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AnteayerWeb Tortuga AA-Moc

A los 40 años del referéndum OTAN: Repensar la movilización pacifista (parte I)

16 Febrero 2026 at 00:00
Por: (tortuga)

El 12 de marzo se cumplirán 40 años desde que se celebró el referéndum promovido por Felipe González sobre la permanencia de España en la OTAN. Era una época doblemente grave en lo que hace a la paz y la guerra, tanto por el contexto internacional de inseguridad global y paz fría como por el contexto interno de militarismo y pretorianismo del ejército español.

Paradójicamente, si reconstruimos aquel panorama con datos de SIPRI u otros informes de la época, el mundo actual luce más sombrío, desafiando nuestra intuición nostálgica de que el mundo de los 80 del siglo XX era peor que el de los años 20 del siglo XXI y confirmando la sospecha de una pétrea continuidad que responde a un mismo paradigma de fondo y a una remilitarización planificada, con raíces en las políticas neocoloniales y ultraliberales Reagan-Thatcher y acelerada por multipolaridad caótica y la ansiedad por el dominio estratégico ante la aceleración de los signos de agotamiento del sistema capitalista y del desbordamiento de múltiples crisis globales.

El contexto de paz fría de 1986

Aunque sea una simplificación muy esquemática, creo que las principales características de los años 80 y del propio año 1986 en lo que se refiere al tema de la paz eran las siguientes:

  • Había un contexto de confrontación global (es decir, por medios militares y no militares) conocido como «guerra fría»; con dos bloques militares enfrentados y altamente armados, empeñados en una carrera militar tecnologizada (misiles intercontinentales y escalada nuclear, submarinos nucleares, guerra de las galaxias, etc. que perseguían una doctrina suicida de disuasión basada en la capacidad de destrucción mutua asegurada; y con un enorme incremento del gasto militar que detraía recursos para consolidar el poder militar de cada bloque (condicionando y lastrando el resto de políticas públicas, sobre todo las que tenían que ver con la verdadera seguridad humana).
  • A ello se sumaba el despliegue de misiles nucleares y de un contingente militar espectacular a ambos lados del llamado t«elón de acero», así como una percepción colectiva de inseguridad militar global, dos elementos que alimentaban (y eran usado como justificación) el militarismo y el clima de crisis permanente y daba espectaculares oportunidades para el desarrollo de complejos militares más interesados en promover sus cuentas de resultados que en el diálogo o la paz entre los pueblos.
  • Además, las grandes potencias evitaban la confrontación directa, pero alimentaban los conflictos militares y guerras «indirectas» en países terceros y de mayor o menor intensidad.
  • Vivíamos en pleno apogeo los efectos de las políticas ultraliberales del ciclón Reegan y de la no menos ultra Tatcher, profundizadas y empeoradas a partir de entonces hasta la fecha.
  • Existía un tercer bloque de países que querían salir de las redes perversas de estas lógicas y promover políticas no alineadas y de avance en otro tipo de paz menos militarizada.

En lo que se refiere a España, jugaba de facto un papel integrado en el entramado occidental: a los acuerdos del franquismo para la cesión de bases a EEUU (Rota, Morón, Torrejón de Ardoz, Zaragoza y Bardenas Reales) se sumaba el papel «alineado» de la política militar española con la del bloque occidental, la consideración del pacto de Varsovia y de su país promotor como enemigos innegociables y la subordinación del armamento, logística y doctrina militar, etcétera a las tecnologías, licencia y directrices principalmente de EEUU (también de Francia, Alemania e Italia en cuanto a determinados armamentos).

Soportábamos una presencia muy descarada del ejército en la vida pública, marcada por amenazas constantes e intentos de alzamiento militar (y no sólo la irrupción del teniente coronel Tejero en el Congreso de los Diputados en febrero de 1981), una extrema derecha activa en la violencia callejera y que generaba ruido reclamando la intervención militar para« salvar a España».

Además, desde octubre de 1981 España formaba parte de la OTAN, completando así el alineamiento a las políticas militares de EE. UU.

Por entonces no existía un «índice global de paz» como existe ahora. Tal índice sólo existe desde 2007. Pero sí circulaba infinidad de informes y datos que nos permiten hacer una comparación muy aproximada ente lo consignado entonces y lo que reflejan los actuales índices globales de paz.

