Es un plato muy original que probablemente nunca has probado y que te va a sorprender. Utiliza solo ingredientes de origen vegetal —lo que contribuye a minimizar el sufrimiento (animal y ambiental)— y no olvida las proteínas vegetales, aquí en forma de legumbres germinadas y frutos secos.
Para hacer este plato tienes que preparar primero tus lentejas germinadas. Si no sabes cómo, te diremos que es muy fácil y te dejamos este artículo en el que se explica. Recordemos que las legumbres germinadas (lentejas, garbanzos, alubias, etc.) son semillas que han comenzado a brotar y que resultan más digestivas y nutritivas; con más vitaminas y antioxidantes; y con menosantinutrientes, ideales para comer en verano, tanto en platos fríos como calientes.
Esta es una receta simple y flexible. Es decir, puedes jugar a modificar los ingredientes según lo que tengas a mano.
Aceite (AOVE), sal y especias al gusto (recomendamos solo pimentón, pero puedes innovar con albahaca, orégano u otros condimentos que te gusten).
Opcional:
Frutos secos: almendras, pipas de girasol o de calabaza, nueces…
Otras verduras: ajo, calabacín, pimiento rojo…
◊ Preparación:
Trocear los puerros (o la cebolla) a trocitos pequeños y ponerlos en la sartén junto con los guisantes y un poco de aceite. Remover regularmente para que no se quemen.
Mientras, pelamos y troceamos las zanahorias y las metemos al microondas unos 4 minutos antes de añadirlas a la sartén. Podemos saltarnos el paso del microondas, pero la zanahoria quedará un poco dura (salvo que se eche antes con más aceite).
Si hay otras verduras, se pueden trocear y echar a la sartén directamente, o bien, pasarlas previamente unos minutos al microondas para ahorrar tiempo y utilizar menos aceite.
Es el momento de echar los frutos secos, al gusto. Recomendamos picarlos un poco (con un almirez, por ejemplo) y tostarlos previamente en una sartén aparte, sin aceite.
Cuando las verduras estén cocinadas, se sirven en los platos, echando por encima las lentejas germinadas. Nuestra sugerencia es no cocinar mucho las verduras. Si se quedan al dente, tienen más sabor y más nutrientes.
Condimentar cada plato al gusto: aceite crudo, sal y pimentón (o lo que se desee).
Haz clic para ver este vídeo que lee este artículo.
◊ Acompañamientos opcionales: Se puede acompañar este plato con un filete de seitán a la plancha, con arroz blanco o con una patata asada al microondas.
Es un plato muy original que probablemente nunca has probado y que te va a sorprender. Utiliza solo ingredientes de origen vegetal —lo que contribuye a minimizar el sufrimiento (animal y ambiental)— y no olvida las proteínas vegetales, aquí en forma de legumbres germinadas y frutos secos.
Para hacer este plato tienes que preparar primero tus lentejas germinadas. Si no sabes cómo, te diremos que es muy fácil y te dejamos este artículo en el que se explica. Recordemos que las legumbres germinadas (lentejas, garbanzos, alubias, etc.) son semillas que han comenzado a brotar y que resultan más digestivas y nutritivas; con más vitaminas y antioxidantes; y con menosantinutrientes, ideales para comer en verano, tanto en platos fríos como calientes.
Esta es una receta simple y flexible. Es decir, puedes jugar a modificar los ingredientes según lo que tengas a mano.
Aceite (AOVE), sal y especias al gusto (recomendamos solo pimentón, pero puedes innovar con albahaca, orégano u otros condimentos que te gusten).
Opcional:
Frutos secos: almendras, pipas de girasol o de calabaza, nueces…
Otras verduras: ajo, calabacín, pimiento rojo…
◊ Preparación:
Trocear los puerros (o la cebolla) a trocitos pequeños y ponerlos en la sartén junto con los guisantes y un poco de aceite. Remover regularmente para que no se quemen.
Mientras, pelamos y troceamos las zanahorias y las metemos al microondas unos 4 minutos antes de añadirlas a la sartén. Podemos saltarnos el paso del microondas, pero la zanahoria quedará un poco dura (salvo que se eche antes con más aceite).
Si hay otras verduras, se pueden trocear y echar a la sartén directamente, o bien, pasarlas previamente unos minutos al microondas para ahorrar tiempo y utilizar menos aceite.
Es el momento de echar los frutos secos, al gusto. Recomendamos picarlos un poco (con un almirez, por ejemplo) y tostarlos previamente en una sartén aparte, sin aceite.
Cuando las verduras estén cocinadas, se sirven en los platos, echando por encima las lentejas germinadas. Nuestra sugerencia es no cocinar mucho las verduras. Si se quedan al dente, tienen más sabor y más nutrientes.
Condimentar cada plato al gusto: aceite crudo, sal y pimentón (o lo que se desee).
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◊ Acompañamientos opcionales: Se puede acompañar este plato con un filete de seitán a la plancha, con arroz blanco o con una patata asada al microondas.
No celebramos los cumpleaños con velas: no son ecológicas y tampoco son necesarias. Tampoco queremos globos de plástico; y menos con helio. ¿Sabes de donde viene el helio?
Lo celebramos con silencio y con dos nuevas páginas: En defensa de la laguna de Soliva y la de Entrevistas y reseñas. Queremos resumir nuestras aportaciones de este año y publicar, como cada año, una poesía conmemorativa.
Total de visitas (a cualquier parte de BlogSOStenible): más de 3.66 millones de visitas totales (más de 22.200 en lo que llevamos de 2026).
Artículos: 870 artículos (incluyendo este; 35 en los últimos doce meses).
Nuestras redes: Comenzamos con nuestra red del fediverso, sin publicidad ni algoritmos manipuladores, Mastodon (766); y seguimos con X (20.199), Facebook, (4.381), suscriptores al blog (673), Instagram (5.624), canal de Telegram (845), y el canal de YouTube (416), que hacen un total de 32.904 seguidores, lo cual nos hace subir aunque sea lentamente.
El blog hermano Historias Incontables alcanza 282 entradas, 170 seguidores y casi 164.000 vistas. Y hoy, precisamente, hemos publicado un relato con tintes verdes llamado Valentina, el cual tiene dos partes escritas por autores diferentes. ¡Búscalas por la red!
Las «21 lecciones para el siglo XXI» de Y.N. Harari, con casi 938 visitas en estos meses (116.901 en total y sigue como cuarto post más visitado en global, justo detrás del videoartículo sobre vegetarianismo/veganismo). Sigue habiendo solo seis entradas con más de 100.000 visitas (además de las indicadas, está el del jabón casero).
Otros datos: El mes con más visitas fue de nuevo octubre (5.867) y el mes con menos fue diciembre (3.329). En estos 12 meses recibimos desde España casi la mitad de las visitas, seguido por estos países, en este orden: Estados Unidos, México, Perú, Colombia, Argentina, Chile, RAE de Hong Kong, Ecuador, Bolivia, Venezuela, Singapur, Países Bajos, Irlanda, Bélgica, Alemania, Guatemala, Uruguay, Francia… Esto da una idea del carácter internacional de Blogsostenible que va más allá de la esfera hispanoparlante.
Reflexión sobre la IA: Las búsquedas de información son, cada vez más, a través de la IA. Esto consume multitud más de recursos y nos impide encontrar cosas valiosas que no buscábamos (la serendipia). Esta es la razón por la que en Internet ha cambiado la forma de leer y buscar información. Ahora, todas las páginas se leen menos (no solo los blogs de ecología). Todo recibe menos visitas, porque la gente lee menos; y solo los resúmenes hechos por una IA que sabemos que no es del todo fiable, ni ética y que no paga los impuestos que debería.
Poesía: Perdón por cansarme (2026)
Pido perdón por cansarme,
por no ver mucho sentido a estar vivo,
por no ser como antes tan activo,
por las noticias desesperarme.
Pido perdón por si le importa a uno,
porque esto va a más, lo intuyo.
Aunque sé que de tan insignificante,
no tengo ni un enemigo picante.
Pido perdón por todos mis desatinos,
por mis ansias por convencer,
por mis conclusiones apresuradas,
por sentir que es imposible vencer.
Si nos sigues somos más fuertes:
Telegram —> Solo recibirás un mensaje al día (o menos).
Mastodon —> Red del fediverso, libre de publicidad y de manipulación.
X-Twitter —> Red manipulada de la que no nos vamos por fastidiar a quienes quieren que nos vayamos.
No celebramos los cumpleaños con velas: no son ecológicas y tampoco son necesarias. Tampoco queremos globos de plástico; y menos con helio. ¿Sabes de donde viene el helio?
Lo celebramos con silencio y con dos nuevas páginas: En defensa de la laguna de Soliva y la de Entrevistas y reseñas. Queremos resumir nuestras aportaciones de este año y publicar, como cada año, una poesía conmemorativa.
Total de visitas (a cualquier parte de BlogSOStenible): más de 3.66 millones de visitas totales (más de 22.200 en lo que llevamos de 2026).
Artículos: 870 artículos (incluyendo este; 35 en los últimos doce meses).
Nuestras redes: Comenzamos con nuestra red del fediverso, sin publicidad ni algoritmos manipuladores, Mastodon (766); y seguimos con X (20.199), Facebook, (4.381), suscriptores al blog (673), Instagram (5.624), canal de Telegram (845), y el canal de YouTube (416), que hacen un total de 32.904 seguidores, lo cual nos hace subir aunque sea lentamente.
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Las «21 lecciones para el siglo XXI» de Y.N. Harari, con casi 938 visitas en estos meses (116.901 en total y sigue como cuarto post más visitado en global, justo detrás del videoartículo sobre vegetarianismo/veganismo). Sigue habiendo solo seis entradas con más de 100.000 visitas (además de las indicadas, está el del jabón casero).
Otros datos: El mes con más visitas fue de nuevo octubre (5.867) y el mes con menos fue diciembre (3.329). En estos 12 meses recibimos desde España casi la mitad de las visitas, seguido por estos países, en este orden: Estados Unidos, México, Perú, Colombia, Argentina, Chile, RAE de Hong Kong, Ecuador, Bolivia, Venezuela, Singapur, Países Bajos, Irlanda, Bélgica, Alemania, Guatemala, Uruguay, Francia… Esto da una idea del carácter internacional de Blogsostenible que va más allá de la esfera hispanoparlante.
Reflexión sobre la IA: Las búsquedas de información son, cada vez más, a través de la IA. Esto consume multitud más de recursos y nos impide encontrar cosas valiosas que no buscábamos (la serendipia). Esta es la razón por la que en Internet ha cambiado la forma de leer y buscar información. Ahora, todas las páginas se leen menos (no solo los blogs de ecología). Todo recibe menos visitas, porque la gente lee menos; y solo los resúmenes hechos por una IA que sabemos que no es del todo fiable, ni ética y que no paga los impuestos que debería.
Poesía: Perdón por cansarme (2026)
Pido perdón por cansarme,
por no ver mucho sentido a estar vivo,
por no ser como antes tan activo,
por las noticias desesperarme.
Pido perdón por si le importa a uno,
porque esto va a más, lo intuyo.
Aunque sé que de tan insignificante,
no tengo ni un enemigo picante.
Pido perdón por todos mis desatinos,
por mis ansias por convencer,
por mis conclusiones apresuradas,
por sentir que es imposible vencer.
Si nos sigues somos más fuertes:
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Las ONG, en mayor o menor medida, hacen bien su papel de conciencia de nuestra sociedad. Ser socio no es solo aportar dinero, sino que implica que te llega información que no suele aparecer en los medios de comunicación. Por supuesto, también tendrán sus fallos… pero gracias a ellos se consiguen algunas cosas muy importantes como puedes ver en nuestra lista completa de buenas noticias.
En un rápido y no exhaustivo balance de éxitos recientes del mundillo ecologista, podemos encontrar por ejemplo los siguientes logros (aquí tienes listas más actualizadas):
Los países de la CBD (Convención de Diversidad Biológica) acordaron en la cumbre de Nagoya 2010 poner fin a la sobrepesca y proteger el 10% de todos los océanos y zonas costeras del mundo.
Gracias a WWF, en la cumbre mundial por el Tigre, todos los países participantes acordaron la meta de duplicar la población para el año 2022.
Se suspende la pesca de la anguila en Andalucía por 10 años, especie en la lista roja de la UICN porque queda un 2% de su población histórica.
Miles de árboles se plantan cada año en nuestros montes gracias a la organización y trabajo desinteresado de muchas organizaciones ecologistas locales. En Málaga tenemos las reforestaciones de Ecologistas en Acción y de Aulaga, por ejemplo.
Gracias a SEO y otras organizaciones, varias autopistas no se van a hacer por sus nefastas consecuencias para la biodiversidad. Esta misma ONG ha destacado también otros logros importantes para la biodiversidad, como la prohibición en 2010 de capturas en Cataluña de fringílidos (jilgueros y otros pajarillos), y la tramitación para conseguirlo en toda España.
“Relatos Ecoanimalistas” —Colección de relatos cortos, ideal para regalar a personas, sean o no ecologistas o animalistas. Aumentará la conciencia ambiental del planeta. Gracias.
Relatos Incontables: un blog de historias cortas que hacen amar más el medioambiente y los animales. Lee un relato al azar y es posible que te quedes enganchado y reflexivo.
Producir nuestro alimento puede contaminar más de lo que creemos. Ante la duda, elegir opciones de origen vegetal es lo que mejor minimiza el sufrimiento, tanto animal como ambiental. En este empeño, no debemos olvidar las proteínas vegetales cuya forma más simple son las semillas y las legumbres.
Una forma sabrosa de comer legumbres es en su versión germinada. Los germinados son semillas que han iniciado el proceso de brotación. Esto activa enzimas y modifica su perfil nutricional, haciéndolas más digestivas y nutritivas. En muchos casos, aumentan las vitaminas y los antioxidantes; y se reducen los antinutrientes.
Germinar legumbres (lentejas, garbanzos, alubias, etc.) es un proceso sencillo y divertido que te vamos a explicar aquí, para que te alimentes con proteínas vegetales de calidad.
Germinados de lentejas, paso a paso
Las lentejas germinadas se pueden usar en multitud de platos: como ingrediente principal, como guarnición o como un original y sabroso adorno. Son como lechuga, con más proteína y mayor versatilidad. Añádelas a ensaladas, tostadas, bocadillos, salteados, wraps, sopas o como adorno final en cremas o en el salmorejo cordobés (o porra antequerana).
