Dice Marouane Laabbas el Guennouni, en plena ola de calor, que para gestionar el calor no podemos esperar a que lleguen las temperaturas extremas. «Deberíamos hacerlo cuando está nevando», analiza en esta entrevista en Climática con motivo del estudio que, junto con el investigador Andreas D. Flouris, acaba de publicar en el Instituto Sindical Europeo (ETUI), el centro de investigación y formación de la Confederación Europea de Sindicatos (CES).
Con el título El cambio climático y la salud de los trabajadores, el informe recoge lo que viene siendo una evidencia desde hace tiempo –»El cambio climático está haciendo más vulnerables a ciertas personas trabajadoras”–, pero también incluye entre sus principales conclusiones qué hay que hacer para evitarlo: «El estrés térmico laboral es prevenible, pero solo si la prevención se aborda como una obligación del empleador y una cuestión laboral colectiva, y no como una cuestión de resiliencia individual«. Entre las medidas figuran la evaluación de los riesgos térmicos mediante indicadores adecuados, la hidratación, la disponibilidad de zonas de descanso frescas o a la sombra, los ciclos de trabajo y descanso remunerados, la reprogramación de tareas, la aclimatación, la ventilación, la planificación de emergencias, la formación, la vigilancia de la salud y medidas específicas para los trabajadores con mayor riesgo.
«La necesidad de protección ante la exposición al calor no es cuando el calor sucede –insiste el coautor del estudio– sino que tienes que tener una preparación, medidas, protocolos de actuación que adopten el principio de prevención, es decir, medidas que estén preparadas para proteger antes, durante y después de la exposición». Es decir, no basta con un indicador concreto que solo tenga en cuenta la temperatura, sino otros factores como la humedad, la velocidad del aire… o, incluso, cómo los equipos de protección individual van a afectar o no al calor que experimentan las personas trabajadoras.
En ese aspecto, el estudio señala asuntos que generan riesgos climáticos: «El diseño del lugar de trabajo, la organización laboral, la intensidad de las tareas, la vestimenta, los equipos de protección individual (EPI), la jornada laboral y el poder de negociación determinan si dichos riesgos se convierten en exposiciones laborales; y la exposición puede derivar en enfermedades, lesiones, pérdida de capacidad laboral, reducción de ingresos e inseguridad”. Y muchas veces, esas lesiones no son vistas como una consecuencia del efecto del calor.
Según recoge el mismo informe, análisis recientes del Centro Común de Investigación prevén que 22 regiones europeas pueden sufrir pérdidas anuales de productividad laboral superiores al 1% para el año 2050, cifra que ascendería a 107 regiones en la década de 2080. Estas pérdidas no se distribuyen de manera uniforme. Si bien el sur de Europa y la región mediterránea ya presentan una exposición elevada, el centro, el este y el norte de Europa también se ven cada vez más afectados, especialmente en zonas de islas de calor urbanas, edificios mal adaptados y sectores que históricamente no se diseñaron teniendo en cuenta las altas temperaturas.
Entre los trabajadores con menor capacidad para afrontar este riesgo se encuentran los migrantes y las personas en situación irregular, los trabajadores estacionales y de plataformas digitales, los falsos autónomos, los trabajadores remunerados a destajo, las trabajadoras embarazadas, los trabajadores de mayor y menor edad, aquellos con enfermedades crónicas y quienes deben utilizar equipos de protección individual o impermeables; no obstante –insiste el documento–, su vulnerabilidad deriva de factores diversos, como la susceptibilidad fisiológica, la concentración en sectores y ocupaciones de alto riesgo, las condiciones laborales precarias y una capacidad más limitada para ejercer sus derechos laborales.
Dice también Marouane Laabbas el Guennouni, que ha visto los efectos del calor en trabajadoras como su abuela y su madre, que en dos de las tres conferencias que ha organizado desde el ETUI este año se han producido situaciones en las que ha habido una emergencia hablando de la propia emergencia: «Es que recuerdo que en Barcelona estábamos en la sala y todos los móviles empezaron a sonar con la alarma. ¿Por qué digo esto? Porque está pasando ya. Es la nueva realidad. Y sin darle respuesta, nos va a atrapar, ya nos está atrapando».
Este artículo ha sido publicado originalmente en Catalunya Plural.
María Dolores Braquehais Conesa* // El término burnout o «síndrome de estar quemado por el trabajo» se puede definir como una respuesta de estrés crónico ante determinadas circunstancias laborales que se traduce en actitudes y sentimientos negativos hacia las personas con las cuales se trabaja y hacia el propio rol profesional, además de desembocar en una sensación de agotamiento emocional y físico.
A pesar de que se puede producir en varios ámbitos vitales y, más concretamente, laborales, es más frecuente en oficios con un alto componente vocacional, como es el caso de los dedicados a los cuidados. En nuestro entorno, su prevalencia alcanza ya casi a la mitad de los profesionales de la salud en activo, especialmente –pero no solo– los del ámbito público.
