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Un canto a las raíces, a los afectos y a los futuros

31 Marzo 2026 at 07:00


Azahara Palomeque escucha en Pueblo blanco azul las historias que guardan las casas y los olivares, y nos devuelve esas voces ausentes que hablan de amores desafiantes, viajes liberadores y de las lealtades y traiciones que rigen un pequeño mundo.

 

El barbudo, llegándose a mis proximidades, se mesó la melena que le tapaba medio busto y sonrió en diagonal, de modo que únicamente le asomase el colmillo derecho. ¿Va a responderme usted o ha venido a titubear? Cualquiera diría que ha estudiado tanto, se burló. Se me reajustaron las sinapsis y expresé: buenas tardes, ¿señor…? No tengo el placer. Mi nombre es Elaia, significa «olivo» en griego. Andaba a la procura de la tumba de Francisco Torres Rojano, el tío de mi abuelo Antonio. Me observó desafiante mientras se sacudía en el bolsillo un manojo de llaves. Así que va a ser verdad, te noto bien informada. ¿Trabajas para algún organismo de la memoria histórica ahora?, inquirió, esta vez tuteándome. No, señor… Ramón, como el de la poda de tu árbol, hay que joderse, espetó. Ramón, encantada. Realizo una investigación independiente destinada a la escritura de una novela, pura ficción; no tengo patrocinadores, simplemente me gustaría saber más sobre mi familia; Ramiro Merino me aseguró que usted era muy eficiente. ¿La tumba de Torres Rojano? Soy consciente de que lo asesinaron durante la guerra y, a partir de ahí, le pierdo la pista. Agradecería cualquier aclaración o detalle por su parte. El libro de los muertos lo guardo en el casetón, ven, me dijo. Introdujo el filo dentado de una llave en una vitrina y agarró una especie de manual, grueso, donde figuraba el registro que yo anhelaba: Torres Rojano, fusilado el 3 de agosto de 1939 a la edad de cuarenta y dos años; su sobrino Antonio iba a cumplir quince. No te puedo decir más. Pero…, rechisté, ¿un rastro físico, una placa, algo? Me retumbó en el oído la carcajada, y por fin asistí al espectáculo integral de su dentadura: el flanco molar izquierdo brillaba ennegrecido como consecuencia de los empastes. Mira, niña, si caminas hacia el lado opuesto de donde has iniciado tu «investigación», allí, allí, exacto, en las inmediaciones del paredón, vas a notar que ni cipreses, ni sauces, ni olivos, ni leches crecen, mero descampado, y que la tierra se mueve cuando la pisas, claramente porque está infestada de mil orificios, cuidado, creerás que se trata de una llanura seca, pero está escalonada abajo, ve con tiento, no te confíes; bueno, pues allí hay magulladuras de bala sobre la tapia, los casquillos los barrió mi padre y, a lo que iba, el terreno desnivelado y ahuecado dice cosas, no es preciso ser forense, tú ya me entiendes, pero… que no te nublen los sentidos las aventuras novelescas: la fosa común y lo que se conoce aquí como «patio de los ahorcados» son la misma superficie inestable; es decir, fiambres no cristianos. Pega la oreja, realiza tus ritos satánicos, extiende la ouija o rásgate las vestiduras, mientras no montes una escandalera a las autoridades competentes les importa un pimiento, y yo hago la vista gorda; tú te das tu paseo, recolectas impresiones para tu libro y aquí paz y después gloria, ¿de acuerdo?

(…)

En un alarde de valor, me aventuré a explorar lo que ya sabía un dédalo inquietante. Dicen que la tierra se arrogó un núcleo magnético y, apegadas a ella, nuestras vísceras imantadas configuran la ley de la gravedad. Incliné un poco el cuello hacia las entrañas hueras del sitio. Francisco, ¿me oyes? ¿Seremos del mismo metal? He venido a reconciliarte con la historia, perdóname la arrogancia. ¿Qué manjares comes en las profundidades? ¿Lombrices, polvo enamorado, cobre? ¿Qué sentías mientras te estabas muriendo? ¿Hizo un calor sofocante y te descerrajaron la cabeza? ¿Dejaste mujer e hijos? ¿Por qué formaste parte de la defensa del pueblo sin ser anarquista? ¿Consideraste exiliarte? ¿Con quién compartes el habitáculo estrecho de la zanja? ¿O es grande como un salón de baile? ¿Te gustaría que te irguiesen un monolito donde no figure la bandera republicana? ¿Vale la pena rescatar un ideal pútrido, si la materia orgánica ya no se pudre porque carece de microorganismos? Pero tu muerte llegó antes que la ubicuidad química. Entonces tropecé con una ranura por la que comenzó a brotar humo; la tierra se hendía lentamente en besanas irregulares, capilares que emulaban el lecho de un río resquebrajado, a lo que se sumaba mi percepción de estar pisando los arrebatos de un géiser, pues notaba una energía inaudita latiendo debajo de mis suelas,  balanceándome mientras a duras penas intentaba levantarme, al menos adoptar una postura sedente, no de rodillas.

(…)

Me puse de pie y salí corriendo de aquel lugar totalmente falta de orientación, pero movida por un instinto que pronto me devolvió al llano Jesús; de soslayo, divisé el hospital, un convento adosado a su derecha, y acompasé mi taquicardia a una velocidad que despertó la curiosidad de las gentes acodadas en el bar Manolo; bajé la calle Alta, dejando atrás sus comercios y casas señoriales, a las vecinas que murmuraban qué hace la periodista loca yendo así, va a arrollar a algún chiquillo, o bien, la va a pillar un coche, se va a partir la crisma y, finalmente, aparecí frente a la iglesia Madre de Dios, tan insignificante, tan pequeña en su esquina, apenas un garbanzo cuya planta trapezoidal en su día devanó los sesos de los más agudos historiadores —que si fueron dos ermitas cruzadas, que si antes hubo una mezquita—, y me paré en seco. Sólo entonces caí en la cuenta de que aún aprisionaba entre los dedos el ramito de amapolas que había cortado allá en lo alto. Lo miré. ¿Para quién sería mi ofrenda? Ni siquiera había tenido el coraje de llorar frente a la tumba de mis abuelos.  

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