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No quiero proteger al medio ambiente: quiero un mundo en el que no tenga que ser protegido

Por: invitadoespecial

Hay frases que no solo expresan una opinión: desnudan un problema entero. “Yo no quiero proteger al medio ambiente, yo quiero crear un mundo donde el medio ambiente no necesite ser protegido” es una de ellas. Porque en realidad señala una contradicción enorme de nuestra civilización: hemos llegado a un punto en el que destruir la trama de la vida se ha vuelto tan normal, tan estructural, tan cotidiano, que ahora incluso el simple hecho de evitar su ruina nos parece una tarea heroica. Y no debería ser así.

No debería hacer falta “proteger” ríos frente a nuestra codicia. No debería hacer falta “salvar” bosques frente a nuestras máquinas. No debería hacer falta “conservar” animales frente a una expansión humana que todo lo invade, lo cerca, lo contamina o lo mercantiliza. El mero hecho de que usemos constantemente ese lenguaje ya revela que algo profundo está enfermo en nuestra manera de habitar la Tierra. Porque una cosa es cuidar la vida, y otra muy distinta vivir de tal manera que la vida necesite ser defendida sin descanso de nosotros mismos.

Ahí está la raíz del problema. El mundo moderno ha tratado la Tierra no como una comunidad viva, sino como un escenario de extracción. Los montes fueron convertidos en madera potencial. Los ríos en caudales aprovechables. Los animales en piezas útiles, en estorbos o en cifras. El suelo dejó de ser suelo para pasar a ser superficie productiva. Y la palabra “naturaleza”, que debería despertar reverencia, fue reducida muchas veces a una categoría administrativa, a una parcela separada de lo humano, como si la vida fuese algo que está ahí fuera y no la gran matriz de la que dependemos.

Por eso la frase del título tiene tanta fuerza. Porque no se conforma con pedir remiendos. No se resigna a ese modelo donde primero se hiere la Tierra y luego se organiza una campaña para evitar que sangre demasiado. Va más al fondo. Plantea una transformación de la mirada y del orden social. No dice simplemente “hay que proteger más”. Dice algo mucho más exigente: hay que dejar de organizar el mundo contra la vida.

Ese es el punto decisivo. Un mundo justo no sería aquel en el que unos pocos técnicos, activistas o guardas forestales corrieran de un lado a otro intentando salvar lo que queda. Un mundo justo sería aquel en el que los bosques no estuvieran permanentemente amenazados por la lógica del beneficio, en el que los ríos no fueran cloacas toleradas, en el que las criaturas salvajes no tuvieran que vivir acorraladas entre carreteras, venenos, alambres y disparos, en el que el crecimiento humano no se considerara automáticamente más importante que la continuidad de todo lo demás.

La grandeza de esta idea es que desplaza el centro moral. Ya no se trata de ver al ser humano como el héroe que protege una naturaleza débil e inferior. Esa imagen sigue escondiendo arrogancia. Sigue colocando al hombre arriba, como si la Tierra fuera una víctima pasiva que espera ser rescatada por nuestra buena voluntad. No. La cuestión verdadera es mucho más humilde y mucho más radical: nosotros somos la especie que ha desajustado el equilibrio y, por tanto, la tarea no es erigirnos en salvadores, sino dejar de comportarnos como fuerza de devastación.

Eso lo cambia todo. Cambia incluso el tono de la ética. Porque entonces cuidar deja de ser un gesto paternalista y pasa a ser una forma de justicia. Respetar un bosque no es hacerle un favor. Dejar vivir a un río no es una concesión generosa. Permitir que una especie siga existiendo no es un acto de caridad humana. Es simplemente reconocer que no somos dueños del mundo y que la vida no necesita justificarse ante nosotros para merecer seguir siendo.

En realidad, un mundo donde el medio ambiente no necesite ser protegido sería un mundo mucho más profundo que cualquier programa verde superficial. Sería un mundo donde la economía no funcionaría como una maquinaria de saqueo con lavado de imagen; donde el lenguaje no encubriría la destrucción con palabras bonitas; donde no se alabaría como progreso todo aquello que mutila montes, seca acuíferos o llena el aire de veneno; donde la técnica no se mediría solo por lo que puede hacer, sino por lo que debería abstenerse de hacer; donde la educación enseñaría desde la infancia que un árbol no es un objeto vertical, que un animal no es una cosa con patas y que la Tierra no es una herencia recibida para ser consumida, sino una comunidad antigua de la que formamos parte.

Y aquí aparece también una verdad incómoda: no basta con amar la naturaleza en abstracto. No basta con emocionarse ante una secuoya gigantesca, una montaña o un lobo. No basta con hablar de armonía si luego seguimos aceptando las estructuras que la hacen imposible. La frase del título no invita solo a sentir. Invita a cuestionar; a desmontar una normalidad enferma; a sospechar de una civilización que necesita parques “protegidos” porque todo lo demás está disponible para la agresión permanente.

Quizá por eso conmueve tanto la escena del niño abrazando el tronco inmenso. Ahí hay una intuición sencilla y poderosa: el ser humano no se engrandece cuando domina lo gigantesco, sino cuando es capaz de reconocerlo, de acercarse con humildad, de sentirse pequeño sin sentirse humillado. Ese niño, junto al árbol, no parece un conquistador. Parece un ser que todavía recuerda algo esencial: que hay presencias vivas ante las cuales lo digno no es mandar, sino guardar silencio y tocar con respeto.

Eso es justamente lo que hemos olvidado. Hemos olvidado que la Tierra necesita más que administradores, habitantes decentes. Hemos olvidado que la vida florece mejor cuando se la deja ser que cuando se la planifica sin alma. Hemos olvidado que muchas veces el acto más noble no es intervenir más, sino retirarse a tiempo, contenerse, renunciar al impulso de apropiación (renaturalizar). Y hemos olvidado, sobre todo, que el mundo vivo posee un valor intrínseco, independiente de nuestra utilidad, de nuestras necesidades o de nuestros mercados.

Por eso, la frase no debería leerse como una consigna ingenua, sino como una aspiración civilizatoria. Habla de un horizonte moral mucho más alto que el simple conservacionismo de emergencia. Habla de una sociedad reconciliada con el latido de la Tierra; de una cultura que no convierta en excepcional el respeto; de un orden humano en el que cuidar no sea apagar incendios incesantes, sino vivir de entrada de una forma que no los provoque.

Ese sería, verdaderamente, un mundo más sabio. Un mundo donde los árboles no fueran gigantes amenazados que admiramos en fotografías porque hemos talado a sus hermanos; donde los ríos no tuvieran que ser defendidos de quienes deberían aprender de ellos; donde lo salvaje no fuese tolerado como reliquia, sino reconocido como parte indispensable de la plenitud del planeta; donde la palabra “proteger” fuese cada vez menos necesaria porque habríamos dejado, al fin, de organizar nuestra existencia contra la comunidad de la vida. Tal vez ahí resida la esperanza más digna: no en convertirnos en héroes ambientales, sino en llegar a ser, de una vez, una especie menos soberbia. Una especie capaz de comprender que la Tierra no pide tutela. Pide respeto. No pide compasión desde arriba. Pide que cesemos en nuestra guerra contra lo viviente. No pide discursos. Pide límites, reverencia y verdad. Y quizá el verdadero comienzo de esa transformación sea este: dejar de pensar que proteger la naturaleza es una misión noble del hombre civilizado y empezar a entender que la auténtica nobleza consistiría en vivir de tal manera que la Tierra no tuviera que defenderse de nosotros.

David Næs
Bloguero en Voces de la tierra sagrada

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No quiero proteger al medio ambiente: quiero un mundo en el que no tenga que ser protegido

Por: invitadoespecial

Hay frases que no solo expresan una opinión: desnudan un problema entero. “Yo no quiero proteger al medio ambiente, yo quiero crear un mundo donde el medio ambiente no necesite ser protegido” es una de ellas. Porque en realidad señala una contradicción enorme de nuestra civilización: hemos llegado a un punto en el que destruir la trama de la vida se ha vuelto tan normal, tan estructural, tan cotidiano, que ahora incluso el simple hecho de evitar su ruina nos parece una tarea heroica. Y no debería ser así.

No debería hacer falta “proteger” ríos frente a nuestra codicia. No debería hacer falta “salvar” bosques frente a nuestras máquinas. No debería hacer falta “conservar” animales frente a una expansión humana que todo lo invade, lo cerca, lo contamina o lo mercantiliza. El mero hecho de que usemos constantemente ese lenguaje ya revela que algo profundo está enfermo en nuestra manera de habitar la Tierra. Porque una cosa es cuidar la vida, y otra muy distinta vivir de tal manera que la vida necesite ser defendida sin descanso de nosotros mismos.

Ahí está la raíz del problema. El mundo moderno ha tratado la Tierra no como una comunidad viva, sino como un escenario de extracción. Los montes fueron convertidos en madera potencial. Los ríos en caudales aprovechables. Los animales en piezas útiles, en estorbos o en cifras. El suelo dejó de ser suelo para pasar a ser superficie productiva. Y la palabra “naturaleza”, que debería despertar reverencia, fue reducida muchas veces a una categoría administrativa, a una parcela separada de lo humano, como si la vida fuese algo que está ahí fuera y no la gran matriz de la que dependemos.

Por eso la frase del título tiene tanta fuerza. Porque no se conforma con pedir remiendos. No se resigna a ese modelo donde primero se hiere la Tierra y luego se organiza una campaña para evitar que sangre demasiado. Va más al fondo. Plantea una transformación de la mirada y del orden social. No dice simplemente “hay que proteger más”. Dice algo mucho más exigente: hay que dejar de organizar el mundo contra la vida.

Ese es el punto decisivo. Un mundo justo no sería aquel en el que unos pocos técnicos, activistas o guardas forestales corrieran de un lado a otro intentando salvar lo que queda. Un mundo justo sería aquel en el que los bosques no estuvieran permanentemente amenazados por la lógica del beneficio, en el que los ríos no fueran cloacas toleradas, en el que las criaturas salvajes no tuvieran que vivir acorraladas entre carreteras, venenos, alambres y disparos, en el que el crecimiento humano no se considerara automáticamente más importante que la continuidad de todo lo demás.

La grandeza de esta idea es que desplaza el centro moral. Ya no se trata de ver al ser humano como el héroe que protege una naturaleza débil e inferior. Esa imagen sigue escondiendo arrogancia. Sigue colocando al hombre arriba, como si la Tierra fuera una víctima pasiva que espera ser rescatada por nuestra buena voluntad. No. La cuestión verdadera es mucho más humilde y mucho más radical: nosotros somos la especie que ha desajustado el equilibrio y, por tanto, la tarea no es erigirnos en salvadores, sino dejar de comportarnos como fuerza de devastación.

Eso lo cambia todo. Cambia incluso el tono de la ética. Porque entonces cuidar deja de ser un gesto paternalista y pasa a ser una forma de justicia. Respetar un bosque no es hacerle un favor. Dejar vivir a un río no es una concesión generosa. Permitir que una especie siga existiendo no es un acto de caridad humana. Es simplemente reconocer que no somos dueños del mundo y que la vida no necesita justificarse ante nosotros para merecer seguir siendo.

En realidad, un mundo donde el medio ambiente no necesite ser protegido sería un mundo mucho más profundo que cualquier programa verde superficial. Sería un mundo donde la economía no funcionaría como una maquinaria de saqueo con lavado de imagen; donde el lenguaje no encubriría la destrucción con palabras bonitas; donde no se alabaría como progreso todo aquello que mutila montes, seca acuíferos o llena el aire de veneno; donde la técnica no se mediría solo por lo que puede hacer, sino por lo que debería abstenerse de hacer; donde la educación enseñaría desde la infancia que un árbol no es un objeto vertical, que un animal no es una cosa con patas y que la Tierra no es una herencia recibida para ser consumida, sino una comunidad antigua de la que formamos parte.

Y aquí aparece también una verdad incómoda: no basta con amar la naturaleza en abstracto. No basta con emocionarse ante una secuoya gigantesca, una montaña o un lobo. No basta con hablar de armonía si luego seguimos aceptando las estructuras que la hacen imposible. La frase del título no invita solo a sentir. Invita a cuestionar; a desmontar una normalidad enferma; a sospechar de una civilización que necesita parques “protegidos” porque todo lo demás está disponible para la agresión permanente.

Quizá por eso conmueve tanto la escena del niño abrazando el tronco inmenso. Ahí hay una intuición sencilla y poderosa: el ser humano no se engrandece cuando domina lo gigantesco, sino cuando es capaz de reconocerlo, de acercarse con humildad, de sentirse pequeño sin sentirse humillado. Ese niño, junto al árbol, no parece un conquistador. Parece un ser que todavía recuerda algo esencial: que hay presencias vivas ante las cuales lo digno no es mandar, sino guardar silencio y tocar con respeto.

Eso es justamente lo que hemos olvidado. Hemos olvidado que la Tierra necesita más que administradores, habitantes decentes. Hemos olvidado que la vida florece mejor cuando se la deja ser que cuando se la planifica sin alma. Hemos olvidado que muchas veces el acto más noble no es intervenir más, sino retirarse a tiempo, contenerse, renunciar al impulso de apropiación (renaturalizar). Y hemos olvidado, sobre todo, que el mundo vivo posee un valor intrínseco, independiente de nuestra utilidad, de nuestras necesidades o de nuestros mercados.

Por eso, la frase no debería leerse como una consigna ingenua, sino como una aspiración civilizatoria. Habla de un horizonte moral mucho más alto que el simple conservacionismo de emergencia. Habla de una sociedad reconciliada con el latido de la Tierra; de una cultura que no convierta en excepcional el respeto; de un orden humano en el que cuidar no sea apagar incendios incesantes, sino vivir de entrada de una forma que no los provoque.

Ese sería, verdaderamente, un mundo más sabio. Un mundo donde los árboles no fueran gigantes amenazados que admiramos en fotografías porque hemos talado a sus hermanos; donde los ríos no tuvieran que ser defendidos de quienes deberían aprender de ellos; donde lo salvaje no fuese tolerado como reliquia, sino reconocido como parte indispensable de la plenitud del planeta; donde la palabra “proteger” fuese cada vez menos necesaria porque habríamos dejado, al fin, de organizar nuestra existencia contra la comunidad de la vida. Tal vez ahí resida la esperanza más digna: no en convertirnos en héroes ambientales, sino en llegar a ser, de una vez, una especie menos soberbia. Una especie capaz de comprender que la Tierra no pide tutela. Pide respeto. No pide compasión desde arriba. Pide que cesemos en nuestra guerra contra lo viviente. No pide discursos. Pide límites, reverencia y verdad. Y quizá el verdadero comienzo de esa transformación sea este: dejar de pensar que proteger la naturaleza es una misión noble del hombre civilizado y empezar a entender que la auténtica nobleza consistiría en vivir de tal manera que la Tierra no tuviera que defenderse de nosotros.

