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Antonio Maestre: “Las redes sociales se han vuelto deshumanizadoras: cuando alguien señala, ya ha juzgado”

Por: Guillem Pujol

Antonio Maestre (Getafe, 1979) regresa a las librerías con una propuesta valiente y personal. En su nuevo libro, Me crie como un fascista (Seix Barral), el periodista y escritor se aleja del ensayo académico puro para realizar una autopsia de su propia adolescencia y de los procesos de socialización masculina en los barrios. Maestre utiliza su experiencia vital para explicar cómo el aprendizaje patriarcal y la represión emocional actúan como el caldo de cultivo perfecto para el auge de las ideologías reaccionarias y posfascistas que vemos hoy en día.

A través de sus páginas, el autor sostiene que el fascismo no es solo un fenómeno histórico de los años treinta, sino algo latente en la condición humana y en la forma en la que los hombres son educados para relacionarse a través de la fuerza y el sometimiento. En esta conversación, Maestre analiza cómo la reacción al feminismo se ha convertido en el eje central de la extrema derecha actual. Como él mismo afirma durante la charla, «la especificidad de este momento es el de un supremacismo masculino de reacción al feminismo». Asimismo, reflexiona sobre la necesidad de que la izquierda sea más expansiva, advirtiendo que «hay que ser mucho más comprensivo e intentar, en vez de recluirte en tu castillo de vampiros, salir y expandirse».

¿Por qué has decidido escribir este libro ahora, en este momento de tu vida?

El resultado final del libro se parece poco al comienzo. Al principio era un intento por comprender cómo funcionan las emociones aplicadas a la política y cómo eso genera una radicalización reaccionaria desde un punto de vista más académico. Después, según iba desarrollando el libro, me encontré en medio de un problema emocional personal que me hizo entrar más en contacto con mis emociones y pensar en mi adolescencia. Comprendí que la vía para explicar la radicalización de nuestro tiempo es a través de la socialización masculina y de las dinámicas que hemos vivido. Quise entender el peso que tienen el aprendizaje patriarcal y la educación en el hecho de que muchos hombres decidan irse hoy a la extrema derecha.

Dices que el auge de la extrema derecha se explica porque muchos hombres quieren seguir sometiendo a las mujeres. ¿Cómo explicas el éxito de este movimiento entre las mujeres o que líderes como Meloni, Le Pen o Alice Weidel (AfD) encabecen estos partidos?

Primero hay una cosa que se llama la falacia ecológica: expresar una realidad estadística general no implica que todos los individuos se vean reflejados en ella. Que los hombres den mayoritariamente apoyo a la extrema derecha no significa que no haya mujeres que lo hagan. Además, estos fenómenos son siempre multifactoriales. Las situaciones actuales no son muy diferentes a las de 2008 o los años noventa; lo que pasa es que existen especificidades que hacen que algo prenda o no. Yo creo que la especificidad de este momento es el de un supremacismo masculino de reacción al feminismo tras un proceso de auge de este. Influyen la crisis del capitalismo, las guerras o las redes sociales dirigidas por tecnoligarcas, pero creo que no se explicaría sin el machismo y la reacción al feminismo.

Defiendes que el fascismo no nació como un movimiento de entreguerras del siglo XX, sino que es algo inherente a nuestra existencia. ¿Cuáles son las características que lo definen y cómo desprendernos de ellas?

No intento explicar los orígenes históricos académicos, sino que utilizo un recurso provocador: decir que es consustancial a nuestra etología. Si las emociones que se concretan en la ideología fascista son el sometimiento, la humillación, la violencia y la vulneración de la alteridad, creo que eso es consustancial al ser humano. Ha existido a lo largo de su historia. Cuando se le da un sentido político ideologizado, adquiere la forma del fascismo. Creo que por eso resurge, porque es algo emocionalmente anclado en nuestro ser.

Portada del libro 'Me crie como un fascista', de Antonio Maestre
SEIX BARRAL

En el libro narras episodios de sociabilización tóxica durante tu juventud y hablas, en tu caso, de un sentimiento de culpa. ¿Crees que esa culpa fue la clave para salir de ahí?

No sé si universalizar esa culpa, pero identificaba tres roles claros en los grupos de adolescentes: el macho alfa agresor, el que sufría la agresión y un grupo intermedio que no participaba activamente pero reía las gracias por presión. Yo muchas veces me encontraba en ese grupo que actuaba por sometimiento al grupo para sobrevivir en el entorno. Esa culpa –saber que has actuado mal por presión– ayuda a despojarte de ello cuando maduras o te politizas. Es mucho más difícil hacerlo cuando eras el miembro agresor.

¿Qué le dirías a los chavales que hoy sienten esa presión grupal?

Que nos han enseñado que no se pueden mostrar vulnerabilidades ni emociones, que tenemos que reprimirlas para no parecer débiles. Cuando consigues despojarte de eso y hablas con otros y dejas de reprimir, la salida es algo natural. A mí, hasta pasados los 40 años me costó entender que esa forma de proceder me hacía daño a mí mismo. El feminismo nos libera a los hombres porque somos conscientes de que no tenemos que cumplir roles tóxicos. Al final, te hace un poco más feliz liberarte de esos anclajes.

Si la supuesta «renuncia de privilegios» acaba aportando más de lo que se pierde, ¿entonces no deberíamos dejar de considerarlo como una renuncia?

Tal cual. Tienes que renunciar a espacios de visibilidad o a privilegios en los cuidados, pero fíjate: el hecho de poner el foco en los cuidados a mí me ha hecho más feliz. Descubrí los cuidados como algo bello. Antes me habían enseñado que cuidar era «proteger» a la familia sin contarles mis problemas. Al desprenderte de eso, recuperas una manera de vivir más sana. Incluso desde un punto de vista egoísta es mucho más liberador; te libera de tanta presión.

También criticas ciertas lecturas esencialistas y punitivistas del feminismo actual. ¿Cómo perjudica eso al debate feminista?

El feminismo es la solución, pero existen estrategias erradas. El esencialismo y el punitivismo han generado un pánico moral que impide expresarse en libertad. Se busca una infalibilidad que hace imposible cumplir el ideal de hombre feminista. Me siento identificado con gente como Clara Serra o Nuria Alabao, que huyen de ese punitivismo. No puedes rechazar a quienes están cercanos a tus ideas solo porque no las defiendan de la manera precisa o teórica correcta. Si haces eso, te recluyes en tu «castillo de vampiros», como diría Mark Fisher. Hay que salir y expandirse. Las ideas siempre están por encima de los individuos: el feminismo sigue vigente por mucho que haya habido errores en denuncias anónimas o esencialismos.

También eres crítico con ciertos señalamientos anónimos en redes, a veces hechos en supuesta defensa del feminismo.

Sí. Creo que eso replica dinámicas fascistizantes. Las redes sociales se han vuelto deshumanizadoras: cuando alguien señala, ya ha juzgado. El señalamiento es el ajusticiamiento, y no existe posibilidad de defensa. La izquierda necesita huir de ese punitivismo digital y moral. Debemos intentar que las denuncias tengan canales adecuados, pero no puedes sustituir la justicia por linchamientos que engrasan precisamente lo que el fascismo busca: la indefensión ante la acusación y la delación.

Para acabar, quería preguntarte tu opinión respecto a aquellos discursos que, desde el progresismo, defienden la inmigración con argumentos económicos.

Tasar el valor de una persona por su valor productivo es un error. Eso abriría la puerta a que cuando alguien se jubila y no produce, deje de tener valor. La inmigración es un derecho humano. Hay que basar la defensa en la cuestión de clase: toda persona trabajadora tiene derecho a desarrollarse libremente. Hay que evitar la segmentación: el trabajador venezolano es bienvenido; el terrateniente que viene a especular con la vivienda, no. Si no perdemos el foco de clase, es más sencillo armar un discurso efectivo.

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8-M: el antifascismo vuelve a la primera línea del feminismo

Por: La Marea

“Mujeres de alto valor. No dejaremos que el pasado avance”. Este es el lema de la campaña institucional del Gobierno para este 8-M, Día Internacional de las Mujeres, que vuelve marcado por los cada vez más largos tentáculos de la ultraderecha. Ese poder se ha empezado a notar también en el voto, un ámbito bastante a salvo, hasta ahora, entre las mujeres. 

Según un reciente estudio del investigador Javier Carbonell, director del Future Policy Lab, se está produciendo una ultraderechización de las jóvenes en España y en Europa ligada a la falta de futuro, a la situación económica y aupada por ese pasado idealizado que venden partidos como Vox. La curva no es tan elevada ni va tan rápida como en el caso de los jóvenes, pero existe, como constata el estudio de Carbonell, titulado Una habitación propia es todo lo que puedes permitirte: por qué las mujeres jóvenes se mudan a la extrema derecha. Así lo expresa el investigador en este artículo: “Los partidos de extrema derecha en toda Europa están erosionando lo que alguna vez fue una división de género pronunciada en sus electorados”.

La campaña del Gobierno, protagonizada por la actriz Ángela Molina, se centra en fenómenos potenciados a través de las redes sociales como el de las tradwives, las jóvenes que aspiran a ser tratadas como princesas, o las que se han denominado mujeres de ‘alto valor’, que promueven una feminidad ligada a la sumisión, a la vuelta de las mujeres a la órbita doméstica y a la dependencia económica del hombre.

En este contexto, la violencia digital contra las mujeres se presenta no como un fenómeno marginal, sino estructural: el 70% de las denuncias en canales especializados corresponden a este tipo de violencia, que incluye cualquier acto cometido, asistido o amplificado por TICs que causa daños físicos, sexuales, psicológicos o políticos, según la definición de ONU Mujeres. El mecanismo de agresión se articula a través de la «manosfera» y se amplifica mediante algoritmos que premian la polarización. 

“Este fenómeno afecta desproporcionadamente a mujeres con voz pública –políticas, periodistas y activistas– con una finalidad disciplinadora orientada a su silencio y a la erosión de la calidad democrática”, recoge un informe elaborado por el Ministerio de Igualdad. De ese grupo, las periodistas representan el colectivo más atacado, con el 73%. Según el mismo estudio, el 80% de las mujeres jóvenes en España ha sufrido acoso en las redes sociales, una de cada cinco niñas sufre violencia sexual en línea y, a escala internacional, el 70% de las mujeres ha experimentado alguna forma de violencia online.

