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Hoy — 7 Junio 2026Noticias

Indudable

7 Junio 2026 at 10:16

Este artículo se publicó originalmente en la revista de La Marea. Puedes conseguirla y suscribirte en nuestro kiosco.

No cabe duda. En Triste tigre (2023) Neige Sinno describe de forma directa y clara un abuso sexual infantil del que no cabe duda alguna: contra ella, llevado a cabo por su padrastro. Su relato es un golpe conciso que nos coloca de lleno en el centro de su páramo. Puede parecernos, como ella sostiene, que lo fascinante de la pederastia es el victimario: ¿cómo alguien puede hacer algo así? ¿cuáles son sus motivaciones? ¿de dónde saca la capacidad para dañar de este modo y seguir viviendo como si tal cosa? Perdóneme, lector, por la dureza de la cita que reproduciré a continuación: «Estar en un cuarto a solas con un niño, una niña de siete años, tener una erección ante la idea de lo que le vas a hacer. Pronunciar las palabras que hagan que ese niño se te acerque, meter el pene erecto en la boca de ese niño […] Eso sí que es fascinante […] Por no hablar de lo que sigue al terminar: vestirte, regresar con la familia como si no hubiera pasado nada». Pero sabemos que ha pasado todo. Indudablemente. Nos queda claro el daño. Nos queda claro que la vida de ese niño o de esa niña han cambiado para siempre. Nos queda clara la ruptura del círculo de seguridad del niño cuando quien abusa de él o ella es un adulto de confianza (porque en la mayoría de los casos los abusadores son adultos cercanos al infante). Quien ha de cuidarle, le hace algo así. Lo tenemos claro. Sabemos que es abuso sexual infantil (ASI).

Puede que quizá no nos quede claro el sentimiento de vergüenza que arrastrará el niño. Su incapacidad para procesar lo que le está pasando. Su idea de que quizá haya hecho algo para merecerlo o para provocarlo. Y eso no es fascinante. Es atroz. Que no pueda contarlo a su familia por miedo a que le hagan daño o al rechazo de los suyos al denunciarlo. El sentimiento de traición que se puede llegar a experimentar debido a la ambivalencia de sentimientos hacia el adulto.

Hay veces, ciertamente, en las que es indudable, pero tal es el silencio, el oscurantismo, los pliegues de excusas y de mentiras, la ceguera, que lo indudable no se aborda. Otras veces es tan cierto y claro, que por su gravedad pensamos que no puede ser verdad, que nos estamos equivocando, que algo no interpretamos bien. Es terriblemente creíble que algo así suceda en un colegio o que lo lleve a cabo un desconocido, pero ¿alguien cercano? Es impensable. Es aquí cuando lo indudable genera un ciclo de incomprensión e incluso negación, cuando lo ambivalente y lo contradictorio comienzan a enredarse, cuando quien nos cuida nos hace daño, cuando quien a veces es bueno a veces es malo. En el caso de ASI en el seno familiar ocurre así. Sabemos que sucedió, pero las propias víctimas a veces no están seguras porque el abuso no implica siempre penetración o no lo recuerdan. Y pensamos que lo estamos interpretando mal. Dudamos. En estos casos, por muy indudable que sea, los supervivientes de esta devastación a veces creen que fue una pesadilla (o muchas), que han entendido mal la situación. Creen incluso que lo han provocado. Y llega entonces la vergüenza y la culpa, el sentimiento de suciedad y rechazo hacia uno mismo.

Fascinante, por seguir la terminología de Sinno, es la actitud de aquellos que saben y que hacen lo posible por no saber. Quienes prefieren mirar hacia otro lado. A ello se suma que no tenemos claro –o no queremos tener claro– muchas veces en qué consiste el ASI. Hay muchas más formas de abusar sexualmente de un niño. ¿Las sabemos reconocer? ¿Las saben reconocer las propias víctimas? Aún más ¿las queremos reconocer?

A veces un niño solo quiere jugar o ser abrazado y se acerca con esta intención al adulto que lo llama. Sin embargo, el adulto quiere otra cosa. Es lo que Ferenczi en un conocido y polémico texto titulado «Confusión de lenguas entre el adulto y el niño» (1933) aborda para explicar el trauma sexual que encontraba en sus pacientes adultos que fueron víctimas de niños de violencias y violaciones. El niño busca ternura y el adulto busca sexo. En este encuentro de dos deseos expresados en lenguas distintas y con intenciones diferentes, al encontrar el horror que no quería, el niño se reprocha haberlo buscado porque no sabe identificar que son dos planos muy distintos y así, se siente culpable. Otras, como sabemos, son forzados y controlados con amenazas. El problema con el primero de los casos es la insidiosa pregunta del niño de si él ha hecho algo. No se escandalice, lector: la lógica es parecida a la frase dirigida a mujeres adultas según la cual «andan provocando». No se nos ocurriría pensar algo así en el caso de un niño, pero ¿no es lo que sucede en Lolita de Nabokov? Vemos todo desde los ojos de Humbert Humbert. El niño duda. Devenido adulto, duda de sus recuerdos (vagos, borrosos). No puede ser. Pero fue.

