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[Libro] Un episodio de nuestra evacuación a Francia – Andrés Capdevila

30 Julio 2026 at 18:18
Por: pegasus

Al escribir las presentes cuartillas ya han salido a la luz pública gran cantidad de artículos periodísticos y libros sobre el triste y penoso éxodo español de principios del año 1939. La inconmensurable tragedia de nuestra evacuación ha sido narrada con gran amplitud y riqueza de detalles por periodistas, poetas y literatos competentes. Expongo a la luz pública el caso particular mío y de mi compañera, como un desahogo del espíritu, como una vehemente protesta contra la barbarie fascista causante de la ruina, la miseria y el dolor de nuestra desgraciada España.


Andreu Capdevila Puig (1894-1987). Nació el 25 de diciembre de 1894 en Cardedeu, Barcelona, Cataluña, (España) y murió el 10 de marzo de 1987 en Rennes, Bretaña, (Francia).

Fue un militante anarcosindicalista. Empezó con 13 años a compaginar su trabajo de tintorero a la Compañía de Hilados Fabra y Coats con la militancia en el sindicato textil de la Confederación Nacional del Trabajo (CNT) del barrio de Sant Andreu de Palomar, de Barcelona, Cataluña, (España) donde asumió desde los años 20, la década del pistolerismo patronal y de Peiró, responsabilidades sindicales en el ámbito de la Federación Regional de Cataluña, (España) donde era considerado un «duro» por los patrones, especialmente por su firmeza en las reivindicaciones del ramo de tintoreros. Participó en la «Conferencia de San Adrián de Besós, Barcelona, Cataluña, (España)»(1936).

Al estallar la guerra civil, participó contra la insurgencia militar y tomó parte en el asalto del cuartel de Artillería, que permitió el armamento de los militantes cenetistas.

Como presidente delegado en el Consejo de Economía de Cataluña, (España) tuvo la pesada responsabilidad de elaborar el decreto de «Colectivización de las empresas y de control obrero».

El 16 de abril de 1937 es nombrado consejero de «Economía de la Generalidad de Cataluña», (España) por la Confederación Nacional del Trabajo (CNT), una experiencia reformista que durará algunas semanas, pero de la que saldrá desilusionado como explicará en sus memorias publicadas en «Le Combat Syndicaliste» (1968) tituladas «Mi intervenciones en el Consejo de Economía de la generalidades de Cataluña en representación de la Confederación Nacional del Trabajo (CNT)«.

Al terminar la guerra, se exilia como tantos otros en Francia, donde continuará su militancia junto con su compañera Antonia Sánchez Garrido, primero en Canet de Mar, Maresme, Barcelona, Cataluña, (España) y después en Perpiñán, Pirineos Orientales, Occitania, (Francia).

Después de la Liberación, tomará parte como orador y conferenciante en numerosos mítines sobre todo en el suroeste de Francia [Toulouse, Alto Garona, Occitania, (Francia), Narbona, Aude, Occitania, (Francia), Tarbes, Altos Pirineos, Occitania, (Francia), Montauban, Tarn y Garona, Occitania, (Francia)].

Partidario de la línea ortodoxa, será durante los años 60 secretario de la Comisión de Relaciones de la región de Aude-Pirineos de la Confederación Nacional del Trabajo (CNT) en el exilio, y contrario a la Alianza Obrera y Defensa Interior. Andreu Capdevila Puig pasó Sus últimos años en Rennes, Bretaña, (Francia), ciudad donde murió el 10 de marzo de 1987.

Su compañera, desde 1937, Antonia Sánchez Garrido, que había nacido el 9 de octubre de 1902 en Badajoz, murió el 3 de agosto de 1996 en Rennes, Bretaña, (Francia). Andreu Capdevila colaborar en la mayor parte de las publicaciones del exilio, como «Terra Lliure», «Le Combat Syndicaliste» o «Umbral.». Es autor del libro «Un episodio de Nuestra evacuaciones en Francia» (1978).

Fuente: https://bibliotecaanarquistaculturayaccion.blogspot.com/

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Júpiter y el 36

23 Julio 2026 at 18:30

Cada día entro al Júpiter, el club de fútbol que supo ser uno de los símbolos del anarquismo barcelonés. Desde su fundación, en 1909, la influencia ácrata fue su principal motor, pero también era uno de los principales condicionantes de las relaciones sociales en los barrios, en los lugares de trabajo y en la resistencia popular en general de toda Catalunya. Ayer se cumplieron noventa años de cuando el pobrerío, el «oscuro pueblo de la bandera negra», venció en relativamente muy poco tiempo al ejército regular del Estado dando comienzo a la revolución explícitamente antiautoritaria más importante de la historia hasta la fecha.

