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El asesinato de Saif al-Islam y la unidad prohibida de Libia

11 Febrero 2026 at 00:01
Por: (tortuga)

Beto Cremonte
Fuentes: PIA GLOBAL

“Los hombres podrán partir, pero Libia permanece”. Con esas palabras, el equipo político del Saif al-Islam Gaddafi anunció su asesinato en su residencia de Zintan.

El comunicado no habló de una muerte cualquiera: habló de martirio, de traición y de un crimen contra la patria. Este comunicado emitido a horas del asesinato no se trató solo de un réquiem, fue una acusación política, un posicionamiento ejemplar aún en la despedida de su líder. La emboscada artera con la que produjo el asesinato de Saif al-Islam acabó con un proyecto cercano de la unidad de Libia no como evocación del pasado, sino como reconstrucción a futuro.

La escena resuena con fuerza en la memoria libia. Hace quince años, su padre, Muammar Gadafi, era capturado y ejecutado tras la intervención militar de la OTAN, UE y Estados Unidos que destruyó el Estado libio bajo el pretexto de la “protección de civiles” y el derrocamiento de la supuesta tiranía que representaba Gadafi. Desde entonces, Libia no logró recomponerse como nación: quedó partida entre gobiernos rivales, milicias armadas, tribus enfrentadas y potencias extranjeras que negocian su futuro desde fuera. Los procesos de reconfiguración del Estado libio y la tan esperada y prometida reconstrucción nunca llego, de hecho se profundizaron las divisiones incluso desde los diferentes apoyos externos que recibían y reciben cada una de las facciones que ya no pugnan por ver quién se queda con lo que quede de Libia, sino que lo hacen en pos de mantener ordenado el desorden que produce la partición del país.

Quizás como un preludio de lo que vendría más tarde o como una demostración de la inteligencia y ubicación política Saif al Islam Gadafi ya veía en ese trágico 2011 libio el futuro de su país, “Toda Libia será destruida. Necesitaremos 40 años para llegar a un acuerdo sobre cómo dirigir el país, porque hoy todos querrán ser presidente o emir, y todos querrán gobernar el país.” (Saif al Islam Gadafi, 2011)

En este contexto de división y guerra interna Saif al-Islam había reaparecido como una figura incómoda. ÉL no comandaba ejércitos ni prometía victoria militar, pero sí hablaba de reconciliación, de soberanía y de una Libia unificada. Lo que muchos leían en su discurso como una herencia del pasado; para otros era la posibilidad concreta de cerrar la guerra. Su asesinato no elimina solo a un hombre, elimina un proyecto que no encajaba en el sistema de fragmentación que gobierna o mejor dicho desgobierna al país desde 2011.

Saif al-Islam: biografía política de una Libia imposible

Hablar y detenerse a pensar en Saif al-Islam Gadafi es hablar de una Libia que intentó reformarse sin destruirse y de otra que fue destruida sin poder reconstruirse, la paradoja que sin dudas tiene autores intelectuales y materiales, ya hemos mencionado a la OTAN, UE y EE.UU detrás de la destrucción de Libia a partir de 2011. Y es en ese contexto y previamente a este año que la influencia y trayectoria de Saif cobra relevancia dentro y fuera del país ya que sin ser un jefe militar o un caudillo tribal armado, sino un actor político que emergió en el tramo final del Estado libio como rostro de una transición interna posible en la cual se destacaba la modernización institucional, la lucha contra la corrupción y la reconciliación entre tribus y regiones desplazadas del centro del poder. Claramente una figura que incomodaba a los sectores que justamente buscan todo lo contrario para Libia.

Formado en derecho y ciencias políticas, ocupó un lugar singular en el último período del gobierno de su padre. Mientras el gobierno era leído desde fuera como monolítico, hacia dentro se abría una tensión entre continuidad y reforma. Saif representaba esa grieta interna, hablaba de Constitución, de Estado moderno y de reinserción internacional sin renunciar a la soberanía y al panafricanismo por el que su padre aun luchaba. Como hemos mencionado no era un militar ni un burócrata clásico; era, en términos libios, un político dentro de un sistema construido sobre liderazgos revolucionarios.

En este sentido también podemos mencionar que el joven Saif al-Islam fue crítico del proceso libio, su formación liberal de la escuela económica de Londres lo llevó incluso a criticar al sistema libio de democracia directa y a pesar de ello también pudo ser autocritico con su propio pensamiento ya que a medida que se fue involucrando en el gobierno de su padre se convirtió en un ferviente defensor de la Jamahariya (término acuñado que se traduce aproximadamente como “Estado de las masas” o “República de las multitudes”, derivado de jamahir (masas) en lugar de jumhur) en el 2011 anunciando y entendiendo que era el único sistema posible en Libia, “Advierto que sin la Jamahiriya, Libia caerá en caos, la Jamahiriya es la única barrera contra el caos destacando que la Jamahiriya era un logro histórico que debe evolucionar, no destruirse”. La Gran Jamahiriya Árabe Libia Popular y Socialista fue el nombre oficial de Libia entre 1977 y 2011, bajo el gobierno de Muamar Gaddafi, basado en la “Teoría de la Tercera Internacional” y el Libro Verde, el estado se autodenominaba una democracia directa de masas o “Estado de las masas”.

Esa posición lo volvió incómodo para todos, incluso para los sectores más duros del viejo poder, porque implicaba cambios, implicaba salir de los viejos cánones de la política libia. Para los actores externos que veían a Libia como un Estado a desmontar y no a reformar, porque ofrecía una alternativa al colapso. Cuando en 2011 la intervención de la OTAN y Estados Unidos destruyó la arquitectura estatal bajo el discurso humanitario, Saif pasó de heredero reformista a botín de guerra. Fue capturado por una milicia de Zintan y encerrado durante años en un limbo jurídico, una prisión política en un país sin Estado.

Ese cautiverio transformó su figura. Dejó de ser simplemente “el hijo de Gadafi” para convertirse en símbolo de una Libia humillada y fragmentada. Mientras el país se dividía entre gobiernos rivales, milicias armadas y tutelas extranjeras, Saif quedaba suspendido como testimonio vivo de la ruptura histórica de 2011. Para muchos libios, su prisión fue la prueba de que la promesa de democracia había llegado en forma de desorden, venganza y desintegración.

Cuando volvió a aparecer públicamente, su discurso ya no fue el de la reforma del viejo sistema, sino el de la reconciliación nacional. No habló de restauración ni de revancha, sino de unidad, soberanía y reconstrucción del Estado. En una Libia saturada de líderes armados, su propuesta era política, elecciones, pacto entre tribus y fin de la lógica de la milicia como árbitro supremo.

Para amplios sectores del centro y sur del país, Saif comenzó a representar tres memorias superpuestas, la Libia soberana anterior a la guerra, la Libia destruida por la intervención extranjera y la Libia que todavía podía volver a ser nación. Su capital político no provenía solo de la nostalgia, sino de una legitimidad construida en la derrota y en la prisión, algo que en la cultura política libia pesa tanto como la victoria militar.

El comunicado de su equipo político tras el asesinato cristaliza esa construcción simbólica. No habla solo de una muerte, sino de un martirio. Lo presenta como “el verdadero proyecto de reforma nacional” y como un hombre que “nunca vendió la soberanía de su país”. Ese lenguaje traslada la política al terreno moral y convierte su figura en patrimonio colectivo. La sangre deja de ser solo tragedia y pasa a ser bandera. La bandera de unidad Libia. A diferencia de su padre, no aparece como jefe revolucionario sino como candidato de la reconciliación. Ya no es el líder del Estado bombardeado, sino el político que intenta reconstruirlo desde sus ruinas.

Su horizonte era también panafricano, al ser heredero del proyecto africano de Muammar Gadafi, Saif tradujo esa visión en un lenguaje menos épico y más institucional: una Libia africana, no subordinada al Mediterráneo europeo ni a agendas externas.

Por eso su figura desbordaba lo interno, hacia una Libia unificada volvía a ser actor africano. Una Libia fragmentada seguía siendo tablero de otros. En ese cruce, reunía tres condiciones raras en la Libia posterior a 2011: legitimidad histórica, legitimidad moral y proyecto político de soberanía y reconciliación.

Su asesinato no elimina solo a un individuo sino que elimina una trayectoria que comenzaba a articular pasado, presente y futuro en una misma figura. Y devuelve una pregunta que atraviesa toda la tragedia libia, si cada intento de unidad termina silenciado, ¿qué espacio queda para que la política vuelva a reemplazar a las armas?

El tablero externo y la economía política de la fragmentación

La muerte de Saif al-Islam ocurre en un momento de reactivación diplomática internacional que revela al menos una verdad incómoda, Libia ya no es tratada como una nación a reconstruir, sino como un territorio dividido que puede administrarse por partes y que además esa partición es favorable para que los actores externos mantengan en línea cualquier intento de cambiar ese statu quo.