Muchas de las manifestaciones que hoy recorrerán España –con convocatorias diferentes en las mismas ciudades, como viene siendo habitual en los últimos años– salen a la calle también con la idea de poner freno al retroceso y recordar conceptos básicos puestos en la diana como el mismo término feminista. Así, por ejemplo, el lema de Comunicadoras Granada, es: Soy feminista. “Con esta iniciativa, buscamos visibilizar aquellos gestos cotidianos que construyen igualdad y desmontan los prejuicios y la imagen distorsionada que a menudo recae sobre el feminismo”, explican en una nota. 

Desde la Comisión 8M del Movimiento Feminista de Madrid, muy crítica con el Ministerio de Igualdad y su reciente cambio de terminología para referirse a los feminicidios –asesinatos machistas por homicidios– reivindican la trayectoria histórica del feminismo, comenzando por la lucha contra el franquismo. Su lema este año es: Feministas antifascistas. Somos más en todas partes. Y critican el profundo neoliberalismo en un duro manifiesto:

“Nos enfrentamos a un puñado de mierdas tristes que va a quemar el planeta para ganar aún más dinero y poder, que trata la vida como un videojuego. Son hueco, carencia, codicia. Y son cutres. En lugar de cuidar la tierra, sueñan con vivir en Marte o en un búnker. Con toda la tecnología en sus manos, lo que diseñan es un filtro para desnudar mujeres. Pudiendo reducir la pobreza, montan Quirones y Riberas”. 

“Gobiernan para inaugurar chiringuitos, para dar medallas o para vender gorras. Invaden y masacran para especular con complejos vacacionales. Colonizan lo que creen que pueden explotar: los cuerpos trabajadores y los cuerpos enfermos. Las tierras, las mujeres, las personas migrantes. Atacan lo que saben que no pueden controlar: a las mujeres que decidimos sobre nuestros cuerpos y nuestras vidas, a las disidencias que desafiamos su binarismo, a las neurodivergencias que desafiamos su normalidad. Desechan lo que no pueden rentabilizar. Pero somos más. En todas partes”.

Desde Libres y combativas, organizaron el pasado 28 de febrero un acto específico en el que recordaron la lucha de las mujeres trabajadoras: «La historia lo demuestra. Frente al nazismo, frente al fascismo, frente al franquismo… miles de mujeres se organizaron, resistieron y lucharon. No fueron víctimas pasivas: fueron combatientes, militantes, organizadoras, sindicalistas, milicianas y referentes políticas. En el Estado español, mujeres vinculadas a la izquierda obrera y al movimiento antifascista defendieron la libertad frente al golpe militar y la dictadura franquista. En Alemania, Italia y otros países, las mujeres jugaron un papel decisivo en la resistencia contra el nazismo y el fascismo».

Y añaden: «Hoy, cuando vemos cómo partidos como Vox difunden discursos machistas, racistas y reaccionarios, cuando se cuestionan derechos fundamentales conquistados con décadas de lucha obrera, es más necesario que nunca recuperar esa memoria y convertirla en fuerza organizada».

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No hay transición ecosocial sin ecofeminismos

Por: Tus artículos

Un artículo conjunto de las áreas de Ecofeminismos de Ecologistas en Acción y Greenpeace España.

Hechos que creíamos ya asumidos por el grueso de la población, como la existencia de una crisis climática; demandas que parecían ampliamente respaldadas, como las reivindicaciones feministas; normativas internacionales que se suponían de consenso o valores que pensábamos formaban ya parte del sentido común, como los derechos humanos, están siendo contestados por una parte inesperada de la población. No sólo por los sujetos privilegiados sino también por personas en situación de precariedad. Las reacciones de perplejidad, la incomprensión, el enfado o la descalificación han ocupado parte de nuestras conversaciones y han puesto en riesgo nuestra confianza en el activismo y en la fuerza de los movimientos emancipatorios.

Tras varias décadas de políticas neoliberales, de despojo intenso de los sures, vivimos un entretejido de crisis materiales, políticas y culturales y el desmoronamiento de los sistemas de protección allí donde existían. La tierra ya no es lo que era; el futuro tampoco. Nos hemos percatado abruptamente de las falsas promesas del desarrollo. Este difícil contexto genera las condiciones oportunas para que se dé una tormenta perfecta del ascenso de los autoritarismos.

En un marco de precariedad y desigualdad crecientes se hacen hueco fácilmente dinámicas que reorientan la frustración hacia la búsqueda de culpables. Y señalan no hacia arriba, hacia las grandes fortunas, sino a aquellos colectivos más vulnerabilizados y próximos como las personas migrantes, las mujeres o las personas en situación de pobreza. Incluso las políticas de protección ambiental llegar a ser identificadas como enemigos

Un orden político sumiso a los poderes económicos, que necesita contener el desorden social que podría desatar esta frustración, aprovecha esta situación y hace soñar con el regreso a un pasado que nunca existió, donde “cada cosa estaba en su sitio”, y plantea la falsa promesa de poder cumplir nuestras más deseadas aspiraciones. Un mundo en el que las mujeres ocupaban amablemente su lugar en la casa, las disidencias sexuales debían esconderse de puertas hacia dentro, se explotaban los recursos naturales sin limitaciones o las personas extranjeras eran turistas exóticos. Una imagen que esconde la realidad y el futuro que las propuestas fascistas preparan para los colectivos que consideran subalternos.

Pero esa ficción a la que se entrega una parte de la población precaria esconde miedos, dolores, necesidades y deseos. Y es desde ahí donde debemos intentar hacer camino. Nos toca ahora respirar hondo y tratar de comprender, para reorganizar nuestra rabia y nuestra acción. Nos toca escuchar, repensar y reaprender para comprender qué queremos cambiar realmente. Los ecofeminismos integran propuestas que necesitamos para responder a la complejidad de conexiones, opresiones e imaginarios que se entrelazan en el contexto en el que nos encontramos. Parten del reconocimiento de la vulnerabilidad de los seres vivos y de la tierra, pero también de la capacidad de los vínculos para construir y sostener vida. Reconocen los miedos, las dificultades, la fragilidad, y desde ellos construyen mundos posibles.

No se trata solo de luchar contra el autoritarismo, el imperialismo o el individualismo patriarcales, de desmontar argumentos o desenmascarar mentiras. Se trata de construir pedazos de mundos habitables que respondan a otras reglas, aquellas que priorizan el respeto a todas las vidas. Son las pautas que sostienen muchas comunidades campesinas, edificios comunitarios, cooperativas de trabajo, asociaciones en defensa de la salud o grupos de vecinas en los barrios.

Se trata por lo tanto de politizar la frustración, de convertirla en fuerza de cambio real. Tenemos que hablar menos (menos es menos, no es dejar de hablar de) de emisiones de dióxido de carbono, mixes eléctricos o curvas de extracción de combustibles y más de alimentación, de hogar, de dignidad, de vecindad, de tierra, de igualdad. De los elementos que conforman condiciones para que las vidas se puedan desarrollar en plenitud.

Se trata de recentrar el conflicto, deconstruir al enemigo cercano y señalar con claridad a los grandes proyectos del capital como promotores de este proceso de destrucción que cada vez deja fuera a más personas y a más territorios vivos. Se trata de atender, en palabras de Yayo Herrero, todas las urgencias polisémicas, la climática y también la de Gaza y tantas otras.

Se trata –no es fácil– de llegar a ese motor del deseo y de las aspiraciones para construir imaginarios y expectativas compatibles con un mundo vivo y justo. Se trata de crear vínculos y alianzas.

Una de las claves ecofeministas de mayor potencia es la de entender la transición ecosocial no como un punto de llegada, sino un camino a recorrer, como un horizonte de sentidos comunes contrahegemónicos que dé vida a presentes que permitan imaginar mejores futuros. En ocasiones nos embarga el desánimo por el desequilibrio existente entre poderes y nos cuesta poner el foco en esas acciones transformadoras que ya se están llevando a cabo. Ejemplos como el Foro Social Más Allá del Crecimiento o la Asamblea Catalana per la Transició Ecosocial nos muestran la importancia de llevar a cabo la gran conversación y de seguir generando espacios de poder colectivo que sean capaces de cambiar las cosas, como Altri Non o como la paralización del Guggenheim en Urdaibai, por nombrar dos grandes victorias recientes.

Dice Flora Partenio que es momento de sostener presencia, resistir y reconstruir. Este 8 de marzo nos encontraremos en las calles, y después, en los infinitos espacios colectivos que sostenemos e inventamos cada día para hacer propuestas de transición ecosocial justa, para todas las personas. Nos va la vida en la construcción de opciones antifascistas. Sacamos fuerza de la alegría de vivir y de estar juntas. Somos muchas, somos más.

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Contra el machismo y el fascismo, las mujeres trabajadoras a primera línea

Por: Tus artículos

LUCÍA CASADO* / El 8 de marzo, día internacional de las mujeres trabajadoras, va a celebrase este 2026 en uno de los contextos políticos más reaccionario de las últimas décadas. Crisis económica, social y cultural, ofensiva contra las condiciones de vida y los derechos políticos de la clase trabajadora, guerras imperialistas y rearme, auge electoral y callejero de la extrema derecha y refuerzo del carácter autoritario de los Estados. Y en este marco, el machismo y la misoginia se presentan como uno de los ejes centrales del proyecto reaccionario: defensa del modelo de familia burguesa, jerárquica y heterosexual, donde se canonizan los roles de género, se subordina a las mujeres y se castiga, margina o patologiza a quienes se apartan de ese modelo. 

Frente a esta ofensiva, el feminismo, tanto en su vertiente institucional como en su faceta movimentista o de base, se ha mostrado impotente. No es que el feminismo “haya llegado demasiado lejos”, como proclaman las nuevas derechas para justificar su programa reaccionario, sino que este no ha sido capaz de ir lo suficientemente lejos como para enfrentarlas ni para avanzar de manera efectiva hacia la emancipación real de las mujeres trabajadoras. El abandono del horizonte de superación del capitalismo, y, por tanto, también de la articulación del programa estratégico y la construcción de las herramientas necesarias para ello, ha conducido así a la desorganización, desmovilización y desilusión de sus bases, dejándonos inermes frente a la reacción en marcha.

La situación se agrava especialmente para las mujeres proletarias. Se nos asignan los empleos más precarios y peor remunerados, a menudo en condiciones de informalidad y sin derecho a jubilación ni paro. Persisten la brecha salarial y la parcialidad forzosa. Se deterioran los servicios públicos (como parte del saqueo al fondo de salario) y se privatizan los cuidados, trasladando aún más carga a nuestras espaldas, mientras el coste de la vida y de los bienes básicos se dispara y los alquileres se vuelven inasumibles.

