“En cuanto termine la guerra [Primera Guerra Mundial] podremos someterlos a nuestro modo de pensar, entre otras cosas porque estarán financieramente en nuestras manos”. William Wilson, presidente de EE.UU., en carta al coronel House.
Toda la historia de EE.UU. cabe en una gota de petróleo, en un dólar, en una bala, y la de su clase dirigente para hacer lo que hace, cabe en una sola mentira, la continua remisión de sus quehaceres a su designio divino como raza. No es un asunto menor, no es una casualidad, es el propósito elaborado a partir de una práctica que da como consecuencia una filosofía, un sistema de pensamiento fruto de una guerra permanente que busca “la solución final”.
En la guerra contra España, Doménico Losurdo explica cómo la
dirigencia estadounidense reclamaba la libertad y la independencia de
la isla de Cuba aduciendo que es que es “tan vecina a nuestras
fronteras”, y de paso acusaba al viejo imperio de emplear medidas
que son una “desgracia para la civilización cristiana”,
mezclando de es manera la idea de pertenencia a EEUU en una llamada
atribuyéndose la “democracia, la moral y la religión” apartando
o condenando a el viejo imperio español de todo ello por más
católico que éste se hiciese llamar. De semejante modo el imperio
naciente se daba la autorización sagrada de intervención.
El autor se detiene en McKinley cuando toma la decisión de
anexionarse Filipinas declarando que ha tenido un encargo de “Dios
Todopoderoso”, pues había rezado para que le iluminase y fue eso
lo que hizo que el designio le liberase de toda tribulación, ni
siquiera de la posibilidad de permitir que se encargase de la tarea
“a Francia o a Alemania, nuestros rivales comerciales en Oriente”,
y continua diciendo el autor del ensayo que los filipinos no podían
tampoco hacerse cargo porque eran “ineptos para el autogobierno”,
y se hundirían en la “anarquía y (el) mal gobierno” peor que lo
que hacía el imperio español:
“No nos quedaba más remedio que conservar Filipinas, educar a
los filipinos elevándolos, civilizándolos y cristianizándolos, y
-con ayuda de Dios- hacer lo mejor para ellos, como nuestros
hermanos, para los que también murió Cristo. Y entonces me fui a la
cama, me amodorré y dormí profundamente.”
Ha quedado en la historia la destrucción sembrada por el ejército
estadounidense, la matanza de la población, la hambruna y las
enfermedades causadas de manera general, el encierro de la población
en campos de concentración, “y hasta recurriendo en determinados
casos al asesinato de todos los varones mayores de diez años.”
El imperio experimenta un gusto por la guerra mezclando robo con
encargo divino, la verticalidad de las cuentas y la vara religiosa, y
con ese espíritu acomete la primera Guerra Mundial. Entrando en ella
es cuando el presidente Wilson, ese que parecía tan “demócrata”,
escribe a su coronel House sobre sus “aliados”: “En cuanto
termine la guerra podremos someterlos a nuestro modo de pensar, entre
otras cosas porque estarán financieramente en nuestras manos”. La
grandeza imperial se funda en la degradación de sus mismos aliados,
y reforzará semejante “grandeza” con el encargo celestial
elaborando la mística con la que educa a los suyos en el afán de
conquista sin dar pie a cuestionarse lo hecho mientras anulan los 5
sentidos de la población embutiendo en su ideario las palabras paz,
democracia, valores humanos, todo tan manoseado que desaparece el
significado.
A partir de aquí Losurdo presenta declaraciones de los
presidentes del imperio, todas como se verá insistiendo en la misma
elaboración fundamentalista economica-política-religiosa con la que
desentenderse de la responsabilidad que cae sobre ellos como clase y
aparato de sojuzgamiento mundial. En la Guerra fría Eisenhower, en
1953, declara: “La libertad está en lucha contra la esclavitud; la
luz contra las tinieblas”. En otra ocasión ordena a sus oyentes
que inclinen la cabeza ante “Dios todopoderoso” y como si se
dirigiese a ese su Dios dice: “Que todo se desarrolle para el bien
de nuestro amado país y para Tu gloria. Amén”.