La gira del enviado estadounidense Massad Boulos por Trípoli y Bengasi, reuniéndose tanto con Abdelhamid Dbeibah como con sectores vinculados a Khalifa Haftar, no fue un gesto protocolar. Fue una intervención directa en el corazón de la fragmentación libia. No llegó con un proyecto de reconstrucción estatal profunda, sino con una agenda de estabilidad, desbloqueo de fondos y acuerdos económicos. En una Libia sin soberanía plena, esos temas no son técnicos: son políticos. Es en este sentido que los recuerdo vuelan hacia aquel 2011 y podemos quizás establecer cierto grado de paralelismo con la otrora visita de Hillary Clinton, en octubre cuando mataron, a Gadafi y dijo “Veni, vidi, vici” burlándose de la muerte de Muamar Gadafi, y justamente ahora llega Boulos y matan a Saif. Claramente podemos ver similitudes en ambos casos o (los menos distraídos) podemos observar los hilos de quienes potencialmente manejan las marionetas libias.

Al dialogar con ambos polos del poder, Washington no se sitúa por encima del conflicto, sino dentro de él. No conversa con un Estado unificado, sino con sus fragmentos. Y al hacerlo consolida una lógica instalada desde 2011 en la que la política libia se decide a través de actores armados y padrinazgos externos.

Lo mismo ocurre con Europa, donde París vuelve a funcionar como escenario de negociación entre élites libias ya que hace muy poquitos días se reanudaron los contactos políticos entre los dos principales polos de poder libios, con una reunión informal en la capital francesa entre Sadam Haftar, Comandante adjunto del Ejército Nacional Libio e hijo del mariscal Khalifa Haftar, e Ibrahim Dabaiba, Asesor de Seguridad Nacional del Primer Ministro del Gobierno de Unidad Nacional, Abdulhamid Dabaiba. Esta reunión y la gira de Boulos son, al menos, llamativas si vemos como corolario el asesinato de Saif a los pocos días de celebrarse ambos movimientos.

Que el futuro del país se discuta fuera de su territorio es una imagen precisa de soberanía desplazada. Francia, Italia o Alemania median, pero al mismo tiempo confirman que Libia sigue siendo tratada como expediente internacional antes que como nación capaz de decidir por sí misma. Ese mecanismo no es nuevo. Cuando la diplomacia internacional se activa sobre un país fragmentado, lo hace aceptando la fragmentación como punto de partida. Y al hacerlo neutraliza cualquier proyecto que aspire a recomponer un centro político soberano.

Cada potencia se conecta con un nodo interno, Haftar como interfaz militar del este, Dbeibah como interfaz administrativa del oeste, las milicias como intermediarias económicas y las tribus como base social capturada por pactos armados. La fragmentación se vuelve rentable ya que permite contratos múltiples, zonas de influencia y ausencia de un poder central que imponga reglas comunes.

En ese sistema, la unidad no es una aspiración abstracta sino es una amenaza concreta. Un liderazgo capaz de reunir tribus, regiones y legitimidad electoral implicaría renegociar todos esos vínculos. Pasar de un país administrado por nodos a un Estado con centro.

En este contexto de actualidad y fragmentación libia, la eliminación de Saif, abre la puerta a una expansión de la Hermandad Musulmana con apoyo de EAU, una mayor fragmentación social y lo que seguro será la celebración de elecciones presidenciales aprovechando que el factor popular y tribal se ha quedado sin su principal y única voz sabiendo, la de Saif quien entendemos era un serio candidato a ganar esas elecciones que finalmente nunca sucedieron.

La unidad como crimen político

El asesinato de Saif al-Islam no puede entenderse como un ajuste de cuentas, funciona como un veto político preventivo contra una posibilidad histórica de reconstruir un centro político soberano en un país organizado desde hace más de una década sobre la fragmentación y destrucción total del Estado.

Para Haftar, la unidad socavaba su legitimidad militar, mientras que para el poder de Trípoli, ponía fin a la transición interminable. Para las milicias, significaba desarme y pérdida de poder económico. Para las potencias externas, implicaba renegociar acuerdos estratégicos. Para todos, Saif era un factor disruptivo.

La violencia deja así de ser caos y se vuelve método siendo un mensaje claro ante todo intento de reconstruir soberanía en donde será castigado. En la Libia posterior a 2011, la unidad se transformó en delito implícito, no por ley, sino por estructura. Quien propone una sola bandera cuestiona al mismo tiempo a los liderazgos armados, a las economías de guerra, a las tutelas extranjeras y a la transición eterna.

Entonces el asesinato de Saif no elimina un pasado, ni siquiera elimina el posible legado del apellido, elimina un futuro potencial. No beneficia a un solo actor, sino a todos los que necesitan que Libia siga siendo un país dividido.

Quince años después de las bombas que destruyeron el Estado libio, la violencia ya no necesita aviones ni resoluciones internacionales. Alcanza con apagar unas cámaras y eliminar a quien se atreva a hablar de unidad. En Libia, hoy, la reconciliación sigue siendo peligrosa. Y la soberanía, un crimen sin perdón.


Beto Cremonte, Docente, profesor de Comunicación social y periodismo, egresado de la UNLP, Licenciado en Comunicación Social, UNLP, estudiante avanzado en la Tecnicatura superior universitaria de Comunicación pública y política. FPyCS UNLP.

Fuente: https://noticiaspia.com/el-asesinat...

Tomado de: https://rebelion.org/el-asesinato-d...

Sáhara: Historia de una traición

9 Febrero 2026 at 00:00
Por: (tortuga)

Rafael Gómez Parra

Primero colonia española, luego provincia número 53 y ahora regalada por el PSOE a Marruecos. Durante los últimos 50 años, el pueblo saharaui ha resistido, pacíficamente y con las armas en la mano, la violenta invasión marroquí apoyada ahora por Donald Trump y Pedro Sánchez

El 31 de octubre de 2025 se dio una nueva vuelta de tuerca a la desaparición “jurídica” del Sáhara, la antigua provincia número 53 de España, con una resolución del Consejo de Seguridad de la ONU presentada por el gobierno norteamericano, aprobada por 11 votos a favor, tres abstenciones, incluidas la de Rusia y China, y sin la participación de Argelia, que respalda el plan de autonomía presentado por Marruecos tras 50 años de conflicto en el que el ejército marroquí ha ido por delante, seguido por una invasión de nuevos colonos, que al estilo israelí, han arrebatado tierras y pueblos a sus auténticos habitantes.

Tras la resolución del Consejo de Seguridad, el diplomático norteamericano, Christopher Ros, que fue enviado especial del secretario general de la ONU para Sáhara occidental entre 2009 y 2017 afirmó que los saharauis no están dispuestos a convertirse en lacayos de Mohamed VI. “A pesar de lo dura que sea la vida aquí en el desierto, siempre será mejor que besar la mano del rey·, cuenta que le dijo un estudiante saharaui.

La lucha en el Sáhara continua aunque nadie informe de ello: En las últimas semanas, unidades del Ejército Popular de Liberación Saharaui (ELPS) atacaron varias bases de intervención y apoyo del ejército marroquí en las zonas de Russ Tamluzat y Rkeyeiz, Ichrik Lagrab, en el sector de Guelta, causando bajas mortales en las filas del ejército invasor marroquí.

Desde la ruptura del Alto el Fuego y el comienzo de la guerra, el 13 de noviembre de 2020, las unidades del ELPS han estado hostigando las fuerzas de ocupación por todo el territorio, principalmente en sectores adyacentes al muro militar marroquí.

El 31 de Mayo, la policía marroquí impidió a los miembros de la “Marcha por la libertad de los presos políticos saharauis”, desembarcar en Tánger.

La Marcha, encabezada por Claude Mangin, esposa del preso político saharaui Naama Asfari, tenía prevista llegar a la prisión de Kenitra, con el fin de constatar la situación de privación de libertad del grupo de presos políticos saharauis.

Todo ello a pesar de la historia de traiciones que este pueblo ha tenido que soportar, empezando por la potencia colonial, España, que comenzó con la “Marcha Verde” (Negra lo llaman los saharauis) el 6 de noviembre de 1975, cuando el dictador Franco ya muriéndose dio orden a sus generales de retirarse.
Mapa del Sáhara, 1958.

“Y llega el 14/11/1975. Un crimen de lesa humanidad –como recuerda el escritor Haddamin Moulud Said-. Tres regímenes se habían confabulado para hacer desaparecer, al pueblo saharaui, de la faz de la tierra. Una satánica empresa, creada a los solos efectos de borrarnos del mapa. El régimen de la transición española, el régimen alauita en Marruecos y el régimen de Uld Daddah en Mauritania, habían aunado sus esfuerzos para eliminarnos de un plumazo. No escatimaron esfuerzos en el empeño”.

El pueblo saharaui, solo y abandonado, logró sacar fuerzas de flaqueza, y con el único apoyo instrumental de Argelia, logró organizarse tras el Frente Polisario (Frente Popular de Liberación de Saguía el Hamra y Río de Oro) y su brazo armado el Ejército de Liberación Popular Saharaui, lograron parar las primeras incursiones del ejército marroquí y mantener libre gran parte de su territorio durante 50 años.

