Cada vez que una persona rusa entra en la consulta de la doctora Iryna Kyrychok (Ternopil, Ucrania, 36 años), ella elige hablar en ruso, a pesar de lo duro que le resulta desde que empezó la guerra. Aun así, lo habla por sus pacientes, convencida de que su deber es dejar a un lado el dolor y ofrecer la mejor atención posible. Y sucede con frecuencia.
En Torrevieja, una ciudad del litoral mediterráneo español donde Iryna se estableció tras huir de la guerra, la población rusa es la segunda más numerosa entre los extranjeros, con 5.926 personas empadronadas. Solo la ucraniana la supera con 9.512, el doble que antes de la guerra. La convivencia entre los miles de ciudadanos de ambos países, que solía llamar la atención de la prensa por ser amable, hoy es más tensa y se basa en una ley no escrita: no se habla de política.
En su día a día, Iryna también pasa consulta en español, inglés, ucraniano y polaco. En esta ciudad al sur de la provincia de Alicante, donde conviven vecinos de 123 nacionalidades, los extranjeros son más de la mitad de la población censada. Tras las comunidades ucraniana y rusa, destacan las de Colombia y Reino Unido. El perfil plurilingüe de Iryna encaja a la perfección en una ciudad como Torrevieja. La doctora se desenvuelve con soltura en todos los idiomas nativos de la mayoría de sus habitantes. Sin embargo, antes de llegar, nunca se habría imaginado viviendo aquí.
Al empezar la invasión, Iryna y su mejor amiga decidieron huir del país con sus respectivas hijas. Creían que sería por poco tiempo y, en cuestión de meses, volverían las cuatro a casa con sus maridos. Aunque no vivían en la zona del frente, querían alejar a las niñas de la guerra: de bajar al sótano cuando suenan las alarmas, los cortes de luz, los minutos de silencio por las mañanas o que todo el mundo se detenga cuando pasa un soldado que vuelve metido en un coche fúnebre.
Así que salieron de Ucrania por carretera hacia Polonia, pocos días después de que empezara la guerra, a finales de febrero de 2022. Las dos eran profesoras de Medicina en la universidad y, como medida excepcional, se permitía el teletrabajo. Con las niñas y las maletas en el coche, y sin un destino claro, tuvieron un par de intentos fallidos de establecerse en países de la Europa del Este. Pero la demanda de alquiler estaba disparada por la gran cantidad de mujeres que huyeron de Ucrania con sus hijos las primeras semanas.
La odisea acabó cuando un amigo del padre de Iryna, que vivía en Torrevieja desde hacía años, se ofreció a ayudarlas a encontrar alquiler y las animó a que vinieran a España. Cuando se establecieron en la ciudad pensaban que sería temporal, pero llegó el verano y desde la universidad les dijeron que se acababan las clases remotas. “Teníamos que volver a la presencialidad en septiembre o renunciar al trabajo. Pero la guerra continuaba y fue entonces cuando decidimos empezar desde cero en Torrevieja”, cuenta.
Ha sido un camino largo, pero este verano Iryna ha empezado a trabajar como médica sustituta en centros de salud de la ciudad. Se ha sentido muy bien acogida, aunque el inicio no ha sido fácil por la saturación del sistema. A la falta estructural de médicos se suman las vacaciones y el aumento de población de la localidad costera en los meses de verano: “Cada diez minutos hay cita con un paciente y entre medias hay urgencias”.
Sin duda, lo más costoso ha sido conseguir un nivel avanzado de español, requisito imprescindible para homologar el título y ejercer la medicina en España. Los trámites tampoco han sido sencillos. En todo el proceso fue clave el papel de la Asociación de Ucranianos de Torrevieja.
Allí han aprendido el español con su profesora Natalia Zhezhnyavska, que también es la secretaria de la asociación. Ella les explicó toda la gramática desde cero y en su idioma. Natalia se enorgullece del progreso de sus alumnas: “Han aprendido bien el idioma y muy rápido. Es importante que haya dos médicas ucranianas porque podrán dar una mejor atención a las personas de nuestro país que siguen llegando a Torrevieja”.
En la asociación, activa desde hace dos décadas, han atendido a más de 15.000 personas desde que comenzó la invasión. “Algunas han pasado por aquí al llegar –explica Natalia– y luego se han establecido en otras ciudades cercanas al ver que en Torrevieja ya no cabe más gente. En los colegios hay listas de espera y muchos vienen con niños, es una situación difícil”.
Aun así, Natalia y sus compañeros trabajan por atender a todo el que lo necesita: les ayudan con consejos, citas de empadronamiento, servicios de traducción, clases de español, eventos culturales o clases oficiales de la escuela ucraniana los sábados por la mañana. Han creado incluso un grupo de Telegram, que ya cuenta con 7.500 personas, donde resuelven casi cualquier duda al momento.
Para Iryna esta es una de las grandes ventajas de vivir en Torrevieja: “Es muy importante que mi hija esté escolarizada también en el sistema ucraniano, por si decidimos volver que pueda seguir en el curso con la gente de su edad”. También aprecia que sus hijas no pierdan tradiciones: “Cada dos o tres meses hay alguna fiesta ucraniana, me gusta que aprendan y no pierdan sus raíces”.
De todos modos, no sabe si volverá. Una de las cosas que la guerra le ha quitado ha sido la capacidad de pensar a largo plazo: “Teníamos dos buenos trabajos, un piso de obra nueva al lado de mis padres, dos coches, acabábamos de construir nuestra casita en la playa y pensábamos que íbamos a vivir así toda nuestra vida. Pero no. Desde la guerra no hago planes a largo plazo porque todo puede cambiar”.
Y así ha sido. Su vida ha cambiado mucho desde entonces. Su marido llegó unos meses después que ella. Pudo salir de Ucrania legalmente porque, por motivos de salud, no estaba obligado a permanecer allí en la reserva. Hace dos años nació ya en Torrevieja su segunda hija.
Una de las cosas que Iryna más valora de vivir aquí es que sus hijas puedan crecer cerca del mar y seguir una dieta mediterránea. “Es lo mejor que podemos darles”, asegura. La comida ucraniana, dice, es más grasa y pesada, por eso solo la cocina en ocasiones especiales, como Semana Santa y Navidad.
Por ahora, aunque sigue teniendo familia y amigos en Ucrania, no piensa en volver. “Aquí la vida es muy cómoda, no sentimos que somos extranjeros”. De momento, ha dejado en pausa los recuerdos de su vida anterior y está centrada en trabajar, criar a sus hijas y reconstruir aquí lo mismo que tenía en su país. Tal vez algún día elija volver. O tal vez no. Lo importante, dice, es poder elegir.
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