El
4 de junio de 1989 Concluye
la represión a los manifestantes que protestaban en la Plaza de
Tiananmén, en Pekín. Estudiantes chinos habían comenzado allí
sus reclamos tras la muerte del reformista Hu Yaobang, el 15 de
abril. El movimiento exigió reformas políticas y libertad de
prensa. Una marcha de 100.000 personas puso en alerta al aparato del
Partido Comunista, mientras se realizaban huelgas de hambre. El 20 de
mayo se declara la ley marcial y comienza la represión. Los
manifestantes instalan barricadas y resisten hasta el 4 de junio,
cuando la Plaza de Tiananmén queda vacía.
La imagen más fuerte de la protesta se dio al día siguiente, cuando
un hombre se paró frente a una fila de tanques e impidió su avance
durante unos minutos. Se
calcula que pudieron haber muerto hasta 10.000 personas.
La plaza de Tiananmen, en Pekín, ha amanecido rodeada
de fuertes medidas de seguridad. También se han amordazado las redes
sociales, borrando cualquier referencia al 4 de junio.
En Hong Kong, el parque Victoria ha sido cerrado al público.
Las fuerzas policiales desplegadas han impedido acercarse y las
autoridades han advertido a la población sobre los riesgos de
intentar manifestarse en el lugar.
En este parque, hasta hace solo dos años, decenas de miles de
personas acudían con velas para celebrar una vigilia en recuerdo de
las víctimas de la matanza. Algo ahora impensable.
Hasta las misas católicas conmemorativas, una de las últimas
formas en que los hongkoneses podían reunirse para recordar, han
sido canceladas.
Una matanza que no existe en los libros de historia ni en los
manuales escolares, ocurrió el 4 de junio de 1989, cuando el
Gobierno chino envió tropas y tanques contra los manifestantes
pacíficos que reclamaban desde hacía semanas un cambio político y
el fin de la corrupción.
La represión fue brutal. Murieron cientos de personas, miles
según algunas estimaciones. Las imágenes dieron la vuelta al
mundo.
En estas tres últimas décadas, China ha hecho todo lo posible
para borrar la matanza de la memoria colectiva, eliminando cualquier
alusión de los libros de historia, los manuales escolares o las
redes sociales.
El Gobierno chino justificó aquella matanza con el argumento de
que trajo la estabilidad social que necesitaba la economía para
crecer y disparar el bienestar de todos los chinos.
Aunque entre sus demandas no figuraban explícitamente una
democracia al estilo occidental o el fin del PCCh, las autoridades
vieron en el movimiento una amenaza que era necesaria aplacar. Tras
días de negociaciones, Ley marcial y divergencias en la
cúpula política y militar, el ala dura del Partido se impuso. El
resultado: el Ejército tomó la capital, desalojó a base de
porrazos, tiros y tanques las calles y quedó claro que las
autoridades permitirían el desarrollo económico, pero sin libertad
política.
Hubo mucha gente que protestó en las calles durante
esos días, tanto estudiantes universitarios como gente de otras
categorías sociales.
Sin embargo, se sabe mucho menos de las historias de la gente que
murió -trescientas personas, de acuerdo con las cifras del Partido
Comunista, muchas más, que se cuentan por miles, de acuerdo con
activistas, familiares de las víctimas y una serie de organizaciones
humanitarias-, o acerca de los miles de detenidos -el último en ser
liberado, que era en aquel entonces trabajador de una fábrica, salió
de prisión en 2016.
El Partido estaba cambiando de un modelo de “gestión política”
del país a un modelo de “gestión económica”. Este proceso
causó una serie de problemas y una generalización de la corrupción,
lo cual fue una de las muchas razones de las protestas durante ese
período.
La secuencia básica de los acontecimientos sigue siendo la
matanza cometida contra estudiantes, trabajadores y ciudadanos
corrientes de Beijing; la dramática decisión del Partido Comunista
de proceder a medidas represivas, al final de una lucha interna que
marcaría para siempre el rumbo del PCCh; y en el trasfondo de todo
ello, la “primavera china”, que había sido resultado de un
período de intensa y vivaz actividad cultural y política durante
los 80.
El año 1989 constituye un parteaguas en la reciente historia de
China, pues fue ese el año en que el contrato social entre el pueblo
chino y el Partido Comunista se vio efectivamente transformado,
poniendo al país en la senda de crecimiento económico que le ha
llevado a su estatus como poder global de envergadura hoy en día.
