🔒
Hay nuevos artículos disponibles. Pincha para refrescar la página.
AnteayerSalida Principal

Sergio C. Fanjul: “El tiempo, tal como está pensado, no tiene que ver con nuestro cuerpo físico ni con la forma en la que deberíamos vivir”

7 Febrero 2026 at 07:00

Nada más terminar la conversación que ha dado cuerpo a este artículo, el periodista Sergio C. Fanjul da las gracias a un servidor por el tiempo invertido. Estas palabras, que en otra entrevista quizá son pura cordialidad, aquí tienen mucho sentido: Fanjul sufre de cronofobia, término que se usa para nombrar el miedo al paso del tiempo y que también ha dado título a su nuevo libro, publicado en la editorial Arpa. 

En este ensayo reflexiona sobre todo lo que implica el tiempo, desde un intento por describirlo hasta su perspectiva más social. De esta manera, muestra la relación problemática que tenemos con él; cómo nos organizamos con respecto al trabajo, los cuidados o el ocio; lo que pensamos del futuro y del pasado; la prisa con la vivimos hoy en día; y un largo etcétera de cuestiones más. Una entrevista que, esperemos, no te haga perder el tiempo.

¿Qué es la cronofobia?

Como su nombre indica, es el miedo al paso del tiempo. Yo empecé a sentirla a los 14 años y desde entonces la arrastro. Ahora que he sacado el libro hay mucha gente que me dice que la comparte también. Y, aunque tenga ese nombre feo y amenazante, creo que es algo connatural al ser humano. De hecho, la mayoría de las filosofías, religiones y espiritualidades se han peleado con este concepto y con qué va a venir después. Algo que sucede porque es una cosa que pasa a través de nosotros, que no sabemos lo que es y que no podemos controlar. 

Estamos rodeados de él, lo manejamos en el día a día. Pero, ¿qué es exactamente? ¿Cómo podemos tener control sobre él? 

Es la gran pregunta filosófica. Ya Agustín de Hipona dejó dicho que notaba el tiempo, sabía lo que era, pero que si le preguntabas sobre él no podía explicarlo. A nosotros nos pasa igual, algo que también nos ocurre con palabras como amor o arte. Con respecto al tiempo, podemos diferenciar varios conceptos: desde eso que nos sirve para ordenar las cosas, para medir duraciones, para concertar citas, está el tiempo objetivo (el del reloj) y el subjetivo (cómo lo percibimos), etc.

Un tiempo que cada vez está más acelerado. ¿Por qué?

Uno de esos tiempos de los que hablaba antes es el que rige el planeta, que se crea a finales del s. XIX con sus usos horarios. Uno que es fundamental que sea igual en todas partes porque es lo que permite que funcionen los medios de comunicación, que lleguen los transportes de mercancías, que haya transacciones financieras, etc. Todo depende de él. El problema es que es un tiempo al que los seres humanos tenemos que adecuarnos, además con la lengua fuera, y que no tiene nada que ver con cómo somos cada uno. 

¿Cómo afecta esto a los cuidados?

El tiempo, tal como está pensado, no tiene que ver con nosotros: ni con nuestro cuerpo físico y ni en la forma en la que deberíamos vivir. Algo que se ve muy bien en la conciliación con la crianza, la pareja, el ocio o el autocuidado. Por ejemplo, yo tengo una niña de cuatro años que exige una temporalidad completamente diferente a la que se propone laboralmente. Los niños necesitan la atención constante de sus padres, algo que el trabajo no permite, por lo que tenemos que externalizar los cuidados. Pero esto ni muchas veces sirve: cuando se habla de conciliar, de lo que se habla es de cómo tener algún sitio donde almacenar a los hijos para trabajar, no en cómo adaptar el trabajo a la crianza.  

«Cuando se habla de conciliar, de lo que se habla es de cómo tener algún sitio donde almacenar a los hijos para trabajar, no en cómo adaptar el trabajo a la crianza».

¿La lucha por el tiempo debería de ser una de las principales luchas políticas?

