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La banalidad del mal o cómo la gente normal construye el horror sin despeinarse

6 Febrero 2026 at 00:00
Por: (tortuga)

Si te dijera que el mayor peligro para la humanidad no son los psicópatas sedientos de sangre, sino los burócratas competentes, probablemente pensarías que me estoy poniendo dramático. Que esto es clickbait intelectual. Que los verdaderos monstruos son Hitler, Stalin, Pol Pot… ya sabes, gente con bigote raro, discursos histéricos y biografías chungas.

Y no, te equivocarías.

Porque los Hitler del mundo no pueden hacer nada solos. Necesitan millones de personas normales (administrativos, ingenieras, médicos, profesores, policías, funcionarias) que simplemente hagan su trabajo. Que firmen los papeles correctos. Que hagan que los trenes lleguen a tiempo. Que optimicen los procesos. Que no hagan demasiadas preguntas.

El Holocausto no fue el resultado del trabajo de un grupo de sádicos nazis con poder. Fue construido por una burocracia eficiente llena de gente que llegaba puntual al curro, que organizaba bien el papeleo, y que volvía a casa a cenar con su familia como si hubieran pasado otro día normal en el trabajo.

Tú podrías ser uno de esos. De hecho, estadísticamente, es más probable que acabes siendo el currante eficiente que el Hitler gritando en los mítines. Porque ser Hitler requiere carisma, convicción fanática, y cierta grandiosidad, no como el de Vox. Pero ser el engranaje que hace funcionar la máquina solo requiere hacer tu trabajo y no pensar demasiado en las consecuencias.

Bienvenido a la banalidad del mal. Es aburrida, es ordinaria, y es exactamente cómo se construyen las atrocidades.

Hannah Arendt y el tipo más decepcionante del mundo

En 1961, Hannah Arendt cubrió el juicio de Adolf Eichmann en Jerusalén para la revista The New Yorker. Eichmann era uno de los principales arquitectos logísticos del Holocausto, responsable de organizar el transporte de millones de judíos a los campos de exterminio. Si alguien merecía el título de “monstruo”, era él. Eichmann era el Excel del Holocausto.

Arendt esperaba encontrarse con el Diablo, con un psicópata de ojos enloquecidos, babeando odio antisemita por cada poro, orgulloso de sus crímenes. Pero lo que encontró fue un coñazo de tío.

Eichmann era un burócrata mediocre, obsesionado con seguir las reglas y ascender en su carrera. Hablaba usando clichés y jerga administrativa. Se quejaba de que sus superiores no reconocían suficientemente su eficiencia organizativa. Citaba a Kant mal y se consideraba a sí mismo un hombre de principios porque “siempre cumplía las órdenes”. Probablemente era un poco corto. Era el sueño húmedo de cualquier departamento de recursos humanos.

No odiaba a los judíos de forma visceral. De hecho, había tenido amigos judíos antes de la guerra. Porque, claro, siempre hay un “tengo un amigo que…”, incluso en los genocidios. Simplemente tenía un trabajo que hacer: organizar horarios de trenes, optimizar rutas, gestionar recursos, solucionar problemas logísticos. Que esos trenes llevaran gente a su muerte era, para él, un detalle técnico. No una cuestión moral.

Cuando le preguntaron si sentía culpa, Eichmann respondió que no, porque él solo había cumplido órdenes. Nunca mató a nadie personalmente. Solo hacía papeleo. ¿Cómo podría ser responsable de lo que otros hacían con la información que él procesaba tan eficientemente?

Arendt acuñó el término “banalidad del mal” para describir este proceso. No escribió que Eichmann fuera banal en el sentido de “poco importante”. Escribió que el mal que cometió era banal, ordinario, burocrático, desprovisto de la grandiosidad demoníaca que esperamos de los monstruos. Una maldad sin aspavientos, vamos.

El mal más efectivo no necesita fanáticos que hablen como ladra un rottweiler. Necesita gente normal haciendo su trabajo y que no cuestione demasiado las tareas que le encargan. Gente que separe el “problema técnico que estoy resolviendo” del “resultado moral de mi trabajo”. Gente que diluya su responsabilidad personal en la estructura organizativa: “Yo solo firmo papeles. Yo solo conduzco trenes. Yo solo sigo órdenes. No soy responsable de lo que pasa después.”

El experimento mental: tu línea roja personal

Vamos a hacer un ejercicio. Voy a describir una serie de situaciones en escalada. Para cada una, pregúntate honestamente: ¿lo haría? No respondas rápido con un “por supuesto que no”. Piénsalo de verdad. Ponte en el contexto. Imagina las presiones reales a las que estarías sometido.

Situación 1: El trabajo normal

Trabajas en el departamento de inmigración del gobierno. Tu trabajo consiste en procesar solicitudes de asilo. Se aprueba una nueva ley que endurece los requisitos. A ti personalmente te parece injusta (crees que es demasiado estricta, que dejará fuera a gente que necesita protección) pero es la ley.

Tu jefe te dice: “Sé que no te gusta, pero es tu trabajo.”

¿Aplicas la ley aunque te parezca mal? ¿O renuncias a tu trabajo? Tienes una hipoteca. Dos hijos en el colegio. Una suscripción a Netflix que no se paga sola. Tu pareja depende de tu sueldo. El mercado laboral está difícil. Encontrar otro trabajo con tu sueldo actual no será fácil.

La mayoría de la gente aplicaría la ley. Racionalizarían: “Si no lo hago yo, lo hará otro. Al menos yo puedo ser compasivo dentro de los límites de la ley. Si renuncio, no cambio nada, solo me jodo yo.”

Situación 2: La escalada gradual

Seis meses después, la ley se endurece más. Ahora incluye deportaciones de familias enteras, incluidos niños nacidos en España. Has visto casos donde claramente están enviando gente de vuelta a situaciones peligrosas.

Procesas un caso: una familia con tres niños, dos de ellos nacidos aquí. Sabes que si los deportas, los niños crecerán en un país en guerra que no conocen, separados de todo lo que han conocido como hogar.

Pero los papeles están en orden. Técnicamente cumplen los criterios para deportación. Tu trabajo es procesar el caso, no juzgar la política.

¿Lo procesas? ¿O te niegas y arriesgas tu empleo?

La mayoría procesaría el caso. Con dolor, tal vez. Con dudas. Pero lo haría. Porque “solo estoy haciendo mi trabajo” es una narrativa muy poderosa. Porque la responsabilidad está diluida: tú no decidiste la ley, solo la aplicas. Tú no deportas físicamente a nadie, solo firmas papeles.

Situación 3: Cosas que prefieres no ver

Un año después. Las deportaciones se han intensificado. Se están volviendo violentas. Has visto (o has oído de colegas que han visto) a policías golpeando a gente que se resiste. Niños llorando. Familias separadas físicamente, a la fuerza. No es tu departamento directamente. Tú solo procesas la documentación. Pero trabajas en el mismo edificio. Pasas por los pasillos donde pasa esto. Lo sabes.

¿Denuncias? ¿Renuncias? ¿O sigues con tu trabajo diciéndote “yo solo proceso papeles, lo que haga la policía no es mi responsabilidad”?

La mayoría seguiría. Porque para entonces ya has normalizado cada nivel anterior. Ya has racionalizado tu participación. Ya has invertido dos años de complicidad. Retractarte ahora sería admitir que llevas dos años siendo parte del problema. Y tu cerebro prefiere cualquier cosa antes que admitir que estás cooperando y que eres parte necesaria.

Situación 4: Los campos

Pasan dieciocho meses. Ahora hay campos de internamiento. Oficialmente son “centros de procesamiento temporal” donde la gente espera mientras se tramita su deportación. Extraoficialmente, todo el mundo sabe que las condiciones son inhumanas. Hacinamiento. Falta de atención médica. Higiene precaria. Tu trabajo ahora incluye firmar órdenes de traslado a estos centros. Sabes adónde van. Sabes cómo están esos lugares y lo que pasa allí.

Pero técnicamente tu trabajo es solo verificar que la documentación esté en orden y firmar. Lo que pase en los centros no es tu responsabilidad. Otros departamentos gestionan eso. Ya se te está haciendo bola todo esto.

¿Sigues firmando?

La mayoría seguiría firmando. Porque cada paso hasta aquí ha sido normalizado. Porque renunciar ahora, después de años de complicidad, parece inútil. Porque “si no lo hago yo, otro lo hará, y al menos yo verifico que los papeles estén bien hechos.”

Situación 5: Rumores que prefieres ignorar

Tres años desde que empezó. Empiezan a circular rumores de que hay gente que la está palmando. Desnutrición. Falta de atención médica. Algunos hablan de cosas peores, pero son solo rumores, ¿verdad? No hay confirmación oficial. Y tú solo firmas papeles. No eres responsable de lo que pasa después de que la gente sale de tu oficina.

¿Investigas? ¿Exiges transparencia? ¿O te dices a ti mismo que si fuera tan grave, alguien más importante habría hecho algo?

La mayoría no investigaría. Porque para entonces ya han construido una muralla cognitiva entre “mi trabajo” y “las consecuencias de mi trabajo”. Porque investigar significaría confirmar algo que preferirías no saber. Porque si lo sabes con certeza, entonces tienes que actuar, y actuar significa perder todo lo que has construido en estos años.

¿En qué punto dijiste que no?

Sé honesto. ¿En cuál de estos escalones realmente habrías plantado cara? ¿O fuiste deslizándote peldaño a peldaño, cada uno justificable por sí mismo, hasta llegar a un lugar que al principio te hubiera horrorizado?

Esto no es ciencia ficción. Es exactamente el proceso por el cual funcionarios alemanes normales acabaron siendo engranajes del Holocausto. Hay funcionarios estadounidenses que han participado en la separación de familias migrantes. No dando saltos gigantes de “persona decente” a “cómplice de atrocidades”. Sino dando pequeños pasos, cada uno con su propia justificación, hasta que un día te miras al espejo y ya no reconoces quién eres.

O peor: te reconoces perfectamente, pero has normalizado tanto cada paso que ya no te parece problemático.

Los científicos que construyeron el fin del mundo

Hablemos de gente brillante haciendo cosas horribles con las mejores intenciones. Como tú cuando sales a tomarte una copa y te despiertas con alguien que no conoces a tu lado, como en las películas.

Fuera de coñas, el Proyecto Manhattan reunió a cerebros brillantes: Robert Oppenheimer, Enrico Fermi, Richard Feynman, Niels Bohr. Físicos de primer nivel, muchos de ellos refugiados del fascismo europeo, comprometidos con derrotar a Hitler. Teóricamente, antinazis.

Construyeron la bomba atómica sabiendo perfectamente que sería usada para vaporizar ciudades enteras. Ciudades llenas de civiles. Niños. Ancianos. Igual no sabían los detalles del cómo, el cuándo o el porqué, pero tú no construyes un arma de destrucción masiva sin saber que eso se va a usar en algún momento. Y oye, era gente que no tenía nada que ver con las decisiones militares de su gobierno.

Y lo hicieron. ¿Por qué? No porque fueran monstruos. Porque estaban demasiado fascinados por el problema técnico para detenerse a pensar en las implicaciones morales.

El desafío intelectual (¿podemos dividir el átomo? ¿Podemos crear una reacción en cadena? ¿Podemos calcular el yield exacto?) eclipsó completamente la pregunta verdaderamente: ¿amiga, deberíamos hacer esto?

A veces pienso que es de ser muy idiota pensar que no lo sabían. O sea, amiga, estás diseñando una bomba atómica, que va a liarla pardísima y tú tan pichi. ¿De verdad?

Feynman, en sus memorias, escribió cómo él y sus colegas celebraban cada avance técnico. Resolvían ecuaciones complejas, diseñaban mecanismos ingeniosos, superaban obstáculos que parecían imposibles. Era emocionante. Era el desafío intelectual de sus vidas.

Y cuando la bomba se lanzó sobre Hiroshima, matando a 70.000 personas instantáneamente (vaporizando algunas, dejando solo sus sombras grabadas en las paredes; quemando a otras hasta que la piel se les caía a tiras; condenando a miles más a muertes lentas y agonizantes por radiación) muchos de esos científicos lo celebraron como una victoria de la física. Habían resuelto el problema. El proyecto había sido un éxito técnico. Tres días después, Nagasaki. Otras 40.000 personas muertas instantáneamente.

Algunos, como Oppenheimer, tuvieron después crisis de conciencia. “Ahora me he convertido en la Muerte, el destructor de mundos.” Pero de esto no fue consciente mientras estaban creando la bomba, según se dice. Durante el proceso, estaban demasiado metidos en cómo resolver el puzzle para pensar en que las piezas eran vidas humanas. Estás creando un arma de destrucción masiva, pero tú lo que quieres es que te salga bien, porque eres un intelectual y tú de política no entiendes.

Y por eso, ser apolítico es una forma muy cómoda de ser soberanamente imbécil.

La lección de todo esto es que ser inteligente, educado, moralmente consciente, ser refugiado del fascismo o entender visceralmente el horror de la violencia política no es garantía de que no vayas a ser cómplice. Nada de eso te protege de ser un monstruo. Pequeñito, pero un monstruo.

De hecho, la inteligencia puede ser una herramienta para racionalizar lo irracional. Para encontrar justificaciones sofisticadas para lo injustificable. Para separar “el problema técnico fascinante que estoy resolviendo” de “las consecuencias morales de mi trabajo”.

Los nazis que diseñaron los campos de exterminio eran unos ingenieros de la hostia. Optimizaron el asesinato en masa con eficiencia industrial alemana, como, ejem, Volkswagen. Calcularon cuántas personas cabían en cada cámara de gas. Cuánto Zyklon B se necesitaba. Cómo disponer de los cuerpos más rápidamente. Cómo extraer el oro de los dientes de la forma más rápida. Minería oral en tiempos de guerra.

Y estaban orgullosos de su trabajo técnico. Escribían informes detallados sobre cómo habían mejorado los procesos, reducido costes, incrementado la “producción”. No porque fueran sádicos (aunque algunos lo fueran). Sino porque habían convertido el genocidio en un problema de ingeniería. Y los ingenieros resuelven problemas. Es lo que hacen. Es lo que se les da bien. La optimización logística del exterminio.

Tú, con toda tu educación y tus valores progresistas y tu conciencia social, podrías acabar siendo igual, aunque te creas un ser de luz. Porque el cerebro humano es extraordinariamente bueno separando el trabajo del resultado. “Yo solo hago mi parte. Yo no controlo para qué se usa. Yo solo optimizo el proceso que me han asignado.” Y esa separación mental es exactamente cómo la gente normal construye sistemas de horror sin sentir que están haciendo nada malo.

Las pequeñas colaboraciones que construyen genocidios

Aquí está la verdad más jodida de todas: no hace falta que participes activamente en atrocidades para ser responsable de ellas. Basta con que hagas tu trabajo. Basta con que no te resistas. Basta con que mires hacia otro lado.

En la Alemania nazi, la mayoría de los alemanes nunca mataron a nadie. La mayoría nunca trabajaron en campos de concentración. La mayoría nunca fueron miembros activos del partido nazi. Simplemente:

Los ferroviarios se dedicaban a llevar los trenes puntualmente. “Solo transporto pasajeros, no pregunto quiénes son ni a dónde van.”

Los administrativos gestionaban las finanzas y comprobaban que la documentación estaba en regla. “Solo proceso papeles, no es mi trabajo cuestionar para qué son.”

Los médicos certificaban que la gente era “apta para el transporte”. “Solo hago exámenes médicos, no decido qué pasa después.”

La gente compraba en tiendas “arias”. “Es más conveniente, están más cerca.”

Los profesores enseñaban el currículo nazi. “Si no lo hago, me despiden y otro lo hará.”

Los policías arrestaban a quien se les decían. “Solo cumplo órdenes, yo no hago las leyes.”

Pequeñas colaboraciones aquí y allá. Cada una de ellas era comprensible. Cada una, con su propia justificación. Ninguna, por sí sola, suficientemente horrible como para arriesgarlo todo resistiéndose. Pero colectivamente, esos millones de pequeñas colaboraciones de personas normales hicieron posible el Holocausto.

Los nazis necesitaban que la población general no se resistiera. No hacía falta que todos fueran nazis fanáticos. Solo hacía falta que siguieran haciendo sus trabajos. Que mantuvieran la economía funcionando. Que procesaran la burocracia necesaria. Que no hicieran demasiadas preguntas. Que no escondieran a los perseguidos.

Los hombres grises

Christopher Browning, en su libro Aquellos hombres grises (1992), documentó el caso del Batallón de Policía de Reserva 101. Eran hombres mayores, padres de familia, demasiado viejos para el frente. No eran SS ideológicos. No tenían entrenamiento especial en sadismo. Y acabaron ejecutando a tiros a miles de judíos en Polonia. Directamente. Cara a cara. Incluyendo niños.

¿Cómo? El primer día, el comandante les dio la opción de no participar si les resultaba demasiado difícil. Solo un 10-20% se negó. El resto participó. No porque fueran nazis convencidos, sino porque no querían parecer cobardes frente a sus camaradas o porque era más fácil obedecer que resistir. O se emborrachaban antes y después para lidiar con ello. O deshumanizaban a las víctimas porque “no son realmente personas como nosotros, son diferentes.”

Y con el tiempo, se acostumbraron. Lo que al principio les horrorizaba se volvió rutina. Algunos incluso desarrollaron eficiencia profesional, orgullosos de hacer bien su “trabajo”.

Tú también lo harías. Yo, también. No en el primer día, tal vez. Pero después de semanas, meses, años de normalización gradual, de presión de grupo, de racionalización, de pequeños pasos donde cada uno parece justificable.

Cuando todos a tu alrededor actúan como si algo terrible fuera normal, tu cerebro se adapta y lo normaliza también. Cuando resistirse significa perder tu trabajo, poner en peligro a tu familia, o convertirte en paria social, la mayoría de la gente elige la autopreservación.

Y hay razones perfectamente comprensibles para hacerlo. No se trata de ser un un cobarde. Es suficiente con ser humano, tener una familia que mantener y estar acojonado por las posibles consecuencias.

Es fácil juzgarlos desde fuera, desde la comodidad de tu sofá, leyendo esto. Es infinitamente más difícil estar en su posición y elegir la resistencia cuando cuesta todo.
La pregunta que no quieres responder

Entonces, aquí está la pregunta que llevamos evitando desde que empezaste a leer esto:

Si mañana tu país empieza a deslizarse hacia el autoritarismo, hacia la persecución de minorías, hacia políticas que sabes que están mal… ¿qué harás?

No me digas que resistirás heroicamente. Todo el mundo dice eso. Es fácil decirlo en abstracto, sentado cómodamente, leyendo un artículo sobre gente muerta hace décadas.

¿Qué estarías dispuesto a perder, en concreto?

¿Tu trabajo? Tu empresa implementa una política que discrimina a ciertos grupos. ¿Renuncias o te quedas diciendo “necesito el sueldo, yo solo trabajo aquí”?

¿Tu vivienda? Protestar te puede costar tu empleo, y sin empleo pierdes tu casa. ¿Lo arriesgas o te callas?

¿Las relaciones con tu familia? Resistir públicamente significa que tu familia también será señalada. ¿Los pones en peligro por tus principios?

¿Tu libertad? Desobedecer puede significar cárcel. ¿Vas a prisión por resistir o cumples las órdenes que sabes que están mal?

¿Tu vida? En situaciones extremas, resistir significa riesgo de muerte. ¿Mueres por tus principios o sobrevives comprometiéndolos?

Lo que cuesta de verdad es ser honesto. Cualquiera puede escribir palabras bonitas en redes sociales. La indignación performativa que no te cuesta nada. Resistir de verdad cuesta todo.

Los alemanes que escondieron judíos sabían que, si los descubrían, morirían. Ellos y sus familias. Toda la familia, ejecutada. Y aun así lo hicieron. Esa es la resistencia real. Los que marcharon en Selma con Martin Luther King Jr. sabían que serían golpeados por la policía. Con porras. Con mangueras de agua a alta presión. Con perros. Lo sabían. Y marcharon de todas formas.

Muchos acabaron en el hospital. Algunos murieron. Los estudiantes que se enfrentaron a los tanques en la Plaza de Tiananmen sabían que podían ser aplastados. Literalmente. Uno se quedó ahí de pie frente a los tanques de todas formas. No sabemos qué le pasó después, pero imagino que nada bueno.

¿Te resistirías como un héroe o te dirías a ti mismo las mismas cosas que se dijeron millones de personas antes que tú?

“Tengo que pensar en mi familia.”
“No puedo cambiar nada yo solo.”
“Si no lo hago yo, lo hará otro.”
“No es tan malo todavía.”
“Solo estoy haciendo mi trabajo.”
“Yo no hice las reglas, solo las sigo.”
“Tengo que sobrevivir, no puedo ser un mártir.”

Todas esas frases son racionales. Todas son comprensibles. Todas son las frases exactas que usó la gente que acabó siendo cómplice de atrocidades.

Para mí, la de “todavía no es tan malo” es la más peligrosa de todas. Porque nunca es “tan malo” hasta que de repente lo es, y para entonces ya es demasiado tarde. Ya has normalizado cada paso anterior. Ya tienes años de complicidad que racionalizar. Ya estás demasiado dentro para retractarte sin admitir que llevas años siendo parte del problema.

¿Y ahora qué?

Ni hay una respuesta fácil ni una solución reconfortante. No se puede escribir una lista con cinco pasos simples para asegurarte de que nunca serás el burócrata que procesa papeles para un genocidio.

La pregunta que sí podemos contestar es: “¿Qué estoy haciendo HOY para asegurarme de que no seré esa persona?”

¿Estás practicando decir “no” en situaciones de bajo riesgo? ¿O siempre cedes para evitar conflicto?

¿Estás cuestionando órdenes injustas ahora que las consecuencias son mínimas? ¿O esperas mágicamente tener coraje cuando las apuestas sean tu vida?

¿Estás estableciendo tus líneas rojas? ¿O dejarás que las circunstancias decidan por ti cuándo es “demasiado”?

Porque si tu respuesta es “nada en particular”, si simplemente confías en que cuando llegue el momento tendrás el coraje que ahora no practicas, entonces ya estás más cerca del burócrata de lo que te gustaría admitir.

Recuerda: la banalidad del mal no necesita monstruos. Solo necesita gente normal haciendo su trabajo, sin hacer demasiadas preguntas, normalizando lo inaceptable un peldaño a la vez.

Y esa gente normal eres tú. Si no haces nada para evitarlo.

En la tercera y última parte de esta serie, exploraremos qué puedes hacer concretamente (herramientas prácticas, no buenos deseos) para resistir tu propia normalización de lo inaceptable. Porque reconocer tu vulnerabilidad es el primer paso. Pero sin acción, es solo conocimiento inútil que te hace sentir superior mientras sigues siendo igual de vulnerable.

Referencias:

Arendt, H. (1963). Eichmann in Jerusalem: A Report on the Banality of Evil. Viking Press.

Browning, C. R. (1992). Ordinary Men: Reserve Police Battalion 101 and the Final Solution in Poland. HarperCollins.

Feynman, R. P. (1985). Surely You're Joking, Mr. Feynman! W.W. Norton & Company.

Rhodes, R. (1986). The Making of the Atomic Bomb. Simon & Schuster.

Fuente: https://www.lafrikitiva.com/la-bana...

La última elección

4 Febrero 2026 at 00:00
Por: (tortuga)

Fuerte artículo del periodista Chris Hedges sobre Trump, así como la foto que eligió para ponerlo en sus redes. Cada vez hay más voces en EEUU que abiertamente hablan de dictadura y fascimo en la era Trump.