Consecuencias del burnout
Los efectos del burnout no se limitan al área personal sino que afectan también, y de manera muy relevante, al sistema sanitario. De hecho, su presencia y su persistencia comprometen la viabilidad y la calidad asistencial, porque se asocian a una menor productividad, más absentismo y «presentismo», aparte de aumentar la tasa de rotación de puestos de trabajo e incluso el abandono definitivo de la profesión.
El burnout no es un mero agotamiento por exceso de tareas, sino que comporta un derrumbe vital que acaba erosionando el compromiso profesional y el sentido del trabajo. Es, por lo tanto, una de las formas ultramodernas de alienación, que cuestiona el «por qué» y «para qué» o «quién» del propio trabajo, como consecuencia de las condiciones en que se ejerce.
A veces no responde tanto a la sobrecarga del trabajo sino a la manera como interactúan los equipos, a la falta de meritocracia, a modelos de gestión anquilosados, al clientelismo o a determinados liderazgos donde se producen dinámicas de abuso de poder. En estos entornos se fomenta la indefensión aprendida, el oportunismo o el nihilismo. Si confluyen todos los factores, salir indemne de la tormenta es una quimera.
El burnout es especialmente preocupante en profesiones vinculadas a los cuidados, sector que demuestra que, más allá de los adelantos tecnológicos que sugieren un perfeccionamiento y superación sin tregua de nuestros límites, continuamos siendo mamíferos sociales con capacidad simbólica y, por lo tanto, desde el nacimiento necesitamos a los otros.
Además, volens nolens, todavía estamos expuestos a la enfermedad y a la muerte. Que aquellos que nos cuidan se agoten, se desmotiven y cejen en cuidarnos, y que las instituciones y los equipos se erosionen a pasos de gigante, tendría que ocupar el primer lugar de la preocupación y de las discusiones públicas. Pero, de momento, parece ser que las prioridades son otras.
Razones contextuales
El modelo clásico para explicar el burnout apela al desequilibrio entre las demandas (externas e internas) y la capacidad de hacerles frente. No obstante, el énfasis no se tiene que poner tanto en los individuos como en los factores contextuales.
Nuestra atmósfera cultural ha sido definida –por algunos filósofos contemporáneos– como una sociedad abocada al agotamiento, puesto que los sujetos acaban exhaustos, esclavizados por un imperativo interno voraz de híper exigencia como patrón para afrontar la vida, especialmente por lo que respecta al desempeño profesional y a la presentación social de la imagen personal.
No solo los profesionales de la salud hemos interiorizado esta ley, sino también los usuarios. Además, la salud ha pasado a vivirse como un bien de consumo que no admite su otra cara, la enfermedad, y menos todavía todo aquello que conlleva nuestra frágil e imperfecta condición común.
El efecto boomerang de la lógica del rendimiento
Por otro lado, la lógica de la sociedad del rendimiento se encuentra en las antípodas de la de los cuidados. Mientras la primera solo concibe la productividad creciente, la cuantificación de resultados, la ausencia de errores y la inmediatez, la segunda lleva en sí misma el tiempo, el detalle, la calidad del trato y los resultados más modestos que halagüeños.
Esta hegemonía del rendimiento como «gold standard» prevalece a la hora de evaluar la gestión de los servicios sanitarios, abocados a conseguir, año tras año, indicadores de «producción» en la prestación de servicios, mientras se desprecian los aspectos relacionados con las condiciones materiales y formales en que los profesionales hacen su trabajo, así como la percepción que estos tienen de su trabajo.
Lo curioso es que, al premiar este enfoque basado exclusivamente en el rendimiento, se ha acabado produciendo un efecto boomerang, puesto que el burnout compromete seriamente este plan de ruta meramente orientado a los resultados, provocando el efecto contrario, además de las numerosas víctimas colaterales que se lleva a su paso.
Sostenibilidad y gestión de calidad
El análisis anterior no cuestiona la necesidad de que los servicios sanitarios sean sostenibles. No se puede negar que los recursos son limitados y las necesidades poblacionales, crecientes. En este escenario, la gestión creativa, transparente y honesta, donde se promociona la corresponsabilidad de todos los implicados con la gestión, sin perder autonomía en la organización de los procesos y del propio cometido, se hace más necesaria que nunca.
La evidencia científica disponible hoy en día demuestra que los equipos donde impera el respeto mutuo, la colaboración interdisciplinaria y la equidad y donde se facilita cuidar a los trabajadores son más capaces de hacer frente a los retos que se les presentan. Los nuevos modelos de liderazgo en las instituciones apelan, precisamente, a esta disposición a la escucha, a la flexibilidad y también a la gestión de los conflictos y de la discrepancia como oportunidades para renovar las maneras de hacer y de estar.
