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La Odisea de Nolan. Homero cabalga las olas hacia el Oeste

Por: Pere Ortín

Este artículo ha sido publicado originalmente en Catalunya Plural.

¿Qué significa ser humano después de haber vivido la violencia más salvaje de la guerra? La Odisea no es solo una historia de héroes, sino una pregunta gigante, tan grande como la piedra que cierra la cueva del cíclope Polifemo. La Odisea es fragilidad, pérdida, nostalgia, traición, amor y deseo de volver a ser alguien cuando tu mundo te ha convertido en otra persona.

Un amigo poeta me ha hecho entender que puede haber una manera sorprendentemente reveladora de mirar La Odisea de Nolan. ¿Qué pasaría si imagináramos que no estamos viendo una película sobre la Grecia antigua, sino un western? La estructura dramática es la misma: un hombre endurecido por la guerra atraviesa una frontera salvaje marina para recuperar su hogar. Los caballos son barcos; las diligencias, trirremes; los indios, lotófagos, lestrigones, sirenas y cíclopes como Polifemo.

En el fondo, Nolan no adapta a Homero. Adapta la manera en cómo Occidente, y especialmente el mundo anglosajón, ha decidido imaginar la Grecia antigua y a Homero. Y esta diferencia es mucho más importante de lo que parece. Nolan se explica, como siempre, a través de la imagen. Visualmente, la película es una gran demostración de fuerza del cine norteamericano contemporáneo. La IA –cada vez más visible, sofisticada e integrada en toda la producción cinematográfica– parece trabajar al servicio de una obsesión: convertir en visibles algunas criaturas que durante tres mil años solo habían existido dentro de la imaginación de los lectores y en los atrevimientos de algunos maravillosos pioneros de la animación de monstruos y aventuras míticas griegas, como Ray Harryhausen y sus trabajos en Jasón y los argonautas (1963) y Furia de titanes (1981).

Polifemo es inmenso. Circe es inquietante. Calipso es maravillosa. Los muertos del Inframundo que convoca Tiresias representan la pesadilla de la culpa, los horrores de la guerra de Troya y el gran precio de sobrevivir por encima de la idealizada épica del héroe. A pesar de aquellos que se ofenden por todo, el resultado me impresiona por fascinante. Pero, a la vez, deja una sensación extraña. Cuando todo puede ser mostrado, algo del misterio desaparece. Homero escribía para que el lector imaginara. Nolan filma para que el espectador ya no tenga que imaginar nada. ¿Es la gran victoria del cine tecnológico contemporáneo? ¿O quizás también es su pequeña gran derrota?

Hace unos días conversaba con un amigo sobre la película. Su tesis era sencilla y poderosa: el verdadero drama de Odiseo consiste en dejar de ser un guerrero cuando las armas, su arco, han dejado de ser herramientas para convertirse en una identidad. La guerra acaba construyendo una masculinidad que solo sabe existir a través de la violencia, del liderazgo y del reconocimiento. Es una lectura inteligente. Y profundamente contemporánea.

Vivimos un momento histórico en que vuelven a proliferar los discursos de la mano dura, los liderazgos autoritarios y una fascinación preocupante por la fuerza como única forma posible de resolver los conflictos. No es casualidad que muchas sociedades continúen admirando a quienes prometen destruir más que construir. El héroe sigue siendo, demasiado a menudo, quien dispara primero y no quien pone paz dentro de una situación violenta.

Pero la gran diferencia entre Aquiles y Odiseo es que Aquiles sí representa la fuerza. Odiseo representa la inteligencia. Su gran superpoder no es la espada. Es la imaginación. Es la palabra. Es la capacidad de mentir. Es saber esperar. Es saber escuchar. Es entender que hay guerras que solo se pueden ganar sin combatir e, incluso, disfrazado de pobre y de mendigo.

El caballo de Troya no es una victoria militar. Es una victoria narrativa. Es el triunfo de la inteligencia sobre la espada y la sangre. Cuando Odiseo recuerda Troya, Nolan parece querer construir un discurso sobre el trauma de los veteranos, sobre la culpa y sobre las cicatrices invisibles de la guerra. Durante unos instantes casi intuimos –solo intuimos– una reflexión poderosa sobre todas las guerras contemporáneas, sobre los soldados que vuelven sin saber exactamente qué han perdido y sobre las sociedades que glorifican la destrucción mientras esconden sus costes humanos.

