Entrado el año 2006, en Buenos Aires, organizaciones provenientes de distintas trayectorias previas, decidimos, después de compartir debates y luchas conjuntas, dar un paso más y llevar adelante una construcción común. Surge así, la FOB (Federación de Organizaciones de Base).
A lo largo de los años nos hemos desarrollado construyendo y luchando contra los distintos gobiernos y poderes dominantes, llegando incluso a tener presencia en distintas provincias. En ese trayecto, no estuvimos exentos de muchas dificultades, tensiones y, en definitiva, de luces y sombras. En el 2019, un sector decidimos retomar las huellas que nos constituyeron, enriqueciendonos con nuevas búsquedas. Y en ese contexto, del riñón de aquella FOB de los orígenes, surge nuestra FOB Autónoma que hoy, a 20 años de aquellos inicios, sigue caminando y peleando por conquistar ese mundo nuevo que llevamos dentro de nuestros corazones!!!
El 20 de julio de 2001, durante el apogeo del movimiento contra la globalización capitalista, cientos de miles de personas se movilizaron en Génova, Italia, para oponerse a la cumbre del G8. Durante las manifestaciones masivas de esos dias, un oficial de policía llamado Mario Placanica disparó y mató a un manifestante de 23 años llamado Carlo Giuliani. El siguiente texto fue escrito por Tomás Rothaus, un compañero participante en la batalla de Génova.
Si estamos hablando seriamente de la revolución, entonces tenemos que echar un vistazo serio a la historia y ver cuáles son sus consecuencias, no solo si fallamos, sino incluso si somos triunfantes. Las revoluciones significan sangre, muerte y sufrimiento. Si no estamos dispuestos a aceptar esto, entonces no deberíamos estar agitando por lograrlas.
—“The Lessons of Genoa.” Barricada #8. Verano/septiembre 2001
Escribí esas palabras alguna vez, Carlo, cuando tu sangre todavía estaba fresca en el pavimento y tu nombre aun en cada periódico y en cada televisión. Las publiqué en nuestra revista anarquista, Barricada, y sigo sosteniéndolas. Pero por favor no las malinterpretes. Siento que te hayas ido y vivo tu muerte como una tragedia. Pienso en ti hasta el día de hoy más de lo que podrías imaginar. Espero no ser el unico a quien le pasa.
Durante años y años, por todo el tiempo que pude, me aseguré de que cada 20 de julio, dirigiéramos la rabia que llevábamos por vos en nuestros corazones hacia nuestros enemigos. En las ciudades de cualquier país de turno en el que por casualidad me encontrara, nos aseguramos de que los cócteles molotov iluminaran la noche, que llovieran piedras en la oscuridad contra los bancos, que emboscáramos a los coches de policía, que grabáramos tu nombre en las paredes de Boston, Goettingen, París, o Berlín. A veces, para celebrar tu vida y no tu muerte (así como para despistar de la policía), elegiamos vengarte en tu cumpleaños, el 14 de marzo, en lugar del día de tu muerte.
Hoy, décadas después de ese 20 de julio de 2001, a menudo me acuerdo de vos en los momentos mas inesperados. Veo a un hombre cuarenton, vestido decentemente, ordenado, tal vez con un traje de negocios o algún tipo de uniforme de trabajo. Un humano lo suficientemente viejo como para parecer desgastado por las inevitables tensiones de la vida, el amor y el trabajo, pero lo suficientemente joven como para que su juventud todavía brille detrás de la sombra de las cinco en punto y el incipiente vientre de cerveza. Porque cuando veo a esta persona al azar, cualquier persona al azar, que tiene la edad que tendrías hoy, me acuerdo del día en que una bala de la policía te quitó la vida y tu futuro.
No estoy tan indignado por tu muerte como lo estoy por toda la vida que te robaron.
Teníamos una afinidad en la batalla, y fue solo el destino el que te puso precisamente en esa batalla en particular, en esa plaza en particular, en la que mis amigos y yo justo no estábamos. La única vez en ese día que justo la policía apuntó sus balas no al cielo, sino a la cabeza de un ser humano. Tu cabeza.
Pero por lo que me dijeron, si hubiéramos vivido en la misma ciudad, es probable que no nos hubiéramos llevado muy bien. Me han dicho que eras uno de la punkabbestia de Génova, que (por lo que entiendo) es algo asi como los punkis callejeros que teníamos en mis ciudades. No particularmente organizado, a veces apareciendo en reuniones políticas, pero definitivamente no un activista, militante o cualquier tipo de cuadro politico organizado. Los Tute Bianche, cuyas palabras hasta el día de hoy, obviamente, todavía soy reacio a tomar muy en serio, te llamaron “no particularmente polítizado”. Dijeron que solías pasar tu tiempo en la Piazza Delle Erbe, donde “mendigabas y pasabas tu tiempo con amigos y perros callejeros”. De por si no tengo nada en contra, pero todos sabemos que los punkis callejeros y los jóvenes anarquistas ortodoxos obsesivos a menudo no se llevaban muy bien.
Sin embargo, nada de eso importa. Lo que importa es que te han congelado en el tiempo. Siempre serás un joven punk callejero, si eso es realmente lo que eras, privado de la oportunidad de seguir haciendo aquello que te hacía feliz y te hacía sentir pleno como persona en los años y décadas que aún te quedaban por vivir. Tal vez tu rebelión juvenil eventualmente se habría desvanecido, habrías terminado tus estudios universitarios, obtenido un título, seguido adelante con tu vida y mirado hacia atrás con desdén hacia tus días de rebelde y marginado callejero.
O tal vez los habrías recordado con nostalgia melancólica, como un capítulo saludable por el que pasaste en tu vida antes de asimilarte, conseguir un buen trabajo sindical gracias a las conexiones de tu padre, formar una familia y lanzar una moneda hacia la próxima generación de punkabbestia mientras los pasabas por las calles que solían ser tuyas. O, quién sabe, tal vez te habrías convertido en un viejo punk, canoso pero todavía libre, perro a tu lado, vagando por las calles de Génova hasta el día de hoy.
Pero te robaron el futuro, así que nunca serás ninguna de esas cosas. No nos traicionarás, no seguirás adelante, ni caminarás entre nosotros. Incluso si mis aventuras no me hubieran exiliado de Europa y pudiera encontrarme en Génova una vez más, nunca recordaremos juntos ese día de verano caluroso y soleado en el que podrías haber ido a la playa, pero en cambio, indignado por la invasión policial de tu hogar, te uniste a nosotros en la batalla.
Nunca tendrás la oportunidad de seguir adelante, arrepentirte de tus elecciones, denunciar los excesos de tu juventud o pasar toda tu vida manteniéndote fiel a ellos. Siempre serás, como tu mejor amiga Daniele te recordó pocos días después de tu muerte,
“alguien que tenía ese mal por dentro, el que está aquí en el aire, que todos tenemos. No encajaba en la sociedad, en el sistema. Sufría mucho, y como era más sensible que nosotros, más generoso y más amable, también era más frágil”.
Para siempre un niño de veintitrés años, solo poco mas que un adolescente, mirándonos a través de una foto gastada, o recordándome del precio brutal de la rebelión mientras la imagen de ti acostado en un charco de sangre gira constantemente por mi cabeza.
Asi como estoy indignado de que te robaran cualquier futuro que aún no hubieras elegido, estoy alarmado porque veo que tu memoria se desvanece en el tiempo en la conciencia colectiva de aquellos que vinieron después de ti. Ni siquiera sé por qué me dirijo a ti en una carta. No creo en la vida después de la muerte, y dudo que tú lo hicieras. Tal vez es mi forma desesperada de aferrarme a una sensación de control sobre lo que parece inevitable: que el tiempo finalmente nos devorara a todos. Que, aunque las circunstancias pueden ser diferentes, tanto la muerte como el paso del tiempo algún día vendrán por mí tal como vinieron por ti. Aún así, y aquí asumo que también somos similares en espíritu, solo porque sea inevitable no significa que me va a impedir tratar de prevenirlo.
Sin embargo, han pasado muchos años, Carlo, y yo tambien he tenido que dejar mis armas. Entonces, como ya no puedo hacer mi parte para mantener tu memoria viva con la acción, aquí estamos: un anarquista impío escribiendo una carta a un punk callejero muerto. Con la esperanza de que otros lo lean y pregunten sobre ti, y sobre las condiciones, los sueños y las aventuras que llevaron a la creciente ola de nuestro movimiento, y la ola que barrió tu vida con ella ese día. Es hoy la única arma útil que puedo encontrar en mi arsenal para luchar contra la idea de que serás olvidado, solo una nota a pie de página en un lejano enfrentamiento de un movimiento olvidado hace mucho tiempo. Tu cara, tus esperanzas, tus sueños y, finalmente, tu nombre se desvaneciendose en los libros de historia.
