en España es bastante injusta y que difícilmente van a aprobarse algunas de las propuestas para mejorar la representación del pueblo y reducir el número de políticos.

Lo que proponen no es la unión en un único partido nacional, sino un pacto por regiones para que, siguiendo la vigente Ley D’Hondt, se maximice el número de escaños conseguidos. La idea puede funcionar y frenar el envite de la derecha y la ultraderecha con todo lo que esto supone: devaluación del sector público, desprecio por el medioambiente, defensa del machismo, etc. Con respecto a la naturaleza, si ya el PP era un partido peligroso (demostrado sobradamente aquí), con sus nuevos socios —negacionistas impenitentes— la cosa no pinta bien ni para el medioambiente, ni para los animales, ni para nadie, salvo para una minoría que sabe bien lo que quiere y dónde pone su dinero.

Las luchas entre partidos pueden ser muy aburridas. Tenemos que centrar el debate en qué es lo mejor para nuestra sociedad en su conjunto y no para cada votante en particular.

¿Qué pedimos a un partido político digno?

Las ideas aquí expuestas, están AQUÍ en una poesía.

A la gente corriente —currantes o en paro, jóvenes o ancianos— nos da igual que se llamen de izquierdas o derechas. Lo que queremos es compromiso con los problemas reales de las personas y del planeta. Repartidos en tres epígrafes, los siguientes quince puntos que deberían estar en el programa y en la boca de cualquier partido decente:

1. Principios básicos:

  1. Se debe tener claro que el gobierno tiene como principal misión defender a la ciudadanía por delante de cualquier objetivo corporativo. Los intereses empresariales deben estar siempre en segundo plano.
  2. Para garantizar una democracia sana, se deben rechazar todas las formas de dictaduras y todos los golpes de Estado. Por muy razonable que parezca un totalitarismo, imponer un criterio particular a una mayoría nunca será aceptable.
  3. El punto anterior va ligado a condenar cualquier genocidio como el de Palestina y cualquier conflicto armado como el de Irán, el cual no tiene más justificación que querer robar su petróleo (como también ocurrió en Irak o en Venezuela).
  4. Un gobierno digno debe respetar la verdad y combatir los bulos. Para esto, es fundamental una televisión pública libre y objetiva que combata de forma transparente las manipulaciones. Cuando esto no es así, la sociedad se indigna (véanse los casos de la televisión gallega, andaluza o madrileña).
  5. Un gobierno inteligente apoyará la cooperación internacional, sin perjuicio del resto de puntos. Como ha demostrado la Unión Europea, renunciar a beneficios particulares de un Estado a favor de un objetivo común beneficia a la mayoría. Por tanto, avanzar en intereses comunes suele ser mejor que navegar hacia cualquier forma de independentismo egoísta. En este sentido, las declaraciones de la líder del PP europeo, Von der Leyen, deben condenarse por despreciar la legalidad internacional (*).
  6. También pedimos a nuestros políticos respeto por todos los contrincantes. Se debe respetar a los oponentes y ser tolerantes con todas las personas (no con todas las ideologías). Insultar nunca será una forma correcta de argumentar. Y el clásico «y tú más», tampoco.

2. Justicia social y modelo económico:

  1. Maximizar el bien común pasa por fomentar la solidaridad, de forma laica o religiosa. No querremos vivir en un país donde reine el egoísmo y la pobreza. Esto implica:
    • Activar políticas para facilitar la vivienda a los más desfavorecidos (no a políticos y notarios como en Alicante). Cuando se construyan viviendas sociales, estas deben pertenecer siempre al Estado y jamás deben privatizarse.
    • Evitar desahucios y ofrecer alternativas.
    • Ayudas controladas a los desfavorecidos por desastres naturales u otras causas (descuentos en IRPF, en luz, agua…).
    • Aumentar los salarios más bajos (el SMI).
    • También, por supuesto, es deseable una sociedad solidaria con los inmigrantes y comprensiva con su situación. Eso implica un gasto extra del Estado, que nos beneficia a todos. Los que dicen «llévate a los inmigrantes a tu casa», seguro que no quieren meter en su casa los residuos de las nucleares que defienden.
    • En definitiva, intentar reducir la desigualdad es algo que beneficia a toda la sociedad, pues reduce los problemas sociales (delincuencia, fraude, explotación laboral…).
  2. Un gobierno ideal debe apoyar lo público, con especial interés en la educación y la sanidad. La importancia de esto la vemos cada día. Durante la pandemia fue aún más evidente. Hubo lecciones que debimos aprender. Esto también sirve para medir la fortaleza de un gobierno frente a intereses comerciales o especulativos y, por tanto, para medir la salud de una democracia.
  3. Los impuestos deben servir para sufragar los gastos públicos de forma solidaria. Es importante que sean justos y progresivos. Obsérvese que los países con mayor bienestar y menor delincuencia son precisamente los que tienen mayores impuestos, en particular a los millonarios. Subir un pequeño porcentaje a los magnates puede resolver grandes problemas. Y ellos ni lo notan. Para la democracia es positivo permitir que los contribuyentes puedan elegir el destino de parte de sus impuestos. Y el que evada en paraísos fiscales (como algunos influencers) que pague si quiere usar nuestros servicios públicos (hospitales, aeropuertos, etc.).
  4. Reducir la jornada laboral es un acto de justicia universal, dado que hay multitud de inventos que están ahorrando mucha mano de obra (robots, IA, computadoras…). Es preciso reconocer que estos inventos son logros de la humanidad en su conjunto y, por consiguiente, es justo que beneficien a todos y no solo a una minoría.
  5. Deben defenderse los derechos civiles (igualdad ante la ley, libertad de expresión, matrimonio igualitario…) así como la igualdad entre la ciudadanía: feminismo (igualdad entre personas de distinto género), lucha contra el racismo, la aporofobia, etc.

3. Ciencia, medioambiente y bienestar animal:

  1. Las decisiones políticas deben estar, cuando sea posible, avaladas por la ciencia y nunca deben ignorar sus conclusiones para favorecer intereses partidistas.
  2. Una ideología sensata siempre debe estar dispuesta a cambiar y evolucionar. Así, las tradiciones pueden cambiarse para adaptarse a los nuevos tiempos.
  3. Un medioambiente sano no es solo uno de los Derechos Humanos y un bonito artículo de la Constitución Española (art. 45). Nuestra vida, nuestra salud y la de nuestros descendientes dependen de que cambiemos nuestra forma de tratar a la naturaleza. Por tanto, debe ser aislado cualquier partido o ideología que no lo entienda y que no respete lo que dice la ciencia.
  4. Defender los derechos de los animales es también elemental para la dignidad del ser humano. Y también ayudará a mejorar nuestro trato a la naturaleza. ¿Cómo es posible que la tauromaquia esté blindada en España cuando solo el 8 % de los españoles acudió a algún espectáculo taurino en el último año? Además, un 70 % manifiesta tener un interés «mínimo» por estos eventos; y siete de cada diez consideran «totalmente inaceptable» el uso de animales en corridas de toros, eventos que se han desplomado un 60 %. Incluso se han cerrado numerosas plazas.

Si un partido político o una coalición aboga por todo (o casi todo) lo dicho arriba, creo que contará con mi apoyo y con el de muchos otros. No es una cuestión de izquierdas o derechas. Es una cuestión de sensatez y humanidad.

(*) Tras sus esperpénticas declaraciones incitando a abandonar la legalidad internacional, una noticia más reciente dice que Von der Leyen recula ante las críticas y defiende ahora el “compromiso inquebrantable” de la UE con el derecho internacional. Es muy lamentable que tenga que desdecirse porque las críticas han sido feroces y las peticiones de dimisión se cuentan por millares en redes sociales. Es obvio que dijo lo que pensaba y que su amor por el cargo le hace decir lo que tenga que decir. Resulta del todo hilarante que el PP saliera a defender las palabras de Von der Leyen y, ahora que se ha desdicho, el PP calla. Hablar sin pensar es peligroso.

♦ Más sobre política sensata:

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La unión de la gente sensata (llámale equis, izquierdas o derechas)

Por: Pepe Galindo

No hace mucho se reunieron dos de los políticos más brillantes del panorama nacional español. Incluso sus oponentes lo reconocen. Ambos pertenecen a partidos distintos, pero coinciden en lo esencial, además de mantener un discurso claro y directo —tal vez con alguna exageración cómica o hipérbole innecesaria—, pero sin bulos y sin pelos en la lengua. Me refiero a Emilio Delgado (diputado en la Asamblea de Madrid por Más Madrid) y a Gabriel Rufián (diputado en el Congreso por ERC).