Totalmente. Desde Sumar han estado muy preocupados con esto y han intentado reducir la jornada laboral. Cuando trabajas ocho horas en una oficina sientes que te están succionando la vida, porque es eso literalmente lo que hacen: el tiempo es la esencia de la existencia. La política tiene que meterse ahí y, aunque no haya salido por culpa de las derechas, tiene que seguir peleándose. Ahora que el término libertad está tan instrumentalizado por la derecha –desde una perspectiva muy malentendida y muy egoísta–, debería empezar a ser enarbolada por la izquierda para defender una idea de la libertad de disponer del propio tiempo. No hay libertad más grande.

Dejando de lado el aspecto laboral, ¿qué necesitamos para ralentizarlo?

Otro factor que ha supuesto una aceleración del tiempo es la tecnología, sobre todo por el teléfono móvil: un aparato que nos está pidiendo atención todo el rato, lo que se traduce en tiempo. Una forma de luchar contra ello es intentar tener un uso razonable de las redes, si es que esto es posible. Ni yo predico con el ejemplo. 

«No hay libertad más grande que disponer del propio tiempo».

Ligado con esto, el otro día leía una entrevista en la que un científico decía que el scroll infinito y la conexión constante hacen que el tiempo pase más rápido no solo porque reclaman nuestra atención, sino porque son un chorro continuo sin momentos que se abran y se cierren. Es decir, no hay hitos que cortan el tiempo ni lo almacenan, como si la vida fuera un churro y no distinguiéramos nada en ella.  Aparte de eso, hay otra forma que han repetido desde diferentes lugares a lo largo de la historia que sirve también para ralentizar el tiempo: el estar presente en el ahora. Cada cosa en su momento y su lugar hace que la experiencia del tiempo sea más lenta y menos agobiante.

¿Cómo se relacionan tiempo y memoria?

El cerebro tiene diferentes formas de entender el tiempo. Hay algunas partes, como la amígdala o el hipotálamo, que se dedican a uno más presente. La memoria, por su parte, es una forma de organizar el tiempo pasado. Nos sirve sobre todo para entenderlo a largo plazo, cuando hablamos de nuestra vida en general. Por eso nos permite recordar cuando íbamos al colegio, cuando éramos pequeños… Ahí radica nuestra identidad. De esta manera, la memoria es lo que somos y a la vez el tiempo pasado: somos lo que hemos sido. Por eso cuando una persona sufre demencia o alzhéimer, pierde su identidad.

Dos conceptos que tienen su vertiente en la nostalgia y, actualmente, en la corriente más reaccionaria.

Hace unos años se empezó a discutir si la nostalgia era revolucionaria o no, si se podía ser nostálgico de un mundo que no respetaba las minorías y, por lo tanto, que era peor. Yo defiendo que hay que diferenciar de qué tipo de nostalgia hablamos, porque quizá se es nostálgico de los movimientos culturales del pasado o de la niñez, cuando la vida, al menos en términos generales, suele ser mejor.

«Quizá se es nostálgico de los movimientos culturales del pasado o de la niñez, cuando la vida, al menos en términos generales, suele ser mejor».

En el libro, además, explico la diferenciación entre dos tipos de nostalgia que hace la pensadora Svetlana Boym. La primera, la restaurativa, es una que quiere volver al mundo anterior y materializarlo, como intenta la extrema derecha. Pero esto no tiene mucho sentido porque no es posible recuperar el pasado en los mismos términos y seguramente se corresponda con uno que no es tan esplendoroso como se piensa. La otra nostalgia es la reflexiva, una más amable que suele estar vinculada al arte: no quiere volver al pasado, sino que se alegra de que haya tenido lugar. Es una alegría por haber vivido y a la vez triste porque ya pasó.

La entrada Sergio C. Fanjul: “El tiempo, tal como está pensado, no tiene que ver con nuestro cuerpo físico ni con la forma en la que deberíamos vivir” se publicó primero en lamarea.com.

Rompiendo las reglas del mercado editorial: publicar libros sin el nombre de las autoras

8 Enero 2026 at 08:30

La editorial Barrett cumplirá 10 años este 2026. Un hito importante para este sello independiente porque, como dicen sus impulsores entre risas, andan siempre buscando la forma de arruinarse pero nunca lo consiguen. Una quiebra con la que coquetean a través de nuevas vías con las que romper las reglas del juego de la industria. Lo probaron reduciendo el número de ejemplares publicados al año, poniendo cuántos tenía cada tirada… pero nada, ahí siguen.

