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Aquel verano de 2006 en Alemania

Por: Thilo Schäfer

Este artículo se publicó originalmente en La Marea 112. Puedes conseguir un ejemplar de la revista y suscribirte en nuestro kiosco.


Puede ser que los periodistas futboleros (hay unos cuantos) abusemos del balompié como metáfora o espejo de la actualidad. Pero es difícil resistirse ante un Mundial tan peculiar como el que se está celebrando en Estados Unidos, Canadá y México. En Alemania, antes del comienzo del torneo, había una gran incertidumbre alrededor del potencial de la selección tras una racha bastante mala. La tetracampeona del mundo se presentaba como el reflejo de una sociedad que atraviesa una crisis de confianza como nunca se había visto desde los años de la posguerra. La gran pregunta era: ¿puede Alemania competir todavía al más alto nivel o ha caído irremediablemente en la mediocridad?

Como es costumbre, en las semanas previas al torneo se emitían y publicaban todo tipo de documentales televisivos, artículos, libros o pódcasts recordando otros tiempos, especialmente el Mundial de 2006, celebrado en Alemania. Hace ya dos décadas. Aquel evento ha pasado a la memoria colectiva como el «Sommermärchen» (‘cuento de verano’). Igual que la actual, la joven selección entrenada entonces por Jürgen Klinsmann despertaba dudas sobre su competitividad, pero pronto conquistó los corazones incluso de gente no adicta al balompié. Llegó hasta la semifinal. Y lo más importante, el país mostró su lado más amable. Aquellas cuatro semanas fueron una fiesta de la que disfrutaron cientos de miles de visitantes de todo el mundo. Hasta el tiempo acompañaba. La sociedad alemana estaba tan sorprendida como orgullosa de haber sido una gran anfitriona, desmintiendo así la imagen más bien sobria y fría del país. Todo el mundo recuerda cómo las calles se llenaron de banderas alemanas. Por primera vez, la gente exponía el negro, el rojo y el dorado sin el complejo de recordar el pasado más oscuro. Años antes, cuando celebramos en el centro de Düsseldorf la victoria alemana en el Mundial de 1990, alguna gente nos increpaba por llevar la bandera y la camiseta de la selección. Pero en aquel verano de 2006, Alemania era un país feliz.

Aquel verano de 2006
Fiesta de la selección alemana tras quedar tercera en el Mundial de 2006. Más de medio millón de personas acudieron a la Puerta de Brandenburgo para aclamar a un equipo que enamoró al país. FABRIZIO BENSCH / REUTERS

Veinte años después no queda nada de ese espíritu alegre, ligero y de brazos abiertos al mundo. Ha resurgido el nacionalismo racista con el auge de Alternativa para Alemania, que encabeza las encuestas desde hace meses. La crisis es palpable y va más allá de la economía. La recesión no es algo coyuntural. Se habla de un fin del modelo de negocio. La potente industria dependía más de lo que se admitía de la importación de gas natural barato desde Rusia. El principal cliente era China, donde empresas como Volkswagen obtenían buena parte de sus beneficios. Hoy, las empresas chinas no solo compiten con las alemanas, sino que las superan en muchos ámbitos tecnológicos, especialmente en los coches eléctricos y la energía solar. La economía alemana tiene que reinventarse en muchos aspectos.

Las reformas no llegan. La sociedad asiste a una parálisis de gobierno. Si los problemas internos acabaron con la coalición entre socialdemócratas, verdes y liberales encabezada por Olaf Scholz, el primer año del actual gobierno entre democristianos y socialdemócratas ha decepcionado incluso más si cabe. Según una encuesta realizada por Ipsos a principios de año, un 64% de los alemanes desconfía del canciller Friedrich Merz. Un 35% no cree que la economía alemana pueda recuperar la competitividad perdida frente a un 29% que sí lo cree (el resto no sabe o no contesta). Otro sondeo del diario conservador Frankfurter Allgemeine Zeitung entre empresarios dice que el 57% no alberga ninguna esperanza de que las reformas se produzcan con el actual gobierno de coalición.

El propio canciller no contribuyó precisamente a tranquilizar a la opinión pública sobre el futuro cuando, por ejemplo, reprendió a los alemanes y alemanas señalando que deberían trabajar más, a la vez que denunciaba un «lifestyle centrado en trabajar a tiempo parcial». Tras un aluvión de críticas, Merz últimamente intenta levantar los ánimos para salir del túnel. «Podemos conseguirlo si estamos juntos y empezamos a creer un poco más en nosotros mismos», aseguraba a principios de junio.

