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AnteayerSalida Principal

El decrecimiento económico no promete, propone

11 Marzo 2026 at 07:00
Por: Nuria

El capitalismo actual necesita de la escasez, haciendo de ella algo intrínsecoEl capitalismo actual necesita de la escasez, haciendo de ella algo intrínseco

Artículo original publicado en ethic.es por Fernando Valladares

«El decrecimiento económico es una oportunidad única y brillante no solo para evitar los escenarios más distópicos en lo social, en lo ambiental y en lo económico, sino para poner la vida en el centro de las decisiones urgentes que debemos ir tomando», afirma Fernando Valladares, profesor de investigación del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC).

A una sociedad habituada a considerar el crecimiento en todos los ámbitos y especialmente en el económico como una señal de éxito, se le puede atragantar una apremiante pieza de actualidad: en un planeta finito en el que la humanidad ha rebasado 7 de los 9 límites físicos para su propia seguridad, el decrecimiento en la producción y el consumo es de las pocas cosas de las que podemos estar seguros que van a ocurrir. Nos guste o no, tengamos las opiniones e informaciones que tengamos, el decrecimiento, especialmente en el Norte Global, es solo cuestión de tiempo. Nuestra inteligencia ahora se puede poner al servicio de mantener la ilusión del crecimiento perpetuo o bien al servicio de garantizar el bienestar humano en convivencia con otros seres vivos y en armonía con las leyes de la física y de la química.

En el artículo «La falsa promesa del decrecimiento», Manuel Alejandro Hidalgo defiende que el crecimiento económico es la herramienta más eficaz para el progreso humano, citando la manida reducción de la pobreza extrema del 35% al 8,5% en las últimas décadas. Sin embargo, su propuesta colisiona, ni más ni menos, con los límites planetarios, es decir, con las condiciones físicas, químicas y biológicas para que el ser humano tenga cabida en el planeta. Tanto Hidalgo como un gran número de economistas convencionales afirman que la solución al dilema del crecimiento perpetuo es el «desacoplamiento absoluto», donde la economía crece mientras el consumo de recursos, la contaminación y las emisiones de gases de efecto invernadero disminuyen.

Aunque varios países desarrollados han logrado reducir un poco sus emisiones de CO2 mientras sus economías crecen, no lo hacen al ritmo suficiente para mantenerse dentro de los márgenes de seguridad climática. En la mayoría de países y regiones, y durante amplios periodos de tiempo, los crecimientos económicos se acompañan indefectiblemente de un incremento en impactos y emisiones. Algo que la eficiencia y la tecnología, que el crecimiento verde y la circularización de la economía (recordemos que la economía circular no existe) solo logran amortiguar en parte. De hecho, cada vez más científicos de ámbitos tan dispares como la física, las matemáticas, las ingenierías, la filosofía, la antropología, la economía y la sociología cuestionan la posibilidad real de desacoplar del crecimiento económico no solo las emisiones, sino también el uso de materiales, biomasa y agua, al ritmo necesario para no seguir adentrándonos en zona insegura habiendo rebasado ya la mayoría de los límites planetarios.

La humanidad ha rebasado 7 de los 9 límites físicos para su propia seguridad

Es habitual argumentar, como hace Hidalgo, que imponer el decrecimiento es una forma de imponer «colonialismo» y «austeridad ecológica», algo que negaría a los países en desarrollo el acceso a necesidades básicas como el agua potable, la salud y la educación. El error de este argumento radica en entender el decrecimiento como una propuesta que afectaría por igual a todos, cuando las teorías de decrecimiento proponen una reducción planificada para las economías ricas, de forma que se liberara espacio ecológico para el Sur Global. Plantear una distribución equitativa de los recursos parecería ignorar las dificultades de implementación de algo así, dificultades que chocan con los intereses del sector privado y que derivarían en grandes tensiones sociales. Pero, en realidad, al plantear esta equitatividad se pone en evidencia que la continuación del modelo de crecimiento económico actual en naciones opulentas acelera el agotamiento de recursos de los que dependen tanto los países más vulnerables, con lo que las tensiones irían en aumento, como los más ricos, con lo que se aceleraría el colapso de las actividades económicas más atractivas y rentables y del propio sistema capitalista convencional que las impulsa y de las que depende.