Pero llegaron las traiciones, primero de los partidos de la derecha que tanto presumían del “imperio español” y que cuando llega el momento de la verdad, sus generales se guardan sus honores en “salva sea la parte”, como decía recientemente un amigo saharaui rememorando una frase muy española. Hasta el rey Juan Carlos llamaba “primo” a su colega marroquí Hassan II.

Y luego, como siempre, llegó la socialdemocracia, que durante años alardeó de sus simpatías por el pueblo del desierto para finalmente venderlo al mejor postor, en este caso Marruecos, a pesar de que el Frente Polisario pertenece a la Internacional Socialista. Los tejemanejes del PSOE se han ido fraguando en la sombra, al margen de los pueblos, tanto el saharaui como el español donde el primero goza de grandes simpatías.

Felipe González no hizo nada por ayudar al Polisario a recuperar las tierras invadidas por Marruecos, lo mismo que Aznar, pero dio los primeros pasos para que en 2004, José Luis Rodríguez Zapatero, corrió a entrevistarse con su amigo Mohamed VI, nada más tomar posesión de su cargo y así “inaugurar una nueva era de entendimiento profundo y cooperación bilateral” basada en la lucha contra el terrorismo.

Más adelante, el jefe del Ejecutivo español dio un paso adelante más contra los saharauis afirmando “que conoce desde hace tiempo el plan de autonomía para el Sáhara que promueven las autoridades marroquíes y que mantendrá una actitud constructiva y colaboradora con la ONU”. Más claro agua: “Es un tema que Marruecos tiene que liderar” y que “la comunidad internacional está por respetar la iniciativa de Marruecos (la de ofrecer un estatus de autonomía al Sáhara) y llegar a un acuerdo”.

La traición estaba en marcha y así lo entendieron muchos dirigentes socialistas, hasta el punto de que en 2018, la eurodiputada aragonesa por el PSOE, Inés Ayala, al referirse al Sáhara Occidental, utilizó la expresión “provincias del Sur”, dando a entender que la ex provincia española forma parte de Marruecos.

El escritor aragonés Enrique Gómez sintetizó en ese 2018 los cambios que se avecinaban con el Gobierno de Pedro Sánchez hacia el Sáhara: “Hace unos
días el Ministro de Exteriores Josep Borrell ante una pregunta de un diputado canario en el Congreso decía que ‘España no es considerada potencia administradora en las resoluciones anuales de la Asamblea General que se refieren a la descolonización del Sáhara Occidental, ni aparece como potencia administradora en la lista de Territorios no Autónomos de Naciones Unidas”.

“La duda sobre si España es o no la potencia administradora del territorio del Sáhara Occidental podría habérselo preguntado a su compañero de Consejo de Ministros Grande-Marlaska –seguía Gómez-. Sin duda Marlaska le hubiera dicho que la Sala de lo Penal. Auto Nº40 / 2014 de la Audiencia Nacional de la que era presidente declaró que “España de iure (que significa literalmente ‘de derecho'), aunque no de facto, sigue siendo la potencia administradora del territorio y como tal, hasta que finalice el periodo de descolonización debe cumplir con sus obligaciones” .

En este cúmulo de traiciones, llegó el momento solemne en 2020, cuando a punto de abandonar la Casa Blanca Donald Trump reconocía la soberanía marroquí sobre el Sáhara Occidental y le dejaba el camino expedito a su sucesor Joe Biden para que rematara su trabajo con el consiguiente reguero de apoyos a Marruecos por parte de los principales países de la Unión Europea.

El primero en apuntarse al plan de Trump fue Pedro Sánchez que en 2022 viajó a Marruecos para entrevistarse con Mohamed VI, quien, a través de un comunicado de la casa real marroquí, informaba del cambio de postura del presidente español con respecto al Sáhara Occidental a través de una presunta carta, que Sánchez dijo haber remitido a Marruecos, pero de la que el propio Gobierno español es incapaz de hacer público el original.

“No se ha explicado esa decisión unilateral –decía la periodista saharaui Ebbaba Hameida Hafed-, ni a la propia Cámara, que lo ha exigido en varias ocasiones. (…) Pensé que España se iba a parar, porque si preguntásemos en un referéndum a los españoles sobre la posición del país respecto al Sáhara, estoy convencida de que sería favorable al pueblo saharaui. Hay multitud de asociaciones de apoyo por todo el país.”

* Artículo publicado en el periódico “El Otro País”, nº 116, Noviembre-Diciembre 2025

Fuente: https://loquesomos.es/sahara-histor...

Tomado de: https://rebelion.org/sahara-histori...

El imperialismo como terrorismo: Descifrando la guerra permanente contra África

16 Diciembre 2025 at 00:01
Por: (tortuga)

Alassane Griot

Ibrahim Traoré, Presidente de Burkina Faso: «Lo que hay en África no es terrorismo, es imperialismo. Son quienes enseñan a los terroristas. Su objetivo es mantenernos en una guerra permanente para que no podamos desarrollarnos y sigamos pagándoles con nuestras riquezas». Uranio, oro, petróleo, los recursos estratégicos que han alimentado el imperialismo y empiezan a nutrir la Resistencia.

1) Desenmascarando el discurso dominante

La declaración del presidente burkinabé Ibrahim Traoré constituye mucho más que una simple afirmación política; es una radiografía precisa de la realidad africana contemporánea que el discurso hegemónico occidental se esfuerza sistemáticamente por ocultar, distorsionar y reprimir. Mientras los medios de comunicación mainstream, financiados y controlados por corporaciones transnacionales y estados imperiales, repiten incansablemente narrativas sobre el «terrorismo islamista» en el Sahel, sobre la «inestabilidad endémica» del continente africano, y sobre la necesidad de «intervención humanitaria» occidental, Traoré desnuda con claridad meridiana la verdadera naturaleza de estos conflictos: no son manifestaciones de fanatismo religioso espontáneo ni producto de sociedades «atrasadas», sino el resultado directo y calculado de estrategias imperialistas diseñadas para perpetuar el saqueo y bloquear el desarrollo soberano.

Esta afirmación no surge del vacío ni de la retórica política convencional. Es el producto de una comprensión profunda de la historia colonial y neocolonial de África, de la observación directa de los mecanismos mediante los cuales las potencias occidentales —en particular Francia, Estados Unidos y sus aliados de la OTAN— mantienen su dominación sobre el continente más rico del planeta en recursos naturales, biodiversidad y potencial humano. Es también el fruto de la experiencia vivida por millones de africanos que han sufrido décadas de «operaciones antiterroristas» que, paradójicamente, solo han multiplicado la violencia y la inseguridad mientras enriquecían a las élites compradoras y a las corporaciones extranjeras.

El presente análisis se propone desarrollar cada elemento de la afirmación de Traoré en profundidad histórica y geográfica, examinando las raíces históricas del imperialismo en África, los mecanismos contemporáneos de dominación neocolonial, el papel de la industria del terrorismo en la perpetuación de la dependencia africana, y las alternativas de liberación que emergen desde la propia resistencia popular africana. Todo ello desde una perspectiva firmemente anticapitalista y antiimperialista, que reconoce en el sistema capitalista global la matriz fundamental de la explotación del continente africano, y que comprende que no puede existir verdadera liberación africana sin la superación del capitalismo en sus dimensiones globales.

En este momento histórico de crisis sistémica del capitalismo global, caracterizada por recesiones económicas repetidas, la resistencia africana adquiere una relevancia estratégica sin precedentes. La Alianza de Estados del Sahel (AES) formada por Burkina Faso, Malí y Níger no es simplemente una alianza regional defensiva, sino un proyecto revolucionario que cuestiona los fundamentos mismos del orden mundial capitalista y neocolonial. Su éxito o fracaso tendrá implicaciones profundas no solo para África, sino para el futuro de la humanidad entera.

2) El imperialismo como continuación del colonialismo por otros medios

2.1 Las raíces coloniales de la dominación contemporánea: De Berlín a París

Para comprender la afirmación de Traoré es imprescindible remontarse a la Conferencia de Berlín de 1884-1885, donde las potencias europeas se repartieron África como si fuera un pastel, trazando fronteras arbitrarias con reglas sobre mapas, sin considerar las realidades étnicas, culturales o políticas de los pueblos africanos. Este acto fundacional del colonialismo moderno estableció un principio que perdura hasta hoy con brutal actualidad: África existe para servir a Europa, sus recursos pertenecen al capital occidental, y sus pueblos deben permanecer subordinados. Las fronteras trazadas en Berlín no fueron accidentales ni inocentes; fueron diseñadas deliberadamente para dividir pueblos unidos, unir pueblos rivales, y facilitar el control y explotación colonial.