Es muy simple hacer lentejas germinadas en casa:
Colocalas lentejas en un vaso o tarro, sin superar un tercio de su capacidad. Ten en cuenta que crecerán mucho en volumen.
Añade agua hasta dejarlas sumergidas. Déjalas en remojo entre 8 y 12 horas. Esto despierta la semilla más rápidamente. Si te saltas este paso, se tarda más.
Cubre el recipiente con un trozo de media o una una tela fina. Usa una goma elástica para fijarla. Esto te facilitará el proceso de escurrir.
Escurre completamente el agua. Si has puesto la media y la goma, esto es tan fácil como dar la vuelta al vaso y sacudir ligeramente varias veces.
Sumerge las semillas de nuevo en agua, remueve un poco y vuelve a escurrir.
Déjalas escurrir bien sobre un plato hondo y poniendo el recipiente con las lentejas invertido e inclinado sobre el borde del plato. Lo importante es que el agua pueda drenar. Las semillas deben mantenerse húmedas, pero no encharcadas.
Dos veces al día debes enjuagarlas: echar agua, remover, escurrir y volver a poner el vaso invertido en el plato.
En 4-5 días, tendrás tus brotes. Lo óptimo es cuando el brote mida entre 0,5 y 1 cm. Tú decides cuándo comerlas. Continua en el paso anterior si quieres un sabor más intenso.
Escurre bien al final y guarda en el frigorífico en un bote bien cerrado. Consume en un máximo de cinco días.
Observaciones:
Este vídeo te da 4 argumentos para comer menos alimentos de origen animal.
Coloca el tarro en un lugar con luz indirecta o penumbra (nunca al sol). La semilla no necesita luz para germinar. La luz puede favorecer bacterias o moho. Cuando ya han brotado (el último día), puedes ponerlas en un lugar con más luz indirecta. Esto hace que salgan mejor las hojitas verdes (más clorofila) y que tengan un sabor distinto, más fresco.
El principal riesgo es el moho. Por eso, es importante enjuagar bien en cada lavado, remover bien con suficiente agua.
Reducir el consumo de carne y pescado a cero puede ser muy complicado. Sin embargo, es fácil cocinar platos veganos cada vez con más frecuencia. Otra opción es hacer que los ingredientes animales sean solo secundarios o reservarlos para ocasiones puntuales. Nos sobran argumentos para reducir la comida de origen animal.
Producir nuestro alimento puede contaminar más de lo que creemos. Ante la duda, elegir opciones de origen vegetal es lo que mejor minimiza el sufrimiento, tanto animal como ambiental. En este empeño, no debemos olvidar las proteínas vegetales cuya forma más simple son las semillas y las legumbres.
Una forma sabrosa de comer legumbres es en su versión germinada. Los germinados son semillas que han iniciado el proceso de brotación. Esto activa enzimas y modifica su perfil nutricional, haciéndolas más digestivas y nutritivas. En muchos casos, aumentan las vitaminas y los antioxidantes; y se reducen los antinutrientes.
Germinar legumbres (lentejas, garbanzos, alubias, etc.) es un proceso sencillo y divertido que te vamos a explicar aquí, para que te alimentes con proteínas vegetales de calidad.
Germinados de lentejas, paso a paso
Las lentejas germinadas se pueden usar en multitud de platos: como ingrediente principal, como guarnición o como un original y sabroso adorno. Son como lechuga, con más proteína y mayor versatilidad. Añádelas a ensaladas, tostadas, bocadillos, salteados, wraps, sopas o como adorno final en cremas o en el salmorejo cordobés (o porra antequerana).
Es muy simple hacer lentejas germinadas en casa:
Colocalas lentejas en un vaso o tarro, sin superar un tercio de su capacidad. Ten en cuenta que crecerán mucho en volumen.
Añade agua hasta dejarlas sumergidas. Déjalas en remojo entre 8 y 12 horas. Esto despierta la semilla más rápidamente. Si te saltas este paso, se tarda más.
Cubre el recipiente con un trozo de media o una una tela fina. Usa una goma elástica para fijarla. Esto te facilitará el proceso de escurrir.
Escurre completamente el agua. Si has puesto la media y la goma, esto es tan fácil como dar la vuelta al vaso y sacudir ligeramente varias veces.
Sumerge las semillas de nuevo en agua, remueve un poco y vuelve a escurrir.
Déjalas escurrir bien sobre un plato hondo y poniendo el recipiente con las lentejas invertido e inclinado sobre el borde del plato. Lo importante es que el agua pueda drenar. Las semillas deben mantenerse húmedas, pero no encharcadas.
Dos veces al día debes enjuagarlas: echar agua, remover, escurrir y volver a poner el vaso invertido en el plato.
En 4-5 días, tendrás tus brotes. Lo óptimo es cuando el brote mida entre 0,5 y 1 cm. Tú decides cuándo comerlas. Continua en el paso anterior si quieres un sabor más intenso.
Escurre bien al final y guarda en el frigorífico en un bote bien cerrado. Consume en un máximo de cinco días.
Observaciones:
Este vídeo te da 4 argumentos para comer menos alimentos de origen animal.
Coloca el tarro en un lugar con luz indirecta o penumbra (nunca al sol). La semilla no necesita luz para germinar. La luz puede favorecer bacterias o moho. Cuando ya han brotado (el último día), puedes ponerlas en un lugar con más luz indirecta. Esto hace que salgan mejor las hojitas verdes (más clorofila) y que tengan un sabor distinto, más fresco.
El principal riesgo es el moho. Por eso, es importante enjuagar bien en cada lavado, remover bien con suficiente agua.
Reducir el consumo de carne y pescado a cero puede ser muy complicado. Sin embargo, es fácil cocinar platos veganos cada vez con más frecuencia. Otra opción es hacer que los ingredientes animales sean solo secundarios o reservarlos para ocasiones puntuales. Nos sobran argumentos para reducir la comida de origen animal.
Hay frases que no solo expresan una opinión: desnudan un problema entero. “Yo no quiero proteger al medio ambiente, yo quiero crear un mundo donde el medio ambiente no necesite ser protegido” es una de ellas. Porque en realidad señala una contradicción enorme de nuestra civilización: hemos llegado a un punto en el que destruir la trama de la vida se ha vuelto tan normal, tan estructural, tan cotidiano, que ahora incluso el simple hecho de evitar su ruina nos parece una tarea heroica. Y no debería ser así.
No debería hacer falta “proteger” ríos frente a nuestra codicia. No debería hacer falta “salvar” bosques frente a nuestras máquinas. No debería hacer falta “conservar” animales frente a una expansión humana que todo lo invade, lo cerca, lo contamina o lo mercantiliza. El mero hecho de que usemos constantemente ese lenguaje ya revela que algo profundo está enfermo en nuestra manera de habitar la Tierra. Porque una cosa es cuidar la vida, y otra muy distinta vivir de tal manera que la vida necesite ser defendida sin descanso de nosotros mismos.
Ahí está la raíz del problema. El mundo moderno ha tratado la Tierra no como una comunidad viva, sino como un escenario de extracción. Los montes fueron convertidos en madera potencial. Los ríos en caudales aprovechables. Los animales en piezas útiles, en estorbos o en cifras. El suelo dejó de ser suelo para pasar a ser superficie productiva. Y la palabra “naturaleza”, que debería despertar reverencia, fue reducida muchas veces a una categoría administrativa, a una parcela separada de lo humano, como si la vida fuese algo que está ahí fuera y no la gran matriz de la que dependemos.
Por eso la frase del título tiene tanta fuerza. Porque no se conforma con pedir remiendos. No se resigna a ese modelo donde primero se hiere la Tierra y luego se organiza una campaña para evitar que sangre demasiado. Va más al fondo. Plantea una transformación de la mirada y del orden social. No dice simplemente “hay que proteger más”. Dice algo mucho más exigente: hay que dejar de organizar el mundo contra la vida.
Ese es el punto decisivo. Un mundo justo no sería aquel en el que unos pocos técnicos, activistas o guardas forestales corrieran de un lado a otro intentando salvar lo que queda. Un mundo justo sería aquel en el que los bosques no estuvieran permanentemente amenazados por la lógica del beneficio, en el que los ríos no fueran cloacas toleradas, en el que las criaturas salvajes no tuvieran que vivir acorraladas entre carreteras, venenos, alambres y disparos, en el que el crecimiento humano no se considerara automáticamente más importante que la continuidad de todo lo demás.
La grandeza de esta idea es que desplaza el centro moral. Ya no se trata de ver al ser humano como el héroe que protege una naturaleza débil e inferior. Esa imagen sigue escondiendo arrogancia. Sigue colocando al hombre arriba, como si la Tierra fuera una víctima pasiva que espera ser rescatada por nuestra buena voluntad. No. La cuestión verdadera es mucho más humilde y mucho más radical: nosotros somos la especie que ha desajustado el equilibrio y, por tanto, la tarea no es erigirnos en salvadores, sino dejar de comportarnos como fuerza de devastación.
Eso lo cambia todo. Cambia incluso el tono de la ética. Porque entonces cuidar deja de ser un gesto paternalista y pasa a ser una forma de justicia. Respetar un bosque no es hacerle un favor. Dejar vivir a un río no es una concesión generosa. Permitir que una especie siga existiendo no es un acto de caridad humana. Es simplemente reconocer que no somos dueños del mundo y que la vida no necesita justificarse ante nosotros para merecer seguir siendo.
En realidad, un mundo donde el medio ambiente no necesite ser protegido sería un mundo mucho más profundo que cualquier programa verde superficial. Sería un mundo donde la economía no funcionaría como una maquinaria de saqueo con lavado de imagen; donde el lenguaje no encubriría la destrucción con palabras bonitas; donde no se alabaría como progreso todo aquello que mutila montes, seca acuíferos o llena el aire de veneno; donde la técnica no se mediría solo por lo que puede hacer, sino por lo que debería abstenerse de hacer; donde la educación enseñaría desde la infancia que un árbol no es un objeto vertical, que un animal no es una cosa con patas y que la Tierra no es una herencia recibida para ser consumida, sino una comunidad antigua de la que formamos parte.
Y aquí aparece también una verdad incómoda: no basta con amar la naturaleza en abstracto. No basta con emocionarse ante una secuoya gigantesca, una montaña o un lobo. No basta con hablar de armonía si luego seguimos aceptando las estructuras que la hacen imposible. La frase del título no invita solo a sentir. Invita a cuestionar; a desmontar una normalidad enferma; a sospechar de una civilización que necesita parques “protegidos” porque todo lo demás está disponible para la agresión permanente.
Quizá por eso conmueve tanto la escena del niño abrazando el tronco inmenso. Ahí hay una intuición sencilla y poderosa: el ser humano no se engrandece cuando domina lo gigantesco, sino cuando es capaz de reconocerlo, de acercarse con humildad, de sentirse pequeño sin sentirse humillado. Ese niño, junto al árbol, no parece un conquistador. Parece un ser que todavía recuerda algo esencial: que hay presencias vivas ante las cuales lo digno no es mandar, sino guardar silencio y tocar con respeto.
Eso es justamente lo que hemos olvidado. Hemos olvidado que la Tierra necesita más que administradores, habitantes decentes. Hemos olvidado que la vida florece mejor cuando se la deja ser que cuando se la planifica sin alma. Hemos olvidado que muchas veces el acto más noble no es intervenir más, sino retirarse a tiempo, contenerse, renunciar al impulso de apropiación (renaturalizar). Y hemos olvidado, sobre todo, que el mundo vivo posee un valor intrínseco, independiente de nuestra utilidad, de nuestras necesidades o de nuestros mercados.
Por eso, la frase no debería leerse como una consigna ingenua, sino como una aspiración civilizatoria. Habla de un horizonte moral mucho más alto que el simple conservacionismo de emergencia. Habla de una sociedad reconciliada con el latido de la Tierra; de una cultura que no convierta en excepcional el respeto; de un orden humano en el que cuidar no sea apagar incendios incesantes, sino vivir de entrada de una forma que no los provoque.
Ese sería, verdaderamente, un mundo más sabio. Un mundo donde los árboles no fueran gigantes amenazados que admiramos en fotografías porque hemos talado a sus hermanos; donde los ríos no tuvieran que ser defendidos de quienes deberían aprender de ellos; donde lo salvaje no fuese tolerado como reliquia, sino reconocido como parte indispensable de la plenitud del planeta; donde la palabra “proteger” fuese cada vez menos necesaria porque habríamos dejado, al fin, de organizar nuestra existencia contra la comunidad de la vida. Tal vez ahí resida la esperanza más digna: no en convertirnos en héroes ambientales, sino en llegar a ser, de una vez, una especie menos soberbia. Una especie capaz de comprender que la Tierra no pide tutela. Pide respeto. No pide compasión desde arriba. Pide que cesemos en nuestra guerra contra lo viviente. No pide discursos. Pide límites, reverencia y verdad. Y quizá el verdadero comienzo de esa transformación sea este: dejar de pensar que proteger la naturaleza es una misión noble del hombre civilizado y empezar a entender que la auténtica nobleza consistiría en vivir de tal manera que la Tierra no tuviera que defenderse de nosotros.
Hay frases que no solo expresan una opinión: desnudan un problema entero. “Yo no quiero proteger al medio ambiente, yo quiero crear un mundo donde el medio ambiente no necesite ser protegido” es una de ellas. Porque en realidad señala una contradicción enorme de nuestra civilización: hemos llegado a un punto en el que destruir la trama de la vida se ha vuelto tan normal, tan estructural, tan cotidiano, que ahora incluso el simple hecho de evitar su ruina nos parece una tarea heroica. Y no debería ser así.
No debería hacer falta “proteger” ríos frente a nuestra codicia. No debería hacer falta “salvar” bosques frente a nuestras máquinas. No debería hacer falta “conservar” animales frente a una expansión humana que todo lo invade, lo cerca, lo contamina o lo mercantiliza. El mero hecho de que usemos constantemente ese lenguaje ya revela que algo profundo está enfermo en nuestra manera de habitar la Tierra. Porque una cosa es cuidar la vida, y otra muy distinta vivir de tal manera que la vida necesite ser defendida sin descanso de nosotros mismos.
Ahí está la raíz del problema. El mundo moderno ha tratado la Tierra no como una comunidad viva, sino como un escenario de extracción. Los montes fueron convertidos en madera potencial. Los ríos en caudales aprovechables. Los animales en piezas útiles, en estorbos o en cifras. El suelo dejó de ser suelo para pasar a ser superficie productiva. Y la palabra “naturaleza”, que debería despertar reverencia, fue reducida muchas veces a una categoría administrativa, a una parcela separada de lo humano, como si la vida fuese algo que está ahí fuera y no la gran matriz de la que dependemos.