David Næs
Bloguero en Voces de la tierra sagrada

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Libro Mentalidad emprendedora de Carlos Martínez: resumen y críticas

Por: Pepe Galindo

Portada del libro de Carlos Martínez. Abajo tienes la foto en Instagram de una página interesante.Esta obra (2025) examina diez personajes reales que han influido notablemente en la vida del autor. De cada uno de ellos, extrae y explica diez aprendizajes importantes. En general, son lecciones valiosas para cualquiera —no solo para emprendedores—, aunque el título no deja lugar a dudas del objetivo principal del autor.

De forma sintética, los aprendizajes de cada personaje son los siguientes. Recomendamos tomarse un tiempo para reflexionar en cada uno.

1. Marcos Vázquez (divulgador de salud español)

  • Recomienda tener presente que vas a morir y, justo por eso, merece la pena vivir sin miedo. Este y otros aprendizajes proceden del estoicismo, particularmente de Epicteto y Marco Aurelio.
  • Vive conociendo lo que puedas controlar. Sé consciente de lo que puedes controlar y de lo que no. Cuando disparas una flecha, pierdes el control de ella. Pero no olvides que puedes controlar tu entrenamiento y cómo disparas, y no lo que ocurre después.
  • El movimiento como medicina, porque es la fortaleza del mañana. El cuerpo está diseñado para moverse. Si no te mueves, enfermas.
  • Eres lo que comes. Comer bien es una de nuestras cuatro claves para vivir mejor.
  • Rodearse de buena gente no garantiza el éxito. Pero rodearse mal, casi siempre garantiza el fracaso.
  • Somos naturaleza y cuanto más lo olvidamos, peor vivimos. ¿Sabías que pasear por un bosque ayuda a sanar?
  • Duerme bien. El descanso es lo que hace posible vivir de verdad. De hecho, es otra de las cuatro claves que te permitirán duplicar tu sueldo.
  • Hacer ejercicio es también otra de esas claves, pero aquí Carlos Martínez concreta en lo importante que es entrenar fuerza para cuidar de nuestro yo futuro.
  • Quien evita la incomodidad, evita también la fortaleza.
  • Cuida tu mentalidad cada día, porque si no, terminarás siguiendo el camino del rebaño.

2. Marian Rojas (médica psiquiatra y escritora española)

  • No puedes cambiar el pasado ni controlar el futuro. Conectar con el presente es lo único que depende de ti.
  • Conócete a ti mismo: no hay en la vida aventura más transformadora.
  • Gestiona tu estrés. Controla tu cortisol. Pre-ocuparse es entregar tu salud a problemas que quizás nunca ocurren.
  • Perdonar no cambia el pasado, pero puede cambiarte a ti.
  • Piensa cosas bonitas de ti y que te inspiren. Hablarte mal, criticarte a ti mismo, no te hace más fuerte y te aleja de lo que podrías llegar a ser.
  • La verdadera felicidad no suele ir de la mano de lo cómodo.
  • Perseguir lo fácil te está robando la vida que sueñas. Lee el Elogio del sufrimiento.
  • Cuida tu batería mental como cuidas la de tu móvil, para no apagarte. Haz cosas que te recarguen. Esta es la última de las cuatro claves básicas para una vida feliz.
  • No subestimes el poder de quien te hace sentir bien, tus personas vitaminas. Puede que sea lo más parecido a la felicidad.
  • Haz que te pasen cosas buenas y, para ello, debes saber qué cosas son. Apúntalas. Tener claro lo que quieres te hará tomar decisiones que te acerquen a ese objetivo.

3. Pedro Buerbaum (empresario español)

  • La libertad empieza el día que asumes la propiedad de tu vida. Recomendamos estudiar bien la palabra libertad, porque es fácil malinterpretarla.
  • No esperes a ser como quieres ser: empieza a actuar como si ya lo fueras. Con el tiempo, lo serás.
  • Intercambiar tiempo por dinero es una trampa disfrazada de seguridad.
  • Mientras esperas que todo sea perfecto, otros ya lo están haciendo de manera imperfecta.
  • El único fracaso real es convencerte de que está bien quedarte donde no quieres estar.
  • Si conectas con tu propósito, hasta los momentos difíciles tienen sentido.
  • A veces, llamamos perseverancia a lo que en realidad es miedo a reconocer que nos hemos equivocado.
  • En la vida y en los negocios, los grandes logros nunca fueron cosa de uno solo.
  • La viralidad casi siempre empieza con una emoción.
  • No hay pastilla que cambie más tu vida que una dosis de vitamina D de Disciplina.

4. Isra Bravo (copywriter español)

  • Vender es ayudar a otras personas a entender cómo lo que haces puede mejorar su vida.
  • No busques la aprobación de los demás.
  • La atención es importante. Observa lo que hace todo el mundo y haz justo lo contrario.
  • Satisface tu curiosidad.
  • Vende siempre diciendo la verdad.
  • Una buena historia ayuda a vender más que un buen catálogo de propiedades.
  • El miedo a perder es más fuerte que el deseo de ganar. Si tus potenciales clientes ven que van a perder una oportunidad, estarán más favorables a comprar.
  • Vende beneficios, no características. La gente no compra el camino, sino cómo se sentirá al llegar.
  • Repetir y no rendirse es importante. Por eso, la publicidad se basa en repetir el mensaje una y otra vez. Y funciona.
  • Si vas a vender, no muestres que necesitas que te compren. Como en la vida, cuanto menos lo necesites tú, más te querrán.

5. Fernando Miralles (experto español en comunicación)

  • La palabra, el arma más poderosa.
  • Persuadir es querer lo mejor para ambos. Manipular es quererlo solo para ti.
  • Todos pecamos y quien sabe leer el pecado principal de su potencial cliente tendrá la llave para vender más, negociar mejor y conectar con la verdad, porque puedes hablarle mejor de sus necesidades y esperanzas.
  • Nada une más a las personas que tener algo o alguien contra lo que luchar juntos.
  • La simplicidad es la mejor forma de ser escuchado, entendido y recordado.
  • Aprende a comunicar adecuadamente: lenguaje no verbal, evitar muletillas, escuchar al otro…
  • Eres una marca y ese puede ser tu verdadero poder.
  • Nadie quiere que le vendan algo, sino tener la sensación de que eligieron ellos.
  • A comunicar, se aprende comunicando. La práctica vence al miedo.
  • Piensa antes de creerte algo. Sin pensamiento crítico, otros pensarán por ti.

6. Ilia Topuria (luchador de artes marciales mixto hispano-georgiano)

  • Un campeón no controla el resultado, controla su preparación.
  • El único miedo que debería importar es mirar atrás y ver que no has mejorado nada.
  • Si no estás dispuesto a aumentar el sacrificio, tendrás que reducir el deseo.
  • Confía en ti mismo. Quien confía en sus alas, no teme que se rompa la rama.
  • Las grandes batallas forjan grandes guerreros. No temas la adversidad.
  • Quien deja de aprender, empieza a perder. Invierte siempre en formación.
  • Quien no es feliz en el camino, tampoco lo será al llegar al destino. Es normal obsesionarse con la meta, pero no dejes de disfrutar.
  • Para llegar a donde quieres llegar, primero tienes que imaginarlo, preferentemente con detalle.
  • Lo que criticas en otros habla más de ti que de ellos.
  • La paciencia no retrasa tus sueños, los protege.

7. Yaiza Canosa (empresaria española)

  • El éxito en los negocios no viene de una buena idea, sino de una buena ejecución.
  • El éxito no es dejar de trabajar, sino trabajar en algo que nunca quieras dejar.
  • No seas un jefe. Sé un líder. El jefe tiene subordinados. El líder crea compañeros de batalla. Si esto te ha gustado, tal vez quieras también leer cinco ideas para empresas y empleados.
  • Quien no tiene hambre de mejorar, termina devorado por la mediocridad.
  • No todo el mundo sirve para emprender, pero cualquiera puede pensar como un emprendedor.
  • Para colaborar contigo, ficha a las mejores personas.
  • Quien habla de suerte es porque nunca ha conocido la perseverancia.
  • Emprender en soledad te da libertad, pero en compañía tienes más fuerza.
  • El éxito es acostarte tranquilo y levantarte con ganas.
  • Lo que admiras en otros, lo imitas. Y lo que imitas acaba moldeando tu manera de pensar, de trabajar y de vivir. Por tanto, cuida a quién admiras.

8. Rafa Nadal (tenista español)

  • Quien no se rinde nunca, está venciendo.
  • Quien rehuye la dificultad, huye también de la felicidad.
  • Lo importante no es lo que logras, sino en quién te conviertes al intentarlo.
  • Sé leal a tus valores¿Cuánto cuesta tener principios?
  • Quien vive de excusas, muere sin victorias.
  • Ser ejemplar es más elocuente y efectivo que mil discursos.
  • Las verdades que más incomodan son las que más nos hacen crecer. Pídeles a los tuyos que sean sinceros contigo y acepta las críticas.
  • Nadie triunfa por su talento inicial. Hay que trabajar.
  • Sin dificultad no hay crecimiento personal.
  • No hay satisfacción más grande que saber que lo diste todo, que te esforzaste.

9. José Elías (empresario español)

  • Ganar el primer millón es el más difícil, porque tienes que ganarte a ti mismo.
  • No elegimos dónde nacemos, pero sí cómo vivimos.
  • Las crisis nos enseñan grandes lecciones.
  • Para ganar, tienes que reducir al máximo el tiempo entre pensar y actuar.
  • El que domina la pregunta, domina la negociación. Y para ello, hay que escuchar más que hablar.
  • La competencia es fantástica si observas lo que hace. No te creas más listo que el mercado.
  • Hay que pensar a largo plazo, en años.
  • Quien no sabe delegar, tiene 24 horas. Quien aprende a hacerlo, tiene muchas más.
  • Diversifica tus negocios para vivir con menos miedo y más libertad.
  • La riqueza no se mide en dinero, sino en libertad. Dependiendo de lo que quieras hacer, necesitarás o no dinero, porque la felicidad viene más de necesitar poco que de satisfacer necesidades extravagantes.

10. Sergio Fernández (divulgador y conferenciante español)

  • Tu tiempo y tu libertad son tu mayor riqueza. Piensa bien a quién se lo estás entregando.
  • El dinero no cambia a las personas. Solo revela la raíz de lo que ya son. El dinero es solo una herramienta que puede emplearse bien o mal. Y en todo caso, no te la puedes llevar al morir.
  • Tú decides si hablarte desde la escasez o desde la abundancia.
  • Quien desperdicia tiempo, regala su mayor fortuna.
  • El dinero compra cosas; pero los activos (aquello que te provoca ingresos) compran tu libertad.
  • Quien controla su dinero, controla su vida. Según esto, es importante organizar bien a qué se dedican los ingresos. Por ejemplo, propone donar el 10 % de los ingresos a apoyar causas nobles o a quien lo necesite, sin esperar nada a cambio. Curiosamente, es el mismo porcentaje que propuso Peter Singer.
  • La vida pesa menos cuando cargas solo con lo que te corresponde. No ayudes ni des consejos a quien no te los ha pedido. Lo que sí puedes hacer es ofrecerte a ayudar, de forma educada y sutil.
  • La mayor fuerza del universo es la constancia multiplicada por el tiempo.
  • Quien quiera peces, que se moje el culo. Quien quiera dinero, que aporte valor.
  • El verdadero patrimonio de un ser humano no está en sus bienes, sino en su conocimiento. Invierte en aprender más y más.

Terminamos con tres críticas que no pretenden desmerecer este magnífico libro:

  1. Carlos Martínez sostiene que los impuestos son abusivos y que todos damos al Estado demasiado dinero. Es una opinión peliaguda y que no se puede soltar sin hablar de todo lo que el Estado nos ofrece: carreteras, hospitales, colegios, universidades, seguridad, policía, transportes (trenes, aeropuertos…), etc. Solo alguien que no usa ni haya usado nada de esto está en condiciones de criticar los impuestos abiertamente. Por otra parte, a todos nos interesa que en nuestra sociedad no haya pobreza extrema (por justicia, por solidaridad, por tener mayor seguridad, etc.). Es evidente que el dinero público beneficia tanto a los ricos como a los pobres, lo cual no impide exigir que se use adecuadamente.
  2. El autor propone invertir en fondos indexados rentables sin dedicar ni una palabra a la ética de tales inversiones. Muchos fondos de inversión contribuyen directamente al mundo asombrosamente injusto en el que vivimos, porque invierten en negocios de armas o en industrias altamente contaminantes. Aquí tienes un breve análisis de las empresas del IBEX-35.
  3. El libro critica el sistema de pensiones como algo insostenible, lo cual es falso porque se basa en un acuerdo intergeneracional. Será insostenible si nos negamos a que sea sostenible. Somos nosotros, como sociedad, los que hacemos que sea o no sostenible, porque depende de nosotros. Los que trabajamos ahora, pagamos las pensiones de nuestros mayores y, cuando lleguemos a mayores (si con suerte llegamos), serán los que estén trabajando los que nos pagarán a nosotros. Es un principio de solidaridad entre generaciones muy bonito y que funciona, más o menos bien, si lo gestionamos bien. Lo que es casi una estafa son los planes de pensiones privados, porque el dinero que inviertes se devalúa con el tiempo, apenas superan la inflación y tienen comisiones exageradas.

♦ Información de tu interés:

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Libro Mentalidad emprendedora de Carlos Martínez: resumen y críticas

Por: Pepe Galindo

Portada del libro de Carlos Martínez. Abajo tienes la foto en Instagram de una página interesante.Esta obra (2025) examina diez personajes reales que han influido notablemente en la vida del autor. De cada uno de ellos, extrae y explica diez aprendizajes importantes. En general, son lecciones valiosas para cualquiera —no solo para emprendedores—, aunque el título no deja lugar a dudas del objetivo principal del autor.

De forma sintética, los aprendizajes de cada personaje son los siguientes. Recomendamos tomarse un tiempo para reflexionar en cada uno.