El colonialismo directo, que se extendió hasta mediados del siglo XX, se caracterizó por la violencia abierta, la esclavización de poblaciones enteras, el genocidio sistemático, y la explotación brutal de recursos. El Congo Belga, donde se calcula que murieron entre diez y quince millones de personas bajo el régimen de terror de Leopoldo II, es quizás el ejemplo más extremo, pero no una excepción. Cada potencia colonial europea escribió su propia historia de horror en el continente: la masacre de los Herero y Nama por parte de Alemania en Namibia (1904-1908), considerado el primer genocidio del siglo XX donde el 80% de la población Herero y el 50% de la Nama fueron exterminados; los campos de concentración británicos en Kenia durante la rebelión Mau Mau (1952-1960), donde más de 100,000 kikuyus fueron encarcelados y torturados sistemáticamente; las matanzas francesas en Madagascar (1947), donde entre 80,000 y 100,000 malgaches fueron asesinados por el ejército francés; las masacres en Camerún (1955-1971), donde Francia mató a entre 60,000 y 100,000 cameruneses para mantener su dominio; y la guerra brutal en Argelia (1954-1962), donde Francia utilizó torturas sistemáticas, ejecuciones masivas y campos de concentración contra el pueblo argelino.

Estos no son episodios aislados de la historia colonial, sino patrones sistemáticos de violencia que establecieron las bases para las estructuras de poder neocoloniales posteriores. La brutalidad colonial no fue un «exceso» o una «desviación» del proyecto civilizatorio europeo, sino su esencia misma. Como analizó Frantz Fanon en “Los condenados de la tierra”, la violencia colonial no solo destruye vidas y comunidades, sino que busca destruir la capacidad de los pueblos colonizados para pensar su propia historia, definir su propio futuro, y construir su propia humanidad.

Cuando las luchas de liberación nacional obligaron a las potencias coloniales a conceder formalmente la independencia a las colonias africanas entre los años 1950 y 1970, el imperialismo no desapareció: simplemente cambió de forma. El neocolonialismo emergió como un sistema más sofisticado de dominación, que mantiene el control económico y político mientras cede la fachada de la soberanía formal. Como señaló Kwame Nkrumah, primer presidente de Ghana y uno de los pensadores antiimperialistas más lúcidos del siglo XX: «El neocolonialismo es la etapa final y más peligrosa del imperialismo. Para aquellos que lo practican, significa poder sin responsabilidad, y para quienes lo sufren, significa explotación sin compensación«.

Nkrumah comprendió que la independencia política sin independencia económica es una ilusión peligrosa. En su obra seminal “Neocolonialismo: La última etapa del imperialismo” (1965), analizó cómo las potencias occidentales mantenían su dominio sobre África a través de mecanismos económicos y financieros más sutiles, pero igualmente efectivos que la dominación colonial directa. Su análisis sigue siendo profundamente relevante hoy, seis décadas después, cuando Burkina Faso, Malí y Níger están implementando el proyecto de liberación que Nkrumah soñó, pero no pudo concretar plenamente debido a la intervención imperialista que terminó con su vida.

3) El Franco CFA: colonialismo monetario en pleno siglo XXI y la resistencia de la AES

Ningún mecanismo ilustra mejor la continuidad colonial que el Franco CFA, la moneda que Francia impone a catorce países africanos como condición de su supuesta «independencia». Este sistema monetario colonial, que ha existido en diversas formas desde 1945, obliga a los países africanos a depositar el 50% de sus reservas de divisas en el Tesoro francés (originalmente era el 65%, reducido al 50% en 2019 tras presiones populares), les impide controlar su propia política monetaria, les prohíbe financiar su desarrollo mediante la emisión monetaria, y les garantiza tasas de cambio que favorecen sistemáticamente a Francia.

El funcionamiento del Franco CFA es un mecanismo de transferencia de riqueza continuo y sistemático. Los países africanos que utilizan el Franco CFA (en dos zonas distintas: la CFA del África Occidental y la CFA del África Central) están obligados a mantener sus reservas en Francia, donde no solo no ganan intereses competitivos, sino que Francia recibe el 0.75% de estas reservas como «comisión de gestión». Además, cualquier decisión sobre la política monetaria, incluyendo la impresión de billetes y el establecimiento de tasas de interés, requiere la aprobación de funcionarios franceses designados en los bancos centrales africanos. Francia mantiene un derecho de veto sobre todas las decisiones importantes.

Los efectos económicos del Franco CFA son devastadores para el desarrollo africano:

Falta de crédito para el desarrollo: Las tasas de interés impuestas por el Banco Central de los Estados de África Occidental (BCEAO) son extremadamente altas (alrededor del 7-9%), mientras que en la Eurozona están cercanas al 0%. Esto hace imposible el crédito asequible para agricultores, pequeñas empresas y proyectos de infraestructura.

Desindustrialización forzada: La sobrevaluación del Franco CFA (artificialmente vinculado al euro) hace que las exportaciones africanas sean caras e importadas baratas, destruyendo la industria local y manteniendo a los países en la exportación de materias primas.

Transferencia de riqueza: Se estima que entre 1960 y 2018, el Franco CFA permitió transferir más de 8,500 millones de euros anuales de África hacia Francia, un total de más de 500,000 millones de euros en seis décadas.

El Franco CFA no es simplemente una moneda: es un instrumento de dominación que permite a Francia drenar anualmente miles de millones de euros de las economías africanas. Es la prueba viviente de que la independencia formal no significa nada sin soberanía monetaria. Como ha denunciado repetidamente el economista senegalés Ndongo Samba Sylla, el Franco CFA es «el último símbolo visible del colonialismo francés en África», un sistema que garantiza que los países africanos trabajen para enriquecer a Francia en lugar de desarrollar sus propias economías.

El presidente Traoré ha sido uno de los líderes africanos más destacados en la denuncia de este sistema. Burkina Faso, junto con Malí y Níger, ha iniciado pasos concretos y revolucionarios para salir del Franco CFA y recuperar la soberanía monetaria, un acto de desafío directo contra el neocolonialismo francés que no ha sido perdonado por París. En diciembre de 2023, los tres países anunciaron oficialmente su intención de abandonar el Franco CFA y crear una nueva moneda soberana para la Alianza de Estados del Sahel. Este proceso implica complejos desafíos técnicos, pero su significado político es inmenso: representa la recuperación del control sobre uno de los instrumentos más fundamentales de la soberanía nacional.

La resistencia francesa a esta decisión ha sido feroz. Francia ha utilizado múltiples mecanismos de presión: amenazas diplomáticas y económicas, campañas mediáticas de desinformación presentando a los gobiernos de la AES como «golpistas» e «irresponsables», presión sobre otros países africanos para que no apoyen el proyecto, e intentos de sabotaje financiero mediante el congelamiento de activos.

Sin embargo, la determinación de los países de la AES ha sido firme. En 2024, comenzaron a retirar gradualmente sus reservas del BCEAO y a establecer mecanismos alternativos para el comercio internacional y las reservas nacionales. Burkina Faso creó un fondo soberano para gestionar sus recursos mineros y energéticos, Malí inició acuerdos comerciales directos con aliados estratégicos utilizando monedas alternativas, y Níger desarrolló un sistema bancario paralelo para transacciones internacionales. Estos pasos, aunque iniciales, representan una ruptura histórica con la dependencia financiera francesa.

4) La deuda como cadena: el imperialismo financiero y las alternativas soberanas

El imperialismo contemporáneo se sustenta fundamentalmente en mecanismos financieros. La deuda externa de los países africanos, que alcanzó 1.13 billones de dólares en 2023, no es el resultado de una mala gestión africana sino de un sistema diseñado para perpetuar la dependencia. La mayoría de estas deudas son heredadas de regímenes dictatoriales impuestos por Occidente durante la Guerra Fría, o son el resultado de «préstamos» del FMI y el Banco Mundial condicionados a políticas de ajuste estructural que han devastado las economías africanas.

El mecanismo de deuda como instrumento de dominación funciona de manera cíclica:

1. Acumulación de deuda: Los países africanos reciben préstamos bajo condiciones leoninas, con altas tasas de interés y plazos cortos.

2. Condicionalidad neoliberal: Para recibir los préstamos, los países deben implementar políticas que abren sus economías al capital extranjero, privatizan servicios públicos, reducen el gasto social y liberalizan el comercio.

3. Crisis de deuda: Las políticas impuestas generan recesión económica, reducción de ingresos fiscales e incapacidad para pagar la deuda.

4. Reestructuración con más condicionalidades: Los acreedores ofrecen «alivio» a cambio de más reformas neoliberales, profundizando la dependencia.

5. Transferencia permanente de riqueza: Los pagos de intereses y principal superan con creces los nuevos préstamos, creando una transferencia neta permanente de riqueza de África hacia el Norte global.

