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15-M: Que reste-t-il de nos amours ?

15 Mayo 2026 at 07:00
Por: El Apunte

«Que reste-t-il de nos amours ?», cantaba Charles Trenet. «¿Qué queda de nuestros amores? ¿Qué queda de aquellos bellos días? Una foto, una vieja foto de mi juventud».

¿Qué queda de aquel 15-M que nació con vocación de cambiar España y, por contagio, el mundo? ¿Qué queda de Nuit debout? ¿Qué queda de Occupy Wall Street? Es inevitable caer preso de la tristeza cuando nos paramos a pensar lo que pudo haber sido y no fue. En el caso particular de España, el 15-M conectó, por última vez (de momento), al pueblo con la Historia. Eso ocurre pocas veces y, a la larga, casi siempre con resultados insatisfactorios para los rebeldes.

Lo que empezó como una sentada marginal de jóvenes críticos con la Ley Sinde (ideada para atajar la piratería en Internet) acabó evolucionando a impugnación total de un sistema al que, ¡ups!, se le vio el cartón con la crisis de 2008. «No es una crisis, es una estafa», rezaban las pancartas. «No nos representan», decían otras. El truco de las élites quedó al descubierto: lo que pomposamente llamaban «democracia liberal» era en realidad, simple y llanamente, un «sistema parlamentario burgués», una asamblea de mercaderes. Siempre lo fue, en realidad. Y no dejó de serlo por mucha indignación que generara. La crisis la íbamos a pagar nosotras. Nuestros impuestos servirían para tapar los agujeros de los bancos en su noche loca en el casino de las subprimes. Y llegaron las colas del paro. Y llegaron las colas del hambre. Y mucha gente saltó por el balcón antes de que la echaran de su casa. Así ocurrió porque así lo quiso el pueblo español en las urnas. Y en esas mismas estamos, 15 años después.

Se pueden hacer muchas lecturas del 15-M, pero quizás una de las más significativas sea el decalaje que existe entre la calle y las urnas. Tras la acampada de Sol, Rajoy consiguió la mayoría absoluta. Hoy, semana tras semana, cientos de miles de personas marchan pidiendo vivienda asequible y sanidad pública, pero esas reivindicaciones no quedan reflejadas ni en las políticas gubernamentales ni en ningún proceso electoral. ¿Será que España quiere todo lo contrario? ¿Será que preferimos que se usen nuestros impuestos para devolverle a los ricos el dinero que tributan por sus herencias antes que para obtener una cita con el médico de cabecera? O aún más, ¿un diagnóstico temprano y preciso de nuestro cáncer? Los recientes resultados en Extremadura, Aragón, Castilla y León, y muy probablemente los del próximo domingo en Andalucía, responden por sí solos a estas cuestiones.

El mundo ha cambiado mucho en 15 años. Cambiado en el sentido gatopardiano del término. Quienes eran dueños de nuestras vidas lo siguen siendo, pero además han inoculado en nuestras sociedades una dosis mucho más alta de su ideario. Rezuma incluso en la forma de hablar, lo que demuestra su capacidad de colonizar el pensamiento: «lo que antes estaba guapo ahora renta», apunta certeramente Ignacio Pato en uno de sus libros. Y más allá del lenguaje, han conseguido el que siempre ha sido su objetivo: dividir y desmovilizar a las masas populares. El feminismo, con su feroz fragmentación, es un buen ejemplo de lo primero. Los pobres porcentajes de las fuerzas progresistas en las urnas, de lo segundo. No sólo crece la ultraderecha, con sus recetas económicas disparatadas y su racismo oligofrénico, sino que la izquierda permanece inmóvil, catatónica en su melancolía.

Quienes participaron en aquellas acampadas de 2011 se dieron cuenta muy rápidamente de que todo el sistema estaba amañado. Constataron que cada victoria de la esperanza era un trampantojo. Del «Yes, we can» obamiano no salió en Estados Unidos el cierre de Guantánamo, ni la regulación de las armas de fuego, ni un sistema sanitario mínimamente decente, ni más impuestos para los ultrarricos, ni una política defensora del medioambiente. Del «Sí se puede» español, apenas una manera más humana de hacer política, y poco más. Y quizás sea bastante, dadas las circunstancias.

Podríamos tener la tentación de decir que lo que queda del 15-M es lo mismo que lo que queda de Podemos, es decir, casi nada, pero no sería justo. Aquel espíritu (el del 15-M, no el de Podemos) impregna a cada uno de los activistas que ponen el cuerpo para impedir un desahucio. Anima a cada una de las personas que salen a protestar contra el genocidio de Gaza. Está presente en todo el que, sintiendo rabia ante una injusticia, dirige su reprobación hacia arriba y no, en el colmo de la vileza, hacia un trabajador del campo sin papeles.