Qué queda de todo aquello tras años de ataques y penetración de la propaganda capitalista contra la cultura de lo común es difícil saberlo, pero seguramente la pregunta así esté mal planteada. La cuestión más interesante, me parece, no es cuánto queda de la tradición colectiva, sino qué tipo de relaciones producen esas formas de vida en el presente. Las formas de relacionarse entre las personas cambian, se desplazan, se mezclan, pero en la medida en que existen aún relaciones sin jefaturas, no basadas en el mando-obediencia, lo anárquico no desaparece. Aquella revolución del pobrerío no persiste como contenido tenaz de la memoria sino, sobre todo, como continuidad de prácticas y modos de relación. Prácticas que la revolución hizo desbordar y potenció increíblemente, pero que venían de antes y siguieron después.

Las personas del club con las que he hablado sobre esto conocen algo de la historia, aunque no mucho. Las armas desmontadas escondidas dentro de las pelotas, la tribuna rebosante de armamento revolucionario, la influencia que le valió al club mil y una represiones, la pérdida de la cancha y el cambio obligado de sus colores permanecen apenas como ecos. Y lo que sigue vivo no responde a una fidelidad consciente al pasado sino a modos de ser instalados y en disputa con otros opuestos.

En la madrugada del 18 al 19 de julio, a dos camiones requisados por el comité de defensa del barrio de Poblenou, que esperaban estacionados en el club Júpiter, se les agregaron dos ametralladoras y banderas rojinegras. Desde el apartamento del anarquista Jover, donde el grupo de afinidad Los Solidarios había instalado su «cuartel general», pudo verse partir a los dos camiones seguidos de obreros armados. Los compañeros habían esperado toda la noche hasta que comenzaron a sonar las sirenas de las fábricas, según lo planeado, llamando a la huelga general.

Esta vez el ejército no iba a encontrar una ciudad desprevenida. Los anarquistas habían decidido dejar salir a las tropas de los cuarteles. No era la primera vez que se enfrentaban a las fuerzas del orden capitalista y sabían que, una vez en la calle, los militares no podrían reabastecerse de munición y tendrían que combatir sin la principal ventaja que les daban sus posiciones. Esa vez, las organizaciones anarquistas, sobre todo, vencieron sin dilación al ejército.

Noventa años después el escenario es muy distinto. Ayer se juegó la final del Mundial, espectáculo y negocio construido en las propias entrañas del imperio capitalista, en medio además de una inmensa reestructuración cuyo rumbo todavía desconocemos. Todo parece cuidadosamente diseñado para transformar todo el deporte en consumo, la pasión en mercancía y el conflicto en entretenimiento. Sin embargo, incluso ahí reaparecen prácticas que desbordan el sentido para el que ese espectáculo fue construido.

Incluso en espacios donde se intenta desalojar toda posibilidad reivindicativa, donde se aplana toda creación y toda idea de dignidad humana para convertirla en mercancía, la reivindicación vuelve una y otra vez. Banderas contra el genocidio, gestos anticolonialistas o el orgullo explícito de pertenecer a un barrio popular y migrante que escandaliza y avergüenza a empresarios y extrema derecha pueden parecer gestos menores, pero no lo son. Incluso los dispositivos más eficaces de integración al negocio nunca consiguen cancelar por completo el conflicto que provoca esa antigua idea de igualdad entre las personas.

No se trata de sobreinterpretar hechos según nuestra conveniencia o ganas. Se trata de reconocer que el mundo actual no es el resultado inevitable de una evolución histórica, sino de conflictos entre fuerzas que siguen actuando. Ningún orden gubernamental consigue eliminar por completo aquello contra lo que tuvo que luchar para imponerse. Si la historia del capital también es la historia de la guerra contra las formas del hacer común, éstas, en tanto necesarias para la propia reproducción social, no desaparecen. Incluso el negocio y el individualismo sobre el que se sustenta el mercado precisan de los cuidados y la solidaridad para existir. Bajo la aparente normalidad del presente continúan latiendo las mismas posibilidades de emancipación bajo otras condiciones.

La historia permanece abierta no porque conservamos intacta la memoria del pasado, sino porque subsisten las formas de relación que ningún poder consigue absorber del todo.

R.M
Fuente: https://www.facebook.com/100014152307779/posts/2468903353591384/

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