Pero la película no acaba de atravesar esta puerta. Su director no lo quiere. Llega. La toca. Y vuelve inmediatamente a la acción. Como si desconfiara del silencio. Como si tuviera miedo de que el pensamiento interrumpiera el espectáculo. La secuencia final contra los pretendientes de Penélope es probablemente el mejor ejemplo. Es impecable desde el punto de vista cinematográfico. Las flechas atraviesan el espacio con una precisión casi matemática. Los tendones se rompen. Los cuerpos caen. Todo sucede con una velocidad coreográfica fascinante. Y, aun así, casi no hay sangre.

Es aquella violencia esterilizada que Hollywood ha perfeccionado durante décadas: lo bastante brutal como para provocar adrenalina, lo bastante elegante como para que el espectador no sienta demasiada incomodidad. La muerte sigue siendo espectacular, pero raramente resulta sucia, dolorosa, real.

Quizás aquí conviene recordar una evidencia que a menudo olvidamos cuando hablamos de la película de Nolan. La Odisea no es un tratado filosófico. Es una película de acción basada en un poema de la Edad del Bronce. Y no pasa absolutamente nada. Es una gran superproducción de Hollywood que el público normal de barrio –que posiblemente odia La Odisea porque se lo obligaron a leer de adolescente, y que no es ni sabio ni letraherido– aplaude con fuerza cuando acaba la película, como pasó en la sala donde yo la vi. El problema viene cuando olvidamos que Homero era mucho más radical de lo que parece. Porque su gran intuición no consistía en explicar una guerra. Consistía a explicar qué pasa después.

La guerra de Troya dura diez años. El viaje de vuelta también. Y es durante este segundo viaje cuando Odiseo vive las experiencias que realmente lo transforman. Los monstruos, las tormentas, las tentaciones, las pérdidas, las derrotas, los dolores y los errores explican mucho más sobre su condición humana que cualquier batalla. Esta es una idea extraordinariamente moderna. La vida importante no pasa durante los grandes acontecimientos. Pasa cuando intentamos volver a la pequeña vida cotidiana.

La gran lección de La Odisea es aprender a habitar una paz que ya no se asemeja en nada a la que dejaste atrás. Nunca hay retorno sin manchas; nunca nadie cruza un pantano sin mancharse. No hay héroes invulnerables. La guerra nunca se acaba del todo dentro de la cabeza y del corazón del guerrero. Volver a casa consiste en aceptar que ya no eres la misma persona después de haber matado a otro ser humano. La gran lección que nos dejó su odisea no es atravesar el mar y volver a casa. Es desaprender la guerra.

De hecho, hay una idea que la película sí que consigue transmitir con fuerza: lo más importante de la historia es que el héroe descubre más cosas sobre sí mismo perdiéndose que conquistando una ciudad. Las pruebas, los monstruos, las tentaciones, los naufragios y los fracasos acaban siendo mucho más reveladores que cualquier victoria militar porque volver a casa siempre es más difícil que marchar a la guerra.

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Ariana Basciani: “Internet está dejando de tener significado”

Por: Pere Ortín

Este artículo ha sido publicado originalmente en Catalunya Plural.

Hubo un tiempo en que navegar por internet era una forma de perderse. Y perderse era una manera de descubrir. Cada clic podía abrir una ventana inesperada, una conversación improbable o una idea capaz de desordenar nuestras certezas. Hoy, en cambio, parece que internet nos conoce demasiado bien. Tanto, que cada vez nos sorprende menos.

Vivimos rodeados de contenidos. Nunca la humanidad había producido tantas imágenes, tantos vídeos, tantos textos y tantas opiniones. Pero, en medio de esta abundancia, crece una sensación inquietante: todo acaba pareciéndose demasiado. Los mismos formatos, las mismas caras, las mismas frases, los mismos debates reciclados una y otra vez por unos algoritmos que han convertido nuestra atención en la principal mercancía del siglo XXI. Internet, que nació como una promesa de diversidad, experimentación y conocimiento compartido, corre el riesgo de convertirse en un inmenso espejo en el que solo vemos aquello que las plataformas deciden que queremos ver.