Por eso la frase del título tiene tanta fuerza. Porque no se conforma con pedir remiendos. No se resigna a ese modelo donde primero se hiere la Tierra y luego se organiza una campaña para evitar que sangre demasiado. Va más al fondo. Plantea una transformación de la mirada y del orden social. No dice simplemente “hay que proteger más”. Dice algo mucho más exigente: hay que dejar de organizar el mundo contra la vida.
Ese es el punto decisivo. Un mundo justo no sería aquel en el que unos pocos técnicos, activistas o guardas forestales corrieran de un lado a otro intentando salvar lo que queda. Un mundo justo sería aquel en el que los bosques no estuvieran permanentemente amenazados por la lógica del beneficio, en el que los ríos no fueran cloacas toleradas, en el que las criaturas salvajes no tuvieran que vivir acorraladas entre carreteras, venenos, alambres y disparos, en el que el crecimiento humano no se considerara automáticamente más importante que la continuidad de todo lo demás.
La grandeza de esta idea es que desplaza el centro moral. Ya no se trata de ver al ser humano como el héroe que protege una naturaleza débil e inferior. Esa imagen sigue escondiendo arrogancia. Sigue colocando al hombre arriba, como si la Tierra fuera una víctima pasiva que espera ser rescatada por nuestra buena voluntad. No. La cuestión verdadera es mucho más humilde y mucho más radical: nosotros somos la especie que ha desajustado el equilibrio y, por tanto, la tarea no es erigirnos en salvadores, sino dejar de comportarnos como fuerza de devastación.
Eso lo cambia todo. Cambia incluso el tono de la ética. Porque entonces cuidar deja de ser un gesto paternalista y pasa a ser una forma de justicia. Respetar un bosque no es hacerle un favor. Dejar vivir a un río no es una concesión generosa. Permitir que una especie siga existiendo no es un acto de caridad humana. Es simplemente reconocer que no somos dueños del mundo y que la vida no necesita justificarse ante nosotros para merecer seguir siendo.
En realidad, un mundo donde el medio ambiente no necesite ser protegido sería un mundo mucho más profundo que cualquier programa verde superficial. Sería un mundo donde la economía no funcionaría como una maquinaria de saqueo con lavado de imagen; donde el lenguaje no encubriría la destrucción con palabras bonitas; donde no se alabaría como progreso todo aquello que mutila montes, seca acuíferos o llena el aire de veneno; donde la técnica no se mediría solo por lo que puede hacer, sino por lo que debería abstenerse de hacer; donde la educación enseñaría desde la infancia que un árbol no es un objeto vertical, que un animal no es una cosa con patas y que la Tierra no es una herencia recibida para ser consumida, sino una comunidad antigua de la que formamos parte.
Y aquí aparece también una verdad incómoda: no basta con amar la naturaleza en abstracto. No basta con emocionarse ante una secuoya gigantesca, una montaña o un lobo. No basta con hablar de armonía si luego seguimos aceptando las estructuras que la hacen imposible. La frase del título no invita solo a sentir. Invita a cuestionar; a desmontar una normalidad enferma; a sospechar de una civilización que necesita parques “protegidos” porque todo lo demás está disponible para la agresión permanente.
Quizá por eso conmueve tanto la escena del niño abrazando el tronco inmenso. Ahí hay una intuición sencilla y poderosa: el ser humano no se engrandece cuando domina lo gigantesco, sino cuando es capaz de reconocerlo, de acercarse con humildad, de sentirse pequeño sin sentirse humillado. Ese niño, junto al árbol, no parece un conquistador. Parece un ser que todavía recuerda algo esencial: que hay presencias vivas ante las cuales lo digno no es mandar, sino guardar silencio y tocar con respeto.
Eso es justamente lo que hemos olvidado. Hemos olvidado que la Tierra necesita más que administradores, habitantes decentes. Hemos olvidado que la vida florece mejor cuando se la deja ser que cuando se la planifica sin alma. Hemos olvidado que muchas veces el acto más noble no es intervenir más, sino retirarse a tiempo, contenerse, renunciar al impulso de apropiación (renaturalizar). Y hemos olvidado, sobre todo, que el mundo vivo posee un valor intrínseco, independiente de nuestra utilidad, de nuestras necesidades o de nuestros mercados.
Por eso, la frase no debería leerse como una consigna ingenua, sino como una aspiración civilizatoria. Habla de un horizonte moral mucho más alto que el simple conservacionismo de emergencia. Habla de una sociedad reconciliada con el latido de la Tierra; de una cultura que no convierta en excepcional el respeto; de un orden humano en el que cuidar no sea apagar incendios incesantes, sino vivir de entrada de una forma que no los provoque.
Ese sería, verdaderamente, un mundo más sabio. Un mundo donde los árboles no fueran gigantes amenazados que admiramos en fotografías porque hemos talado a sus hermanos; donde los ríos no tuvieran que ser defendidos de quienes deberían aprender de ellos; donde lo salvaje no fuese tolerado como reliquia, sino reconocido como parte indispensable de la plenitud del planeta; donde la palabra “proteger” fuese cada vez menos necesaria porque habríamos dejado, al fin, de organizar nuestra existencia contra la comunidad de la vida. Tal vez ahí resida la esperanza más digna: no en convertirnos en héroes ambientales, sino en llegar a ser, de una vez, una especie menos soberbia. Una especie capaz de comprender que la Tierra no pide tutela. Pide respeto. No pide compasión desde arriba. Pide que cesemos en nuestra guerra contra lo viviente. No pide discursos. Pide límites, reverencia y verdad. Y quizá el verdadero comienzo de esa transformación sea este: dejar de pensar que proteger la naturaleza es una misión noble del hombre civilizado y empezar a entender que la auténtica nobleza consistiría en vivir de tal manera que la Tierra no tuviera que defenderse de nosotros.
El helio (He) es un gas noble que prácticamente no reacciona con otras sustancias (es inerte). Es casi siete veces más ligero que el aire y el segundo elemento más ligero del universo, solo por detrás del hidrógeno. Además, no es inflamable y tiene su punto de ebullición extremadamente bajo. Estas propiedades hacen que el helio se use en multitud de aplicaciones, entre ellas:
Inflado de globos y dirigibles. Aunque el hidrógeno es aún más ligero que el helio, es peligroso porque es inflamable.
Medicina. El helio se utiliza en máquinas de resonancia magnética (RM) y en tratamientos para problemas respiratorios.
En la industria tiene aplicaciones muy diversas como para evitar reacciones químicas con el aire, proteger materiales sensibles como el aluminio o el titanio, detectar fugas, fabricar chips y fibras ópticas, así como en la industria aeroespacial o para enfriamiento extremo (criogenia, gas fundamental en equipos que requieren temperaturas cercanas al cero absoluto).
El helio no se fabrica: se extrae de minas
Es un recurso no renovable a escala humana. Es decir, no se puede fabricar fácilmente, sino que se obtiene de yacimientos naturales, sobre todo asociados al metano (gas natural), donde se encuentra mezclado en pequeñas cantidades (a veces menores al 1 %). Para extraerlo de forma industrial se usa un proceso llamado destilación criogénica, en el que la mezcla de gases se enfría a temperaturas muy bajas. Para separar el helio se usa la propiedad de que cada gas se licua a distinta temperatura. Este proceso es muy costoso energéticamente (cada kilo de helio requiere entre 50 y 150 kWh de energía), pero es el único método viable a gran escala.
El helio es un recurso limitado y es fácil que se escape de los yacimientos, ascienda por la atmósfera y se pierda en el espacio. Una vez liberado, no existe tecnología para recuperar el helio disperso en el aire.
Es un recurso tan sensible desde el punto de vista energético y geopolítico que algunos países tienen reservas estratégicas de helio. La más importante es la Reserva Nacional de Helio en Estados Unidos, ubicada en Texas. También destacan Qatar, uno de los principales productores actuales, así como Rusia y Argelia, entre otros.
Un costoso recurso usado en fiestas para niños
Producir helio para un solo globo de fiesta requiere entre 0,12 y 0,36 kWh, energía suficiente para mantener una bombilla LED encendida hasta 30 horas o cargar un móvil hasta 20 veces. A esto deben añadirse otros aspectos como el gasto de transporte o la fabricación de las botellas metálicas de almacenamiento.
Por si el asunto energético no te conmueve, gritemos que el helio de los globitos de tu fiesta no puede recuperarse para ser usado de nuevo. Además, la escasez de helio puede provocar, por ejemplo, retrasos en las resonancias magnéticas y el encarecimiento de procesos médicos, científicos e industriales, donde su uso es insustituible en muchos casos.
Cuando un globo se escapa, asciende a las nubes liberando el helio lentamente. Al final, el globo cae para seguir provocando daños como la contaminación de suelos y mares (con látex, plásticos, pinturas…) o el atragantamiento de especies que los confunden con comida.
El colmo de la estupidez es cuando se inflan multitud de globos con helio y se liberan voluntariamente. El efecto puede ser bonito, pero refleja una inconsciencia descomunal.
Más productos de alto impacto que tiramos sin conciencia
Ese despilfarro inconsciente no ocurre solo con el helio. Mirad:
El papel de aluminioes otro clamoroso caso de producto con alto impacto ambiental, que además contamina los alimentos, afectando a nuestra salud y, encima, se fabrica para ser usado una sola vez.
Baterías de litio que se usan para productos tan efímeros y enfermizos como los vapeadores.
Microplásticos que se usan en cosméticos (barras de labios, cremas, exfoliantes…) y limpiadores.
Envases complejos como el tetra-brick de usar y tirar.
Poliestireno expandido (EPS, corcho blanco o poliespán) para envases baratos de comida.
El helio (He) es un gas noble que prácticamente no reacciona con otras sustancias (es inerte). Es casi siete veces más ligero que el aire y el segundo elemento más ligero del universo, solo por detrás del hidrógeno. Además, no es inflamable y tiene su punto de ebullición extremadamente bajo. Estas propiedades hacen que el helio se use en multitud de aplicaciones, entre ellas:
Inflado de globos y dirigibles. Aunque el hidrógeno es aún más ligero que el helio, es peligroso porque es inflamable.
Medicina. El helio se utiliza en máquinas de resonancia magnética (RM) y en tratamientos para problemas respiratorios.
En la industria tiene aplicaciones muy diversas como para evitar reacciones químicas con el aire, proteger materiales sensibles como el aluminio o el titanio, detectar fugas, fabricar chips y fibras ópticas, así como en la industria aeroespacial o para enfriamiento extremo (criogenia, gas fundamental en equipos que requieren temperaturas cercanas al cero absoluto).
El helio no se fabrica: se extrae de minas
Es un recurso no renovable a escala humana. Es decir, no se puede fabricar fácilmente, sino que se obtiene de yacimientos naturales, sobre todo asociados al metano (gas natural), donde se encuentra mezclado en pequeñas cantidades (a veces menores al 1 %). Para extraerlo de forma industrial se usa un proceso llamado destilación criogénica, en el que la mezcla de gases se enfría a temperaturas muy bajas. Para separar el helio se usa la propiedad de que cada gas se licua a distinta temperatura. Este proceso es muy costoso energéticamente (cada kilo de helio requiere entre 50 y 150 kWh de energía), pero es el único método viable a gran escala.
El helio es un recurso limitado y es fácil que se escape de los yacimientos, ascienda por la atmósfera y se pierda en el espacio. Una vez liberado, no existe tecnología para recuperar el helio disperso en el aire.
Es un recurso tan sensible desde el punto de vista energético y geopolítico que algunos países tienen reservas estratégicas de helio. La más importante es la Reserva Nacional de Helio en Estados Unidos, ubicada en Texas. También destacan Qatar, uno de los principales productores actuales, así como Rusia y Argelia, entre otros.
Un costoso recurso usado en fiestas para niños
Producir helio para un solo globo de fiesta requiere entre 0,12 y 0,36 kWh, energía suficiente para mantener una bombilla LED encendida hasta 30 horas o cargar un móvil hasta 20 veces. A esto deben añadirse otros aspectos como el gasto de transporte o la fabricación de las botellas metálicas de almacenamiento.
Por si el asunto energético no te conmueve, gritemos que el helio de los globitos de tu fiesta no puede recuperarse para ser usado de nuevo. Además, la escasez de helio puede provocar, por ejemplo, retrasos en las resonancias magnéticas y el encarecimiento de procesos médicos, científicos e industriales, donde su uso es insustituible en muchos casos.
Cuando un globo se escapa, asciende a las nubes liberando el helio lentamente. Al final, el globo cae para seguir provocando daños como la contaminación de suelos y mares (con látex, plásticos, pinturas…) o el atragantamiento de especies que los confunden con comida.
El colmo de la estupidez es cuando se inflan multitud de globos con helio y se liberan voluntariamente. El efecto puede ser bonito, pero refleja una inconsciencia descomunal.
Más productos de alto impacto que tiramos sin conciencia
Ese despilfarro inconsciente no ocurre solo con el helio. Mirad:
El papel de aluminioes otro clamoroso caso de producto con alto impacto ambiental, que además contamina los alimentos, afectando a nuestra salud y, encima, se fabrica para ser usado una sola vez.
Baterías de litio que se usan para productos tan efímeros y enfermizos como los vapeadores.
Microplásticos que se usan en cosméticos (barras de labios, cremas, exfoliantes…) y limpiadores.
Envases complejos como el tetra-brick de usar y tirar.
Poliestireno expandido (EPS, corcho blanco o poliespán) para envases baratos de comida.
Un libro escrito por una científica y divulgadora de la Universidad de Oxford que tiene por bandera el optimismo y los datos (Anagrama, 2025). Se aleja del catastrofismo ecologista casi tanto como del negacionismo climático; y afirma que «aceptar la derrota ante el cambio climático es una postura indefendiblemente egoísta».
Hannah Ritchie aclara que su optimismo es «condicional» (i.e., condicionado a actuar adecuadamente); que es diferente a un «optimismo ciego» que confía sin promover la acción organizada. Su objetivo es conseguir que seamos la primera generación que logre alcanzar la sostenibilidad completa en los dos sentidos que recoge la definición de la ONU: satisfacer las necesidades de las generaciones actuales; y hacerlo sin comprometer las capacidades de las generaciones futuras para satisfacer las suyas. Con respecto al primer aspecto, Ritchie opina que falta mucho por hacer aunque, al menos, se ha avanzado una barbaridad en aspectos tales como: la mortalidad infantil y materna, la esperanza de vida, el hambre y la malnutrición, el acceso a recursos básicos (agua, energía…), la educación y la pobreza extrema.