Lo que estos dos políticos han planteado es algo bastante antiguo: la unión de la izquierda, especialmente teniendo en cuenta que la ley electoral en España es bastante injusta y que difícilmente van a aprobarse algunas de las propuestas para mejorar la representación del pueblo y reducir el número de políticos.

Lo que proponen no es la unión en un único partido nacional, sino un pacto por regiones para que, siguiendo la vigente Ley D’Hondt, se maximice el número de escaños conseguidos. La idea puede funcionar y frenar el envite de la derecha y la ultraderecha con todo lo que esto supone: devaluación del sector público, desprecio por el medioambiente, defensa del machismo, etc. Con respecto a la naturaleza, si ya el PP era un partido peligroso (demostrado sobradamente aquí), con sus nuevos socios —negacionistas impenitentes— la cosa no pinta bien ni para el medioambiente, ni para los animales, ni para nadie, salvo para una minoría que sabe bien lo que quiere y dónde pone su dinero.

Las luchas entre partidos pueden ser muy aburridas. Tenemos que centrar el debate en qué es lo mejor para nuestra sociedad en su conjunto y no para cada votante en particular.

¿Qué pedimos a un partido político digno?

Las ideas aquí expuestas, están AQUÍ en una poesía.

A la gente corriente —currantes o en paro, jóvenes o ancianos— nos da igual que se llamen de izquierdas o derechas. Lo que queremos es compromiso con los problemas reales de las personas y del planeta. Repartidos en tres epígrafes, los siguientes quince puntos que deberían estar en el programa y en la boca de cualquier partido decente:

1. Principios básicos:

  1. Se debe tener claro que el gobierno tiene como principal misión defender a la ciudadanía por delante de cualquier objetivo corporativo. Los intereses empresariales deben estar siempre en segundo plano.
  2. Para garantizar una democracia sana, se deben rechazar todas las formas de dictaduras y todos los golpes de Estado. Por muy razonable que parezca un totalitarismo, imponer un criterio particular a una mayoría nunca será aceptable.
  3. El punto anterior va ligado a condenar cualquier genocidio como el de Palestina y cualquier conflicto armado como el de Irán, el cual no tiene más justificación que querer robar su petróleo (como también ocurrió en Irak o en Venezuela).
  4. Un gobierno digno debe respetar la verdad y combatir los bulos. Para esto, es fundamental una televisión pública libre y objetiva que combata de forma transparente las manipulaciones. Cuando esto no es así, la sociedad se indigna (véanse los casos de la televisión gallega, andaluza o madrileña).
  5. Un gobierno inteligente apoyará la cooperación internacional, sin perjuicio del resto de puntos. Como ha demostrado la Unión Europea, renunciar a beneficios particulares de un Estado a favor de un objetivo común beneficia a la mayoría. Por tanto, avanzar en intereses comunes suele ser mejor que navegar hacia cualquier forma de independentismo egoísta. En este sentido, las declaraciones de la líder del PP europeo, Von der Leyen, deben condenarse por despreciar la legalidad internacional (*).
  6. También pedimos a nuestros políticos respeto por todos los contrincantes. Se debe respetar a los oponentes y ser tolerantes con todas las personas (no con todas las ideologías). Insultar nunca será una forma correcta de argumentar. Y el clásico «y tú más», tampoco.

2. Justicia social y modelo económico:

  1. Maximizar el bien común pasa por fomentar la solidaridad, de forma laica o religiosa. No querremos vivir en un país donde reine el egoísmo y la pobreza. Esto implica:
    • Activar políticas para facilitar la vivienda a los más desfavorecidos (no a políticos y notarios como en Alicante). Cuando se construyan viviendas sociales, estas deben pertenecer siempre al Estado y jamás deben privatizarse.
    • Evitar desahucios y ofrecer alternativas.
    • Ayudas controladas a los desfavorecidos por desastres naturales u otras causas (descuentos en IRPF, en luz, agua…).
    • Aumentar los salarios más bajos (el SMI).
    • También, por supuesto, es deseable una sociedad solidaria con los inmigrantes y comprensiva con su situación. Eso implica un gasto extra del Estado, que nos beneficia a todos. Los que dicen «llévate a los inmigrantes a tu casa», seguro que no quieren meter en su casa los residuos de las nucleares que defienden.
    • En definitiva, intentar reducir la desigualdad es algo que beneficia a toda la sociedad, pues reduce los problemas sociales (delincuencia, fraude, explotación laboral…).
  2. Un gobierno ideal debe apoyar lo público, con especial interés en la educación y la sanidad. La importancia de esto la vemos cada día. Durante la pandemia fue aún más evidente. Hubo lecciones que debimos aprender. Esto también sirve para medir la fortaleza de un gobierno frente a intereses comerciales o especulativos y, por tanto, para medir la salud de una democracia.
  3. Los impuestos deben servir para sufragar los gastos públicos de forma solidaria. Es importante que sean justos y progresivos. Obsérvese que los países con mayor bienestar y menor delincuencia son precisamente los que tienen mayores impuestos, en particular a los millonarios. Subir un pequeño porcentaje a los magnates puede resolver grandes problemas. Y ellos ni lo notan. Para la democracia es positivo permitir que los contribuyentes puedan elegir el destino de parte de sus impuestos. Y el que evada en paraísos fiscales (como algunos influencers) que pague si quiere usar nuestros servicios públicos (hospitales, aeropuertos, etc.).
  4. Reducir la jornada laboral es un acto de justicia universal, dado que hay multitud de inventos que están ahorrando mucha mano de obra (robots, IA, computadoras…). Es preciso reconocer que estos inventos son logros de la humanidad en su conjunto y, por consiguiente, es justo que beneficien a todos y no solo a una minoría.
  5. Deben defenderse los derechos civiles (igualdad ante la ley, libertad de expresión, matrimonio igualitario…) así como la igualdad entre la ciudadanía: feminismo (igualdad entre personas de distinto género), lucha contra el racismo, la aporofobia, etc.

3. Ciencia, medioambiente y bienestar animal:

  1. Las decisiones políticas deben estar, cuando sea posible, avaladas por la ciencia y nunca deben ignorar sus conclusiones para favorecer intereses partidistas.
  2. Una ideología sensata siempre debe estar dispuesta a cambiar y evolucionar. Así, las tradiciones pueden cambiarse para adaptarse a los nuevos tiempos.
  3. Un medioambiente sano no es solo uno de los Derechos Humanos y un bonito artículo de la Constitución Española (art. 45). Nuestra vida, nuestra salud y la de nuestros descendientes dependen de que cambiemos nuestra forma de tratar a la naturaleza. Por tanto, debe ser aislado cualquier partido o ideología que no lo entienda y que no respete lo que dice la ciencia.
  4. Defender los derechos de los animales es también elemental para la dignidad del ser humano. Y también ayudará a mejorar nuestro trato a la naturaleza. ¿Cómo es posible que la tauromaquia esté blindada en España cuando solo el 8 % de los españoles acudió a algún espectáculo taurino en el último año? Además, un 70 % manifiesta tener un interés «mínimo» por estos eventos; y siete de cada diez consideran «totalmente inaceptable» el uso de animales en corridas de toros, eventos que se han desplomado un 60 %. Incluso se han cerrado numerosas plazas.

Si un partido político o una coalición aboga por todo (o casi todo) lo dicho arriba, creo que contará con mi apoyo y con el de muchos otros. No es una cuestión de izquierdas o derechas. Es una cuestión de sensatez y humanidad.

(*) Tras sus esperpénticas declaraciones incitando a abandonar la legalidad internacional, una noticia más reciente dice que Von der Leyen recula ante las críticas y defiende ahora el “compromiso inquebrantable” de la UE con el derecho internacional. Es muy lamentable que tenga que desdecirse porque las críticas han sido feroces y las peticiones de dimisión se cuentan por millares en redes sociales. Es obvio que dijo lo que pensaba y que su amor por el cargo le hace decir lo que tenga que decir. Resulta del todo hilarante que el PP saliera a defender las palabras de Von der Leyen y, ahora que se ha desdicho, el PP calla. Hablar sin pensar es peligroso.