Durante la pasada Vuelta a España, mucha gente en muchas ciudades salió espontáneamente a la calle a parar una carrera manchada por la participación de un equipo sionista. Por aquel entonces, Patricia Simón daba en el clavo con su comentario: «Cualquier dirigente, comunicador, deportista o persona de bien debería sentirse profundamente orgulloso de vivir en una sociedad donde miles de personas, en lugar de limitarse a sobrevivir, se esfuerzan por recordarnos cómo ser mejores».

Después de todo, algo queda del 15-M, sí. Queda lo importante.

La entrada 15-M: <em> Que reste-t-il de nos amours ?</em> se publicó primero en lamarea.com.

Juan Roig y las lamentaciones de mercadillo

11 Marzo 2026 at 15:34
Por: El Apunte

Hay mucho mito en torno a las grandes empresas españolas. En realidad, son muy poco españolas, ya que la inmensa mayoría de ellas pertenecen a fondos de inversión internacionales. Ana Botín, por ejemplo, puede presentarse como mandamás del Santander, pero en realidad pinta lo justo. Es una empleada más que debe rendir cuentas a sus verdaderos jefes, los gestores de esos grandes fondos. En España, entre los grandes empresarios, hay muy pocos que tengan la última palabra sobre el rumbo de sus compañías. Quizás el único de ellos sea Juan Roig, el presidente de Mercadona. ¡Y qué palabras gasta!

A Roig le encanta hablar. Lo hace a sabiendas de que sus declaraciones crearán revuelo, pero no le importa. Está tan seguro de su fortaleza empresarial que, diga lo que diga, sabe que no tendrá consecuencias en su cuenta de resultados. Los compradores no le darán la espalda. No lo harán ni siquiera aunque los precios suban desproporcionadamente. Y mucho menos por sus prácticas antisindicales. No lo harán ni aunque pronuncie despropósitos como el siguiente: «La gente dice: “Habéis subido los precios”. Los precios nosotros no los subimos. Los subimos porque las materias primas suben y los bajamos porque las materias primas bajan. No depende de nosotros».

Roig, patrón de una empresa 100% familiar, sin participación de ningún fondo extranjero y que ni siquiera cotiza en bolsa, confiesa, cariacontecido, que el precio de sus productos no lo decide él. Lo hizo ayer, durante la presentación de sus resultados en 2025, que son –quién podría dudarlo– espectaculares: 1.729 millones de euros de beneficios, un 25% más que un año antes. Y siempre tiene una excusa para subir los precios y que parezca que él no decide nada. Es la mano invisible del mercado la que mete el dinero en su bolsillo. Él simplemente pasaba por allí.

A veces, incluso sube los precios por el propio bien de la sociedad. Él no quiere hacerlo, pero alguien debe velar por nosotros. «Hemos subido los precios una burrada, pero si no lo hubiéramos hecho el desastre en la cadena de producción hubiera sido impresionante», admitía en 2023, vinculando ese alza al impacto de la guerra de Ucrania.

Roig nunca quiere subir los precios. Es más, ningún empresario quiere hacerlo. Lo hacen a regañadientes, de mala gana. ¿Quién querría ganar un dinero extra? «Todos los comerciantes y los distribuidores, lo que más queremos es bajar precios», insistía ayer Roig. «No hay nadie que se quede contento por subir un precio. En absoluto. Porque sabemos que la atracción del cliente, que es lo normal y lo humano, es comprar al mejor precio posible. Pero dependemos de las materias primas de forma constante y todo eso nos influye». El conflicto en Irán les obliga a ganar más dinero. Como si les pusieran una pistola en la cabeza, no tienen más remedio que ceder. Y cómo sufren. Nadie sabe lo duro que es ser millonario, todo el día a merced de los caprichos del mercado.

Si suben las materias primas, subimos los precios. Y si bajan, pues los bajamos, dice Roig, contando, como buen negociante que es, sólo la mitad de la historia. «Nosotros, por ejemplo, entre enero y febrero, hemos bajado 300 productos, porque las materias primas estaban bajando», asegura el empresario valenciano. Esa bajada –puntualísima– ha sido del -0,9% en el conjunto de los supermercados, según datos de la OCU. Pero en 2025 se registró una subida de los precios de Mercadona de un +4% (el IPC se situó en torno al +3%). Sin querer, eh, fue obligado por las circunstancias. No se sabe muy bien cuáles serían esas circunstancias, pero algo pasaría, porque… «todos los comerciantes, lo que queremos es bajar los precios».

Roig se ha convertido en un consumado maestro en el arte de las lamentaciones de mercadillo: ¿Qué quieres que yo te pida por esto? Si te lo estoy dando regalado. Ea, dame 10 euros. Ni pa ti ni pa mí.

Todo el mundo sabe que en esos –por otra parte encantadores– regateos de baratillo hay un pacto tácito. Quien compra acepta, de buen grado, pagar un poco de más. Incluso disfruta del teatro que impone la situación. Cada uno (vendedor y comprador) tiene sus necesidades y nadie va a salir de la transacción ni arruinado ni con 1.700 millones de euros en la riñonera. Esa es la diferencia. En el mercadillo no hay tanta cara dura. Al menos no de un nivel estratosférico.

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