Por supuesto, estos avances en la calidad de vida global también «han tenido un enorme coste medioambiental», lo cual ha empeorado de forma colosal el segundo requisito de la sostenibilidad. Para equilibrar la situación, el libro examina en detalle siete problemas medioambientales y sus interconexiones entre sí.
Antes de examinar esos siete problemas, Ritchie se distancia de dos soluciones típicas del ecologismo: despoblación y decrecimiento. La primera consiste en reducir el tamaño de la población y Ritchie afirma que realmente esa no es una alternativa, primero porque la población ya se está frenando a nivel mundial y, segundo, porque es muy complicado hacerlo de forma ética. Apunta a que más impacto que la superpoblación lo generan los estilos de vida (especialmente de los millonarios), lo cual podría estar afectado por la segunda solución que Ritchie rechaza, el decrecimiento, entendido como un retroceso o empobrecimiento. Para ella, la pobreza no implica mayor sostenibilidad, por supuesto, si consideramos los dos pilares de la sostenibilidad anteriormente indicados. En el libro, ella matiza que es cuestionable el crecimiento en los países ricos, pero que para acabar con la pobreza se necesita un crecimiento económico global. Para ella, no vale cualquier crecimiento y afirma —igual que cualquier decrecentista— que sería necesario crecer en algunos sectores y tecnologías y decrecer en otras. Tal vez, la promesa más impactante del libro es que dice demostrar que podemos reducir el impacto ambiental y, a la vez, mejorar la situación económica.
1. Contaminación atmosférica
Aunque no se suela decir, la contaminación atmosférica es«una de las principales causas de mortalidad en el mundo». Las cifras de fallecidos por esta causa son similares a las muertes por tabaquismo; seis o siete veces mayores que los muertos en accidentes de tráfico; y superan en cientos de veces la cifra de vidas perdidas por terrorismo o por guerras. Cada año, la mala calidad del aire suele ser quinientas veces más mortífera que todas las catástrofes «naturales» juntas.
La buena noticia es que se está reduciendo este tipo de contaminación, especialmente en las ciudades, lo cual baja las tasas de mortalidad. Es preciso tomar medidas locales y globales. Usemos como inspiración el Protocolo de Montreal para eliminar las sustancias químicas que degradaban la capa de ozono, un problema de cuya gravedad advirtió incluso Carl Sagan. En 1987 fue firmado por 43 países; y en 2009 se convirtió en el primer convenio internacional que logró la ratificación universal de todos los países del mundo. Un ejemplo que demuestra que hacer caso a la ciencia tiene resultados positivos.
A escala global, la mayor fuente de contaminación es quemar madera o carbón, incluyendo aquí las quemas agrícolas. Luego está la polución por actividades agropecuarias, principalmente por culpa de la ganadería y por los fertilizantes. Después viene la quema de combustibles fósiles para producir electricidad. Luego, diversas industrias (textiles, químicas, metalúrgicas…), seguidas del transporte de personas y mercancías.
Lee también un resumen de este libro de Yuval N. Harari.
Las soluciones propuestas pueden parecer caras, pero son muy baratas si las comparamos con los cientos de millones en gastos por no solucionar el problema:
Lo más urgente es «dejar de quemar cosas» y, cuando no sea posible, capturar las partículas de la combustión.
Detener las quemas agrícolas por ser una inmensa fuente de contaminación estacional fácil de evitar haciendo compost, triturando, etc.
Conseguir combustibles limpios para cocinar y calentarse. La leña puede ser muy natural, pero es la forma más contaminante de conseguir calor. Provoca múltiples enfermedades por respirar el humo.
Eliminar el azufre de los combustibles fósiles. Es tan simple como poner filtros en las chimeneas.
Transporte sostenible: caminar, ir en bicicleta o en transporte público.
Abandonar combustibles fósiles, en favor de las renovables y de la energía nuclear. Ritchie es contraria a debatir entre renovables y nuclear porque, para ella, lo importante es que son energías con bajas emisiones de CO2. No tiene en cuenta el problema de los residuos radiactivos, ni el riesgo de atentados terroristas, ni el hecho de que las nucleares no sean rentables sin subvenciones de dinero público.
2. Cambio Climático
«Un mundo 6 ºC más caliente que el actual sería devastador», nos advierte la autora. Tras comentar algunas de las consecuencias del calentamiento global, afirma que «si cada país cumpliera realmente sus compromisos climáticos, llegaríamos a los 2,1 ºC en 2100», lo cual sería una gran noticia, aunque podría ser mejor.
Hannah Ritchie asegura que «las tecnologías bajas en carbono resultan cada vez más competitivas» y «los líderes mundiales se han vuelto más optimistas». Ahora tenemos infraestructuras mejor preparadas, podemos predecir eventos climáticos extremos, organizar evacuaciones, existen redes internacionales de apoyo, etc. En definitiva, estamos mejor preparados que en el pasado y sabemos cómo reducir las emisiones de dióxido de carbono, porque hay solo dos fuentes principales: «la quema de combustibles fósiles y el cambio en el uso de la tierra» (deforestación).
La situación actual es que «las emisiones totales siguen aumentando, pero las emisiones per cápita han tocado techo». Ese dato es utilizado por la autora para ser optimista y esperar a que la contaminación empiece a declinar, al menos en los países ricos, porque dice que está demostrado que «los avances tecnológicos hacen que hoy consumamos mucha menos energía que en el pasado». Como ejemplo, afirma que en Suecia se vive con igual nivel que en Estados Unidos y, sin embargo, se emite solo una cuarta parte. Según sus datos, el crecimiento económico y la reducción de emisiones son compatibles. El problema es que mira datos de países ricos que ya son exageradamente insostenibles. En tales casos, ¿es correcto celebrar una pequeña reducción en su contaminación?
En su análisis, asegura que «las soluciones que pasan por reducir el consumo de energía a niveles muy bajos no son buenas», porque la energía es fundamental para mantener o aumentar la calidad de vida. Tampoco ve adecuado que se avergüencen los que viajan en avión, porque para ella volar es un gran invento y las ventajas son suficientes para olvidar sus serios inconvenientes. ¿Será una excusa para justificar su gusto por volar?
Soluciones que propone:
Transición hacia la energía renovable por todas sus ventajas. El inconveniente del espacio que requieren se resuelve buscando lugares adecuados: tejados, agrovoltaica, etc.
Electrificar la demanda de energía donde sea posible y aumentar el almacenamiento (baterías…). Ritchie está convencida de que esta transición requerirá menos actividad minera que con combustibles fósiles.
Replantear el transporte a larga distancia.
Alimentación. Aunque sostiene que no es preciso ser veganos, deja claro que cualquier cambio a dietas más vegetales tiene una enorme influencia en el clima, como por ejemplo elegir hamburguesas de pollo en lugar de ternera (que es la carne con más huella de carbono). Con datos muy fiables confirma que «la carne con emisiones de carbono más bajas supera las de la proteína vegetal con emisiones más altas». Y no importa demasiado si son alimentos ecológicos, de proximidad o en extensivo. La autora afirma que adoptando las siguientes medidas se liberaría suficiente tierra como para compensar las emisiones del sistema alimentario resultante:
Comer menos carne.
Adoptar las mejores prácticas agrarias.
Reducir el consumo excesivo y el desperdicio alimentario.
Reducir las emisiones por la construcción, básicamente eliminando el cemento, un material muy contaminante en su fabricación. Propone usar otros materiales y, aunque no lo cita, una opción es el cemento Sublime.
Poner precio al carbono para que los productos de altas emisiones sean más caros y menos accesibles. Como todos sabemos, los precios no reflejan los costos de los productos, y mucho menos los costos ambientales. El peligro de esta medida —y Ritchie lo subraya— es que haga que las familias pobres sean aún más pobres. Para evitarlo se deben incluir ayudas y conseguir que sean los ricos los que más paguen, porque son, de hecho, los que más carbono emiten.
Sacar a la población de la pobreza es otra medida para adaptarnos al cambio climático, porque son los pobres los más vulnerables.
No caer en la trampa psicológica de la «autoconcesión moral». Esto ocurre cuando nos permitimos algo negativo porque creemos que lo compensamos con un sacrificio en otro aspecto. Por ejemplo, comernos un filete porque reciclamos el envoltorio de plástico; o caer en las trampas del greenwashing. Para ello, es importante tener muy presente qué cosas a nivel individual tienen más y menos impacto.
Un problema de la forma de comunicar de Ritchie es que quita importancia a aspectos que, aunque no sean principales, tienen suficiente peso como para no ser despreciados. Es como si olvidara el efecto sinérgico de juntar varias fuerzas. Sumar muchos pocos hace un mucho. A veces, este tipo de contradicción se hace patente en una misma explicación. Por ejemplo, cuando literalmente escribe: «Cambiar nuestra alimentación no va a resolver el cambio climático: para ello tenemos que dejar de quemar combustibles fósiles. Pero arreglar únicamente nuestros sistemas energéticos, ignorando la alimentación, tampoco nos llevará a esa meta».
3. Deforestación
La tierra ha perdido un tercio de todos sus bosques desde el final de la última glaciación. En el último siglo, también se ha perdido mucha superficie forestal, casi toda debida a la expansión de la agricultura. Las zonas incendiadas se regeneran si se las deja. Al perder bosques se emite carbono, pero Ritchie considera que eso es secundario en comparación con la pérdida de biodiversidad.
También resalta cómo la pérdida de hábitats se puede frenar con medidas políticas. Por ejemplo, «Brasil logró reducir la deforestación en un 80 % en solo siete años bajo la presidencia de Lula da Silva».
Con respecto al aceite de palma, no considera que su consumo sea preocupante, porque no se sabe con certeza la deforestación que causa de forma directa. Opina que no sería justo culpar a ciertos campos de palmeras de la deforestación de esas áreas si los bosques fueron talados con anterioridad. Es decir, no tiene en cuenta que esas zonas podrían volver a ser bosques. Además, sostiene que usar otros tipos de aceites podría ser incluso peor. Sin embargo, hay que tener en cuenta que evitar el aceite de palma no obliga a optar por otro aceite, sino que se puede optar por no consumir productos con aceite de palma (bollería, alimentos ultraprocesados, etc.) sin sustituirlos por nada con otros aceites. En cualquier caso, apoya el uso de aceite de palma certificado como sostenible (RSPO) y deja claro que «el biodiésel de aceite de palma produce más emisiones de carbono que la gasolina o el gasóleo».
«La tala de bosques para dejar espacio al ganado bovino es responsable de más del 40 % de la deforestación mundial». El siguiente factor de pérdida de bosques es la palma y la soja y, en tercer lugar, la silvicultura (papel/celulosa). Así, pues, la mejor forma de frenar la deforestación es reducir el consumo de carne de cordero y de vacuno. En tercer lugar, se situaría el queso y los lácteos de vaca. Ritchie apoya esta opción, incluso aunque sean productos de ganadería extensiva en tierras no aptas para la agricultura, porque en estos casos considera que la mejor opción sería dejar que esas tierras se conviertan en bosques u otros espacios naturales.
Otras opciones que propone son: que los países ricos paguen a los más pobres por conservar sus bosques; y que se compensen las emisiones mediante reforestaciones (aunque esto tiene un peligro muy evidente).
Para acabar este apartado, Ritchie sostiene que no es buena idea volver de la ciudad a zonas rurales (revitalizar pueblos), ya que la principal causa de deforestación es cómo producimos nuestros alimentos y no dónde vivimos. Y también alerta de los que piensan que la alimentación vegana contribuye a la deforestación por los cultivos de soja. Los datos son muy evidentes: el 76 % de la soja se utiliza para alimentar animales y «solo el 7 % se destina a los productos veganos» (tofu, tempeh y leche vegetal).
4. Alimentación para no comerse el planeta
«La demanda humana de alimentos representa la mayor amenaza para los animales del globo». Así de contundente se manifiesta Hannah Ritchie. Afortunadamente, no es cierto que haya una fecha límite en los suelos agrícolas del mundo. Unos se están degradando y otros están mejorando, aunque en general, el suelo agrícola está siendo maltratado (y no solo por la erosión).
Una persona necesita entre 2.000 y 2.500 calorías diarias. Si dividimos la producción mundial de alimentos a partes iguales entre todos, cada uno de nosotros podría consumir unas 5.000 calorías diarias (más del doble de lo necesario). El hambre en el mundo no es un problema de falta de alimentos, sino de mala distribución (también lo apuntaron Nebel y Wrigth). Este dato sirve a Ritchie para confirmar que, en realidad, no somos demasiados humanos. El problema es que los millones que habitamos el planeta Tierra no nos contentamos solo con comer, sino que aspiramos a un consumo cada vez mayor (casas, teléfonos, aviones, IA…).
La superproducción agraria se debe principalmente a dos inventos: el de Fritz Haber y Carl Bosch (para convertir el nitrógeno del aire en amoníaco, fertilizante); y el de Norman Borlaug (para mejorar el cultivo de trigo en México). Estos logros para aumentar la producción han evitado muchas muertes, pero también han hecho que no podamos volver atrás. Es decir, «el planeta no puede limitarse a consumir solo alimentos ecológicos» (porque hay demasiadas personas a las que alimentar). Por tanto, a nivel colectivo dependemos de los fertilizantes para sobrevivir, y fabricarlos requiere grandes cantidades de energía, lo cual explica por qué los países pobres los usan poco, aunque tengan que utilizar mayor superficie agraria.
Vivimos en un mundo con grandes desigualdades, en el que algunos sufren de obesidad y otros de desnutrición; el alimento que podría saciar el hambre de millones de personas se dedica a alimentar ganado o a producir agrocombustibles para nuestros coches. Menos de la mitad de los cereales que se producen se dedican a la alimentación humana directa. Todo un 41 % se lo come el ganado, lo cual nos hace ver que comer animales es una forma muy ineficiente de conseguir proteínas. «Los animales más pequeños son más eficientes en términos calóricos», aunque surge el «dilema moral» de que hay que matar una mayor cantidad de animales pequeños para conseguir la misma cantidad de carne.