Por su parte, las instituciones tienen que vigilar y poner freno a los hábitos de gobierno –desde los altos cargos de responsabilidad hasta los mandos intermedios o a quienes tenga cualquier responsabilidad sobre los otros– donde prevalezcan los intereses particulares, el clientelismo, la arbitrariedad en la gestión de recursos humanos, la división interna, el miedo a represalias o la cultura encubierta del silencio ante los abusos de poder.
Del riesgo de derrumbe a la necesidad de transformación
Para deshacer este estado de cosas, es improrrogable llevar a cabo una transformación profunda de los modelos de gestión y de la metodología de evaluación de la asistencia, así como propiciar un cambio en las organizaciones y los equipos que permita hacer de los puestos de trabajo espacios dignos donde imperen la meritocracia, la transparencia y el buen trato, liderados por personas comprometidas y honestas, además de dotarlos de medios suficientes para poder hacer dignamente su trabajo, de manera que los trabajadores se sientan reconocidos y puedan recuperar el sentido de su vocación.
De este modo, será posible un equilibrio entre sostenibilidad y calidad asistencial. No se trata de aspirar a la perfección, pues perfectos no somos los humanos, sino de una renovación orientada a la humanización del sistema. A veces se usa el lema: «El paciente en el centro». Pues tenemos que ampliar, de verdad, este imperativo para que incluya también a los pilares de la sanidad: los profesionales de la salud. Sin ofrecerles condiciones dignas no es posible. Sin un cambio profundo en la cultura de equipo y de las instituciones y en los estilos de liderazgo y de gestión, tampoco. Y sin un compromiso veraz y sostenido de la sociedad, la amenaza de derrumbe a la cual estamos asistiendo pasará de ser un riesgo a una realidad.
*María Dolores Braquehais Conesa. Psiquiatra, Doctora en Psiquiatria, Licenciada en Filosofía y Máster en Bioética y Derecho.
El término del día, que, con toda seguridad, tendrá más recorrido: el absentismo laboral. Declaraciones recientes de Feijóo sobre el coste económico del mismo para las empresas y el erario público, recogiendo el testigo de las patronales y la economía y los economistas conservadores. Como si absentismo fuera una argucia de los currantes para trabajar menos o con menos intensidad, sin renunciar a sus ingresos.
En realidad, nada nuevo en el firmamento. El objetivo es mezclarlo todo para no hablar de lo verdaderamente trascendente. El denominado absentismo laboral, expresión claramente tendenciosa, incluye, entre otros conceptos, la incapacidad temporal–como las bajas médicas– y los permisosretribuidos y no retribuidos. Es una expresión que arremete de forma infame contra derechos conquistados por los trabajadores y trabajadoras. Resulta sencillamente inaceptable que ese sea el debate y no la precariedad en el trabajo y los bajos salarios, que impiden llevar una vida decente y ejercer plenamente los derechos laborales y sociales.
Pero el asunto en cuestión presenta mucho más recorrido. Tiene que ver con el lenguaje utilizado que pretende incorporar (imponer) un sentido común que, supuestamente, debe tomarse como punto de partida de un debate racional y razonable… ¡un espacio donde se darían cita la buena economía y los buenos economistas!
Sin pretender ser exhaustivo, algunos ejemplos que pretenden reflejar el sentido común al que acabo de hacer referencia y que constituyen manipulaciones de gran calado:
a) La utilización del término “mercado de trabajo”, cuando en realidad las condiciones de vida de los trabajadores están indisociablemente unidas al ejercicio de los derechos laborales y humanos, derechos que ni pueden ni deben abordarse en clave mercantil.
b) Cuando se aplican políticas para, supuestamente, “flexibilizar” el mercado laboral cuando en realidad se pretende, y se ha conseguido en buena medida, debilitar o anular la capacidad de lucha y negociación de las personas trabajadoras, creando las condiciones para presionar a la baja los salarios.
c) Cuando se asocia “contención salarial” con competitividad, pretendiendo, errónea y sesgadamente, que este es el factor determinante de la misma.
d) Cuando se pretende establecer una relación de causa/efecto entre los salarios y la inflación, ocultando que esta tiene que ver sobre todo con el desorden estructural del capitalismo y el poder de las grandes firmas.
e) Cuando con estos enunciados se desvía descaradamente el foco donde en realidad debería situarse: las retribuciones de las élites empresariales y los grandes accionistas de las empresas, un terreno intocable, que, sin embargo, es fundamental para entender la economía realmente existente y los intereses que la articulan.
Sobre estos y otros temas cruciales se pasa, en el mejor de los casos, de puntillas. El debate queda, de este modo, atrapado y contaminado.
La Llotja de Mar, símbolo del comercio marítimo barcelonés desde el siglo XIV, albergó durante dos días una conversación sobre los flujos invisibles que mueven el mundo contemporáneo: datos, algoritmos, plataformas, derechos. El I Encuentro Internacional por los Derechos Digitales –organizado en el marco de la Mobile World Capital Barcelona y financiado con fondos europeos de NextGenerationEU– acogió mesas redondas, charlas magistrales y sesiones de participación ciudadana sobre un mismo eje temático abordado desde ángulos muy distintos: el impacto de la inteligencia artificial y las plataformas digitales sobre los derechos fundamentales, la democracia y el trabajo.
