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Esta historia empieza con un papel en blanco. Un trazo azul, otro verde, un borrón, una idea. Yeyei Gómez (Madrid, 1993) no se considera ilustradora. Es dibujante desde que recuerda. Un dibujo que nació como acto analógico y que mantiene ese espíritu en tiempos de la IA. «Es lo que soy, parte de mi personalidad», afirma con su voz aguda y pausada. «Va más allá de un trabajo, aunque ahora lo haga de forma profesional».
Esa profesión vocacional e irregular le hace depender de encargos, galardones, ayudas y becas. «Son necesarios para hacer nuestro trabajo sostenible», dice, aunque reclama que lo que realmente ayudaría al arte sería «una cuota de autónomos porcentual». Recientemente, su trabajo le ha valido el Premio del Museo ABC de Ilustración de Prensa 2025 por la portada del número 109 de La Marea, dedicado a Donald Trump. En ella, vemos a la Estatua de la Libertad, en representación de Estados Unidos, «produciendo todo el caos que estamos viendo», un riesgo «para la paz y la estabilidad de todo el planeta», sentencia.
No es la primera vez que ilustra a Trump ni es la única artista que ha centrado el tiro en el POTUS. Sin embargo, ahora se pregunta: «¿Qué sentido tiene hacer parodias de un personaje que las fagocita?». Un claro ejemplo es el vídeo «Trump Gaza», creado como crítica para mostrar los planes de conquista y explotación económica del presidente estadounidense, que posteriormente ha sido reconvertido por este en vídeo de campaña. «Puede ser muy útil reírse del poder, pero igual hoy ya no tiene tanto efecto», reflexiona. Para Yeyei, el objetivo es solo «hacer dibujos que no tienen más pretensión que ser vistos y entendidos», esperando clavar, de cuando en cuando, alguna «aguja» en el espectador. «Siempre he pensado que no hay nada más conservador que ser artista porque solo te preocupas de tu pequeña parcela de creación».
A pesar de que su trabajo gráfico se engrasa con la sátira, no siente que haga humor político y huye del término militancia. «La lucha o disidencia puramente artística no tiene más impacto que el desahogo», opina. «Nunca he pensado que lo que hago pueda tener tanta repercusión porque, en el fondo, llego a personas que ya están un poco convencidas».
Levanta la vista, recordando, y menciona el caso de El Roto y las «nuevas teclas» que ha tocado y que han molestado a parte de su audiencia. «Las viñetas le entran al lector desde una interpretación de la realidad compartida con el autor. Pero generar incomodidad creo que es importante, empezando por una misma. Cuando un chiste machista o racista nos molesta es porque nos remueve algo», sostiene. Para Yeyei, lo vital es «no convertirse en una repetición de clichés».
Muchos de los tópicos a los que se refiere no han cambiado desde que empezó a dibujar. El mundo, en cambio, se ha acelerado. En una de sus viñetas de Naufragio Universal (Premio Creación Injuve 2016), un presentador dice mirando a cámara: «Estos son los 10 momentos más espectaculares de lo que ha ocurrido en los últimos cinco minutos».
El frenesí digital
Comunicar en una época a dos velocidades, que oscila entre la fiebre de lo inmediato y el análisis paralizante de cada movimiento, es complicado. ¿Cómo atraer la atención de alguien que nos va a dedicar tres segundos antes de pasar a lo siguiente? «A veces, ni siquiera llegas a esa persona. Dependemos del algoritmo», dice frunciendo el ceño. Y por si fuera poco en una sociedad hiperdigitalizada, llegó la inteligencia artificial para romper la baraja.
«En la creación visual, la IA está haciendo que muchos autores quieran dejar lo digital porque es un entorno que acaba siendo una amenaza también para lo laboral». Yeyei no cree que este abandono esté solo en la mente de los creadores: «El cerebro obliga a la gente a replegarse un poco a lo material, al encuentro físico, a leer en papel». A buscar refugios analógicos donde las normas las pongamos nosotras.
En su caso, confiesa tener «miedo de regalar material a una inteligencia artificial. Y no es que «eso de copiar o inspirarse en otros sea nuevo» –dice aludiendo a una famosa marca textil internacional de origen gallego–, pero es cierto que ha alcanzado cotas inimaginables hace unos años. Tanto es así, que ACE Traductores (la principal asociación de traductores editoriales en España) ha creado el Sello de Traducción Humana. «Lo he oído. Es grotesco tener que llegar a esto». También considera que sería difícil validarlo en el caso de los trabajos artísticos: «Mucha gente tiene el uso de la IA muy interiorizado, lo ve como un utensilio más».
Una mueca preocupada le nubla el rostro: «Sabemos cómo funciona la IA: absorbe tu información y te convierte en datos». Pronuncia esta última palabra y hace una pausa. Datos. «Que se puedan plagiar mis imágenes afecta a mi medio de vida, pero me parece más horrible aún saber que se están creando bases de datos con esas herramientas». ¿Cuál podría ser la solución? «Una legislación que limite su uso. Eso sí que sería para mí algo completamente utópico: que la sociedad entendiera que algunas tecnologías tienen que tener un freno que suponga no avanzar en una determinada dirección. El progreso, a veces, es parar cuando las cosas van por caminos que parecen más oscuros».
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