Ritchie pone un ejemplo que sirve para visualizar bien lo que implica comer animales muertos: «¿Se imagina que comprara una barra de pan, cortara una rebanada y tirara el resto —más del 90 %— a la basura? Pues bien: en términos de calorías, eso es más o menos lo que hacemos con la carne». El ganado también es ineficiente convirtiendo proteínas. Lo bueno es que son proteínas «completas» (incorporan aminoácidos importantes), lo cual se puede conseguir con dietas vegetales comiendo legumbres y cereales. La carne también tiene otros nutrientes importantes, pero el único que no existe en los vegetales es la vitamina B12 (asunto que ya se zanjó aquí).
Para entender la magnitud del problema, afirma que tres cuartas partes de la superficie agraria tienen como fin último criar ganado, y todo eso solo sirve para producir el 18 % de las calorías y el 37 % de las proteínas que consumimos. Debemos «reducir al máximo la cantidad de tierra que destinamos a la actividad agraria», lo cual mejoraría también otros problemas: deforestación, contaminación atmosférica, de aguas, de tierras, maltrato animal, etc.
Soluciones que propone:
Mejorar los rendimientos agrícolas en todo el mundo, especialmente en África.
Comer menos carne, sobre todo de vacuno y cordero, las carnes con mayor impacto (en emisiones, consumo y contaminación de agua, eutroficación, uso de tierra, etc.). Ritchie expone que no funciona instar a la ciudadanía a convertirse al veganismo, sino que es mejor invitar a hacer cambios paulatinos: poner un día a la semana sin carne, reducir las dosis, aumentar el consumo de legumbres, etc. Solo eliminando la carne de ternera y la de cordero se reduciría a la mitad nuestra necesidad de tierras de cultivo en todo el globo. Debemos entender que la dieta vegana es la más ecológica, pero no es necesario ser veganos estrictos: «El ahorro en comparación con una dieta con algo de pollo, o algo de pescado y huevos, no es tan significativo», aclara la autora del libro. Ella quiere derribar el mito de que si fuésemos veganos no habría tierra para cultivar porque, como ya se ha indicado, lo que ocurriría sería todo lo contrario: una dieta vegana requiere menos tierra de cultivo.
Invertir en sustitutos de la carne. Para Ritchie, es importante que las carnes vegetales cumplan cuatro requisitos: ser sabrosas, baratas, fáciles de encontrar y fáciles de incorporar a las dietas habituales. Ella afirma que ha probado multitud de productos vegetales y que hay algunos realmente asombrosos que, incluso, pueden llegar a gustar tanto o más que los productos cárnicos que imitan. Optar por estos productos no solo reduce la huella de carbono, sino que contribuye a bajar el precio para el resto de la humanidad.
Las hamburguesas híbridas también reducen la huella ecológica (usar carne de pollo total o parcialmente, introducir legumbres…).
Sustituir los productos lácteos por alternativas vegetales. En la UE, los productos lácteos son la causa de un mínimo de una cuarta parte de la huella de carbono. Cualquier bebida vegetal tiene una huella ecológica menor que la leche animal. Ritchie recuerda aquí también la importancia de seguir una dieta variada, para evitar carencias nutricionales.
Desperdiciar menos comida. Por ejemplo, resalta la importancia de cambiar los sacos de recogida de productos agrarios por cajas rígidas que protejan de golpes. También es importante saber que si un producto supera su fecha de «consumo preferente», no indica que no se pueda consumir.
No depender de la agricultura de interior. Aunque minimiza el espacio ocupado (agricultura en vertical), sus necesidades energéticas son tan inmensas que no compensan las ventajas, ni empleando solo energía renovable.
No centrarse en los alimentos de proximidad. Aunque el transporte es importante, supone solo el 5 % de las emisiones de GEI de la comida. El resto se debe a los procesos de producción, empaquetado y conservación. Lo más contaminante es el transporte aéreo (50 veces más que por barco), pero apenas se usa porque es caro. Por su parte, el transporte marítimo es barato, por lo que casi toda la contaminación del transporte de alimentos se produce en la carretera. En definitiva, Ritchie quiere dejar claro que está bien comer alimentos de proximidad, pero que las frutas y verduras producidas muy lejos tienen menos huella ecológica que la carne producida muy cerca.
Los alimentos ecológicos tienen menos pesticidas, pero requieren más extensión. Abonar con estiércol también puede contaminar acuíferos. Respecto al clima, no hay consenso si es mejor o peor porque depende de múltiples factores. Ritchie dice que se fija más en el contenido de los envases que en las certificaciones ecológicas.
Eliminar el plástico aumentaría el desperdicio alimentario. En la huella ecológica de los alimentos solo el 4 % de las emisiones procede de los envases. Nos advierte de que en ciertos alimentos es fácil de eliminar, pero en otros no. En todo caso, aquellos alimentos en los que el plástico es importante tal vez no sean esenciales en nuestra dieta y podemos prescindir totalmente del plástico y del alimento.
5. Pérdida de biodiversidad. Proteger la vida silvestre
«No cabe duda de que muchos animales están experimentando un preocupante y acelerado declive. Pero, si profundizamos un poco más, descubrimos que también hay algunos a los que les va bien». Lo que no debemos olvidar es que nuestra vida depende de la biodiversidad, aunque «no esté claro qué especies necesitemos y cuáles no». Recomendamos aquí leer el relato de La vida del doctor Biología. Lo cierto es que a veces prestamos más atención a ciertas especies, bonitas o más visibles, y olvidamos a las realmente importantes, como los gusanos y las bacterias.
El ser humano ha atacado a las demás especies desde sus orígenes, como bien explica Yuval N. Harari en su magnífico Sapiens. Ritchie declara que «antes de la aparición de la agricultura, hace unos diez mil años, la mayor amenaza para los animales era nuestra caza directa: una vez iniciada la actividad agraria, pasó a ser la destrucción de sus hábitats» y «en la última centuria, el ritmo de disminución ha sido aún más rápido». Un dato más: «Los vertebrados se han extinguido entre cien y mil veces más rápido de lo que cabría esperar».
Actualmente, los humanos y nuestro ganado constituimos la inmensa mayoría de los mamíferos del planeta. Estos son los datos del porcentaje de la biomasa actual y en 1900:
Mamíferos salvajes: 2 % (17 % en 1900).
Humanos: 35 % (23 %).
Ganado: 63 % (60 %).
Esta desproporción también ocurre en las aves: «la biomasa de nuestros pollos duplica la de las aves silvestres». Hay multitud de datos que llevan a poder proclamar que «nos dirigimos hacia una sexta extinción masiva». La buena noticia es que podemos frenarla.
Soluciones que propone:
Reducir al mínimo la superficie cultivada.
Utilizar fertilizantes y pesticidas de forma más prudente y eficaz.
Emplear los métodos de la UE con los que ha conseguido frenar el declive de multitud de especies: reducir el uso de tierras agrícolas, recuperar hábitats naturales, prohibición total de la caza, implementación de cuotas cinegéticas, mecanismos para detener a los cazadores furtivos, proteger zonas por ley (incluyendo también el rewilding), sistemas de compensación para reproducir determinadas especies y programas de cría y reintroducción.
Comer menos carne, porque esto reduciría la cantidad de tierra destinada a la agricultura, el cambio climático, la pérdida de biodiversidad y la deforestación.
Detener la deforestación, lo cual implicaría reducir la pérdida de hábitats y las emisiones de GEI.
Proteger los parajes con mayor biodiversidad. El objetivo de la ONU de proteger para 2030 el 30 % de la superficie terrestre es poco ambicioso; y no son pocas las voces que piden proteger al menos el 50 % para 2050.
Frenar el cambio climático.
Detener los vertidos de plásticos en el mar.
6. Plásticos marinos
«El 44 % de todo el plástico del planeta se emplea en la fabricación de envases». Es ahí donde está el núcleo del problema de los plásticos. La autora critica el documental Seaspiracy por algunos de sus datos, pero está conforme con que el 80 % del plástico de las islas oceánicas procede de la industria pesquera. Solo el 20 % restante tiene su origen en tierra. Sin embargo, si miramos el plástico en zonas costeras, los datos podrían indicar justo lo contrario.
Ritchie dice que no hay aún evidencias de los auténticos peligros de los plásticos en el cuerpo humano, y que le parece más preocupante el daño que se causa a la fauna marina (enredos, atragantamientos…).
Soluciones:
Dejar de utilizar envases de plástico de un solo uso.
Invertir más en gestión de residuos: sistemas de recogida, centros de reciclaje, vertederos adecuados (que capturen el metano de la materia orgánica), etc. Es importante reciclar todo lo que se pueda. El problema es que no siempre se puede. El reciclado mecánico permite que los plásticos se reciclen una o dos veces. El reciclado químico es mejor, pero es «tremendamente costoso» y no compensa hacerlo en ningún caso. Tal vez sería útil un SDDR para vidrio reutilizable y, en paralelo, imponer impuestos crecientes al plástico de un solo uso.
Obligar a las industrias a un diseño más inteligente, que utilice solo plásticos reciclables y permita separarlos de forma cómoda.
Prohibir el comercio de plástico usado para que los países ricos no usen a otros como sus vertederos. La proporción de plástico que circula por esta vía no es elevada, pero muchas veces acaba en el mar. Hablamos de 1,6 millones de toneladas en 2020.
Trabajar con la industria pesquera para que no abandone su basura en el mar (redes, anzuelos, etc.). Podría castigarse a los barcos que no traigan de vuelta los aparejos con los que salieron y/o premiarse a quienes traigan basura encontrada en el mar.
Poner interceptores en los ríos. Son aparatos o líneas de burbujas que sirven para capturar los plásticos evitando que lleguen al mar. Otra solución que no contempla es poner grandes bolsas de red a la salida de los desagües pluviales o residuales de las ciudades. Dado que esas aguas arrastran multitud de basura, esas redes la capturarían.
Limpiar las playas es una forma mucho más barata de reducir el plástico en los océanos que recogerlo mar adentro.
7. Sobrepesca. Poner fin al expolio de los océanos
Esto está muy relacionado con la pérdida de biodiversidad. Según Ritchie, los animales marinos son discriminados con respecto a los terrestres. De alguna forma, su sufrimiento parece importar menos a los humanos, a pesar de las evidencias que existen de que los peces son capaces de sentir sufrimiento.
El incremento en potencia y tecnología aplicada al sector pesquero ha hecho que muchas pesquerías hayan entrado en declive o en grave colapso. Ante esto, hay dos formas de actuar. La primera es proponer «capturar muy pocos peces, por no decir ninguno». La segunda es «capturar tantos peces como sea posible, año tras año, pero sin mermar más sus poblaciones». Normalmente, se opta por la segunda opción, aunque sabemos que en demasiadas ocasiones no se cumple.
Una tercera vía (con un enorme crecimiento) ha sido la cría de pescados y mariscos: acuicultura o piscicultura. Actualmente, se crían más peces y mariscos de los que se pescan en estado salvaje. Para Ritchie es una buena noticia porque, según ella, esto reduce presión sobre los peces salvajes. No obstante, reconoce que parte de la comida de los peces de piscifactoría es, precisamente, peces salvajes, pero que, para algunas especies, se ha logrado una proporción de 0,3 (es decir, que hacen falta 0,3 peces salvajes para criar uno de forma artificial). El resto de comida lo forman, por ejemplo, piensos vegetales. La autora deja claro que «las normas de bienestar animal que rigen en las piscifactorías suelen ser bastante deficientes» (léase esto para más datos). Ella no habla de otros problemas presentes en las piscifactorías, como la contaminación que producen.
Con respecto a los atúnidos, Ritchie dice que su situación es mala, aunque algunas especies están mejorando sus poblaciones. Particularmente, alerta de la situación de los atunes en el océano Índico, donde se está sobrepescando sin control (España con la famosa operación Atalanta). El libro no habla de la amenaza del mercurio en los atúnidos.
Otro problema es la muerte generalizada de los corales. La autora demuestra ser una apasionada de estos animales y no le faltan motivos. La solución urgente a este problema es frenar el calentamiento global, evitando quemar combustibles fósiles. Si quieres enamorarte de los corales, te animamos a leer el relato de Lord Howe.
Soluciones:
Comer menos pescado, siempre que sea posible. Tal vez unos quieran no comer nada de pescado (lo cual evita el dilema del sufrimiento animal), mientras que otros opten por reducir este tipo de alimento.
Elegir bien la especie a consumir. El problema de esta opción es que requiere el esfuerzo de investigar y puede variar en el tiempo y dependiendo de la región. Escogiendo bien, podemos comer pescado con poca huella de carbono (casi todos ellos son mejores que el pollo). Ella recomienda evitar los lenguados y mariscos caros, y optar por pescados pequeños y salvajes, como arenques o sardinas.
Reglamentos estrictos para capturas incidentales y descartes. El objetivo es reducir el número de peces que se pescan sin querer y que se tiran al mar (descartes), donde siempre mueren (si no lo están ya). Algunos países han prohibido los descartes y obligan a sus barcos de pesca a desembarcar todo lo que capturen, sea comercial o no.
Prohibir la pesca de arrastre. Es el arte más perjudicial: normalmente se descarta entre el 30 y el 50 % de todo lo capturado (a veces es el 10 %), a lo que hay que sumar el destrozo del fondo marino que ocasionan, entre otros inconvenientes.
Las áreas marinas protegidas evitan ciertas actuaciones humanas dentro de ellas. Son una buena solución, aunque a veces lo que provocan es que el impacto se traslade a otro lugar.
Propuestas finales de Hannah Ritchie
El libro de Ritchie es un canto de optimismo lleno de datos realistas. Algunas de sus opiniones pueden ser controvertidas, pero la mayoría están basadas en evidencias. Es cierto que estamos avanzando en muchos aspectos, aunque no sea tan rápido como nos gustaría. También es cierto que las opciones sostenibles se están volviendo más baratas. Y, en muchos casos, el pueblo está despertando.
Hannah se siente una traidora cuando no usa las opciones más ecológicas, aunque sí sean las opciones con menor huella de carbono, como usar el microondas o consumir alimentos que no sean de proximidad. Pero alerta que, aunque los cambios individuales sean importantes, es necesario un «cambio sistémico», es decir, una acción política que lleve a aprobar leyes que nos hagan avanzar en todas las soluciones que se han propuesto más arriba. Para ello, es necesario «votar a líderes que favorezcan medidas sostenibles» (partidos verdes y ecofeministas) y también sugiere importantes aportaciones individuales como estas:
«Votar con la cartera», que quiere decir que cuando compramos estamos enviando una señal clara de nuestros intereses al mercado (a las empresas).