Pedro Brieger

La amenaza de Donald Trump de cancelar las elecciones de medio término no es un amague. Ya intentó revertir el resultado de las elecciones de 2020 y dijo que no aceptaría el de 2024 si perdía. Fantasea con desafiar la Constitución para quedarse un tercer mandato. Está decidido a conservar un control absoluto —apuntalado por una mayoría republicana servil— en el Congreso. Teme que, si pierde el control del Congreso, llegue el juicio político. Teme los obstáculos a la rápida reconfiguración de Estados Unidos como un Estado autoritario. Teme perder los monumentos que está erigiendo a su propia gloria: su nombre estampado en edificios federales, incluido el Kennedy Center; la eliminación de la entrada gratuita a los Parques Nacionales el día de Martin Luther King Jr. para reemplazarla por su propio cumpleaños; la anexión de Groenlandia y, quién sabe, quizá Canadá; su capacidad para poner ciudades como Minneapolis bajo sitio y secuestrar residentes legales en plena calle.

A los dictadores les encantan las elecciones, siempre que estén amañadas. Las dictaduras que cubrí en América Latina, Medio Oriente, África y los Balcanes montaban espectáculos electorales minuciosamente coreografiados. Eran una utilería cínica con resultados predeterminados. Servían para legitimar el control férreo sobre una población cautiva, encubrir el enriquecimiento del dictador, su familia y su círculo íntimo, criminalizar toda disidencia y prohibir a los partidos opositores en nombre de “la voluntad del pueblo”.

Cuando Saddam Hussein organizó un referéndum presidencial en octubre de 1995, la única pregunta en la boleta era: “¿Aprueba usted que el presidente Saddam Hussein sea el presidente de la República?”. Los votantes marcaban “sí” o “no”. Los resultados oficiales le dieron a Hussein el 99,96% de unos 8,4 millones de votos, con una participación del 99,47%. Su par en Egipto, el ex general Hosni Mubarak, fue reelegido en 2005 para un quinto mandato consecutivo de seis años con un mandato algo más modesto: 88,6% de los votos. Mi cobertura poco reverencial de las elecciones en Siria en 1991 —donde había un solo candidato en la boleta, el presidente Hafez al‑Assad, que supuestamente obtuvo el 99,9%— me valió la expulsión del país.
Estos espectáculos son el modelo, sospecho, de lo que viene, a menos que Trump consiga su deseo más profundo: emular al príncipe heredero Mohammed bin Salman de Arabia Saudita —cuyo equipo de seguridad asesinó en 2018 a mi colega y amigo Jamal Khashoggi en el consulado saudí en Estambul— y no celebrar elecciones en absoluto.

Trump, aspirante a presidente vitalicio, lanza la idea de cancelar las elecciones legislativas de 2026. Le dijo a Reuters que “si lo pensás bien, ni siquiera deberíamos tener elecciones”. Cuando el presidente Volodímir Zelenski le explicó que en Ucrania no se celebraban elecciones por la guerra, Trump se entusiasmó: “¿O sea que si estamos en guerra con alguien, no hay más elecciones? Ah, eso está bien”.

Trump le dijo a The New York Times que se arrepiente de no haber ordenado a la Guardia Nacional que incautara las máquinas de votación después de las elecciones de 2020. Quiere abolir el voto por correo, junto con las máquinas y los tabuladores que permiten a las autoridades publicar resultados la misma noche electoral. Mejor ralentizar todo y, como hacía la maquinaria política de Chicago bajo el alcalde Richard J. Daley, rellenar urnas después del cierre para asegurar la victoria.

La administración Trump está prohibiendo campañas de registro de votantes en los centros de naturalización. Impone leyes restrictivas de identificación de votantes a nivel nacional. Reduce las horas que los empleados federales pueden ausentarse del trabajo para ir a votar. En Texas, el nuevo mapa electoral priva de derechos de manera flagrante a votantes negros y latinos, una maniobra avalada por la Corte Suprema. Se espera que elimine cinco bancas demócratas en el Congreso.

Nuestras elecciones inundadas de dinero, sumadas a un gerrymandering agresivo, hacen que pocas contiendas legislativas sean competitivas. La reciente redistribución de distritos prácticamente garantiza a los republicanos nueve escaños más —en Texas, Misuri, Carolina del Norte y Ohio— y a los demócratas seis —cinco en California y uno en Utah—. Los republicanos planean más redistritaciones en Florida y los demócratas impulsan una iniciativa en Virginia. Si la Corte Suprema sigue desmantelando la Ley de Derecho al Voto, la manipulación de distritos por parte de los republicanos se disparará, quizá consolidando una victoria aunque la mayoría del electorado no la quiera. Nadie puede llamar democrático al gerrymandering.

El fallo de la Corte Suprema en Citizens United nos quitó cualquier influencia real en las elecciones. Autorizó dinero ilimitado de corporaciones y grandes fortunas para amañar el proceso electoral en nombre de la libertad de expresión protegida por la Primera Enmienda. Dictaminó que el lobby pesado y organizado de las grandes empresas es una expresión del derecho del pueblo a peticionar a su gobierno.
Nuestros derechos más básicos, incluida la libertad frente a la vigilancia masiva del Estado, han sido revocados de manera constante por decreto judicial y legislativo.
El “consentimiento de los gobernados” es una broma cruel.

Hay pocas diferencias sustantivas entre demócratas y republicanos. Existen para ofrecer la ilusión de una democracia representativa. Los demócratas y sus apologistas liberales adoptan posturas tolerantes en cuestiones de raza, religión, inmigración, derechos de las mujeres e identidad sexual, y fingen que eso es hacer política. La derecha utiliza a los sectores marginados —en especial a los inmigrantes y al fantasma de la “izquierda radical”— como chivos expiatorios. Pero en los grandes temas —guerra, acuerdos comerciales, austeridad, policía militarizada, el gigantesco sistema carcelario y la desindustrialización— marchan en perfecta sintonía.

“No se puede señalar ninguna institución nacional que pueda describirse con precisión como democrática”, escribió el filósofo político Sheldon Wolin en Democracy Incorporated: “seguro que no en elecciones hipercontroladas y saturadas de dinero, un Congreso infestado de lobbistas, una presidencia imperial, un sistema judicial y penal sesgado por clase o, menos que nada, los medios”.

Wolin llamó a nuestro sistema de gobierno “totalitarismo invertido”. Rinde pleitesía externa a la fachada de la política electoral, la Constitución, las libertades civiles, la libertad de prensa, la independencia judicial y la iconografía, tradiciones y lenguaje del patriotismo estadounidense, mientras permite que corporaciones y oligarcas se apoderen de los mecanismos de poder y dejen al ciudadano impotente.

El vacío del paisaje político bajo este “totalitarismo invertido” fusionó la política con el entretenimiento. Fomentó una farsa política permanente, una política sin política. El imperio, el poder corporativo sin regulación, la guerra interminable, la pobreza y la desigualdad social se volvieron temas tabú.

Estos espectáculos fabrican personalidades políticas prefabricadas —la persona ficticia de Trump, producto de The Apprentice—. Viven de retórica hueca, relaciones públicas sofisticadas, publicidad pulida, propaganda y el uso constante de focus groups y encuestas para devolverle al votante lo que quiere oír. La campaña presidencial vacía, sin temas y centrada en celebridades de Kamala Harris fue un ejemplo impecable de este arte performático político.

El asalto a la democracia, llevado adelante por los dos partidos gobernantes, preparó el terreno para Trump. Castraron nuestras instituciones democráticas, nos despojaron de derechos básicos y consolidaron la maquinaria del control autoritario, incluida la presidencia imperial. Trump solo tuvo que accionar el interruptor.

La violencia policial indiscriminada, familiar desde hace tiempo en comunidades urbanas pobres —donde fuerzas militarizadas actúan como juez, jurado y verdugo— le otorgó al Estado el poder de hostigar y matar ciudadanos “legalmente” con impunidad. Generó la mayor población carcelaria del mundo. Ese vaciamiento de libertades civiles y del debido proceso ahora se volvió contra todos. Trump no lo inició. Lo amplió. El terror es el objetivo.

Trump, como todos los dictadores, está embriagado de militarismo. Pide aumentar el presupuesto del Pentágono de un billón a un billón y medio de dólares. El Congreso, al aprobar su One Big Beautiful Act, asignó más de 170 mil millones para control fronterizo e interno, incluidos 75 mil millones para el ICE en los próximos cuatro años. Eso supera el presupuesto anual combinado de todas las fuerzas policiales estatales y locales.

“Cuando un gobierno constitucionalmente limitado utiliza armas de poder destructivo horrendo, subsidia su desarrollo y se convierte en el mayor traficante de armas del mundo”, escribe Wolin, “la Constitución es reclutada para servir como aprendiz del poder, no como su conciencia”.

Que el ciudadano patriota apoye sin fisuras a los militares y su enorme presupuesto significa que los conservadores lograron convencer al público de que las fuerzas armadas son algo distinto del gobierno. Así, el componente más sustancial del poder estatal queda fuera del debate público. Del mismo modo, en su nuevo estatus de ciudadano imperial, el creyente desprecia la burocracia pero no duda en obedecer las directivas del Departamento de Seguridad Nacional, el organismo gubernamental más grande e intrusivo de la historia del país. La identificación con el militarismo y el patriotismo, junto con las imágenes de poder estadounidense proyectadas por los medios, hace que el ciudadano se sienta más fuerte, compensando la sensación de debilidad que la economía impone a una fuerza laboral sobreexigida, exhausta e insegura.

Los demócratas, en la próxima elección —si es que la hay—, ofrecerán la opción menos mala mientras hacen poco o nada para frenar la marcha hacia el autoritarismo. Seguirán rehenes de las exigencias de los lobbistas corporativos y los oligarcas. Un partido que no defiende nada ni pelea por nada bien podría entregarle a Trump una victoria en las legislativas. Pero Trump no quiere correr ese riesgo.

Trump y sus secuaces están cerrando con energía la última salida del sistema que impide la dictadura absoluta. Pretenden orquestar elecciones simuladas, al estilo de todas las dictaduras, o directamente abolirlas. No están bromeando. Será el golpe de gracia al experimento estadounidense. No habrá vuelta atrás. Nos convertiremos en un Estado policial. Nuestras libertades, ya bajo ataque feroz, serán extinguidas. En ese punto, solo movilizaciones masivas y huelgas podrán impedir la consolidación de la dictadura. Y esas acciones, como vemos en Minneapolis, serán respondidas con represión estatal letal.

La subversión de las próximas elecciones planteará dos opciones brutales para los opositores más visibles de Trump: el exilio o el arresto y encarcelamiento a manos de matones del ICE.

La resistencia a la bestia, como en todas las dictaduras, tendrá un costo altísimo.

Fuente: https://www.facebook.com/photo/?fbi...

Sin novedad en ningún frente

31 Enero 2026 at 00:00
Por: (tortuga)

Los tiempos del transcinismo

1.

Si la historia no se repite, al menos sí pareciera que se “congela”. En la mayor parte de los órdenes socio-culturales de la contemporaneidad no se registra más incidencia relevante que una cierta aceleración de lo ya dado, un apresuramiento en carreras ya avanzadas.

El Fascismo Democrático sigue ahí, donde lo dejamos hace tiempo, prácticamente como siempre:

- Expansionismo exterior, de índole territorial, económica y militar (ilustrado en Próximo y Medio Oriente, Ucrania, Venezuela, Groenlandia...).
- Docilidad de las poblaciones (pensemos en EEUU y Europa en primer lugar).
- Persecución de la diferencia radical -cultural, psicológica y existencial-, en beneficio de una diversidad inocua.
- Instrumentación de la llamada “violencia legítima”, física y preferentemente simbólica, desde los aparatos del Estado.
- Transferencia al oprimido de parte creciente de las prerrogativas clásicas del opresor, a fin de consolidar la auto-sujetación (obreros con acciones y participación en la gestión de las empresas, estudiantes que ejercen de auto-profesores, colaboración ciudadana con la policía, auto-medicación inducida por las propias instituciones sanitarias, presidiarios que en los “módulos de respeto” se desenvuelven como “carceleros de sí mismos”...).
- Domesticación de la crítica y de la protesta (bajo los patrones, no ya de lo “políticamente correcto”, sino de un inflexible “verosímil ideológico” que se rearma con taxonomías anuladoras como las de “negacionismo” o “populismo”), proceso atestiguado por la ascendencia de un ecologismo-pacifismo-feminismo conservador, integrado, pro-capitalista y pro-estatal, ingrediente entre otros de la cultura hegemónica y de la verdad postulada, y por la esterilidad indisimulable de las prácticas opositoras “legales” -partidos, sindicatos, huelgas con servicios mínimos, manifestaciones autorizadas...-.
- Economización e individualización irreversible del ser humano occidental, como lamentara J. Ellul y para escarnio del “don recíproco” comunitario cantado por M. Mauss.
- Etcétera, etcétera, etcétera.

2.

Sin novedad en ningún frente, quizás llame la atención la remodelación paulatina de la disposición cínica...

El cinismo antiguo, denominado “quinismo” en su tiempo, vinculado a la “Secta del Perro”, con Diógenes de Sinope en primer término, caracterizado por su revuelta contra el Poder y el Mercado, una insubordinación político-económica, con su correlato existencial, que lo hacía amigo de la insolencia, de la “frescura” expresiva, de la provocación escenográfica, de la disensión descarada y escandalosa, fue suplantado en la modernidad por un cinismo resignado, acomodaticio (aquel “saber lo que se hace y seguir adelante”, si bien con rebajada mala consciencia, al que se refirió P. Sloterdijk en Crítica de la razón cínica), definitivamente soldado a la sociedad mercantil y a las administraciones, sustentador del statu quo a pesar de sus travesuras irónicas o sarcásticas.

Y hoy emerge el “transcinismo”, que recupera del antiguo, del griego, su proclividad a la fraseología irreverente, llamativa, grosera o descarnada, aquel gusto por la afirmación altisonante y hasta obscena de una pretendida verdad desnuda, retomando al mismo tiempo del cinismo moderno su adscripción al bando de la conservación, con la consiguiente sacralización de la Ratio burguesa y de su axiomática del Capital y del Estado, ejemplificado en la praxis discursiva y mediática de D. Trump y de los portavoces ruidosos de la ultra-derecha y el neo-liberalismo.

Este transcinismo coetáneo se alimenta de dos procesos paralelos aunque éticamente no comparables: por un lado, el apego popular a la ausencia de rodeos y de remilgos en la expresión, la desafección hacia las expositivas cosméticas y los disimulos gestuales (“paripés” se decía ayer y “postureo” se nombra hoy), circunstancia saludable en mi opinión, y, por otro, la postración acaso terminal del anhelo libertario, de la voluntad de transformación profunda, al modo de una reinvención psico-social general del mundo, manifestada en la aceptación mayoritaria, masiva, “ciudadana”, lamentablemente incuestionable, del orden capitalista-estatal.

“Escandaloso” como el cinismo antiguo y “conservador” como el moderno, el transcinismo se aficiona a una provocación y una desvergüenza que trabajan sin ambages para la perpetuación de lo Establecido, con su “política de la realidad” y su pragmatismo soberano. La racionalidad estratégica, exudado de la economía y de la burocracia, acorazada desde la Ilustración, como apuntó M. Horkheimer, cambia simplemente de estilo en la declamación... Y el “a nosotros también nos gustan los pasteles, aunque no estamos dispuestos a pagar su precio en servidumbre” de Epicuro de Samos se ve sustituido por un transcínico “la servidumbre en acomodo es el más exquisito de los manjares”.

No hay novedad en ningún frente, acaso porque apenas quedan frentes dignos de su nombre. ¿Qué cabe esperar cuando hasta la insolencia y la invectiva se abrazan al Opresor, obteniendo precisamente por ello el aplauso de las gentes?
“El Rey está desnudo. Si alguien es capaz de decirlo de una forma persuasiva y hasta bella, entonces el Rey está perdido”: lo anoté hace años, pero ya no me lo creo.

Pedro García Olivo
www.pedrogarciaolivo.wordpress.com

(Dibujos de Virginia Cánovas Essard)

Franco ‘Bifo' Berardi: 'La desintegración del mundo occidental'

30 Enero 2026 at 00:00
Por: (tortuga)

(Artículo publicado en 8/12/2024)


La revolución Trump en dos movimientos

¿Recuerdas lo que dijo Joe Biden hace unos meses sobre la posibilidad de una victoria de Trump en las elecciones?

Más o menos dijo que la victoria de Trump destruiría la democracia estadounidense. Creo que no se equivocó: suponiendo que alguna vez existió la democracia estadounidense (cosa que no creo), la llegada de la pandilla Trump-Bannon-Musk representa su liquidación total.

Técnicamente hablando, la llegada de Trump pretende ser una revolución, aunque sea reaccionaria. La revolución trumpista se producirá en dos movimientos: el primero lo anuncia Steve Bannon, el estratega diabólico, el más lúcido de ese gracioso grupo.

En una charla en la Universidad de Nueva York, durante el primer triunfo de Donald, declaró: “Soy leninista”.

A un asombrado académico que pidió explicaciones, Bannon respondió: “Lenin quería destruir el Estado y ese es también mi objetivo”.

De hecho, la designación de locos incompetentes y conocidos violadores para los puestos más altos de la Administración tiende a convertir las instituciones estatales en una broma de carnaval para destruir la esfera pública.

Sin embargo, si para Lenin destruir el Estado era la premisa para construir la dictadura proletaria en nombre de una justicia futura que nunca llegó, para Bannon destruir el Estado significa permitir que se desate la dinámica profunda de la sociedad estadounidense.

Aquí viene el segundo movimiento, cuyo proponente sería Elon Musk: desatar los espíritus animales de la sociedad estadounidense, a partir de una reactivación de las dinámicas salvajes de esta sociedad, nacida de un genocidio y enriquecida por las deportaciones y la esclavitud.

El proyecto de Musk es la creación de un sistema esclavista de alta tecnología, la abolición de las protecciones sociales residuales y el uso sistemático del terror contra las minorías y los inmigrantes. La implementación de este marco programático se vislumbra en declaraciones y en los primeros pasos del proyecto DOGE [Departamento de eficiencia gubernamental y clara referencia con Dogecoin, una criptomoneda apadrinada por Musk].

Pretender que Estados Unidos es una democracia (si la palabra significa algo) implica un estado de negación sistemática, una eliminación obstinada (en el sentido freudiano de Verdrangung) de la psicogénesis del inconsciente estadounidense.

Antes de morir, hace apenas unos meses, Paul Auster escribió un libro (Bloodbath Nation) que intenta comprender la realidad (y el Inconsciente) de la entidad americana.

Auster remarca que en Berlín hay un monumento dedicado a la memoria del Holocausto. En Washington no hay nada dedicado a siglos de esclavitud.

El racismo es el núcleo del inconsciente estadounidense. Por eso Trump es el alma de Estados Unidos.

Mejor dicho: Trump es la erupción psicótica del Inconsciente blanco senescente, incapaz de conciliarse con la cantidad de violencia que acecha a la autopercepción colectiva, y con el declive (declive demográfico, declive mental, declive político). Trump es la extroversión agresiva del autodesprecio de la cultura blanca.

El Imperio de Augusto a Calígula

Hace veinticinco años dos eminentes filósofos escribieron, en un libro que recibió amplia atención:

“El Imperio es el poder soberano que gobierna el mundo... El Imperio está emergiendo hoy como el centro que apoya la globalización de las redes productivas y lanza su red ampliamente inclusiva para tratar de envolver todas las relaciones de poder dentro de su orden mundial... Debemos entender la sociedad de control como sociedad en la que los mecanismos de mando se vuelven cada vez más “democráticos”, cada vez más inmanentes al campo social, distribuidos en los cerebros y cuerpos de los ciudadanos…”, (Hardt, Negri: Empire, Harvard, 2000, págs. 20-23).

Deslumbrados por la luz de la era Clinton, Hardt y Negri extrañaban la sustancia nihilista del poder global de Estados Unidos y la naturaleza destructiva de las nuevas tecnologías, dependientes del modelo neoliberal. Ese libro proponía ver el Imperio posmoderno como el equivalente de la tendencia progresista implícita en la utopía de la revolución en red.

“El proyecto imperial, un proyecto global de poder en red, define la cuarta fase o régimen de la historia constitucional de Estados Unidos”. (179).

Hardt y Negri esperaban paz y prosperidad basadas en el principio peer to peer porque no vieron la duplicidad de ese principio y también porque no captaron el abismo irremediable del inconsciente estadounidense.

En el mismo año 2000, Salman Rushdie publicó un libro muy profético, titulado Fury. Leamos algunas líneas:

“…esta Metrópolis construida en Kryptonita en la que ningún Superman se atrevió a poner un pie, donde la riqueza se confundía con riquezas y el gozo de la posesión con felicidad, donde la gente vivía vidas tan pulidas que la gran y dura verdad de la existencia cruda había sido borrada y pulida, y en el que las almas humanas habían vagado tan separadas durante tanto tiempo que apenas recordaban cómo tocarse. […] Esta ciudad cuya legendaria electricidad alimentaba las vallas eléctricas que se estaban erigiendo entre hombres y hombres, y entre hombres y mujeres también”. (Salman Rushdie: Fury, Jonathan Cape, 2001, pág. 86)

La tensión que corría bajo la superficie del globalismo a principios de siglo no es percibida por los autores de Empire, quienes en cambio escribieron:

“El Imperio sólo puede concebirse como una república universal, una red de poderes y contrapoderes estructurados en una arquitectura ilimitada e inclusiva. La expansión imperial no tiene nada que ver con el imperialismo ni con aquellos organismos estatales diseñados para la conquista, el saqueo, el genocidio, la colonización y la esclavitud. Contra tales imperialismos, el Imperio extiende y consolida el modelo de poder en red”. (166-7)

En la misma página del libro, Hardt y Negri citan a Virgilio:

“Ha llegado la edad final que predijo el oráculo,

El gran orden de los siglos renace”. (167)

Poco después de la publicación de este libro, la historia del mundo tomó una dirección totalmente diferente. El golpe de escena del 11 de septiembre provocó una inversión del sentimiento predominante de invencibilidad de la hegemonía occidental.

La interminable expansión pacífica de la democracia dio paso al colapso de la hegemonía global de Estados Unidos.

Después de una década de guerras inconclusas, de decadencia social y de resentimiento creciente, la aparición de Donald Trump marcó el comienzo de una especie de guerra civil caótica en el mismo centro del Imperio.

Ahora, veinticinco años después, la guerra civil en Estados Unidos ha terminado provisionalmente y es fácil entender quién es el ganador (provisional). El ganador no es Augusto, el glorioso y pacífico Emperador glorificado por Virgilio, sino una interesante mezcla de Calígula y Nerón.

El problema de Hard y Negri, la razón por la cual su libro no logró captar el proceso inminente, radica en su indiferencia hacia la dimensión antropológica en la que se despliega la política estadounidense.

Sólo calibrando el abismo del inconsciente estadounidense podremos descifrar las raíces de la ferocidad social que ahora está en plena manifestación.

Inconcebible

Mucho más interesante que el libro de Hardt y Negri es Unthinkable: Trauma, Truth, and the Trials of American Democracy, de Jamie Raskin.

Publicado en 2022, en el primer aniversario de la ridícula insurrección que llevó a miles de seguidores de Trump al corazón político de Estados Unidos, el libro adquiere hoy un nuevo significado, tras el regreso del líder de esa manifestación subversiva.

El autor es miembro del Congreso estadounidense, elegido por el distrito electoral de Maryland, en las filas del Partido Demócrata. Jamie Raskin también es profesor de Derecho Constitucional, autoproclamado liberal y padre de tres hijos. Uno de sus hijos, Tommy, de 25 años, activista político, partidario de causas progresistas, un joven compasivo y empático, falleció el último día del año 2020.

Para ser más precisos, Tommy se suicidó debido a una depresión duradera y también –no hace falta decirlo– a la larga humillación moral de sus valores humanitarios durante los años del primer mandato de Trump.

Este libro ha sido importante para mí porque contiene una reflexión radical sobre el racismo arraigado en la democracia estadounidense (un detalle que se les escapó por completo a los autores del libro de los autoproclamados marxistas que escribieron Empire).

Para Jamie Raskin la decisión final de Tommy no es sólo una catástrofe afectiva, sino el detonante de una reflexión radical sobre la profundidad de la crisis que está desgarrando la democracia liberal.