Es interesante constatar que el colapso del capitalismo no es una amenaza futura. Ni una leyenda propia de los antisistema. Es una realidad constatada ya, y con gran preocupación, por las principales entidades aseguradores: ante los impactos del cambio climático, el sistema actual de seguros se hace financieramente inviable. Sin el sector seguros, podemos olvidarnos de préstamos e inversiones, la base de nuestro modelo económico. Esta inviabilidad financiera real y presente ya en el mundo bajo el nuevo clima en el que vivimos, con la fractura fundamental del capitalismo que implica, la confesaron los consejeros delegados (CEO) de las compañías aseguradoras más grandes del mundo en una amplia entrevista del periódico The Guardian, publicada el 3 de abril de 2025. Esta entrevista se publicó tan solo dos meses después del escándalo de la cancelación de 90.000 pólizas de seguros del hogar poco antes de los catastróficos incendios de California en enero de 2025. Una cancelación que dejó sin nada a miles de familias y que planteó la necesidad de un debate nacional e internacional sobre la insolvencia del sistema de seguros ante el nuevo clima.

Mientras que ante la implacable realidad ambiental y geopolítica, el capitalismo avanza en lo que viene a llamarse «necroeconomía» (conjunto de prácticas económicas y políticas que generan rentabilidad a partir del dolor, la desgracia, la injusticia o la muerte, incluyendo la manipulación de datos económicos y la mentira política, y que se apoyan en herramientas como los cat bonds o bonos catástrofe), el decrecimiento plantea una alternativa luminosa, aunque difícil de implementar por las inercias y los conflictos de interés.

El capitalismo actual necesita de la escasez, haciendo de ella algo intrínseco

Inquieta a muchos que hacer hincapié en el decrecimiento institucionalizaría la escasez, alimentando movimientos populistas y regímenes autoritarios. Para la economía convencional, el crecimiento es la única forma de evitar el conflicto social al no tener que repartir la riqueza económica global. En primer lugar, esta riqueza global se apoya en la ficción del dinero como préstamo con interés y no basado en riqueza real. Algo que impulsa la degradación ambiental por sí mismo y que constantemente empuja ciclos de profunda inflación y crisis económica. En segundo lugar, esta riqueza está cada día más amenazada por la sobreexplotación, la contaminación y el cambio climático. Por lo tanto, el conflicto que se busca evitar es inevitable, especialmente a medida que nos acercamos a un colapso de los sistemas naturales. De hecho, el conflicto, bajo el modelo extractivista actual, tiende a crecer y las perspectivas son aciagas. Basta con leer el informe anual del Foro Económico Mundial sobre las amenazas a la economía.

El riesgo en la gestión de la contracción económica ha sido muy estudiado y siempre se han desarrollado soluciones concretas para resolverlo coyuntural y no estructuralmente. Pero además de esta dificultad práctica para resolver esas contracciones «que acontecen», dentro del sistema económico imperante se ignoran o minimizan los riesgos de inestabilidad social y también económica derivados de unas crisis ambientales que son cada vez más extremas. El decrecimiento económico no solo no trae escasez, sino que es un modelo diseñado para reducirla. Por el contrario, el capitalismo actual necesita de la escasez haciendo de ella algo intrínseco. Los 12 millones de personas que mueren de hambre son necesarios para el funcionamiento de un sistema alimentario global basado en este modelo, no son una disfunción del mismo, como nos gustaría (y tranquilizaría) a todos creer. El decrecimiento económico promueve la abundancia radical, ya que abre la oportunidad para que abunden convenios, seguros y garantías que permitan consolidar los derechos humanos en cada vez más regiones del planeta. Mientras el capitalismo requiere de la incertidumbre, la desconfianza, la inseguridad, el individualismo, el unilateralismo, la competencia y el conflicto, el decrecimiento económico propone un marco para reducir todo esto en aras de la solidaridad, la confianza y la colaboración.

También inquieta mucho que el decrecimiento pueda desincentivar la innovación y la inversión en I+D al contraer los mercados. Esta inquietud se apoya en la idea de que la innovación solo puede prosperar en un entorno de expansión de mercado. Esta inquietud se desvanece cuando la innovación se reorienta y, en lugar de trabajar en la eficiencia para producir más (lo que a menudo lleva al efecto rebote o paradoja de Jevons), se enfoca en la suficiencia y la regeneración. Este enfoque fortalece la creación de empleo y permite crecer en numerosos ejes sociales que no tienen huella ecológica.

La propuesta de un crecimiento inteligente y sostenible suena bien, pero depende enteramente de la fe en la tecnología para resolver la contradicción entre un sistema económico infinito y un planeta con límites físicos finitos. Se trata de una contradicción que nadie termina de resolver sin recurrir a la promesa, aquí si que hablamos de promesa, de un desacoplamiento total. El artículo de Hidalgo se apoya en la visión tradicional de que el crecimiento es la única vía para el progreso, pero la literatura científica actual sugiere justo lo contrario.

