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Última ‘marshrutka’ hacia la línea de fuego (y 4)

25 Abril 2026 at 01:41

Un anciano se baja de una vieja marshrutka (minibús), se pone un gorro, unos guantes y una espesa bufanda de lana hecha por su mujer, quien le espera en casa. Una vez abrigado, se hace la señal de la cruz, desprende la cuerda de un pequeño trineo en el que carga dos cajas con víveres e inicia un camino a pie hacia el río Konka, en un paraje desolado, con nieve, sin gente. Una deshilachada red antidrones protege parte de su próximo recorrido. Se ha bajado en la última parada de la marshrutka que va de Kushuhum en dirección a Malokaterynivka, dos asentamientos rurales del sur de Zaporiyia, la ciudad de medio millón de habitantes, industrial y levantada por cosacos a orillas del río Dniéper, que da nombre a toda esta provincia.

Última ‘marshrutka’ hacia la línea de fuego
Alexander carga su trineo en dirección a Malokaterynivka. UNAI ARANZADI

La ruta de este ucraniano valiente es la de tantas otras personas que, por pura necesidad, han de jugarse la vida para salir de casa a por medicinas, comida y útiles que les ayuden a superar este invierno, uno de los más fríos que por estos pagos se recuerdan. Son por lo general hombres de más de 60 años y, por lo tanto, libres de ser reclutados para combatir a los invasores rusos, que en este caso se encuentran extremadamente cerca, dando lugar a esa cruel paradoja que es librarte de ser enviado al frente, al tiempo que el frente te es enviado a ti. Asimismo, las mujeres, igualmente audaces y maduras, visten con abrigos acolchados y cargan con las icónicas bolsas de croché soviéticas, a las que en su juventud llamaban avoska, que en ruso significa “por si acaso”, esto es, una malla de rejilla que vacía apenas ocupa espacio y toda señora portaba en su bolso para cuando surgiese la oportunidad de llevarse algún producto de las tiendas de comestibles oficiales.

Según la agencia de Naciones Unidas para los refugiados, en este año 2026, hay 10,8 millones de personas que necesitan ayuda humanitaria, de los cuales 3,7 se encuentran desplazadas en el interior del país. Sin embargo, ¿qué sucede con aquellas personas que deciden no ser evacuadas de las zonas de combate y quedan alejadas de los puntos donde se distribuye la ayuda humanitaria? Este es el caso de la población del sur de Kushuhum, y más concretamente, del asentamiento de Malokaterynivka. Para Maxim, chófer de la última marshrutka que más se está acercando a este lugar, su servicio es tan imprescindible como arriesgado. “Es una cuestión difícil la de decidir si seguimos brindando el servicio de transporte público o no. Por un lado, sabes que tú eres la única conexión que les queda con el mundo, pero por otro también sabes que acercarte aquí te puede costar la vida. De modo que cuando la situación se hace insostenible, vamos reduciendo paradas. De momento salimos de la ciudad de Zaporiyia hacia Kushuhum. Son 9 kilómetros arriesgados. Lo asumimos. Pero los siguientes 4 o 5 kilómetros más al sur, hacia el asentamiento de Malokaterynivka, ya suponen una situación mucho más extrema. Los drones y la artillería son permanentes. Lo siento, pero no podemos hacer el trayecto completo, así que la gente se baja y recorre los últimos kilómetros a pie hasta sus casas”, se lamenta.

Última ‘marshrutka’ hacia la línea de fuego
La carretera de Zaporiyia a Malokaterynivka protegida por una red antidrones. UNAI ARANZADI

Una de esas personas que se bajan en la última parada de la marshrutka, se santiguan, arropan o cargan cajas sobre trineos antes de emprender una marcha a pie, camino al asentamiento de Malokaterynivka y el río Konka, es Alexander, un hombre de 53 años prematuramente desgastado por la pobreza y la guerra. Tal y como aconseja antes de iniciar la marcha, “lo importante es andar rápido y mejor solo que en grupo. Aunque lo más peligroso es en coche. Si ven uno, atacan seguro”, señala mientras prepara su trineo junto a otras dos personas que también se han bajado de la marshrutka y están a punto de iniciar un escalofriante recorrido hasta sus viviendas.