♦ Más sobre política sensata:

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Dos platos vegetarianos de una vez: crema y sopa de verduras, con ingredientes locales y ecológicos

Por: Pepe Galindo
Crema de Verduras con frutos secos
Pincha en la imagen para ir a un blog de cocina vegetariana

Que la dieta influye tanto en la salud de las personas como en la del planeta, no es nada nuevo. Para una buena salud es aconsejable comer muchas frutas y verduras, y para no dañar mucho el medioambiente es recomendable no comer mucha carne, consumir productos de agricultura ecológica, y cercanos a donde vives (no es fácil saber qué es más importante). El transporte es uno de los sectores más contaminantes, y aún estamos lejos de tener una etiqueta kilométrica o carbométrica, que nos permita saber los kilómetros que ha recorrido cada cosa que compramos, o lo que ha contaminado por el camino.

Conscientes de la dificultad de descubrir el origen de lo que comemos, y a su vez, de su importancia, Hermeneus puso en marcha el concurso Reto Origen, para estimular una comida responsable, a través de recetas reales con ingredientes lo más locales posibles.

Para nosotros el reto fue grande, porque queríamos una receta fácil, con productos cercanos, ecológicos, fáciles de conseguir en muchas regiones, y con ingredientes vegetarianos, por las enormes implicaciones que tiene el consumo de carne en el planeta. Además, conseguimos hacer dos platos en uno, o sea, dos platos en la misma receta, para dos días distintos, en un tiempo record. Primero exponemos la receta, y al final comentamos algo de la trazabilidad de sus ingredientes:

◊ Ingredientes (5-6 personas aprox., para cada uno de los dos platos):

  • 1 trozo de calabaza (al gusto).
  • 2 cebollas normales.
  • 3 calabacines.
  • 4 patatas.
  • 5 zanahorias.
  • 3-5 dientes de ajo.
  • 1 chorrito de aceite de oliva.
  • Opcional: Sal, especias (orégano, cúrcuma, pimienta blanca o negra, pimentón, levadura de cerveza…), frutos secos molidos (pipas de calabaza o de girasol, almendras molidas, nueces…), y para la sopa: pasta corta (fideos, macarrones…).

Preparación:

  1. Se ponen todas las hortalizas en trozos grandes, preferentemente en una olla a presión (olla express). El calabacín no es preciso pelarlo (basta con lavarlo y quitarle los extremos).
  2. Cubrir todo de agua hasta unos 2 dedos por encima (máximo 2/3 de la capacidad de la olla.
  3. Cerrar la olla y calentar al máximo, hasta que el indicador de presión aparece, y por la válvula se escapa un flujo de vapor continuo. Entonces, reducir el foco de calor al mínimo, pero aumentando si decae la presión. Mantener la presión 5 minutos, y apagar el calor.
  4. Baje la presión de la olla, sin prisas, hasta que pueda abrirse (cambiar la válvula a la posición de descompresión según las instrucciones de la olla).
    • Sin olla a presión, basta con hervir los ingredientes en una olla tapada, sin demasiado calor, hasta que estén blandas las patatas (que pueden cortarse más para que tarde menos), pero recuerde que la olla a presión ahorra tiempo, dinero, energía, contaminación…
  5. Vierta casi todo el líquido en una cacerola, que será la base de nuestra sopa.
  6. Para la crema de verduras (plato 1): Con una batidora, triturar las verduras que quedaron en la olla, añadiendo sal, el aceite, y especias al gusto. Si está muy espeso, añadir un poco del caldo que retiramos antes. Para espesar, añadir levadura de cerveza, que le da un sabor tan interesante como sus propiedades (tiene proteínas, minerales, sin grasas, y vitaminas del grupo B… todo muy recomendable para todos, especialmente para los vegetarianos). Probar y rectificar de especias y sal.
    • Opcional: Servir la crema con frutos secos molidos por encima.Sopa de verduras con pasta corta: espirales
  7. Para la sopa de verduras (plato 2): Calentar el caldo obtenido cuando vaya a consumirse, y añadir sal y especias al gusto (distintas a las anteriores si queremos cambiar su sabor). Sugerimos pimentón, cúrcuma, y comino. Probar y rectificar de especias y sal.
    • Opcional: Puede mezclarse el caldo con dos o tres cucharones de la crema del plato anterior, para darle más espesor y sabor. Si no tienes pudor en usar huevo a pesar de sus terribles consecuencias, puedes batir un par de huevos hasta que cuajen o echar trocitos de huevo duro.

Trazabilidad de los ingredientes: Ante la dificultad que supone averiguar la procedencia de cada ingrediente, acudimos a una cooperativa de agricultores locales (Málaga, España, en nuestro caso): Guadalhorce Ecológico S.C.A., de Alhaurín el Grande (Málaga). Ellos reparten a domicilio sus alimentos ecológicos certificados de primera calidad, procedentes de producción ecológica basada en el uso racional de los recursos naturales sin emplear productos químicos ni organismos genéticamente modificados (OMG o transgénicos), conservando la fertilidad de la tierra y respetando el medio ambiente. Ellos afirman que intentan producir alimentos de kilometro cero, es decir, alimentos producidos en nuestra tierra, ofreciendo frescura y un precio justo para el agricultor y para el consumidor. Evitando envoltorios, intermediarios, y largas distancias, reducimos gastos y contaminación. La siguiente información nos la ha facilitado esta cooperativa y nos han mostrado los certificados pertinentes, que obran en su poder:

  • Calabaza: Procede de uno de los cooperativistas, de Málaga.
  • Ajos: Son de Repla, empresa sevillana de producción ecológica.
  • Calabacines: Empresa Bio Algarrobo de productos ecológicos de Algarrobo (Málaga).
  • Patatas: En esta ocasión el productor fue M. del Pilar Arranz, de Segovia, bastante lejos, pero la cooperativa nos aclara que intentan “que la procedencia de los productos sea lo más cercana posible, pero en este caso no habrá podido ser así”.
  • Cebollas, y zanahorias: Suelen proceder de cooperativistas de la región, pero si no hay, proceden de la empresa Repla.

Ingredientes que no proceden de dicha cooperativa:

  • Aceite de oliva: Es virgen extra procedente de la cooperativa Los Llanos, de olivos de la variedad principalmente “hojiblanca” de la zona de Cuevas del Becerro (Málaga), y obtenido sólo por procedimientos mecánicos. Un aceite turbio, de sabor intenso, ideal para saborear en crudo. La cooperativa lo distribuye a domicilio por Málaga (Guillermo con su bicicleta: 679 265 771).
  • Pasta: Procedente del Valle del Ebro, de la empresa Riet Vell, fundada por la ONG SEO/BirdLife, para promover la agricultura ecológica y respetuosa con las aves.Nuez malagueña, pecana, o pacana
  • Nueces malagueñas, pecanas, o pacanas: Son curiosas nueces fáciles de encontrar en los mercados de Málaga, pues en las sierras de Málaga hay bastantes nogales de esta especie (Carya illinoinensis), oriunda de México.
  • Otros ingredientes opcionales: Mirando las etiquetas, a veces podemos elegir los ingredientes más cercanos, pero también podemos elegir cómo influye lo que comemos en nuestro entorno. Por ejemplo, los huevos deben tener un código impreso en su cáscara, y el primer dígito indica cómo se ha criado la gallina: 0 para gallinas criadas y alimentadas ecológicamente, 1 para gallinas camperas (criadas con suficiente espacio, pero no ecológicas), 2 para gallinas hacinadas en naves industriales, y 3 para gallinas encerradas en jaulas sin apenas espacio. Los códigos 2 y 3 indican que la gallina ha sufrido durante su vida. Respecto a la sal, hay quien sostiene que la sal sin refinar es más sana, por sus minerales y oligoelementos, pero lo mejor es no abusar de la sal.
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Nota de actualización: Nuestra receta no ganó el concurso indicado pero los organizadores quisieron reconocer nuestra buena propuesta, regalándonos un conjunto de productos de algas de la empresa gaditana Suralgae (sal de algas, lechuga de mar…).

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Convertir tu coche en eléctrico no debería ser caro

Por: invitadoespecial
Conversión de una camioneta a eléctrica en USA
Conversión de una camioneta a eléctrica en EE.UU.

Probablemente, si estás leyendo esto, serás un apasionado de los coches o de la movilidad eléctrica. Si además eres, como yo, un “común mortal”, es decir, una persona que se gana la vida trabajando, te parecerá que el precio de los coches eléctricos es sumamente elevado.