El análisis histórico y la simulación matemática de distintos escenarios socioeconómicos revela que el capitalismo perpetúa la desigualdad imperial, juega «sucio» con la ciencia de las emisiones al confiar en tecnologías no probadas y subestima el deseo de la población de transitar hacia un sistema que priorice el bienestar de la sociedad sobre la riqueza de las élites, y la integridad del ecosistema sobre el PIB. Cuando se habla de falta de aceptación del modelo de decrecimiento económico no se tiene en cuenta la realidad que muestran las encuestas: aunque el nombre no despierta apoyo, cuando el decrecimiento se presenta como una propuesta completa (sin ceñirse a la etiqueta), el 72% de la población en países consumistas como Estados Unidos y el 82% en países europeos como el Reino Unido la apoyan. Existe la tendencia a equiparar el decrecimiento con una recesión prolongada o una crisis económica no planificada. Mientras que una recesión en el capitalismo es desastrosa y genera desempleo, el decrecimiento se propone como una transformación democrática y planificada para mejorar el bienestar reduciendo solo la producción no esencial.

El rechazo inicial a la palabra decrecimiento parece basarse en prejuicios y en impresiones superficiales, como la del miedo a perder el empleo o a que disminuyan los ingresos. Una vez que la población comprende los principios de bienestar y servicios públicos universales asociados al decrecimiento, así como la sostenibilidad a largo plazo del modelo frente a la inestabilidad creciente del capitalismo, el apoyo se mantiene alto, lo que sugiere que la propuesta decrecentista tiene potencial para ser adoptada democráticamente.

El decrecimiento económico no promete, propone. El aval histórico del economista y matemático Nicholas Georgescu-Roegen y el filósofo francés Serge Latouche, al que se han ido uniendo otros como los filósofos Kohei Saito y Jorge Riechmann, los economistas Joan Martínez Alier y José Manuel Naredo, el ingeniero Miguel Valencia y numerosos científicos de la talla de Jason Hickel, Giorgos Kallis, Tim Jackson, Peter A. Victor, Kate Raworth, Juliet Schor, Julia K. Steinberger, Diana Ürge-Vorsatz o el mismísimo Johan Rockstrom, principal impulsor del concepto y la cuantificación de los límites planetarios, hace que el decrecimiento económico, llamémoslo como lo llamemos, es una oportunidad única y brillante no solo para evitar los escenarios más distópicos en lo social, en lo ambiental y en lo económico, sino para poner la vida en el centro de las decisiones urgentes que debemos ir tomando.

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Una Visión más de la Nueva Conciencia: Del Amor a la Felicidad

Este principio de siglo debería ser conocido por su cambio de conciencia. Los trágicos atentados del  11-S (2001) hicieron surgir algunas esperanzas en conseguir un cambio de paradigma político, económico, social, y, en definitiva, humano. Sin embargo, parece no haber generado más que esas esperanzas, y más violencia de estado. Pero seamos optimistas. Puede que esas esperanzas, sean ESPERANZAS (con mayúsculas), y distintos grupos están trabajando desde la humildad, para conseguir una nueva conciencia local, que lleve al cambio global.

Esta nueva conciencia (que otros llaman nueva era) no es algo fijo y simple, sino más bien una maraña de ideologías —difusas a veces— que se entremezclan entre sí, y que no son nuevas en su mayoría. Navegando por estos mares encontramos temas de filosofías y religiones orientales (budismo, hinduismo, tantra, yoga…), cristianismo, filosofías grecolatinas (epicureísmo, estoicismo, cinismo…), además de otros temas paranormales o esotéricos (contactos con ovnis, con los guías espirituales, ángeles, el calendario maya y el 2012, los atlantes, niños indigo, la resonancia de Schumann, ondas alpha, la era de acuario, la ley de la atracción, la de la sincronicidad… y un larguísimo etcétera).

Aquí no pretendemos aclarar esos conceptos de la nueva conciencia, sino dar una visión más sobre lo que debería y podría ser esta nueva conciencia y, al menos, intentar que las ESPERANZAS a las que antes aludíamos crezcan y puedan hacerse una realidad global.

Esta visión de la nueva conciencia puede dividirse en algunos aspectos muy conectados entre sí, y todos referidos a la persona individual, pues como decía Krishnamurti, «el individuo es el mundo (…) y sin transformación del individuo no puede haber ninguna transformación radical del mundo»:

