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El cine como herramienta antifascista: el poder de la imagen contra los discursos totalitarios

29 Marzo 2026 at 11:48

La política está en la mirada, en la construcción de la secuencia, la inclusión de una música, en la decisión de qué se queda fuera de la cinta. Lo saben bien todos aquellos cineastas que se decantan por relatar una memoria antifascista, conscientes de que los numerosos obstáculos que encontrarán intentarán cercenar el pensamiento crítico que sus trabajos provocan en el público. En tiempos en los que el autoritarismo arrastra adeptos en todas las capas sociales y la imagen se convierte en vehículo principal a nivel comunicativo, la cultura comprometida con la justicia social y la memoria democrática se yerguen como un faro que ilumina el camino. 

En momentos en los que se impone la violencia, la represión, el genocidio, lo primero que destrozan es la cultura”, adelanta Eva Aladro Vico, catedrática de Teoría de la Información en la Universidad Complutense de Madrid (UCM). Esta especialista en comunicación, discurso mediático y estructuras de poder en los sistemas informativos fue una de las participantes de Cultura contra la barbarie: el cine como instrumento de resistencia antifascista

La mesa, celebrada en el Teatro del Barrio este 24 de marzo, día en que se conmemoraron los 50 años del golpe de Estado en Argentina, e impulsada por el colectivo Atado y Bien Atado, estuvo presentada por la periodista y politóloga Irene Zugasti, quien planteó debates sobre la batalla cultural, el momento político actual y el cine social.

Del entretenimiento político a la cultura-anestesia

Amparo Climent, artista multidisciplinar y autora del documental Dolores Ibárruri. Pasionaria, galardonado con la Biznaga de Plata en Málaga en 2026, defiende que, para el fascismo, “la cultura es un elemento considerado subversivo al plantear una mirada completamente diferente”. La puntualización que realiza Vicent Monsonís, productor, guionista y director cinematográfico que acaba de estrenar la película de ficción La invasión de los bárbaros, marca el devenir de la mesa: “Yo no soy tan idealista. Hablamos de la cultura como término genérico, pero los fascistas también hacen cultura”.

Sustenta su afirmación en la experiencia propia. “Yo vengo de un territorio periférico como València, con gobiernos ultraconservadores durante décadas, y hacer cultura no era imposible. Era imposible para gente como nosotros, con cierto criterio, que defendíamos algunas posiciones y nos ubicábamos contra el poder”, dice el cineasta.

Monsonís opina que la idea tan arraigada de que el cine es únicamente entretenimiento procede de Estados Unidos. Lo plantea como si esta cultura-anestesia escondiera tras de sí otros objetivos también políticos. “Nos vendieron una industria en la que cuanto más entretenida parece una película, menos comprometida es. Pero no es así. Su carga ideológica es muy superior que aquellas que te apelan de forma directa y de una manera ideológica”, sostiene.

Por su parte, Climent, quien preside la Asociación Cultural Arte y Memoria, acepta que no tiene muy claro cómo diferenciar arte de entretenimiento. “Todo lo que se hace, absolutamente todo, tiene un objetivo político. No es solo la mirada que ponemos al escribir un guion. Hay muchas cuestiones que realmente están inclinando esa mirada hacia distintos lugares”, añade.

Del cine social al cine socializante

Ante la mirada impertérrita de las casi 20 fotografías de Olmo Calvo que forman la exposición Artículo 47 y que abordan la lucha por la vivienda digna en el Teatro del Barrio, las participantes también charlaron sobre el cine social, con nombres como Ken Loach y Passolini como referencias. “Nosotras hacemos cine y que cada uno lo catalogue como considere. Yo soy militante de la memoria democrática de las mujeres, que está absolutamente olvidada y perdida”, sostiene Climent al respecto.

Sin embargo, existen productos culturales que abandonan la neutralidad para hacer del espectador una persona más ignorante, sobre todo si no abordan un tema vinculado directamente a lo ideológico. Así lo explica Aladro, quien se decanta por arrebatar el título de “cultura” a ese tipo de artefactos. Por otro lado, define como “fundamental y crucial” el cine social: “Te vincula con cosas que desconocías y que puedes llegar a sentir para entender las injusticias”. No hace falta irse a títulos grandilocuentes fuera de las fronteras españolas. Ahí queda la película de Los santos inocentes, que siempre nos enseñará quiénes son y qué hacen los señoritos.

Monsonís intenta profundizar en la cuestión con sus palabras. Además de pretender hacer cine social, como ocurre con La invasión de los bárbaros, también persigue realizar un cine socializante. Más allá de aquellos trabajos cinematográficos etiquetados como memorialistas pero centrados en biografías concretas, el cineasta valenciano asegura que prefiere dejar algo más de lado los personajes y centrarse en la sociedad. “Así toda la gente se siente interpelada y no piensan que han visto una historia ajena, sino que le hemos contado su propia historia”, señala antes de recalcar que echa de menos más películas que ayuden a crear vínculos y construir sociedad.