Hemos estado luchando la batalla por tu memoria desde el día en que te mataron. Hemos hecho todo lo posible para hacerle justicia. Para no asignarte roles o aspiraciones que es posible que hayas rechazado. Pero no ha sido fácil, y me disculpo si no te hemos representado como te hubiera gustado. En Barricada, con valentía y sin dudarlo, te calificamos de anarquista, sin saber si te identificabas con la palabra. En nuestra defensa, no puedes imaginar cómo fueron esas horas, días, semanas y meses después de tu muerte.
Había algunos entre nosotros, bien intencionados pero equivocados, que se imaginaban que eras un militante anarquista organizado. Un luchador de primera línea del bloque negro. Querían convertirte en un mártir voluntario que sacrificó con gusto su vida por la causa. Pero sé que no elegiste esto, porque estuviste a punto de ni siquiera aparecer por allí aquel día. Más importante aún, porque ninguno de nosotros lo elige. A diferencia de los fascistas, celebramos la vida, no la muerte.
Luego estaban los pacifistas y los reformistas. En estos días, trato de alejarme del lenguaje sectario anarquista hiperbólico de mi juventud, pero cuando los recuerdo, sus acciones y sus palabras cuando hablan de ti, vuelve rugiendo. ¡Si hubieras podido ver las lágrimas de cocodrilo de la escoria de ese movimiento! Invocaron tu nombre, pretendieron mantener tu memoria alta, pero te celebraron y recordaron solo porque moriste.
A aquellos de nosotros que actuamos como vos, contigo, que fuimos camaradas ese día pero a quienes el destino no puso en el camino de la bala de un policía esa tarde en la Plaza Alimonda, nos denunciaron. Dijeron que éramos responsables de la violencia, que habíamos traído la ira del Estado sobre los buenos manifestantes. Que indirectamente fuimos nosotros los responsables de tu muerte, no el Estado, no el policía que disparó el arma. Difundieron absurdas teorías de conspiración de que el bloque negro y la resistencia masiva, generalizada y digna, eran obra de policías y fascistas encubiertos.
A la deriva en la realidad paralela que creó esa narrativa, intentaron atacarnos, trataron de expulsarnos del movimiento, empujándonos hacia los policías, llamándonos fascistas y ‘hooligans’. Y al día siguiente, cuando nos propusimos vengar su muerte, dirigieron sus cantos de “¡Assassini!” –asesinos– tanto a nosotros como a la policía. Hicieron todo lo posible para reclamarte como un mártir de su movimiento, pero en su caso con el increíble cinismo e hipocresía de reivindicar tu memoria mientras denunciaban a todos los demás que actuaban como tú. A ellos les servias mas muerto que vivo. Un ‘hooligan’ en vida, un mártir en la muerte.
La gente de ATTAC, el Foro Social de Génova, los Tute Bianche, los reformistas y toda la sopa de alfabeto de los aspirantes a gerentes del descontento, todos ellos trataron de convertirte en una víctima. Un joven desventurado y equivocado, asesinado por el Estado. Querían privarte de tu autonomía, como a menudo lo hacen con aquellos cuyas opciones no pueden entender o no respetan. Todavía no estoy seguro de cuánto de esto es oportunismo cínico y cuánto es que en realidad no pueden concebir ninguna forma de lucha más allá de las maniobras políticas y los enfrentamientos mediados. Así que cada vez que poníamos a los policías en fuga, cada vez que abríamos suficientes frentes para mantenerlos a raya, para que algunos de nosotros tuviéramos la oportunidad de tomar descansos muy necesarios y muy merecidos entre batallas, alucinaron algún gran plan maestro de la policía para justificar la represión contra todo el movimiento antiglobalización.
Los vivos éramos fascistas, ‘hooligans’ y provocadores, mientras que tú, en virtud de tu muerte, te convertiste en una víctima y un mártir. Simplemente no podían aceptar que la rebelión en Génova no solo fuera orgánica y auténtica, sino también exitosa.
Moriste precisamente porque, en ese día y en ese momento, lo estábamos logrando, les estábamos ganando la partida. La policía se retiraba, y el miedo estaba finalmente cambiando de bando. No sé si alguna vez lo supiste, pero no solo fue allí, en la Piazza Alimonda, sino que estaban huyendo por toda la zona. Sé que esto será controvertido, pero dadas las circunstancias, ni siquiera estoy seguro de que sea correcto decir que te “asesinaron”. Nos ahorraré a los dos la reconstrucción voyeurista de las minucias de tus últimos momentos. Hubo años de interminables discusiones sobre si la bala te golpeó directamente o rebotó en algo, si estabas lanzando el extintor de incendios o simplemente sosteniéndolo. El policía que te disparó finalmente fue encontrado actuando en defensa propia y absuelto de cualquier irregularidad.
Tampoco estoy tan seguro de que importe, honestamente, aparte de la necesidad de muchos camaradas, incluso compañeros anarquistas, de buscar el papel de víctima de la brutalidad policial, como si posicionarnos en el papel de víctima perpetua frente al gran Estado malo nos posicionara en un terreno moral a los ojos de una sociedad en general. Es derrotista y lo odio, como supongo que tú también lo harías. La justicia que buscábamos nunca fue la del Estado y sus tribunales.
Hablando de miedo, esto es lo que el policía militar que te disparó, Mario Placanica, le dijo al juez poco después de matarte:
«Disparé porque tenía miedo de morir. No sé qué pasó. Recuerdo que nos estaban rodeando, que nos atacaban, que el jeep era un infierno. Me temblaban las manos y disparé sin mirar hacia fuera».
No me malinterpretes, definitivamente no soy amigo de policías o soldados, pero no tengo ninguna dificultad para creerle. En ese momento tenía veinte años, apenas más que un adolescente, enviado a las calles de Génova ese día después de que sus superiores le dijeran que “estuvieran atentos” porque los manifestantes estarían “tirando bolsas de sangre infectada” y que habría “ataques terroristas”. Él dijo: “El sentimiento era como si fuéramos a la guerra”.
He estado en situaciones similares, incluso en otras partes de Génova ese mismo día. Me he parado en el lugar donde estabas, pero en un momento diferente y en un lugar diferente, y mirado a los ojos de la persona uniformada frente a mí. Si yo fuera el policía o el soldado, también tendría miedo. Tal vez yo también apretaría el gatillo, especialmente si fuera un joven soldado, un creyente en Dios y en la patria, frente a una horda de anarquistas enmascarados avanzando de manera aparentemente incontrolable.
Por si sirve de algo, el hombre que te mató es una cáscara de un ser humano ahora. Salido de los carabinieri en 2005 debido a problemas psicológicos, hoy se representa a sí mismo como un hombre “destruido, solitario y consumido” que lucha contra la depresión.
Como era de esperar, no tengo casi ninguna simpatía por su situación. ¿Pero es personalmente un asesino? No lo sé. Nunca pudimos decidirnos al respecto. Tanto que la contraportada del número de Barricada que publicamos inmediatamente después de la batalla de Génova, que estaba dedicada a ti, en la que prometimos vengarte, incluye la línea “Carlo no fue víctima de la brutalidad policial” mientras al mismo tiempo proclamabamos: “Asesinaron a un anarquista”.
“In Loving Memory of a Fallen Comrade.” Barricada #8. Summer/September 2001.
Por mas desprecio que tengo por el hombre que te mató, hace unos años, dijo algo que me ayuda a entender por qué yo, como tantos anarquistas, me he identificado tan fuertemente contigo y he sentido tu muerte de manera tan personal y apasionada:
“Ese día para mí sigue siendo un trauma, un trauma por la muerte de un chico como yo, que también fue víctima de aquel trágico día. No soy un verdugo, no soy un vigilante. Ese día no sostuve el arma para Mario Placanica, la sostuve para los Carabinieri, para el Estado italiano”.
Por un momento, dejemos de lado la lastima en la que se regodea y la falsa equiparación con la que se presenta a sí mismo como una víctima más, ya que ambos sabemos que no era un recluta sino un profesional que voluntariamente eligió su profesión. Sin embargo, tiene razón en que fue el Estado italiano el que puso el arma en la mano de este niño soldado y le dio rienda suelta para disparar contra quiénes se rebelaron en su contra. Te dispararon porque eras “uno de nosotros”.
“Uno de nosotros”. Lo pintamos con aerosol en las paredes durante años. Uno de los miles y miles en las calles de Génova ese día que eligió la rebelión. Uno de nosotros, uno y el mismo, independientemente de la etiqueta política que nos apliquemos, independientemente de si algunos pasen sus días editando diarios anarquistas y tramando acciones mientras otros pasan sus días pidiendo limosna y paseando a sus perros por las calles de su ciudad.