Por el camino Alexander se cruza con Sergei y Denis, dos soldados pertrechados con pistola en el pecho, fusil de asalto en el hombro izquierdo y escopeta de postas en el derecho. Caminan lentamente mirando hacia el cielo con el casco bien calado y un chaleco antibalas que no solo los protege de la metralla, sino también del frío. Consultados por las condiciones de seguridad y la presencia de unas tropas rusas que ya se encuentran al otro lado del río Konka, los soldados advierten sin entrar en muchos detalles: “Sí, están allí, lo que es peligroso porque con sus drones llegan aquí en menos de cinco minutos. Sin embargo, hay más problemas…”. Y efectivamente los hay. Tal y como reportan los últimos informes del Ministerio de Defensa ucraniano, la poca profundidad de los ríos que rodean a esta comunidad, han permitido a las fuerzas armadas rusas llevar a cabo incursiones que, si bien no han prosperado, indican lo que podría ser un futuro asalto a este suburbio de Zaporiyia, y por ende a la propia capital de la provincia, situada a unos 12 kilómetros de este punto.

Última ‘marshrutka’ hacia la línea de fuego
Dos soldados patrullan la carretera de Malokaterynivka. UNAI ARANZADI

El suburbio de Malokaterynivka, ubicado en la orilla norte del río Konka, y última barrera natural de los ucranianos con la que hoy se topa el ejército ruso antes de la ciudad de Zaporiyia, se encuentra separado de las posiciones rusas por los 2.000 metros de agua que dividen ambas márgenes de este afluyente del río Dniéper. “Los rusos están al otro lado del río, en la localidad de Prymorske. Es por eso por lo que este servicio de la marshrutka está a punto de desaparecer”, explica Ludmilla, una mujer que regresa de casa de un tío suyo, aislado por la crudeza del invierno y las dificultades de movilidad propias de su avanzada edad. “Todo el sur de Zaporiyia –continúa– y más aún este lugar donde estamos, al sur de Kushuhum, es ya un escenario de guerra abierta en el que quedan muy pocas personas viviendo”. Preguntada por si existen servicios que asisten a estos ancianos que no quieren abandonar sus hogares, Ludmilla responde que hay organizaciones humanitarias que se acercan en vehículos blindados, pero, según explica, sus visitas son ya muy puntuales, “pues la gran evacuación de gente se produjo hace meses”.

Última ‘marshrutka’ hacia la línea de fuego
El centro de Kushuhum protegido por una red. UNAI ARANZADI

Siguiendo el camino hacia el sur, en dirección a Malokaterynivka, se llega a un cruce en el que se yergue un edificio desconcertante. Rodeado de mallas metálicas para evitar el impacto directo de los drones, esta singular construcción de ladrillos es el último negocio que permanece abierto antes de llegar a la zona desde donde dispara la artillería ucraniana. Con un letrero colgando, luces de discoteca y un porche que hace las veces de sala de fiestas, el local acoge en su interior a dos mujeres en estado de embriaguez tratando de hacer sonar un destartalado equipo de sonido al tiempo que se escuchan algunas detonaciones de fondo. A su alrededor se esparcen decenas de botellas de vodka vacías, ceniceros atestados de colillas y la certeza de que la guerra ha agravado problemas sociales como el del alcoholismo y las drogadicciones. De acuerdo con el último informe mundial sobre drogas de la ONU, la producción de estupefacientes sintéticos, así como de cannabis, ha sufrido un claro incremento desde el inicio de la invasión rusa en febrero del 2022. A esto se suman otros desafíos, como el de la depresión y la ansiedad que sufren, no solo los civiles sino también los militares. Para la sociedad ucraniana no es ningún secreto que muchos soldados que regresan de primera línea con estrés postraumático recurren a las drogas, como tampoco lo es el hecho de que en el propio frente se consumen más que nunca. No en vano, un estudio de la ONG Life Rivne Network indica que un 38% de los soldados ucranianos admiten haber consumido anfetaminas para sobrellevar la fatiga de combate y marihuana –e incluso opioides– para los momentos de descanso. Tal y como apuntan muchas de las personas con las que se comparte esta preocupación, los sueldos de los soldados han tenido, sin quererlo, algo que ver en todo esto. Si el salario mínimo de un trabajador no supera los 170 euros en la Ucrania del 2026, el de un soldado puede multiplicar esa cifra por 10 si es que se encuentra en la línea de combate.