Los programas de ajuste estructural impuestos por estas instituciones financieras internacionales a partir de los años 1980 exigieron a los países africanos: privatizar servicios públicos esenciales (agua, electricidad, salud, educación), desmantelar industrias nacionales que competían con importaciones, eliminar subsidios a la agricultura local, abrir sus mercados a la competencia desigual con las multinacionales occidentales, y recortar brutalmente el gasto social en salud y educación. El resultado ha sido predecible pero deliberado: pobreza masiva, desempleo estructural, colapso de los servicios públicos, mayor dependencia de las importaciones occidentales, y una concentración extrema de la riqueza en manos de una minoría compradora.

Thomas Sankara: «La deuda es una reconquista sabiamente organizada de África. Es una reconquista que hace que cada uno de nosotros se convierta en esclavo financiero».

Sankara llamó a la unidad africana para repudiar estas deudas ilegítimas, comprendiendo que pagarlas significaba condenar a África a la perpetua pobreza mientras Occidente se enriquecía. Su análisis fue profético y revolucionario, pero fue silenciado por la bala asesina orquestada por los intereses imperiales que hoy continúan operando con la misma lógica.

La AES ha tomado medidas concretas para romper con este ciclo de dependencia de la deuda: auditoría de deuda para identificar préstamos ilegítimos, suspensión de pagos argumentando que estos recursos son necesarios para atender las necesidades básicas de la población, creación de instituciones financieras soberanas como el Banco de Desarrollo del Sahel con capital inicial de 500 millones de dólares, y establecimiento de mecanismos de comercio directo con aliados estratégicos utilizando monedas alternativas al dólar para reducir la dependencia del sistema financiero occidental.

Estas iniciativas enfrentan enormes desafíos, incluyendo la presión de acreedores internacionales, el sabotaje financiero, y las limitaciones técnicas de construir instituciones financieras soberanas desde cero. Sin embargo, representan un cambio paradigmático en la relación de África con el sistema financiero global, pasando de la dependencia forzada a la construcción de alternativas soberanas.

5) La descolonización epistemológica: romper con el pensamiento eurocéntrico

Más allá de los mecanismos económicos y militares, el imperialismo se sostiene a través del control del conocimiento y la producción de sentido. El pensamiento eurocéntrico ha dominado las instituciones educativas, los medios de comunicación, y las estructuras de poder en África desde el colonialismo, presentando la historia, la cultura y el desarrollo europeo como la norma universal, mientras que las realidades africanas son presentadas como excepciones, desviaciones o «atrasos».

Este dominio epistemológico se manifiesta en múltiples dimensiones: educación colonial con currículos importados de Europa que ignoran la historia precolonial de África; investigación extractiva donde universidades occidentales extraen conocimiento sin contribuir significativamente al desarrollo; medios de comunicación que presentan una narrativa sistemáticamente negativa sobre África; y tecnología digital dominada por corporaciones occidentales que controlan el acceso al conocimiento y la comunicación.

La AES ha comprendido que la verdadera liberación requiere también la descolonización del conocimiento. Burkina Faso ha iniciado una reforma educativa profunda que incorpora la historia precolonial de África en todos los niveles educativos, promueve el estudio de lenguas locales junto con el francés, incluye asignaturas sobre filosofía africana y sistemas tradicionales de gestión de recursos, y establece convenios con universidades de países no occidentales para intercambios académicos equitativos.

Malí ha creado un Instituto Panafricano de Investigación que prioriza proyectos de investigación aplicada para resolver problemas locales con participación comunitaria. Níger está desarrollando un sistema de comunicación alternativo basado en emisoras comunitarias y plataformas digitales locales para contrarrestar la dominación de los medios internacionales.

Cheikh Anta Diop: «La historia de África no comenzó con la esclavitud ni con el colonialismo. África tiene una historia milenaria que ha sido deliberadamente ocultada para justificar la dominación».

La recuperación de esta historia y de los sistemas de conocimiento africanos no es un ejercicio académico sino una condición para la construcción de sociedades soberanas y dignas.

6) El terrorismo como producto del imperialismo

6.1 La genealogía del terrorismo yihadista en el Sahel: De Afganistán a África

La afirmación central de Traoré —»son quienes enseñan a los terroristas»— no es una teoría conspirativa sino un hecho documentado por la propia historia reciente. La genealogía del terrorismo yihadista en África es inseparable de las intervenciones imperialistas, comenzando por el apoyo de Estados Unidos y sus aliados a los muyahidines en Afganistán durante los años 1980. La CIA financió, armó y entrenó a islamistas radicales para combatir al gobierno socialista afgano apoyado por la Unión Soviética, creando la infraestructura que posteriormente daría origen a Al-Qaeda. Esta operación, conocida como Operación Cyclone, estableció un patrón que se repetiría sistemáticamente en las décadas siguientes.

En Libia, la intervención de la OTAN en 2011 que derrocó a Muammar Gaddafi destruyó el Estado más próspero de África, convirtiendo a un país con el IDH más alto del continente en un caos de milicias rivales y células terroristas. Los arsenales libios saqueados inundaron el Sahel de armas, y los combatientes dispersados tras la caída de Gaddafi llevaron la yihad al sur. La desestabilización de Libia fue el detonante directo de la crisis de seguridad en Malí, Níger, Burkina Faso y todo el Sahel. Según informes de Naciones Unidas, más de 18,000 combatientes extranjeros y sus familias abandonaron Libia después de 2011, muchos de ellos uniéndose a grupos yihadistas en el Sahel.

En Siria, Estados Unidos, Francia, Gran Bretaña, Arabia Saudita, Qatar y Turquía apoyaron abiertamente a grupos islamistas radicales bajo el pretexto de derrocar al gobierno de Assad. Muchos de estos grupos eran afiliados o precursores de ISIS. Armas occidentales, entrenamiento de la CIA a través de programas como Timber Sycamore, financiamiento de las monarquías del Golfo, todo convergió para fortalecer a los mismos yihadistas que supuestamente se estaba combatiendo.

Cuando ISIS fue derrotado en Siria e Iraq, muchos de sus combatientes migraron a África, encontrando un terreno fértil en las zonas desestabilizadas por anteriores intervenciones occidentales. Un informe del Consejo de Seguridad de la ONU en 2023 documentó que al menos 25 comandantes de alto nivel de ISIS en Irak y Siria habían reaparecido dirigiendo células en el Sahel, trayendo consigo tácticas de guerra asimétrica avanzadas, propaganda sofisticada, y métodos de financiamiento ilícito.

Este patrón no es casual sino sistemático: las potencias occidentales crean, fortalecen y luego combaten selectivamente grupos terroristas para justificar su intervención permanente y mantener el control sobre recursos estratégicos. El terrorismo se convierte así en un instrumento de política exterior, una herramienta para perpetuar la dominación imperialista bajo el disfraz humanitario de la «guerra contra el terror».

Raíces estructurales de la violencia armada:

Un análisis verdaderamente antiimperialista debe examinar las raíces estructurales: crisis climática que ha intensificado conflictos por recursos; fracaso estatal neoliberal causado por políticas de ajuste estructural; explotación de recursos estratégicos que convierte el Sahel en campo de batalla; e intervenciones militares extranjeras que han exacerbado las divisiones y alimentado el resentimiento.

Este análisis complejo revela que la narrativa dominante sobre «terrorismo yihadista» en el Sahel es una simplificación peligrosa que sirve para ocultar las responsabilidades imperialistas en la creación y perpetuación de los conflictos armados en la región. Como señala Traoré, el terrorismo no es la causa sino el síntoma de un sistema imperialista diseñado para mantener a África en guerra permanente y dependencia económica.

7) Las bases militares occidentales: Infraestructura del imperialismo disfrazada de antiterrorismo

Estados Unidos mantiene una red de más de treinta bases militares en África a través de su Comando Africano (AFRICOM), establecido en 2007 supuestamente para «combatir el terrorismo». Sin embargo, la proliferación de bases militares estadounidenses ha coincidido exactamente con la proliferación del terrorismo yihadista. La mayor base de drones estadounidense del mundo se encuentra en Níger, específicamente en la base aérea de Agadez, construida con un costo de 110 millones de dólares y operativa desde 2019.

¿Resultado de esta masiva presencia militar? Níger pasó de ser uno de los países más seguros de la región a enfrentar una grave crisis de seguridad. Según datos del Armed Conflict Location & Event Data Project (ACLED), los incidentes violentos en Níger aumentaron un 300% entre 2018 y 2023, precisamente durante el período de mayor presencia militar estadounidense. Esta correlación no es casualidad sino causalidad.

Estas bases no están ahí por la seguridad africana sino por los intereses imperiales:

Control de rutas de recursos estratégicos: Las bases están estratégicamente ubicadas cerca de yacimientos de uranio, oro y litio.

Vigilancia y contención de China: Sirven como plataformas de vigilancia para monitorear actividades chinas y disuadir su expansión geopolítica.

Seguridad del complejo militar-industrial: Las operaciones militares en África generan miles de millones de dólares en contratos para empresas de defensa.

Mantenimiento de la hegemonía global: La presencia militar permanente refuerza el estatus de Estados Unidos como potencia hegemónica global.