1. Marcos Vázquez (divulgador de salud español)

  • Recomienda tener presente que vas a morir y, justo por eso, merece la pena vivir sin miedo. Este y otros aprendizajes proceden del estoicismo, particularmente de Epicteto y Marco Aurelio.
  • Vive conociendo lo que puedas controlar. Sé consciente de lo que puedes controlar y de lo que no. Cuando disparas una flecha, pierdes el control de ella. Pero no olvides que puedes controlar tu entrenamiento y cómo disparas, y no lo que ocurre después.
  • El movimiento como medicina, porque es la fortaleza del mañana. El cuerpo está diseñado para moverse. Si no te mueves, enfermas.
  • Eres lo que comes. Comer bien es una de nuestras cuatro claves para vivir mejor.
  • Rodearse de buena gente no garantiza el éxito. Pero rodearse mal, casi siempre garantiza el fracaso.
  • Somos naturaleza y cuanto más lo olvidamos, peor vivimos. ¿Sabías que pasear por un bosque ayuda a sanar?
  • Duerme bien. El descanso es lo que hace posible vivir de verdad. De hecho, es otra de las cuatro claves que te permitirán duplicar tu sueldo.
  • Hacer ejercicio es también otra de esas claves, pero aquí Carlos Martínez concreta en lo importante que es entrenar fuerza para cuidar de nuestro yo futuro.
  • Quien evita la incomodidad, evita también la fortaleza.
  • Cuida tu mentalidad cada día, porque si no, terminarás siguiendo el camino del rebaño.

2. Marian Rojas (médica psiquiatra y escritora española)

  • No puedes cambiar el pasado ni controlar el futuro. Conectar con el presente es lo único que depende de ti.
  • Conócete a ti mismo: no hay en la vida aventura más transformadora.
  • Gestiona tu estrés. Controla tu cortisol. Pre-ocuparse es entregar tu salud a problemas que quizás nunca ocurren.
  • Perdonar no cambia el pasado, pero puede cambiarte a ti.
  • Piensa cosas bonitas de ti y que te inspiren. Hablarte mal, criticarte a ti mismo, no te hace más fuerte y te aleja de lo que podrías llegar a ser.
  • La verdadera felicidad no suele ir de la mano de lo cómodo.
  • Perseguir lo fácil te está robando la vida que sueñas. Lee el Elogio del sufrimiento.
  • Cuida tu batería mental como cuidas la de tu móvil, para no apagarte. Haz cosas que te recarguen. Esta es la última de las cuatro claves básicas para una vida feliz.
  • No subestimes el poder de quien te hace sentir bien, tus personas vitaminas. Puede que sea lo más parecido a la felicidad.
  • Haz que te pasen cosas buenas y, para ello, debes saber qué cosas son. Apúntalas. Tener claro lo que quieres te hará tomar decisiones que te acerquen a ese objetivo.

3. Pedro Buerbaum (empresario español)

  • La libertad empieza el día que asumes la propiedad de tu vida. Recomendamos estudiar bien la palabra libertad, porque es fácil malinterpretarla.
  • No esperes a ser como quieres ser: empieza a actuar como si ya lo fueras. Con el tiempo, lo serás.
  • Intercambiar tiempo por dinero es una trampa disfrazada de seguridad.
  • Mientras esperas que todo sea perfecto, otros ya lo están haciendo de manera imperfecta.
  • El único fracaso real es convencerte de que está bien quedarte donde no quieres estar.
  • Si conectas con tu propósito, hasta los momentos difíciles tienen sentido.
  • A veces, llamamos perseverancia a lo que en realidad es miedo a reconocer que nos hemos equivocado.
  • En la vida y en los negocios, los grandes logros nunca fueron cosa de uno solo.
  • La viralidad casi siempre empieza con una emoción.
  • No hay pastilla que cambie más tu vida que una dosis de vitamina D de Disciplina.

4. Isra Bravo (copywriter español)

  • Vender es ayudar a otras personas a entender cómo lo que haces puede mejorar su vida.
  • No busques la aprobación de los demás.
  • La atención es importante. Observa lo que hace todo el mundo y haz justo lo contrario.
  • Satisface tu curiosidad.
  • Vende siempre diciendo la verdad.
  • Una buena historia ayuda a vender más que un buen catálogo de propiedades.
  • El miedo a perder es más fuerte que el deseo de ganar. Si tus potenciales clientes ven que van a perder una oportunidad, estarán más favorables a comprar.
  • Vende beneficios, no características. La gente no compra el camino, sino cómo se sentirá al llegar.
  • Repetir y no rendirse es importante. Por eso, la publicidad se basa en repetir el mensaje una y otra vez. Y funciona.
  • Si vas a vender, no muestres que necesitas que te compren. Como en la vida, cuanto menos lo necesites tú, más te querrán.

5. Fernando Miralles (experto español en comunicación)

  • La palabra, el arma más poderosa.
  • Persuadir es querer lo mejor para ambos. Manipular es quererlo solo para ti.
  • Todos pecamos y quien sabe leer el pecado principal de su potencial cliente tendrá la llave para vender más, negociar mejor y conectar con la verdad, porque puedes hablarle mejor de sus necesidades y esperanzas.
  • Nada une más a las personas que tener algo o alguien contra lo que luchar juntos.
  • La simplicidad es la mejor forma de ser escuchado, entendido y recordado.
  • Aprende a comunicar adecuadamente: lenguaje no verbal, evitar muletillas, escuchar al otro…
  • Eres una marca y ese puede ser tu verdadero poder.
  • Nadie quiere que le vendan algo, sino tener la sensación de que eligieron ellos.
  • A comunicar, se aprende comunicando. La práctica vence al miedo.
  • Piensa antes de creerte algo. Sin pensamiento crítico, otros pensarán por ti.

6. Ilia Topuria (luchador de artes marciales mixto hispano-georgiano)

  • Un campeón no controla el resultado, controla su preparación.
  • El único miedo que debería importar es mirar atrás y ver que no has mejorado nada.
  • Si no estás dispuesto a aumentar el sacrificio, tendrás que reducir el deseo.
  • Confía en ti mismo. Quien confía en sus alas, no teme que se rompa la rama.
  • Las grandes batallas forjan grandes guerreros. No temas la adversidad.
  • Quien deja de aprender, empieza a perder. Invierte siempre en formación.
  • Quien no es feliz en el camino, tampoco lo será al llegar al destino. Es normal obsesionarse con la meta, pero no dejes de disfrutar.
  • Para llegar a donde quieres llegar, primero tienes que imaginarlo, preferentemente con detalle.
  • Lo que criticas en otros habla más de ti que de ellos.
  • La paciencia no retrasa tus sueños, los protege.

7. Yaiza Canosa (empresaria española)

  • El éxito en los negocios no viene de una buena idea, sino de una buena ejecución.
  • El éxito no es dejar de trabajar, sino trabajar en algo que nunca quieras dejar.
  • No seas un jefe. Sé un líder. El jefe tiene subordinados. El líder crea compañeros de batalla. Si esto te ha gustado, tal vez quieras también leer cinco ideas para empresas y empleados.
  • Quien no tiene hambre de mejorar, termina devorado por la mediocridad.
  • No todo el mundo sirve para emprender, pero cualquiera puede pensar como un emprendedor.
  • Para colaborar contigo, ficha a las mejores personas.
  • Quien habla de suerte es porque nunca ha conocido la perseverancia.
  • Emprender en soledad te da libertad, pero en compañía tienes más fuerza.
  • El éxito es acostarte tranquilo y levantarte con ganas.
  • Lo que admiras en otros, lo imitas. Y lo que imitas acaba moldeando tu manera de pensar, de trabajar y de vivir. Por tanto, cuida a quién admiras.

8. Rafa Nadal (tenista español)

  • Quien no se rinde nunca, está venciendo.
  • Quien rehuye la dificultad, huye también de la felicidad.
  • Lo importante no es lo que logras, sino en quién te conviertes al intentarlo.
  • Sé leal a tus valores¿Cuánto cuesta tener principios?
  • Quien vive de excusas, muere sin victorias.
  • Ser ejemplar es más elocuente y efectivo que mil discursos.
  • Las verdades que más incomodan son las que más nos hacen crecer. Pídeles a los tuyos que sean sinceros contigo y acepta las críticas.
  • Nadie triunfa por su talento inicial. Hay que trabajar.
  • Sin dificultad no hay crecimiento personal.
  • No hay satisfacción más grande que saber que lo diste todo, que te esforzaste.

9. José Elías (empresario español)

  • Ganar el primer millón es el más difícil, porque tienes que ganarte a ti mismo.
  • No elegimos dónde nacemos, pero sí cómo vivimos.
  • Las crisis nos enseñan grandes lecciones.
  • Para ganar, tienes que reducir al máximo el tiempo entre pensar y actuar.
  • El que domina la pregunta, domina la negociación. Y para ello, hay que escuchar más que hablar.
  • La competencia es fantástica si observas lo que hace. No te creas más listo que el mercado.
  • Hay que pensar a largo plazo, en años.
  • Quien no sabe delegar, tiene 24 horas. Quien aprende a hacerlo, tiene muchas más.
  • Diversifica tus negocios para vivir con menos miedo y más libertad.
  • La riqueza no se mide en dinero, sino en libertad. Dependiendo de lo que quieras hacer, necesitarás o no dinero, porque la felicidad viene más de necesitar poco que de satisfacer necesidades extravagantes.

10. Sergio Fernández (divulgador y conferenciante español)

  • Tu tiempo y tu libertad son tu mayor riqueza. Piensa bien a quién se lo estás entregando.
  • El dinero no cambia a las personas. Solo revela la raíz de lo que ya son. El dinero es solo una herramienta que puede emplearse bien o mal. Y en todo caso, no te la puedes llevar al morir.
  • Tú decides si hablarte desde la escasez o desde la abundancia.
  • Quien desperdicia tiempo, regala su mayor fortuna.
  • El dinero compra cosas; pero los activos (aquello que te provoca ingresos) compran tu libertad.
  • Quien controla su dinero, controla su vida. Según esto, es importante organizar bien a qué se dedican los ingresos. Por ejemplo, propone donar el 10 % de los ingresos a apoyar causas nobles o a quien lo necesite, sin esperar nada a cambio. Curiosamente, es el mismo porcentaje que propuso Peter Singer.
  • La vida pesa menos cuando cargas solo con lo que te corresponde. No ayudes ni des consejos a quien no te los ha pedido. Lo que sí puedes hacer es ofrecerte a ayudar, de forma educada y sutil.
  • La mayor fuerza del universo es la constancia multiplicada por el tiempo.
  • Quien quiera peces, que se moje el culo. Quien quiera dinero, que aporte valor.
  • El verdadero patrimonio de un ser humano no está en sus bienes, sino en su conocimiento. Invierte en aprender más y más.

Terminamos con tres críticas que no pretenden desmerecer este magnífico libro:

  1. Carlos Martínez sostiene que los impuestos son abusivos y que todos damos al Estado demasiado dinero. Es una opinión peliaguda y que no se puede soltar sin hablar de todo lo que el Estado nos ofrece: carreteras, hospitales, colegios, universidades, seguridad, policía, transportes (trenes, aeropuertos…), etc. Solo alguien que no usa ni haya usado nada de esto está en condiciones de criticar los impuestos abiertamente. Por otra parte, a todos nos interesa que en nuestra sociedad no haya pobreza extrema (por justicia, por solidaridad, por tener mayor seguridad, etc.). Es evidente que el dinero público beneficia tanto a los ricos como a los pobres, lo cual no impide exigir que se use adecuadamente.
  2. El autor propone invertir en fondos indexados rentables sin dedicar ni una palabra a la ética de tales inversiones. Muchos fondos de inversión contribuyen directamente al mundo asombrosamente injusto en el que vivimos, porque invierten en negocios de armas o en industrias altamente contaminantes. Aquí tienes un breve análisis de las empresas del IBEX-35.
  3. El libro critica el sistema de pensiones como algo insostenible, lo cual es falso porque se basa en un acuerdo intergeneracional. Será insostenible si nos negamos a que sea sostenible. Somos nosotros, como sociedad, los que hacemos que sea o no sostenible, porque depende de nosotros. Los que trabajamos ahora, pagamos las pensiones de nuestros mayores y, cuando lleguemos a mayores (si con suerte llegamos), serán los que estén trabajando los que nos pagarán a nosotros. Es un principio de solidaridad entre generaciones muy bonito y que funciona, más o menos bien, si lo gestionamos bien. Lo que es casi una estafa son los planes de pensiones privados, porque el dinero que inviertes se devalúa con el tiempo, apenas superan la inflación y tienen comisiones exageradas.

♦ Información de tu interés:

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Progreso tecnológico y felicidad

Por: invitadoespecial

«Habría que preguntarse por qué esas tribus pérdidas que viven prácticamente cómo lo hacían en el Paleolítico, son infinitamente más felices y sanas que las denominadas sociedades avanzadas con toda la tecnología y las comodidades a su alcance».
Félix Rodríguez de la Fuente.

La búsqueda de la felicidad se ha convertido en uno de los grandes relatos de la sociedad contemporánea. Se nos repite con insistencia que el progreso material, el desarrollo tecnológico y el crecimiento económico constituyen el camino natural hacia una vida más plena. Sin embargo, a medida que las sociedades avanzadas se transforman y la tecnología ocupa un lugar cada vez más central en la vida cotidiana, surge una pregunta que merece una reflexión profunda:

¿Hasta qué punto ese progreso nos acerca realmente a la felicidad?

En muchas regiones del mundo desarrollado la vida transcurre hoy casi por completo en entornos urbanos. Ciudades densamente pobladas, ritmos de trabajo acelerados y una creciente digitalización han configurado una forma de vida profundamente distinta de la que acompañó a la humanidad durante la mayor parte de su historia. En este nuevo escenario, la naturaleza ha pasado a ocupar un lugar marginal. Para millones de personas el contacto con el entorno natural se reduce a espacios verdes fragmentados o a experiencias ocasionales durante el tiempo libre.

Esta transformación no es únicamente paisajística. La distancia creciente entre el ser humano y su entorno natural implica también una ruptura cultural y emocional con los procesos ecológicos de los que dependemos. Durante milenios, la vida humana estuvo integrada en los ritmos del territorio: las estaciones, los ciclos del agua, la presencia de fauna y la dinámica de los ecosistemas formaban parte del horizonte cotidiano. Hoy, sin embargo, una parte significativa de la población vive prácticamente ajena a estos procesos.

La desconexión con la naturaleza no es un fenómeno trivial. Numerosos estudios científicos han señalado que el contacto regular con entornos naturales tiene efectos positivos sobre la salud física y mental. La exposición a paisajes naturales reduce el estrés, mejora la capacidad de concentración y favorece el bienestar psicológico. Por el contrario, la vida en entornos excesivamente artificiales puede contribuir a aumentar la ansiedad, la fatiga mental y la sensación de alienación.