Es precisamente esta intuición la que atraviesa la conversación del director de Catalunya Plural, Pere Ortín, con la tecnóloga y periodista cultural venezolana especializada en marketing digital Ariana Basciani. Lejos de cualquier nostalgia tecnológica, Basciani plantea una pregunta mucho más radical: ¿y si el problema no fuera que internet genera demasiado contenido, sino que ha dejado de generar significado? Una crisis que no es solo tecnológica. También es cultural. Política. Democrática.

Porque cuando los algoritmos deciden qué merece nuestra atención, también condicionan qué recordamos, qué olvidamos, qué discutimos e incluso qué imaginamos.

Ariana Basciani es investigadora especializada en cultura digital, inteligencia artificial y sociedad. Su trabajo combina el conocimiento técnico con una mirada profundamente humanista sobre las consecuencias sociales de las tecnologías que habitamos cada día. No habla solo de máquinas. Habla de personas. De poder. De memoria. Y del derecho a seguir pensando en un ecosistema digital que tiende a uniformarlo todo.

La conversación, sin embargo, comienza lejos de los algoritmos.

Comienza en Venezuela, país de origen de la investigadora, que en las últimas semanas ha vuelto a vivir momentos de gran dolor a raíz de los terremotos que han afectado a diversas regiones. Cuando la tierra tiembla, la tecnología deja de ser protagonista. O quizá no del todo. Porque también es en esos momentos cuando internet muestra sus dos caras: la de la solidaridad que conecta a personas separadas por miles de kilómetros y la de la desinformación que circula con la misma velocidad que las emergencias.

Ariana Basciani. | Pol Rius / Catalunya Plural
Ariana Basciani. | Pol Rius / Catalunya Plural

A partir de ahí, el diálogo se adentra en algunas de las preguntas más incómodas de nuestro tiempo. ¿Hemos dejado de descubrir cosas o simplemente consumimos versiones ligeramente distintas de aquello que los algoritmos ya saben que nos va a gustar? ¿Qué ocurre con la cultura cuando todo tiende a parecerse? ¿La uniformización es solo estética o acaba condicionando también nuestra forma de pensar políticamente? En plena explosión de la inteligencia artificial, ¿qué sigue siendo irreductiblemente humano? Y, sobre todo, ¿es la IA la causa de esta homogeneización o simplemente acelera una dinámica que las grandes plataformas ya habían puesto en marcha mucho antes?

También hay espacio para hablar del poder. Porque detrás de los algoritmos no hay una fuerza abstracta. Hay grandes empresas globales. Inmensos intereses económicos muy reales. Modelos de negocio que compiten por retener cada segundo de nuestra atención. La pregunta, en este sentido, es inevitable: ¿estamos ante una crisis tecnológica o también ante una crisis democrática? En un momento en el que la información circula más rápido que nunca, pero la confianza en los medios convencionales, las instituciones públicas y el debate social parece erosionarse a gritos, recuperar espacios para el pensamiento crítico se convierte casi en un acto de resistencia práctica.

Por eso también preguntamos a Basciani si todavía existe un internet más ético. Un internet donde sea posible leer sin prisas, debatir sin insultos, descubrir sin que un algoritmo nos guíe constantemente por el mismo camino. Y qué papel pueden desempeñar los medios independientes en este escenario.

Quizá el futuro digital no dependa tanto de desarrollar una inteligencia artificial más poderosa como de preservar una inteligencia humana capaz de dudar, imaginar y discrepar. Porque, al fin y al cabo, la gran pregunta que atraviesa toda esta conversación es tan sencilla como inquietante: cuando internet deja de significar algo… ¿qué es lo que todavía puede devolvernos el sentido?

Actualización 27/07/2026

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Ariana Basciani: “Internet está dejando de tener significado”

Por: Pere Ortín

Este artículo ha sido publicado originalmente en Catalunya Plural.

Hubo un tiempo en que navegar por internet era una forma de perderse. Y perderse era una manera de descubrir. Cada clic podía abrir una ventana inesperada, una conversación improbable o una idea capaz de desordenar nuestras certezas. Hoy, en cambio, parece que internet nos conoce demasiado bien. Tanto, que cada vez nos sorprende menos.