“Uno de nosotros.” Todos nosotros, independientemente de nuestras motivaciones más específicas, estuvimos allí ese día porque veiamos que este mundo esta roto y nos negamos a permanecer de brazos cruzados. Elegiste rebelarte, al igual que nosotros, una roca en tu mano, tu rostro enmascarado, la cabeza sostenida alta con dignidad. Sin intermediarios, sin espectáculo escenificado o gestionado de la rebelión, diagramado para apelar a los supuestos gustos de las masas. Con tan solo tu cuerpo como arma y los camaradas que estaban a tu lado como tu fuerza. Elegiste este camino no para morir, sino para vivir. Porque querías vivir, libre y desencadenado.
Tan libre, tan desencadenado, que sé que nuestra afinidad probablemente solo existía en las calles, en combate contra aquellos que reconocimos como nuestros enemigos comunes. No voy a estar tocando ninguna nota nostálgica aquí en cuanto al maravilloso ser humano que eras, aunque tu padre dice que le diste “la fuerza de tus ideales” y le enseñaste a no juzgar a la gente por “una camisa rasgada, agujeros en sus pantalones o cabello de color”. No habrá voyeurismo de duelo aquí; los buitres de la prensa hicieron suficiente de eso en su momento.
“Uno de nosotros.” Tal vez no un activista o un militante, ni un cuadro de cualquier organización o estructura política, sino uno de nosotros porque elegiste luchar. Con nosotros, junto a nosotros, lado a lado. Uno de nosotros, y por eso te dispararon. Todos sabemos que la bala que te encontró podría haber encontrado fácilmente a cualquiera de nosotros. Era para cualquiera de nosotros, para todos nosotros.
A lo largo de los meses y años que siguieron a tu muerte, llegué a entender cuán dolorosa y visceralmente cierto es esto, como camarada tras camarada cayó sobre las balas del Estado o los cuchillos de los fascistas. El mismo año de tu muerte, el Estado desató una tormenta de balas que mató a decenas en Argentina. No pude evitar recordarte mientras me refugiaba detrás de nuestras barricadas improvisadas, sin saber si las balas que nos disparaban eran de goma o plomo. Años más tarde, cuando un policía asesinó a un anarquista de quince años en Atenas, muchos de nosotros que compartimos las calles contigo en Génova llovimos fuego contra los policías fuera del Politécnico ocupado, y se que tú también estabas en nuestros pensamientos en esos momentos.
Lo que diré a continuación puede sonar contradictorio, pero tiene sentido desde la perspectiva de un combatiente. Después de muchos años, he concluido que eso es lo que somos: combatientes. Por supuesto, no vamos a la guerra, y no pretendo que somos cosas que no somos. Es cierto que no hay comparación entre los riesgos asociados con los conflictos en los que participamos y las condiciones de la guerra real. Pero mis experiencias de vida y las experiencias de los que me rodean implican una proximidad constante a la muerte, la prisión, lesiones graves, el exilio. Estas no son las experiencias, los traumas, que la mayoría de los civiles experimentan en esta parte del mundo.
Por lo tanto como combatiente creo dos cosas de manera simultánea, aunque suenen contradictorias.
Primero, que tu muerte fue trágica. Ojalá nunca hubiera pasado. Hemos tratado desesperadamente de vengarla, tanto como una cuestion de principio como también como una cuestión de defensa propia básica. Enviar el mensaje al Estado de que la sangre de los rebeldes, de los anarquistas, lleva consigo un alto precio.
Pero al mismo tiempo, y aquí es donde mucha gente no estaba de acuerdo con nosotros, ¿fue inesperada tu muerte? Probablemente no. ¿Deberíamos llamarlo asesinato? Tal vez en el sentido amplio, pero la pregunta parece casi irrelevante. Sobre todo: ¿fue tu muerte una razón para detener nuestros esfuerzos? Absolutamente no. La rebelión es importante. Pero los rebeldes mueren, particularmente cuando las rebeliones comienzan a tener éxito y el Estado comienza a tomar en serio a sus enemigos. Y cuando el Estado les quita la vida, los extraño, y amo incluso a aquellos que nunca conocí.
Puede sonar a demagogia barata, esto de decir que extrañas a una persona que nunca has conocido, y con la que probablemente ni siquiera te hubieras llevado bien. Pero asi es. Te extraño como extraño a Dax y a Carlos, muertos por los cuchillos fascistas en Milán y Madrid; como extraño a Clement que cayó luchando contra los fascistas en París; como extraño a Pocho Lepratti en Buenos Aires, Alexis en Atenas y Tortuguita en Atlanta, todos muertos por las balas de la policía.
O como extraño a ese chico en Goettingen que entró en nuestro local un día, cuyo nombre ni siquiera puedo recordar, a quien me avergüenza decir que nunca me tomé en serio, que pasó a dar su vida luchando contra el fascismo islámico y por la revolución en Rojava, como tantos otros voluntarios internacionales. Lo extraño a el y a todos los demás compañeros y compañeras que cayeron, porque esas balas y cuchillos estaban dirigidos a todos nosotros. Los extraño porque todos eran parte de la lucha por una ideal colectivo por el cual todos, de diferentes formas, elegimos luchar. Los extraño, como te extraño a ti, porque aunque no conozco al individuo, conozco al tipo.
Por lo tanto Carlo, no te conocía, pero siento mucho que ya no estés con nosotros. Nunca te conocí, pero te echo de menos. Siempre mantendré vivo tu recuerdo e intentaré vengar tu muerte, porque la sangre de nuestros compañeros no se derrama en vano. Y aunque sigo sin encontrar el optimismo necesario para creer en una vida convenientemente idílica después de la muerte, no puedo evitar la esperanza de que hayas estado sonriendo desde arriba, aprobando nuestros esfuerzos.
Este texto fue escrito originalmente en septiembre de 2009, tras las protestas de la Cumbre del G20 en Pittsburgh, y se refiere a las acciones emprendidas por los participantes del bloque negro en el barrio de Oakland de Pittsburgh, que más tarde se conoció como Bash Back! Black Bloc, debido a su composición queer. Se convirtió en un texto influyente en los círculos anarquistas queer y trans de principios de la década de 2000 y ha sido republicado en varias publicaciones, incluyendo el fanzine Dangerous Spaces: Violent Resistance, Self Defense, & Insurrectional Struggle Against Gender de Untorelli Press y el libro What is Gender Nihilism?. Traducción desde el inglés por Tía Akwa
Jueves por la noche, tras un discurso motivacional queer radical sobre el motín, emergió un bloque negro como cuarta ronda de los enfrentamientos callejeros del día. Este bloque, particularmente visceral (más tarde denominado Bash Back! black bloc) se desplazó por Oakland rompiendo incontables ventanas, volcando contenedores y prendiéndolos fuego.
Un amigo comenta: ¿qué hay de queer en eso? La gente solo llevaba puesto negro y quemaba cosas en la calle. Respondemos: la práctica de vestirse de negro y destruir todo puede muy bien ser el gesto más queer de todos.
De hecho, toca el núcleo del asunto: queer es negar. En esta intersección de nuestros cuerpos desviados experimentamos con convertirse-muchedumbre [becoming-mob], problematizando nuestras propias fronteras corporales. Varitas mágicas de hadas, tiaras, martillos y máscaras fueron anexadas a nuestros miembros como prótesis peligrosas. Rocas, contenedores y vestidos de lentejuelas negras fueron profanados y puestos en uso —lanzados a través de ventanas, incendiados, y drapados sobre nuestros hombros como una interpretación más fabulosa del atuendo para disturbios. Nuestros umbrales del yo se disolvieron aún más en un suelo de vidrio astillado y basura humeante a través del campo de juego.
Sin vacilación, las personas queer deshicieron las restricciones de identidad al convertirse en autónomas, móviles, y múltiples con diferencia variable. Intercambiamos deseos, gratificaciones, éxtasis, y emociones tiernas sin referencia a las tablas de valor excedente de las estructuras de poder. Brazos musculosos construyeron barricadas y rompieron cosas al ritmo de himnos imaginarios de riot grrrl (¿o era La Roux?).
Si la tesis es correcta que el género es siempre performativo, entonces nuestras mismidades performadas resonaron con el género más queer de todos: el de la destrucción total.
A partir de ahora nuestros pronombres de género preferidos son el sonido de vidrio rompiéndose, el peso de martillos en nuestras manos y el aroma dulzón-asqueroso de mierda ardiendo.
¡Trátennos acorde a esto!