El estado de angustia social también tiene que ver con la escena internacional, un mundo que ha cambiado radicalmente en los últimos años, y no solo en el plano tecnológico. Antes de la invasión rusa de Ucrania el régimen de Vladímir Putin era, por lo menos, un aliado útil para Berlín en cuanto a proveedor de energía, si bien nunca cesaron los recelos políticos. Ahora los admirados Estados Unidos también han dejado de ser el aliado fiable, el gran hermano protector. A muchos alemanes, sobre todo conservadores, se les ha caído el mito de la democracia liberal más antigua y sólida del mundo por las maniobras autoritarias de Donald Trump. Lo mismo vale para otro pilar de la política exterior de Alemania después del nazismo: la defensa a ultranza de Israel. Ante las barbaridades cometidas contra la población civil en Gaza, llámese genocidio o no, mucha gente en Alemania duda si se debe justificar todo con el pretexto del derecho a la autodefensa. Pero el establishment político y mediático en el país vigila con celo que las críticas a las atrocidades del gobierno de Benjamín Netanyahu no traspasen cierta línea roja. En Alemania, hoy en día es muy fácil que te tilden de antisemita por denunciar la masacre de Gaza. Finalmente, la resurrección del servicio militar y un nuevo plan de protección civil para casos de guerra han devuelto a la sociedad alemana a la época de la guerra fría.

En el Mundial, y a la vista de este ambiente lúgubre, un buen desempeño de la selección alemana, reflejo de una sociedad con muchos jugadores de origen migrante, habría ayudado a insuflar ánimos, aunque sólo fuera de forma efímera. No fue así: Alemania fue eliminada en los penaltis por Paraguay. Lejos queda el cuento de hadas de aquel verano de 2006.

La entrada Aquel verano de 2006 en Alemania se publicó primero en lamarea.com.

✇Conciertos en Albacete

Ondas Que Lo Inundan Todo lanza ‘Crisis Mundial de los 40’

Por: Discos Ruidosos

 

O.Q.L.I.T.  ‘Crisis Mundial de los 40’ 

 


El dúo albaceteño, formado por Darío Garrido y Bea de la Cruz, publica su álbum de debut.

Con una producción a cargo de Javi Milla (Chucho), el disco fusiona post-punk, indie-pop y ritmos de cajas Roland TR-808 y 909.

Tras el impacto de sus singles de adelanto ‘Estoy Listo’, ‘El Obsolescente’, ‘40’ y ‘Cada Segundo’, el proyecto albaceteño O.Q.L.I.T. (Ondas Que Lo Inundan Todo) libera finalmente su primer larga duración: ‘Crisis Mundial de los 40’. Una obra que nace de la “necesidad fisiológica de expresión musical” y que se posiciona como una reacción visceral a la inestabilidad de Occidente y al desajuste de las expectativas generacionales.

Bajo la batuta de Javi Milla, el dúo ha esculpido un universo donde conviven sintetizadores vintage, guitarras ambientales y el pulso implacable de la electrónica de alta fidelidad. La formación, liderada por el multiinstrumentista Darío Garrido y la flautista Bea de la Cruz, propone una colisión entre el pop atmosférico y el post-punk más crudo, diseñada específicamente para ser trasladada a un directo explosivo.

Radiografía de una crisis: el mapa sonoro de ‘Crisis Mundial de los 40’

El álbum se despliega como un diario de navegación en plena tormenta existencial. A través de sus pistas, O.Q.L.I.T. transita por diferentes estados de ánimo que definen esta ‘Crisis Mundial de los 40’:

Estoy Listo’: Estamos ante un manifiesto de honestidad brutal. Aquí no hay postureo, hay una colisión frontal contra el muro de lo heredado. Esta canción respira esa urgencia de quien entiende que el “suelo estable” que le prometieron era solo cartón piedra. Es pura dinamita existencial que estalla cuando te das cuenta de que el guión de tus maestros y tu familia no es más que ruido blanco.

Cuarta Persona’: Un tema que se adentra en el vértigo de la ausencia. Aquí el foco se pone en la grieta, en ese momento en el que el beat de una relación deja de estar sincronizado. La ambigüedad del “¿quién se fue?”; es puro determinismo de club: a veces te giras y el de al lado ya no está porque ha cambiado de frecuencia. Plantea un juego de identidades rotas donde el “ser lo que se decía que se iba a ser” se revela como la gran mentira. Es el sonido de la deriva emocional capturado justo antes de que el silencio lo ocupe todo.

