Andrei, sexagenario y rusohablante, respira con dificultad. A sus espaldas se encuentra el río Donets, el cual acaba de cruzar, y no por un puente, que está derruido, sino por el hielo que lo recubre este invierno, terriblemente frío. Si no fuera por el atronador estruendo de la artillería pesada, parecería que estamos frente a un bucólico paisaje en el que solo se distingue una estrecha carretera atravesando un bosque repleto de nieve virgen. Sin embargo, tal y como explica Andrei, la realidad es bien distinta. “Hay drones que van y vienen todo el rato. Si te fijas, verás los hilos que dejan a su paso”, es lo único que alcanza a decir mientras empuja una vieja bicicleta de fabricación soviética. “Los hilos” a los que se refiere son los finísimos cables que utilizan los drones kamikaze controlados por fibra óptica. Estas pequeñas aeronaves vuelan libremente durante una docena o dos de kilómetros sin que ningún sistema de inhibición sea capaz de interferir en su ruta. De hecho, aquí, a orillas del río Donets, la situación es tan insostenible, que ni siquiera hay red antidrones, puesto que no hay civiles que proteger, tan solo soldados, que muy de cuando en cuando, y preferiblemente de noche, acuden a sus trincheras en un desplazamiento que, a estas alturas de la guerra, es más peligroso que la propia estancia en una pequeña fortificación de primera línea. Según recogen los reportes militares, más adelante de donde se encuentra Andrei, tras el río y después de un par de rectas inquietantemente vacías, se encuentran las posiciones rusas de esta guerra a ciegas, hecha de túneles, drones imperceptibles y cañones que cambian de posición por la noche, después de permanecer semanas semienterrados a la sombra de las coníferas.

El río Donets nace en Rusia y, después de pasar por las provincias ucranianas de Járkiv, Donetsk y Lugansk, regresa a ese país, en un viaje de ida y vuelta que bien podría interpretarse como una parábola de los encuentros y desencuentros que se vienen produciendo entre estos dos países hermanos. No obstante, en lo que ambos sí que están de acuerdo es que el término Donbás viene del acrónimo “cuenca del Donets”, una contracción lingüística que, afortunadamente, funciona tanto en ruso como ucraniano. Así pues, el lugar al que se dirige Andrei con su bicicleta es Raihodorok, la última población en manos de los ucranianos en este sector del Donbás que va de la ciudad de Sloviansk hacia el oriente del país a través de la carretera T0514.
En la actualidad, este pequeño asentamiento rural cuenta con una población de aproximadamente 400 habitantes, muy lejos de los 3.000 que llegó a tener antes del inicio de la invasión rusa. Fundado por un grupo de cosacos del Don que a principios del siglo XVIII comenzó a explotar los recursos salinos de la zona, Raihodorok sufrió inundaciones, cambió de ubicación y finalmente, ya a mediados del mismo siglo, fue colonizado por el Imperio ruso. Esta anexión territorial ocurrió en el marco de su expansión hacia las llamadas “llanuras salvajes”, término empleado en aquel entonces para referirse al escasamente habitado centro y este de lo que hoy es Ucrania. Durante este proceso, se fundaron fortificaciones, puertos y ciudades que hoy tienen gran relevancia, como es el caso de Odesa, Dnipro, Jersón o Kramatorsk. Posteriormente, con la llegada del siglo XIX y en pleno auge de la revolución industrial, los zares impulsaron la puesta en marcha de importantes minas y fábricas trayendo mano de obra de todo el Imperio y dando origen al próspero Donbás del siglo XX, motor económico de Ucrania en sus diferentes etapas, bien como república soviética, bien como Estado independiente. El cambio de paradigma que dio inicio al actual conflicto llegó en 2014 con la destitución violenta del presidente electo, Víktor Yanukóvich, natural de esta región rusófona. Desde entonces, quienes más han sufrido las consecuencias de esa ruptura han sido las gentes del Donbás, habitantes de dos provincias fronterizas (Donetsk y Lugansk) que albergan varias singularidades socioculturales y no responden al retrato de una sociedad monocolor descrita por Putin y Zelenski.
Para comprobarlo conviene echar la vista atrás y recuperar una de las poquísimas encuestas llevadas a cabo en la primavera de 2014, poco antes de que se consumara la fractura total del territorio. Mencionada en muy pocos medios y dirigida por el sociólogo, Volodymyr Kipen, miembro del Instituto de Investigación Social y Análisis Político de Donetsk (afín al orden de Kiev), el estudio concluía que en esa provincia existía un 5% que quería un Estado totalmente independiente de Ucrania y Rusia. Un 18,6% que no quería ningún cambio. Un 27% que quería formar parte de la Federación Rusa, y un 47% que deseaba una nueva relación con Kiev bajo un marco federal. En otras palabras: los ucranianos del Donbás, deseaban de forma abrumadora (en un 79%) algún tipo de amparo tras haber sido degradados a ciudadanos de segunda tras el golpe del Euromaidán (dos ejemplos: los grandes partidos a los que votaron fueron ilegalizados y la cooficialidad del ruso prohibida incluso a nivel local) siendo la continuidad en una Ucrania federal y no ultranacionalista, su opción más deseada (47%). Esto es, ni echarse a los brazos de Rusia (un 27%) ni aún menos, dar por buena la continuidad en la Ucrania pos-Maidán (solo un 18%).