La marcha continuó su pillaje por Forbes, encontrándonos con algún aspirante a homófobo de poca monta que nos llama maricones. Antes de que pudiera darse cuenta de su error, le infligimos al imbécil un sadismo particularmente cruel. Le mostramos su error bajo una ducha de patadas, puñetazos, y una abundante rociada de gas pimienta. Antes incluso de tocar el suelo, la lógica immunitoria del biopoder fue vuelta del revés. Su poder para moldear nuestros cuerpos y exponernos a la muerte colapsó sobre sí mismo.
Sí, nuestros cuerpos han sido moldeados, pero en vasijas monstruosas de potencial y revuelta. Él fue hecho nuestro objeto en cambio y fue expuesto a nuestra violencia. Una amalgama de nuestra delincuencia cruda y deseos desagradables saturó sin disculpas las calles (y baños y hoteles y callejones) de Pittsburgh esta semana pasada. Con irresponsabilidad burlesca destruimos, follamos, luchamos, y nos extendimos por todo el terreno simbólico de la política, sincronizados únicamente por nuestra sed de desorden.
Usando nuestros cuerpos cabalgantes contra la restricción misma, no teníamos mensaje. Elegimos en cambio dejar ruinas de fronteras y un camino tangible de demolición. Nuestra liberación de aspiraciones violentas sobre hermanos homófobos y adicciones diarias sin vida se desbordó mientras perseguíamos estimulación adicional en cada uno. Nos mojamos y vinimos duro sobre un montón de dinero sucio, corrompiendo cada pulgada de esterilidad con el hedor de nuestros cuerpos sudando, doliendo con satisfacción impura. Nuestros cuerpos intrigantes y ávidos de placer entraron en conflicto con realidades inferiores y emergieron victoriosos. Dejamos huellas de lo más queers por todos los fragmentos rotos del capital que fueron bendecidos por nuestra presencia.
Dos preguntas surgieron este verano. En Chicago: «¿barricarse o no barricarse?» Y en Nueva York: «¿le importa a ella la insurrección?» el jueves respondió ambas, definitivamente, de manera afirmativa. A la pregunta de barricadas respondemos que solo nos concernimos correctamente con cómo hacerlas más altas, más fuertes, más terribles. A lo último, ofrecemos una forma de vida que podría leerse como reunión de barricadas y piernas sin afeitar.
Pero qué más: una síntesis de dildos en arnés, martillos, pelucas extraordinarias, ladrillos, fuego, gas pimienta, felaciones, fisting, y siempre ultraviolencia.
A pesar de todos los inconvenientes y torpezas, la revolución española tuvo el acierto de realizarse a sí misma. La obra revolucionaria de las colectivizaciones será su huella indeleble en el espacio y el tiempo.
José Peirats.
El golpe de estado del 17-18 de julio de 1936 y la guerra que se prolongó oficialmente hasta el 1 de abril de 1939, constituye uno de los hechos más reinterpretados de la historia de España, si nos atenemos a la cuestión puramente bélica. Pero si hablamos del proceso revolucionario que surgió y acompañó durante todo el conflicto, el silencio se impone de tal manera que, noventa años después, continúa siendo desconocido para una inmensa mayoría.
El 19 de julio de 1936, pocas horas después de la sublevación militar, las trabajadoras y trabajadores de las organizaciones obreras se echaron a las calles de Barcelona y de otras capitales de provincia, pero también en muchas ciudades y pueblos de España para parar el golpe militar. Su determinación frustró, en un principio, las intenciones criminales de un ejército bregado en las guerras coloniales del Rif y el norte de África.
No hay que olvidar que el golpe de estado, fue una conspiración militar y política auspiciada desde las clases privilegiadas; la oligarquía económica y aristocrática: grandes empresarios, rentistas, latifundistas y grandes propietarios de tierra, la élite de la iglesia católica y la derecha política más reaccionaria. Y que contó con el apoyo de los regímenes fascista italiano y nazi alemán, una ayuda que llegó mucho antes del inicio del golpe de estado; con grandes sumas de dinero, material de guerra, además de asesoramiento militar y de los servicios de inteligencia.
Hoy continuamos rememorando los heroicos sucesos insurreccionales que consiguieron poner de rodillas a todo un ejército bien armado, pero también la Revolución Social que el pueblo trabajador protagonizó a partir de entonces. Lo acontecido en la España de aquellos años, representa uno de los mayores logros sociales de la historia reciente. En aquel breve espacio de tiempo, y en plena guerra, se desarrollaron muchas de las formulas organizativas y económicas, promulgadas por el anarquismo y el anarcosindicalismo.
En buena parte de la geografía leal a la República, en ciudades como Barcelona, Madrid, Valencia, municipios medianos, pero también en grandes zonas rurales de Aragón, Castilla, Cataluña y Levante, las instituciones del Estado quedaron incautadas, ayuntamientos y gobiernos territoriales, pero también los estamentos armados y el propio ejército, quedaron supeditadas a la voluntad popular. Se organizaron Columnas de milician@s, con obrer@s voluntari@s, embrión del Ejército Popular de la República, que fueron las que consiguieron parar el avance del ejército fascista, determinando y delimitando los diferentes frentes de guerra.
Surgieron organismos revolucionarios como los Comités Revolucionarios Locales, primero, los Consejos Municipales después. A nivel regional se crearon estructuras más grandes como el Comité de Milicias de Cataluña o el Consejo de Aragón, entre otros. Se socializaron los medios de producción, la propiedad de la tierra se colectivizó, también la industria; fábricas, talleres etc. La economía quedó bajo control obrero. La experiencia organizativa, proveniente en gran medida, del Movimiento Libertario, contribuyó a realizar grandes transformaciones sociales, dando prioridad, a los exiguos servicios de salud, asilo social a las personas mayores, huérfanos y refugiad@s de guerra. Destacar que todo lo relacionado con la cultura tuvo una especial atención por la Revolución, priorizando la enseñanza; se dio impulso a la frágil infraestructura creada recientemente por la República, además de organizar un sistema educativo propio, creando escuelas donde eran inexistentes. También el cine y el teatro fueron muy cuidados, favoreciendo la llegada, de estas artes, a las zonas rurales y pueblos más recónditos, y toda una red de bibliotecas públicas, como la que se creó en Fraga, la primera en la historia de la ciudad.
Por esa razón desde el Movimiento Libertario hemos mantenido siempre viva la memoria, insistiendo en el recuerdo de la Revolución Social del 19 de Julio de 1936, algún@s lo hacemos alejados de la autocomplacencia y de cualquier dogma. Estudiamos sus aciertos y errores; aprendiendo de lo que es capaz de alcanzar la clase trabajadora cuando toma conciencia y se organiza; cuando lo hace por un bien común, al margen de cualquier estructura de poder y poniendo en cuestión las decisiones de las burocracias y jefes sobrevenidos.
El anarquismo está muy enraizado en España. El orgullo, la resistencia, son valores propios de nuestra gente. Entre nosotr@s, la anarquía es una actitud natural que nace de la rebeldía ante la injusticia. No es una teoría. El ser humano de cualquier época tendrá siempre ese espíritu de rebeldía. Abel Paz
El objetivo de la tecnocracia es convertir todo lo que exista sobre el mundo en información. Reducir nuestra complejidad biólogica a meros códigos binarios. La informatización del mundo permite dos pasos delante de la dominación: por un lado al convertir todo en mera información permite su mercantilización y por otro lado permite la vigilancia y el control de todo lo informatizado desde nuestros cuerpos a cualquier objeto o ser vivo sobre la tierra. En estos tiempos de desorientación, guerras, crisis, catástrofes es necesario, para el capitalismo, tenerlo todo bajo control, que ningún movimiento se aleje de la regulación democrática.
La Comisión Europea está preparando su «Cartera Europea de Identidad Digital».. La digitalización del Estado y su corolario, la identificación digital, avanzan con la indiferencia de los habitantes de la Smart Cities, gracias a las fases agudas de la crisis (epidemia, guerra, colapso ecológico). En menos de veinte años se hicieron realidad nuestras peores expectativas de una sociedad de restricciones
El verano será seco. Los niveles freáticos están en mínimos históricos y las temperaturas en máximos históricos. Nos acostumbramos; cada año empeora. Del mismo modo que nos acostumbramos al tratamiento tecnocrático de la catástrofe, precisamente la que hemos intentado anticipar y describir con precisión durante los últimos años: una sociedad de restricciones, un tecnototalitarismo, la selección de ciudadanos «buenos» y «malos» (el nuevo enemigo).
Las infraestructuras digitales y físicas del mundo están convergiendo. Estamos incorporando capacidad de procesamiento a objetos que antes jamás hubiéramos reconocido como ordenadores. De hecho, casi cualquier cosa —ya sea una persona, un objeto, un proceso o un servicio, para una organización, pública o privada, grande o pequeña— puede adquirir conciencia digital y formar parte de una red.