Pero ¿por qué son tan caros? La respuesta es evidente: no interesa a los fabricantes convencionales ni a las petroleras, ergo, no hay voluntad de venderlos. Pero aunque se acaba el tiempo de los coches fósiles, debemos también cambiar el enfoque: Siempre partimos de la base de “comprar”, pero ¿y si partimos del reciclaje?

Esto nos lleva al concepto de “conversión” de un coche convencional en uno eléctrico, que además sirve para reciclar y reutilizar, términos de “moda” (aunque realmente lo que deberíamos hacer es decrecer).

¿Y cómo vamos a hacer eso? Pues con “voluntad política” porque ahora mismo en España, esto es casi inviable, porque resulta que una conversión, por ejemplo, de un Citroën Saxo (poniendo tú el coche) sale por unos 12.000€, igual que uno nuevo con motor de explosión. A eso hay que sumar la homologación a la que te obliga la Ley, que puede costar sobre unos 3.000€ y un par de meses. El precio es excesivo, incluso sin homologación, debido a que en España no hay muchos que lo hagan, mientras que en otros países sale por unos 6.000, homologación incluida.

La homologación está pensada en España para el gran fabricante. Por eso es tan cara. Si un fabricante quiere vender un modelo nuevo de coche, debe homologarlo, es decir, homologar un modelo concreto le permitirá vender infinitos coches de ese modelo con una sola homologación. Evidentemente, esto no está pensado para los particulares que se ven abocados a comprar un coche nuevo.

Hablaba de “voluntad política” porque simplemente cambiando la legislación se podría facilitar que los talleres hicieran las conversiones. Se exigiría un “carnet de instalador autorizado” (ahora debe ser un ingeniero industrial colegiado) que obligue a unos mínimos estándares de seguridad y luego todo ello refrendado por una ITV (50€) que certifique que todo está correcto.

Conversión “casera” de un clásico VW “escarabajo”
Conversión “casera” de un clásico VW “escarabajo”

Por unos 6.000€ podrías re-estrenar tu coche, en lugar de gastarte 15.000€ en uno nuevo diésel o en uno eléctrico de segunda mano (como el Nissan Leaf). Con la crisis actual, ese precio no estaría nada mal. Incluso serviría para dotar de nueva vida a coches clásicos. Esto se hace así de simple en Alemania o EE.UU., es decir, que no es nada “descabellado” y además ofrece las siguientes ventajas:

  • Reducimos la contaminación: el humo del diésel es cancerígeno al mismo nivel que el amianto según la OMS.
  • Reutilizamos los recursos al aprovechar un coche ya existente (todo menos el motor).
  • Aumentamos la eficiencia: un motor eléctrico es mucho más eficiente, además de recuperar la energía en las frenadas.
  • Dinamizamos la economía y creamos empleo con alta cualificación en los talleres ya existentes, animando a más gente a renovar su viejo coche.
  • Daría el impulso definitivo a las energías renovables para la creciente demanda de recargar el coche “gratis” (con tus propios paneles solares).
  • Reduciríamos drásticamente la contaminación acústica en las ciudades, haciéndolas más habitables y reduciendo enfermedades relacionadas con el estrés.

Por último, también podemos decantarnos por comprar uno eléctrico de segunda mano. En ese caso hay que tener en cuenta que las baterías no son nuevas, mientras que si electrificas tu coche las baterías las eliges tú. En conclusión, actualmente en España no sale rentable convertir vehículos en eléctricos por las trabas burocráticas, cosa que no ocurre en Alemania o EE.UU. Esto debe acabar, ya que todo son ventajas, pero sobretodo, porque es el futuro. Sinceramente, no me veo en casa utilizando una aspiradora con petróleo… 😉

 Jorge García, Twitter: @jorgejabali
Diplomado en Ciencias Empresariales por la Universidad de Valencia

Enlaces relacionados:

 

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Medios Sociales online: Libertad de Expresión Más que Nunca

Por: Pepe Galindo

Algunas redes socialesHay muchos tipos de medios sociales y mucha gente los usa sin tener muy clara la definición de medio social online (social media) o red social (ni falta que hace). La facilidad de acceso a Internet, y la gratuidad de estos medios cibernéticos ha hecho que cada vez se una más y más gente a este fenómeno de alcance planetario. Cada vez es más frecuente usar los nombres de estos medios en conversaciones coloquiales: Facebook, Tuenti, Google+, Hi5, Bebo, LinkedIn, YouTube, Twitter

Estas redes, inundan la Red de opiniones de todo tipo, difunden noticias (también falsas), establecen relaciones personales (no siempre positivas), colaboraciones (algunas estériles)… y abren un sinfín de posibilidades, y herramientas para cambiar nuestra sociedad mundial (a mejor o peor). Un ejemplo son las ciberactuaciones que, aunque algunos lo dudan, realmente son muy útiles, y se difunden por Internet usando plataformas como Change, AVAAZ, eFIRMAS, FirmasOnline… además de las que promueven algunas ONG como Amnistía Internacional, o GreenPeace, por citar sólo dos.

El Nobel de la Paz chino Liu Xiaobo alabó Internet: «Internet es verdaderamente un regalo del cielo para que la gente china pueda defender sus derechos». Pero no es sólo la gente china. Los ciudadanos de todo el mundo están recibiendo ahora libremente noticias que antes apenas tenían repercusión, y eso pone nerviosos a muchos poderosos que ven que se les va de las manos el control que ejercían con sus medios típicos (televisión, radio, prensa…) alejándose de su deseado control de la sociedad (y de su Nuevo Orden Mundial, NWO, o República Universal). ¿Hubiera sido posible el movimiento 15M sin internet?

Desde estas líneas queremos lanzar un mensaje de agradecimiento sincero a todos aquellos que facilitan que todo esto sea así, y a todos aquellos que ponen su esfuerzo en una difusión de información limpia (sin falsedades, ni manipulaciones). En particular, mi agradecimiento a WordPress, por dar cobertura gratuita a este humilde BlogSOStenible, y también a otras redes donde también estamos, y donde difundimos otras noticias, e ideas: en Twitter somos @blogsostenible, y también estamos en Facebook, con varios miles de seguidores entre estas tres vías.

Todo tiene también su contrapunto… estos servicios son gratuitos pero notamos cada vez más la presencia de publicidad, que nos incita a comprar y comprar… la perfección es complicada. Recordamos las palabras de El Roto, cuando insinuaba que la incitación al consumo debería pagar un impuesto ecológico (y eso de publicidad, un segundo cerebro).

Las nuevas tecnologías nos permiten unirnos en grupos con intereses afines. ¡Vamos a unirnos, para forzar un cambio hacia una sociedad SOStenible! Pero no basta sólo con unirse e informarse en redes sociales, hace falta también pasar a la ACCIÓN, como sugiere Annie Leonard en sus famosos vídeos documentales (por ejemplo, haciendo voluntariado en algún colectivo).

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La anomalía humana y el mito del derecho a dominar

Por: invitadoespecial

El mayor error no ha sido industrial.
No ha sido tecnológico.
No ha sido económico.
Ha sido ontológico.

Hemos asumido que tenemos derecho a existir por encima del resto.

No simplemente a existir —que es algo que compartimos con cualquier cosa— sino a hacerlo con prioridad, con privilegio, con supremacía moral. Hemos convertido nuestra presencia en argumento suficiente. Nuestra inteligencia en justificación. Nuestra capacidad técnica en permiso.

Y desde ahí todo se vuelve posible. Se destruye un bosque porque “hace falta”. Se seca un río porque “es necesario”. Se desplaza una especie porque “no queda alternativa”.

La palabra cambia. El fondo no.

Lo que subyace siempre es la misma convicción silenciosa: que nuestra continuidad vale más.

El espejismo del desarrollo sostenible

Se habla de desarrollo sostenible como si fuera una fórmula neutral, casi matemática. Como si bastara con ajustar variables: menos emisiones, más eficiencia, mejores tecnologías… Pero hay una pregunta que rara vez se formula: ¿Puede ser sostenible una especie que se ha declarado superior?

El problema no es la técnica. Es la jerarquía. Mientras el ser humano se sitúe fuera del sistema vivo y se otorgue el papel de gestor, árbitro o salvador, cualquier modelo seguirá siendo extractivo, aunque lo pintemos de verde (greenwashing). Cambiar combustibles no cambia la lógica. Cambiar etiquetas no cambia la estructura mental.