Este contraste plantea una cuestión fundamental: si el progreso tecnológico ha mejorado de manera indiscutible muchos aspectos de la vida humana, ¿por qué persiste una sensación generalizada de insatisfacción en muchas sociedades desarrolladas? La respuesta probablemente no se encuentra en un rechazo al progreso, sino en la forma en que ese progreso ha sido concebido. Durante décadas se ha asumido que el bienestar humano depende principalmente de la acumulación de bienes materiales y de la expansión tecnológica. Sin embargo, esta visión ignora dimensiones esenciales de la experiencia humana.

En este contexto adquieren especial relevancia las reflexiones de figuras como Félix Rodríguez de la Fuente, que dedicó buena parte de su vida a recordar la profunda relación entre el ser humano y el mundo natural. Para él, la naturaleza no era simplemente un escenario exterior ni un recurso utilitario, sino el marco fundamental de nuestra existencia. Sus palabras siguen invitando a replantear una pregunta incómoda, pero necesaria: ¿qué es realmente lo que valoramos cuando hablamos de felicidad?

La respuesta no puede encontrarse únicamente en indicadores de crecimiento o en avances tecnológicos. La felicidad humana parece estar ligada a elementos más complejos y menos cuantificables: el sentido de pertenencia, la relación con los demás, la experiencia del paisaje y la conexión con los procesos naturales que sostienen la vida. Estos factores no pueden sustituirse mediante innovaciones técnicas ni mediante el aumento indefinido del consumo.

No confundamos felicidad con comodidad

La cuestión, por tanto, no consiste en oponer tecnología y naturaleza como si fueran realidades incompatibles. El desafío de nuestro tiempo es encontrar una forma de convivencia entre ambas que no implique sacrificar el vínculo con el mundo natural. La tecnología puede contribuir a mejorar la calidad de vida, pero debe integrarse dentro de una visión que reconozca los límites ecológicos y la importancia de mantener una relación equilibrada con el entorno.

Esta búsqueda de equilibrio es, en última instancia, una cuestión cultural. Implica revisar las prioridades de la sociedad y preguntarse qué entendemos por progreso. Si el desarrollo tecnológico conduce a una vida cada vez más desconectada de la naturaleza, es legítimo cuestionar si ese modelo responde realmente a las necesidades profundas del ser humano.

Tal vez la verdadera reflexión no consista en preguntarnos cómo alcanzar la felicidad mediante nuevos avances, sino en recordar aquello que siempre ha formado parte de la experiencia humana: la relación con el territorio, el contacto con la vida silvestre, la percepción del paso de las estaciones y la conciencia de pertenecer a un mundo natural que trasciende nuestras propias construcciones.

En un tiempo marcado por la aceleración y la innovación constante, recuperar esa perspectiva puede ser un acto de lucidez. La tecnología seguirá avanzando, pero la pregunta fundamental permanece abierta: si el progreso nos aleja cada vez más de la naturaleza, ¿estamos realmente avanzando hacia una vida más feliz o simplemente hacia una forma distinta de vivir más lejos de aquello que nos hacía sentir parte del mundo?

David Orgaz Barreno
Bloguero en Voces de la tierra sagrada

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invitadoespecial

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Progreso tecnológico y felicidad

Por: invitadoespecial

«Habría que preguntarse por qué esas tribus pérdidas que viven prácticamente cómo lo hacían en el Paleolítico, son infinitamente más felices y sanas que las denominadas sociedades avanzadas con toda la tecnología y las comodidades a su alcance».
Félix Rodríguez de la Fuente.

La búsqueda de la felicidad se ha convertido en uno de los grandes relatos de la sociedad contemporánea. Se nos repite con insistencia que el progreso material, el desarrollo tecnológico y el crecimiento económico constituyen el camino natural hacia una vida más plena. Sin embargo, a medida que las sociedades avanzadas se transforman y la tecnología ocupa un lugar cada vez más central en la vida cotidiana, surge una pregunta que merece una reflexión profunda:

¿Hasta qué punto ese progreso nos acerca realmente a la felicidad?

En muchas regiones del mundo desarrollado la vida transcurre hoy casi por completo en entornos urbanos. Ciudades densamente pobladas, ritmos de trabajo acelerados y una creciente digitalización han configurado una forma de vida profundamente distinta de la que acompañó a la humanidad durante la mayor parte de su historia. En este nuevo escenario, la naturaleza ha pasado a ocupar un lugar marginal. Para millones de personas el contacto con el entorno natural se reduce a espacios verdes fragmentados o a experiencias ocasionales durante el tiempo libre.

Esta transformación no es únicamente paisajística. La distancia creciente entre el ser humano y su entorno natural implica también una ruptura cultural y emocional con los procesos ecológicos de los que dependemos. Durante milenios, la vida humana estuvo integrada en los ritmos del territorio: las estaciones, los ciclos del agua, la presencia de fauna y la dinámica de los ecosistemas formaban parte del horizonte cotidiano. Hoy, sin embargo, una parte significativa de la población vive prácticamente ajena a estos procesos.

La desconexión con la naturaleza no es un fenómeno trivial. Numerosos estudios científicos han señalado que el contacto regular con entornos naturales tiene efectos positivos sobre la salud física y mental. La exposición a paisajes naturales reduce el estrés, mejora la capacidad de concentración y favorece el bienestar psicológico. Por el contrario, la vida en entornos excesivamente artificiales puede contribuir a aumentar la ansiedad, la fatiga mental y la sensación de alienación.

Este contraste plantea una cuestión fundamental: si el progreso tecnológico ha mejorado de manera indiscutible muchos aspectos de la vida humana, ¿por qué persiste una sensación generalizada de insatisfacción en muchas sociedades desarrolladas? La respuesta probablemente no se encuentra en un rechazo al progreso, sino en la forma en que ese progreso ha sido concebido. Durante décadas se ha asumido que el bienestar humano depende principalmente de la acumulación de bienes materiales y de la expansión tecnológica. Sin embargo, esta visión ignora dimensiones esenciales de la experiencia humana.

En este contexto adquieren especial relevancia las reflexiones de figuras como Félix Rodríguez de la Fuente, que dedicó buena parte de su vida a recordar la profunda relación entre el ser humano y el mundo natural. Para él, la naturaleza no era simplemente un escenario exterior ni un recurso utilitario, sino el marco fundamental de nuestra existencia. Sus palabras siguen invitando a replantear una pregunta incómoda, pero necesaria: ¿qué es realmente lo que valoramos cuando hablamos de felicidad?

La respuesta no puede encontrarse únicamente en indicadores de crecimiento o en avances tecnológicos. La felicidad humana parece estar ligada a elementos más complejos y menos cuantificables: el sentido de pertenencia, la relación con los demás, la experiencia del paisaje y la conexión con los procesos naturales que sostienen la vida. Estos factores no pueden sustituirse mediante innovaciones técnicas ni mediante el aumento indefinido del consumo.

No confundamos felicidad con comodidad

La cuestión, por tanto, no consiste en oponer tecnología y naturaleza como si fueran realidades incompatibles. El desafío de nuestro tiempo es encontrar una forma de convivencia entre ambas que no implique sacrificar el vínculo con el mundo natural. La tecnología puede contribuir a mejorar la calidad de vida, pero debe integrarse dentro de una visión que reconozca los límites ecológicos y la importancia de mantener una relación equilibrada con el entorno.

Esta búsqueda de equilibrio es, en última instancia, una cuestión cultural. Implica revisar las prioridades de la sociedad y preguntarse qué entendemos por progreso. Si el desarrollo tecnológico conduce a una vida cada vez más desconectada de la naturaleza, es legítimo cuestionar si ese modelo responde realmente a las necesidades profundas del ser humano.

Tal vez la verdadera reflexión no consista en preguntarnos cómo alcanzar la felicidad mediante nuevos avances, sino en recordar aquello que siempre ha formado parte de la experiencia humana: la relación con el territorio, el contacto con la vida silvestre, la percepción del paso de las estaciones y la conciencia de pertenecer a un mundo natural que trasciende nuestras propias construcciones.

En un tiempo marcado por la aceleración y la innovación constante, recuperar esa perspectiva puede ser un acto de lucidez. La tecnología seguirá avanzando, pero la pregunta fundamental permanece abierta: si el progreso nos aleja cada vez más de la naturaleza, ¿estamos realmente avanzando hacia una vida más feliz o simplemente hacia una forma distinta de vivir más lejos de aquello que nos hacía sentir parte del mundo?

David Orgaz Barreno
Bloguero en Voces de la tierra sagrada

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Lo negarán hasta cuando lo vean

Por: Pepe Galindo
Muchas obras humanas y sociedades enteras han colapsado. El drama es que nos pase a nosotros que nos creemos tan inteligentes.

Muchas obras humanas y sociedades enteras han colapsado. El drama es que nos pase a nosotros que nos creemos tan inteligentes.

El informe Los límites del crecimiento (1972) advirtió que, si continuaban las tendencias de aumento exponencial de industrialización, contaminación, población y consumo de recursos, la humanidad se enfrentaría a un colapso económico y ambiental durante el siglo XXI.

Con los datos del tiempo transcurrido desde entonces, estudios más recientes sostienen que las proyecciones de aquel informe eran bastante acertadas. O sea, que vamos mal.

Algunos niegan que estemos ante un colapso y proponen seguir creciendo como si los recursos planetarios fueran infinitos, como si los costes ambientales no pasaran facturas. La hecatombe no se presentará de un día para otro y no dirá: «Ya he llegado». El colapso surgirá poco a poco: cosas que antes funcionaban dejarán de hacerlo; fenómenos extremos que antes eran excepcionales se volverán habituales. Y buscaremos culpables solo en las distancias cortas, limitando la responsabilidad a lo inmediato y a lo que nos afecta personalmente. Nadie sufrirá todos los efectos, tales como, por ejemplo, estos:

  • En unas ciudades no habrá recursos básicos o subirán de precio (véase hoy el agua en Teherán, Ciudad de México, Delhi, Ciudad del Cabo, etc.).
  • Surgirán problemas sociales que algunos no relacionarán con la escasez: protestas de agricultores, de la clase trabajadora, de fascistas, de pescadores
  • La violencia que quisimos desaprender vendrá con más fuerza.
  • Los estados serán más débiles y unos se comerán a otros.
  • Los dictadores encontrarán ocasiones para imponer su ideología y deshacerse del discrepante.
  • Sufriremos apagones de diversa índole: energéticos, informativos…
  • También aumentarán las migraciones sin que algunos se pregunten por qué.
  • Habrá más desnutrición, más enfermedades y se colapsarán más aún los hospitales (en especial si no fortalecemos bien la sanidad pública).
  • Veremos más y mayores incendios e inundaciones.
  • Acuíferos contaminados por demasiados motivos: cenizas, macrogranjas, salinización, eutrofización…
  • Retrasos para cualquier cuestión. Todo será más lento y con más averías: Internet, trámites, transportes, avances científicos… También será más difícil sacar dinero de un paraíso fiscal, si es que pudiste meterlo.
  • Océanos más embravecidos. Veremos casas devoradas por el mar.
  • Subida de precios, particularmente de ciertos bienes: la vivienda, el suelo, los seguros o el aceite, por ejemplo.
  • La tecnología más moderna será solo para las élites.
  • Inestabilidad política y guerras por recursos (como en Ucrania o los deseos de Trump por Groenlandia).
  • Aumento del paro, de la desigualdad, de la pobreza y, por tanto, también de la delincuencia y de la violencia (también por el calor).

Todo esto, ¿no parece estar más cerca de lo que nos gustaría? No mires solo la opulencia de productos en tu supermercado, gran parte de ellos pura basura. Miremos con profundidad. No permitamos que se busquen más cabezas de turco que métodos justos de redistribución.

Algunos recordarán otras grandes civilizaciones que —a menor escala— también colapsaron. Y cuando estemos en el meollo del colapso, intentando sobrevivir, los ricos se encerrarán con sus guardaespaldas en sus mansiones para morir, no de hambre, sino de aburrimiento. Entonces, tampoco podremos decir: «Ya os lo dije» (como nos explicó Javier Pérez). Los que negaron que lo estábamos haciendo mal, seguirán negando la evidencia y culparán al Putin o al Trump de turno. Y sí, ellos también fueron, son y serán culpables, pero los demás les dejamos hacer y no quisimos unirnos para frenarlos. Tampoco frenamos a esas empresas que nos están amargando el clima, algunas de las cuales presumen de cotizar en el IBEX-35. Y nuestras soluciones quedarán escritas en los pocos libros que logren sobrevivir. Y nos preguntaremos por qué dejamos pasar la ocasión de unirnos.

No quiero acabar en plan pesimista. El futuro nadie lo conoce, porque lo estamos construyendo hoy. El famoso informe de 1972 que referenciábamos al principio también sostuvo que es posible evitar el desastre si se camina hacia el escenario llamado Mundo Estabilizado en el que, si la humanidad cambia sus valores, prioriza la calidad sobre la cantidad, adopta tecnologías apropiadas y redistribuye la riqueza, será posible fijar la población y el bienestar dentro de los límites planetarios. Los cuatro puntos son importantes.

No preguntaré si queréis ir, sino si nos ponemos a caminar hoy. ¿O preferimos, una vez más, aplazarlo para mañana?

♦ Más sobre (de)crecimiento:

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Muchas obras humanas y sociedades enteras han colapsado. El drama es que nos pase a nosotros que nos creemos tan inteligentes.

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Lo negarán hasta cuando lo vean

Por: Pepe Galindo
Muchas obras humanas y sociedades enteras han colapsado. El drama es que nos pase a nosotros que nos creemos tan inteligentes.
Muchas obras humanas y sociedades enteras han colapsado. El drama es que nos pase a nosotros que nos creemos tan inteligentes.

El informe Los límites del crecimiento (1972) advirtió que, si continuaban las tendencias de aumento exponencial de industrialización, contaminación, población y consumo de recursos, la humanidad se enfrentaría a un colapso económico y ambiental durante el siglo XXI.

Con los datos del tiempo transcurrido desde entonces, estudios más recientes sostienen que las proyecciones de aquel informe eran bastante acertadas. O sea, que vamos mal.