Sin haber pedido jamás «concienciarnos digitalmente» ni «formar parte de una red», la tecnocracia nos obliga a hacerlo. Para los que detentan el poder y sus ingenieros, una masa humana conectada a la máquina central —atrapada en sus redes electrónicas— es más fácil de controlar, vigilar y coaccionar, facilita el camino a que esa masa sea guiada, es la dictadura suave de la digitalización.
Gestión automatizada del comportamiento
Se anima a los habitantes de las Smart cities a descargar las aplicaciones para registrar sus hábitos: uso del transporte público, consumo de energía, reciclaje, frecuencia de multas, etc. ¿Cuánto tardarán pasará hasta qué no sea una recomendación y se convierta en una obligación con cualquier excusa sanitaria, ecológica, climática? Gracias a la recopilación de todos estos datos, el “sistema de crédito social” chino se extiende sigilosamente por el viejo continente. El sistema otorga puntos por «buen comportamiento», que les dan derecho a descuentos en transporte o actividades culturales, como ya ocurre en algunas ciudades de Italia, o como practican diversas aseguradoras a la hora de concederte un crédito o un seguro. Ya existen compañías aseguradoras que en base a investigar tu “vida digital” no te conceden seguros o entidades bancarias que en base a tus comportamientos obtenidos de tu “vida digital” te deniegan créditos.. Como recompensas para ratas de laboratorio. Lo cual nos lleva a una gestión automatizada del comportamiento..
Esta es la restricción electrónica: moldear el comportamiento individual y colectivo en función de las necesidades de la Máquina y el estado de los recursos, mediante el control de las redes cibernéticas.. Quienes nos decían «aún no hemos llegado a ese punto» quizás no relacionaron esto con el pase de vacunación de 2021 y su código QR que distingue entre buenos y malos ciudadanos. Su adopción acrítica por parte de la mayoría de la población ha preparado sus mentes para su expansión. En un estado de emergencia permanente, las herramientas probadas durante la crisis están destinadas a consolidarse.
Los tecnócratas se inspiran en China, que lanzó su «Plan Maestro para la Construcción de un Sistema de Crédito Social» en 2014. Es sabido que los ciudadanos chinos son evaluados en tiempo real gracias al seguimiento electrónico de sus acciones: geolocalización, reconocimiento facial y macrodatos. Los buenos estudiantes obtienen descuentos, como en Roma y Bolonia. Quienes no cumplen con las normas (los que no pagan sus impuestos, los que se negaron a confinarse o a usar mascarilla, los que escupen en la calle, los que se saltan los semáforos en rojo, los críticos del régimen, etc.) son incluidos en listas negras y se les niega el derecho a viajar, acceder a crédito, a ciertos empleos, a la vivienda y al ocio. Sus fotos se muestran en pantallas gigantes, señalándolos con el dedo por implementar nuevas medidas restrictivas.
Al igual que el virus, la guerra está acelerando la gestión digital del orden público. En Ucrania una aplicación (llamada Diia) se ha mejorado con una función de «enemigo electrónico» que permite a cualquier ciudadano informar al ejército sobre el avance y las acciones de las tropas rusas. Práctico. De manera similar, el Ministerio de Defensa ucraniano utiliza el software de reconocimiento facial de Clearview AI, una empresa estadounidense financiada por el transhumanista Peter Thiel, para identificar a refugiados, muertos y soldados rusos. Clearview AI recopila fotos de todas las redes para alimentar su gigantesca base de datos y así «identificar a todos». Los carroñeros no han perdido la oportunidad de una buena guerra para extender sus redes digitales. Es probable que los rusos estén haciendo lo mismo. –. Pero sin duda Palestina es el laboratorio donde la starup Israel prueba todos los software de IA de reconocimiento facial y patrones de movimientos junto a “armas inteligentes” que luego venden en las grandes ferias de armas, con la verificación de que han sido probadas en población real y luego venden a todos los estados del mundo. Muchos de ellos realizando el mismo genocidio que Israel, como el caso de India sobre Cachemira. .
Por eso, las fases agudas de la crisis actual resultan tan útiles para los tecnócratas. Recordemos el informe sobre «Crisis sanitarias y herramientas digitales» que la Delegación del Senado francés para Estudios de Prospectiva publicó en junio de 2021, y sus innovadoras propuestas:
Cuanto mayor sea la amenaza, más dispuestas estarán las sociedades a aceptar tecnologías invasivas y mayores restricciones a sus libertades individuales, lo cual es lógico. […] En las situaciones de crisis más extremas, las herramientas digitales podrían permitir un control efectivo, integral y en tiempo real sobre el cumplimiento de las restricciones por parte de la población, con sanciones disuasorias si fuera necesario, y basado en un uso aún más perjudicial de los datos personales. [El paso decisivo hacia una identidad digital universal y obligatoria aún no se ha dado […].
Estamos trabajando en ello. El modelo de los senadores es Estonia, «un líder europeo en gobierno electrónico». Es el sueño de cualquier ingeniero: el 96 % de los trámites administrativos se realizan en línea (votación, presentación de quejas, consulta de boletines de calificaciones o historiales médicos, declaración de nacimiento o defunción, etc.). La mayor parte de la población tiene una identificación digital. El sistema es virtuoso porque todos pueden saber quién o qué administración ha accedido a qué datos en su «espacio personal». Los senadores estarían encantados de cambiar su mandato por un teléfono inteligente.
Los servicios públicos fueron concebidos originalmente como «aplicaciones», disponibles en una plataforma, como la App Store o Google Play, donde cada usuario tiene un identificador único.
El Estado, la “Máquina de Gobierno” Cibernética
El concepto de «estado plataforma» no fue relanzado por nuestros tecnócratas , sino por el empresario estadounidense Tim O’Reilly, autor de un artículo de 2011 titulado «El gobierno como plataforma». Esta idea ha sido promovida, entre otros, por los aceleracionistas Michael Hardt y Antonio Negri, quienes ven en este «conexionismo» institucional una oportunidad para su proyecto de una «multitud» descentralizada, desterritorializada y «rizomática».
En resumen: el Estado debe inspirarse en GAFAM, aprovechar el big data y actuar como intermediario entre la oferta y la demanda para ofrecer servicios públicos innovadores, cooperativos, inclusivos y, por supuesto, casi autogestionados, o mejor dicho, automatizados.
La idea está circulando, desde multinacionales hasta consultoras y la Unión Europea. Olvídense del hospital público y sus equipos médicos a pie de cama; den paso a los algoritmos del Health Data Hub. Esta plataforma francesa, como su nombre indica, recopila masivamente todos los datos sanitarios digitalizados (de ahí el término «salud digital») para alimentar su inteligencia artificial y automatizar la atención médica.
Lo mismo ocurre con la administración, que se ha reducido a servicios en línea y a «Clave o clave permanente”», la aplicación de autenticación para usuarios de internet. Si recientemente matriculaste tu coche o presentaste tu declaración de la renta, sabes de lo que hablamos. No hay ninguna persona que te informe, te asesore, te regañe o te haga reír. Simplemente introduces tus datos de acceso. que se ampliará para incluir servicios bancarios e historiales médicos compartidos. Los trámites no son más sencillos —como dicta la genialidad administrativa —, sino más complicados y deshumanizados.
El «Estado Plataforma» es el centro de control centralizado de la ciudad inteligente. Dado que la «desmaterialización» ha eliminado la figura de los ciudadanos y funcionarios públicos, la ciudadanía se está reduciendo a meros usos, incluso al consumo de servicios .La población ha pasado de ser pacíficos ciudadanos a anestesiados usuarios, ya no somos considerados como habitantes de un espacio sino como usuarios del mismo. Y la confrontación directa se disuelve en procedimientos virtuales. El resultado es la disolución de las relaciones sociales y humanas que muchos observan con diversos grados de frustración. Esta es la «máquina de gobierno» anunciada con entusiasmo en los albores de la cibernética, en 1948, por el columnista científico de Le Monde, Dominique Dubarle.
El retorno de las libertades
Hablamos, hablamos, y los tecnócratas actúan. La Comisión Europea está preparando su «billetera digital europea». Esto permitirá a los ciudadanos usar servicios públicos, abrir una cuenta bancaria, presentar declaraciones de impuestos, matricularse en la universidad, solicitar recetas médicas, acreditar su edad, alquilar un coche con permiso digital, registrarse en un hotel, y mucho más.
¿Qué harán quienes no tengan un teléfono inteligente? Esto no se especifica en la convocatoria de propuestas. Pero excluirlos de toda la vida social y parece la solución más racional.
