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Y tú pensando en eso llamado Pegasus
Y tú pensando en eso llamado Pegasus
El sensacionalismo hizo mella en nuestros movimientos. Tanta noticia sobre las cloacas del estado o del servicio secreto militar de Marruecos nos han hecho desviar la atención y creernos participes de una novela de John le Carré. Nada más lejos de la realidad…
Tu móvil no tiene Pegasus ni lo tendrá, en cambio puede que estés vigilado igualmente. Muchos de los agujeros de seguridad y las puertas traseras que nuestras amables instituciones permitieron son de sobra conocidos. Cada generación de GSM trae más velocidad y una nueva forma de control social, me pregunto ¿qué traerá el G6?. Os contaré una historia. Se cree que Bolsonaro llegó al poder gracias a este tipo de brechas que normalmente comercializan empresas israelíes, en concreto explotó una vulnerabilidad en la red GSM. La estrategia de Bolsonaro fue la siguiente, en manifestaciones, en iglesias, en barrios pobres, en barrios ricos… colocaban furgonetas con estos sistemas de interceptación para descubrir los números de teléfono que por las cercanías concurrían. Así sabían qué teléfono era de izquierdas, cuál de derechas, cuál iba a misa o cuál acudía a la mezquita. Además de todo esto Brasil estaba atado a la aplicación Whatsapp, mucha gente en 2018 se informaba con ella. Aprovechando este hábito incluían a las personas en canales que eran de su agrado, confirmaban sus sesgos, se ganaban su confianza mientras los estudiaban mejor. Una vez llegadas las elecciones el equipo de Bolsonaro se dedicó a torpedear mediante noticias falsas con la intención de activar y desactivar el voto. No se trata de convencer, se trata de inmovilizar a determinados votantes mientras movilizas a otros. Se cree que esta fue una de las estrategias claves de Bolsonaro para llegar al poder. Pero seamos realistas, esta historia de Bolsonaro y los móviles había que ponerla en entredicho, era tan probable que fuese cierta como un bulo.
La leyenda de Bolsonaro no acaba aquí, durante su mandato con la ayuda de una empresa israelí llamada Cognyte espió a opositores, jueces, periodistas… No está claro el número de teléfonos que se espiaron durante su mandato, pero se hicieron 61.000 consultas a Cognyte además de confiarle el guardado de los datos espiados. Esta empresa vende algo bastante realista, vende localización, simplemente eso. No se sabe si es capaz de entrar en tu móvil y probablemente no lo sea, dónde se especializa es en detectar la ubicación de números de móvil. En 2022 lo de Bolsonaro y los móviles ya empezaba a oler mal y aquella historia de las caravanas espías empezaba a ser más probable.
Hace unos días, gracias a la filtración de un contrato con el estado de Texas y Cognyte, se descubrió la existencia de FalcoNet. FalcoNet es un producto como aquellos que usaba Bolsonaro pero adaptado a la realidad actual. Como se creía los móviles en la zona de actuación del aparato se identifican y probablemente se analicen gracias a fallos de seguridad conocidos y permitidos de las redes GSM. Este tipo de tecnologías llevan años en nuestra sociedad, incluso Bolsonaro hace ya más de 8 años pudo acceder a ellas sin ser tan siquiera una agencia gubernamental, tan sólo un puto chiringuito partido político recién fundado.
Mientras las noticias hablaban del NSO Group, de Pegasus, spywares y de ataques de “zero click” tu acudías a la manifestación, a las sede de movimientos o a actos políticos sin despegarte de tu móvil. Nos pensamos que la seguridad eran ataques dirigidos y que pagar una licencia de Pegasus para infectar un móvil era el pan nuestro de cada día. La realidad es que una licencia de Pegasus cuesta cerca del millón de euros y cunde más que ese millón de euros se invierta en tecnologías de control masivo. Cognyte trabaja para el estado, está confirmado que lo hace. En 2025 un artículo del medio Directa desveló contratos de esta empresa con la policía catalana y la Guardia Civil. Deberíamos haber dejado más veces el móvil en casa, deberíamos haber llevado el móvil apagado o en modo avión a esa manifestación y aunque no lo hiciésemos eso puede y debe cambiar. ¡Cuidate compañero!.

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90 años de la Revolución Social
Sociedad usurera
Según el último informe de la Agencia Tributaria en Burgos un joven de entre 18 y 25 años tiene un sueldo medio de 10.641, de 26 a 35 años el sueldo medio es de 24.392. Con estos datos ¿cuánto se tarda en pagar un piso humilde de 80 metros cuadrados?.

Si un joven hoy destinase su sueldo integro desde que empieza a trabajar tardaría 12 años. Si destinará el tercio de su suelo tardaría más de 30 años, eso siempre que lo hiciese sin hipoteca, con hipoteca tardaría 18 años con un sueldo integro y con el tercio probablemente te faltasen años. Lo normal es que de media una pareja tarde 24 años en terminar de pagar un piso con hipoteca. Pero estos datos no ayudan a entender qué está pasando con las casas. El verdadero problema no es el precio de los pisos es el alquiler. No es un secreto ni desvelamos nada nuevo si decimos que el alquiler es el vehículo de especulación inmobiliaria por excelencia.