Por si todo esto no fuera poco, seguimos encontrándonos con casos tan brutales y repugnantes como el caso Epstein. Casos que no son anomalías aisladas, sino que constituyen la expresión de una realidad tan antigua como persistente: la oligarquía goza de total impunidad para ejercer violencia sexual contra niñas y mujeres pobres. La sociedad de clases capitalista crea las condiciones materiales, jurídicas e ideológicas para que la explotación sexual de las mujeres proletarias pueda organizarse, encubrirse y perpetuarse en las altas esferas del capital. 

En la misma lógica se inscriben los asesinatos y agresiones machistas de las que son acusados policías. Pese a la resistencia sistemática de los gobiernos a investigar, es un secreto a voces que los cuerpos policiales concentran una parte significativa de estas violencias y disfrutan de un alto grado de impunidad. Si consideramos que cualquier agresión machista es extremadamente difícil de nombrar y denunciar, las mujeres trabajadoras quedan completamente desprotegidas frente a las instituciones del Estado capitalista, cuyo papel esencial es mantener la sociedad de clases y, por tanto, perpetuar la violencia necesaria para sostener el poder de los capitalistas.

Esta realidad ha sido omitida por la socialdemocracia en el Gobierno y por el llamado “feminismo institucional” o “feminismo ministerial”. Estos se han erigido como referentes de la lucha contra la violencia machista, mientras sus medidas se han centrado en endurecer el Código Penal y reforzar los cuerpos de seguridad, lavando la imagen de la policía y presentándola como “defensora de las víctimas”, como si más patrullas en nuestros barrios y más agentes formados en “perspectiva de género” fueran a frenar la violencia machista. Pero reforzar a la policía del Estado capitalista es una medida abiertamente antiproletaria: esos recursos no se destinan a combatir las raíces materiales y estructurales de la violencia de género, sino a reforzar el control social sobre nuestra clase. Se emplean en hacer redadas en nuestros barrios, en aporrearnos en las manifestaciones donde defendemos derechos como el aborto y en ejecutar desahucios, incluso cuando esa vivienda sea el único reducto que nos separa a nosotras mismas y a nuestras hijas de un maltratador.

Ahora bien, las limitaciones del feminismo no se agotan en su ala institucional, pues el proyecto feminista en su conjunto comparte límites estratégicos que lo condenan a la impotencia. 

Uno de esos límites tiene que ver con el sujeto. Por definición, el feminismo renuncia a organizar a la clase trabajadora como sujeto para centrase en la organización de las mujeres en sentido amplio. Lo que implica defender intereses esencialmente sectoriales e interclasistas, frente a la posibilidad de defender intereses universales.

Lo hemos visto históricamente con el acceso al aborto y otros derechos sexuales y reproductivos, negados de facto para las mujeres pobres. Lo vemos en casos como el de Epstein, que se dan con total impunidad a causa de la dependencia económica de las víctimas. Lo vemos en la posibilidad de alejarse de un padre o una pareja que nos maltrata, o de dejar un trabajo en el que soportamos a un jefe acosador. La realidad material dicta que las conquistas del feminismo solo las puede ejercer efectivamente quien puede pagarlas, esto es, las mujeres burguesas y de clases medias, mientras las mujeres trabajadoras continúan sufriendo las formas de explotación y opresión más intensificadas.

Además, el feminismo, con independencia de la variante en la que se enmarque («interseccional», «anticapitalista», «autónomo» o «de clase», entre otros), no tiene un proyecto de sociedad que pueda contraponer al proyecto capitalista. Así pues, ha renunciado a conquistar el poder político y a construir un «Estado de todos los oprimidos y oprimidas» que pueda recibir y aplicar sus demandas. De esta forma, y pese a que las individualidades que lo compongan puedan oponerse al Estado y al reformismo, el feminismo se ve obligado una y otra vez a dirigir sus demandas al mismo Estado que sostiene la propiedad privada, protege a la patronal y administra la violencia sobre nuestra clase, confiando en que desde ahí se concedan unas mínimas reformas que siempre llegan filtradas por la lógica de la desigualdad y la dominación.

De este modo, el feminismo, lo quiera o no, termina funcionando como un engranaje de legitimación del Estado capitalista: al tener que dirigir a este sus demandas como único receptor legitimado, las reformas que se obtendrán estarán inevitablemente condicionadas por la lógica de la sociedad de clases. Y esto no solo neutraliza cualquier potencial revolucionario de las reivindicaciones feministas, sino que, además, sirve al Estado capitalista para mejorar su imagen, maquillar su carácter violento y opresor y ajustar su dominación a los tiempos y necesidades actuales.

No obstante, el feminismo ha logrado visibilizar y desnaturalizar múltiples formas de violencia machista, generando información y politizando a toda una generación de jóvenes entre 2016 y 2020. Nosotras venimos de ahí y reconocemos ese legrado progresivo. Sin embargo, como proyecto, hemos llegado a la conclusiónde que estecarece de la capacidad para enfrentar y revertir el actual auge reaccionario y, sobre todo, para conquistar derechos de manera estable para todas las mujeres, de los que tienden a quedar excluidos las mujeres de clase trabajadora y el proletariado LTBIQ+.

La conclusión que se impone es sencilla: no habrá fin de la opresión de género sin fin del capitalismo. Y, por lo tanto, no hay lucha por la liberación de las mujeres efectiva y real que no pase a su vez por una lucha contra el sistema capitalista.

Superar este sistema implica, primero, reconstituir a la clase trabajadora en partido propio e independiente, una fuerza social disciplinada y arraigada en los centros de trabajo, en los barrios y en la juventud; y, segundo, en que ese partido conquiste el poder político, derribe el Estado de los capitalistas y levante un nuevo Estado que organice la transición hacia el socialismo, una nueva forma de organizar la sociedad en la que las bases de todas las formas de opresión y explotación son progresivamente eliminadas.

En ese nuevo poder de clase, la abolición del capital no es una consigna vacía, sino un programa concreto: expropiar a los grandes propietarios, planificar la economía según las necesidades sociales y eliminar de raíz las condiciones materiales y subjetivas que hoy obligan a tantas mujeres a soportar maltrato, precariedad y humillación. Pues solo de esta forma los derechos conquistados dejan de depender de nuestra posición de clase y su acceso se vuelve realmente universal.  

Este planteamiento implica que la emancipación de las mujeres trabajadoras debe ser obra de ellas mismas, codo con codo con el resto de su clase. A través de un movimiento que no se conforme con gestionar la violencia, la desigualdad y el miedo, sino que se proponga destruirlos de raíz. Lo cual exige un programa claro que, en el ámbito de género, implica abolir la familia, socializar el trabajo doméstico y garantizar una verdadera emancipación en el ámbito sexual. 

Nada de esto será posible sin un cuerpo militante en continuo aprendizaje y expansión. Un cuerpo capaz, por un lado, de reconocer y abordar las distintas subjetividades presentes en el interior del proletariado, para poner fin a cualquier forma de violencia intraclase y garantizar su unidad. Y, por otro lado, capaz de fortalecer su organización, expandirse territorialmente, e intervenir y confrontar cada agresión machista y expresión de la opresión de género, construyendo además una infraestructura que combata de manera efectiva las violencias, las agresiones y las distintas expresiones de explotación.

El reto no es menor. Conocemos la dureza y la crudeza de las violencias, desigualdades y aislamiento que padecemos las mujeres proletarias. 

Por eso nos toca estar a la altura de las circunstancias y del reto histórico que las militantes revolucionarias tenemos por delante: levantar un proyecto socialista que haga de la emancipación de las mujeres trabajadoras una tarea central de toda la clase, sabiendo que solo un movimiento consciente podrá arrancar de raíz la opresión de género y cualquier otra forma de dominación de la que el capital se alimenta para sobrevivir.

Contra el capitalismo, el machismo y el fascismo: las mujeres trabajadoras vamos a estar en primera línea. Que nuestros enemigos sepan que, si ellos avanzan, nosotras avanzaremos también.

Lucía Casado es militante del Movimiento Socialista. 

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✇Diario De Vurgos (Burgos)

Taller sobre autodefensa feminista

Por: editor

El próximo viernes 6 de marzo tendrá lugar en la Biblioteca La Maldita un taller sobre autodefensa feminista. Se trata de una actividad organizada conjuntamente entre CNT Burgos y la biblioteca anarquista del barrio de Gamonal que dará comienzo finalmente a las 18:00 horas y pretende poner en común estrategias colectivas frente a las violencias machistas.

✇Todo Por Hacer

¿Feminismo para quién? Feminismo para todes

Por: Todo Por Hacer

En mayo de 2019 hacíamos un optimista resumen sobre el clima feminista del momento en un artículo titulado «¿Feminismo para qué? Feminismo para todo» que hablaba de la miríada de fortalezas revitalizadas en la última década: la ecofeminista, la antirracista, la sindicalista, etc. Lo escribimos en un momento en el que el feminismo se encontraba en la cresta de la ola: había encadenado dos años consecutivos de huelgas generales en el 8M y había logrado confrontar, de forma masiva, el machismo institucional, la cultura de la violación y la normalización de la violencia sexual. Es cierto que quedaba mucho por conquistar – por ejemplo, se hablaba de desterrar el feminismo blanco y por difundir un feminismo antirracista, decolonial y de clase, o acabar con la transfobia, entre otros debates –, pero parecía que avanzábamos, a paso firme, hacia delante.

El clima es distinto ahora. La organización feminista se siente débil, diluida y desmotivada. Mientras otras apuntan al disenso interno como origen de la falta de fuerza, nosotras queremos rescatar aquel artículo en el que también apuntábamos como verdadera némesis del movimiento a la misoginia de los aliados de PP y Vox y a la manosfera.

Es triste cerrar esta última edición de este periódico con un llamamiento a la alerta en vez de una celebración del camino recorrido, pero la ola reaccionaria es fuerte y su campaña de los últimos seis años ha estado llena de argucias y señuelos.

La némesis es una idea: la familia, entendida como el conjunto de personas adultas y menores dirigidas y poseídas por un arquetipo de hombre. Este concepto del “orden natural” es el que subyace a los movimientos reaccionarios que pelean por la prohibición del aborto, la eliminación del matrimonio entre personas del mismo sexo, y la erradicación de la disidencia sexual o de género o, incluso, de los derechos de niños, niñas y adolescentes. Una batalla contra la soledad masculina a través de la dominación del resto de cuerpos.