Ahora, por su décimo aniversario, van con todo: publicar los ocho libros que editan al año sin que aparezca la autoría por ningún lado. Una ocurrencia que, como cuentan a La Marea, surgió cuando Zacarías Lara, una pata del trío formado junto a Belén García y Manuel Burraco, se encontraba de vacaciones. “Ese momento en el que surgen las buenas ideas”, dicen. Un disparate –¿publicar sin que se sepa el nombre de la autora en un mercado tan personalista?– que dejó aparcado durante un tiempo porque pensaba que no iba a ser apoyado por sus compañeras. Sin embargo, un día lo comentó medio de risas y la respuesta fue positiva: “A partir de ahí comenzamos a maquinar todo”.

La idea, que surgió en un principio como una forma nueva de divertirse en una industria muy anquilosada, tenía en realidad un trasfondo muy reivindicativo. “Muchas veces la compra de un libro se hace en función del nombre que aparece en la portada”, explican. Una predisposición con la que querían acabar para resaltar la importancia de la historia. Todo ello siendo conscientes de que no podía suponer el borrado de la autoría. “Ni mucho menos. Somos conocedores de toda la lucha que han llevado a cabo las escritoras o las personas del colectivo LGTBIQ+ por su autoría. Lo nuestro es un juego: si quien está detrás quiere desvelar su identidad, puede hacerlo en un tiempo”.

Pequeñas editoriales, lectoras de las agencias literarias

Además de esa cuestión, afloraron otras muchas reivindicaciones según iban avanzando en la idea. Como el salirse del circuito de las agencias literarias. Según sus palabras: “Estas son las que dominan un poco el mercado del libro ahora mismo. Y como su principal fin es maximizar los beneficios, intentan que el libro sea comercial. Creemos que modifican mucho los textos, que influyen en los tiempos de escritura de las autoras, etc. Algo que ha llevado a que se haya perdido la romanización del mundo literario, que ha pasado a ser un mercado más”.

Aparte de ello, señalan que las agencias las utilizan como lectoras literarias. Un hecho que explican a través de un ejemplo: “Nos envían manuscritos, luego nosotras contestamos con nuestras propuestas y ocurre el silencio. Y al mes vemos que lo publica una editorial grande. No sabes hasta qué punto te utilizan. Cuando te ocurre una vez, puede ser casualidad, pero a la décima empiezas a sospechar”.

A esto se añade el sentimiento de verse como la cantera de las grandes editoriales. “Con Andrea Abreu y Panza de burro hemos llevado a cabo un trabajo que podría haber hecho una editorial como Anagrama: se ha traducido a 15 idiomas, se va a hacer una película, se han vendido muchísimos ejemplares, etc. Pero cuando sucede un éxito así, los grandes sellos suelen publicar su siguiente libro, por lo que al final son las pequeñas las que nos arriesgamos para que las grandes vean los frutos. Lo que es una mierda”, explican.

Algo que las agencias perpetúan. “En situaciones como esta, las agencias, en vez de apostar por que sigan en el sello independiente, creemos que se encargan de destrozar relaciones”, cuentan. Por ello, desde Barrett hacen un llamado a que tanto autoras como sus representantes tengan en cuenta otras cuestiones más allá de la rentabilidad económica. “Esto lleva a que pequeñas editoriales no puedan tener ni fondo ni catálogo. Algo que las grandes no quieren que suceda”.

Escribir sin presión

Cuentan a La Marea que a las ocho autoras y autores que se lo propusieron les pareció muy buena idea. Y eso que algunas les dijeron que con “solo poner su nombre en la portada podían pagar un año de alquiler”. Aun así, salían ganando porque significaba que podían escribir de lo que quisieran sin presión. Actualmente, el mundo del libro, al ser tan personalista, lleva aparejado un alto nivel de exposición. “Que vendas o no casi depende de lo que hagas en redes sociales, por lo que tienes que trabajar ahí”, explican. Por ello, creen que para muchas autoras esto ha sido una oportunidad para seguir escribiendo en libertad, que al final es lo que les gusta. 