Leí el libro justo después de su publicación y lo estoy leyendo de nuevo ahora que la vuelta de Trump a la Casa Blanca entierra para siempre la credibilidad de la democracia de ese país y cuestiona la credibilidad misma del concepto de democracia en sí.

Raskin escribe que siempre se ha considerado “radicalmente optimista acerca de cómo la Constitución de la nación misma puede mejorar nuestra condición social, política e intelectual”.

Sin embargo, tras la muerte de su hijo, su percepción de sí mismo cambió. Escribe que su optimismo constitucional se hace añicos por el predominio de la fuerza brutal sobre la fuerza de la Razón y por la propagación de la depresión.

“De repente, este optimismo constitucional me avergüenza y me avergüenza. Temo que mi alegre optimismo político, lo que muchos de mis amigos han atesorado más en mí, se haya convertido en una trampa para el autoengaño masivo, una debilidad que nuestros enemigos pueden explotar. Sin embargo, también me aterroriza pensar en lo que significaría vivir sin este optimismo y también sin mi amado e irremplazable hijo. Los dos siempre fueron de la mano y ahora puedo estar vivo en la tierra sin ninguno de ellos”.

El optimismo político de este generoso profesor de Derecho se ve sacudido por la repentina comprensión de que la democracia liberal se asienta en una base frágil. De hecho, escribe:

“Siete de nuestros primeros diez presidentes eran dueños de esclavos. Estos hechos no son accidentales sino que surgen de la arquitectura misma de nuestras instituciones políticas”.

La esclavitud forma parte del patrimonio cultural de la nación americana, al igual que el genocidio de los primeros habitantes del territorio.

¿Cómo puede esta nación pretender ser vista como un ejemplo para otra persona?

¿Cómo podemos evitar pensar que esta nación es un peligro para la supervivencia de la humanidad?

Se vuelve imposible persistir en el estado de negación: la memoria estadounidense está tan cargada de horror que ninguna evolución política puede borrar esta verdad elemental del inconsciente colectivo de un país cuyo destino manifiesto es la destrucción de toda la humanidad.

En el discurso que Biden pronunció el 6 de enero de 2022, un año después de la funky insurrección, hablando de la necesidad de rechazar la violencia, dijo: “Debemos decidir qué tipo de nación queremos ser”.

¿Decidir qué?

¿Puede Estados Unidos decidir descartar la violencia, si la historia estadounidense se basa en la violencia, la esclavitud y el genocidio?

La irredimibilidad de ese pasado es una fuente de depresión sistémica para Occidente y, por tanto, una fuente sistémica de violencia. Pero ahora, si miramos el panorama geopolítico, si miramos el panorama interno de la cultura occidental, la desintegración parece irreversible.

¿La decadencia y la desintegración del mundo occidental desencadenarán la destrucción final de lo que solíamos llamar civilización?

Desintegración

La desintegración es la tendencia que está surgiendo en todo el mundo occidental.

En los países europeos, como en Estados Unidos, por no hablar de Israel, la población está irreconciliablemente dividida por la alternativa entre democracia liberal y tiranía autoritaria. Así como la democracia liberal siempre ha sido falsa, la alternativa también lo es, pero la desintegración es real.

En mi humilde opinión, la elección de Trump acelerará la desintegración occidental. No creo que habrá una guerra civil como ocurrió durante la guerra española, con multitudes armadas enfrentándose en un frente más o menos definido. No es así como se desarrolla la guerra civil de una población demente. Tendremos una multiplicación de tiroteos racistas, de masacres, simplemente tendremos lo que ya existe, pero cada vez más generalizado, duro y violento.

La deportación masiva prometida por los vencedores resultará más bien en una reaparición del Ku Klux Klan en muchas zonas del país que en una operación real de repatriación imposible de inmigrantes indocumentados. La violencia, el miedo y la agresividad acabarán persuadiendo a muchos inmigrantes a marcharse, pero el proceso difícilmente será pacífico.

La desesperación será la fuerza impulsora de la desintegración estadounidense.

En el libro de investigación de 2020 Muertes por desesperación y el futuro del capitalismo, Anne Case y Angus Deaton describen la desesperación en términos estadísticos. Aumento de la mortalidad, particularmente entre los blancos de entre 45 y 54 años: alcoholismo, suicidio, uso de armas de fuego, obesidad y adicción a opioides (como fentanilo). Disminución general de la esperanza de vida (única entre los países avanzados): de 78,8 años en 2014 a 76,3 años en 2021. Todo esto en presencia del gasto sanitario más alto del mundo (equivalente al 18,8% del PIB).

Sin embargo, no podemos esperar una desintegración pacífica del poder estadounidense. Así como Polifemo, cegado por Ulises, corta a quienes se le acercan, el coloso está destinado a reaccionar con furia imprudente.

En un artículo publicado por e-flux, Slavoj Žižek relativiza el triunfo trumpiano e intenta verlo en perspectiva: la fórmula MAGA podría describirse de manera invertida. Después de décadas de derrotas militares, la superpotencia reconoce que no puede continuar con la política de hegemonía global y debe retirarse antes de tiempo, aceptando, sin admitirlo, una posición de poder local que debe competir en igualdad de condiciones con otras potencias locales, como Rusia, China, India.

La opinión de Žižek está bien fundada, pero mi pregunta es: ¿el bastión del supremacismo blanco aceptará su decadencia sin una reacción que pueda ser nada menos que apocalíptica?

Además, Žižek cree que Europa podría salir fortalecida de la reducción del papel geopolítico estadounidense. Europa, según Žižek, ya no será la “hermana pequeña” del gigante.

Aquí también tengo algunas dudas. La hipótesis de Žižek sólo sería cierta si la UE existiera realmente. Pero la guerra de Ucrania ha llevado a la Unión Europea a una posición de irrelevancia, debilidad y rápida desintegración.

El gobierno francés se ha derrumbado, el gobierno alemán se está derrumbando, mientras la recesión económica está destinada a empeorar.

La derrota estratégica en la guerra contra la Rusia de Putin (el legado de Biden) empuja a la Unión hacia la desintegración, mientras los aliados de Putin, elección tras elección, ganan la mayoría de los parlamentos del continente.

Para concluir este breve ensayo citaré nuevamente a Salman Rushdie:

“No puedo mirar hacia arriba. Allá arriba, ¿qué es eso? Como si un coloso con un enorme desintegrador hiciera un agujero en el aire. Lo miras y quieres morir.

Esto no se puede arreglar. No creo que haya nadie en DC o Cañaveral que sepa qué carajo hacer al respecto”. (Quichotte, Random House, 2020, pág. 374).


Bibliografía:

Hardt Negri: Empire, Harvard, 2000.

Paul Auster: Bloodbath Nation, 2024.

Jamie Raskin: The Unthinkable. Trauma, Truth, and the Trials of American Democracy, 2022.

Salman Rushdie: Fury, Jonathan Cape, 2000.

Salman Rushdie: Quichotte, Random House, 2020.

Slavoj Zizek: After Trump's Victory: From MAGA to MEGA, e-flux, November 2024.

Felix Guattari, The Three ecologies, 1989.

Fuente: https://ctxt.es/es/20241201/Firmas/...

Ciudades, ruralidad y tecnología (II): El modelo de persona en la actual ciudad de Occidente

18 Enero 2026 at 00:00
Por: (tortuga)

Texto del libro de Pablo San José "El Ladrillo de Cristal. Estudio crítico de la sociedad occidental y de los esfuerzos para transformarla", de Editorial Revolussia.

Índice y ficha del libro

Ver también:

Ciudades, ruralidad y tecnología (I): El triunfo del modelo urbano


Puede decirse que hay un modelo de persona que corresponde a la actual ciudad de Occidente. Destaco algunos rasgos:

La artificialidad. Que viene a ser lo mismo que la ausencia de naturaleza directa que trataba de describir en las líneas precedentes. Casi cualquier función corporal, incluida la alimentación, se atiende con el concurso de máquinas y de productos obtenidos industrialmente. Sea para desplazarse, sea para lavar la ropa, la vajilla o el cuerpo, sea para obtener determinadas condiciones climáticas y «de confort» en la vivienda. Cada vez más, también, para comunicarse y realizar intercambios. Incluso para divertirse. Todo ello en un marco de mercado: es decir, el individuo que consume tales cosas no las produce él mismo, sino que las adquiere a cambio de dinero. Esto es, carece de soberanía —la capacidad de satisfacer de forma directa sus necesidades básicas— alimentaria, habitacional etc. De libertad real por tanto, ya que depende de terceros —que, además, le son ajenos— para obtener tales cosas. Es dependiente del dinero que ha de conseguir de algún modo en cantidad suficiente.

La vida artificiosa, lo decíamos a colación de la metáfora del país de los pozos, profundiza la personalidad materialista. La vida y las relaciones humanas se reifican (se cosifican), la dimensión ético-moral se difumina; las personas viven más pendientes del «tener» que del «ser», llenas de proyectos de consumo, presas de un deseo que nunca se sacia, del miedo a perder su capacidad adquisitiva y al consiguiente fracaso social. Quizá por algún tipo de pensamiento inconsciente que les recuerda la vulnerabilidad que acarrea la citada falta de autonomía. Este mecanismo, por cierto, pudo observarse de forma muy clara en la primera generación del «éxodo rural», la cual tuvo en el concepto «ahorro» y en generar propiedad de bienes raíces una importante razón de ser. De ahí la búsqueda incesante de ventajas económicas dentro del mercado asalariado (y el éxito de las loterías y empresas de apuestas). Aunque sea a costa de sacrificar el propio tiempo al trabajo.

Vivir vidas materialistas, tan dependientes de objetos artificiales (un gran apagón en una ciudad, por ejemplo, provoca el pánico) y hacerlo en sociedad, por mecanismos de retroalimentación, alienta la dinámica del consumismo: el impulso, a menudo compulsivo, de adquirir y consumir más y más objetos materiales y servicios con independencia de su grado de necesidad. Hacer de lo material un fundamento de tal entidad de la vida, opino, tiene no poco que ver con el predominio de la actitud individualista (5) —el hombre hecho a sí mismo, el sálvese quien pueda— y la asunción de la ideología del progreso en todas sus facetas: la vida como carrera, o escalera, hacia el triunfo personal (que es, obviamente, de carácter material e individual), y la necesidad y deseo de evolución social, también en lo material: más urbanizaciones, más autovías, más trenes de alta velocidad, más puestos de trabajo, mayores redes wifi, más subvenciones del estado... Como puede advertirse, este tipo de identidad, o de personalidad, que es inherente a la moderna vida urbana, adopta un carácter de cerrado círculo vicioso del que resulta poco menos que imposible escapar.

La masificación. El humano es un animal social que siempre tendió a vivir agrupado. La manada, el clan, la familia. Y su actualización histórica: el pueblo (en todos sus sentidos). A partir de ahí, cuando nos referimos a concreciones posteriores de la sociabilidad —la ciudad, la cristiandad, la nación, el mundo civilizado...— estamos hablando de constructos políticamente identitarios que tienen su razón de ser en la dinámica concentración-expansión de la que hemos venido hablando en capítulos anteriores. Una vez rotos los lazos que relacionaban la demografía a una economía directamente vinculada al medio, el sistema puede expandirse poblacionalmente, prácticamente sin limitación alguna. La ciudad, como hemos dicho, es su paradigma en esta cuestión. Lugar donde concentrar la población en expansión. Esta dinámica, en los lugares de Occidente en que avanza a mayor ritmo, ha terminado por generar, por primera vez en la historia, una sociedad fundamentalmente urbana.

Mantener la población concentrada en torno al poder facilita la dominación, optimiza su ejercicio. Ahorra sistemas de control social e incluso servicios. Aunque podría pensarse lo contrario, cuanto más apretada vive la gente, menos lazos desarrolla entre sí; en dicho contexto vaciado de recursos para la autonomía, todos dependen del poder político-económico, del dinero y el acceso a servicios que dicho poder les proporciona, para sobrevivir. Así, en lugar de cooperantes, se convierten en competidores por las mejores oportunidades. La sociedad se desvertebra, el apoyo mutuo se vuelve imposible y lo comunitario es sustituido por la dependencia hacia el estado y el empleador.

Por ello, los habitantes del territorio, por efecto centrípeto, son arrastrados hacia los polos habitacionales que son las ciudades. Tal realidad da lugar a espacios de convivencia de gran densidad y, así, la ciudad ha de crecer en altura, llenando su espacio tridimensional de grandes bloques de nichos residenciales que llamamos edificios de viviendas. Éstas, perfecto ejemplo de la artificialización de la vida (véase el proceso de «domotización» y robotización) estarán lo más aisladas que sea factible —según economías— del espacio exterior (aislamientos, muros, cancelas, puertas blindadas...).

La amplia concentración de gente residiendo en la urbe ensancha ampliamente también sus dimensiones horizontales, haciendo del desplazamiento maquinizado una necesidad. Pocos tienen su centro de trabajo, los puntos donde se abastecen de alimento y servicios, la residencia de sus familiares y amigos o sus lugares de ocio dentro de un círculo que —en caso de desearlo— puedan recorrer cotidianamente a pie. Ello sin nombrar las necesidades, generadas por la mentalidad consumista, cuando no por la pura saturación, de viajar o de «salir» los fines de semana. Por tal causa, el coche y resto de transportes maquinizados constituyen un elemento definitorio de la actual ciudad, la cual se configurará en torno a su centralidad: calles, semáforos, rotondas, autovías, circunvalaciones, redes de tranvía o metro, aparcamientos —creciendo así también tridimensionalmente hacia el subsuelo—.

Esta forma ampliamente predominante de desplazarse, y el hecho de su inexorabilidad dentro del tipo de vida urbana, aporta a ésta ciertas características: la polución, de gases ambientales pero sobre todo en forma de ruido, acabará por constituir un elemento plenamente normalizado. Existen estudios contrastados y reconocidos que relacionan las emisiones de los hidrocarburos consumidos por los motores con el cáncer y otras enfermedades. También los hay que hablan de la contaminación acústica como agente de trastornos diversos. Nada de esto parece importar demasiado, o al menos lo suficiente, a quienes han —hemos— nacido en este contexto y lo tenemos perfectamente asumido.

Otra de las consecuencias, tanto de vivir en espacios comprimidos, rodeados de bullicio y de personas extrañas en su mayoría, como de la necesidad permanente de desplazamiento óptimo, es la velocidad; el ritmo, la prisa. En su punto álgido, aunque para nada infrecuente, se denomina estrés. Causa también de enfermedades y disfunciones. El estrés, moderno y universal trastorno, propio de la vida en la ciudad, terminará por afectar toda faceta vital de sus moradores. Éstos, cuya personalidad está en gran parte determinada y modelada por el frenesí que es inherente a toda ciudad, sumando la permanente exigencia de cumplimiento rentable en el trabajo asalariado —bien atinó en esto Byung Chul Han—, necesitan estar haciendo cosas de forma permanente. No soportan ni la pausa ni el silencio. Pendientes de sus comunicaciones virtuales, en cualquier entorno (incluso si hacen una escapada a la naturaleza) siempre tendrán algún aparato multimedia (televisión, radio, música, apps...) conectado. El momento festivo, hay un consenso en ello, exige un volumen musical por encima de toda lógica de disfrute. Todo el que se pueda según los recursos disponibles y la legalidad. Los periodos en que no son prisioneros del trabajo —casi siempre indeseado— los pasarán haciendo una cosa tras otra: compromisos sociales, cumpleaños, locales de ocio, viajes, visitas a espectáculos, compras... Desbordantes de «positividad», se reincorporarán al ciclo laboral más cansados de lo que lo dejaron. Los tiempos muertos entre actividad y actividad que transcurren en casa los pasarán, invariablemente, delante de alguna pantalla.

No me dedico a ningún tipo de estudio clínico, pero no dejo de leer artículos que hablan de problemáticas derivadas de todo esto: depresiones, trastornos alimenticios, neurosis, adicciones, tasas de suicidio, gente a la que se le va la pinza e incurre en crímenes carentes de toda lógica (6)... Es obvio que no todo habitante de una ciudad es así. De hecho, abundan quienes parecen estar perfectamente integrados en su seno y expresan satisfacción y, acaso, felicidad. Tampoco es idéntica la forma de habitar una ciudad pequeña a la de una gran capital, desde luego. Pero creo que, de las tasas significativamente altas que parecen tener las nocividades expuestas y otras que podríamos añadir, cabe colegir que el tipo de vida urbano, en general, no es especialmente sano o que, al menos, no garantiza el logro de la realización existencial humana en forma comparativamente superior a la de otros modelos.

La heteronomía es el tercer rasgo que quiero nombrar. Es el tipo de identidad ideológica contraria a la autonomía; esto es, generada de forma externa y asumida por el individuo con pocos o ningún filtro crítico. No es algo exclusivo de la ciudad. Las sociedades preurbanas también eran ampliamente heterónomas y sus integrantes solían recibir la mayoría de su pensamiento y comprensión de la realidad de su propia tradición colectiva. La diferencia consiste en que, en el contexto urbano, quien proporcione los datos significativos que componen el imaginario social no será la propia tradición, sino el poder. Y lo hará, cómo no, a su interés. Ya hablamos en el capítulo anterior de los mil y un recursos implementados para ello. Hoy, no hay mejor canal para la circulación de los discursos hegemónicos, el pensamiento único, la violencia simbólica, como se le quiera llamar, que el vivir en la colmena: en la ciudad. Por mero mimetismo de aquello que piensan y hacen quienes conviven alrededor, por temor a ser diferente, por simple necesidad de adaptación a pautas de las que resulta sobremanera difícil disentir, el pensamiento heteronómico, como una máquina de troquelar, produce individuos acríticos, deliberadamente ignorantes del modelo en que viven en cualquiera de sus facetas de importancia.

En las cuestiones accesorias, en cambio, está permitido, y aun se alienta, el disenso y la diferencia. Permisividad que juega un importante papel a la hora de ocultar el andamiaje de la real falta de libertad. En su mayoría, de hecho, las dicotomías (la más evidente es la de derecha/izquierda) tendrán más de falso, de impostado, que de real. Para el caso de la juventud, puede contemplarse en la cuestión de las modas y tribus urbanas. Cómo, por ejemplo, manifiestan comportamientos paralelos, obedecen a las mismas necesidades psicológicas y se expresan de forma parecida, los «alternativos» que, en una feria de arte callejero, recorren el centro de la ciudad, malabaristas al frente, a ritmo de batucadas, que los tradicionalistas que, en distinta fecha, con ocasión de otro evento público, La Legión al frente, desfilan por las mismas calles portando un trono de Semana Santa.

Una magnífica forma de neutralizar pensamientos originales y rebeldías es la de integrar a los individuos en identidades diferenciadas de carácter inocuo para el sistema (por contra, las que le son contrarias se reprimen). El individuo perteneciente a este tipo de colectividades, de forma paradójica, experimenta una sensación de libertad y originalidad a pesar de estar adoptando heterónomamente los valores referenciales del grupo. Éstos, por su falta de crítica real y el desvío de energías vitales hacia lo banal que suponen, en el fondo, vienen a ser, también, los del poder. Finalmente, la ciudad contemporánea occidental se convierte en un colorido mosaico de estéticas y sensibilidades más o menos tolerantes entre sí; mestizaje, multiculturalismo, barrios underground junto a barrios de gitanos o magrebíes. Locales de hostelería y diversión para todas las tendencias. Fútbol. Festejos públicos para toda minoría diferenciada: desde el colectivo gay, al católico, pasando por fiestas regionales de la comunidad local andaluza o aragonesa (extiéndase el ejemplo a cada caso concreto). Viva la fiesta. Qué mejor válvula de escape para la tensión acumulada por la aglomeración y el absurdo del trabajo —y el estudio— sin sentido objetivo. Panem et circenses. Ciudadano, no pienses; diviértete y consume. Disfruta de tu libertad.

Consumir, es decir, adquirir bienes producidos por instancias ajenas a cambio del dinero obtenido mediante el trabajo, el subsidio o la ganancia en un sistema de mercado, por efecto de la heteronomía, se convierte en un patrón fundamental del comportamiento. En su faceta material tanto como en la ideológica. Una estructura estructurante. Llega un momento en el que lo autoproducido —la fiesta de cumpleaños en casa con tarta hecha por la abuela, la limpieza de la vivienda, el estofado de lentejas— se considera socialmente inferior a lo adquirido a cambio de dinero: la misma fiesta en un parque infantil de bolas, la asistenta que viene a limpiar, la comida precocinada. No solo es una cuestión de comodidad: yo cultivo verduras en mi pequeño huerto familiar, que suelo ofrecer a personas de mi entorno. No siempre son apreciadas y aceptadas. Tengo la impresión de que hay a quienes, de alguna manera, les descuadra —o les desmotiva— el hecho de obtener alimentos de forma gratuita, fuera del supermercado o el restaurante.

El hecho de consumir, tal como lo acabamos de definir, viene a ser el punto principal de sujección al sistema. Dado que nadie está en posición de obtener bienes por si mismo (en la ciudad menos que en ningún otro lugar), habrá de recurrir irremediablemente al consumo para satisfacer sus necesidades básicas: alimentación, techo, transporte, acceso a agua, energía, comunicaciones multimedia... Por si esto fuera poco —no en balde uno de los nombres que se le da al actual orden de cosas es «sociedad de consumo»—, el sistema ha logrado que la masa precise consumir, con la misma o mayor compulsividad, una larga lista de bienes que nada tienen que ver con satisfacer necesidades reales, y sí deseos inducidos. La publicidad juega un papel fundamental en ello. La retroalimentación hace el resto (7). Decía Jesús Ibáñez: «Los consumidores son enredados por la publicidad en un laberinto sin salida real pero con salida imaginaria. La topología del capitalismo de producción era el panóptico: una columna central y unas alas radiales, para vigilar a los productores (cárcel, escuela, hospital, factoría). La topología del capitalismo de consumo es el laberinto: microsalida a mano sin macrosalida, para que los consumidores circulen sin salir (centro comercial, autopista, red de urbanizaciones para vacaciones semanales en la montaña o anuales en el mar). El laberinto es un rizoma: los caminos interiores son practicables, pero no hay camino al exterior.» (8).

En opinión de Ibáñez, resumo de una cita más larga, la de consumo, a pesar de la gran cantidad de bienes en circulación, viene a constituir una sociedad de la escasez. Ello se comprende al definir «abundancia» no como un tipo de consumo elevado sino como la plena satisfacción de las necesidades. En sociedades primitivas, afirma Ibáñez apoyándose en el antropólogo Marshall Sahlins, las necesidades eran escasas y se resolvían mediante la cooperación del grupo. Ello daba lugar a jornadas de trabajo descansadas —tres o cuatro horas, según Sahlins— que se desempeñaban en un contexto placentero de juego. Había abundancia en ellas, pues. En la sociedad de consumo, en cambio, la necesidad —gracias a la publicidad— está siempre por delante de los bienes en circulación. El producto estrella en esta sociedad no es el propio bien, sino la necesidad o deseo de él. Por mucha capacidad de consumo que logre cualquiera, siempre tendrá por delante nuevos objetos y servicios que desear. Deseo que obliga a más trabajo para obtener el dinero preciso, y así sucesivamente. «En la sociedad de consumo lo que se produce es consumo: cuantos más regalos hagamos, mejor cumpliremos nuestra obligación; lo importante es comprar, da lo mismo para qué y para quién».


Notas

5- «...Los hombres siempre han vivido en sociedad y han sentido la necesidad de cooperar. El individualismo es comparativamente una creencia reciente, una secuela de una forma determinada de organización social.» George Lichtheim, en el capítulo primero de su obra «Breve Historia del Socialismo».