Pero esta idea no es bonita de vender y necesita de marketing. En octubre de 2015, l’Associació de Drets Sexuals i Reproductius publicó un interesante informe titulado «De España al mundo: la proyección global de la ultraderecha española contra los derechos sexuales y reproductivos. Los casos de Argentina, Guatemala, El Salvador, Chile y Kenia» que analiza cómo ha sido sostenida la estrategia ultraconservadora a través de instituciones, la financiación privada y una renovada técnica comunicativa. La conclusión del informe es que el nuevo mensaje conservador no proviene de un movimiento reaccionario, puntual y contestatario frente al feminismo institucional, sino de redes de poder antiguas, consolidadas y enraizadas en la élite internacional.

En la misma línea, la autora Nuria Alabao, en una entrevista para Píkara1, sitúa la génesis de este pulso cultural a finales de los años 60: «Después de estas revueltas del 68, con el surgimiento de las luchas feministas y de las disidencias sexuales, emergen diversos actores conservadores, no solo partidos, también iglesias y movimientos sociales, que van a construir una gramática política reaccionaria para oponérseles. Las guerras de género tienen su origen en esa reacción organizada frente a las conquistas de nuevos sujetos que cuestionaban el orden sexual y familiar y la moral tradicional y que transformaron la sociedad, quiero creer que para siempre».

Ejemplos cotidianos de esta técnica comunicativa renovada los encontramos en las redes, la televisión, las ponencias supuestamente profesionales o los falsos debates del feminismo.

La sororidad con las embajadoras de Instagram

El 2 de octubre de 2022 la millonaria Tamara Falcó se sienta en un escenario. Luce coleta tensa y camisa nacarada. Clean Look. Es ponente en el Congreso Mundial de Familias que se celebra en México. Tamara se lamenta ante cientos de personas, se le quiebra la voz hablando de la infidelidad de su prometido, de sus dudas frente al compromiso, del bienestar de unos hijos de aún no han nacido. Para curarse ha asistido a una misa de sanación y ya no siente enfado sino compasión. Se redime. Se santifica.

Pero centrémonos en el atrezzo. ¿Quién ha pagado el escenario? Las sillas las ha mandado poner Brian Brown, presidente de la Organización Internacional para la Familia, que junto a Sharon Slater, presidenta de la Family Watch International, representan el brazo ejecutor de las campañas coordinadas globalmente contra los derechos reproductivos. En España se articulan, entre otros, a través del Foro de la Familia, Hazte Oír y CitizenGo y con ellas se puede trazar el pentagrama que une la Rusia de Putin y su perpetuo hostigamiento de la comunidad LGTBIQ+, el trumpismo estadounidense, el evangelismo latinoamericano y el ultracatolicismo español.

Nueve meses después, Tamara se casará con el tipo aquél, cumpliendo así con el manifiesto del Foro de la Familia y consolidando “la unión entre un hombre y una mujer; unidad jurídica, social y económica”. El debate está servido. Arden las redes. Pero Falcó saldrá indemne porque es una mujer sufridora y criticar a la mujer que sufre, en ese momento, muestra falta de solidaridad para el feminismo liberal.

También es “poco sororo” criticar a María Pombo, con más de 3 millones de seguidores en Instagram y otro tanto de ingresos anuales. Cuando en febrero de 2024 fue acusada de clasismo, la influencer respondió que ella era “feminista”, escudándose en la palabra como Perseo detrás del espejo y apelando a una sororidad que da carta blanca al ejercicio de otras violencias.

Y así van desfilando las novísimas embajadoras del antiguo pensamiento: desde RoRo (que da de comer en la boca a su novio Pablo lo que a él se le antoje) y a los nazis de la DANA, hasta la falangista y estilosa Isabel Medina Peralta, o la ya olvidada Melisa Rodríguez.

El deber de sororidad se consolida en la opinión pública como mandato del feminismo hegemónico en irónica defensa de las mujeres que portan ahora la voz del nacional catolicismo español en formato neoliberal.

Esta indulgencia permea en las capas más cotidianas de nuestras vidas. Son cientos las mujeres que, agobiadas por la falta de corresponsabilidad con sus maridos y el techo de cristal profesional, enarbolan el lenguaje y la simbología del feminismo (pero obvian los discursos de clase o antirracistas) para dar continuidad al modelo de trabajo esclavo, malpagando a sus limpiadoras o cuidadoras. Una violencia que se canjea por otra.

El altavoz de un ruido ensordecedor

En este último lustro también han sido muchas las que han sacado el lápiz para definir los contornos de la “mujer”. El incomprensible debate en torno a la cuestión de la transexualidad o la definición biologicista de la mujer sólo han servido para pisotear la dignidad de unas mujeres ya de por sí vulnerabilizadas. La estrategia de la derecha también ha estado ahí, encontrando alianzas en los sectores TERF de la izquierda.

El ejemplo más emblemático ocurrió el 24 de marzo de 2021, cuando Hazte Oír sufragó la ponencia de Lidia Falcó (Partido Feminista), histórica activista antifranquista, y Alicia Rubio (Vox) para empujar su campaña contra la Ley Trans, organizada por CitizenGo. Otra vez la tríada, disfrazada de debate plural y moderno, se pone la careta de algún tipo de feminismo para cumplir con los hitos de su agenda.

El sujeto del feminismo

Las injusticias no vienen solas y el debate sobre el sujeto del feminismo ha lastrado la última etapa del movimiento feminista abriendo vórtices involutivos de todo tipo: desde la desatención a la verdad científica (y sus importantes limitaciones), hasta el de la lucha contra la estigmatización de la salud mental, pasando por la recanonización estética de los cuerpos tanto por dentro (fiscalizando niveles hormonales) como por fuera (con el resurgir de las viejas manifestaciones estéticas de la feminidad).

En febrero de 2023 se celebraba el Encuentro Internacional Feminista del ya difunto Ministerio de Igualdad de Irene Montero. Una de las mesas fue la de «Masculinidades» y no fueron pocas las compañeras que la criticaron (antes de escuchar su contenido), manifestando su frustración por la presencia de este contenido “para hombres”.

Parece, sin embargo, que lo que en aquel encuentro apuntaban la profesora estadounidense Raewyn Connell y el sociólogo argentino Lucho Fabbri era necesario para continuar con la trasformación social: el sujeto del feminismo es la humanidad.

Parte del feminismo considera que esto es imposible, porque la humanidad incluye a los cientos de miles jóvenes varones cis-hetero de entre 18 y 24 años que votaron al partido de Alvise en los pasados comicios europeos. Y otra parte también lo considera problemático porque ha interiorizado el discurso de la extrema derecha respecto de los extranjeros como potenciales agresores sexuales2.

En definitiva, la campaña de la derecha ha construido para nosotras dos enemigos-señuelo: las personas trans y los jóvenes varones, especialmente extranjeros. Pero, pese a estos años de ceguera, parece que en los últimos meses la cuestión se está reorientando. Iniciativas como Broders.es3, promovida por la divulgadora Pamela Palenciano, buscan romper los imperativos heteropatriarcales que pesan sobre los hombres al tiempo que se ofrece un espacio seguro en el que desarrollarse sin aislamiento.

Un ejército de técnicos y expertos

Las estrategias ultraderechistas siempre han estado presentes en los sectores profesionales, pero cada vez disimulan menos. El 23 de octubre de 2025 el Colegio de la Abogacía madrileña celebraba su primer Congreso de Derecho de Familia, patrocinado por editoriales y empresas inmobiliarias. Por él desfilaron magistrades del Supremo, Constitucional y Tribunal Europeo de Derechos Humanos (TEDH) para hablar de cosas del gremio.

La magistrada del TEDH, María Elosegui Itxaso, refiriéndose a los casos de abuso sexual de menores dijo lo siguiente: “Pienso que estas materias no deben de politizarse, sino enfocarse con profesionalidad tanto por parte de los jueces, como de la fiscalía y administraciones públicas. (…) Es frecuente que las madres aleguen que los padres han abusado de los menores, cuando en muchísimos casos se comprueba que no es así. Este nuevo concepto emergente que se ha creado en ámbitos de Naciones Unidas, de “madres protectoras”, no ayuda nada.(…) Las madres deben cumplir con la legislación y transgredirla no conduce a buen fin”.

Elosegui ignoró así el informe de Save The Children de 2021 que revelaba que “entre un 10 y un 20 % de la población en España ha sufrido algún tipo de abuso sexual durante su infancia”, o el que un grupo de antropólogas publicó en 2022, titulado Violencia institucional contra las madres y la infancia. Aplicación del falso síndrome de alienación parental en España”, en el que analizaba aquellos casos en que las mujeres que habían buscado amparo judicial habían terminado penalizadas de alguna manera por el protocolo institucional.

Consciente o inconsciente, Elosegui y otros participan de una ofensiva intelectual contra el cambio y el desarrollo de mecanismos para la defensa de los derechos de las mujeres y la infancia, poniendo el broche final a esta ofensiva de los amantes de un pasado de subyugación de la mujer.

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1Se titula “Podemos frenar a las extremas derechas generando alternativas deseables y creíbles” (julio 2025).

2Recomendamos encarecidamente leer el artículo “Cómo hacemos frente al marco de los migrantes como violadores”, escrito por el colectivo Cantoneras y publicado en CTXT (diciembre 2025).

3Se trata de un espacio pensado para chicos y hombres jóvenes donde hablar, compartir dudas, crear comunidad y pedir apoyo en diversos temas, como la sexualidad, las relaciones, la estética, etc.

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Niñas con top y labios pintados, niños con corbata: el machismo llena las fiestas de fin de curso

Por: Bea Morales

La temática de la fiesta de fin de curso que se celebrará dentro de unos días en una escuela infantil pública de Aluche, en Madrid, es “Los años 50”. Ofrecen tres modalidades de vestuario para su alumnado, que va de los cero a los tres años: se puede llevar minifalda y pañuelo al cuello; camiseta escotada y leotardos ajustados; o bien pantalón vaquero y camiseta blanca. En un colegio privado de Murcia, la fiesta para el nivel de 4 y 5 años tiene temática West Side Story. Las niñas llevarán maillot y tutú rojos y los niños deberán vestir pantalón vaquero, camiseta y pañuelo rojos al cuello.

Y en Sevilla, la fiesta de fin de curso de una escuela infantil es un festival de baile en el que las niñas de entre dos y cinco años se suben al escenario prácticamente desnudas: top tipo bikini anudado al cuello, espalda y barriga descubiertas, falda mínima, bailarinas y enormes lazos en el pelo.