Y, sin embargo, uno de los mensajes más repetidos a lo largo de las dos jornadas fue precisamente ese: que el debate llega tarde. Que mientras académicos, juristas y representantes sindicales discuten marcos regulatorios y garantías democráticas, las tecnologías que pretenden regular llevan años operando a escala masiva, moldeando conductas, eliminando empleos y concentrando un poder sin precedentes en manos de unas pocas corporaciones privadas. El congreso no podía resolver esa contradicción, pero al menos la nombraba sin eufemismos.
Buena parte de los asistentes que debatían sobre el empoderamiento de los trabajadores y la necesidad de escuchar voces colectivas lo hacían ataviados con traje. Una contradicción menor, quizás, pero elocuente: la urgencia por democratizar el debate digital convive, todavía, con los códigos y los circuitos de siempre.
El vehículo sin carriles
Geertrui Mieke De Ketelaere, ingeniera e investigadora de inteligencia artificial desde los años noventa y autora de The Chatbot Trap, fue una de las voces más contundentes de la primera jornada. Lleva décadas estudiando cómo las sociedades adoptan tecnología y ha aprendido a reconocer ciertos patrones que se van repitiendo, pero el que ve ahora con el desarrollo de la llamada “Inteligencia Artificial” le inquieta: “Cuando hay un accidente de coche, los daños están a la vista, pero con la IA los daños se esconden”. Su diagnóstico fue claro: el modelo habitual –primero optimizar, luego pensar en el impacto– se está repitiendo con la inteligencia artificial, pero a una velocidad y con una opacidad sin precedentes. “Tenemos que apresurarnos en ponerle carriles al vehículo”, resumió. El coche ya está en marcha, pero la carretera todavía no existe.
De Ketelaere fue más allá de la necesidad de regulación para hablar de algo más estructural, lo que ella llamó “la economía del apego”, es decir, la forma en la que las grandes plataformas explotan mecanismos dopamínicos para generar dependencia emocional, presentándola como mejora de las relaciones sociales cuando los efectos reales apuntan en dirección contraria. La adicción como business model.
Este tipo de análisis, que hace apenas una década habría sonado alarmista en un foro institucional, fue recibido en la Llotja de Mar sin apenas cuestionamiento. Algo ha cambiado en el consenso experto. La pregunta es más qué herramientas disponemos para actuar.
«Estamos entrenando a la máquina para que nos sustituya»
Si la sesión sobre sostenibilidad digital habló del problema en términos sistémicos, la mesa dedicada al impacto de las tecnologías emergentes en el trabajo sirvió para bajarlo a ras de suelo. María Luz Rodríguez, catedrática de Derecho del Trabajo de la Universidad de Castilla-La Mancha, arrancó desmontando una coartada habitual: “No estamos hablando del futuro del trabajo. Estamos hablando del presente”. Puso el ejemplo de los centros de atención telefónica, donde la voz de los trabajadores se graba sistemáticamente para entrenar a los bots que acabarán sustituyéndoles. “Estamos trabajando para que nos acaben desalojando”, resumió. Y aquí paz y después gloria.
Rodríguez reclamó que el debate sobre la propiedad de los datos laborales se sitúe en el centro de la agenda política y sindical. Los datos que generan los trabajadores en su actividad cotidiana tienen un valor económico enorme. Ese valor se captura, se monetiza y raramente revierte sobre quien lo produce. “No podremos transformar la sociedad sin la voz de las personas implicadas”, insistió. La transformación digital, advertía, requiere un diseño plural que vaya más allá de la perspectiva empresarial.
La mesa completó ese diagnóstico con otras voces. José Varela, responsable de IA y digitalización de UGT Confederal, distinguió entre empleo y empleabilidad: perder un trabajo es un drama individual, pero cuando una tecnología elimina categorías enteras de ocupación, lo que se destruye es la posibilidad misma de encontrar empleo en ese sector. “Eso está ocurriendo”, advirtió. Eva Rimbau-Gilabert, profesora de la UOC, añadió que el control tecnológico excesivo sobre los trabajadores siempre genera desafección y rompe el contrato psicológico. “La IA se está usando para sustituir, cuando debería ser utilizada para complementar”, concluyó. Las empresas, dijo, se están buscando un problema a medio plazo.
Democracia, juventud y el espejo iberoamericano
La primera jornada cerró con una mesa que amplió el foco geográfico y generacional. Alexandre Pupo, secretario general del Organismo Internacional de Juventud para Iberoamérica, aportó un dato que debería figurar en cualquier informe sobre el estado de las democracias: si en 2010 una mayoría de jóvenes iberoamericanos declaraba apoyar la democracia, en 2020 ese apoyo había caído al 45%. En el mismo período, las tasas de trastorno emocional y depresión se duplicaron.