  1. Ética Básica: Debe incluir la no violencia (aunque no se llegue a la ahimsa hindú), no mentir, no robar, y el desapego material que lleve a la generosidad. Como los cínicos de la Grecia antigua, no se trata de rechazar sistemáticamente los bienes materiales, sino de mantener una cierta indiferencia, que evite la avaricia y que nos haga aceptar las pérdidas cuando lleguen (todo llega). Se trata de ese desapego cristiano, o del Bhagavad Gita (obra cumbre de la espiritualidad hindú del siglo V a.C.). Los pecados capitales también sobran, pero como todo lo que nos hace sufrir, pueden verse como semillas de algo mejor.
  2. Austeridad: Consumir más de lo necesario debe estar fuera de cualquier nueva conciencia, la cual debe ser, por esencia, sostenible. Esta austeridad se llevará poco a poco (cada uno a su ritmo) a todos los aspectos de la vida, incluyendo la alimentación. El reto es, como decía el filósofo estoico y emperador romano Marco Aurelio, renunciar hasta a la propia idea de renuncia (y por extensión, a uno mismo, aceptando la vida que ha de vivirse).
  3. Espiritualidad: Aunque pueda, en un primer momento, parecer que no es imprescindible, al menos sí que es de gran ayuda. Puede ser un motor que nos mueva más deprisa a esta nueva conciencia. Cualquier espiritualidad es posible, siempre y cuando sea sincera y sentida, sin dogmatismos impuestos desde fuera.
    • Por ejemplo, el sentimiento tántrico de que todo es sagrado, o el de que todos somos Uno (puede que seamos Dios, como sostienen las Upanishads del siglo VII-VI a.C.), o el mismo sentimiento cristiano de amor universal, hace aflorar el necesario sentimiento de respeto del siguiente punto.
  4. Respeto General, a lo Viviente, y TAMBIÉN a lo Material: Todo tiene su esencia y todo procede de la naturaleza.
  5. Sosiego o Paz Interior: Es la ataraxia de los antiguos griegos, algo básico en un auténtico yogui, místico, o sabio. Esta tranquilidad se consigue de muchas maneras: Los religiosos dirán que rezando, o meditando, pero también basta con disfrutar con algo (lo ideal es disfrutar con todo). Cuando uno hace algo disfrutando cada instante, sobreviene esa paz interior y alegría que es contagiosa (ser feliz es fácil). La meditación oriental puede resultar muy útil, y aunque hay miles de técnicas, lo más simple es sencillamente sentarse y observar nuestra tranquila respiración con su movimiento abdominal. Observarnos es una clave de la filosofía oriental, pero de la cultura griega procede el “Conócete a ti mismo”, atribuido a Sócrates y que dicen que estaba inscrito en la puerta del templo de Apolo en Delfos. La importancia de esta introspección se debe a que nos invita a explorar nuestra realidad interior, donde se encuentra todo lo que necesitamos para poner fin a nuestro sufrimiento.
  6. Búsqueda: Consiste en buscar la propia senda para simplemente «ser». Este es, quizás, el punto más importante y permite saltarse cualquier punto de los anteriores, pero haciéndolo con conciencia, y no movido por los hilos de la sociedad o de la comodidad. Esta búsqueda es algo más que la búsqueda del ecologismo y acaba cuando uno encuentre lo que busca, y entonces, se intuye una felicidad que nadie ni nada te puede arrebatar. Si no es la felicidad suprema, al menos debe ser la mayor que se puede conseguir en este mundo.
  7. Amor: Por todo lo anterior este punto sobra, pero a la vez, no podía faltar, para sustituir a todo lo anterior. Se empieza amando a los más cercanos, puede que sólo a una persona, pero el camino que parece más sensato es llegar a amar a todos, y a todo. En otra entrada de este blog, puedes leer unas citas sobre el amor que apoyan esta conciencia.

Todo esto está dominado además por dos reglas simples que surgen del respeto y del compromiso: 1) No debe haber radicalismos, ni imposiciones, pero tampoco puede faltar ningún punto de los anteriores, y 2) Sin tibiezas: Tampoco hay que contentarse con «ser superficial» para calmar la conciencia. La decisión de seguir esta senda, o (no tan nueva) conciencia, es decisiva y, por supuesto, notaremos cambios en nosotros y los demás notarán esos cambios, que pueden ser graduales, por supuesto. La senda puede seguirse desde la soledad, o buscar un grupo en el que unir esfuerzos.

NOTA 1: La inmensa mayoría de las personas notamos que seguir estas pautas al 100% no es fácil, pero… ¿No sería fantástico que mucha gente se propusiera seguir esta senda con ataraxia, sin estrés? El mero propósito es un buen avance.

NOTA 2: Se admiten todo tipo de críticas (denuncias), hacia cualquier idea, o hecho. Lo que no se admite es la falta de autocrítica.

Elogio del sufrimiento (o contra la comodidad a toda costa)

Lo que llamamos “desarrollo” es una búsqueda continua del bienestar y de la comodidad. En demasiados casos, esa búsqueda no mira otros costes que no sean los económicos. Harari sugería en su libro “Sapiens” que somos unos eternos insatisfechos que solo buscamos comodidad. Examinando el desarrollo de la humanidad está claro que ahora se vive mejor en casi todos los países, pero no está claro que ahora seamos más felices. Harari se preguntaba por qué hay tanta gente infeliz y estudió las posibles causas de la felicidad (clasificándolas en cinco).

