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[EVENTO] ‘La Marea’ presenta el dossier sobre pederastas el 5 de mayo en Madrid: dejemos de mirar para otro lado

29 Abril 2026 at 19:23
Por: La Marea

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Las cifras son demoledoras: una de cada cinco personas menores de edad sufre agresiones sexuales, la mayoría de ellas cometidas por familiares o conocidos. Por tanto, ni son casos puntuales ni es un asunto privado. Estamos hablando de un problema social, estructural y de salud pública que, pese a su gravedad y magnitud, continúa siendo un tabú en la sociedad.

En este contexto, y con la reforma de la Ley de Protección a la Infancia (Lopivi) de fondo, víctimas y especialistas exigen dar un salto cualitativo en su tratamiento para poder enfrentarlo y prevenirlo, como en su día si hiciera con la violencia de género. Lo explican detalladamente en el último dossier de La Marea, cuya primera presentación se celebrará en el Teatro del Barrio de Madrid el próximo 5 de mayo a las 19 horas.

En el acto, la ministra de Juventud e Infancia, Sira Rego, será entrevistada por la periodista Olivia Carballar. A continuación, participarán en una mesa redonda diferentes ponentes y especialistas. Entre otros, contaremos con Carmela del Moral, responsable de Infancia de Save the Children; Juan Cuatrecasas, portavoz de la Asociación Nacional Infancia Robada y padre de una víctima de la pederastia en la Iglesia; Jorge Coronado, perito tecnológico, CEO de Quantika14, experto en la lucha contra la delincuencia digital; y una víctima de violencia intrafamilar. Moderará el acto la periodista Ana Veiga.

En todo el mundo, según Unicef, más de 370 millones de niñas y mujeres vivas en la actualidad y entre 240 y 310 millones de niños y hombres han sufrido violaciones o abusos sexuales antes de los 18 años. Pero es que además, como afirman desde Save the Children, persiste el desafío de conocer la dimensión real: «Sabemos que las cifras oficiales reflejan solo la punta del iceberg, que muchos casos no se detectan y no se denuncian, en parte por las dinámicas propias del abuso, que suele producirse en entornos de confianza y en contextos de secretismo que dificultan la revelación por parte del niño o niña y de otros familiares», sostiene Clara Burriel, especialista en violencia en la citada organización.

Y ese es uno de los principales problemas: a pesar de su gravedad, todavía se trata de una realidad muy invisibilizada, rodeada de tabúes, falsos mitos sobre su frecuencia, las víctimas o los contextos.

Entrada libre con reserva.

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[AUDIO] Y nunca más fue mi padre

29 Abril 2026 at 09:04

Puedes leer el dossier completo sobre la violencia sexual en la infancia y adolescencia adquiriendo aquí tu ejemplar de La Marea. También puedes suscribirte para recibir nuestras revistas en tu buzón.

Me cuesta decir «mi padre». Dos palabras que, en la mayoría de personas, son quizá de las más pronunciadas. Son un concepto normal, uno de esos en los que se basa tu mundo cuando eres niña y uno de tus pilares cuando te haces mayor. A mí, en cambio, me revuelven el estómago por el subtexto asociado a ese concepto, por lo que se supone que dices cuando pronuncias esas siete letras, por la referencia a esa figura de apego que debe ser quien te cuida y te protege. No soy capaz. 

Por las tardes, me enseñaba a montar en bicicleta, me decía que me apuntara a judo para saber defenderme de mayor, presumía de lo lista y responsable que era su hija frente a la vecinas, que lo saludaban sonrientes. «Qué majo es tu padre. Tu madre, hija, es más seca», me dijo un día la señora del quinto, una de esas mujeres mayores que pretendía no aparentarlo y que se bañaba en perfume y maquillaje. «Qué majo», decía, y a mí un dolor me partía el pecho por dentro. Nunca dije que me dolía. No quería molestar, no quería preocupar, no quería que nadie me preguntara por qué. Solo quería hacerme invisible, olvidar, vivir en las tardes de sol y playa donde mi infancia era lo que debería ser la de cualquier niña: calma y amor.