Una comparación

Respecto de los principales parámetros mundiales de confrontación militar, el año 1986 registraba según el SIPRI entre 35 y 40 conflictos armados de diversa intensidad (Afganistán, Congo y Nepal, Sierra Leona, Chechenia, Burundi, entre los principales), el gasto militar mundial (en dólares constantes) estaba situado en 1,19 billones y en cuanto a la seguridad y percepción de paz, analizados los 13 parámetros que contempla el índice global de paz, era sencillamente malo, con altos índices de criminalidad (que luego descendieron) en américa latina, EE.UU y Europa, etc. y crecientes desatenciones a necesidades básicas de toda índole.

La situación era terrible y las poblaciones de Europa, a uno y otro lado del río Rin, de verdadero cautiverio, rehenes de la lógica de guerra, del militarismo de la época y de la construcción cultural del clima de guerra por todos los medios (y no solo el militar).
En 2026 los conflictos armados y guerras en el mundo se cifran entre 59 y 61, con más de 86 países involucrados en ellos, el gasto militar mundial (igualmente en dólares constantes) es de 2,72 billones de dólares (un 126% más que entonces) y 181 países han aumentado su gasto militar y su militarismo en 2025, aumento que sigue una línea ascendente desde hace más de 10 años (es decir, que ni es de ahora, ni únicamente atribuible a que Trump esté loco, sino fruto de un planificado proceso con muchos más colaboradores y ramificaciones). Y por si faltara algún ingrediente, los últimos tratados de control de armamento nuclear han vencido por completo y no parece probable que se reinicie una nueva ronda de renegociación. Podemos ver esta situación en el cuadro siguiente:

Por lo que respecta a España nos hemos situado en los puestos principales de los ránquines mundiales de obscena promoción gubernamental de la guerra, aunque el PSOE de Felipe González y Solana ya apuntaba maneras en 1986, como, muestro en la siguiente tabla:

Podríamos introducir otros parámetros más que demuestran que estamos peor, más endeudados, que soportamos más contaminación por la actividad militar, y que el riesgo de vernos involucrados en una confrontación violenta no querida por nadie son mayores.

Tendencia suicida y despertar de la conciencia

De los datos expuestos se desprenden múltiples lecturas, pero tres resaltan con crudeza desde una mirada crítica: primero, la preparación de la guerra y la "paz fría" se han afianzado como eje rector de la política global, eclipsando cualquier alternativa; segundo, la violencia -ya sea directa, cultural o estructural- se ha erigido en la lógica última de un mundo construido con irresponsable ceguera; y tercero, la seguridad humana y ecológica ha retrocedido de forma alarmante, con amenazas de hace 40 años que no solo persisten, sino que se han multiplicado exponencialmente.

La guerra, en su dimensión estrictamente militar o en sus formas proxy e híbridas, actúa como el reverso inseparable del capitalismo: una cara bifronte que se desdobla en capas de dominación -desde la violencia abierta hasta la simbólica- y que hoy se ha sistematizado en una maquinaria compleja donde el militarismo dicta los ritmos, modela los valores y organiza las acciones y los propios deseos.

De este modo el militarismo va más allá del desborde del Ejército en la vida civil; es la propia lógica amigo/enemigo que organiza recursos, imaginarios y prácticas cotidianas y que atraviesa los Estados en su propia médula, sean estos «de derechas» o de «izquierdas». Y esto no obedece a un pirómano solitario al mando de la manguera, sino a un vasto entramado de complicidades silenciosas, torpezas deliberadas, renuncias calculadas y omisiones que han cocinado el clima bélico actual.

Un complejo que hemos naturalizado prestándole nuestro propio consentimiento.
Edmund Burke lo intuyó en el siglo XVIII, mucho antes de Hitler, Franco o los Trumps y Putin de turno: "Lo único necesario para que el mal triunfe es que los buenos no hagan nada".

La experiencia de las luchas noviolentas -desobediencia civil, insumisión, boicots, objeción fiscal o científica, y toda la caja de herramientas desplegada por esta- lo corrobora con creces. Como sentenció un referente de estas resistencias: «lo más atroz de las cosas malas de la gente mala es el silencio de la gente buena». Ahí radica lo más luminoso y esperanzador que aún nos queda: la operatividad de la negativa en conciencia a colaborar con este estado de cosas y la resistencia firme frente a todo ello que sigue eligiendo tanta gente dispuesta a poner en la balanza otras razones distintas al puro cálculo sumiso.