Donar dinero a causas ecohumanistas (proyectos, organizaciones, etc.). Ritchie —conforme con lo que propuso Peter Singer— dice que dona al menos el 10 % de sus ingresos.
Dedicar más tiempo a las cosas importantes (colaborar con ONG, por ejemplo) y menos a discusiones secundarias. Es decir, aunemos esfuerzos en la dirección correcta, aunque no opinemos todos exactamente lo mismo.
También es muy importante elegir una trayectoria profesional que nos llene y en la que podamos empujar en la dirección que deseemos.
Esta obra (2025) examina diez personajes reales que han influido notablemente en la vida del autor. De cada uno de ellos, extrae y explica diez aprendizajes importantes. En general, son lecciones valiosas para cualquiera —no solo para emprendedores—, aunque el título no deja lugar a dudas del objetivo principal del autor.
De forma sintética, los aprendizajes de cada personaje son los siguientes. Recomendamos tomarse un tiempo para reflexionar en cada uno.
1. Marcos Vázquez (divulgador de salud español)
Recomienda tener presente que vas a morir y, justo por eso, merece la pena vivir sin miedo. Este y otros aprendizajes proceden del estoicismo, particularmente de Epicteto y Marco Aurelio.
Vive conociendo lo que puedas controlar. Sé consciente de lo que puedes controlar y de lo que no. Cuando disparas una flecha, pierdes el control de ella. Pero no olvides que puedes controlar tu entrenamiento y cómo disparas, y no lo que ocurre después.
El movimiento como medicina, porque es la fortaleza del mañana. El cuerpo está diseñado para moverse. Si no te mueves, enfermas.
Eres lo que comes. Comer bien es una de nuestras cuatro claves para vivir mejor.
Rodearse de buena gente no garantiza el éxito. Pero rodearse mal, casi siempre garantiza el fracaso.
Somos naturaleza y cuanto más lo olvidamos, peor vivimos. ¿Sabías que pasear por un bosque ayuda a sanar?
Duerme bien. El descanso es lo que hace posible vivir de verdad. De hecho, es otra de las cuatro claves que te permitirán duplicar tu sueldo.
Hacer ejercicio es también otra de esas claves, pero aquí Carlos Martínez concreta en lo importante que es entrenar fuerza para cuidar de nuestro yo futuro.
Quien evita la incomodidad, evita también la fortaleza.
Cuida tu mentalidad cada día, porque si no, terminarás siguiendo el camino del rebaño.
2. Marian Rojas (médica psiquiatra y escritora española)
No puedes cambiar el pasado ni controlar el futuro. Conectar con el presente es lo único que depende de ti.
Conócete a ti mismo: no hay en la vida aventura más transformadora.
Gestiona tu estrés. Controla tu cortisol. Pre-ocuparse es entregar tu salud a problemas que quizás nunca ocurren.
Perdonar no cambia el pasado, pero puede cambiarte a ti.
Piensa cosas bonitas de ti y que te inspiren. Hablarte mal, criticarte a ti mismo, no te hace más fuerte y te aleja de lo que podrías llegar a ser.
La verdadera felicidad no suele ir de la mano de lo cómodo.
Cuida tu batería mental como cuidas la de tu móvil, para no apagarte. Haz cosas que te recarguen. Esta es la última de las cuatro claves básicas para una vida feliz.
No subestimes el poder de quien te hace sentir bien, tus personas vitaminas. Puede que sea lo más parecido a la felicidad.
Haz que te pasen cosas buenas y, para ello, debes saber qué cosas son. Apúntalas. Tener claro lo que quieres te hará tomar decisiones que te acerquen a ese objetivo.
3. Pedro Buerbaum (empresario español)
La libertad empieza el día que asumes la propiedad de tu vida. Recomendamos estudiar bien la palabra libertad, porque es fácil malinterpretarla.
No esperes a ser como quieres ser: empieza a actuar como si ya lo fueras. Con el tiempo, lo serás.
Intercambiar tiempo por dinero es una trampa disfrazada de seguridad.
Mientras esperas que todo sea perfecto, otros ya lo están haciendo de manera imperfecta.
El único fracaso real es convencerte de que está bien quedarte donde no quieres estar.
Si conectas con tu propósito, hasta los momentos difíciles tienen sentido.
A veces, llamamos perseverancia a lo que en realidad es miedo a reconocer que nos hemos equivocado.
En la vida y en los negocios, los grandes logros nunca fueron cosa de uno solo.
La viralidad casi siempre empieza con una emoción.
No hay pastilla que cambie más tu vida que una dosis de vitamina D de Disciplina.
4. Isra Bravo (copywriter español)
Vender es ayudar a otras personas a entender cómo lo que haces puede mejorar su vida.
No busques la aprobación de los demás.
La atención es importante. Observa lo que hace todo el mundo y haz justo lo contrario.
Satisface tu curiosidad.
Vende siempre diciendo la verdad.
Una buena historia ayuda a vender más que un buen catálogo de propiedades.
El miedo a perder es más fuerte que el deseo de ganar. Si tus potenciales clientes ven que van a perder una oportunidad, estarán más favorables a comprar.
Vende beneficios, no características. La gente no compra el camino, sino cómo se sentirá al llegar.
Repetir y no rendirse es importante. Por eso, la publicidad se basa en repetir el mensaje una y otra vez. Y funciona.
Si vas a vender, no muestres que necesitas que te compren. Como en la vida, cuanto menos lo necesites tú, más te querrán.
5. Fernando Miralles (experto español en comunicación)
La palabra, el arma más poderosa.
Persuadir es querer lo mejor para ambos. Manipular es quererlo solo para ti.
Todos pecamos y quien sabe leer el pecado principal de su potencial cliente tendrá la llave para vender más, negociar mejor y conectar con la verdad, porque puedes hablarle mejor de sus necesidades y esperanzas.
Nada une más a las personas que tener algo o alguien contra lo que luchar juntos.
La simplicidad es la mejor forma de ser escuchado, entendido y recordado.
Aprende a comunicar adecuadamente: lenguaje no verbal, evitar muletillas, escuchar al otro…
Eres una marca y ese puede ser tu verdadero poder.
Nadie quiere que le vendan algo, sino tener la sensación de que eligieron ellos.
A comunicar, se aprende comunicando. La práctica vence al miedo.
Piensa antes de creerte algo. Sin pensamiento crítico, otros pensarán por ti.
6. Ilia Topuria (luchador de artes marciales mixto hispano-georgiano)
Un campeón no controla el resultado, controla su preparación.
El único miedo que debería importar es mirar atrás y ver que no has mejorado nada.
Si no estás dispuesto a aumentar el sacrificio, tendrás que reducir el deseo.
Confía en ti mismo. Quien confía en sus alas, no teme que se rompa la rama.
Las grandes batallas forjan grandes guerreros. No temas la adversidad.
Quien deja de aprender, empieza a perder. Invierte siempre en formación.
Quien no es feliz en el camino, tampoco lo será al llegar al destino. Es normal obsesionarse con la meta, pero no dejes de disfrutar.
Para llegar a donde quieres llegar, primero tienes que imaginarlo, preferentemente con detalle.
Lo que criticas en otros habla más de ti que de ellos.
La paciencia no retrasa tus sueños, los protege.
7. Yaiza Canosa (empresaria española)
El éxito en los negocios no viene de una buena idea, sino de una buena ejecución.
El éxito no es dejar de trabajar, sino trabajar en algo que nunca quieras dejar.
No seas un jefe. Sé un líder. El jefe tiene subordinados. El líder crea compañeros de batalla. Si esto te ha gustado, tal vez quieras también leer cinco ideas para empresas y empleados.
Quien no tiene hambre de mejorar, termina devorado por la mediocridad.
No todo el mundo sirve para emprender, pero cualquiera puede pensar como un emprendedor.
Para colaborar contigo, ficha a las mejores personas.
Quien habla de suerte es porque nunca ha conocido la perseverancia.
Emprender en soledad te da libertad, pero en compañía tienes más fuerza.
El éxito es acostarte tranquilo y levantarte con ganas.
Lo que admiras en otros, lo imitas. Y lo que imitas acaba moldeando tu manera de pensar, de trabajar y de vivir. Por tanto, cuida a quién admiras.
8. Rafa Nadal (tenista español)
Quien no se rinde nunca, está venciendo.
Quien rehuye la dificultad, huye también de la felicidad.
Lo importante no es lo que logras, sino en quién te conviertes al intentarlo.
Ser ejemplar es más elocuente y efectivo que mil discursos.
Las verdades que más incomodan son las que más nos hacen crecer. Pídeles a los tuyos que sean sinceros contigo y acepta las críticas.
Nadie triunfa por su talento inicial. Hay que trabajar.
Sin dificultad no hay crecimiento personal.
No hay satisfacción más grande que saber que lo diste todo, que te esforzaste.
9. José Elías (empresario español)
Ganar el primer millón es el más difícil, porque tienes que ganarte a ti mismo.
No elegimos dónde nacemos, pero sí cómo vivimos.
Las crisis nos enseñan grandes lecciones.
Para ganar, tienes que reducir al máximo el tiempo entre pensar y actuar.
El que domina la pregunta, domina la negociación. Y para ello, hay que escuchar más que hablar.
La competencia es fantástica si observas lo que hace. No te creas más listo que el mercado.
Hay que pensar a largo plazo, en años.
Quien no sabe delegar, tiene 24 horas. Quien aprende a hacerlo, tiene muchas más.
Diversifica tus negocios para vivir con menos miedo y más libertad.
La riqueza no se mide en dinero, sino en libertad. Dependiendo de lo que quieras hacer, necesitarás o no dinero, porque la felicidad viene más de necesitar poco que de satisfacer necesidades extravagantes.
10. Sergio Fernández (divulgador y conferenciante español)
Tu tiempo y tu libertad son tu mayor riqueza. Piensa bien a quién se lo estás entregando.
El dinero no cambia a las personas. Solo revela la raíz de lo que ya son. El dinero es solo una herramienta que puede emplearse bien o mal. Y en todo caso, no te la puedes llevar al morir.
Tú decides si hablarte desde la escasez o desde la abundancia.
Quien desperdicia tiempo, regala su mayor fortuna.
El dinero compra cosas; pero los activos (aquello que te provoca ingresos) compran tu libertad.
Quien controla su dinero, controla su vida. Según esto, es importante organizar bien a qué se dedican los ingresos. Por ejemplo, propone donar el 10 % de los ingresos a apoyar causas nobles o a quien lo necesite, sin esperar nada a cambio. Curiosamente, es el mismo porcentaje que propuso Peter Singer.
La vida pesa menos cuando cargas solo con lo que te corresponde. No ayudes ni des consejos a quien no te los ha pedido. Lo que sí puedes hacer es ofrecerte a ayudar, de forma educada y sutil.
La mayor fuerza del universo es la constancia multiplicada por el tiempo.
Quien quiera peces, que se moje el culo. Quien quiera dinero, que aporte valor.
El verdadero patrimonio de un ser humano no está en sus bienes, sino en su conocimiento. Invierte en aprender más y más.
Terminamos con tres críticas que no pretenden desmerecer este magnífico libro:
Carlos Martínez sostiene que los impuestos son abusivos y que todos damos al Estado demasiado dinero. Es una opinión peliaguda y que no se puede soltar sin hablar de todo lo que el Estado nos ofrece: carreteras, hospitales, colegios, universidades, seguridad, policía, transportes (trenes, aeropuertos…), etc. Solo alguien que no usa ni haya usado nada de esto está en condiciones de criticar los impuestos abiertamente. Por otra parte, a todos nos interesa que en nuestra sociedad no haya pobreza extrema (por justicia, por solidaridad, por tener mayor seguridad, etc.). Es evidente que el dinero público beneficia tanto a los ricos como a los pobres, lo cual no impide exigir que se use adecuadamente.
El autor propone invertir en fondos indexados rentables sin dedicar ni una palabra a la ética de tales inversiones. Muchos fondos de inversión contribuyen directamente al mundo asombrosamente injusto en el que vivimos, porque invierten en negocios de armas o en industrias altamente contaminantes. Aquí tienes un breve análisis de las empresas del IBEX-35.
El libro critica el sistema de pensiones como algo insostenible, lo cual es falso porque se basa en un acuerdo intergeneracional. Será insostenible si nos negamos a que sea sostenible. Somos nosotros, como sociedad, los que hacemos que sea o no sostenible, porque depende de nosotros. Los que trabajamos ahora, pagamos las pensiones de nuestros mayores y, cuando lleguemos a mayores (si con suerte llegamos), serán los que estén trabajando los que nos pagarán a nosotros. Es un principio de solidaridad entre generaciones muy bonito y que funciona, más o menos bien, si lo gestionamos bien. Lo que es casi una estafa son los planes de pensiones privados, porque el dinero que inviertes se devalúa con el tiempo, apenas superan la inflación y tienen comisiones exageradas.
Esta obra (2025) examina diez personajes reales que han influido notablemente en la vida del autor. De cada uno de ellos, extrae y explica diez aprendizajes importantes. En general, son lecciones valiosas para cualquiera —no solo para emprendedores—, aunque el título no deja lugar a dudas del objetivo principal del autor.
De forma sintética, los aprendizajes de cada personaje son los siguientes. Recomendamos tomarse un tiempo para reflexionar en cada uno.
1. Marcos Vázquez (divulgador de salud español)
Recomienda tener presente que vas a morir y, justo por eso, merece la pena vivir sin miedo. Este y otros aprendizajes proceden del estoicismo, particularmente de Epicteto y Marco Aurelio.
Vive conociendo lo que puedas controlar. Sé consciente de lo que puedes controlar y de lo que no. Cuando disparas una flecha, pierdes el control de ella. Pero no olvides que puedes controlar tu entrenamiento y cómo disparas, y no lo que ocurre después.
El movimiento como medicina, porque es la fortaleza del mañana. El cuerpo está diseñado para moverse. Si no te mueves, enfermas.
Eres lo que comes. Comer bien es una de nuestras cuatro claves para vivir mejor.
Rodearse de buena gente no garantiza el éxito. Pero rodearse mal, casi siempre garantiza el fracaso.
Somos naturaleza y cuanto más lo olvidamos, peor vivimos. ¿Sabías que pasear por un bosque ayuda a sanar?
Duerme bien. El descanso es lo que hace posible vivir de verdad. De hecho, es otra de las cuatro claves que te permitirán duplicar tu sueldo.