Vivimos rodeados de contenidos. Nunca la humanidad había producido tantas imágenes, tantos vídeos, tantos textos y tantas opiniones. Pero, en medio de esta abundancia, crece una sensación inquietante: todo acaba pareciéndose demasiado. Los mismos formatos, las mismas caras, las mismas frases, los mismos debates reciclados una y otra vez por unos algoritmos que han convertido nuestra atención en la principal mercancía del siglo XXI. Internet, que nació como una promesa de diversidad, experimentación y conocimiento compartido, corre el riesgo de convertirse en un inmenso espejo en el que solo vemos aquello que las plataformas deciden que queremos ver.

Es precisamente esta intuición la que atraviesa la conversación del director de Catalunya Plural, Pere Ortín, con la tecnóloga y periodista cultural venezolana especializada en marketing digital Ariana Basciani. Lejos de cualquier nostalgia tecnológica, Basciani plantea una pregunta mucho más radical: ¿y si el problema no fuera que internet genera demasiado contenido, sino que ha dejado de generar significado? Una crisis que no es solo tecnológica. También es cultural. Política. Democrática.

Porque cuando los algoritmos deciden qué merece nuestra atención, también condicionan qué recordamos, qué olvidamos, qué discutimos e incluso qué imaginamos.

Ariana Basciani es investigadora especializada en cultura digital, inteligencia artificial y sociedad. Su trabajo combina el conocimiento técnico con una mirada profundamente humanista sobre las consecuencias sociales de las tecnologías que habitamos cada día. No habla solo de máquinas. Habla de personas. De poder. De memoria. Y del derecho a seguir pensando en un ecosistema digital que tiende a uniformarlo todo.

La conversación, sin embargo, comienza lejos de los algoritmos.

Comienza en Venezuela, país de origen de la investigadora, que en las últimas semanas ha vuelto a vivir momentos de gran dolor a raíz de los terremotos que han afectado a diversas regiones. Cuando la tierra tiembla, la tecnología deja de ser protagonista. O quizá no del todo. Porque también es en esos momentos cuando internet muestra sus dos caras: la de la solidaridad que conecta a personas separadas por miles de kilómetros y la de la desinformación que circula con la misma velocidad que las emergencias.

Ariana Basciani. | Pol Rius / Catalunya Plural

A partir de ahí, el diálogo se adentra en algunas de las preguntas más incómodas de nuestro tiempo. ¿Hemos dejado de descubrir cosas o simplemente consumimos versiones ligeramente distintas de aquello que los algoritmos ya saben que nos va a gustar? ¿Qué ocurre con la cultura cuando todo tiende a parecerse? ¿La uniformización es solo estética o acaba condicionando también nuestra forma de pensar políticamente? En plena explosión de la inteligencia artificial, ¿qué sigue siendo irreductiblemente humano? Y, sobre todo, ¿es la IA la causa de esta homogeneización o simplemente acelera una dinámica que las grandes plataformas ya habían puesto en marcha mucho antes?

También hay espacio para hablar del poder. Porque detrás de los algoritmos no hay una fuerza abstracta. Hay grandes empresas globales. Inmensos intereses económicos muy reales. Modelos de negocio que compiten por retener cada segundo de nuestra atención. La pregunta, en este sentido, es inevitable: ¿estamos ante una crisis tecnológica o también ante una crisis democrática? En un momento en el que la información circula más rápido que nunca, pero la confianza en los medios convencionales, las instituciones públicas y el debate social parece erosionarse a gritos, recuperar espacios para el pensamiento crítico se convierte casi en un acto de resistencia práctica.

Por eso también preguntamos a Basciani si todavía existe un internet más ético. Un internet donde sea posible leer sin prisas, debatir sin insultos, descubrir sin que un algoritmo nos guíe constantemente por el mismo camino. Y qué papel pueden desempeñar los medios independientes en este escenario.

Quizá el futuro digital no dependa tanto de desarrollar una inteligencia artificial más poderosa como de preservar una inteligencia humana capaz de dudar, imaginar y discrepar. Porque, al fin y al cabo, la gran pregunta que atraviesa toda esta conversación es tan sencilla como inquietante: cuando internet deja de significar algo… ¿qué es lo que todavía puede devolvernos el sentido?

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