Si el objetivo sigue siendo mantener el mismo volumen de expansión, el mismo nivel de intervención y la misma escala de control, no hay transformación real. Solo optimización del impacto. Y optimizar el daño no es lo mismo que dejar de causarlo.

La idea del derecho

Hablamos constantemente de derechos humanos, pero casi nunca hablamos del derecho del bosque a seguir siendo bosque; del derecho del río a fluir sin canalización; del derecho del territorio a no ser fragmentado. ¿Por qué?

Porque en el fondo seguimos creyendo que los demás existen en función de nosotros. Que su valor es condicional. Que su continuidad depende de nuestra evaluación.

Eso no es convivencia. Es administración. Y la administración siempre implica poder.

La anomalía

Durante millones de años, la vida en la Tierra se organizó sin jerarquías morales entre especies. Depredación, cooperación, equilibrio, colapso y regeneración formaban parte de un mismo tejido dinámico. Ninguna especie necesitó declararse superior para sobrevivir.

Solo una ha construido un sistema entero basado en esa idea. Eso nos convierte en una anomalía. No por existir, sino por haber roto la proporcionalidad.

La naturaleza no funciona bajo el principio de supremacía. Funciona bajo el principio de equilibrio dinámico. Cuando una población crece por encima de la capacidad del entorno, el sistema corrige. No por castigo, no por moralidad, sino por ajuste.

Siempre ha sido así. Pensar que estamos fuera de esa ley es una ilusión reciente. Y peligrosa.

Corrección

La Tierra no necesita que la salvemos. No necesita nuestra compasión ni nuestra gestión. Los sistemas vivos tienden a reorganizarse. A veces con nosotros. A veces sin nosotros.

El equilibrio no es una promesa amable. Es una consecuencia.

Si una especie altera demasiado el conjunto, el conjunto responde. No desde la venganza, sino desde la física básica de la vida. Negar esto no nos protege.

Aceptar que no tenemos derecho a existir por encima del resto no es autoflagelación ni misantropía. Es recuperar la proporción. Es entender que formar parte no significa dominar.

La verdadera ruptura no fue la industrialización. Fue el momento en el que decidimos que nuestra continuidad justificaba cualquier coste externo. Ahí empezó la desconexión.

Y mientras sigamos llamando progreso a la expansión ilimitada de una sola especie, el conflicto no será técnico. Será estructural. No se trata de odiar lo humano. Se trata de abandonar la idea de excepción.

No somos propietarios del planeta. No somos su finalidad. No somos su razón de ser. Somos una parte. Y cualquier parte que olvida eso termina siendo corregida. No por ideología. Por equilibrio.

David Orgaz Barreno
Bloguero en Voces de la tierra sagrada

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El mayor error no ha sido industrial.
No ha sido tecnológico.
No ha sido económico.
Ha sido ontológico.

Hemos asumido que tenemos derecho a existir por encima del resto.

No simplemente a existir —que es algo que compartimos con cualquier cosa— sino a hacerlo con prioridad, con privilegio, con supremacía moral. Hemos convertido nuestra presencia en argumento suficiente. Nuestra inteligencia en justificación. Nuestra capacidad técnica en permiso.

Y desde ahí todo se vuelve posible. Se destruye un bosque porque “hace falta”. Se seca un río porque “es necesario”. Se desplaza una especie porque “no queda alternativa”.

La palabra cambia. El fondo no.

Lo que subyace siempre es la misma convicción silenciosa: que nuestra continuidad vale más.

El espejismo del desarrollo sostenible

Se habla de desarrollo sostenible como si fuera una fórmula neutral, casi matemática. Como si bastara con ajustar variables: menos emisiones, más eficiencia, mejores tecnologías… Pero hay una pregunta que rara vez se formula: ¿Puede ser sostenible una especie que se ha declarado superior?

El problema no es la técnica. Es la jerarquía. Mientras el ser humano se sitúe fuera del sistema vivo y se otorgue el papel de gestor, árbitro o salvador, cualquier modelo seguirá siendo extractivo, aunque lo pintemos de verde (greenwashing). Cambiar combustibles no cambia la lógica. Cambiar etiquetas no cambia la estructura mental.

Si el objetivo sigue siendo mantener el mismo volumen de expansión, el mismo nivel de intervención y la misma escala de control, no hay transformación real. Solo optimización del impacto. Y optimizar el daño no es lo mismo que dejar de causarlo.

La idea del derecho

Hablamos constantemente de derechos humanos, pero casi nunca hablamos del derecho del bosque a seguir siendo bosque; del derecho del río a fluir sin canalización; del derecho del territorio a no ser fragmentado. ¿Por qué?

Porque en el fondo seguimos creyendo que los demás existen en función de nosotros. Que su valor es condicional. Que su continuidad depende de nuestra evaluación.

Eso no es convivencia. Es administración. Y la administración siempre implica poder.

La anomalía

Durante millones de años, la vida en la Tierra se organizó sin jerarquías morales entre especies. Depredación, cooperación, equilibrio, colapso y regeneración formaban parte de un mismo tejido dinámico. Ninguna especie necesitó declararse superior para sobrevivir.

Solo una ha construido un sistema entero basado en esa idea. Eso nos convierte en una anomalía. No por existir, sino por haber roto la proporcionalidad.

La naturaleza no funciona bajo el principio de supremacía. Funciona bajo el principio de equilibrio dinámico. Cuando una población crece por encima de la capacidad del entorno, el sistema corrige. No por castigo, no por moralidad, sino por ajuste.

Siempre ha sido así. Pensar que estamos fuera de esa ley es una ilusión reciente. Y peligrosa.

Corrección

La Tierra no necesita que la salvemos. No necesita nuestra compasión ni nuestra gestión. Los sistemas vivos tienden a reorganizarse. A veces con nosotros. A veces sin nosotros.

El equilibrio no es una promesa amable. Es una consecuencia.

Si una especie altera demasiado el conjunto, el conjunto responde. No desde la venganza, sino desde la física básica de la vida. Negar esto no nos protege.

Aceptar que no tenemos derecho a existir por encima del resto no es autoflagelación ni misantropía. Es recuperar la proporción. Es entender que formar parte no significa dominar.

La verdadera ruptura no fue la industrialización. Fue el momento en el que decidimos que nuestra continuidad justificaba cualquier coste externo. Ahí empezó la desconexión.

Y mientras sigamos llamando progreso a la expansión ilimitada de una sola especie, el conflicto no será técnico. Será estructural. No se trata de odiar lo humano. Se trata de abandonar la idea de excepción.

No somos propietarios del planeta. No somos su finalidad. No somos su razón de ser. Somos una parte. Y cualquier parte que olvida eso termina siendo corregida. No por ideología. Por equilibrio.

David Orgaz Barreno
Bloguero en Voces de la tierra sagrada

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¿Cada cuánto tiempo hay que lavar la ropa?

Por: Pepe Galindo

Internet está lleno de preguntas interesantes como esta. Más que responder, pretendemos provocar nuevas cuestiones.

Resulta obvio que a todos nos parece bien que la ropa esté recién lavada. Si no lo conseguimos, es por distintos motivos, como por comodidad. Pero además, hay otros condicionantes que debemos considerar. Entre lavar una prenda tras cada uso y no lavarla nunca, la respuesta siempre es «depende». ¿De qué depende?

Factores que influyen en la frecuencia de lavados

  • Tipo de prenda: no es lo mismo la ropa deportiva que la ropa de abrigo.
  • Nivel de sudoración (temperatura exterior).
  • Tipo de tejido.
  • Si presenta suciedad evidente.
  • Tiempo de uso.
  • Si la ropa se seca —o se ventila— entre usos.
  • Tipo de uso (nivel de exigencia). No es lo mismo ir a una fiesta que a trabajar a un huerto.

Antes de decidir cada cuánto tiempo lavar la ropa, tengamos en cuenta que esta acción es la principal fuente de microplásticos del mar, por delante incluso de las partículas del desgaste de neumáticos. Para reducir este problema, es importante evitar tejidos sintéticos cuando sea posible (poliéster, nylon, acrílicos), así como lavar menos y con programas suaves y de menor fricción.