Un asesinato que no deja sangre

Aladro procede de la Facultad de Ciencias de la Información de la UCM, donde Isabel Díaz Ayuso, presidenta de la Comunidad de Madrid y líder de un Gobierno con políticas que empobrecen la universidad pública, fue nombrada Alumna Ilustra en enero de 2023. El claustro no fue lo suficientemente fuerte como para forzar que no se produjera el nombramiento. “Hay interés en hundir a la universidad pública a través de informaciones periodísticas que publican medios con intereses en la educación privada”, asegura la docente. Y exclama: “Vivimos en un mundo de ilusiones de espectros que controlan absolutamente el sistema”.

En torno a la cuestión puramente cultural y memorialista, la catedrática señala: “La memoria es lo que nos mantiene vinculados con el pasado y nos proyecta al futuro. La cultura, cuando te la cargas, no deja huellas, es un asesinato que no deja sangre”. Asiente Monsonís con la cabeza, pero también con las palabras. Tal y como finaliza: “El cine es la herramienta más potente que tiene la cultura para expresarse, y eso es algo que los Estados Unidos saben bien, por eso llevan 100 años colonizándonos con su cine”.

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Qué nos dice la muerte de un militante de extrema derecha en Francia a manos del antifascismo

6 Marzo 2026 at 09:56

De todas las paradojas y sincretismos ideológicos que conforman el pensamiento fascista, la relación entre futurismo y presentismo analizada por el historiador François Hartog es sin duda una de las más interesantes. Su estudio detallado del Manifesto futurista (1909) de Filippo Marinetti descubre, precisamente, el peso del presentismo en el propio futurismo. Citando el texto del vanguardista italiano que reza “el Tiempo y el Espacio murieron ayer. Vivimos ya en lo absoluto porque ya hemos creado la eterna velocidad omnipresente”, Hartog concluye que el presente se ha “futurizado”, que “por la velocidad, el presente se transforma en eternidad”. La prisa, la velocidad y el ahora absoluto: este es el tiempo por el que abogaba Marinetti para el orden fascista que estaba por venir y que, para algunos, resuena con la temporalidad del momento histórico que vivimos.

El pasado sábado 14 de febrero, el militante de extrema derecha francés Quentin Deranque falleció tras pasar dos noches hospitalizado en estado crítico. En principio –la investigación judicial todavía tiene que determinarlo–, su muerte se produjo tras una reyerta en la ciudad de Lyon con antiguos militantes del colectivo antifascista de la Jeune Garde (‘Joven Guardia’); el enfrentamiento terminó en una paliza con consecuencias mortales. Deranque formaba parte de la escolta del colectivo femonacionalista Némesis, un grupúsculo identitario compuesto mayoritariamente por mujeres que tenía como objetivo boicotear una conferencia de la eurodiputada de La Francia Insumisa (LFI) Rima Hassan en el Instituto de Estudios Políticos (Sciences Po Lyon). Los alborotadores acudieron allí armados con gas pimienta y tubos metálicos. Si la muerte de Deranque ha tomado proporciones mediáticas de primer orden es fundamentalmente por la vinculación que, desde gran parte de la esfera política y mediática, se está haciendo entre la Jeune Garde y LFI. Aparte de la presencia de Hassan, su fundador y portavoz, Raphaël Arnault, que cesó su cargo en este colectivo en 2022, es actualmente diputado insumiso en la Asamblea Nacional francesa.

Presentados los hechos, en vez de entrar en la vorágine presentista que induce a enjuiciarlos de forma supuestamente objetiva (es decir, sin matices ni contexto y condenándolos de entrada), la situación exige un momento de reflexión sobre las etapas que han llevado a este trágico suceso.

A día de hoy, hablar de Lyon es hablar de la ciudad francesa con mayor implantación de la extrema derecha grupuscular en Francia. Históricamente, fue en la metrópoli lionesa donde se fundó en 1968 el conocido Grupo de Investigación y Estudios para la civilización europea (GRECE), el principal órgano de difusión del mayor intento de renovación del pensamiento de extrema derecha europeo tras la derrota del fascismo: la Nueva Derecha francesa. Sociológicamente, en esta ciudad, la derecha está influenciada por un catolicismo tradicionalista que la lleva a posiciones más reaccionarias que la derecha conservadora clásica, ampliando la capilaridad de la ideología de extrema derecha. No es casualidad que allá por 2018, el ISSEP de Marion Maréchal abriera sus puertas aquí.

Más recientemente, en un informe de 2019 del Servicio central de inteligencia francés (SCRT), Lyon es identificada como la “cuna”de la extrema derecha gala, punto de convergencia del activismo identitario, neofascista y neonazi en Francia. Según el programa “Violences et Radicalités Militantes”, las agresiones cometidas entre 1986 y 2017 por grupos neofascistas, skinheads neonazis e identitarios asciende a 82, una cifra muy por encima de la media en comparación con el resto del territorio francés. Como se puede apreciar en el monográfico de Alain Chevarin Lyon et ses extrêmes droites (La Lanterne, 2021), el perfil de las agresiones es variado. Durante un tiempo implantados en torno a locales que hacen las veces de bar, sala de conferencias y club de boxeo, militantes de Generación Identitaria o de otros grupúsculos similares se dedicaron durante la década de 2010 a salir de caza armados por el centro de Lyon. Las principales agresiones se registran contra militantes anarquistas, personas asociadas a la izquierda volviendo de manifestaciones, magrebíes, así como contra locales de sindicatos, librerías o restaurantes de comida oriental.