Última ‘marshrutka’ hacia la línea de fuego
Uno de los últimos negocios abiertos al sur de Kushuhum. UNAI ARANZADI

“Verás que aquí hay de todo”, advierte Alexander al abrir la puerta del local bunkerizado que se encuentra tras el porche y la extraña sala de fiestas. Como si de un oasis se tratara, en el interior hay luz, calor, y una mujer de pelo largo, sonriente y fornida que se llama Victoria. Según explica esta, su negocio hace las veces de farmacia, bar, economato, refugio y cocina. “Sí, aquí viene mucha gente necesitada, pero vivimos un momento en el que no todo es hacer negocio. También hay que ayudarse los unos a los otros”, señala, no sin razón, antes de explicarnos dónde está el lugar en el que nos encontramos y lo mal que está la situación con las tropas rusas al otro lado del río Konka. “Si continuáis caminando hacia el sur ya estaréis al borde del río en Malokaterynivka”, explica. Con varias provisiones adquiridas en la tienda, Alexander retoma la caminata en la dirección que Victoria señala como muy peligrosa. “Es que allí está mi casa”, se excusa.

Pese a la heroica defensa de las fuerzas ucranianas, los avances del ejército ruso en Zaporiyia han sido lentos pero implacables, sobre todo en el último año. Controlando ya el 75% de toda la región, y con la central nuclear más grande de Europa en su poder desde marzo del 2022, existe la posibilidad de que, una vez llegado a Kushuhum, el Kremlin pueda comenzar un verdadero asedio a la capital de esta provincia, la cual fue declarada parte de la Federación Rusa en un referéndum que ni respondió al derecho internacional ni ha reconocido ningún país del mundo más allá de Corea del Norte, Nicaragua, Bielorrusia, Venezuela y Cuba.

Para Alexander, quien está a punto de llegar a su casa, la irrupción de los ocupantes rusos en su asentamiento no sería motivo de huida. “Soy mayor y estoy un poco cansado. Yo he decidido quedarme para cuidar de mis animales”, explica mientras abre la puerta de una pequeña dacha. Ya dentro, le recibe una colonia de gatos a los que acaricia con mimo. “Vivo solo. Es todo cuanto tengo”, afirma sonriente mientras va dejándoles comida. Después de servir un té, se sienta y da cuenta de la que es, hoy por hoy, su mayor preocupación. “Lo que no me gustaría es que mi casa sea dañada. Con esta estufa de leña y un poco de comida puedo sobrevivir, pero sin un techo todo cambiaría”.

Última ‘marshrutka’ hacia la línea de fuego
Alexander en su casa. UNAI ARANZADI

En un informe elaborado por Naciones Unidas el pasado año se dice que alrededor del 10?% de las viviendas de Ucrania han sido dañadas o destruidas desde el inicio de la invasión rusa. Resulta interesante sumar otro dato menos conocido de la misma organización. En este se dice que, desde la independencia del país hace 35 años, solo se han construido entre un 7 y un 10% de todas las viviendas actuales, siendo el 90 o 93?% restante obra del periodo soviético que transcurrió en las cuatro décadas anteriores. Sin ir más lejos, la de Alexander es una de estas moradas: precaria, unifamiliar y con un pequeño jardín sobre el cual vuelan los drones a diario. Tanto es así que en un momento dado se levanta y exclama: “Tienes que ver esto. Sal y mira”. Cruzando el tejado de su dacha se aprecia un hilo que brilla al sol. Se trata del rastro dejado por un dron ruso dirigido por fibra óptica, la mayor amenaza para los civiles de esta zona y el motivo para abandonar el lugar tan rápido como se pueda.

A pesar del frío y la desolación, en la caminata de regreso hacia la capital de la provincia es posible encontrar algunos signos de vida, desde oportunistas que van a la husma del cobre en las casas destrozadas por la artillería rusa hasta bandadas de perros en busca de un hueso que llevarse al hocico. También, muy de cuando en cuando, otros civiles que van a coger la última marshrutka en dirección aKushuhum y Zaporiyia.Oleg, un setentón con bigote y sombrero de lana, es de los primeros en llegar a la marquesina donde serán recogidos. Lleva consigo una Beretta de 9mm en una funda de cuero. Asegura que es su mejor defensa contra los drones. “Si se acerca uno, ¡pum! Lo disparo y asunto resuelto”, afirma con desbordante optimismo.