Para lavar menos, es útil ventilar (secar) la ropa tras su uso. Las prendas usadas que no se vayan a lavar, especialmente las toallas, se deben situar en lugares ventilados para que se sequen del todo entre usos. Esto también alarga la vida de la prenda. Recuerda: muchas bacterias responsables del olor necesitan humedad y mueren al secarse la ropa.

Por su alto consumo energético, el peor método para secar la ropa es la secadora. Salvo que sea imprescindible, cualquier otra opción es mejor. Tender en el exterior es lo más típico, pero recuerda que el sol intenso puede provocar decoloraciones en las prendas. Si se tiende bien, la necesidad de planchar la ropa puede ser nula, por lo que nos ahorraremos esfuerzo y un buen pellizco de energía y CO2.

Recuerda que «low cost» significa que el coste se paga de otra forma. La ropa barata suele estropearse en unos pocos lavados y, aunque se pueda seguir usando, muchos usuarios prefieren deshacerse de esa prenda o arrinconarla en el armario, cosa que conviene evitar para ser eco. La mayor huella ambiental de la ropa está en su fabricación, no en el lavado. Por eso, alargar la vida útil es la acción más efectiva. Si necesitas comprar algo, tal vez puedas encontrar ropa barata y de calidad en mercados de segunda mano.

Lavar la ropa pensando en el medioambiente

Para maximizar nuestro respeto ambiental a la hora de lavar la ropa, además de lavar solo lo necesario, es importante tener en cuenta lo siguiente:

  • El lavado degrada fibras, colores y elasticidad. Es decir, acelera el envejecimiento.
  • Llena la lavadora a su capacidad máxima. Así ahorras agua, energía y detergente.
  • Usa agua fría (siempre que no haya ropa muy sucia).
  • Utiliza poco detergente comercial, pues provoca un impacto químico importante. El exceso de detergente contamina más y limpia peor (deja residuos). Y si es posible, opta por jabón casero.
  • Escoge el programa ECO de la lavadora (aunque sea más largo).
  • Evita usar suavizante. Es un producto químico innecesario y sus olores no benefician a la salud. Si para ti es importante, emplea alternativas ecológicas (bicarbonato, vinagre…).
  • Centrifuga a la menor velocidad. Esto ahorra energía y alarga la duración de los tejidos y de la lavadora.
  • Si tu ropa no tiene tintes que destiñan, no tendrás que separar por colores, ahorrando trabajo y recursos. La mayoría de la ropa no destiñe, al menos tras unos pocos lavados.

Recuerda que la ropa vieja tiene menos tóxicos que la nueva y que no hay respuesta simple a ninguna pregunta interesante, pero tampoco la necesitamos.

♦ Sobre las tareas domésticas:

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El fin de la violencia

Por: Pepe Galindo

Una noticia reciente: El Gobierno lleva a la Fiscalía los discursos de odio contra meteorólogos y divulgadores climáticos. Una vez más, vemos que la polarización y el negacionismo trabajan para ciertos intereses (destructivos).

Para corregir un error, lo primero es admitirlo. Reconozcamos que algunos de los pilares de nuestra sociedad están construidos sobre la violencia.

  • El patriarcado se reconoce cuando vemos la agresividad contra las mujeres y los niños.
  • El antropocentrismo —decía Marta Tafalla— nos ha llevado a que se pierdan especies a un ritmo insólito.
  • El ecocidio es una forma de brutalidad contra toda la biosfera, humanos incluidos (especialmente mujeres, niños y personas pobres).
  • El racismo —disfraz común de la aporofobia— necesita violencia sobre la que articularse.
  • Los paraísos fiscales, el turismo depredador o los impuestos regresivos (el IVA, por ejemplo) son una forma legal de promover una desigualdad que salpica violencia contra los más pobres, a los que expulsa fuera de los márgenes para luego culparlos por buscarse la vida donde a las élites no les interesa.

Afirmar que la violencia es intrínseca al ser humano es negarse a comprender que detrás de cada misil, de cada bala y de cada puñetazo hay una mano gobernada por una mente humana. La violencia —como la paz— se puede enseñar, se puede aprender y también se puede desaprender.

La paz como camino

El camino de la no violencia (ahimsa) no es el de la resignación ni el de la indiferencia. Implicarse en la paz exige coherencia en los gestos cotidianos: en lo que consumimos, en lo que toleramos y en lo que legitimamos. Nuestro voto democrático y nuestras exigencias políticas influyen e importan, incluso aunque nuestra opción no consiga ni un escaño. Cada día es un reto para educar (y educarnos) en pacifismo, feminismo, ecoanimalismo, etc.

En este sentido, deberíamos rechazar productos o eventos que apoyen actos de violencia. Por ejemplo, productos procedentes de países que ejercen violencia desmedida (Israel, Rusia, Estados Unidos, Arabia Saudí, Marruecos…), pero también películas, publicidad o videojuegos, contenidos que normalizan la violencia. Por supuesto, la gran mayoría de adolescentes sabe distinguir entre disparar en un videojuego y disparar en la vida real, pero acostumbrarse a hacerlo —de jóvenes— en el mundo virtual, facilita dar el salto a hacerlo en el mundo real.

Lo saben bien los cazadores y los taurinos. Si no enseñas a los niños este tipo de agresividad, será más difícil que de mayores quieran disparar a un ciervo o disfrutar del sufrimiento de un toro sangrando. Una mente educada en la paz jamás disfrutará de la violencia. Lo que deja de parecernos aceptable termina dejando de practicarse.

Tiempos turbios como el petróleo

Corren tiempos extraños en los que un presidente de Estados Unidos insulta, promueve la rebelión, ataca, bombardea, justifica un genocidio, exige un aumento del gasto militar…, y acto seguido pide para sí mismo el Premio Nobel de la Paz. La contradicción ya no escandaliza: se ha normalizado. Resulta igualmente revelador que la ganadora del premio en 2025 —la venezolana María Corina Machado— quisiera compartirlo con Donald Trump por el mérito de haber secuestrado —mediante bombas y crueldad— al presidente de Venezuela. Por muy indigno presidente que fuera Nicolás Maduro, usar la violencia contra él jamás debería ser el argumento para merecer un premio pacifista.

Ante el petróleo robado, han surgido empresas-vampiro como Repsol, que se han arrodillado ante Trump para conseguir un trozo de la sangre venezolana. Repsol se hundiría en ventas y en bolsa, si la España de hoy fuera la misma que la España del «No a la guerra» contra Aznar (2003) o la España del 15-M (2011). ¿Quién quiere repostar en una empresa que roba a un país hermano?

España estalló contra la guerra de Irak en la que nos metió el presidente Aznar. ¿Qué protestas hay en Estados Unidos contra el robo de petróleo a otros países? ¿Qué protestas hay en Israel contra el genocidio de sus vecinos palestinos? Apenas las hay; en parte porque ha existido una educación comprensiva o que justifica cierta violencia.

Sumar gestos para la paz

No hace falta gritar en las calles. Basta con boicotear todo lo que provenga de empresas o países violentos o que se aprovechen de la violencia de otros. Cada gesto —también en redes sociales— suma o resta. No es lo mismo presumir de unos pendientes de oro que posar con una kufiya palestina. Consumir es más poderoso que votar.

La no violencia —especialmente hacia los animales— es un arma muy poderosa que, además, se contagia por vía oral. Hay mil ejemplos, desde Gandhi hasta casos más recientes, que muestran que la resistencia no violenta puede erosionar sistemas aparentemente inamovibles. La fuerza de la no violencia no reside en la pasividad, sino en su capacidad de deslegitimar la violencia sin reproducirla. Palestina ha encontrado más éxito y más apoyo internacional ejerciendo la no violencia que con atentados terroristas. La Flotilla de la Libertad es solo un ejemplo vivo que nace para frenar a una potencia violenta, para desacreditarla y para complicarle la existencia sin derramar nada de sangre.

Un buen punto para comenzar a construir una sociedad pacífica sería acercarnos al veganismo. Si conseguimos una sociedad sensible al sufrimiento de un pez o de una gamba, habremos caminado en paz más de la mitad del camino.

♦ Sobre pacifismo:

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Sabiduría del agua: lo que las primeras civilizaciones sabían (y nosotros hemos olvidado)

Por: invitadoespecial

Cuando hablamos de civilización y tecnología, solemos pensar en el presente: satélites, inteligencia artificial, rascacielos de cristal, embalses colosales… y sin embargo, cada vez que excavamos el pasado, algo nos hace detenernos.