Foster Dulles -·un puritano riguroso”, según Churchill-,
declara con orgullo: “en el Departamento de Estado nadie conoce la
Biblia mejor que yo”. (Éste es el que declaraba que a la juventud
había que introducirla en el mundo de la drogadicción, la música
sin sentido, y todas las perversiones para controlarla mejor, ese era
su “lado práctico”). Aseguraba: “Estamos convencidos de que es
necesario hacer que nuestro pensamiento y nuestras prácticas
políticas reflejen del modo más fiel posible la fe religiosa según
la cual el hombre tiene en Dios su origen y su destino”. Mientras
Dulles sostiene que los que se niegan a ponerse de su parte contra la
Unión Soviética viven bajo “pecado”, los EEUU dirigen la
cruzada como “pueblo moral” que son.
Ronald Reagan, desde 1983 será el conductor moral añadiendo que
su “pueblo” es el más fiel a Dios, haciendo de cartel para
lanzar la lucha contra “el enemigo ateo” y combatiendo” el
pecado y el mal” como manda la “Escritura” y “Nuestro Señor
Jesús”.
Clinton comenzó su mandato con las siguientes palabras: “Hoy
celebramos el misterio de la resurrección americana”, para luego
traer a colación “el pacto de nuestros padres fundadores y el
Todopoderoso”. Y añadió: “Nuestra misión es intemporal”.
Terminó declarando: “Desde esta cumbre de la celebración
escuchamos una llamada de auxilio en el valle. Hemos oído las
trompetas, hemos realizado el cambio de guardia. Y ahora, cada uno a
su modo y con la ayuda de Dios, debemos responder a la llamada.
Gracias y que Dios os bendiga a todos”. Cuando fue reelegido dio
“gracias a Dios por haberle hecho nacer americano”.
George W.Bush hizo su campaña electoral con el dogma: “Nuestra
nación ha sido elegida por Dios y tiene la misión histórica de ser
un modelo para el mundo”.
Todo indica que los imperialistas toman la religión bajo sus
intereses expansionistas y exterminadores como medio para dominar a
los pueblos y hacer de ellos esclavos.
Para terminar Doménico Losurdo escribe: “Incluso la
aniquilación atómica de Hiroshima es ocasión para ensalzar al
Todopoderoso, que ha reafirmado clara y justamente su confianza en el
pueblo elegido, garantizándole en exclusiva la nueva y terrible arma
de destrucción masiva. Así es como argumenta el presidente Truman:
“Damos gracias a Dios por haberla puesto a nuestra disposición y
no en manos de nuestros enemigos, y le rogamos para que nos enseñe a
usarla según Sus disposiciones y Sus designios”. Como se ve, la
legitimación y la asistencia divina están garantizadas también
para las nuevas Hiroshima Después han figurado como presidentes
otros tantos, son figurones que cambian porque el gran capital
culebrea para agrupar fuerzas en dirección del objetivo que define a
la clase imperial. En situaciones de crisis sistémica como es la que
sufre hoy, comprobamos diariamente que su apoyo en ese mandato divino
que se atribuyen se infla junto a su mal estado, y busca la Tercera
Guerra Mundial, ¿nuclear?, con “aspiraciones de conquista y
designio celestial”, en el Norte, en el Sur, en el Este y en el
Oeste.
En la actualidad tenemos como emprendedor mercenario de la tarea imperial, con los mismos presupuestos de exterminio, de genocidio, de “Solución final”, bajo el manto bíblico y toda la fraseología “democrática y celestial”, al ente colonial que cuida y arma EE.UU. El último escándalo “civilizatorio divino” fue hace dos días en la ONU votando contra un acuerdo de paz en Gaza.
Toda la historia de EE.UU. cabe en una gota de petróleo, en un dólar, en una bala, y la de su clase dirigente para hacer lo que hace, cabe en una sola mentira, la continua remisión de sus quehaceres a su designio divino como raza.
Ramón
Pedregal Casanova es
autor de los libros: Gaza 51 días; Palestina. Crónicas de vida y
Resistencia; Dietario de Crisis; Belver Yin en la perspectiva de
género y Jesús Ferrero; y, Siete Novelas de la Memoria Histórica.
Posfacios. Colaborador
del canal Antiimperialistas.com, de la Red en Defensa de la
Humanidad.