Según se va regresando ya a bordo de la marshrutka, primero se pasa por el centro de Kushuhum, donde un reciente ataque contra una marquesina ha dejado heridas a dos mujeres de 72 y 52 años. A continuación, ya superado el control militar que da acceso a la ciudad de Zaporiyia, comienzan a verse carteles que animan a sumarse a las brigadas de voluntarios. Entre ellas, Khartia es una de las que ha tenido más aceptación. Sin embargo, hay algo inquietante en la publicidad que utilizan en este invierno del 2026. Si hace año y medio mostraban aguerridos combatientes posando en un estudio fotográfico, hoy sus vallas publicitarias ofrecen como reclamo la triste imagen de una litera metálica y un vehículo 4×4 para la extracción de heridos.

La convicción de que, pese al indudable coraje demostrado por las tropas ucranianas, la guerra está perdida y de que hay muchos políticos y militares beneficiándose de la situación, es otro de los grandes tabús informativos de este conflicto, en el que las cifras del desencanto hablan por sí solas: de los 11 millones de hombres ucranianos en edad de combatir (de 25 a 60 años) apenas 1,1 millón han atendido al llamado de sumarse a filas. ¿Qué tendría que decir al conjunto de la sociedad esa mayoría silenciosa que elude prestar servicio en las Fuerzas Armadas? ¿Dónde están? ¿Se puede hablar de pluralidad informativa cuando las motivaciones de un sector tan amplio y determinante de la sociedad no son sujeto de debate ni en los medios ni en la esfera política?

Llegada por fin la última parada de la marshrutka, los pasajeros descienden aliviados. “Resulta triste que nos sintamos seguras al llegar a una ciudad en la que casi todos los días caen bombas, pero, comparado con los lugares de los que venimos, resulta mucho más tranquila”, señala Oksana, una mujer habituada a hacer este desplazamiento para conseguir algunos alimentos y medicinas. Mientras ella se pierde por las calles de la ciudad se va formando una nueva cola para ascender a la marshrutka en su viaje de regreso a Kushuhum. “Si no tienes un coche, este es nuestro último medio de conexión con el resto de Ucrania. Esperemos que no corten esta ruta a Kushuhum, como acaba de pasar con la de Malokaterynivka”, comenta una de las mujeres que espera subirse para viajar de vuelta al último bastión defensivo que protege por el sur la ciudad de Zaporiyia.



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Sumy, la guerra que no lleva a ninguna parte (2)

15 Marzo 2026 at 07:00

«Esta guerra no se acaba», afirma uno de los soldados de la patrulla que recorre a pie el norte de Stetskivka, una de las últimas aldeas en manos ucranianas antes de llegar a la línea de contacto con los militares rusos. «Pero hay que lucharla, aunque es difícil combatir contra los drones, que aquí están por todas partes», asegura señalando la gran cantidad de vehículos calcinados que se encuentran desperdigados por el centro de este asentamiento rural en el que apenas se ve un alma y desde el cual se dispara con artillería pesada a las posiciones rusas. «Y por si fuera poco –añade uno de sus compañeros– la Federación Rusa está como a 10 minutos en coche, por lo que este frente de Sumy es particularmente peligroso».

Cuando Rusia invadió Ucrania el 24 de febrero del 2022, la provincia de Sumy, situada en el noreste del país, fue uno de los primeros territorios en los que se produjeron combates entre ocupantes y ocupados. Tras varias semanas de lucha, las fuerzas ucranianas consiguieron expulsar a las fuerzas rusas, las cuales, en un repliegue estratégico, regresaron por donde vinieron al otro lado de la frontera. Así las cosas, a partir del 11 de abril del 2022, los habitantes de la ciudad y provincia de Sumy se sobrepusieron hasta alcanzar una relativa calma, al menos si se compara con lo vivido desde entonces en otras regiones que también hacen frontera con Rusia.