El proyecto europeo se basa en la solución «Digital ID wallet» de Thales. Thales, grupo formado en el año 2000 a partir de la fusión de las divisiones de defensa de Thomson-CSF, Alcatel y Dassault Électronique, lleva dos décadas promoviendo la «identidad digital» mediante sus herramientas biométricas. Su sitio web celebró que la pandemia de Covid-19 ofreciese «una oportunidad para el cambio sistémico», es decir, que acelere el proceso general. Al igual que el exdirector de IBM, Thales se esfuerza por «acercar el mundo digital al físico». La interfaz entre ambos, que conecta al usuario con sus documentos digitales, su cuenta bancaria, sus «espacios personales» en línea y demás, se compone de sus datos biométricos (reconocimiento facial, huellas dactilares) almacenados en su teléfono inteligente. Esto representa un salto cualitativo: ya no tendrá que someterse a una cámara «inteligente» o a un terminal de identificación; usted mismo realizará la lectura biométrica.
La «billetera de identidad digital» no es nada nuevo. En junio de 2005, Isère fue designada como «departamento piloto para la futura tarjeta única de identidad y servicios» denominada Libertys. Según Le Monde en aquel momento:
La tarjeta Liberty contiene los datos biológicos de su titular, digitalizados y cifrados en su chip: huellas dactilares, iris e imagen facial. Sustituirá de forma ventajosa a todos los documentos actuales: documentos de identidad, permisos de conducir, documentos de matriculación de vehículos, tarjetas de identificación de votante, tarjetas sanitarias, tarjetas de transporte público, etc.
El visionario André Vallini, entonces presidente del Consejo General de Isère, lo explicó en el folleto “Libertades, vuestra nueva carta de vida”, distribuido en los buzones de correo de los ciudadanos de Grenoble: La tarjeta Libertys está totalmente en línea con el desarrollo de la administración electrónica, para mejorar la eficiencia de los servicios públicos y simplificar la vida de los usuarios.
Grenoble siempre va un paso por delante. O mejor dicho, sus raíces tecnológicas —ingenieros, industriales, funcionarios electos— están inmersas en la carrera por la innovación. En 2005, Grenoble-Isère fue designada como clúster de competitividad para tecnologías digitales bajo el nombre de Minalogic (Micro-Nano-Logiciel).
Entre las empresas y laboratorios que forman parte de este entramado financiado por el Estado se encuentran Thales y Atmel, expertos en biometría e identificación electrónica.
No se puede utilizar el mismo enfoque para lograr la aceptación de las tecnologías de vigilancia y control; probablemente se requerirá persuasión y regulación, demostrando cómo estas tecnologías contribuyen a la tranquilidad de las personas y minimizando las molestias que causan. En este sentido, la electrónica y la informática también pueden desempeñar un papel importante.
Los archivos son valiosos. En su momento, lo que más indignaba era la educación básica sobre tecnologías biométricas. Dos décadas después, podemos medir la eficacia de los tecnócratas. Lograron que estas «violaciones de las libertades individuales» fueran aceptables mediante «bienes de consumo y comodidades» y «electrónica», concretamente, el teléfono inteligente. Al fin y al cabo, el reconocimiento facial no es más que un selfie, tomado por el usuario promedio sin siquiera pensarlo. La desconfianza hacia la vigilancia biométrica es un recuerdo lejano.
Corresponde a los ancianos y a los nostálgicos preservar la memoria de lo que hacía la vida libre y humana. Hoy, digámoslo así: el control de las máquinas, este cómodo totalitarismo, no solo ataca la libertad, como denuncian los pocos opositores a la «sociedad de control» o la «vigilancia generalizada». Destruye otra libertad íntima y fundamental: la libertad de sentirse responsable de uno mismo y, por lo tanto, de experimentar la sensación de existir. Contra toda nocividad. Por la anarquía.
Sí la casta, al menos una parte de ella, se está asombrando ante sentencias dictadas sin dejar a los “juzgados” presentar pruebas, como en el caso del Fiscal General del Estado, o haciendo oídos sordos a las “defensas”, etc. Y una parte de la élite, o sea, de la casta, se cabrea. La otra está tan contenta porque se ven ya, aunque tenga que pasar un año más, al frente del chollo. Y se frota las manos.
Tuve la suerte de leer la Investigación acerca de la Justicia Política (hay una edición resumida, que es la que he leído, en Ediciones Júcar, Madrid, 1985, traducida por J. Prince) y la novela Las aventuras de Caleb Williams (traducida por Fco. Torres. Ed.: Valdemar. Madrid, 2023), ambas obras de William Godwin. En esas dos obras se nos muestra el funcionamiento de eso que llaman “los tres poderes” (legislativo, ejecutivo y judicial). Después de ello y de ver el mecanismo de tales tres poderes (dicen que hay uno más, el cuarto, al que llaman “la prensa”, pero ese lleva mucho capital tras él y se le ve muy pronto su “independencia”). Después de ver como se mete a un presidente de un país como Lula (Brasil) en la cárcel y poner a Bolsonaro en la presidencia; posteriormente se operó de modo contrario… Una no cree ni mucho ni poco en las Instituciones. Y por ello no me indigno. Cierto es que el fascismo en el poder (¿alguna vez lo ha abandonado?) se comporta de una manera menos “civilizada” que la otra parte de la casta. En esta última parte sus élites son más “sociables”, más “progres”, y por ello algunas pueden sentir la diferencia. Pero en el fondo es la misma explotación: desahucios, persecución a migrantes, salarios de esclavitud en muchos casos, huída del dinero público hacia lo privado, fomento de la violencia, en todas sus formas, hasta en la más trágica: la guerra… Todo eso, más o menos “civilizadamente”, es defendido, aunque algunos lo digan con la boca pequeña para encandilar a almas cándidas, de igual manera, la única diferencia es qué élite, o sea, qué parte de la casta se queda con el pastel, para repartirlo como a esa élite estime oportuno y, si sobra algo, como si no, porque seguirán los desahucios, la esclavitud, las guerras, las pandemias… ¡los negocios!
Se cumplen tres años del fallecimiento de Inma, teleoperadora de Konecta, cuya muerte no detuvo el trabajo en el call center donde murió.
Hay grandes memorias. Memorias monumentales, impuestas a sangre y fuego, obligatorias, prescriptivas, incuestionables. A veces, esas memorias ocupan el espacio público; toman forma de hitos, estatuas o placas conmemorativas. En otras ocasiones, esas grandes memorias colonizan el nomenclátor de nuestras ciudades y pueblos, dando nombre a calles y plazas, edificios públicos, polígonos industriales, parques… Esta memoria con mayúsculas, imbricada en el relato urbano y desposeída de su carácter indeleble, se acaba por asociar a nuestros propios recuerdos, connotando los espacios de sociabilidad donde transcurre la vida y, en cierta forma, moldeando nuestra manera de reconocernos en el mundo. Un mundo que no es nuestro… De momento.
Hace tres años, el 13 de junio de 2023, Inma, una teleoperadora de 60 años, murió en su puesto de trabajo. Konecta, la empresa para la que trabajaba, no detuvo la faena inmediatamente y obligó a sus compañeras a seguir atendiendo llamadas, durante casi una hora, con el cuerpo presente de la fallecida. Este caso, que nos habla a las claras del nivel de deshumanización al que estamos llegando, no solo da cuenta de las condiciones de trabajo en un sector tremendamente precarizado, como es el telemarketing, sino que muestra cómo el capital se reproduce socavando los cimientos que dignifican nuestra existencia.
Detenerse a escribir un texto que recuerde la muerte de una trabajadora anónima, no deja de ser un ejercicio de reconocimiento póstumo, de memoria pequeña, pero nos sirve —a mí al menos— para saber de dónde venimos, quiénes son nuestros compañeros y compañeras, y a qué y quiénes nos enfrentamos. Y ese recordatorio, en mi historia personal, me lleva a otros momentos donde recordar no solo fue una forma sencilla de rendir homenaje, sino que se acabó convirtiendo en una parte indisolublemente unida a la lucha por nuestra gente. Pienso, por ejemplo, en la campaña de denuncia que, allá por 2007, la CNT de Jaén puso en marcha para denunciar la muerte de Carlos Do Santos, un albañil portugués de 53 años que perdió la vida en la construcción de El Cortes Inglés de la ciudad. Un pequeño gesto, sí, este también, pero que nos permite preguntarnos qué pasaría si ocupáramos el espacio público con una memoria colectiva, popular, que no rindiera pleitesía al poder, y nos hiciera partícipes del legado experiencial de, por ejemplo, aquellos y aquellas que pusieron el cuerpo para luchar por los derechos que hoy disfrutamos.
