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Rusia y Ucrania, cuatro años después: una guerra estancada en el mapa

30 Marzo 2026 at 07:00

En el este de Ucrania, el frente apenas se ha movido en meses. Las líneas de trincheras continúan prácticamente en el mismo lugar, pero el entorno ha cambiado de forma radical. Ciudades destruidas, infraestructuras energéticas bajo ataque constante y una población civil sometida a una guerra que ya no avanza, pero tampoco retrocede.

Durante las primeras semanas de la invasión, la posición rusa era respaldada (aunque con la boca pequeña), por una parte de la izquierda española que veía en el movimiento ruso la inevitable respuesta ante la expansión del imperialismo americano y de la OTAN. Cuatro años después, son pocas, si es que las hay, las voces que se sitúan al lado de Putin.

Según la Misión de Observación de Derechos Humanos de la ONU en Ucrania (HRMMU), 2025 fue el año más letal para la población civil desde el inicio de la invasión a gran escala, con al menos 2.514 muertos y 12.142 heridos, un 31% más que en 2024. Este aumento no responde a grandes ofensivas puntuales, sino a la consolidación de una dinámica de desgaste sostenido basada en ataques a distancia y una violencia distribuida en el tiempo.

Este estancamiento militar coincide con otro desplazamiento menos visible, pero igual de decisivo: el cambio en el marco internacional desde el que se interpreta el conflicto. “En muy poco tiempo ha cambiado el escenario”, señala Francesc Serra Massansalvador, doctor en Relaciones Internacionales por la Universitat Autònoma de Barcelona y especialista en la Rusia contemporánea. Moscú, explica, ha dejado de ocupar el centro de atención global. La agenda internacional se ha desplazado hacia otros focos de conflicto y otros actores, desde China hasta Oriente Próximo, y por supuesto, Irán. Ese cambio no implica una menor gravedad de la guerra en Ucrania, sino su progresiva integración en un contexto más amplio de inestabilidad.

Para Serra, este desplazamiento refleja un problema más profundo: la pérdida de capacidad del sistema internacional para ordenar los conflictos. Lo que en 2022 aparecía como una ruptura –la invasión a gran escala de un Estado soberano– hoy se inscribe en una dinámica más amplia de normalización del uso de la fuerza. Esa misma erosión del marco internacional preocupa especialmente a las organizaciones de derechos humanos.

“Estamos viendo una bajada de la determinación internacional para exigir responsabilidades”, advierte Daniel Vilaró, responsable de Amnistía Internacional en Catalunya. El cambio de posición de Estados Unidos, añade, ha debilitado el compromiso con la investigación de los crímenes de guerra y ha abierto la puerta a escenarios en los que la impunidad se convierta en moneda de cambio para alcanzar un acuerdo de paz.

El cruce entre ambos planos –el geopolítico y el jurídico– define el momento actual del conflicto. Mientras el frente se estabiliza sobre el terreno, el marco que debía garantizar sus límites empieza a desdibujarse. Sobre el mapa, la guerra parece congelada. Sobre el terreno, no lo está.

Los combates continúan, pero ya no se traducen en avances significativos. En los últimos tres años, las ofensivas de ambos bandos se han saldado con desplazamientos mínimos del frente. Pueblos pequeños, posiciones tácticas, enclaves cuya importancia estratégica se diluye a medida que quedan arrasados. La única variación relevante fue la retirada rusa de la ciudad de Jersón, que respondió más a una decisión operativa que a una derrota estructural. “Desde hace tiempo no hay grandes movimientos”, explica Serra. “Lo que vemos es una guerra de desgaste, donde cada parte intenta mejorar ligeramente su posición de cara a una eventual negociación”.

Ese horizonte negociador existe. Las conversaciones, más o menos discretas, se han producido en distintos escenarios durante los últimos meses. Estambul, Abu Dabi u otros espacios intermedios han acogido contactos que, aunque no han desembocado en acuerdos concretos, indican que el conflicto ha entrado en una fase distinta.

