Con este fervor monárquico relataba la prensa conservadora de Sevilla –en realidad, no hay otra– el sublime acontecimiento : “La tarde de este Domingo de Resurrección en Sevilla ha estado marcada por una de esas imágenes que trascienden lo puramente taurino. La entrada del rey emérito Juan Carlos I en la Real Maestranza ha provocado una inmensa ovación del público que abarrotaba los tendidos en esta tarde de Domingo de Resurrección». Rememoraban también las intensas crónicas la vinculación de los Caballeros Maestrantes con la corona, materializada para la eternidad en la estatua ecuestre de la madre de don Juan Carlos, Doña María de las Mercedes, cuya figura a caballo se alza sobre una hinchada peana a las puertas de la plaza de toros, un lugar tan abusivamente privilegiado del Paseo Colón que no hay viandante, por muy republicano que sea, capaz de esquivarla; la obra fue perpetrada por el escultor sevillano Miguel García Delgado, de quien en su día no llegó a dictarse orden de busca y captura y por tanto sigue en libertad.
El respetable no llegó, ciertamente, a proferir enardecido el ¡torero, torero! propio de las tardes gloriosas del coso hispalense, pero tampoco era necesario: la devoción unánime con que el público aplaudió al emérito ya fue homenaje bastante para el hombre al que las crónicas más zalameras identifican como ‘el gigante de la Transición’, aunque absteniéndose, eso sí, de mencionar por qué el gigante de ayer para casi todos los españoles ha devenido en el canijo de hoy para la mayoría de ellos.
Lo sucedido el Domingo de Resurrección en la Maestranza trascendió, en efecto, lo puramente taurino para adentrarse en el territorio de lo inequívocamente bochornoso, pues bochornoso, además de escasamente patriótico, es aplaudir a un jefe de Estado cuyas andanzas fiscales lo abocaron al dorado exilio que hoy disfruta en una monarquía del Golfo Pérsico de la que, para disgusto de su hijo el rey Felipe, regresa de vez en cuando a la patria para participar en alguna regata, ver alguna corrida o ser agasajado, como sucedió esta vez en Sevilla, por una escogida corte de amigos y pelotas entre los que no faltó el presidente de la Junta de Andalucia, Juan Manuel Moreno Bonilla, a quien el anfitrión de la cena, el comunicador nada comunista Carlos Herrera, sentó junto al monarca.
No se ha difundido, sin embargo, imagen alguna del encuentro, puede que contra los deseos del emérito pero probablemente por exigencia de los estrategas electorales de San Telmo, sabedores sin duda de que una fotografía del presidente con un jefe de Estado con estas peculiaridades, amén de rijoso, no es la mejor carta de presentación en estos tiempos. Así pues, monárquicos pero con cautela, solidaridad con el desterrado pero dentro de un orden: comprendedlo, Majestad, cena sí pero fotos no.
Las derechas ibéricas llevan mal lo del exilio voluntario del rey emérito. Están dispuestas a defenderlo donde haga falta, pero no a fotografiarse con él. Hasta ellas, a las que tanto les disgusta pagar impuestos, son conscientes de que no puede ser buen rey quien es un mal contribuyente. Por eso no se hacen fotos con él. Hoy, con las elecciones a pocas semanas, la imagen de un Moreno Bonilla departiendo amigablemente en una cena privada con Juan Carlos sería no menos deletérea de lo que todavía sigue siendo la foto de Feijóo con el narco Marcial Dorado.
Por lo demás, los aplausos parece que unánimes de la Maestranza sugieren que la inmensa mayoría del público taurino es de derechas. También es monárquico, claro, pero gran parte de la izquierda, incluso de la izquierda antitaurina, lo es igualmente. La derecha prefiere creer que los españoles de izquierdas siguen siendo todos ellos bastante republicanotes y por eso, por ser rey, no perdonan a Juan Carlos. Se equivocan, si no lo perdonamos no es por rey: es por sinvergüenza. La derecha también sabe que lo es, no puede no saberlo, pero dirá lo que siempre ha dicho en estos trances: es un sinvergüenza, sí, pero es nuestro sinvergüenza. Por eso lo aplaudimos. ¡Torero, torero!
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