Por suerte, hay muchos ejemplos que nos permiten responder a la pregunta anterior. El trabajo de la Asamblea Richard Vive, que conecta la memoria de Ricardo Rodríguez García —joven de Alcorcón asesinado por un grupo neonazi en 1995— con las luchas del antifascismo actual, es uno de ellos.
Pero volvamos a Inma. Recordarla hoy, tres años después, nos hace presente la necesidad de organizarnos en cada centro de trabajo, en cada sector laboral, en cada empresa. Recordarla hoy, tres años después, nos conmina a tomar conciencia de nuestra condición social y, a partir de ahí, actuar en consecuencia. Vayamos a ello.
«Soy un hombre insatisfecho y la envidia me corroe» (La polla records )
Seréis célebres, tendréis millones de seguidores en internet que escudriñarán vuestros mensajes y seguirán vuestras opiniones sobre los más variados temas pero….. no os compro la moto.
Os ganaréis la vida con una pistola, una porra y unas esposas, vuestras palabras serán sagradas para el juez, os proclamaréis defensores de la ciudadanía -yo no soy un ciudadano, sólo soy un perro abandonado- pero…. no os compro la moto.
Seréis citius, altius, fortius, vuestros bellos cuerpos, os sacrificaréis y esforzaréis por alcanzar el triunfo pero…. no os compro la moto.
Empezaste desde abajo, trabajando como un cabrón (tu único objetivo en la vida) y ahora lo tienes todo. Tuviste suerte pero….. no os compro la moto.
Seréis poderosos. Una simple firma vuestra en un papel decidirá el destino de miles de seres. Tus palabras, más que escuchadas, serán reverenciadas pero…. no os compro la moto.
Tendréis riquezas, lacayos, siervos, gente que os tratará con respetuosa deferencia en las tiendas de lujo de moda pero……. no os compro la moto.
Seréis cultos e intelectuales. Dominaréis la dialéctica. argumentaréis con precisión siempre, hablando en pro del poderoso. Convenceréis a muchos en vuestras tertulias pero….. no os compro la moto.
Seréis científicos y sabios, lumbreras en vuestra especialidad. Abogaréis por obtener financiación para vuestra disciplina y el hombre común caerá rendido ante vuestra sapiencia pero….. no os compro la moto.
Me ofreceréis un dios y una religión en la que creer, ritos y métodos, normas y leyes para alcanzar la otra vida…. pero no os compro la moto.
Serás un general galardonado, con la potestad de mandar al rebaño a la muerte pero….. no os compro la moto.
Serás monarca instaurado e intocable, jefe de estado, tendrás a tu disposición escoltas y mansiones oficiales, encarnaréis la conciencia de la nación pero…. no os compro la moto.
Seréis la vanguardia del proletariado, la inteliguentsia de la clase obrera. Sólo tenemos que obedeceros para libertarnos pero……… no os compro la moto.
Y, aunque no soy tan engreído como para pensar que alguien quisiera comprarme, tengo sueños, ilusiones, tendencias políticas, sociales, un lenguaje que explorar y exponer pero….. que nadie me compre la moto.
Y si la gente no os comprara la moto, ¿de qué os serviría ser célebres, protectores de los ciudadanos, citius, altius y fortius, afortunados empresarios, poderosos, ricos, cultos, intelectuales, científicos y sabios, generales y monarcas, lamas, sacerdotes, rabinos, imanes?
Al contrario de lo que pretendéis hacer creer, sois vosotros los que dependéis de la gente y no al revés.
«…el mundo está cuerdo… terriblemente cuerdo» León Felipe
En el imaginario popular el loco es, en el mejor de los casos, un taimado perezoso que pretende vivir a costa del Estado -como si el Estado no viviera a costa de nosotros – o, en el peor de los casos, un criminal homicida de facto o en potencia. Si bien, hasta entre ellos hay clases: el deprimido mueve a conmiseración, mientras que la figura del esquizofrénico, tan maltratada por los medios de formación de masas, se asocia a la violencia gratuita e imprevisible.
En todo caso, y por señalar un apunte de la realidad, ¿oyen voces los dirigentes de Hamás e Israel?, ¿las oyen sus soldados? No. El despliegue de muerte con el que se comportan es producto de un cálculo frío y racional, efectuado en nombre de Yavhé y Alá, de la patria y el Estado que es la excusa de todas las guerras la única diferencia entre Hamás y el Estado de Israel es la brutal superioridad en cuanto a capacidad y potencia asesina se refiere del Estado de Israel. Por otra parte se calcula que en la actualidad hay cincuenta y ocho conflictos armados abiertos. A ningún tertuliano se le ha ocurrido, hasta el momento, llamar esquizofrénico a Netanyahu (de Putin sí se ha sugerido el padecimiento de alguna enfermedad mental o física, pero esa es otra guerra). Cuidado con los racionalistas, los pragmáticos, los realistas, pues sus razones son más asesinas que nuestra sinrazón. Con una ínfima parte de lo que los Estados se gastan en armamentos, se podría acabar con el hambre en el mundo, y este hecho también es producto de un cálculo frío y racional.
Todos los días, a la misma hora, la gente madruga para ir a los centros de estudio o de trabajo. Aglomeraciones urbanas, caras de sueño y aburrimiento, monotonía para realizar una actividad que, a la mayor parte de la población, no le deja desarrollar su creatividad. No son satisfactorias para la mente y el cuerpo. Trabajos aburridos que permiten malvivir. Vuelta a casa, la cena para la pareja y los niños -trabajo doméstico mayormente realizado por mujeres, un rato de televisión y a dormir (el ingreso de la mujer en el mercado laboral ha acarreado, como efecto secundario pero no por ello menos pernicioso, el rol de la super woman: trabajadora fuera de casa y dentro de ella).
Los y las jóvenes ya no ven la tele: la han sustituido por otras pantallas. Se los puede ver, sentados en un banco, sin hablar entre sí, pendientes cada cual de su móvil. Los fines de semana, maratón alcohólico, no hay ocio desmercantilizado, somos productivos cuando trabajamos y en nuestro tiempo libre -concepto éste revelador , pues si hay una porción de tiempo libre, se reconoce implícitamente que hay tiempo esclavo-. Tiempo de vida irreversible, que se nos escapa entre las manos, mientras vivimos una vida que llamamos normal.
El concepto normalidad está relacionado y es presentado como reverso del término locura. El loco es el que no puede llevar a cabo tareas normales para el resto de la población. Agorafobia, claustrofobia, fobia social, paranoia… sí, todo esto existe e impide a unos cuantos y cuantas llevar a cabo actividades que la mayoría de la población considera intrascendentes, cotidianas y exentas de peligro alguno. La alienación, masificación y despersonalización inherentes al sistema tecnológico-industrial, ¿son normales ?, ¿Son normales el fanatismo de los seguidores del deporte de alta competición en general, y el futbol en particular? ¿Son normales los programas del chisme del corazón y los del chisme político, en los que en los primeros se hurgan y exponen mierdas sentimentales y en los segundos se nos alecciona sobre cualquier tema, debido a que los tertulianos poseen un conocimiento, al parecer enciclopédico, y que tienen un sesgo partidista tan evidente y descarado que sólo un gilipollas puede creerles?
¿Es normal que hayan multitudinarias concentraciones permitidas, cuando no patrocinadas por las autoridades, como las presentes en discotecas, eventos deportivos, fiestas patronales, macrofestivales musicales, efemérides religiosas y ,por contra, cualquier reunión de más de veinte personas en la vía pública por motivos socio-políticos se considere manifestación ilegal? Si todo esto te parece normal, amigo, amiga, tranquilos: sois personas perfectamente cuerdas y funcionales.
(Y ya que se habla tanto de fundamentalismo islámico, ¿para cuándo se va a mencionar el fundamentalismo judío de Israel o el fundamentalismo cristiano de Occidente?)
Una editorial que, además de revista, publica libros, sacó hace poco uno de estos últimos dedicado a la Izquierda basura, con un refuerzo sugerente sobre el neoliberalismo “progresista”. Como resulta que a mi lo del progresismo me suena a explotación capitalista: explotación de personas, de sociedades, de naturalezas; y como, además, eso de “izquierda basura” me suena cercano…, pues que leí el libro y no lo recomiendo.
El libro habla, una y mil veces, y dos mil veces, y tres mil… de que la izquierda se ha unido a la derecha para salvar al capitalismo, algo que un alumno de primaria empieza a comprender desde que le hablan de “democracia” y, si la profe o el profe sabe explicar, eso que llaman como tal, entonces libros como ese que no recomiendo sobran. Otras miles de veces repite que “el fascismo terminó en 1945”, que el migrante es un “cosmopolita errante” y otras mentiras edulcoradas con frases de otros filósofos de renombre, pues él, el autor, un tal Diego Fusaro, también lo es y la verdad es que en lugar de eso parece un nuevo Goebbels, por aquello de repetir mil veces…, y por esto otro que ahora se llama “rojipardo”.