Así las cosas, la violencia, naturalizada desde aquel decisivo 2014, se muestra hoy desafiante en medio de la plaza de Raihodorok, donde hay un potente misil ruso, modelo Grad, sin detonar. Está incrustado en el suelo, y dadas las condiciones de seguridad, aún no ha venido ningún artificiero para neutralizarlo. “La vida aquí es un estrés constante”, según explican Yelenia y su marido, propietarios de uno de los últimos cuatro negocios que, cubiertas sus paredes con listones de madera y sacos terreros, aún permanecen abiertos en la localidad. “Vivimos bombardeos permanentes, ataques de drones sin parar. La verdad es que es imposible acostumbrarse a esto. Sin embargo, de alguna forma, seguimos viviendo. ¿Por cuánto tiempo será posible? ¿Tendremos que irnos de aquí? No lo sabemos. Fíjate que un comercial que trabaja para nosotros vino de los territorios ocupados por Rusia y ahora quizás se tenga que marchar otra vez. Es muy difícil no saber qué va a pasar, qué será lo siguiente”, se lamentan.

Raihodorok es uno de esos asentamientos rurales que, al estar tan cerca de la primera línea, tiene tras de sí, y no delante, las posiciones de artillería pesada. Siendo así, cada cierto tiempo se distingue el colosal silbido de un obús lanzado por los potentes cañones Howitzer de las fuerzas armadas de Ucrania, el cual dibuja un largo arco sonoro que se corona con el lejano estallido en posiciones rusas. Igualmente, de cuando en cuando se escucha el fuego de llegada alrededor del río Donets, con un fragor lento y profundo. Según relata un soldado que ha salido a por comida, los rusos están a unos 6 kilómetros, en el bosque que se encuentra al otro lado del río y separa la población de Lyman (hoy mundialmente famosa por una fotografía viral en la que se la ve completamente cubierta por miles de cables de fibra óptica) y la aldea de Dibrova, igualmente desierta y solo operativa como trinchera para la lucha cuerpo a cuerpo. Preguntado por si hay tanques en su batallón (debido a la irrupción de un blindado en un camino adyacente), dice que no le está permitido dar detalles de su misión, pero según comenta, lo que sí hay son tanques rusos apuntando hacia este asentamiento. “Es natural que lo hagan porque somos la barrera a eliminar en su camino hacia Sloviansk y Kramatorsk”, explica.

En el único lugar de la aldea en el que despachan cafés, se encuentra Vladimir, un joven soldado de la 53.ª Brigada Mecanizada. Como tantos otros combatientes, pasa varias noches en una de las viviendas rurales que se encuentran diseminadas por la zona, acumulando fuerzas para la próxima incursión en primera línea. Con él lleva una potente escopeta de postas, “lo único verdaderamente efectivo para defenderte de los drones”, asegura, y acto seguido explica que el calibre 7,62mm de las balas que disparan los fusiles AK47 son muy poco efectivas si se compara con todos los perdigones que arroja una escopeta como la que lleva consigo en sus desplazamientos por esta aldea. “No se te ocurra ponerte a pasear por aquí. Los drones están por todas partes”, advierte, como ya lo han hecho antes todos y cada uno de los soldados que circulan por este solitario asentamiento. “Si te confías, estás muerto. Mira este vídeo. Es de hace unos meses. Venía en coche un amigo, ¡y pum!, en segundos un dron lo hizo saltar por los aires justo aquí donde estamos”. Y para despejar toda duda, reproduce un vídeo en el que la cámara de un dron ruso está viendo, precisamente, la misma esquina en la que está ahora sentado hablando. El dron se dirige a un coche que estaba aquí aparcado. El ocupante sale corriendo y, a duras penas, consigue salvar la vida al abandonar velozmente del vehículo dos segundos antes de que estalle. “¿Lo ves?”, inquiere. “Esto es diferente a todo lo de antes. La guerra ha cambiado para siempre”, advierte, al tiempo que da un sorbo a su café, y se pierde bajo las estrellas con su escopeta y otro soldado que ha venido a buscarle.
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