6- Según apunta Theodore Kaczynski en «La Sociedad Industrial y su Futuro»: «En las sociedades primitivas, vinculadas a la naturaleza, todo evolucionaba despacio, lo cual proporcionaba una estructura estable a sus miembros y, a consecuencia de ello, sensación de seguridad. En el mundo moderno, por el contrario, es la sociedad humana la que domina la naturaleza. La preeminencia tecnológica provoca rápidas y permanentes transformaciones, con lo que no se da una estructura de carácter estable». Podemos comprender esta circunstancia como factor concasual de las patologías descritas.
Aprovecho para añadir que, dadas las numerosas deficiencias que encuentro en la traducción al castellano de la obra de Kaczynski que circula por internet, he procedido a realizar —cada vez que cito un texto de la misma— una re-traducción, intentando darle cohesión gramatical y semántica.

7- Pensemos, por ejemplo, en la Navidad. Acontecimiento social de carácter anual en el que el aprovechamiento comercial devoró hace mucho su origen religioso. El imaginario de la gran mayoría al respecto —inducido por los recursos publicitarios— mezcla la añoranza con la depresión, emociones que favorecen el consumo compulsivo. Navidad es sinónimo de comilonas y regalos. Muchos regalos. De gastar dinero. Si hay niños de por medio, la cosa adopta unos tintes fuera de toda medida. Las viviendas de la ciudad se quedan sin espacio donde guardar las ingentes cantidades de juguetes que reciben los infantes (y con los que apenas juegan). Ni que decir tiene qué tipo de patrón consumista y materialista se les está inoculando sistemáticamente con este hecho. Particularmente vomitivas me resultan las campañas que se hacen en estas fechas para «que ningún niño pobre se quede sin su juguete». Sentimientos de fácil autosatisfacción que hacen olvidar momentáneamente a los donantes la falta de sentido de sus vidas, al tiempo que el sistema se asegura de que ningún nuevo miembro de la sociedad, por muy bajo que sea el poder adquisitivo de su familia, se queda —merced al objeto de plástico que se le da— sin recibir su correspondiente píldora de educación para el consumo. Donde esté una mercancía industrial que se quite la creatividad. Ese es el mensaje. La Navidad, no hay ni que recordarlo, pertenece a las grandes empresas de comercio. Al poder, de hecho, y no al pueblo. En cualquier país, serán El Corte Inglés de turno y los anuncios de la televisión quienes dicten su definición estética y su periodo de duración, cada vez más largo y más anticipado. Véase el «Black Friday», el último engendro consumista importado de los EEUU.

8- En otra parte de «Por una Sociología de la Vida Cotidiana» afirma que «el capitalismo de consumo es un sistema especializado en la producción de mierda pura. (…) Eso pasa con la información. Circula tanta información y está tan adulterada que, o bien no podemos asimilarla, o bien si la asimilamos nos intoxica. Las diferencias que fundaban los valores han sido abolidas: la diferencia entre lo bello y lo feo por la moda, la diferencia entre verdadero y falso por la publicidad, la diferencia entre lo bueno y lo malo por la política. La televisión y las revistas del corazón son el pasto habitual de la mayoría de nuestros conciudadanos.» Cabría añadir a la enumeración las redes sociales de internet, muy adictivas y de las que (casi) nadie escapa. No existían cuando Ibáñez escribió estas líneas, pero, a buen seguro, le hubieran dado mucho de qué hablar.

Porqué el capitalismo necesita líderes idiotas (que sean buenos actores) en el poder

2 Enero 2026 at 00:00
Por: (tortuga)

[Transcrito y corregido de Youtube]

El mundo está dirigido por personas que en cualquier otra profesión habrían sido despedidas en su primera semana. Para operar en un quirófano necesitas una década de formación. Para pilotar un avión comercial, miles de horas de práctica supervisada. Para reparar un sistema eléctrico, certificaciones que demuestren que no matarás a nadie por negligencia. Pero, para controlar arsenales nucleares, firmar órdenes de movilización que envían a miles de personas a morir, o decidir qué industrias quiebran y cuáles reciben rescates multimillonarios, solo necesitas una cosa, saber aparecer en una pantalla.

Un comediante ucraniano que interpretaba a un presidente en una serie de televisión ahora firma decretos que determinan si habrá guerra o paz. Un magnate estadounidense cuya única experiencia administrativa real fue despedir participantes en un reality show controló durante cuatro años los códigos nucleares de la mayor potencia militar del planeta.

No son anomalías, son el estándar. Y lo más inquietante no es que hayan llegado, es que mientras estaban ahí, el mundo siguió funcionando. Las bolsas subieron, los bancos operaron, las corporaciones se expandieron como si la figura en la pantalla fuera completamente prescindible para el funcionamiento real del poder. Hay un sentimiento que recorre las sociedades contemporáneas, una angustia que no siempre se nombra, pero que todos reconocemos.

La sensación de que no hay ningún adulto en la sala; de que las decisiones que determinan si viviremos en paz o en crisis están en manos de personajes que parecen protagonistas de una sátira, no estadistas capacitados para gobernar... ¿Cómo llegamos hasta aquí? Esa es la pregunta equivocada. La pregunta correcta es, ¿para qué los necesitan?

La narrativa oficial es tranquilizadora. Los idiotas llegaron al poder porque las masas fueron manipuladas. Las redes sociales envenenaron el debate público. Los algoritmos crearon burbujas de desinformación. El populismo explotó el resentimiento de los perdedores de la globalización. La democracia, ese experimento frágil, finalmente mostró su defecto fatal: confiar en el criterio de personas no preparadas para tomar decisiones complejas.

Esta explicación tiene la virtud de ser coherente y la desgracia de ser completamente insuficiente, porque trata el fenómeno como una anomalía, como un virus que infectó un sistema previamente sano, como si antes de Trump, antes de Zelenski, antes del desfile de bufones mediáticos que ocupan los más altos cargos, el poder hubiera estado en manos de mentes brillantes tomando decisiones racionales en favor del bien común, como si este fuera el desvío y no la consolidación de algo que llevaba décadas gestándose. La teoría de la manipulación de masas tiene un problema estructural. Asume que existe un votante ideal, racional, informado, que fue corrompido por fuerzas externas. Pero ese votante nunca existió. Nunca votamos por competencia técnica.

Siempre votamos por narrativa, por identidad, por el líder que nos hace sentir algo. Lo que cambió no fue el electorado, fue que el sistema dejó de necesitar disimular.

Antes, los actores del poder necesitaban mantener la ilusión de que la política importaba. Necesitaban líderes que al menos aparentaran entender economía, geopolítica, administración pública.

Hoy esa pantalla cayó y lo que quedó expuesto no es el caos. Es una máquina funcionando con perfecta eficiencia, pero sin conductor. Estos líderes no son errores del sistema, son el producto final, no son la enfermedad, son el síntoma de un cuerpo que ya aprendió a funcionar sin cerebro. Y la pregunta que deberíamos hacernos no es cómo detener la invasión de los incompetentes, sino por qué un sistema que se jacta de ser meritocrático, eficiente y racional los prefiere exactamente así: visibles, ruidosos y completamente prescindibles para las decisiones que realmente importan. Para entender por qué los prefiere así, necesitamos nombrar lo que está ocurriendo. Los griegos tenían una palabra para esto, caquistocracia, el gobierno de los peores, de los menos calificados, de aquellos cuya única virtud es no tener vergüenza suficiente para rechazar el cargo. Pero caquistocracia suena a decadencia, a colapso, a final de ciclo.

Y lo que estamos presenciando no es el final de nada, es la culminación de un diseño. El capitalismo financiero contemporáneo operó una escisión que pocos advierten. Separó la autoridad escénica del poder administrativo. El líder que aparece en la pantalla y el poder que toma las decisiones reales ya no son la misma entidad. El presidente gesticula, twitea, genera controversia, ocupa todos los titulares. Mientras tanto, la burocracia permanente, los bancos centrales, las corporaciones multinacionales, los fondos de inversión que controlan infraestructuras críticas operan en un silencio absoluto, sin cámaras, sin escrutinio, sin resistencia. El líder mediático funciona como un pararrayos. Atrae toda la electricidad de la indignación popular hacia su figura.

Las marchas, los hashtags, las columnas de opinión, los memes, los debates familiares, todo se consume discutiendo su último escándalo, su última declaración aberrante, su incompetencia evidente. Y mientras esa tormenta descarga su furia sobre él, la estructura de la casa permanece intacta.

Nadie está cuestionando quién redacta las leyes de desregulación financiera. Nadie está vigilando qué corporación acaba de comprar el sistema de agua potable de tu ciudad. Nadie está siguiendo el dinero. Guy Debord escribió en 1967 que, en la sociedad del espectáculo, todo lo que era vivido directamente se ha convertido en representación.

No estaba prediciendo el futuro, estaba describiendo el mecanismo que haría inevitable esta realidad. La política dejó de ser el ejercicio del poder y se convirtió en la representación del poder. El líder dejó de ser quien gobierna y se convirtió en quien aparenta gobernar. El voto dejó de ser un acto cívico y se convirtió en un acto de consumo de imagen. Por eso Trump y Zelenski no son anomalías, son la lógica llevada a su conclusión natural. Trump transformó la Casa Blanca en un plató de televisión porque entendió que eso era exactamente lo que se esperaba de él. No llegó a Washington para cambiar el sistema, llegó para ser su entertainer en jefe. Su función no era gobernar, era mantener el show. Cada tweet polémico, cada declaración escandalosa, cada controversia fabricada cumplía el mismo propósito. Mantener todas las miradas fijas en él, mientras detrás del escenario quienes realmente importaban hacían su trabajo sin interferencias. Desmontó regulaciones ambientales, firmó recortes fiscales para corporaciones, nombró jueces que alterarían leyes por décadas. Pero lo que el público recuerda son sus peleas con celebridades y sus errores ortográficos en redes sociales.

Zelenski es aún más revelador. Interpretaba a un profesor de historia que, harto de la corrupción política, se convertía en presidente de Ucrania en una serie de televisión llamada Servidor del Pueblo.

La serie tuvo tanto éxito que creó un partido político con el mismo nombre y ganó las elecciones. El pueblo no votó por un programa de gobierno; votó por la ficción, esperando que se hiciera realidad. Jean Baudrillard llamó a esto el simulacro, el momento en que la copia sustituye al original, en que la imagen importa más que la sustancia. Zelenski no fue elegido a pesar de ser actor. Fue elegido precisamente porque ya había interpretado el papel. La realidad política había muerto. Lo que quedó fue el casting. Pero aquí está la parte que incomoda: esto funciona. Funciona porque el sistema económico global ya no necesita líderes competentes. Necesita gestores de emociones colectivas.

Necesita a alguien que sepa leer un prompter, que genere engagement, que mantenga a la audiencia entretenida; mientras la economía sigue operando en piloto automático. Los bancos centrales ya tienen sus fórmulas. Las corporaciones ya tienen sus lobbies. Los tratados comerciales ya están negociados por tecnócratas que nunca aparecerán en un debate televisado. El presidente es la mascota del sistema, no su cerebro. Y lo más aterrador es que el mercado financiero no solo tolera esta dinámica, la prefiere. Un líder que gasta toda su energía política en guerras culturales y polémicas de redes sociales es un líder que no está interfiriendo con lo que realmente importa. La acumulación de capital.

Ladra mucho, muerde poco, o mejor dicho, ladra tanto que la audiencia no nota que ya no tiene dientes. La consecuencia de esta dinámica no es el caos, es algo peor, la normalización. Nos acostumbramos a que la política sea entretenimiento, a consumir noticias como quien consume una serie de televisión, esperando el próximo giro argumental, el próximo escándalo, la próxima temporada.

El electorado, entrenado por algoritmos que premian la novedad y el shock, ya no vota por programas de gobierno, vota por arcos narrativos, por el candidato que ofrece la historia más emocionante, no el plan más coherente. Esto ha reconfigurado por completo lo que significa ganar en política. Ya no ganas por tener las mejores ideas, ganas por tener la mejor presencia escénica, por saber cuándo gritar, cuándo susurrar. ¿Cuándo generar indignación y cuándo fingir empatía? La campaña electoral dejó de ser un debate de propuestas y se convirtió en una audición para protagonista de un drama colectivo. Y cuando el líder finalmente llega al poder, el guion sigue escribiéndose con la misma lógica. Cada decisión se mide por su impacto mediático, no por su efectividad administrativa.

Cada crisis se gestiona pensando en cómo se verá en los titulares, no en cómo se resolverá en la práctica. Gobernar se volvió indistinguible de actuar. Frente a esto emergen las soluciones de siempre. Necesitamos líderes más educados, dicen algunos. Debemos regular las redes sociales, proponen otros. La respuesta es más democracia directa, más participación ciudadana, insisten los optimistas.

Todas estas propuestas tienen algo en común: son completamente inútiles, no porque sean malintencionadas, sino porque no atacan la raíz. Puedes exigir que los candidatos tengan doctorados, pero, si el sistema sigue premiando la capacidad de generar titulares por encima de la capacidad de gobernar, solo conseguirás idiotas con diplomas. Puedes regular las redes sociales hasta el autoritarismo, pero, si la televisión, la radio y los periódicos ya llevan décadas convirtiendo la política en espectáculo, solo estarás cerrando una ventana mientras todas las puertas permanecen abiertas.

Puedes multiplicar los referendums y las consultas populares, pero, si el votante sigue consumiendo política como entretenimiento, solo estarás democratizando el circo, no desmontándolo. El problema no es quién está en el escenario, el problema es que exista un escenario. El problema no es que el actor sea malo, es que estemos buscando actores cuando necesitaríamos ingenieros. Y, sobre todo, el problema es que hemos dejado de preguntarnos si acaso necesitamos ese escenario, si el protagonista que tanto miramos tiene algún poder real o si lo que llamamos democracia no es más que el derecho a elegir qué máscara usará el siguiente decorado de un sistema que ya decidió hacia dónde va. Ahora podemos ver lo que estaba oculto a plena luz. La idiotez no es estupidez, es camuflaje. La incompetencia del líder no es un defecto que el sistema tolera, es una funcionalidad que el sistema necesita.

Porque un líder que parece ridículo desarma cualquier crítica seria antes de que llegue a las estructuras reales. Nos pasamos años riéndonos de los errores ortográficos de Trump, de sus exabruptos, de su estética de millonario de telenovela. Mientras tanto, ¿quién estaba revisando los contratos de reconstrucción? ¿Quién seguía el dinero de los rescates bancarios? ¿Quién vigilaba las leyes que permitieron la mayor transferencia de riqueza hacia arriba en décadas?

Nadie, porque estábamos ocupados compartiendo memes. La futilidad es la armadura perfecta para la impunidad. Cada escándalo del líder histriónico drena toda la energía crítica del público hacia su figura. Mientras nadie pregunta quién escribió la legislación que desreguló las finanzas, qué corporación privatizó un servicio público o dónde están las cuentas offshore de quienes realmente deciden, Zelenski llegó como el outsider que enfrentaría a las élites, pero los oligarcas que controlaban Ucrania antes de su elección siguieron controlándola después. Las mismas redes de poder, los mismos intereses. Solo cambió la cara en la pantalla, solo cambió el actor encargado de absorber la frustración popular mientras el guion permanecíai ntacto. El sistema no necesita líderes brillantes porque los líderes brillantes son peligrosos. Un estadista con visión real puede cuestionar el orden establecido, pero un comediante, un magnate de reality shows, un personaje que solo entiende de trending topics, es perfectamente inofensivo. No puede amenazar lo que no comprende, no puede desmantelar lo que ni siquiera sabe que existe. Por eso, el capitalismo financiero prefiere gobernantes que provengan del entretenimiento, no a pesar de su falta de experiencia política, sino exactamente gracias a ella. Su única función es mantener el espectáculo en marcha, absorber la insatisfacción colectiva y renovar cada 4 años la ilusión de que algo puede cambiar. El sistema no colocó a un payaso en el trono por equivocación: necesitaba un circo para que nadie notara que el trono en realidad está vacío. Entonces, ¿qué hacemos con esta revelación?

La primera respuesta instintiva es buscar un líder mejor, alguien más preparado, más honesto, más capaz. Pero ya vimos que esa solución no toca la raíz. El problema no es la calidad del actor, es la existencia del teatro. La alternativa real no es política en el sentido tradicional, es perceptiva. Es un cambio radical en donde colocamos nuestra atención, llamémoslo el asetismo de la atención; retirar deliberadamente nuestra mirada del escenario y dirigirla hacia los bastidores. Dejar de consumir política como si fuera entretenimiento. Dejar de reaccionar a cada declaración escandalosa, a cada tweet polémico, a cada controversia fabricada. Porque cada segundo que invertimos discutiendo al payaso es un segundo que no estamos vigilando quién está moviendo los hilos, quién financia realmente las campañas, qué corporaciones redactan los proyectos de ley que los legisladores solo firman.

¿Qué fondos de inversión controlan la infraestructura crítica de tu ciudad? ¿Quién se benefició del último rescate financiero? Esas preguntas no generan memes, no se vuelven virales, no alimentan el ciclo del espectáculo y precisamente por eso son las únicas que importan. La solución no es cambiar al líder, es dejar de mirarlo. Tal vez lo más revolucionario que podemos hacer en este momento no sea marchar ni votar diferente, ni compartir el próximo hashtag indignado. Tal vez sea algo mucho más simple y más difícil, negarnos a seguir el guion. Negarnos a consumir el escándalo del día, negarnos a alimentar con nuestra atención el único recurso que el espectáculo necesita para perpetuarse.

Porque, si hay algo que este sistema no soporta, es el silencio. Y nada aterra más al circo que una audiencia que se levanta y se va. Si este análisis cambió tu forma de ver el poder, si ahora puedes nombrar lo que antes solo sentías como malestar difuso, escribe en los comentarios.

Ya no miro el escenario. Es una marca de lucidez compartida, una forma de reconocernos entre quienes dejamos de aplaudir el circo para empezar a vigilar la caja fuerte.

Volvamos al inicio, pero con otros ojos. El mundo está dirigido por personas que, en cualquier otra profesión, habrían sido despedidas en su primera semana. Esa frase, que al principio sonaba como denuncia, ahora revela su verdadera naturaleza. No es una falla: es el diseño perfecto para un sistema que ya no necesita conductores, porque lo que llamamos incompetencia es, en realidad, la cualificación exacta para el cargo. El líder idiota no está ahí para tomar decisiones, está ahí para simular que alguien las está tomando. No está ahí para gobernar, está ahí para que creamos que todavía existe algo llamado gobierno. Su función no es dirigir la máquina, es distraernos del hecho de que la máquina ya no tiene volante. Esta es la orfandad política que mencionamos, ese terror existencial de descubrir que no hay ningún adulto en la sala. Pero ahora podemos reformular esa angustia. No es que no haya adultos, es que dejamos de necesitarlos.

El capitalismo financiero llegó a un punto de automatización tan completo que el liderazgo humano se volvió decorativo. Los algoritmos de trading mueven mercados. Los bancos centrales aplican fórmulas predeterminadas. Las corporaciones ejecutan planes estratégicos diseñados por consultoras que nadie eligió. El sistema opera en piloto automático, y el líder es simplemente la interfaz humana de un mecanismo que ya decidió su propio rumbo. Trump nunca tuvo el poder que aparentaba tener. Zelenski nunca controló lo que decía controlar, no porque fueran débiles, sino porque elpoder ya no reside donde solía residir.

igró, se dispersó, se volvió difuso, técnico, administrativo, se escondió en cláusulas de tratados comerciales, en decisiones de juntas directivas, en algoritmos que determinan qué ves, qué compras, qué piensas. Y aquí está la gran ironía. Mientras nos obsesionamos con el idiota en el trono, con su incompetencia evidente, con sus declaraciones absurdas, el verdadero poder celebra. Porque cada minuto que dedicamos a indignarnos por lo que el líder dijo, es un minuto que no dedicamos a cuestionar por qué las grandes corporaciones no pagan impuestos. ¿Por qué los salarios no crecen mientras las ganancias corporativas explotan? ¿Por qué cada crisis financiera termina con rescates para los bancos y austeridad para el resto? El idiota es el escudo perfecto.

Mientras exista, mientras ocupe la pantalla, mientras monopolice nuestra atención y nuestra rabia, el sistema real puede operar sin resistencia, sin cuestionamientos, sin amenaza de transformación, pero ahora lo sabemos. Y saber cambia todo, porque una vez que ves el mecanismo, no puedes dejar de verlo.

Una vez que entiendes que el escándalo del día es una cortina de humo, que ell íder ruidoso es una distracción funcional, que tu indignación está siendo administrada como un recurso más, ya no puedes participar del juego con la misma inocencia.

El poder no está donde nos dijeron que estaba. Y esa revelación, por más incómoda que sea, es también liberadora. Porque si el trono está vacío, si el líder es un decorado, entonces nuestra energía política no debería gastarse en cambiar la decoración, debería invertirse en desmantelar el teatro completo. ¿Has sentido esa transformación? ¿Ese momento en que dejas de discutir lo que dijo el político y empiezas a preguntar quién le escribió el discurso? Comparte en los comentarios en qué momento dejaste de mirar el escenario y empezaste a buscar los cables. Esas experiencias de despertar colectivo construyen el mapa que todos necesitamos. Hay una verdad que atraviesa todo lo que hemos analizado. Una verdad tan simple que resulta obscena.

El sistema no se equivocó al colocar a un payaso en el trono. El sistema necesitaba un circo para que nadie notara que el trono en realidad está vacío. Durante décadas nos vendieron la idea de que la democracia era el gobierno del pueblo, que nuestro voto importaba y quizás alguna vez fue verdad. Pero ese tiempo terminó. Lo que tenemos ahora es una simulación tan perfecta que nos cuesta aceptar que es simulación. Un teatro tan bien montado que seguimos comprando entradas, aunque ya sepamos que los actores no escriben el guion, que el decorado es cartón pintado, que la obra se representa para mantenernos en la butaca, mientras en otro edificio, sin cámaras ni audiencia, se toman las decisiones reales. El verdadero poder no necesita aplausos, necesita silencio, y nada genera más ruido que un idiota al mando. Mientras discutimos si el líder es fascista o incompetente, mientras compartimos indignados su última barbaridad, el sistema que lo colocó ahí sigue acumulando, concentrando, extrayendo, sin freno, sin oposición, sin que siquiera sepamos sus nombres, pero ahora tú lo sabes y eso te convierte en un problema para el espectáculo, porque el espectáculo solo funciona si la audiencia cree en él. El día que dejemos de aplaudir, el día que dejemos de consumir el escándalo del día, el día que dirijamos nuestra atención hacia donde realmente duele, el circo colapsa. Desaprender eso es un acto de resistencia. Negarse a seguir el guion, a consumir la indignación programada, a invertir energía emocional en peleas diseñadas para agotarnos es sabotear el único recurso que el sistema necesita: nuestra atención. Tal vez la revolución no sea tomar el poder. Tal vez sea dejar de mirarlo donde nos dijeron que estaba y empezar a buscarlo donde realmente opera. Tal vez sea entender que el enemigo no es el idiota en el trono, sino el mecanismo que hace que el trono no importe. Tal vez sea aprender a vivir sin esperar al líder correcto, al partido correcto, a la elección correcta. Asumir que, si queremos transformar algo, tendremos que hacerlo sin pedir permiso al espectáculo, porque el espectáculo nunca dará permiso para su propia abolición. Esta no es una conclusión, es una apertura, un punto de partida para mirar de otra forma, para dejar de ser audiencia y empezar a hacer otra cosa. Algo que se reconoce en la lucidez compartida de quienes ya no aplauden. El circo seguirá, pero no necesitas quedarte en la función.

Fuente: https://diariodelendriago.blogspot....

Ciudades, ruralidad y tecnología (I): El triunfo del modelo urbano

21 Diciembre 2025 at 00:00
Por: (tortuga)

Texto del libro de Pablo San José "El Ladrillo de Cristal. Estudio crítico de la sociedad occidental y de los esfuerzos para transformarla", de Editorial Revolussia.

Índice y ficha del libro


La existencia de la ciudad, como se ha venido explicando, se corresponde en todos los casos con un tipo de sociedad humana con poder concentrado, alta demografía y economía no directamente vinculada al medio. Requiere poblaciones sedentarias capaces de obtener alimentos y otros bienes que no se producen en la ciudad, ni por los habitantes de ésta. Tal cosa era así en su origen y lo sigue siendo exactamente igual hoy día. Más si cabe.