Ahí lo tenéis, compañeras: el migrante es un “cosmopolita errante”. Cagüentodo. He recurrido a un migrante, un senegalés llamado Mamadou Dia que, allá por los principios de este siglo ya tan joven y tan castigado, decidió convertirse en “cosmopolita” y se lanzó a la aventura y, como no tenía dinero y posibilidades de obtener pasaporte, decidió embarcarse en un navío último modelo que, por estos andurriales por los que nos rodeamos de fascistas llamados ahora rojipardos, llamamos patera. Su deseo de buscar el Dorado lo narra en un libro llamado 3052. Persiguiendo un sueño (editado por él mismo. 2014). En él su autor habla del viaje en primera clase: los pasajeros eran pescadores, soldadores, albañiles, mecánicos, agricultores, comerciantes, estudiantes…, “todos se mareaban y llevaban la noche vomitando lo que habían comido, hasta perder las fuerzas”, por eso ya no comían, excepto los que eran pescadores. Y recuerda que los “cosmopolitas errantes” son “las víctimas de la esclavitud, de la corrupción, de la marginación y del maltrato”, en busca de “un potencial que nos permita volver un día a vivir en África, exactamente lo mismo que hacían los españoles hace pocos años en otros países de Europa y Latinoamérica”. Y nos recuerda algo muy importante: el Consejo General de la Abogacía de España, afirma que “no cabe integración real sin igualdad de derechos y deberes de todas las personas, población inmigrante y autóctona, que conviven en un mismo territorio”. A ello podemos añadir aquello de que la tan cacareada Constitución dice que todo extranjero goza de las libertades y que los derechos universales son para eso, para todas las personas sin excepción, eso sí, no podrán votar ni ser elegidos, salvo en las municipales. Algo que olvidan conscientemente aquellos de la “prioridad nacional”. Claro que el olvido es universal para todo: vivienda, trabajo, alimentos, sanidad, justicia, enseñanza…, eso solo está en la letra.
En fin, compañeras. Que el fascismo se ha metido en nuestras mentes a través del miedo, de la mentira convertida en “verdad”, de la publicidad, de la “política”, de la enseñanza, de…, estamos acostumbradas a creer que unos “tengan derecho a viajar hacia donde quieran y cuando quieran y otros no”, como grita Mamadou. Y también a través de una nueva aparición llamada “rojipardismo”, que no es más que puro pardismo, el rojo es para endulzar. Claro que banderas hay muchas, pero solo hay una, la roja y negra o simplemente negra, que no conoce país, fronteras, diferencias…
Los motivos de la segunda edición del libro “La Revoución Traicionada. La verdadera historia de Balius y Los Amigos de Durruti”
“El anarquismo es el viandante que va por las calles de la historia y lucha junto a los hombres como son, y construye con las piedras que le proporciona su época.”
Camilo Berneri
Durante la década de los setenta del pasado siglo hubo en el Estado español un movimiento obrero autónomo, “salvaje”, acompañado por un renacimiento libertario. El franquismo se revolcaba en el fango de una crisis sin salida, y si el proletariado no había cambiado de objetivos finales, a saber, la autogestión total de la sociedad, el simple conocimiento del pasado, de su pasado, era fundamental. Solamente así los nuevos protagonistas de la lucha de clases podían comprender la posición real que ocupaban en la sociedad presente, cuál era su finalidad y hacia dónde tenían que avanzar. Pero el pasado permanecía mitificado. Los vencidos suelen compensar el mal sabor de las derrotas subiéndolas al altar. Bajo una perspectiva revolucionaria una desmitificación se volvía necesaria mediante la revisión crítica de la historia de la guerra civil. Los hechos de Mayo del 37 constituían el momento crucial de la revolución española y por consiguiente deberían ser el eje de esta revisión. La agrupación de Los Amigos de Durruti sería el elemento lúcido y ejemplar que resaltar. Balius vivía todavía.
En su momento, un muro de dificultades me impidieron escribir la verdadera historia de Balius y Los Amigos, y cuando ya podía hacerlo la situación había cambiado radicalmente. La sociedad capitalista es hiperdinámica y se renueva sin cesar, aprovechando todo lo que se le pone por delante, sea bueno o malo. Debido a los pactos sociales, a la reconversión de la industria nacional, a la expansión del funcionariado y al trabajo de zapa de los sindicatos oficiales, la clase obrera se había disgregado; ya no aspiraba a una transformación social ni tenía ideales por los que combatir.. A finales de los ochenta sobrevivía desvinculada de cualquier meta transgresora. Nunca pasó a la ofensiva contra el capital, por lo cual los organismos autónomos -comités, consejos, asambleas…- no pudieron consolidarse, ni las finalidades revolucionarias concretarse La organización de pequeños sindicatos libertarios abrió la puerta a estériles disputas burocráticas, y obviamente, no aportó ninguna solución al enorme retroceso proletario. Entonces, el mundo del trabajo sufrió las consecuencias de los rápidos cambios capitalistas. La principal fue la pérdida de centralidad de los trabajadores en la economía. La clase dirigente imponía sus reglas neoliberales sin oposición que contara. Atomizado, pasivo y sometido a liderazgos espurios, el proletariado había dejado de ser un factor político y social a tener demasiado en cuenta por la clase dominante. Menos aún el anarquismo, su fallida punta de lanza.
No obstante, la publicación de “La Revolución Traicionada” sacudió los residuos de aquel naufragio al colocar a los libertarios recién venidos ante un dilema histórico no resuelto. La prueba es que fue muy leída y bastante citada. No pasó desapercibida. La revelación de un anarquismo de Estado muy manifiesto por encima de la anécdota ministerial tuvo efectos desmitificadores positivos e hizo más difíciles las adhesiones sentimentales a siglas devaluadas. Los historiadores orgánicos del anarcosindicalismo nunca han podido con ello. Tampoco la indiferencia desdeñosa de los nuevos pequeño burócratas. Asimismo, la primera edición fue útil para trabar las manipulaciones de los historiadores profesionales destinadas a legitimar el régimen político vigente desde la universidad. El golpe de estado militar no fue jamás un simple alzamiento ilegal contra un régimen democrático, sino una revolución que pronto mostró sus dos vertientes, la fascista y la republicana. Pero sobre todo, en julio de 1936 arrancó una revolución obrera y campesina que fracasó por las concesiones hechas al estado forzadas en nombre de un antifascismo ficticio.
Bueno. Los cambios sociales tan intensos y exhaustivos provocados en las masas asalariadas por el consumismo, la internacionalización de los mercados financieros, el extractivismo, el desarrollo exponencial de la tecnología y el refuerzo sin precedentes de la capacidad represora de los Estados, hacen que el planteamiento de la cuestión social sea hoy mucho más complejo que en los años setenta y ochenta; no digamos en los años treinta. La clase obrera ya no es la misma. Tampoco es demasiado clase, ya que no tiene la cohesión suficiente, ni vida fuera del capitalismo. De entrada no es la principal fuerza productiva y tal característica resta rasgos anticapitalistas a la lucha sindical y al obrerismo político. El concepto abstracto de “clase obrera” portadora de virtudes revolucionarias es tan solo el reflejo de la demagogia friki de las sectas populistas leninistoides. El auténtico sujeto de la revolución se configurará –o no- a medida que las nuevas luchas prosigan en los diversos frentes abiertos y se alejen tanto de la administración estatal como de los elementos políticamente equívocos.
La distancia en el tiempo nos permite una mayor objetividad y, por consiguiente, una mayor aproximación a la verdad histórica, aquella que, según el dicho conocido, nos hará libres. A día de hoy, la nueva edición, aunque bastante ampliada, puede no ser demasiado provechosa en los detalles para los rebeldes actuales, pero viene al pelo para reafirmar la separación completa entre sociedad civil y Estado como punto de partida de cualquier proceso revolucionario, y a la vez, el carácter reaccionario de cierto antifascismo burgués o pequeño burgués. Eso es básico para la elaboración de una estrategia rupturista, o como antes se decía, una estrategia de clase. También la posesión de muchos más datos facilita el estudio de la sicología de los protagonistas, sobre todo de su evolución ideológica, como es el caso de Balius. Y precisamente este aspecto, ligado al paso del separatismo insurreccional al anarquismo revolucionario, y así pues a la deserción de las filas de la pequeña burguesía por una causa superior, universal y liberadora, es lo que devuelve al presente la lectura de “La Revolución Traicionada.”
Miquel Amorós
Charla del 29 de abril de 2026 junto con Luis Blanco en la librería Anònims de Granollers.