Ciertamente, correlación no implica necesariamente causalidad. Pero en este caso, y a falta de que baje un estadista y lo certifique, todo apunta a que ambos conceptos se dan de la mano.
Pupo rechazó la narrativa de los que los jóvenes de hoy son “nativos digitales”, identificándola como una trampa conceptual. “Nos toca vivir en esta realidad, pero no nacemos preparados para ella”, dijo. Y apuntó a un dato que da que pensar. “En 2010 ocurre algo…Facebook crea el botón de me gusta”. Correlación no implica causalidad. Pero haríamos bien en recordar estos datos y atar algunos cabos.
Gustavo Gómez, director ejecutivo de OBSERVACOM, señaló la asimetría regulatoria que subyace a todos estos debates: se regula con más intensidad a los usuarios que a los dueños de las plataformas. En América Latina, ese desequilibrio tiene consecuencias políticas directas que los marcos europeos tienden a subestimar. La cuestión de fondo es quién tiene el poder de definir qué se ve, qué se amplifica y qué se silencia en el espacio público.
Lo que queda pendiente
El I Encuentro Internacional por los Derechos Digitales no pretendía resolver los problemas que ponía sobre la mesa, y no los resolvió. Pero consiguió algo más difícil en el clima actual: reunir en un mismo espacio a personas que habitualmente hablan en registros y foros distintos –el académico, el sindical, el jurídico, el activista, el institucional– y forzarlas a escucharse. En un momento en que la velocidad del cambio tecnológico tiende a dejar obsoletos los marcos de análisis antes de que sean adoptados, esa lentitud deliberativa tiene un valor que no debe subestimarse.
Lo que el congreso dejó en evidencia es que el tiempo del diagnóstico se agota. Durante años, investigadores y activistas han documentado los riesgos de la concentración tecnológica, la explotación de datos, la manipulación algorítmica y la destrucción de empleo. Esa documentación existe. Los marcos regulatorios europeos –el AI Act, el Digital Services Act– existen también, aunque sean insuficientes. Lo que falta es, de algún modo, lo de siempre: voluntad política para actuar a la altura de un problema que ya nos está superando, y hacerlo en clave democrática en contra los intereses del poder tecnofeudal creciente.
Ha escrito por las tardes, en sus ratos libres, después de currar como auxiliar administrativo las mañanas de lunes a viernes. Se sabe con suerte por el «irrisorio» alquiler que paga en Conde de Peñalver (Madrid). No todo el mundo podría permitirse pararse a pensar durante años qué significa el trabajo y hasta qué punto la meritocracia es una de las ideologías que dominan la sociedad. El periodista Miguel Gómez Garrido acaba de publicar La cultura del desesfuerzo. Meritocracia, trabajo y otras trampas (Siglo XXI, 2026), un viaje en forma de ensayo ameno a través de las falsas promesas del trabajo, el tiempo libre y la hiperproductividad. Incluso se atreve a apostar por un futuro que merezca la pena vivir a través de lo que llama «cultura del esfuerzo común».
Con referencias constantes a autores clásicos y contemporáneos, Gómez también da viva cuenta de ser un pensador de su tiempo, encontrando en personajes como el Santa de Los lunes al sol y las letras de Estopa y Robe Iniesta aquello que puede explicar el mundo. Es una tarde primaveral de principios de mayo y la cafetería de Lavapiés en la que responde a estas preguntas es demasiado moderna tanto para el entrevistado como para el entrevistador. Este periodista de 32 años mueve las manos al hablar, las entrelaza y las utiliza para taparse por unos segundos la cara al reflexionar sobre la libertad. Mira al frente casi todo el tiempo, aunque sus palabras no rehúsan la confrontación.
Define el trabajo como una trampa. ¿Por qué?
Porque no deja de realizar promesas que luego no se corresponden con el resultado. Estamos en un punto en que no sabemos muy bien qué es el trabajo. La gente te felicita cuando te jubilas, pero también cuando te contratan. ¿Qué está sucediendo ahí? El trabajo nos angustia cuando lo tenemos y cuando no lo tenemos, ahí está la trampa, en todo eso que nos promete y que nunca nos permite alcanzar.
Uno de los aspectos más llamativos de su libro es que consigue deconstruir la cultura del esfuerzo, desnudarla, para señalar directamente a quién beneficia y a costa de quién lo hace. ¿Cómo ha podido llegar la masa obrera a creerse que se es mejor, que se merece más, cuanto mayor sea el esfuerzo?
Es lógico. Tiene mucho más sentido pensar que lo que vas a hacer tiene un sentido. Es un mecanismo normal, de recompensa. De hecho, lo contrario es lo que toda la vida hemos llamado «alienación». Siempre nos hemos quejado de que el trabajo no tiene sentido, de que no lo entendíamos, pero es un espacio en el que vas a estar muchísimas horas de tu vida. Necesitas creer que lo que haces es útil, convencerte y preocuparte de que lo estás haciendo bien.