La búsqueda automática o instintiva de placer y comodidad genera no pocos daños, tanto para el buscador como para todo lo que le rodea. Esa búsqueda genera fácilmente insatisfacción porque es una búsqueda que puede no tener fin y que suele materializarse en comprar muchas cosas (consumismo), o bien, en mirar solo la utilidad de todo (sean animales, seres humanos, o recursos naturales). Las consecuencias pueden ser graves: violencia machista, pederastia, explotación laboral e infantil, selvas arrasadas, mares contaminados, animales maltratados, ríos desecados… ¿Tan difícil es darse cuenta de la felicidad que genera algo de austeridad?

Un ejemplo: nuestra sociedad devora la carne. La mayoría, al menos, no lo hace por sus propiedades nutricionales, sino por su sabor. Pocos son los que ya ignoran el ingente sufrimiento y la horrorosa contaminación que producen las industrias cárnicas, pero el ansia de placer y/o comodidad es superior a todo eso. Lo mismo podría decirse, por ejemplo, de la comida procesada, de la comida rápida o del uso (y abuso) del aceite de palma y del coche. Así, vemos que parte de la sociedad se escandaliza de que se pongan límites al coche en las ciudades, pues consideran que su derecho a circular está por encima del derecho a respirar aire limpio de los demás. Pero en el fondo, no defienden su derecho a circular sino su deseo de maximizar su comodidad.

La búsqueda del placer y la comodidad es buena. Evolutivamente, esa búsqueda permite que los seres huyan de aquello que les hace daño. Es el masoquismo, no el hedonismo, lo extraño desde el punto de vista evolutivo. Pero el poder de nuestra sociedad se ha hecho tan grande que llevamos esa búsqueda de la comodidad hasta límites exagerados. Además, nos hemos acostumbrado a esa comodidad tanto y tan rápido que nos enfadamos ante imprevistos bastante intrascendentes (como un corte momentáneo de la electricidad o del acceso a Internet, por ejemplo).

Esos cambios se han producido tan rápido (desde el punto de vista evolutivo) que nuestros instintos no se han adaptado a la nueva situación. Buscamos placer y comodidad a toda costa, incluso aunque nos perjudique. Comemos en exceso porque estamos genéticamente programados para almacenar reservas y apenas hacemos ejercicio físico porque el trabajo duro lo hacen los aparatos u otras personas. En demasiadas ocasiones esos aparatos contaminan en su fabricación, en su uso y en su deshecho, y esas personas no obtienen una remuneración adecuada (son clases inferiores o inmigrantes… sin papeles y sin derechos en muchos casos). Luego, para contrarrestar las consecuencias, hay que ir al gimnasio o comprar productos light (como denunciaba el Dr. Rojas en El hombre light).

Algo similar puede decirse con el dolor emocional, o la pena. Las rápidas soluciones químicas contaminan nuestro cuerpo y nuestros ríos. ¿Acaso no podemos darnos tiempo y buscar otras soluciones más filosóficas? ¿Sería rentable educar en la aceptación de las desgracias inevitables? (la enfermedad, la vejez, el desamor…).

No vamos a defender aquí la búsqueda del sufrimiento o de la incomodidad, pero sí elogiar el saber aceptar ese sufrimiento, o esa incomodidad, cuando lleguen, sin intentar a toda costa evitarlas. O al menos, antes de evitarlas… ¿no deberíamos pensar en las consecuencias?

Más información:

Salarios, sindicatos e izquierdas

30 Enero 2026 at 08:39

Tres mentiras, repetidas hasta la saciedad, sobre el papel de los salarios en la economía.

La primera de estas mentiras nos dice que los costes laborales constituyen una pieza esencial de la competitividad de las empresas, de su presencia tanto en el mercado doméstico como en el internacional, de modo que su reforzamiento y la propia supervivencia de las mismas obligaría a la implementación de políticas de contención salarial. El segundo de los supuestos es tan atrevido como el primero, pues supone la existencia de una relación inversa entre los salarios y el nivel de ocupación; por lo que el mantenimiento y la creación de puestos de trabajo obligaría a moderar o en su caso reducir las retribuciones de las personas trabajadoras. En tercer lugar, esa contención sería condición imprescindible en el éxito de las políticas de reducción de la inflación y del mantenimiento de los precios en niveles bajos.