Pero llegaba la noche, y la oscuridad se cernía sobre la casa. Y yo me acurrucaba en la cama. Me hacía pequeña y me escondía entre las sábanas, híper vigilante y con el corazón en un puño. Oyendo cada crujido de la madera, cada respiración en la casa. Me sentía como Spiderman, con un sentido arácnido que me hacía ser consciente del vuelo de una mosca y me aceleraba el corazón cuando notaba que una mano se posaba en la manilla de la puerta de mi cuarto. Aprendí a dormir boca abajo, con los brazos a los lados, para poder hacer presión hacia el colchón y evitar que una mano me tocara en zonas donde a ninguna niña deberían tocarle. Era una parálisis, una resistencia silenciosa, sin moverme apenas, intentando poner todas las barreras físicas que una menor de unos tres años podría poner frente a un monstruo de 1,85 cm. de altura, más de 100 kilos de peso y treinta y pico años de vida. En esos momentos, solo podía escuchar el latir de mi corazón en mis sienes, con la sangre galopando por mis venas y mi cuerpo en rigor mortis. No sabía lo que pasaba, únicamente que quería matarlo y huir. Lo soñaba a veces. Y luego me sentía mal, culpable, porque es tu padre y tienes que quererlo, porque te lleva a las extraescolares y sonríe a las madres de tus amigas, porque es muy gracioso y en el bar lo adoran, porque sabe lidiar con mi madre cuando se enfada y es el alma de la fiesta en las comidas. 

Todavía lucho con la culpa, cuarenta años después. Quizá podría haber gritado, aunque no encontraba la voz. Quizá podría haber pedido ayuda, aunque conseguí hacerlo una vez –pero acabé por minimizar la historia mientras la contaba porque no quería romper mi familia, no quería ver a mi abuela llorar, a mi madre chillar, a los vecinos hablar–. Porque «los trapos sucios se lavan en casa», me decían, sin saber el impacto de esa frase. Ni siquiera sabía pedir ayuda porque tardé muchos años en entender que podía negarme y que la punzada que me desgarraba el pecho era ansiedad.

Con treinta y pico años, más o menos su edad en el momento en que se inicia esta historia, reuní fuerzas y escribí a una psicóloga especializada. Digo escribí porque no fui capaz de llamar. «Necesito hablar con alguien pero no puedo decirte por qué, simplemente no puedo», tecleé en un formulario ‘online’ de una web. Ella lo entendió, me recibió, me dejó llorar, me dio mi tiempo. Y fue la primera que lo llamó «mi agresor». Me revolví en la silla de una consulta blanca, decorada con plantas y con una caja de pañuelos enorme sobre la mesa. Me los acercó. «Llamémosle por su nombre», me dijo. Me dolió; también me liberó. No sería más «mi padre», aunque ha acabado por ser «el susodicho» o «el gilipollas» porque llamarle «mi pederasta» se hace muy duro de tragar, y no solo por el «pederasta» sino por el «mi». Porque no quiero que sea nada mío. Porque lo he borrado de mi vida y, solo entonces, solo así, he podido empezar a dormir de lado y, poco a poco, boca arriba. 

Empecé a meditar, a soltar el cuerpo, a contarlo en pequeños círculos donde, para mi sorpresa, me encontraba en ocasiones con historias similares que me eran susurradas en privado o enviadas en mensajes tras el encuentro. «Me pasó, fue mi hermano». «Mi abuelo». «El vecino en un bar». «También mi padre». Y un terremoto se desató en mi cuerpo, porque comprendí que no era una rarita con problema extraños sino que había mucha gente a mi alrededor con problemas similares. Porque habían abusado de muchas de nosotras, incluso cuando no nos habían ni salido las tetas. Solo por el hecho de ser niñas. Solo por creerse impunes y, a nosotras, trozos de carne sobre los que ejercer su poder sin consecuencias. 

Me gustaría decir que ya estoy bien. Pero solo puedo decir que he conseguido vivir con ello y, muchas veces, seguir disociándome de esa historia porque me niego a que me defina. Pero ahora, con dos hijas a mi cargo, las regresiones se activan y las veo pequeñas, inocentes e indefensas, y pienso que hay que ser un puto ‘monstruo’ para hacerles daño. Y no sé si es más triste que me haya pasado a mí o que yo no sea una excepción; que lo que para mí son monstruos no son locos ni psicópatas, solo hijos sanos del patriarcado. 

Ahora, intento protegerlas y educarlas desde la herida sin dejar que sangre. Les canto canciones, les explico cómo se llaman las partes (todas) de su cuerpo, les compro libros sobre consentimiento e intento no obsesionarme cuando las pierdo de vista unos segundos en una comida familiar. No voy a mentir, me cuesta. Las miro y vuelven los temblores, el palpitar de la sien y el miedo a que se repita la historia con otra de esas personas de mi entorno que sea muy majo para las personas sobre las que no puede ejercer poder. 

Todavía tiemblo al escribir esto. Porque la herida no se cierra nunca. Solo cicatriza. Hoy la muestro por si alguien más necesita saber que no está sola. Y que no es su culpa, aunque así se sienta. 

*Aurora Delmar es un pseudónimo. La mujer que escribe estas líneas nunca denunció a su agresor y ha optado por no revelar su verdadero nombre por temor a posibles represalias.

Puedes escuchar el texto en este audio, con locución de Rocío Gómez.

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