Hacer ejercicio es también otra de esas claves, pero aquí Carlos Martínez concreta en lo importante que es entrenar fuerza para cuidar de nuestro yo futuro.
Quien evita la incomodidad, evita también la fortaleza.
Cuida tu mentalidad cada día, porque si no, terminarás siguiendo el camino del rebaño.
2. Marian Rojas (médica psiquiatra y escritora española)
No puedes cambiar el pasado ni controlar el futuro. Conectar con el presente es lo único que depende de ti.
Conócete a ti mismo: no hay en la vida aventura más transformadora.
Gestiona tu estrés. Controla tu cortisol. Pre-ocuparse es entregar tu salud a problemas que quizás nunca ocurren.
Perdonar no cambia el pasado, pero puede cambiarte a ti.
Piensa cosas bonitas de ti y que te inspiren. Hablarte mal, criticarte a ti mismo, no te hace más fuerte y te aleja de lo que podrías llegar a ser.
La verdadera felicidad no suele ir de la mano de lo cómodo.
Cuida tu batería mental como cuidas la de tu móvil, para no apagarte. Haz cosas que te recarguen. Esta es la última de las cuatro claves básicas para una vida feliz.
No subestimes el poder de quien te hace sentir bien, tus personas vitaminas. Puede que sea lo más parecido a la felicidad.
Haz que te pasen cosas buenas y, para ello, debes saber qué cosas son. Apúntalas. Tener claro lo que quieres te hará tomar decisiones que te acerquen a ese objetivo.
3. Pedro Buerbaum (empresario español)
La libertad empieza el día que asumes la propiedad de tu vida. Recomendamos estudiar bien la palabra libertad, porque es fácil malinterpretarla.
No esperes a ser como quieres ser: empieza a actuar como si ya lo fueras. Con el tiempo, lo serás.
Intercambiar tiempo por dinero es una trampa disfrazada de seguridad.
Mientras esperas que todo sea perfecto, otros ya lo están haciendo de manera imperfecta.
El único fracaso real es convencerte de que está bien quedarte donde no quieres estar.
Si conectas con tu propósito, hasta los momentos difíciles tienen sentido.
A veces, llamamos perseverancia a lo que en realidad es miedo a reconocer que nos hemos equivocado.
En la vida y en los negocios, los grandes logros nunca fueron cosa de uno solo.
La viralidad casi siempre empieza con una emoción.
No hay pastilla que cambie más tu vida que una dosis de vitamina D de Disciplina.
4. Isra Bravo (copywriter español)
Vender es ayudar a otras personas a entender cómo lo que haces puede mejorar su vida.
No busques la aprobación de los demás.
La atención es importante. Observa lo que hace todo el mundo y haz justo lo contrario.
Satisface tu curiosidad.
Vende siempre diciendo la verdad.
Una buena historia ayuda a vender más que un buen catálogo de propiedades.
El miedo a perder es más fuerte que el deseo de ganar. Si tus potenciales clientes ven que van a perder una oportunidad, estarán más favorables a comprar.
Vende beneficios, no características. La gente no compra el camino, sino cómo se sentirá al llegar.
Repetir y no rendirse es importante. Por eso, la publicidad se basa en repetir el mensaje una y otra vez. Y funciona.
Si vas a vender, no muestres que necesitas que te compren. Como en la vida, cuanto menos lo necesites tú, más te querrán.
5. Fernando Miralles (experto español en comunicación)
La palabra, el arma más poderosa.
Persuadir es querer lo mejor para ambos. Manipular es quererlo solo para ti.
Todos pecamos y quien sabe leer el pecado principal de su potencial cliente tendrá la llave para vender más, negociar mejor y conectar con la verdad, porque puedes hablarle mejor de sus necesidades y esperanzas.
Nada une más a las personas que tener algo o alguien contra lo que luchar juntos.
La simplicidad es la mejor forma de ser escuchado, entendido y recordado.
Aprende a comunicar adecuadamente: lenguaje no verbal, evitar muletillas, escuchar al otro…
Eres una marca y ese puede ser tu verdadero poder.
Nadie quiere que le vendan algo, sino tener la sensación de que eligieron ellos.
A comunicar, se aprende comunicando. La práctica vence al miedo.
Piensa antes de creerte algo. Sin pensamiento crítico, otros pensarán por ti.
6. Ilia Topuria (luchador de artes marciales mixto hispano-georgiano)
Un campeón no controla el resultado, controla su preparación.
El único miedo que debería importar es mirar atrás y ver que no has mejorado nada.
Si no estás dispuesto a aumentar el sacrificio, tendrás que reducir el deseo.
Confía en ti mismo. Quien confía en sus alas, no teme que se rompa la rama.
Las grandes batallas forjan grandes guerreros. No temas la adversidad.
Quien deja de aprender, empieza a perder. Invierte siempre en formación.
Quien no es feliz en el camino, tampoco lo será al llegar al destino. Es normal obsesionarse con la meta, pero no dejes de disfrutar.
Para llegar a donde quieres llegar, primero tienes que imaginarlo, preferentemente con detalle.
Lo que criticas en otros habla más de ti que de ellos.
La paciencia no retrasa tus sueños, los protege.
7. Yaiza Canosa (empresaria española)
El éxito en los negocios no viene de una buena idea, sino de una buena ejecución.
El éxito no es dejar de trabajar, sino trabajar en algo que nunca quieras dejar.
No seas un jefe. Sé un líder. El jefe tiene subordinados. El líder crea compañeros de batalla. Si esto te ha gustado, tal vez quieras también leer cinco ideas para empresas y empleados.
Quien no tiene hambre de mejorar, termina devorado por la mediocridad.
No todo el mundo sirve para emprender, pero cualquiera puede pensar como un emprendedor.
Para colaborar contigo, ficha a las mejores personas.
Quien habla de suerte es porque nunca ha conocido la perseverancia.
Emprender en soledad te da libertad, pero en compañía tienes más fuerza.
El éxito es acostarte tranquilo y levantarte con ganas.
Lo que admiras en otros, lo imitas. Y lo que imitas acaba moldeando tu manera de pensar, de trabajar y de vivir. Por tanto, cuida a quién admiras.
8. Rafa Nadal (tenista español)
Quien no se rinde nunca, está venciendo.
Quien rehuye la dificultad, huye también de la felicidad.
Lo importante no es lo que logras, sino en quién te conviertes al intentarlo.
Ser ejemplar es más elocuente y efectivo que mil discursos.
Las verdades que más incomodan son las que más nos hacen crecer. Pídeles a los tuyos que sean sinceros contigo y acepta las críticas.
Nadie triunfa por su talento inicial. Hay que trabajar.
Sin dificultad no hay crecimiento personal.
No hay satisfacción más grande que saber que lo diste todo, que te esforzaste.
9. José Elías (empresario español)
Ganar el primer millón es el más difícil, porque tienes que ganarte a ti mismo.
No elegimos dónde nacemos, pero sí cómo vivimos.
Las crisis nos enseñan grandes lecciones.
Para ganar, tienes que reducir al máximo el tiempo entre pensar y actuar.
El que domina la pregunta, domina la negociación. Y para ello, hay que escuchar más que hablar.
La competencia es fantástica si observas lo que hace. No te creas más listo que el mercado.
Hay que pensar a largo plazo, en años.
Quien no sabe delegar, tiene 24 horas. Quien aprende a hacerlo, tiene muchas más.
Diversifica tus negocios para vivir con menos miedo y más libertad.
La riqueza no se mide en dinero, sino en libertad. Dependiendo de lo que quieras hacer, necesitarás o no dinero, porque la felicidad viene más de necesitar poco que de satisfacer necesidades extravagantes.
10. Sergio Fernández (divulgador y conferenciante español)
Tu tiempo y tu libertad son tu mayor riqueza. Piensa bien a quién se lo estás entregando.
El dinero no cambia a las personas. Solo revela la raíz de lo que ya son. El dinero es solo una herramienta que puede emplearse bien o mal. Y en todo caso, no te la puedes llevar al morir.
Tú decides si hablarte desde la escasez o desde la abundancia.
Quien desperdicia tiempo, regala su mayor fortuna.
El dinero compra cosas; pero los activos (aquello que te provoca ingresos) compran tu libertad.
Quien controla su dinero, controla su vida. Según esto, es importante organizar bien a qué se dedican los ingresos. Por ejemplo, propone donar el 10 % de los ingresos a apoyar causas nobles o a quien lo necesite, sin esperar nada a cambio. Curiosamente, es el mismo porcentaje que propuso Peter Singer.
La vida pesa menos cuando cargas solo con lo que te corresponde. No ayudes ni des consejos a quien no te los ha pedido. Lo que sí puedes hacer es ofrecerte a ayudar, de forma educada y sutil.
La mayor fuerza del universo es la constancia multiplicada por el tiempo.
Quien quiera peces, que se moje el culo. Quien quiera dinero, que aporte valor.
El verdadero patrimonio de un ser humano no está en sus bienes, sino en su conocimiento. Invierte en aprender más y más.
Terminamos con tres críticas que no pretenden desmerecer este magnífico libro:
Carlos Martínez sostiene que los impuestos son abusivos y que todos damos al Estado demasiado dinero. Es una opinión peliaguda y que no se puede soltar sin hablar de todo lo que el Estado nos ofrece: carreteras, hospitales, colegios, universidades, seguridad, policía, transportes (trenes, aeropuertos…), etc. Solo alguien que no usa ni haya usado nada de esto está en condiciones de criticar los impuestos abiertamente. Por otra parte, a todos nos interesa que en nuestra sociedad no haya pobreza extrema (por justicia, por solidaridad, por tener mayor seguridad, etc.). Es evidente que el dinero público beneficia tanto a los ricos como a los pobres, lo cual no impide exigir que se use adecuadamente.
El autor propone invertir en fondos indexados rentables sin dedicar ni una palabra a la ética de tales inversiones. Muchos fondos de inversión contribuyen directamente al mundo asombrosamente injusto en el que vivimos, porque invierten en negocios de armas o en industrias altamente contaminantes. Aquí tienes un breve análisis de las empresas del IBEX-35.
El libro critica el sistema de pensiones como algo insostenible, lo cual es falso porque se basa en un acuerdo intergeneracional. Será insostenible si nos negamos a que sea sostenible. Somos nosotros, como sociedad, los que hacemos que sea o no sostenible, porque depende de nosotros. Los que trabajamos ahora, pagamos las pensiones de nuestros mayores y, cuando lleguemos a mayores (si con suerte llegamos), serán los que estén trabajando los que nos pagarán a nosotros. Es un principio de solidaridad entre generaciones muy bonito y que funciona, más o menos bien, si lo gestionamos bien. Lo que es casi una estafa son los planes de pensiones privados, porque el dinero que inviertes se devalúa con el tiempo, apenas superan la inflación y tienen comisiones exageradas.
Algunos humanos tienen la obsesión de intentar convertir en dinero cualquier cosa. Si publican fotos o vídeos, quieren cobrar como influencers (mejor en Andorra para pagar menos impuestos, aunque no renuncien a los servicios públicos de España: hospitales, aeropuertos…). Los que escriben ansían publicar libros para ganar mucho. Si cantan, quieren vender canciones. Si pintan, querrán vender cuadros. No todo tiene precio.
Las instituciones también caen en este error. En una zona turistificable, hay que maximizar el negocio sin medir si nuestra gente malvive explotada por la industria turística. Sabemos que el turismo es un negocio que no enriquece a una región, sino que la somete. Ahí están Canarias y Andalucía, destinos entre los más visitados del mundo y, a la vez, también están entre las comunidades más empobrecidas del país.
No es malo intentar ganar dinero. El problema es no pensar en las consecuencias. Y también obsesionarse bajo el influjo de gurús y emprendedores que te digan que «conseguirás todo lo que te propongas», aunque para ello tengas que amargarte la vida como inversión. Emprender está bien, pero es justo reivindicar el placer de actuar sencillamente por algo que pensamos que debe ser hecho. Sin esperar recompensa (al estilo karma yoga).
Hace unos días participé en una plantación de árboles organizada por voluntarios de WWF en Málaga, por la Universidad de Málaga y por el Ayuntamiento de Mijas. Los que fuimos hasta la Sierra de Mijas no pensamos en ganar dinero plantando algarrobos, acebuches, lentiscos y encinas. La mayoría eran jóvenes estudiantes universitarios que, seguramente, no volverán a aquel paraje para disfrutar de los árboles plantados. Es decir, hay personas —muchas de ellas jóvenes— comprometidas con el medioambiente y con hacer cosas que no se van a monetizar. Que sirvan de ejemplo.
De ahí que merezca la pena cuidarse de las obsesiones, para no perdernos, por su culpa, las mejores partes de la vida. Si te gusta escribir, escribe —y publica—; mucho mejor sin pensar en monetizar. Pinta como si no quisieras vender tu obra y baila como si nadie te estuviera mirando. Que nadie compre tu libertad.
Algunos humanos tienen la obsesión de intentar convertir en dinero cualquier cosa. Si publican fotos o vídeos, quieren cobrar como influencers (mejor en Andorra para pagar menos impuestos, aunque no renuncien a los servicios públicos de España: hospitales, aeropuertos…). Los que escriben ansían publicar libros para ganar mucho. Si cantan, quieren vender canciones. Si pintan, querrán vender cuadros. No todo tiene precio.
Las instituciones también caen en este error. En una zona turistificable, hay que maximizar el negocio sin medir si nuestra gente malvive explotada por la industria turística. Sabemos que el turismo es un negocio que no enriquece a una región, sino que la somete. Ahí están Canarias y Andalucía, destinos entre los más visitados del mundo y, a la vez, también están entre las comunidades más empobrecidas del país.
No es malo intentar ganar dinero. El problema es no pensar en las consecuencias. Y también obsesionarse bajo el influjo de gurús y emprendedores que te digan que «conseguirás todo lo que te propongas», aunque para ello tengas que amargarte la vida como inversión. Emprender está bien, pero es justo reivindicar el placer de actuar sencillamente por algo que pensamos que debe ser hecho. Sin esperar recompensa (al estilo karma yoga).
Hace unos días participé en una plantación de árboles organizada por voluntarios de WWF en Málaga, por la Universidad de Málaga y por el Ayuntamiento de Mijas. Los que fuimos hasta la Sierra de Mijas no pensamos en ganar dinero plantando algarrobos, acebuches, lentiscos y encinas. La mayoría eran jóvenes estudiantes universitarios que, seguramente, no volverán a aquel paraje para disfrutar de los árboles plantados. Es decir, hay personas —muchas de ellas jóvenes— comprometidas con el medioambiente y con hacer cosas que no se van a monetizar. Que sirvan de ejemplo.