Aquí entra en juego algo esencial: el tiempo. Según un informe de Santalucía Espacio Futuro, un 60% de los trabajadores prioriza el horario y la flexibilidad frente al salario. Usted lo resume así: «Los que tienen un peluco de quince mil euros no fichan. El tiempo es suyo». ¿Priorizar el goce y defender el tiempo es una forma de revelarse contra la cultura del esfuerzo?
Sin duda. Es algo que ya pasa, un anhelo en presente. Es una pulsión que la pandemia vino a confirmar. Ahí vimos cómo la gente está deseosa de tener más tiempo para sí misma, y esto procede del mismo éxito del neoliberalismo.
¿Cómo si el neoliberalismo muriera de éxito?
El neoliberalismo nos animó a que nuestra identidad tuviera muchas más piezas que las de antes, es más compleja. No queremos trabajar tanto porque no tenemos tiempo para hacer otras cosas, en parte porque ahora tenemos muchas más posibilidades que antes. Eso hace que la idea del trabajo se le quede corta hasta a las personas más apasionadas de su trabajo. Esta sensación de que tenemos menos tiempo se explica en que queremos hacer más cosas, así el trabajo se desplaza de ese centro en el que estaba antes.
La hiperproductividad está tan enraizada en el día a día que muchas personas ni siquiera saben qué hacer con su tiempo libre. Mi madre es profesora de adultos, funcionaria, y suele decir que a ella no le importaría seguir dando clase cuando se jubile, sin cobrar. También noto cierto temor en ella al momento de la jubilación. ¿Hay algo de revolucionario en el aburrirse?
Yo creo que no. Sigo la idea de Emilio Santiago y César Rendueles y creo que deberíamos separar la idea de que queremos trabajar menos de la idea de que eso significará no hacer nada. Solo vamos a poder conquistar el derecho al aburrimiento apacible, no ansiógeno, sino feliz, si por el camino somos capaces de decir: «No, perdona, mamá. Cuando te jubiles podrás hacer muchísimas cosas porque la sociedad está llena de necesidades, inquietudes y posibilidades».
Está claro que cuando nos quitamos el yugo del trabajo y de la productividad podremos hacer las cosas de forma más tranquila. Podremos no sentirnos mal cuando necesitamos descansar, por ejemplo. Y aquí está un poco mi beef con Juan Evaristo Valls. No se trata de salirnos del trabajo para tumbarnos y no hacer nada. Desde mi punto de vista, estamos deseando hacer muchas cosas con nuestro tiempo libre.
¿Cuál es el reto aquí?
Que la siguiente generación no lo pase tan mal una vez que deja el trabajo, lo que también es normal que ocurra cuando la mayor parte de tu vida ha girado en torno a él. Nuestros padres son los primeros que querrían hacer muchísimas cosas que ahora no pueden, pero hay que convencerles de que tienen derecho para ello.
Ya lo ha mencionado. El filósofo Juan Evaristo Valls escribió El derecho a las cosas bellas. Vindicación de la vida holgada(Ariel, 2025). El autor dijo en una entrevista en La Marea que «una sociedad más perezosa nos llevaría a desplazar el capital del centro para entender la vida como descanso, placidez, repleta de vínculos improductivos y repleta de relaciones de cuidado». ¿Usted qué cree que pasaría si todos nos «desesforzáramos» un poco más? ¿Es algo utópico?
No creo que sea para nada utópico, ya estamos viendo un montón de ejemplos. Una gran parte de este movimiento de priorizar el tiempo al trabajo no viene de una organización explícita, es una corriente, una pulsión que ha crecido en la gente de manera orgánica. Poco a poco vemos cómo la gente no se cree ese discurso de que uno es lo que es en su puesto laboral. De alguna manera, se ha instaurado el sentido común y es una de las cosas que más esperanza a me generan.
Sobre qué pasaría si nos «desesforzáramos» más, pues nada. La sociedad seguiría funcionando y el agua seguiría fluyendo por las cañerías. Pienso que, si debemos entender el esfuerzo de alguna forma, es que debe ir hacia las personas a través de canales comunes. Esa es la manera de que todo funcione mientras nos esforzamos un poco menos. No olvidemos que el esfuerzo, aunque pensamos que es la norma, debería ser la excepción. Y luego también podríamos pensar por qué la mayor parte de los esfuerzos son individuales, no colectivos para un fin común.
Afirma que «la cultura del esfuerzo es una de las estrategias con las que el liberalismo trata de convencerte de que sí te da a elegir». ¿Vivimos en la ilusión de ser libres?
Yo creo que somos más libres de lo que pensamos. Cuando la gente asume los postulados de la cultura del esfuerzo, no es porque sea tonta o esté alienada. Me repito, pero creo que lo hace porque psicológica, vital y socialmente le va a granjear mayor beneficio. Tenemos que ser capaces de construir una alternativa a eso.