Una y otra vez, las primeras civilizaciones de la humanidad nos dan una lección de sabiduría que resulta más moderna y más urgente que muchos avances de hoy. Especialmente en algo esencial y sagrado: el agua.

¿Quiénes son los verdaderamente avanzados?

Panorámica de las ruinas de Mesa Verde, en el parque nacional del mismo nombre, Colorado, EEUU.Observamos las antiguas civilizaciones de Caral, Sumeria, Egipto, Harappa, los Olmecas, los Anasazi, los Celtas o los Minoicos y nos enfrentamos a un espejo incómodo pero revelador: fueron pueblos que vivieron en profunda armonía con la naturaleza, frente a una civilización moderna que ha hecho del desequilibrio su norma.

Estas culturas, a pesar de haber surgido en entornos climáticos difíciles (desiertos, selvas, montañas, islas volcánicas…), no impusieron su voluntad sobre la Tierra, sino que aprendieron a escucharla, leerla y fluir con ella.

  • Su gestión del agua no era extractiva, sino ritual y cooperativa: desde los canales sagrados de Caral hasta las cisternas de Dholavira o los pozos urbanos de Harappa, el agua era vista como fuente de vida y equilibrio, no como recurso ilimitado para explotar.
  • Su agricultura era regenerativa, local y sabia: sin monocultivos, sin pesticidas, sin devastación masiva del suelo. Cultivaban con la luna, rotaban los cultivos, respetaban el descanso de la tierra. La productividad no se medía en toneladas, sino en sostenibilidad multigeneracional.
  • Sus construcciones estaban integradas en el paisaje: ciudades de adobe que respiraban con el clima, terrazas que evitaban la erosión, palacios con ventilación natural, drenajes que imitaban el curso del agua. La arquitectura no se alzaba contra la naturaleza, sino que se tejía con ella.

En cambio, la civilización actual es tecnológicamente brillante pero espiritualmente desarraigada; ha olvidado esa danza antigua con el entorno. Nuestra relación con la naturaleza se ha vuelto instrumental, industrial y destructiva:

  • Construimos megaciudades que devoran suelo fértil.
  • Contaminamos ríos y construimos represas sin alma.
  • Industrializamos la agricultura hasta el punto de envenenar la tierra que nos da de comer.
  • Hemos sustituido el calendario solar por el de las bolsas de valores.

¿A qué precio? Todo esto se paga con crisis hídrica, colapso de suelos, pérdida de biodiversidad, enfermedades crónicas, ansiedad colectiva, cambio climático, etc.

Y, sin embargo, esas culturas del pasado —que llamamos «primitivas»— nos dejaron un mapa diferente. Un mapa basado en el equilibrio, la observación, la reverencia y la reciprocidad.

Ellos no hablaron de «desarrollo sostenible». Vivieron sosteniblemente. No necesitaban salvar el planeta, porque nunca lo pusieron en peligro.

El agua: de diosa a mercancía

Para las culturas ancestrales, el agua no era simplemente un recurso. Era vida, madre, deidad, ritmo del mundo.

Desde el Nilo en Egipto hasta los canales de la civilización Caral en Perú, pasando por los pozos de Harappa y los acueductos subterráneos de los Nazca, el agua se entendía como algo que se respeta, se honra y se distribuye con sabiduría.

En cambio, el mundo moderno ha convertido el agua en una mercancía: se compra, se desperdicia, se contamina y se sobreexplota. Hoy, el agua fluye al ritmo del dinero, no del ciclo natural.

¿Más antiguos o más avanzados?

Las culturas de la antigüedad desarrollaron sistemas hidráulicos tan ingeniosos y sostenibles que, muchas veces, superan en eficiencia ecológica a los de nuestra era.
A continuación, veamos algunos de los logros hidráulicos más sorprendentes de la historia antigua.

Egipcios (Egipto, ~3000 a.C.)

  • No represaban el Nilo. Lo seguían, lo escuchaban.
  • Usaban nilómetros para medir las crecidas y planificar cosechas.
  • Sus canales de irrigación respetaban el cauce natural del río.

La ingeniería iba de la mano del cosmos, no en contra de él.

Harappa y Dholavira (India, ~2600 a.C.)

  • Diseñaron ciudades enteras con sistemas de drenaje pluvial subterráneos.
  • Cada casa tenía su propio pozo de agua limpia.
  • Construyeron depósitos escalonados para recolectar agua de lluvia.

¿Moderno? Sí. ¿Contaminante? No. Más de 4000 años antes que los sistemas urbanos actuales.

Minoicos (Creta, ~2000 a.C.)

  • Tenían tuberías presurizadas de cerámica, baños con desagüe y agua corriente.
  • Colectaban agua de lluvia desde los techos hacia cisternas internas.

Su sistema de plomería era más higiénico y ecológico que el de muchas ciudades del siglo XXI.

Nazca (Perú, ~500 d.C.)

  • Crearon los puquios, acueductos en espiral que traían agua subterránea del desierto.
  • No necesitaban bombas ni motores. Solo gravedad, piedra, aire y precisión.

A día de hoy, varios puquios siguen funcionando. ¿Cuánto duran nuestras infraestructuras modernas sin mantenimiento?

Anasazi (EE.UU., ~1000 d.C.)

  • Vivían en el desierto y captaban agua de lluvia en cisternas.
  • Usaban diques de piedra y zanjas para evitar la erosión.
  • Practicaban agricultura de secano sin agotar el suelo.

Con técnicas que hoy llamamos «resiliencia hídrica», vivieron siglos sin colapsar su ecosistema.

¿Qué hacemos hoy? Comparemos

♦ Civilizaciones antiguas:

  • Uso del agua: moderado y cíclico.
  • Infraestructura: adaptada al entorno.
  • Contaminación: casi inexistente.
  • Relación con el agua: sagrada/espiritual.
  • Durabilidad de sistemas: algunos siguen funcionando hoy.
  • Agricultura: rotación, policultivo, respeto a la tierra y su biodiversidad.

♦ Civilización actual:

  • Uso del agua: excesivo y lineal.
  • Infraestructura: invasiva, cara y contaminante.
  • Contaminación: masiva, industrial y continua.
  • Relación con el agua: técnica y comercial.
  • Durabilidad de sistemas: requieren mantenimiento constante.
  • Agricultura: monocultivos con agroquímicos y sobreexplotación de recursos.

La ecología como legado, no como moda

Como decíamos, estas culturas no hablaban de «sostenibilidad». La vivían. No necesitaban tratados climáticos ni cumbres de emergencia, porque sabían —de forma orgánica y colectiva— que si destruyes la fuente, no hay futuro que salvar.

Hoy, a pesar de nuestra tecnología, inteligencia artificial y satélites, hemos olvidado lo más básico:

El agua no se domina, se comprende.
La tierra no se explota, se honra.
El entorno no es recurso, es hogar.

Las civilizaciones antiguas, lejos de ser primitivas, fueron profundamente sofisticadas en su relación con el planeta. Y en ese espejo, vemos más que el pasado: vemos una guía hacia el futuro.

¿Y si el verdadero avance… es volver a recordar?

Quizás no necesitamos inventar tanto como creemos. Tal vez solo debamos escuchar lo que ya sabían los sabios del agua: que el conocimiento verdadero no destruye. Cultiva. Conecta. Cuida.

Margarita Arnal Moscardó
Escritora y novelista espiritual

♦ Relacionado:

invitadoespecial

Panorámica de las ruinas de Mesa Verde, en el parque nacional del mismo nombre, Colorado, EEUU.

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Repensar nuestra relación con la naturaleza

Por: invitadoespecial

El modelo actual de “sostenibilidad” es insuficiente. Durante las últimas décadas se ha producido un avance indudable en la conciencia ambiental. Hoy hablamos de biodiversidad, de cambio climático, de límites planetarios, de huella ecológica y de economía circular con una naturalidad impensable hace cincuenta años. Este esfuerzo colectivo ha tenido un mérito enorme: ha conseguido que la destrucción del planeta deje de ser invisible.

Sin embargo, ese mismo éxito ha traído consigo una paradoja inquietante: cuanto más hablamos de sostenibilidad, más se intensifica la degradación de la Tierra. La crisis ecológica no se ha frenado. La pérdida de especies continúa. Los ecosistemas siguen fragmentándose. Y el consumo global no deja de crecer.

Esto obliga a plantear una pregunta incómoda: ¿Estamos cambiando de verdad o solo estamos maquillando el mismo modelo?

