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AnteayerSalida Principal

No necesitamos argumentos económicos para respetar la Naturaleza

Variados estudios científicos han mostrado las bondades de conservar la Naturaleza. Es algo bastante evidente, cuya prioridad no debería necesitar justificación. Para que no haya dudas, se ha cuantificado lo que se gana cuando se respetan algunas especies o ecosistemas (en dinero, en empleos, etc.).

Por ejemplo, el informe Job lost at sea calculó que se podrían generar hasta 100.000 empleos recuperando los caladeros de pesca a su rendimiento máximo sostenible. La sobrepesca está dando mucho dinero a unos pocos, a costa de vaciar el mar y nuestro futuro colectivo (aparte del maltrato animal). El dinero se ingresa en forma de pescado y de subvenciones. La fecha de caducidad está a la vista.

Otro informe, Fish dependence, visualizó la enorme dependencia que Europa tiene de recursos pesqueros externos. Posiblemente España es el país que más depende del exterior. A pesar de esto, los barcos arrastreros europeos están destrozando —cada día y por todo el planeta— los fondos marinos (incluso costeando entre todos barcos de guerra, para defender intereses de empresas privadas).

Los legisladores suelen permitir cuotas de pesca por encima de las recomendaciones científicas; y lo argumentan falazmente por un puñado de empleos, sin tener en cuenta la objetividad de la ciencia (y sin importar, por cierto, que esa ciencia esté pagada con dinero público). Pareciera que no entienden algo tan elemental como que la degradación de los ecosistemas no beneficia al bien común.

En esa línea, la Fundación Marilles se esfuerza en divulgar los beneficios de un mar bien conservado, que permita actividades educativas, recreativas y científicas, además de turismo, calidad de vida, salud, etc. Por ejemplo, han calculado que la reserva de Cala Rajada (en Mallorca) genera beneficios diez veces superiores a lo que se invierte en su gestión. Con las reservas marinas, el sector pesquero siempre sale beneficiado.

Mal vamos si necesitamos argumentos económicos para proteger aquello que nos da la vida. Devaluamos la fauna y la flora asignándoles un valor económico, para que los ricos puedan satisfacer efímeros y absurdos placeres.

No son necesarias más investigaciones científicas para demostrar todo lo que dependemos de un medioambiente sano. Ahora bien, si nos gastamos dinero (público) en hacer estudios científicos, lo menos que debemos hacer es escuchar sus conclusiones, al menos cuando el consenso científico sea abrumador. Pero no. Los intereses económicos apuñalan la realidad con más convicción que la ciencia de verdad.

♣ Sobre renaturalización y protección de territorios:

Economía y Conservación (sobre economía sostenible y tecnología imposible)

A propósito de la entrada anterior de este blog, llama la atención la afirmación de Raimundo Real Giménez (Catedrático de Zoología de la Universidad de Málaga), en la revista Uciencia 5 (Nov. 2010), que dice que “una especie será más susceptible de ser conservada si tiene alguna importancia para los seres humanos». Hay ejemplos que demuestran que eso no es tan cierto como nos gustaría (los quaggas de sudáfrica se cazaron por su carne y su piel… hasta su extinción, casi lo mismo ocurrió con el búfalo americano, y algo similar está pasando hoy con el atún rojo…).

Más sorprendente aún resulta un artículo posterior de la misma revista, en el que el Dr. José Luís Torres Chacón (Director del Dpto. de Teoría e Historia Económica de la Universidad de Málaga) analiza la “economía sostenible“. Es muy complicado de entender que afirme, literalmente que «cualquier economía es sostenible», basándose en la ley de la oferta y la demanda. No es sostenible lo que no puede perdurar indefinidamente en el mismo estado, y muchos economistas prestigiosos (como B. De Jouvenel, Georgescu-Roegen, o Herman Daly) han demostrado que nuestro sistema económico no es sostenible (demostrado de forma simple con la paradoja del hámster imposible). El mismo Georgescu-Roegen criticó muy duramente la pésima formación sobre ecología-biología que se imparte en las titulaciones de Economía, llegando a afirmar que: «La economía debe ser una rama de la biología (…). Somos una de las especies biológicas de este planeta, y como tal estamos sometidos a todas las leyes que gobiernan la existencia de la vida terrestre».

Más adelante el Dr. Torres parece bromear al afirmar que el petróleo no llegará a agotarse nunca pues la dificultad de su extracción motivará la sustitución por otro tipo de energía. Resulta más que evidente que el petróleo no se agotará hasta su última gota. Lo que no es evidente es que se pueda sustituir alegremente «por otro tipo de energía». Es muy posible que no exista ninguna forma de energía capaz de sustituir al petróleo en igualdad de condiciones y respetando el mismo ritmo de consumo y tipo de vida. Confiar en la ciencia ciegamente es demasiado peligroso. Ya en 1992, un comunicado conjunto de las Academias de Ciencias de Estados Unidos de América e Inglaterra afirmaba que: «Ya no se puede confiar en los avances de la ciencia para paliar el deterioro ambiental y la pobreza».