Algunos niegan que estemos ante un colapso y proponen seguir creciendo como si los recursos planetarios fueran infinitos, como si los costes ambientales no pasaran facturas. La hecatombe no se presentará de un día para otro y no dirá: «Ya he llegado». El colapso surgirá poco a poco: cosas que antes funcionaban dejarán de hacerlo; fenómenos extremos que antes eran excepcionales se volverán habituales. Y buscaremos culpables solo en las distancias cortas, limitando la responsabilidad a lo inmediato y a lo que nos afecta personalmente. Nadie sufrirá todos los efectos, tales como, por ejemplo, estos:

  • En unas ciudades no habrá recursos básicos o subirán de precio (véase hoy el agua en Teherán, Ciudad de México, Delhi, Ciudad del Cabo, etc.).
  • Surgirán problemas sociales que algunos no relacionarán con la escasez: protestas de agricultores, de la clase trabajadora, de fascistas, de pescadores
  • La violencia que quisimos desaprender vendrá con más fuerza.
  • Los estados serán más débiles y unos se comerán a otros.
  • Los dictadores encontrarán ocasiones para imponer su ideología y deshacerse del discrepante.
  • Sufriremos apagones de diversa índole: energéticos, informativos…
  • También aumentarán las migraciones sin que algunos se pregunten por qué.
  • Habrá más desnutrición, más enfermedades y se colapsarán más aún los hospitales (en especial si no fortalecemos bien la sanidad pública).
  • Veremos más y mayores incendios e inundaciones.
  • Acuíferos contaminados por demasiados motivos: cenizas, macrogranjas, salinización, eutrofización…
  • Retrasos para cualquier cuestión. Todo será más lento y con más averías: Internet, trámites, transportes, avances científicos… También será más difícil sacar dinero de un paraíso fiscal, si es que pudiste meterlo.
  • Océanos más embravecidos. Veremos casas devoradas por el mar.
  • Subida de precios, particularmente de ciertos bienes: la vivienda, el suelo, los seguros o el aceite, por ejemplo.
  • La tecnología más moderna será solo para las élites.
  • Inestabilidad política y guerras por recursos (como en Ucrania o los deseos de Trump por Groenlandia).
  • Aumento del paro, de la desigualdad, de la pobreza y, por tanto, también de la delincuencia y de la violencia (también por el calor).

Todo esto, ¿no parece estar más cerca de lo que nos gustaría? No mires solo la opulencia de productos en tu supermercado, gran parte de ellos pura basura. Miremos con profundidad. No permitamos que se busquen más cabezas de turco que métodos justos de redistribución.

Algunos recordarán otras grandes civilizaciones que —a menor escala— también colapsaron. Y cuando estemos en el meollo del colapso, intentando sobrevivir, los ricos se encerrarán con sus guardaespaldas en sus mansiones para morir, no de hambre, sino de aburrimiento. Entonces, tampoco podremos decir: «Ya os lo dije» (como nos explicó Javier Pérez). Los que negaron que lo estábamos haciendo mal, seguirán negando la evidencia y culparán al Putin o al Trump de turno. Y sí, ellos también fueron, son y serán culpables, pero los demás les dejamos hacer y no quisimos unirnos para frenarlos. Tampoco frenamos a esas empresas que nos están amargando el clima, algunas de las cuales presumen de cotizar en el IBEX-35. Y nuestras soluciones quedarán escritas en los pocos libros que logren sobrevivir. Y nos preguntaremos por qué dejamos pasar la ocasión de unirnos.

No quiero acabar en plan pesimista. El futuro nadie lo conoce, porque lo estamos construyendo hoy. El famoso informe de 1972 que referenciábamos al principio también sostuvo que es posible evitar el desastre si se camina hacia el escenario llamado Mundo Estabilizado en el que, si la humanidad cambia sus valores, prioriza la calidad sobre la cantidad, adopta tecnologías apropiadas y redistribuye la riqueza, será posible fijar la población y el bienestar dentro de los límites planetarios. Los cuatro puntos son importantes.

No preguntaré si queréis ir, sino si nos ponemos a caminar hoy. ¿O preferimos, una vez más, aplazarlo para mañana?

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Proyecto AVIN: conservar nuestras golondrinas, aviones y vencejos (aves insectívoras)

Por: invitadoespecial

Aitor Mora Solano, @proyectoavin

Golondrina en vueloEl Proyecto de Conservación AVIN busca la protección de las especies de golondrinas, aviones y vencejos de manera local, en nuestros pueblos. Nació como una pequeña idea de activismo ante una situación que empieza a ser común en las aves ligadas a medios agrícolas y urbanos: un descenso acusado en sus poblaciones. Por ejemplo, la golondrina común ha sufrido un declive del 30% en la última década.

En 2014 se declaró a esa especie Ave del Año por la organización SEO/Birdlife, y fue entonces cuando surgió el proyecto. Gracias a la difusión que le dio Nicolás López, responsable de la conservación de especies amenazadas en la ONG, llegó a otros lugares de España. Tras casi dos años después de su publicación, hemos llegado a 9 provincias: Huesca, Zaragoza, Segovia, Ávila, Ceuta, Sevilla, Cáceres, Madrid y Castellón. Y somos 13 personas las que luchamos por la conservación de estas aves en el proyecto.

Durante el primer año nos centramos en desarrollar los aspectos más importantes del proyecto, que se resume en cuatro líneas de actuación:

  1. Evitar la destrucción de sus nidos. La difusión y concienciación son los aspectos más importantes que se pueden realizar para proteger estas aves, porque existe una gran indiferencia generalizada sobre las leyes que protegen estas aves y la importantísima labor insecticida que realizan.Cajas nido para golondrinas, vencejos o aviones comunes.
  2. Proporcionar lugares adecuados para anidar. Se incluye cualquier actuación con el fin de facilitar la reproducción de estas aves, como por ejemplo colocar nuevos nidos.
  3. Seguimiento de poblaciones. Para conservar cualquier especie es necesario saber su tamaño poblacional y la tendencia de esta a lo largo del tiempo. También es importante recopilar información sobre su fenología (relación con el clima), que posteriormente se manda a SEO.
  4. Recuperar y liberar pollos caídos. Los pollos que nos encontramos son recuperados hasta que finalmente se pueden liberar. No somos ningún centro de recuperación, por lo que este trabajo es exclusivo de cada persona.

Con el poco tiempo que llevamos con el proyecto hemos conseguido muchas cosas, como por ejemplo:

  • Estamos realizando un importante trabajo de difusión en ciudades como Zaragoza donde en prácticamente todos los edificios con nidos se ha dejado una carta informando de su estatus legal.
  • El ayuntamiento de Binéfar (Huesca) ha aceptado el proyecto editando mil folletos repartidos en el pueblo, y dando la oportunidad de dar charlas en la “Semana de la Sostenibilidad”.
  • También se han impartido varias charlas en colegios de educación primaria y se está colaborando con el instituto IES Sierra de San Quílez (Binéfar) elaborando un proyecto de fabricación de cajas nido para vencejos.
  • Se consiguió que una empresa instalara cuatro nidos de avión común tras su derribo en unas obras de rehabilitación.
  • También hemos terminado los primeros censos de avión en la comarca oscense de La Litera (2.966 parejas en 2016) y en la ciudad autonómica de Ceuta (unas 50 parejas).

En resumen, es muy fácil movilizarse y hacer algo por ayudarlas. Creemos que gente con ganas de hacer cosas, pueden hacerlas. Y todo el que se quiera unir con nosotros será bien recibido.

Escribidnos a:   proyectoconservacionavin@gmail.com

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Poesía: “La tierra de la vida” (cuidar la tierra y la Tierra)

Por: Pepe Galindo
Viejo encorvado agricultor y sabio
Abajo tienes un vídeo que te leerá esta poesía, con imágenes y subtítulos en español e inglés.

Ayer, un viejo encorvado me vino a ver.
Hablamos de la economía y de la ecología.
Y de la importancia del mismo ser.
«Comer es más importante», dijo, ese día.

Y me contó esta historia, ver para creer:
−«Hace muchos años, trabajaba día a día.
Cuidaba las tierras de un rico mercader.
“Mi tesoro es mi dinero”, riéndose decía.

“Tu tesoro es tu tierra que ves padecer”.
Le dije mil veces y no me entendía.
El pobre mercader no quería entender,
que la tierra hay que mimarla cada día.

Más y más insecticidas llegó a poseer.
Fungicidas, herbicidas… todos los quería.
Fumigaba y araba sin miedo a perder.
“No quiero plagas”, riéndose decía.

Las plagas llegaron y la tierra se erosionó.
De vergel a desierto y él no se lo esperó.
Yermo, sin nada de vida, como le dije yo.
Tristeza y pobreza, a todos nos asoló.

El rico señor ahora es un pobre, como yo.
Vivimos sin dinero, pero no es un horror.
Plantamos nuestro huerto usando compost.
Al final aprendió que se puede hacer mejor».

Si te ha gustado, sigue leyendo:

  1. Los árboles nos miran y no nos entienden, la poesía de la Madre Tierra… y otras poesías.
  2. Giono y los Árboles (inspiradora historia), también en dibujos animados.
  3. LA CADENA VERDE: Lo que debemos hacer desde nuestro poder personal.
  4. Humanidad Erisictónica: Mitología ecológica, castigado por cortar un árbol.
  5. Carro de Combate, Consumir es un Acto Político: El libro de compras responsables.
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Convertir tu coche en eléctrico no debería ser caro

Por: invitadoespecial
Conversión de una camioneta a eléctrica en USA
Conversión de una camioneta a eléctrica en EE.UU.

Probablemente, si estás leyendo esto, serás un apasionado de los coches o de la movilidad eléctrica. Si además eres, como yo, un “común mortal”, es decir, una persona que se gana la vida trabajando, te parecerá que el precio de los coches eléctricos es sumamente elevado.

Pero ¿por qué son tan caros? La respuesta es evidente: no interesa a los fabricantes convencionales ni a las petroleras, ergo, no hay voluntad de venderlos. Pero aunque se acaba el tiempo de los coches fósiles, debemos también cambiar el enfoque: Siempre partimos de la base de “comprar”, pero ¿y si partimos del reciclaje?

Esto nos lleva al concepto de “conversión” de un coche convencional en uno eléctrico, que además sirve para reciclar y reutilizar, términos de “moda” (aunque realmente lo que deberíamos hacer es decrecer).

¿Y cómo vamos a hacer eso? Pues con “voluntad política” porque ahora mismo en España, esto es casi inviable, porque resulta que una conversión, por ejemplo, de un Citroën Saxo (poniendo tú el coche) sale por unos 12.000€, igual que uno nuevo con motor de explosión. A eso hay que sumar la homologación a la que te obliga la Ley, que puede costar sobre unos 3.000€ y un par de meses. El precio es excesivo, incluso sin homologación, debido a que en España no hay muchos que lo hagan, mientras que en otros países sale por unos 6.000, homologación incluida.

La homologación está pensada en España para el gran fabricante. Por eso es tan cara. Si un fabricante quiere vender un modelo nuevo de coche, debe homologarlo, es decir, homologar un modelo concreto le permitirá vender infinitos coches de ese modelo con una sola homologación. Evidentemente, esto no está pensado para los particulares que se ven abocados a comprar un coche nuevo.

Hablaba de “voluntad política” porque simplemente cambiando la legislación se podría facilitar que los talleres hicieran las conversiones. Se exigiría un “carnet de instalador autorizado” (ahora debe ser un ingeniero industrial colegiado) que obligue a unos mínimos estándares de seguridad y luego todo ello refrendado por una ITV (50€) que certifique que todo está correcto.

Conversión “casera” de un clásico VW “escarabajo”
Conversión “casera” de un clásico VW “escarabajo”

Por unos 6.000€ podrías re-estrenar tu coche, en lugar de gastarte 15.000€ en uno nuevo diésel o en uno eléctrico de segunda mano (como el Nissan Leaf). Con la crisis actual, ese precio no estaría nada mal. Incluso serviría para dotar de nueva vida a coches clásicos. Esto se hace así de simple en Alemania o EE.UU., es decir, que no es nada “descabellado” y además ofrece las siguientes ventajas:

  • Reducimos la contaminación: el humo del diésel es cancerígeno al mismo nivel que el amianto según la OMS.
  • Reutilizamos los recursos al aprovechar un coche ya existente (todo menos el motor).
  • Aumentamos la eficiencia: un motor eléctrico es mucho más eficiente, además de recuperar la energía en las frenadas.
  • Dinamizamos la economía y creamos empleo con alta cualificación en los talleres ya existentes, animando a más gente a renovar su viejo coche.
  • Daría el impulso definitivo a las energías renovables para la creciente demanda de recargar el coche “gratis” (con tus propios paneles solares).
  • Reduciríamos drásticamente la contaminación acústica en las ciudades, haciéndolas más habitables y reduciendo enfermedades relacionadas con el estrés.

Por último, también podemos decantarnos por comprar uno eléctrico de segunda mano. En ese caso hay que tener en cuenta que las baterías no son nuevas, mientras que si electrificas tu coche las baterías las eliges tú. En conclusión, actualmente en España no sale rentable convertir vehículos en eléctricos por las trabas burocráticas, cosa que no ocurre en Alemania o EE.UU. Esto debe acabar, ya que todo son ventajas, pero sobretodo, porque es el futuro. Sinceramente, no me veo en casa utilizando una aspiradora con petróleo… 😉

 Jorge García, Twitter: @jorgejabali
Diplomado en Ciencias Empresariales por la Universidad de Valencia

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Obsolescencia Programada: Consumir, desechar y destruir

Por: invitadoespecial

Rafael Toro Ruiz (@RToruiz), estudiante de periodismo

La generación de residuos tecnológicos destruye ecosistemas y recursos naturales.

Consumismo y obsolescencia programada: Dos términos que van de la mano. Dos tendencias perjudiciales para los ecosistemas mundiales. La sociedad se está convirtiendo en cómplice de un sistema engañoso que incita al consumo severo de todo tipo de productos, con la intención de ver aumentados los beneficios económicos de las grandes empresas multinacionales, empresas que, de la mano de la globalización, son hoy las encargadas de dictar las reglas del juego.

Un chaval que decide cambiar habitualmente su teléfono móvil, una empresa que decide renovar los ordenadores de sus oficinas, un instituto que decide adquirir nuevas impresoras de mayor calidad o una familia que decide comprar electrodomésticos nuevos para su hogar. Estas situaciones son ejemplos de cómo se producen cada año millones de toneladas de residuos tecnológicos y basura peligrosa. Y nuestro sistema es cómplice de ello.

La “obsolescencia programada” se refiere a adelantar por parte de las empresas el fin de la vida útil de un producto para que el consumidor se vea obligado a comprar otro. La sociedad aún no es plenamente consciente de que el consumismo de tecnología, unido al acortamiento de la vida útil de los productos, conducen a una contaminación cada vez mayor del medio ambiente, incluyendo la destrucción de ecosistemas en los países del tercer mundo, tanto por la extracción masiva de los diferentes recursos naturales necesarios para la fabricación, como por su desecho final.

