Tres artesanos de Cenicientos (Madrid) han empleado 340 horas de trabajo para elaborar la Cruz Peregrina que presidirá la Vigilia de Jóvenes con el Papa León XIV. La pieza, de estilo neorrománico, ha sido realizada por Carlos, Alba y Samuel en un taller local, siguiendo la tradición de los símbolos pontificios para grandes eventos juveniles católicos.
La cruz, tallada en madera de nogal y decorada con pan de oro, representa un encargo de la organización del evento, que reunirá a miles de jóvenes en un acto de fe y oración. Los artesanos, que trabajan en un taller familiar, destacan el carácter devocional del proyecto: “Hemos puesto todo nuestro empeño en que sea un instrumento de encuentro con Dios”, declaró Carlos a los medios locales.
Un símbolo para los jóvenes católicos
La Cruz Peregrina es un elemento central en los encuentros juveniles con el Papa. Su diseño, de líneas sencillas pero robustas, busca evocar la fuerza del mensaje cristiano. Los detalles dorados simbolizan la gloria divina, mientras que la madera natural recuerda la humanidad de Cristo. La obra será trasladada al recinto de la vigilia en los próximos días.
El Papa León XIV, que presidirá la vigilia como parte de su agenda pastoral, aún no ha visto la cruz, pero fuentes del Vaticano han mostrado su satisfacción por el trabajo. El evento se celebrará a finales de junio y se espera una masiva concurrencia de fieles de toda España.
La elaboración artesanal de estos símbolos, lejos de la producción en serie, subraya la importancia de la tradición en la Iglesia contemporánea. Para Alba, una de las artesanas, “cada talla es una oración”. La cruz permanecerá expuesta al público antes de la vigilia.
La NASA ha declarado formalmente el fin de la misión MAVEN (Mars Atmosphere and Volatile Evolution), que orbitaba Marte desde 2014, tras permanecer seis meses sin comunicación con el control de tierra. El anuncio, realizado el 4 de junio de 2026, pone punto final a una misión que durante más de una década estudió la atmósfera superior del planeta rojo.
Un fallo técnico sin resolver
La nave espacial dejó de enviar señales a finales de diciembre de 2025. Desde entonces, los ingenieros de la NASA intentaron restablecer el contacto mediante diversas maniobras y procedimientos de emergencia, pero todos los intentos resultaron infructuosos. Según la agencia espacial estadounidense, la causa exacta del fallo sigue sin determinarse y las investigaciones continúan.
MAVEN, lanzada en noviembre de 2013, alcanzó la órbita marciana en septiembre de 2014. Su objetivo principal era estudiar la pérdida de la atmósfera de Marte a lo largo del tiempo, proporcionando datos clave sobre la evolución climática del planeta.
La pérdida de comunicación durante un periodo tan prolongado nos ha llevado a tomar la difícil decisión de dar por terminada la misión, afirmó un portavoz de la NASA en un comunicado oficial.
Legado científico y futuro
Durante su operación, MAVEN ayudó a los científicos a comprender cómo el viento solar ha ido erosionando la atmósfera marciana durante miles de millones de años, transformando Marte de un mundo potencialmente habitable al desierto frío y árido que es hoy. Los datos recopilados seguirán siendo analizados durante años, según la NASA.
El fin de MAVEN no afecta al resto de misiones activas en Marte, como el rover Perseverance o el helicóptero Ingenuity, que continúan operando con normalidad. No obstante, el incidente subraya los riesgos inherentes a la exploración espacial, especialmente en misiones de larga duración. La NASA ya ha iniciado la revisión de los protocolos de comunicación para futuras misiones al planeta rojo.
Leïla Slimani llega todos los días al Museo del Prado muy temprano. El lugar está casi vacío. En su paseo por las diferentes salas, la acompaña un historiador del arte. Durante el recorrido saluda a unos trabajadores que, según capta ella, se muestran especialmente orgullosos de trabajar en una institución como esa, «un gran museo universal, como el Louvre, como el Metropolitan Museum de Nueva York». Esa perspectiva le complace especialmente «en una época en la que muchos políticos populistas consideran el arte como algo burgués, como algo que no es para todo el mundo», dice. «Pero el Prado no es una tienda de lujo. Aquí todo el mundo puede entrar y puede comprender lo que ve. Todo el mundo puede emocionarse con un cuadro de Goya. No hace falta un diploma ni una tarjeta de crédito».
La escritora franco-marroquí está participando en el programa «Escribir el Prado», una iniciativa en la que el museo invita a autores de relevancia internacional a explorar las colecciones como fuente de inspiración literaria. Ella lleva ya 10 días disfrutando de la residencia artística. Disfrutar es el verbo exacto para definir la experiencia, especialmente ahora, «en primavera, cuando la ciudad está particularmente bella». El programa, que cuenta con el patrocinio de la Fundación Loewe y la colaboración de la revista Granta en español, está concebido para propiciar un diálogo entre literatura y artes plásticas. El diálogo ha comenzado, aunque aún no tiene plasmación sobre el papel. «Cuando una llega a un lugar como este, no hay que obsesionarse con escribir. De momento, me conformo con vivir la experiencia y con tomar notas, que no es poca cosa. A veces, cuando pasan algunos días, incluso algunas semanas, releyendo esas notas la idea se presenta de repente», confiesa.