Si la evidencia empírica disponible apunta en una dirección muy distinta, si la complejidad de las relaciones económicas cuestionan abiertamente postulados tan simplistas, si, al contrario de lo que sostiene la economía convencional y dominante, el crecimiento de los salarios no sólo es compatible con la mejora de la competitividad de las empresas sino que es condición imprescindible de la misma, si el aumento de las retribuciones de los trabajadores supone una pieza clave de las políticas de creación de empleo, si el comportamiento de los precios trasciende con mucho la dinámica retributiva de los asalariados, si las denominadas políticas de austeridad salarial, además de ser injustas, además de ser un factor esencial en el aumento de la desigualdad, han tenido un efecto calamitoso sobre las dinámicas económicas, si las medidas de disciplina aplicadas sobre los salarios han penalizado sobre todo a los colectivos más débiles y, por esa razón, más vulnerables, dejando intactos los privilegios de los equipos directivos y las cúpulas empresariales… si todo esto es así, ¿por qué se insiste en la necesidad de implementar políticas de moderación salarial como condición sine qua non de una dinámica económica fuerte, saludable y sostenible? ¿Cuál es la razón de que este conjunto de falacias y lugares comunes continúe siendo una de las piedras angulares de la docencia en las facultades de Economía? ¿Qué explicación tiene que, tanto en coyunturas recesivas como de crecimiento, se repita una y otra vez el mantra de la contención salarial?

Yo lo tengo claro, más allá del razonamiento estrictamente económico –si es que tal cosa existe– detrás de esa retórica hay una estrategia política. Porque el triunfo de esa lógica, de esa deriva salarial, que, más allá de la coyuntura, se defiende con carácter estructural, representa, en primer lugar, el debilitamiento, el fracaso de las organizaciones sindicales, cuya razón de ser pasa necesariamente por exigir y conseguir la mejora de las condiciones de vida de los trabajadores. Y, no hay que olvidarlo, el salario constituye la piedra angular de esa mejora: para la gran mayoría es su principal fuente de ingreso. Si los sindicatos mayoritarios renuncian a librar esa batalla o si la dan por perdida o si la pierden por no apostar decididamente por la movilización –presuponiendo, erróneamente, que el aumento de los niveles de ocupación se traduce automática y necesariamente en una mejora de los niveles salariales– queda cuestionada para muchos su razón de ser como sindicatos de clase.

Pero no sólo está la dimensión sindical. Hay una clave política que resulta asimismo imprescindible poner sobre la mesa. La institucionalización de la austeridad salarial, la centralidad de la misma en las estrategias económicas, su aceptación de facto no sólo debilita sino que contribuye a la deslegitimación de las izquierdas, que para muchos trabajadores pasan a formar parte del statu quo.

¿Nos preocupa el hasta ahora imparable ascenso de la extrema derecha y de las derechas extremas (que en aspectos fundamentales son lo mismo)? ¿Nos inquieta la desmovilización social ante el evidente ascenso de los fascismos? ¿Y el discurso de «todos son iguales» o «nada se puede hacer»? No hay respuestas fáciles, ni caben simplificaciones, pues son muchos los factores que pueden ayudar a explicar esa deriva, pero, como he querido plantear en las líneas precedentes, me parece en todo caso necesaria una reflexión acerca de las estrategias y las prácticas sindicales y políticas de las (denominadas) izquierdas.

La entrada Salarios, sindicatos e izquierdas se publicó primero en lamarea.com.

Medidas alternativas al PIB: el Crecimiento Económico no implica Crecer en Bienestar

El consumo genera daños ambientales
¿Qué es el consumo responsable?    (PINCHA EN LA IMAGEN)

¿Qué es crecimiento económico? Casi todos los políticos, cuando hablan de “crecimiento” se refieren al crecimiento del  PIB (Producto Interior Bruto), y no al crecimiento del bienestar de la gente. El PIB es una medida muy mala del desarrollo de un país, pues sólo mide la cantidad de dinero que se mueve en un país, y no en qué se gasta.

Veamos algunos ejemplos que hacen que suba el PIB. A esto le llaman “crecimiento económico”:

  • Un bosque sólo influye en el PIB si se tala y se vende su madera. Si se deja vivo, no tiene valor para el PIB, y por tanto no mejora la economía. ¿Cuánto vale un bosque?
  • Dejar luces encendidas hace subir el PIB. No importa si ese gasto sirve para alumbrar a alguien o no.
  • Tener mala salud, hace subir el PIB, porque genera gastos en cuidados y medicinas. Un país enfermo con dinero para pagar sus medicinas, tendrá mejor PIB que un país sano.
  • El excesivo tráfico de vehículos genera más accidentes, mayor consumo de combustible, y enfermedades respiratorias, todo lo cual aumenta el PIB. Mejorar el transporte público no es buena idea si queremos subir el PIB.