Francia, por su parte, mantuvo durante décadas una red de bases militares en sus excolonias del Sahel bajo el marco de la «Françafrique». La Operación Barkhane (2014-2022), supuestamente antiterrorista, involucró hasta 5,500 soldados franceses. Sin embargo, durante este período, el terrorismo no disminuyó, sino que se expandió exponencialmente, revelando la verdadera naturaleza de esta intervención.

Numerosos testimonios documentan casos de colaboración directa o indirecta entre fuerzas francesas y grupos terroristas: convoyes militares que transportaban supuestos terroristas, ataques aéreos selectivos que evitaban posiciones yihadistas conocidas, entrega de información de inteligencia a grupos terroristas, y protección de rutas de tráfico de drogas y armas.

La expulsión de tropas francesas de Malí (2022), Burkina Faso (2023) y Níger (2024) refleja un rechazo a un sistema de dominación neocolonial que utiliza el terrorismo como pretexto para mantener el control sobre recursos y territorios.

Ibrahim Traoré: «No podemos construir nuestro futuro con bases militares extranjeras en nuestro territorio. Cada base militar es una herida en nuestra soberanía nacional».

Las bases militares occidentales en África son, en esencia, la infraestructura física del imperialismo moderno. Mientras existan, África no podrá alcanzar verdadera soberanía ni desarrollarse en paz. La lucha por la desmilitarización de África y la eliminación de bases extranjeras es, por tanto, una condición indispensable para la liberación continental.

8) La guerra permanente como estrategia de subdesarrollo

8.1 Destrucción sistemática del potencial africano

La afirmación de Traoré sobre que el objetivo imperialista es mantener a África «en una guerra permanente para que no podamos desarrollarnos» revela una comprensión profunda de la economía política del subdesarrollo. África no es pobre por falta de recursos —es el continente más rico del planeta— sino porque su desarrollo representa una amenaza existencial para el sistema capitalista global.

Un África industrializada, que procesara sus propias materias primas, que desarrollara su agricultura para alimentar a su población, que construyera infraestructura independiente, que educara a sus masas, y que controlara soberanamente sus recursos, dejaría de ser la fuente de superexplotación que alimenta el bienestar occidental. Por eso, el desarrollo africano debe ser saboteado sistemáticamente.

La guerra permanente cumple esta función:

Destrucción de infraestructura: Las guerras destruyen carreteras, hospitales, escuelas y plantas industriales que toman décadas construir.

Desvío de recursos hacia gasto militar: Países como Burkina Faso y Malí gastan entre 8-12% de su presupuesto nacional en defensa.

Generación de refugiados: Los conflictos han generado más de 3 millones de desplazados en la última década.

Inversión imposible: La inseguridad permanente hace imposible la planificación económica a largo plazo.

Justificación para intervención: Sirve como pretexto para mantener bases militares extranjeras.

8.2 Caso de estudio: Burkina Faso bajo Thomas Sankara (1983-1987) vs el imperialismo (1987-2022)

Ningún ejemplo ilustra mejor la diferencia entre desarrollo soberano y subdesarrollo imperialista que comparar los cuatro años del gobierno revolucionario de Thomas Sankara con los 35 años posteriores de regímenes neocoloniales.

Bajo Thomas Sankara (1983-1987): En cuatro años, Burkina Faso pasó de importar el 75% de sus alimentos a casi la autosuficiencia. Se vacunó a 2.5 millones de niños. La tasa de alfabetización aumentó del 13% al 73%. Se construyeron cientos de centros de salud rurales y miles de escuelas. Se nacionalizaron recursos mineros y se rechazó pagar la deuda externa ilegítima.

Bajo los regímenes neocoloniales (1987-2022): Tras el asesinato de Sankara orquestado por Francia, Burkina Faso volvió a importar más del 60% de sus alimentos. La mortalidad infantil aumentó un 40%. La tasa de alfabetización cayó al 28%. Los recursos mineros fueron privatizados y entregados a corporaciones extranjeras. Burkina Faso acumuló una deuda externa de más de 4,000 millones de dólares.

La comparación es elocuente: en cuatro años de revolución popular, Burkina Faso logró más avances que en 35 años de gobiernos neocoloniales. Esto demuestra que el subdesarrollo africano no es inevitable sino el resultado deliberado de políticas imperialistas que destruyen alternativas soberanas.

8.3 El saqueo «legal»: tratados comerciales y multinacionales mineras

Mientras África está sumida en conflictos, las multinacionales occidentales extraen tranquilamente los recursos del continente mediante contratos leoninos. La República Democrática del Congo, uno de los países más ricos en minerales estratégicos, es también uno de los más pobres en términos de desarrollo humano. No es paradoja: es el resultado lógico de un sistema donde las corporaciones multinacionales extraen billones de dólares pagando regalías miserables.

Las compañías mineras occidentales operan en África con contratos que en cualquier país desarrollado serían considerados abiertamente saqueadores: regalías ultrabajas (3-5% frente al 20-30% en otros países), exenciones fiscales generosas, cláusulas de estabilidad que prohíben modificar legislación, doble contabilidad, y tribunales de arbitraje internacional que sistemáticamente fallan contra Estados africanos.

En Burkina Faso, las compañías mineras canadienses extraen más de 60 toneladas de oro anuales (valoradas en más de 3,500 millones de dólares), pero pagan menos del 5% en regalías y contribuyen menos del 1% al PIB nacional.

Burkina Faso, bajo el gobierno de Traoré, ha comenzado a revisar estos contratos mineros, exigiendo aumento de regalías al 15-20%, inversión obligatoria del 20% de ganancias en desarrollo local, transferencia de tecnología, restauración ambiental obligatoria, y participación estatal del 30% en todas las operaciones mineras.

Esta política revolucionaria marca el camino hacia una verdadera soberanía económica. No es casualidad que coincida con el incremento de amenazas terroristas: el imperialismo no tolera la insubordinación y utiliza el terrorismo como arma para castigar a quienes desafían su dominio.

9) Eurocentrismo y racismo: las justificaciones ideológicas del imperialismo contemporáneo

El imperialismo requiere justificaciones ideológicas para legitimarse. El eurocentrismo —la idea de que Europa representa la civilización superior mientras África es el continente del atraso— cumple esta función. Los medios de comunicación occidentales presentan sistemáticamente a África como un continente de hambrunas, dictadores, corrupción y violencia tribal, ignorando que estas condiciones son precisamente el producto del imperialismo.

El racismo estructura todo el discurso imperialista contemporáneo:

Lenguaje mediático: Cuando las potencias occidentales bombardean países africanos se llama «intervención humanitaria», cuando africanos resisten se llama «terrorismo».

Producción académica: La academia occidental produce conocimiento sobre África que refuerza estereotipos coloniales.

Ayuda humanitaria: El sistema de ayuda perpetúa la narrativa de África como continente dependiente que necesita ser «salvado».

Sistema de becas: Diseñado para extraer las «mejores mentes» africanas hacia Occidente (fuga de cerebros).

Este doble estándar racista es fundamental para mantener el consenso ideológico que permite la continuación del imperialismo. Como analizó Frantz Fanon, el racismo no es un prejuicio individual sino un sistema de dominación que justifica la explotación colonial y neocolonial.

La resistencia a este racismo sistémico requiere no solo denunciar sus manifestaciones sino construir alternativas epistemológicas y culturales que centren las experiencias, conocimientos y perspectivas africanas.

Ibrahim Traoré: «No aceptaremos que nos definan desde fuera. Somos africanos, tenemos nuestra historia, nuestra cultura, nuestros valores. Nuestro desarrollo debe partir de nuestras realidades, no de modelos importados que nos mantienen en subordinación».

10) Pagar con nuestras riquezas: la economía del saqueo y las alternativas soberanas

10.1 La transferencia neta de riqueza: de África hacia Occidente

Contrario al discurso dominante que presenta la «ayuda al desarrollo» occidental como un acto de generosidad, los flujos financieros entre África y Occidente revelan una realidad opuesta: África subsidia masivamente a Occidente. Un estudio de 2017 del Global Justice Now cuantificó que por cada dólar de ayuda que África recibe, el continente pierde 14 dólares en flujos financieros ilícitos, evasión fiscal de multinacionales, repatriación de beneficios, pagos de deuda, y términos de intercambio desiguales.

Entre 1970 y 2018, África ha transferido neto hacia Occidente aproximadamente 1.35 billones de dólares. Esto significa que lejos de ser un continente dependiente de caridad externa, África es un contribuyente neto al desarrollo occidental. El nivel de vida en Europa y Estados Unidos se sostiene en parte significativa gracias al saqueo continuado de recursos africanos a precios artificialmente deprimidos.

Estos flujos de riqueza son estructurales al capitalismo global:

Términos de intercambio desiguales: África exporta materias primas baratas e importa productos manufacturados caros.

Evasión fiscal corporativa: África pierde más de 40,000 millones de dólares anuales por evasión fiscal.

Deuda externa: Los pagos superan con creces la ayuda recibida.