George Black y Robin Munro escriben en Black Hands of Beijing:
Lives of Defiance in China’s Democracy Movement, “lo que tuvo
lugar fue una matanza, no de estudiantes sino de trabajadores y
residentes corrientes, precisamente el objetivo pretendido por el
gobierno chino”.
El hecho de que los que resultaran muertos fueran en su mayoría
trabajadores nos permite comprender mejor de qué modo filtró el
Partido Comunista la información que le llegaba del mundo exterior,
no tanto y no sólo de la misma Plaza de Tiananmen.
En 1989, el PCCh ya llevaba trabajando dos años para dejar al
margen la influencia política de Hu Yaobang. Se trataba de un
reformista al que se juzgaba demasiado indulgente con las protestas
que se habían convertido en un rasgo recurrente en China desde
1986.
Hu murió el 15 de abril de 1989 de un ataque al corazón sufrido
durante una reunión del Partido, y el luto por su muerte se
convirtió en el acontecimiento que desencadenó las protestas a gran
escala de los estudiantes, que ocuparon ese día la Plaza de
Tiananmen.
Deng Xiaoping había decidido que debería purgarse a Hu, aunque
este último había sido escogido por Deng mismo como sucesor suyo.
La casa del anciano Deng sería escenario de la reunión más
importante durante esos frenéticos días de junio de 1989. Deng,
veterano político y consumado estratega, captó de inmediato la
naturaleza del problema: si las protestas estudiantiles se extendían
a los trabajadores, la situación se volvería desastrosa para el
PCCh.
Deng recalcó repetidamente que deberían hacerse reformas, pero
que era necesario tener orden para que eso pasara: la población
debería estar trabajando, no protestando.
Pensó que había logrado arreglar la situación marginando a Hu
Yaobang, pero su substituto, Zhao Ziyang, se sentía predispuesto a
las reformas, y esto pronto se convirtió en un problema.
1989 fue el punto culminante de un período enormemente notable a
finales de los 80: “el país se encontraba en medio de una
agitación social, política y cultural”, “un mundo ebrio de
posibilidades: revistas y periódicos eran más interesantes, con
largos artículos de investigación publicados en nuevos medios de
noticias, los llamados Baogao Wenxue (“Reportajes
literarios”).
En 1988 “se estaba produciendo una profunda reflexión sobre la
historia china”, y se planteaban nuevas preguntas sobre lo que de
verdad significaban la identidad y la cultura chinas.
Perry Link, el especialista académico de la Universidad de
Princeton que trabajó en los Tiananmen Paper señaló: “en
todos los campos todos los intelectuales suscitaban estas grandes
cuestiones. Las posibilidades parecían infinitas. En los campus “los
tablones de anuncios ofrecían clases de idiomas y de baile, así
como foros de debate que permitían hablar con bastante libertad a
los estudiantes acerca de una amplia variedad de temas”.
Al mismo tiempo, el mundo del trabajo se encontraba en plena
turbulencia.
Desde un punto de vista económico, el período de reformas había
creado dos tendencias claras: la proletarización de enormes masas de
la población y el surgimiento de una nueva clase de capitalistas.
El proceso de proletarización se produjo, en términos generales,
como resultado de tres factores: la emigración forzosa del campo a
las ciudades, el derrumbe de las empresas de gestión estatal en las
ciudades y la disolución de los negocios locales en las aldeas. El
desplazamiento rural a las ciudades constituyó una tarea inmensa,
que implicó a cerca de 120 millones de personas desde 1980, en algo
que puede sostenerse que haya sido la mayor migración de la historia
humana.
Las SPE (empresas de propiedad estatal) habían sido el núcleo de
la industrialización maoísta, y contabilizaban cuatro quintas
partes de la producción no agrícola del país. La mayoría de estos
gigantes se ubicaba en las ciudades, donde empleaban a cerca de 70
millones de personas en 1980. Las primeras etapas del
desmantelamiento se iniciaron en 1988, y el proceso prosiguió a un
ritmo rápido tras la conmoción de 1989, momento en que se aplicaron
drásticas medidas en el contexto de una economía recalentada
marcada por una elevada inflación.