Sin embargo, todo cambió radicalmente cuando el 6 de agosto de2024, el ejército ucraniano comenzó una inesperada invasión de Rusia. El punto por donde se dio inicio a esta gran operación militar fue precisamente la provincia de Sumy. Según explicaron las propias autoridades al mando, una de sus motivaciones era conquistar territorio ruso de cara a una deseada negociación con el Kremlin. Este plan suponía un giro de 180 grados a todo lo dicho hasta entonces por Volodímir Zelenski, quien llevaba más de dos años jugando la baza de la victoria total e incluso criminalizando toda idea de pacto o negociación con la potencia ocupante. Esa política quedó materializada en el Decreto presidencial 679, que Zelenski interpuso el 30 de septiembre del 2022 para bloquear cualquier negociación con el Gobierno de Vladímir Putin. Tras haberse iniciado varias rondas de negociaciones en Suiza y los Emiratos Árabes Unidos, resulta obvio que aquel decreto presidencial es hoy papel mojado.

Lejos del calor de los Emiratos y el confort de la hospitalidad suiza, los escasos habitantes que aún permanecen en aldeas del frente de Sumy, como esta de Stetskivka (5.500 habitantes antes de la guerra), salen de casa lo justo para aprovisionarse, y preferiblemente cuando alguna patrulla a pie se encuentra en la zona con sus escopetas de postas apuntando hacia las alturas. «En realidad, lo que más preocupa a la gente en este momento es el clima. A la guerra estamos acostumbrados ya, pero es que Sumy es una de las provincias más frías de todo el país, y este invierno está siendo particularmente duro. No solo por las temperaturas, sino también por los ataques rusos al suministro energético», afirma Lesia, una mujer de mediana edad que se ha arriesgado a salir de casa para realizar unas compras en la capital de la provincia, que también se llama Sumy y tenía 256.000 habitantes antes de la invasión rusa.

Con temperaturas que durante la noche alcanzan los 24 grados bajo cero, sin calefacción y con cortes de electricidad frecuentes, es natural que aquí el frío sea una amenaza tan real como la propia metralla incandescente que azota al pueblo. «Así que, si quieres ponerte a resguardo un rato y ver dónde vivo con mi madre, puedes venir a nuestra casa», se ofrece apresuradamente para evitar pasar mucho tiempo a cielo abierto y ser pasto de las ráfagas heladas del Burán (un viento estepario típico de la región) y de la atenta mirada de los drones, «que ataquen o no, lo ven todo desde las alturas porque siempre están volando sobre nosotros», advierte Lesia mirando al cielo.

El trayecto hasta su vivienda es un rosario de motos de cuatro ruedas calcinadas, furgonetas destrozadas y edificios dañados por unos drones que han atacado recientemente y de los cuales es posible ver sus componentes sin que aún los haya cubierto la nieve. «La guerra nos golpea a diario», señala mientras camina hasta una casita de adobe verdaderamente modesta. En el interior de la vivienda, que es un espacio abierto con cama, mesa y fogón, se encuentra un amigo de la familia, Ivan, quien ha dejado el Ejército hace poco, tras cuatro años de servicio por todo el país. La madre de Lesia, Olga, hierve unas empanadas rellenas de cerdo y ofrece una sopa de borsch; Ivan, por su parte, saca una botella de vodka.

Sumy
Lesia, profesora de inglés, en su casa de Stetskivka. UNAI ARANZADI

Tanto por la gastronomía, como por el paisaje, la arquitectura, historia e idioma, salta a la vista todo aquello que tienen en común con sus vecinos rusos. Sin embargo, ni Lesia ni Ivan quieren saber nada sobre una reconciliación con los muchos familiares y conocidos que tienen al otro lado de la frontera. «¿Cómo podemos seguir siendo amigos con todo lo que nos han hecho?», se pregunta Lesia. «Con los rusos, ¡nunca más!», exclama Ivan. Sin embargo, Olga, la madre, tiene una visión más crítica de lo sucedido en Ucrania a raíz de las revueltas del llamado Euromaidán, pero prefiere no hablar, y menos aún con un desconocido. «Es que hay espías por todas partes –denuncia Lesia–. Una ya no sabe de quien fiarse… Antes todo era mejor, no había los problemas de ahora. Yo era profesora de inglés en esta aldea. Teníamos 330 niños. Ahora apenas queda ninguno. Los han evacuado, pero nosotros nos quedaremos aquí hasta que nuestros soldados expulsen a los rusos al otro lado de la frontera», asegura convencida.