Las primeras ciudades están constatadas a finales del neolítico, un periodo que no tiene la misma cronología en todas partes. Surgen primero en Mesopotamia y en los valles fluviales del Indo y el Nilo (en otras fechas, aparecen también en China y América). Son, precisamente, el fruto de primitivas concentraciones humanas, por fusión entre tribus o clanes, o por simple crecimiento demográfico de éstos, y dan lugar a lo que se llama «civilizaciones». Nótese cómo esta palabra impone un cierto matiz de superioridad —de progreso— a la nueva organización sobre lo que había antes.

Una civilización es eso: un protoestado, un sistema humano con una autoridad política reconocida, con diferencias de tipo económico y social, con alta densidad poblacional y en permanente competencia con sociedades vecinas, a las que siempre está en la tensión y obligación de tratar de absorber, so pena de ser ella misma destruida. Podemos decir que la ciudad es característica imprescindible de este modelo, a sumar a las anteriores. Su centralidad en esta nueva forma organizativa supone la existencia de mecanismos de exacción, que aseguren el necesario flujo de mercancías desde la periferia hacia el centro del sistema, a fin de que éste pueda desarrollar una administración del territorio subordinado y mantener la dinámica de concentración, que es la que a su vez le permite expandirse. Por ello, en la antigüedad y el medioevo, suelen ubicarse en lugares de fácil defensa militar y rodearse de murallas.

La ciudad, hasta el advenimiento de la sociedad industrial y postindustrial, reunirá siempre a un porcentaje menor de la población total de los territorios sobre los que ejerce su influencia. A veces un porcentaje ínfimo. La razón resulta obvia, dado su carácter, en general, improductivo. Sin embargo, el hecho de ser sede del poder la mantendrá siempre en una posición de preeminencia sobre la población mayoritaria radicada en tierras no urbanas. Dicho poder —civil y religioso— se encargará de prestigiarla, de dotarla de un gran capital simbólico (1).

El nivel de la dominación de la ciudad sobre el agro fluctuará según épocas, llegando a ser asfixiante en sociedades de gran nivel de concentración, fuertemente burocratizadas y militarizadas, y más o menos liviano —incluso inexistente— en épocas de descomposición de los poderes estatales, nobiliarios, religiosos, etc. Se dan casos de asalto y saqueo de la ciudad por parte de gentes descontentas venidas del campo, pero no es frecuente que un episodio de este tipo logre la destrucción permanente de una ciudad; menos de una organización política afirmada sobre la centralidad urbana. Será una constante el hecho de que, a mayor poder concentrado, mayor cantidad de ciudades y de mayor tamaño. Y viceversa. Que se lleguen a dar —en la actualidad— sociedades con preeminencia demográfica urbana es signo indicativo de una altísima, nunca vista, concentración del poder. Justo lo contrario de lo que se presume. Ya se habló en una nota anterior del cómo la vida en la ciudad parece requerir, inexorablemente, una poderosa autoridad central que, entre otros, ejerza el monopolio de la violencia.

La ciudad, que no cabe comprender como un espacio físico de calles pavimentadas y grandes edificios, sino como una mera acumulación permanente de gente —esa es su característica definitoria—, en tanto sede de un poder que extiende sus tentáculos sobre un alfoz y aún más lejos, se diseñará para esa función. Ya hemos nombrado la cuestión del emplazamiento (2) y las murallas. En su interior, además, se implementa y organiza toda la impedimenta logística para la administración del territorio y la succión de recursos: almacenes, mercados, servicio de recaudación, oficios y productos estancados, fortalezas para los cuerpos armados, templos, tribunales, oficinas funcionariales... La autoridad nominal, civil o religiosa, o ambas cosas (económica en tiempos modernos), destacará su superioridad ejerciendo desde un edificio singular lo más fascinante posible. El tamaño y la altura sobreelevada será, por lo común, un dato importante para lograr ese objetivo.

En torno a la ciudad, las obligaciones que ésta exige y los servicios que presta, se irá galvanizando la población campesina de los alrededores, la cual se vinculará a ella, de forma más o menos estrecha, según factores de distancia kilométrica, barreras naturales y capacidad de la propia ciudad de extender su influencia. Todas estas cosas que comento son aplicables a cualquier época. La apariencia de las ciudades ha variado a lo largo del tiempo, pero su función apenas lo ha hecho.

En tiempos anteriores a la era industrial, el ejercicio del poder se encontraba con limitaciones hoy prácticamente desaparecidas. Muchos de los sistemas de control que hemos estudiado en el capítulo anterior, sin el auxilio de la moderna tecnología, solo eran de aplicación a la población inmediatamente congregada en torno al poder. En la ciudad. Extender el dominio sobre personas que residían lejos, a menudo en lugares poco y mal comunicados, y que tenían su propia economía, era todo un problema. Cuanto más lejos e inaccesible estaba el lugar en cuestión con respecto al centro de poder, más débil era el vínculo, concretándose en muchos casos en una cuestión simbólica de mero reconocimiento formal, y en el pago irregular de tributos en especie.

Aunque cabe interpretar la red jerárquica funcionarial que la Iglesia Católica (y luego otras iglesias) extendía por toda Europa como una forma de control mediante adoctrinamiento, era fundamentalmente la amenaza de la violencia la que mantenía la relación de sumisión hacia el poder central. Incluso en los casos en que, por lejanía o debilidad de la propia autoridad, el vínculo era más laxo. Precisamente, el estamento nobiliario desplegado en el entorno rural en la Edad Media y Moderna —cuyo extremo fue el régimen feudal— puede comprenderse también en esta clave: como una forma de sucursalizar el poder central monárquico, paliando así el problema de la distancia. El campo pagaba sus impuestos al señor, y éste al monarca, habitualmente bajo la forma de tropa armada cuando era requerida. La vecindad entre señor y campesinado, con la posibilidad de rápida respuesta violenta ante la insubordinación, aseguraba la fidelidad. La nobleza rural, además, hasta tiempos casi contemporáneos, se hacía cargo de la administración local de justicia.

Puede decirse que es una constante histórica la necesidad de todo poder central de controlar y administrar su territorio. En parte, de aquí arranca la dualidad entre campo y ciudad; una dicotomía que no sucederá sin tensión ni conflicto hasta que el mundo rural occidental sea definitivamente domeñado por el moderno estado burgués con ayuda de la tecnología industrial y mediante el despliegue masivo de las nuevas instituciones de castigo y vigilancia. Tras la conquista, como hizo Roma con Cartago, sucederá su definitivo desmantelamiento pasando a ser el mundo rural —ahora despoblado— un mero epígono de la civilización urbana.

Como se decía en capítulo anterior y se ha repetido aquí, el vínculo entre el campo y la ciudad es de carácter parasitario en favor de ésta última. Los trabajadores del campo habrán de multiplicar sus esfuerzos para obtener los excedentes que entregan a los improductivos habitantes de las ciudades, en forma de impuestos que recauda la autoridad, o de comercio en situación de desventaja. Si conversamos con algún pequeño o mediano agricultor o ganadero, constataremos fácilmente que tal cosa sigue sucediendo en la actualidad. Como contrapartida, los habitantes del mundo rural pueden contar con la ciudad como sitio en el que colocar —aunque sea a bajo precio— sus excedentes en momentos de abundancia. También es el lugar hacia el que enviar población excedentaria en momentos de crisis. En ciertos contextos, los habitantes del campo esperan de la ciudad socorro armado en caso de conflicto bélico o, simplemente, disuasión preventiva que les libre de una agresión. Aunque, como es sabido, las autoridades militares de toda época y lugar no están especialmente interesadas en la protección —ni aun en el respeto— de las zonas rurales, y sí en la defensa de las ciudades. En cualquier caso, como puede inferirse, el balance es netamente desfavorable para el agro.

El cambio histórico de modelo hacia un tipo de sociedad definido por la residencia masiva en ciudades se inicia en Occidente a principios del siglo XVII con las primeras enclosure acts inglesas. Es un proceso continuado, aunque de trayectoria irregular. La fluctuación suele estar relacionada con episodios concretos de crecimiento del tejido industrial y fuerte demanda de mano de obra para el mismo. Tal situación la podemos comprobar en el Manchester de finales del siglo XVIII como en un Elche o una Barcelona de 1970.

En el contexto postindustrial, con el sistema rural ya desmantelado, el lento vaciado de la población residual del campo tendrá que ver con la inviabilidad competitiva de su modelo económico primario —deslocalizado a otros lugares del planeta— y con ciertas desventajas a la hora de consumir y recibir servicios; es decir, con un menor grado de Estado de Bienestar. En el caso del llamado «éxodo rural español», un fuerte movimiento migratorio interno que despobló el agro entre 1950 y 1980, creo que puede atisbarse el interés del poder político-económico. Por una parte, el tardío impulso industrial español recibió la masa trabajadora que lo hizo inmediatamente competitivo. Por otra, se solucionó de un plumazo un problema que era secular para la autoridad: la difícil gobernabilidad del fragmentado medio rural y la situación socialmente explosiva a que daba lugar tradicionalmente un sistema agrario muy poblado, pero tecnológicamente poco desarrollado y con una fuerte entidad de la propiedad latifundista, sobre todo en la mitad sur del país. El cine popular del momento, como sabemos, de gran capacidad adoctrinadora, es fiel testigo de esta intención. A diferencia de los filmes de los años 30 y 40, que muestran una visión casi idealizada del mundo rural español, las películas de los años 60 y 70 tenderán a mostrarlo como un ámbito de paletos reaccionarios. Nada que ver en ese aspecto «Nobleza Baturra» (1935), de Florian Rey con, por ejemplo «Abuelo Made in Spain» (1969), de Pedro Lazaga, protagonizada por el gran Paco Martínez Soria (3).

A fines del siglo XX la cultura rural está prácticamente desaparecida en todo el primer mundo y el proceso ha concluido. Otra realidad se da todavía en los países y culturas no totalmente occidentalizadas, las cuales siguen siendo predominantemente rurales, aunque, mediante unas formas y otras, está en marcha el impulso que desaloja a las masas campesinas e indígenas de sus territorios y las obliga a instalarse en las ciudades. No en vano muchas de las mayores aglomeraciones urbanas del planeta se dan en el mundo empobrecido. Gigantescas ciudades, crecidas desordenadamente, que alojan ingentes grupos humanos en infraviviendas, a menudo autoconstruidas, que viven y malviven como pueden, rotos los vínculos con su base económica tradicional, tratando de «integrarse», mal que bien, en la peor versión de la cultura occidental-capitalista. En su día tuve la oportunidad de conocer personalmente tal realidad recorriendo algunos de los barrios más desfavorecidos de, entre otras, Bogotá, Medellín o Caracas, y comprobar el tipo de situaciones desarmónicas y socialmente conflictivas a las que da lugar este hecho.

En la actualidad, las sociedades primermundistas, de economía muy terciarizada, apenas conservan restos de vida rural mínimamente autónoma. La actividad agropecuaria, su tradicional base económica, en virtud del desarrollo tecnológico, precisa hoy una cantidad muy baja de mano de obra. Aunque sí onerosa maquinaria. Este hecho, añadido a, o retroalimentado por las dinámicas de concentración de propiedad productiva que, como hemos estudiado, son propias del moderno capitalismo, provocan la desaparición del minifundio y que la única economía posible en estos lugares, por causa de rentabilidad, sea el llamado agrobusiness, la gran explotación agrícola, de carácter semiindustrial, fuertemente maquinizada y dotada de gestión empresarial. La novela «Las Uvas de la Ira» (1939), de John Steinbeck, relata, fiel y dramáticamente, la transición entre el modelo de explotación familiar y el industrial, acaecida en EEUU en la década de 1930, y el daño social que causó.

A estas circunstancias hay que añadir la influencia de la globalización económica, la división internacional del trabajo, la deslocalización y la externalización; factores que han provocado que la producción de insumos vegetales y animales tienda a ubicarse en determinados países del Sur en los que el factor mano de obra supone un coste mínimo que, a pesar de la inversión en transporte, hace difícil la competitividad en el mismo sector para los productores del Norte. Éstos solo pueden mantener la actividad, como digo, mediante una fuerte maquinización y la aplicación de punteras tecnologías químicas y biológicas. Cuyos efectos sobre la salud humana y los ecosistemas están en entredicho, por cierto. Y a base de temporeros, habitualmente inmigrantes, a los que poder remunerar por debajo de todo umbral. Sin olvidar las subvenciones que reciben desde el poder político-económico, cuya causalidad es compleja. Sin posibilidad de base económica propia, las poblaciones mínimas que mantienen su residencia en un espacio rural no convertido directamente en el dormitorio o lugar vacacional de alguna capital, vivirán básicamente del propio estado; de sus pensiones de jubilación o, si están en edad de trabajar, atendiendo la red de servicios mínima que éste mantiene en el lugar (4). Red que tiende a enflaquecer, ya que no pocos de estos servicios (escuelas, estaciones de tren, atención sanitaria, geriátrica..., u otros de carácter privado como las oficinas bancarias o la asistencia religiosa) van siendo desmantelados, obligando a los usuarios a optar entre el traslado a la ciudad o la necesidad de recorrer grandes distancias cada vez que los precisan. También se vive indirectamente de la ciudad, mediante actividades relacionadas con el turismo (bares, alojamientos, ocio rural, venta de artesanía...) o el trabajo asalariado en instalaciones que, por su nocividad, han sido alejadas de la urbe.

Porque esa es otra. Hoy el campo es comprendido por la mayoritaria población urbana y, como no podía ser menos, por la autoridad y el poder económico, como un mero espacio, amplio y vacío, disponible para la satisfacción de los deseos e intereses de la ciudad. Un lugar sin entidad reconocible, casi sin realidad tangible, que solo recobra visibilidad cuando algún agente urbano pone su mirada en él. Por ejemplo, como ámbito en el que emprender algún tipo de negocio: sea una gran explotación agraria o ganadera industrial, una actividad minera, maderera o la obtención de agua para el abasto urbano. O como lugar alejado e intrascendente en el que ubicar instalaciones molestas y contaminantes: centrales de producción de energía eléctrica (en cualquiera de sus tipos), industrias especialmente agresivas, o vertederos, incluyendo los de residuos nucleares. La intrusión de la ciudad sobre el ámbito rural llega a su máximo cuando aquélla fagocita el campo, procediendo a «urbanizar» determinados espacios, a fin de construir pequeñas ciudades «dormitorio» o vacacionales. Ubicadas éstas últimas en espacios de alto valor paisajístico y natural que, así, degradan —destruyen en ocasiones, la costa alicantina verbigracia— como tal. Por lo demás, como digo, el espacio rural es solo un ámbito a no tener en cuenta, cuando no a hacerlo desaparecer como ominosa barrera que separa unas ciudades de otras. A tal efecto se trazan autovías que los automóviles recorren a toda prisa, aeropuertos desde los que «saltar» de unas a otras ciudades y líneas férreas «de alta velocidad», que unen sin apenas escalas las grandes capitales. Los pasajeros de estos modernos trenes —símbolos del progreso actual— que no viajan viendo la película o sumergiéndose en las ciberaplicaciones de su móvil o su tablet, apenas podrán alcanzar a contemplar un retazo del paisaje que transcurre atropelladamente tras el ventanal.

Así el mundo rural, despreciado hasta el olvido y agredido sin medida, acaba siendo un viejo traje lleno de remiendos, agujeros y descosidos. Los bosques se incendian y desforestan, los acuíferos se vacían, los valles se transforman en pantanos y los ríos en cloacas. Las planicies se antropizan desaforadamente a base de tendidos eléctricos, aerogeneradores, carreteras, vías férreas y monocultivos (a cuya tierra se arrojan ingentes cantidades de productos químicos, cuya inocuidad no está garantizada). Los sitios recónditos se llenan de basura, los cielos del ruido de los aviones. Los lugares bellos, las playas por ejemplo o los parques naturales, son masivamente ocupados por domingueros urbanos que, con ellos, arrastran todo el bullicio, frenesí y falta de respeto al entorno propio de la ciudad. O peor: hollados por urbanizaciones permanentes de chalets o apartamentos. Un campo de golf, una estación de esquí, un lago o una línea de costa, a menudo son el reclamo para su venta y ocupación. En una sociedad que todo mercantiliza y convierte en objeto de consumo, el territorio ha terminado por ser un bien más a rentabilizar.

El poder y buena parte de la ciudadanía aplaude este tipo de operaciones, las cuales comprende como «desarrollo», entelequia que define una forma de progreso en su faceta de oportunidad económica: posibilidad de lucro para unos y de empleo asalariado para otros. El exceso de producción y consumo y el tipo de vida crecientemente artificioso ha generado un problema medioambiental inédito en la historia. Tanto por agotamiento de recursos y espacios, como por polución de distintos tipos. Los expertos debaten sobre el alcance de la cuestión y los distintos puntos de ruptura a los que está abocado el planeta y su población si no se actúa sobre las tendencias. Y, aunque hay personas con conciencia ecologista, movimientos organizados, y cierta preocupación entre las élites gobernantes, por lo que parece, lo que prima es aplazar el problema; mirar hacia otro lado. Por una parte, hay demasiados intereses económicos en juego. Por la otra, el grueso de la población occidental está mucho más interesada en aprovechar las ventajas prácticas que hoy les proporciona el consumo que en medir, desde una visión ética, tanto la repercusión social que dicho consumo genera en el mundo empobrecido, como la situación medioambiental que legarán a sus hijos y nietos. Que nada estropee la fiesta. Y si la mierda llega a los ojos, la tecnología, uno de los nuevos dioses, proveerá.

La distancia o desafección con que el actual urbanita occidental contempla la vida en el campo, además de lo dicho, obedece a perspectivas ciertamente objetivas. Comparando la cosmovisión y tipo de vida urbana de hoy con lo que fue la forma pretérita de habitar el campo y los vestigios no demasiado contaminados que aún perduran de ella, las diferencias saltan a la vista. Y son de gran magnitud. Por poner un ejemplo, me llamó la atención la polémica, de varios años de duración, en torno al festejo de «El Toro de la Vega», de Tordesillas, Valladolid. Tordesillas es un pueblo grande, obviamente contemporáneo y partícipe de no pocos de los elementos que definen hoy una ciudad. Sin embargo conserva, como los núcleos castellanoleoneses de semejante tamaño y economía, algunos rasgos rurales. En Tordesillas venía siendo ancestralmente tradicional una competición anual consistente en alancear y dar muerte a un toro. Se podría abundar mucho en las implicaciones éticas y antropológicas del asunto y en los condicionantes diversos de su contemporánea oposición desde otra sensibilidad o cultura. Pero lo que yo deseo resaltar aquí es el choque de visiones. Los habitantes de esta localidad vallisoletana, que inteligían estar manteniendo viva la tradición de sus mayores, representada en una justa entre el hombre y el animal totem —el toro— comprendida, con todos los peros que se quieran, como símbolo de nobleza y no como ocasión para el sadismo, hubieron de contemplar, año tras año, cómo nutridos grupos de jóvenes urbanos, allegados desde lejos en autobuses, venían a decirles a ellos, a quienes no se les hubiera ocurrido ir a una gran ciudad a decir a sus habitantes lo que era justo y moral hacer o no, que eran unos garrulos y unos asesinos. Por no querer dejar morir su tradición, su identidad cultural. Finalmente, la autoridad política radicada en la capital, la misma (o su sucursal) que vende proyectiles a dictaduras en guerra, y que permite la importación de manufacturas elaboradas en condiciones de esclavitud, prohibió —por cruel— el festejo. Este y otros muchos pequeños ejemplos que pudieran añadirse describen bien la brecha existente entre las cosmovisiones de ambos mundos.

Los actuales moradores de las ciudades desconfían de la ruralidad, en la que intuyen espacios desconocidos fuera de su zona de confort. A su vez la desprecian asumiendo el mito ya expuesto de que las agrarias son sociedades primitivas, precarias, cerradas, integradas por población ignorante y reaccionaria. En este último aspecto —el carácter reaccionario o, simplemente, conservador— hay cierta verdad. En la ciudad los cambios se suceden más rápido; en el mundo rural —que era más cohesionado— no solía darse necesidad, ni motivo, para cambiar demasiadas cosas, ni para hacerlo con prisas. La relación social y económica en las ciudades es mucho más compleja que en el mundo rural, pero sus datos concretos tienden a ser de menor trascendencia. Es decir, la mayoría de esas cuestiones pueden evolucionar sin que ello suponga quebrantos en la situación de la colectividad y de los individuos, ya que nadie tiene circunstancias vitales con raíces especialmente profundas y todo el mundo puede adaptarse a, por ejemplo, un cambio de actividad laboral o de residencia. En el campo, los datos que definen la sociedad son cuantitativamente menores (a muchos urbanitas por ello les resulta asfixiante esa vida), pero son mucho más profundos y cualquier cambio de importancia puede alterar el equilibrio general y generar problemas (véanse fenómenos migratorios y despoblación, por ejemplo, o fenómenos de drogadicción masiva si nos vamos a sociedades indígenas en otros continentes). No ha de extrañar que la población rural recele, también por su parte, del mundo urbano, del cual entiende que proceden todos los males que no vienen del cielo. Por ello, el agro en Europa fue tradicionalmente un bastión de reacción frente a la revolución ilustrada-liberal, y la historia del socialismo, con pocas excepciones, pasó de largo por él. Hoy, siguiendo esa costumbre, las poblaciones que aún mantienen rasgos de vida rural, llegado el momento electoral, tenderán a votar al partido que les parezca que menos cambios en general va a propiciar. En Elche, por ejemplo, a diferencia de lo que ocurre en la ciudad, el Partido Popular suele vencer ampliamente en cada comicio en las partidas rurales, a pesar de que una de sus políticas principales (no confesa) es la erradicación de la lengua valenciana, de uso aún mayoritario en dichas partidas.

No quisiera idealizar el mundo rural, como tampoco a las sociedades sin estado. Es obvio que todo tiene sus pros y sus contras dependiendo del criterio concreto de observación que se aplica. Decía Pasolini, por ejemplo, en la obra que ya hemos citado: «Este ilimitado mundo campesino prenacional y preindustrial, que sobrevivió hasta hace unos pocos años, es lo que añoro (…) Los hombres de ese universo no vivían en una edad de oro (…) Vivían en (…) la edad del pan: eran consumidores de bienes de primerísima necesidad. Lo cual, quizás, hacía que su vida pobre y precaria fuera de primerísima necesidad. Mientras que los bienes superfluos tornan superflua la vida.» Y como, de alguna forma, yo también soy, lo reconozco, un desafecto, un remiso con respecto al tipo de sociedad urbana en la que he nacido y vivido, no quisiera dejar de señalar algunas diferencias que me resultan significativas entre ambos modelos.

Como he venido reseñando, es característico del mundo rural un tipo de relación afirmada en el parentesco y en el común (ésto último tiene importantes diferencias de concreción según lugares y momentos), un acontecer de la vida a ritmo comparativamente lento y la fidelidad a las propias tradiciones. La vida en la ciudad, por su parte, supone predominio de la dimensión individual, mayores factores de movilidad, ritmos más dinámicos y centralidad del progreso en sus vertientes material e ideológica. Puede decirse que el modelo de vida «urbanita» se ha ido sofisticando, con ayuda de la técnica, y, en buena medida, en virtud de los esfuerzos del poder «jardinero», el cual ha ido modelando poco a poco el tipo de sociedad que más conviene a su interés.