El Dr. Torres resalta dos elementos clave para la sostenibilidad: El aumento de los recursos naturales utilizados, y el aumento de la población mundial. Respecto al primer punto llega a afirmar que «las necesidades humanas son ilimitadas [y] pueden ir satisfaciéndose cada vez en mayor medida gracias al desarrollo de tecnologías más avanzadas». Y por si queda alguna duda, lo aclara: «Mientras el progreso tecnológico sea lo suficientemente elevado, es perfectamente posible satisfacer mayores deseos». Pero esa afirmación es tan cierta como decir que se puede viajar a la Luna en 3 segundos si el progreso tecnológico es lo suficientemente elevado. Si ponemos los pies en la Tierra, nos damos cuenta de que hoy día no están satisfechas ni las necesidades más básicas de gran parte de la población mundial, y no necesitamos tecnologías mejores, sino mentes lúcidas que reconozcan el problema donde está.

Para terminar, el propio Torres derrumba el mito del progreso tecnológico porque la población humana crece desmesuradamente. Pero aunque la población fuera “estable” sería imposible que el progreso tecnológico hiciera frente a consumos exponenciales de energía y materiales. Es sencillamente imposible, hoy en día. Puede que algún día la tecnología nos sorprenda y podamos todos los humanos consumir desmesuradamente, pero eso es tan exageradamente difícil que, mientras, no debemos confiar demasiado en la inexistente tecnología futura.

Lo que Comemos y su Influencia

Leyendo el artículo de Boix Bornay sobre Fukushima, se afirma que al final los ecologistas acaban teniendo razón, y los que afirmaban que las centrales nucleares eran seguras se quedan sin argumentos, lamentando que un terremoto les deje por simples mentirosos o ignorantes (por no hablar de los problemas de la minería del uranio). Y es que, cuando alguien afirma algo hay que mirar lo que dice, sus argumentos, y también SUS INTERESES. ¿Es fiable el Consejo de Seguridad Nuclear?, nos preguntamos muchos ciudadanos. Pero ahora no vamos a hablar aquí más sobre centrales nucleares, de las que ya hablamos no hace mucho, sino de algo más importante, la comida. Lo preocupante es que… puede que los ecologistas vuelvan a tener razón… también en esto.

La comida, y la agricultura, son temas básicos en cualquier “temario” sobre ecologismo, sostenibilidad o Ciencias Ambientales. Ya en 1999, los científicos Nebel y Wright afirmaban que: «la causa fundamental del hambre es la pobreza. Nuestro planeta produce suficientes alimentos para todos los seres humanos de la actualidad. La gente que sufre de hambre o desnutrición carece de dinero para comprar comida, o de tierras adecuadas para cultivar. Si por algún milagro la producción mundial de alimentos se duplicara el próximo año, la situación de casi todos los que padecen de hambre y extrema pobreza no cambiaría (…), [porque] los alimentos (…) fluyen en la dirección de la demanda, no de las necesidades nutricionales». Además, afirmaban que «no hacen falta ciencias ni tecnologías nuevas para aliviar el hambre y al mismo tiempo promover la sostenibilidad cuando cultivamos nuestro sustento». Un problema radica en que existe una globalización económica desigual por la que los países ricos venden libremente sus productos, mientras los países pobres tienen problemas para vender sus productos, ya que los países ricos imponen aranceles o subvencionan sus propios productos.

Los ecologistas llevan mucho tiempo diciendo que la agricultura intensiva es nefasta para el planeta y para el CC (el mayor problema de la humanidad): Producir abonos nitrogenados consume muchísima energía (consumen más de la mitad de la energía de los cultivos según un informe del IDAE), y la agricultura intensiva es la fuente principal de gases de efecto invernadero¡más que el transporte!. Pero también lo dicen algunos economistas sensatos como el genial De Jouvenel, Herman E. Daly, o Georgescu-Roegen y su BioEconomía, asegurando este último que el tamaño deseable de la población es aquel que pueda ser alimentado únicamente a través de la agricultura orgánica (ecológica), lo cual alerta también del problema de la superpoblación.

El hambre en el mundo tiene también otras causas: malas cosechas por el cambio climático, incremento del precio del petróleo, aumento en el consumo de carne, especulación con los productos agrarios, cultivos transgénicos, o el incremento en la demanda de agrocombustibles (mal llamados biocombustibles, porque el petróleo también es un biocombustible, aunque sea fósil). Y de aquí surgen algunas preguntas clave:

Las respuestas de los ecologistas son claras y simples, y SUS INTERESES no son económicos. Entonces… ¿A ver si los ecologistas van también a tener razón en esto, como con las nucleares, y no fomentar una agricultura ecológica resulta ser tan suicida como apostar por una energía nuclear que sale muy cara, tarde o temprano? Los japoneses (y gente no japonesa) están pagando con Fukushima su osadía, pero en esto de la agricultura, los osados somos todos los países del mundo…

Para saber más… recomendamos el documental “Nosotros Alimentamos al Mundo” (2005):

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