El problema es que las posiciones de partida son incompatibles: Rusia busca consolidar el control sobre los territorios ocupados y transformar la situación militar en una realidad política estable. Ucrania, por su parte, no puede aceptar esa pérdida territorial sin asumir un coste interno difícilmente sostenible. El resultado más plausible, según los analistas, no es una paz definitiva, sino una forma de suspensión del conflicto.

Un armisticio de facto

“Lo más probable es que se llegue a una situación de congelación del frente”, apunta Serra. “Algo que no se reconoce jurídicamente, pero que en la práctica se mantiene durante años o décadas”. El precedente de Chipre, dividido desde 1974, aparece como referencia recurrente. Pero este tipo de “solución” no cierra la guerra. En el mejor de los casos, la congela.

En paralelo a este estancamiento militar, el coste humano sigue aumentando. Los ataques contra infraestructuras críticas –centrales eléctricas, redes de suministro, sistemas de transporte– han intensificado su impacto sobre la población civil. La guerra se ha desplazado progresivamente desde el frente hacia la vida cotidiana. Menos ofensivas relámpago, más presión constante.

En las zonas ocupadas, las denuncias recogidas por organizaciones internacionales dibujan un patrón de control sostenido. Torturas a prisioneros de guerra, trabajos forzados y procesos de adoctrinamiento en el sistema educativo forman parte de un mismo dispositivo orientado a consolidar la ocupación.

“Tenemos constancia de prácticas que constituyen crímenes de guerra”, afirma Vilaró. “Y lo preocupante es que, en el contexto actual, existe el riesgo de que muchos de estos crímenes no lleguen a investigarse”.

A medida que se abre la posibilidad de negociaciones, emerge una tensión de fondo: hasta qué punto la paz puede implicar la renuncia a la justicia. La historia reciente ofrece múltiples ejemplos de acuerdos que han priorizado la estabilidad sobre la rendición de cuentas. Ucrania podría convertirse en uno más. Para Amnistía Internacional, esa deriva resulta inaceptable. “Cualquier presión sobre Ucrania para que renuncie a exigir responsabilidades por los crímenes cometidos es ilegítima”, sostiene Vilaró. No solo por una cuestión moral, sino por el precedente que establecería en el sistema internacional.

Desgaste más allá del campo de batalla

En Rusia, la guerra se ha convertido en un factor de transformación interna. La represión política, ya presente antes de la invasión, se ha intensificado de forma significativa. El caso de Alexéi Navalni, cuya muerte en prisión ha sido calificada por distintas investigaciones como un asesinato, marca un punto de inflexión.

A partir de ahí, el endurecimiento del control estatal se ha extendido a distintos ámbitos. Más de un centenar de procesos penales vinculados a su entorno, condenas a abogados y periodistas, restricciones crecientes sobre las redes sociales y un aumento de la vigilancia sobre las comunicaciones digitales configuran un escenario de cierre progresivo del espacio público.

El objetivo es claro: reducir al mínimo la capacidad de organización de la sociedad civil”, explica Vilaró. Organizaciones independientes, movimientos sociales y colectivos críticos (especialmente el movimiento antiguerra y el colectivo LGTBIQ+) han sido objeto de campañas de presión, tanto legales como informales.

Una parte significativa de esta estrategia se basa en mecanismos administrativos. La catalogación de entidades como “extremistas”, “terroristas” u “organizaciones indeseables” permite ilegalizar de facto cualquier estructura incómoda para el poder. En el último año, más de 60 organizaciones han sido incluidas en estas listas.

No toda la represión es visible. “También existe una represión más difusa, orientada a generar miedo y desgaste”, añade Vilaró. Un proceso gradual de reducción del espacio cívico.

En ese contexto interno, la capacidad de Rusia para sostener la guerra plantea una paradoja. Desde el inicio del conflicto, numerosos análisis anticipaban un colapso económico que no se ha producido. Las sanciones han tenido impacto, pero no han generado un deterioro inmediato del sistema. La economía rusa ha mostrado una capacidad de adaptación mayor de la prevista. “Hace cuatro años que se dice que Rusia no aguantará, y sigue aguantando”, resume Serra.