A medida que los motores de combustión y eléctricos y, en general, los productos de carácter industrial han proliferado hasta convertirse en tan abundantes como imprescindibles, la vida en la ciudad ha ido alejándose de cualquier vínculo con la naturaleza. Ésta última ha quedado restringida a los parques, una especie de isla rodeada de asfalto y pavimento, una reserva india de vegetales gestionada artificialmente. Hay ciudades que apenas si cuentan con alguna «zona verde». Las hay que ponen suelo a los parques para que nadie resbale o tropiece y revisten de goma sintética la zona donde juegan los niños. Que la tierra no manche su ropa. También hay urbes perfectamente divorciadas del cielo en las que es imposible ver estrella alguna por la noche y en las que, en los casos extremos, a la luz del día solo se percibe el gris de la boina de esmog. En realidad tal circunstancia, más allá de las implicaciones que tiene para la salud pública, importa poco o a pocos. El ciclo noche/día es relativo en la ciudad. Hay gente que trabaja de noche y duerme de día, o lo hace a turnos irregulares. El ocio de masas sucede en su mayoría por la noche y viene a durar «hasta que salga el sol». Como si fuera una gigantesca cueva, en una ciudad no resulta demasiado trascendente, en términos prácticos, que sea día o noche, que llueva o que haga sol.

Existen hoy varias generaciones de personas que han nacido y vivido en una ciudad sin apenas experiencia directa de lo que es la naturaleza silvestre o el mundo rural. Gente que se siente incómoda si no está pisando asfalto (salvo la playa, espacio asumido a la ciudad, antropizándolo y dotándolo de todo tipo de normas y medidas de seguridad e higiene). Hay personas que desarrollan fobias, más y menos diagnosticadas, a todo lo que sea alejarse del ámbito urbano. En mi propio entorno lo puedo comprobar cuando soy visitado en la pequeña casa de campo donde vivo a escasos veinte minutos de la ciudad: niños sobreexcitados que, por su carácter no artificial, sólo ven en el campo objetos que pueden romper a su gusto y animales que perseguir. Adultos incómodos y aburridos, deseosos de volver a la ciudad, pendientes de la pantalla de su móvil, al tiempo que ignorantes de los estímulos que les ofrece el lugar. Hay quienes evitan descender de las zonas pavimentadas, quienes tienen ciertos miedos a «bichos» y plantas, quienes no se hallan con «tanto» silencio y tratan de poner música, quienes, antes de acudir, preguntan por las posibilidades de «ir al baño», el estado del camino para acceder —no se vaya a averiar o ensuciar su automóvil— o se informan de la previsión meteorológica. He sido testigo del caso de quien, rechazando otro tipo de posibilidades, fue a dormir la siesta a su propio vehículo estacionado, con el motor en marcha y el aire acondicionado conectado. Obviamente, no todo el mundo es así y la mayoría de los visitantes disfrutan del sitio y de la oportunidad de variación que les ofrece. Pero son ejemplos para ilustrar la distancia de que hablaba arriba.

Notas

1- «El simbolismo arquitectónico del centro puede formularse así: (…) b/ todo templo o palacio —y, por extensión, toda ciudad sagrada o residencia real— es una montaña sagrada, debido a lo cual se transforma en centro; c/ siendo un Axis Mundi, la ciudad o el templo sagrado es considerado como punto de encuentro del cielo con la tierra y el infierno.» Mircea Eliade, «El mito del eterno retorno».

2- No solo se elige un lugar en relación a la defensa militar; también se procuran lugares fácilmente abastecibles, salubres, climáticamente resguardados, próximos a rutas convenientes, a fronteras en las que está puesta la mirada, etc.

3- Recuerdo los tebeos de mi infancia y adolescencia. Especialmente las historietas de Mortadelo y Filemón, del incomparable Francisco Ibáñez. Cómo el mundo rural, cada vez que aparece en el guión, adopta la forma de una feroz caricatura de paisanos incultos, zafios y brutales. Otro botón de muestra de la visión que la cultura popular de la época proponía del tema, es el humorista Fernando Esteso y sus inefables temas musicales «La Ramona» (no dejen de ver el vídeo en internet) o «El zurriagazo».

4- Una de las causas, si no la principal, de la plaga de incendios forestales que cada verano asola el noroeste peninsular tiene que ver con esta cuestión. Acabada la temporada estival, en la que mucha de la población activa de los pequeños municipios rurales vive del turismo y de los veraneantes (y del trabajo en las brigadas de extinción de incendios), en invierno una fuente de empleo principal es la contratación estacional de personal para la limpieza y reforestación de bosque incendiado. Creo que la relación entre ambas cosas es obvia y no requiere mayor explicación. He constatado personalmente que en la provincia de León (imagino que pasará igual en la de Ourense y en la de Zamora) hay pequeños municipios de estas características cuyo bosque arde, literalmente, cada año. Por su parte, en la zona de Asturias y Cantabria vienen sucediendo «extrañas» plagas de incendios en época otoñal, coincidiendo con algún momento meteorológico concreto de sequedad. En este caso la cuestión parece tener que ver con ciertas políticas de la Unión Europea. Europa subvenciona a los ganaderos con un fijo por hectárea de pasto, la cual ha de estar limpia de arbolado o matorral. Los beneficiarios reparten la subvención según el número de cabezas que posean. El móvil de la quema es también más que evidente.

Entender la autodisolución del PKK

12 Diciembre 2025 at 00:00
Por: (tortuga)

Por Rojava Azadî Madrid

¿Qué significa para Oriente Medio?

El 12 de mayo de 2025, el Partido de los Trabajadores del Kurdistán (Partiya Karkerên Kurdistanê, PKK) anunció su disolución tras más de cuatro décadas de lucha armada contra el Gobierno turco. Esto se produjo tras el llamamiento del líder encarcelado del PKK, Abdullah Öcalan, para que se disolviera la organización. El 11 de julio, los combatientes del PKK participaron en una ceremonia que simbolizaba el desarme. ¿Qué significará esto para los movimientos kurdos de liberación y para Oriente Medio en general?

En el siguiente análisis, una militante feminista kurda se basa en más de diez años de compromiso político y de investigación con el movimiento de liberación kurdo para explorar estas cuestiones. Criada en Irán y afincada en la diáspora kurda, la autora, Soma.r, ha estado en estrecho contacto con las mujeres participantes y sigue vinculada activamente al movimiento.

Introducción

Un grupo de combatientes del PKK se desarmó simbólicamente el 11 de julio de 2025 en la cueva de Jasana, situada en la región autónoma kurda de Irak. El lugar tiene un profundo significado histórico y político: en 1923 sirvió de refugio y base de mando durante los ataques coloniales británicos. Ese mismo año, la cueva de Jasana se convirtió en un lugar clandestino para la impresión de Bangî Haq («Llamada a la verdad»), el primer periódico revolucionario kurdo, fundado por el periodista Ahmad Khwaja. Este acto entrelazó la resistencia anticolonial, la lucha política y el periodismo clandestino.

Un siglo después, el acto de desarmarse aquí no es una rendición, sino una declaración política que resuena a través de las capas del tiempo. Traza una línea entre el pasado y el presente, invocando la memoria como estrategia. Al elegir Jasana, los combatientes nos recuerdan que las revoluciones pueden cambiar de forma, pero sus raíces son profundas. Donde el imperio buscaba el silencio, las voces kurdas imprimían la verdad. Donde ahora se deponen las armas, pueden surgir nuevas luchas, arraigadas en la misma tierra, pero moldeadas por nuevos imaginarios.

Este acto cobra mayor relevancia a la luz de los acontecimientos recientes. Solo dos días antes, Abdullah Öcalan, el legendario líder del PKK, reapareció en un mensaje de vídeo —el primero desde 1999— en el que pedía el fin de la lucha armada e instaba a un cambio definitivo hacia la política democrática. Este momento invita no solo a la conmemoración, sino también a la interpretación: ¿cómo lleva a cabo un movimiento guerrillero, que en su día fue sinónimo de resistencia armada, una transformación política a través de actos simbólicos?

Para comprender la autodisolución del Partido de los Trabajadores de Kurdistán (PKK), debemos tener en cuenta la amplitud de su base social, que abarca a decenas de millones de personas. Desde el encarcelamiento de Öcalan en 1999, el movimiento kurdo en Turquía ha crecido más allá de sus orígenes guerrilleros hasta convertirse en un complejo proyecto político arraigado en diversos grupos urbanos y rurales, seculares y religiosos, kurdos y no kurdos, aunque el proletariado sigue siendo fundamental. Ahora opera a través de una estructura híbrida que combina un brazo armado en Qandil con una amplia red civil que incluye sindicatos, municipios, partidos legales, organizaciones de mujeres, medios de comunicación y plataformas de solidaridad transnacionales. Su praxis política es a la vez territorial y transnacional, legal y clandestina, militarizada y profundamente social. Entre los cambios más transformadores se encuentra el auge del movimiento de liberación de las mujeres kurdas (KWLM), que ha reposicionado la emancipación de género como un núcleo tanto simbólico como estratégico. En todas las cartas de Öcalan, el proyecto Rojava y el papel cada vez más importante del KWLM se defienden sistemáticamente como los logros contemporáneos más significativos del PKK.

En un acontecimiento significativo para el panorama político kurdo, el PKK anunció su disolución tras su XII Congreso. Esta decisión se tomó tras una serie de diálogos iniciados en octubre de 2024, en los que participó Abdullah Öcalan (a través de su sobrino y la delegación del Partido de la Igualdad y la Democracia de los Pueblos, DEM) y que fueron impulsados por las declaraciones del líder del Partido del Movimiento Nacionalista (Milliyetçi Hareket Partisi, MHP), Devlet Bahçeli, un partido político ultranacionalista de extrema derecha de Turquía. Öcalan hizo hincapié en la necesidad de pasar de la lucha armada a la política democrática en la cuestión kurda, afirmando que tenía la capacidad de liderar este cambio si las condiciones lo permitían.

En respuesta, el PKK inició consultas internas y expresó su disposición a convocar un congreso bajo la dirección de Öcalan. El 27 de febrero de 2025, Öcalan emitió un llamamiento formal a la paz y a una sociedad democrática, instando al PKK a poner fin a sus actividades armadas y a asumir la responsabilidad de lograr una resolución pacífica. En respuesta, el PKK declaró un alto el fuego unilateral el 1 de marzo. A esto le siguió el XII Congreso de la organización, en el que los dirigentes del PKK y del Partido de las Mujeres Libres del Kurdistán (PAJK) adoptaron formalmente la decisión de disolver el PKK y poner fin a su campaña armada.[1]

La visión estratégica de Öcalan se desarrolló más ampliamente en el número de mayo de 2025 (n.º 521) de Serxwebûn, la publicación mensual oficial del PKK. Este último número incluía el documento completo de 20 páginas que Öcalan había presentado al Congreso, junto con una carta de cuatro puntos dirigida a los delegados, en la que se esbozaba el marco político para la transición a una fase pacífica y democrática del movimiento kurdo. Al anunciar el fin de sus 44 años ininterrumpidos de historia, la revista declaró: «Todo está listo para un nuevo y más sólido comienzo».

En su carta del 27 de abril, Abdullah Öcalan esboza una visión transformadora para la era posterior al PKK centrada en la nacionalidad democrática, la economía ecológica y comunal y la modernidad democrática como alternativa tanto al Estado nación capitalista como al socialismo real. Propone la sociedad democrática como programa político de la nueva era, que no pretende capturar el Estado, sino crear estructuras autónomas y de base como las comunas. En este marco, conceptos como socialismo democrático, comunalismo y confederalismo regional cobran importancia tanto para la liberación kurda como para una transformación regional más amplia. Öcalan lo denomina una nueva forma de internacionalismo e insta a todos los actores a asumir la responsabilidad de materializarlo, sugiriendo que el éxito en Kurdistán podría tener un efecto dominó en Turquía, Siria, Irak e Irán. [2]

Los textos de este número, que incluyen discursos, resoluciones y documentos del congreso, reflejan un intento de reconfigurar el horizonte estratégico del movimiento.

El reciente llamamiento de Öcalan a la disolución no carece de precedentes, ya que el PKK ha oscilado durante mucho tiempo entre la lucha armada y la negociación. Sin embargo, este momento señala un cambio ideológico más profundo: desde 2004, el movimiento se ha reestructurado en torno al «confederalismo democrático» a través de la Unión de Comunidades Democráticas del Kurdistán (KCK), un marco global que incluye al PKK, pero que brilla por su ausencia en el actual plan de disolución.

El significado de «disolución» sigue siendo muy ambiguo. ¿Significa el fin del PKK, un simple cambio de imagen o un cambio táctico dentro de un arco más largo de adaptación política? Más críticamente, ¿qué significa el desmantelamiento de una estructura que históricamente ha difuminado la resistencia armada y la movilización popular para las luchas anticolonialistas y contra el Estado en la región?

Incluso dentro del PKK, las interpretaciones varían. Zagros Hiwa, portavoz de Relaciones Exteriores de la KCK, declaró en Sterk TV que las resoluciones piden el fin del conflicto armado —no el desarme— y cuestionó la viabilidad de esto, dada la proximidad de 100 metros entre los soldados turcos y los guerrilleros. Otros no están de acuerdo. Amir Karimi, de la rama del PKK en Irán-Kurdistán, afirmó: «Quienes más han luchado y soportado tienen el mayor derecho a hablar de paz». Por su parte, el presidente del Parlamento turco, Numan Kurtulmuş, enmarcó el proceso como parte de un esfuerzo nacional para resistir la fragmentación imperialista:

La decisión del PKK de participar en el desarme pone de manifiesto contradicciones internas. A pesar de estar encarcelado desde 1999, Öcalan sigue siendo la autoridad indiscutible del movimiento, centralizando la toma de decisiones en una estructura vertical que suprime el pluralismo interno. Su reciente declaración «Puedo decir que los opositores al proceso no tienen ningún valor. Fracasarán» resume un modelo en el que la autoridad carismática eclipsa la deliberación colectiva, generando una crisis de legitimidad en la que se espera que los combatientes y activistas sigan directrices impuestas desde arriba sin mecanismos de toma de decisiones participativa. Esta centralización reproduce una base militante despolitizada y sofoca la democratización interna necesaria para una transformación genuina.

«Irak y Siria se han fragmentado, el Líbano se ha vuelto ingobernable. Libia, Sudán y Somalia se han dividido. Estos países se han convertido en campos de batalla alimentados por divisiones tribales, étnicas y religiosas, y algunos han sido desmantelados por organizaciones terroristas. Podríamos haber esperado pasivamente, como una «vaca amarilla», a que llegara nuestro turno de ser destrozados, o los turcos, los kurdos y todos los demás podríamos unirnos para derrotar esta agenda imperialista. Hemos elegido el segundo camino y estamos comprometidos a avanzar juntos».

Como era de esperar, este llamamiento ha generado división, incertidumbre y un amplio espectro de respuestas entre los activistas kurdos. Aquí desentrañaremos estas cuestiones analizando la evolución histórica del PKK en relación con los procesos de paz, y exploraremos las implicaciones más amplias de su disolución para los movimientos contemporáneos anticapitalistas, anticolonialistas y contra el Estado.

Comenzaremos con una breve descripción general de cómo surgió la violencia revolucionaria a través de la lucha armada en el movimiento kurdo, y cómo esta trayectoria se entrelazó con una serie de iniciativas de paz fallidas que a menudo reproducían nuevos ciclos de guerra. A continuación, pasaremos a la pregunta central: ¿por qué el PKK ha persiguido el desarme unilateral?

Examinaremos su decisión en relación con los cambios en la dinámica política a nivel regional, nacional y mundial. Por último, reflexionaremos sobre lo que está en juego, las incertidumbres y los cálculos estratégicos que rodean esta medida, y concluiremos con una lectura de género que pone de relieve el papel del movimiento de liberación de las mujeres kurdas en la configuración tanto de los límites como de las posibilidades de este proceso.

En segundo lugar, se prevé que el Parlamento turco establezca un organismo denominado provisionalmente «Comisión para la Paz Social y la Transición Democrática», encargado de formular un marco jurídico e institucional para apoyar el desarme y reformas democráticas más amplias.

Aunque estas iniciativas pueden desarrollarse inicialmente a una escala limitada y simbólica, sus defensores las consideran indicadores de la voluntad mutua de avanzar en el proceso de paz. No obstante, experiencias pasadas, como el envío de tres grupos de guerrilleros al Estado turco entre 2000 y 2007, ponen de relieve la persistente vulnerabilidad de tales esfuerzos ante las políticas represivas del Estado y la duradera desconfianza estructural que sigue obstaculizando una resolución duradera. Ni los guerrilleros y guerrilleras, ni los y las dirigentes del PKK parecen ser ingenuas respecto a los riesgos que ello conlleva. Parecen abordar el proceso con cautela estratégica y previsión política, conservando deliberadamente la opción de volver a la lucha armada si fuera necesario. Como declaró Bese Hozat [5], copresidenta del Consejo Ejecutivo del KCK, en una entrevista tras el desarme simbólico de 30 guerrilleros en el Kurdistán iraquí en julio:

El calvario kurdo de la violencia estatal y la apatridia

Como declaró el PKK el 12 de mayo de 2025:

El PKK nació como un movimiento de liberación contra la política de negación del pueblo kurdo consagrada en el Tratado de Lausana y la Constitución turca de 1924.

De ser una «nación» imperial reconocida, los kurdos pasaron a ser «minorías étnicas» en Estados que los reprimieron, asimilaron y borraron. A pesar de ser casi 40 millones —el 20 % de la población de Turquía—, los kurdos siguen siendo el pueblo apátrida más grande del mundo, excluido del reconocimiento político y cultural.

La represión estatal ha adoptado a menudo formas genocidas: la campaña Anfal de Irak (1987-1988) mató a 180.000 kurdos; las políticas de desnacionalización de Siria en la década de 1960 dejaron a decenas de miles de personas apátridas; Irán enmarca los ataques militares contra las regiones kurdas como «yihad»; y Turquía prohibió durante mucho tiempo las palabras «kurdo» y «Kurdistán», etiquetando a los kurdos como «turcos de las montañas». Solo la guerra entre el PKK y el ejército turco se ha cobrado más de 40.000 vidas, en un contexto más amplio de conflictos kurdos que han matado a más de 250.000 personas desde la década de 1960.

La República Turca se construyó sobre el genocidio de los armenios y la negación de la identidad kurda, lo que sirvió para imponer un proyecto nacionalista homogeneizador. El PKK surgió en la década de 1970 como respuesta directa a este régimen excluyente. Su oposición no fue solo militar, sino también cultural y política, como simboliza el juramento parlamentario de Leyla Zana en 1991 («Hago este juramento por la fraternidad de los pueblos turco y kurdo»), en kurdo, por el que cumplió diez años de prisión.

Hoy en día, el imperialismo turco combina el colonialismo interno con la expansión neoimperialista regional. Desde 2016, Ankara ha desplegado milicias islamistas proxy (como el «Ejército Nacional Sirio» (SNA)) en todo el norte de Siria (Afrin, al-Bab, Azaz, Jarablus, Idlib). Estas milicias permiten a Turquía externalizar la guerra mientras promueve una agenda neo-otomana de arabización forzada, islamización e ingeniería demográfica. Las promesas de salarios de hasta 2.500 dólares atraen a jóvenes que sobreviven con apenas unas decenas de dólares, convirtiendo la guerra en un empleo precario.

Desde 2015, Turquía ha lanzado sucesivas operaciones —Escudo del Éufrates, Rama de Olivo, Primavera de Paz— ocupando zonas kurdas, desplazando a la población y permitiendo el saqueo, la violencia masiva y la reingeniería étnico-política. Los ataques aéreos en Irak contra Qandil y Sinjar se han intensificado, sin apenas respuesta internacional. Este modelo de guerra —privatizado, precario y transnacional— se ha extendido a Libia (2019-2020), Azerbaiyán (2020), Yemen, Níger y Pakistán. Redes paramilitares vinculadas a la inteligencia turca, como la Brigada Sultán Murad, operan desde pueblos kurdos como Sinara, cerca de Afrin.

El alcance de Turquía también es extraterritorial: en Europa, los activistas kurdos son vigilados, extraditados o asesinados. Los asesinatos de figuras feministas clave como Sakine Cansız (París), Hevrîn Xelef (Siria) y Nagihan Akarsel (Irak) reflejan una estrategia de género para decapitar el liderazgo revolucionario y sofocar la articulación feminista transnacional. El imperialismo turco fusiona la milicianización islamista, las economías de guerra transnacionales y las soberanías fragmentadas, produciendo una violencia desregulada en la que la lógica del mercado prevalece sobre los intereses del Estado.

Esta violencia extraterritorial no es una extensión aislada del poder estatal, sino un mecanismo central de una agenda geopolítica más amplia. Esta proyección agresiva de la fuerza no es meramente oportunista, sino que forma parte de un proyecto neootomano y neocolonial más amplio destinado a reafirmar la influencia turca en sus antiguos territorios imperiales. Un elemento central de esta visión es la integración de la geografía y los recursos de Kurdistán en la arquitectura emergente del comercio mundial, en particular a través del Corredor Medio, que se analiza más adelante.

Sin embargo, esta violencia ha generado una resistencia igualmente transnacional. El PKK ha politizado la cuestión kurda, transformando a una población apátrida en un sujeto político organizado. Liderado en gran parte por mujeres, su proyecto sigue siendo una de las pocas visiones revolucionarias contemporáneas centradas en la justicia social, el pluralismo y las críticas radicales al poder. Frente a los izquierdismos estatistas, campistas o nacionalistas, predominantemente moldeados por paradigmas verticales, militaristas y masculinistas, el movimiento kurdo —especialmente su dimensión feminista— desplaza lo político de los paradigmas centrados en el Estado a formas encarnadas, localizadas y solidarias. Su lema, Jin, Jiyan, Azadî («Mujer, Vida, Libertad»), forjado en décadas de lucha subalterna, se convirtió en un grito global durante el levantamiento iraní de 2022.

Pero esta resistencia fue posible gracias a la lucha armada. Y eso plantea la pregunta clave: ¿qué será del horizonte revolucionario kurdo con la anunciada disolución del PKK?

La paz como máscara de la guerra: la traición recurrente al movimiento kurdo

El repetido colapso de los procesos de paz en Kurdistán no revela una falta de compromiso por parte del pueblo kurdo, sino la negativa arraigada de los Estados de la región a reconocer los derechos kurdos. En Irán, las conversaciones de Viena de 1989 terminaron con el asesinato del líder kurdo Abdul Rahman Ghassemlou y sus colegas, un acto que se repitió con el asesinato de su sucesor, Sadegh Sharafkandi, en Berlín en 1992. En Irak, el incumplimiento por parte de Bagdad del Acuerdo de Autonomía de 1970 condujo a la campaña genocida Anfal.

Turquía ha seguido una trayectoria similar. Mientras que el movimiento kurdo ha buscado constantemente el diálogo, la política del Estado turco oscila entre gestos de paz efímeros y una represión sistemática. La iniciativa del presidente Özal a principios de la década de 1990 murió con él, y la década siguiente fue testigo de una violencia estatal masiva, que incluyó torturas, desplazamientos forzados y borrado cultural. La captura de Abdullah Öcalan en 1999 marcó un cambio: él pidió un alto el fuego y la disolución del PKK. Sin embargo, la respuesta punitiva del Estado no hizo más que profundizar la desconfianza kurda.

A pesar de la represión, el movimiento kurdo se transformó. En 2004 surgió el confederalismo democrático, que rechazaba el nacionalismo en favor del pluralismo de base. La resistencia armada continuó junto con las estrategias político-legales, que culminaron en los avances electorales del Partido Democrático Popular (Halkların Demokratik Partisi, HDP). Pero los esfuerzos de paz, incluidas las conversaciones de Oslo (2008-2011) [3] y el Proceso de İmralı (2013-2015), fueron saboteados por el Estado. En primer lugar, la filtración de las negociaciones provocó una reacción nacionalista en 2009; más tarde, en 2015, el presidente turco Recep Tayyip Erdoğan abandonó el Memorándum de Dolmabahçe en respuesta a los avances kurdos en Siria, en particular la victoria de las YPG y las YPJ (Unidades de Defensa Popular y Unidades de Protección de las Mujeres) en Kobanê. El colapso del proceso de paz desencadenó una brutal represión que desplazó a más de 350.000 personas y provocó la muerte de alrededor de 1.700, al tiempo que situó a Turquía entre los principales encarceladores de periodistas del mundo. En agosto de 2016, Erdoğan negaba que se hubiera producido ninguna negociación. Desde esta perspectiva, los gestos del Gobierno turco hacia las negociaciones de paz han señalado a menudo su preferencia por las operaciones militares, ya sea mediante la guerra o el golpe de Estado.