Para aumentar el PIB, los políticos decidieron en 2014 que la prostitución y el narcotráfico se tuviesen en cuenta al calcular el PIB. ¡Qué fácil es subir el PIB!

Como vemos, el PIB es una mala medida, incluso aunque viviéramos en un planeta con recursos infinitos. Pero por desgracia, los recursos son finitos y menguantes, por lo que es urgente reducir nuestro consumo de materiales y de energía, y reconducir nuestro crecimiento, no hacia crecimiento económico, sino hacia crecimiento en bienestar, en justicia, en equidad, y en sostenibilidad. De hecho, los recursos (bosques, pesca, minerales…) han sido ya tan fuertemente explotados que somos muchos los que vemos que los países ricos deberían reducir su PIB, por justicia global. Es lo que se ha llamado decrecimiento.

Los gobernantes deben entender que la gente demanda mejoras en su calidad de vida, y no a cualquier precio. La gente no quiere comprar ropa barata a costa de la semi esclavitud de trabajadoras (niñas incluso) en Bangladesh. Los que compran esa ropa no son responsables (si ignoran lo que esa ropa esconde). Los máximos responsables son los que lo hacen, y los gobiernos que lo consienten a sus empresas, o en su territorio.

Mucha gente piensa que si aumentamos el consumo, crecerá el PIB y se crearán empleos. Es posible. Pero si no se tienen en cuenta factores de sostenibilidad, serán empleos NO sostenibles. Talar un bosque crea empleo, pero cuando el bosque se agota sólo queda destrucción, y los empleos que se crearon, se pierden.

La austeridad es mejor que gastar dinero en algo insostenible, que nos hunda más en el problema.

Ya hay medidas alternativas al PIB que usan más factores que el meramente monetario. Examinemos algunas de manera rápida, empezando por la más importante:

1. IPG o IPR (Indicador de Progreso Genuino, o Real, genuineprogress.net)

Definido por Lew Daly, el IPG se usa ya en algunos estados de EE.UU. (Maryland o Vermont). Si comparamos el PIB con el IPG en ese país, vemos que mientras el primero no ha parado de subir, el segundo es casi estable desde 1968. Ahí se muestra que mientras una minoría gasta más dinero, hay sectores de la sociedad que están empeorando en aspectos claves de la calidad de vida. Mientras el PIB sólo mide un aspecto, el IPG incluye 26 indicadores en 3 áreas temáticas:

  • Indicadores económicos: Incluyen medidas económicas, como los gastos en general, pero también tienen en cuenta la duración de los bienes duraderos (electrodomésticos, coches…). Esto último beneficiará a las sociedades que construyan bienes más duraderos, evitando la obsolescencia programada. El PIB en cambio, crece más cuánto más se rompan las cosas. El IPG también tiene en cuenta lo que llama subempleo (desempleados crónicos, a tiempo parcial sin desearlo, etc.), además de la desigualdad de ingresos, y las inversiones netas (deudas y déficit).
  • Indicadores ambientales: Miden la contaminación del aire, del agua, y por ruido, además de la pérdida de ecosistemas (humedales, tierras de cultivo, bosques…). También se cuantifican los daños del cambio climático (93 dólares por tonelada de CO2), los costos del agotamiento del ozono, y los costos del agotamiento de recursos no renovables. Sin embargo, el actual PIB considera beneficioso el agotamiento de recursos, porque ese proceso mueve dinero.
  • Indicadores sociales:  En este apartado se pretende medir la calidad de vida de las personas. Por tanto, considera positivo y cuantifica actividades que el PIB ignora totalmente: tareas del hogar, cuidados de los hijos, trabajo de voluntariado, valor de la educación, y el uso de infraestructuras. Ahora como algo negativo, mide el coste del crimen, si el tiempo libre disminuye, los gastos familiares para contrarrestar la contaminación (por ejemplo, en China mucha gente compra aparatos purificadores de aire, lo cual es bueno para el PIB, pero demuestra una peor calidad de vida), el coste de los accidentes de tráfico, y el coste en los desplazamientos (pagar el medio de transporte, y por emplear tiempo que podríamos usarlo en otra actividad más agradable o productiva). En general, se trata de valorar como negativas las principales cosas que empeoran la calidad de vida de la gente.

2. SCAEI (Sistema de Contabilidad Ambiental Económica Integrada)

Elaborado por la ONU en el lejano 1993, el SCAEI incluye un completo análisis ambiental, aunque deja fuera aspectos que sí mide el ya visto IPG. Sintetizando, el SCAEI incluye el agotamiento de los recursos naturales en la producción y el consumo final, además de los efectos de la contaminación causada por las actividades de producción y consumo en la calidad del medio ambiente (emisiones).