Si esto es así en abuso con penetración, imagínense cuando no ha ido tan lejos. Ferenczi añade en su texto que estos casos son mucho más frecuentes de lo que cabe pensar. Los últimos estudios apuntan a que uno de cada cinco menores en Europa es o será víctima de alguna forma de violencia sexual antes de cumplir la mayoría de edad. De ellos, entre el 70 y el 85% de los casos, conoce al victimario. ¿Cuántos casos conocemos? Existe la opción de que no podamos hablar y no se denuncie; que sepamos que ocurrió pero dudemos de ello para negarlo y protegernos (¿protegerle?) o que no lo reconozcamos, pero ¿cómo es posible si era indudable?

De forma muy clara, el ASI consiste en una interacción sexual entre un niño y un adulto, en la que este último usa a un menor para estimularse sexualmente u obtener un beneficio. Engloba casos extremos como penetración, prostitución, trata; y otros menos reconocibles, como tocamientos, descripciones lascivas de contenido sexual o exposición a pornografía. Me gustaría detenerme aquí un momento: exponer a un niño a pornografía es abuso. El abuso sexual incluye un abanico de formas de abuso que generan un trauma en el niño y unos efectos de largo alcance, como afectación en los círculos de intimidad, autoimagen, falta de autoestima, falta de confianza en los demás, hipersexualización o asco al sexo. ¿Intuyen por dónde voy? No hace falta penetrar el cuerpo de un niño. Basta con penetrar su mente. Cabría preguntarse si en nuestras sociedades vivimos en un estado de abuso sexual infantil a plena luz del día sin darnos cuenta: no porque esté oculto, sino porque está normalizado y neutralizado. Nos escandalizamos cuando oímos hablar de los casos extremos de pederastia en la Iglesia o en casos indudables de violaciones en familia ajena, pero ¿cuándo se trata de algo cercano? ¿Realmente creemos que estas situaciones son algo circunscrito solamente a la Iglesia o son estructurales dentro de las modulaciones de ASI? Vemos que los niños reciben alto contenido sexual a través de pornografía para beneficio económico de algunos, que aprovechan la curiosidad y la necesidad de saber en la infancia, pero ni nos planteamos que eso sea abuso. ¿Estamos preparados para tomar conciencia de lo que tenemos delante y de afrontar las consecuencias en nuestras sociedades?

La entrada Indudable se publicó primero en lamarea.com.

AnteayerNoticias

Obrero

3 Abril 2026 at 09:39

Este artículo se publicó originalmente en la revista ‘La Marea’. Puedes conseguir un ejemplar aquí o suscribirte y apoyar el periodismo independiente.


Obrero (lat. operarius) no es sólo el que obra, esto es, el que hace o trabaja, sino quien precisamente debido a su hacer genera o produce una obra, que en latín se dice opera, de donde proceden tanto nuestro término «obrero» como el cultismo «operario». Obrero y operario no sólo son aquellos que trabajan para otro (trabajadores) sino que hacen, es decir, que aunque padecen las condiciones a veces paupérrimas que les dicta su empleador, son eminentemente sujetos activos. Son efectivamente «fuerza» de trabajo y no mera materia pasiva. Podemos preguntarnos por un lado qué hace el obrero con esa fuerza como sujeto activo, además del producto de su trabajo, pero también, y esto es más inquietante, qué opera en el obrero o, dicho de otro modo, qué mecanismos padece que afectan a la manera y el sentido en la que dirige y aplica su fuerza. El adjetivo obrero, y estos incordios son siempre adjetivos, hace referencia a todo aquello relacionado con el trabajador, de modo que podríamos hablar del padecimiento obrero que da lugar por ejemplo al movimiento obrero, cuando se reivindican unas condiciones de trabajo dignas, pero también a aquello que obra en el obrero. Serían dos pasiones obreras: la primera apunta a su libertad, la segunda a su esclavitud siempre y cuando no sea consciente de aquellas fuerzas que a él también le atraviesan. Pueden parecer la misma cosa por sus efectos, como el obrero que lucha por sus derechos, pero se manifiesta su diferencia en el momento en el que quedan claras cuáles son las causas que arguye en torno a sus males y malestares. Y aquí se define ser obrero de izquierdas o, paradójicamente, obrero de derechas. Ahora bien ¿el obrero de derechas desatiende sus derechos o le presta atención a algo distinto que lo obrero en él?