Fuga de capitales: Miles de millones de dólares abandonan África ilegalmente cada año.

Sin embargo, las nuevas dinámicas geopolíticas están alterando estos flujos tradicionales. La AES ha implementado políticas revolucionarias: control estatal de recursos estratégicos con nacionalización de minas y renegociación de contratos; comercio Sur-Sur con China, Rusia, India y Turquía; Banco de Desarrollo del Sahel con 500 millones de dólares de capital inicial; y moneda soberana que reemplazará al Franco CFA.

10.2 Recursos que alimentaron el imperialismo y empiezan a nutrir la Resistencia

Níger produce aproximadamente el 5% del uranio mundial, y Francia obtiene el 30% del uranio que alimenta sus centrales nucleares de minas nigerinas. Sin embargo, Níger está entre los países con menor acceso a electricidad del mundo, con apenas el 19% de su población conectada a la red eléctrica. Esta obscena paradoja encapsula perfectamente la lógica del imperialismo.

Las minas de uranio de Arlit y Akokan, operadas por la compañía francesa Orano, han generado más de 30,000 millones de dólares en ganancias para Francia desde 1971, mientras las comunidades locales sufren contaminación radiactiva grave, falta de agua potable y pobreza extrema.

Burkina Faso y Malí son importantes productores de oro. En 2024, Burkina Faso se convirtió en el cuarto productor de oro de África, con una producción de más de 70 toneladas anuales. Sin embargo, sus poblaciones viven en la pobreza mientras las compañías mineras extranjeras extraen miles de toneladas del metal precioso pagando regalías irrisorias.

La AES ha comenzado a revertir esta lógica extractivista: Níger renegoció todos los contratos de uranio exigiendo regalías del 15% e inversión en plantas de energía nuclear para uso doméstico; Burkina Faso nacionalizó temporalmente tres minas de oro y creó una refinería estatal; Malí impuso un impuesto especial del 25% sobre exportaciones de oro.

Estas políticas han generado resistencia feroz por parte de las corporaciones occidentales y sus gobiernos. Sin embargo, la determinación de los países de la AES ha sido firme, comprendiendo que sin control sobre sus recursos naturales, no habrá desarrollo soberano posible.

11) El papel de China en África: Cooperación Sur-Sur vs. Imperialismo

Sería simplista presentar el imperialismo únicamente como un fenómeno occidental. China, segunda economía mundial y potencia emergente, ha expandido masivamente su presencia en África a través de inversiones en infraestructura, comercio, y préstamos. Entre 2000 y 2023, el comercio entre China y África creció de 10,000 millones de dólares a más de 280,000 millones, convirtiendo a China en el principal socio comercial de África.

Algunos analistas occidentales hablan de «imperialismo chino». Sin embargo, la relación de China con África es cualitativamente diferente a la occidental en aspectos importantes:

Diferencias clave con el imperialismo occidental:

Infraestructura vs extracción: China ha priorizado la construcción de infraestructura tangible. En los últimos 20 años, China ha construido más de 6,000 kilómetros de ferrocarriles y 150,000 kilómetros de carreteras en África.

Sin condicionalidades políticas: A diferencia del FMI y Banco Mundial, China no exige privatizaciones o cambios en sistemas políticos.

Transferencia de tecnología: Los proyectos chinos generalmente incluyen capacitación local y transferencia gradual de tecnología.

Comercio más equilibrado: China no solo compra recursos, sino que vende productos manufacturados africanos en su mercado masivo.

Esto no significa que China sea altruista —persigue sus propios intereses económicos y geopolíticos— pero su modelo de engagement no se basa en el saqueo violento directo que caracteriza al imperialismo occidental.

En el Sahel, China ha intensificado su cooperación: en Burkina Faso construye una refinería de oro y un hospital universitario; en Malí financió un puente sobre el río Níger y un sistema de irrigación; en Níger desarrolla una planta solar de 100 MW y un sistema de telecomunicaciones nacional.

La cooperación militar también ha crecido. China ha proporcionado equipos no letales a los ejércitos de la AES, junto con capacitación en mantenimiento y operaciones logísticas. A diferencia de Occidente, China no insiste en la presencia de tropas ni en bases militares permanentes.

Diplomático africano anónimo: “Occidente nos ofrecía ‘ayuda' con cadenas; China nos ofrece negocios con apretones de manos. Preferimos negocios».

12) El papel de Rusia en el Sahel: De Wagner al Estado ruso y la lucha por la soberanía

La presencia rusa en el Sahel ha evolucionado significativamente desde la irrupción del Grupo Wagner en 2018 hasta la actual cooperación estatal directa. Esta evolución refleja los cambios geopolíticos globales y las estrategias de los países del Sahel para diversificar aliados y reducir la dependencia occidental.

El período Wagner (2018-2023)

El Grupo Wagner, una empresa militar privada vinculada al Estado ruso, ingresó al Sahel aprovechando el vacío dejado por la retirada parcial de fuerzas francesas. Wagner ofreció servicios de seguridad a cambio de acceso a recursos mineros y bases estratégicas. Malí fue el primer país donde Wagner entró en 2021, reemplazando gradualmente a las fuerzas francesas.

Las operaciones de Wagner fueron controvertidas: acusado de cometer abusos contra civiles, ejecuciones sumarias y saqueo de recursos. Sin embargo, en muchos casos, Wagner logró estabilizar zonas que habían estado fuera del control estatal durante años.

Transición a cooperación estatal rusa (2023-presente)

Tras la muerte de Yevgeny Prigozhin en 2023, Rusia ha optado por una estrategia más institucional: acuerdos militares directos proporcionando equipos y capacitación; cooperación económica para desarrollo de infraestructura energética y minería; intercambio educativo y cultural con becas y programas de capacitación técnica.

La perspectiva rusa sobre el Sahel:

Soberanía nacional: Rusia respeta públicamente la soberanía de los países africanos.

Multipolaridad: Rusia ve a África como aliado natural en la construcción de un mundo multipolar.

Antiimperialismo histórico: Rusia se presenta como continuadora del apoyo soviético a las luchas de liberación.

Intereses pragmáticos: Rusia busca acceso a recursos estratégicos y mercados para su industria.

La AES valora esta cooperación por respeto a la soberanía, efectividad militar, transferencia de capacidades, y como alternativa geopolítica que permite diversificar aliados y reducir la dependencia occidental.

Ministro de Relaciones Exteriores de Burkina Faso, 2025 :»Rusia no nos dice cómo debemos gobernar. No nos exige que cambiemos nuestra moneda o que privatizemos nuestros recursos. Nos tratan como socios iguales, no como colonias. Esto es lo que llamamos respeto mutuo».

13) La Alianza de Estados del Sahel: Hacia un orden multipolar y la lucha contra el aislacionismo occidental

En septiembre de 2023, Burkina Faso, Malí y Níger formaron la Alianza de Estados del Sahel (AES), una confederación que representa la respuesta africana más significativa al imperialismo francés en décadas. Los tres países, todos gobernados por juntas militares surgidas de golpes populares contra gobiernos pro-franceses corruptos, han expulsado tropas francesas, han denunciado tratados militares y económicos coloniales, y están coordinando políticas de soberanía monetaria, seguridad colectiva, y desarrollo independiente.

La AES no es simplemente un pacto militar sino un proyecto político integral de liberación nacional. Representa el intento de recuperar el espíritu del panafricanismo revolucionario de los años 1960-70, aprendiendo de los errores del pasado, pero manteniendo el objetivo central: África para los africanos, desarrollo soberano, unidad continental.

Estructura institucional de la AES

La AES ha creado una estructura institucional robusta:

Consejo de Seguridad Permanente: Mecanismo de coordinación militar para operaciones conjuntas y defensa colectiva.

Banco de Desarrollo del Sahel: Institución financiera soberana con capital inicial de 500 millones de dólares.

Comisión Monetaria: Órgano encargado de diseñar la nueva moneda soberana (Franco del Sahel).

Comité de Recursos Estratégicos: Mecanismo para coordinar políticas sobre minería, energía y recursos naturales.

Parlamento Panafricano del Sahel: Órgano legislativo en formación que representará a los pueblos de los tres países.

Respuesta al aislacionismo occidental

Tras la formación de la AES, Francia, Estados Unidos y la Unión Europea implementaron una política de aislamiento: sanciones económicas con congelamiento de activos; presión diplomática en organismos internacionales; y guerra mediática presentando a los gobiernos como «dictaduras militares».

La AES ha respondido con: diversificación de alianzas estableciendo relaciones con China, Rusia, India, Turquía; integración regional profunda desarrollando infraestructura transfronteriza; economía de resistencia con programas de autosuficiencia alimentaria; y diplomacia de solidaridad en la Unión Africana y otros foros internacionales.

Visión de futuro

Corto plazo (2025-2027): Consolidación de la seguridad interna e implementación de la moneda soberana.

Mediano plazo (2028-2035): Integración económica profunda y desarrollo de infraestructura energética regional.

