Puede que no fuera a ninguna parte. La vi desde el coche en un suspiro que se hizo fugaz y eterno a la vez, como el estertor de una agonía, pesado, rítmico y con un rápido final inevitable que se suele hacer interminable.
Iba completamente desnuda. Era muy joven. Puede que tuviera unos veinte años. El cuerpo, muy sucio, como de haber dormido en la calle noche tras noche, día tras día, sin más destino que seguir viviendo en una rutina de supervivencia que ni siquiera se cuestionaba a sí misma, entre el delirio de fumar crack y la fatiga de buscarlo sin descanso, a cambio de un sinfín de humillaciones a las que su cerebro había aprendido ya, de forma estremecedora, a pasar por alto. No huía de nada ni de nadie. Caminaba despacio, pero decidida, a un rumbo desconocido para mí, tal vez también para ella. Pasó a un metro del coche, pero no veía a nadie. Parecía ensimismada oteando al infinito con una mirada erguida y perdida a la vez. Un cuerpo atlético y sorprendentemente bien alimentado, pero que anunciaba acabar, en breve, en la mesa de autopsias de alguna morgue.
Nadie en aquel coche cambió sus planes, más allá de pronunciar un rápido comentario diciendo “pobre chica”, fugaz como para no plantearnos detenernos para intentar socorrerla. Me estremeció que se dio por hecho que no necesitaba ninguna ayuda de nosotros, y que lo mejor que podíamos hacer era salir corriendo de allí, no sólo para protegernos de un mal inconcreto derivado de aquel submundo al que no pertenecíamos, sino también para dejar discurrir la vida en ese infierno de injusticia, insolidaridad y egoismo en que una pobre chica, desnuda, sucia y sola, no tenía la más mínima ayuda, dando por hecho que nada podíamos hacer por quien se ha abandonado a su suerte habiendo abdicado de sí mismo, en una pirueta ilógica que no se entiende por más que leas y releas la anterior frase.
Me pregunté por qué un mundo entero se había sensibilizado ante una niña que, desnuda y quemada, huía de las bombas de napalm en aquel Vietnam, y en cambio nosotros, en nuestro propio mundo, con nuestros teléfonos y en la seguridad de nuestro coche, no habíamos visto la ocasión de, al menos, llamar a una policía que jamás hubiera acudido a aquel lugar sin ley, o de abrir la fortaleza de nuestro coche, dando cobijo a esa pobre mujer, tratando de entender sus problemas y ofreciéndole comida, una ducha, un lugar seguro donde pasar la noche y ayuda para salir de la espiral en la que se encontraba. O al menos una palabra, dirigirle, al menos, una sola palabra. Al contrario, como si ella no fuera un ser humano, sino una simple alimaña del monte, huimos muy rápidamente de aquel lugar a refugiarnos en un absurdo turismo en el que, como sucedió, nos olvidaríamos de todo.
¿Cuánto tiempo podremos seguir cerrando los ojos? Me pregunté cuándo fue que decidimos abandonar a los otros seres humanos a su mudable destino, sin inmutarnos para hacer nada que pudiera modificar ese futuro de alguien que, no nos engañemos, podríamos haber sido cualquiera de nosotros mismos. No era una situación aislada o propia del lugar de extrema pobreza de América Latina en el que nos encontrábamos. Ocurría lo mismo en nuestro país, cuando cualquiera era atacado en la calle o en los transportes públicos y, para prevenir cualquier daño propio, ignorábamos aquella agresión y cualquier noción de ayuda. Así empezamos a creer que la victoria era escapar de allí eludiendo aquella situación que sí, podría haber alterado o acabado con nuestras vidas, pero que al no impedirla, condenábamos a aquella víctima a quien dejábamos abandonada, sólo por salvarnos nosotros mismos.
Quizás la solución no era el heroísmo, pensé. Tal vez todo podría arreglarse con mejores sistemas de redistribución de la riqueza, absolutamente urgentes e imprescindibles en América Latina pese a la resistencia de sus votantes ricos, llenos de patriotismo, pero dispuestos a abandonar y marginar a cualquiera que se interponga en su sueño de bienestar. ¿Qué hacer para dejar de ser tan ignorante del mal ajeno? ¿Cómo acabar con urgencia con esos infiernos? Esos que hacen que la propia vida de tantas personas, que es la única condición imprescindible de cualquier felicidad, acabe siendo la ocasión de un extremo sufrimiento que hace justificar el suicidio o, en los más osados, el exterminio, que algunos ya anhelan en voz baja adorando a algunos dictadores. ¿Estamos, de nuevo, a un paso de una experiencia similar al nazismo? ¿Acabarán esos reaccionarios deseando que se acabe con los excluidos? ¿Imposible pensar en nada mejor por el simple motivo de mantener su bienestar a través del sencillo mecanismo de negar toda ayuda?
¿Es imposible que alguien entienda que la insolidaridad es el seguro camino a nuestra extinción?
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