A lo largo de las próximas semanas se celebrarán cientos de festivales de fin de curso en centros escolares de todo el país. Escuelas públicas, privadas y concertadas que despedirán a su alumnado con celebraciones que, en ocasiones, están marcadas por un sesgo de género muy claro, basado en estereotipos machistas. Las consignas para el vestuario están diferenciadas por género: vestidos, faldas, tutús, brillantina y purpurina para las niñas; trajes, camisas, corbatas, gomina o sombreros para los niños.

En algunos casos, los disfraces para las más pequeñas –algunas de 0 a 3 años– incluyen prendas sexualizadas: minifaldas, camisetas escotadas, tops cortos, tacones, labios pintados. Con todo lo que esto implica, además, en términos de sobreexposición de niños y niñas al colgar fotos y vídeos en redes sociales, páginas web o grupos de Whatsapp.

“Las fiestas escolares, además de un momento de celebración, deben servir también para seguir educando a niñas y niños, por lo que hay que diseñarlas con especial cuidado, especialmente en lo que a reproducción de roles y estereotipos se refiere. Si niñas y niños crecen viendo cómo se les segrega hasta en los eventos festivos, incurriendo ellas, además, en vestimentas más incómodas y sexualizadas, crecerán apreciando esa diferenciación y jerarquización como normal”, denuncia María Gijón, experta en género y coeducación, que lleva años analizando este tipo de situaciones y las conoce bien, ya que recibe a diario denuncias de familias y profesoras. Gijón ha compartido muchas de ellas con este diario, documentadas con fotografías y vídeos.

Sexualizar a las niñas

En la escuela madrileña que propone la fiesta de los años 50, cuyo cartel encabeza este reportaje, una de las madres se ha plantado. “Nos han mandado la foto explicando cómo tienen que ir vestidos los peques y estamos alucinando. Les mandamos a la escuela un correo superamable explicando por qué nos parecían mal las consignas: por los roles de género, por el enfoque adultocentrista del evento, por la sexualización… pero no parecen estar dispuestas a escuchar”, denuncia esta madre. “Una de las consignas que más resuena es que las niñas vayan con vestido o falda y que, para dar volumen, se pongan debajo un tutú. Y que, por otro lado, los niños vayan con pantalones y camiseta. Los disfraces reproducen también patrones de sexualización preocupantes”, alerta.

Y añade un elemento más a su denuncia: el adultocentrismo de la celebración. “Este tipo de eventos están pensados para los adultos, no para los niños y niñas, que ni siquiera conocen ese tipo de películas porque obviamente no han vivido en los años 50 del siglo pasado”, explica.

El curso pasado, otro colegio infantil público madrileño festejó la despedida de su alumnado de dos años con un baile al ritmo de Salta conmigo. En las imágenes se ve cómo las niñas llevan tutús rojos y lazos en el pelo del mismo color; los niños visten traje, camisa y corbata roja. Las profesoras bailan a su lado, parecen orgullosas de su creación. Las de la clase de al lado, una propuesta semejante pero con distinta canción: Summer nights, de Grease.

Una docente del sistema educativo público madrileño, que prefiere no dar su nombre, señala que es una práctica de lo más habitual: “Estamos muy solas las profesoras que tenemos perspectiva de género y que señalamos que este tipo de celebraciones no tienen sentido”, asegura. Reconoce que a ella misma le tocó organizar una fiesta de fin de curso con temática Grease, pese a estar totalmente en contra. “Lo que más me sorprende es que a muchísimas profesoras y profesores les encanta hacerlo, no lo ven problemático”, explica.

Un patrón

María Gijón recibe tantos casos parecidos que ya ha identificado algunos patrones: “La temática de Grease, por ejemplo, es muy común entre el alumnado de la etapa infantil; es una propuesta totalmente sexualizada y alejada del contexto”, asegura la experta. Y aporta más ejemplos semejantes; uno de los más impactantes, el de una escuela infantil sevillana en la que las niñas se suben al escenario sin apenas ropa: un top tipo bikini, una falda mínima, bailarinas y lazos en la cabeza. En función del aula, los modelos y colores varían, pero el patrón es el mismo: mientras que los niños van completamente vestidos, con pantalón largo y camisa, las niñas aparecen prácticamente desnudas.

A veces, el sesgo machista no está solo en la diferenciación de las propuestas para niños y niñas, sino en dar el estándar masculino por supuesto. En Galicia, una escuela infantil pública optó por inspirarse en la película Bebé jefazo para sus disfraces: traje de chaqueta, camisa, corbata, gafas de sol y maletín. Lo cuenta una madre implicada: “Cuando nos explicaron la temática, yo no daba crédito. Intenté hablar con la profesora para que al menos entrasen en razón, pero las vi tan orgullosas de su idea que no me atreví a ir mucho más allá y a escribir a la escuela, porque no lo iban a entender”.

Y eso no es todo: en otra de las aulas, niños y niñas se disfrazaron de “indios”, “con toda la carga racista que eso conlleva”, denuncia esta madre. “Una auténtica machistada y una racistada”, redunda. Andrea, que es profesora en Galicia, conoce de cerca el caso, aunque no es el colegio en el que ella trabaja. “Les dijeron a las familias que les vistan de bebé jefazo, con o mayúscula, dando por supuesto que los jefes son siempre ellos, incluso desde bebés. Como hemos avanzado un poco en los últimos años, ya pocos colegios se atreven a decir que los niños vayan de una forma y las niñas de otra. Pero el hecho es que si les vistes de traje y corbata es obvio que van de jefe hombre, no de jefa mujer, con todo lo que eso conlleva. La carga de género está ahí”, explica esta docente.

Una reflexión y propuestas alternativas

Más allá de este caso concreto, Andrea propone una reflexión en torno a los disfraces en las aulas: “Muchas profesoras estamos hartas de ver a niños y niñas con disfraces de indios con una pluma en la cabeza, de chinos con kimono y todo tipo de connotaciones racistas. También de ver bailes de fin de curso de niñas muy pequeñas hipersexualizadas, y estamos denunciando todo esto. Porque desde la escuela no podemos seguir perpetuando estereotipos machistas y racistas, y además tenemos que darle una vuelta al adultocentrismo. Porque, ¿para quién se hacen las fiestas? ¿Para los niños y niñas o para profes y familias? A veces los y las peques lo pasan fatal en este tipo de actuaciones, que se hacen fundamentalmente para las personas adultas”, asegura.

A ella le molestan mucho las reacciones del entorno cuando señala lo que no le parece correcto: “Cuando dije que las niñas de sexto no deberían hacer un baile súper sexualizado, me respondieron que era yo muy puritana, que había que modernizarse un poco”, protesta. “Y cuando denuncié el racismo en los disfraces que perpetúan los estereotipos de cada país, me respondieron con el típico ‘ahora ya no se puede decir nada’”, prosigue.

Un criterio con el que coincide plenamente Ana, profesora en una escuela de la red municipal madrileña que apuesta por un modelo completamente opuesto al descrito: ellas no celebran ningún tipo de graduación, ni siquiera fiesta de carnaval, bajo la idea educativa de que muchos niños y niñas de esa edad no disfrutan de los disfraces. Su opinión es muy crítica con respecto a este tipo de celebraciones: “En vez de generar una fiesta familiar, adaptada a todas las edades, se convierte el final del curso en una fiesta que para los niños y las niñas es un horror”, denuncia. Por eso en esta red de escuelas han decidido directamente no celebrar este tipo de eventos.

Pero si se quiere hacer, existen alternativas más respetuosas, adaptadas a la edad de niños y niñas y no sesgadas. María Gijón aporta algunas ideas: “¿Cómo hacerlo entonces? Es muy fácil: no diferenciando disfraces o vestimenta por el sexo, teniendo especial cuidado en la selección de la temática y fomentando estilismos sin sexualizar, que sean cómodos y propios del público infantil. Existen multitud de temáticas como para tener que centrarse en las más estereotipadas”, explica. La madre que denunció la vestimenta de su escuela en Madrid aporta también algunas ideas: “Unos disfraces de animales, peces, estrellas, o colores del arcoíris serían más adecuados”, explica.

Y la profesora que tuvo que organizar la fiesta de Grease contra su criterio, intenta ahora hacer las cosas de otra manera: “Este año nos toca temática medieval, y tengo algunas compañeras que ya están vistiendo a las niñas de princesas y a los niños de caballeros. Yo estoy preparando materiales que no diferencian por género, como castillos, escudos, cascos o caballos de juguete”, expone.

Fuente: https://www.eldiario.es/blog/micromachismos/ninas-top-tutu-labios-pintados-ninos-camisa-corbata-machismo-llena-fiestas-curso_132_12363019.html

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Muere Susan Brownmiller, la precursora de los centros de atención a víctimas de violación

Por: Ernesto

Susan Brownmiller, la activista feminista estadounidense que habló de la violación como el instrumento sistemático de control y poder masculino sobre las mujeres, ha muerto a los 90 años en un hospital de Nueva York. Sus reflexiones a este respecto la convirtieron en la década de los 70 en la precursora de un nuevo lenguaje para hablar de la violencia sexual que ha llegado nuestros días.

Aquellas tesis disruptivas y atípicas para sectores conservadores de la sociedad de la época fueron la base de su libro ‘Against Our Will: Men, Women, and Rape’ (Contra nuestra voluntad: hombres, mujeres y violación), publicado en 1975.

En él, Brownmiller plasmó una definición de la violación como una cuestión política y social, y no solo legal o individual, y colocó la violencia sexual en el centro del discurso feminista de la segunda ola. Con ello, contribuyó a importantes reformas legislativas en EE.UU., incluyendo la penalización de la violación dentro del matrimonio.

La neoyorquina está reconocida como una de las intelectuales feministas más influyentes de su tiempo y su obra está incluida en la Biblioteca Pública de Nueva York entre los 100 libros más importantes del siglo XX.

Un legado que cambió el feminismo

La influencia de Brownmiller, apellido que adoptó como seudónimo en los años 60, es incontestable y perdura tanto en el activismo feminista como en el desarrollo de los estudios de género, además de en la legislación sobre violencia sexual actual.

Como cofundadora del colectivo Women Against Pornography en los años setenta, defendió una crítica feminista a la representación degradante de las mujeres en los medios. No obstante, nunca apoyó la censura. Una visión que está cobrando fuerza en la cuarta ola del feminismo vigente en la última década.

Susan Brownmiller no se casó ni tuvo hijos. En varias entrevistas señaló que fue una decisión consciente en el contexto contracultural y feminista de su época. Fue nombrada ‘Mujer del Año’ por la revista Time en 1975, y su legado es ampliamente reconocido en el feminismo contemporáneo. Gracias a él se establecieron centros de ayuda y atención para las víctimas de violación.