Esa resistencia, sin embargo, tiene límites. Parte de la estabilidad se concentra en grandes ciudades como Moscú o San Petersburgo, donde la vida cotidiana mantiene una apariencia de normalidad. Fuera de esos núcleos, el deterioro es más evidente.

A largo plazo, los factores estructurales apuntan en otra dirección. La pérdida de población joven –con cientos de miles de personas que han abandonado el país para evitar el reclutamiento–, el envejecimiento demográfico y las dificultades para mantener el ritmo de incorporación de nuevos soldados configuran un escenario de desgaste acumulativo. “Hay tensiones que se van acumulando y que en algún momento pueden estallar”, señala Serra. No se trata de un colapso inminente, sino de una fragilidad latente.

El papel de los aliados añade otra capa de complejidad: China, principal socio estratégico de Rusia, mantiene una posición ambivalente. Ha evitado una implicación directa en el conflicto y ha aprovechado la situación para reforzar su propia posición. En el ámbito energético, por ejemplo, compra gas ruso en condiciones más ventajosas que las que ofrecía el mercado europeo. “No es una relación de igualdad”, explica Serra. “China sale beneficiada en casi cualquier escenario”.

En otras regiones, como Asia Central, África o América Latina, ambas potencias compiten por influencia. La guerra no ha consolidado una alianza, sino que ha acentuado una relación asimétrica.

Al mismo tiempo, el bloque occidental empieza a mostrar signos de desgaste. La Unión Europea mantiene formalmente su apoyo a Ucrania, pero las fisuras son cada vez más visibles. Gobiernos como los de Hungría o Eslovaquia han expresado reticencias a continuar con la ayuda, reflejando una fatiga que podría intensificarse si el conflicto se prolonga. “El apoyo sigue, pero ya no es tan sólido como al principio”, apunta Serra.

Cuatro años después, la guerra en Ucrania ya no puede entenderse únicamente como un enfrentamiento entre dos Estados. Es también un síntoma que revela las limitaciones de un sistema internacional incapaz de prevenir la guerra, de detenerla una vez iniciada y, cada vez más, de juzgar sus consecuencias.

Sobre el terreno, las líneas de frente permanecen. En el plano político, las líneas que definían el orden global se han vuelto más difusas.

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Raihodorok, la vida a tiro de tanque (y 3)

27 Marzo 2026 at 07:00

Andrei, sexagenario y rusohablante, respira con dificultad. A sus espaldas se encuentra el río Donets, el cual acaba de cruzar, y no por un puente, que está derruido, sino por el hielo que lo recubre este invierno, terriblemente frío. Si no fuera por el atronador estruendo de la artillería pesada, parecería que estamos frente a un bucólico paisaje en el que solo se distingue una estrecha carretera atravesando un bosque repleto de nieve virgen. Sin embargo, tal y como explica Andrei, la realidad es bien distinta. “Hay drones que van y vienen todo el rato. Si te fijas, verás los hilos que dejan a su paso”, es lo único que alcanza a decir mientras empuja una vieja bicicleta de fabricación soviética. “Los hilos” a los que se refiere son los finísimos cables que utilizan los drones kamikaze controlados por fibra óptica. Estas pequeñas aeronaves vuelan libremente durante una docena o dos de kilómetros sin que ningún sistema de inhibición sea capaz de interferir en su ruta. De hecho, aquí, a orillas del río Donets, la situación es tan insostenible, que ni siquiera hay red antidrones, puesto que no hay civiles que proteger, tan solo soldados, que muy de cuando en cuando, y preferiblemente de noche, acuden a sus trincheras en un desplazamiento que, a estas alturas de la guerra, es más peligroso que la propia estancia en una pequeña fortificación de primera línea. Según recogen los reportes militares, más adelante de donde se encuentra Andrei, tras el río y después de un par de rectas inquietantemente vacías, se encuentran las posiciones rusas de esta guerra a ciegas, hecha de túneles, drones imperceptibles y cañones que cambian de posición por la noche, después de permanecer semanas semienterrados a la sombra de las coníferas.