El problema no es solo técnico; es cultural y ético

La mayor parte de los discursos ambientales actuales se centran en cómo producir mejor: energías renovables, eficiencia, reutilización, reciclaje, productos “eco”, neutralidad de carbono, compensaciones, certificaciones verdes… Todo esto es necesario, pero no suficiente, porque el núcleo del problema no está solo en la tecnología, sino en la mirada con la que entendemos el mundo natural.

Seguimos viendo a la Tierra como un conjunto de recursos que deben gestionarse bien para que el sistema continúe funcionando. Seguimos preguntándonos cómo crecer sin destruir demasiado. Seguimos colocando al ser humano en el centro (antropocentrismo) y al resto de la vida como soporte de ese centro (especismo). Este enfoque, por muy verde que se pinte, mantiene intacta la lógica que nos ha traído hasta aquí.

La naturaleza no es un “servicio”, es una comunidad viva

Cuando decimos que los bosques “producen oxígeno”, que los ríos “prestan servicios ecosistémicos” o que los animales “tienen valor ambiental”, en realidad estamos traduciendo la vida a un lenguaje económico. Lo  hacemos, por ejemplo, con el lobo. Esto es útil para convencer, pero peligroso como visión de fondo. Porque así la naturaleza solo merece protección cuando es rentable, provechosa o funcional para nosotros. Y todo lo que no encaja en esa utilidad queda en riesgo.

Un humedal no es valioso porque filtre agua. Un lobo no es importante porque regule poblaciones. Un ave no merece vivir porque polinice. Son valiosos por sí mismos, porque forman parte de una comunidad viva de la que dependemos y a la que pertenecemos. Cuando olvidamos esto, la sostenibilidad se convierte en una herramienta para optimizar la explotación, no para transformar nuestra relación con la Tierra.

Crecimiento “sostenible”: una contradicción incómoda

En un planeta finito, el crecimiento infinito es imposible. No es una opinión ideológica, es una realidad física. Sin embargo, seguimos hablando de “crecimiento verde” como si bastara con cambiar la fuente de energía para que todo pueda seguir aumentando sin consecuencias.

Más producción implica más materiales. Más infraestructuras implican más suelo ocupado. Más consumo implica más extracción, más residuos y más presión sobre los ecosistemas. Podemos hacer ese crecimiento menos destructivo, pero no inocuo.

Aceptar los límites no es pesimismo, es madurez ecológica. Significa reconocer que el bienestar humano depende de respetar los ritmos y la integridad de la biosfera, no de forzarla indefinidamente.

La verdadera transición es un cambio de lugar, no solo de tecnología

La transición ecológica no consiste solo en sustituir combustibles fósiles por renovables. Consiste en recolocarnos dentro del sistema vivo del que formamos parte. Esto implica, por ejemplo:

  • Reducir de verdad el consumo material, no solo hacerlo “más eficiente”.
  • Priorizar economías locales y circulares (sin greenwashing) frente a cadenas globales hipertensivas (o multinacionales de alto riesgo).
  • Reparar, reutilizar y alargar la vida de los objetos en lugar de reemplazarlos constantemente por otros nuevos.
  • Defender la biodiversidad; no como un lujo, sino como la base de toda estabilidad futura.
  • Potenciar una educación ambiental completa y continuada.
  • Y, sobre todo, aceptar que no todo lo que es técnicamente posible es ecológicamente deseable.

Conclusión: Proteger la Tierra es cambiar nuestra forma de estar en ella

No basta con hacer sostenible el modelo actual. Hay que transformarlo desde la raíz. Esto no significa renunciar al bienestar humano, sino entender que nuestro bienestar depende de la salud del conjunto del planeta.

La Tierra no es una fábrica que debamos optimizar; es una comunidad viva de la que somos una pequeña parte. Cuando comprendamos esto de verdad, la sostenibilidad dejará de ser un eslogan y empezará a ser una forma honesta de habitar el mundo.

David Orgaz Barreno
Bloguero en El rincón ecocéntrico

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Sin embargo, ese mismo éxito ha traído consigo una paradoja inquietante: cuanto más hablamos de sostenibilidad, más se intensifica la degradación de la Tierra. La crisis ecológica no se ha frenado. La pérdida de especies continúa. Los ecosistemas siguen fragmentándose. Y el consumo global no deja de crecer.

Esto obliga a plantear una pregunta incómoda: ¿Estamos cambiando de verdad o solo estamos maquillando el mismo modelo?

El problema no es solo técnico; es cultural y ético

La mayor parte de los discursos ambientales actuales se centran en cómo producir mejor: energías renovables, eficiencia, reutilización, reciclaje, productos “eco”, neutralidad de carbono, compensaciones, certificaciones verdes… Todo esto es necesario, pero no suficiente, porque el núcleo del problema no está solo en la tecnología, sino en la mirada con la que entendemos el mundo natural.

Seguimos viendo a la Tierra como un conjunto de recursos que deben gestionarse bien para que el sistema continúe funcionando. Seguimos preguntándonos cómo crecer sin destruir demasiado. Seguimos colocando al ser humano en el centro (antropocentrismo) y al resto de la vida como soporte de ese centro (especismo). Este enfoque, por muy verde que se pinte, mantiene intacta la lógica que nos ha traído hasta aquí.

La naturaleza no es un “servicio”, es una comunidad viva

Cuando decimos que los bosques “producen oxígeno”, que los ríos “prestan servicios ecosistémicos” o que los animales “tienen valor ambiental”, en realidad estamos traduciendo la vida a un lenguaje económico. Lo  hacemos, por ejemplo, con el lobo. Esto es útil para convencer, pero peligroso como visión de fondo. Porque así la naturaleza solo merece protección cuando es rentable, provechosa o funcional para nosotros. Y todo lo que no encaja en esa utilidad queda en riesgo.

Un humedal no es valioso porque filtre agua. Un lobo no es importante porque regule poblaciones. Un ave no merece vivir porque polinice. Son valiosos por sí mismos, porque forman parte de una comunidad viva de la que dependemos y a la que pertenecemos. Cuando olvidamos esto, la sostenibilidad se convierte en una herramienta para optimizar la explotación, no para transformar nuestra relación con la Tierra.

Crecimiento “sostenible”: una contradicción incómoda

En un planeta finito, el crecimiento infinito es imposible. No es una opinión ideológica, es una realidad física. Sin embargo, seguimos hablando de “crecimiento verde” como si bastara con cambiar la fuente de energía para que todo pueda seguir aumentando sin consecuencias.

Más producción implica más materiales. Más infraestructuras implican más suelo ocupado. Más consumo implica más extracción, más residuos y más presión sobre los ecosistemas. Podemos hacer ese crecimiento menos destructivo, pero no inocuo.

Aceptar los límites no es pesimismo, es madurez ecológica. Significa reconocer que el bienestar humano depende de respetar los ritmos y la integridad de la biosfera, no de forzarla indefinidamente.

La verdadera transición es un cambio de lugar, no solo de tecnología

La transición ecológica no consiste solo en sustituir combustibles fósiles por renovables. Consiste en recolocarnos dentro del sistema vivo del que formamos parte. Esto implica, por ejemplo:

  • Reducir de verdad el consumo material, no solo hacerlo “más eficiente”.
  • Priorizar economías locales y circulares (sin greenwashing) frente a cadenas globales hipertensivas (o multinacionales de alto riesgo).
  • Reparar, reutilizar y alargar la vida de los objetos en lugar de reemplazarlos constantemente por otros nuevos.
  • Defender la biodiversidad; no como un lujo, sino como la base de toda estabilidad futura.
  • Potenciar una educación ambiental completa y continuada.
  • Y, sobre todo, aceptar que no todo lo que es técnicamente posible es ecológicamente deseable.

Conclusión: Proteger la Tierra es cambiar nuestra forma de estar en ella

No basta con hacer sostenible el modelo actual. Hay que transformarlo desde la raíz. Esto no significa renunciar al bienestar humano, sino entender que nuestro bienestar depende de la salud del conjunto del planeta.

La Tierra no es una fábrica que debamos optimizar; es una comunidad viva de la que somos una pequeña parte. Cuando comprendamos esto de verdad, la sostenibilidad dejará de ser un eslogan y empezará a ser una forma honesta de habitar el mundo.

David Orgaz Barreno
Bloguero en El rincón ecocéntrico

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