De ahí que merezca la pena cuidarse de las obsesiones, para no perdernos, por su culpa, las mejores partes de la vida. Si te gusta escribir, escribe —y publica—; mucho mejor sin pensar en monetizar. Pinta como si no quisieras vender tu obra y baila como si nadie te estuviera mirando. Que nadie compre tu libertad.
«Habría que preguntarse por qué esas tribus pérdidas que viven prácticamente cómo lo hacían en el Paleolítico, son infinitamente más felices y sanas que las denominadas sociedades avanzadas con toda la tecnología y las comodidades a su alcance».
— Félix Rodríguez de la Fuente.
La búsqueda de la felicidad se ha convertido en uno de los grandes relatos de la sociedad contemporánea. Se nos repite con insistencia que el progreso material, el desarrollo tecnológico y el crecimiento económico constituyen el camino natural hacia una vida más plena. Sin embargo, a medida que las sociedades avanzadas se transforman y la tecnología ocupa un lugar cada vez más central en la vida cotidiana, surge una pregunta que merece una reflexión profunda:
¿Hasta qué punto ese progreso nos acerca realmente a la felicidad?
En muchas regiones del mundo desarrollado la vida transcurre hoy casi por completo en entornos urbanos. Ciudades densamente pobladas, ritmos de trabajo acelerados y una creciente digitalización han configurado una forma de vida profundamente distinta de la que acompañó a la humanidad durante la mayor parte de su historia. En este nuevo escenario, la naturaleza ha pasado a ocupar un lugar marginal. Para millones de personas el contacto con el entorno natural se reduce a espacios verdes fragmentados o a experiencias ocasionales durante el tiempo libre.
Esta transformación no es únicamente paisajística. La distancia creciente entre el ser humano y su entorno natural implica también una ruptura cultural y emocional con los procesos ecológicos de los que dependemos. Durante milenios, la vida humana estuvo integrada en los ritmos del territorio: las estaciones, los ciclos del agua, la presencia de fauna y la dinámica de los ecosistemas formaban parte del horizonte cotidiano. Hoy, sin embargo, una parte significativa de la población vive prácticamente ajena a estos procesos.
La desconexión con la naturaleza no es un fenómeno trivial. Numerosos estudios científicos han señalado que el contacto regular con entornos naturales tiene efectos positivos sobre la salud física y mental. La exposición a paisajes naturales reduce el estrés, mejora la capacidad de concentración y favorece el bienestar psicológico. Por el contrario, la vida en entornos excesivamente artificiales puede contribuir a aumentar la ansiedad, la fatiga mental y la sensación de alienación.
Este contraste plantea una cuestión fundamental: si el progreso tecnológico ha mejorado de manera indiscutible muchos aspectos de la vida humana, ¿por qué persiste una sensación generalizada de insatisfacción en muchas sociedades desarrolladas? La respuesta probablemente no se encuentra en un rechazo al progreso, sino en la forma en que ese progreso ha sido concebido. Durante décadas se ha asumido que el bienestar humano depende principalmente de la acumulación de bienes materiales y de la expansión tecnológica. Sin embargo, esta visión ignora dimensiones esenciales de la experiencia humana.
En este contexto adquieren especial relevancia las reflexiones de figuras como Félix Rodríguez de la Fuente, que dedicó buena parte de su vida a recordar la profunda relación entre el ser humano y el mundo natural. Para él, la naturaleza no era simplemente un escenario exterior ni un recurso utilitario, sino el marco fundamental de nuestra existencia. Sus palabras siguen invitando a replantear una pregunta incómoda, pero necesaria: ¿qué es realmente lo que valoramos cuando hablamos de felicidad?
La respuesta no puede encontrarse únicamente en indicadores de crecimiento o en avances tecnológicos. La felicidad humana parece estar ligada a elementos más complejos y menos cuantificables: el sentido de pertenencia, la relación con los demás, la experiencia del paisaje y la conexión con los procesos naturales que sostienen la vida. Estos factores no pueden sustituirse mediante innovaciones técnicas ni mediante el aumento indefinido del consumo.
La cuestión, por tanto, no consiste en oponer tecnología y naturaleza como si fueran realidades incompatibles. El desafío de nuestro tiempo es encontrar una forma de convivencia entre ambas que no implique sacrificar el vínculo con el mundo natural. La tecnología puede contribuir a mejorar la calidad de vida, pero debe integrarse dentro de una visión que reconozca los límites ecológicos y la importancia de mantener una relación equilibrada con el entorno.
Esta búsqueda de equilibrio es, en última instancia, una cuestión cultural. Implica revisar las prioridades de la sociedad y preguntarse qué entendemos por progreso. Si el desarrollo tecnológico conduce a una vida cada vez más desconectada de la naturaleza, es legítimo cuestionar si ese modelo responde realmente a las necesidades profundas del ser humano.
Tal vez la verdadera reflexión no consista en preguntarnos cómo alcanzar la felicidad mediante nuevos avances, sino en recordar aquello que siempre ha formado parte de la experiencia humana: la relación con el territorio, el contacto con la vida silvestre, la percepción del paso de las estaciones y la conciencia de pertenecer a un mundo natural que trasciende nuestras propias construcciones.
En un tiempo marcado por la aceleración y la innovación constante, recuperar esa perspectiva puede ser un acto de lucidez. La tecnología seguirá avanzando, pero la pregunta fundamental permanece abierta: si el progreso nos aleja cada vez más de la naturaleza, ¿estamos realmente avanzando hacia una vida más feliz o simplemente hacia una forma distinta de vivir más lejos de aquello que nos hacía sentir parte del mundo?
«Habría que preguntarse por qué esas tribus pérdidas que viven prácticamente cómo lo hacían en el Paleolítico, son infinitamente más felices y sanas que las denominadas sociedades avanzadas con toda la tecnología y las comodidades a su alcance».
— Félix Rodríguez de la Fuente.
La búsqueda de la felicidad se ha convertido en uno de los grandes relatos de la sociedad contemporánea. Se nos repite con insistencia que el progreso material, el desarrollo tecnológico y el crecimiento económico constituyen el camino natural hacia una vida más plena. Sin embargo, a medida que las sociedades avanzadas se transforman y la tecnología ocupa un lugar cada vez más central en la vida cotidiana, surge una pregunta que merece una reflexión profunda:
¿Hasta qué punto ese progreso nos acerca realmente a la felicidad?
En muchas regiones del mundo desarrollado la vida transcurre hoy casi por completo en entornos urbanos. Ciudades densamente pobladas, ritmos de trabajo acelerados y una creciente digitalización han configurado una forma de vida profundamente distinta de la que acompañó a la humanidad durante la mayor parte de su historia. En este nuevo escenario, la naturaleza ha pasado a ocupar un lugar marginal. Para millones de personas el contacto con el entorno natural se reduce a espacios verdes fragmentados o a experiencias ocasionales durante el tiempo libre.
Esta transformación no es únicamente paisajística. La distancia creciente entre el ser humano y su entorno natural implica también una ruptura cultural y emocional con los procesos ecológicos de los que dependemos. Durante milenios, la vida humana estuvo integrada en los ritmos del territorio: las estaciones, los ciclos del agua, la presencia de fauna y la dinámica de los ecosistemas formaban parte del horizonte cotidiano. Hoy, sin embargo, una parte significativa de la población vive prácticamente ajena a estos procesos.
La desconexión con la naturaleza no es un fenómeno trivial. Numerosos estudios científicos han señalado que el contacto regular con entornos naturales tiene efectos positivos sobre la salud física y mental. La exposición a paisajes naturales reduce el estrés, mejora la capacidad de concentración y favorece el bienestar psicológico. Por el contrario, la vida en entornos excesivamente artificiales puede contribuir a aumentar la ansiedad, la fatiga mental y la sensación de alienación.
Este contraste plantea una cuestión fundamental: si el progreso tecnológico ha mejorado de manera indiscutible muchos aspectos de la vida humana, ¿por qué persiste una sensación generalizada de insatisfacción en muchas sociedades desarrolladas? La respuesta probablemente no se encuentra en un rechazo al progreso, sino en la forma en que ese progreso ha sido concebido. Durante décadas se ha asumido que el bienestar humano depende principalmente de la acumulación de bienes materiales y de la expansión tecnológica. Sin embargo, esta visión ignora dimensiones esenciales de la experiencia humana.
En este contexto adquieren especial relevancia las reflexiones de figuras como Félix Rodríguez de la Fuente, que dedicó buena parte de su vida a recordar la profunda relación entre el ser humano y el mundo natural. Para él, la naturaleza no era simplemente un escenario exterior ni un recurso utilitario, sino el marco fundamental de nuestra existencia. Sus palabras siguen invitando a replantear una pregunta incómoda, pero necesaria: ¿qué es realmente lo que valoramos cuando hablamos de felicidad?
La respuesta no puede encontrarse únicamente en indicadores de crecimiento o en avances tecnológicos. La felicidad humana parece estar ligada a elementos más complejos y menos cuantificables: el sentido de pertenencia, la relación con los demás, la experiencia del paisaje y la conexión con los procesos naturales que sostienen la vida. Estos factores no pueden sustituirse mediante innovaciones técnicas ni mediante el aumento indefinido del consumo.
La cuestión, por tanto, no consiste en oponer tecnología y naturaleza como si fueran realidades incompatibles. El desafío de nuestro tiempo es encontrar una forma de convivencia entre ambas que no implique sacrificar el vínculo con el mundo natural. La tecnología puede contribuir a mejorar la calidad de vida, pero debe integrarse dentro de una visión que reconozca los límites ecológicos y la importancia de mantener una relación equilibrada con el entorno.
Esta búsqueda de equilibrio es, en última instancia, una cuestión cultural. Implica revisar las prioridades de la sociedad y preguntarse qué entendemos por progreso. Si el desarrollo tecnológico conduce a una vida cada vez más desconectada de la naturaleza, es legítimo cuestionar si ese modelo responde realmente a las necesidades profundas del ser humano.
Tal vez la verdadera reflexión no consista en preguntarnos cómo alcanzar la felicidad mediante nuevos avances, sino en recordar aquello que siempre ha formado parte de la experiencia humana: la relación con el territorio, el contacto con la vida silvestre, la percepción del paso de las estaciones y la conciencia de pertenecer a un mundo natural que trasciende nuestras propias construcciones.
En un tiempo marcado por la aceleración y la innovación constante, recuperar esa perspectiva puede ser un acto de lucidez. La tecnología seguirá avanzando, pero la pregunta fundamental permanece abierta: si el progreso nos aleja cada vez más de la naturaleza, ¿estamos realmente avanzando hacia una vida más feliz o simplemente hacia una forma distinta de vivir más lejos de aquello que nos hacía sentir parte del mundo?
Los partidarios del “pensamiento positivo y de la ley de la atracción” opinan que es mejor estar “a favor” de algo, que estar en contra de su opuesto, aunque no hay fundamento científico real al respecto. Según eso, es preferible estar “a favor” de las energías renovables, que “en contra” de las energías sucias. Pero ante el tema de la energía nuclear hay que situarse, aunque ya está casi todo dicho.
La energía nucleares “razonablemente segura”. Eso está demostrado con los “pocos” accidentes que ha habido en la historia. En ese argumento no miramos la opinión de los que murieron, o tienen cáncer, o deformaciones de nacimiento… La cuestión es que muchos pensamos que las centrales nucleares son un RIESGO innecesario. Aunque la central de Fukushima (Japón) hubiera resistido… ¿Quien nos asegura que no vendrá un terremoto más grande en un periodo de miles de años?
Recordemos que los residuos nucleares y las centrales nucleares (aunque se cierren) son contaminantes durante miles de años (el Plutonio-239 tiene 24000 años de vida media). Lo cual nos lleva a lo CARÍSIMO que es “guardar” residuos nucleares durante miles de años: ESTAMOS USANDO ENERGÍA HOY, Y HASTA NUESTROS TATARANIETOS… TENDRÁN QUE PAGAR LA FACTURA… Estaremos pagando mucho más tiempo que la vida de una central nuclear que debería tener una vida máxima de apenas unos 50 años, siempre si se mantiene bien y se parchean los desperfectos… No quiero que mis descendientes paguen por la electricidad que usamos AHORA. Y eso, sin contar el altísimo riesgo de guerras, atentados terroristas o desastres naturales durante esos miles de años.
Si alguien tiene la indecencia de afirmar que la energía nuclear no es cara, que ponga precio a lo que están pasando la multitud de japoneses desplazados de sus casas, enfermedades… Nadie va a pagar por eso. No hay seguro que lo cubra.
La energía nuclear es MUY CARA, INJUSTA y PELIGROSA. No necesitamos accidentes para asegurar que es peligrosa: los riesgos son evidentes y duraderos. Unos científicos estadounidenses hicieron un estudio sobre la energía nuclear en este estupendo libro: Ciencias Ambientales. Si es tan cara… ¿por qué se usa esta energía? Muy fácil: Porque está subvencionada por los gobiernos y porque gran parte de los costos no los pagamos ahora, sino que los pagarán otros en el futuro.
La industria nuclear y los que ganan dinero con esto suponen que las medidas de seguridad son suficientes, pero la vida demuestra que nos equivocamos (y más si se ahorran gastos en seguridad y no siguen las recomendaciones de los expertos, como la del sismólogo japonés Ishibashi Katsuhiko, quien avisó de los riesgos…). Chernóbyl existió, pero si no hubiera habido Chernóbyl, los que estamos en contra, seguiríamos en contra de esta energía porque los dos únicos argumentos a favor de la energía nuclear son muy pobres y egoístas.
El lobby nuclear argumenta siempre diciendo que los accidentes son escasos, sin importarles cuán graves puedan ser. Nos da igual que los accidentes sean escasos, porque la basura nuclear no desaparece y los accidentes y desastres naturales ocurren. En cientos de años… volverá a pasar, tarde o temprano. Dicen que el lobby nuclear paga a gente para que opine a favor de esta energía en los foros sociales y blogs de internet.
NOTA: La segunda parte de este artículo se titula
“¿Son Defendibles las Centrales Nucleares?” (la lotería nuclear)
(Hay argumentos a favor de las centrales nucleares,
y en los comentarios pondremos noticias interesantes).
Nota: En un comentario más abajo se han puesto datos nuevos tras 15 años del atentado. Son aterradores y se incluye el artículo completo de donde salen esos datos.