- El domingo 22 de marzo de 2026 celebramos el 6º Día de las Vías Pecuarias con una ruta en bicicleta por el norte de Alcorcón, el cerro de San Babilés en Boadilla del Monte y la vereda segoviana en Villaviciosa de Odón.
- El punto de partida, la pasarela del parque de Las Presillas, nos ofrecía una imagen tan clara como incómoda: un territorio herido, fragmentado, cercado por infraestructuras y sometido a una presión constante.
Desde esa posición, el paisaje se desplegaba como un mapa vivo: una estación subeléctica, los tendidos de alta tensión, alcornoques centenarios, pinares de repoblación, el lago artificial que recoge el arroyo Butarque, el rastro casi borrado de la vereda de Castilla y la cicatriz del antiguo ferrocarril militar que aspiramos a transformar en vía verde. Todo ello bajo el ruido persistente de los coches y las avionetas de la base de Cuatro Vientos. Un recordatorio de que estos espacios no están protegidos: están asediados.
Vías pecuarias: corredores ecológicos, en riesgo
Con el grupo ya formado —nueve personas finalmente— iniciamos la marcha hacia Cuatro Vientos. El ritmo tranquilo nos permitió observar con atención un territorio que, pese a todo, sigue vivo. Las plantaciones de encinas y alcornoques, impulsadas en su día por colectivos ecologistas, conviven hoy con intervenciones institucionales como el proyecto Arco Verde. Pero la pregunta sigue repitiéndose: ¿es suficiente?
La antigua vía del ferrocarril militar, colonizada por vegetación espontánea, y la presencia constante de fauna como conejos nos hablan de la capacidad de regeneración del entorno. Sin embargo, la negativa a negociar del Ministerio de Defensa mantiene esta infraestructura viaria en desuso. Con una pequeña inversión esta vía muerta podría convertirse en la vía verde del ferrocarril militar.
En la vereda de Castilla, entre Alcorcón y Madrid, nos detuvimos ante los restos de un encinar. Allí recordamos que estos caminos no son simples rutas de paso: son estructuras históricas del territorio, auténticos corredores ecológicos que conectan ecosistemas y conservan la memoria de un paisaje adehesado hoy prácticamente desaparecido.
Del ruido a la paz de los campos
A medida que avanzábamos, el contraste se hacía más evidente. El estruendo de aeromodelos y aviones reales sustituía al canto de las aves, ausentes en ese tramo. El cielo, saturado de tráfico aéreo, reflejaba el modelo de ocupación del territorio: intensivo, invasivo, ajeno a los ritmos naturales y con unos usos recreativos que, en la mayor parte de los casos, ignoran al resto de seres vivos que habitan el ecosistema.
Sin embargo, al descender hacia el barranco de Pradonal, la paz se impuso como por un ensalmo. Allí, en un encinar con árboles centenarios, se hace evidente lo que está en juego. Estos fragmentos de bosque, conectados con espacios como el cercano Montegancedo, el parque histórico de Casa de Campo o el Monte del Pardo, son los últimos vestigios de un ecosistema que una vez fue continuo, un bosque de encinas y otras especies autóctonas.
Pero incluso aquí las amenazas son visibles: vertidos descontrolados, arroyos canalizados, urbanización de los elementos de la ciudad más desagradables como la depuradora de aguas residuales. A pesar de todo, la naturaleza resiste, sí, pero lo hace en condiciones cada vez más adversas.
Defender el territorio, a golpe de pedalada
La ruta continuó entre caminos trazados con terrizo y vallados, arroyos encauzados, bordeando espacios como la Ciudad Financiera, donde el contraste entre lo natural y lo urbanizado alcanza su máxima expresión. Alcanzamos el Cerro de San Babilés, mirador privilegiado desde el que se divisa la Sierra de Guadarrama, el Palacido del Infante Don Luis, la vega del río Guadarrama o el silo de trigo de Navalcarnero. Un paisaje que produce honda impresión, pero también muy transformado.
Allí tuvo lugar el único percance de la jornada: una caída que dejó la rueda de una bicicleta inutilizable… o eso parecía. Sin herramientas, el grupo improvisó un remedio fácil. La rueda, doblada, volvió a girar. No perfectamente, pero lo suficiente para que la compañera pudiese continuar.
El último tramo nos llevó por cárcavas, campos de cereal en crecimiento y vías pecuarias parcialmente invadidas o desviadas por obras y urbanizaciones. Aun así, la naturaleza persiste y no da un paso atrás: una pareja de milanos sobrevolando, la vegetación de ribera del arroyo de La Madre empieza su mejor momento, la primavera, caminos que se resisten a desaparecer.
Terminamos la ruta en la colada de Pozuelo, junto al CC Tres Aguas. Un final simbólico: una vía pecuaria que sobrevive en este espacio urbanizado gracias a la protección legal que les otorga la legislación.
Porque de eso se trata. De entender que estos caminos no son reliquias del pasado, sino infraestructuras esenciales para un futuro más habitable. Defender las vías pecuarias es defender la biodiversidad, la conectividad ecológica y el derecho a un territorio menos fragmentado.
Y nos despedimos… hasta ¡el año que viene!
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