Despertar la conciencia de la gente buena para que no guarde silencio y pase de la pasividad a la acción resulta, como siempre ha ocurrido desde que el mundo es mundo, nuestro principal instrumento de cambio y nuestro reto más acuciante.

Dos diferencias

Pero ¿Cuáles son las principales diferencias del momento que vivimos respecto del que movilizó la energía por la paz de los años 80 del siglo XX?, ¿cuál es la fractura principal ante esta deriva suicida?

Dos, a mi juicio. Primero, la autosuficiencia con que las mayorías devoran los relatos del poder: una normalización progresiva de valores militaristas, del miedo como pegamento identitario y de la promesa capitalista de una "patada adelante" que nunca llega. Segundo, la tibieza de las plataformas teóricamente transformadoras: menos movilización capilar, menor penetración en una sociedad cada vez más delegativa y pasiva.

Frente a un panorama infinitamente más grave -que debería encender indignaciones masivas-, la gran diferencia con 1986 radica en el desconcierto y el sopor actuales: menor movilización social, un horizonte de sentido más desconcertado y una energía política más fatigada que los que caracterizaron aquellos tiempos.

Durante los años 80 y de la mano de un «movimiento por la paz» difuso y plural a escala mundial (y también entre nosotros) el dibujo de la paz a la que se aspiraba y que movilizaba amplias corrientes sociales pasaba por la reversión de las políticas de enfrentamiento y de guerra fría, por la desobediencia al militarismo y la movilización de un ciclo de lucha social inédito y por el dibujo de una idea de paz estructural y cultural que imponía nuevos modelos de defensa y aspiraciones de desarrollo y seguridad verde, feminista, antimilitarista, anticolonial, ...

En este pequeño apéndice-retaguardia del bloque occidental, y entre nosotros, ese pacifismo social, movilizado por las articulaciones más alternativistas y por los múltiples enfoques «rojos», sindicalismos de clase, movimientos religiosos, culturales, barriales, etc. fue capaz de protagonizar algunos de los ciclos de lucha social por la paz más potentes y ( como se pide ahora por las nuevas teorías y jergas laclaunianas que por entonces ni siquiera leíamos) interseccional, transversal, capilar y capaz de afectar a la propia metodología de acción política, a la cultura popular y de dinamizar el empuje de la sociedad en aspiraciones de paz inéditas y alejadas del militarismo.

No evoco nostalgia por "tiempos mejores", ni idealizo aquellos ciclos que también contaron con sus fracturas, dogmatismos y celadas internas. Pero sí afirmo que su elasticidad creativa, su capacidad para apelar a la conciencia colectiva y galvanizar energías transformadoras era cualitativamente distinta a la actual.

Y hoy, ese pábilo titila con fragilidad; urge avivarlo con la misma audacia que entonces, antes de que el silencio nos condene del todo a la resignación o al cinismo y veamos como de vez en cuando nos dan un caramelo (como fue el del supuesto embargo de armas a Israel) para que algunos partidos instrumentalicen la lucha por la paz para reivindicar su esencial papel negociador con el voraz poder militarista, dando con una mano lo que con la otra nos quitan.

Mambrú no fue a la guerra: 45 años desobedeciendo

13 Febrero 2026 at 00:00
Por: (tortuga)

Replicamos hoy, íntegro, el texto del 4 de febrero con el que el Colectivo Mambrú, de Zaragoza, celebra sus primeros 45 años desobedeciendo. Lo celebran con el texto que sigue, con la invitación a un acto y con un enlace a la primera publicación de Mambrú.

Muchas felicidades. Enhorabuena y un sentido abrazo.

Política Noviolenta


Y van cuarenta… y cinco.

Este invierno, mientras los amos del dinero —que no de nuestras vidas, pues son solo nuestras— se esfuerzan por empobrecer el mundo y militarizarlo, nuestro colectivo Mambrú cumple 45 años de vida desobediente y 40 la publicación antimilitarista de la que tomamos su nombre tras conseguir acabar con la mili.

El antiguo COA (Colectivo de Objeción y Antimilitarismo) nació en noviembre de 1980 junto al desaparecido CAN (Colectivo para una Alternativa Noviolenta). Ambos surgieron del primigenio Grupo de Objetores de Zaragoza, que comenzó su andadura hacia 1973. Con el COA creamos el fanzine antimilitarista Mambrú, una humilde revista aragonesa de contrainformación editada por primera vez en diciembre de 1985.