Dado que es muy difícil comprar un piso y hay dificultad de acceso a las hipotecas gran parte de la sociedad se ve abocada a alquilar para disponer de una vivienda, pero este hecho frena la adquisición de una vivienda. Esta dinámica es algo inusual en nuestra sociedad que lleva años acostumbrada a tener mayoría de propietarios y no de arrendatarios. Esa dinámica se ha ido deshaciendo poco a poco los últimos años. Las grandes capitales donde nadie quiere vivir pero que absorben mucha población y jóvenes con mucha necesidad de migrar a otras partes han propiciado este escenario.
Hacia un nuevo sustrato social
Un economista de cuyo nombre no quiero acordarme razonaba hace unos días que obtenía más ingresos del alquiler de su piso en el centro de Valencia que de su trabajo. El economista, honestamente, estaba narrando algo que le preocupaba y era que las leyes económicas se estaban quebrando, sin importarle que otros cimientos sociales lleven tiempo tambaleándose con esta misma cuestión.
Adam Smith, el cual es considerado unos de los padres del liberalismo económico, criticó a los rentistas y los llamo “clase improductiva”. Smith decía que los rentistas, aprovechándose de sus privilegios, se enriquecían a costa de todos. Más allá de las reglas económicas criticar el rentismo no es tan sólo una cuestión económica, ni siquiera política, es una cuestión ética. El problema es que gran parte de nuestra sociedad ha desterrado la inmoralidad que supone aprovecharse con la especulación de un bien de primera necesidad.
Nuestra sociedad se confeccionó en una raquítica meritocracia, un doctorado en biología te podía llevar a la mendicidad pero una Ingeniería a ser clase media, hace años teníamos un maltrecho ascensor social. Esto que es del todo injusto ya no es una realidad. El nuevo sustrato social se empieza a medir por el nivel de propiedades. Algo mucho más injusto. El nuevo sustrato que confecciona la clase trabajadora es un sustrato que prima la propiedad.

El discurso político
Tras este gran problema el discurso político se articula, como siempre, con dogmas. Eslóganes pegajosos que buscan el voto. A un lado la derecha y los liberales argumentan que hay que construir más y en el otro lado la izquierda del capital tapa sus vergüenzas hablando de medidas que, pese a que más inteligentes, nunca llegan. Mientras tanto, los que de verdad ostentan el poder, el poder económico siguen enriqueciéndose y despojando a esta sociedad del concepto de clase. Otra señal que nos debería dejar claro quién controla el parlamento liberal y los partidos.
El dogma de la derecha es especialmente ofensivo, sin embargo ha calado socialmente. Entre 1990 y 2007 se construía mucho, se construyó tanto que se superó a Alemania, Francia e Italia juntas; Sin embargo el precio de los pisos se disparó generando una de las mayores burbujas económicas de nuestra sociedad. En un bien de primera necesidad las teorías económicas basadas en oferta y demanda no se sostienen. Construir mucho no garantiza bajadas de precio, no lo hizo hace unos años y no lo hará ahora. De hecho, al menos en Burgos, sigue existiendo un excedente de vivienda y los números de visados nacionales apuntan a que construimos más que Alemania o Italia y un número parecido a Francia.
Una sociedad usurera
Como hemos comentado 1990 y 2007 hubo otra crisis inmobiliaria, diferente a la actual pero con muchos parecidos. Los pisos no paraban de subir pero obtener crédito era fácil, al contrario que ahora, los bancos echaban continuamente leña a la hoguera. Durante esa crisis surgió, como en todas, una nueva clase de especulador. Le llamaban “pasapisero”. El mecanismo de operación de estos individuos era simple, reservaban un número de pisos sobre plano que iban a ser construidos y antes de firmar las escrituras debían encontrar un comprador. Con un mercado inmobiliario desbocado era tarea fácil obtener rentabilidades altísimas con una operación de bajo riesgo y que tampoco requería la necesidad de disponer de mucho dinero. Alquilar hoy se ha vuelto un ejercicio parecido al de aquel “pasapisero”, pisos ruinosos arreglados miserablemente con el salón convertido en habitación y con ganancias máximas. Hay cientos de vídeos y textos que explican cómo convertirte en un infame especulador. El problema es que en aquella época el “pasapisero” se ocultaba, no iba prodigando sus hazañas. La sociedad no veía con buenos ojos esas prácticas. Pero hoy ser un especulador se ha vuelto una hazaña épica de nuestra sociedad. La usura no se esconde, se pavonea socialmente.
Muchas de las personas que hoy ven acaparar pisos como un seguro social no se dan cuenta del flaco favor que hacen a su descendencia. Este tipo de sociedades generará muy pocas herramientas que garanticen la prosperidad, será fácil caer en la pobreza para no salir nunca jamás de ella. Asegurar el presente para condenar el futuro es un planteamiento mezquino y egoísta. Sin embargo la vorágine social nos imbuye en esa carrera que además puede acabar mal, social y económicamente. Hoy la usura es una norma social, sin embargo es una obligación y no sólo para el anarquismo, hacer que el usurero no se sienta cómodo.