Susan Brownmiller nació el 15 de febrero de 1935 en el barrio neoyorkino de Brooklyn. Su andadura periodística le llevó a medios como el ABC NewsNewsweek y The Village Voice. Además, se involucró activamente en el movimiento por los derechos civiles y en las protestas contra la guerra de Vietnam durante los años sesenta.

Además, es autora de varios ensayos como Femininity (1984); Waverly Place(1989), una novela basada en un caso real de asesinato infantil; In Our Time: Memoir of a Revolution (1999), una autobiografía sobre el movimiento feminista, o My City High Rise Garden (2017), sobre su experiencia cultivando un jardín en un rascacielos de Nueva York.


Fuente: https://noticiasparamunicipios.com/ellas/muere-susan-brownmiller-la-precursora-de-los-centros-de-atencion-a-victimas-de-violacion/

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Diez años de Ni Una Menos, hora de “recomponer las redes”

Por: Ernesto

Chiara Páez tenía 14 años cuando el 10 de mayo de 2015 su novio la mató a golpes y la enterró en el patio de la casa de su abuelo, en Rufino, provincia de Santa Fe, Argentina. El asesinato de Chiara, embarazada de dos meses, empujó a las 20.000 personas del pueblo a manifestarse y pedir justicia. La asociación civil La Casa del Encuentro llevaba registrados 140 femicidios solo en los primeros meses de aquel año. Sus estadísticas también mostraban que entre 2008 y 2015 habían sido asesinadas 1808 mujeres en todo el país.

“¿No vamos a levantar la voz? Nos están matando”, tuiteó entonces la periodista Marcela Ojeda. Fue el germen de una marcha que comenzó a gestarse entre un grupo de comunicadoras, que convocó a manifestarse contra la violencia machista bajo la consigna “Ni Una Menos”.

Se eligió que fuera el 3 de junio, un miércoles, frente al Congreso de la Nación. “Si no marchamos juntas nos matan por separado”, decían los carteles. Aquella tarde hubo 150.000 personas en la plaza más céntrica de Buenos Aires, y miles más en otras cien plazas de todo el país. El reclamo principal: que se cumpliera la ley número 26.485 de protección integral para prevenir, sancionar y erradicar la violencia contra las mujeres, sancionada en 2009.

Rodeada de una multitud estaba Verónica, la mamá de Chiara, y su tía, y su tío. Romina, la hermana mayor, había quedado en Rufino, donde las calles desbordaron de gente como nunca antes en la historia del pueblo.

“Hace diez años yo estaba muy encerrada en el dolor, en el enojo, pero el grito de Ni Una Menos fue algo muy importante en medio de los pensamientos. Fue muy emotivo escuchar el nombre de Chiara, y que además de acompañarnos a nosotros era un grito que nos unía a todos los que queríamos decir ¡basta! -recuerda Romina-. Me sentí muy atravesada, fueron tiempos muy difíciles. Pero también pudimos empatizar con el dolor de otros familiares que se nos acercaron y que habían atravesado situaciones similares, nos ayudó a reconvertir todo este dolor en lucha, y pensar que todo lo que había pasado con Chiara nos llevaba a una lucha en común. El primer Ni Una Menos fue una mezcla de sentimientos de dolor y esperanza”.

Luci Cavallero es socióloga e investigadora en la Universidad de Buenos Aires (UBA). Tiene una maestría en Estudios Interdisciplinarios de la Subjetividad es docente en la Maestría de Géneros en la Universidad Nacional Tres de Febrero, coautora del libro Una lectura feminista de la deuda y forma parte del colectivo Ni Una Menos.

“Ni Una Menos nació como un grito colectivo para hacer visible un problema que no tenía visibilidad pública ni estaba tomado con la seriedad necesaria por las políticas públicas: los femicidios como expresión máxima de violencia por razones de género. Fue una manifestación que surgió en redes sociales y que después se transformó en un movimiento estructurado en asambleas y marchas y manifestaciones que fueron complejizando los diagnósticos de las violencias por razones de género”, explica.

Y sigue: “Ni Una Menos es un proceso de sensibilización de la sociedad quecambia los umbrales de tolerancia con respecto a las violencias, que produce desplazamientos subjetivos de las mujeres en todos los ámbitos, pero también transforma a los varones. Y más allá del proceso de destrucción que estamos atravesando en este momento, este proceso sigue presente y latente”.

La destrucción

Tras el MeToo mundial que generó una oleada de denuncias por acoso y abuso, en 2018 comenzó en Argentina el debate por el aborto legal, una discusión que puso al feminismo en primer plano. Y se sumaron las pibas. La marea verde fue la consecuencia de un trabajo de décadas, una marea en la que se encontraron abuelas, hijas y nietas que se unieron para exigir, y se hicieron escuchar. En 2019 se creó el Ministerio de Mujeres Géneros y Diversidad y en 2020, en medio de una epidemia mundial, se aprobó la ley de Interrupción Voluntaria del Embarazo.

Por entonces Javier Milei era un economista excéntrico que se paseaba por canales de televisión repartiendo frases rimbombantes y protagonizando shows bizarros, como golpear con un palo una maqueta del Ministerio de las Mujeres y prometer que cuando fuera presidente lo tiraría abajo. Fue lo primero que hizo al asumir, en diciembre de 2023.

El Gobierno autodenominado libertario pasó “el tema género” al Ministerio de Justicia. El funcionario al frente de la cartera, Mariano Cúneo Libarona, aseguró que “el género era un tema primordial”. Enseguida le tiraron de las orejas. Desde el propio área de comunicación del Ministerio salieron a decir que el Gobierno no iba a tener políticas de género: “La violencia no tiene género”, fue el mensaje.

Ante el anuncio del vaciamiento, la Comisión de Mujeres y Diversidad de la Cámara de Diputados citó al ministro Cúneo Libarona. El funcionario hizo una polémica presentación contra de la diversidad, negó la violencia contra las mujeres e insistió con las “denuncias falsas que hacen para vengarse”. Aseguró que “el género se acabó”, y que el eje sería “la familia tradicional y cristiana”. También dijo que rechazaban la diversidad de identidades sexuales que “no se alinean con la biología”. Sus dichos generaron masivos repudios, que incluyeron el pedido de juicio político y hasta su renuncia. El Gobierno lo respaldó.

El programa más importante del Ministerio de Mujeres fue Acompañar, que había asistido a 352.000 mujeres en situación de violencia de género. Se les dio, durante seis meses, un salario mínimo para lograr cierta autonomía económica que les permitiera salir de relaciones abusivas. Solo en la ciudad de Buenos Aires se realizan 10.000 denuncias anuales por violencia de género. Según la Corte Suprema de Justicia, hay un promedio de 250 femicidios por año en el país, que suman 2.500 en la última década, y que han dejado más de 3.000 niñas y niños huérfanos.

La provocación

El 8 de marzo de 2024, en el primer Día de la Mujer como gobierno, el Ejecutivo de Milei cambió el nombre al Salón de las Mujeres de la Casa Rosada y lo rebautizaron Salón de los Próceres. Sacaron las fotos de heroínas como Alicia Moreau de Justo, Alfonsina Storni, Juana Azurduy, Victoria Ocampo y Mercedes Sosa para reemplazarlas por cuadros de varones comoCarlos Menem y Julio Argentino Roca. El 8 de marzo de este año el Gobierno volvió a provocar a las mujeres: difundió un video en el que aseguraban que “solo en 2023 se gastaron en género cuatro billones de pesos, que superó al gasto en Defensa o Seguridad en ese año y fue diez veces superior al presupuesto del Poder Judicial”.

“El presupuesto del ex Ministerio de Mujeres, Géneros y Diversidad fue mucho menor. En 2023 gastó $172.000 millones [de pesos]. Representó 0,21 por ciento del gasto total del Estado, muy por debajo de áreas como Defensa (3,38 por ciento) y Seguridad (2,2 por ciento)”, respondió el Equipo Latinoamericano de Justicia y Género (ELA).

“El dinero se destinó a burocracia, oficinas de lujo y políticas simbólicas que no ayudaron a reducir la violencia”, decía también el video libertario. “Los fondos se usaron para programas muy concretos”, aseguraron desde ELA citando la Línea 144 de atención para víctimas, el programa Acompañar y los centros de protección de todo el país que daban refugio, asistencia legal y psicológica.

“Hemos conseguido bajar los homicidios aplicando una sola política: el que las hace, las paga. Fuimos en contra de todos los delincuentes, y las mujeres fueron las más beneficiadas”, asegura otro pasaje del video. La Oficina de Violencia Doméstica de la Corte Suprema asegura que solo en enero de 2025 la denuncias aumentaron un ocho por ciento con respecto al año anterior. En los primeros cuatro meses de 2025 hubo 96 víctimas de violencia de género.

A pocos días de un nuevo 3 de junio, el Gobierno ha salido con otra provocación: “Eliminamos 13 programas ideológicos creados por el kirchnerismo, que eran financiados por todos los argentinos. Entre ellos se encuentra el insólito ‘MenstruAR’”, escribió en sus redes el ministro Cúneo Libarona.

Y detalló: “Los 13 programas que eliminamos son: 1. Menstruar. 2. Promotoras y promotores territoriales de género y diversidad. 3. Fortalecimiento de las organizaciones sociales de género y diversidad. 4. Escuelas populares de formación en género y diversidad ‘Macachas y Remedios’. 5. Perspectiva de género e igualdad en la diversidad en el desarrollo rural ‘Sembrar Igualdad’. 6. Acceso a derechos para personas travestis, transexuales y transgénero. 7. Dispositivos territoriales de protección integral de personas en contexto de violencia por motivos de género. 8. Participación social y ciudadana en materia de género y diversidad. 9. Igualdad de géneros en el trabajo, el empleo y la producción ‘Igualar’. 10. Apoyo urgente y la asistencia integral inmediata ante casos de violencias extremas por motivos de género. 11. Capacitación en perspectiva de género y diversidad para el sector privado ‘Formar Igualdad’. 12. Producir. 13. Generar”.

“Eliminar este despilfarro le ahorrará 6.000 millones de pesos por año a los argentinos”, concluyó el funcionario. Varias organizaciones, entre ellas ELA y Amnistía Internacional, ha salido a cuestionarlo.

“La discusión sobre el margen para asistir a las víctimas de violencia no puede quedar desvinculada de las decisiones que un Estado puede adoptar para distribuir los recursos disponibles. Por ejemplo, si tomamos en cuenta los miles de millones de pesos que el Estado dejó de recaudar del impuesto a las ganancias a magistrados/as y funcionarios/as de los Poderes Judiciales nacional y provinciales (en 2023 esta exención fue de 285.728 millones de pesos en valores nominales), vemos que equivale a 4,2 veces lo que costó el programa Acompañar (67.755 millones de pesos, también en valores nominales)”, aseguraron desde la Asociación Civil por la Igualdad y la Justicia (ACIJ).