Esta publicación se convirtió en el órgano ‘oficial' de un floreciente Movimiento de Objeción de Conciencia en el Estado español (el MOC), cuya fundación en 1977 contó con la contribución de integrantes de nuestro grupo. Hoy, aquella vieja revista es un medio de expresión digital para el aprendizaje de la noviolencia que sirve de altavoz a la resistencia civil de todo el planeta, una multitud de experiencias pacíficas, muchas de ellas ignoradas, que os contamos con orgullo y admiración.

Si miras atrás… la lucha histórica por la objeción de conciencia frente a los cuarteles de la dictadura franquista, la insumisión en una democracia que la llaman así y no lo es, la autoorganización antimilitarista, tenaz, valerosa, dentro y fuera de sus cárceles hasta acabar con el servicio militar obligatorio y la prestación sustitutoria, la desobediencia civil sin fronteras contra los señoros de la globalización neoliberal, talleres y más talleres de educación para la paz, contra la economía de guerra y la precarización social, la denuncia de los crímenes y la represión en Bosnia, Irak, Palestina, Siria, Ucrania, Venezuela, Irán, Mineápolis…

Un suma y sigue de guerras, invasiones racistas y coloniales, dictaduras, estados policiales… Pero también una carrera ilusionante por mejorar la condición de la humanidad, por ofrecer herramientas noviolentas a los movimientos civiles para oponernos a las injusticias y divulgar alternativas a la defensa armada y la autodestrucción humana y medioambiental.

Mambrú es cientos y cientos de acciones directas coherentes, transformadoras y divertidas —¿por qué no cambiar el mundo con alegría?— para defendernos de quienes dicen defendernos, aunque en verdad solo defiendan, a sangre y fuego, capitales, imperios y privilegios. A lo largo de todo este tiempo compartido nos ha movido la convicción de que el camino que seguimos es un espejo del destino; por eso, nos esforzamos para que nuestros métodos sean siempre coherentes con nuestros fines, con el mundo que deseamos vivir. No queremos esperar al futuro para ser libres, queremos que nuestras formas de actuar ahora sean ya un reflejo de ese mundo nuevo que llevamos en nuestros corazones.

Somos un puñado de gente dispuesta a frenar la apología de la guerra, que cuestiona la normalización de la violencia y la dominación estructural, que trata de prevenirnos de nuevas y mortíferas guerras o de la represión cotidiana superando la idea de que la seguridad requiere de ejércitos, autoritarismo, jerarquías, rearme, obediencia ciega…

Se dice que quien controla el pasado controla el futuro, y quien controla el presente controla el pasado. La nuestra es una lucha contra el control del tiempo vivido y por vivir, también contra la indiferencia y el olvido que perpetúa las causas y agrava las consecuencias de los problemas a los que nos enfrentamos. Celebramos nuestra memoria, reflexionando sobre el ayer para imaginar, y construir, un mañana de justicia. Somos un pequeño colectivo haciendo cosas pequeñas para cambiar el mundo.

Por ello, y porque cuidar la memoria antimilitarista es imprescindible para cuidar una sociedad que urge desmilitarizar, te invitamos el viernes 13 de febrero a una jornada de debate y reencuentro. Ese día, celebraremos, a las 18.30 h en La Pantera Rossa (San Vicente de Paúl 28), un cineforum con «Te harán un hombre», de Mireia Prats y Joan Torrents. Un documental que increpa a la sociedad sobre la normalización de la violencia militarista, la impunidad del ejército español y la ausencia de transparencia institucional en una democracia bajo la sombra de la dictadura franquista.

La película cuenta en primera persona los abusos que sufrió la juventud durante el servicio militar español, un maltrato institucional que podría repetirse en el caso de implantarse de nuevo aprovechando el impulso bélicista que vivimos y con el pretexto de fortalecer la seguridad europea.

Nos gustaría vernos, reflexionar juntas, sonreírnos de nuevo y seguir imaginando contigo otra existencia, ¿te vienes?

Fuente: https://www.politicanoviolenta.org/...

Teatro Antimilitarista: (12) La clase de Historia

1 Febrero 2026 at 00:00
Por: (tortuga)

Maxi de Diego: Teatro antimilitarista (contra las guerras y sus secuaces)
Selección de poemas y pequeñas obras teatrales de temática antimilitarista.


Tristes guerras
si no es amor la empresa.
Tristes, tristes.

Tristes armas
si no son las palabras.
Tristes, tristes.