Para muchas personas en Kurdistán, la lucha armada se ha convertido en una necesidad existencial contra lo que consideran una dominación colonial, precisamente como resultado de este conflicto asimétrico, que algunos describen como una «guerra contra la paz». Inspirado por Frantz Fanon, el PKK enmarca la violencia como una autodefensa estratégica. Si bien las críticas internas cuestionan la guerra urbana y la militancia prolongada, persiste un amplio apoyo kurdo, arraigado en el trauma histórico y el fracaso de las vías políticas. El persistente encuadre por parte del Estado de la identidad kurda como una amenaza refuerza este punto muerto.

Para 2025, cualquier horizonte de este tipo parecía más difícil de alcanzar que nunca. Pero «todo lo sólido se desvanece en el aire». Como destacaron el académico kurdo Adnan Çelik y otras voces dentro del movimiento, el mensaje de Öcalan durante el XII Congreso del PKK, aunque inesperado, supuso una ruptura: en contraste con su llamamiento de 2015 a una «apertura democrática», la declaración de 2025 despojó de riqueza ideológica a los llamamientos anteriores, omitiendo las críticas al Estado nación, al capitalismo neoliberal, al colonialismo interno y al patriarcado. Si bien la declaración inicial presenta al PKK como una reliquia de la Guerra Fría desprovista de legitimidad estratégica o ideológica (pidiendo su desarme sin concesiones políticas ni reconocimiento de las reivindicaciones históricas kurdas), esta postura se revisa parcialmente en la carta del 27 de abril, que dedica una atención significativa a la historia de la represión kurda por parte de los Estados regionales y al legado de resistencia del PKK.

Ampliamente percibido como una capitulación unilateral, el cambio de Öcalan provocó conmoción dentro del movimiento, y muchos lo interpretaron como una forma de humillación implícita y de borrado de los sacrificios pasados, según Çelik. Sin embargo, en lugar de provocar el colapso, impulsó tanto respuestas organizativas inmediatas (como una propuesta de congreso de disolución) como un intenso esfuerzo interpretativo para preservar legados críticos. Este momento marca una importante reconfiguración estratégica, que desplaza el foco de atención de la búsqueda de un proyecto sociopolítico a la gestión del legado militante, la memoria y la resiliencia política en medio de un panorama geopolítico transformado.

Hoy en día, la cuestión kurda sigue sin resolverse estructuralmente. La reconciliación es imposible mientras el Estado turco oscile entre ofertas de paz vacías y una represión brutal. Mientras el Estado se aferra a los paradigmas nacionalistas, el movimiento kurdo sigue adaptándose, entre la insurgencia y la imaginación, la memoria y la resiliencia.

Esta tensión entre la negación del Estado y la resistencia kurda quedó patente en el histórico discurso de Erdoğan tras el desarme, el 12 de julio, en el que reconoció oficialmente que el Estado turco cometió asesinatos en masa de kurdos, los despojó de sus derechos e inició esta violencia en lugares como la prisión de Diyarbakır. Admitió haber quemado pueblos, criminalizado a personas no identificadas, prohibido el idioma kurdo y negado a las madres el derecho a hablar kurdo con sus hijos. Pronunciado tras el desarme simbólico del PKK, el discurso, que insistía en la unidad de turcos, kurdos y árabes, marca un cambio de la insurgencia a la reconciliación, y sirve como un espectáculo orquestado por el Estado en el que este reafirma su poder soberano controlando la narrativa tanto de la violencia pasada como del orden futuro, posicionándose como único árbitro de la memoria, la verdad y la legitimidad histórica. Enmarcado como un acto de cierre, este momento consolida, en cambio, la autoridad del Estado. La disolución de la lucha armada kurda no se traduce en una transformación política genuina, sino en una contención simbólica. Lo que parece paz es, en realidad, un cambio de imagen de la dominación, que prepara el terreno para nuevas formas de control bajo el pretexto de la reconciliación.

¿Por qué la disolución?

En una carta fechada el 25 de abril de 2025, Abdullah Öcalan articuló los motivos que justificaban la propuesta de disolución del Partido de los Trabajadores de Kurdistán (PKK), enmarcándola no como una derrota, sino como un cambio de paradigma deliberado. Destacó que este proceso, lejos de ser un desarme inmediato exigido por el Estado turco, requiere una profunda crítica ideológica, una autorreflexión y un debate prolongado para remodelar tanto la personalidad como la mentalidad. El PKK, fundado para elevar la conciencia nacional kurda y denunciar la opresión sistémica, se enfrenta ahora a una fase en la que el siguiente paso hacia la libertad debe basarse en instituciones democráticas, la renovación cultural y el comunalismo [4], transformaciones que el PKK, como organización armada jerárquica, ya no puede encarnar. Es en esta trayectoria donde debe entenderse la disolución: como la culminación de una ruptura teórica con el modelo de Estado nación del siglo XX y su militarismo, definido por una violencia sistémica que ahora «ha perdido su justificación (razón de ser)». La visión de Öcalan del confederalismo democrático, basada en la autonomía local, la igualdad de género y la economía ecológica, supone una ruptura decisiva con los modelos estatistas y militarizados del pasado y un avance hacia un proyecto social posestatal.

Sin embargo, esta evolución ideológica no es repentina ni está exenta de controversia. Desde la década de 1990, el PKK ha experimentado una importante transformación interna, enfrentándose al colapso del socialismo y a las tendencias autoritarias inherentes a los paradigmas estatistas. La supervivencia del movimiento ha dependido de su capacidad de adaptación y de su compromiso crítico, lo que ha culminado en la decisión del XII Congreso de aceptar la disolución como una reorientación radical y no como una capitulación. La carta destaca que el fracaso durante dos décadas a la hora de integrar plenamente los principios democráticos, ecológicos y feministas en las estructuras organizativas ha precipitado este momento de cambio decisivo.

Estratégicamente, la presencia política kurda ha ganado protagonismo en toda Turquía y en Oriente Medio en general, especialmente a través de iniciativas de liberación de la mujer y avances políticos en las cuatro regiones kurdas. Este progreso desafía la anterior caracterización de Turquía del PKK como una mera entidad terrorista. La reciente declaración del asesor presidencial Mehmet Uçum de que «los y las kurdas son un componente esencial de la nación turca» señala un reajuste ideológico a nivel estatal.

En esta situación, la disolución del PKK puede considerarse una medida táctica para eliminar los obstáculos al reconocimiento internacional, especialmente de las estructuras kurdas en Rojava, donde la etiqueta de «terrorista» ha servido para justificar las incursiones militares turcas. El desarme tiene como objetivo proteger a Rojava como proyecto político autónomo, garantizando su supervivencia y legitimidad en los escenarios regional e internacional. Los informes sugieren que pronto podría celebrarse una reunión entre Abdullah Öcalan y Masoud Barzani (líder histórico del Partido Democrático de Kurdistán en el Kurdistán iraquí), un acontecimiento que, sobre todo, refuerza la hipótesis de una alianza regional kurda emergente destinada a reforzar la estabilidad de Rojava en el contexto geopolítico actual.

A pesar de los logros diplomáticos derivados del papel que desempeñaron las fuerzas kurdas en la lucha contra el ISIS, el apoyo internacional ha seguido siendo inconsistente. El llamamiento de Öcalan a la disolución voluntaria podría ser una estrategia preventiva para evitar la derrota total en medio de un creciente aislamiento militar. Desde el colapso del proceso de paz de 2015, la intensificación de la presión militar turca (operaciones transfronterizas, guerra con drones y vigilancia) ha confinado las operaciones del PKK principalmente a Qandil, erosionando su capacidad dentro de Turquía. Incluso el XII Congreso del PKK, celebrado recientemente, tuvo lugar doce años después del XI Congreso, debido principalmente a la falta de seguridad y a la presión militar de Turquía. El PKK abordó esta cuestión en una carta publicada el 4 de mayo, dirigida al pueblo y a los activistas del movimiento:

Una mirada retrospectiva a las últimas dos décadas revela lo siguiente: aunque el nuevo paradigma tenía por objeto facilitar una integración más profunda con la sociedad, en la práctica fueron los miembros del cuadro quienes experimentaron una mayor desconexión con ella, incluso cuando el movimiento en su conjunto avanzaba hacia la despenalización. Si bien el objetivo era cultivar estructuras organizativas más sólidas y promover modos de vida comunitarios y socialistas, lo que realmente surgió fue un aumento del individualismo y el materialismo. Es evidente que en nuestro compromiso con las masas, no logramos proporcionar una educación adecuada ni fomentar la organización de una sociedad verdaderamente democrática. En el ámbito militar, no fuimos capaces de desarrollar ni implementar un entrenamiento y una organización eficaces para la autodefensa social. Nos mantuvimos, en las montañas, al nivel de unidades guerrilleras separadas de la sociedad y completamente rodeadas. Esta situación no solo provocó un aumento de las bajas, sino que también debilitó el impacto político y propagandístico de nuestra lucha armada. Poco a poco, nuestra capacidad para llevar a cabo una guerra eficaz quedó confinada a una zona geográfica muy limitada.

Los avances tecnológicos, en particular la guerra algorítmica y la vigilancia en tiempo real, han profundizado este aislamiento, ya que los Estados de la OTAN dan prioridad a las relaciones con Ankara. Mientras tanto, la autonomía kurda en Siria se ve amenazada por la centralización de ese régimen, y la influencia turca crece en el norte de Irak con la aprobación tácita de la población local. Estas condiciones han llevado al centro político del PKK a pasar de la lucha armada a la búsqueda de la legitimidad civil e institucional en toda la región kurda. La disolución representa un desarme simbólico y una reubicación estratégica, trasladando la lucha kurda a los ámbitos político y transnacional, donde el poder popular se redefine fuera del paradigma de la confrontación militar.

El descenso en el reclutamiento del PKK y el fracaso a la hora de traducir las alianzas contra el ISIS en un apoyo internacional duradero subrayan la necesidad de este reajuste estratégico. Los partidarios de Öcalan entienden su propuesta no como una rendición, sino como una adaptación lúcida a las nuevas realidades geopolíticas y militares, incluida la perspectiva de un alto el fuego temporal en Qandil y Rojava.

Según muchos analistas kurdos, la postura de Öcalan refleja su persistente oposición a Israel y su reticencia a que el movimiento kurdo se vea obligado, por necesidad estratégica, a una alianza táctica o pragmática con este país. Esto, argumentan, es lo que le impulsa a buscar soluciones políticas preventivas destinadas a evitar tales alineamientos. Otros defensores del movimiento kurdo sostienen que la decisión de Öcalan y el PKK fue un intento estratégico de evitar que Kurdistán se convirtiera en la próxima Gaza de Oriente Medio. Argumentan que las limitaciones militares del PKK frente a un aparato bélico interestatal e internacional altamente tecnificado, junto con la persistente campaña de Turquía para aniquilar Kurdistán y Rojava, hicieron necesaria una recalibración política. Este cambio, sugieren, también se debe al declive del poder material y simbólico de la solidaridad global con la causa kurda, que sigue siendo significativamente más débil que el amplio apoyo movilizado para Palestina. Desde esta perspectiva, si Turquía llevara a cabo un escenario similar al de Gaza contra el pueblo kurdo, habría poca capacidad o voluntad internacional para intervenir. Con la disminución de los medios materiales de resistencia y la ausencia de una movilización regional o internacional comparable, los actores kurdos deben adoptar estrategias alternativas para sobrevivir. Por lo tanto, esta decisión no se considera una retirada, sino una táctica calculada y pragmática para resistir en un contexto geopolítico cada vez más inviable.

Este giro estratégico no puede entenderse sin reconocer el profundo coste humano del conflicto. Las guerrillas kurdas, los cuadros del PKK y, sobre todo, la población civil están agotados; los costes acumulados de la guerra se han vuelto insoportables. Se han perdido miles de vidas jóvenes, se han destruido ciudades enteras, se han fracturado familias, se han marcado cuerpos con cicatrices y generaciones han sido moldeadas por la prisión, el exilio, la precariedad y el estigma. Esta acumulación de sufrimiento durante más de cuarenta años confiere a la palabra «paz» una nueva resonancia: no como capitulación, sino como una necesidad vital, un respiro largamente esperado tras décadas de asfixia.

Desde la perspectiva del Estado turco, la disolución se alinea con una estrategia política orquestada por Recep Tayyip Erdoğan, que pretende extender su poder más allá del límite constitucional de 2028. Al presentarse como el artífice de un nuevo proceso de paz, Erdoğan espera ganarse a parte del electorado kurdo y fracturar a la oposición. Enmarcado como una reconciliación, el llamamiento a poner fin a la lucha armada es, en realidad, una maniobra para romper las alianzas emergentes entre las fuerzas kurdas y las corrientes progresistas de la oposición. En 2019, el apoyo táctico de los votantes kurdos (en particular a través del HDP (ahora Partido de la Igualdad de los Pueblos, DEM)) fue crucial para la victoria de la oposición en grandes ciudades como Estambul y Ankara. Esta estrategia busca aislar a las facciones nacionalistas seculares dentro del Partido Republicano del Pueblo (Cumhuriyet Halk Partisi, CHP) de aquellas abiertas al diálogo con el movimiento kurdo, al tiempo que mantiene un discurso de seguridad para uso interno. Esta ingeniería electoral se basa en un doble cálculo: debilitar la movilización conjunta de la oposición y disuadir a las fuerzas kurdas de criticar demasiado abiertamente al régimen por temor a poner en peligro una posible paz.

En esta compleja configuración, el movimiento kurdo se encuentra en una posición que recuerda a las protestas del parque Gezi de 2013. Al igual que entonces, cualquier apertura al diálogo con el Estado implica, paradójicamente, reconocer su legitimidad, aunque siga siendo el principal objeto de controversia. Esta tensión obliga al movimiento kurdo a adoptar una postura equilibrada: participar en los esfuerzos de paz sin disolverse en la política institucional turca ni alienar a los movimientos sociales más amplios. El resultado es una forma de aislamiento estratégico, pero también puede ser una oportunidad para construir un espacio político autónomo en el que la cuestión kurda pueda articularse sin armas, pero sin renunciar.

Mientras tanto, Erdoğan sigue explotando la retórica de la securitización, criminalizando a las figuras políticas kurdas y perpetuando el eufemismo de «enemigo interno» para consolidar su base conservadora. El contraste entre la represión en curso y el lenguaje conciliador de la paz subraya la naturaleza cínica de la iniciativa: no se trata de un compromiso genuino con la resolución, sino de una maniobra táctica disfrazada de diálogo.

Tanto Erdoğan como el Estado turco en su conjunto buscan facilitar la integración de Kurdistán y sus recursos en los mercados capitalistas contemporáneos a través de su desarme. En un discurso en el que esbozó el nuevo proceso para 2025, Erdoğan articuló abiertamente los objetivos capitalistas que impulsan esta iniciativa:

Una Turquía libre de terrorismo elevará la economía turca por encima de todo lo demás. Una vez que logremos este objetivo, la Unión Turca de Cámaras y Bolsas de Mercancías (TOBB) será la principal beneficiaria. A partir de ese momento, Turquía competirá en una nueva liga.

Del mismo modo, el ministro de Finanzas turco, Mehmet Şimşek, declaró que Turquía ha gastado casi 1,8 billones de dólares en las últimas cinco décadas en la «lucha contra el terrorismo», y que poner fin al conflicto podría reportar importantes beneficios económicos al país.

Sin embargo, estas imperativas económicas no se limitan a consideraciones internas. Están integradas en las ambiciones geopolíticas más amplias de Turquía. El llamado proceso de paz de 2025 entre Turquía y el PKK no es tanto un paso genuino hacia la reconciliación como una maniobra geopolítica destinada a neutralizar el poder militar, político y económico kurdo como condición previa para la integración de Turquía en el capitalismo infraestructural neoliberal. Un elemento central de esta estrategia es la realización del «Corredor Central», una ruta comercial transeuroasiática que conecta China con Europa a través de Asia Central, el Cáucaso y Turquía. Este corredor posiciona a Turquía como un centro logístico en la circulación capitalista mundial. Es crucial tanto para la Iniciativa del Cinturón y Ruta de la Seda (BRI, un proyecto multimillonario que conecta China con Europa, África y Oriente Medio a través de rutas terrestres y marítimas) como para el Corredor India-Oriente Medio-Europa (IMEC, un proyecto de infraestructura competidor destinado a asegurar el dominio geopolítico y comercial occidental) respaldado por Estados Unidos.

El «Corredor Central»

Más recientemente, esta visión se ha visto reforzada por la iniciativa «Development Road» (Carretera del Desarrollo), un proyecto de 17.000 millones de dólares liderado por Irak, Turquía y los Estados del Golfo, que conecta el Golfo Pérsico (a través del puerto iraquí de Grand Faw) con Europa a través del territorio turco. La ruta propuesta atraviesa directamente el sureste de Turquía, de mayoría kurda, lo que amplía aún más los intereses geopolíticos de la contención kurda. Tras los acontecimientos del 7 de octubre y el genocidio israelí en Palestina que aún continúa, las alianzas geopolíticas regionales se han desestabilizado aún más, lo que ha dado lugar a una nueva ola de políticas estratégicas de corredores en las que la centralidad logística y diplomática de Turquía no ha hecho más que intensificarse. En medio del colapso de los equilibrios de poder tradicionales en el Levante y el Golfo, el control de Turquía sobre estas rutas infraestructurales (en particular las que eluden la influencia iraní y siria) se ha vuelto aún más indispensable tanto para los bloques occidentales como para los no occidentales.

Pero para que Turquía consolide el control sobre estas rutas, debe eliminar a todos los actores subalternos o no estatales, especialmente a las fuerzas kurdas. Por lo tanto, el desarme del PKK no debe interpretarse como una desmilitarización, sino como el fin de la lucha armada kurda bajo un nuevo régimen de securitización de las infraestructuras. Con la neutralización del «corredor chií» de Irán (eje Teherán-Damasco-Beirut), el derrocamiento de Assad y la ruptura del eje del PKK y las Fuerzas Democráticas Sirias (SDF) bajo la presión de Estados Unidos e Israel, los actores kurdos han sido eliminados estructuralmente de las negociaciones de poder regionales. Con el apoyo tácito de la OTAN, Turquía ha llevado a cabo campañas militares y una reingeniería demográfica para consolidar el control sobre las regiones kurdas. En este contexto, la «paz» se convierte en un eufemismo de la pacificación capitalista, en la que la reconciliación política es sustituida por la contención espacial y militar para permitir flujos ininterrumpidos de capital, bienes e influencia geopolítica a través de los corredores imperiales de extracción y control.

El respaldo de Erdogan al llamamiento del PKK al desarme debe considerarse en el contexto más amplio de los cambios geopolíticos en Oriente Medio y la evolución del equilibrio de poder en la región. También refleja el uso estratégico que hace Turquía de la dinámica kurda para contrarrestar a rivales como Israel e Irán. Una compleja interacción de cálculos políticos nacionales y regionales ha empujado a Turquía a adoptar esta táctica. Esto se articula claramente en una carta del Comité Central del PKK fechada el 4 de mayo:

La escalada de la Tercera Guerra Mundial en Oriente Medio, los resultados del conflicto de Gaza que comenzó el 7 de octubre de 2023, los importantes ataques de Hamás y Hezbolá contra las agresiones israelíes y el colapso del régimen baazista en Siria (que ha extendido la transformación regional a Irán y Turquía) han desempeñado un papel fundamental para llevarnos a esta situación. El miedo y la ansiedad existencial generados dentro del Estado turco y el gobierno del AKP-MHP, combinados con las presiones para un cambio democrático impuestas internamente por nuestro movimiento y el pueblo turco, y externamente por el sistema capitalista transnacional, constituyen los principales factores que motivan a la administración de (Devlet) Bahçeli y su conocida retórica y llamamientos a la acción. En consecuencia, hemos llegado a la etapa actual como resultado de los acontecimientos políticos y militares mencionados anteriormente.

La paradoja es profunda: un movimiento que posee una considerable fuerza territorial y organizativa se ve obligado a reinventarse precisamente porque ese poder lo hace susceptible de ser aniquilado algorítmicamente. En última instancia, la propuesta de Öcalan invita a replantearse fundamentalmente la lucha revolucionaria en una era definida por los drones, los metadatos y la vigilancia total. Desafía al movimiento kurdo a imaginar una forma de resistencia que trascienda la confrontación armada, encontrando el poder en el silencio en lugar de en los disparos.

De la guerra de guerrillas a la transición política: tensiones, esperanzas, horizontes

El anuncio en febrero de 2025 de la posible retirada armada del PKK plantea profundas preguntas sobre las condiciones en las que una prolongada lucha guerrillera podría dar paso a un proceso político, especialmente en un contexto marcado por un autoritarismo arraigado, la represión y los bloqueos ideológicos. Aunque algunos interpretan esta medida como un signo de reconfiguración estratégica e ideológica, sigue siendo profundamente ambigua. El Gobierno turco, que enmarca el momento no como un «proceso de paz», sino como un «limpieza de proceso terrorista» («Terörden arındırma süreci»), muestra una postura punitiva que se aleja del lenguaje conciliador de 2015, lo que pone en duda la posibilidad de una resolución justa y completa.

Esto plantea varias preguntas urgentes. ¿Puede definirse la democratización en Turquía como meros gestos simbólicos (como la liberación condicional de Abdullah Öcalan y su comparecencia en el Parlamento para pedir a los kurdos que se retiren de Qandil y adopten una vía política pacífica) o concesiones culturales limitadas, o debe implicar reformas constitucionales de gran alcance, la liberación masiva de presos políticos y el reconocimiento formal de los derechos colectivos kurdos, incluida la autonomía regional y el derecho a la educación en lengua kurda? ¿Sería suficiente el restablecimiento de los mandatos municipales anulados, el regreso de personas exiliadas o una amnistía general para convencer al PKK de que ha surgido una vía política viable? Muchas personas temen que Erdoğan pueda incumplir sus compromisos una vez que haya conseguido la influencia política que busca, repitiendo la traición del proceso de 2015 y arriesgándose a volver al conflicto con el movimiento kurdo en una posición de fragmentación y legitimidad debilitada.

A diferencia de otros procesos de paz (como los que involucran al Ejército Republicano Irlandés en Irlanda del Norte, las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) en Colombia o Euskadi ta Askatasuna (ETA) en el estado español), el Estado turco se ha negado a participar en la verdad y la reconciliación, la reestructuración constitucional o el reconocimiento político genuino. En Colombia, por ejemplo, el desarme fue acompañado de iniciativas de justicia restaurativa, mujeres a menudo lideradas por y sobrevivientes de la violencia estatal. El movimiento de mujeres kurdas tiene un potencial similar, pero el caso kurdo sigue siendo excepcional por su criminalización sistemática y su negación de la existencia de un problema político. Al mismo tiempo, le muchos otros ejemplos es que cuenta con el apoyo de un movimiento civil y político de masas poderoso e influyente. La lucha no se ha limitado al ámbito militar, sino que también se ha arraigado profundamente en los ámbitos civil y político.

En este panorama en evolución, algunos analistas destacan dos acontecimientos que podrían marcar los primeros pasos hacia el desarme y la transición a un orden democrático. En primer lugar, en un gesto simbólico, un grupo de guerrilleros, algunos de los cuales ocupaban anteriormente puestos de liderazgo, depusieron públicamente las armas en presencia de los medios de comunicación, acompañados de una declaración en la que afirmaban:

Estamos dispuestos a participar en la política democrática.

Si cumpliéramos incondicionalmente todas las exigencias del Estado, el resultado sería el siguiente: se esperaría que otros grupos hicieran lo mismo: destruir sus armas, regresar a Turquía y rendirse. Si ese enfoque se convirtiera en la norma, el destino que nos esperaría a nosotros y a nuestros compañeros y compañeras sería el encarcelamiento o la muerte. Pero ese futuro no es el que aceptamos. El Estado turco debe comprenderlo.