“La eliminación sin reemplazo vulnera obligaciones claras del Estado argentino en materia de derechos humanos, establecidas en tratados internacionales con jerarquía constitucional. También ignora las advertencias de organismos internacionales, que alertan que negar la violencia de género o desfinanciar las políticas que la abordan debilita seriamente la legitimidad institucional y la respuesta pública frente a una problemática de altísima importancia”, agregaron.

La Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) publicó el Informe Anual 2024 sobre la situación de los derechos humanos en la región. Su análisis sobre Argentina es malo: “En cuanto a los derechos humanos de las mujeres, la reestructuración de la Administración Pública iniciada en diciembre 2023 ha afectado seriamente la institucionalidad y políticas de protección a sus derechos. En particular, tras la eliminación de la Subsecretaría de Protección Contra la Violencia de Género que concretó el cierre del Ministerio de Mujeres Géneros y Diversidad. Por primera vez en 40 años, el país no cuenta con un organismo rector encargado del diseño y ejecución de políticas dirigidas a prevenir y erradicar la violencia de género”.

La resistencia

“El Gobierno libertario está desarrollando actualmente un ataque sistemático sobre los derechos de las mujeres en nuestro país, no solamente con el desmantelamiento de casi todas las medidas públicas con perspectivas de género que había en el Estado, sino también con discursos de odio. Se usan los cargos máximos del Estado Nacional para promover el odio, para desinhibir una violencia social sobre determinadas poblaciones, entre ellas las mujeres, la población LGBTIQ+. Por otro lado, tiene una política de ajuste muy fuerte que provoca una precarización acelerada en la vida de las mujeres, que tienen muchísimas menos oportunidades para salir de las violencias, con salarios congelados, subsidios y programas sociales eliminados”, asegura Cavallero.

Y concluye: “Nuestro trabajo ahora es recomponer las redes, apostar a las tramas colectivas, la recomposición del tejido social, la prevención de la violencia entre pares y seguir sosteniendo los procesos de organización y movilización”.

A Romina aún se le quiebra la voz al hablar de su hermana: “Hoy en día, a diez años, recuerdo a Chiara con el mismo amor y más, y a veces me agarra el mismo dolor y la misma rabia. Hemos avanzado en varias cosas y tenemos más leyes, aunque ahora vivimos tiempos muy complejos, especialmente las mujeres. Todavía sigue habiendo muertes, pibas desaparecidas, madres que buscan justicia, pero hay que enfocarse en la fuerza de organizarnos, de luchar, que no se ha detenido y que no haya vuelta atrás, que no haya retroceso de los derechos. Lo que falta conseguir lo vamos a conseguir entre todas más allá de las diferencias. Y hoy más que nunca mi hermana Chiara va a estar presente en cada lucha, en cada movilización y en cada una de nosotras”.


Fuente: https://www.pikaramagazine.com/2025/06/diez-anos-de-ni-una-menos-hora-de-recomponer-las-redes/

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«Si las gitanas abandonamos lo comunitario, nos absorberá el individualismo»

Por: Bea Morales

Paqui Perona es una figura reconocida por su activismo en el barrio de la Mina en Barcelona. Es mediadora intercultural y presidenta de Veus Gitanes/Voces gitanas, una asociación de mujeres gitanas con trayectoria profesional en la intervención social y en la promoción de la cultura gitana con perspectiva de género. Hemos conversado con ella para conocer la evolución de la situación de las mujeres gitanas en el mercado laboral y su discurso desde un feminismo comunitario.

Foto: Paqui Perona (Bárbara Boyero)

Trabajas desde hace más de 20 años ayudando a las mujeres gitanas a acceder en el mercado laboral. ¿Cuál ha sido tu mayor reto en esta lucha?

Miro hacia atrás y me siento feliz y orgullosa de haber contribuido a ello. Cuando empezamos, atendíamos a mujeres del barrio de la Mina que llevaban décadas segregadas, con infinidad de barreras arquitectónicas y sociales. Y las consecuencias de estos procesos forzados de antigitanismo institucional las hacía vivir recluidas en sus zonas de confort; no solían salir solas de sus entornos familiares y comunitarios a otros espacios de la ciudad. Recuerdo cuando les ayudábamos a hacer el currículum y les preguntábamos en qué trabajos tenían experiencia; nos decían que en nada. Lo primero que tuvimos que trabajar fue la autoestima, que tomaran conciencia de todas las competencias que tenían y habían adquirido a lo largo de su vida como mujeres, en sus casas, en el cuidado de sus hijos, en el mercadillo.

Era tan simple como que ellas fueran capaces de transferirlas al mercado laboral formal, pues la mayoría de mujeres gitanas de la Mina llevaban vendiendo toda la vida y, sin embargo, no le daban valor, ni siquiera lo consideraban como trabajo. Muchas no estaban acostumbradas a coger el metro solas, no sabían moverse lejos de sus barrios. Hoy atendemos a las hijas o incluso a sus nietas y se nota todo lo que se ha avanzado. Sus madres, tías y abuelas son las que les han abierto puertas en infinidad de empresas a muchas jóvenes, y aunque sigue habiendo un antigitanismo brutal en el mercado laboral, muchas mujeres gitanas de la Mina están muy empoderadas laboralmente. Muchas han heredado habilidades culturales para defenderse del antigitanismo. Hay que decir que existen empresas que han cambiado y valoran tener gitanas en muchos puestos, valoran sus competencias.

Aparte del acceso al empleo, ¿cuáles son las principales luchas de las mujeres gitanas por la igualdad?

El antigitanismo institucional de género que sufrimos y que recae en todos los ámbitos. También, al igual que todas las mujeres de todas las culturas del planeta Tierra, para conseguir la igualdad tenemos doble lucha, fuera y dentro de nuestras propias culturas.

La asociación Gitanas Feministas por la Diversidad denuncia en el documental Carmen, sin miedo a la libertad la falta de acción directa para ayudar en el acceso al empleo de las mujeres gitanas y la ineficacia de los cursos de desarrollo y formación. ¿Qué opinas al respecto?

Estoy de acuerdo con ellas, la mayoría de circuitos laborales y cursos para la población gitana son recursos pensados desde una lógica individualista, poniendo el foco en las mujeres gitanas como si solo dependiera de ellas estar fuera del mercado laboral estructural. En el fondo, se culpabiliza a la cultura gitana de la exclusión que padecen la mayoría de gitanas y gitanos, y no es así. El mercado laboral está creado desde una necesidad neoliberal, desde que nacemos nos inculcan socialmente que el éxito en nuestras vidas depende del proyecto profesional y que los proyectos vitales deben ser secundarios. Y seamos realistas, la cultura gitana está sostenida desde una estructura familiar y comunitaria donde el proyecto vital está por encima de todo.

Está claro que como cultura no tenemos poder para cambiar este sistema individualista. En contraposición, la formación es la clave para optar a puestos de trabajo remunerados de calidad. Porque estar fuera del sistema mercantil nos lleva a la exclusión social. Desde que entramos en Europa los estados han hecho hincapié para que las personas gitanas accedamos a los puestos más precarios, como mano de obra barata… Esto sigue manteniéndose con políticas, es una forma de ejercer el control, también porque alguien tiene que hacer este tipo de trabajo.

Cuando se habla de machismo se tiende a dividir los patriarcados: el musulmán, el gitano… ¿Cómo explicarías a las payas que esta división es racista?

El patriarcado es una forma de organización mundial y las personas gitanas formamos parte de este mundo, no somos alienígenas. El feminismo hegemónico blanco, antes de juzgar, debe analizar cómo sus luchas están impregnadas y contaminadas de las necesidades de Occidente de incluir a las mujeres en el mercado por una necesidad de crecimiento en producción. El acceso de las mujeres al mercado de trabajo se produjo dentro de una estructura neoliberal, individualista, mercantil y machista: les hicieron creer que salir al ámbito público y trabajar las liberaría, sin tocar la estructura.

Esto acabó cargando de más responsabilidades a las mujeres fuera y dentro del ámbito familiar. Ahora a toda la clase obrera en Occidente y al movimiento feminista blanco les toca revisar qué impacto tuvo todo esto en una sociedad empujada al individualismo con un orden social competitivo. Analizar lo que hemos perdido en el camino en un sistema que no se ha preocupado en valorar el tiempo para la conciliación familiar y los cuidados de las personas más vulnerables. Hay que empezar a tener en cuenta todos los valores positivos que hemos dejado atrás, como el sentimiento de pertenencia comunitaria. Y aquí, nosotras, las personas gitanas, tenemos mucho que enseñar. Tienen que empezar a dejar de imponer y aprender un poco de los valores de otras culturas, y valorar a las mujeres gitanas por el coste que hemos tenido que pagar por negarnos a perder nuestra identidad.

¿Cuáles son los logros y las dificultades que atraviesa actualmente el feminismo gitano?

Hay feministas gitanas, yo entre ellas, pero, ¿estamos organizadas como movimiento? No creo que exista un movimiento feminista gitano. Ninguna feminista gitana de forma individual está legitimada para poner las bases y decidir por ella misma que es el feminismo romaní. Casi todas las feministas gitanas pertenecemos al mundo asociativo, o somos mujeres que llevamos luchando por nuestros derechos desde hace décadas.

Otras suelen ser mujeres licenciadas privilegiadas que viven fuera de las comunidades, fuera de barrios gitanos, que se dedican a dar grandes discursos solo en espacios feministas blancos; no militan ni hacen incidencia en las bases gitanas. La mayoría de gitanas vivimos concentradas en barrios estigmatizados con presiones sociales y antigitanismo naturalizado en todos los ámbitos, apoyadas y sostenidas en valores de vida en comunidad, que es lo que nos identifica identitariamente como personas gitanas.

Los gitanos y gitanas que vivimos agrupadas somos quienes mantenemos nuestros valores milenarios y velamos por ellos, pagando un precio por mantener la identidad comunitaria gitana. Como todas las comunidades, los procesos de las personas se entrelazan y comparten. Me refiero a una identidad compartida en la que el reconocimiento como tal debe ser de reconocimiento mutuo. En el momento que las personas gitanas abandonemos esta identidad de vida comunitaria compartida, acabaremos absorbidas por el sistema individualista, y se acabará la identidad gitana.