A todo ello, se suman unas campañas de promoción que suponen un gran cansancio para las dos partes. “Sobre todo para la escritora, ya que tiene que repetir una y otra vez lo mismo durante muchos días”, cuentan. Unas dinámicas de las que huirá también la editorial: este nuevo año tendrán que hacer la promoción de diferentes formas. “Las ediciones van a ir con algo especial, vamos a hacer otro tipo de colaboraciones que no habíamos hecho hasta la fecha, vamos a hablar con librerías para mover los libros sin las autoras… Está siendo un trabajo interesante”.

Una apuesta que les da tanto miedo como ilusión: al final es una idea arriesgada que les ha supuesto una inversión económica importante. “Uno de los puntos que pensamos fue igualar las condiciones para todas las escritoras. En general, cuando hablas con una autora, si tiene una agencia, esta va a intentar exprimirte y no pensar tanto en quién representa. Sin embargo, ahora las condiciones económicas, los plazos, etc. son iguales para todas las personas. Y si alguna ha negociado algo más, hemos igualado por lo alto al resto”, explican.

Otros intentos de quiebra

Si hay algo que define a la editorial Barrett es esa apuesta por intentar hacer que este mercado sea algo más saludable. Por ello, en el sello ya han coqueteado en el pasado con iniciativas como dejar claro cuántos libros tiene cada tirada. Una decisión que les supuso un pequeño debate con la distribuidora, ya que comercialmente no interesaba a ninguna parte. A ellos les dio igual: creen que hay que ser coherentes, por lo que tiene sentido proporcionar estos datos. “Quizá alguna vez pasamos por el aro, pero defendemos la transparencia”, explican. 

Respecto a este tema, creen que hay un error de comprensión entre lo que significan las palabras edición y reimpresión. “Normalmente lo que se lleva a cabo es la segunda opción. Pero más allá de eso, cuantas más se tiran se tiene la percepción de que más libros se han vendido. Algo que no tiene por qué ser exactamente así, sino que es una estrategia de marketing que nació con las grandes y que el resto de sellos hemos adoptado”, explican.

También su decisión de reducir el número de títulos al año en un mercado saturado por los grandes grupos. “Vivimos en la época de la literatura rápida: no solo en el terreno de leer, sino también de su posicionamiento en librerías. Por ello, nuestra apuesta desde hace unos años ha sido reducir los títulos que publicamos al año de diez a ocho. El mercado del libro es una industria que funciona con dinero ficticio y que no permite parar de producir, por lo que si lo haces, te comes tal devolución que te arruinas. Por ello las grandes editoriales sacan tantos libros: para copar todo y que cueste más que las de los otros sellos tengan visibilidad”. Más allá de todo ello, siguen sin arruinarse y dicen que para ellas es un logro haber llegado hasta aquí.

La entrada Rompiendo las reglas del mercado editorial: publicar libros sin el nombre de las autoras se publicó primero en lamarea.com.

Desenfocar para ver y poder hacer frente al horror del mundo

13 Diciembre 2025 at 09:46

Cuando un ser humano se enfrenta a una foto, pintura o grabación desenfocada, normalmente se queda un rato con la mente en ese espacio resbaladizo, pensando qué pueden esconder esos contornos sin forma precisa. Sucede porque nuestro cerebro tiene la necesidad de encontrar la definición, de fijar los límites de lo que está viendo. Y es esta exigencia la que ha llevado a muchos artistas a jugar con el desenfoque para mostrar su mundo desde otra perspectiva. Con un uso variado a lo largo de la historia, la exposición Desenfocado, que se puede visitar en Caixa Fórum de Madrid hasta el 12 de abril, se centra en todas estas cuestiones.

Con 72 obras y comisariada por Claire Bernardi y Emilia Philippot, la muestra parte de Claude Monet y sus nenúfares. De él, el primero en hacerlo –o al menos el más representativo–, dicen los estudiosos que pintó así esta serie de cuadros porque tenía cataratas. Pero, según han dejado escrito las comisarias en el catálogo de la exposición, una vez que se operó los ojos siguió haciéndolo de forma borrosa, por lo que para ellas acabó siendo una elección estética.

derecha: la directora de CaixaForum Madrid, Isabel Fuentes; la directora del Musée de l’Orangerie y comisaria, Claire Bernardi, y la conservadora en el Institut National du Patrimoine de Francia y también comisaria, Emilia Philippot.© Máximo García. Fundación "la Caixa"
La directora de CaixaForum Madrid, Isabel Fuentes; la directora del Musée de l’Orangerie y comisaria, Claire Bernardi, y la conservadora en el Institut National du Patrimoine de Francia y también comisaria, Emilia Philippot.© Máximo García. Fundación «la Caixa»

Isabel Fuentes, directora de CaixaFórum Madrid, destaca que en algunos textos suyos se pueden leer frases que demuestran perfectamente esta idea. Como esta que el pintor dejó escrita: “Lo indeterminado y lo vago son medios de expresión que tienen su razón de ser y sus propiedades; gracias a ellos la sensación se prolonga. Ambos son el símbolo de la continuidad”.