Aun así, algunas personas pertenecientes al movimiento ven esto como una oportunidad para trascender su legado leninista militarista y jerárquico. Un cambio hacia una mayor participación civil y una renovación interna podría reposicionar al PKK dentro de un marco democrático más amplio. La aparición del Partido DEM como actor significativo sugiere la posibilidad de transformar una formación nacionalista kurda en una fuerza pluralista capaz de unir a los distintos sectores democráticos de Turquía. Sin embargo, el riesgo de abandono (tanto por parte del Estado turco como de los apoyos internacionales) es muy grande, lo que hace que la promesa de renovación dependa de reformas estructurales, y no de concesiones retóricas.

Es fundamental contar con un marco de justicia transicional. Sin reconocer las atrocidades cometidas en el pasado (en particular durante la década de 1990 y el brutal período 2015-2016) cualquier alto el fuego seguirá siendo frágil. La verdad, la reparación y la descolonización de los discursos nacionales son requisitos previos para una paz significativa. De lo contrario, la memoria colectiva kurda seguirá soportando traumas sin sanar que podrían reavivar el conflicto.

El contexto regional hace que el desarme sea precario. Siria sigue siendo inestable y el frágil alto el fuego entre las fuerzas kurdas y Hayat Tahrir al-Sham (HTS), tras la reciente Conferencia de Unidad Kurda, parece cada vez más incierto. Las continuas campañas militares de Turquía contra las posiciones kurdas en Irak y Siria, que incluyen más de 500 ataques aéreos contra zonas controladas por el PKK en el Kurdistán iraquí solo en mayo de 2025, socavan la viabilidad de una transición hacia la paz. Al mismo tiempo, las supuestas ofertas secretas de Ankara, como el reconocimiento de la autonomía kurda en Siria a cambio de la disolución del PKK, siguen siendo vagas y poco fiables. Una ofensiva a gran escala contra Rojava amenazaría con derrumbar la arquitectura civil y militar del proyecto kurdo.

Dentro de esta configuración transnacional, el PKK no es una fuerza guerrillera aislada, sino parte de una red más amplia establecida desde 2002 a través de la Unión de Comunidades de Kurdistán (KCK), que incluye al PYD en Siria (2003), al PJAK en Irán (2004) y al PÇDK en Irak (2002). Estas organizaciones hermanas, aunque nominalmente autónomas, están ideológicamente alineadas con la visión de Öcalan del confederalismo democrático y están profundamente arraigadas en sus respectivas sociedades, en particular a través de iniciativas lideradas por mujeres. La ambigüedad del llamamiento al desarme de Öcalan (si se dirige únicamente al ala turca del PKK o se extiende a estas entidades aliadas) aumenta la incertidumbre. Algunas analistas sugieren que los cuadros podrían ser reasignados a otros frentes, como el PJAK o Rojava, en lugar de ser desmovilizados por completo, lo que plantea la posibilidad de una disolución táctica en lugar de estratégica. Entonces, el destino de las fuerzas guerrilleras en las montañas de Qandil sigue siendo incierto, ya que las señales de Ankara son ambiguas y a menudo contradictorias, lo que difumina la línea entre el rumor y la realidad. Por ejemplo, Şamil Tayyar, miembro del AKP, afirmó que cerca de 300 altos cargos del PKK serían reubicados en terceros países como Sudáfrica y Noruega, mientras que aproximadamente 4.000 combatientes serían recibidos gradualmente en la frontera. Sin embargo, más allá de estas declaraciones extraoficiales, ¿qué medidas concretas (más allá de los gestos retóricos) tomará realmente el Estado turco?

A nivel interno, la supresión de Erdoğan contra el CHP (que históricamente ha sido un partido nacionalista secular cómplice de las políticas antikurdas) revela las paradojas dentro de la oposición turca. Para muchos kurdos, el CHP sigue siendo parte del problema en lugar de una alternativa, lo que complica la formación de una coalición democrática inclusiva. Mientras tanto, las tensiones internas dentro del movimiento kurdo, combinadas con la consolidación autocrática de Erdoğan, siguen fragmentando el campo político, lo que hace incierta una realineación política pluralista.

A pesar de estos retos, el movimiento kurdo demuestra una notable resiliencia y adaptabilidad estratégica. Sigue articulando una visión política que se resiste a la militarización al tiempo que afirma el derecho a la autodefensa, alineándose con las luchas descoloniales globales. En Rojava, por ejemplo, la Administración Autónoma mantiene una formidable infraestructura de seguridad, que incluye las Fuerzas Democráticas Sirias (SDF), las YPG-YPJ y las fuerzas Asayish, con un número estimado de más de 80 000 miembros. En Rojhilat (Kurdistán bajo dominio iraní), el PJAK sigue organizando la oposición al régimen iraní. Estas formaciones reflejan un movimiento transfronterizo profundamente arraigado que no puede reducirse a un mero fenómeno guerrillero.

Esta infraestructura material sugiere que, incluso si el proceso actual se derrumba, el PKK y sus aliados podrían pasar a una nueva fase de resistencia, quizás más fragmentada y prolongada. Décadas de guerra asimétrica, consolidación ideológica e integración social han dotado al movimiento de una capacidad de supervivencia sin parangón entre muchos actores revolucionarios. Su legitimidad no solo proviene de su capacidad militar, sino también del cultivo de la conciencia política, la liberación de género y la autonomía de base.

En el fondo de esta esperanza se esconde una cuestión ética más profunda. ¿No es profundamente injusto (quizás incluso cínico) proyectar nuestras visiones de democracia radical, anticapitalismo, internacionalismo feminista y antifascismo no estatal sobre un pueblo que ya soporta la marginación, la represión, la pobreza estructural y la criminalización implacable? ¿Podemos, de buena fe, pedirle a un pueblo geopolíticamente vulnerable y asediado que cargue, solo, con el peso de nuestras utopías revolucionarias? ¿Cómo puede una fuerza revolucionaria marginal —aislada política y militarmente, desprovista de respaldo estatal o internacional— sobrevivir no solo como organización, sino como portadora de una visión política y una práctica emancipadora? ¿Cómo puede preservar sus ideales en un entorno dominado por Estados poderosos y actores imperiales dispuestos a aniquilarla mediante masacres, limpieza étnica y violencia sexual sistémica? Esta coyuntura crítica nos obliga a reconsiderar los propios términos de nuestra solidaridad. ¿Cómo podemos mantener una postura política radical en un orden global cada vez más dominado por la militarización y el autoritarismo, sin caer en la abstracción romántica o la resignación política?

Lo que está en juego no es solo el destino de un grupo armado, sino la viabilidad de un proyecto político que ha redefinido los parámetros de la lucha en Oriente Medio. Mientras el espectro de una nueva guerra se cierne entre promesas incumplidas y escalada militar, el movimiento kurdo sigue planteando una pregunta universal: ¿cómo puede una fuerza revolucionaria, despojada de su condición de Estado y enfrentada a una represión abrumadora, preservar su praxis emancipadora sin sucumbir a la desaparición o a la claudicación?

Repensar la disolución desde una perspectiva de género

Durante mucho tiempo eclipsado por el PKK, el movimiento de mujeres kurdas ha emergido desde la década de 1990 como un poderoso actor ideológico y organizativo, lo que muchas personas describen como una «revolución dentro de la revolución». Inicialmente marginadas dentro de una estructura militarizada y dominada por los hombres, las militantes kurdas convirtieron esta exclusión en una oportunidad estratégica al formar una alianza dialéctica y recíproca con el líder del PKK, Abdullah Öcalan. Esta relación, lejos de la sumisión patriarcal, permitió a ambas partes convertirse en recursos políticos mutuos: Öcalan instrumentalizó el movimiento de mujeres para expandir y reformar el PKK, mientras que las mujeres utilizaron su autoridad simbólica para centrar la liberación de género en la lucha kurda.

El reconocimiento de Öcalan de las mujeres como la «fuerza de vanguardia de la revolución» fue clave para redefinir el liderazgo y la legitimidad en un movimiento moldeado durante mucho tiempo por el virilismo. Fomentó la creación de estructuras paralelas de mujeres y apoyó la jineolojî, una epistemología feminista teorizada como central en su visión del confederalismo democrático. A su vez, las mujeres kurdas legitimaron su liderazgo ideológico. Reafirmaron especialmente el llamamiento de Öcalan a suspender la lucha armada tras su captura en 1999, un momento de profunda crisis para el PKK marcado por deserciones masivas entre 2002 y 2004 (aproximadamente 1.500 combatientes abandonaron el PKK en medio de una reorientación ideológica y luchas internas que culminaron con el retorno al conflicto armado a mediados de 2004). La lealtad continuada de las mujeres durante este periodo fue una elección estratégica destinada a preservar la continuidad ideológica en medio de la fragmentación y la represión.

Sin embargo, esta lealtad tenía límites. Las propuestas para una mayor autonomía, como la creación de un Partido de las Mujeres Trabajadoras Kurdas, fueron bloqueadas por el Comité Central del PKK, lo que reveló las persistentes limitaciones estructurales. Aun así, la alianza se mantuvo, sobre todo porque el giro ideológico de Öcalan en 2005 hacia el confederalismo democrático situó la igualdad de género en el centro de un nuevo modelo político. En 2012, Öcalan se negó a reunirse con una delegación de paz que no contara con representación del movimiento feminista, lo que puso de relieve su carácter indispensable. Simbólicamente, en 2013, las mujeres de Rojava anunciaron la creación de las YPJ (Unidades de Protección de las Mujeres) el día del cumpleaños de Öcalan, reafirmando tanto su confianza en su visión como su reivindicación de una militancia autónoma.

Esta paradoja (construir la autonomía política de las mujeres a través de un líder masculino) genera tensiones críticas. Si bien el discurso de Öcalan promueve la descentralización y la desmilitarización, su carismática autoridad sigue siendo fundamental. El horizonte feminista del movimiento se ve así envuelto en una dependencia estratégica. Los repetidos llamamientos de Öcalan al desarme del PKK, especialmente en los últimos años, amplifican esta contradicción: desafían la masculinidad militarizada arraigada desde hace tiempo en la lucha revolucionaria, pero también provocan incertidumbre sobre la influencia de las mujeres en un proceso político desarmado.

Históricamente, la resistencia armada permitió a las mujeres kurdas ganar visibilidad, liderazgo y legitimidad. El combate rompió los tabúes de género y creó un capital simbólico, aunque corría el riesgo de reproducir lo que algunos teóricos denominan «masculinidad adoptada», es decir, una réplica de las normas patriarcales bajo el disfraz de la igualdad revolucionaria. El actual cambio hacia la desmilitarización, si bien abre espacio para prácticas feministas comunitarias y no jerárquicas, también amenaza con desmantelar las estructuras que protegían y empoderaban a las mujeres en condiciones de violencia estatal. Esta tensión es fundamental en los debates sobre el futuro del movimiento.

La posible disolución del PKK plantea preguntas urgentes: ¿Aprovechará el movimiento de mujeres kurdas el momento para afirmar su plena autonomía? ¿Desarrollará una postura feminista distintiva sobre este cambio estratégico? ¿La disolución debilita o empodera a las mujeres dentro de la lucha kurda?

El desarme podría representar un paso hacia la paz feminista o una vulnerabilidad estratégica. Algunas militantes abogan por una desmilitarización cautelosa y condicional, supeditada a la consolidación institucional, el reconocimiento internacional y las garantías de los derechos de las mujeres, ya que afianza las mentalidades bélicas masculinas y abre espacio para prácticas feministas radicales, comunitarias y no jerárquicas. Históricamente arraigada en ideales masculinistas (donde el heroísmo, el martirio y el valor militar definían la legitimidad), la violencia revolucionaria kurda se ve ahora cuestionada por el llamamiento de Öcalan a la desmilitarización, que busca orientar el movimiento hacia un horizonte feminista desligado de la masculinidad militarizada. Sin embargo, otras personas advierten de que la desmilitarización podría exponer a las mujeres a una renovada violencia patriarcal y estatal, especialmente si los logros alcanzados por las YPJ o las YJA-Star (las Unidades de Mujeres Libres, Yekîneyên Jinên Azad ên Star) no se salvaguardan políticamente.

Más allá de la lucha armada, las mujeres kurdas y turcas han desempeñado durante mucho tiempo un papel fundamental en la resistencia civil y los compromisos de paz más amplios. Las Madres por la Paz (Dayikên Aşîtîyê), madres kurdas que perdieron a sus hijos en el conflicto entre el PKK y el Estado, se convirtieron en símbolos de la resistencia no violenta en las décadas de 1990 y 2000. Campañas como «No toques a mi amigo/a» (1990) y «Las mujeres caminan juntas» movilizaron a redes de base para hacer frente al nacionalismo, el racismo y la guerra. [6] En 2009, la Iniciativa Feminista por la Paz (BİKG) reunió a mujeres de diferentes etnias para exigir la desmilitarización, la reconstrucción social y procesos de paz inclusivos. Estos movimientos demostraron cómo las mujeres han transformado las experiencias de pérdida y marginación en compromiso político.

En una carta fechada el 30 de mayo desde la prisión de İmralı a la Academia Jineolojî, Öcalan reafirmó que la liberación de las mujeres es la verdadera medida del socialismo, calificándola como la base de su lucha revolucionaria. Describió la jineolojî como un proyecto transformador en curso y a las mujeres como líderes potenciales de la paz y la democracia en Oriente Medio. De hecho, Öcalan confía en las mujeres para liderar esta transición, dado el papel protagonista que han desempeñado en anteriores iniciativas de paz en Kurdistán.

La elección de Bese Hozat (comandante desde hace mucho tiempo y copresidenta de la Unión de Comunidades de Kurdistán (KCK) y compañera cercana de Sakine Cansız, la icónica líder feminista del PKK asesinada en París en 2013) como figura central en la simbólica ceremonia de desarme del PKK el 11 de julio subraya la importancia duradera del liderazgo de las mujeres en el movimiento kurdo. Incluso en un momento de transición, este gesto simbólico reafirma el compromiso ideológico del movimiento con la liberación de género y honra el legado del feminismo revolucionario kurdo.

El reto ahora consiste en sortear las contradicciones de la desmilitarización: equilibrar la ética feminista con la necesidad de protección, la autonomía con las alianzas estratégicas y la construcción de la paz con la agencia política.

Cualquier proceso de paz futuro debe centrarse en las realidades vividas y las visiones políticas de las mujeres kurdas. Su papel no ha sido secundario, sino fundamental, y son sus decisiones estratégicas, y no solo las de Öcalan, las que darán forma al próximo capítulo del movimiento kurdo.

Conclusión

Desde la perspectiva de los partidarios del Partido de los Trabajadores de Kurdistán (PKK), la posible disolución de la organización no debe interpretarse como el fin de la lucha kurda, sino como el inicio de una nueva fase de resistencia aún por definir. Si bien esta perspectiva encarna un optimismo estratégico, también exige una reflexión cuidadosa. Redefinir la resistencia en un contexto tan complejo requiere una comprensión matizada de sus limitaciones, contradicciones y riesgos inherentes. En otras palabras, aunque este enfoque puede abrir nuevas vías para el movimiento, no debe aceptarse acríticamente como una solución definitiva sin un análisis exhaustivo. Para garantizar su legitimidad, es necesario contar con mecanismos que permitan integrar en este proceso las críticas de los miembros y activistas del PKK, en particular las voces de las mujeres presas políticas.

El PKK se enfrenta a una confluencia de retos complejos, entre los que se incluyen presiones militares y tecnológicas cada vez más intensas, así como limitaciones políticas tanto a nivel nacional como regional. Estos retos limitan gravemente la capacidad del movimiento para mantener la lucha armada y lograr una transformación estructural. El cambio hacia formas de organización legales y dirigidas por civiles representa una apuesta estratégica significativa. Si bien esta transición merece una seria consideración y experimentación, su éxito depende del cumplimiento de varias condiciones críticas; sin ellas, el fracaso o la marginación siguen siendo un riesgo considerable. Además, la tensión entre las presiones inmediatas del Estado y la visión a largo plazo del PKK de un proceso político prolongado plantea dudas sobre la viabilidad y el momento adecuado para este cambio.

Si Erdoğan vuelve a socavar el proceso político, el PKK está dispuesto a reanudar la resistencia armada, no por desesperación, sino como continuación de su lógica política duradera basada en la dignidad colectiva y la autodeterminación. No obstante, tal resurgimiento probablemente conllevaría dificultades y costes significativos, que recaerían de manera desproporcionada sobre la población kurda.

Lejos de ser un mero actor táctico, el movimiento de liberación kurdo encarna un proyecto político más amplio que altera fundamentalmente las nociones predominantes de soberanía y legitimidad en toda la región. Cualquier cambio sustantivo en su orientación estratégica exige comprender la interacción entre las limitaciones estructurales, los riesgos geopolíticos y las relaciones de poder asimétricas a nivel local, regional e internacional. En el mejor de los casos, el giro del movimiento hacia la institucionalización no solo podría consolidar su legitimidad política, sino también abrir nuevas vías para la reconciliación intrakurda, en particular con rivales de larga data como el Partido Democrático del Kurdistán (KDP). Este reajuste estratégico podría sentar las bases para una arquitectura política kurda transnacional, más inteligible y diplomáticamente aceptable para los actores internacionales, especialmente las potencias occidentales que históricamente han marginado las reivindicaciones kurdas en favor de su alineamiento estratégico con Ankara.

Esta redefinición en curso de la resistencia kurda también se enfrenta a importantes retos internos, como las tensiones entre facciones y la necesidad imperiosa de una reconciliación política, que debe ir acompañada de la aceptación de los actores regionales y globales. Sin embargo, este proceso ofrece la posibilidad de cultivar estructuras políticas más inclusivas y legítimas.

Por último, la transformación propuesta en el lenguaje y las modalidades de la resistencia (articulada por Abdullah Öcalan y los partidarios del PKK) responde a las realidades de la vigilancia tecnológica y la guerra contemporáneas. Esto desafía la resistencia militante convencional, haciendo hincapié en la adaptabilidad, la resiliencia y la rearticulación del poder en formas novedosas y menos visibles.

NOTAS:

1- «El proceso que culminó en nuestro XII Congreso comenzó con una reunión el 23 de octubre de 2024 entre el sobrino del líder Apo y nuestra delegación. Esta reunión se celebró en respuesta a las declaraciones y llamamientos realizados por Devlet Bahçeli, líder del Partido del Movimiento Nacionalista (MHP), a principios de octubre. Durante la reunión, el líder Apo declaró públicamente que «si se dan las condiciones necesarias, tiene la capacidad tanto teórica como práctica para trasladar la cuestión kurda de un contexto de violencia y conflicto a uno de política democrática y resolución legal». En los meses siguientes, se celebraron una serie de reuniones entre la delegación del Partido de la Igualdad y la Democracia de los Pueblos (Partido DEM) y el líder Apo en la isla de İmralı. Estos encuentros fueron acompañados de mensajes del líder Apo que dieron forma al proceso. En primer lugar, envió cartas a los líderes de los partidos políticos de Turquía, seguidas de correspondencia dirigida a nosotras. En estas cartas, articuló su posición sobre la conclusión de las actividades realizadas en nombre del PKK y el fin de la lucha armada, afirmando que su misión histórica había llegado a su fin. En nuestra respuesta, expresamos nuestra disposición a celebrar el congreso propuesto, al tiempo que subrayamos que decisiones tan fundamentales solo podían tomarse con la participación directa y el liderazgo del líder Apo durante el propio congreso. Dando un paso más, el líder Apo, a través de la delegación del Partido DEM, emitió el 27 de febrero el «Llamamiento por la paz y una sociedad democrática». En este llamamiento, nos instó a convocar el congreso y a tomar decisiones para poner fin oficialmente a las actividades bajo el nombre del PKK y dar por concluida la lucha armada. También declaró su disposición a asumir toda la responsabilidad histórica de la iniciativa. Tras este llamamiento, en una declaración pública publicada el 1 de marzo, reafirmamos la posición que habíamos compartido anteriormente en nuestra carta al líder Apo. Para apoyar el proceso, declaramos un alto el fuego unilateral, que comunicamos al público. Estos acontecimientos provocaron un intenso debate público tanto a nivel nacional como internacional. Participamos activamente en estos debates, exponiendo nuestros puntos de vista y esforzándonos por ofrecer evaluaciones tanto escritas como verbales para ayudar a nuestro pueblo y a nuestros aliados a comprender de forma clara y exhaustiva el proceso. Además, transmitimos tanto las actas de las reuniones celebradas con el líder Apo como las directrices elaboradas en nombre de las direcciones del PKK y del PAJK (Partido de las Mujeres Libres de Kurdistán) en relación con la organización de nuestro partido. Todas estas acciones se llevaron a cabo con el pleno conocimiento y consentimiento de la delegación del congreso. Para ver la declaración completa, consulte la declaración del Comité Central del PKK de fecha 4 de mayo de 2025.

2- «Nuestra visión para la nueva era se basa en la reconstrucción de la sociedad sobre la base de la nacionalidad democrática, los principios ecoeconómicos y el comunalismo. Para establecer filosóficamente esta estructura (sus dimensiones ideológicas y su encarnación en la sociedad en general) tenemos la responsabilidad de formular su marco teórico y conceptual… Estamos en proceso de dar forma a los componentes ideológicos, el programa práctico y las dimensiones táctico-estratégicas del futuro. La sociedad democrática constituye el programa político de esta era. No tiene como objetivo principal al Estado. La política de una sociedad democrática es la política democrática… El socialismo democrático, del mismo modo, significa una democracia con base social… La vida libre de los pueblos es posible gracias a la comuna… En un esfuerzo por trascender la modernidad y el socialismo real que la sirvió, buscamos desarrollar un nuevo análisis y una teoría socialista alternativa. A este marco lo llamamos «modernidad democrática». En él, se propone la nación democrática como alternativa al Estado nación; la comuna y el comunalismo sustituyen al capitalismo; y la economía-ecología se propone en lugar del industrialismo. Se desarrollaron análisis correspondientes para articular y respaldar estos cambios conceptuales… La victoria en Kurdistán también tendrá un impacto en Siria, Irán e Irak. La República de Turquía tendrá la oportunidad de renovarse, abrazar la democracia y asumir un papel de liderazgo en la región… Puedo afirmar con confianza que los oponentes a este proceso carecen de valores significativos y que, en última instancia, fracasarán. Sin embargo, hacer realidad esta visión supone una responsabilidad significativa para todas las partes implicadas. El confederalismo regional se está revelando como una necesidad absoluta; al mismo tiempo, este camino exige inevitablemente la aparición de una nueva forma de internacionalismo». Puede leer la carta completa aquí.

3- El Partido de la Justicia y el Desarrollo (Adalet ve Kalkınma Partisi, AKP) respondió con una represión intensificada. En 2009, los «juicios KCK» condujeron a la detención de casi 10.000 personas (políticos, defensoras de los derechos humanos, sindicalistas y feministas) bajo amplios cargos de terrorismo.

4- El concepto de «comuna» cobra importancia. Para Öcalan, representa el instrumento auténtico del pueblo, opuesto al Estado nación, que él considera la extensión armada del capitalismo. La construcción de una sociedad comunal a través de municipios democráticos solo es posible con una lucha anticapitalista coherente, respaldada por una claridad política y una determinación inquebrantable. Sin ello, el proyecto fracasará.

5- La familia de Bese Hozat fue víctima de la masacre que el Estado turco llevó a cabo durante el levantamiento de Dersim en 1938. Ella afirmó que su familia fue objeto de un genocidio, en el que murieron tanto su padre como su abuelo. Su hermano y su hermana también fueron asesinados por el Estado turco. Su abuela, superviviente de la masacre, logró escapar tras soportar graves penurias a manos de los soldados turcos.

6- Véase, por ejemplo, este artículo de Soma Negahdarinia.

Fuente: https://kaosenlared.net/entender-la...

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