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Fanny no se vende

14 Junio 2026 at 07:00

Este reportaje se publicó originalmente en la revista de ‘La Marea’. Puedes conseguir un ejemplar y suscribirte en nuestro kiosco.


Aquel sitio era muy raro. ¿Una galería de arte en Fuencarral, una de las calles comerciales más caras de Madrid? Y no cualquier galería. No era uno de esos sitios diáfanos, bien iluminados y de paredes deslumbrantemente blancas. La galería de Fanny Gonmar ofrecía un aspecto oscuro y algo destartalado. Su principal escaparate, seriamente comprometido por el polvo, ofrecía una muestra de la singularidad de su dueña, un cartel en el que se podía leer: «Pase y compre arte. Obras desde 5 hasta 500.000 euros». La puerta estaba siempre entornada, pero la penumbra que reinaba dentro no invitaba precisamente a entrar. Así que nadie lo hacía. «Yo sí», dice Alberto López con una sonrisa. «Siempre me han interesado los artistas que están en los márgenes». En el año 2007, cuando la calle Fuencarral aún no estaba copada por franquicias de ropa y complementos, Alberto trabajaba allí en la oficina de una productora de cine. Y un día le echó valor y entró para conocer a la reina de aquel lugar en el que parecía haberse detenido el tiempo. Acabaron siendo grandes amigos.

Entre los vecinos de la zona circulaban muchos rumores sobre ella. Uno de los más extendidos decía que se trataba de una millonaria excéntrica y anarquista que no necesitaba el (muchísimo) dinero que le reportaría el alquiler del local. «Nada más lejos de la realidad», refuta Alberto. Detrás de Fanny Gonmar estaba Francisca González (Paquita para los amigos), una artista humilde y autodidacta que, por azares del destino, encontró su refugio en el centro de Madrid. Nacida en Valdeajos de la Lora (Burgos), en 1922, consiguió comprarse el local cuando volvió de México. Allí había trabajado brevemente como diseñadora textil y había conseguido ahorrar un poco, lo suficiente para acceder a un inmueble que encontró a un precio muy bajo a principios de la década de 1980. En aquella época, por las calles traseras de la Gran Vía corría mucha droga; Chueca y Malasaña todavía no se habían gentrificado. «Además, buscaba un lugar en el que exponer su propia obra», explica el gestor cultural Nacho García. «Ella había visitado otras galerías de la capital, pero la rechazaron. No pertenecía a la élite que había dominado el mundo del arte en los años anteriores ni encajaba con los artistas emergentes de La Movida. Generacionalmente, se había quedado en terreno de nadie. Así que se buscó la vida por su cuenta».

Alberto López y Nacho García son dos de los artífices de la reapertura de la galería de Fanny. Como dejó escrito en sus últimas voluntades (falleció en 2018), aquel lugar no podría dedicarse nunca a la actividad comercial. Sería un sitio para exhibir su obra (que donaba «al pueblo de Madrid») y para que jóvenes artistas que no encuentran una sala donde exponer su trabajo pudieran hacerlo. En vida rechazó multitud de ofertas para alquilar su local y tras su muerte quería que el sitio mantuviera el mismo espíritu.

Fanny Gonmar
Imagen de la reapertura de la galería. Dos visitantes se paran ante el rincón dedicado al gato de Fanny. JACINTO ANDREU

Después de todo, un poco anarquista sí que era Paquita, ¿o no? «No crea. Digamos que era… una mujer de su tiempo», declara Alberto para ilustrar el carácter un tanto tradicional de la artista. «Pero su decisión de no vender la galería sí que es inequívocamente política», agrega. Su arte, además, tampoco responde a un estilo conservador. Ella lo calificaba de «surrealista» y lo anunciaba como «algo único en Europa». «Desde que vino de México le encantaba decir eso», evoca Alberto afectuosamente. Pasó mucho tiempo junto a ella en aquel híbrido de galería y taller y pudo asistir a su proceso creativo. «Me pasaba por allí sobre todo para saber cómo estaba. Porque, en realidad, era una mujer mayor y vulnerable. Le preguntaba si había comido, porque se ponía a pintar y se olvidaba de todo. Se sentaba ante el lienzo con la radio puesta y empezaba a pintar sin pensar, de forma automática, en una especie de trance que podía durar horas. Ella me explicaba que en aquellos trazos, de repente, brotaban formas reconocibles, una flor o, qué sé yo, la cara de un conejo, y entonces las perfilaba».

Fanny Gonmar
‘Laberinto mundial’, 1997. Óleo sobre tabla. CEDIDA POR LA FUNDACIÓN FANNY GONMAR

Ni siquiera ella sabía lo que podía surgir de sus pinceles, lo que hoy, en una época de algoritmos y predictibilidad absoluta, no deja de ser una forma revolucionaria de trabajar. Y todo desde una paupérrima economía de medios. Fanny a veces construía sus propios lienzos clavando sacos viejos en los bastidores. Pintaba miniaturas en etiquetas de tiendas de ropa que encontraba en la calle. Mecanografiaba poemas en el dorso de carteles que arrancaba de las fachadas (en uno de ellos, reproducido en facsímil, puede identificarse el póster de Terminator 2). El encargado de catalogar toda esa obra ingente es Nacho García, que habla de decenas de miles de entradas, muchas de las cuales serán exhibidas poco a poco en la galería.

El legado de Fanny

Alberto López y un puñado de amigos la acompañaron en sus últimos años de vida y en la actualidad forman parte del patronato que gestiona la fundación que lleva su nombre. Han reabierto la galería y han trabajado para cumplir sus instrucciones, entre ellas, la de mantener alejados a los buitres inmobiliarios que tanto la atormentaron en vida. Llegaron a falsificar contratos de compra-venta del local. Incluso provocaron una inundación en el sótano para echarla de allí. Pero no lo consiguieron. En determinado momento, le ofrecieron un dinero que nadie, en su lugar, hubiera podido rechazar: 3 millones de euros. Fanny ni se inmutó. «Siempre cuento la misma anécdota», advierte Alberto. «Cuando le hicieron aquella oferta le dijimos que cogiera el dinero y se fuera a vivir la vida. “¿Pero qué vida voy a vivir, si toda mi vida es esto?”, decía ella».

La entrada Fanny no se vende se publicó primero en lamarea.com.

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