El SCAEI amplía el concepto de capital para abarcar no sólo el capital producido por el hombre sino también el capital natural no producido, como los recursos marinos o los bosques tropicales, la tierra, el suelo, los activos del subsuelo (yacimientos minerales), y los recursos aire y agua.

3. PIB Verde

Consiste en dar valor económico a los daños provocados a la Naturaleza, y restarlos al PIB tradicional. China prometió usarlo, pero los resultados fueron tan negativos que se descartó usar el PIB Verde, pues resultó mejor para la economía taparse los ojos a los daños ambientales. Aunque no es fácil medir el valor de la biodiversidad, de los bosques… lo cierto es que es un error muy grave no medir nada de eso, y eso es justamente lo que hace el actual PIB.

4. IDH (Índice de Desarrollo Humano)

Definido por la ONU, usa 3 parámetros para medir la calidad de vida de un país:

  • Esperanza de vida,
  • Nivel de vida digno (PIB per cápita), y
  • Educación (años de educación obligatoria, alumnos matriculados en distintos niveles, y tasas de alfabetización).

Es una medida muy referenciada, pero muy incompleta, pues no mide nada de lo ambiental, ni la desigualdad existente. Para evitar la injusticia de no considerar la desigualdad existe el IDH ajustado por desigualdad, que será igual al IDH en un país en el que no haya desigualdad en salud, educación e ingresos (los 3 únicos aspectos que se tienen en cuenta).

5. Indicadores tipo Huellas: La huella ecológica y la huella hídrica

Miden la sostenibilidad de una región, producto o actividad, respecto a su consumo de recursos naturales. Valores altos de estos indicadores indican un alto consumo de recursos, es decir, mayor huella indica menor sostenibilidad. La huella ecológica mide la cantidad de territorio que se requiere para mantener una actividad o modo de vida, y la compara con el territorio disponible real. Todos los países industrializados necesitan para mantener su estilo de vida más del doble del territorio que poseen, por lo que están usando recursos que, en justicia, corresponden a otras personas. La huella ecológica es una de las medidas que usa el Informe Planeta Vivo de WWF.

Por su parte, la huella hídrica mide el volumen de agua dulce empleado por un producto, empresa, país… teniendo en cuenta todo su ciclo y no sólo el empleo directo de agua. Así, por ejemplo suelen sorprender estos datos:

  • 1 kg. de oro requiere 230 000 litros de agua (además de la contaminación que no se cuenta aquí);
  • 1 kg. de carne de vaca requiere utilizar 13 000 litros de agua (y también produce contaminación que no contamos);
  • 1 kg. de pollo necesita 3 920 litros de agua;
  • 1 camiseta de algodón, 2 700 litros de agua;
  • 1 kg. de papel, 2 000 litros de agua;
  • 1 café necesita más agua que la que se bebe: 140 litros de agua;

¿Cuál es la huella ecológica de lo que usas cotidianamente, o de lo que fabrica tu empresa? Por internet hay webs que te permiten calcular tu huella personalizada, y también se habla del foodprint, la huella de nuestra comida (agricultura, transporte…).

6. FIB (Felicidad Interior Bruta)

Conscientes de que tener muchos bienes materiales no implica tener felicidad, en Bután definieron este indicador que tiene en cuenta la asistencia sanitaria, el tiempo disponible para la familia y los amigos, la conservación de los recursos naturales y el medio ambiente, o el disfrute del arte. Así por ejemplo, reducir la jornada laboral es sin duda una buena medida, porque no sólo se reduciría el paro, sino que tendríamos más tiempo libre. La idea es muy interesante, siempre que no sirva para dejar de preocuparse por la pobreza y la desigualdad.

Conclusión

Sin quitar importancia al hecho de medir la economía, es absolutamente inaceptable que no se mida la ecología. Decía Georgescu-Roegen que «la economía debe ser una rama de la biología (…). Somos una de las especies biológicas de este planeta, y como tal estamos sometidos a todas las leyes que gobiernan la existencia de la vida terrestre».

Aunque todos los indicadores tienen su utilidad práctica, el indicador que debería estandarizarse debiera ser, por ahora, el IPG, ya que es suficientemente completo. La ONU, y todos los gobiernos, deberían calcular el IPG y estudiar en qué aspectos del IPG se puede, o se debe, mejorar en cada país o región, para conseguir una sociedad mejor para todos.

A partir de ahora, cuando alguien hable de que hay que potenciar el “crecimiento”, tal vez queramos preguntar: “¿Crecimiento de qué? ¿de PIB? NO, GRACIAS”.

Más información:

NOTA: Este artículo fue publicado en El Samón Contracorriente, medio informativo sobre economía real, ecología y mucho más. LEER artículos del mismo medio.

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