Se llevaron a cabo otras reformas durante la década siguiente,
confirmando el significado de lo que había ocurrido en 1989. En 1994
se alentó una mayor eficiencia mediante recortes en la mano de obra.
Esta nueva dirección de la gestión condujo a despidos masivos a
finales de los 90, cuando el capitalismo chino experimentó su
primera crisis de sobreproducción, la cual marcó una brusca
transición de la vieja economía de escasez a una nueva economía de
plusvalía.
El resultado fue espectacular: el empleo en las empresas de
propiedad estatal había quedado reducida a la mitad, a medida que 40
millones de personas se encontraron sin el tradicional “tazón de
arroz de hierro”, símbolo y garantía de seguridad en el empleo en
las viejas empresas del Estado.
Para este grupo de individuos, la mayoría de edad mediana, se
avizoraba la perspectiva de convertirse en una suerte de “infra
clase urbana”.
En China, en lugar de la creciente opulencia, el aumento del nivel
educativo y el aburguesamiento de una gran parte de la clase
trabajadora, que se ha producido en muchas sociedades junto al
desarrollo económico -y de manera muy señalada entre los vecinos de
China en el Este de Asia, como Corea del Sur, Japón y Taiwán- esta
informalización de la economía urbana representa una regresión, no
un ascenso para una parte bastante numerosa de la población urbana.
Estos procesos, que llegaron a su punto álgido en los 90, fueron
el resultado directo de lo que había sucedido en China a finales de
los 80. En octubre de 1983, el Diario del Pueblo escribía que
los trabajadores no tenían de qué quejarse: la recesión que se
había adueñado del mundo capitalista a principios de los 80 ofreció
la oportunidad a las autoridades chinas de recordar a los
trabajadores del país que estaban mejor de lo que habían estado
alguna vez, señalando el elevado desempleo de Occidente como prueba
de “la superioridad del socialismo”.
La dirección china consideró éste el momento de pregonar sus
éxitos: tal como escribe Jackie Sheehan en Chinese Workers: A New
History (Londres, Nueva York, 1998), se trataba de una situación
en la que “algunos trabajadores ya estaban advirtiendo los
beneficios del aumento salarial y de las bonificaciones, de acuerdo
con las reformas, y todos esperaban beneficiarse en un próximo
futuro”.
Pero estas expectativas acabaron desmentidas por la realidad,
porque estaban empezando a aparecer signos de patente injusticia:
“Había muy escasa aceptación entre los trabajadores de la idea de
Deng Xiaoping de que todo iría bien si ‘unos cuantos se hacen
ricos primero’; esto lo consideraban sencillamente como una
injusticia distributiva”. Por añadidura, “muchos trabajadores se
sentían hondamente agraviados hasta por diferencias salariales que
no se considerarían muy grandes de acuerdo con criterios
occidentales ahí donde se advertían, sin embargo, como injustas
[…]. Un resentimiento especialmente agudo fue el que provocó la
brecha cada vez mayor entre las bonificaciones pagadas a los
trabajadores y las que recibían los gestores superiores de las
empresas, que en algunos casos podían ser de veinte a treinta veces
mayores que el pago equivalente a los trabajadores”.
Sin embargo, el efecto negativo de las reformas sobre las
relaciones entre los trabajadores y la gerencia pronto se extendería
“más allá de las disputas sobre el aumento de la desigualdad de
renta, por seria que ésta fuera”.
En una época en la que se exigía más y más eficiencia a los
trabajadores, durante las frenéticas horas de mayo y junio de 1989,
“las deficiencias de gestión se convirtieron en significativa
manzana de la discordia de un modo como nunca antes había
sucedido”.
En este contexto, la presencia de los estudiantes en la Plaza de
Tiananmen comenzó a ser causa de gran preocupación para el Partido
Comunista, temeroso de volver al período de dominio de las
multitudes durante los días de la Revolución Cultural.
Deng mismo expresó la creciente sensación de irritación,
afirmando en una reunión del Partido a finales de abril que “no se
trata de un movimiento estudiantil corriente. Se trata de
agitación”.
Al mismo término se recurriría en el artículo de opinión del
Diario del Pueblo publicado el 26 de abril, que condenaba
las protestas estudiantiles con toda nitidez. Fue éste el momento en
que se deterioró sin remedio la relación entre el Partido Comunista
y quienes protestaban.