El médico Eduardo Vara, autor de Maldito trabajo. Sobrevivir a la cultura del sacrificio y repensar la vocación(Ariel, 2024), señaló en una entrevista en Ethic que «intentar mejorar constantemente es perjudicial para el trabajador». ¿Existe algún límite en ese «mejorar constantemente»?
Cuando uno se pregunta por la mejora y por la constancia, habría que preguntarse qué es mejorar y con qué intensidad puede hacerlo, y, sobre todo, a costa de qué. Esa es la respuesta que debemos encontrar como sociedad. Si los rendimientos de una empresa mejoran porque un empleado trabaja tres horas más a la semana, ¿es una mejora o un empeoramiento?
A mí también me jode el imperativo de insuficiencia que hay constantemente. Parece que tenemos un software instalado de mejora continua e infinita, y eso es devastador a nivel humano. No hago una enmienda a la totalidad sobre esto, pero sí tendríamos que empezar a aceptar algunos de nuestros defectos y límites.
SIGLO VEINTIUNO EDITORES
Pero muchas veces la izquierda compra esta forma de entender el ascenso social a través de la meritocracia. La clase obrera es la que se esfuerza de verdad, no los ricos, no los poderosos.
La izquierda ha podido legitimar la cultural del esfuerzo a nivel histórico con lemas como «la tierra para quien la trabaja», y eso tenía todo el sentido del mundo. Defendíamos ese principio con el objetivo no tanto de estar más orgullosos de nuestro trabajo, sino de trabajar menos, repartirlo, llegar a construir una sociedad en la que el trabajo no fuera, ni mucho menos, la actividad central. Ahora bien, eso no significa que queramos ser clase obrera para siempre, porque la lucha tendría que seguir centrada en destruir las clases.
De hecho, seguimos trabajando casi la misma jornada que hace un siglo, cuando se conquistaron las ocho horas.
Hemos llegado a un punto en que la exigencia de acortar el horario laboral es algo muy residual. Ni siquiera los sindicatos mayoritarios la defienden con ahínco.
Volvamos a uno de los principales conceptos que aporta en su ensayo. Para darle la vuelta a la idea añade un adjetivo que lo cambia todo: propugna la cultura del esfuerzo común. ¿A qué se refiere exactamente?
Lo puedes llamar progreso, Estado, fraternidad… Lo que quieras, pero siempre buscando entre todos una manera planificada para evitar duplicidades y competencias absurdas. Si tienes un servicio postal que funciona bien, no es necesario que existan otros tantos que se encarguen de lo mismo. Es tan sencillo como eso.
La cultura del esfuerzo común lo que intenta es hacer pensar qué necesitamos como comunidad y sumar esfuerzos para no tener que estar tirando de heroicidades para conseguir los objetivos. Nada más y nada menos. Quiero una vida que merezca la pena ser vivida, que no sea una oda al sacrificio.
Desde el plano más personal, ¿ha merecido la pena el esfuerzo que ha hecho para escribir este libro? ¿Cómo lo ha hecho para capear esta contradicción?
Sí que ha merecido la pena. Yo he necesitado reconciliar todo ese esfuerzo con el proyecto político que presento en el libro, y eso es lo que quiero que suceda en la sociedad. La cultura del esfuerzo común nos tiene que ayudar a que cada uno pueda desarrollar sus pasiones e intereses con toda la intensidad y ganas del mundo, aunque se le den de pena. Tenemos que sacar nuestras aficiones, nuestros pasatiempos, de las garras del trabajo. Lo que tenemos que hacer es crear las condiciones para que yo pueda no vender ni un solo ejemplar de este libro y que no pase absolutamente nada.
En marzo de 2026, Anthropic –la empresa que fabrica el modelo de inteligencia artificial Claude– publicó un informe sobre el impacto de la IA en el mercado laboral. Sus autores, Maxim Massenkoff y Peter McCrory, introducen un nuevo indicador para medir el riesgo de desplazamiento laboral por IA al que llaman observed exposure, una métrica que cruza la capacidad teórica de los modelos de lenguaje con su uso real y automatizado en entornos profesionales.
Los números son reveladores en su frialdad, aunque a estas alturas ya no sorprenderán demasiado: los programadores informáticos encabezan la lista de ocupaciones más expuestas, con un 74,5% de cobertura automatizable. Les siguen los representantes de atención al cliente (70,1%), los técnicos de entrada de datos (67,1%), los especialistas en registros médicos (66,7%) y los analistas de mercado (64,8%). La Oficina de Estadísticas Laborales de Estados Unidos proyecta, además, que las ocupaciones con mayor exposición observada crecerán menos de aquí a 2034: por cada 10 puntos porcentuales de incremento en la cobertura IA, la proyección de crecimiento del empleo cae 0,6 puntos. Es una pendiente modesta en los decimales, pero inequívoca en la dirección.