Nuestro sistema actual, con las grandes empresas y los medios de comunicación como actores destacados, pretende hacer pagar al consumidor muchas veces en su vida por un mismo producto con modificaciones ínfimas o innecesarias. Pero, realmente, ¿este hecho es nuevo? Rotundamente no. Antecedentes de todo tipo explican el nacimiento y la consolidación de esta tendencia tan perjudicial. La obsolescencia programada es fruto de la revolución comercial, la acumulación del capital y los avances tecnológicos, así como, de la aparición del capitalismo financiero y del liberalismo económico. El “American way of life” nacido en EE.UU., poco a poco, se adentró en la sociedad. La felicidad y el bienestar basado en el consumismo eran ya reglas básicas en los años 60.

No te pierdas este breve documental animado sobre la obsolescencia programada y percibidaLa obsolescencia programada es una práctica demasiado habitual en la industria actual y sabemos que las autoridades la toleran: “Son los consumidores los que deberían exigir que se pongan multas a las empresas para evitar esta forma de fabricar productos”, expresa con preocupación el colectivo malagueño Aulaga. Todo esto conlleva un beneficio económico para la industria, aunque tiene un impacto muy negativo sobre los recursos disponibles y los ecosistemas mundiales. “Esto no tiene en cuenta la realidad de nuestro planeta finito en el que ni los recursos ni la energía son infinitos”, afirma Fran Pérez, de Ecologistas en Acción. La obsolescencia programada bebe hoy del sistema capitalista, que usa como pozo sin fondo los recursos de los países empobrecidos. Una vez que el primer mundo disfruta de dichos recursos, estos vuelven al tercer mundo en forma de basura contaminante: “Esto perpetua una gran rueda de miseria, problemas de salud, económicos y ambientales”, expresa Fran Pérez.

Según la ONU, generamos unos 50 millones de toneladas de residuos electrónicos al año, la mayor parte de ellos producidos en Occidente, que van a parar a países en vías de desarrollo, donde se apilan sin control. Esta basura electrónica se reparte entre dos grandes vertederos: Ghana (África) y Guiyu (China). La primera y más impactante consecuencia de esto es la destrucción de los ecosistemas. La basura sustituye a la fauna y a la vegetación. La riqueza ambiental se ve sumergida en millones de residuos apilados sin control, provocando desde la contaminación de aguas subterráneas con metales pesados y otros tóxicos, hasta la contaminación del aire en caso de que estos residuos se quemen, pasando por la extracción severa de recursos y la destrucción de ecosistemas.

Es necesario sumar a lo anterior la generación de residuos no biodegradables. Si bien, muchos de los componentes que se usan para fabricar los diferentes productos electrónicos no son tóxicos cuando el aparato es útil, esto cambia radicalmente cuando el aparato se desecha. Esto pasa principalmente con plásticos, vidrios, baterías o pantallas LCD, elementos perjudiciales tanto para la salud como para el medio ambiente, por contener productos químicos tóxicos cuando se liberan al medio.

Pero, sin duda, la consecuencia número uno de la obsolescencia es el abuso extremo de los recursos naturales. Teniendo en cuenta la baja tasa de reciclado, el sistema de producción se convierte en una “extracción continua y desenfrenada”, definido así por Fran Pérez. La mayoría de productos tecnológicos necesitan para su fabricación la extracción de metales y minerales como cadmio, cromo, mercurio o coltán, entre otros, recursos considerados no renovables.

Cuando se habla de obsolescencia programada, lo que más chirría en la actualidad es la dudosa voluntad de la UE para solventar el problema, así como el desconocimiento generalizado de la sociedad, que toma en muy pocas ocasiones la iniciativa para exigir a sus dirigentes cambios a este respecto. El caldo de cultivo de todo esto es que los gobiernos occidentales, más allá de tomar medidas o no para parar la obsolescencia programada y de velar por el interés general de la ciudadanía, en demasiadas ocasiones “se decantan más por favorecer los intereses de las empresas multinacionales”, afirma Aulaga.

En octubre de 2014 un país europeo mostró sus primeros deseos de luchar contra este fenómeno. El parlamento francés aprobó, dentro de la Ley de Transición Energética, multas de hasta 300.000 euros y penas de cárcel de hasta dos años para todos aquellos fabricantes que programaran de manera consciente el fin de la vida útil de sus productos. Esta normativa se convertiría en la primera legislación europea que reconocería, de manera abierta y sin tapujos, la existencia de la obsolescencia programada. Pero el intento fue en vano. Las medidas asomaron pero, rápidamente, volvieron a esconderse y nadie ha sido condenado aún. Dos años después de la aprobación de esta medida francesa, el resto del continente sigue prácticamente igual, España incluida.

Como afirman diferentes asociaciones ecologistas, en nuestro país hubo un momento en el que la sociedad parecía ser consciente del problema. Todos querían imitar la nueva normativa surgida en Francia pero, pese a que todo indicaba que España sería otro de los países en controlar de manera férrea a las empresas “tramposas”, llegamos a 2016 sin una normativa en este sentido. Hay voces, pequeños colectivos que lo intentan, aunque una vez más queda en evidencia la falta de firmeza de nuestro gobierno en este aspecto. “Para parar la destrucción de ecosistemas debemos comenzar deteniendo la rueda consumista de la obsolescencia programada. «El mejor residuo es el que no se genera» debería ser el eslogan de una humanidad coherente con sus actos y empática con el medio que la rodea”, afirma Fran Pérez.

Teniendo en cuenta el plan llevado a cabo por Francia, en los últimos meses se ha dejado ver alguna intención para fomentar la lucha contra la obsolescencia programada. Recortes Cero–Los Verdes fue una de las pocas candidaturas ecologistas que se presentó a las elecciones generales en España en 2016. En su programa reservó un espacio donde aboga por conseguir una “España ecológica y socialmente justa”. Esta candidatura incorpora la propuesta de legislar para “prohibir por ley la obsolescencia programada”. Pretenden así poner en marcha un nuevo modelo de mercado centrado en la sostenibilidad y el respeto al medio ambiente.

Todavía son pasos insuficientes y voces demasiado débiles. La obsolescencia programada genera innecesariamente cientos de miles de residuos que podrían evitarse. España es uno de los países con mayor protagonismo, pues sus 800.000 toneladas anuales de residuos electrónicos no pasan desapercibidas. Las soluciones no llegan y el reloj corre en contra de la sociedad y del medio ambiente.

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Caracteres psicológicos comunes en los ecologistas activos

Por: Pepe Galindo

Uno de los artículos más visitados de blogSOStenible trata de responder a la pregunta sobre QUÉ ES SER ECOLOGISTA. En síntesis, el auténtico ecologista (el que siente el ecologismo de verdad) es el que no para de cuestionarse cómo mejorar nuestra relación  con los demás y con lo demás, modificando y refinando su actitud hacia un sentimiento de mayor respeto hacia TODO, examinando hasta donde sea posible de dónde viene y a dónde va todo lo que usamos y las implicaciones que tiene que cada cosa pase por nuestras manos. No dejes de ver el genial y breve documental «La Historia de las Cosas» (te encantará si estás leyendo esto y aún no lo conoces). Esa eco-tarea no es simple pues hay intereses en que no veamos más de lo que sale en la publicidad, y requiere un trabajo personal de investigación que es continuo en este grupo de gente, que intenta ver más allá de lo que la publicidad esconde, o del precio de las cosas, y por eso los llamaremos Ecologistas Activos.

Si bien es cierto que no basta “reciclar” para ser ecologista, tampoco hace falta, por supuesto, ser un activista de GreenPeace (subirse a las centrales nucleares, o encaramarse a la fachada del Ministerio de Medio Ambiente para protestar). Ni siquiera hace falta ser socio o voluntario de ninguna de las variadas ONGs ambientales (Greenpeace, Ecologistas en accion, WWF, SEO/BirdLife, Amigos de la Tierra, Oceana…). Por supuesto, no es raro que los que llamamos Ecologistas Activos decidan unir esfuerzos y apuntarse a algún grupo de voluntarios ambientales, o simplemente ser socio de alguna ONG ambiental, para colaborar al menos económicamente a la realización de campañas ambientales y denuncias, que tanta falta hacen en nuestra sociedad.

Entre estos Ecologistas Activos encontramos al menos unas cuantas características psicológicas bastante comunes:

  • Son idealistas, en el sentido de que “viven por los ideales, aun en perjuicio de consideraciones prácticas” en sentido global, no local (cfr. WordReference). Desean alcanzar un ideal y trabajan por ello, aunque sepan a priori que su objetivo es inalcanzable o, lo que es peor, que ni siquiera puede medirse si hay un avance o retroceso. ♦Ejemplo: Se hacen veganos, vegetarianos o flexitarianos (casi vegetarianos), o reducen su consumo de ciertos pescados por convicción, pero sabiendo que su influencia personal puede ser poco apreciable o apreciada.
  • Son prácticos, porque aunque difundan datos científicos, al final actúan en su vida cotidiana. Su lema suele ser pensar globalmente, pero actuar localmente.
  • Son obstinados (cabezotas), manteniendo su decisión y empeño por encima de argumentos razonables o de las dificultades que se presenten, pero también son flexibles ante opiniones ajenas que tengan algo de razonable. Trabajan por ese “ideal” aunque tengan argumentos que lleven al pesimismo, o tengan claras las dificultades que impedirán alcanzarlo. ♦Ejemplo: Viendo el rumbo de la humanidad, hay muchos datos para el pesimismo y pocos para el optimismo, pero eso no les amedranta y, de hecho, el sentimiento ecologista parece estar creciendo, lo cual es un dato para el optimismo.
  • Son optimistas, y aunque haya argumentos para el pesimismo, se contentan con objetivos más modestos y con la tranquilidad de conciencia de, al menos, haberlo intentado.
  • Son sensibles, y sufren ante la problemática ambiental y social, pues el auténtico ecologismo es humanista y el auténtico humanismo ha de ser ecologista. No es cuestión de anteponer la Naturaleza al ser humano, sino de entender que el hombre necesita la Naturaleza. ♦Ejemplo: Ante las corridas de toros no pueden ver una mera diversión o tradición, sino el sufrimiento de un animal y así, cualquier argumento falsamente ecologista, como la conservación de las dehesas para los toros, además de ser falso carece de valor ante tanta crueldad (y mucho menos otros argumentos más vanos como ser cultura o arte). Las corridas de toros son un problema ético, no ecológico, pero es complicado encontrar un ecologista que no sufra ante este problema.

Entre otros caracteres que posiblemente también son comunes podemos encontrar el ser exigentes consigo mismo (y a veces con los demás), o el tener inteligencia divergente, perciben de manera múltiple la realidad y detectan problemas que se salen del campo de visión normal, proponiendo soluciones también divergentes u originales, que pueden causar extrañeza en sus convecinos y, en demasiadas ocasiones, también rechazo.

Dentro de los ecologistas activos, como en todos los colectivos, hay distintos grados de compromiso (o radicalidad), pero ante un grifo que gotea ninguno verá solo unas míseras gotas de agua, sino la injusticia de desperdiciar agua en un mundo donde escasea, junto con el enorme gasto en energía e infraestructuras que se requiere para conseguir que un grifo pueda “gotear”.

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Cuadro de Mando Integral y RSE (2/2): Una Perspectiva Medioambiental para Mejorar tu Empresa

Por: Pepe Galindo

La sociedad está cambiando. Los consumidores ahora saben que hay cosas que se esconden detrás de los anuncios de publicidad, y las redes sociales amplían nuestras fuentes de información. La gente va sabiendo que hay niños explotados en plantaciones de cacao, o corrupción exagerada en empresas de electricidad, por citar dos graves ejemplos, y muchos no están dispuestos a apoyar ni directa ni indirectamente tales barbaridades. Por eso, la reputación de tales empresas cae, sus inversores se alejan, y sus beneficios o posibilidades de mejorarlos también.

En un artículo anterior dábamos un resumen del Cuadro de Mando Integral (CMI, o BSC), de la Responsabilidad Social Empresarial (RSE), y de su importancia. La utilidad del CMI quedó clara para cualquier organización (y no sólo para empresas, donde hasta ahora tiene más éxito). El CMI ayuda a conseguir los objetivos de una organización, pero no vale hacerlo a cualquier precio, es preciso usar la ética: no sólo porque lo requiere la ley o los intereses financieros, sino porque evitaremos riesgos reputacionales que nos mermarán la capacidad de alcanzar nuestros objetivos (incluyendo ahí, por supuesto, los financieros). También ampliaremos activos tangibles e intangibles, y conseguiremos mayor felicidad personal y corporativa.

Pero es preciso que los directivos entiendan que la RSE no es sólo para quedar bien (greenwashing), sino que ahorra riesgos de gastos (por errores, multas… ), riesgos en la reputación, además de mejorar los intangibles. Si se incorpora como norma en la organización, la RSE evita problemas cada vez que hay que modificar algún proceso (por demandas externas, por leyes, por los inversores, por protestas ciudadanas…). La RSE siempre sale rentable, pero no siempre podemos cuantificarla económicamente.

Un ejemplo: El Banco Santander financia a la papelera APRIL, implicada en la destrucción de la selva tropical de Indonesia. En 2014, el Santander lo supo y no hizo nada. En 2015, cuando la ONG GreenPeace denunció y publicó el caso recogiendo casi 200.000 firmas, decidió actuar y cumplir sus compromisos firmados de RSE. ¿Cuántos clientes u operaciones perdió por esa mala imagen? Sin duda, hubiera sido mejor atajar el problema en cuánto se supo, ya que ahora es un ejemplo que aún mancha su mala imagen. Otro ejemplo lo vimos en la primera parte de este artículo, donde vimos cómo no querer adaptarse a los nuevos tiempos con energía renovable, está acabando con el negocio de algunas empresas de electricidad, pues están perdiendo clientes masivamente a favor de empresas de electricidad renovable.

Entonces, «empresa responsable» no es sólo aquella que paga por un informe de RSE, sino que es la que consigue que la RSE esté en todos los ámbitos de la empresa (ver vídeo). Hay que unir RSE a lo largo de toda la cadena del CMI (o mapa estratégico). Sin ánimo de ser exhaustivos, aquí vamos a dar algunas ideas para cada perspectiva, aunque los detalles concretos dependerá del tipo de organización, y de su sector de trabajo.

