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Irán convierte el estrecho de Ormuz en un peaje soberano: intercepta tres petroleros en una semana

Por: A. Goikoetxea

A finales de febrero de 2026, Irán cerró el estrecho de Ormuz al tráfico marítimo extranjero. Lo que comenzó como una clausura caótica en plena escalada bélica regional se ha endurecido en los últimos días hasta convertirse en un régimen de peaje soberano, codificado en la ley iraní y tasado en criptomoneda.

El 18 de mayo, el régimen de los ayatolás puso en marcha la Autoridad del Estrecho del Golfo Pérsico (PGSA, por sus siglas en inglés), una burocracia estatal con dominio propio (pgsa.ir), cuenta en la red social X y dirección de correo electrónico. Desde entonces, Teherán ha delimitado una «zona de supervisión de gestión» a lo largo del estrecho y ha anunciado un sistema de permisos de tránsito que convierte Hormuz de una vía marítima internacional en un peaje controlado.

Según fuentes de inteligencia naval citadas por analistas estadounidenses, la medida supone un desafío directo al derecho internacional marítimo y amenaza con estrangular el flujo del 20% del crudo mundial que atraviesa el estrecho. Irán, que controla la isla de Qeshm y las costas del golfo, ha desplegado baterías de misiles antibuque y lanchas rápidas para hacer cumplir la nueva regulación. Los buques que no obtengan el permiso digital quedarían expuestos a inspección o ataque.

La comunidad internacional ha reaccionado con cautela. Estados Unidos, a través de su Quinta Flota con base en Bahréin, ha declarado que no reconocerá el peaje y que mantendrá la libertad de navegación. No obstante, la marina iraní ha interceptado ya tres petroleros de bandera liberiana en la última semana, según fuentes navales citadas por medios internacionales. La crisis energética que se avecina podría disparar el precio del barril de crudo por encima de los 150 dólares, según estimaciones de la Agencia Internacional de la Energía.

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La agonía de un pájaro

Por: José Ovejero

22 de abril

Un gorrión se estrella contra el cristal de una de nuestras ventanas. Habíamos pegado siluetas de rapaces para evitar que sucediese –antes era un accidente frecuente–, pero este pobre despistado ha ignorado las señales. Me vuelvo al oír el impacto y lo veo de pie en el suelo, inmóvil salvo por un leve jadeo, apoyado con las puntas de las alas abiertas contra la baldosa. Poco a poco se le va venciendo la cabeza, muy despacio las alas se cierran, pero no del todo. Ya toca el suelo con el pico, aún de pie. Me gustaría salir y recogerlo del suelo, darle el calor de mi mano y mi presencia, pero sería un consuelo solo para mí, a él lo aterrarían aún más –¿siente miedo ahora, sabe que va a morir?– mis manazas de monstruo y el ruido de mis pasos. Lo contemplo desde el otro lado del cristal. Sigue en pie, ahora solo apoyado en las patas y el pico; ha plegado casi por completo las alas. Hace varios minutos que no se mueve. Salgo. Tiene los ojos cerrados. Está vivo. Los latidos se transmiten a todo su cuerpo. Me siento cerca de él. Al cabo de un rato acaricio despacio su cabeza sin que se inmute. De pronto abre los ojos y da dos breves saltos laterales como sorprendido. No parece que mi presencia lo sobresalte más que eso. Nos quedamos quietos los dos. Vuelve a cerrar los ojos. Indeciso, me marcho de nuevo, pero sigo observándolo a través de la ventana. Trabajo un rato sin perderle de vista. Salgo de nuevo y me siento a su lado. Está vivo pero inmóvil, con los ojos cerrados, uno de ellos algo hinchado. Los abre y me mira; en efecto, no puede abrir bien uno de sus ojillos. Nos quedamos mirándonos, ahora respiramos despacio los dos. Acerco una mano y la dejo cerca de él, abierta sobre el suelo. Después de unos segundos, salta al travesaño de una silla y desde ahí echa a volar.


Mientras estoy asistiendo a las consecuencias del impacto del gorrión contra el cristal, leo la noticia de que soldados israelíes han asesinado a la periodista libanesa Amal Khalil tras disparar contra los equipos de rescate que acudieron en su ayuda. ¿Cómo es posible que el destino de un pájaro haya ocupado más tiempo de mi vida que el enésimo asesinato de periodistas –o de cualquier persona– cometido por el ejército de quien no ha dejado de ser nuestro socio comercial y, aunque no se diga, aliado? Si pensara que soy el único que actúa así, buscaría la respuesta en el campo psicológico. Pero está claro que eso nos sucede a muchos: quizá porque la acumulación de violencias impunes es tal, que nos sentimos abrumados, tampoco sabemos cómo actuar y nuestra impotencia nos lleva a la inacción en la práctica, salvo en campos que son casi simbólicos: escribir sobre ello, manifestarnos.

También la lejanía física y mental de la desgracia –el Líbano no deja de ser un espacio con el que no tengo ninguna relación y que apenas conozco por las noticias– puede tener que que ver con la intensidad de nuestra respuesta afectiva, potencialmente mayor cuanto más concreto es lo que la motiva.


24 de abril

En Bluesky sigo a @auschwitzmemorial, que postea con frecuencia breves semblanzas de personas asesinadas en los campos de concentración. También ahí tengo la tentación de pasar rápidamente a otro post, casi sin mirar, aunque en este caso quizá se deba a que resulta doloroso y aterrador poner rostro a cada víctima y recordar cada crimen. Me fuerzo a dedicar un momento a cada uno de esosdestinos individuales. No sirve de nada, ya lo sé, salvo como inútil homenaje, como señal privada de respeto, y como recordatorio de que criminales capaces de enviar a un niño a una cámara de gas, no, a un niño, no; a ese niño, con ese rostro, con esa edad, con esa sonrisa, surgen una y otra vez entre nosotros. Y los verdugos también hoy serían gente cercana, conocidos, familiares, quizá incluso amigos.


27 de abril

Acabo de ver +10K, de Gala Hernández López. Es el tercer documental que veo de ella; antes había visto las excelentes La mecánica de los fluidos y For here am I, sitting in a tin can far above the world –sí, una cita de Space Oddity, de David Bowie–. +10K no me ha interesado tanto como las otras dos, quizá porque el personaje principal, un joven fascinado por el mundo crypto, me resultó tan insulso como repetitivo. Quizá lo más llamativo de él sea que una y otra vez habla de perseguir sus sueños –de hecho, a menudo se expresa como si cortase y pegase clichés de libros de autoayuda y superación personal–. Pero sus sueños parecen carecer por completo de contenido. Quiero decir que a lo que aspira no es tanto a «hacer» algo, a tener una actividad que le satisfaga, a ser autor de algún tipo de transformación de la realidad, como a obtener mucho dinero: poseer un Lamborghini, una impresionante casa con piscina, estar rodeado de lujo. Tiene un ideal de sí mismo que no consiste en ser, sino en tener.

No diré que yo no quiera tener, pero si fantaseo un ideal de mí mismo –que puede ser tan irreal como el que construye este chico para sí– claramente está centrado en lo que podría hacer y crear. ¿Habrá aquí una brecha generacional? ¿Será frecuente encontrar entre los jóvenes actuales a muchos que no digan quiero ser astronauta, o médico o escritor, o quiero investigar sobre el cáncer o inventar una energía limpia, sino que afirmen sencillamente: de mayor quiero ser rico?

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