El informe también detecta algo que todavía no aparece en las estadísticas de desempleo pero que lo precede: la contratación de jóvenes entre 22 y 25 años en los sectores más expuestos ha caído un 14% en el período post-ChatGPT. Los trabajadores de mayor edad permanecen en sus puestos; los jóvenes, sencillamente, ya no entran. La máquina no expulsa todavía de forma masiva; por ahora, cierra el acceso a quienes aún no han llegado.
Conviene señalar, antes de seguir, algo que ningún modelo econométrico puede capturar: el informe lo publica la misma empresa que construye la herramienta que desplaza los empleos. El capital tecnológico se ha arrogado también la función de diagnóstico, y eso delimita de antemano qué puede ser visto, pensado y, sobre todo, propuesto como solución. El informe mide la exposición al riesgo, pero la pregunta que no formula –a quién va a parar la productividad ganada– la responden los mercados cada trimestre con resultados récord.
La promesa incumplida de la abundancia
En 1930, en plena resaca del crack de Wall Street, John Maynard Keynes publicó un ensayo llamado Economic Possibilities for our Grandchildren en el que imaginó que hacia el año 2030 el progreso tecnológico habría resuelto el problema económico de la humanidad. Su predicción era que por aquel entonces (dentro de cuatro años), la humanidad disfrutaría de una jornada laboral de 15horas semanales, y el resto del tiempo podría ser dedicado al ocio, a la cultura, a lo que a cada cual le diera la gana. Keynes no era un revolucionario ni un utopista de izquierdas; era el economista más influyente de su siglo, y su argumento era puramente aritmético. Si la productividad crece lo suficiente, llega un momento en que las máquinas hacen el trabajo y los seres humanos pueden hacer otra cosa.
Paul Lafargue había llegado a una conclusión similar cincuenta años antes, en El derecho a la pereza (1880), aunque con una carga política que Keynes no compartía: si las máquinas producen más, los seres humanos deberían trabajar menos, y el hecho de que eso no ocurra dice algo sobre quién controla las máquinas, no sobre las máquinas en sí.
Marx lo había formulado en términos más radicales todavía, en los Manuscritos económico-filosóficos de 1844, al describir el trabajo como la forma fundamental de alienación del ser humano bajo el capitalismo. En ese texto, el trabajo se convierte en algo externo al trabajador, en una actividad que no le pertenece y que le arrebata la energía vital para convertirla en mercancía. La tecnología, en este esquema, debería representar la posibilidad histórica de revertir esa alienación: si las máquinas hacen el trabajo, los seres humanos podrían recuperar el tiempo para desarrollarse como tales.
Tres pensadores, tres tradiciones intelectuales distintas, la misma conclusión de fondo…pero lo que estamos viviendo en este momento es exactamente lo contrario de lo que los tres anticiparon. El aumento de productividad que trae la IA no está reduciendo la jornada laboral, ni garantizando una renta de subsistencia a quienes quedan desplazados, ni, por supuesto, financiando sistemas públicos más robustos. Está concentrando el excedente en manos de un número cada vez más reducido de propietarios de infraestructura digital, mientras los trabajadores desplazados navegan solos un mercado que ya no los necesita con la misma urgencia de antes.
La cuestión de fondo, sin embargo, no es que la IA destruya empleos netos, sino que los beneficios extraordinarios separan cada vez a aquellos que necesitan “matarse” a trabajar (a veces se trata de un matarse literal) ante una minoría ultrarrica con un poder económico superior al PIB de varios Estados del mundo.
De alguna manera la ola neoliberal que comenzó en las postrimerías de la primera mitad del siglo XX, ha encontrado en la IA su argumento más poderoso: la inevitabilidad. Si los mercados son eficientes y la tecnología es neutral, cualquier perturbación laboral es simplemente el precio del progreso, y quien no se adapte habrá elegido, en el fondo, su propio destino.
Lo que sería posible si hubiera voluntad política
No existe ninguna razón técnica por la que el aumento de productividad derivado de la IA no pueda distribuirse. Las propuestas son muchas. La renta básica universal, por ejemplo, ofrece un mecanismo: si las máquinas generan riqueza, que esa riqueza financie la vida de quienes las máquinas han desplazado. Una demanda que, lejos de ser una excentricidad de la izquierda, tiene defensores en tradiciones políticas muy diversas, precisamente porque la lógica que la sustenta es difícil de rebatir sin apelar directamente a los intereses de quienes acumulan.
Porque lo que sigue ocurriendo –y lo que el debate técnico sobre la IA sistemáticamente oscurece con sus métricas de cobertura y sus proyecciones de crecimiento sectorial– es que el aumento de la productividad no está sirviendo para liberarnos del trabajo, sino para concentrar la riqueza de muchos en manos de muy pocos. Keynes lo habría reconocido con perplejidad. Lafargue, con rabia. Y Marx, con la amarga satisfacción de quien ya lo habría anticipado.