Algunos expertos proponen crear una perspectiva ambiental en el CMI, para darle la importancia que, sin duda, merece. Esta perspectiva ambiental estudiaría el impacto de la organización en el planeta, y la influencia del medio ambiente en la organización. Pero también se pueden conservar las 4 perspectivas tradicionales, y estudiar en cada una de ellas el tema ambiental:

  1. Perspectiva VITAL/Financiera: Es preciso aquí clarificar para qué existe la empresa u organización, cuáles son sus objetivos más importantes, y sus valores. Por supuesto, si es una empresa normal, tendrá que ganar dinero y ese será uno de sus objetivos. Eso es bueno. Lo malo es cuando ese es el único objetivo, y no hay otros valores. Por tanto, hay que meter otros objetivos fundamentales y pensar en cómo medir si los logramos o no.
    • Ejemplos de indicadores en esta perspectiva pueden ser: Además de objetivos financieros, es preciso colocar otros objetivos, como por ejemplo que nos permitan medir cómo conecta la organización con las necesidades sociales de la población local, o cómo contribuye a la sociedad en su conjunto (mejoras ambientales, sociales, huella ecológica…). Deben tenerse en cuenta también las inversiones en sectores éticos, y las operaciones en banca ética: una empresa ética no puede trabajar con un banco tradicional. Indicadores que midan la satisfacción de empleados y clientes pueden colocarse aquí o en otras perspectivas, pero es fundamental medirlo de alguna forma.
  2. Perspectiva del Beneficiario (o del cliente): Consiste en ver la organización a través de los ojos de las personas que se benefician de ella. En las posibles encuestas, será preciso medir el interés en temas ambientales de los mismos. Desde un punto de vista práctico, aquí lo más importante es la satisfacción del beneficiario o cliente. Pero tener clientes satisfechos no implica estar haciendo las cosas bien y eso puede suponer un riesgo reputacional que nos genere problemas en el futuro. El objetivo será minimizar los daños ambientales de los clientes, para conseguir la plena sostenibilidad.
    • Ejemplos de indicadores: Se pueden medir las facilidades que la empresa ofrece a los clientes para arreglar sus averías, o para reciclar sus residuos (aparatos antiguos, por ejemplo).
  3. Perspectiva de Procesos Internos: En el apartado quizás más importante hay que evaluar los riesgos: de accidentes laborales a nuestros trabajadores, de contaminación ambiental… Un vertido o el anuncio de una actividad mala para el medioambiente o para la sociedad, podría tener más pérdidas en clientes presentes y futuros que en indemnizaciones. Algunas empresas no valoran su impacto ambiental (huella ecológica) porque piensan que es caro, sin ni siquiera hacer estudios que miren los costes, la calidad final, y sus relaciones con la comunidad (imagen, reputación, intangibles…). Por ejemplo, la empresa Shell reduce sus beneficios, cada vez que se publica algo de su contaminación y abusos en Níger o de su destrucción en el Ártico. La contratación de electricidad de origen renovable es un factor que muchas empresas utilizan para reducir sus huellas (ecológica, hídrica…), y mejorar su reputación. Es obvio que es preciso también ser exigentes con los proveedores, para no externalizar los impactos negativos. La deslocalización es un proceso por el que algunas empresas sitúan sus centros de trabajo (o subcontratan a otras empresas) en países donde la mano de obra es más barata, o la legislación no es tan estricta (laboral, ambiental, de seguridad…). Un grave accidente en Bangladesh destapó el abuso a mujeres por prestigiosas marcas de ropa, como Zara. Entre las muchas ideas de sostenibilidad, podemos encontrar algunos indicadores interesantes.
    • Ejemplos de indicadores: Tasa de reducción en CO2 u otros tóxicos, tasas de reciclaje, eficiencia energética y material, evaluación de calidad y durabilidad de los productos elaborados (evitar obsolescencia), proyectos o iniciativas sociales/ambientales o de eco-innovación, evaluaciones de impacto ambiental efectuadas, informes de RSE, inversiones en sectores no éticos (armas, energías fósiles…), huellas y otras medidas (de la organización, y de sus suministradores), implantación de energías renovables (autoconsumo solar), número de riesgos ambientales/sociales en nuevos/viejos productos o servicios (multas, o incumplimientos de la normativa interna), y a qué población y extensión afectan, proveedores con informe de RSE positivo, desarrollo de la ley de las 3 erres, sustitución de ingredientes o componentes perjudiciales o de producción lejana (transgénicos, aceite de palma, productos de soja, grasas trans…), auditoría energética (consumo en standby)… Como puede verse, la lista de posibles indicadores ambientales es inmensa.
  4. Perspectiva de Aprendizaje y Crecimiento: Aquí hay que estudiar si es preciso hacer cambios para conseguir mejorar los indicadores y objetivos de las anteriores perspectivas. ¿Están los empleados bien formados? ¿Es la maquinaria adecuada? ¿Estamos usando procedimientos correctos? ¿Hay un clima de trabajo agradable? Para todo esto, las encuestas a los empleados son muy importantes, y que ellos sepan que sus opiniones son escuchadas.
    • Ejemplos de indicadores: Medir la satisfacción de los empleados, y su conciencia ambiental, huella ecológica por cada puesto (o por empleado), acceso de los empleados a información sobre sostenibilidad y al informe RSE de la organización… Por otra parte, la reposición de máquinas mejores (menos contaminantes, más eficientes…) puede ser un buen indicador, pero a veces puede ser engañoso.

Los resultados económicos miran parcialmente el pasado de la empresa, pero el CMI y la RSE predicen y conducen el futuro. La RSE no es cosa sólo de directivos, sino que hay que implicar a toda la empresa, y mejorar la comunicación, en todas las direcciones. La Responsabilidad Social Individual, marca la diferencia, y este vídeo seguro que te va a gustar:

Más información:

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Proteger la Naturaleza y Vivir de Ella es Posible: Libro “Campos de Vida”

Por: Pepe Galindo

El libro “Campos de Vida demuestra que es posible la conservación de la biodiversidad y la explotación responsable de la Naturaleza. Las quince experiencias que se explican son variadas y recorren toda la geografía española.

Entre la gente entrevistada aparece Cándido Insúa impulsor de la Reserva Marina de Os Miñarzos (La Coruña), sobre la que ya recomendamos un corto documental en otra entrada de blogSOStenible. Cándido, pescador con más de cuarenta años de experiencia, reconoce que lo que quiere no es pescar más, sino menos, para garantizar el futuro a su hijo y para que en vez de estar pescando diez horas, sean cuatro con un salario digno.

También aparecen los campos de arroz ecológico en el delta del Ebro de Tarragona (www.rietvell.com y su eco-tienda online), la conservación de aves esteparias en Zamora, la Reserva Marina Isla de Tabarca (Alicante) y su protección de la Posidonia oceánica, la elaboración de quesos tradicionales conservando el quebrantahuesos en los Picos de Europa (www.pastoresdebiodiversidad.es), el respeto a aves nidificantes de los regantes en Navarra (www.lagunadeviana.es), la conservación de cultivos autóctonos sin fitosanitarios en Álava (www.circuitocorto.es) y La Rioja (www.elcolletero.org), las ventajas de la trashumancia en Cuenca, el olivar ecológico en Toledo y Ciudad Real, la ganadería ecológica en Menorca, la convivencia entre flora autóctona y viñedo ecológico en Lanzarote (www.losbermejos.com), el corcho FSC de Andalucía, la recuperación de canasteras y arbustos autóctonos en Murcia (www.asociacionanse.org), y la promoción de agricultura y ganadería ecológicas a lo largo del río Tajo (www.ecosdeltajo.org).Libro sobre sostenibilidad del autor de esta entrada: Problemas y soluciones factibles

Otros libros interesantes:

NOTA: Publicamos esta entrada un 22 de Abril, Día Mundial de Pachamama, Día de la Tierra… y víspera del Día del Libro… mira aquí otros días para reflexionar… y actuar.

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La anomalía humana y el mito del derecho a dominar

Por: invitadoespecial

El mayor error no ha sido industrial.
No ha sido tecnológico.
No ha sido económico.
Ha sido ontológico.

Hemos asumido que tenemos derecho a existir por encima del resto.

No simplemente a existir —que es algo que compartimos con cualquier cosa— sino a hacerlo con prioridad, con privilegio, con supremacía moral. Hemos convertido nuestra presencia en argumento suficiente. Nuestra inteligencia en justificación. Nuestra capacidad técnica en permiso.

Y desde ahí todo se vuelve posible. Se destruye un bosque porque “hace falta”. Se seca un río porque “es necesario”. Se desplaza una especie porque “no queda alternativa”.

La palabra cambia. El fondo no.

Lo que subyace siempre es la misma convicción silenciosa: que nuestra continuidad vale más.

El espejismo del desarrollo sostenible

Se habla de desarrollo sostenible como si fuera una fórmula neutral, casi matemática. Como si bastara con ajustar variables: menos emisiones, más eficiencia, mejores tecnologías… Pero hay una pregunta que rara vez se formula: ¿Puede ser sostenible una especie que se ha declarado superior?

El problema no es la técnica. Es la jerarquía. Mientras el ser humano se sitúe fuera del sistema vivo y se otorgue el papel de gestor, árbitro o salvador, cualquier modelo seguirá siendo extractivo, aunque lo pintemos de verde (greenwashing). Cambiar combustibles no cambia la lógica. Cambiar etiquetas no cambia la estructura mental.

Si el objetivo sigue siendo mantener el mismo volumen de expansión, el mismo nivel de intervención y la misma escala de control, no hay transformación real. Solo optimización del impacto. Y optimizar el daño no es lo mismo que dejar de causarlo.

La idea del derecho

Hablamos constantemente de derechos humanos, pero casi nunca hablamos del derecho del bosque a seguir siendo bosque; del derecho del río a fluir sin canalización; del derecho del territorio a no ser fragmentado. ¿Por qué?

Porque en el fondo seguimos creyendo que los demás existen en función de nosotros. Que su valor es condicional. Que su continuidad depende de nuestra evaluación.

Eso no es convivencia. Es administración. Y la administración siempre implica poder.

La anomalía

Durante millones de años, la vida en la Tierra se organizó sin jerarquías morales entre especies. Depredación, cooperación, equilibrio, colapso y regeneración formaban parte de un mismo tejido dinámico. Ninguna especie necesitó declararse superior para sobrevivir.

Solo una ha construido un sistema entero basado en esa idea. Eso nos convierte en una anomalía. No por existir, sino por haber roto la proporcionalidad.

La naturaleza no funciona bajo el principio de supremacía. Funciona bajo el principio de equilibrio dinámico. Cuando una población crece por encima de la capacidad del entorno, el sistema corrige. No por castigo, no por moralidad, sino por ajuste.

Siempre ha sido así. Pensar que estamos fuera de esa ley es una ilusión reciente. Y peligrosa.

Corrección

La Tierra no necesita que la salvemos. No necesita nuestra compasión ni nuestra gestión. Los sistemas vivos tienden a reorganizarse. A veces con nosotros. A veces sin nosotros.

El equilibrio no es una promesa amable. Es una consecuencia.

Si una especie altera demasiado el conjunto, el conjunto responde. No desde la venganza, sino desde la física básica de la vida. Negar esto no nos protege.

Aceptar que no tenemos derecho a existir por encima del resto no es autoflagelación ni misantropía. Es recuperar la proporción. Es entender que formar parte no significa dominar.

La verdadera ruptura no fue la industrialización. Fue el momento en el que decidimos que nuestra continuidad justificaba cualquier coste externo. Ahí empezó la desconexión.

Y mientras sigamos llamando progreso a la expansión ilimitada de una sola especie, el conflicto no será técnico. Será estructural. No se trata de odiar lo humano. Se trata de abandonar la idea de excepción.

No somos propietarios del planeta. No somos su finalidad. No somos su razón de ser. Somos una parte. Y cualquier parte que olvida eso termina siendo corregida. No por ideología. Por equilibrio.

David Orgaz Barreno
Bloguero en Voces de la tierra sagrada

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El mayor error no ha sido industrial.
No ha sido tecnológico.
No ha sido económico.
Ha sido ontológico.

Hemos asumido que tenemos derecho a existir por encima del resto.

No simplemente a existir —que es algo que compartimos con cualquier cosa— sino a hacerlo con prioridad, con privilegio, con supremacía moral. Hemos convertido nuestra presencia en argumento suficiente. Nuestra inteligencia en justificación. Nuestra capacidad técnica en permiso.

Y desde ahí todo se vuelve posible. Se destruye un bosque porque “hace falta”. Se seca un río porque “es necesario”. Se desplaza una especie porque “no queda alternativa”.

La palabra cambia. El fondo no.

Lo que subyace siempre es la misma convicción silenciosa: que nuestra continuidad vale más.

El espejismo del desarrollo sostenible

Se habla de desarrollo sostenible como si fuera una fórmula neutral, casi matemática. Como si bastara con ajustar variables: menos emisiones, más eficiencia, mejores tecnologías… Pero hay una pregunta que rara vez se formula: ¿Puede ser sostenible una especie que se ha declarado superior?

El problema no es la técnica. Es la jerarquía. Mientras el ser humano se sitúe fuera del sistema vivo y se otorgue el papel de gestor, árbitro o salvador, cualquier modelo seguirá siendo extractivo, aunque lo pintemos de verde (greenwashing). Cambiar combustibles no cambia la lógica. Cambiar etiquetas no cambia la estructura mental.

Si el objetivo sigue siendo mantener el mismo volumen de expansión, el mismo nivel de intervención y la misma escala de control, no hay transformación real. Solo optimización del impacto. Y optimizar el daño no es lo mismo que dejar de causarlo.

La idea del derecho

Hablamos constantemente de derechos humanos, pero casi nunca hablamos del derecho del bosque a seguir siendo bosque; del derecho del río a fluir sin canalización; del derecho del territorio a no ser fragmentado. ¿Por qué?

Porque en el fondo seguimos creyendo que los demás existen en función de nosotros. Que su valor es condicional. Que su continuidad depende de nuestra evaluación.

Eso no es convivencia. Es administración. Y la administración siempre implica poder.

La anomalía

Durante millones de años, la vida en la Tierra se organizó sin jerarquías morales entre especies. Depredación, cooperación, equilibrio, colapso y regeneración formaban parte de un mismo tejido dinámico. Ninguna especie necesitó declararse superior para sobrevivir.

Solo una ha construido un sistema entero basado en esa idea. Eso nos convierte en una anomalía. No por existir, sino por haber roto la proporcionalidad.

La naturaleza no funciona bajo el principio de supremacía. Funciona bajo el principio de equilibrio dinámico. Cuando una población crece por encima de la capacidad del entorno, el sistema corrige. No por castigo, no por moralidad, sino por ajuste.