Raihodorok
Andrei, con su vieja bicicleta de fabricación soviética. UNAI ARANZADI

El río Donets nace en Rusia y, después de pasar por las provincias ucranianas de Járkiv, Donetsk y Lugansk, regresa a ese país, en un viaje de ida y vuelta que bien podría interpretarse como una parábola de los encuentros y desencuentros que se vienen produciendo entre estos dos países hermanos. No obstante, en lo que ambos sí que están de acuerdo es que el término Donbás viene del acrónimo “cuenca del Donets”, una contracción lingüística que, afortunadamente, funciona tanto en ruso como ucraniano. Así pues, el lugar al que se dirige Andrei con su bicicleta es Raihodorok, la última población en manos de los ucranianos en este sector del Donbás que va de la ciudad de Sloviansk hacia el oriente del país a través de la carretera T0514.

En la actualidad, este pequeño asentamiento rural cuenta con una población de aproximadamente 400 habitantes, muy lejos de los 3.000 que llegó a tener antes del inicio de la invasión rusa. Fundado por un grupo de cosacos del Don que a principios del siglo XVIII comenzó a explotar los recursos salinos de la zona, Raihodorok sufrió inundaciones, cambió de ubicación y finalmente, ya a mediados del mismo siglo, fue colonizado por el Imperio ruso. Esta anexión territorial ocurrió en el marco de su expansión hacia las llamadas “llanuras salvajes”, término empleado en aquel entonces para referirse al escasamente habitado centro y este de lo que hoy es Ucrania. Durante este proceso, se fundaron fortificaciones, puertos y ciudades que hoy tienen gran relevancia, como es el caso de Odesa, Dnipro, Jersón o Kramatorsk. Posteriormente, con la llegada del siglo XIX y en pleno auge de la revolución industrial, los zares impulsaron la puesta en marcha de importantes minas y fábricas trayendo mano de obra de todo el Imperio y dando origen al próspero Donbás del siglo XX, motor económico de Ucrania en sus diferentes etapas, bien como república soviética, bien como Estado independiente. El cambio de paradigma que dio inicio al actual conflicto llegó en 2014 con la destitución violenta del presidente electo, Víktor Yanukóvich, natural de esta región rusófona. Desde entonces, quienes más han sufrido las consecuencias de esa ruptura han sido las gentes del Donbás, habitantes de dos provincias fronterizas (Donetsk y Lugansk) que albergan varias singularidades socioculturales y no responden al retrato de una sociedad monocolor descrita por Putin y Zelenski.

Para comprobarlo conviene echar la vista atrás y recuperar una de las poquísimas encuestas llevadas a cabo en la primavera de 2014, poco antes de que se consumara la fractura total del territorio. Mencionada en muy pocos medios y dirigida por el sociólogo, Volodymyr Kipen, miembro del Instituto de Investigación Social y Análisis Político de Donetsk (afín al orden de Kiev), el estudio concluía que en esa provincia existía un 5% que quería un Estado totalmente independiente de Ucrania y Rusia. Un 18,6% que no quería ningún cambio. Un 27% que quería formar parte de la Federación Rusa, y un 47% que deseaba una nueva relación con Kiev bajo un marco federal. En otras palabras: los ucranianos del Donbás, deseaban de forma abrumadora (en un 79%) algún tipo de amparo tras haber sido degradados a ciudadanos de segunda tras el golpe del Euromaidán (dos ejemplos: los grandes partidos a los que votaron fueron ilegalizados y la cooficialidad del ruso prohibida incluso a nivel local) siendo la continuidad en una Ucrania federal y no ultranacionalista, su opción más deseada (47%). Esto es, ni echarse a los brazos de Rusia (un 27%) ni aún menos, dar por buena la continuidad en la Ucrania pos-Maidán (solo un 18%).