Sumy
Vehículos destruidos en Stetkivska. UNAI ARANZADI

La «aventura de Kursk», tal y como se refieren algunos medios de Kiev a la invasión de Rusia iniciada por el ejército ucraniano desde esta región de Sumy el 6 de agosto de 2024, tuvo tres objetivos fundamentales. El primero y más importante, ganar territorio para ser intercambiado en una negociación. El segundo, mermar la capacidad ofensiva de Rusia en el Donbás. Y el tercero y último, dar la imagen de una Ucrania victoriosa en un momento en el que se constataba la pérdida definitiva de amplios territorios a manos de fuerzas rusas. En las primeras semanas, esta operación, casi propagandística, funcionó. Rusia no solo fue militarmente humillada, sino que fue invadida por primera vez desde que lo hicieran las tropas nazis durante la Segunda Guerra Mundial. No obstante, la euforia de Zelenski y su gobierno duró muy poco. Un mes y medio después, ya en septiembre, el ejército ruso no solo contuvo el avance ucraniano, sino que con la ayuda de las fuerzas norcoreanas desplegadas en su territorio para frenar la invasión (existía ya en vigor un tratado de cooperación militar ruso-norcoreano) fue capaz de aniquilar a las tropas ucranianas con una efectividad desconocida hasta la fecha. No por casualidad, las pérdidas humanas de los ucranianos en esa operación, calificada como «película de terror», «catastrófica» y «de pánico» por muchos supervivientes que tras su retirada hablaron con medios como BBC, es un tabú para el gobierno de Zelenski, quien no reconoce el gran número de bajas sufrido entonces, pero estima en 50.000 las muertes del bando ruso a lo largo de su incursión transfronteriza. Por ende, en marzo de 2025, Ucrania ya no tenía en su poder ni un solo metro de los 1.300 kilómetros cuadrados (el 0,0076% de toda la Federación Rusa) que había tomado medio año antes.

Si bien, tal y como ha demostrado la historia, la idea de invadir Rusia, el país más grande del mundo, es en sí misma un despropósito –«Y una vez crucemos, ¿cuál es el objetivo?», llegó a decirle a Zelenski el depuesto comandante en jefe de las fuerzas armadas, Valerii Zaluzhny–, hacerlo cuando ya se sabía que se estaba perdiendo la guerra supone una quimera aún más desacertada en opinión de muchos analistas militares que a través de revistas e instituciones, publican informes en la red. Asimismo, fuentes consultadas por medios influyentes como Politico o el New York Times, calificaron la invasión de Kursk de, «apuesta innecesaria», puesto que la operación no solo supuso el sacrificio inútil de miles de vidas (cuando el coste humano de la guerra ya era bárbaro), sino que pudo servir para justificar aún más la «operación especial» en Ucrania, dado que a ojos del Kremlin, la invasión demostraba la necesidad de poner límites a la capacidad militar de sus vecinos proatlantistas. Tanto fue así que, tras la «aventura del Kursk», los alistamientos se incrementaron dentro de Rusia y Putin reforzó su imagen, debilitada en aquel entonces por el estancamiento de su criminal guerra contra Ucrania. Por si fuera poco, a partir del otoño de 2024 el ejército ruso aceleró su avance no solo en el Donbás, sino en otras regiones como la de Járkiv, Zaporiyia o Dnipropetrovsk, donde ni siquiera tenía antes presencia. Pese a todo, y en una clara huida hacia adelante, en abril del pasado año Zelenski dio por zanjado el asunto con un lacónico «la misión ya se ha cumplido».

Hoy, el frente de Sumy en el que viven civiles como Ivan, Lesia u Olga, es producto de la aventura de Kursk –lo que aquí llaman el efecto boomerang– puesto que Rusia ocupa, a lo largo de la frontera, más de una docena de poblaciones ucranianas, so pretexto de mantener una zona de amortiguamiento que evite nuevas incursiones de los de Kiev en su territorio. Según cuenta Oleg, un miembro de la defensa territorial que regresa de permiso a casa tras pasar varios meses en primera línea, «la situación es complicada. Hemos pasado meses muy malos con ataques muy fuertes y algunos avances del enemigo, pero tenemos la moral alta, han venido refuerzos y podremos contenerlos antes de que se acerquen más hacia Sumy ciudad».