A partir de Monet, otros muchos artistas comenzaron a utilizar el desenfoque desde el terreno de la experimentación, una serie de creaciones ligadas a la modernidad. “De hecho, la primera parte del siglo XX está muy asociada a la fotografía y a lo cinematográfico. En estos años utilizan el desenfoque como una elección estética al servicio de entender los mecanismos del inconsciente, como herramienta del psicoanálisis y un largo etcétera de usos más”, prosigue Fuentes. Una serie de obras entre las que se pueden encuadrar los primeros trabajos de Mark Rothko o, en los años 60 y 70, los juegos de percepción visual de Wojciech Fangor.

(Des)enfocar el fin de las certezas

Mircea Cantor, ‘Unpredicteble Future’, 2015. Colección particular, París.© Mircea Cantor, VEGAP, Barcelona, 2025

Si antes de la Segunda Guerra Mundial se utilizó principalmente como experimentación, a partir de ese conflicto –por todo lo que llevó aparejado– vivirá su punto álgido: desde entonces también se empezará a usar como herramienta para narrar lo que no se puede contar directamente. “Con la Segunda Guerra se habla del fin de las certidumbres, por lo que a partir de entonces el mundo queda difuso. Se abre todo un contexto para que muchos artistas experimenten con esa idea de fondo”, explica Fuentes.

Y añade: “Ante el horror de la guerra y los campos de concentración, hay una serie de creadores que utilizan el desenfoque para velar, para hacer menos explícita o restarle definición a una realidad difícil de afrontar. Pero al mismo tiempo, con ese elemento borroso, buscan demandar la concentración del observador para poder hacer frente a esa realidad. Un doble juego de desenfocar para ver”. 

De esta forma, el desenfoque, la visión borrosa, servía para mostrar esa imagen que, nítida, nos sería imposible mirar. Como sucede en la obra del francés Christian Boltanski, quien intentó explicar el horror que supuso el Holocausto a través de rostros infantiles difuminados que acaban teniendo un aire espectral. También se encuentra en la exposición el trabajo del fotógrafo Alfredo Jaar, quien se propuso lo mismo, pero con el genocidio de Ruanda. En su caso, aparece la fotografía de una mujer de espaldas y borrosa como metáfora de que le fue imposible contar esa barbarie. Y el de Thomas Ruff, con Jpeg ny01, un trabajo en el que muestra una imagen del ataque que sufrieron las Torres Gemelas en 2001 muy pixelado.

La identidad y el tiempo escondidos en el desenfoque

Según la directora del museo del CaixaFórum, a partir de entonces, el desenfoque no ha hecho más que crecer para intentar explicar otros aspectos. Como el de la identidad: “Es un concepto en constante cambio que podemos ver en obras de Óscar Muñoz o Bertrand Lavier”. También en el trabajo de la fotógrafa Mame-Diarra Nianang, quien en Morfología del sueño nª 6 de la serie Sama Guent Guii explora la identidad negra a través del desenfoque, consiguiendo así reflexionar sobre qué constituye a un individuo más allá de lo que han impuesto sobre él.

La exposición finaliza con varias obras en las que se pone en cuestión el tiempo actual. Entre todas ellas, hay dos que explican muy bien cómo nos relacionamos con él. La primera es una de Marten Baas, quien a través de un falso reloj digital pone en cuestionamiento el tiempo desdibujado. Y la segunda es una obra de Mircea Cantor, en la que, a través de la frase Impredictable futur escrita  en un espejo con vaho, el autor apela directamente a un futuro incierto, uno todavía por disputar.

La entrada Desenfocar para ver y poder hacer frente al horror del mundo se publicó primero en lamarea.com.

  • No hay más artículos
❌