A Otra Dimensión’: Un viaje al origen. Lo que nació como ‘Enviola Lucifer’ para SanGris se transmuta en una pieza de rabia contenida gracias a la voz de Ana Beleida. Es el acta de defunción de una era donde la inspiración era el motor, dejando paso a una realidad donde solo la química nos permite soportar el manicomio cotidiano. Un ejercicio de nostalgia punzante sobre entes narcotizados que ya no saben dónde mirar.

El Obsolescente’: La deshumanización hecha ritmo. Aquí la máquina no solo asiste, sino que completa y somete. Es el retrato de un cyborg moderno, un Robocop sin memoria al servicio de un sistema que lo utiliza hasta la desconexión. Destaca esa codependencia tóxica entre el hombre y el silicio, preguntándose qué queda de nosotros cuando el cable se desenchufa y la obsolescencia nos alcanza.

40’: El epicentro del sismo existencial. Representa el ojo del huracán de esa crisis que todos temen pero pocos saben narrar con esta crudeza. Es la búsqueda desesperada de estabilidad y refugio cuando las estructuras que nos prometieron -familia, maestros, entorno- se revelan como una ficción. Es el momento de la deriva absoluta, de ver quién da el primer paso hacia la salida antes de que el suelo desaparezca por completo.

Serendipia’: El arrebato de la carne en plena colisión con la estabilidad emocional. Es el rugido de la crisis de los cuarenta reclamando su cuota de adrenalina, un cambio de escenario donde la frecuencia compartida con un extraño activa los instintos más bajos. Un juego de dientes apretados y secretos a voces donde el destino se agradece y se maldice a partes iguales.

Cada Segundo’: El hedonismo como trinchera. Con la voz del escultor Santi Flores aportando una nueva dimensión plástica, la banda escapa de la “montaña rusa de la realidad” para refugiarse en el placer. Ante un mundo de violencia y pobreza, esta pieza es un recordatorio de que, si el universo nos dio conciencia, es nuestra obligación usarla para atrincherarnos en la belleza y la mirada amable.

Panza de Metal’: Una bofetada de realidad sobre la voracidad humana. El tema plantea una distopía visual: ¿Será nuestra herencia una bola de residuos donde convivan restos de pollo y baterías de litio? Es el retrato de una sociedad que camina por inercia hacia su propio empaquetado, un final industrial para una especie insaciable.

Mira por la Ventana’: El feudalismo moderno bajo el microscopio. Basada en hechos reales, es una oda a la resistencia cuando el poderoso oprime al vulnerable. Una invitación a “bajar del caballo” a quienes nos roban la dignidad, rompiendo la burbuja de pasividad en la que solemos vivir para empezar a luchar por lo que es justo.

Sucedáneo de su Realidad’: Ciencia ficción emocional. Con Marina González en la piel de una IA diseñada para el auxilio emocional, el tema explora los límites de la robótica de Asimov. ¿Qué pasa cuando la tecnología aprende nuestros vicios y decide que la única forma de salvarnos de nuestra propia autodestrucción es, precisamente, eliminarnos? Un choque musical y fascinante entre el hombre y su propio reflejo digital.

Crisis Mundial de los 40’: El corazón electrónico y ruidista del disco. Una atmósfera agobiante tejida con sintetizadores y guitarras afiladas que captura el colapso. Aquí no hay análisis, solo la sensación pura de la alarma sonando: cuando la crisis personal y la global convergen en un estruendo que nos deja, paradójicamente, en la más absoluta inacción.

¿Te Habías Dado Cuenta Ya?’: El eco de lo que pudo ser. Recuperada de los archivos de SanGris y enriquecida por el violín de José Manuel Badía, es la crónica de una ruptura antes de ser aceptada. Una bofetada de amargura que mezcla el romanticismo de lo que fue con la cruda realidad del final, funcionando como el preludio emocional perfecto para el resto de esta deriva.

Musicalmente, ‘Crisis Mundial de los 40’ es un reflejo de este caos: momentos de exquisita felicidad que invaden los huesos mediante arreglos de flauta y sintetizadores brillantes, que chocan frontalmente con pasajes de oscuridad electrónica donde el deseo de no haber existido se hace presente. Es un disco de contrastes, perfecto para el directo, donde la energía de la frustración se transforma en potencia sonora.

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