Es en este contexto que nace la Jeune Garde lionesa en 2018, básicamente, como otro grupo de autodefensa antifascista. Así nos lo explicaba Raphaël Arnault en una entrevista en profundidad. La percepción de la amenaza estaba lejos de ser constatada exclusivamente por sus miembros, siendo fácil encontrar años antes titulares, incluso en medios de derechas, del estilo “Lyon, ¿nueva capital de la ultraderecha?” o “Lyon, ¿capital de la extrema derecha francesa?”. Además, el objetivo de la formación fundada por Arnault consistía en ampliar el espacio de lucha contra esta amenaza, antagonizando no solo con el militantismo grupuscular, sino también contra la extrema derecha institucional y mediática, tejiendo alianzas con otros partidos y sindicatos. La confrontación directa a pie de calle no era la prioridad del colectivo.

La condena sin análisis ni contexto

La violencia se debe lamentar. Pero el simple ejercicio que “condena la violencia” es fútil si no viene acompañado de un análisis mínimo que permita entender las causas que han llevado a esta. ¿O hay que condenar la violencia de los afroamericanos que se armaron para intentar prevenir la masacre racista de Tulsa de 1921? ¿O la de los obreros italianos organizados contra los camisas negras de Mussolini en la misma época? No obstante, este tipo de condena vacía de fondo fue la empleada por la propia Francia Insumisa en un primer momento, acorralada en medio de una estrategia de demonización. El líder de los insumisos, Jean-Luc Mélenchon, publicaba en primera instancia en su cuenta de X que “la violencia obstaculiza nuestros movimientos y genera un miedo contagioso”. Incluso Arnault manifestó de inmediato su “horror y rechazo” por la muerte de Deranque. No sería hasta días después que LFI adoptaría un argumentario menos defensivo, como las declaraciones del secretario de la organización Manuel Bompard, situando lo acontecido en un contexto de autodefensa popular.

Mientras tanto, la actuación del resto de la clase política francesa ha sido la habitual en estos casos. Desde varios sectores del centro-izquierda, no se ha perdido la oportunidad de volver atacar a LFI, al tiempo que se condenaba lo sucedido de forma ciegamente presentista. Destacan las declaraciones del antiguo presidente de la República y actual diputado del Partido Socialista, François Hollande, tratando a la Jeune Garde de grupo “que hace del combate físico su propósito y su método” y que “esto era generalmente lo que existía a en los partidos extremistas”. Una vez más igualando el antifascismo al fascismo y desdibujando por completo la línea política de la Jeune Garde.

Por su parte, el gobierno de Emmanuel Macron ya anunció que se cancelará todo acto en la enseñanza universitaria asociado a posibles alteraciones del orden público. La universidad, lugar privilegiado para el debate de ideas, en el centro de la crítica del macronismo desde hace años, es otra de las víctimas de estos tristes acontecimientos.

Al mismo tiempo, desde la presidencia de la Asamblea Nacional, igualmente controlada por el gobierno de Macron, se pidió un minuto de silencio por la muerte de Quentin Deranque. El mismo que no se pidió por la muerte del jugador de rugby argentino Federico Martín Aramburú, asesinado en marzo de 2022 en París a manos de un militante neofascista, al que le reprendió por estar profiriendo insultos racistas en un bar. O, de paso, por todas las víctimas de los mismos grupúsculos violentos con los que presumiblemente simpatizaba Deranque.

Desde los grandes grupos de comunicación se ha mandado también un mensaje tremendamente problemático. Tras la manifestación del 21 de febrero en Lyon, convocada por el neofascismo grupuscular para honrar la muerte de Deranque, a pesar de los eslóganes racistas y LGTBI-fóbicos que se lanzaron; a pesar incluso de algunos saludos nazis, varios grandes medios afirmaron que “la marcha se desarrolló en calma”, que “fue bien”. El mensaje está claro. Aquí está el verdadero rostro de la corrección política.

¿Qué nos dice pues la muerte de Quentin Deranque? Desgraciadamente, nada bueno. Nos revela la voluntad de buena parte del arco político francés de, en el mejor de los casos, abandonar al antifascismo a su suerte; y en el peor, de criminalizarlo. Igualmente, nos dice que la sociedad francesa se está acostumbrando de forma cada vez más tácita a la violencia de la extrema derecha. Y, sobre todo, que hemos entrado en una temporalidad presentista, de tintes profundamente reaccionarios, que nos incita a darle la espalda a la historia, para vivir ciegos en un día a día abocado al desastre. Frente a esta triple amenaza, y ante los ecos del futurismo de Marinetti, hoy más que nunca, siamo tutti antifascisti.

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