Desde ese momento, Deng trabajaría junto al Comité Permanente
hasta la dramática votación sobre la declaración del estado de
sitio (que se revocaría sólo en 1990).
En su crónica desde China, con fecha del 20 de julio de 1989,
publicada en The New York Review of Books, Roderick
MacFarquhar, escribió: “Dividido en la cúspide, el Partido
Comunista Chino ya no podía habérselas con las múltiples presiones
que sufría y se agrietó. Mientras que el primer ministro, Li Peng,
actuó como líder severo a modo de testaferro, está claro que las
decisiones no las tomó en última instancia su Consejo de Estado, o
el Politburó, ni siquiera los cinco hombres del Comité Permanente
sino el duunvirato a cargo de la Comisión de Asuntos Militares, Deng
Xiaoping y el presidente Yang Shangkun, jaleados por un grupo de
añosos revolucionarios virulentos”.
El voto para declarar la Ley marcial supuso un ejemplo claro del
funcionamiento del mecanismo que se había establecido: en esencia,
Zhao Ziyang era el único a favor de escuchar a los estudiantes,
incluso de apoyar algo así como una “retractación” del artículo
del 26 de abril (una idea que fue rechazada de forma clamorosa por
parte de Bo Yibo, uno de los “ocho inmortales” y padre de Bo
Xilai, de más reciente fama).
Entre el 26 y el 27 de abril, el Comité Permanente del Politburó
se reunió para votar la propuesta de declarar el estado de sitio.
Los cuatro miembros votaron del modo siguiente: Li Peng y Yao
Yilin votaron a favor, Zhao Ziyang votó en contra y Qiao Shi se
abstuvo. En ese momento, la iniciativa pasó a los ocho inmortales:
ya no había vuelta atrás.
Tal como se afirma en The Tiananmen Papers: “En
la mañana del 18 de mayo, los ocho ancianos -Deng Xiaoping, Chen
Yun, Li Xiannian, Peng Zhen, Deng Yingchao, Yang Shangkun, Bo Yibo y
Wang Zhen- se reunieron con los miembros del Comité Permanente del
Politburó Li Peng, Qiao Shi, Hu Qili y Yao Yilin, y con los miembros
de la Comisión de Asuntos Militares, el general Hong Xuezhi, Liu
Huaqing y el general Qin Jiwei, y acordaron formalmente declarar el
estado de sitio en Beijing”.
El Secretario General Zhao no asistió a este encuentro y poco
después se le expulsó de su puesto. Antes de que se le pusiera bajo
arresto domiciliario, situación en la que permanecería hasta su
muerte en 2005. El 19 de mayo, a las cuatro de la mañana, Zhao
acudió a la plaza y se mezcló entre los estudiantes. Acompañado
por el Director de la Oficina General del Partido, Wen Jiabao (que se
desempeñaría más tarde como primer ministro de la República
Popular China entre 2002 y 2012), Zhao les dijo a los estudiantes:
“Hemos llegado demasiado tarde”.
Antes, el 18 de mayo “Li Peng y otros funcionarios del gobierno
se encontraron en el Gran Salón del Pueblo con Wang Dan, Wuerkaixi,
y otros representantes estudiantiles. Li afirmó que nadie había
declarado nunca que la mayoría de los estudiantes se hubiera visto
envuelta en agitaciones, pero que, con excesiva frecuencia, gente sin
intención de crear agitación lo que de hecho había conseguido era
provocarla. Se mantuvo firme respecto a la redacción del editorial
del 26 de abril y afirmó que el momento actual no era apropiado para
debatir las dos demandas de los estudiantes. Wang Dan había
declarado que la única manera de sacar a los estudiantes de
Tiananmen consistía en reclasificar el movimiento estudiantil como
patriótico y retransmitir en directo el diálogo entre los
estudiantes y la dirección en la televisión”.
No había más espacio para el compromiso: la decisión de
“desalojar la plaza” vino directamente de Deng Xiaoping y la
“matanza de Beijing” tuvo lugar durante la noche del 3 al 4 de
junio.
Fue un momento en el que se cazaba literalmente a la gente por las
calles de China. Mientras tanto, en la trastienda del Partido
Comunista tomaba forma una idea clara: no se debía permitir que lo
que acababa de pasar volviera a suceder.