Siempre ha sido así. Pensar que estamos fuera de esa ley es una ilusión reciente. Y peligrosa.

Corrección

La Tierra no necesita que la salvemos. No necesita nuestra compasión ni nuestra gestión. Los sistemas vivos tienden a reorganizarse. A veces con nosotros. A veces sin nosotros.

El equilibrio no es una promesa amable. Es una consecuencia.

Si una especie altera demasiado el conjunto, el conjunto responde. No desde la venganza, sino desde la física básica de la vida. Negar esto no nos protege.

Aceptar que no tenemos derecho a existir por encima del resto no es autoflagelación ni misantropía. Es recuperar la proporción. Es entender que formar parte no significa dominar.

La verdadera ruptura no fue la industrialización. Fue el momento en el que decidimos que nuestra continuidad justificaba cualquier coste externo. Ahí empezó la desconexión.

Y mientras sigamos llamando progreso a la expansión ilimitada de una sola especie, el conflicto no será técnico. Será estructural. No se trata de odiar lo humano. Se trata de abandonar la idea de excepción.

No somos propietarios del planeta. No somos su finalidad. No somos su razón de ser. Somos una parte. Y cualquier parte que olvida eso termina siendo corregida. No por ideología. Por equilibrio.

David Orgaz Barreno
Bloguero en Voces de la tierra sagrada

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El fin de la violencia

Por: Pepe Galindo

Una noticia reciente: El Gobierno lleva a la Fiscalía los discursos de odio contra meteorólogos y divulgadores climáticos. Una vez más, vemos que la polarización y el negacionismo trabajan para ciertos intereses (destructivos).

Para corregir un error, lo primero es admitirlo. Reconozcamos que algunos de los pilares de nuestra sociedad están construidos sobre la violencia.

  • El patriarcado se reconoce cuando vemos la agresividad contra las mujeres y los niños.
  • El antropocentrismo —decía Marta Tafalla— nos ha llevado a que se pierdan especies a un ritmo insólito.
  • El ecocidio es una forma de brutalidad contra toda la biosfera, humanos incluidos (especialmente mujeres, niños y personas pobres).
  • El racismo —disfraz común de la aporofobia— necesita violencia sobre la que articularse.
  • Los paraísos fiscales, el turismo depredador o los impuestos regresivos (el IVA, por ejemplo) son una forma legal de promover una desigualdad que salpica violencia contra los más pobres, a los que expulsa fuera de los márgenes para luego culparlos por buscarse la vida donde a las élites no les interesa.

Afirmar que la violencia es intrínseca al ser humano es negarse a comprender que detrás de cada misil, de cada bala y de cada puñetazo hay una mano gobernada por una mente humana. La violencia —como la paz— se puede enseñar, se puede aprender y también se puede desaprender.

La paz como camino

El camino de la no violencia (ahimsa) no es el de la resignación ni el de la indiferencia. Implicarse en la paz exige coherencia en los gestos cotidianos: en lo que consumimos, en lo que toleramos y en lo que legitimamos. Nuestro voto democrático y nuestras exigencias políticas influyen e importan, incluso aunque nuestra opción no consiga ni un escaño. Cada día es un reto para educar (y educarnos) en pacifismo, feminismo, ecoanimalismo, etc.

En este sentido, deberíamos rechazar productos o eventos que apoyen actos de violencia. Por ejemplo, productos procedentes de países que ejercen violencia desmedida (Israel, Rusia, Estados Unidos, Arabia Saudí, Marruecos…), pero también películas, publicidad o videojuegos, contenidos que normalizan la violencia. Por supuesto, la gran mayoría de adolescentes sabe distinguir entre disparar en un videojuego y disparar en la vida real, pero acostumbrarse a hacerlo —de jóvenes— en el mundo virtual, facilita dar el salto a hacerlo en el mundo real.

Lo saben bien los cazadores y los taurinos. Si no enseñas a los niños este tipo de agresividad, será más difícil que de mayores quieran disparar a un ciervo o disfrutar del sufrimiento de un toro sangrando. Una mente educada en la paz jamás disfrutará de la violencia. Lo que deja de parecernos aceptable termina dejando de practicarse.

Tiempos turbios como el petróleo

Corren tiempos extraños en los que un presidente de Estados Unidos insulta, promueve la rebelión, ataca, bombardea, justifica un genocidio, exige un aumento del gasto militar…, y acto seguido pide para sí mismo el Premio Nobel de la Paz. La contradicción ya no escandaliza: se ha normalizado. Resulta igualmente revelador que la ganadora del premio en 2025 —la venezolana María Corina Machado— quisiera compartirlo con Donald Trump por el mérito de haber secuestrado —mediante bombas y crueldad— al presidente de Venezuela. Por muy indigno presidente que fuera Nicolás Maduro, usar la violencia contra él jamás debería ser el argumento para merecer un premio pacifista.

Ante el petróleo robado, han surgido empresas-vampiro como Repsol, que se han arrodillado ante Trump para conseguir un trozo de la sangre venezolana. Repsol se hundiría en ventas y en bolsa, si la España de hoy fuera la misma que la España del «No a la guerra» contra Aznar (2003) o la España del 15-M (2011). ¿Quién quiere repostar en una empresa que roba a un país hermano?

España estalló contra la guerra de Irak en la que nos metió el presidente Aznar. ¿Qué protestas hay en Estados Unidos contra el robo de petróleo a otros países? ¿Qué protestas hay en Israel contra el genocidio de sus vecinos palestinos? Apenas las hay; en parte porque ha existido una educación comprensiva o que justifica cierta violencia.

Sumar gestos para la paz

No hace falta gritar en las calles. Basta con boicotear todo lo que provenga de empresas o países violentos o que se aprovechen de la violencia de otros. Cada gesto —también en redes sociales— suma o resta. No es lo mismo presumir de unos pendientes de oro que posar con una kufiya palestina. Consumir es más poderoso que votar.

La no violencia —especialmente hacia los animales— es un arma muy poderosa que, además, se contagia por vía oral. Hay mil ejemplos, desde Gandhi hasta casos más recientes, que muestran que la resistencia no violenta puede erosionar sistemas aparentemente inamovibles. La fuerza de la no violencia no reside en la pasividad, sino en su capacidad de deslegitimar la violencia sin reproducirla. Palestina ha encontrado más éxito y más apoyo internacional ejerciendo la no violencia que con atentados terroristas. La Flotilla de la Libertad es solo un ejemplo vivo que nace para frenar a una potencia violenta, para desacreditarla y para complicarle la existencia sin derramar nada de sangre.

Un buen punto para comenzar a construir una sociedad pacífica sería acercarnos al veganismo. Si conseguimos una sociedad sensible al sufrimiento de un pez o de una gamba, habremos caminado en paz más de la mitad del camino.

♦ Sobre pacifismo:

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Sabiduría del agua: lo que las primeras civilizaciones sabían (y nosotros hemos olvidado)

Por: invitadoespecial

Cuando hablamos de civilización y tecnología, solemos pensar en el presente: satélites, inteligencia artificial, rascacielos de cristal, embalses colosales… y sin embargo, cada vez que excavamos el pasado, algo nos hace detenernos.

Una y otra vez, las primeras civilizaciones de la humanidad nos dan una lección de sabiduría que resulta más moderna y más urgente que muchos avances de hoy. Especialmente en algo esencial y sagrado: el agua.

¿Quiénes son los verdaderamente avanzados?

Panorámica de las ruinas de Mesa Verde, en el parque nacional del mismo nombre, Colorado, EEUU.Observamos las antiguas civilizaciones de Caral, Sumeria, Egipto, Harappa, los Olmecas, los Anasazi, los Celtas o los Minoicos y nos enfrentamos a un espejo incómodo pero revelador: fueron pueblos que vivieron en profunda armonía con la naturaleza, frente a una civilización moderna que ha hecho del desequilibrio su norma.

Estas culturas, a pesar de haber surgido en entornos climáticos difíciles (desiertos, selvas, montañas, islas volcánicas…), no impusieron su voluntad sobre la Tierra, sino que aprendieron a escucharla, leerla y fluir con ella.

  • Su gestión del agua no era extractiva, sino ritual y cooperativa: desde los canales sagrados de Caral hasta las cisternas de Dholavira o los pozos urbanos de Harappa, el agua era vista como fuente de vida y equilibrio, no como recurso ilimitado para explotar.
  • Su agricultura era regenerativa, local y sabia: sin monocultivos, sin pesticidas, sin devastación masiva del suelo. Cultivaban con la luna, rotaban los cultivos, respetaban el descanso de la tierra. La productividad no se medía en toneladas, sino en sostenibilidad multigeneracional.
  • Sus construcciones estaban integradas en el paisaje: ciudades de adobe que respiraban con el clima, terrazas que evitaban la erosión, palacios con ventilación natural, drenajes que imitaban el curso del agua. La arquitectura no se alzaba contra la naturaleza, sino que se tejía con ella.

En cambio, la civilización actual es tecnológicamente brillante pero espiritualmente desarraigada; ha olvidado esa danza antigua con el entorno. Nuestra relación con la naturaleza se ha vuelto instrumental, industrial y destructiva:

  • Construimos megaciudades que devoran suelo fértil.
  • Contaminamos ríos y construimos represas sin alma.
  • Industrializamos la agricultura hasta el punto de envenenar la tierra que nos da de comer.
  • Hemos sustituido el calendario solar por el de las bolsas de valores.

¿A qué precio? Todo esto se paga con crisis hídrica, colapso de suelos, pérdida de biodiversidad, enfermedades crónicas, ansiedad colectiva, cambio climático, etc.

Y, sin embargo, esas culturas del pasado —que llamamos «primitivas»— nos dejaron un mapa diferente. Un mapa basado en el equilibrio, la observación, la reverencia y la reciprocidad.

Ellos no hablaron de «desarrollo sostenible». Vivieron sosteniblemente. No necesitaban salvar el planeta, porque nunca lo pusieron en peligro.

El agua: de diosa a mercancía

Para las culturas ancestrales, el agua no era simplemente un recurso. Era vida, madre, deidad, ritmo del mundo.

Desde el Nilo en Egipto hasta los canales de la civilización Caral en Perú, pasando por los pozos de Harappa y los acueductos subterráneos de los Nazca, el agua se entendía como algo que se respeta, se honra y se distribuye con sabiduría.

En cambio, el mundo moderno ha convertido el agua en una mercancía: se compra, se desperdicia, se contamina y se sobreexplota. Hoy, el agua fluye al ritmo del dinero, no del ciclo natural.

¿Más antiguos o más avanzados?

Las culturas de la antigüedad desarrollaron sistemas hidráulicos tan ingeniosos y sostenibles que, muchas veces, superan en eficiencia ecológica a los de nuestra era.
A continuación, veamos algunos de los logros hidráulicos más sorprendentes de la historia antigua.

Egipcios (Egipto, ~3000 a.C.)

  • No represaban el Nilo. Lo seguían, lo escuchaban.
  • Usaban nilómetros para medir las crecidas y planificar cosechas.
  • Sus canales de irrigación respetaban el cauce natural del río.

La ingeniería iba de la mano del cosmos, no en contra de él.

Harappa y Dholavira (India, ~2600 a.C.)

  • Diseñaron ciudades enteras con sistemas de drenaje pluvial subterráneos.
  • Cada casa tenía su propio pozo de agua limpia.
  • Construyeron depósitos escalonados para recolectar agua de lluvia.

¿Moderno? Sí. ¿Contaminante? No. Más de 4000 años antes que los sistemas urbanos actuales.

Minoicos (Creta, ~2000 a.C.)

  • Tenían tuberías presurizadas de cerámica, baños con desagüe y agua corriente.
  • Colectaban agua de lluvia desde los techos hacia cisternas internas.

Su sistema de plomería era más higiénico y ecológico que el de muchas ciudades del siglo XXI.

Nazca (Perú, ~500 d.C.)

  • Crearon los puquios, acueductos en espiral que traían agua subterránea del desierto.
  • No necesitaban bombas ni motores. Solo gravedad, piedra, aire y precisión.

A día de hoy, varios puquios siguen funcionando. ¿Cuánto duran nuestras infraestructuras modernas sin mantenimiento?

Anasazi (EE.UU., ~1000 d.C.)

  • Vivían en el desierto y captaban agua de lluvia en cisternas.
  • Usaban diques de piedra y zanjas para evitar la erosión.
  • Practicaban agricultura de secano sin agotar el suelo.

Con técnicas que hoy llamamos «resiliencia hídrica», vivieron siglos sin colapsar su ecosistema.

¿Qué hacemos hoy? Comparemos

♦ Civilizaciones antiguas:

  • Uso del agua: moderado y cíclico.
  • Infraestructura: adaptada al entorno.
  • Contaminación: casi inexistente.
  • Relación con el agua: sagrada/espiritual.
  • Durabilidad de sistemas: algunos siguen funcionando hoy.
  • Agricultura: rotación, policultivo, respeto a la tierra y su biodiversidad.

♦ Civilización actual:

  • Uso del agua: excesivo y lineal.
  • Infraestructura: invasiva, cara y contaminante.
  • Contaminación: masiva, industrial y continua.
  • Relación con el agua: técnica y comercial.
  • Durabilidad de sistemas: requieren mantenimiento constante.
  • Agricultura: monocultivos con agroquímicos y sobreexplotación de recursos.

La ecología como legado, no como moda

Como decíamos, estas culturas no hablaban de «sostenibilidad». La vivían. No necesitaban tratados climáticos ni cumbres de emergencia, porque sabían —de forma orgánica y colectiva— que si destruyes la fuente, no hay futuro que salvar.

Hoy, a pesar de nuestra tecnología, inteligencia artificial y satélites, hemos olvidado lo más básico:

El agua no se domina, se comprende.
La tierra no se explota, se honra.
El entorno no es recurso, es hogar.

Las civilizaciones antiguas, lejos de ser primitivas, fueron profundamente sofisticadas en su relación con el planeta. Y en ese espejo, vemos más que el pasado: vemos una guía hacia el futuro.

¿Y si el verdadero avance… es volver a recordar?

Quizás no necesitamos inventar tanto como creemos. Tal vez solo debamos escuchar lo que ya sabían los sabios del agua: que el conocimiento verdadero no destruye. Cultiva. Conecta. Cuida.

Margarita Arnal Moscardó
Escritora y novelista espiritual

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invitadoespecial

Panorámica de las ruinas de Mesa Verde, en el parque nacional del mismo nombre, Colorado, EEUU.

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