Precisamente en la ciudad de Sumy, desde la cual se escucha día y noche el eco lejano de los combates, se está celebrando el funeral de un soldado caído en la incursión de Kursk. Su nombre era Yurii Toloka, de 33 años, y sus restos han llegado a la catedral de Sviato-Voskresenskyi en un ataúd escoltado por media docena de uniformados. Su madre y su hermana lloran desconsoladas sobre el féretro que se ha cubierto con una bandera de Ucrania. Según relatan, el cuerpo les ha sido entregado ahora, pero su muerte se produjo hace tiempo en Sudzha, la población rusa más importante (5.100 habitantes) que las fuerzas ucranianas tomaron durante su invasión de Rusia. «Aún hoy nos llegan cuerpos y prisioneros producto de los intercambios que realizan rusos y ucranianos», explica Nikolai Mefodiy, arzobispo de Sumy presente en el templo. Preguntado por cuántos oficios realizan a la semana, o cuántos cuerpos se entierran al mes, elude la cuestión para no entrar en contradicción con aquello que puedan decir, o callar, las fuentes gubernamentales, quienes hasta la fecha solo admiten la muerte de 55.000 soldados y la desaparición de otros 90.000 personas, casi todos militares, según ha declarado recientemente el comisario del Estado ucraniano para los Desaparecidos en Circunstancias Especiales, Artur Dobroserdov. En suma, se admitirían implícitamente alrededor de 145.000 uniformados muertos, aunque medios occidentales, como el servicio público de radio y televisión del Reino Unido, afirman que la cifra podría alcanzar los 200.000 ucranianos caídos en acto de servicio.

Sumy
Funeral de Yurii Toloka en la ciudad de Sumy. UNAI ARANZADI

Cualesquiera que sean las cifras reales, en frentes algo olvidados como el de Sumy –donde las acciones armadas de rusos y ucranianos se han caracterizado por su carácter errático–, el fin de la guerra, con sus consecuencias y detalles, parece aún lejano. La provincia sigue sufriendo bombardeos atroces, como el que costó la vida a 30 personas en abril del pasado año, y los drones continúan haciendo estragos allí donde menos se les espera, incluyendo las incursiones que estas aeronaves hacen en territorio ruso, donde las fuerzas armadas de Ucrania también asesinan deliberadamente a civiles.

Para vecinos de Sumy, como el transportista Dima, los drones generan un tipo de inquietud nueva. Según explica, la posibilidad de ser visto y elegido como objetivo por parte de un operador que te está observando en tiempo real a través de un monitor, se vuelve algo mucho más personal que la muerte por fuego de artillería lanzado al azar. «Además, los nuevos drones FPV [con visión en primera persona] tienen un cable finísimo de fibra óptica y recorren 20 kilómetros o más. Nada puede detenerlos, más allá de una escopeta, y sólo si se dispara cerca», asegura.

Sumy
Carretera principal de Stetkivska, protegida con redes antidrones. UNAI ARANZADI

A escasa distancia de aquí, durante la invasión de Kursk, fue cuando los rusos comenzaron a desarrollar tecnológicamente estos drones por fibra óptica como método de ataque frecuente y masivo. Las fuerzas ucranianas, que solo contaban con medios para causar interferencias en los drones que eran pilotados a través de emisoras de radiofrecuencia, sufrieron cientos de ataques que apenas pudieron detener. Expertos militares aseguran que esta novedosa forma de hacer volar los drones fue una de las causas de su desastre en territorio ruso. Un año y medio después, este método de lucha se ha convertido en uno de los estándares más letales para todo aquel, soldado o civil, que se mueva, no solo en primera línea, sino en espacios de la retaguardia que hasta hace poco se consideraban relativamente seguros. Valga como ejemplo el ataque de un dron ruso ocurrido al norte de Sumy el pasado 21 de febrero. En él murieron cuatro personas: los dos trabajadores de la ambulancia y los dos jóvenes que estaban siendo evacuados, lejos de la línea de fuego en la que combaten los soldados.

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