Raihodorok, guerra de Ucrania
Un misil ruso sin explotar permanece en la plaza de Raihodorok. UNAI ARANZADI

Así las cosas, la violencia, naturalizada desde aquel decisivo 2014, se muestra hoy desafiante en medio de la plaza de Raihodorok, donde hay un potente misil ruso, modelo Grad, sin detonar. Está incrustado en el suelo, y dadas las condiciones de seguridad, aún no ha venido ningún artificiero para neutralizarlo. “La vida aquí es un estrés constante”, según explican Yelenia y su marido, propietarios de uno de los últimos cuatro negocios que, cubiertas sus paredes con listones de madera y sacos terreros, aún permanecen abiertos en la localidad. “Vivimos bombardeos permanentes, ataques de drones sin parar. La verdad es que es imposible acostumbrarse a esto. Sin embargo, de alguna forma, seguimos viviendo. ¿Por cuánto tiempo será posible? ¿Tendremos que irnos de aquí? No lo sabemos. Fíjate que un comercial que trabaja para nosotros vino de los territorios ocupados por Rusia y ahora quizás se tenga que marchar otra vez. Es muy difícil no saber qué va a pasar, qué será lo siguiente”, se lamentan.

Raihodorok
Artilleros cambian de posición en un vehículo antidrones. UNAI ARANZADI

Raihodorok es uno de esos asentamientos rurales que, al estar tan cerca de la primera línea, tiene tras de sí, y no delante, las posiciones de artillería pesada. Siendo así, cada cierto tiempo se distingue el colosal silbido de un obús lanzado por los potentes cañones Howitzer de las fuerzas armadas de Ucrania, el cual dibuja un largo arco sonoro que se corona con el lejano estallido en posiciones rusas. Igualmente, de cuando en cuando se escucha el fuego de llegada alrededor del río Donets, con un fragor lento y profundo. Según relata un soldado que ha salido a por comida, los rusos están a unos 6 kilómetros, en el bosque que se encuentra al otro lado del río y separa la población de Lyman (hoy mundialmente famosa por una fotografía viral en la que se la ve completamente cubierta por miles de cables de fibra óptica) y la aldea de Dibrova, igualmente desierta y solo operativa como trinchera para la lucha cuerpo a cuerpo. Preguntado por si hay tanques en su batallón (debido a la irrupción de un blindado en un camino adyacente), dice que no le está permitido dar detalles de su misión, pero según comenta, lo que sí hay son tanques rusos apuntando hacia este asentamiento. “Es natural que lo hagan porque somos la barrera a eliminar en su camino hacia Sloviansk y Kramatorsk”, explica.

Raihodorok
Vladimir (derecha) y un compañero de la 53.ª Brigada Mecanizada. UNAI ARANZADI

En el único lugar de la aldea en el que despachan cafés, se encuentra Vladimir, un joven soldado de la 53.ª Brigada Mecanizada. Como tantos otros combatientes, pasa varias noches en una de las viviendas rurales que se encuentran diseminadas por la zona, acumulando fuerzas para la próxima incursión en primera línea. Con él lleva una potente escopeta de postas, “lo único verdaderamente efectivo para defenderte de los drones”, asegura, y acto seguido explica que el calibre 7,62mm de las balas que disparan los fusiles AK47 son muy poco efectivas si se compara con todos los perdigones que arroja una escopeta como la que lleva consigo en sus desplazamientos por esta aldea. “No se te ocurra ponerte a pasear por aquí. Los drones están por todas partes”, advierte, como ya lo han hecho antes todos y cada uno de los soldados que circulan por este solitario asentamiento. “Si te confías, estás muerto. Mira este vídeo. Es de hace unos meses. Venía en coche un amigo, ¡y pum!, en segundos un dron lo hizo saltar por los aires justo aquí donde estamos”. Y para despejar toda duda, reproduce un vídeo en el que la cámara de un dron ruso está viendo, precisamente, la misma esquina en la que está ahora sentado hablando. El dron se dirige a un coche que estaba aquí aparcado. El ocupante sale corriendo y, a duras penas, consigue salvar la vida al abandonar velozmente del vehículo dos segundos antes de que estalle. “¿Lo ves?”, inquiere. “Esto es diferente a todo lo de antes. La guerra ha cambiado para siempre”, advierte, al tiempo que da un sorbo a su café, y se pierde bajo las estrellas con su escopeta y otro soldado que ha venido a buscarle.

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