Hace 30 años François Furet planteó una tesis que no fue ajena a la polémica: la cercanía entre comunismo y fascismo entorno precisamente, entre otros factores, a la clase de los trabajadores. En su diálogo con Jünger en El trabajador (1932) argumentó que de lo que se trataba era de escribir una nueva historia donde el trabajador fuera quien la pusiera en movimiento. La cuestión es, claro, qué trabajador. Lo cierto es que la fuerza del fascismo vino del movimiento que padeció una campaña ideológica de tal grado de manipulación que consideró que aquello que le perjudicaba no eran las condiciones dictadas por el empleador, sino el resultado de aquellos que le robaban el pan, el trabajo y el dinero. En los primeros minutos del documental Das Wort aus Stein (1939), de Kurt Rupli, tras las imágenes de escombros y bloques de piedra arrastrados por cadenas, como metáfora de la caída de una nación, se vislumbra poco a poco, conforme el polvo se disipa, la silueta de quienes llevan a cabo la reconstrucción y son la fuerza que tira de esas cadenas. Aparece entonces un conjunto escultórico que representa al hombre alemán, que es quien reduce las antiguas ciudades a escombros para poder construir una ciudad que pueda estar a la altura del ideal, de la límpida y auténtica esencia alemana. Este conjunto escultórico no es otro que el de Josef Thorak con el nombre de Denkmal der Arbeit («Monumento al trabajo»), esculpido en tamaño monumental por encargo del propio Albert Speer en 1939 para situarlo, como imagen del trabajo comunitario, en la mediana de la autopista de Salzburgo: la escultura transmite una visión heroica de los trabajadores, transformados en una encarnación moderna de la renacida raza alemana. También la obra del escultor del nazismo, Arno Breker, se centra en mostrar un cuerpo: el del hombre alemán que levanta la nación. Así lo expresa Goebbels en un fragmento muy conocido de El triunfo de la voluntad (1935), de Leni Riefenstahl: «La brillante llama de nuestro entusiasmo nunca será extinguida. […] Proviene de la profundidad del pueblo. Y de esta profundidad del pueblo debe siempre nuevamente encontrar sus raíces y su fuerza […] Es mejor ganar y mantener el corazón de un Pueblo». Lo aterrador es por tanto cómo la fuerza de la clase trabajadora hace posible la ascensión del fascismo cuando en él opera la manipulación y cuando se han interiorizado, con la eficiencia de pasiones como la ira y sentimientos como la frustración, los principios ideológicos de aquellos debiéramos combatir. La estrategia se basa en dirigir la mirada hacia la causa equivocada a través de la falsa idea de que el dirigente y el obrero quedan igualados ante un enemigo común a combatir y oculta con trazo grueso que las verdaderas causas son precisamente el dirigente o el líder carismático, como diría Weber. Y lo hace porque aquello que busca el obrero de derecha no son sus derechos como obrero, sino como hombre, como español, como macho. Lo obrero pasa, en principio, a un segundo plano.

En el «otro trabajador» comienza a pesar más «el otro» que el adjetivo «obrero». El inmigrante, el desfavorecido, la mujer, el extranjero, quedan de pronto convertidos en el Otro hostil y peligroso. Y el adjetivo obrero que lo acompaña y que nos iguala en condición, en preocupación, en aspiración y en lucha común, adquiere el significado de la competencia: es el otro quien ocupa nuestros puestos de trabajo, es el otro quien recibe subsidios que no le corresponden porque no es de aquí. Y aquellos de izquierdas en los que prima lo que nos iguala como obreros se transforman a su vez en «otros», quienes aunque hayan nacido en la misma tierra son traidores a la patria, es decir, traidores a su patrón. Y es que este es el desplazamiento: entender que la patria es defender los intereses del patrón, interiorizarlos, como quien integra los malos modos de un maltratador y la víctima los acaba reproduciendo en otros para tratar de parecerse al ideal al que aspira (mejor dominador que dominado) en lugar de aceptar que en el sistema económico actual el cambio no procede de demonizar al otro obrero, sino de neutralizar las manipulaciones que padecemos. La derecha consigue que la identificación como obrero desaparezca y el adjetivo devenga sinónimo de pueblo, de nación, de hombre blanco. Logra por tanto quebrar la identidad de clase y que lo que funcione sea la identidad como patriota, como hombre concreto desposeído de lo que debería tener y otros le roban, que luche por sus derechos como raza blanca superior a las demás.

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