Por nuestra supervivencia como Pueblo es contraproducente crear un movimiento feminista consensuado desde arriba hacia abajo y no al revés. El feminismo blanco hegemónico nos debe servir para no caer en los mismos errores. Al feminismo hegemónico le debemos muchos logros pero, por otra parte, en muchas cosas no nos sirve el modelo de las blancas, ni de las gitanas que viven fuera de la cultura, ya que la mayoría de las que no viven en las comunidades son muchas veces las que el sistema legitima. Eso sí, quiero dejar claro que ellas no son culpables y que sus luchas también suman y son necesarias para todas.

¿En qué se basan las iniciativas de cooperativismo que habéis impulsado desde la asociación Veus Gitanes?

Nuestro objetivo principal es dar voz a las gitanas, promoviendo acciones que contribuyan a combatir los prejuicios y estereotipos de nuestra cultura desde una perspectiva de género e interseccional, y que van dirigidas a los medios de comunicación y a la sociedad. Luchamos para modificar la escasa y estereotipada representación de las gitanas, incidiendo en todos los ámbitos de la sociedad. Contribuyendo a la lucha de las mujeres en general para conseguir la igualdad.

Surge desde la conciencia de que, para construir un feminismo propio, lo primero es deconstruir todos los estereotipos de género que han marcado nuestro pasado, lo que nos perjudica en el presente e incluso nos afecta en nuestras propias identidades culturales. Empezamos a trabajar desde la memoria histórica y la creación de documentales audiovisuales. También hemos hecho diferentes investigaciones y recomendaciones, como Diagnóstico desde una perspectiva interseccional, basado en cómo se atiende a las mujeres gitanas en los circuitos de violencia de género que hay en Cataluña. A partir de aquí hemos hecho un recorrido, creando alianzas con otras activistas gitanas y profesionales, gitanas y no gitanas, con el objetivo de crear entre todas propuestas para la mejora de estos recursos.  Porque es prioritario que todas las mujeres que están sufriendo situaciones de violencia, reciban una atención de calidad desde una perspectiva interseccional.

¿Qué iniciativas habéis impulsado este último año?

En 2024 hemos organizado en Barcelona el Segundo Congreso de Antigitanismo de Género reuniendo a gitanas activistas de toda Europa para crear alianzas. Ahora estamos en un proceso de debate y participación entre diferentes gitanas activistas de Cataluña para modificar la ley de violencia machista en Catalunya, me refiero al artículo 73 que está redactado de forma racista porque culpabiliza a la cultura gitana del patriarcado y describe a las Kalis como mujeres pasivas. También estamos presentes en diferentes espacios feministas y formamos parte de diferentes órganos, como el Consell municipal y el Plan Integral del Pueblo Gitano. Tenemos varios proyectos de intervención social y empoderamiento en distintos barrios segregados de Barcelona. Trabajamos por la promoción de la salud, el empoderamiento económico y, lo más importante, el empoderamiento cultural y la igualdad de género.

¿Cómo se organizan las mujeres gitanas que trabajan en el mercadillo? ¿Qué reivindicaciones surgen desde este espacio?

El mercadillo es una respuesta de resistencia hacia una legislación cuyo principal fin durante siglos ha sido, y sigue siendo, mercantilizar precariamente a los gitanos en una estructura de mercado patriarcal, individualista y racista, donde a nosotras siempre se nos ha expulsado. Los mercadillos son una respuesta en positivo, son una forma de resistencia laboral desde una estructura familiar, de economía comunitaria, y además cotizan y pagan sus impuestos. También de conciliación, donde las mujeres siempre han tenido un liderazgo y se les ha permitido estar desde siempre empoderadas económicamente y, lo más importante, poder escapar de los intentos de control institucional. Pero ahora es insostenible porque en los barrios segregados las respuestas de resistencia de las mujeres están cambiando.

Sin embargo, muchas siguen en la venta porque es lo que mejor saben hacer y no les queda otra salida que vender en la calle con sus carritos o a través del Whatsapp, que es como las jóvenes se están adaptando a los nuevos tiempos. En los barrios segregados y en las redes sociales se crean formas naturales de sostenibilidad económica entre las comunidades gitanas: yo compro a mi prima unas zapatillas y ella me compra pijamas para los niños. Esto es trueque, y a esto se le podría calificar como economía comunitaria feminista, pero para nosotras son estrategias de conciliación y resistencia. Es una forma de dar respuesta a las políticas de control y asimilación.

Hay varios oficios que han pertenecido a la cultura gitana como la herrería o la cestería. ¿Se conservan en la actualidad? ¿Se ha trabajado en su recuperación?

Durante los años 70 y 80 y parte de los 90, muchas entidades intentaron crear proyectos para mantener estos oficios tan gitanos y milenarios, pero lo hicieron con un coste personal y sin apoyo de las administraciones, hasta que llegó el momento en que fueron insostenibles. Incluso muchas entidades y activistas gitanas ridiculizaban los espacios donde se defendía la recuperación de estos oficios diciendo: “Otra vez los resquicios de Carlos III asomando la cabeza”. Al sistema y los poderes públicos solo les interesaba el absentismo escolar y proyectos de empleo en escuelas segregadas y en trabajos precarizados. Todo para asegurarnos estar dentro del último escalón de la sociedad.

No obstante, sí que ha habido algunas entidades que se han dedicado a fortalecer nuestros legados musicales y oficios gitanos. También hay muchos gitanos y gitanas que, de forma altruista y a través de las redes sociales, están realizando un trabajo espléndido recuperando memoria, relatos olvidados y saberes antiguos. Culturizándonos sobre nuestros legados y oficios.

¿Qué otras luchas vecinales se enfrentan en el barrio de la Mina? ¿Hay alianzas entre la lucha de las mujeres gitanas con otras luchas?

Yo no estoy involucrada en las luchas organizadas de la Mina, pero me consta que las hay. Me quedo con las luchas que surgen por la sociedad, en los barrios, de forma natural. Las respuestas que se dan desde los márgenes, desde mi realidad, porque cuando una lucha se organiza siempre la acaban monopolizando los poderes públicos. Desde Veus Gitanes estamos aliadas con grupos de mujeres gitanas y no gitanas, creemos que es crucial crear alianzas y redes con otros movimientos feministas y encontrar puntos de lucha en común para conseguir la igualdad de todas.

Fuente: https://www.pikaramagazine.com/2025/05/si-las-gitanas-abandonemos-lo-comunitario-nos-absorbera-el-individualismo/

✇Rebelion

No es el Pelicot catalán, se llama Teófilo Lapeña

Por: Ernesto

Es un electricista español que vive en Cataluña. Se llama Teófilo Lapeña.

Foto de Teófilo Lapeña Fte: @jgalbalat

Es el último caso de agresión y violación sobre las mujeres que ha saltado a la prensa. En este caso la víctima era además una niña, pero siempre late la misma socialización violenta, agresiva, machista y criminal detrás. No es otro caso Pelicot, no es excepcional, no es algo aberrante, es una normalidad lacerante. Pasa entre extraños, pero sobre todo pasa en las familias, con los padres, hermanos, tíos, amigos. Abramos los ojos y no miremos esa realidad como casos aislados, raros y monstruosos. 

La lectura del auto de la Fiscalía en el que Teófilo Lapeña usaba a una niña de 12 años como cebo para atraer a otros hombres para que la violaran es peor que cualquier novela de terror. Entre los más de 20 encausados por haber participado de estas violaciones a la niña había hombres de 19 a 50 años, entre ellos había italianos, españoles, pakistaníes o latinoamericanos. Lo que les unía era la necesidad de agredir, de violar, de humillar, de someter a una niña de 12 años. Eran hombres con una pulsión primitiva, violenta y aprendida en la que se sienten realizados haciendo de la mujer un objeto que solo vive para su sometimiento absoluto. 

Los hombres tenemos que hablar de esto, hablar entre nosotros, hablar de estos casos, pero no como una cosa monstruosa que se produce en el averno, en la marginalidad, en mentes enfermas, sino hablar de ello como el fruto decadente y degradado de una manera de socializar aprendida, que nace en nuestra manera de relacionarnos entre nosotros y con las mujeres. Una representación abusiva de unos procesos aprendidos desde que somos pequeños en los que mostrarse sensible era sinónimo de debilidad, en los que la única manera de presentarnos como fuertes y poderosos era a través del sometimiento, de la cacería, de la mujer como trofeo. El miedo a quedar excluidos nos enseñó una manera de ganar rédito entre similares que implicaba tratar a las mujeres como un objeto, como una pieza de exposición, como un ser inerte que solo estaba entre nosotros para ganar respetabilidad entre los hombres. 

La masculinidad aprendida ha sido también un espacio de esclavitud para nosotros del que escapar. Un cepo que nos hacía infelices por estar constantemente sometidos a unos roles con los que no nos encontrábamos cómodos y que nos han provocado dolor emocional y psicológico. Nos enseñaron a no hablar de emociones, a no mostrar vulnerabilidad, a pensar que las lágrimas y la empatía eran patrimonio de las mujeres y que nuestro valor estaba en la fuerza, el hieratismo y la capacidad por mantener nuestras emociones reprimidas por temor a que se vieran como síntoma de debilidad ante nuestros semejantes. Ese cepo ha sido una condena para las mujeres que nos rodeaban, porque al no ser capaces de liberarnos han generado dolor en ellas al impedirnos tratarlas como a iguales y comprender que la emocionalidad es tan solo un síntoma de humanidad. 

Son innumerables las mujeres que han alzado la voz para intentar sanar como un grito de liberación sus casos de abusos, agresiones y los miedos que han vivido a lo largo de su vida desde que eran niñas. No lo han hecho para que nosotros nos demos cuenta, sino para narrar sus heridas, pero están ahí, para que nosotros los leamos, lo escuchemos y aprendamos que sin haber cometido jamás una aberración como las de Teófilo Lapeña o Pelicot hemos sido enseñados de una manera que les dolía y que en última instancia ha provocado esas vidas tristes de tantas mujeres. Está en sus libros, lo han contado Neige Sinno, Laura C.Vela, Aurora Freijo, Maggie O´ Farrel, Delphine de Vigan, Elena Garro o Elena Ferrante, entre muchas otras. Pero no hace falta leer, pregunten a las mujeres que tienen en su familia, a sus amigas. Siempre habrá una historia de abusos y es preciso que hablemos entre nosotros para ponerle fin. Porque es de los nuestros el que viola, un simple hombre, el agresor puede que esté cerca.


Fuente: https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/no-pelicot-catalan-llama-teofilo-lapena_129_12307790.html

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