De alguna manera, las ideas ya están flotando alrededor de ella. Sólo hay que atender a sus asuntos predilectos, a la mirada que ha arrojado antes sobre temas como la mujer, las migraciones, la identidad en todas sus obras, publicadas en español por la editorial Cabaret Voltaire. ¿Pero están esas cuestiones presentes en un museo como el del Prado? Como explicó en un encuentro con la prensa, a veces hay que leer entre líneas, pero eso es precisamente lo interesante: «El arte demanda un esfuerzo. Igual que cuando se lee un libro y hay que recurrir al espíritu crítico. Un cuadro no es como una imagen de las redes sociales, algo que miras durante un segundo y pasas a otra cosa. A menudo, lo importante de un libro es lo que no se dice. Y lo que es importante en un cuadro es lo que no se ve. Pero entenderlo requiere un trabajo, no es como estar pasivo delante de una pantalla».
Con «lo que no se ve» se refiere Slimani a esas otras visiones del mundo que suelen faltar en los grandes museos, hoy felizmente empeñados en llenar esos vacíos sobre la cuestión racial, la colonial o la del género. En cualquier caso, la autora renuncia a entablar una lucha «identitaria» en torno a eso. «Rechazar un museo diciendo que “es para blancos” no tiene sentido para mí. Primero soy un ser humano. Para mí Dostoyevski no es simplemente un hombre blanco, es mi hermano. Lo universal existe. La familia humana existe. Si sólo buscamos representaciones de nosotros mismos, destruiremos el mundo».
Atraída por la pintura del Siglo de Oro, por Velázquez, por Zurbarán, la escritora se muestra especialmente interesada en la iconografía de aquella primera globalización, «del primer gran imperialismo». En ciertos cuadros «vemos por primera vez cuerpos indígenas o cuerpos negros. Vemos cómo van a ser dibujados los moriscos, que acaban de ser expulsados. Y busco también, claro, sus ausencias».
Slimani, que hace justo una década ganó el premio Goncourt por Canción dulce, vive desde hace cinco años en Portugal. Durante este tiempo ha tomado una especial conciencia de la presencia árabe en la península Ibérica, algo que «está por todas partes: en la arquitectura, en la lengua, en la comida, en las mismas caras…». A este respecto, recuerda la singular frase que tuvo que aprender de niña cuando acudía a la escuela francesa en Marruecos: «Nuestros ancestros, los galos…». Con más razón, a su juicio, los europeos deberíamos decir: «Nuestros ancestros, los árabes…». «Debéis daros cuenta, vosotros los españoles, de que sois mis primos, porque sois un poco árabes, os guste o no», apunta con humor.
Lo que más lamenta es la asimetría existente entre la cultura occidental y la del mundo arabo-musulmán. «Nosotros os conocemos muy bien, pero vosotros nos conocéis muy poco», señala. «Yo he leído a Cervantes, a Dickens, a Balzac. Hablo francés e inglés, pero nunca he encontrado a nadie en Europa que hable árabe». De hecho, ella misma, educada en francés, no habla la variante histórica y normativa del árabe, el árabe clásico, como revela con «una mezcla de pesar y vergüenza» en su último libro, Assaut contre la frontière. «Tampoco he encontrado gente que haya leído nuestros libros o que sepa citar grandes nombres de nuestra cultura. Hay muy poca curiosidad por parte de los occidentales. Eso me frustra mucho». Esta falta de interés, a su juicio, es «muy peligrosa porque alimenta el racismo, la violencia, la guerra».
Escuchando al «gran cabrón»
Como ha contado en multitud de artículos y se ve reflejado en sus novelas (especialmente en la trilogía de El país de los otros, que contiene una gran carga autobiográfica), Slimani, culturalmente hablando, tiene un pie a cada lado del Estrecho. Esa doble identidad, francesa y marroquí, no le causa ningún conflicto. Pero en Francia, donde la radicalización ultraderechistaparece imparable, la insultan frecuentemente diciéndole que se vaya a su país. Como si Francia no fuera también su país. Como si sus raíces árabes la convirtieran en sospechosa de algún delito. Como si no hubiera alzado la voz deplorando vivamente todos los crímenes que se cometen en nombre del islam (en este sentido, es particularmente revelador su artículo titulado «Integristas, os odio»).
«Vivimos un momento que da mucho miedo», reconoce la escritora. «Me recuerda al cuadro de Goya ‘El gran cabrón’».
‘El aquelarre o El gran cabrón’, una de las Pinturas Negras de Francisco de Goya. WIKIMEDIA
«Todo el mundo está escuchando a estos ‘cabrones’. Es muy fácil manipular a la gente usando la identidad, diciendo que los inmigrantes les van a sustituir, que su mundo va a desaparecer. Es fácil decirle a un hombre que debería tener miedo porque las mujeres se lo quitarán todo, su trabajo, sus privilegios… Es fácil decir que antes todo era mejor», explica Slimani. «El problema es que hoy ya no diferenciamos entre la verdad y la mentira. Porque todos estos populistas mienten, claro. La propia Giorgia Meloni no para de hablar de la cultura cristiana y del peligro de la inmigración, pero legaliza a miles de inmigrantes porque los italianos ya no tienen hijos. Esa es la paradoja: hay un discurso para infundir miedo, pero todo el mundo sabe perfectamente que Europa no podrá mantener su nivel de vida sin inmigración».
La autora critica la simplicidad del mensaje difundido por la extrema derecha y la negligencia de la política actual a la hora de desmentirlos: «Necesitamos hombres y mujeres políticas capaces de explicarle cosas complejas a la gente. Por eso creo también que hay que defender la literatura y el arte en todo momento. Una buena novela demuestra que nada es blanco o negro. La vida es complicada, es gris, es difícil de juzgar. Y lo mismo ocurre con la pintura y su relación con la historia. Por eso es tan importante el arte, porque necesitamos devolver la complejidad a la mente de la gente».