Todos conocemos e incluso lo empleamos en nuestras conversaciones el antiguo proverbio que dice: “La Tierra no es la herencia de nuestros padres, sino un préstamo de nuestros hijos”. Sin embargo nos dedicamos con ahínco en malbaratar y agotar ese preciado préstamo.

Nuestra forma de consumir, comerciar y producir han hecho que en los últimos 100 años la temperatura media en Cantabria haya subido 2,8º C. Las nevadas en Alto Campó se han reducido a un tercio y la temperatura del mar en nuestra costa viene aumentando de medida por década 0,3º C en los últimos 50 años.
Este espantoso cambio climático también y nuestra forma de vida que se caracteriza por un irresponsable desarrollo basado en esquilmar la naturaleza sin dar tiempo a su renovación está también colaborando de forma decisiva en uno de los grandes problemas que tenemos todos y todas las cántabras: Los incendios forestales.
En lo que llevamos de siglo, según datos oficiales, son 725 incendios forestales y 10.503 hectáreas por año; en torno a 250.000 hectáreas han ardido, muchas de ellas una y otra vez, año tras año. Y según los datos oficiales más del 90 % de los incendios forestales son intencionados, más del 90 % se producen en el desempeño de prácticas ganaderas y más del 90 % de los incendios se producen en montes públicos. Paradójicamente comprobamos que mientras en el resto de España los incendios forestales aparecen cuando más calor hace y cuando humedad es muy baja, en Cantabria ocurre lo contrario. Todos en verano pero nosotros en invierno.
Ahora conviene recordar que la superficie del campo de futbol del Racing no llega a la hectárea. Esta comparación nos permite dimensionar mejor esta ninguneada tragedia anual que supone una constante degradación de todo nuestro patrimonio natural, de todos los ecosistemas forestales especialmente en la zona interior oriental y occidental.

Tal vez muchos de nosotros estamos deseosos de participar en manifestaciones a favor de nuestros bosques, de nuestro medio rural asolado por el fuego anual que por estas fechas arrasa nuestra geografía. Pero desgraciadamente solo vemos agricultores y ganaderos en tractoradas y apoyados por algunos alcaldes y consejeros del Gobierno Autonómico defendiendo sus productos en contra de la Política Agraria Común de la Unión Europea.
Nuestra casa, nuestro hogar es destruido periódicamente, de manera contumaz por la mano que mece la llama mientras el Gobierno Autonómico mira para otro lado, mientras en la sociedad normaliza los cientos de fuegos que nos asolan cada año.
¡Ojala! Que la Administración Autonómica solo mirase para otro lado, pues en verdad su modus operandi es el de ser el cómplice necesario en el deterioro y destrucción progresivos de nuestros bosques que son patrimonio de todas y todos los cántabros; este atropello se lleva a cabo cuando confunde y gestiona los bosques como huertos de madera, cuando repuebla con especies introducidas cuando no exóticas, cuando la labor informativa y formativa de la población es inexistente, cuando establece que hay fuegos buenos y fuegos malos para autorizar a troche y moche las “quemas prescritas” causa de buena parte de los incendios forestales, cuando la inversión en el Sector Forestal se reduciendo año a año y en el año 2022 solo representaba la mitad de lo que se invertía en el año 2005, o cuando los trabajos de restauración de la cubierta vegetal o la protección de espacios naturales de especial interés, etc. son prácticamente desconocidos en los presupuestos de Cantabria.

¿Cuándo llegará el día en que nuestros bosques sean valorados como aportación de vida? Los bosques, el patrimonio natural, debieran ser criterios prioritarios en la financiación municipal. El mundo rural debe encontrar su potencial en la economía verde: sumidero de CO2, energías renovables, despensa de H2O, ocio, belleza, etc. Este enorme beneficio que aporta el mundo rural con sus bosques debe tener un importante retorno. Todos nuestros vecinos deben sentir el bosque, el patrimonio natural, como su fuente de ingresos principal, como algo suyo y no de una lejana Administración que solo piensa y gestiona la forma de extraer madera o pastos. Un bosque no es un huerto de madera; es cultura y es la vida de todos.
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