Largo plazo (2035+): Expansión de la alianza a otros países africanos y construcción de una federación política y económica.

Ibrahim Traoré: «No pedimos permiso a nadie para liberarnos. Nuestros ancestros nos legaron valores de dignidad, coraje y resistencia. Estamos reclamando nuestra soberanía total —política, económica, cultural, militar. No aceptaremos tutela de ninguna potencia extranjera».

14) Hacia la segunda liberación de África: Lecciones históricas y perspectivas revolucionarias

14.1 ¿Por qué fracasaron las primeras independencias?

Las independencias africanas de los años 1950-70 conquistaron la soberanía formal, pero fracasaron en establecer verdadera independencia económica. Múltiples factores explican este fracaso: la fragmentación del continente en 54 Estados; la persistencia de estructuras económicas coloniales; la corrupción de élites africanas; y la brutal represión occidental contra todo líder que intentara un desarrollo verdaderamente independiente.

Patrice Lumumba (Congo), Kwame Nkrumah (Ghana), Ahmed Sékou Touré (Guinea), Modibo Keïta (Malí), Thomas Sankara (Burkina Faso), Muammar Gaddafi (Libia), todos líderes que desafiaron el imperialismo fueron derrocados o asesinados con complicidad directa de potencias occidentales.

Lecciones clave para la segunda liberación:

Unidad continental: La fragmentación fue una estrategia deliberada. La liberación requiere unidad a escala continental.

Control soberano de recursos: Sin control sobre recursos naturales, no hay soberanía posible.

Autosuficiencia alimentaria: La dependencia alimentaria es un arma imperialista.

Educación descolonizada: Los sistemas educativos deben liberarse del pensamiento eurocéntrico.

Defensa colectiva: Sin capacidad de defensa propia, la soberanía es ilusoria.

Moneda soberana: El control monetario es la base de la soberanía económica.

Diplomacia de solidaridad: África debe construir alianzas con otros pueblos del Sur Global.

14.2 La AES y la aplicación de las lecciones

La AES ha aprendido muchas de estas lecciones: representa unidad regional en acción; está renegociando contratos mineros; implementa programas de seguridad alimentaria; reforma la educación para descolonizar currículos; construye capacidades defensivas autónomas; abandona el Franco CFA; y establece alianzas con múltiples países del Sur Global.

Sin embargo, debe evitar errores históricos: corrupción interna que puede corromper procesos revolucionarios; culto a la personalidad que debilita instituciones; aislamiento internacional; y falta de base social amplia que garantice participación popular.

Amílcar Cabral: «La libertad no es un don, es una conquista».

15) La importancia estratégica del Sahel en la nueva geopolítica mundial

El Sahel no es simplemente una región periférica en conflicto; es un espacio geopolítico de importancia estratégica global por múltiples razones.

Recursos estratégicos

El Sahel alberga algunos de los recursos más importantes para la economía global del siglo XXI: uranio (Níger posee las sextas reservas más grandes del mundo); oro (Burkina Faso y Malí son grandes productores); litio (reservas masivas aún no explotadas); cobre y cobalto (cruciales para la transición energética); y tierras raras (esenciales para tecnología de alta gama).

Este «tesoro geológico» convierte al Sahel en un campo de batalla por el control de los recursos del futuro. Las potencias globales compiten por acceso y control, pero los países de la AES están determinados a que estos recursos beneficien a sus pueblos.

Ubicación geográfica estratégica

El Sahel es un corredor crucial: puente entre el norte y el sur de África; encrucijada entre el Atlántico y el Índico; y región de influencia sobre el Magreb, el Cuerno de África y África occidental. Esta ubicación ofrece oportunidades para posicionarse como centro logístico y comercial en un mundo multipolar.

Nuevas dinámicas geopolíticas

El mundo está transitando hacia un orden multipolar. Este cambio abre espacios de maniobra para África: diversificar alianzas, jugar potencias rivales unas contra otras, explorar modelos de desarrollo alternativos, y construir autonomía estratégica.

Oportunidades históricas:

Transición energética: África tiene el potencial solar más grande del mundo y puede liderar su propia transición energética.

Reindustrialización: La desglobalización crea oportunidades para la reindustrialización africana.

Reforma financiera: Búsqueda de alternativas al dólar y creación de bancos de desarrollo no occidentales.

Nuevos espacios diplomáticos: BRICS+ y otros organismos ofrecen alternativas a instituciones occidentales.

Thomas Sankara: «La lucha por la liberación de África es la lucha más noble que un africano puede emprender».

16) La solidaridad internacionalista: Un imperativo estratégico para la liberación global

La lucha de los países del Sahel por la soberanía no puede entenderse en aislamiento; es parte de una lucha global contra el imperialismo y el capitalismo. La solidaridad internacionalista con la AES no es caridad ni romanticismo revolucionario; es un imperativo estratégico para todos los pueblos que luchan por su liberación.

Dimensiones de la solidaridad internacionalista

Solidaridad política: Presión diplomática sobre gobiernos occidentales para que levanten sanciones arbitrarias.

Solidaridad mediática: Contrarrestar la campaña de desinformación occidental sobre la AES.

Solidaridad económica: Boicot a corporaciones que saquean recursos del Sahel.

Solidaridad académica: Investigación independiente sobre la realidad del Sahel.

Solidaridad de movimientos sociales: Conexión entre movimientos del mundo entero.

Lecciones para otros movimientos de liberación

La resistencia del Sahel ofrece lecciones valiosas: la importancia de la unidad regional; el rol del ejército en revoluciones populares bajo condiciones específicas; la necesidad de soberanía en múltiples dimensiones; y la importancia de construir alternativas concretas.

La solidaridad como arma estratégica

En el contexto actual de crisis capitalista global, la solidaridad internacionalista no es un lujo sino un arma estratégica. El imperialismo se basa en la división de los pueblos oprimidos. La unidad internacional de los explotados es la única fuerza capaz de desafiar el poder global del capital.

Kwame Nkrumah: «El panafricanismo no es una ideología racial; es una respuesta política a una situación política. La unidad africana es la condición previa para la verdadera independencia».

Ibrahim Traoré:»No luchamos solo por Burkina Faso, luchamos por todos los pueblos oprimidos del mundo. Nuestra victoria será su victoria; nuestra liberación será la liberación de todos».

17) Conclusión: ¡África para los africanos! La segunda liberación como proyecto histórico

La Alianza de Estados del Sahel representa la expresión más concreta y avanzada de la resistencia antiimperialista contemporánea en África. No es un proyecto perfecto ni exento de contradicciones internas, pero es un proyecto revolucionario que desafía directamente la matriz del poder colonial y neocolonial en el continente.

La declaración de Ibrahim Traoré —»Lo que hay en África no es terrorismo, es imperialismo. Son quienes enseñan a los terroristas. Su objetivo es mantenernos en una guerra permanente para que no podamos desarrollarnos y sigamos pagándoles con nuestras riquezas«— es mucho más que una denuncia; es un programa de acción revolucionaria.

Reconocer que el terrorismo en el Sahel es un síntoma del imperialismo, no su causa, es el primer paso para combatirlo efectivamente. El segundo paso es organizar la resistencia popular, construir instituciones soberanas, y reclamar el control sobre recursos, territorio y destino histórico.

África no necesita más «intervenciones humanitarias», más «ayuda al desarrollo», más bases militares extranjeras. África necesita y exige soberanía total, control sobre sus recursos, libertad para elegir su propio camino de desarrollo, y solidaridad —no dominación— de otros pueblos del mundo. La AES representa un paso crucial en esta dirección, pero es solo el comienzo de un proceso mucho más amplio.

El futuro de África será escrito por africanos, no por potencias extranjeras. La segunda liberación del continente, la liberación económica que complete la liberación política formal de los años 1960, está en marcha. El imperialismo resistirá con todas sus fuerzas —violencia militar, sabotaje económico, propaganda mediática, terrorismo fabricado— pero la historia está del lado de los pueblos, no de los opresores.

Para los pueblos del mundo que luchan contra el imperialismo y el capitalismo, la resistencia africana es inspiración y lección. Demuestra que incluso los países más pobres y aparentemente débiles pueden desafiar a las potencias imperiales cuando tienen dirección política clara, apoyo popular, y determinación de ser libres.

Thomas Sankara:»No puede haber salvación para nuestro pueblo fuera de nuestro total compromiso con la causa de la liberación de África».

Esta sigue siendo la tarea histórica del momento. La AES ha tomado la antorcha de esta lucha y la ha llevado a un nuevo nivel. Su éxito no está garantizado, pero su ejemplo ya ha inspirado a millones de africanos a creer nuevamente en la posibilidad de una África verdaderamente libre y soberana.

¡África para los africanos!

¡Muerte al imperialismo!

¡Viva la revolución panafricana!

¡Viva la Alianza de Estados del Sahel!

Fuente https://hojasdebate.es/internaciona...

Tomado de: https://rebelion.org/el-imperialism...

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