Tristes hombres
si no mueren de amores.
Tristes, tristes.

Miguel Hernández


La clase de Historia

Al finalizar la clase, en el aula.

ALUMNA: ¿Puedo hablar con usted?
PROFESORA: Por favor, llámame de tú.
ALUMNA: No sé si voy a poder.
PROFESORA: Inténtalo.
ALUMNA: Necesito preguntarle algo, pero me da corte.
PROFESORA: Adelante. Me gustan las preguntas.
ALUMNA: Bueno... ¿Se va a pasar todo el curso hablándonos de guerras?
PROFESORA: Claro, es la Historia. Además, están en el currículo.
ALUMNA: Pues vaya mierda. (Pausa. Se miran.) Disculpe, no me gusta hablar así a los profesores.
PROFESORA: No te preocupes. A mí también se me escapa a veces. Aunque haces bien en cuidar tu lenguaje. Los jóvenes últimamente estáis muy descuidados en eso.
ALUMNA: ¿Y usted cómo lo sabe? ¿Qué sabe usted de los jóvenes?
PROFESORA: Bueno, trabajo con vosotros.
ALUMNA: Pero eso no es suficiente para conocernos.
PROFESORA: Sí, claro, tienes parte de razón. (Pausa.) Pero en lo de las guerras... Creo que te queda mucho curso para oír hablar de ellas. Acabamos de empezar. ¿Tienes algún motivo especial para tu protesta?
ALUMNA: Soy antimilitarista.
PROFESORA: (Sorprendida.) ¿Tú? ¿Antimilitarista? ¿A tu edad? Me dejas de piedra. Vaya, antimilitarista, nada más y nada menos. Son palabras mayores.
ALUMNA: ¿Se está burlando de mí?
PROFESORA: No, disculpa. Nada más lejos de mi intención. Pero llevo veinte años dando clase y nunca ningún alumno se había dirigido a mí presentándose así.
ALUMNA: A lo mejor usted no facilitaba que alguien se lo dijera.
PROFESORA: Es posible. (Pausa.) ¿Has pensado que alguien antimilitarista debe conocer el militarismo y sus guerras para criticarlas mejor?
ALUMNA: Sí, claro. Pero usted, como todos los profes de Historia, no nos habla desde esa perspectiva. Se limita a enumerar enfrentamientos bélicos para que nos los aprendamos de memoria para los exámenes.
PROFESORA: Vaya, también cuestionas los métodos educativos.
ALUMNA: (Se ríe.) Métodos educativos..., métodos represivos.
PROFESORA: ¿Cómo?
ALUMNA: Ese es otro tema. Y se acaba el recreo. He venido a pedirle que si habla de las guerras lo haga con una perspectiva antimilitarista. Háblenos de los intereses que las provocaron y de sus consecuencias. De los sufrimientos que causaron. Del papel que desempeñaron los ejércitos y cómo estaban formados. De sus roles como atacantes destructores o de defensores fracasados. De la influencia en la sociedad de los gastos militares.
PROFESORA: No se puede decir que no has reflexionado, a pesar de tu edad.
ALUMNA: Deje de hablar de mi edad. Tengo la edad suficiente para saber distinguir lo que es propaganda militarista.
PROFESORA: Tampoco era esa mi intención. Pero te aseguro que voy a tener en cuenta lo que me dices. No te lo vas a creer, pero alguna vez había pensado en darle otro enfoque a mis clases. Esta conversación tal vez sirva para animarme a darles una vuelta. Te lo agradezco. (Pausa. Se miran.) ¿Puedo preguntarte algo? ALUMNA: Sí, claro.
PROFESORA: ¿Esta es una reflexión individual o formas parte de algún grupo?
ALUMNA: Formo parte de un colectivo de estudio de la noviolencia como alternativa al militarismo.
PROFESORA: Me admira que a tu edad... Disculpa. Me admira tu interés. No sabía que mis alumnos tuvieran esas inquietudes.
ALUMNA: A veces tenemos que actuar en la clandestinidad.
PROFESORA: ¿Por?
ALUMNA: Otro día hablamos, se acaba el recreo.
PROFESORA: Vale, cuando quieras.
ALUMNA: O cuando quieras... tú.
PROFESORA: Sí, claro.
ALUMNA: Hasta mañana.
PROFESORA: Hasta mañana.

(Sale la ALUMNA. La PROFESORA, pensativa, la mira salir. OSCURO rápido sobre el sonido del timbre.)

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